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La historia no admite dormilones / Primer Domingo de Adviento – Ciclo B – Mc. 13, 33-37 / 27.11.11

33 Tengan cuidado y estén prevenidos, porque no saben cuándo llegará el momento.

34 Será como un hombre que se va de viaje, deja su casa al cuidado de sus servidores, asigna a cada uno su tarea, y recomienda al portero que permanezca en vela. 35 Estén prevenidos, entonces, porque no saben cuándo llegará el dueño de casa, si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana. 36 No sea que llegue de improviso y los encuentre dormidos.

37 Y esto que les digo a ustedes, lo digo a todos: ¡Estén prevenidos! (Mc. 13, 33-37)

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Este versículo comienza igual que las primeras palabras de Jesús al inicio del discurso del capítulo 13, en el versículo 5. La misma expresión se repite también en Mc. 13, 9 y Mc. 13, 23, como marcando el ritmo del discurso escatológico. La palabra en griego que traducimos como tener cuidado es blepo, que literalmente significa tener vista, en el sentido de tener una mirada crítica, saber prestar atención, mirar con detenimiento y discernimiento. Quizás, en español, tener cuidado genera más temor de lo que debería. Se trata de estar atentos, de ser sabios en nuestra interpretación de los signos de la historia.

Esta sabiduría es necesaria porque nadie sabe cuándo llegará el momento culminante. Ni siquiera el Hijo lo sabe (cf. Mc. 13, 32). Si bien este desconocimiento de Jesús puede poner en jaque a la cristología, en realidad estamos ante un judío que respeta la tradición veterotestamentaria que asigna a Dios, y sólo a Él, el conocimiento total del universo. Lo importante es que, a pesar de no saber el momento preciso de la consumación de la historia, el hecho de ser sabios con mirada atenta, da a los discípulos una ventaja. El que sepa leer la historia no se verá completamente sorprendido cuando llegue el día definitivo.

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Este pequeño relato del hombre que se va de viaje y deja encargos es una parábola. Para los estudiosos del Nuevo Testamento es difícil rastrear los inicios de la misma; si Marcos la ha conservado original, si la ha convertido en alegoría, si resulta de la unión de dos parábolas previas. Ciertamente, tiene elementos alegóricos que permiten identificar al hombre que se va de viaje con Jesús que ha muerto-resucitado y ya no está físicamente entre los discípulos, y los servidores con tareas asignadas serían la Iglesia, donde cada uno tiene su ministerio. La falla de la alegoría está en que el portero, figura única con una función específica, es identificado con todos los cristianos luego, cuando se interpreta que todos deberían velar. En este punto, el texto funciona mejor como parábola.

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Aquí, el hombre que se va de viaje es denominado como dueño de la casa. El simbolismo recuerda a la Iglesia-casa, figura típica de Marcos para la comunidad. El dueño de la casa es, obviamente, Jesús. Los servidores-Iglesia no saben cuándo regresará, porque no saben el momento en que la historia se consumará. Los horarios posibles de llegada están tomados de las vigilias nocturnas de la época. El atardecer, la medianoche, el canto del gallo y el amanecer eran los cuatro momentos en que se dividía el período nocturno para tener algún tipo de guía. Estas intersecciones de tiempo equivalían, aproximadamente, a tres horas actuales cada una. Tres horas desde que atardecía hasta la medianoche, tres horas más hasta el primer canto de gallo y tres horas más hasta que amaneciese.

La parábola asume que el dueño de la casa regresa por la noche. También hay simbolismo aquí. La noche es la oscuridad, es el momento histórico donde todo está sombrío y es difícil ver con claridad. Son los momentos difíciles de la historia. Los cristianos atentos y sabios, aún en la noche de las tribulaciones, pueden esperar confiados en el dueño de la casa.

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La referencia a encontrar los servidores dormidos está muy relacionada con el episodio en Getsemaní (cf. Mc. 14, 33-42), cuando Jesús orando encuentra por tres veces dormidos a Pedro, Santiago y Juan. También es un momento nocturno donde los discípulos no son capaces de esperar atentos, velando. Es un momento específico de tribulación histórica que exige la sabiduría de reconocerle importancia. El sueño de Pedro, Santiago y Juan es la manifestación externa de su incapacidad para mirar sabiamente lo que está ocurriendo a su alrededor. De la misma manera, el sueño de los servidores y el portero es su falta de atención y previsión.

