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El principio de la cuaresma / Miércoles de Cenizas / 22.02.12

¿Qué hay detrás de la cuaresma?

Conviene, para entender el verdadero sentido de la cuaresma católica que comienza en este Miércoles de Cenizas, remontarse a su historia y su evolución en la Iglesia. Cuando se fijó un domingo de Pascua, en el siglo II d.C., se dedicaron los dos días anteriores a un ayuno comunitario (el viernes y el sábado santo). Así de simple, ese fue el principio de la cuaresma, centrado en el ayuno escatológico, o sea, un ayuno de espera, un ayuno para estar en vela hasta que volviese el Esposo arrebatado por la muerte, un ayuno para recibir la Vida, seguramente inspirado en la expresión de Jesús: “Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán, en aquel día” (Mc. 2, 20; cf. Mt. 9, 15 y Lc. 5, 35).

Pero la historia no quedó allí, sino que continuó y avanzó hasta mediados del siglo III d.C., cuando la cuaresma se amplió a las tres semanas anteriores a la Pascua, coincidiendo con el tiempo que la Iglesia dedicaba a la preparación de los catecúmenos, quienes eran bautizados en la vigilia pascual.

Ya cercanos al siglo V d.C., los días de cuaresma llegaron a ser cuarenta, contando a partir de un miércoles, de manera que no se incluyeran en la contabilización los domingos, ya que no eran litúrgicamente días de ayuno, sino de alegría en memoria del domingo de resurrección. Al principio, estos cuarenta días servían de preparación para los penitentes públicos, quienes realizaban el ayuno para recibir, la noche del jueves santo, la absolución pública, frente a toda la asamblea. Las cenizas como ritual aparecieron cuando desapareció esta penitencia pública, a la vista de todos. Entonces, para proteger la privacidad del acto penitencial, la ceniza se hizo signo universal, imponiéndose a todos, transformando a toda la comunidad en una comunidad penitente.

Recabamos, así, tres elementos de significado histórico para la cuaresma: ayuno escatológico, camino catecumenal y camino de conversión. El ayuno escatológico, de espera del Esposo, en clave comunitaria, hace del ayuno un verdadero sacramento, un signo real de Iglesia-comunión que aguarda a quien le ha sido arrebatado, pero con la certeza de su regreso. Recalcar este aspecto sacramental del ayuno parece estar más en consonancia con el cristianismo original que ese tipo de ayuno mortificante practicado para ser vistos. En segundo lugar, el camino catecumenal, perdido en el auge de una catequesis como evento social que no exige compromiso, es menester rescatarlo para nuestras comunidades, demostrando así que no nos interesa tanto el número de inscriptos en la catequesis de preparación para los sacramentos, sino el encuentro de los varones y mujeres con Jesús que lo aceptan tras una catequesis libre y permanente. Por último, el camino de conversión, nunca está de más renovarlo y proponerlo a conciencia, no como ley impositiva para conseguir la salvación, sino como propuesta de madurez para el discípulo, como camino que puede iniciar por sus propios medios, sin la preocupación de ayunar en éste u otro día, o midiendo la limosna que debe darse, o calculando el horario preciso de oración. Si es propuesto como paso de madurez, la atención no estará fija en cómo o cuándo realizar esto o aquello, sino en hacerlo por amor.

 

