29 Cuando salió de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. 30 La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron de inmediato. 31 El se acercó, la tomó de la mano y la hizo levantar. Entonces ella no tuvo más fiebre y se puso a servirlos.
32 Al atardecer, después de ponerse el sol, le llevaron a todos los enfermos y endemoniados, 33 y la ciudad entera se reunió delante de la puerta. 34 Jesús curó a muchos enfermos, que sufrían de diversos males, y expulsó a muchos demonios; pero a estos no los dejaba hablar, porque sabían quién era él.
35 Por la mañana, antes que amaneciera, Jesús se levantó, salió y fue a un lugar desierto; allí estuvo orando. 36 Simón salió a buscarlo con sus compañeros, 37 y cuando lo encontraron, le dijeron: “Todos te andan buscando”. 38 El les respondió: “Vayamos a otra parte, a predicar también en las poblaciones vecinas, porque para eso he salido”. 39 Y fue predicando en las sinagogas de toda la Galilea y expulsando demonios. (Mc. 1, 29-39)
29
En este momento, el Evangelio según Marcos recuerda la casa. Los cristianos que oyen este relato de Jesús ya saben que la Iglesia está fuertemente asociada a la casa, porque ellos mismos se reúnen en casas familiares para celebrar al Resucitado. Saben, también, que Jesús estuvo en una casa, entre amigos, la víspera de su pasión, y por supuesto, entienden que la casa tiene un simbolismo fuerte de oposición a la sinagoga. Mientras esta se demarca como lugar sagrado, la casa es sitio profano donde sucede la vida que transforma el Reino. En realidad, siendo estrictos, suponemos que las sinagogas nacieron, germinalmente, como reuniones en casas judías, probablemente durante el destierro en Babilonia. Pero la historia fue cambiando lo profano en sacralidad, lo cotidiano en grados de pureza. Y con la casa cristiana sucede lo mismo. Ha nacido, germinalmente, como espacio común de manifestación sencilla del Reino, pero la historia la va transformando en sitio de culto intocable, inaccesible. Un día, aunque Marcos no lo sepa, esas casas serán los templos parroquiales. El camino de la sinagoga parece ser el camino de la casa, repetido. Marcos, intuitivamente, nos recuerda el significado profundo de la casa, para evitar futuras desviaciones.
En esta escena precisa, vamos a la casa de Simón y Andrés, donde vive también, entre otros, la suegra de Simón. Por la composición literaria, podemos suponer que Jesús, Santiago y Juan vienen de la sinagoga y los otros dos hermanos los están esperando en su casa. Algunos biblistas han sugerido que ese dato, históricamente, puede significar un llamado de atención sobre los judaísmos alternativos. Simón y Andrés podrían no haber participado del culto sinagogal el día sábado, ya sea por descontento con la sinagoga o por indiferencia. Lo cierto es que la adhesión a ese modo de vivir la fe israelita no era unánime en el pueblo.
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La presencia de la suegra en la casa de Simón y Andrés tiene, al menos, dos explicaciones. O es la casa de la suegra, en primer lugar, y Simón y Andrés se han mudado allí, por razones del mismo matrimonio de Simón. O es la casa de Simón y Andrés, y la suegra ha venido a vivir allí porque es viuda y no tiene hijos varones vivos, lo que la convierte en desprotegida total (una mujer sin varón de referencia, en la época de Jesús, es un ser humano sin nada). El texto, específicamente, la nombra como propiedad de Simón y Andrés. Si nos atenemos a esta opción, la suegra es la última de las últimas en Israel. Su condición de mujer, desprotegida, sin varones de parentesco directo que la sostengan, la hace netamente vulnerable.
A esto tenemos que añadir su estado febril. Para la época y la cultura, la fiebre no era un síntoma, sino una enfermedad en sí misma, una entidad nosológica que tenía su cierta gravedad. En esta escena, la afiebrada está postrada; en su postración está inhabilitada, presa de una situación. No puede seguir con su vida, no puede hacer cosas por los demás, no puede ponerse en camino. Ha perdido decisión sobre su cuerpo a causa de la enfermedad, y metafóricamente, la enfermedad está haciendo lo que hacen los varones sobre las mujeres: tomando el control de su existencia, destinándola a una posición pasiva. Entre el endemoniado de la sinagoga y la postrada de la casa hay un vínculo de conexión: no pueden hacer lo que quieren, no pueden ser libres en plenitud.
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Para este milagro, Jesús no utiliza palabras. Basta con acercarse, tomarla de la mano y levantarla. Las acciones, en concreto, restauran la salud de la suegra. Es otra modalidad curativa. En el exorcismo de la sinagoga de Cafarnaún habló terminantemente, y su palabra expulsó a los demonios. Aquí hay un acercamiento, una aproximación, y un contacto con una mujer. Para el judaísmo de ese tiempo significa trasgresión. Sin embargo, es una trasgresión que salva. Gracias a ese contacto prohibido, la mujer vuelve a tener control sobre su vida. Y su decisión ante esa libertad nueva y novedosa es ponerse a servir. Aunque inmediatamente pensemos en servidumbre, en que se levantó de la cama para atender las cosas de la casa, preparar la comida, limpiar y barrer, en realidad tenemos que referirnos al servicio del discipulado, a la diafonía (en griego). En el camino a Jerusalén, como enseñanza profunda y central, Jesús les dirá a sus seguidores que la hermenéutica de fondo es el servicio: es grande y primero entre los demás el que sirve, así como el Hijo del Hombre vino a servir (cf. Mc. 10, 43-45). La suegra de Simón, encontrada por Jesús y levantada por Él, ingresa de lleno al servicio discipular. No ha sido curada para ser esclavizada (servir a los varones), sino para practicar el servicio desde el amor al otro.
