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Que se amen / Sexto Domingo de Pascua – Ciclo B – Jn. 15, 9-17 / 13.05.12

Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.

Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto. Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre.

No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá. Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros. (Jn. 15, 9-17)

Las formas de amar

El tema preponderante de esta lectura es el amor, palabra que aparece como tal o como derivado (amó, amado, amén) en ocho oportunidades en esta cita. Pero no se trata del amor como lo entiende la sociedad consumista actual (hacer el amor sexual) ni como lo entendía el mundo helenista (meta de superación individual). Tampoco es amor en términos fariseos (obras legales que suplantan compran el amor divino) ni amor sectario (amar al compinche). El amor del que habla Jesús excede las concepciones culturales y humanas del amor, porque es el amor ágape. Pero veamos más en profundidad estos amores que enumeramos para reconocer que la propuesta de Jesús no sólo es superadora, sino plenificadora:

a) Sociedad actual: en cualquier círculo de personas reunidas en la vía pública, en una cena, en la salida de un centro comercial o dentro de un supermercado, decir amor resuena, inmediatamente, como hacer el amor, y esta última expresión se asocia inmediatamente a la manifestación sexual. Parece no haber otra acepción para el término, pues la sociedad está hiper-sexualizada. El amor como realidad trascendente, fuera de la cama, no existe, fue un mito de otras épocas más tradicionales, más románticas. Se considera lógico desplazar los sentimientos por la experiencia vivida en carne propia, quizás como herencia del pensamiento positivista. ¿Cómo puedo saber si alguien me ama? ¿Cuál es la medida del amor? El sexo fue la respuesta, como el experimento para la hipótesis. Por haber quitado al sexo su sello demoníaco, arrastrado durante siglos por una mala interpretación del cuerpo, la sociedad terminó volcándose en el endiosamiento del sexo. Fue un progreso al principio, un paso al frente, pero se convirtió en un abuso.

b) Mundo helenista: para la cultura griega el amor debe llevar a la plenitud, pero una plenitud entendida como realización individual, como superación de los demás, inclusive a costa de ellos. El hombre debe amar lo que lo haga mejor. Debe amar los puestos de honor y el respeto de los otros, porque así será encumbrado. Debe amar lo estético y rechazar lo feo. Debe amar la sabiduría de las ciencias, porque así será inteligente. Debe amarse a sí mismo, de lo contrario será débil. Debe amar la estructura jerárquica, porque así se organiza el mundo, y entonces el varón no podrá sentir amor por una mujer, ya que es menos que él; el varón ama a otro varón, y es un amor de admiración. Esta concepción individualista adquiría carácter comunitario únicamente en relación al patriotismo, a la defensa del modelo helénico. Por eso los dioses griegos difícilmente aman a sus criaturas, ya que sería un signo de debilidad. Los dioses nunca podrían amar/admirar a alguien inferior. Cuando lo hacen, las historias son trágicas. Y a la inversa, el amor del hombre se dirige a los dioses por la situación jerárquica, porque ellos son mejores naturalmente.

c) Amor fariseo: para el pensamiento farisaico, la forma del amor eran las obras de justicia: limosna, oración y ayuno. Ama aquel buen judío que cumple los preceptos con precisión, porque la medida del amor es ese compromiso legal. No se podría decir que tiene amor el que quebranta el sábado, el que no ayuna, el que nunca da limosna. Se entiende que para los fariseos, Jesús no amaba, pues rechazaba las prescripciones de la Ley. Era un judío sin amor por la letra. ¿De qué otra manera entender la relación con Dios? ¿No es lógico que, si se lo ama, se intente cumplir cada una de las normas religiosas? ¿No se las cumple por amor? El problema fariseo es que convierte la relación con Dios en un comercio, en compra-venta de amor. Antes de suponer que Dios ama a todos los hombres, el fariseo creía que Dios amaba a quien daba limosna, hacía oración y ayunaba. Antes de suponer que el amor es la única regla desde la que se derivan los mandamientos, el fariseo creía que los mandamientos eran el amor mismo.

d) Amor sectario: en los pequeños grupos de ayer y de hoy, dentro y fuera de la Iglesia, suele aparecer el amor sectario, el amor en círculo interno que no se desborda, que queda limitado a los conocidos. Es un amor sin perspectivas de crecimiento ni expansión, un amor encerrado y contento en la cerrazón. Un amor a lo conocido y seguro, un amor que se asegura correspondencia, no por la vía de la gratuidad, sino por un miedo a lo externo, un temor al rechazo del mundo. La secta crea un espacio confortable donde sobrevivir a los embates de la sociedad, pero es también un espacio irreal, porque el supuesto amor que se profesan los miembros no es amor asumido desde la libertad, sino desde la obligación: sólo puedo amar a éstos porque son los únicos con los que me relaciono. El amor sectario no se comparte más allá de precisos límites, y se ahoga en una retroalimentación negativa, estancada, adinámica. Es un amor carente de diálogo, un amor que no genera vida.

La forma del amor de Jesús

Para Jesús, el amor no es necesariamente hacer el amor sexual, no es sólo sexo. Para Jesús, el amor no es individualista, no se olvida de quienes están alrededor, no busca una superación que redunde en honores vanos. El amor tampoco es un comercio con Dios, ni mucho menos es la legislación. El amor, finalmente, no es en absoluto sectario, limitado.

El amor que plantea Jesús es verdadero porque se expresa en la carne, no desde la relación sexual, sino desde la entrega de la propia vida, hasta la muerte, ya que el ejemplo máximo del amor es dar la vida por los amigos. En este sentido, la relación sexual no es demoníaca de por sí, sino que puede ser una manifestación exquisita del amor, cuando los comprometidos están dispuestos a dar la vida por aquel con quien tienen la relación sexual, cuando no están concentrados en la satisfacción del momento físico, sino en la satisfacción de la intimidad con la persona que aman. El amor que plantea el Maestro es superación, pero no individual, poniendo a unos sobre otros, sino elevando a todos. Él no llama siervos a sus discípulos, sino amigos, haciéndolos mejores desde el amor desinteresado. Cuando el amor individual es egoísta, cuando tiene como meta una graduación jerárquica que deja atrás a otros, no es amor cristiano. El amor que da la vida por los demás, considera que la meta es plenificarse plenificando, amar amando, elevarse elevando a todos. El amor que plantea el Maestro establece la relación con Dios desde los mandamientos, pero desde la raíz de los mismos, que es amarse los unos a los otros como Él nos ha amado. Es un amor que invita a la permanencia, a estar con, a estar amando.

Cumplir los mandamientos es amar, porque el mandamiento es el amor. A diferencia del pensamiento fariseo, ayunar no es una imposición que, al realizarse, se convierte en amor; ayunar es un fruto del amor, y dar limosna también, y la oración también. Permanece en el amor quien ama. No hay demasiadas interpretaciones a ese apotegma. ¿Por qué permanece Jesús en el amor del Padre? Porque ama. ¿Cómo podemos permanecer nosotros en Jesús? Amando. Finalmente, el amor que plantea el Maestro es universal y expansivo, es incontenible, está por encima de cualquier grupo, cultura, nacionalidad, preferencia o religión. Es amor verdadero en cuanto es capaz de abrirse sin prejuicios, en cuanto ama a pesar de, en cuanto no se detiene ni selecciona. No puede ser nunca amor sectario, encerrado, circunscrito. No puede jamás aislarse en una irrealidad protectora. Es amor allí donde falta el amor.

El Reino de los Cielos se parece al mercado laboral / Vigésimoquinto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 19, 30 – 20, 16 / 18.09.11

Muchos de los primeros serán los últimos, y muchos de los últimos serán los primeros.

Porque el Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña. Trató con ellos un denario por día y los envió a su viña. Volvió a salir a media mañana y, al ver a otros desocupados en la plaza, les dijo: “Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo”. Y ellos fueron. Volvió a salir al mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: “¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin hacer nada?”. Ellos les respondieron: “Nadie nos ha contratado”. Entonces les dijo: “Vayan también ustedes a mi viña”.

Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: “Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros”. Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario. Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario. Y al recibirlo, protestaban contra el propietario, diciendo: “Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada”. El propietario respondió a uno de ellos: “Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti. ¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?”.

Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos. (Mt. 19, 30 – 20, 16)

Tenemos este domingo una parábola propia del Evangelio según Mateo. A lo largo de la investigación exegética ha recibido múltiples títulos posibles, que pueden resumirse en los siguientes: el patrón generoso, los obreros de la viña, la paga igual. Además, algunos estudiosos suponen que la parábola pronunciada por Jesús no contaba con ninguno de los dos versículos que Mateo sitúa como marco en Mt. 19, 30 y Mt. 20, 16. Aunque se admite la posibilidad de identificar como histórica la expresión de los últimos y los primeros, muchos prefieren situarla en otro contexto original, inclusive como frase repetida en diferentes situaciones por Jesús. En la tradición sinóptica, la expresión aparece en Mc. 10, 31; Lc. 13, 30 y los dos versículos de la perícopa de hoy. Marcos la sitúa a continuación del diálogo entre Pedro y Jesús, donde el primero presenta la evidencia de que ellos, los discípulos, han dejado todo para seguirlo, y el Maestro le responde que los que han dejado todo por el Evangelio, reciben el ciento por uno. Aquí, la frase sobre los últimos y los primeros parece tener un sentido de realización personal, más que de realización divina. No se vuelven primeros los que son últimos por su situación social, su pobreza o su exclusión; se vuelven primeros los que han elegido ser excluidos, los que han optado por una marginación en pos del Reino. Por esa opción de vida con los últimos, el Padre los tiene por primeros. En Lucas, la referencia son los paganos, ya que el contexto inmediato es el logion sobre los muchos de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur, que se sentarán en la mesa con los patriarcas de Israel. Los gentiles, considerados últimos en la salvación, o peor aún, insalvables, resultan ser para el Reino inaugurado por Jesús los primeros. La expresión de su salvación es la mesa compartida con los próceres israelitas. Marcos contiene, además, en Mc. 9, 35, una frase similar dirigida a los Doce, que los invita a hacerse últimos y servidores si quieren ser los primeros. De una manera más velada en Lucas, pero que también puede entenderse en la misma línea, el final de la parábola del fariseo y el publicano que oran, dice: “Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero” (Lc. 18, 14a).

Vemos así que Marcos es más tendiente a utilizar la expresión como invitación/promesa para que los discípulos asuman el estilo de vida del Reino. Ese estilo de últimos, de marginados sociales, los hace primeros para Dios. Lucas, y como veremos también Mateo, plantean la inversión desde la bondad y la justicia de Dios. Los últimos se hacen primeros porque el Reino de Dios es para ellos, para los olvidados, para los excluidos. El movimiento, en Lucas y Mateo, parte de Dios. De todas maneras, en toda la tradición sinóptica, lo primordial es la inversión de las situaciones presentes. Esa es la esperanza que mantiene la Iglesia: la situación actual es injusta, hay seres humanos que son últimos (odiados, desplazados, rechazados), pero esto no puede quedar así; Dios tomará el control de la situación y los últimos serán primeros. De todas maneras, la esperanza se convierte en advertencia cuando se lee desde senos eclesiales cerrados o con tendencias sectarias no universalizantes. A veces, pensar que los últimos serán los primeros, asusta y conmueve las seguridades. Sociológicamente, los grupos tienden a considerarse los elegidos. Cuando un grupo recibe, de su propio Maestro, la certeza de que los considerados primeros, en realidad, serán últimos, no puede permanecer inmune a la declaración. Puede que, en su originalidad, la parábola estuviese dirigida a los fariseos desde los labios de Jesús, pero la inclusión que realiza Mateo de la expresión sobre los últimos y los primeros para enmarcar la parábola, cambia los destinatarios hacia los discípulos. Mateo le está recordando a su comunidad, formada mayormente por judíos convertidos al cristianismo, que no tienen por qué considerarse los primeros ni los únicos salvados. Si así lo creen, se llevarán una decepción cuando descubran que los últimos son los primeros y viceversa.