El ayuno y la limosna de la cuaresma

Del ayuno tenemos en el Antiguo Testamento textos hermosos. Del profeta Isaías conservamos uno de los más conocidos. Está en la última parte del libro, la que fue escrita al regreso del destierro en Babilonia, cuando el judaísmo pretendía re-fundarse como nación y como pueblo. Uno de los pilares de esta re-fundación consistía en la restitución del templo de Jerusalén con todos sus atributos sacros y, por ende, con un elaborado sistema litúrgico. En esta época es cuando el judaísmo establece días específicos en que es obligatorio ayunar para agradar a Yahvé. Pero Isaías pregunta en nombre de Dios: “¿Así ha de ser el ayuno que yo elija? Día de humillarse el hombre, sí, ¿pero agachando como un junco la cabeza? Y el saco; y esparcir la ceniza. ¿A eso llaman ayuno y día grato a Yahvé?” (Is. 58, 5). Y contesta también Dios: “¿No será éste el ayuno que yo elija?: deshacer los nudos de la maldad, soltar las coyundas del yugo, dejar libres a los maltratados, y arrancar todo yugo. ¿No será partir al hambriento tu pan, y a los pobres sin hogar recibir en casa? ¿Que cuando veas a un desnudo le cubras, y de tu semejante no te apartes?” (Is. 58, 6-7). El texto habla por sí solo. El ayuno que quiere Yahvé es el que comparte con el hambriento el pan, el que da alojamiento al sin-hogar, el que cubre a los desnudos. ¿Para qué ayunar entre tanta injusticia sin compenetrarse en ella para modificarla? E incluso hay una crítica más profunda en el profeta: el sistema sacral está causando esa injusticia, está tan concentrado en lo litúrgico, en la construcción del templo, en la restitución de un orden sacerdotal, que se ha olvidado de los pobres entre los pobres, se ha olvidado de la tierra por mirar tanto al cielo. Sin referirse específicamente al ayuno, pero sí a las prácticas cultuales sin repercusión social, Oseas, Miqueas y Amós también denuncian la injusticia que no se condice con la supuesta adoración a Dios que se expresa en los ritos (cf. Os. 8, 11-13; Mi. 6, 6-8; Am. 5, 21-25).

La limosna, por otro lado, desde la perspectiva de la escuela deuteronomista (escuela de historia profética, o sea, de relectura de la historia como lugar de la acción de Dios), ha relacionado el hecho litúrgico del diezmo con la ayuda a los pobres. En primer lugar, recupera y afirma la ley del Levítico sobre la cosecha, que consiste en no volver hacia atrás para levantar lo que no se ha juntado, ya que eso queda para el forastero, el huérfano y la viuda; le pertenecen (cf. Dt. 24, 20-21; Lv. 19, 9-10). En segundo lugar, establece que cada tres años se aparte el diezmo de la cosecha de ese año, que debería ser entregado en el santuario (cf. Dt. 12, 5-6), para dejarlo en la puertas de las casas, donde el levita, el forastero, el huérfano y la viuda podrían recogerlo para alimentarse hasta hartarse (cf. Dt. 14, 28-29). Así, el diezmo (acción dirigida a Dios) y la limosna (acción dirigida al prójimo) se unifican sin dualidades. Quien es capaz de dar el diezmo regularmente (religiosamente diríamos), pero no tiene esa religiosidad para compartir con el pobre, entonces está mintiendo, es un hipócrita. Dice amar a Dios, a quien no ve, despreciando al hermano, que sí puede ver (cf. 1Jn. 4, 20).

El pobre es sacramento de Dios, sacramento de Jesús (cf. Mt. 25, 31-46), y las acciones que se dirigen a él son acciones dirigidas al Cristo, efectivamente concretas. Cuaresma no puede ser la oportunidad para alejarse del mundo. Al contrario, es la oportunidad para sumergirse en los problemas de nuestra sociedad. No ayunamos, damos limosna ni oramos para que Dios nos arrebate de la tierra hasta el séptimo cielo y allí vivamos felices des-terrados (fuera de nuestra tierra). Cuaresma es la puerta de entrada al mundo del pobre, a su hambre, su mala calidad de vida, su falta de proyección, su opresión. Cuaresma no es ascetismo para perfeccionar el alma y hacerla digna de Dios; en todo caso, es entrega para perfeccionar un mundo que ha canonizado lo injusto, la brecha ricos-pobres, la corrupción, la división internacional del trabajo, la explotación del que no puede defenderse. Si en Cuaresma recorremos con Jesús un camino de conversión hacia la cruz, hasta la vida derramada por todos, es tiempo para convertirnos cambiando nuestro rumbo, reubicando la mirada en el hermano que está a nuestro lado, o más precisamente, el que no está, el que ha sido desplazado, marginado. Ese camino de conversión debe terminar en la cruz, en el estigma nuestro. Somos estigmatizados cuando desperdiciamos la vida entre aquellos a los que se les arrebata la vida; estigmatizados cuando ayunamos para que los demás no ayunen; estigmatizados cuando promovemos la dignidad humana en lugar de hacer asistencialismo; estigmatizados cuando oramos en medio de las villas miseria.

