Posts etiquetados como ‘josé’

Un niño tan pequeño en un templo tan grande / Fiesta de la Sagrada Familia – Ciclo B – Lc. 2, 22-40/ 30.12.11

22 Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, 23 como está escrito en la Ley: Todo varón primogénito será consagrado al Señor. 24 También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor.

25 Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él 26 y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor. 27 Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, 28 Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo: 29 “Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, 30 porque mis ojos han visto la salvación 31 que preparaste delante de todos los pueblos: 32 luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel”. 33 Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él. 34 Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: “Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, 35 y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos”.

36 Había también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido. 37 Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. 38 Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

39 Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. 40 El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él. (Lc. 2, 22-40)

La familia en el Templo

Pareciese que Lucas mezcla dos ritos, dos ceremonias distintas en el inicio de la lectura que la liturgia católica selecciona para la fiesta de la Sagrada Familia. Según el libro del Levítico, cuarenta días después del parto de un varón, la mujer debe presentarse ante el sacerdote llevando un cordero de un año y un pichón de paloma (cf. Lev. 12, 6). Si se trata de una familia que no puede adquirir un cordero por cuestiones económicas, tomará dos pichones (cf. Lev. 12, 8). De esta forma, la reciente madre queda purificada de su pérdida de sangre propia del parto. Este tiempo de cuarenta días aplicable al nacimiento de un varón, se duplica si la nacida es una niña, por lo que la madre debe presentarse recién a los ochenta días de ocurrido el parto. A la par, existía el rito de rescate del primogénito, de la tradición del Pentateuco, según la cual todo primogénito israelita pertenece a Yahvé (cf. Ex. 13, 2), en forma de tributo a los primogénitos egipcios muertos para lograr el éxodo y como reserva de las primicias (lo mejor) para Dios. Esta consagración de los primogénitos, en la práctica, sería tomada por los hijos de la tribu de Leví (los levitas), de manera que el resto de las tribus quedarían exentas. Esta exención se manifestaba ritualmente con un rescate cultual, equivalente a cinco siclos (cf. Num. 3, 46-47; Num. 18, 16) que el padre pagaba en el Templo en un período comprendido durante los primeros treinta días del nacimiento.

Las diferencias entre ambos rituales tienen que ver con el tiempo de cumplimiento, con el agente activo (mujer madre en la purificación y varón padre en el rescate) y con el sentido profundo de los mismos. Sin embargo, Lucas los mezcla libremente, entendiendo que a Jesús se aplica la purificación exigida por la Ley de Moisés, y la condición de primogénito que, rescatado, rescata. Este tema del rescate será retomado más adelante por la profetisa Ana. Pero quizás, lo interesante, sea la presencia de Jesús (y familia) en el Templo. Esta visita inicial, visita de purificación (el Hijo de Dios va al templo a purificarse) y rescate (José rescatará a su primogénito), es paradójica para quien conoce el desenlace de los hechos; será Jesús quien, finalmente, purifique y rescate. El Templo de Jerusalén lo recibe y lo acoge en el marco de la Ley, pero quien viene es la superación de la Ley. La Ley estipula normas para insertarse en la sociedad judía, pero el que viene extenderá esas normas, abriendo los límites impuestos. Le Ley afirma que algunos se vuelven impuros y deben acceder a un rito que los libere de esa impureza, pero el que viene tiene otra noción de pureza/impureza. Jesús va al Templo y cumple, como buen judío, las prescripciones, pero eso no determinará que el Templo lo absorba en su adultez.

Simeón en el Templo

La figura de Simeón es la del justo y piadoso; dos atributos clásicos de la imagen ideal del judío. Por lo tanto, Simeón representa el pueblo israelita que sigue con confianza los preceptos de Yahvé, su Dios, y espera en él. Este pueblo se siente inspirado por el Espíritu Santo cuando se encuentra con Jesús, porque allí se resumen sus anhelos y esperanzas.

El vocabulario que utilizan las frases de Simeón son conceptos del libro de Isaías, específicamente del Segundo Isaías (cf. Is. 40-55). Las ideas de una salvación proveniente de Dios, de luz para las naciones, de la gloria de Israel, son expresiones de una esperanza escatológica que se consumará en un siervo (cf. cánticos del Siervo). Dios es presentado, en estos capítulos que pertenecen a un segundo Isaías, insistentemente como goel de Israel (cf. Is. 41, 14; Is. 43, 14; Is. 44, 6.24; Is. 47, 4; Is. 48, 17; Is. 49, 7.26; Is. 54, 5.8), nuevamente refiriéndose a la idea de rescate que retomará la profetisa Ana. Y también es Isaías quien avizora un futuro más universal del judaísmo, no tan restringido a una etnia. Esta es la novedad del justo y piadoso Simeón, judío que puede ver (asistido por el Espíritu divino) un futuro abierto, universal, donde las naciones participan de la luz del Mesías. Este es el sentido pleno de las esperanzas escatológicas de Israel: una salvación que trasciende al mismo pueblo para abrazar a la humanidad. Simeón, judío piadoso y justo, desde el Templo de Jerusalén, centro de Israel, visiona una inclusión pagana que transforma el centro templario en un centro universal. Desde el mismísimo Templo, Simeón puede considerarlo obsoleto en su pretensión monolítica. Con la llegada del Mesías esperado, es el tiempo de la expansión, de la transformación de los centros. Ahora el centro es el ser humano pleno en Jesús.

Ana en el Templo

Junto a la declaración de Simeón está la de Ana, la profetisa. Un varón y una mujer, como gusta escribir Lucas. Dos testigos de la llegada de Jesús niño al Templo, como bien lo exige la Ley de Moisés. Estos dos testigos, a su manera, proclaman el futuro del niño que es el futuro de la humanidad, y a la vez, el futuro del Templo de Jerusalén y todo lo que significa. Simeón, según el dato de la posible cercanía de su muerte, puede considerarse un hombre mayor. También lo es Ana. Su edad es algo extraordinario para la época. Y su forma de vida recuerda mucho al ideal de la viuda cristiana proclamado por 1Tim. 5, 5ss. Como anciana, recibe la novedad del niño. Es una profeta, una de las últimas del orden viejo de las cosas. Su profecía está relacionada con el orden nuevo que inaugurará el Mesías. Parece, como también gusta a Lucas, un encuentro entre el Antiguo y el Nuevo Testamento (al estilo de Isabel y María, del Bautista y Jesús). Ha llegado el momento de la plenificación. Una planificación que es rescate, porque probablemente, la mejor interpretación para lo que habla Ana sea rescate antes que redención. Como veníamos intuyendo, Ana profetiza sobre el regreso de la figura del goel, que (a pesar de que la mayoría de las traducciones al español lo denominen redentor) es el rescatador, el pariente cercano con la obligación y el derecho, según la ley israelita, de rescatar a su familiar caído en desgracia económica. Para evitar que un israelita se convierta en esclavo a causa de su endeudamiento, el familiar más cercano podía salvarlo asumiendo él la deuda y rescatándolo. De la misma manera, para Isaías por ejemplo, Yahvé es el rescatador de todo Israel, que no lo dejará caer en la esclavitud y la miseria.

Eso es Jesús para Ana: el rescate. Eso es Jesús para Simeón y para el Templo. Eso es Jesús para la humanidad. Ha llegado el que nos rescata, el que nos quita las deudas que nos oprimen, el que nos saca de las miserias, el cercano que se acuerda de nosotros y no nos abandona. Allí está la gran paradoja de Jesús niño en el Templo majestuoso, y en las declaraciones que se suceden dentro del santuario. En medio de la inmensidad de un monumento al Dios guerrero, majestuoso, gigantesco, lejano, accesible por medio de rituales, centrado en una etnia; se opone la esperanza del Dios cercano, infante, que es rescatador antes que guerrero, accesible en la sonrisa de un niño, universal. Un Dios que puede transformar el Templo. Un Dios que puede, aún hoy, transformar nuestros templos.

Desde el reverso de la historia / Fiesta de Navidad – Ciclo B – Mt. 1, 1-17 / 25.12.11

1 Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham:

Abraham fue padre de Isaac; Isaac, padre de Jacob; Jacob, padre de Judá y de sus hermanos. 3 Judá fue padre de Fares y de Zará, y la madre de estos fue Tamar. Fares fue padre de Esrón; 4 Esrón, padre de Arám; Arám, padre de Aminadab; Aminadab, padre de Naasón; Naasón, padre de Salmón. 5 Salmón fue padre de Booz, y la madre de este fue Rahab. Booz fue padre de Obed, y la madre de este fue Rut. Obed fue padre de Jesé; 6 Jesé, padre del rey David.

David fue padre de Salomón, y la madre de este fue la que había sido mujer de Urías. 7 Salomón fue padre de Roboám; Roboám, padre de Abías; Abías, padre de Asá; 8 Asá, padre de Josafat; Josafat, padre de Jorám; Jorám, padre de Ozías. 9 Ozías fue padre de Joatám; Joatám, padre de Acaz; Acaz, padre de Ezequías; 10 Ezequías, padre de Manasés. Manasés fue padre de Amón; Amón, padre de Josías; 11 Josías, padre de Jeconías y de sus hermanos, durante el destierro en Babilonia.

12 Después del destierro en Babilonia: Jeconías fue padre de Salatiel; Salatiel, padre de Zorobabel; 13 Zorobabel, padre de Abiud; Abiud, padre de Eliacím; Eliacím, padre de Azor. 14 Azor fue padre de Sadoc; Sadoc, padre de Aquím; Aquím, padre de Eliud; 15 Eliud, padre de Eleazar; Eleazar, padre de Matán; Matán, padre de Jacob. 16 Jacob fue padre de José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, que es llamado Cristo.

17 El total de las generaciones es, por lo tanto: desde Abraham hasta David, catorce generaciones; desde David hasta el destierro en Babilonia, catorce generaciones; desde el destierro en Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones. (Mt. 1, 1-17)

El problema de los años

La liturgia católica propone varios textos de los Evangelios para celebrar la fiesta de la Navidad, y para hacerlo en distintos horarios o momentos del día, desde el 24 de diciembre hasta el 25 de diciembre. La mayoría de estos textos pertenecen a Mateo y a Lucas, y uno a Juan. Para esta ocasión, el comentario va sobre la genealogía inicial del Evangelio según Mateo.

Esta genealogía ha causado controversias hasta cierta época donde, casi unánimemente, se aceptó su construcción como recurso literario y teológico. Varios biblistas explotaron su cabeza, a través de los siglos, intentando congeniar la genealogía de Mateo con la de Lucas (cf. Lc. 3, 23-28); cosa que resulta imposible. Y varios más se esmeraron en incluir catorce generaciones en cada tiempo histórico que marca Mateo deliberadamente. Algunas soluciones esbozadas fueron la posibilidad de que Mateo utilizase la genealogía de José y Lucas la de María, o que Mateo se apegase a un conteo de años de tipo bíblico. De todas maneras, los hechos exegéticos superaron esa visión, y hoy por hoy no es sostenible el intento de compatibilizar ambas listas, ni tampoco las cuentas matemáticas rebuscadas para congeniar generaciones y años históricos. La intención de Mateo está puesta en otro lado. De todas maneras, hagamos cuentas: catorce generaciones, asumiendo que el tiempo promedio de cada generación son cuarenta años, cubren un rango de 560 años aproximadamente. El período comprendido entre Abraham y David es de 800 años (en un cálculo histórico), lo cual supera rotundamente la capacidad de catorce generaciones para cubrirlo. Luego, entre David y el exilio a Babilonia, la cantidad de años son unos 400, donde las catorce generaciones sobrarían. La tercera sección, en realidad, es la más probable, ya que desde el exilio babilónico hasta los tiempos del nacimiento de Jesús pasan 600 años.