Introduciéndonos de lleno a la parábola, tenemos que recordar un primer simbolismo: la viña. Para la tradición profética, la viña es el pueblo de Israel (cf. Is. 5, 1-7; Jer. 12, 10). En una zona donde crece la vid y la higuera, la utilización de ambas plantas para representación del pueblo era lógica. Jesús se vale de ello y comienza a contar la historia de un amo y su viña. Estamos, antes que nada, ante un amo rico, que tiene un mayordomo encargado de las finanzas y las contrataciones, y que se puede dar el lujo de contratar una amplia cantidad de jornaleros. En contraste a este amo rico están los jornaleros. Según la descripción de la parábola, son obreros que trabajan por día y que esperan, cada mañana, por la contratación. Del día a día depende su ingreso. No tienen trabajo fijo ni son esclavos viviendo en lo de sus dueños. Su comida y la comida de sus familias dependen directamente de la suerte que cada jornada les depara. Seguramente se reunían en la plaza central del poblado, a la espera de un amo contratista. En nuestro caso está la posibilidad de que sea el mes de septiembre, mes de la vendimia en Palestina. El pago usual para un jornalero de aquella época era un denario. Se calcula que con medio denario podía subsistir un día un obrero, pero para una familia completa se necesitaba más, evidentemente. Esto deja en claro el contraste socio-económico entre el amo y los jornaleros. Analizado en macro-economía, el amo pertenece a la clase social acomodada, lo que hoy llamaríamos la clase capitalista, mientras que los jornaleros son de la clase baja, ni siquiera proletarios reales, ya que no trabajan de manera fija en relación de dependencia. De todas maneras, Jesús utilizará la imagen para explicar un aspecto más del Reino de los Cielos. Dios no es exactamente como el amo de la viña de la historia, no está involucrado en un sistema económico que pone en situación embarazosa a los jornaleros. Pero ciertas características del amo lo hacen similar a Dios Padre. En primer lugar, es raro que el amo salga a contratar en persona teniendo un mayordomo o administrador. Pero lo hace. Son raras también las horas en las que sale. Normalmente, las contrataciones se realizan en la primera hora de la mañana, no durante el día. Esto hace sospechar que el amo contrata jornaleros sin necesidad real, quizás con la intención de dar una mano a la mayor cantidad posible de desempleados. En segundo lugar, el amo se declara bueno y justo, dos atributos propios de Dios. Finalmente, hay una frase que dice el amo y que es clave hermenéutica de la parábola: les pagaré lo que sea justo.

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A partir de la frase sobre lo justo hay que entender el pago igualitario, o lo que Schottroff llama la igualación solidaria que realiza el amo. El pago será lo justo, aunque los primeros jornaleros no entiendan esa justicia. Volvemos a la cuestión de los atributos divinos. El amo actúa con justicia como actúa con justicia el Padre. El pago igualitario es el pago justo. Paradójicamente, en el contexto socio-económico de la parábola, el amo de la clase acomodada les termina dando una lección a los jornaleros que protestan: si ellos se dividen internamente como grupo, si son envidiosos entre sí, si se fracturan como unidad, entonces no podrán plantarse ante las injusticias y procederán a su autodestrucción. Si los jornaleros no se apoyan mutuamente, seguirán en las pésimas condiciones laborales en las que están. Si unos se enojan por la buena suerte de los otros compañeros, se maltratan añadiendo daños al maltrato que de por sí ocasiona el sistema. El amo les recrimina, en el original griego de Mateo, su ophthalmos poneros, o sea, su ojo malo (que algunas traducciones al español interpretan como mal solamente, y otras más acertadamente comoo envidia). La recriminación final del amo es, entonces, sobre la envidia de los primero jornaleros respecto a la bondad del patrón. ¿Qué puede envidiar un jornalero a otro? ¿Que ha ganado un denario, como él, y su familia apenas comerá ese día? ¿Envidia que mañana ambos estarán de nuevo en la plaza probando suerte? ¿O envidia la generosidad del patrón? Lo que hace el amo es desenmascarar el sinsentido de la actitud de los primeros. Si un jornalero ha ganado hoy un denario, es motivo de alegría, no de envidia. Si un compañero puede llevar el sueldo a su casa, es ocasión de festejo. Si el amo entiende la justicia como un trato igualitario, entonces hay una perspectiva de cambio en el horizonte.

Volvemos a repetir que Dios no es exactamente igual al amo de la parábola. No es un terrateniente de viñedos ni pertenece a la clase social alta. Pero sí Dios es justo y bueno. Sí Dios es capaz de invertir el orden. Sí Dios trata a los seres humanos desde la igualdad solidaria, comenzando con el que más lo necesita, con el pobre, con el excluido, con el marginado. Ese es el Reino de los Cielos al que se parece la parábola. Ese es el proyecto para nuestra historia: que los últimos se hagan los primeros. Que haya un movimiento hacia la compasión por los miles de jornaleros actuales que no tienen lo suficiente para sobrevivir. Porque están ahí afuera, en las plazas, en las calles, esperando una mano que cambie el sistema, que los dignifique. Porque tenemos la obligación de trabajar con la mejor economía y la mejor política posible para que nadie se quede lo mínimo indispensable, para que ya no haya excluidos, para que ya no haya últimos y todo puedan ser primeros.

Las parábolas y Jesús

1. La parábola

La parábola no fue inventada por Jesús ni por los evangelistas que narraron el misterio de Jesús de Nazareth. La parábola es un modelo literario, un molde narrativo que se remonta a la historia judía, y más aún, a la historia de las lenguas semíticas. El hebreo, lenguaje de Israel, lenguaje semítico, gusta de utilizar las imágenes para expresar conceptos. Así sucede con casi toda la literatura oriental. La imagen resulta más plástica y más adaptable para transmitir conocimientos y enseñanzas que la definición científica. Los escribas, estudiosos judíos de la Ley contenida en las Sagradas Escrituras, para desarrollar sus cátedras, sus instrucciones, utilizaban muchísimo la imagen en forma de parábola. Resultaba común que los rabinos explicaran mediante una narración alguna cita de la Escritura. Realmente no contamos con el registro escrito de ninguna parábola rabínica anterior al año 70 d.C., pero se asume que existen desde antes de esa época y por ello fueron conservadas hasta finales del siglo II para ser puestas por escrito. La estabilidad por años de la tradición las habría mantenido vigentes.

Definir qué es una parábola no es tarea sencilla, como parece a simple vista. Algunos autores consideran que un punto fundamental para conceptualizar la parábola es que se trata de un relato. Un relato es un texto que presenta una transformación entre el inicio del mismo y el final. Pero no cualquier relato tampoco. La parábola es un relato breve, o sea que no abunda en detalles ni se detiene en largas descripciones ni caracteriza los personajes con la extensión de una novela. La parábola, también, es un relato con aguda claridad, sobre todo en el desarrollo escénico y en la estructura de personajes participantes (sabemos dónde están todos, qué hacen y quiénes participan sin muchas ambigüedades). En tercer lugar, la parábola es un relato creíble, no porque evite valerse de elementos ficcionales (que animales hablen o que las cifras sean exageradas), sino porque los utiliza de una manera magistral que compenetra al oyente/lector. La brevedad, la claridad y la credibilidad de la parábola la hacen transmisible. No es difícil memorizar una parábola porque sus elementos constituyentes están creados y dispuestos para ser repetidos una y otra vez a través del tiempo. El maestro la utiliza para enseñar porque se asegura que sus alumnos la asimilarán.

Vale aclarar que la parábola no es una comparación ni una alegoría ni una mera imagen. Utiliza la comparación, utiliza la alegoría levemente y la imagen en cantidades increíbles, pero no se agota en esas realidades. Suele clasificarse la parábola es dos grandes grupos: los relatos parabólicos comparativos y los relatos parabólicos metafóricos. Los primeros funcionan como una comparación que establece el relato entre su ficción y lo que sucede cotidianamente, repitiendo esquemas conocidos y escenas que fácilmente se reproducen. Los segundos, metafóricos, se valen de lo insólito, de situaciones difíciles de asimilar. Ambos modelos sirven al fin de pronunciar una palabra que esconde otra palabra. La parábola juega con el misterio. Tanto comparando como presentando situaciones insólitas, tenemos un relato que se refiere a algo superior, ya sea a Dios, a valores humanos o a enseñanzas. La imagen de la parábola es el medio para una reflexión superior, más trascendente. La ficción sirve como medio que propulsa desde lo superficial hasta lo profundo.

2. El uso de la parábola en Jesús

Jesús usa la parábola mucho más que los rabinos. Si bien la literatura rabínica conserva parábolas, no son tantas en relación a la cantidad de escribas como lo son en relación a Jesús, que es un único narrador. Siguiendo los Evangelios Sinópticos, podemos atribuirle 43 parábolas. En lo referente a la búsqueda del Jesús histórico, no hay discusión acerca de su condición de narrador. Muy pocos discutirían la cualidad parabólica de Jesús; pueden discutirse ciertas autorías, ciertas parábolas específicas, pero la base responde a una realidad histórica: Jesús era un contador de parábolas. En sus relatos se perciben dejos de lengua aramea (idioma de Jesús) y elementos típicos de Palestina, de su tierra natal. Con el paso del tiempo, en la transmisión oral y luego la escritura, las primeras comunidades cristianas fueron quitando o agregando elementos a las parábolas, pero en su esencia puede reconocerse el origen jesuánico.

La parábola contada por Jesús incomoda. Un fariseo y un publicano suben a orar al Templo, pero baja justificado el publicano, supuestamente pecador, frente al justo (cf. Lc. 18, 10-14). Unos trabajan más tiempo que otros, pero todos reciben la misma paga (cf. Mt. 20, 1-16). Un asaltado en el camino es asistido por un samaritano, un extranjero, antes que por los representantes de la religión oficial judía (cf. Lc. 10, 30-37). A varios les molesta escuchar estos relatos. Y varios serían capaces de matar a quien cuenta estos cuentos. Por eso podemos decir que la parábola de Jesús no es ingenua ni mucho menos superficial. Ataca el corazón de las situaciones y dice lo que muchos callan. Las cosas que Jesús cuenta en parábolas, los mensajes que transmite, le valdrán la crucifixión. La parábola cumple una función principal de la evangelización que es incomodar, molestar, sacudir lo establecido, presentar lo insólito de Dios. Es raro permanecer impasible ante semejantes relatos. Es extraño ser fariseo y no enojarse con que el publicano salga justificado. El oyente de la parábola de Jesús se ve interpelado en su corazón y obligado a tomar partido, aún si la parábola no concluye con un interrogante para el que está escuchando. La misma dinámica del relato siembra preguntas en el interior del oyente. El lenguaje es tan claro y tan teñido de cotidianeidad, que cualquier habitante de Palestina podía reconocer lo que era remendar una tela nueva con un pedazo viejo (cf. Mc. 2, 21), o la costumbre de las doncellas que esperan al novio (cf. Mt. 25, 1-13), o lo complicado que es levantarse a medianoche en las pequeñas casas galileas donde duerme toda la familia en la misma habitación (cf. Lc. 11, 5-8). Jesús se vale de elementos propios de su vida, de experiencias, de imágenes universales para su universo de oyentes. Hoy, obviamente, nos encontramos ante la dificultad de la distancia temporal. Para entender algunas parábolas necesitamos una explicación agregada que nos aclare determinados usos y costumbres de Palestina en tiempos de Jesús. Pero reuniendo esos elementos aclaratorios, la parábola jesuánica sigue conservando el poder de incomodarnos, a nosotros que habitamos a dos mil años de distancia, y a los que habitarán después de nosotros.