El Nuevo Testamento de Jesús / Jueves Santo – Ciclo A – Jn. 13, 1-15 / 21.04.11

Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin.

Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo, sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que él había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura. Cuando se acercó a Simón Pedro, este le dijo: “¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?”. Jesús le respondió: “No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás”. “No, le dijo Pedro, ¡tú jamás me lavarás los pies a mí!”. Jesús le respondió: “Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte”. “Entonces, Señor, le dijo Simón Pedro, ¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!”. Jesús le dijo: “El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Ustedes también están limpios, aunque no todos”. El sabía quién lo iba a entregar, y por eso había dicho: “No todos ustedes están limpios”.

Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: “¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor; y tienen razón, porque lo soy. Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes. (Jn. 13, 1-15)

Desde el capítulo 13 hasta el 17 del Evangelio según Juan tenemos lo que podría denominarse el testamento de Jesús. Reuniendo a sus íntimos, sus discípulos más próximos, el Maestro dirige las últimas recomendaciones, enseñanzas y exhortaciones. Es un resumen del Evangelio en el que creía Jesús y la condensación de los sentidos más profundos. Cuando se trata de dirigir las últimas palabras antes de morir, es evidente que sólo se piensa decir lo importante. Las cosas accesorias quitan tiempo, roban minutos. Lo central, lo absoluto, eso es lo que debe quedar guardado como perla preciosa en el recuerdo de los oyentes. Más allá de la discusión erudita sobre el trasfondo histórico, es menester reconocer ciertos puntos:

a) Hubo una última cena, un último encuentro entre Jesús y sus amigos más íntimos. No sabemos si el sentido que Jesús le dio fue pascual, si fue una despedida amistosa o la instauración de un ritual. Aquí ya juegan las interpretaciones de los diferentes autores y comunidades evangélicas.

b) Hubo palabras en la última cena. Jesús dijo algunas cosas, quizás enseñanzas nuevas, quizás racconto de los hechos sucedidos, quizás recapitulación de enseñanzas viejas. Algunas de esas palabras quedaron en la memoria de los apóstoles y se fueron transmitiendo.

c) Jesús pudo percibir el ambiente de muerte a su alrededor. No se necesitaba ser adivino ni tener poderes sobrenaturales para darse cuenta de lo que ocurría. Jesús podía entender, mediante la inteligencia humana, que iban a matarlo. Esa sensación de muerte inminente tuvo que estar presente en la última cena. Lo que haya dicho Jesús esa noche, lo dijo en la emoción de ver amenazada su vida.

d) El discurso que conserva Juan, como casi todas las tradiciones joánicas, está alterado a favor de la teología de su comunidad. Es muy poco probable que Jesús haya pronunciado las palabras tal como las conserva el autor, pero sin dudas reflejan el pensamiento jesuánico, su visión del mundo, de Dios, de la comunidad humana. No serán los vocablos exactos, pero sí la profanidad de pensamiento real.