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El mensaje se universaliza, se dirige a todos. No es sólo el portero quien tiene que estar atento, ni tampoco los discípulos solamente, ni meramente la comunidad eclesial. Todo ser humano debe tener una mirada atenta y sabia sobre la historia para identificar los momentos escatológicos, de consumación, de resolución.

La palabra final de este discurso escatológico del capítulo 13 es, en griego, gregoreo, también traducible como sean vigilantes. Es la actitud exigida a la humanidad desde Jesús. Vigilar, velar, ser sabios en la mirada. Es la forma de identificar la llegada de lo escatológico, la forma de hacer una interpretación correcta de la historia. Los dormidos se pierden la historia de la humanidad, la dejan pasar, la dejan ir. La historia sucede, sus existencias sucede, y ellos no se percatan. Pero Dios quiere seres humanos atentos, no para predecir catástrofes apocalípticas, sino para transformar el mundo activamente.

Atentos a la historia

Los comentaristas de Marcos creen que en el fondo de este capítulo 13 del Evangelio hay un texto previo, más primitivo, del que se habría valido el autor para elaborar su discurso escatológico. Posiblemente circularía como folleto apocalíptico entre las comunidades, como colección de dichos de Jesús sobre los últimos tiempos. Quizás, redactado en la provincia de Judea, con referencias a la situación pre-guerra. Marcos, tomándolo, añadiría frases concretas sobre la historia particular de su comunidad eclesial, sumergida en el universo de la guerra judía de los años 67-70 d.C., con traiciones internas y peligro inminente de crucifixión.

El final del discurso es una llamada profética para los tiempos que corren (para los tiempos que corrían en aquella época). Hay que permanecer vigilando, sin dormirse, sin quedarse inactivos. Hay que estar atentos a la historia para poder discernir sobre ella. Eso es: un discernimiento histórico. Tiene que ver con leer los signos de los tiempos, pero primariamente, con entender el tiempo como lo entiende Dios. El tiempo del mundo (la historia) es un tiempo encargado al acto creativo del ser humano. Los humanos pueden hacer la paz o hacer la guerra, elaborar estructuras de liberación o estructuras de opresión. Pero un día, la historia tendrá que resumirse en el amor de Dios, porque allí encuentra plenitud. Ese día es la esperanza para la comunidad de Marcos. Habrá un día en que desaparecerá la guerra judía, desaparecerán las persecuciones, desaparecerá el temible tormento de la cruz. Habrá un día de gozo eterno, prolongado, inacabable. Habrá un día de paz para las comunidades cristianas.

¿Y mientras tanto? Porque el dilema de la muerte-vida es actual, afecta en el ahora, no mañana. ¿Qué hacer mientras tanto? ¿Esperar a que pase la guerra judía, recluidos, neutrales? ¿Esperar la muerte propia para encontrarnos con el Resucitado? ¿Participar activamente con el riesgo de estar trabajando en un sin sentido? La respuesta colocada en labios de Jesús obliga desde la misión encomendada. El dueño de la casa se ha ido, pero la casa tiene servidores y portero con tareas precisas. Si no cumplen sus encargos, están siendo desatentos con la historia. Para eso están: para prestar atención a la historia del ser humano, para ser luz allí, para guiar, para acompañar. Están en la historia porque sólo participando de ella pueden pretender que ese día final sea real, sea esperanza concreta. Participando de la historia, las comunidades pueden esperanzar y cambiar el mundo. La pasividad no es una opción. Los pasivos son los sorprendidos por el dueño de casa que llega de improviso. No es un fatalismo apocalíptico esta imagen de la llegada nocturna, sino la invitación a estar presentes en la noche de la historia, aunque parezca innecesario. La única certeza de que no estamos dormidos, es justamente, que estemos despiertos como servidores del otro en las noches históricas.

Tradición o Palabra: hermenéutica del amor / Sexto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 5, 17-37 / 13.02.11

No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Les aseguro que no desaparecerá ni una i ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice.

El que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que los cumpla y enseñe, será considerado grande en el Reino de los Cielos.

Les aseguro que si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos. Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: No matarás, y el que mata, debe ser llevado ante el tribunal. Pero yo les digo que todo aquel que se irrita contra su hermano, merece ser condenado por un tribunal. Y todo aquel que lo insulta, merece ser castigado por el Sanedrín. Y el que lo maldice, merece la Gehena de fuego. Por lo tanto, si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con tu hermano, y sólo entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Trata de llegar en seguida a un acuerdo con tu adversario, mientras vas caminando con él, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al guardia, y te pongan preso. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo.

