Posts etiquetados como ‘hora’

Ser griego, ser extraño, ser ajeno / Quinto Domingo de Cuaresma – Ciclo B – Jn. 12, 20-33 / 25.03.12

Entre los que habían subido para adorar durante la fiesta, había unos griegos que se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le dijeron: “Señor, queremos ver a Jesús”. Felipe fue a decírselo a Andrés, y ambos se lo dijeron a Jesús.

El les respondió: “Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado. Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna. El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre. Mi alma ahora está turbada, ¿Y qué diré: Padre, líbrame de esta hora? ¡Si para eso he llegado a esta hora! ¡Padre, glorifica tu Nombre!”. Entonces se oyó una voz del cielo: “Ya lo he glorificado y lo volveré a glorificar”.

La multitud que estaba presente y oyó estas palabras, pensaba que era un trueno. Otros decían: “Le ha hablado un ángel”. Jesús respondió: “Esta voz no se oyó por mí, sino por ustedes. Ahora ha llegado el juicio de este mundo, ahora el Príncipe de este mundo será arrojado afuera; y cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”. Jesús decía esto para indicar cómo iba a morir. (Jn. 12, 20-33)

 

¿Quiénes preguntan?

La gente pregunta por Jesús, pero lo complicado es que se trata de unos griegos. ¿Quiénes serían estos griegos en Palestina? Pues bien, lo que parece lógico es pensar que se trata de prosélitos judíos. La propaganda judía entre los gentiles lograba adeptos, los cuales adherían en menor o mayor medida a la religión de Israel. Lo más común era que personas no israelitas de nacimiento simpatizaran con las prescripciones morales judías y con el monoteísmo, por lo que aceptaban vivir bajo estas condiciones pero sin circuncidarse, ya que la circuncisión significaba pertenencia real a este pueblo, y significaba también perder la vida social que los gentiles llevaban, separándose del resto y viéndose imposibilitados hasta de compartir la mesa con quienes la compartían frecuentemente. Por otro lado, lo menos común era que algunos gentiles aceptaran la circuncisión y la adhesión total al judaísmo. Los primeros, los simpatizantes, eran llamados temerosos de Dios; los segundos, circuncidados, eran los prosélitos. Otra forma de llamarlos era prosélitos de la puerta a los temerosos (en las sinagogas sólo se les permitía estar al fondo, cerca de la puerta, y no tenían asiento) y prosélitos de justicia a los segundos (tenían acceso al Templo de Jerusalén, en un patio separado). Unos y otros provenían primordialmente de las clases altas y acomodadas del mundo helénico; y el interés judío de contar con ellos era conseguir mecenas, un soporte económico para las sinagogas y para el normal desenvolvimiento del culto.

Que los griegos/prosélitos suban a Jerusalén en la época de la Pascua judía, pero preguntando por Jesús, es lo mismo que decir que Jesús tiene una repercusión gigantesca, y que no está sembrando su mensaje sólo entre judíos, sino que los gentiles lo oyen y se interesan. La referencia joánica no está específicamente circunscripta a la época de Jesús, ya que las primeras comunidades cristianas también tuvieron grandes adeptos entre los prosélitos y los temerosos de Dios, quitándoles a las sinagogas sostén económico, e incrementando así el desprecio al cristianismo. Hay aquí, en los griegos/prosélitos, el signo de una realidad histórica, pero también el signo de la universalidad. Expliquémonos mejor con la intertextualidad:

a) Jn. 7, 35: “Se decían entre sí los judíos: ¿A dónde se irá éste que nosotros no le podamos encontrar? ¿Se irá a los que viven dispersos entre los griegos para enseñar a los griegos?”. En realidad, Jesús había estado hablando sobre el poco tiempo que le quedaba antes de volver al Padre, pero sus oyentes lo interpretan como el anuncio de una misión suya en la diáspora, entre los judíos que vivían en territorio pagano y entre los mismos paganos. Si bien es una equivocación interpretativa de los oyentes, el autor del Cuarto Evangelio no se equivoca al conservarla, porque intertextualmente está asegurando que las preguntas retóricas de los judíos son preguntas reales: el mensaje se extiende entre los griegos.

b) Jn. 10, 16: “También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor”. Este texto está dentro del discurso del Buen Pastor, en el capítulo 10 del Evangelio. Jesús asegura que hay otras ovejas, las cuales no pueden ser otras que los gentiles. Estas ovejas también deben ser conducidas, también deben escuchar la voz del mismo pastor, también deben venir a formar parte de este gran rebaño. Por eso en el pasaje que leemos hoy, Jesús define rotundamente la llegada de la hora. ¿Qué ha determinado esta llegada? Ciertamente, el arribo del mensaje a los griegos/gentiles y lo que eso significa: otras ovejas han escuchado la voz, se está formando un solo rebaño, y el Hijo del Hombre debe ser elevado para atraer a todos hacia sí, a judíos y a griegos; debe ser elevado para que todo el que crea en Él tenga vida eterna (cf. Jn. 3, 15), sin importar su nacionalidad.

 

¿Quiénes pertenecen y quiénes no?

Los griegos son extraños para el judaísmo. Aunque pueden hacerse temerosos de Dios o prosélitos, siguen siendo distintos, y su incorporación no es completa ni plena. En el Templo de Jerusalén tienen un patio aparte. En el Reino de Dios, en cambio, no hay templo con patios divididos, no hay acceso denegado a algunos y espacios privilegiados para otros. El Reino es la universalidad verdadera, es el ámbito donde los griegos ya no son extraños, donde nadie es extraño. El cristianismo, el de hace varios años y el actual, no ha escapado al rótulo o categoría de los extraños; siguen existiendo personas, instituciones, grupos, culturas o movimientos que son los extraños, los distintos. Estos griegos de hoy tienen vetada la entrada a la Iglesia, o se les permite permanecer en una puerta virtual, como mirando desde el borde, sin voz ni voto. La predicada Iglesia de todos es la real Iglesia de los dueños de casa.

Ser griego/extraño es difícil, es duro. Se trata de una forma de exclusión, una separación, un sectarismo. Al griego/extraño le cuesta reconocerse parte, y es imposible que se reconozca hermano. Lo mismo sucedía a los temerosos de Dios y a los prosélitos, incapaces de verse a sí mismos como miembros del judaísmo, como parte del pueblo de Yahvé, como herederos de la promesa. Su categoría era intermedia: ni gentiles ni judíos, ni paganos ni creyentes, ni separados completamente del mundo ni inmiscuidos en la sinagoga. Una situación de limbo, una situación de no ser. El griego/extraño no es en la comunidad, a pesar de ocupar un rótulo. En la Iglesia está un escalón debajo, no se lo escucha, no tiene otra actividad pastoral que la de obedecer. Cuando se acerca a los discípulos para integrarse, ellos no saben demasiado qué hacer, se ven desbordados, se sienten como Felipe y Andrés. Es como si la Iglesia los acogiese, pero para dejarlos así: acogidos, dependientes; no para hacerlos hermanos, con plena participación en el banquete. Los griegos/extraños parecen ser útiles por lo que traen en sus arcas más que por su condición de varones o mujeres. Con ellos se realiza proselitismo, no una misión evangelizadora; se los intenta captar para sacar provecho, no por la simple razón de plenificar su existencia.

La evangelización no puede hacerse por fuera de los griegos/extraños, y bajo ningún concepto teniendo en cuenta la importancia que les da Jesús. La evangelización es universalista, está fuera de los templos, en la puerta, en los bordes, en la periferia, en el patio de los gentiles, en los ghettos, en los grupos excluidos. La evangelización es universal en la medida en que los incorporados a Cristo pierden las categorías, dejan atrás los rótulos, se hacen hermanos, iguales. Eso es evangelización, eso es Buena Noticia para los griegos/extraños, y al fin y al cabo, Buena Noticia para todos.

Esperar no es esperar / Trigésimosegundo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 25, 1-13 / 06.11.11

Por eso, el Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes.

Las necias tomaron sus lámparas, pero sin proveerse de aceite, mientras que las prudentes tomaron sus lámparas y también llenaron de aceite sus frascos. Como el esposo se hacía esperar, les entró sueño a todas y se quedaron dormidas. Pero a medianoche se oyó un grito: “Ya viene el esposo, salgan a su encuentro”. Entonces las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas. Las necias dijeron a las prudentes: “¿Podrían darnos un poco de aceite, porque nuestras lámparas se apagan?”. Pero estas les respondieron: “No va a alcanzar para todas. Es mejor que vayan a comprarlo al mercado”. Mientras tanto, llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta. Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: “Señor, señor, ábrenos”, pero él respondió: “Les aseguro que no las conozco”.

Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora. (Mt. 25, 1-13)

Nuevamente, la liturgia nos trae una parábola de Jesús. Esta vez es una propia de Mateo. En la estructura general de la obra mateana, esta parábola sobre las diez jóvenes es la primera de tres cuadros escénicos que completan el capítulo 25. Al fragmento que leemos este domingo le continúan la parábola de los talentos (cf. Mt. 25, 14-30) y la descripción del juicio final a las naciones ejecutado por el Hijo del Hombre (cf. Mt. 25, 31-46). Agrandando un poco más el panorama, tenemos que entender el capítulo 25 enlazado al capítulo 24, constituyendo en conjunto el último discurso de Jesús en el libro, conocido como el discurso escatológico. Llegando a la cumbre de los acontecimientos, cuando sólo resta la pasión, el autor decide que Jesús hable de la resolución de la historia, de la consumación de los hechos. Y lo hará desde la base del capítulo 13 de Marcos con modificaciones y añadidos. Un posible esquema del discurso escatológico divide las siguientes secciones: la introducción, con la pregunta de los discípulos y el comienzo de las enseñanzas (cf. Mt. 24, 1-3); los problemas internos que tendrá la comunidad (cf. Mt. 24, 4-14); el juicio sobre Judá (cf. Mt. 24, 15-22); el llamado de atención sobre los falsos profetas que se presentarán aprovechando la situación caótica (cf. Mt. 24, 23-28); la descripción de las señales cósmicas que servirán de aviso (cf. Mt. 24, 29-31), la parábola de la higuera (cf. Mt. 24, 32-36); las dos parábolas con la exhortación a estar en vela, siempre atentos, esperando activamente (cf. Mt. 25, 1-30); y la visión del juicio del Hijo del Hombre sobre las naciones (cf. Mt. 25, 31-46).

Conociendo este contexto, es importante entender que lo parabólico y lo alegórico se entrecruzan. Nadie conoce a ciencia cierta la pre-historia mateana de esta parábola. No sabemos cuál es la fuente del autor o si ha elaborado el relato desde él mismo. Algunos historiadores pretenden que los datos consignados sobre costumbres de bodas son correctos, mientras que otros discuten detalles que no se corresponderían con la realidad matrimonial de Palestina. La tarea histórico-literaria es difícil. Mateo ha recurrido a un método que ya utilizó en parábolas anteriores, que consiste en contraponer dos personajes o dos actitudes para remarcar la opción positiva. Así sucede con el rey que perdona deudas y el siervo que no lo hace (cf. Mt. 18, 23ss), o el hijo que dice sin trabajar y el que dice no trabajando (cf. Mt. 21. 28ss). Es un recurso del autor, y por lo tanto, un recurso que se interpone en la búsqueda de la originalidad de la parábola. Además, la contraposición entre sensatos/sabios e insensatos/necios recuerda muchísimo a Mt. 7, 24-26, en la parábola de los dos constructores. Uno de ellos (el sabio, sensato, prudente) edificó su casa sobre la roca, y es comparable al discípulo que escucha la Palabra y la pone en práctica; el otro (necio, insensato, imprudente) edifica sobre arena, y es comparable al que escucha la Palabra sin ponerla en práctica. La insensatez de éste último lo hace perder su casa, así como las cinco jóvenes imprudentes pierden la entrada a la boda. En el texto griego, los adjetivos utilizados para describir a los personajes contrapuestos son el mismo vocablo: phronimos para el constructor sabio y las jóvenes prudentes; moros para el constructor necio y las jóvenes imprudentes. Esta similitud es un indicador de la originalidad mateana, antes que jesuánica.

Pero veamos las costumbres de bodas de Palestina del siglo I. El acto que narra la parábola es el final de un proceso que comienza con el noviazgo, iniciado generalmente por el arreglo entre dos familias para que sus hijos contraigan matrimonio. Tras un tiempo de noviazgo se efectuaba el compromiso, que en muchas cuestiones equivalía al matrimonio definitivo, a realizarse un año después. El ritual indicaba que la novia se trasladase en procesión hasta la casa del novio, donde habitaría de allí en adelante, y esperase el arribo del novio, un rato después. En algunas ocasiones, el novio podía llegar tarde por la demora en el acuerdo de la dote, pues era bien visto en algunos ámbitos que la familia de la novia discutiera lo entregado en dote por el novio, exigiendo más; quería decir que la muchacha valía mucho. En esta demora, la novia estaba acompañada por diez amigas vestidas de blanco, aproximadamente de la misma edad que ella. Lo que traducimos como lámparas, sería más correcto denominar antorchas, puesto que se trataba de palos con un trapo embebido en aceite en la punta. Cuando la llama iba perdiendo vigor, las jóvenes agregaban un poco de aceite al trapo para que siguiese ardiendo una buena llama. Todas estas costumbres aparecen reflejadas en la parábola, aunque el detalle de no mencionar en ningún momento a la novia hace pensar en la carga alegórica. Desde la tradición profética, Dios es identificado como el esposo de Israel (Is. 54, 5; Os. 2). Esta imagen del esposo es trasladada fácilmente al Mesías que ha de volver. Aquí tiene sentido mencionar que la parábola es introducida en futuro: será semejante. Mateo está pensando en algo que sucederá, en algo que se consumará (las bodas eternas) cuando regrese el Hijo. Por eso no hay novia en singular. Las jóvenes representan a la comunidad de discípulos, como un personaje complejo. Novia puede ser la Iglesia, como un todo, pero aquí interesa la diversidad de actitudes dentro de la Iglesia. Interesa hacer notar que algunos discípulos son sabios y prudentes, mientras que otros son necios. Esta identificación de las jóvenes que acompañan a la novia con los discípulos tiene sustento en la interpretación rabínica que se hacía de las hijas de Jerusalén del Cantar de los Cantares (cf. Cant. 1,5; 2,7; 3,5.10; 5, 8.16; 8,4), entendidas como metáfora de los discípulos de la Ley/Sabiduría. El símbolo de distinción entre unas jóvenes y otras es el aceite. Unas lo han acopiado, lo tienen, y aunque el esposo se demore, no les faltará. Otras se han quedado sin.

Para algunos comentaristas el aceite es el Espíritu Santo, para otros son las buenas obras, y para algunos sólo representa la falta de previsión, sin simbología específica. La relación con la parábola de los dos constructores, hace pensar en la posibilidad de que se trate de la puesta en práctica de la Palabra. Las jóvenes prudentes (con aceite) son los discípulos que oyen y practican. En su práctica del Reino se vuelven luz (antorcha) para el mundo (cf. Mt. 5, 14), porque hacen evidente una Palabra que es lámpara para los pasos y luz para el camino (cf. Sal. 119, 105). Estos discípulos, ciertamente, están esperando el regreso del Hijo. No porque sus obras compren el regreso, o porque se merezcan la entrada a la boda debido a sus méritos. Es lógico que están esperando al esposo debido a su manera de comportarse. Tienen la real actitud de espera: una espera activa. Los necios e imprudentes son los que no han entendido la dimensión de la Palabra, cómo afecta esta vida concreta y actual para culminar afectando la vida eterna. Son malos discípulos porque pretenden esperar pasivamente, de brazos cruzados, pretendiendo que lo que los otros hagan (el aceite de las otras jóvenes) sea suficiente. Tranquilizan su conciencia depositando en los otros las responsabilidades que les son propias. Por eso el Señor no las reconoce, no son sus discípulos, no se comportan como tales. Es llamativo que las cinco necias se dirigen al esposo diciéndole señor, señor, cuando Jesús ya ha aclarado que “no son los que me dicen: ‘Señor, Señor’, los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo” (Mt. 7, 21). No hay discipulado desde la pasividad.

Mateo tenía un problema concreto: la Parusía (el regreso del Hijo para consumar la historia) se retrasaba. Jesús y los primeros discípulos habían proclamado que era inminente, pero el tiempo seguía transcurriendo. Ante esta situación, algunos han decidido cruzarse de brazos, por la posibilidad de que todo sea una mentira o por la certeza de que el mundo seguirá siendo injusto hasta que Dios se digne a ponerle fin. En cualquiera de las dos circunstancias, no valdría la pena esforzarse. Bastaría con la esperanza en que todo ha quedado en manos del Hijo. Pero Mateo se da cuenta de que esa actitud está destruyendo a la comunidad, y a la larga, destruye el mundo. La inactividad, la pasividad, los brazos cruzados, no son del Reino.