Teniendo en cuenta estos puntos, es posible rastrear en la literatura judía textos parecidos a los capítulos 13-17 del Evangelio según Juan. Se llaman testamentos. Tenemos, por ejemplo, el Testamento de los Doce Patriarcas, del siglo II a.C., o los Testamentos de Salomón y Testamento de Adán, posteriores al nacimiento de Jesús. No hay un modelo literario común para estos escritos, pero comparten un estilo, una manera y hasta una forma general. Comúnmente, predicen la muerte o la partida del personaje que habla. Se supone que es el último discurso y el orador sabe que lo es. Muchas veces, los testamentos se dan en un banquete, una última comida. Justamente, la comida tiene el sentido de reunir a todos los íntimos por última vez a causa de la muerte o la partida próximas. El orador suele exhortar a llevar una vida basada en su propio ejemplo. Sus discípulos, hijos o seguidores deben guiarse por lo que fue su vida y sus enseñanzas. En este punto, el orador recapitula lo que les ha dicho y remarca los puntos importantes. Finalmente, el orador deja instrucciones sobre cómo continuar tras su partida, cómo organizarse y cuáles serán las claves de la vida comunitaria a futuro. Como vemos, estos capítulos de Juan coinciden con el esquema del testamento judío. Jesús, el héroe que está por morir, en un banquete final, recuerda lo básico del Evangelio y exhorta a una vida comunitaria que deberá estar regida por el amor y el servicio en vistas a la unidad. La guía y el modelo son el mismo Jesús, Señor y Maestro. La unión de ambos títulos es adrede. Señor recuerda al señor romano, al emperador, al sistema político vigente; Maestro recuerda a los escribas, a los fariseos, los que enseñan la religión y son el símbolo del sistema religioso vigente. Jesús ha reinterpretado el sistema político y el religioso; ha dado a la política su sentido real (el pueblo) y a la religión su razón de ser (el pueblo). Son las personas lo importante bajo cualquier punto de vista, y ellas necesitan amor y servicio. Si el Señor y el Maestro aman y sirven, entonces el mundo es más parecido al Reino de Dios, más utópico, más divino. La expresión lavar los pies aparece siete veces en la perícopa que leemos hoy. Es claro hacia dónde apunta. Este lavado representa y simboliza lo que Jesús quiere que quede netamente claro. Hay que lavar los pies, pero hay que hacerlo como Jesús.

Cuando Jesús deja el manto y vuelve a tomarlo, la asociación directa es con su vida entregada que luego es recobrada en la resurrección. El manto simboliza a la persona. Jesús, lavando los pies está dando la vida, para luego tomarla de nuevo, renovada, como sucederá el domingo de resurrección. La conexión también hay que buscarla en el discurso del Buen Pastor del capítulo 10 de Juan. El Buen Pastor da la vida por las ovejas (cf. Jn. 10, 11.15) y la da para recobrarla (cf. Jn. 10, 17-18). El verbo lambano que utiliza el Buen Pastor para hablar del poder de recuperar la vida es el mismo que en el lavatorio de los pies describe la acción de recuperar el manto. Seguir el ejemplo de Jesús es atreverse a ser como el Buen Pastor, atreverse a dar la vida por los otros, demostrando que no hay amor más grande que dar la vida por los amigos (cf. Jn. 15, 13).

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El poder penetrante de la pasión (e inquietante) es que no se queda en un hombre ajusticiado hace siglos. Ese hombre ha lanzado una propuesta universal: que todos se animen a dar la vida por otro ser humano, que todos se des-vivan por el otro. Esa propuesta encierra una promesa: los que se des-vivan, en realidad, vivirán. Dar la vida es, en realidad, la oportunidad de recobrarla. Morir por otros es, en definitiva, vivir. La pasión intimida porque nos compromete. No es un espectáculo más ni una injusticia más. Es una exhortación directa a lavar los pies. La última cena no es una comilona de despedida porque ya no se volverán a ver; al menos, los apóstoles no lo entendieron así ni sus comunidades tampoco. En la última cena, la Iglesia encontró una visión complementaria de la cruz y la resurrección. La última cena es parte de la pasión también. Juan la inaugura recordando que Jesús amó a los suyos hasta el final. Eso es pasión, ser un apasionado. Sólo los apasionados pueden dar la vida por los otros, arriesgarse amando, perder ganando, morir resucitando.