La incomodidad de la parábola de Jesús no está sólo en la movilización de estructuras asumidas, sino también en la dificultad de llegar al fondo del relato. Cierta vez, el Maestro dijo a sus discípulos: “A ustedes se les ha confiado el misterio del Reino de Dios; en cambio, para los de afuera, todo es parábola, a fin de que miren y no vean, oigan y no entiendan, no sea que se conviertan y alcancen el perdón” (Mc. 4, 11-12). La parábola es complicada, puede albergar variados niveles de interpretación, puede re-significarse en una segunda lectura, o tercera o cuarta. Para el que no está familiarizado con el misterio del Reino de Dios, la parábola ciega y ensordece. Esta afirmación de Jesús, de por sí, es complicada. ¿Acaso la parábola no busca alcanzar a toda la población de todo tiempo y lugar? ¿No quería Jesús que la gente lo entendiera? Claro que lo quería, pero la dificultad no está en Él, sino en el oyente. Las parábolas son parábolas del Reino, y si el ser humano no está dispuesto a abrirse a la gracia, al misterio del Reino, entonces no entenderá las parábolas. La explicación de las mismas no reside en la extensión del estudio semiótico ni en la prolijidad del análisis redaccional. La explicación de las parábolas está en la posibilidad real de asumir el Reino en la vida. El corazón no dispuesto a dejarse penetrar por el misterio del Reino de Dios, no entenderá las parábolas de Jesús. Al contrario, le resultarán retorcidas, inexplicables, incoherentes.

Tres formas (re-formas) para la cuaresma / Miércoles de Ceniza – Ciclo A – / 09.03.11

La Iglesia Católica comienza hoy el tiempo cuaresmal. Es un tiempo que prepara para la Pascua. Litúrgicamente, se trata de cuatro domingos donde, in crescendo, se desarrolla un aspecto del misterio pascual. Teológicamente, es el tiempo que anticipa el gran cambio, la gran transformación, el paso de la muerte a la vida, de la vida vieja a la vida nueva, el bautismo definitivo. Pastoralmente, es el momento en que la Iglesia propone tres acciones concretas: la oración, el ayuno y la limosna. El objetivo de la intensificación de estas prácticas es ahondar espiritualmente en la vida y misión de Jesús para comprender mejor su muerte y asumir con más propiedad su resurrección. Todos los años, la lectura evangélica que abre este tiempo de cuaresma es Mt. 6, 1-6.16-18, donde Jesús explica, en el marco del sermón del monte, el sentido verdadero de la oración, del ayuno y de la limosna. En otras oportunidades he comentado esa lectura. Hoy quisiera hacer una muy breve excursión sobre las tres acciones cuaresmales, desde otras citas:

a. Oración: “Dos hombres subieron al Templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano” (Lc. 18, 10). Orar implica el riesgo de adularse. Cuando Jesús cuenta la parábola del fariseo y el publicano que oran en el Templo, queda claro que el primero ha ido para auto-exaltarse, mientras que el segundo ha llegado arrepentido. La posición desde la que hablan con Dios es totalmente diferente. El fariseo está subido a un pedestal, se cree superior al resto, y el centro del monólogo es él. El publicano sabe que el centro del diálogo está en Dios, que ha venido al Templo para ponerse en sus manos, que no es ni mejor ni peor que el resto de los seres humanos. Es sólo eso: un ser humano. En cuaresma podemos rezar todos los días, pero puede que recemos desde arriba, subidos a escalones y tronos. Una oración así pone el punto gravitacional en nuestro propio poder, despreciando el poder que realmente libera, el poder de Dios. De nada vale orar a manera de monólogo, deleitándonos en nuestra voz. En la oración abrimos las posibilidades al futuro que proyecta Dios para nosotros. Ese futuro es siempre de plenitud, y es una propuesta divina. Cuando creemos que la plenitud la hemos construido con nuestras manos, solitarios, entonces la oración es una falsedad. La oración verdadera es la del publicano, arrepentido y confiado, sabiendo que Dios lo puede convertir, lo puede hacer nuevo, lo puede liberar.

b. Ayuno: “Este es el ayuno que yo amo -oráculo del Señor-: soltar las cadenas injustas, desatar los lazos del yugo, dejar en libertad a los oprimidos y romper todos los yugos” (Is. 58, 6). La Iglesia ayuna para que puedan comer los que tienen hambre hoy. No se ayuna para poner la cara larga ni para cumplir un ritual eclesiástico prescripto. Un ayuno que no repercute en el hermano es una tontera, una falacia. ¿Para qué ayunar? ¿Para mortificarse? ¿Para purificarse? El ayuno que ama el Señor es el que impide que los pobres tengan que ayunar a la fuerza. Sino, es un circo. Nos privamos de alimento voluntariamente como una burla a los que quisieran tener alimento y les es negado. El ayuno real, el ayuno del Reino, el ayuno deseado para esta cuaresma, habrá de ser el que suelte las cadenas injustas (los aprisionados por el hambre), el que desate los lazos del yugo e, inclusive, rompa los yugos (los esclavizados por el hambre), el que deje en libertad a los oprimidos (los que no pueden ni caminar por el hambre). No debemos mentirnos. Dios no se regocija cuando nos ve ayunar solos, en una habitación, con un mínimo vaso de agua que dosificamos durante 24 horas, sin contacto con la realidad. Dios se regocija cuando un hermano que no tenía para comer recibió el pan nuestro de cada día, cuando los padres de familia que trabajan de sol a sol llegan con algo para llenar la olla, cuando la matrona revuelve la olla para los pequeños. Dios se regocija cuando los discípulos de su Hijo se quedan sin pan en la mano porque han decidido compartirlo, han decidido darlo.

c. Limosna: “No explotarás al jornalero pobre y necesitado, ya sea uno de tus compatriotas, o un extranjero que vive en alguna de las ciudades de tu país” (Dt. 24, 14). El libro del Deuteronomio defiende una ley con claridad: no se puede explotar al hermano. Eso es un principio mayor que la limosna. Si se acaba la explotación deberían acabarse los que están necesitados de pedir limosna. Dios busca la raíz del problema, no los parches que prolongan la injusticia. ¿Cuánto cambio social produce la limosna? ¿A cuántos seres humanos les devuelve la dignidad? ¿A cuántos libera definitivamente del yugo de la pobreza y la indigencia? Probablemente, la limosna no cambie otra cosa que la conciencia del que la da; ahora más tranquilo, más relajado, porque ha cumplido su deber de cuaresma. ¿No sería grandioso que, en lugar de la limosna, eliminemos la explotación del jornalero, que las empresas paguen sueldos dignos, que no haya trabajadores en condiciones infrahumanas? El verdadero camino de la cuaresma que desemboca en la pascua es el que desemboca en un mundo más justo, en una re-creación de las condiciones de desigualdad para hacernos más iguales, más hermanos. La simple limosna practicada socialmente, en su fondo sostiene un estado de las cosas que es contrario al Reino: hay algunos que pueden dar limosna y otros que están obligados a pedirla. A simple vista, sin disquisiciones teológicas, se nota que el abismo entre ambos es el abismo de los que no viven como hermanos.

¿Qué Mesías espera Juan Bautista? / Segundo Domingo de Adviento – Ciclo A – Mt. 3, 1-12

En aquel tiempo se presentó Juan el Bautista, proclamando en el desierto de Judea: “Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca”.

A él se refería el profeta Isaías cuando dijo: Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos.

Juan tenía una túnica de pelos de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. La gente de Jerusalén, de toda la Judea y de toda la región del Jordán iba a su encuentro, y se hacía bautizar por él en las aguas del Jordán, confesando sus pecados.

Al ver que muchos fariseos y saduceos se acercaban a recibir su bautismo, Juan les dijo: “Raza de víboras, ¿quién les enseñó a escapar de la ira de Dios que se acerca? Produzcan el fruto de una sincera conversión, y no se contenten con decir: Tenemos por padre a Abraham. Porque yo les digo que de estas piedras Dios puede hacer surgir hijos de Abraham. El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles: el árbol que no produce buen fruto será cortado y arrojado al fuego. Yo los bautizo con agua para que se conviertan; pero aquel que viene detrás de mí es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de quitarle las sandalias. El los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego. Tiene en su mano la horquilla y limpiará su era: recogerá su trigo en el granero y quemará la paja en un fuego inextinguible. (Mt. 3, 1-12)

¿Quién es Juan el Bautista? Es la voz que clama en el desierto, es el gran último profeta, es el que excita a las masas, es el que bautiza, el anunciador, el predicador. Es el enemigo de Herodes. Para Lucas era un pariente de Jesús, hijo de Isabel (cf. Lc. 1, 24.36); para Mateo, la conexión con Jesús es distinta. No es una relación de sangre lo que los une, sino el Reino de Dios. La forma literaria de introducirlos es con el verbo griego paraginomai, que significa, literalmente venir al lado, o sea, hacerse cercano, y por implicación, hacerse presente, sobre todo públicamente. Tanto Jesús como Juan se dan a conocer, aparecen frente a su pueblo. En Mt. 3, 1 lo hace el Bautista: “En aquel tiempo, aparece [paraginomai] Juan el Bautista”; y en Mt. 3, 13 es el turno de Jesús: “Entonces Jesús fue desde Galilea hasta el Jordán y se presentó [paraginomai] a Juan”. La oración que resume sus prédicas es la misma también: “Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca” (Mt. 3, 2; Mt. 4, 17). Marcos ya la había utilizado en su Evangelio, con alguna variante, atribuyéndola solamente a Jesús (cf. Mc. 1, 15), pero Mateo va más allá, poniéndola en boca de Juan. Esto determina un punto de contacto que, si no es bien interpretado, lleva a confusiones. ¿Hablaban de lo mismo ambos personajes? ¿La Buena Noticia de Jesús es idéntica a la prédica exhortativa de Juan? Más adelante señalaremos qué las diferencia, pero por lo pronto tengamos en cuenta que el concepto del Reino de Dios (la expresión Reino de los Cielos es lo mismo que Reino de Dios; Mateo la utiliza para respetar la costumbre judía de no pronunciar el santo nombre) no era exclusivo del cristianismo; al contrario, Jesús lo hereda de la rica tradición israelita, y como producto de una tradición tan históricamente larga, existían muchas acepciones. Para algunos, el Reino de Dios es puramente militar, es una empresa marcial de Yahvé de los ejércitos que aniquilará a las naciones paganas con todo el peso de su poder; para otros, el Reino de Dios es una estancia espiritual, un estado casi fantasmagórico de elevación a la quintaesencia del conocimiento divino; para un grupo se trata del momento de peregrinación escatológica de los pueblos hacia el monte Sión; para otro grupo es el presente mismo, quizás en dos niveles, uno más cósmico-celestial y otro más terrenal-material. Para algunos, el Reino es un don; para otros es la construcción que hacen los justos del proyecto de Dios en la tierra. Jesús y Juan convivían con diferentes acepciones del Reino de los Cielos, y por ello no es extraño pensar que divergieran en el sentido que le daba cada uno. Sin embargo, más allá de esa diferencia que remarcaremos luego, podemos seguir anotando similitudes entre ambos hombres. Según Mateo, el ministerio de los dos está profetizado por Isaías. El Bautista es la voz que clama en el desierto de Is. 40, 3, y Jesús es la luz que ilumina las tinieblas de las regiones de la muerte de Is. 9, 1 (cf. Mt. 4, 14-16). Las multitudes acuden a ellos desde lugares similares (Jerusalén, Judea, la región del Jordán) según Mt. 3, 5 y Mt. 4, 25, y al verlas (cf. Mt. 3, 7 y Mt. 5, 1), ambos hombres proclaman su mensaje que es, en definitiva, un programa de vida.