La esperanza cristiana es una espera activa. El futuro concreto depende de nuestro presente concreto. Al creer firmemente que Dios convertirá la injusticia en justicia, estamos obligados a trabajar por la justicia, porque de esa forma retomamos la tarea primigenia humana de colaboradores y co-creadores junto al Padre. Nuestra participación en lo escatológico, en la tendencia a un mundo mejor, es la mejor parte de nuestra humanidad, porque responde al anhelo del Génesis, al anhelo del corazón de Dios. Nuestras limitaciones no son la excusa para abstenerse. Llevar la luz al mundo es poner en práctica la Palabra. Las frases bonitas y las declaraciones de fe tienen una cierta utilidad, pero no son determinantes. El aceite es determinante; quienes no lo tienen, se quedan sin antorcha y fuera de la boda.

Hoy, muchos cristianos deciden no participar en la transformación del mundo porque suponen que esperando con confianza, dentro de la casa, haciendo lo justo y necesario en el trabajo, Dios hará el resto. Es una ética de lo mínimo. Es la esperanza entendida como proceso interno y personalísimo. Es la palabra con minúscula que se fundamenta en decir señor con los labios. La Palabra en mayúscula en cambio, es la que afecta todas las dimensiones de la existencia. La Palabra de Jesús propone una ética de lo máximo, donde no hay límites de cumplimiento, sino propuestas hacia delante. No tiene esperanza el cristiano encerrado en sus seguridades, sino el discípulo lanzado al fracaso de sus intentos por mejorar, por cambiar, por transformar. En esas preocupaciones y obstáculos que se interponen se va palpando la esperanza verdadera. Y son esos fracasos los que demuestran que el mundo puede ser mejor, como la cruz demuestra que hay resurrección.

La Hora de lavar los pies / Jueves Santo – Ciclo C – Jn. 13, 1-15

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

Durante la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle, sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido. Llega a Simón Pedro; éste le dice: “Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?” Jesús le respondió: “Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde.” Le dice Pedro: “No me lavarás los pies jamás.” Jesús le respondió: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo.” Le dice Simón Pedro: “Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza.” Jesús le dice: “El que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos.” Sabía quién le iba a entregar, y por eso dijo: “No estáis limpios todos.”

Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa, y les dijo: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros. (Jn. 13, 1-15)

La celebración del Jueves Santo es, en su esencia, la celebración de la eclesialidad, de los fundamentos eclesiales. En este día (aunque por practicidad se está realizando en muchos lugares el miércoles) el Obispo de cada Iglesia particular consagra los óleos que se utilizarán durante el año, los óleos sacramentales. De más está decir que los sacramentos son el edificio de la Iglesia, la vía celebrativa que hace visible la relación de los cristianos entre sí y su relación con Dios. La lectura del Evangelio del día nos lleva a la última cena de Jesús con sus discípulos, y por ende, nos concentra en el sacramento de la comunión, alrededor del cual se congrega la Iglesia toda, diariamente, para comer el mismo pan y beber la misma sangre. En los primeros siglos, el Jueves Santo era también el día en que los penitentes de la cuaresma recibían la absolución comunitaria tras un camino de arrepentimiento. En una época donde la reconciliación sólo podía celebrarse una vez en toda la vida, este día era muy significativo en ese sentido. También hay eclesialidad allí porque el perdón se recibía en comunidad y el penitente se sentía incluido en una comunidad que perdona, una Iglesia de reconciliación. Finalmente, con el lavatorio de los pies, éste es el día del servicio. Este dato no es menor en la eclesialidad que celebramos. Si la Iglesia no sirve, no se hace esclava, no lava los pies, entonces no ama, no es Iglesia de Jesús. Si no sabe reproducir la entrega del Maestro, es porque no ha aprehendido nada. La Iglesia celebra hoy lo que quiere para Ella: ser servidora, dar la vida.

Si bien el texto elegido litúrgicamente pertenece al Evangelio según Juan, y si bien los sinópticos no conservan esta memoria, no son ajenos al mensaje de la perícopa. Lucas, el evangelista del Ciclo C, tiene un versículo interesante durante la última cena, unas palabras de Jesús a los comensales: “Porque, ¿quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve” (Lc. 22, 27). Los paralelos con lo leído hoy son elocuentes. El tema es el servicio; la paradoja está presente (el mayor es el menor, el Maestro y Señor lava los pies); el movimiento relacionado con la mesa también (Jesús, en lugar de estar a la mesa siendo servido, sale de ella para servir). La última cena, así, no es un evento aislado de la pasión, sino una dimensión más del hecho pasional, un acceso diferente, una lectura desde otro ámbito. En la última cena, Jesús ya se está entregando radicalmente, ya está anticipando y viviendo en presente la pasión.

Si quisiésemos esbozar una estructura de las acciones del Maestro en el gesto del lavatorio, tendríamos una distribución concéntrica:

A. Levantarse de la mesa

            B. Quitarse sus vestidos

                        C. Ceñirse la toalla

                                   D. Lavar los pies

                        C´. Secar con la toalla

            B´. Ponerse sus vestidos

A´. Volver a la mesa

El centro de la acción, por lo tanto, es el gesto de lavar los pies. Ese es el centro de la vida de Jesús: servir. Desde ese abajamiento (esa kenosis en término de Pablo a los Filipenses) cobra sentido su muerte y su vida. El por qué del comportamiento de Jesús es el lavatorio de los pies, o sea, es el amor. Este gesto servicial está ligado íntimamente al nuevo mandamiento del amor (cf. Jn. 13, 34). Lavarse los pies los unos a los otros es amarse los unos a los otros, pero no con cualquier amor ni con cualquier servicio; el modelo es el Cristo. Se trata de un modelo apasionado y radical, un forma amorosa de dar la vida, de entregarse, de salir de uno mismo para los otros. Esa expresión máxima se hace evidente en la cruz. Por eso en la estructura concéntrica que presentamos, se sale de la mesa y se vuelve, se quitan los vestidos y se recobran, pero la toalla parece quedar ceñida. El Maestro se la ata antes del lavatorio, pero nunca se nos narra que la desate. Jesús va a entrar en el servicio definitivo, el servicio de la muerte injusta por transmitir vida. No puede quitarse la toalla porque seguirá sirviendo; Él es el servidor eterno. La fuerza de esa disposición interna, la radicalidad de ese amor, encuentra su expresión literaria en el versículo introductorio. Jn. 13, 1 no es solamente el proemio a la escena del lavatorio; es el prólogo de toda la segunda parte del Evangelio. Clásicamente, la narración joánica puede dividirse en una primera parte (o Libro de los Signos) que va de Jn. 1, 1 a Jn. 12, 50, y una segunda parte (o Libro de la Hora) que va de Jn. 13, 1 a Jn. 20, 31. A lo que sucederá en esta segunda sección nos lo presenta Jn. 13, 1 con una serie de palabras de fuerte significado para la teología de Juan:

- Pascua: en el Evangelio según Juan se nombran, por lo menos, tres fiestas de Pascua. La primera es nombrada en Jn. 2, 13.23 y está relacionada con el incidente del Templo, cuando Jesús expulsa a los vendedores y cambistas y declara que el Templo ya no tiene validez, que ahora su cuerpo muerto y resucitado es el nuevo y verdadero lugar de adoración. La segunda Pascua está en Jn. 6, 4 y es sucedida por la multiplicación de los panes y el discurso sobre el pan de vida, haciendo notar que el modelo pascual antiguo es superado por el nuevo de comensalidad abierta y cuerpo y sangre del Mesías entregado. Finalmente, la tercera y última Pascua comienza en Jn. 11, 55 y Jn. 12, 1, con la resurrección de Lázaro, la entrada mesiánica a Jerusalén, y la aparición de los griegos que buscan a Jesús, en lugar de buscar el Templo. Esta Pascua de los judíos coincidirá con la Pascua de Jesús, que comienza en la última cena y hace un arco hasta la resurrección. Como vemos, todo el proceso de sustitución del judaísmo por el cristianismo tiene su clave de bóveda en la cruz y la tumba vacía. No se sustituye por capricho, sino porque las cosas han sido hechas nuevas.