El testamento de Jesús no es un cúmulo de bienes para repartirse entre sus seguidores. Es un testamento de amor, de pasión, de entrega. Reclamar para sí el testamento jesuánico es pretender que tenemos la entereza suficiente para morir como Él murió. De lo contrario, somos hipócritas. Cuando un cristiano particular o un determinado movimiento eclesial se atribuye la verdad sobre Jesucristo, el absolutismo sobre su comprensión, debería ser que está en condiciones de morir en una cruz sirviendo, debería ser que el martirio es su meta, debería ser que lava los pies cada minuto de su existencia. De lo contrario, es hipocresía. Este es nuestro Nuevo Testamento, nuestro único testamento: dar la vida (he ahí el Evangelio).

Jueves Santo – Ciclo B – Jn. 13, 1-15

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Durante la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle, sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido. Llega a Simón Pedro; éste le dice: «Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?» Jesús le respondió: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde». Le dice Pedro: «No me lavarás los pies jamás». Jesús le respondió: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo». Le dice Simón Pedro: «Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza». Jesús le dice: «El que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos». Sabía quién le iba a entregar, y por eso dijo: «No estáis limpios todos». Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa, y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros. (Jn. 13, 1-15)

El jueves santo es el punto intermedio entre el comienzo del triduo pascual y el final de la cuaresma. Es la tarde-noche donde Jesús cena por última vez con sus discípulos, instituye la Eucaristía y les lava los pies, así como la noche donde se angustia en Getsemaní, siente el abandono de sus más íntimos y es apresado. Estamos en un punto intermedio que nos deja mal sabor. Si bien durante toda la cuaresma el tema de la muerte rondaba y muchos personajes pergeñaban el arresto y asesinato de Jesús, hoy sentimos que no hay vuelta atrás, y lo sentimos con el mismo Jesús, conciente de la cercanía del final, presto a hacer la Voluntad del Padre. Los templos hoy suelen ser adornados con flores, hay una buena iluminación, se prepara la custodia para depositar el Santísimo, y en la sacristía aguardan las telas para cubrir las imágenes, acción que se verá acompañada de la denudación del altar. Estamos en el punto intermedio de la fiesta y el luto, de alegrarnos y entristecernos.

El jueves santo suele contar con dos celebraciones: por un lado está la Misa Crismal que tiene lugar en las catedrales, donde el centro son los santos óleos, y por lo tanto, el aspecto sacramental de la Iglesia; por otro lado, la Misa de la Cena del Señor, celebrada en las parroquias, donde se acumulan una serie de significados sacramentales:

- Sacramento eucarístico: la Iglesia tiene en esta noche el recuerdo vivo de la institución de la Eucaristía, y por lo tanto, la exaltación de la fraternidad. La Iglesia toda, reunida en torno al Maestro, hace de la comida un signo de comunión.

- Sacramento del servicio: Jesús lava los pies a sus discípulos y nos recuerda que si Él lo hizo, si se constituyó siervo, no podemos nosotros no hacer lo mismo. El sacramento eucarístico, justamente, cobra sentido pleno a la luz de la entrega de la vida por los otros.

- Sacramento sacerdotal: por ser el día eucarístico, es también el día del ministro eucarístico, del sacerdote, a quien la Iglesia le confía la enorme y santa tarea de presidir las celebraciones y consagrar, en nombre de Jesucristo, el pan y el vino. Es la noche para recordar que el sacerdocio sólo puede ser entendido a la luz de la Eucaristía.

- Sacramento del perdón: en la historia de la Iglesia, el jueves santo fue el día escogido para que los penitentes públicos recibiesen, tras cuarenta días de ayuno, la absolución. Era el día de la purificación comunitaria y la re-incorporación de algunos miembros a la comunión plena, como si se tratase de su segundo bautismo.