Estos programas de vida están creados en función del Reino que predica cada uno. Y aquí vamos a adentrarnos en la diferencia de los mensajes. En Juan, la ira de Dios es lo inminente, y no se puede escapar de ella. Dios está de veras enojado, según parece. Tiene un hacha (su instrumento escatológico), y con esa hacha va a limpiar la humanidad. Lo que no sirve se corta y es arrojado al fuego. Para realizar esta acción de limpieza, Dios tiene un enviado, uno más fuerte o más poderoso que Juan. Es el agente mesiánico, la mano derecha de Dios. Si la herramienta escatológica divina es el hacha, la del agente mesiánico es la horquilla para recoger el trigo (y guardarlo) y quemar la paja (en un fuego eterno). El plan programático del Reino que predica Jesús parece, en cambio, apuntar en otra dirección. De lo primero que se habla es de los bienaventurados (cf. Mt. 5, 3ss), de poner la otra mejilla (cf. Mt. 5, 39), de amar a los enemigos y rogar por los perseguidores (cf. Mt. 5, 44), de un Padre que hace llover sobre justos e injustos (cf. Mt. 5, 45). Es un Reino difícil de congeniar con el hacha y la horquilla. No estamos afirmando que haya una total oposición entre un mensaje y el otro, pero sí que no son exactamente lo mismo. Jesús no reproduce la idea de Reino del Bautista. Sí hablará del árbol que no produce buenos frutos y es quemado (cf. Mt. 7, 19) o de la cizaña que es separada para ser arrojada al fuego (cf. Mt. 13, 40), pero estas menciones, típicamente joánicas, no enmarcan el total del Evangelio jesuánico. Esto es notorio cuando el Bautista, desde la cárcel, manda a preguntar a Jesús si Él era el que debía venir o es preciso esperar a otro (cf. Mt. 11, 2-3). Juan hablaba del más fuerte, y llegó a creer que ese agente mesiánico era Jesús, pero en un momento dudó, justamente por las maneras y las palabras de Jesús. ¿No debía llegar con el hacha y la horquilla? ¿No debía quemar a los pecadores? ¿No era el momento oportuno para la ira de Dios? Jesús parecía más concentrado en el amor del Padre que en su enojo, en su capacidad de perdonar que en su capacidad de hachar. Por eso le devuelve al Bautista una constatación profética de su mesianismo: “Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven: los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres” (Mt. 11, 4b-5); estos son los signos que Isaías atribuye a la llegada del Reino (cf. Is. 29, 18-19; Is. 35, 5-6a). Si Juan era profeta, entonces podía leer los acontecimientos históricos desde la perspectiva de Dios. El Mesías había llegado, estaba aquí, los enfermos se restauran, los muertos vuelven a la vida, hay Buena Noticia para los pobres. Esos son los signos de la llegada de Dios, y no el fuego y la condenación.

La figura del Bautista es una figura dura. Es un profeta amenazante. Juan está enmarcado en la tradición de Elías. Jesús mismo lo atestigua refiriéndose a él: “Y si ustedes quieren creerme, él es aquel Elías que debe volver” (Mt. 11, 14). La descripción de Mc. 1, 6 y Mt. 3, 4 tiende a la misma asimilación: Juan se viste como el profeta Elías de 2Rey. 1, 8. Su vestimenta es austera, pero más aún, es una protesta al sistema vigente. La piel de su túnica es de camello, y el camello es un animal impuro según Lv. 11, 4. De esta manera, el profeta denuncia al Templo y a su sistema de impurezas/purezas rituales. Por otro lado, se alimenta de langostas y miel silvestre. Ambos son productos del desierto, lo cual se puede entender en dos sentidos: la protesta es contra el Pueblo de Dios instalado que ha olvidado su estancia en el desierto por cuarenta años, y por lo tanto, se ha olvidado del mismísimo Dios (sentido reforzado por el Salmo 81 donde Dios, recordando la salida de Egipto, asegura que alimentaría a su pueblo con miel silvestre); o la protesta es contra el sistema de mercado, debido a que las langostas y la miel silvestre no se producen ni se venden, sino que se obtienen directamente de la naturaleza.

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Es muy probable que Juan Bautista no tuviese el mismo perfil que Jesús en cuanto a mensaje. Es muy probable, también, que la duda de Juan fuese muy profunda sobre la identidad de Jesús. Hoy, los historiadores coinciden en su grandísima mayoría, sobre un período en la vida de Jesús en que fue discípulo del Bautista, incluso permaneciendo un tiempo en el desierto con él. Con el paso del tiempo, Jesús habría penetrado más el misterio divino y comenzaría la separación de Juan para iniciar solo su camino. Quizás, el detonante para la separación ideológica definitiva fue la separación física que sucede cuando Juan es apresado; Mateo parece reflejarlo: “Cuando Jesús se enteró de que Juan había sido arrestado, se retiró a Galilea” (Mt. 4, 12).

Juan Bautista se debe haber decepcionado cuando le llegaron las primeras noticias, estando en prisión, de la actividad de su anterior discípulo. ¿Por qué no arremete con la ira de Dios? ¿Puede ser éste el Mesías? ¿Dónde ha quedado lo que le había enseñado en el desierto? Es la desilusión del mesianismo cuando el Esperado resulta ser distinto a lo que se esperaba. A muchos cristianos les sucede eso actualmente. Tras muchos años de practicar una fe religiosamente estricta, se encuentran con un Jesús distinto que no responde a las expectativas creadas durante tanto tiempo. Se encuentran con un Jesús de Buenas Noticias, de cercanía a los marginados, de tiempo de conversión, de poca condena y mucha comprensión, de juicios finales donde lo importante es la actitud frente al sufrimiento del prójimo antes que el cumplimiento legal de prácticas rituales. Se encuentran con un Salvador que salva más de lo que condena. Ese choque desestabiliza, cuestiona, y decepciona. Como al Bautista. Muchos cristianos quieren que Dios tenga el hacha al pie del árbol para comenzar la tala.

Y nadie puede decir que estos cristianos sean malos cristianos. Lo importante es dejarse tamizar por el Jesús de los Evangelios. Lo más seguro es que quienes creen en un Dios condenador no han leído más la Biblia que los manuales de catequesis; y allí reside el problema. La imagen en el espejo que puede devolvernos claridad para nuestras vidas es la imagen de Jesús que nos presenta el Nuevo Testamento, y a partir de esa imagen, llegar a la imagen de Padre que nos transmite Jesús. Siempre nos va a decepcionar alguien que conocemos a medias y que formamos a nuestra imagen y semejanza. El desafío de la evangelización es presentar, en primer plano, con todo lo que es, hace y dice, a Jesús. El desafío de la evangelización, entonces, es aprender a divulgar los Evangelios en un tiempo de adviento donde la gente no sabe qué esperar, cómo esperar o a quién esperar.


Separados o encarnados / Fiesta de Todos los Santos – 1 de noviembre

La palabra que designa la santidad en hebreo es qadosh, cuya raíz está vinculada a cortar, separar. Por eso la primera afirmación es que lo santo es lo separado, lo segregado, lo reservado, en este caso, para Dios. Es santo el templo porque está dedicado a Yahvé, es santo el sacerdote porque está dedicado al culto de Dios. La fuente de esa santidad está en el mismo Señor. Él es tres veces santo (cf. Is. 6, 3), como expresión del superlativo hebreo; o sea, Dios es totalmente Santo, es el más santo de todos. Esta condición intrínseca a la divinidad determina que Dios esté separado de los seres humanos y que no sea manipulable. Separado por la cuestión natural y pragmática de que, por ejemplo, nadie ha visto a Dios; no manipulable porque, en su separación, se vuelve difícil asirlo y moldearlo a voluntad. En esta mirada teológica, lo positivo es que queda bien en claro que a Yahvé no lo puede manejar la magia ni los caprichos humanos; Yahvé es autónomo y lo suficientemente libre para hacer y deshacer. Lo negativo de esta visión es el posible muro que puede levantarse entre lo espiritual y lo material, casi contraponiéndose. Si lo santo está separado, entonces no puede convivir entre lo profano, y si lo hace por razones de fuerza mayor, se debe establecer una reglamentación que permita detener la contaminación.

En muchas oportunidades, cuando Jesús discute con los fariseos, la cuestión es esa: pureza y santidad. El nombre de los fariseos proviene de ferushim, término que, según algunos estudiosos, posee doble acepción: separar y explicar. Separar en el sentido que estamos comentando y explicar por la práctica farisea de comentar la Ley y ser rabinos/maestros. Los fariseos habían elaborado una serie de disposiciones legales que buscaban asegurar la clara separación entre lo puro y lo impuro. Ellos, por supuesto, en su estricta observancia de estas reglas, eran puros. El resto del pueblo, ignorante, siempre caía en la impureza por no respetar alguna de esas reglas. En base a esta separación, se establecía una superioridad farisea. Por ser los auto-designados santos, se encontraban un escalón por encima y miraban con desprecio a los demás. A ellos les dirige Jesús la parábola del fariseo y el publicano en el templo (cf. Lc. 18, 9-14), introduciéndola Lucas con la siguiente oración: “Refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo también esta parábola”. Los que se tenían por justos/santos, creían que los otros eran menos dignos, menos queridos por Dios.

El Evangelio, de punta a punta, busca romper dos concepciones arraigadas en la sociedad judía y, hasta hoy, en nuestras sociedades. La primera es la idea de que para ser santo hay que separarse completamente de lo material. La segunda es que Dios ama más a los justos que a los pecadores. Para Jesús, la santidad está en la encarnación en el mundo material, y particularmente, en el mundo material pobre. Allí se vive la santidad y cobra sentido la condición de tres veces santo de Dios. En medio de los que nada tienen, el amor se experimenta con una gratuidad inusitada, y ese amor gratuito (gracia) nos revela a Dios, debido a que la esencia de lo divino es el amor (cf. 1Jn. 4, 8). Para ser santo hay que acercarse a la fuente de la santidad, y no precisamente desde el aislamiento temeroso de lo profano, sino desde lo profano que ha elegido Dios para revelarse amoroso. Jesús, encarnado en el mundo de los pobres, dice y hace cosas que demuestran a su Padre. Jesús, encarnado, se hace uno con el pobre, ofreciendo a cualquier ser humano en cualquier época en cualquier parte del mundo, la posibilidad de contactar íntimamente con Él al dar alimento, vestimenta, hospedaje, alivio o visita a un pobre, tal como sentencia “cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt. 25, 40). Allí está el meollo de la evangelización, entendida desde la definición que da Jesús de su propia misión: “El Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido” (Lc. 19, 10), porque “no son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos” (Lc. 5, 31). Dios ama a todos por igual, y por eso se esmera en llegar a los que las Iglesias consideran menos santos; la evangelización es buscar lo perdido, no conformarse con lo encontrado.