- Jesús: la palabra Jesús aparece 158 veces en la primera parte del Evangelio (hasta el capítulo 12 inclusive) y es el término más frecuente para referirse al protagonista de la obra. Otras palabras, como Cristo (16 veces) o Mesías (2 veces) tienen muy poca presencia cuantitativa. El cuarto Evangelio está muy preocupado por demostrar, no sólo que Jesús es Dios, sino que es humano, luchando así, apologéticamente, contra las herejías fuertes que amenazan su comunidad. Por eso es importante que Jesús sea llamado por su nombre humano, por lo que lo define aquí en la tierra. En la segunda parte de su obra (desde el capítulo 13), la palabra sigue siendo la más frecuente para referirse al protagonista, apareciendo 93 veces. Cristo aparece sólo una vez y Mesías no figura.

- Hora: el tema de la Hora es importantísimo en Juan. Todo el libro está recorrido y signado por la Hora que ha de llegar o la Hora que ha llegado. En sí mismo, el concepto es una pieza fundamental de la teología joánica. Este pasaje entre la Hora que está por llegar y su llegada puede visualizarse con la lectura de Jn. 2, 4 (cuando en las bodas de Caná la madre de Jesús recibe la noticia de que no ha llegado aún) y la contraparte en Jn. 12, 23.27 (cuando Jesús, en una oración similar al Getsemaní de los sinópticos, asegura que ya ha llegado la Hora y que asume la Voluntad divina de que así sea). En el medio de este arco que une el principio y el final de la vida pública de Jesús, es imposible adelantar la Hora, o sea, es imposible apresarlo para darle muerte (cf. Jn. 7, 30; Jn. 8, 20). Jn. 13, 1 y Jn. 17, 1 confirmarán las afirmaciones del capítulo 12. Y Jn. 16, 25 relaciona la Hora con la revelación clara del Padre. Cuando llegue la Hora, dos tipos de características tendrá: unas involucran específicamente a los discípulos y otras son más generales. Dentro de las primeras, tenemos que los discípulos serán asesinados en nombre de Dios (cf. Jn. 16, 2) y muchos se dispersarán abandonado a Jesús (cf. Jn. 16, 32). En el segundo grupo, tenemos que cuando llegue la Hora no habrá un lugar específico de adoración, sino que se adorará al Padre en espíritu y verdad (cf. Jn. 4, 21.23) y los muertos oirán la voz del Hijo para vivir (cf. Jn. 5, 25.28).

- Mundo: la palabra aparece 33 veces en la primera parte del Evangelio y 45 veces en la segunda. En los capítulos 16 y 17, durante el discurso de despedida de Jesús, cobra vital importancia. Aparece 8 veces en el capítulo 16 y 18 veces en el 17. En el mundo hay hostilidad, se mata al Maestro y se persigue a los discípulos, pero en el mundo se realiza la misión, y el mundo es salvado por Jesús. Esa tensión propia de la Iglesia es explicitada en el discurso de despedida porque es el discurso para los discípulos, el discurso para la comunidad eclesial.

- Padre: la palabra Padre aparece 73 veces hasta el capítulo 12 y 57 veces del capítulo 13 en adelante. Siempre, en sus apariciones, está en relación al Hijo. Jesús es el hombre en relación filial con Dios, el que conoce la intimidad de la divinidad, el que sale del seno de Dios para darlo a conocer, para revelarlo. Jesús es el gran revelador porque tiene una relación, eterna y pre-existente, que le hace el gran conocedor. Nada de lo que hace Jesús cae fuera de la órbita del Padre y de su Voluntad. Curiosamente, durante el capítulo 19 del libro, donde se narran los hechos centrales de la Pasión y la crucifixión, la palabra desaparece, para volver a hacerse presente en el capítulo 20, en boca del Resucitado. De esta manera, Jesús es también el gran Hijo fiel, que ante la aparente ausencia del Padre en la tribulación, permanece firme en el propósito de cumplir su Voluntad. Su relación es tan profunda y de tanta fe, que aunque todo indique lo contrario o incite al abandono, Él sigue creyendo y amando al Padre.

- Amor: sobre el amor abundan los Evangelios. En cuanto a Juan, nos limitaremos a citar cuatro versículos que pueden representar, de cierta manera, su teología del amor: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no muera, sino que tenga vida eterna” (Jn. 3, 16); “El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en su mano” (Jn. 3, 35); “Como el Padre me amó, yo también los he amado a ustedes; permanezcan en mi amor” (Jn. 15, 9); “Este es el mandamiento mío: que se amen los unos a los otros como yo los he amado” (Jn. 15, 12).

Segundo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Jn. 2, 1-11

Tres días después se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos. Y no tenían vino, porque se había acabado el vino de la boda. Le dice a Jesús su madre: “No tienen vino.” Jesús le responde: “¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora.” Dice su madre a los sirvientes: “Haced lo que él os diga.”

Había allí seis tinajas de piedra, puestas para las purificaciones de los judíos, de dos o tres medidas cada una. Les dice Jesús: “Llenad las tinajas de agua.” Y las llenaron hasta arriba. “Sacadlo ahora, les dice, y llevadlo al maestresala.” Ellos lo llevaron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, como ignoraba de dónde era (los sirvientes, los que habían sacado el agua, sí que lo sabían), llama el maestresala al novio y le dice: “Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora.”

Tal comienzo de los signos hizo Jesús, en Caná de Galilea, y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos. (Jn. 2, 1-11)

Bodas de Caná

Bodas de Caná

Como ya lo explicamos en los domingos anteriores, todavía nos encontramos, litúrgicamente, bajo el arco epifánico que comenzó con la fiesta de Epifanía, halló su centro en el bautismo del Señor y culmina hoy, Segundo Domingo del Tiempo Ordinario, en este Ciclo C, con las bodas de Caná del Evangelio según Juan. Para resumirlo en pocas palabras: estamos descubriendo la identidad y la misión del Dios encarnado. Por eso podemos comenzar comentando el pasaje de hoy desde su final, desde el versículo 11, cuando se enumera la conversión del agua en vino como el comienzo de los signos, o según otras traducciones, el primero de los signos. La palabra griega que está detrás de estas traducciones es arche. El inicio del relato joánico también la posee (cf. Jn. 1, 1: en el principio: en arche). Algunos exegetas consideran que su utilización en Jn. 2, 11 no debería entenderse como una enumeración, como una consideración cuantitativa de los signos jesuánicos, sino en sentido cualitativo. Estaríamos hablando del signo prototípico antes que del primer signo de una lista. Lo prototípico es aquello que es modelo de lo demás, lo que resume e idealiza. El proto-tipo es el primer-molde. Así comprendidas, las bodas de Caná son la condensación de Jesús, y quedarse en la superficialidad del texto (Jesús asiste a una fiesta) sería un error grave. Si este episodio es prototípico, entonces hay un mensaje profundo y trascendental en él.

Jn. 2, 1 nos da el contexto y el grueso de las claves hermenéuticas para situarnos frente al relato. La escena sucede tres días después. Pero, ¿después de qué? Aquí se nos propone una sucesión temporal que comienza en Jn. 1, 29, cuando se habla del día siguiente al que Juan es interrogado por los sacerdotes y levitas. Hasta allí contabilizamos dos días. Luego, en Jn. 1, 35 vuelve a mencionarse el día siguiente. Van tres. Finalmente, Jn. 1, 43 habla de otro día siguiente. Ya tenemos cuatro días. Jn. 2, 1 sucede tres días después de todo el capítulo 1, y se completan así los siete días, en una clara evocación a la semana inicial del primer relato de la Creación en Génesis (cf. Gen. 2, 3). Por lo tanto, podemos afirmar que la vida terrena de Jesús será una re-creación, un re-comienzo de la historia. Pero la significación de los tres días no se queda allí. El capítulo 19 del Éxodo relata la llegada de Israel al monte Sinaí (cf. Ex. 19, 1), el monte de la alianza con Dios. Yahvé dice a Moisés lo siguiente: “Ve al pueblo  y que se purifiquen hoy y mañana; que  laven sus vestidos y estén preparados para el tercer día; porque el tercer día descenderá Yahvé sobre el monte Sinaí a la vista de todo el pueblo” (Ex. 19, 10-11). El tercer día es, entonces, la manifestación gloriosa de Dios frente a su pueblo para realizar la alianza, que será expresada en los mandamientos del capítulo 20 del Éxodo. Por lo tanto, también podemos afirmar que la vida de Jesús es la manifestación de la gloria de Yahvé que quiere hacer alianza con las gentes. El tópico es retomado al final del episodio de las bodas, cuando Juan especifica que con la conversión del agua en vino el Maestro “manifestó su gloria” (Jn. 2, 11). Finalmente, los tres días son la anticipación del tercer día pascual, cuando el Crucificado es levantado de entre los muertos (cf. Jn. 2, 19.21-22). Por lo tanto, podemos agregar a las afirmaciones anteriores que la vida de Jesús, su re-creación y la manifestación de la gloria de Dios, sólo se entienden desde el episodio pascual.