Para los Evangelios sinópticos, Jesús tiene la última cena con sus discípulos en la noche de la Pascua judía. Para Juan, en cambio, el día de la Pascua es el posterior a la cena (cf. Jn. 13, 1), es mañana, y por lo tanto, Jesús será crucificado, cronológicamente, en lugar del cordero pascual, pues como el Templo ya había sido suplantado por su persona durante el incidente del Templo y el resto del relato, ahora no existe otro lugar para el sacrificio más que el cuerpo del Señor, el cual se inmola en el altar de la cruz. En este caso, donde se permite la duda sobre a qué tipo de cena se refiere Juan en su texto (si la de Pascua o una cena cualquiera), aparece como dato histórico la práctica frecuente en Jerusalén de celebrar la cena pascual en dos o tres días. Era tanto el afluente de personas a la ciudad para la fiesta que el espacio físico no daba abasto, y si todos quisiesen comer la pascua el mismo día, no habría salones ni casas ni hospederías que pudieran alojarlos. Por eso, usualmente, algunos grupos cenaban la pascua el día antes al señalado y, luego, los otros grupos tomaban esos lugares para cenar el día indicado. Aferrándonos a esta salvedad, no es ilógico pensar que Juan relata la cena pascual celebrada un día antes con argumentos históricos, aunque sin dudas, la importancia de peso es la razón teológica.

Los versículos 1 y 3, como solemnes declaraciones, expresan el hecho teológico con vehemencia y sentimiento. El versículo 2 parece más una interrupción de propósito narrativo, cortando el aire grandilocuente para insertar al diablo y a Judas en contraposición a la actitud de Jesús. En primer lugar se nos presenta una cronología, de la que acabamos de hablar, situando la cena el día antes de la Pascua judía para que el cordero inmolado en la fiesta sea el mismo Jesucristo. Luego, podemos leer la palabra hora, vocablo significativo en el cuarto Evangelio. La primera mención está en la perícopa de las bodas de Caná, cuando Jesús dice a su madre que aún no ha llegado su hora (cf. Jn. 2, 4). Desde ese episodio hasta el de hoy, desde aquella comida a ésta, desde esa fiesta a la celebración actual, han sucedido muchas cosas. Se ha encontrado con una samaritana, y le ha dicho que llegará la hora en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad (cf. Jn. 4, 23), ha dicho a los judíos que llegará la hora en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios (cf. Jn. 5, 25), se ha escapado de quienes querían detenerle porque no era su hora (cf. Jn. 7, 30; Jn. 8, 20), y tras enterarse que los griegos lo buscaban, asegura por fin que ha llegado la hora de la glorificación (cf. Jn. 12, 23). Desde aquel adelantamiento de la hora en Caná al comienzo de la consumación de la hora, el Evangelio según Juan nos ha explicado cuestiones fundamentales sobre ese momento (el sistema templario desaparecerá, la muerte se transformará en vida y primará la universalidad) y la imposibilidad de que suceda antes o después de lo querido por Dios. La hora es una categoría teológica joánica que expresa la obediencia del Hijo, los planes del Padre y la plenitud de los tiempos. La obediencia del Hijo se refleja en su total y libre aceptación de la hora, los planes del Padre son designios salvíficos que no pueden interrumpir los hombres arrestando a Jesús antes de lo indicado, y la plenitud de los tiempos es la fraternidad universal de la hora que llega superando el Templo y la muerte.