Es interesante que el verbo levantar utilizado en este caso en el original griego (egeiro) es el mismo verbo que se utiliza junto a anistemi para relatar el hecho de la resurrección en el Nuevo Testamento. Jesús ha sido levantado/resucitado y, de alguna manera, la suegra de Simón también ha sido levantada/resucitada. Porque, en definitiva, el encuentro con Jesús significa una resurrección de la propia existencia, una transformación de los estados de muerte humana en vida de Dios.
Con un pequeño relato de milagro, quizás el más breve de todos, Marcos catequiza sobre el discipulado. La clave es el servicio. La suegra de Simón es la mujer discípula que, encontrada con el Maestro, resucitada/levantada de su estado de opresión, se vuelve libre para servir. Este es el modelo de la casa/Iglesia, que no puede ser un lugar donde las mujeres son servidumbre de los varones; en realidad, donde nadie es servidumbre de nadie. En un plano de igualdad, la casa/Iglesia sirve porque ama libremente en el servicio, no por imposición. Aquellos cristianos que quieren adjudicarse los primeros lugares, relegando a los demás a situación de minoridad, tienen su horizonte en la suegra de Simón, que no habla mucho ni hace demasiados discursos, pero sirviendo es discípula concreta.
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Este versículo cambia el tiempo y el lugar. Marcos recalca: es el atardecer, cuando el sol ya se puso. Se delimita así la finalización del sábado sagrado según la cronología judía, que ha dado inicio al sabbát el viernes al atardecer. Con el sábado finalizado, la gente sale de sus hogares y aprovecha el final de las prohibiciones del descanso para acercarse con sus dolencias a Jesús. Todos los enfermos y endemoniados vienen hasta Jesús. La expresión es exagerada, pero simboliza la expansión del Evangelio que inunda Cafarnaún e inundará Galilea. Sin demasiada actividad misionera ni proselitista, Palestina se va enterando de la Buena Noticia de Dios. Marcos sabe que este mensaje del Reino tiene su propio peso y recorre las aldeas (recorre el mundo) con su impulso vital. Todos se congregan y muchos (no todos, según el versículo 34) son curados y exorcizados. No es una cuestión de cantidad, sino de muchedumbre. El Evangelio es Buena Noticia enorme, que llega al pueblo en su totalidad, que lo recorre.
La situación cronológica recuerda la mañana de la tumba vacía, cuando Marcos recalca que ya había pasado el sábado y las mujeres fueron al sepulcro. Cuando el sábado queda atrás, queda atrás la legislación de la pureza/impureza y la religión opresora. No queda atrás el judaísmo (Jesús es un judío resucitado), sino la perversión de la religión. El cristianismo también debe dejar el sábado atrás para vivir la resurrección, para sanar a los enfermos y expulsar a los espíritus inmundos.
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Los comentaristas se dividen en torno al lugar que ocupa esta puerta mencionada. Para un grupo se trata de la puerta de la casa de Simón, donde llegaría la muchedumbre buscando al taumaturgo de moda. Para otro, la puerta es el pórtico de entrada a la ciudad, lugar común de reuniones públicas, como si se tratase de una plaza. En las puertas de las ciudades se realizaban transacciones comerciales y se resolvían litigios mediante la mediación de escribas. La expresión sobre la ciudad entera parece exagerada, pero responde a este estilo literario marcano que quiere dejar en claro la fama de Jesús.
Si se tratase de la casa de Simón, estamos ante la posibilidad (quizás vislumbrada por él) de formar una comunidad paralela. Más adelante, cuando Simón y los otros buscan a Jesús, parece que lo hacen justamente para explotar su fama y crear una religión nueva. Por otro lado, si es la puerta de la ciudad, el autor nos estaría presentando a Jesús es un ámbito netamente público. La secuencia sería el paso de lo religioso estrictamente (la sinagoga) a lo privado familiar (casa) a lo público (puerta de la ciudad). De esta manera, todos los ámbitos son recorridos por Jesús, quien trae a cada uno de ellos liberación mediante curaciones y exorcismos. Porque todos los ámbitos humanos necesitan ser curados y exorcizados para servir mejor al ser humano.
34
La autoridad de Jesús, que se manifestó en la sinagoga con una doctrina nueva y novedosa, con palabras liberadoras, ahora se manifiesta con curaciones y exorcismos. Queda completo el esquema de predicación del Evangelio: palabra, sanación y expulsión de demonios. Además, reaparece el tópico del secreto mesiánico dirigido a los demonios. Ellos le conocen y Jesús les impide hablar. No es necesario escuchar lo que dicen los espíritus inmundos, que tienen palabras de confusión, aún diciendo la verdad. Lo que importa es la palabra de Jesús y sus actos.
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Nuevamente, Marcos cambia de tiempo y recalca con repeticiones: es muy de mañana (madrugada), antes del amanecer. Jesús se levanta antes que todos para comenzar el día. No es un madrugador, sino alguien que está; está siempre y está antes que los discípulos. Es el que precede a los otros, el de la iniciativa, el que está delante. En este caso, madruga para ir a un lugar desierto a orar. Si bien Marcos no tiene un hincapié definido en el tema de la oración de Jesús, tampoco es algo que no tenga relevancia para su Evangelio. En Marcos, la oración en los lugares desiertos parece relacionarse también con el descanso, como es el ejemplo de la primera multiplicación de los panes, tras la cual lo hace (cf. Mc. 6, 46).