Ustedes han oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo les digo: El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Si tu ojo derecho es para ti una ocasión de pecado, arráncalo y arrójalo lejos de ti: es preferible que se pierda uno solo de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado a la Gehena. Y si tu mano derecha es para ti una ocasión de pecado, córtala y arrójala lejos de ti: es preferible que se pierda uno solo de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado a la Gehena. También se dijo: El que se divorcia de su mujer, debe darle una declaración de divorcio. Pero yo les digo: El que se divorcia de su mujer, excepto en caso de unión ilegal, la expone a cometer adulterio; y el que se casa con una mujer abandonada por su marido, comete adulterio.

Ustedes han oído también que se dijo a los antepasados: No jurarás falsamente, y cumplirás los juramentos hechos al Señor. Pero yo les digo que no juren de ningún modo: ni por el cielo, porque es el trono de Dios, ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la Ciudad del gran Rey. No jures tampoco por tu cabeza, porque no puedes convertir en blanco o negro uno solo de tus cabellos. Cuando ustedes digan ’sí’, que sea sí, y cuando digan ‘no’, que sea no. Todo lo que se dice de más, viene del Maligno. (Mt. 5, 17-37)

En el gran discurso del sermón del monte se pueden distinguir tres partes: una introducción que abarcaría desde Mt. 5, 1 hasta el versículo 16; una sección central con el grueso del contenido; y una conclusión en Mt. 7, 13-29 que constituye la exhortación general para asumir el espíritu de las bienaventuranzas y de la nueva ley proclamada por Jesús. Estas tres partes son, en definitiva, las partes lógicas de un discurso. Ahora bien, dentro de cada parte, Mateo se valió de lo que podríamos llamar sub-géneros. A través de retazos enlazados por un tópico común (la ética del Reino, la actitud de vida cristiana, el modelo humano de relación con lo divino y con los otros seres humanos) se construye la disertación. Lo más probable es que Jesús no haya dicho todo lo que está entre los capítulos 5 y 7 de Mateo de corrido. Es posible que diferentes dichos hayan sido agrupados progresivamente por la tradición, primero por similitud tópica y luego por su conexión más profunda. Mateo habría cohesionado, literariamente, palabras separadas cronológicamente en la historia de Jesús de Nazareth. Dentro de los sub-géneros podemos identificar las bienaventuranzas (Mt. 5, 1-12), la oración (en el Padrenuestro de Mt. 6, 9-13), las preguntas retóricas (Mt. 6, 26-28; Mt. 7, 3-4), la parábola (en las dos casas de Mt. 7, 24-29). Y el sub-género que nos compete hoy: las antítesis. Hoy, la liturgia nos propone leer algunas, pero en el libro se extienden hasta Mt. 5, 48. Las antítesis, en este caso, son 6: sobre la cólera y el enojo, sobre el adulterio, sobre el divorcio, sobre el juramento, sobre la venganza, y sobre el amor y el odio.

Las antítesis son, justamente, la oposición de dos tesis. Por un lado está lo que se dijo anteriormente, lo que se dijo en un principio, lo que se dijo a los antiguos o antepasados. Por otro lado está la Palabra de Jesús. Esa es la antítesis. Hay algo que se viene repitiendo como tradición, como leyes impuestas no negociables y no discutibles. Pero Jesús dice lo contrario: esas leyes son negociables y discutibles. No en el sentido peyorativo. No se negocia la ley para hacerla más flexible y fácil de traspasar. Se la negocia y discute para llevarla a un terreno de mayor entrega, de mayor compromiso, de mayor dureza si se quiere, en el sentido en que Jesús no es laxista. Todo lo contrario: su exigencia es mayor que la de la ley dada a los antepasados. Cuando habla de la cólera, lleva la pena del asesinato a la comparación con el enojo. Cuando se trata del adulterio, lo expande del contacto físico a la mirada y al pensamiento. Cuando el divorcio era una cuestión machista, el problema pasa a ser de la mujer, del varón y de los que intervienen luego. Del juramento no se trata sólo de cumplir lo jurado, sino de tener una actitud de vida honesta, donde el juramento se vuelva secundario y hasta innecesario. Cuando se menciona la venganza, se cambia el sentido proponiendo una superación en sentido inverso, haciendo el bien en el lugar del mal vengativo. Cuando llega el tema del amor y el odio, obviamente no hay otro parámetro que el amor de Dios, que nos hace tender a la perfección. Queda claro que la Palabra de Jesús es una plenificación de la palabra de los antiguos, las palabras de la tradición. La propuesta legislativa del Maestro es novedosa, pero no porque destruya la vieja ley, no porque considere malo todo lo anterior. Asumiendo la historia de las palabras tradicionales de su pueblo, elabora un sentido superior, una visión más amplia.