Pero aparte de la cronología de las generaciones, tenemos que remarcar, por ejemplo, que la situación de Salmón y Rajab, unidos por Mateo, resultan distantes en la historia bíblica, perteneciendo ella a una época, por lo menos, cien años anterior a él. Y ni qué decir de los tres reyes y la reina omitidos entre Jorám y Ozías, salteando cuarenta y nueve años, o la falta de mención de Joacaz y de Joaquín. La última lista de catorce, que reconocimos como la más probable, también tiene un obstáculo que saltear, y es que con once nombres cubre 600 años, entre Zorobabel y José.

Navidad irregular

La genealogía de Mateo quiere transmitir un mensaje teológico. O mejor dicho: varios mensajes. Un aspecto llamativo (entre tantos) es la presencia de las mujeres. Vamos a focalizarnos allí. En realidad, las anteriores genealogías bíblicas, como la del capítulo 11 de Génesis (cf. Gn. 11, 29), la de Najor (cf. Gn. 22, 20-24), o la del capítulo 2 de Crónicas (cf. 1Cron. 2, 18-24), incluyen en su listado al sexo femenino. Por lo tanto, lo llamativo no es Mateo como hecho aislado, sino la Biblia como texto oriental, judío, que incluye a las mujeres en su sistema de reproducción patriarcal. Prueba de este patriarcalismo es la fórmula que menciona cómo un varón engendra otro varón, repetida 39 veces en el texto que leemos hoy, y utilizada ya en el Antiguo Testamento (cf. Rut. 4, 18-22). Pareciese que no es necesaria la mujer para engendrar, asumiendo que el varón es el encargado de dar y transmitir la vida. Paradójico, cuando se piensa que la mujer era la señalada como estéril cuando una pareja no concebía. Así, el sexo femenino no recibía participación en el poder de dar vida, aunque sí la condena como obstáculo para la procreación. De esta manera, el varón salía indemne de la ecuación y mantenía una posición de privilegio que lo catalogaba como dador de vida, equiparable a Dios.

Por lo tanto, cualquier genealogía bíblica que incluyese a las mujeres rompía los esquemas teológicos. De alguna manera, incipiente, la mujer participaba en la creación de la vida. Por eso lo característico de Mateo no es la inclusión del género femenino, sino las mujeres específicas que incluyó en su listado. Son cinco: Tamar, Rajab, Ruth, Betsabé y María. De la primera, Génesis nos cuenta cómo engañó a Judá, su suegro, para concebir (cf Gen. 38), debido a que los hermanos, hijos de Judá, no le habían dado descendencia. El fruto de esta unión son los mellizos Peres y Zéraj. Rajab es la mujer que, en los inicios del libro de Josué, le brinda una ayuda al ejército israelita para ingresar a Jericó. La palabra que la designa como prostituta, puede que se refiera, más bien, a una mujer de alta clase social, de buena posición, por eso no nos aferraremos a ese dato, sino más bien a su condición de pagana y a su habilidad para sobrevivir. La tercera, Ruth, es llamada la moabita (del pueblo de Moab), y en la novela que lleva su nombre se cuenta cómo, tras duras penurias, logra casarse con Booz, un israelita. Betsabé es nombrada por Mateo como la mujer de Urías, soldado del ejército de David que fue enviado por éste a la batalla para que lo asesinaran y, de esa forma, el rey pudiese tener a su mujer (cf. 2Sam. 11-12). Finalmente, María, la madre de Jesús, embarazada de una manera dudosa, habitante de un pequeño poblado de la Galilea.

A estas mujeres señaladas por Mateo las atraviesa una característica básica: tienen relaciones irregulares con los varones, y estas relaciones tienen que ver con el hecho de engendrar/sobrevivir. Tamar concibe de su suegro, y lo hace expresamente para tener descendencia, como bien ella lo afirma. Rajab aloja varones espías y forasteros en su casa (lo que genera suspicacia; y si tomásemos la acepción de prostituta, más aún), lo que le permitirá a ella y a su familia, sobrevivir a la toma de Jericó. Ruth es extranjera y vive con otra mujer, su suegra; enamorando a Booz se convierte en abuela del rey israelita David, a pesar del matrimonio mixto. Salomé comete adulterio con el rey, y su hijo será el futuro rey: Salomón. Finalmente, María es una mujer casada/comprometida, que todavía no ha tenido relaciones sexuales, y sin embargo se encuentra encinta de quien es el Mesías. Cinco mujeres en situación irregular (un cierto incesto, ¿prostitución?, origen pagano, adulterio, embarazo misterioso) sobreviven y engendran vida, se hacen partícipes activas de la historia de salvación, se involucran de manera inteligente. Porque su irregularidad no las hace inútiles, sino que las incentiva a crear desde su marginalidad, a modificar su situación complicada por un camino abierto a la vida.

Quizás esa sea una clave de esta genealogía y una pista hermenéutica para leerla en Navidad: de la marginalidad, construye Dios un camino de vida. Pero no lo hace solo, sino con los marginales. Será con las mujeres irregulares que prolongará la vida que salva. Será desde una situación complicada, condenada socialmente, que la alternativa de la gracia se expandirá. Navidad tiene mucho de esto, de marginales que cambian la historia, de irregulares como fuerza histórica. Las imágenes de Belén, del pesebre, de Herodes persiguiendo (más propio de Mateo), de los pastores (más propio de Lucas), son imágenes de lo pequeño abriéndose paso con la asistencia divina. Navidad sucedió en el reverso de la historia, en la parte polvorienta y olvidada de la historia. Navidad sucedió entre los que nadie tenía en cuenta. Las mujeres de la genealogía nos recuerdan eso.

¿Dónde sucede la Navidad hoy? ¿O dónde creemos que sucede? Porque muchos creen que sucede entre las mesas abarrotadas de manjares. Muchos validan esas mesas con al excusa de la reunión familiar. Pero eso es lo que creemos ilusamente. Navidad sigue sucediendo en el revés de la historia. Navidad sigue siendo irregular. Hemos realizado un proceso de secularización de la fiesta para adaptarla a nuestra ética y a nuestros nuevos principios de sociedad, pero eso no significa que lo genuino de la Navidad haya cambiado. En las mujeres y varones irregulares de hoy se presenta Dios con la intención de abrir su camino de gracia. Y es en la irregularidad, sobre todo, de aquellos que no pueden celebrar nuestra navidad de manjares, la irregularidad de los estigmatizados que tienen que celebrar en la oscuridad y en el silencio. Allí aparece la gracia de Dios que tiene la intención de modificar la historia hacia su plenitud. Lo ha hecho en Belén y lo seguirá haciendo.

Cuestión de reyes / Fiesta de la Epifanía – Ciclo A – Mt. 2, 1-12

Cuando nació Jesús, en Belén de Judea, bajo el reinado de Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén y preguntaron: “¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo”.

Al enterarse, el rey Herodes quedó desconcertado y con él toda Jerusalén. Entonces reunió a todos los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo, para preguntarles en qué lugar debía nacer el Mesías. “En Belén de Judea, le respondieron, porque así está escrito por el Profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá, porque de ti surgirá un jefe que será el Pastor de mi pueblo, Israel”. Herodes mandó llamar secretamente a los magos y después de averiguar con precisión la fecha en que había aparecido la estrella, los envió a Belén, diciéndoles: “Vayan e infórmense cuidadosamente acerca del niño, y cuando lo hayan encontrado, avísenme para que yo también vaya a rendirle homenaje”.

Después de oír al rey, ellos partieron. La estrella que habían visto en Oriente los precedía, hasta que se detuvo en el lugar donde estaba el niño. Cuando vieron la estrella se llenaron de alegría, y al entrar en la casa, encontraron al niño con María, su madre, y postrándose, le rindieron homenaje. Luego, abriendo sus cofres, le ofrecieron dones: oro, incienso y mirra. Y como recibieron en sueños la advertencia de no regresar al palacio de Herodes, volvieron a su tierra por otro camino. (Mt. 2, 1-12)

Como ya mencionamos en otro comentario, los primeros capítulos del Evangelio según Mateo están relatados de manera midrásica, o sea, son una relectura del Antiguo Testamento que actualiza la historia de la salvación en la persona de Jesucristo. En el caso particular de hoy, fiesta de la epifanía, mal llamada fiesta de reyes, la infancia de Jesús se proyecta narrativamente. Vamos a dejar de lado las discusiones eternas sobre la veracidad histórica de los hechos, sobre la cantidad de magos, sobre el fenómeno astrológico de la estrella. Son todas cuestiones que, probablemente, no estaban en la mente de Mateo a la hora de redactar. Literariamente, el texto encuentra dificultades, como la idea de que toda Jerusalén está consternada, cuando los magos sólo fueron al palacio de Herodes, o los sumos sacerdotes y escribas en relación íntima con Herodes, siendo que la reciprocidad no era la mejor entre estas personas, o Herodes confiando en los magos para que vayan hasta Belén y vuelvan con la información. Estas supuestas dificultades, en realidad, son recursos del autor para dejar asentado el mensaje que quiere transmitir. ¿Por qué, sino, Herodes sería tan protagonista? A Jesús se lo sobreentiende en la escena, se lo menciona entre telones, pero resulta ser Herodes quien lleva la voz cantante, al palacio donde llegan los magos, el que reúne a los sumos sacerdotes y escribas, y el que los envía a Belén a los visitantes extranjeros. Irónicamente, es el rey falso el que conduce a las naciones (magos de Oriente) hacia el rey verdadero.

Esta perícopa trata una cuestión de reyes. Son Herodes y Jesús enfrentados, desde sus contextos disímiles y su mensaje opuesto. Herodes, el rey, que posee el poder para buscar y encontrar, finalmente no encuentra a Jesús, aunque sí lo hacen los magos. Herodes propone una falsa adoración, porque quiere saber dónde esta el niño para matarlo, no para rendirle honores; a la par, los magos llegan gracias a la estrella y adoran. Herodes odia al niño, pues es su contrincante, a diferencia de José, María y los magos que lo protegen/acogen. Herodes vive en Jerusalén, rodeado de la opulencia, de los palaciegos, imponiéndose con la violencia, asesinando al que piensa distinto, al que surge como amenaza, al que ilumina al pueblo (Juan Bautista). Jesús nace en Belén, un pobladito, una aldea, sin dinero, sin desfile de plebeyos, con un mensaje que es Buena Noticia de liberación, como luz para los pueblos. En estas oposiciones queda más claro el sentido midrásico del nacimiento en Belén. Hoy por hoy, la mayoría de los estudiosos están de acuerdo en que Jesús nació en Nazareth y pasó la gran parte de su vida allí. El nacimiento en Belén, entonces, es una construcción teológica para remarcar el origen davídico del Maestro, debido a la profecía que Mateo bien utiliza en la perícopa de hoy y que pertenece a Miq. 5, 1: “Y tú, Belén Efratá, tan pequeña entre los clanes de Judá, de ti me nacerá el que debe gobernar a Israel: sus orígenes se remontan al pasado, a un tiempo inmemorial”; con un modificado de 2Sam. 5, 2b: “Y el Señor te ha dicho: Tú apacentarás a mi pueblo Israel y tú serás el jefe de Israel”. De Belén sale el Mesías porque es rey como David. La tradición cristiana primitiva asoció rápidamente a Jesús con Belén porque, desde un principio, lo entendió como descendiente de la casa davídica.