A este contexto temporal agregamos ahora el contexto situacional. Estamos en una boda. Los desposorios, de más está decir, son una imagen clásica de la relación entre Dios y su pueblo, y una imagen mesiánica (cf. Is. 54, 5; Os. 2, 16-19; Ap. 21, 2). Según las costumbres judías, la fiesta de bodas duraba una semana o más (cf. Juec. 14, 12; Tob. 10, 8), excepto cuando la desposada era una viuda, en cuyo caso se celebraba por sólo tres días. La ocasión era de gran alegría y gozo. Se realizaba un banquete donde la comida y la bebida eran la expresión visible de la importancia de la unión. Debido a estas características festivas prolongadas, no fue difícil ni extraño utilizar la imagen de la boda para aplicarla a la alianza. Yahvé es el esposo de Israel, y eso es motivo de gran regocijo. Pero también es cierto que la vida de Israel no fue siempre de festejo, y por eso, junto con la espera escatológica, con la resolución de la historia por la intervención divina, se asoció la imagen de la boda a los tiempos finales, cuando la fiesta se haría eterna y el banquete no tendría fin. El desposorio constituía, por lo tanto, figura de la relación actual con Dios y figura de lo que vendría. Si en las fiestas de una semana el vino era abundante, mucho más lo sería en la boda eterna. Sin vino, podría decirse, no hay verdadera boda. El Cantar de los Cantares eleva el vino a la categoría esponsal (cf. Cant. 1, 2.4; Cant. 8, 2), haciéndolo parte integrante del amor entre el esposo y la esposa. La llegada del Mesías debía venir, por cierto, con un derroche de vino, pues sería la culminación y plenitud del banquete. Ya los profetas habían anunciado esta realidad de sobreabundancia vinícola (cf. Jl. 2, 19.24; Is. 25, 6; Is. 55, 1), con el paisaje de montes que destilan la bebida (cf. Am. 9, 13). Conociendo esto, no estamos lejos del centro del pasaje que leemos hoy: la boda no tiene más vino, la alianza no tiene más esencia, los desposorios entre Yahvé y su pueblo no pueden ser celebrados. Si el vino se acabó es porque se acabó la boda. Si se acabó la boda, se acabó la relación entre Israel y Dios, se acabaron la alegría y la esperanza.

Es la madre de Jesús la que advierte la situación y se lo comunica a su hijo. Ella, partícipe de la boda, ha comprendido que la alianza se está muriendo. En el diálogo con Jesús, éste la llama, irrespetuosamente, como los judíos designan a sus esposas. Ningún hijo se dirigiría a su madre tratándola de mujer. Debemos buscar a esta situación una explicación simbólica. En el Evangelio según Juan hay cuatro personajes femeninos que son llamados así. En primer lugar, la madre de Jesús (cf. Jn. 2, 4 y Jn. 19, 26), también la samaritana (cf. Jn. 4, 21), la adúltera (cf. Jn. 8, 10) y María Magdalena (cf. Jn. 20, 13-15). La mayoría de los biblistas coinciden en que el episodio de la mujer adúltera no pertenece a la redacción original del Evangelio según Juan y encaja mejor en el relato de Lucas, por lo que se supone ha sido incorporado en un momento posterior. Así las cosas, nos quedamos con tres mujeres llamadas con el apelativo que el esposo utiliza para dirigirse a su esposa. Si Jesús es, como lo afirma la tradición cristiana, el Esposo de la Iglesia, el Esposo del Pueblo de Dios, estas tres mujeres están representando a esa comunidad desposada con el Mesías. María sería, por lo tanto, la representante del Israel fiel que ha permanecido en la alianza, que no se ha olvidado de su Dios, que descubre cómo el vino se ha ido acabando y, por ello, reclama al Esposo que renueve la boda, que re-cree, que reviva la relación de amor con su pueblo. La samaritana es la representante del Israel adúltero (ella ha tenido cinco maridos y vive con uno que no es su esposo según Jn. 4, 18), del pueblo que abandonó la alianza y al Esposo en busca de otros, traicionando la confianza y el amor de Dios. Finalmente, la Magdalena es la nueva esposa, la esposa eclesial/discipular que nace al pie de la cruz y que participa con el Mesías en la re-creación del mundo, inaugurando una nueva era y una nueva humanidad (la escena del diálogo entre Jesús resucitado y María Magdalena del capítulo 20 ocurre en un huerto/jardín, evocando el Edén del Génesis).

María/Israel fiel, entonces, reclama el vino de la alianza, reclama la renovación del desposorio entre Dios y su pueblo. Sus últimas palabras sobre hacer lo que diga Jesús evocan dos episodios del Antiguo Testamento. El primero es el de Gen. 41, 55 cuando el hambre asola Egipto y el faraón dice al pueblo hambriento: “Id a José: haced lo que él os diga”. María, como el faraón da respuesta al hambre de Egipto indicando un salvador, señala el que trae la saciedad definitiva al hambre de alianza. La segunda referencia es la de Ex. 19, 8, cuando Israel, acampando frente al monte Sinaí, asegura: “Haremos todo cuanto ha dicho Yahvé”. María es como este Israel fiel dispuesto a vivir la alianza en la confianza depositada sobre la Palabra de Dios. Los sirvientes, acatando la exhortación de María, serán los testigos privilegiados de la transformación del agua en vino. Seis tinajas había allí. El seis es el número de la imperfección, es siete (número de la plenitud) menos uno. Las tinajas son de piedra, como las tablas de la ley dada a Moisés (cf. Ex. 24, 12). Están allí para los ritos de purificación y su capacidad equivale a dos o tres medidas cada una. Lo que traducimos por medida es en griego metretas, una unidad para mensurar líquidos que equivale a 36 litros, aproximadamente. En total, las seis tinajas pueden contener unos 600 litros. ¿Por qué es necesaria tamaña cantidad en un pequeño poblado de Galilea durante una boda? Porque, en el relato, están simbolizando la pureza ritual judía atada a la antigua alianza, a los mandamientos de la ley grabada en piedra. En lugar de vivir la alianza con la alegría del vino, Israel está padeciendo la opresión del ritualismo y la legislación. En vez de celebrar, el Pueblo de Dios padece.

Cambió el agua en vino

Cambió el agua en vino

Jesús es el Esposo que trae el vino. Él es, en esencia, nuestra alegría y nuestra esperanza. La Iglesia no está desposada con el vino, sino con el que nos da el vino. El pueblo clama la renovación, grita desesperado porque tiene hambre de un Dios que es capaz de festejar y de hacer las cosas nuevas. Las gentes están cansadas de los mismos esquemas, las repeticiones solemnes, los ritos que atan y no liberan. ¿Podemos responder, desde la evangelización, a ese pedido? ¿Podemos reconocer esa necesidad? ¿O estamos lo suficientemente asustados para aferrarnos a nuestras seis tinajas de piedra con agua? Evangelizar no puede consistir en la aplicación metódica de reglas y modelos preestablecidos. Evangelizar no puede ser nunca repetición. Al contrario, es la repetición lo que deteriora la Buena Noticia y le quita ese sabor particular a vino/alegría. Nada puede representar alegría a los seres humanos de nuestra contemporaneidad si les hablamos con palabras que no entienden, si perpetuamos sistemas que ya los han dañado, si los invitamos a purificarse con agua en lugar de hacerles un lugar en el banquete del vino. En una época donde el matrimonio es visto como una carga impositiva, como una esclavitud, vale la pena descubrir que la boda es celebración, fiesta y liberación cuando estamos con el Esposo del vino bueno y abundante. Este Esposo no llega con las prédicas de siempre, con las acusaciones de todos los días, con la catequesis repetida en el último siglo ni con los rituales estancados en la Edad Media. Este Esposo ha venido a re-crear las palabras, a perdonar, a catequizar desde los problemas de hoy, a celebrar la vida con los gestos de cada cultura. Este Esposo no tiene nada que ver con los que tienen miedo de cambiar.