Esto es lo que se explica en los primeros versículos que leemos hoy. Mt. 5, 17-20 es un intento de respuesta a las preguntas de la comunidad mateana sobre qué hacer con el Antiguo Testamento. ¿Hay que olvidarse por completo de la primera revelación? ¿Con el Cristo hacemos borrón y cuenta nueva? ¿Valen los códigos del Levítico y del Deuteronomio aún? Si bien son preguntas de la comunidad de Mateo, siguen siendo preguntas para el cristiano de hoy. ¿Hay que quemar el Antiguo Testamento por obsoleto? La respuesta de Jesús se enmarca en dos afirmaciones casi contradictorias: no ha venido a destruir el Antiguo Testamento (Ley y Profetas según la terminología hebrea), pero al mismo tiempo, si la justicia de los seres humanos (no la justicia legal, sino la manera de relacionarse con el proyecto de Dios Padre) no supera el tipo de justicia que se viene practicando (entre los escribas y fariseos), el tiempo nuevo del Reino de los Cielos queda en la nada, como si se continuase en la línea del Antiguo Testamento. ¿Qué significa esto? Pues, simplemente, que Jesús cumple la justicia del Antiguo Testamento llevando la ley a su máximo esplendor, que es el amor representado por el Cristo. Es cierto que la ley sigue vigente, pero no en la letra, sino en su espíritu. El espíritu originario del Antiguo Testamento, de las primeras revelaciones de Dios, es hacer patente su amor. Jesús encarnado es la manifestación máxima de ese amor divino, y por lo tanto, es la plenitud de la justicia. Si analizamos las antítesis que leemos hoy, nos damos cuenta que el Antiguo Testamento no queda abolida para nada; hay una profundización de su sentido. La ley de los antepasados se quedaba en el homicidio, condenaba el asesinato de otro ser humano, pero para Jesús la cuestión va más allá del crimen; hay una falta al espíritu de la ley divina cuando nos enojamos con el otro, o cuando lo llamamos despectivamente insultándolo (las palabras mencionadas en el texto original son raka, un vocablo arameo que significa vacío en el sentido intelectual, y moros, que puede traducirse como ignorante o insensato). La ley de la tradición también es limitada respecto al adulterio, pues sospecha un adulterio concretado físicamente; para Jesús, el adulterio no es un acto concreto, sino una actitud, una manera de relacionarse el varón con las mujeres y las mujeres con los varones, imposible de resumirse a un solo hecho; podemos relacionarnos de manera digna o relacionarnos adulterando. Siguiendo el mismo tema, la ley antigua reconoce el divorcio como posibilidad en la que un varón repudia a su mujer, pero Jesús acusa al divorcio de causa de adulterio, haciendo responsable del mismo tanto a la mujer como al varón, elevando el matrimonio a una categoría de compromiso o alianza muy seria, que no puede tomarse a la ligera (el texto autoriza el divorcio en caso de fornicación, porneia en griego. A este respecto hay discusión sobre el sentido estricto del término, que algunos lo asocian a las uniones ilegítimas de Lev. 18, donde la ilegitimidad haría indispensable la separación, y otros directamente con el adulterio). Finalmente, tenemos el juramento que la ley de los antepasados prohíbe en caso de que el juramento no se cumpla, pero que Jesús transforma en una conducta de honestidad para toda la vida; no hay que jurar y cumplir lo prometido, sino vivir haciendo lo que se dice, diciendo cuando es sí y no cuando es no.