Pero además del descanso, el desierto es una bisagra para el cambio de rumbo, para la proyección posterior. Tras el bautismo en el Jordán, Jesús es impulsado por el Espíritu al desierto (cf. Mc. 1, 12), y desde allí iniciará su misión de proclamación del tiempo cumplido. Tras la primera multiplicación de los panes y el retiro al desierto, comenzará un recorrido por las zonas paganas. Ahora, tras este desierto, Marcos nos revelará que la misión continúa en las poblaciones vecinas. El desierto es el espacio de reflexión para expandirse, para ir más allá, para llegar cada vez más lejos. El desierto no es retracción, no es ocultamiento ni ascetismo para fugarse del mundo. En el desierto se medita para salir, de ora para alcanzar al otro, se encuentra con Dios para encontrar al ser humano.
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Simón y sus compañeros no salen sólo a buscar a Jesús, sino a perseguirlo, si nos atenemos a una traducción más literal del verbo katadioko utilizado por Marcos. Y es que parece haber una segunda intención en Simón, que aparece a la cabeza de sus compañeros. Los otros lo siguen a él. Da la impresión que Jesús se les ha escapado, escabullido. Se levantó antes y se fue. Los discípulos no saben dónde está, no pueden entender. Y salen a buscarlo, a rastrearlo.
37
Al encontrar a Jesús entendemos por qué lo perseguían: todo el pueblo lo está buscando. Los discípulos quieren llevarlo de nuevo a la puerta para que cure y exorcice. Según Simón, el lugar de Jesús está en la puerta, instaurando un nuevo sistema de culto, una nueva modalidad religiosa. Es un taumaturgo exitoso y debería dedicarse a eso. Todos lo buscan, o sea que ha surtido efecto. No tendría sentido desperdiciar tanta atención lograda. Aquí parece estar la segunda intención de Simón: fundar una nueva religión, una pequeño emprendimiento de milagrería.
38
Pero Jesús, que ha estado orando tranquilo, propone ir a otras poblaciones, recorrer los caminos, no quedarse quieto, no estancarse. Los discípulos no han comprendido la dinámica del Reino. Quieren quedarse donde están, en la comodidad del éxito. Como sucede en Marcos, característicamente, Jesús y sus discípulos parecen estar en sintonías diferentes. ¿Qué tipo de movimiento es este cristianismo, entonces? ¿Es el movimiento que quiere Simón, en la puerta, organizado para milagros? ¿O es un real movimiento, una comunidad que se deja llevar por el Espíritu? La pregunta vale para la Iglesia de Marcos. ¿Cómo superar la tentación de quedarse quieto? ¿Cómo seguir moviéndose en un ambiente hostil, de persecución?
Jesús dice que ha salido para eso: para predicar en las poblaciones vecinas. ¿De dónde ha salido? Algunos biblistas creen que esto es una referencia a la salida del seno de Dios, es expresión cristológica. Otros creen que la expresión es hacia la salida de Nazaret, de su pequeña aldea, para recorrer Galilea. Ya sea en línea histórica o en línea teológica, el sentido es el desplazamiento y el recorrido. Una Iglesia sin ese movimiento pierde su esencia. Marcos teme que su comunidad se polarice entre partidarios de lo itinerante y partidarios de la instalación fija, entre el camino y la casa. Por eso ambos espacios aparecen combinados en todo su libro, y aquí lo ha demostrado yuxtaponiendo la casa de Simón y el impulso de salir por la Galilea. No hay una Iglesia de la casa y una Iglesia del camino, sino una Iglesia que es casa-y-camino.
39
Se concreta en un resumen la actividad de Jesús. No se ha dejado convencer por Simón. Todas las sinagogas de Galilea lo van recibiendo, y los demonios van siendo expulsados. Queda, así, el episodio de la sinagoga de Cafarnaún como paradigmático de la toda la actividad sinagogal de Jesús. El sistema religioso necesita ser exorcizado. Todos los sistemas religiosos lo necesitan; no sólo el judaísmo que le ha tocado a Jesús.
21 Entraron en Cafarnaún, y cuando llegó el sábado, Jesús fue a la sinagoga y comenzó a enseñar. 22 Todos estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.
23 Y había en la sinagoga un hombre poseído de un espíritu impuro, que comenzó a gritar: 24 “¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios”. 25 Pero Jesús lo increpó, diciendo: “Cállate y sal de este hombre”. 26 El espíritu impuro lo sacudió violentamente y, dando un gran alarido, salió de ese hombre.
27 Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros: “¿Qué es esto? ¡Enseña de una manera nueva, llena de autoridad; da órdenes a los espíritus impuros, y estos le obedecen!”. 28 Y su fama se extendió rápidamente por todas partes, en toda la región de Galilea.(Mc. 1, 21-28)
21
El relato de Marcos cambia inmediatamente de lugar y de tiempo. Desde el llamado vocacional anterior a los dos grupos de hermanos nos trasladamos a Cafarnaún, a una sinagoga, un día sábado. Los tres datos son determinantes para entender esta escena. En primer lugar tenemos la ciudad de Cafarnaún, nunca mencionada por el Antiguo Testamento y pocas veces citada en la literatura rabínica. Sin embargo, no se trata de una ciudad menor. Los arqueólogos la identifican como el sitio donde se ubicaba la más grande las sinagogas de Galilea en tiempos de Jesús. Era, además, como típica ciudad portuaria, a orillas del lago, un sitio de recaudación de impuestos, con la presencia de algún alto funcionario romano residiendo allí. Sobre su situación precisa, geográfica, hoy en día, hay disputas. Pero a los fines catequísticos del libro de Marcos, lo importante es reconocer su importancia social. Esta ciudad será muy importante para la actividad de Jesús, al punto que el autor parece indicarla como el centro de operaciones, desde donde Jesús va y vuelve evangelizando.