Juan asegura, además, que la hora es el momento de pasar de este mundo al Padre. El verbo pasar nos remite inmediatamente a la pascua, paso del ángel exterminador quitando la vida de los primogénitos egipcios y paso de los israelitas por el mar al ser liberados. La hora de Jesús es su Pascua, su paso al Padre. El ángel exterminador, esta vez, no se llevará los primogénitos egipcios, sino al primogénito de Dios, y no habrá israelitas atravesando el mar, sino mortales atravesando hacia la vida eterna. Pasar de este mundo al Padre no es dejar atrás a los seres humanos, olvidándolos, sino pasar para salvarlos, para rescatarlos. No se trata esta vez de dejar atrás Egipto, sino dejar atrás la muerte de este mundo para llegar al mundo de vida del Padre que, finalmente, transforma esta realidad. Jesús es conciente, sabe que la hora de pasar es la hora del sufrimiento, de la angustia, por eso ha expresado antes: “Ahora mi alma está turbada. Y ¿que voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!” (Jn. 12, 27). La agonía de Getsemaní está resumida en esta frase del Maestro. Jesús termina aceptando la Voluntad del Padre porque ha venido para esto, toda su existencia estuvo encaminada hacia la Pascua. La hora no es un momento más, es el momento de la entrega definitiva, el sacrificio absoluto, el amor que ama hasta el extremo. Quizás, dentro del Nuevo Testamento, dos citas parecidas sean de las más fuertes emocionalmente hablando: “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn. 13, 1) y “Me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal. 2, 20). La primera encuentra en la segunda una explicación. El amor extremo de Jesús por los suyos lo lleva a la entrega de su propia persona, una entrega por amor. La hora de la glorificación es, ciertamente, Voluntad del Padre y obediencia del Hijo, pero no son voluntad ni obediencia al estilo autoritario humano, sino voluntad y obediencia de amor. El ritmo del plan salvífico, el momento de la hora, no es un frío cálculo de un Dios distante y matemático; es el latido del amor divino que ama extremadamente, que ama hasta la muerte.

Como sacramento anticipado de ese amor que se manifestará exuberante en la cruz, Jesús lava los pies de los discípulos. Esta tarea, habitual en un ambiente de desierto y polvillo, como signo de hospitalidad para el recién llegado, era realizada ordinariamente por un esclavo pagano, pues un judío no podía realizar esa labor degradante, ese trabajo propio de esclavos (cf. Lev. 25, 39). Lavar los pies a otro era menester muy indigno; tanto, que si bien los rabinos imponían a sus discípulos algunos servicios, les era prohibido exigirles que los descalzaran y lavaran sus pies. En ese contexto, el gesto de Jesús y la reacción de Pedro adquieren significado profundo. La expresión máxima de amor y servicio estará en la cruz, pero primero el Maestro realiza el gesto degradante de los siervos para transparentar la humillación a la que se somete por amor, y de esa manera, imponer como regla de vida de la Iglesia, el servicio. Jesús asume, también, en el lavado, la condición de los pobres, esclavos y sometidos, dándole al sacramento un grado de universalidad que, comenzando por los pequeños, por los últimos, alcanza a todos.

Hay tres cosas que el texto resalta como conocimiento de Jesús, como cosas que el Maestro sabía. Una es que había llegado su hora (cf. Jn. 13, 1), y otra que el Padre había puesto todo en sus manos (cf. Jn. 13, 3). El plan salvífico descansa en Él, y asume esa responsabilidad. La tercer cosa que sabe es que había salido de Dios y a Dios volvía (cf. Jn. 13, 3). En la estructuración del Evangelio según Juan se distinguieron siempre dos partes: el libro de los signos entre el capítulo 1 y el 12, y el libro de la hora desde el capítulo 13 hasta el final. La primera parte comienza con el prólogo del logos, aseverando su pre-existencia, su vida con Dios (cf. Jn. 1, 1) y su envío al mundo (cf. Jn. 1, 11); la segunda parte, como acabamos de mencionar, comienza aseverando que el Hijo ha salido del Padre (como el prólogo), y ahora agrega que debe volver. El libro de los signos es el descenso de Dios hacia los humanos, el libro de la hora es el regreso hacia la gloria. El Evangelio según Juan cubre, dinámicamente, todo el universo, desde arriba hacia abajo y, a la inversa, volviendo desde abajo hacia arriba. Es un amor total y universal que no quiere que nadie quede fuera. Es un amor en constante referencia al Padre, un amor que mira a los hombres y mujeres al tiempo que mira hacia Dios. Es un amor que desciende para subir, que se humilla para ser exaltado, que viene a los que lo necesitan para elevarlos. Es un amor difícil de comprender, un amor que Pedro no puede aceptar todavía. Jesús le dice que lo comprenderá más tarde (cf. Jn. 13, 7). En la cruz y en la tumba vacía se entiende el resto, en la muerte por amor extremo y la resurrección por amor extremo se encuentra la clave de Dios. Jesús nos lo revela (cf. Jn. 1, 18), y lo hace sirviendo.