Hablar de tradición y Palabra en este momento particular de la Iglesia, sobre todo la Católica, es meterse en un tema áspero. Tenemos unos grupos neo-conservadores que ponen por encima de todo las tradiciones y doctrinas humanas que la Iglesia institucional fue aplicando sistemáticamente en su historia, según lo iba creyendo conveniente. Tenemos en el otro extremo los movimientos de renovación apodados como progresistas o liberales que consideran parámetro único la Palabra de Dios contenida en la Biblia y la interpretación hermenéutica que se hace de ella desde los contextos parecidos al contexto jesuánico. Entre ambas tendencias se abre un abismo gris donde muchísimos fieles van y vienen de acuerdo a lo que escuchan en una homilía, lo que le predican en un retiro, lo que sale en las noticias sobre la curia vaticana o el Papa.

Evangelizar hoy, bajo estas circunstancias, es detenerse a pensar dónde está el Evangelio que queremos anunciar. ¿Está en las tradiciones humanas, en las doctrinas institucionales, en los decretos pontificios? ¿O el Evangelio está en la vida y muerte de Jesús? ¿Está en nuestras interpretaciones privadas de los acontecimientos? ¿O en la interpretación que se hace con el prisma de Jesús, que es la mirada de Dios? No podemos llegar al otro desde bulas, encíclicas y exhortaciones apostólicas. Al otro ser humano se llega desde una propuesta de plenitud en el amor, que consiste en la reconciliación para presentarse ante el altar, en una actitud de relaciones dignas con los varones y mujeres, en un refuerzo del sentido sacramental de los compromisos, en un estilo de vida honesto, sin doblez, sin subterfugios, sin doble intención.

Murió… según las Escrituras / Viernes Santo – Ciclo C – Jn. 18, 1 – 19, 42

Los relatos de la pasión de los cuatro Evangelios tienen dos vertientes de composición. La primera son los sucesos históricos de por sí: el enjuiciamiento y la crucifixión de Jesús; la segunda es el Antiguo Testamento, que para los primerísimos cristianos era la única Escritura Sagrada. Si allí había hablado Dios, entonces allí había que encontrar la explicación a lo sucedido, la clave para entenderlo. Porque lo sucedido no era algo sin más, no era una muerte más en la historia, una injusticia de las tantas que podemos encontrarnos a diario. Había muerto alguien que predicaba y actuaba de acuerdo a lo que parecía ser una verdad última y nunca escuchada sobre Dios. Este Jesús de Nazareth parecía tener una relación de tanta intimidad con Dios, que nadie podía sospechar su fracaso. No sólo hablaba elocuentemente, sino que realizaba milagros, interpretaba las Escrituras de manera novedosa, revelaba la naturaleza de un Yahvé poco belicoso y bastante amoroso, poco vengativo y muy gracioso (dispensador de gracia). Este Jesús de Nazareth era un justo, con todas las letras. Sin embargo, había muerto vergonzosamente, abandonado por ese Dios de amor que predicaba. El Reino del que hablaba con tanta vehemencia y que veía cercano, a la vuelta de la esquina, no se había instaurado. Este Jesús de Nazareth que podía ser el Mesías, había fracasado. El primer problema hermenéutico de esta situación está en que el mismo Antiguo Testamento, donde los cristianos buscaban respuesta, dice, en boca de un salmista, que “nunca vi a un justo abandonado” (Sal. 37, 25). ¿Y entonces? ¿Jesús no era justo? ¿Dios no lo sostenía?

Este problema hermenéutico pudo franjearse gracias a las experiencias de resurrección. Algunas mujeres y algunos varones tuvieron un encuentro con el Resucitado que les abrió la mente. Ahora podían entender que Dios verdaderamente sostenía al justo Jesús, y que lo había resucitado y reivindicado, y que ahora ya no moría más (cf. Rom. 6, 9). Pero la Escritura decía algo más: “Un colgado es una maldición de Dios” (Dt. 21, 23). Este es el segundo problema hermenéutico. Si un colgado es un maldito, un crucificado no puede ser el Mesías, no puede ser la bendición de Dios para su pueblo. Los cristianos conocían la experiencia de la resurrección y eso era suficiente, pero a la hora de anunciar la Buena Noticia, y a la hora de ponerla por escrito, el inconveniente era la interpretación que los interlocutores podían hacer de los hechos. ¿Cómo podía creer un judío conocedor del Deuteronomio que un crucificado era el Elegido? Considerando que las primeras experiencias misioneras se realizan entre judíos, es lógico suponer que la tarea exegética de los primeros cristianos se lanzó a la carrera. Era necesario encontrar en la Escritura una multitud de apoyos al mesianismo de Jesús; los suficientes para contrarrestar o explicar la crucifixión. Por esta razón, los primeros relatos de la pasión que circulaban oralmente se fueron llenando de alusiones veterotestamentarias, hasta que los evangelistas los tomaron para ponerlos por escrito, agregando ellos también nuevas alusiones. Vamos a ver algunas (hay muchas más) de estas referencias que la pasión según Juan ha conservado:

Huerto. El relato de la pasión joánico comienza en un huerto, al otro lado del Cedrón, y culmina también en un huerto, donde hay un sepulcro nuevo en el que pondrán el cadáver de Jesús. El capítulo 20 del Evangelio, obviamente, comenzará en este huerto del sepulcro, y María Magdalena confundirá al Resucitado con el hortelano (cf. Jn. 20, 15). El huerto es, en primer lugar, la imagen idílica del jardín del Edén (cf. Gn. 2, 8). Durante la pasión, el jardín está al inicio porque está iniciando la re-creación de las cosas. Y está al final porque cuando Jesús resucite y se encuentre con la Magdalena, se reproducirá la escena de la proto-logía, con una pareja en un huerto, como Adán y Eva en el Edén. El día de resurrección es un primer día, y Jesús, nuevo Adán (cf. Rom. 5, 12-19), encontrándose con María Magdalena, figura de la Iglesia que nace de la Pascua, pueden poner en movimiento la novedad que se inaugura con la derrota de la muerte.

Yo Soy. En la escena del prendimiento en el huerto, la expresión Yo Soy aparece tres veces, y así es como se identifica Jesús. Claramente, la referencia es el tetragrámaton del nombre divino. Cuando Moisés, en el episodio de la zarza ardiente, pregunta a Dios cuál es su nombre, éste le responde que su nombre es YHWH (cf. Ex. 3, 14), que puede traducirse como Yo soy el que Soy. Los israelitas entienden que YHWH es el nombre sagrado de Dios, el que designa su esencia, y por lo tanto, el que lo designa en su totalidad. En la teología joánica, la identificación de Jesús con Dios es fundamental, y sobre todo la identificación con el nombre divino (cf. Jn. 4, 26; Jn. 8, 24.28.58; Jn. 13, 19). Jesús es el que es, es el Dios Viviente, el Dios que está. Por eso los que vienen a apresar a Jesús caen en tierra con sólo escuchar el Yo Soy, a pesar de tratarse de un ejército (una cohorte, según el texto, o sea, la décima parte de una legión; la legión podía tener hasta 5000 soldados). La escena del prendimiento (un ejército contra el justo y la caída en tierra) puede estar inspirada en el Salmo 27: “Cuando me asaltan los malhechores ávidos de mi carne, ellos, adversarios y enemigos, tropiezan y sucumben. Aunque acampe un ejército contra mí, mi corazón no teme; aunque estalle una guerra contra mí, sigo confiando” (Sal. 27, 2-3).

Fuera del pretorio. Primeramente, Jesús es interrogado por Anás que luego lo envía a Caifás, y de allí se van al pretorio, donde sucederá el juicio guiado por Pilato. Como estamos, cronológicamente según Juan, en el día de la preparación de la pascua judía, los judíos no entran al pretorio, que es un lugar pagano y, por lo tanto, impuro. Más allá de la impureza propia de la gentilidad, hay dos situaciones que podían significar una impureza legal codificada. Una es la presencia de levadura entre los romanos, que como no observaban la pascua, no tenían por qué eliminarla de sus cocinas, como lo indica Dt. 16, 4 (no puede haber levadura por siete días en todo el territorio judío mientras se celebra la pascua). La otra situación es por la práctica romana de enterrar a los muertos debajo de las casas o en el predio de las mismas; según el libro de los Números, quien entra en contacto con un cadáver humano se contamina por siete días (cf. Nm. 19, 11), y en ese estado de impureza no puede comer la pascua en el momento debido, sino que tiene que celebrarla un mes después (cf. Nm. 9, 6-12). Esta es la razón veterotestamentaria que deja a los acusadores fuera del pretorio, y es también la ironía de unos hombres que intentan mantener la pureza mientras pergeñan un asesinato.