La realeza del Mesías es un tema muy importante para el judaísmo, y tuvo que serlo para los primeros cristianos que surgieron del judaísmo. La gran cuestión teológica fue reinterpretar ese status de rey en un Jesús de Nazareth, artesano, profeta de los caminos, enemigo del Templo de Jerusalén, crucificado por los romanos. La biografía de Jesús no es, ciertamente, lo que uno esperaría de un rey. En esa línea reinterpretativa está la tradición del nacimiento en Belén. Son las credenciales para autorizar el mesianismo de Jesús, que a primera mirada, desconcierta. Un modelo de rey esperable sería Herodes: dramático, con poder terrenal, con una corte y palacios, violento, sentado en mesas abundantes. El modelo jesuánico, en cambio, es desconcertante. Prefiere la casa antes que el palacio, a una muchacha y un artesano antes que una corona, a los extranjeros antes que los nobles aduladores.

Los magos son capaces de reconocer a un rey así. Los ha ayudado una estrella, ciertamente, que es el signo de las realezas. Ya en la antigüedad de Israel, precisamente un mago, Balaán, había anunciado: “Surgirá estrella de Jacob, y de Israel se levantará un cetro” (Nm. 24, 17). Aquí van asociadas ambas ideas, la del rey y de la estrella. Para el Oriente no era extraña la leyenda de los astros que, alineándose, enviaban una señal distinguible cuando nacían los grandes hombres, sobre todo, cuando nacían los reyes. Eso se había dicho, por ejemplo, de Alejandro Magno, y los hebreos poseían una tradición similar sobre Abraham en el Midrash Sefer ha-Yashar, que contaba cómo un astro se levantaba del cielo anunciando el nacimiento del niño Abraham que tomaría posesión del mundo entero. Y en esto de magos y estrellas, son Plinio y Suetonio quienes cuentan que, aproximadamente en el año 66 d.C., algunos magos de Persia fueron a visitar a Nerón para honrarlo. Todos estos datos son suficientes para dejar asentado que la intención del autor es asegurar la realeza de Jesús, que se manifiesta y se reconoce, en un primer momento, con los mismos signos de realeza del mundo antiguo, como las estrellas y los magos, pero que en un segundo momento, analizando más detalladamente, se pueden encontrar las grandes diferencias entre la manera de reinar del mundo y la manera de reinar de Jesús. Mateo tendrá todo el Evangelio para desarrollar la narración, para demostrar qué tipo de rey es Jesús. Por lo pronto, en la fiesta de la epifanía, fiesta de la revelación, nos queda la certeza de que el Reino de Dios comienza en el símbolo de Belén, con una madre reina que apenas si llegará a los quince años, con un padre artesano que subsiste gracias al trabajo de sus manos y con unos extranjeros que se han animado a seguir su estrella. En ese ambiente se encuentra el Rey de Reyes.

Cuatro navidades / Sobre las formas evangélicas de la Navidad

Mc. 6, 3: “¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?”. Y Jesús era para ellos un motivo de tropiezo”

Para el evangelista Marcos no hay relatos de la infancia de Jesús, como sí existen en los primeros capítulos de Mateo y Lucas. Sin embargo, a pesar de esa ausencia que nos duele en nuestra curiosidad, lo que sí hay en Marcos son referencias a la infancia, y no de las mejores. Cuando sucede la última visita de Jesús a una sinagoga (cf. Mc. 6, 2), se le recrimina su falta de autoridad en base a su origen. Este Jesús es un artesano de pueblo (tekton en griego), un trabajador como cualquiera, un hermano entre tantos de una familia numerosa de Nazareth. Y además de todo esto, parece ser un bastardo. Que sus compatriotas lo nombren como el hijo de María en una cultura donde el padre determina la pertenencia sanguínea, es sugestivo. Al llamarlo por su parentesco maternal, lo están acusando de ser un don nadie, inclusive un hijo ilegal, de concepción dudosa. Ser hijo de María no es un título honorífico, como podemos tergiversar por nuestro acervo religioso. Ser hijo de María es ser hijo sin padre, porque no se lo puede nombrar.

Es simpático que lo acusen de desarraigo al que más arraigado estuvo. Es simpático que lo acusen de bastardo al que tuvo más claro que nadie quién era su Padre. Es simpático que lo recriminen desde su familia al que quiso hacer una familia universal de seres humanos. Quizás, la navidad sea el tiempo de los bastardos, de los que nadie quiere, los que nadie reconoce, los huérfanos, los sin-padre. Para ellos y por ellos, el Hijo de Dios nace dudosamente.

Mt. 1, 1: “Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham”

Para Mateo es muy importante dejar en claro que Jesús es el Mesías esperado por el judaísmo y avalado por el Antiguo Testamento. Por eso su Evangelio comienza con una genealogía, un recuento de los antepasados de Jesús que lo conectan con dos pilares de Israel. Uno de esos pilares es David, el rey modelo, el rey que recibió la profecía sobre una descendencia que nunca se acabaría y que reinaría eternamente sobre Israel. Jesús es hijo de David en cuanto José acepta ponerle el nombre. El otro antepasado importante es Abraham, el padre del pueblo elegido, el símbolo de la fe. Para Mateo, Jesús no nace desencarnado, a-histórico. Todo lo contrario; Jesús nace asumiendo la historia de un pueblo que ya viene acompañado por la mano de Yahvé. David y Abraham son los garantes del judaísmo y del mesianismo del Hijo de Dios.

Este Jesús mateano puede resultarnos chocantes. ¿Una navidad judía? Y sin embargo es así. Jesús fue un judío. Es posible festejar una navidad judía. El exclusivismo de privatizar a Dios en el cristianismo, o lo que es peor, privatizarlo en alguna denominación del cristianismo, no concuerda con el espíritu jesuánico. La navidad es judía, en algún sentido, porque el pueblo de Israel representa a todos los seres humanos que fueron capaces de descubrir, en su caminar, el acompañamiento de Dios.

Lc. 2, 1-2: “En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria”

Con coordenadas históricas, Lucas define una época para Jesús. Es la época del Imperio Romano, de los censos para saber con cuánta mano de obra cuenta la maquinaria imperial, cuántos territorios, cuántos impuestos. Es el nacimiento del Mesías en un mundo globalizado, a su manera, pero globalizado, con una falsa ilusión de pluralidad cultural que caía bajo el peso de la hegemonía dominante. Un mundo con aparente libertad religiosa para algunos pueblos que, en la práctica, era libertad de seguir celebrando siempre y cuando se rindan honores al emperador. Jesús nace en época de gobernadores y de decretos, época de burocracia que, entre papeleos, se olvida de los ciudadanos, los utiliza y los pisotea. Más allá del análisis histórico sobre la veracidad o no del relato, es llamativo cómo, a causa del censo, un varón con su esposa embarazada deben movilizarse desde Nazareth hasta Belén.

Jesús será un líder carismático de su pueblo. La gente lo seguirá y lo escuchará. Será líder por el espíritu que lo anima, no por acomodamiento político. Pero su liderazgo no comienza en el palacio, sino en el pesebre. Su liderazgo no está en decretos ni en sellos reales; su liderazgo es lo opuesto, es la vida compartida con los pobres. Navidad es eso: Dios entre los pobres.

Jn. 1, 14a: “Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”

Juan hace la teología de la catequesis sobre el nacimiento de Jesús. Va más allá. El Hijo de Dios es la Palabra, es eterno, es divino. El Hijo de Dios es paradójico porque, en su eternidad, se somete al tiempo; en su infinitud, se somete al espacio; en su divinidad, se hace humano. Juan no relata el nacimiento con historias inspiradas en el Antiguo Testamento, como Mateo o como Lucas, sino que profundiza el misterio. Pero no es una profundización que sale de las cavilaciones joánicas. En el prólogo de su Evangelio (cf. Jn. 1, 1-18) hay referencias al Pentateuco y a la tradición filosófica judeo-helenista. Juan llega a comprender la encarnación porque había elementos previos para hacerlo. La Palabra pone la tienda (skenoo según el texto griego) entre nosotros como la Tienda del Encuentro que acompañó a Israel en su marcha por el desierto. Jesús es la plenitud del Templo, o sea, la plenitud de la presencia de Dios entre los seres humanos.

Navidad es Dios entre nosotros, es Dios acá, es Dios palpable. Juan lo descubrió teológicamente, llegó al meollo de la cuestión, y lo expresó con poesía. Navidad es poesía y teología, también. Es difícil poner en palabras a la Palabra. Es difícil explicar a Dios; sobre todo cuando Dios es tan sorprendente, tan imprevisible, tan amoroso. En navidad tenemos el desafío misionero de contar la Buena Noticia como podamos, como nos salga, pero fundamentalmente, contar el Evangelio con nuestras vidas.

José con las manos en la historia / Cuarto Domingo de Adviento – Ciclo A – Mt. 1, 18-24

Este fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo.

José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto. Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados”.

Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel, que traducido significa: Dios con nosotros.

Al despertar, José hizo lo que el Angel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa. (Mt. 1, 18-24)

En el último domingo del Adviento nos introducimos al misterio de la concepción de Jesús. Los protagonistas son cinco: el Ángel del Señor, el Espíritu Santo, Jesús, María y José. No caben dudas que el hilo narrativo hace referencia, y se entreteje, desde José, a diferencia del Evangelio según Lucas, donde María es la voz cantante. Como fácilmente nos percatamos en un sondeo rápido de los relatos de la infancia, hay una perspectiva más mariana en Lucas y más josiana en Mateo. La prueba irrefutable es la dirección que toman las palabras del ángel. Mientras que en el relato lucano la interlocutora del enviado divino es María (cf. Lc. 1, 26ss), para Mateo es José el que tiene las revelaciones; de María se nos pone al tanto que ya está encinta. A continuación, será siempre José quien tenga que tomar las riendas de la familia (del niño y la madre) para trasladarse a Egipto (cf. Mt. 2, 14) y para regresar a Israel (cf. Mt. 2, 21). La razón mateana de esta focalización en José responde a las claves intencionales del autor. Como la mayoría de los biblistas lo afirman, el auditorio de Mateo está compuesto, en gran medida, por judíos convertidos al cristianismo. Para estos judíos, lo más importante es que Jesús sea el Mesías según las Escrituras; para ello, debe cumplir con las profecías del Antiguo Testamento, debe comportarse como judío (como rabino, más precisamente), y debe ser descendiente del rey David, para estar en consonancia con el anuncio del profeta Natán (cf. 2Sam. 7, 12-16). No es que la comunidad mateana no aceptara la ruptura que significa el Evangelio del Reino con la tradición judía, pero tampoco es menos cierto que este cristianismo representado en Mateo haya realizado borrón y cuenta nueva con todo su acervo veterotestamentario. Los mismos guiños literarios del relato dejan en claro que visión de Jesús tenían. Mateo cita el Antiguo Testamento en 41 oportunidades (más que Marcos, Lucas o Juan), de las cuales 10 no se encuentran en los otros Evangelios. El libro está organizado en torno a cinco discursos (el sermón del monte en Mt. 5, 1 – 7, 29; el discurso misionero en Mt. 10, 1 – 11, 1a; las parábolas en Mt. 13, 1-53a; el discurso comunitario-eclesial en Mt. 18, 1 – 19, 1a; el discurso apocalíptico en Mt. 24, 1 – 26, 1a) recalcando la condición de maestro rabino de Jesús (llamado Maestro en 8 oportunidades y reconocido como único Maestro en Mt. 23, 8) que enseña con sermones. El título Hijo de David aparece 9 veces en Mateo, mientras que en los otros Evangelios se encuentra 7 veces sumando todas las apariciones.