Navidad – Ciclo C – Jn. 1, 1-18


En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio junto a Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada. Lo que se hizo en ella era la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron. Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Éste vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz. La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre, viniendo a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; los cuales no nacieron de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre sino que nacieron de Dios. Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Unigénito, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y clama: “Este era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo.” Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre, él lo ha contado. (Jn. 1, 1-18)

Para el día 25 de diciembre, la liturgia propone tres celebraciones con tres lecturas diferentes que son intercambiables. Para la noche es Lc. 2, 1-14 (nacimiento en Belén); para la aurora, la propuesta es Lc. 2, 15-20 (la visita de los pastores al pesebre); y para el día es Jn. 1, 1-18 (himno del Logos). Aquí nos atrevemos a reflexionar sobre el comienzo del Evangelio según Juan.

Este prólogo parece provenir de las liturgias de las primeras comunidades cristianas. Al ser incorporado al relato joánico, recibió algunas modificaciones de orden teológico y, probablemente, se le añadieron las referencias a Juan el Bautista. La existencia de himnos litúrgicos en las primeras comunidades que luego fueron insertados en los escritos neotestamentarios está bien documentada. Fil. 2, 5-11; Ef. 5, 14 y 1Tim. 3, 16 son ejemplo de ello. Con esta inserción, el Evangelio según Juan queda estructurado con una introducción (capítulo 1) que posee dos partes: el himno al Logos (Jn. 1, 1-18) y la revelación de la identidad de Jesús en la tierra (Jn. 1, 19-51). Luego, desde el capítulo 2 al 12 tenemos el libro de los signos, donde se desarrolla el ministerio público de Jesús marcado por largos discursos y por la realización de señales. A partir del capítulo 13 comienza el libro de la hora, con los relatos de la última cena, la pasión, la muerte y la resurrección. Finalmente, el capítulo 21 es un añadido posterior de mano de la comunidad joánica. El himno al Logos, entonces, es introducción teológica y plan programático. La Palabra, que estaba junto a Dios, que es Dios mismo, se encarna y desarrolla su misión hasta volver al Padre (cf. Jn. 20, 17), y los que creen en Ella conforman una comunidad de fe que perdura en el tiempo asistida por el Espíritu Santo (cf. Jn. 15, 26; Jn. 16, 13-14).

No hay un acuerdo total sobre la estructura de este himno. Una de las sugerencias más aceptadas es la que establece una arquitectura concéntrica del texto, donde se corresponderían en la temática los versículos 1-5 con el 16-18 (la Palabra que está con Dios termina revelando a Dios), del 6 al 8 con el 15 (se habla de Juan el Bautista), del 9 al 11 con el 14 (la Palabra es rechazada, pero termina maravillando con su presencia en el mundo) y, en el centro, estaría Jn. 1, 12-13:

- Palabra creadora (Jn. 1, 1-5.16-18): el Logos está desde la eternidad junto a Dios y es Dios. La tradición sapiencial del Antiguo Testamento ha visto en la Sabiduría divina algo similar al Logos de Juan. En Prov. 8, 23-30, cuando la Sabiduría habla en primera persona, asegura que desde la eternidad fue formada, desde “antes del origen de la tierra”, y estaba junto a Dios, “jugando todo el tiempo en su presencia”. El capítulo 24 de Sirácida también se sitúa en la misma línea, cuando “la Sabiduría hace su propio elogio” (Sir. 24, 1), y asegura existir desde los principios y ser eterna (cf. Sir. 24, 9). De todas maneras, para esta tradición sapiencial, la Sabiduría no termina de configurarse como un ser personal. Será el texto joánico el que dé el gran salto otorgándole personalidad propia a la Sabiduría/Logos, y situándola como centro de la Creación, pues todo se hizo por ella. Así nos la presenta el inicio del himno. En los últimos versículos, pasamos de la Creación humana a lo que sería el acto fundante de Israel, el éxodo, su propia creación, signada por la Alianza y la Ley. Moisés es el gran representante de ese hecho, sin embargo, frente a la gracia y a la verdad que trae el Logos, todo queda caduco. Esta es la nueva creación: la revelación que hace el Hijo del Padre, revelación que nadie puede superar, porque Él es el Logos que estaba en el seno de Dios desde la eternidad.

- Juan el Bautista (Jn. 1, 6-8.15): Juan es un enviado de Dios para dar testimonio. El autor recalca bastante que Juan no era el Mesías ni que creía serlo. Posiblemente, en la comunidad joánica o en sus alrededores, había seguidores del Bautista que lo creían el Cristo, y por eso se empeña el texto en asegurar lo contrario. Juan no era la luz (cf. Jn. 1, 8), dice que el que viene detrás de él se ha puesto delante suyo porque existía antes que él (Jn. 1, 15b.30), cuando los sacerdotes y levitas le preguntan si es el Cristo, lo niega rotundamente (cf. Jn. 1, 20), señala a Jesús como el Cordero de Dios (cf. Jn. 1, 29.36) y como el Elegido de Dios (cf. Jn. 1, 34). Cuando se narra que Juan con sus discípulos bautizaba en Ainón (cf. Jn. 3, 23), mientras Jesús lo hacía con los suyos y tenía mucho éxito (cf. Jn. 3, 25), el Bautista vuelve a repetir que no es el Cristo (cf. Jn. 3, 28) y que es preciso que él disminuya para que Jesús crezca (cf. Jn. 3, 30). Una es la palabra que caracteriza a Juan: testimonio. Él da testimonio del Hijo como lo hace el Padre (cf. Jn. 5, 37), como lo hacen las obras (cf. Jn. 5, 36), como lo hacen las Escrituras (cf. Jn. 5, 39) y como lo hace el Hijo mismo (cf. Jn. 8, 18). Tras la resurrección, el testimonio lo dará el Paráclito (cf. Jn. 15, 26) y los discípulos (cf. Jn. 15, 27).

- Luz/gloria que las tinieblas rechazan (Jn. 1, 9-11.14): el Logos es luz (cf. Jn. 1, 9; Jn. 8, 12; Jn. 9, 5; Jn. 12, 46), pero esa luz no es recibida por todos. Es luz que encuentra resistencia, porque a veces los seres humanos aman más las tinieblas que la luz (cf. Jn. 3, 19). La función de la luz es poner al descubierto las obras, de manera que las obras de la verdad reluzcan, y las obras tenebrosas huyan ante el esplendor de la luz. Ese esplendor es gloria que el Hijo recibe del Padre, gloria que es gracia y verdad. Los seres humanos no gustan de la gracia ni de la verdad, porque la gracia es gratuidad inexplicable, que rompe con el comercio, y la verdad es dura de aceptar y difícil de mantener. Aún así, con la conciencia de ese rechazo, el Logos pone su morada entre nosotros, haciéndose carne en el amplio sentido de la palabra, asumiendo la naturaleza de su Creación. Así como la gloria de Yahvé llenó la morada/tienda en Ex. 40, 34, el Logos/luz hace casa en el mundo habitando el templo de la Creación que no tiene más paredes que la universalidad.

- Hijos de Dios (Jn. 1, 12-13): el centro del himno al Logos es la filiación divina. El Logos/Hijo puede hacer más hijos de Dios. Todos los que creen en su nombre, que es nombre que salva y que libera, todos los que se abren a la gracia de la Palabra, son constituidos en hijos por el Hijo. 1Jn. 3, 1 dice: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!”. Ser hijos de Dios no es una cuestión de honores o privilegios, sino de amor. Y tampoco se trata de una filiación que se obtiene por la sangre (como herencia que separa en clases dominantes y clases inferiores), por la carne (en un nivel meramente terrenal, donde vence el deseo y el egoísmo) o por los seres humanos (como si la obra de los hombres y mujeres pudiese, sin intervención divina, hacer hijos de Dios). La filiación procede de Dios, es gracia, es regalo, es don. La Palabra creadora que lo ha hecho todo y que vuelve a crear desde su revelación del Padre tiene el poder de hacer hijos de Dios; Juan el Bautista sabe que no puede hacer hijos así porque sí, pero da testimonio del que sí puede; los hijos aceptan la luz porque no temen que sus obras salgan a la luz.