La Fiesta de Todos los Santos debiese ser la oportunidad de encontrar modelos de santidad en los profetas encarnados de nuestros tiempos; aquellos que, anónimamente, dan la vida en medio de los pobres, aunque les cueste la excomunión de la santa iglesia oficial.

El Dios que convierte lo pervertido / Trigésimo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 18, 9-14

Y refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo también esta parábola: “Dos hombres subieron al Templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, de pie, oraba así: ‘Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas’. En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ‘¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!’. Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado”. (Lc. 18, 9-14)

Los fariseos aparecen sistemáticamente en el Evangelio según Lucas. Principalmente, entre los capítulos 5 y 7, luego entre los capítulos 11 y 19, con presencia continuada. Para muchos estudiosos de la vida de Jesús, es imposible comprenderlo a Él sin el movimiento fariseo. Para algunos, Jesús era fariseo, para otros pertenecía a un partido completamente opuesto. Para otros tantos, su mensaje evangélico es heredero del farisaísmo con modificaciones pequeñas y sustanciales. Quizás, uno de los mejores resúmenes a este problema esté en Mt. 23, 3: “Ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan [escribas y fariseos], pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen” (Mt. 23, 3). Lo que Jesús critica es la hipocresía de algunos que se consideraban más justos que el resto del pueblo, y las reglas que, devenidas de ese sentimiento, creaban una separación social deformando la relación con Dios. La doctrina farisea no es totalmente errónea ni mucho menos, pero si el espíritu que la impulsa es la comercialización con Dios y la división entre justos e injustos, entonces no es compatible con el Evangelio. Seguramente, Jesús sentía cierta afinidad por algunos grupos de fariseos, lo cual explica, paradójicamente, sus enfrentamientos; si hay tanta interrelación entre el Maestro y ellos, es porque se encontraban en varios puntos. Esa cercanía da conocimiento, y ese conocimiento permite la crítica. Jesús come con fariseos, pero no por eso deja de remarcar lo que considera una perversión de la religión.

El texto de hoy comienza aclarando a quiénes se dirigirá la parábola. Hay algunos que se tienen por justos y desprecian a los demás; ellos son los que tienen que prestar más atención. El concepto de justo en el Antiguo Testamento es simple y complejo a la vez. La raíz tsaddaq (justo, justicia) se encuentra 523 veces en todo el Antiguo Testamento; de ellas, 139 veces en los Salmos y 94 en los Proverbios. Estos dos libros, justamente, hacen mucho hincapié en la cualidad de justo de Dios y en el personaje israelita creyente, designado como justo. El Salmo 112 establece algunas características de esta condición: es justo el que teme al Señor y se deleita con sus mandamientos, el que presta con generosidad y no es fraudulento en los negocios, el que tiene el corazón firme en el Señor, el que reparte sus bienes entre los pobres. Esta definición, no obstante, tiene un componente peligroso, porque el mismo Salmo asegura que el justo abundará en riquezas y sus hijos dominarán el país. Encontramos allí una doctrina de retribución. Por las obras buenas recibe una recompensa terrenal económica. Por dar dinero a los pobres, se aumentan sus riquezas. Por no ser fraudulento en los negocios, su descendencia domina al resto. Explícitamente, la justicia conllevaría un estado de bienestar material. Esto da pie a la negociación con Dios. Si ser justo trae beneficios, entonces no tendría sentido no serlo. La vocación de la justicia no estaría en el prójimo, sino en un egoísmo disfrazado que espera las regalías. De esta confusión reniega Jesús. El sentido último de hacer justicia es el otro, no yo mismo. Si soy justo por mí, entonces estoy a un paso de la hipocresía, porque entiendo los mandamientos del Señor como hoja de instrucciones para llegar al premio. Deleitarse en los mandamientos de Yahvé no es cumplirlos a rajatabla para cobrar el galardón. Deleitarse es saborearlos, entenderlos, degustarlos en la belleza que tienen; y la mayor belleza de los mandamientos está en el amor. La justicia es una obra de amor. Algunas concepciones teológicas que consideran como atributos opuestos la justicia de Dios y su misericordia son limitantes. La misericordia divina implica la justicia; lo justo es una expresión más de Dios, que es todo Amor.

Por la tergiversación en el sentido de la justicia es que muchos fariseos predicaban la limosna, por ejemplo, pero no la realizaban como verdadero acto de amor al prójimo, sino buscando la recompensa divina. La limosna era el pequeño sacrificio para obtener un beneficio mayor: riquezas. Y así como nombramos la limosna, tenemos el ayuno, el diezmo y la oración. Justamente, la parábola que leemos hoy está estructurada de acuerdo a estos tres últimos ejemplos. Uno de los protagonistas es un fariseo orando y alardeando de su ayuno y su diezmo. Está presentando el recibo de lo que Dios le adeuda. Pero como si esto fuera poco, duplica la apuesta. Según su oración, él no es como los demás seres humanos. No es, según el original griego, jarpax (rapaz), adikos (sin derecho), moicos (adúltero) o telones (publicano). Todo lo contrario. Él ayuna dos veces por semana cuando la Ley lo exige un solo día al año, para la Fiesta de la Expiación (cf. Lv. 16, 29-31; Lv. 23, 27-29; Num. 29, 7), y paga el diezmo de todas sus entradas cuando la Ley sólo exige la décima parte de lo que produce la tierra (cf. Lv. 27, 30) y la décima parte del ganado (cf. Lv. 27, 32). En tanto y en cuanto el fariseo cree hacer de más, supone que Dios le retribuirá también de más.

El publicano está en el otro extremo de la oración. Los dos oran de pie, porque esa es la posición judía para la oración. Pero no alardea de supuestas buenas obras ni muestra el recibo de sus actos. Su oración es desde la distancia del arrepentimiento y con los ojos sin levantar, en signo de humildad. Reconociéndose pecador, se siente indigno de llevar la frente en alto. No saca a relucir otra cosa que su propia condición humana. En su oración lleva lo que es, no lo que hace. No viene a exigir ni a comparar. Su expresión está inspirada en el Salmo 51, a la vez inspirado en la situación de arrepentimiento del rey David tras su pecado con Betsabé y la recriminación del profeta Natán (cf. 2Sam. 11-12). No hay más que una oración para el arrepentido: que Dios tenga piedad. Así como David, a pesar de sus pecados, es el rey predilecto de Yahvé, este publicano vuelve a su casa justificado. El secreto de ambas situaciones está en la capacidad de arrepentirse y pedir perdón. Hojeando la historia de David en el Antiguo Testamento, a cualquiera le puede surgir la válida pregunta sobre por qué es presentado como modelo de fe cuando sus méritos no son tan notorios como sus grandes pecados. Y es que David es modelo de arrepentimiento. Su profunda comprensión de Dios proviene de su profunda comprensión del perdón que proviene de Dios. El fariseo de la parábola cree tener todo el conocimiento sobre lo divino; cree saber cómo manejarse ante el Supremo; cree que la dinámica consiste en presentar la nota de buenas acciones para recibir la paga. Y la realidad es que no ha entendido nada. El que verdaderamente es un erudito en Dios es el publicano. Como David, se reconoce pecador y necesitado de perdón. Y sabe que la única fuente original del perdón es Dios mismo.

Este Dios del perdón es el Dios justo. Por eso el publicano vuelve a su casa justificado. El tema de la justificación es un concepto complicado, sobre todo por la historia que arrastra en el veterano enfrentamiento de católicos y protestantes. Lo cierto es que la justificación puede resumirse como la condición de justo que recibe un injusto. El publicano vuelve a su casa convertido en justo a los ojos de Dios. Al reconocerse pecador, asume y transforma su pecado. Es justo porque Dios lo ve como tal. El fariseo, en cambio, al no reconocer sus pecados, al no asumirlos y transformarlos desde el arrepentimiento, no está justificado. Dios no puede regalar la condición de justo a alguien que no se reconoce como tal. Al creerse completo, perfecto, cierra la puerta al amor de Dios. Si es perfecto, entonces Dios no tiene nada que hacer en su vida. Aquí se enlaza una de las expresiones jesuánicas como: “No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos” (Lc. 5, 31). Dios plenifica al ser humano que asume no estar completo. El problema del farisaísmo que recalca Jesús es la sensación de plenitud. El fariseo se cree completo con las obras que realiza. No necesita, en realidad, de Dios, porque todo lo puede en su ayuno, en su limosna, en su acudir al Templo. La justicia, entonces, no es un atributo de Dios, sino un valor de intercambio que regiría las relaciones. La justicia sería un comercio, una cuestión económica. El amor de Dios, algo comprable.

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El inicio de esta parábola tiene alguna relación con el inicio de la parábola del padre misericordioso (cf. Lc.  15, 11). Un hombre tenía dos hijos, y a la larga nos damos cuenta que muy distintos. Uno de ellos era públicamente pecador y arrepentido; el otro era el supuestamente justo que vivía en la casa del padre. El menor, el pecador arrepentido, resulta ser, a pesar de la distancia, el que mejor comprende al padre. Lo conoce tanto que fue capaz de volver tras dilapidar su herencia para buscar comida. El mayor, el justo, a pesar de convivir con el padre, no lo conocía, y creyó que echaría a patadas al menor, en lugar de recibirlo con un agasajo. En el caso de hoy, el fariseo es como el hermano mayor, que se cree conocedor de Dios y lo identifica como un despreciador de publicanos. El publicano, en cambio, sabe que la médula de Dios es el amor, y allí está el perdón. Sabe que puede ir al Templo a implorar perdón y que lo recibirá. No tiene valor para levantar la frente, pero confía en que será levantada por el Padre.

El Evangelio de Jesús predica al Dios en el que cree el publicano. El Dios de los pecadores. Afirmar que un adúltero o un ladrón pueden conocer más a Dios que un teólogo o que un miembro del clero, es arriesgado. Sin embargo, la parábola lo deja entrever. Muchos, en la Iglesia, pretenden comercializar la salvación con Dios. Que se salven los que traigan una lista más grande de buenas obras. Pero Jesús propone que el ensalzado sea humillado y el humillado ensalzado. La salvación no está en la cantidad de buenas obras, sino en la capacidad de reconocer las limitaciones. Saberse débil para ser completado por Dios. Saberse pequeño para ser engrandecido. Saberse último para ser primero. La evangelización, por ende, no puede focalizarse en determinar las condiciones de la salvación. Muchos misioneros organizan reuniones para transmitir cuáles son las exigencias que abren la puerta del Reino, a saber: no robar, no matar, no levantar falso testimonio ni mentir, no codiciar bienes ajenos, etc. Pocos comunican la plenitud que viene de Dios. Pocos explican que a Dios no se le presenta la historia buena, sino la historia per-vertida para que Él la vuelva historia con-vertida. Eso es lo que hace el publicano: lleva al Templo su per-versión para hacer efectiva su con-versión.