En este contexto judío está también el personaje de José. Por la genealogía con la que abre el libro (cf. Mt. 1, 1-17), sabemos que hay una línea de conexión entre Jesús y David, y que el último eslabón es José. La importancia de José, entonces, es tremenda. Gracias a él y al papel que desempeñará, es posible dar cabida al mesianismo jesuánico con todas las letras. En el rango de lo hipotético, si José no aceptase hacerse cargo de la paternidad putativa de Jesús, rechazando la responsabilidad de darle un nombre, se caerías las profecías que identifican al Mesías como descendiente de la casa de David. Jesús, sin padre, en una sociedad patriarcal, sería un extirpado de la historia, un bastardo sin raíces. En los términos teológicos de la encarnación, el rol de José es la clave que arraiga a Jesús al Pueblo de Dios (en Lucas, ese rol lo juega María, la hija de Sión). Literariamente, la relación entre la genealogía y la misión de José está en la posible traducción de Mt. 1, 1: “Libro del génesis de Jesucristo…” y Mt. 1, 18: “Este fue el génesis de Jesucristo…”. Ambos comienzos similares marcan una conexión entre la lista de los antepasados y la escena en la que José recibe el anuncio del ángel.

Ahora bien, la pregunta lógica es qué pretende el ángel precisamente al revelarse a José. La interpretación clásica (sin demasiado fundamento en el texto) es que el ángel le viene a explicar la situación de María (el embarazo), que José estaría entendiendo como un engaño de ella, un adulterio. Pero resulta que, ateniéndonos a la perícopa que leemos hoy, lo que el ángel le explica a José es su situación, no la de su esposa. José no duda sobre la inocencia o la moral de María, sino sobre el rol que le toca desempeñar en un plan divino donde, aparentemente, él quedó fuera. ¿Qué necesidad de padre humano tiene el Hijo de Dios? ¿Para qué seguir al lado de aquella que ha sido elegida por el Espíritu Santo? ¿Qué puede aportar un artesano de Nazareth al Mesías? Pues bien, el mensaje del ángel es que José, como hijo de David, o sea, descendiente del rey de la casta mesiánica, tiene la obligación de ponerle el nombre al niño, porque nombrándolo lo adopta como hijo, y adoptándolo lo incorpora a la cadena genealógica davídica, de donde debe provenir el Mesías. Como sugieren algunos biblistas, una mejor traducción de las palabras del ángel podrían ser: “No tengas miedo en llevarte a María, tu mujer. En efecto (como tú ya sabes), la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo al que llamarás con el nombre de Jesús, porque él salvará al pueblo de sus errores”. Mateo, entonces, asume que José sabe lo misterioso del embarazo de María. Esta lectura aclara, también, por qué el autor recalca que José era un hombre justo. Su justicia no está en una moralidad sexual por la cual rechaza el adulterio como impureza. Esa interpretación proviene de una Iglesia obsesionada por el tema de la sexualidad, que la fue consumiendo a través de los siglos. La justicia de José es más grande, más abarcativa, más preocupada por lo fundamental. La justicia de José es aquella que le hace preguntarse por su vocación, por los caminos de Dios, por la posibilidad de hacerse a un costado para respetar la historia de la salvación. José es justo porque antes que su ego está una mujer, un niño y el Reino. La situación es muy traumática para él: Dios ha elegido como madre de su Hijo a su esposa, con quien pensaba compartir la vida. Quizás nunca había entendido, todavía, que los caminos de Dios son distintos a los caminos de los hombres (cf. Is. 55, 8). José decide alejarse, suponiendo que no hay lugar para él en esta historia. El ángel le dice que se acerque, que en esta historia (historia de salvación) su papel es fundamental.

José es el que pone el nombre al niño, poniendo al mismo tiempo su misión. Dos nombres menciona Mateo. Uno es Jesús, Iesous en griego, una transliteración del hebreo Josué que significa Dios salva. Jesús era un nombre común entre los judíos, debido a la historia del conquistador Josué, sucesor de Moisés para entrar a la tierra prometida. Sin dudas, este nombre aplicado al hijo de María es la esperanza de que el Pueblo de Dios entre nuevamente en la tierra prometida. Hay un nuevo conquistador por nacer, distinto de los conquistadores de capa y espada. Este conquistador nace entre los humildes de Nazareth, sin ejército, sin soldados, fuera del castillo. Nace para ser cuidado por sus padres. Es Dios que salva, que nos introduce en la tierra prometida, pero de una manera diferente. La clave de esa diferencia está en el segundo nombre que menciona Mateo, apelando a la profecía de Is. 7, 14: Immanuel, que significa Dios con nosotros. El secreto con el que conquistará la tierra prometida Jesús será la presencia constante al lado de los seres humanos. A lo largo del Evangelio según Mateo puede encontrarse una cadena del Emanuel que demuestra la hipótesis mateana. El primer eslabón de esta cadena es la profecía de Isaías que leemos hoy, aplicada por Mateo. Es el Dios del Antiguo Testamento, de los profetas, el que se hace presente en el vientre de María. No ha desaparecido Yahvé, no se ha ido, sino que ha transformado su presencia en un niño. El segundo eslabón está en Mt. 18, 20: “Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos”. Son palabras de Jesús a sus discípulos, recordándoles que su presencia es continuada en la oración, en la vida comunitaria. Cuando el nombre de Jesús, o sea, cuando su Persona es tenida en cuenta en el encuentro de dos o más seres humanos, Él está allí, certeramente, acompañando. El tercer eslabón está en el final del Evangelio, en Mt. 28, 20: “Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo”. Ya son palabras del Resucitado. La muerte no permitirá que Dios deje de estar con los seres humanos, no lo separará de ellos. Con la resurrección se inaugura una nueva presencia transformada que excede los límites de lo material. Hasta que se acaben los días, hasta que la historia alcance su conclusión, Dios estará acompañando el proceso histórico.

—————————————————————————————————————————————————————–

Dios está. Aunque no lo veamos, aunque nos superen las condiciones de vida, aunque nos agobien los problemas, aunque parezca que el mundo se está destruyendo sin intervención divina. Dios está. Para Mateo era una certeza. Para María y José fue una constatación. Para nosotros debiese ser la esperanza. La gente se pregunta, repetidas veces, nos pregunta directamente, se cuestiona, lo saca a relucir en artículos anti-cristianos: ¿dónde está Dios si las personas se mueren? ¿dónde está Dios si hay niños que no tienen para comer? ¿dónde está Dios cuando suceden las catástrofes naturales? El sufrimiento parece ser el mayor argumento contra Dios, su existencia y, en todo caso, su intervención en la historia. Dios está, pero también está el sufrimiento. Los teólogos intentan llegar a una conclusión satisfactoria sobre el binomio sufrimiento/amor, pero terminan encontrándose con un muro difícil de derribar. Los misioneros tiemblan cuando saben que, de momento a momento, puede salir a la luz el tema. ¿Qué Buena Noticia de la presencia divina se puede proclamar a los que no experimentan otra presencia que la de las ausencias, las lastimaduras o las opresiones?

En estas circunstancias, viene al rescate José y aquello de los caminos de Dios y los caminos de los hombres de Isaías. El ángel le dice a José (nos dice a nosotros) que Jesús no lo logrará solo, no crecerá sin un padre y una madre (no cambiará el mundo prescindiendo de nosotros). El rol de José, fundamental en la historia de la salvación, nos recuerda que nuestro compromiso con la historia también es fundamental. Si vemos desfilar los acontecimientos sin intervenir en ellos, nunca le mostraremos al mundo que Dios, realmente, está presente entre nosotros.

¿Hijo pródigo, padre misericordioso o hermano fariseo? / Cuarto Domingo de Cuaresma – Ciclo C – Lc. 15, 1-3.11-32

Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a él para oírle. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: “Éste acoge a los pecadores y come con ellos.” Entonces les dijo esta parábola:

Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo al padre: “Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde.” Y él les repartió la hacienda. Pocos días después, el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano, donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino. Cuando se lo había gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país y comenzó a pasar necesidad. Entonces fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pues nadie le daba nada. Y entrando en sí mismo, dijo: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros.” Y, levantándose, partió hacia su padre. Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: “Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo.” Pero el padre dijo a sus siervos: “Daos prisa; traed el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en la mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida; se había perdido y ha sido hallado.” Y comenzaron la fiesta.

Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y, llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Él le dijo: “Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano.” Él se irritó y no quería entrar. Salió su padre y le rogaba. Pero él replicó a su padre: “Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!” Pero él le dijo: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ha sido hallado.” (Lc. 15, 1-3.11-32)

La parábola del padre misericordioso (mal llamada del hijo pródigo), no es un texto aislado en Lucas. Cuidadosamente está ubicada en el capítulo 15, junto a otras dos parábolas, la de la oveja perdida (cf. Lc. 15, 4-7) y la de la dracma perdida (cf. Lc. 15, 8-10). Las tres parábolas están contadas en un contexto preciso: Jesús rodeado de publicanos y pecadores (cf. Lc. 15, 1) y fariseos y escribas que lo critican por comer con esta clase de gentes (cf. Lc. 15, 2). La tradición ha llamado a esta sección las parábolas de la misericordia, porque de una u otra manera, el amor/gracia de Dios se manifiesta superando los límites previsibles. El pastor deja noventa y nueve ovejas para buscar una sola; la mujer da vuelta la casa hasta encontrar la dracma; el padre recibe al hijo menor que se había ido y que había despilfarrado su herencia. En las tres escenas, el tema de la alegría es evidente. La conversión del pecador genera un gozo indescriptible en el cielo, entre los ángeles, y en el mismísimo padre. Hay fiesta y celebración porque los muertos regresan a la vida, los extraviados encuentran el camino, los perdidos son encontrados. Hay fiesta y celebración porque el amor es más grande que el mal.

La liturgia saltea los versículos de las dos primeras parábolas y, acertadamente, nos deja comunicados los versículos de la introducción con el relato del padre misericordioso. A partir de esta unificación es más fácil entender hacia dónde apunta la parábola. En el Evangelio según Lucas, hay tres referencias a Jesús comiendo con publicanos y pecadores. La primera es la de Lc. 5, 29, en casa de Leví, seguida de las murmuraciones de fariseos y escribas (cf. Lc. 5, 30). La tercera es la de Lc. 19, 1-10, en el episodio de Zaqueo, donde Jesús se hospeda en casa del jefe de los publicanos (es evidente que comió allí); la gente murmura por este comportamiento. La segunda referencia es la que leemos hoy, con la misma estructura de siempre: Jesús come con los impuros y los supuestos puros murmuran y critican su actitud. Por lo tanto, las tres parábolas de la misericordia no son sólo mensajes para los pecadores, y quizás sean todo lo contrario: mensajes para los que practican el farisaísmo, para los que se creen justos y condenan a los demás. Precisamente en el relato del padre misericordioso, que es una parábola compuesta por dos partes, la primera hasta Lc. 15, 24, y la segunda hasta Lc. 15, 32, es la sección final la más importante. El centro de interés no es la conversión del hijo menor, sino la conversión que no quiere realizar el hijo mayor. El menor se arrepintió, volvió, y aceptó ser hijo digno nuevamente. El mayor no se comporta como hijo ni como hermano; él necesita aprehender la enseñanza. Basados en el contexto que ya citamos, el hijo mayor se corresponde a los fariseos y a los escribas. En clave hermenéutica, el hijo mayor se puede corresponder con cualquiera de nosotros.