En Navidad celebramos la paternidad más grandiosa que existe, la paternidad de Dios. Cuando somos capaces de reconocernos hijos, somos capaces de avanzar en la comprensión de nuestros padres. Si en Jesús podemos sentirnos amados en gratuidad, no por la sangre ni la carne, sino por ese misterio que es la gracia, y llegamos a auto-denominarnos hijos de Dios, estamos en condiciones de arrimarnos al Dios Padre para reconocer su amor. Esa es la revelación de Jesús, eso nos ha venido a contar a gritos, es lo que ha dado a conocer de una manera inaudita: Dios ama, Dios nos hace hijos, Dios es capaz de hacerse carne en un mundo que lo rechaza. En Navidad celebramos que la paternidad más grandiosa que existe sigue confiando en nosotros, a pesar de habernos creado y haberlo olvidado, a pesar de haber liberado a Israel para que también lo olvidara. Dios es el que ama a pesar de…

Pero Él no deja de dirigirnos la Palabra, aún cuando las tinieblas nos cubren. Y su Palabra es mucho más que una frase bien armada o un discurso para convencernos de algo. Su Palabra es vida y sabiduría, es Espíritu en persona que revitaliza, que nutre, que levanta al caído; es misterio que se encarna, es trascendencia que se hace mortal para hablar lo inefable en términos humanos. En un mundo de palabras vacías, la Palabra de Dios pone su morada entre nosotros para que no nos volvamos sordos a causa del mal uso de nuestra comunicación. Eso es Navidad: un Dios que se comunica al extremo porque quiere comunicar amor de la mejor manera posible. Cuando la Iglesia no se comunica, cuando arma su templo lejos de los diálogos humanos, cuando no busca encarnar el mensaje para que la Palabra pueda decirle a todos que son hijos de Dios, se vuelve contra-creadora. Nuestro Dios no es un Dios callado, mudo, un Dios de monólogos. Todo lo contrario. Nuestro Dios es de evangelización, de comunicación de Buenas Noticias. Los hijos del Padre aman cuando transmiten palabras/Palabra, por lo tanto, aman cuando evangelizan.

Jueves Santo – Ciclo B – Jn. 13, 1-15

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Durante la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle, sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido. Llega a Simón Pedro; éste le dice: «Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?» Jesús le respondió: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde». Le dice Pedro: «No me lavarás los pies jamás». Jesús le respondió: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo». Le dice Simón Pedro: «Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza». Jesús le dice: «El que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos». Sabía quién le iba a entregar, y por eso dijo: «No estáis limpios todos». Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa, y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros. (Jn. 13, 1-15)

El jueves santo es el punto intermedio entre el comienzo del triduo pascual y el final de la cuaresma. Es la tarde-noche donde Jesús cena por última vez con sus discípulos, instituye la Eucaristía y les lava los pies, así como la noche donde se angustia en Getsemaní, siente el abandono de sus más íntimos y es apresado. Estamos en un punto intermedio que nos deja mal sabor. Si bien durante toda la cuaresma el tema de la muerte rondaba y muchos personajes pergeñaban el arresto y asesinato de Jesús, hoy sentimos que no hay vuelta atrás, y lo sentimos con el mismo Jesús, conciente de la cercanía del final, presto a hacer la Voluntad del Padre. Los templos hoy suelen ser adornados con flores, hay una buena iluminación, se prepara la custodia para depositar el Santísimo, y en la sacristía aguardan las telas para cubrir las imágenes, acción que se verá acompañada de la denudación del altar. Estamos en el punto intermedio de la fiesta y el luto, de alegrarnos y entristecernos.

El jueves santo suele contar con dos celebraciones: por un lado está la Misa Crismal que tiene lugar en las catedrales, donde el centro son los santos óleos, y por lo tanto, el aspecto sacramental de la Iglesia; por otro lado, la Misa de la Cena del Señor, celebrada en las parroquias, donde se acumulan una serie de significados sacramentales:

- Sacramento eucarístico: la Iglesia tiene en esta noche el recuerdo vivo de la institución de la Eucaristía, y por lo tanto, la exaltación de la fraternidad. La Iglesia toda, reunida en torno al Maestro, hace de la comida un signo de comunión.

- Sacramento del servicio: Jesús lava los pies a sus discípulos y nos recuerda que si Él lo hizo, si se constituyó siervo, no podemos nosotros no hacer lo mismo. El sacramento eucarístico, justamente, cobra sentido pleno a la luz de la entrega de la vida por los otros.

- Sacramento sacerdotal: por ser el día eucarístico, es también el día del ministro eucarístico, del sacerdote, a quien la Iglesia le confía la enorme y santa tarea de presidir las celebraciones y consagrar, en nombre de Jesucristo, el pan y el vino. Es la noche para recordar que el sacerdocio sólo puede ser entendido a la luz de la Eucaristía.

- Sacramento del perdón: en la historia de la Iglesia, el jueves santo fue el día escogido para que los penitentes públicos recibiesen, tras cuarenta días de ayuno, la absolución. Era el día de la purificación comunitaria y la re-incorporación de algunos miembros a la comunión plena, como si se tratase de su segundo bautismo.

Para los Evangelios sinópticos, Jesús tiene la última cena con sus discípulos en la noche de la Pascua judía. Para Juan, en cambio, el día de la Pascua es el posterior a la cena (cf. Jn. 13, 1), es mañana, y por lo tanto, Jesús será crucificado, cronológicamente, en lugar del cordero pascual, pues como el Templo ya había sido suplantado por su persona durante el incidente del Templo y el resto del relato, ahora no existe otro lugar para el sacrificio más que el cuerpo del Señor, el cual se inmola en el altar de la cruz. En este caso, donde se permite la duda sobre a qué tipo de cena se refiere Juan en su texto (si la de Pascua o una cena cualquiera), aparece como dato histórico la práctica frecuente en Jerusalén de celebrar la cena pascual en dos o tres días. Era tanto el afluente de personas a la ciudad para la fiesta que el espacio físico no daba abasto, y si todos quisiesen comer la pascua el mismo día, no habría salones ni casas ni hospederías que pudieran alojarlos. Por eso, usualmente, algunos grupos cenaban la pascua el día antes al señalado y, luego, los otros grupos tomaban esos lugares para cenar el día indicado. Aferrándonos a esta salvedad, no es ilógico pensar que Juan relata la cena pascual celebrada un día antes con argumentos históricos, aunque sin dudas, la importancia de peso es la razón teológica.

Los versículos 1 y 3, como solemnes declaraciones, expresan el hecho teológico con vehemencia y sentimiento. El versículo 2 parece más una interrupción de propósito narrativo, cortando el aire grandilocuente para insertar al diablo y a Judas en contraposición a la actitud de Jesús. En primer lugar se nos presenta una cronología, de la que acabamos de hablar, situando la cena el día antes de la Pascua judía para que el cordero inmolado en la fiesta sea el mismo Jesucristo. Luego, podemos leer la palabra hora, vocablo significativo en el cuarto Evangelio. La primera mención está en la perícopa de las bodas de Caná, cuando Jesús dice a su madre que aún no ha llegado su hora (cf. Jn. 2, 4). Desde ese episodio hasta el de hoy, desde aquella comida a ésta, desde esa fiesta a la celebración actual, han sucedido muchas cosas. Se ha encontrado con una samaritana, y le ha dicho que llegará la hora en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad (cf. Jn. 4, 23), ha dicho a los judíos que llegará la hora en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios (cf. Jn. 5, 25), se ha escapado de quienes querían detenerle porque no era su hora (cf. Jn. 7, 30; Jn. 8, 20), y tras enterarse que los griegos lo buscaban, asegura por fin que ha llegado la hora de la glorificación (cf. Jn. 12, 23). Desde aquel adelantamiento de la hora en Caná al comienzo de la consumación de la hora, el Evangelio según Juan nos ha explicado cuestiones fundamentales sobre ese momento (el sistema templario desaparecerá, la muerte se transformará en vida y primará la universalidad) y la imposibilidad de que suceda antes o después de lo querido por Dios. La hora es una categoría teológica joánica que expresa la obediencia del Hijo, los planes del Padre y la plenitud de los tiempos. La obediencia del Hijo se refleja en su total y libre aceptación de la hora, los planes del Padre son designios salvíficos que no pueden interrumpir los hombres arrestando a Jesús antes de lo indicado, y la plenitud de los tiempos es la fraternidad universal de la hora que llega superando el Templo y la muerte.