En esta escena particular, los hechos trascurren en una sinagoga (lugar cultual, sagrado). Este dato es importante para contrastar con la próxima escena, que ocurrirá en una casa (lugar profano, con impurezas). Las sinagogas parecen remontarse a la época del destierro en Babilonia, cuando el pueblo de Israel, cinco siglos antes de Jesús, se quedó sin Templo y tuvo que ingeniárselas para continuar celebrando la fe en Yahvé. Así se habrían iniciado reuniones en las casas que, con el tiempo, dieron origen a la institución sinagogal. Lo que en un principio fue una asamblea de personas solamente, con el tiempo llegó a tener un edificio, que también se llamó sinagoga. Estos edificios (casas de reuniones) solían construirse fuera de las localidades, junto a algún curso de agua. En la sinagoga se celebraba culto los sábados y se enseñaba, ocupando el rol de escuelas para los jóvenes. En las celebraciones de los sábados se leían textos de las Escrituras, se los explicaba y se oraba. La mención a Jesús enseñando en las sinagogas no es extraña, ya que cualquier adulto considerado idóneo podía predicar, como lo siguieron haciendo los primeros cristianos (baste el ejemplo de Pablo en los Hechos de los Apóstoles). De esta manera, Marcos traza un paralelo entre la situación misionera actual de sus comunidades y la situación de Jesús.
Como iremos viendo, la sinagoga se constituye en una institución pervertida en sus principios, y por eso en enfrentamiento con Jesús. Lo que Marcos narra como suceso rápido, es probable que se tratase de un proceso más lento. Jesús ha ido descubriendo que la sinagoga representa un modo de religión que aleja a las personas de Dios, en lugar de acercarlas, una institución que ha perdido de vista el Reino. En la sinagoga prima una visión del mundo que se rige por las leyes de pureza/impureza. La sinagoga sería un espacio puro, sagrado, dirigido por los justos, y quien queda fuera de ella (excomulgado) es un impuro, rechazado por Dios. Ahora bien, la pureza estaría dada por el respeto a una cantidad de normativas, sobre todo relacionadas con lo litúrgico, y no por la actitud de vida de cara al Reino de Dios. A una sinagoga no pueden ingresar los publicanos, no pueden ingresar los leprosos (impuros por su enfermedad), y las mujeres quedan relegadas a un segundo plano, en un espacio separado del de los varones. La sinagoga, que debería reflejar la asamblea en comunión que tiene como Padre a Dios, en realidad refleja la separación humana, la discriminación y la marginación. El mismo sentido del sábado se encuentra pervertido. El sábado (sabbát en hebreo) es una institución social judía, y desde Éxodo lo encontramos como decreto divino: “Recuerda el día del sábado para santificarlo” (Ex. 20, 8), repitiéndose su importancia en Ex. 23, 12 y Dt. 5, 12, asociándolo a la liturgia en Lev. 23, 3, con el fundamento teológico en la Creación, cuando Dios descansa al séptimo día (cf. Gen. 2, 2-3). La raíz de sabbát significa parar, descansar. Al principio, el sábado era un día dedicado a Dios y funcionaba como verdadera institución de protección a los más débiles, pues cesando el trabajo ese día, descansaban los esclavos y hasta los animales. Con el tiempo, el sábado se convirtió en un día en el que nada podía hacerse, llegando los rabinos a prohibir treinta y nueve clases de trabajo, inclusive limitando la cantidad de kilómetros que se podían caminar. Así, el sábado abandonó su esencia y comenzó a significar el aparato de opresión religiosa judía.
El mensaje que lanza Jesús contra la sinagoga de su tiempo, será el mensaje para la comunidad cristiana de Marcos, también. Cualquier religión, cualquier culto, cualquier manera de vivir la fe, puede pervertirse y convertirse en opresora. El cristianismo no queda exento. Marcos recuerda a sus lectores/oyentes que las comunidades cristianas pueden comenzar a funcionar igual que la sinagoga que combatió Jesús.
22
Entre los tres Evangelio Sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas), los escribas son mencionados 42 veces, pero la mitad de ellas corresponde a Marcos (21). Podemos ver que este grupo es importante para el autor, y sobre todo, importante en su papel de oposición (aunque el autor deja la puerta abierta a los escribas cuando Jesús dice a uno de ellos que no está lejos del Reino en Mc. 12, 34). En este caso, dentro de Galilea, aparecen como los primeros opositores directos. Los escribas eran un conjunto de judíos expertos en la Ley de Moisés, tradicionalmente entendidos como herederos de Esdras, el primer escriba (cf. Esd. 7, 6). Se supone que algunos sacerdotes eran escribas, pero la mayoría habrían sido laicos, sobre todo a partir del tiempo de los Macabeos. En cuanto a las sectas, había muchos más escribas fariseos que saduceos. Eran tratados con el título de rabí, que significa maestro. Además de la enseñanza, en las sinagogas y entre sus discípulos, impartían jurisprudencia en litigios legales, aplicando la Ley de Moisés y su interpretación sobre la misma. Como jueces y maestros ocupaban un sitio de privilegio en la sociedad. Eran los cultos, los dueños de la Palabra, los que más sabían cuál era el decir de Dios, los portavoces de Yahvé. Con esta descripción, entendemos que habían ocupado el rol de los profetas, desaparecidos de la escena por mucho tiempo, hasta Juan el Bautista. El punto central de acción era Jerusalén, pero había algunos dispersos en el interior, y suponemos que también en Galilea. Su influencia venía del respeto con el que eran considerados.