¿Cuántos de nuestros templos aceptan historias pervertidas en su seno? ¿A cuántos arrepentidos se les abren las puertas? ¿En cuántas Eucaristías dejamos poner sobre el altar lo incompleto? Tenemos la errónea concepción de que a las celebraciones sólo se puede llevar lo considerado justo. Por eso no recibimos a los pecadores públicos y miramos con mala cara a quien se equivoca en algún paso del ritual litúrgico. Todo debe ser perfecto para demostrarle a Dios nuestra perfección y, así, que no lo necesitamos. ¿Será ese el tipo de oración que quiere el Padre? ¿Le gustan las oraciones farisaicas, donde alardeamos nuestras buenas obras? ¿No querrá más bien ver los templos repletos de pecadores, de gente incompleta? ¿No querrá últimos, humildes, pequeños? La forma que elijamos para orar/celebrar es la forma de pararnos frente a Dios: con el corazón altanero (“El corazón altanero es abominable para el Señor, tarde o temprano no quedará impune” del Prov. 16, 5) o con el corazón contrito (“Tú no desprecias el corazón contrito y humillado del Sal. 51, 19b).

Historias para la hora de comer / Vigésimosegundo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 14, 1.7-14

Un sábado, Jesús entró a comer en casa de uno de los principales fariseos. Ellos lo observaban atentamente.

Y al notar cómo los invitados buscaban los primeros puestos, les dijo esta parábola: “Si te invitan a un banquete de bodas, no te coloques en el primer lugar, porque puede suceder que haya sido invitada otra persona más importante que tú, y cuando llegue el que los invitó a los dos, tenga que decirte: ‘Déjale el sitio’, y así, lleno de vergüenza, tengas que ponerte en el último lugar. Al contrario, cuando te inviten, ve a colocarte en el último sitio, de manera que cuando llegue el que te invitó, te diga: ‘Amigo, acércate más’, y así quedarás bien delante de todos los invitados. Porque todo el que ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”.

Después dijo al que lo había invitado: “Cuando des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez, y así tengas tu recompensa. Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos. ¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos! (Lc. 14, 1.7-14)

Esta comida en casa de uno de los principales fariseos tiene cuatro partes que acentúan cuatro aspectos del Reino. En la liturgia de hoy leemos dos de ellos, mientras que el primero es cortado y el último se sale fuera de la selección. Toda la gran escena abarca desde Lc. 14, 1, cuando se presenta el contexto situacional, y culmina en Lc. 14, 24. El dato de que todo sucede en medio de una comida no es menor. El banquete es una de las imágenes más queridas por la Biblia para representar el final de los tiempos. En una comida final, los seres humanos tendrán la oportunidad de sentarse a la par de Dios para degustar una comilona excepcional en la que abundarán y sobrarán manjares: “El Señor de los ejércitos ofrecerá a todos los pueblos sobre esta montaña un banquete de manjares suculentos, un banquete de vinos añejados, de manjares suculentos, medulosos, de vinos añejados, decantados” (Is. 25, 6). Así como los reyes ofrecían banquetes para agasajar invitados o para celebrar una victoria de guerra, de la misma manera Yahvé sentará a sus amigos en la mesa del Reino. Para Lucas, el tema del banquete es una mina de oro literaria. Con la excusa de esta imagen irá desarrollando episodios y enseñanzas de Jesús que terminarán configurando la verdadera dimensión escatológica del Reino. Rastreando las comidas presentes en Lucas podemos rastrear el Evangelio del Reino. Por la manera de comer de Jesús y por la manera con la que habla de la comida, podemos establecer las cualidades y características de la visión soteriológica jesuánica.

En este caso, interesante resulta que Jesús acepte comer en casa de un fariseo de los principales, o sea, uno de los jefes del partido fariseo. Anteriormente, en Lc. 7, 36 y Lc. 11, 37, tenemos noticias de que Jesús ya comió en casa de fariseos. Esta situación, en contraste con las constantes discusiones, parece ilógica. Sin embargo, Jesús en casa de un fariseo, compartiendo la mesa, es la metáfora del banquete del Reino al que todos están invitados, pero del que algunos quedan fuera por su propia cerrazón. El rígido pensamiento fariseo se auto-excluye porque no acepta una visión de la mesa tan radical, tan abierta, tan libre. En la pedagogía de Jesús, comer con un fariseo es la oportunidad de dejar al descubierto las falencias de un sistema religioso regido por leyes de pureza/impureza, e invitar al anfitrión a revertir una escala de valores donde lo principal es el dios castigador en lugar del Dios Amor.

El primer episodio de esta comida, que la liturgia no conserva, es el del hidrópico (Lc. 14, 2-6). No hay otro registro de Jesús curando a una persona con este padecimiento. En realidad, la denominación hidropesía, actualmente, engloba una serie de patologías que pueden causar hinchazón en el cuerpo, edema generalizado. Al igual que la lepra bíblica, que no necesariamente designa la enfermedad causada por el Mycobacterium leprae, la hidropesía es un término vago científicamente hablando. Pero lo importante es la pregunta que generará la situación de este enfermo: “¿Está permitido curar en sábado?”. Ese es el eje vertebral de la curación del hidrópico, y de todas las curaciones en general. ¿Es lícito mejorar la calidad de vida del que sufre, a pesar de los obstáculos legales que aparezcan? ¿Cuál es la prioridad absoluta: el bien del otro o mi estabilidad jurídico-emocional? La respuesta de Jesús es la curación en sí, a pesar de ser sábado, y la siguiente pregunta lanzada al auditorio sobre la práctica en la realidad: si a un doctor de la Ley o a un fariseo se le cae un bien preciado a un pozo, no dudará en tomarse el trabajo de sacarlo, a pesar de que eso signifique romper la reglamentación religiosa. Entonces, la propuesta del Reino es también una propuesta de sinceridad. No pueden existir leyes que, en nombre de Dios, contraríen la realidad humana. Si una ley religiosa es ilógica, no significa que Dios lo sea también, sino que los seres humanos que la elaboraron en nombre divino son los ilógicos.

A continuación tenemos las dos parábolas ubicadas en el centro del banquete. La primera está dirigida a los invitados y la segunda al anfitrión, el fariseo principal. Para los invitados, el tono parece más bien de recomendación elegante, sin atisbos de una enseñanza espiritual o moral más profunda. Se sugiere no ocupar los primeros puestos, o sea, los que están más cercanos al anfitrión y a los personajes importantes, para no pasar la vergüenza de ser echados de allí por los verdaderos ocupantes. La parábola es inexplicable sin el versículo 11 sobre los humillados que son exaltados y los exaltados que son humillados. Esta frase resuena a Lc. 1, 52 y se repite en Lc. 18, 14 en la parábola sobre el fariseo y el publicano que rezan en la sinagoga, remarcando la relación entre los ensalzados que caen y el grupo fariseo. Por auto-proclamarse cercanos a Dios y sentados en los primeros puestos, donde todos los pueden ver y alabar, son humillados, llevados al último lugar. Al contrario, aquellos que ellos sitúan al último, Dios los reintegra a los puestos de honor del banquete para vergüenza de los antiguos/falsos primeros. Queda claro que el Reino predicado por Jesús es una inversión social y religiosa. Los que se creen alta sociedad y puros, en realidad no están alcanzando la meta de la mesa compartida. Serán invitados a moverse al final, porque a otros han condenado a ese final. El castigo, si puede llamarse así, consiste en recorrer el camino de humillación que hicieron recorrer a los demás. Ese camino que recorren los invitados debe ser recorrido, también, por los que hacen las veces de anfitriones. A eso apunta la segunda parábola. De nada sirve invitar a los que pueden retribuir, de nada sirve hacer las cosas por lo que se obtiene a cambio. De nada sirve dar de comer al que puede darnos algo a cambio. En sí, de nada sirve el sistema mercantilista, ni económicamente hablando ni religiosamente. En el primer plano, el mercantilismo arrasa con los pobres para convertirlos en más pobres; en el segundo, se arrasa con la imagen de Dios para desfigurarlo. Ambos planos se interconectan siempre y en todo lugar en la teología jesuánica, y más precisamente en la visión lucana. Las parábolas, en Lucas, suelen estar ligadas a acontecimientos de la vida de Jesús que le dan marco; Jesús no es Maestro en un estrado durante una clase; es Maestro cuando la existencia lo lleva a ejercer su docencia. Jesús es Maestro siempre y en lo cotidiano. La parábola sobre invitar a los pobres, lisiados, paralíticos y ciegos coloca la recompensa en la resurrección. Lo terrenal, o mejor dicho, el cambio de actitud terrenal, repercute en lo religioso-escatológico. Como el banquete es signo del final de los tiempos, la recompensa no está en el mercado actual de este mundo, corrupto y ventajero; la recompensa está en el nuevo orden del Reino. Como un banquete con invitados marginales ya es signo del Reino, en realidad ya estamos recompensados con la resurrección de la dignidad humana. No hace falta esperar un apocalipsis violento para que la realidad de Dios se manifieste plenamente, sino que basta con abrir la mesa.

La última parábola de esta sección, ubicada en Lc. 14, 15-24, no es contemplada por la liturgia. Como corolario, cierra las reflexiones sobre esta comida que simboliza el Reino de Dios concretado y por concretarse. Se trata de invitados que se excusan, por diversas razones, de la invitación a un banquete, por lo cual el dueño de casa decide invitar a los pobres, ciegos, lisiados y paralíticos, y aún sobrando lugar en la mesa, amplía la invitación a la gente de los caminos. La urgencia del Reino/comida es la urgencia que no puede dejarse por otras consideraciones. Los que tienen otras prioridades ya no son bienvenidos, porque han rechazado lo que es absoluto en el Evangelio de Jesús: “Busquen más bien su Reino, y lo demás se les dará por añadidura” (Lc. 12, 31; cf. Mt.6, 33). Realmente, la inversión de las escalas sociales y de los valores debe ser una prioridad, ayer y hoy. Por eso no hay excusas para el que rechaza la invitación a una mesa abierta. No hay tiempo que perder cuando se trata de cambiar el mundo y modificar la sociedad. No hay tiempo que perder cuando los marginales se están quedando sin pan.

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El texto de hoy comienza con Jesús ingresando a la casa de un principal fariseo a comer. Lo que muchas traducciones bíblicas en español se pierden del texto original griego es que Lucas habla de ir a comer pan. Junto con el banquete, el tema del pan es figura clásica del Antiguo y del Nuevo Testamento. Se comparte el pan porque es comida simple, porque es comida de Medio Oriente, porque las caravanas llevaban pan para alimentarse en el camino, porque el pan se hace del fruto del trabajo, porque el pan se parte y se comparte. Es un alimento que encierra un simbolismo gigante y multifacético. Cuando decimos que los marginales se quedan sin pan, en el contexto en que nos estamos moviendo, significa que los marginales no pueden comer, pero tampoco pueden participar de la mesa. Pobres, ciegos, paralíticos y lisiados son un conjunto que representa un grupo mucho mayor. Los pobres se quedan sin el pan material, los ciegos sin el pan compartido en la visión del mundo, los paralíticos sin el pan de valerse por ellos mismos, los lisiados (anaperos en griego, o sea, los mancos) también se quedan sin el pan de valerse por ellos mismos. Y todos, por decisión de la elite religiosa, se quedan sin el pan de la salvación.