Pero veamos el centro de la estructura literaria, que corresponde al padre y a su recepción del hijo menor que volvió. Esta recepción y las actitudes que la acompañan son lo que irrita al hijo mayor, que no está tan molesto con el hermano como con su progenitor, incapaz de castigar, juez injusto que no sobrecarga con penas el pecado que se ha realizado en su contra. Seguramente, el hijo mayor no tendría problemas en recibir a su hermano si éste fuese reducido a la condición de jornalero y recibiese un trato de inferioridad. Pero lo que hace el padre es todo lo contrario. Al verlo venir de lejos, como si lo estuviese esperando, oteando el horizonte, se conmueve. La palabra en griego para esta compasión es splagcnizomai, que puede traducirse casi literalmente como ser movido en las entrañas. Splagcna designa las vísceras, los órganos más internos. Es una compasión que se manifiesta hasta físicamente, con un nudo en el estómago, por ejemplo. Es la compasión que nace de lo profundo. El mismo término es utilizado en Lc. 7, 13 cuando Jesús se compadece de la viuda de Naín que ha perdido a su único hijo, y en Lc. 10, 33 para describir el sentimiento del buen samaritano de la parábola respecto al hombre asaltado y maltratado por los salteadores. Es la compasión que mueve a la acción efectiva, que revive y que asiste al prójimo. En el caso del padre, es la compasión que lo pone en movimiento, que lo hace correr, como corre Zaqueo para ver pasar al Maestro (cf. Lc. 19, 4) y Pedro para ver el sepulcro vacío la mañana de resurrección (cf. Lc. 24, 12). En la cultura mediterránea, a un hombre notable no se le permitía correr, pues era indecoroso. Sin embargo, eso no es impedimento para el padre. Al llegar ante el hijo menor, se echa sobre su cuello, se deja caer sobre él, y lo besa efusivamente. La palabra griega para este beso es katafileo, la misma con la que se describe en Lc. 7, 38 cómo la pecadora pública besa los pies de Jesús tras haber derramado lágrimas y perfume sobre ellos. En Hch. 20, 37, nuevamente se utiliza el vocablo cuando los presbíteros de Éfeso se despiden de Pablo, arrojados sobre su cuello y afligidos porque ya no lo volverían a ver. Katafileo, entonces, no son besos decorosos, sino expresiones genuinas y pasionales de amor. Son los besos que no se dan por compromiso, sino por un sentimiento verdadero, en situaciones extremas.

Todas estas acciones del padre no son sólo expresiones arrebatadas. Son provocaciones del amor que siente por su hijo, y al mismo tiempo conductoras del status restituido, de la dignidad recuperada. Un status y una dignidad que tienen sentido porque el amor del padre no está estructurado bajo las categorías humanas. En la cultura mediterránea del siglo I, si un padre acogía a uno de sus hijos libertinos sin castigarlo, en cierta medida se hacía partícipe de ese libertinaje. Su deber como padre era imponer una sanción. En la parábola, el padre parece desentendido de esas usanzas. Su alegría es superior a cualquier disposición social. Su hijo menor, muerto y vuelto a la vida, perdido y hallado, tiene derecho a la dignidad sin condena. Por eso le hace poner el mejor vestido, un anillo y sandalias. El vestido es, figuradamente, la configuración de la persona, aunque de manera no figurada, la manera de vestir puede reflejar la personalidad. Para Pablo, debemos revestirnos con fe, caridad y esperanza (cf. 1Tes. 1, 12), y nuestros cuerpos corruptibles serán revestidos en la resurrección con inmortalidad (cf. 1Cor. 15, 53-54). Pero sobre todo, los cristianos somos revestidos de Cristo (cf. Rom. 13, 14; Gal. 3, 27), como también lo expresan las cartas deutero-paulinas (cf. Ef. 4, 24; Col. 3, 10). Ser re-vestido, nuevamente vestido, es asumir un nuevo ser. Por otro lado tenemos el anillo, símbolo de autoridad. El anillo de los reyes contenía el sello real, con el que se rubricaban los dictámenes, las leyes, las cartas, etc. Tener un anillo es tener la autoridad para firmar lo que se dispone, y que esa firma tenga valor. Cuando Faraón instituye a José como su mano derecha, se quita el anillo de su mano y se lo da (cf. Gn. 41, 42), haciéndole saber que “sin tu licencia no levantará nadie mano ni pie en todo Egipto” (Gn. 41, 44b). Finalmente, tenemos las sandalias. Sólo los hombres libres pueden utilizar calzado; los esclavos van descalzos. Las sandalias, antiguamente, eran símbolo de posesión de la tierra, por eso Moisés debe descalzarse frente a la zarza ardiente (cf. Ex. 3, 5), porque ese suelo es sagrado, no le pertenece, es de Dios. Estar calzado es ser libre y propietario, dueño de uno mismo y de donde pisa.

El hijo menor recupera algo más que comida. Recupera dignidad, y recuperándola vuelve a la vida. Eso es lo que celebra el padre. Ha triunfado el amor. Hay un esclavo menos en el mundo. Es justamente ese amor el que elimina la esclavitud y devuelve la vida. El hijo mayor, por supuesto, no lo entiende. Su recriminación es que ha estado siempre junto a su padre cumpliendo las órdenes, y ahora llega éste que se había ido por su propia decisión y todos festejan, cuando deberían castigarlo. La pregunta que el hijo mayor no realiza a su padre es por qué no lo castiga. Sabe la respuesta, y eso le aterra. Entiende que lo único que está en juego para su padre es el amor; lo demás es accesorio. Para él es al revés: el castigo del pecador está primero, lo demás es accesorio.

Esa actitud farisaica del hijo mayor no es sólo de algunos fariseos históricos. Es de muchos cristianos actuales. Hay que estar bien parados para admitir que el Padre ama de más. Hay que conocer lo suficiente a Dios como para suponer y creer que para Él estamos todos invitados a la fiesta, porque todos somos hijos. Si el problema es que no hemos entendido de qué clase de filiación se trata, entonces la cuestión es otra. Si creemos que los verdaderos hijos son los que ven al Padre como un juez administrador de castigos, nos equivocamos; si creemos que la relación con el Padre debe ser de acatamiento y no de amor, estamos equivocados; si hemos inventado un complicado juego de reglas que deben ser cumplimentadas para acceder más tarde (mucho más tarde) al novillo cebado, también estamos equivocados. Los hijos pueden comer el novillo cuando sea, porque lo que es del Padre, también es nuestro. Los hijos no se enojan cuando los perdidos son encontrados, cuando los muertos vuelven a la vida. Ese aumento de hijos no significa que haya menos para compartir, sino que ahora hay alguien nuevo para hacerlo. Eso es motivo de suficiente alegría, en el cielo y para los ángeles. ¿Podrá serlo para nosotros? ¿O preferimos refunfuñar desde afuera creyendo que estamos adentro? Porque para ser verdadero hijos, más que acatar las órdenes de un padre, tenemos que reconocer que tenemos hermanos.

Santa María Madre de Dios – Ciclo C – Lc. 2, 16-21

Fueron a toda prisa y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho acerca de aquel niño; y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían. María, por su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón. Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, tal como se les había dicho. Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le puso el nombre de Jesús, el que le dio el ángel antes de ser concebido en el seno. (Lc. 2, 16-21)

La celebración litúrgica de este día tiene, por lo menos, tres elementos: antes de 1969 se la conocía como la Fiesta de la Circuncisión de Nuestro Señor, y por lo tanto, se conmemoraba la imposición del nombre Jesús. A partir de 1969 se le cambió el título al día por el de Santa María Madre de Dios. Y el Papa Pablo VI, finalmente, instituyó en el primer día del año la ocasión para orar por la paz universal. Por estos motivos, en este día las aristas son varias y hay distintos hincapiés. Se trata de un día mariano, pero fuertemente teológico, porque el centro está en la maternidad divina, y a través de ella, en la encarnación. Dios asume una carne, se gesta en el vientre de una muchacha palestina. Pero Dios no asume la carne en un plano metafísico, irreal. Al encarnarse, lo hace en un pueblo determinado, en una época precisa y en un contexto cultural con su particular acervo. La circuncisión de Jesús es, en uno de sus sentidos, la conmemoración de esta otra encarnación, la cultural. Jesús es hombre universal, pero sin dudas, es varón judío. En este juego de particularismo y universalidad se juega, muchas veces, la paz de las gentes. Entre las pretensiones de afirmación racial, los intereses de un grupo específico, las ansias de dominación mundial y el imperialismo, los seres humanos se disputan bienes materiales que acaban con las vidas de los hermanos. Jesús, hombre universal, es la propuesta acabada de la paz para la humanidad.

Según Lucas, tras el nacimiento de Jesús, a los ocho días del mismo, es circuncidado. La circuncisión es una cirugía, una intervención quirúrgica pequeña que se realiza cortando una porción del prepucio del pene. Según varios historiadores, esta práctica no fue original de los israelitas, sino que también en Egipto, Etiopía y Fenicia, por ejemplo, se llevaba adelante. Inclusive en Australia habría registros de circuncisiones en las poblaciones primitivas. En algún momento de la historia, esta práctica se volvió importante y fundamental para los israelitas. Según el relato del Génesis, esto comienza en uno de los tantos diálogos entre Dios y Abraham, cuando Yahvé, estableciendo su alianza con el patriarca y su descendencia, cambia su nombre de Abrán a Abraham (cf. Gen 17, 5), le promete una fecundidad sobreabundante (cf. Gen. 17, 6) y le indica que, como signo de la alianza establecida, todos los varones de su descendencia deben circuncidarse (cf. Gen. 17, 10-11), inclusive aquellos varones que forman parte de sus pertenencias humanas, como los esclavos y los sirvientes (cf. Gen. 17, 13). Cuando acaba el diálogo con Dios, Abraham lleva adelante la orden (cf. Gen. 17, 23-27) y acepta, con la circuncisión, la alianza, sus términos y las promesas. Circuncidarse es, para el patriarca, antes que otra cosa, un acto de fe. El capítulo 17 del Génesis habla del signo de la alianza, pero sobre todo, habla de la descendencia prometida desde lo imposible. Abraham pregunta irónicamente a Yahvé si un hombre de cien años como él y una mujer de noventa como Sara pueden tener descendencia (cf. Gen. 17, 17), porque parece algo inverosímil. Circuncidarse es, entonces, creer en las promesas imposibles de Dios. Y por esa fe, pasar a formar parte de un pueblo que tiene una común esperanza. Por lo tanto, parece lógico que un incircunciso (en el contexto de Gen. 17, 14 no se habla de los que no se circuncidan por ser paganos, o sea, por no tener relación con Abraham, sino que se hace referencia a aquellos descendientes de Abraham que rechazan la circuncisión) sea borrado de entre los suyos. Es un traidor, alguien que rechaza la identidad israelita.