Esta autoridad de enseñanza de los escribas, según Marcos, es menor a la autoridad de Jesús, lo cual asombra a la gente. Acostumbrado el pueblo a escuchar los conocimientos de los escribas, se sienten consternados ante la aparición de un nuevo Maestro que habla distinto. Ya veremos en qué consiste esa diferencia, pero por lo pronto, tenemos que pensar cómo Marcos incrementa el hincapié en el cuidado que se debe tener con los sistemas religiosos. Advertencia para los cristianos. Cuando los maestros del cristianismo empiezan a actuar como los escribas que combate Jesús, hay que replantearse muchas cosas. Pero por encima de todo, volver a la enseñanza con autoridad de Jesús. Una autoridad que no está en el conocimiento científico (en saber más o menos sobre la Ley de Moisés), sino en el conocimiento de la humanidad y de la naturaleza de Dios, en el conocimiento del sentido del Reino y de la Buena Noticia, en el deseo de vida que surge del Padre y se dirige hacia todos los humanos.
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Marcos utiliza, en todo su libro, 12 veces el término demonio y otras 12 veces la expresión espíritu impuro. En todo el relato, esta presencia de lo espiritual es patente. Quizás no sea Marcos el Evangelio con más referencias a los espíritus, tanto buenos como malos, pero sin dudas que hay un trasfondo donde lo invisible se entrama con lo visible. Marcos ha sido analizado muchas veces de manera materialista, y hasta se lo ha entendido como un texto puramente materialista, pero lo sobrenatural está allí, como telón de fondo. Siempre hay una lucha, implícita, entre el Espíritu de Dios y los espíritus inmundos, impuros, malignos. No por nada, la primera expresión patente de la liberación y del poder que trae el Reino a Galilea es un exorcismo en la sinagoga de Cafarnaún. Tras el llamado de los discípulos, el Reino no tiene como primera acción una curación ni un ritual de culto, sino un exorcismo, una expulsión demoníaca.
Lo más interesante de este exorcismo es que el poseso está dentro de la sinagoga. El lugar que se presenta como el faro de la pureza, como el dictaminador de los estados de pureza e impureza de las personas, no puede reconocer al demonio que lo habita. Y es que esas leyes que defiende la sinagoga, son inútiles frente a la situación de este hombre; no definen si lo excomulgan o si lo mantienen dentro. ¿Cómo excomulgar una impureza que no depende de la persona, que le ha venido de fuera? ¿Cómo mantener dentro de la sinagoga a un demonio? ¿Qué hacer? La presencia del endemoniado es la burla irónica de Marcos para con la sinagoga. Es más: el verdadero endemoniado es el sistema sinagogal.
La respuesta la trae Jesús a este dilema: liberación. El poseso debe recibir liberación, libertad. Y la sinagoga también, por ende. La sinagoga necesita volver a respirar libertad, desatar las pesadas cargas, tornar al ser humano antes que a la Ley de Moisés, a Dios antes que a las tradiciones.
24
El poseso habla en plural, lo cual parece una incongruencia, pero en realidad es el demonio hablando en nombre de los escribas (plural), y en ellos en nombre de la sinagoga. Nuevamente, con ironía, Marcos arremete contra la institución religiosa pervertida.
El reconocimiento que hacen los espíritus inmundos de Jesús, de su personalidad y de su ser, contrasta con la falta de reconocimiento que tendrá el pueblo y los mismos discípulos en varias oportunidades. Aquí queda patente lo que decíamos del mundo espiritual y sobrenatural siempre presente en el libro de Marcos. Las cosas no sólo suceden en el plano de lo material y terreno, sino también espiritualmente. Los demonios reconocen a Jesús, saben quién es y saben de quién viene. Los escribas, en cambio, no ven a Dios actuando en Jesús. Más ironía. El reconocimiento de Jesús viene de los derrotados, del mal. Los demonios, amenazados, saben quién es este Santo de Dios que viene hacia ellos. Pueden ver que el Reino ha llegado y que culmina la hora de las tinieblas. Para la comunidad cristiana que oye este Evangelio en primera instancia, el dato es sorprendente y un llamado al mismo tiempo. Si los demonios reconocen a Jesús y a la Buena Noticia que traen, la Iglesia no puede dudar. Si el mal se reconoce a sí mismo derrotado, expulsado, la Iglesia no puede dudar de la victoria de la vida sobre la muerte. Los espíritus inmundos en persona se declaran fuera de combate, inútiles ante la acción de Jesús Nazareno. Y así lo llaman: Nazareno, de Nazaret. Es el Jesús histórico que Marcos quiere recuperar desde su relato.
Llamarlo Santo de Dios tiene su base veterotestamentaria en Sansón, que es un consagrado a Dios (un nazireo); Aarón, que es santo del Señor; Eliseo, santo hombre de Dios; y Elías, hombre de Dios. Todas estas expresiones conservadas en el Antiguo Testamento pueden haber servido de base para que Marcos acuñara el título que los espíritus inmundos asignan a Jesús. Pero más que Marcos, puede que el título proviniese de una tradición anterior. Para los cristianos, Jesús es la presencia de la santidad divina que se opone a los espíritus del mal. Es el Santode Dios, no porque se separe de los impuros, sino todo lo contrario, porque con su acercamiento a los impuros declarados por la religión, demuestra por dónde va la santidad de Yahvé.