Sufrimiento. La escena de Jn. 19, 1-3 es el centro de la estructura literaria de la pasión. En este mega-relato joánico hay cinco escenas (el prendimiento, el juicio judío, el juicio romano, la crucifixión y la sepultura); la escena central (juicio romano frente a Pilato) posee, a su vez, una división en siete cuadros (Jn. 18, 28-32; Jn. 18, 33-38a; Jn. 18, 38b-40; Jn. 19, 1-3; Jn. 19, 4-8; Jn. 19, 9-12; Jn. 19, 12-16a), resultando que el cuadro central es a tortura. Jesús es azotado, recibe la corona de espinas, es vestido con un manto púrpura, abofeteado, y burlado por los soldados. Detrás de los sufrimientos del Mesías están las palabras de Isaías sobre el Siervo de Yahvé: “Ofrecí mis espaldas a los que me golpeaban, mis mejillas a los que mesaban mi barba. Mi rostro no hurté a los insultos y salivazos” (Is. 50, 6); “¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba! Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado” (Is. 53, 4).

La ropa y la túnica. Tras crucificar a Jesús, los soldados dividen su vestido en cuatro partes y se sortean la túnica porque no tiene costuras. Juan cita explícitamente, en este caso, la referencia al Antiguo Testamento, tomada del Sal. 22, 19. Pero la cita es más comprensible con otros versículos: “Perros sin cuento me rodean, una banda de malvados me acorrala; mis manos y mis pies vacilan, puedo contar mis huesos. Ellos me miran y remiran, reparten entre sí mi ropa y se echan a suertes mi túnica” (Sal. 22, 17-19). Simbólicamente, la división en cuatro partes de la ropa es la expansión de Jesús, del Reino de Dios, hacia los cuatro puntos cardinales, y a la par, la túnica que no puede ser repartida es la unidad del nuevo Pueblo de Dios que se cohesiona por el Espíritu.

Cordero de Dios. Desde el principio, el Evangelio según Juan ha dejado en claro que Jesús es el Cordero de Dios (cf. Jn. 1, 29.36), y que por su condición de Cordero es capaz de quitar el pecado del mundo. A la hora de la muerte en la cruz, la condición de Cordero se hace más explícita al relacionarla con la pascua y, precisamente, con el cordero pascual. Según el ritual del Éxodo al salir de Egipto, la pascua se celebra familiarmente o entre vecinos, comiendo la carne de un cordero macho de un año, sin defecto (cf. Ex. 12, 5). Con la sangre de ese cordero, los israelitas pintaron los umbrales de sus puertas (cf. Ex. 12, 7) para que el Exterminador pasara de largo por sus casas e hiriera a los primogénitos egipcios (cf. Ex. 12, 13). Jesús, que es el verdadero Cordero de Dios, protegerá también con su sangre. Por eso Juan recuerda que utilizaron una rama de hisopo para alcanzar al Crucificado la esponja embebida en vinagre, al igual que en Ex. 12, 22 se utilizó hisopo para rociar la sangre en los umbrales de las puertas. Y por eso a Jesús no se le quiebra ninguna pierna, pues al cordero de la pascua judía no podía quebrársele ningún hueso (cf. Ex. 12, 46; Nm. 9, 12). También el salmo 34 está en la inspiración: “Muchas son las desgracias del justo, pero de todas le libra Yahvé; cuida de todos sus huesos, ni uno solo se romperá” (Sal. 34, 20-21). Finalmente, el horario en que Jesús es sentenciado a muerte, la hora sexta (el mediodía), coincide con el horario en que los sacerdotes comenzaban a sacrificar los corderos en el templo.

Sepultar al Rey. José de Arimatea y Nicodemo son los encargados de la sepultura en el relato joánico. El primero es el que pide la autorización para descender el cuerpo y el segundo lleva una mezcla de áloe y mirra que pesa cien litras. La litra equivale a una libra, aproximadamente, por lo que podemos decir que Nicodemo llevaba unos treinta kilos de perfume para la sepultura. Eso representa una cantidad enorme y desproporcionada para un entierro, aunque no el de un rey. Cuando el rey Asá murió, por ejemplo, “lo pusieron sobre un lecho lleno de bálsamo, de aromas y de ungüentos preparados según el arte de los perfumistas” (2Cron. 16, 14). Jesús es sepultado con todos los honores, como los reyes del Antiguo Testamento.