El amor extremo nos suena a fanatismo. Ama extremadamente el fanático, el poco racional, el loco. Da la vida el sentimentalista, el necio, el poco previsor. En el mismo sentido, el mejor servicio es la dirección y coordinación, lograr avanzar profesionalmente, asegurarse un bienestar económico y una producción que aporte a la maquinaria capitalista. Bajo estos parámetros, Jesús sería el anti-ejemplo. Y sin embargo, es el ejemplo por excelencia, el modelo. Su amor extremo tiene poco de fanatismo, su servicio se opone fehacientemente a los cánones de diferenciación social. Pretende salvar el mundo con la entrega de su vida, y es el hombre más coherente que ha pisado la tierra. Entiende que cumplirá la misión que le ha encomendado el Padre muriendo. Es tan inconcebible para Pedro como para la mayoría de nosotros, hace dos mil años y hoy. Y sin embargo, su invitación es que hagamos lo mismo, que nos lavemos los pies los unos a los otros, o sea, que sirvamos, o sea, que demos la vida por aquello que significa la hora: por la desaparición de la opresión religiosa (la sustitución del Templo), por la universalidad (que todos sean hermanos), por la vida que vence a la muerte (la resurrección).

Quizás nos falta esa concepción de servicio. Quizás, y sobre todo para muchos misioneros, sea complicado el sentido martirial del servicio. Porque no es servicio cristiano (al menos no en el marco de la última cena) la misión asegurada, momentánea y de compromiso parcial. El servicio cristiano misionero es el que da la vida, literalmente, el que relativiza todo por un Reino sin opresión, sin muerte y universal. Ser mártir no es cosa del pasado. Miles de cristianos siguen siendo asesinados a causa del Evangelio. Y a nosotros parece no importarnos. Vemos el lavatorio de los pies como un gesto simpático, de un Jesús que hacía caridad con sus discípulos. El lavatorio de los pies es dramático, es un sacramento de un hombre que está a punto de morir asesinado, un hombre traicionado por uno de sus íntimos, un hombre que mira con los ojos de Dios, y por lo tanto, se opone al mundo. El lavatorio de los pies es Jesús explicando, de la manera más pedagógica posible, que ha despreciado su inmortalidad para ser clavado en la cruz, que se ha hecho siervo cuando es Señor, que se ha puesto a la altura del discípulo siendo Maestro. El lavatorio de los pies es Dios auto-donándose. ¿Cuánta de esa radicalidad del servicio estamos dispuestos a dar? ¿Cuánto de nosotros mismos somos capaces de donar, de dar?

¿Cuántas veces vimos la evangelización como un acto de superioridad? La misión, a veces, se hace desde arriba, sin descender, sin ser enviados a los nuestros. No nos permitimos lavar los pies de nadie, y aún así nos declaramos servidores del Reino. No nos permitimos dar la vida, y aún así nos atrevemos a llamarnos mártires. Puede que nos dé miedo amar en extremo; puede que lo consideremos inapropiado, insano. Amamos, sí, pero tenemos un límite, una frontera infranqueable. ¿Cómo vamos a dar la vida? ¿Y nuestra vida no vale nada? Jesús tendría algo que respondernos a esas preguntas, algo que seguramente nos escandalizaría. Probablemente, Él se quitaría el manto, se ceñiría con la toalla y comenzaría a lavarnos los pies. Podemos prohibírselo, o dejar que nos lave, luego hacer lo mismo nosotros, y tener parte con Él.