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La orden de callarse está emparentada con el tópico del secreto mesiánico que utiliza Marcos a lo largo de su libro. Por alguna razón, quienes reconocen el mesianismo de Jesús (en este caso los espíritus impuros), reciben la orden de ocultarlo, no darlo a conocer. En un contexto de evangelización, resulta extraño, pero en un contexto de persecución, puede ser la validación de la práctica de muchos cristianos que viven su fe en el secreto de las casas, en los encuentros clandestinos, a espaldas de las sinagogas y del Imperio. Algunos biblistas asumen, exegéticamente, que estamos ante un recurso literario y posiblemente histórico, mediante el cual Jesús no da vía libre para la proclamación de su mesianismo, ya que corre el riesgo de ser malinterpretado, en sentido político-militar.
Además, la orden directa de callarse tiene un fuerte sentido de autoridad (tema presente desde el inicio de la escena en la sinagoga). Jesús manda a callar a los espíritus impuros, para que dejen de hablar en nombre de las personas, para que dejen de engañar. La palabra de Jesús tiene la fuerza suficiente para exorcizar, sin valerse de gestos ni maniobras ni rituales. En otra oportunidad narrará Marcos milagros con la intervención de gestos, pero en este caso es una cuestión de palabra. La proclamación de Jesús es Buena Noticia que sale de sus labios y libera.
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El resultado es el exorcismo, la salida del espíritu impuro, con gran teatralidad, sacudidas y gritos. Ante lo que parece ser una acción tranquila y con mansedumbre de Jesús, se opone la sobreactuación de las fuerzas del mal. Hay un claro controlador de la situación y un reino maligno invisible (representado por Belcebú, por los espíritus impuros) que comienza a sentir sus pérdidas.
En contraposición, el reino maligno visible (el imperialismo conquistador y la religión opresora) no parece estar tan desesperado. En todo caso, nunca se desesperará por completo, tomando la decisión de crucificar a Jesús. Ilusoriamente, el reino maligno visible se cree vencedor, a la par del invisible que sabe, concienzudamente, que ha llegado el final de los tiempos.
27
Este versículo coincide con el versículo 22 en sus expresiones y en su tema, enmarcando así la acción de Jesús del exorcismo. Hay algo nuevo en Jesús, algo novedoso y nunca antes visto. Parece ser una doctrina, una manera de enseñar y de dar a conocer a Dios. La novedad no está tanto en el contenido de Buena Noticia, sino más bien en su desarrollo palpable. No es una Buena Noticia desencajada de la historia, aislada, que se queda en mero discurso. Esta Buena Noticia influye de lleno en las personas, por ejemplo en la expulsión de un espíritu inmundo. Efectivamente, alguien se libera a causa del Evangelio. No es una doctrina retórica, académica, sino una realidad que se puede vivir a flor de piel.
La autoridad de Jesús ha logrado sacar de combate a los espíritus inmundos. Los escribas, en cambio, convivían con este espíritu en la sinagoga, sin darle respuesta adecuada. Jesús ha generado una respuesta, y en eso parece residir su autoridad superior y novedosa. No deja a las personas esperando, no las engaña, no las utiliza. Transforma sus situaciones de muerte en vida. La comunidad de Marcos está invitada a exclamar junto a los asistentes a la sinagoga la novedad y validez de la Buena Noticia. En sus penurias de persecución, necesitan afirmarse en la autoridad de Jesús, que no es como las otras autoridades (opresivas, verticales), ganadas por decreto, sino que da vida incidiendo para bien, liberando.
28
La fama de Jesús se expande por la Galilea. Marcos no deja de recalcar que esta provincia es el centro del Evangelio. Poco a poco todos se van enterando de la acción de este profeta y maestro. Se corre la noticia de que exorcizó a un hombre dentro de la sinagoga. El Evangelio corre a través de la provincia. Como debe correr por la expansión de los cristianos.
Jesús partió de allí y se retiró al país de Tiro y de Sidón.