La legislación al respecto de la circuncisión es clara. Debe realizarse a los varones en el octavo día de su nacimiento (cf. Gen. 17, 12; Lev. 12, 3). Y sólo los circuncidados pueden celebrar la pascua (cf. Ex. 12, 48). Si un esclavo o un inmigrante desean comer la pascua, entonces deben circuncidarse, y así se volverán aptos para el ritual (cf. Ex. 12, 44-48). Con el tiempo, bajo la perspectiva judaizante y la creciente separación entre lo puro y lo impuro, la circuncisión dejó de ser signo de las promesas que se creen para convertirse en elemento de segregación. El circunciso es puro y el incircunciso no lo es, está fuera de la elección de Dios, es un rechazado. La señal de los que hacen alianza con Yahvé fue cambiada por un ritualismo de seguridad salvífica. Muchos creían que el solo hecho de la circuncisión los salvaba, y lo demás (la justicia, el amor, el prójimo) era accesorio. Esa posición es la que critica el Bautista cuando exhorta a sus oyentes a dar frutos sinceros de conversión para que dejen de decir que tienen por padre a Abraham (depositando en esa filiación toda la vida), ya que “puede Dios de estas piedras dar hijos a Abrahán” (Lc. 3, 8). Pero antes del Bautista, otros miembros del pueblo de Dios habían notado que la circuncisión había perdido su sentido. El libro del Deuteronomio invita a circuncidar el corazón (cf. Dt. 10, 16; Dt. 30, 6). Jeremías también se hace eco de esto con un lenguaje más duro: “Circuncidaos para Yahvé, extirpad los prepucios de vuestros corazones” (Jer. 4, 4a), y la terminología incircuncisos de corazón (cf. Jer. 9, 25) e incircuncisos de oídos (cf. Jer. 6, 10) se vuelve clave para entender la profundidad de la denuncia. Israel está depositando su confianza en un rito, está focalizando en lo mágico su alianza con Yahvé, cuando, contrariamente, está en el oído (que oye la Palabra) y en el corazón (que late con el corazón de Dios) el sentido de la alianza. Verdaderamente es pueblo de Dios el que escucha atento con prontitud de corazón, el que reconoce en lo divino las promesas de la descendencia imposible, el que camina confiado en lo inverosímil que puede hacerse realidad por obra de Dios. La circuncisión sin actitud de entrega es brujería, es ritualismo, es costumbre. La circuncisión que circuncida los oídos y el corazón penetra lo íntimo del ser y se hace trascendente, va más allá del acontecimiento y pone en sintonía con Dios.

Jesús, como varón judío, debe ser circuncidado. Al octavo día de su nacimiento es introducido a la vida de su pueblo, a la historia de Israel, a las promesas de Dios. Para Lucas el momento no es menor. Allí recibe el nombre que el ángel ha indicado (cf. Lc. 1, 31). Con la circuncisión se recibe un nombre, y en términos bíblicos, cuando se recibe un nombre se recibe una misión. Con esta perspectiva podemos plantearnos qué significado tiene hoy la circuncisión de Jesús:

- Heredero de las promesas y Promesa: eso es el niño de María y José. Circuncidándolo, Jesús asume aquella alianza de Abraham que se ratificó con Moisés. Asume la promesa de la descendencia abundante y de la tierra prometida. Jesús camina con su pueblo, espera con su pueblo, cree con su pueblo. Al mismo tiempo, Jesús es la promesa mayor de las alianzas, es el Esperado por excelencia, es la Tierra Prometida. Es la concreción de las esperanzas profundas de Abraham y de Moisés. En Él, la historia de Israel (la historia de la humanidad) cobra sentido. La circuncisión era el signo provisorio para los tiempos mesiánicos, cuando el Hijo obraría la circuncisión de los oídos y del corazón. Hoy puede resultarnos lejano este acontecimiento en la vida de Jesús, o superficial, pero quizás sea interesante plantearnos dos cosas: si caminamos con nuestros pueblos, por un lado, y si nos hemos dado cuenta de los tiempos mesiánicos, por otro. La evangelización no es la pesada noticia de que todos debemos bautizarnos/circuncidarnos sí o sí antes de determinada edad, sino la Buenísima Noticia de que es posible transformar nuestros oídos y nuestros corazones para oír mejor la Palabra y para guardarla mejor, en vistas a que los tiempos mesiánicos no sean solamente una añoranza o un movimiento intimista, sino que verdaderamente conviertan el mundo.

- Las mujeres ponen los nombres: la circuncisión es machista, ya que sólo el varón tiene pene, por lo tanto, es el único apto para este ritual. La mujer es, en estos términos, siempre una incircuncisa. Por esto, es el padre quien lleva al hijo a circuncidar y quien le pone el nombre. En el relato de Lucas se da una cuestión curiosa. En primer lugar, cuando se narra la circuncisión de Juan el Bautista (cf. Lc. 1, 59-63), al estar Zacarías mudo por no haber creído en las promesas de Dios (cf. Lc. 1, 20), será Isabel quien dirá que “se ha de llamar Juan” (Lc. 1, 60). Luego, Zacarías lo confirmará escribiendo en una tablilla. En el caso de Jesús, cuando sucede el relato de la anunciación a María (cf. Lc. 1, 26-38), el ángel le dice explícitamente que ella le pondrá el nombre (cf. Lc. 1, 31). En Mateo, la historia es diametralmente opuesta; el ángel se aparece y habla con José, y es él como padre legal quien tendrá que ponerle el nombre (cf. Mt. 1, 21). Que las mujeres pongan el nombre en un rito machista es un signo de la inversión de valores del Reino. En Jesús hay algo más grande que la desigualdad de varones y mujeres, hay algo más grande que una exclusión sistemática. En Jesús hay igualdad e inclusión. Jesús recibe un nombre de las despreciadas para que los despreciados tengan nombre/dignidad. Las mujeres pueden poner nombre a los hijos, las mujeres son dignas de recibir la Palabra de Dios, dignas de oírla y ponerla en práctica. María es la gran circuncisa de corazón, pues guarda los acontecimientos y los medita en su interior (cf. Lc. 2, 19; Lc. 2, 51). Vale preguntarse si consideramos los corazones circuncidados de tantos excluidos que, en el silencio, sin grandes aparatos rituales, hacen de la vida cotidiana un altar. Vale preguntarse si evangelizamos conociendo las largas procesiones internas de tantos hombres y mujeres, si nos preocupamos por entender, aunque sea un poquito, lo que meditan en sus corazones, o si directamente caemos con el peso de una estructura fabricada afuera, en otro tiempo y en otro espacio, anacrónica. Vale preguntarse si queremos que los otros tengan un nombre para ser dignos e incluidos, o si queremos ponerle nombre para registrarlos en nuestras actas eclesiales.


Fiesta de la Sagrada Familia – Ciclo C – Lc. 2, 41-52

Sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua. Cuando cumplió los doce años, subieron como de costumbre a la fiesta. Al volverse ellos pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres. Creyendo que estaría en la caravana, hicieron un día de camino, y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero, al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca. Al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y haciéndoles preguntas; todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas. Cuando le vieron quedaron sorprendidos y su madre le dijo: “Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando.” Él les dijo: “Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?” Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio. Bajó con ellos, vino a Nazaret y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón. Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres. (Lc. 2, 41-52)

Los dos Evangelios que contienen relatos de la infancia de Jesús (Mateo y Lucas), estructuralmente, tienen por lo menos dos partes: los relatos de la infancia y la vida pública. Mt. 1-2 y Lc. 1-2 aparecen como una unidad literaria propia, coherente en sí misma y discontinuada del resto de los libros, no por carecer de relación con el ministerio de Jesús, sino porque entre la infancia y la vida pública acontecen, en silencio, unos veinte años. Mientras Mateo comprime unos 10 años en los primeros dos capítulos y luego salta hasta el bautismo para dedicarle de ahí en adelante lo que resta del libro, y mientras Lucas comprime 12 años en los dos primeros capítulos y luego salta hasta los treinta años del Maestro (cf. Lc. 3, 23), la juventud e inicio de la adultez de Jesús se esconden bajo Lc. 2, 40: “El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él” y Lc. 2, 52: “Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres”. Apenas dos versículos parecen dedicarse a casi veinte años de existencia en Nazareth. Inclusive, ambos Evangelios parecen dar un nuevo comienzo en sus respectivos capítulos 3. Mt. 3, 1 se referirá a la fecha de “por aquellos días”, que en su contexto, entendemos que no se trata de los mismos días del final del capítulo 2, cuando la familia regresa de Egipto. Lc. 3, 1-2 son las coordenadas históricas bajo las cuales aparece el Bautista; coordenadas distintas a las de Lc. 1, 5 y Lc. 2, 1-2.

Así puestas las cosas, puede hablarse de los relatos de la infancia como unidades literarias con peso específico. Y aún más, muchos biblistas coinciden en afirmar que estas unidades son un mini-Evangelio, o sea, que son resumen, simbolismo y anticipo de lo que se narrará después. Son resumen porque, en apenas dos capítulos, los temas principales de la vida y muerte de Jesús se hacen presentes; son simbólicos porque las imágenes, las situaciones y las figuras suelen señalar una realidad mayor que se terminará de entender al final de la lectura completa del libro; y son anticipo porque, desde la infancia de Jesús (presente literario) anuncian los sucesos de la vida pública y de su muerte y resurrección (futuro literario). Sin duda que se refieren específicamente a los primeros años del Maestro, pero sin duda se refieren también a los últimos años. Y en la lectura de hoy es posible descubrir estas prolepsis (anticipos literarios).

La primera gran referencia de esta perícopa es Jerusalén. La familia sube a la ciudad capital para la fiesta de la pascua, celebración que obligaba a todo judío a peregrinar hasta el templo, como bien lo indica Dt. 16, 16, asegurando que tres son las liturgias que obligan una asistencia personal: la Pascua (fiesta de los ázimos), Pentecostés (fiesta de las semanas) y la fiesta de las tiendas o tabernáculos. Pero subir a Jerusalén es, en lenguaje de los sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas), ir hacia la pasión (cf. Lc. 9, 51; Lc. 13, 33-35; Lc. 18, 31-33), porque allí el Hijo del Hombre será crucificado. En la misma línea, al suceder durante la pascua se nos trae a la memoria que una pascua judía es el marco de la pasión, muerte y resurrección de Jesús (cf. Lc. 22, 1.7-8.13.15).

Ya en el centro de la escena, hallamos que María y José buscan a Jesús, pero no lo encuentran, como sucede la mañana de resurrección, cuando las mujeres van al sepulcro, pero no encuentran el cuerpo (cf. Lc. 24, 3). Igualmente, María y José lo hallan al tercer día, lo que recuerda al tercer día de la muerte de Jesús que es, paradójicamente, fin de la muerte y resurrección, o sea, fin de la búsqueda del cuerpo porque es posible encontrarse con el Resucitado (cf. Lc. 24, 7.21.46). A pesar de este encuentro transformado, el capítulo 24, último capítulo del Evangelio según Lucas, capítulo de la resurrección, no duda en presentar la incomprensión de los discípulos ante la presencia del Resucitado; los discípulos de Emaús se dan cuenta tarde y no lo reconocen durante el camino (cf. Lc. 24, 31-32), los Once y los que estaban con ellos creían ver un espíritu (cf. Lc. 24, 37) y parecen no acabar de entender (cf. Lc. 24, 41). Cuando María y José finalmente hallan a Jesús en el Templo, tampoco comprenden. Son como los discípulos tras la pascua, pero también como los discípulos durante el camino a Jerusalén, que “no entendían lo que les decía; les estaba velado su sentido de modo que no lo comprendían” (Lc. 9, 45), “no captaban el sentido de estas palabras y no entendían lo que decía” (Lc. 18, 34b). Y es que Jesús sólo puede ser comprendido en su relación con el Padre, por eso sus primeras palabras en el relato de Lucas hacen referencia al Padre, y las últimas, en la cruz, antes de expirar (cf. Lc. 23, 46), también. Los discípulos, María y José, no entienden porque no pueden llegar a lo profundo de la filiación de Jesús que configura toda su vida. María lo llama hijo en un nivel terrenal, pero Él habla inmediatamente de su Padre en un nivel trascendente, no por eso menos real. Dios no es un Padre lejano para Jesús, sino el inmediato divino que lo conforma.