 

Lo que Pablo predica, según recuerda él, es aquello que él mismo recibió: “Que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, según las Escrituras” (1Cor. 15, 3b-4). Esto significa que la muerte, sepultura y resurrección de Jesús sucedieron según el Antiguo Testamento. De alguna manera, en el plan de Dios, está contemplada la historia de Jesús. Pero esto no quiere decir que el Padre había dispuesto una tortura para su Hijo. Al contrario: para el Hijo dispuso Dios una vida y un mensaje de vida. Pero los seres humanos no aceptan muchas veces esa vida, y tratan de contrarrestarla con la muerte. Jesús no es asesinado por un complot en el que participa su Padre; Jesús es asesinado por ser fiel al Padre, por decir y hacer la Voluntad de la mejor tradición veterotestamentaria, la tradición del Yahvé que libera, que rescata al que está esclavo, que hace justicia al pobre, que dispensa su gracia, que abre su seno a la universalidad, que vive en medio de su pueblo como un Ser interviniente en la historia.

Si en la evangelización decimos que Jesús murió injustamente porque Dios lo dispuso así, ¿cómo vamos a darle una Buena Noticia al que hoy sufre injustamente? ¿Cómo vamos a hablarle del Dios que lo ama, si éste fue capaz de asesinar a su Hijo? En un dios así no se puede confiar; en el Padre de Jesús, en cambio, sí se puede.

Hermenéutica feminista – Día Internacional de la Mujer

En el documento “La interpretación de la Biblia en la Iglesia” de la Pontificia Comisión Bíblica, se dice que la hermenéutica feminista tiene dos criterios de exégesis muy propios: la sospecha previa y la sociología. Veamos muy brevemente, para introducirnos a la lectura feminista de la Palabra, qué nos aportan estos criterios.

1. Sospecha previa: es de suponer que la historia la escriben los que ganan, y así sucede habitualmente. No es el pueblo conquistado el que tiene más posibilidades de transmitir su versión de los hechos, pues sería censurado rápidamente, ya que en su versión, los conquistadores no se llevarían los elogios. En cambio, en sentido contrario, la historia escrita por los conquistadores no es censurada, pues exalta la obra y el combate con el que se consiguió la victoria. La hermenéutica feminista, según el documento, parte muchas veces de la premisa de que la Biblia fue escrita por los varones, porque las mujeres no tenían acceso a las letras, entonces los relatos bíblicos son machistas o patriarcales, excepto las cartas auténticas de Pablo y algunos pasajes evangélicos que conservan el recuerdo de la actividad liberal de Jesús respecto a las mujeres. ¿Está bien o mal la sospecha previa? Quizás es necesaria en algunos pasajes, quizás en otras es un error. ¿Deberían comenzar sospechando todas las mujeres que leen la Biblia? Deben sospechar cuando reconozcan a un Dios que hace diferencias, que quita las mujeres del medio, que las invisibiliza. Es más que claro que el Dios de Jesús no hace invisible a nadie, sino lo contrario, incluye. Leer con sospecha previa puede poner en un estado a la defensiva exacerbado, pero tampoco es cuestión de dejar pasar todo por alto, por eso la crítica bíblica es necesaria.

2. Sociología: el criterio sociológico aporta el estudio de las sociedades de los tiempos en los que se escriben los libros bíblicos. Este aporte es muy importante para el acercamiento concreto al significado de los textos. En sociedades donde la mujer ocupa el último lugar de la pirámide jerárquica, las expresiones de Pablo o las actitudes de Jesús que restituyen a la mujer su igualdad con el varón, son verdaderamente revolucionarias. Y al contrario, las expresiones que degradan a la mujer, encuentran un cauce cultural que no las justifica, pero las contextualiza para mejorar la hermenéutica actual y no atribuir a Dios condenas y declaraciones que no pueden pertenecerle de ninguna manera. ¿Está bien o mal la sociología? Si es seria, si se basa en estudios multidisciplinarios, si no es tendenciosa, es una herramienta básica de la exégesis actual. ¿Deberían todas las mujeres que leen la Biblia conocer de sociología? Pues no ser expertas, pero sería ideal que todas ubicaran a los textos en su época, para que la superficialidad de la lectura no despierte en ellas un odio hacia un dios que no es el Dios.

Sin embargo, más allá de las preguntas, demos gracias a Dios porque más y más mujeres leen las Escrituras, más y más mujeres hacen teología, más y más mujeres son exégetas. Es necesaria su mirada sobre los textos, porque aquello que los hombres dejamos pasar, no escapa a su ojo fino y delicado; y aquello que coronamos los varones como la paternidad juiciosa de Dios es completado y mejorado con la maternidad amorosa que las mujeres nos revelan.