Entonces una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar: “¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio”. Pero él no le respondió nada. Sus discípulos se acercaron y le pidieron: “Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos”. Jesús respondió: “Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel”. Pero la mujer fue a postrarse ante él y le dijo: “¡Señor, socórreme!”. Jesús le dijo: “No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros”. Ella respondió: “¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!”. Entonces Jesús le dijo: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!”. Y en ese momento su hija quedó curada. (Mt. 15, 21-28)
Siguiendo el Evangelio según Mateo, la liturgia nos presenta el relato de la mujer cananea con su hija endemoniada. El autor ha conservado este relato de la tradición marquiana (cf. Mc. 7, 24-30), pero son notables los cambios y añadidos que ha realizado. Mientras Marcos sólo contextualiza en Tiro y dentro de una casa, Mateo menciona también a Sidón y parece dejar la escena al aire libre, con una mujer que viene corriendo por el descampado clamando piedad. La mujer de Mateo habla, se expresa, grita, pero extrañamente, siendo pagana, exclama conceptos muy judíos sobre el Mesías, asociándolo a la línea de sucesión davídica. Aquí introduce Mateo un añadido no menor, donde los discípulos y Jesús parecen tener un micro-debate sobre la primacía del judaísmo respecto al Reino, en paralelo a la mujer. Lo que los discípulos plantean es que la despida, que la atienda rápido, sin demasiadas vueltas. La frase de Jesús es apabullante: su misión está entre los judíos. Esto no viene de la versión marquiana y, claramente, responde a la comunidad mateana formada, en su mayoría, por judíos convertidos al cristianismo. De alguna manera, Mateo se ve ante la tremenda tarea de conjugar su auditorio numéricamente superior en materia de raíces judías, con los paganos que se acercan a la comunidad. ¿Cómo recibirlos? ¿Corresponde a las comunidades judeo-cristianas hacerse cargo también de los paganos convertidos? ¿Hay que tener comunidades separadas: judeo-cristianos por un lado y pagano-cristianos por otro? ¿Son compatibles ambos tipos de cristianismo? ¿Acaso Jesús no era judío y había llevado adelante su misión en Palestina exclusivamente? Son planteos gigantescos para las primeras comunidades. Marcos parece no tener tan candente el problema como Mateo. La resolución marquiana es más tajante y seca, sin rodeos. Mateo abre el beneficio de la duda, que es resuelta a lo largo del Evangelio, pero que no deja de ser semilla de incomodidad. La conclusión del libro es abiertamente universalista: el Resucitado envía a sus discípulos a evangelizar a todas las naciones (cf. Mt. 28, 19). Pero la duda está latente. Esta duda abrió la puerta para que los investigadores del Jesús histórico asuman la hipótesis de que el Maestro itinerante galileo nunca sobrepasó los límites de su nación. Que, verdaderamente como lo expresa Mateo en este pasaje, se sintió enviado sólo a las ovejas de Israel. Esta práctica netamente judía de Jesús habría desconcertado a muchas de las primeras comunidades que, impulsadas por el Espíritu, descubren la apertura a los paganos como bien querido por Dios. La práctica de Jesús, obviamente, era una práctica abierta, superadora de los modelos nacionalistas y centrados en la práctica religiosa específica, pero eso no significó que la Iglesia asumiera su misión universal inmediatamente. Hay un salto grande entre la Buena Noticia anunciada al pueblo elegido desde siempre y la igualdad de posición frente a la realidad salvífica entre judíos y paganos. Este salto grande se conserva como discusión en esta escena mateana. El Jesús que aquí se nos presenta, como también en la versión de Marcos (aunque más acentuada en Mateo), es demasiado judío para nuestros gustos. Sin embargo, el autor ya ha tamizado esta visión con la inclusión de la escena del centurión romano que, en Mt. 8, 5-13, pide la curación de su sirviente. Como en esa ocasión, los que vienen con el pedido son paganos que llaman Señor a Jesús y que lo sorprenden por su inmensa fe. De igual manera, en ambos, el milagro parece ocurrir a distancia. Estos paganos interceden por otro y no logran un beneficio personal, sino un beneficio para un tercero. Así parecen haber entendido la clave del Evangelio: darse al otro, por el otro, por el prójimo.
Para recalcar la situación de la mujer respecto al dilema del Reino (si es exclusivamente judío o pueden participar de él los paganos), el autor nos sitúa en la región de Tiro. Según declaraciones de Flavio Josefo, identificándose él mismo como judío, “los tirios son nuestros más enconados enemigos”. Seguramente, por los combates que se dieron entre tirios y judíos en los años sesenta. Pero no bastando esto, Mateo añade que es una cananea. Marcos la denominó griega, sirofenicia de nacimiento, pero no cananea. Canaán es, clásicamente en la literatura bíblica, el enemigo histórico de Israel. La tierra de los cananeos es la que está al oeste del río Jordán (cf. Num. 33, 51), y es la tierra que los que han huido de Egipto deben conquistar comandados por Josué, ya que la tierra que ocupan los cananeos es la tierra prometida por Dios a sus elegidos, desde Abraham (cf. Gen. 15, 18-20; Ex. 3, 8; Jos. 3, 10). El judío ve al cananeo como un ocupante ilegal de la tierra que le pertenece por derecho divino. Por eso detesta al cananeo. Y aún más, llega al colmo de elaborar un relato teológico-político que lo identifica como pervertido desde su origen: es el relato de los hijos de Noé en Gen. 9, 20-27; donde Cam, padre de Canaán e hijo de Noé, ve la desnudez de su padre, por lo cual, cuando éste se entera, lo declara maldito. Así, teológicamente, la escritura judía declara malditos a los cananeos por su tendencia a la perversión. Pues bien, la que se acerca al Maestro implorando exorcismo para su hija es una cananea, una maldita. Mateo ya ha introducido a los cananeos en la genealogía con la que inicia su libro, donde aparece Rajab como antepasado de Jesús (cf. Mt. 1, 5). Rajab es la cananea que ayudó a las tropas de Josué a entrar en Jericó (cf. Jos. 2, 1-8; Jos. 6, 17-25). De la misma forma que nuestra protagonista de hoy, es una mujer que ingresa al pueblo de Dios, aún perteneciendo a un bando supuestamente enemigo. Aunque a pesar de su paganismo, Mateo hace que se dirija a Jesús como Hijo de David. Para quien viene leyendo de corrido el libro, la expresión lo retrotrae a Mt. 9, 27, cuando los dos ciegos le gritan a Jesús: “Ten piedad de nosotros, Hijo de David”. La curación de los ciegos está enmarcada en un ciclo de curaciones judías que se contienen en el capítulo 9 (el paralítico curado bajo la concepción de la unión entre pecado y enfermedad; la hija de un gobernante; la hemorroísa con doce años de sangrado; los dos ciegos y el mudo endemoniado), junto a discusiones legalistas con los fariseos. Así el mesianismo judaico, de los descendientes del rey David, se proyectan a lo universal. El Hijo de David no tiene una función exclusiva para Israel, sino para todas las naciones, porque el sufrimiento (las enfermedades, las posesiones, el hambre, la guerra) es un denominador común de la humanidad en general.