Cuando se habla de una Buena Noticia integral que lleve pan a los hambrientos para que puedan oír la Palabra, se está hablando de una evangelización del pan, que alimente todo el ser de las personas. Si buscamos integralidad, mirada holística, buscamos un banquete terrenal y religioso, buscamos que lo escatológico sea hoy. Queremos un pan para los pobres que sea signo de un Reino para todos, y servir al lisiado siendo signo de la dignidad que tiene por él mismo, y conseguirle trabajo al desempleado para que ese trabajo honre a Dios. Queremos pan para todos porque todos se merecen el anuncio de la Buena Noticia. Queremos un pan material que no opaque el pan de la Palabra, y una Palabra que alimente sin olvidarse de las barrigas. Integral es ver lo marginal de cada dimensión. Integral es reconocer lo excluido que se encuentra el homosexual tanto como el que vive en una villa miseria tanto como el que padece un defecto físico. Son el gran abanico humano de los marginados, los que se quedan sin pan por alguna razón estúpida. La Buena Noticia es la respuesta a la estupidez que segrega, porque es el pan de Jesús que reúne en comunión.

Jesús mujeriego / Decimoprimero Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 7, 36 – 8, 3

Un fariseo le rogó que comiera con él, y, entrando en la casa del fariseo, se puso a la mesa. Había en la ciudad una mujer pecadora pública. Al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume y, poniéndose detrás, a los pies de él, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume.

Al verlo el fariseo que le había invitado, se decía para sí: “Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora.” Jesús le respondió: “Simón, tengo algo que decirte.” Él dijo: “Di, maestro.” “Un acreedor tenía dos deudores: uno debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían para pagarle, perdonó a los dos. ¿Quién de ellos le amará más?” Respondió Simón: “Supongo que aquel a quien perdonó más.” Él le dijo: “Has juzgado bien.”

Y, volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: “¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella, en cambio, ha mojado mis pies con lágrimas y los ha secado con sus cabellos. No me diste el beso. Ella, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. No ungiste mi cabeza con aceite. Ella ha ungido mis pies con perfume. Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra.”

Y le dijo a ella: “Tus pecados quedan perdonados.” Los comensales empezaron a decirse para sí: “¿Quién es éste, que hasta perdona los pecados?” Pero él dijo a la mujer: “Tu fe te ha salvado. Vete en paz.”

Recorrió a continuación ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios; le acompañaban los Doce, y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían con sus bienes. (Lc. 7, 36 – 8, 3)

El texto que hoy propone la liturgia es largo y, si fuésemos estrictos para dividirlo en perícopas, en realidad tendríamos dos fragmentos. El primero contiene la comida de Jesús en la casa de Simón el fariseo con la irrupción de la mujer pecadora pública, la parábola del acreedor con dos deudores y el perdón dado a ella. El segundo fragmento es el inicio del capítulo 8 del Evangelio según Lucas, donde encontramos un resumen de la actividad itinerante de Jesús y una focalización en sus seguidores que, casualmente, es un grupo importante de mujeres. Por ello, aunque se trate de dos perícopas, la liturgia las propone unidas en su lectura (y Lucas así lo pensó también) porque el hilo conductor que las cose es el sexo femenino.

La injusticia hacia las mujeres en los ámbitos eclesiales y teológicos no es noticia nueva ni buena noticia. Para el contexto de Jesús, la situación de ellas no era para nada envidiable. Para el contexto en el que se desarrollan las primeras comunidades cristianas tampoco. Hoy por hoy, parece no haber cambiado mucho la situación. Con el texto de hoy podemos recordar claramente la gran confusión adrede que los comentaristas bíblicos de antaño hicieron sobre la persona de María Magdalena. No es inusual que en los encuentros de catequesis se explique que esta mujer era una prostituta de muy mala vida cambiada por el encuentro con Jesús que la salvó de ser apedreada en aquella famosa escena de Jn. 8, 2-11. Lo cierto es que, rastreando los Evangelios, no hay evidencia para identificar a la Magdalena con una prostituta. Sí podemos afirmar que es una constante de los relatos pascuales, siendo de las principales y primerísimas destinatarias del gozoso mensaje de la resurrección tanto en los Sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas) como en Juan. Si vamos más atrás de los relatos pascuales, la primera aparición de su nombre se da al pie de la cruz (cf. Mt. 27, 56; Mc. 15, 40; Jn. 19, 25). Será Lucas quien se animará a retroceder hasta situarla entre los discípulos galileos del Maestro en Lc. 8, 2. Eso es lo que leemos hoy. Como bien lo dice el evangelista: de María Magdalena salieron siete demonios expulsados por Jesús. Ni señales de una vida de prostitución. Lo que la historia exegética hizo fue creer que esos demonios eran una metáfora para designar su vida de pecadora pública, que estaba retratada en dos episodios de mujeres anónimas: la salvada de ser apedreada y la que agradece el perdón derramando perfume. Pero ambos episodios son, ni más ni menos, correspondientes a mujeres anónimas y no a María Magdalena. Ninguno de los dos textos lo da a entender. Avanzando un poco más el error exegético, se le agregó a la Magdalena otra identidad, como si ya no fueran pocas las que tenía, y se la asoció con la hermana de Marta y Lázaro. Nuevamente sin evidencias. En conclusión: aquella mujer privilegiada por estar entre los primeros destinatarios del encuentro con el Resucitado (o sea, aquella mujer apóstol) pasó a ser una prostituta. Se supone que fue una campaña de desprestigio para degradar, en una mujer bíblica, a todo el sexo femenino eclesial. La mujer, entonces, era mala por naturaleza.

El texto de Lucas, por varios años anterior a la exégesis errónea sobre la Magdalena, asume que en su época la mujer también es vista como mala por naturaleza. Que el autor las agrupe como aquellas que habían sido curadas de espíritus malignos, es la referencia a la concepción antigua de que la mujer es la endemoniada desde el principio de los tiempos. El paradigma, Eva, es la seducida por la serpiente (cf. Gn. 3, 1-5) y la que hace caer a Adán (cf. Gn. 3, 6). Frente a esta degradación a priori de la mujer, Jesús es quien expulsa los demonios, quien libera a la mujer de su situación indigna. Por eso entre sus discípulos, a la par de los Doce (varones) está el grupo femenino. Entre ellas, las más relevantes para el resumen lucano son María Magdalena, Juana y Susana. La primera tenía siete demonios, que en clave simbólico-numérica son todos los demonios, porque el siete representa la totalidad. La que estaba plenamente perdida, ahora es discípula plena. Ya no está poseída por otra cosa que el amor y el seguimiento. La segunda, Juana, se dice que era la mujer de un administrador de Herodes. De más está decir la situación conflictiva que representa considerando la enemistad entre Herodes y Jesús (cf. Lc. 13, 31-32). La última, Susana, no tiene especificidad, pero parece encontrarse en el grupo de mujeres que sirven con sus bienes, habiendo entendido que el Reino de Dios es vender lo que se tiene y repartirlo entre los pobres (cf. Lc. 18, 22). Son mujeres dignificadas y transformadas en su encuentro con Jesús; un varón que las trata de manera diferente.

La asimetría varón/mujer es bien manifiesta en lo sucedido en casa de Simón el fariseo. Según Lucas, Jesús come en tres oportunidades con los fariseos: la que leemos hoy, la de Lc. 11, 37ss (cuando, en medio del banquete, el Maestro lanza los ayes contra fariseos y legistas) y la de Lc. 14, 1ss, en casa de un jefe fariseo. Cada comida es la oportunidad literaria y argumentativa para que Jesús exponga una crítica a la teología farisea que es desarrollo, a la vez, de la teología del Reino. En casa de Simón el problema es el perdón. Según los fariseos, la manera correcta de relacionarse con Dios es la realización de las buenas obras que el mismo Dios retribuye. Quien se comporta bien, recibe una paga acorde. Quien se comporta mal es castigado. Según Jesús, la manera correcta de relacionarse con Dios no la estipulan los seres humanos (no se hacen buenas obras para obtener algo de Dios); es el Padre quien da la iniciativa y se relaciona primero comunicando su amor. El ser humano no hace más que responder al amor divino con un comportamiento bueno que brota del amor recibido. El quehacer correcto no es lo primero para obtener amor; es el amor el que genera acciones en consecuencia. Las llamadas buenas obras son, entonces, resultado de que fuimos amados primero (cf. 1Jn. 4, 19). Por eso la parábola del acreedor con dos deudores cobra sentido en la teología jesuánica, pero resulta absurda para el pensamiento fariseo. ¿Es posible perdonar una deuda? ¿No debería reponerse con algo esa faltante? ¿Se ama de acuerdo al amor recibido? Simón se ve interpelado, más allá de la escena ocurrida en su casa, en toda su cosmología. En el universo de Simón (el universo fariseo) el perdón no funciona así, no es gratuito, sino la consecuencia de algo que lo equivale comercialmente. Se debe hacer algo para obtener perdón, hacer algo para obtener amor, hacer algo para obtener salvación. En el extremo opuesto, Jesús asegura que Dios hace las cosas y que el ser humano debe estar dispuesto a abrirse a lo ya hecho con la intención de dejarse convertir.

Simón, portador de la ciencia farisea, no ha entendido a Jesús. La pecadora pública, representante del estamento marginado, sí. La asimetría varón/mujer que mencionamos es mucho más que una asimetría sexual; implica asimetría religiosa y social. Simón es varón como lo son los encargados del sistema religioso. En el texto original es alguien de entre los fariseos, según el inicio de Lc. 7, 36. Esta manera de designarlo es un recurso literario para crear un personaje representativo; Simón, en esta escena, será el portavoz fariseo. Hasta el versículo 39, es designado como el fariseo en tres oportunidades. De allí hasta el final será Simón otras tres veces (versículos 40, 43 y 44). Ningún fariseo tiene nombre en los Sinópticos; éste es el único. Este remarque en la figura masculina ayuda a resaltar la figura femenina de la escena, identificada tres veces como una pecadora (versículos 37, 39 y 47) y nombrada cinco veces como mujer. Su aparición se anuncia, en el texto original griego, con la frase “Y mirad, una mujer” (cf. comienzo versículo 37). Esta frase (kai orao=y mirad) que podemos encontrar en Lc. 2, 25 para presentar al anciano Simeón, en Lc. 5, 12 para introducir al leproso y en Lc. 7, 12 para el hijo muerto de la viuda, sirve como luz de foco, a modo teatral. La acción se focaliza allí donde nos hace mirar el autor. En un caso es Simeón, y aquí es la mujer pecadora pública. Ella viene a desequilibrar la asimetría. Su irrupción en la casa del varón fariseo quiebra un status quo, redefine el escenario. Es una mujer sin lugar en un mundo machista que encuentra sitio junto a Jesús, como muchas otras discípulas que, acompañándolo por el camino, se habían sumado a la utopía de un Reino de iguales.

El escandaloso y soltero Jesús camina por los polvorientos senderos de Palestina acompañado de mujeres. Se lo ha visto perdonando a prostitutas un par de veces. Se aloja en casa de Marta y María. Su prontuario es sospechoso en materia sexual. Parece aseverar que tanto varones como mujeres tienen los mismos derechos. Pero aún más. Parece predicar que Dios perdona gratuitamente y que ama a pesar de todo. Es un personaje difícil de aceptar. Algunos fariseos lo invitan a comer a su casa. Por curiosidad o para hallarlo in fraganti. Él va. No se niega a las invitaciones que comparten la mesa. Y amplía la mesa sin pedir permiso al dueño del hogar. Si entra una pecadora pública, la recibe. Si la Magdalena, Juana y Susana quieren caminar con Él por Palestina, no hay inconvenientes.