La edad de los doce años es importante en este sentido. Los niños judíos comenzaban su formación desde pequeños, algunos historiadores dicen que desde los cinco años, para alcanzar a los trece el título de hijos de la Ley. Allí concluía la formación básica y, los que habían resultado buenos estudiantes, tenían la posibilidad de capacitarse a los pies de un rabino para ser ellos, posteriormente, maestros del pueblo. Obviamente, eran los menos quienes accedían a esta segunda formación. Si bien a los trece culminaba la formación primera y básica, desde los doce se consideraba que el joven ingresaba a una cierta mayoría de edad, donde la obligación de peregrinar a Jerusalén para las fiesta de la pascua lo demostraba. Ahora tenía adultez, y con eso venían responsabilidades. Por lo tanto, la traducción niño para designar la época madurativa de Jesús no sea la más adecuada. A los doce estamos, al menos, frente a un joven con todas las letras, un hombre que mira su futuro con cercanía y con compromiso. A los doce años, el varón judío debe aprender el oficio de su padre, y no es bien visto que a esa edad no se dedique a aprender una labor. Por ello decimos que los doce años son importantísimos. ¿Qué oficio debe aprender Jesús? Al plantear la cuestión del parentesco, reformulando la relación de hijo (con minúsculas) por la de Hijo (con mayúsculas), se plantea en consonancia la posición de la familia alrededor del Mesías y la actitud del Mesías frente a ella. En el Evangelio según Lucas no se menciona el oficio de Jesús, y la perícopa que leemos hoy nos puede hacer pensar que es adrede. A los doce años lo vemos en intimidad con su Padre, en su casa, aprendiendo de Él. María y José tienen que aprender y asumir dos cuestiones importantes: que el niño se convierte en adulto comenzando a tomar sus propias decisiones, emancipándose de alguna manera; y que el joven posee un vínculo particular con Dios que lo lleva a tomar determinadas decisiones, a veces en contradicción con el querer familiar. Tenemos aquí la crisis del núcleo hogareño con un hijo en crecimiento autónomo, junto con un momento vocacional. A los doce años se es llamado al trabajo, a aprender lo que te acompañará hasta la muerte; a los doce años, Jesús es el Hijo del Padre que atiende sus cosas.

Jesús se hace adulto madurando su relación con Dios. El episodio que acontece a sus doce años está enmarcado por dos frases similares. Una de ellas es la de Lc. 2, 40: “El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él”. La otra es la de Lc. 2, 52: “Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres”. Antes de la perícopa, se trata de un niño, luego es designado por su nombre propio. Antes se iba llenando de sabiduría y la gracia estaba sobre Él, pero luego del episodio en Jerusalén su crecimiento es en la sabiduría y la gracia, como si hablásemos de algo externo que lo invade lentamente primero, pero dentro de lo cual se inserta su existencia a posteriori, como algo natural. Estos dos versículos de Lucas son muy similares a 1Sam. 2, 26: “Cuanto al niño Samuel, iba creciendo y haciéndose grato tanto a Yahvé como a los hombres”. Así se resume la infancia de Samuel antes de su vocación que se narrará en el capítulo 3. De la misma manera, el grueso de la vida de Jesús queda compactado en ambos versículos antes del comienzo de su ministerio público. Ni Samuel ni Jesús son abandonados por Dios ni víctimas de la indiferencia divina hasta que los cielos se dignan a comunicarse con ellos. Desde siempre, el crecimiento no se hace en soledad, sino con la cercanía del Padre. La diferencia entre Jesús y otros puede residir en la conciencia que Él tiene de ese acompañamiento paternal. María y José no logran entenderlo por completo; aún no asumen que un día el niño deja la casa para vivir su adultez.

La niñez como anticipo de los acontecimientos futuros y como resumen de la vida es una niñez-sacramento. En los pequeños deberíamos ver el rostro de Dios, deberíamos prestar atención a cómo transparentan lo divino, a cómo trascienden con sus miradas el plano material. Y un día estos niños crecen, y se hacen jóvenes y se hacen adultos, y toman decisiones. Algunos se hacen oyentes de la llamada y entienden que la vida es vocación. Otros ingresan a un remolino de malas decisiones encadenadas, o simplemente sobreviven, como si eso fuese lo más natural del mundo. Y en las decisiones tomadas durante el período de bisagra del crecimiento, muchos reconocen el punto de quiebre de sus vidas. No se han sentido cómodos en el hogar ni han descubierto el seno del Padre. A la deriva han crecido como si nada los acompañase, como si los hubiese olvidado alguien, o todos. No creen que su niñez haya sido sacramento, sino desventura, mala suerte, maldición.

A la Iglesia le corresponde, por su realidad sacramental, ser acompañante del crecimiento, ser la que defienda a toda costa la sacramentalidad de los niños. No le corresponde crear modelos arquetípicos de personas adultas. La Iglesia debe guiar a los niños a la libertad de escuchar la voz de Dios y a la libertad de responderle. No podemos hacer una catequesis que encasille, encuadre o limite la creatividad del niño o del joven. La Iglesia no da soluciones pre-fabricadas para el futuro, sino que tomando el ejemplo de la libertad del joven Jesús, quiere que todos los hombres y mujeres, en su infancia, sean capaces de abrirse a la Palabra. La evangelización es pastoral vocacional, no porque ofrezca espacios de discernimiento para el sacerdocio o la vida consagrada, sino porque trata de destapar los oídos y de descargar los pesos del corazón. Somos responsables del que crece porque Dios es responsable también. Por Él, los niños no son lo que viene, sino lo que son. Por Él, los jóvenes no son un intervalo hasta que se vuelvan útiles, sino seres humanos dignos. Que los que crecen puedan hacerlo en el Padre es una de nuestras tareas; que los niños y jóvenes se sientan familia de Dios es configurarlos con Jesús.

Poner a Dios en su lugar


Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre (Lc. 2, 12)

Una de las tradiciones populares navideñas consiste en llevar en procesión, la Nochebuena, una imagen del Niño Dios hasta el pesebre, para colocarlo donde debe estar en ese momento, entre sus padres, apenas nacido. A nadie se le ocurriría ponerlo en otro lugar, precisamente porque estamos en la Navidad, y el niño que nos ha nacido no puede estar demasiado lejos de su madre. No sería bueno que esté guardado en un cajón ni dentro del trineo de Papá Noel. Su lugar en esa noche maravillosa es el pesebre.

¿Pero qué tiene de atractivo el pesebre para que Dios quiera estar allí? Buceando los Evangelios, resulta que en Marcos no hay ni rastros de un pesebre, puesto que ni siquiera hay rastros de la infancia de Jesús. Lo primero es Juan el Bautista (cf. Mc. 1, 2-4). Nos trasladamos a Mateo y ya se nos dibuja una sonrisa, porque aquí si hay relatos de la infancia; igualmente, la escena del nacimiento me desilusiona en la búsqueda, porque del pesebre no hay noticias (cf. Mt. 1, 25); avanzamos hasta el famosísimo episodio de los magos de Oriente, pero éstos no lo hallaron en un pesebre, sino en una casa de Belén (cf. Mt. 2, 9-11). Al Evangelio según Juan ya lo habíamos descartado de antemano en esta búsqueda porque recordamos que lo primero de lo primero es el himno al Logos (cf. Jn. 1, 1-18), luego el testimonio del Bautista (cf. Jn. 1, 19-28). De pesebre, ni hablar.

Entonces decidimos abordar Lucas, con la certeza de que la palabra pesebre nos viene de allí. Parece que la búsqueda tendrá consuelo. Localizamos Lc. 2, 7 y la claridad del autor es extrema: “María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue”. Es una imagen grabada en la memoria. La explicación escuchada todos los años es la misma: Dios elige la humildad del pesebre para manifestarse y las malas gentes de Belén no le dieron espacio en sus casas a una mujer parturienta. ¿Pero será tan así? Cuando repasamos Lc. 2, 7 no encontramos casa ni gente mala. Donde no había lugar para ellos es en un albergue. En el texto griego (idioma que usó Lucas para escribir), la palabra es kataluma, y puede tratarse tanto de una especie de hotel para viajeros de caravanas en el Oriente, como de la habitación de determinadas casas reservadas para los huéspedes. Los biblistas dicen que si José, según la versión de Lucas, llevó a una mujer a punto de parir por unos doscientos kilómetros (de Nazareth a Belén) sin haber previsto alojamiento, entonces era un padre demasiado irresponsable. Tenemos que suponer que si fue a empadronarse a Belén porque era su ciudad familiar (cf. Lc. 2, 4), había allí parientes, y que kataluma sería, más que albergue, la habitación de huéspedes de una casa relacionada sanguíneamente con José. ¿Y por qué no había lugar para ellos en esa casa? Porque María pariendo se hacía impura según la ley escrita en el Levítico capítulo 12. Si el nacido era varón, como en este caso, la madre quedaba impura por siete días, al octavo día se circuncidaba al niño, y la madre aún permanecía treinta y tres días más impura. El problema con la mujer impura, según el Levítico, es que quien la toca se vuelve impuro (cf. Lev. 15, 19), sobre lo que ella se acuesta queda impuro, sobre lo que se sienta queda impuro el objeto (cf. Lev. 15, 20), y aún quien toca algo que esté en contacto con el lugar donde ella se acuesta o se sienta, también se vuelve impuro (cf. Lev. 15, 23). Es demasiado evidente que tener una parturienta en casa era volver impura toda la casa, y por cuarenta días a lo mínimo. Esa es la respuesta a por qué no había lugar para ellos. Aquí no se trata de gente mala, sino de estrictos cumplidores de la Ley.

Después de enterarnos de eso, el pesebre parece perder un poco la mística con la que lo habíamos envuelto. Sin gente mala, sin humildad ascética, con cumplimiento de una ley que está contenida en la Biblia explícitamente, el pesebre parece dejar de ser pesebre. Y aquí viene la clave de todo esto. Al seguir leyendo el Evangelio según Lucas, son los pastores los primeros personajes inmediatos al nacimiento. Y no se trata, precisamente, de los pastorcillos de nuestros pesebres vivientes, simpáticos y jóvenes. En los tiempos del nacimiento de Jesús, la cultura popular los consideraba parte de la clase social baja en la que no se podía confiar, pues indefectiblemente, debían ser ladrones, malhechores o mal vivientes. Su reputación no era lo más envidiado en Palestina. Los pastores eran la lacra, los marginados; y para los terratenientes, mano de obra barata que cuidaba rebaños que no eran suyos. Ellos son, según Lucas, los primeros que reciben el anuncio (cf. Lc. 2, 8-12), son los destinatarios de la Buenísima Noticia del niño en el pesebre. Porque el Evangelio tiene dos aristas: al Salvador se lo reconoce en el pequeño e indefenso (cf. Lc. 2, 11-12) y la Buena Noticia es anunciada a los pobres (cf. Lc. 4, 18).