Juan asegura, además, que la hora es el momento de pasar de este mundo al Padre. El verbo pasar nos remite inmediatamente a la pascua, paso del ángel exterminador quitando la vida de los primogénitos egipcios y paso de los israelitas por el mar al ser liberados. La hora de Jesús es su Pascua, su paso al Padre. El ángel exterminador, esta vez, no se llevará los primogénitos egipcios, sino al primogénito de Dios, y no habrá israelitas atravesando el mar, sino mortales atravesando hacia la vida eterna. Pasar de este mundo al Padre no es dejar atrás a los seres humanos, olvidándolos, sino pasar para salvarlos, para rescatarlos. No se trata esta vez de dejar atrás Egipto, sino dejar atrás la muerte de este mundo para llegar al mundo de vida del Padre que, finalmente, transforma esta realidad. Jesús es conciente, sabe que la hora de pasar es la hora del sufrimiento, de la angustia, por eso ha expresado antes: “Ahora mi alma está turbada. Y ¿que voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!” (Jn. 12, 27). La agonía de Getsemaní está resumida en esta frase del Maestro. Jesús termina aceptando la Voluntad del Padre porque ha venido para esto, toda su existencia estuvo encaminada hacia la Pascua. La hora no es un momento más, es el momento de la entrega definitiva, el sacrificio absoluto, el amor que ama hasta el extremo. Quizás, dentro del Nuevo Testamento, dos citas parecidas sean de las más fuertes emocionalmente hablando: “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn. 13, 1) y “Me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal. 2, 20). La primera encuentra en la segunda una explicación. El amor extremo de Jesús por los suyos lo lleva a la entrega de su propia persona, una entrega por amor. La hora de la glorificación es, ciertamente, Voluntad del Padre y obediencia del Hijo, pero no son voluntad ni obediencia al estilo autoritario humano, sino voluntad y obediencia de amor. El ritmo del plan salvífico, el momento de la hora, no es un frío cálculo de un Dios distante y matemático; es el latido del amor divino que ama extremadamente, que ama hasta la muerte.

Como sacramento anticipado de ese amor que se manifestará exuberante en la cruz, Jesús lava los pies de los discípulos. Esta tarea, habitual en un ambiente de desierto y polvillo, como signo de hospitalidad para el recién llegado, era realizada ordinariamente por un esclavo pagano, pues un judío no podía realizar esa labor degradante, ese trabajo propio de esclavos (cf. Lev. 25, 39). Lavar los pies a otro era menester muy indigno; tanto, que si bien los rabinos imponían a sus discípulos algunos servicios, les era prohibido exigirles que los descalzaran y lavaran sus pies. En ese contexto, el gesto de Jesús y la reacción de Pedro adquieren significado profundo. La expresión máxima de amor y servicio estará en la cruz, pero primero el Maestro realiza el gesto degradante de los siervos para transparentar la humillación a la que se somete por amor, y de esa manera, imponer como regla de vida de la Iglesia, el servicio. Jesús asume, también, en el lavado, la condición de los pobres, esclavos y sometidos, dándole al sacramento un grado de universalidad que, comenzando por los pequeños, por los últimos, alcanza a todos.

Hay tres cosas que el texto resalta como conocimiento de Jesús, como cosas que el Maestro sabía. Una es que había llegado su hora (cf. Jn. 13, 1), y otra que el Padre había puesto todo en sus manos (cf. Jn. 13, 3). El plan salvífico descansa en Él, y asume esa responsabilidad. La tercer cosa que sabe es que había salido de Dios y a Dios volvía (cf. Jn. 13, 3). En la estructuración del Evangelio según Juan se distinguieron siempre dos partes: el libro de los signos entre el capítulo 1 y el 12, y el libro de la hora desde el capítulo 13 hasta el final. La primera parte comienza con el prólogo del logos, aseverando su pre-existencia, su vida con Dios (cf. Jn. 1, 1) y su envío al mundo (cf. Jn. 1, 11); la segunda parte, como acabamos de mencionar, comienza aseverando que el Hijo ha salido del Padre (como el prólogo), y ahora agrega que debe volver. El libro de los signos es el descenso de Dios hacia los humanos, el libro de la hora es el regreso hacia la gloria. El Evangelio según Juan cubre, dinámicamente, todo el universo, desde arriba hacia abajo y, a la inversa, volviendo desde abajo hacia arriba. Es un amor total y universal que no quiere que nadie quede fuera. Es un amor en constante referencia al Padre, un amor que mira a los hombres y mujeres al tiempo que mira hacia Dios. Es un amor que desciende para subir, que se humilla para ser exaltado, que viene a los que lo necesitan para elevarlos. Es un amor difícil de comprender, un amor que Pedro no puede aceptar todavía. Jesús le dice que lo comprenderá más tarde (cf. Jn. 13, 7). En la cruz y en la tumba vacía se entiende el resto, en la muerte por amor extremo y la resurrección por amor extremo se encuentra la clave de Dios. Jesús nos lo revela (cf. Jn. 1, 18), y lo hace sirviendo.

El amor extremo nos suena a fanatismo. Ama extremadamente el fanático, el poco racional, el loco. Da la vida el sentimentalista, el necio, el poco previsor. En el mismo sentido, el mejor servicio es la dirección y coordinación, lograr avanzar profesionalmente, asegurarse un bienestar económico y una producción que aporte a la maquinaria capitalista. Bajo estos parámetros, Jesús sería el anti-ejemplo. Y sin embargo, es el ejemplo por excelencia, el modelo. Su amor extremo tiene poco de fanatismo, su servicio se opone fehacientemente a los cánones de diferenciación social. Pretende salvar el mundo con la entrega de su vida, y es el hombre más coherente que ha pisado la tierra. Entiende que cumplirá la misión que le ha encomendado el Padre muriendo. Es tan inconcebible para Pedro como para la mayoría de nosotros, hace dos mil años y hoy. Y sin embargo, su invitación es que hagamos lo mismo, que nos lavemos los pies los unos a los otros, o sea, que sirvamos, o sea, que demos la vida por aquello que significa la hora: por la desaparición de la opresión religiosa (la sustitución del Templo), por la universalidad (que todos sean hermanos), por la vida que vence a la muerte (la resurrección).

Quizás nos falta esa concepción de servicio. Quizás, y sobre todo para muchos misioneros, sea complicado el sentido martirial del servicio. Porque no es servicio cristiano (al menos no en el marco de la última cena) la misión asegurada, momentánea y de compromiso parcial. El servicio cristiano misionero es el que da la vida, literalmente, el que relativiza todo por un Reino sin opresión, sin muerte y universal. Ser mártir no es cosa del pasado. Miles de cristianos siguen siendo asesinados a causa del Evangelio. Y a nosotros parece no importarnos. Vemos el lavatorio de los pies como un gesto simpático, de un Jesús que hacía caridad con sus discípulos. El lavatorio de los pies es dramático, es un sacramento de un hombre que está a punto de morir asesinado, un hombre traicionado por uno de sus íntimos, un hombre que mira con los ojos de Dios, y por lo tanto, se opone al mundo. El lavatorio de los pies es Jesús explicando, de la manera más pedagógica posible, que ha despreciado su inmortalidad para ser clavado en la cruz, que se ha hecho siervo cuando es Señor, que se ha puesto a la altura del discípulo siendo Maestro. El lavatorio de los pies es Dios auto-donándose. ¿Cuánta de esa radicalidad del servicio estamos dispuestos a dar? ¿Cuánto de nosotros mismos somos capaces de donar, de dar?

¿Cuántas veces vimos la evangelización como un acto de superioridad? La misión, a veces, se hace desde arriba, sin descender, sin ser enviados a los nuestros. No nos permitimos lavar los pies de nadie, y aún así nos declaramos servidores del Reino. No nos permitimos dar la vida, y aún así nos atrevemos a llamarnos mártires. Puede que nos dé miedo amar en extremo; puede que lo consideremos inapropiado, insano. Amamos, sí, pero tenemos un límite, una frontera infranqueable. ¿Cómo vamos a dar la vida? ¿Y nuestra vida no vale nada? Jesús tendría algo que respondernos a esas preguntas, algo que seguramente nos escandalizaría. Probablemente, Él se quitaría el manto, se ceñiría con la toalla y comenzaría a lavarnos los pies. Podemos prohibírselo, o dejar que nos lave, luego hacer lo mismo nosotros, y tener parte con Él.