Jesús puede ser tildado de feminista, de izquierdista o de loco. Puede ser un palo en la rueda para los machistas, los conservadores, los derechistas y los de pensamiento fariseo. Sin embargo, su Reino es lo más lógico. Lamentablemente, la Iglesia ha recibido, en la mayor cantidad de oportunidades, apodos sacados de la segunda lista, y casi nunca de la primera. No estamos discutiendo la veracidad de esos rótulos, pero es un indicador interesante de la meta hacia donde caminamos. Jesús, fiel al Padre, fue mirado de mala manera por su relación con los marginados. Nosotros, ¿cómo somos mirados?

¿Hijo pródigo, padre misericordioso o hermano fariseo? / Cuarto Domingo de Cuaresma – Ciclo C – Lc. 15, 1-3.11-32

Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a él para oírle. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: “Éste acoge a los pecadores y come con ellos.” Entonces les dijo esta parábola:

Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo al padre: “Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde.” Y él les repartió la hacienda. Pocos días después, el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano, donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino. Cuando se lo había gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país y comenzó a pasar necesidad. Entonces fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pues nadie le daba nada. Y entrando en sí mismo, dijo: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros.” Y, levantándose, partió hacia su padre. Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: “Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo.” Pero el padre dijo a sus siervos: “Daos prisa; traed el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en la mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida; se había perdido y ha sido hallado.” Y comenzaron la fiesta.

Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y, llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Él le dijo: “Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano.” Él se irritó y no quería entrar. Salió su padre y le rogaba. Pero él replicó a su padre: “Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!” Pero él le dijo: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ha sido hallado.” (Lc. 15, 1-3.11-32)

La parábola del padre misericordioso (mal llamada del hijo pródigo), no es un texto aislado en Lucas. Cuidadosamente está ubicada en el capítulo 15, junto a otras dos parábolas, la de la oveja perdida (cf. Lc. 15, 4-7) y la de la dracma perdida (cf. Lc. 15, 8-10). Las tres parábolas están contadas en un contexto preciso: Jesús rodeado de publicanos y pecadores (cf. Lc. 15, 1) y fariseos y escribas que lo critican por comer con esta clase de gentes (cf. Lc. 15, 2). La tradición ha llamado a esta sección las parábolas de la misericordia, porque de una u otra manera, el amor/gracia de Dios se manifiesta superando los límites previsibles. El pastor deja noventa y nueve ovejas para buscar una sola; la mujer da vuelta la casa hasta encontrar la dracma; el padre recibe al hijo menor que se había ido y que había despilfarrado su herencia. En las tres escenas, el tema de la alegría es evidente. La conversión del pecador genera un gozo indescriptible en el cielo, entre los ángeles, y en el mismísimo padre. Hay fiesta y celebración porque los muertos regresan a la vida, los extraviados encuentran el camino, los perdidos son encontrados. Hay fiesta y celebración porque el amor es más grande que el mal.

La liturgia saltea los versículos de las dos primeras parábolas y, acertadamente, nos deja comunicados los versículos de la introducción con el relato del padre misericordioso. A partir de esta unificación es más fácil entender hacia dónde apunta la parábola. En el Evangelio según Lucas, hay tres referencias a Jesús comiendo con publicanos y pecadores. La primera es la de Lc. 5, 29, en casa de Leví, seguida de las murmuraciones de fariseos y escribas (cf. Lc. 5, 30). La tercera es la de Lc. 19, 1-10, en el episodio de Zaqueo, donde Jesús se hospeda en casa del jefe de los publicanos (es evidente que comió allí); la gente murmura por este comportamiento. La segunda referencia es la que leemos hoy, con la misma estructura de siempre: Jesús come con los impuros y los supuestos puros murmuran y critican su actitud. Por lo tanto, las tres parábolas de la misericordia no son sólo mensajes para los pecadores, y quizás sean todo lo contrario: mensajes para los que practican el farisaísmo, para los que se creen justos y condenan a los demás. Precisamente en el relato del padre misericordioso, que es una parábola compuesta por dos partes, la primera hasta Lc. 15, 24, y la segunda hasta Lc. 15, 32, es la sección final la más importante. El centro de interés no es la conversión del hijo menor, sino la conversión que no quiere realizar el hijo mayor. El menor se arrepintió, volvió, y aceptó ser hijo digno nuevamente. El mayor no se comporta como hijo ni como hermano; él necesita aprehender la enseñanza. Basados en el contexto que ya citamos, el hijo mayor se corresponde a los fariseos y a los escribas. En clave hermenéutica, el hijo mayor se puede corresponder con cualquiera de nosotros.

Pero veamos el centro de la estructura literaria, que corresponde al padre y a su recepción del hijo menor que volvió. Esta recepción y las actitudes que la acompañan son lo que irrita al hijo mayor, que no está tan molesto con el hermano como con su progenitor, incapaz de castigar, juez injusto que no sobrecarga con penas el pecado que se ha realizado en su contra. Seguramente, el hijo mayor no tendría problemas en recibir a su hermano si éste fuese reducido a la condición de jornalero y recibiese un trato de inferioridad. Pero lo que hace el padre es todo lo contrario. Al verlo venir de lejos, como si lo estuviese esperando, oteando el horizonte, se conmueve. La palabra en griego para esta compasión es splagcnizomai, que puede traducirse casi literalmente como ser movido en las entrañas. Splagcna designa las vísceras, los órganos más internos. Es una compasión que se manifiesta hasta físicamente, con un nudo en el estómago, por ejemplo. Es la compasión que nace de lo profundo. El mismo término es utilizado en Lc. 7, 13 cuando Jesús se compadece de la viuda de Naín que ha perdido a su único hijo, y en Lc. 10, 33 para describir el sentimiento del buen samaritano de la parábola respecto al hombre asaltado y maltratado por los salteadores. Es la compasión que mueve a la acción efectiva, que revive y que asiste al prójimo. En el caso del padre, es la compasión que lo pone en movimiento, que lo hace correr, como corre Zaqueo para ver pasar al Maestro (cf. Lc. 19, 4) y Pedro para ver el sepulcro vacío la mañana de resurrección (cf. Lc. 24, 12). En la cultura mediterránea, a un hombre notable no se le permitía correr, pues era indecoroso. Sin embargo, eso no es impedimento para el padre. Al llegar ante el hijo menor, se echa sobre su cuello, se deja caer sobre él, y lo besa efusivamente. La palabra griega para este beso es katafileo, la misma con la que se describe en Lc. 7, 38 cómo la pecadora pública besa los pies de Jesús tras haber derramado lágrimas y perfume sobre ellos. En Hch. 20, 37, nuevamente se utiliza el vocablo cuando los presbíteros de Éfeso se despiden de Pablo, arrojados sobre su cuello y afligidos porque ya no lo volverían a ver. Katafileo, entonces, no son besos decorosos, sino expresiones genuinas y pasionales de amor. Son los besos que no se dan por compromiso, sino por un sentimiento verdadero, en situaciones extremas.

Todas estas acciones del padre no son sólo expresiones arrebatadas. Son provocaciones del amor que siente por su hijo, y al mismo tiempo conductoras del status restituido, de la dignidad recuperada. Un status y una dignidad que tienen sentido porque el amor del padre no está estructurado bajo las categorías humanas. En la cultura mediterránea del siglo I, si un padre acogía a uno de sus hijos libertinos sin castigarlo, en cierta medida se hacía partícipe de ese libertinaje. Su deber como padre era imponer una sanción. En la parábola, el padre parece desentendido de esas usanzas. Su alegría es superior a cualquier disposición social. Su hijo menor, muerto y vuelto a la vida, perdido y hallado, tiene derecho a la dignidad sin condena. Por eso le hace poner el mejor vestido, un anillo y sandalias. El vestido es, figuradamente, la configuración de la persona, aunque de manera no figurada, la manera de vestir puede reflejar la personalidad. Para Pablo, debemos revestirnos con fe, caridad y esperanza (cf. 1Tes. 1, 12), y nuestros cuerpos corruptibles serán revestidos en la resurrección con inmortalidad (cf. 1Cor. 15, 53-54). Pero sobre todo, los cristianos somos revestidos de Cristo (cf. Rom. 13, 14; Gal. 3, 27), como también lo expresan las cartas deutero-paulinas (cf. Ef. 4, 24; Col. 3, 10). Ser re-vestido, nuevamente vestido, es asumir un nuevo ser. Por otro lado tenemos el anillo, símbolo de autoridad. El anillo de los reyes contenía el sello real, con el que se rubricaban los dictámenes, las leyes, las cartas, etc. Tener un anillo es tener la autoridad para firmar lo que se dispone, y que esa firma tenga valor. Cuando Faraón instituye a José como su mano derecha, se quita el anillo de su mano y se lo da (cf. Gn. 41, 42), haciéndole saber que “sin tu licencia no levantará nadie mano ni pie en todo Egipto” (Gn. 41, 44b). Finalmente, tenemos las sandalias. Sólo los hombres libres pueden utilizar calzado; los esclavos van descalzos. Las sandalias, antiguamente, eran símbolo de posesión de la tierra, por eso Moisés debe descalzarse frente a la zarza ardiente (cf. Ex. 3, 5), porque ese suelo es sagrado, no le pertenece, es de Dios. Estar calzado es ser libre y propietario, dueño de uno mismo y de donde pisa.

El hijo menor recupera algo más que comida. Recupera dignidad, y recuperándola vuelve a la vida. Eso es lo que celebra el padre. Ha triunfado el amor. Hay un esclavo menos en el mundo. Es justamente ese amor el que elimina la esclavitud y devuelve la vida. El hijo mayor, por supuesto, no lo entiende. Su recriminación es que ha estado siempre junto a su padre cumpliendo las órdenes, y ahora llega éste que se había ido por su propia decisión y todos festejan, cuando deberían castigarlo. La pregunta que el hijo mayor no realiza a su padre es por qué no lo castiga. Sabe la respuesta, y eso le aterra. Entiende que lo único que está en juego para su padre es el amor; lo demás es accesorio. Para él es al revés: el castigo del pecador está primero, lo demás es accesorio.

Esa actitud farisaica del hijo mayor no es sólo de algunos fariseos históricos. Es de muchos cristianos actuales. Hay que estar bien parados para admitir que el Padre ama de más. Hay que conocer lo suficiente a Dios como para suponer y creer que para Él estamos todos invitados a la fiesta, porque todos somos hijos. Si el problema es que no hemos entendido de qué clase de filiación se trata, entonces la cuestión es otra. Si creemos que los verdaderos hijos son los que ven al Padre como un juez administrador de castigos, nos equivocamos; si creemos que la relación con el Padre debe ser de acatamiento y no de amor, estamos equivocados; si hemos inventado un complicado juego de reglas que deben ser cumplimentadas para acceder más tarde (mucho más tarde) al novillo cebado, también estamos equivocados. Los hijos pueden comer el novillo cuando sea, porque lo que es del Padre, también es nuestro. Los hijos no se enojan cuando los perdidos son encontrados, cuando los muertos vuelven a la vida. Ese aumento de hijos no significa que haya menos para compartir, sino que ahora hay alguien nuevo para hacerlo. Eso es motivo de suficiente alegría, en el cielo y para los ángeles. ¿Podrá serlo para nosotros? ¿O preferimos refunfuñar desde afuera creyendo que estamos adentro? Porque para ser verdadero hijos, más que acatar las órdenes de un padre, tenemos que reconocer que tenemos hermanos.