Marcos, Mateo y Juan no hablan de un pesebre, sin embargo, siempre recalcan que Jesús andaba con publicanos, prostitutas y pecadores, que vivía entre lo marginal, que se identificaba con los que nada tienen y nada son para la sociedad. Marcos, Mateo y Juan ignoran el pesebre, pero no dan vuelta la cara ante el Dios que comparte su tiempo con los lacra, que vive entre ellos, que es señalado como uno más del montón. De Jesús se puede decir que murió como nació: entre los parias, entre los despreciables, los desechables. Su lugar en Nochebuena es el pesebre. ¿Y qué tiene de atractivo el pesebre, entonces? Probablemente los pastores, lo menos atractivo de la época, lo más marginal. En esta Navidad pongamos a Dios en su lugar: con los inmigrantes ilegales, los desocupados, los homosexuales, los drogadictos, las prostitutas, los indígenas, los esclavos del capitalismo, los enfermos, los presos, los divorciados, los silenciados, los oprimidos, los últimos…

Víspera de Navidad – Ciclo C – Mt. 1, 1-25


Libro del origen de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán: Abrahán engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, Jacob engendró a Judá y a sus hermanos, Judá engendró, de Tamar, a Fares y a Zara, Fares engendró a Esrón, Esrón engendró a Arán, Arán engendró a Aminadab, Aminadab engendró a Naasón, Naasón engendró a Salmón, Salmón engendró, de Rajab, a Booz, Booz engendró, de Rut, a Obed, Obed engendró a Jesé, Jesé engendró al rey David. David engendró, de la mujer de Urías, a Salomón, Salomón engendró a Roboán, Roboán engendró a Abiá, Abiá engendró a Asaf, Asaf engendró a Josafat, Josafat engendró a Jorán, Jorán engendró a Ozías, Ozías engendró a Joatán, Joatán engendró a Acaz, Acaz engendró a Ezequías, Ezequías engendró a Manasés, Manasés engendró a Amón, Amón engendró a Josías, Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, cuando la deportación a Babilonia. Después de la deportación a Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, Salatiel engendró a Zorobabel, Zorobabel engendró a Abiud, Abiud engendró a Eliaquín, Eliaquín engendró a Azor, Azor engendró a Sadoc, Sadoc engendró a Ajín, Ajín engendró a Eliud, Eliud engendró a Eleazar, Eleazar engendró a Matán, Matán engendró a Jacob, y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo. Así que el total de las generaciones son: desde Abrahán hasta David, catorce generaciones; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce generaciones; desde la deportación a Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones. El origen de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Su marido José, que era justo, pero no quería infamarla, resolvió repudiarla en privado. Así lo tenía planeado, cuando el ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.” Todo esto sucedió para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta: “Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa: Dios con nosotros”. Despertado José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer. Y no la conocía hasta que ella dio a luz un hijo, y le puso por nombre Jesús. (Mt. 1, 1-25)

Las genealogías constituyen un género literario de por sí e, históricamente, han sido el documento de identidad de muchísimas personas en la antigüedad. Mateo comienza su relato, precisamente, con la genealogía de Jesús. En términos culturales, la genealogía es el retrato histórico de la familia, es el relato de los orígenes, es lo que se hereda y, por lo tanto, parte de uno mismo. En términos administrativos, la genealogía era el documento escrito que, depositado en las sinagogas, permitía a los judíos llevar un registro de población y un registro de raza o tribu, que traducido a términos prácticos, significa un registro de pureza. Este sistema se habría implementado con fuerza tras el regreso del destierro en Babilonia y el período de restauración narrado en los libros de Esdras y Nehemías. Allí se conserva un texto clarificador al respecto, en Esd. 2, 59-63, cuando se cuenta cómo algunas familias no pudieron probar que descendían de israelitas sin mezcla con paganos porque sus genealogías no fueron encontradas, y por ello se las excluyó. Para el judaísmo, entonces, la genealogía es la garantía de pertenencia al pueblo elegido, el salvoconducto del favor de Yahvé. Y, por último, como ya dijimos, estamos ante un género literario largamente utilizado en la Biblia (cf. Gen. 4, 18-22; Gen. 5, 6-32; Gen. 10, 1-32; Gen. 46, 8-26; Rut. 4, 18-22; 1Cron. 1 – 9), que podía servir para establecer los orígenes primigenios (desde Adán y Noé, por ejemplo), para establecer los orígenes israelitas (desde Abraham, Isaac y Jacob), para determinar la tribu de pertenencia dentro del mismo Israel (estableciendo quién podía ser sacerdote, por ser de al tribu de Leví, por ejemplo), o para separar entre puros (no mezclados con paganos) e impuros. El género de la genealogía, como todo género, es mensaje desde su forma, más allá de su contenido. Si Mateo comienza con una genealogía es porque quiere dejar algo bien sentado, y porque sus lectores, judeo-cristianos, reconocen que lo primordial del relato será establecer la identidad de Jesús.

El inicio (cf. Mt. 1, 1a) es muy similar, literariamente, a Gen. 2, 4, pero sobre todo, a Gen. 5, 1, que puede traducirse como: “Este es el libro de las descendencias de Adán”. El autor no tiene la intención, como si la tiene de Lucas, de relacionar a Jesús con la imagen del nuevo Adán, o de presentar una perspectiva universalista remontándose al Génesis. La similitud, en realidad, viene a reforzar el género literario. Para descubrir la intención del autor debemos avanzar hasta la segunda parte de Mt. 1, 1, donde ya se nos adelanta qué es lo que se quiere demostrar: Jesús es hijo de David e hijo de Abraham. Asumiendo estas dos ascendencias, se convierte en quien cumple la promesa de Gen. 12, 1-3 hecha a Abrán: “Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra”, y quien asume la profecía narrada en 2Sam. 7, 1-16, cuando el profeta Natán asegura a David que su trono será eterno y que su descendencia reinará para siempre. La clave mesiánica judía está allí, en la promesa al gran patriarca que dio inicio a todo y en la profecía sobre el mayor rey de la historia israelita. La esperanza judía se fundamenta allí, y el Mesías no puede ser otro que un judío puro descendiente de la familia de David. Si Mateo, como afirman los biblistas, escribe para una comunidad conformada en grandísima medida por judíos convertidos al cristianismo, resulta lógico que lo principal sea identificar a Jesús como aquel que lleva el judaísmo a su plenitud porque, ciertamente, es el Mesías esperado. El Evangelio según Mateo contiene 130 referencias veterotestamentarias y, de éstas, 43 son citas explícitas del Antiguo Testamento, lo que demuestra su afán por fundamentar en las Escrituras la condición mesiánica de Jesús. El papel de José también se entiende en esta misma línea, pues el ángel que se le aparece en sueños le encarga ponerle el nombre al hijo que espera María. De esta manera, nombrándolo, José lo incorpora a su familia davídica y, legalmente, Jesús es hijo de David.

Como ya dejamos entrever, la genealogía que Lucas (cf. Lc. 3, 23-38) utiliza en su libro es diferente a la de Mateo. Esto nos sirve, no para entrar en discusiones históricas que no llegarán a resolución, sino para recalcar con mayor precisión las intenciones teológicas de ambos autores. Las diferencias responden a dos intenciones diferentes. Mateo abre su Evangelio con la genealogía, antes de narrar la concepción y el nacimiento de Jesús; Lucas la sitúa antes de las tentaciones en el desierto, inmediatamente después de la referencia al bautismo. Mateo parte desde Abraham para llegar a Jesús; Lucas hace el camino inverso, y desde Jesús llegamos a Adán, el hijo de Dios. Mateo utiliza 42 generaciones y las presenta en tres grupos de 14; Lucas utiliza 77 sin especificar agrupaciones. El objetivo mateano es afirmar la identidad israelita davídica, el objetivo lucano es presentar un mesianismo universal. Para oyentes diferentes, las genealogías se hacen diferentes.

¿Quién es Jesús, entonces? ¿Es el Mesías anunciado? La pregunta que Juan el Bautista hace al Maestro a través de sus discípulos es la misma que se hacían muchos judeo-cristianos tras la destrucción del templo de Jerusalén y el retraso en la venida del Resucitado: “¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?” (Mt. 11, 3). Mateo quiere disipar las dudas y alentar la esperanza. Jesús es lo mejor de Israel y, por lo tanto, su realización; es hijo de David (cf. Mt. 1, 1), es el rey al que todos los pueblos peregrinan, representados por los magos de Oriente (cf. Mt. 2, 1-12), ha vivido en Egipto y salido de allí como en el éxodo (cf. Mt. 2, 13-15), ha sido tentando en el desierto y superó la tentación, como un Israel fiel a Yahvé (cf. Mt. 4, 1-11). Jesús es el anunciado, el esperado, el Mesías. Pero se trata de un Mesías atípico. En su genealogía hay mujeres (Tamar, Rajab, Ruth, Betsabé y María), hay pecado (Betsabé es nombrada como la mujer de Urías, recordando el gran pecado de David narrado en 2Sam. 11, 1-17), hay paganos (Ruth, la moabita). En su historia de nacimiento hay una situación irregular con un embarazo en el que no participa varón. Desde niño es un perseguido político, un exiliado que debe vivir en tierra extranjera por un tiempo. A su regreso a Palestina se vuelve un obrero más, un pequeño punto diminuto en el mapa del Imperio, un don nadie.

Jesús es el Mesías, es el hijo de Abraham y de David legítimamente, pero su lugar está con los ilegítimos. Su genealogía es un repudio a los manejos descriptos en Esdras y Nehemías, cuando sucede la restauración y las ascendencias sirven para separar. La genealogía de Jesús viene a unir, porque el mesianismo se desarrolla desde la inclusión, no desde la disociación. Cuando la religión pretende salvar desde las purezas, sean raciales o religiosas, se queda corta. La salvación se hace asumiendo las impurezas, que más que corrupciones son diferencias. Mejor dicho, la salvación se hace efectiva cuando lo diferente es integrado. Jesús es el Mesías judío, hijo de judíos, de la casa del mayor rey de Israel, y sin embargo es descendiente también de paganos, y José no está ni remotamente cerca de hacerlo príncipe en Belén ni en Nazareth.

Si los evangelizadores se presentan con sus credenciales de estudios académicos en teología, o sacan a relucir el hábito de su congregación, o se precian de cartas de recomendación, ingresan a los pueblos desde el mesianismo político, el mesianismo del poder. Prosiguen un modelo de imposición que, a la larga, es hegemonía. Las genealogías buscaban delimitar la raza, unificar los criterios de salvación. No podemos excluir desde un pasado que, supuestamente, nos avalaría la pureza. ¿Qué pasado está intacto? ¿Qué raíces pueden verse libres del pecado? Si no aprendemos a hundir las raíces en lo más íntimo de las historias, no podremos incluir. Mirar hacia atrás en totalidad, sin hacer vista gorda, es mirarse incluido en un devenir humano que es proyecto salvífico. Dios ha querido darnos un origen; Él es nuestro origen; en Él nadie queda fuera, porque de Él proviene la identidad de cada uno. Estamos incluidos en Dios, ya hemos sido asumidos, no tenemos que esperar a otro.