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Vocación de Eliseo / La historia deuteronomista / Fieles a Yahvé y fieles a los pobres

La historia de la llamada de Eliseo (1Rey. 19, 15-21) es un relato vocacional, como tantos en la Biblia, pero con peculiaridades. Vamos a tratar de desentramar algunas claves de lectura del texto en sucesivas entregas, pensando la misión como vocación profética. Comenzaremos, en un principio, situando el contexto literario, luego propondremos ayudas para la comprensión y, finalmente, algunas propuestas hermenéuticas.

El texto de la vocación de Eliseo es parte del Libro de Reyes, el cual es parte de una colección de escritos más grande que comienza en Josué y termina en el Segundo Libro de Reyes, pasando por Jueces y los dos libros de Samuel. Esta colección más grande, según los estudiosos, fue redactada por la llamada escuela deuteronomista, que puede tratarse de una sola persona o, más probablemente, de un grupo de hombres que llevaron adelante este proyecto historiográfico inspirados por la teología del libro del Deuteronomio. La fecha de redacción es alrededor del año 550 a.C., o sea, en plena etapa del destierro en Babilonia (entre 587 y 539 a.C.), y lo que hace es narrar la historia de Israel desde la época de Josué, sucesor de Moisés, hasta el momento del destierro, intentando iluminar el proceso que culminó con el Pueblo de Dios vencido y derrotado en tierra extranjera. Por lo tanto, la escuela deuteronomista no hace historia por curiosidad científica, sino por cuestiones teológicas y pastorales, para darle respuesta a un puñado de israelitas que han perdido la tierra prometida y creen que Dios los ha abandonado por completo. Algunas claves de lectura del conjunto pueden ser las siguientes:

- Deut. 30, 15-20: estos versículos son un resumen de la teología del Deuteronomio. Existe una ley querida por Dios, quien la cumple vive bien, quien la olvida sufre las consecuencias. La ley no es sólo una reglamentación que permite la convivencia, sino un instrumento de bienestar, liberación y salvación, porque si el pueblo la olvida o pisotea, entonces pierde la tierra prometida, se vuelve cautivo y su salvación se traslada a manos paganas, a los imperios que decidirán si eliminarlo o no. Esto que parece una justificación farisea, tiene sentido en el contexto de su escritura y redacción, cuando los israelitas eran constantemente tentados a pasarse de la fe en Yahvé (yahvismo) al politeísmo, a los Baales, a la prostitución sagrada, a la ostentación de la riqueza. Para el Deuteronomio, no seguir la ley (que asegura que Dios es uno y que el pobre debe ser protegido [Deut. 15 y 24 tratan el tema]) es causa de caída, porque es perder la base, perder la fe, y sin fe, Dios nada puede hacer.

- Fidelidad/infidelidad: la pareja de la historia deuteronomista es fiel/infiel, según la cita de Deut. 30, 15-20. Desde Josué hasta la deportación a Babilonia, los relatos van y vienen en un ciclo interminable de fidelidad e infidelidad a Yahvé. Cuando el pueblo (y su rey) respetan la ley y el culto a Dios, Israel prospera, derrota a sus adversarios, conquista o mantiene la tierra prometida. Cuando el pueblo (y su rey) rechazan el monoteísmo por Baal u otros dioses, entonces Israel es azotado con calamidades, enfermedades, guerras, muertes a raudales, maldiciones. Así explicaron los autores que el pueblo, en el 550 a.C., se encuentre derrotado entre paganos, entre babilonios. Por haber sido infieles les ha acontecido esto. Además de hacer historiografía, es una invitación a replantearse la fidelidad a Yahvé para poder salir del destierro. Sólo con un regreso a la fe verdadera recuperarán la tierra prometida, porque la tierra prometida es esperanza, y la esperanza se alcanza sólo mediante la fe.

- Juicio sobre los reyes: la historia deuteronomista contiene los acontecimientos de la división del pueblo de Israel que ingresa a la tierra prometida en dos facciones: el reino del Norte y el reino del Sur. A través del comportamiento de los reyes, la historia va marcando las etapas negativas (infidelidad) y positivas (fidelidad). Así tenemos que los reyes del Norte son condenados todos por su idolatría, y los del Sur se dividen en malos por su idolatría explícita (por ejemplo, Abías, Acaz, Manases, Joacaz); relativamente buenos porque no eliminaron por completo el culto idolátrico, y no lo combatieron con toda la fuerza posible (por ejemplo, Josafat, Amasias, Azarías); y excelentes porque extirparon la idolatría en plenitud (aquí sólo tenemos a Ezequías y Josías).

- Ciclos de Elías y Eliseo: los relatos de estos dos profetas se introducen en la historia deuteronomista como unidades individuales, formando lo que los biblistas llaman ciclos. Ambos ciclos pueden ser separados para leer individualmente, como si formaran un cuerpo de relatos añadido a Reyes, colocado desde fuera. Esto se explica porque contienen una carga muy grande de relatos populares y simbólicos, los cuales serían transmitidos por tradición oral por mucho tiempo, hasta que se condensan en redacción, como pequeños devocionarios o historias de santos populares de nuestros días. El Ciclo de Elías es un relato más antiguo que el de Eliseo, con distinta redacción y distinto estilo literario, pero la redacción de Eliseo no desconoce al anterior, y toma varias escenas para recrearlas, marcando así una continuidad entre la historia de los dos profetas. Ambos, como cualidades que resaltan en primera lectura, defienden el yahvismo o monoteísmo y se enfrentan al poder político.