Los discípulos sugieren despedir a la mujer que grita por el descampado. El verbo empleado aquí, apolou, puede tener una doble acepción en griego: atender o despedir. Pero en la obra mateana tiene que ver casi siempre con el despido (cf. Mt. 14, 15; con el divorcio en Mt. 1, 19; Mt. 5, 31-32; Mt. 19, 3-7-9). Como en la multiplicación de los panes, la opción sugerida por los discípulos es el despido. Que se vayan, que busquen en otro lado. También parece la primera opción de Jesús. Ha sido enviado a las ovejas perdidas de Israel, no a los paganos. Al menos no en primera instancia. El pan de la salvación, el pan del Reino, es en primera instancia de los elegidos desde Abraham. Eso quiere expresar la metafórica frase de los cachorros y la comida. No está bien quitar el Reino a los judíos para dárselo a los paganos. La respuesta de la mujer es lúcida. Ella no propone quitar el Reino a unos para dárselo a otros. No propone que el pan deje hambrientos a los que lo tenían para saciar el hambre de los cachorros. Su propuesta es el pan compartido, la mesa compartida. Que no falte Reino para nadie. Esto es lo que altera la escena y el esquema salvífico clásico judío. De una relación temporal (primero comen los hijos, luego los perros) se pasa a una relación espacial (mientras comen los hijos, los perros también lo hacen, al mismo tiempo). La mujer quiere participar de la comida. No es que se conforme con las migajas, sino que constata el hecho de que las migajas ya están siendo comidas por los paganos, entonces, no tiene sentido el planteo temporal. El Reino es el tiempo de la mesa para todos. En este punto, quizás, se encuentre la mayor diferencia entre el relato marquiano y el de Mateo. Mientras el primero deja en claro que Jesús alaba la respuesta de la mujer, lo que ha dicho, el segundo se focaliza en la fe de la pagana. Parece una diferencia sin sustancia, pero es vital. Marcos le termina recordando al lector que esa mujer hizo cambiar el esquema teológico de Jesús, lo hizo replantearse su visión del Reino. Mateo, en cambio, más cuidadoso, prefiere conservar un poco el judaísmo de Jesús y resaltar que la fe de la cananea en un Hijo de David representante del mejor judaísmo (el universalista) es lo encomiable. Como si invitara a sus lectores paganos a adherir al judaísmo jesuánico, y a los lectores judíos a entender la verdadera plenitud de su fe hebrea.
Los cananeos también sufren. Esa es una constatación de este texto. Los primerísimos enemigos de Israel, los ocupantes ilegales de la tierra prometida, los perversos por naturaleza, también padecen. La hija de la mujer cananea es la muestra. La madre está desesperada por su niña endemoniada. Por el otro lado, se entiende que el Mesías trae el Reino de Dios: un Reino de salud, de paz, de justicia, de bienes abundantes. El Hijo de David viene a poner su presencia (la presencia de Dios) en el sufrimiento. Los que sufren no están solos, abandonados, desprotegidos. Dios está con ellos. Desde estas dos premisas, la escena que leemos hoy plantea la universalidad. Porque el sufrimiento es universal. Sufre el presbítero y el laico, sufre la mujer y el varón, sufre el judío y el pagano, el cristiano y el musulmán, el anciano y el joven. El ser humano sufre. Y Dios no puede ser ajeno a eso. Su Mesías y su Reino no pueden obviar la obviedad. Ahora bien: un Mesías para un grupo en particular no parece una respuesta adecuada de Dios; un Reino para una sola nación deja a millones de sufrientes afuera. El planteo de la mujer a Jesús es la señalización de la falla del exclusivismo. No podemos pensar a Dios (pensar la evangelización) en términos de exclusividad, porque entonces nos alejamos de la realidad de Dios y de su Reino. El verdadero judaísmo es el del Hijo del Hombre universal; y el verdadero cristianismo también ha de ser el universal. Sobre todo, universal en el sufrimiento. Una Iglesia evangeliza en esta línea cuando no pregunta al que necesita ayuda si está bautizado, si se ha confesado o si ya pagó el diezmo.
En el libro Sentido teológico de la muerte, Karl Rahner aborda la cuestión de la muerte desde, podríamos decir, tres sentidos. Estos tres sentidos están marcados por los tres capítulos del escrito, y se interconectan entre sí. El primer capítulo es sobre la muerte como hecho que afecta al hombre entero, y la visión es más filosófica. El segundo capítulo es sobre la muerte como consecuencia del pecado, y la visión sería más teológica. En el tercer capítulo la cuestión es la muerte como manifestación del conmorir con Cristo, y la visión es cristológica/cristiana. Como se puede ver a simple vista, una visión no anula ni suprime la otra. Tanto la mirada filosófica como la teológica como la cristiana se hacen una sola. La muerte afecta a todos los seres humanos, y en esa terrible realidad de la que no podemos escapar nos encontramos los cristianos, los ateos, los filósofos, los teólogos, los varones, las mujeres, los profesionales y los obreros. Inevitablemente, en algún momento de nuestras existencias, nos hacemos preguntas sobre la muerte. Ya sea por reconocerla cercana en los otros, o por reconocerla cercana a nosotros, no podemos evadir esa cuestión. Está allí, viviendo entre nuestras amistades, nuestros familiares, nuestros compañeros de trabajo. Está, y nos interroga. Algunos encuentran respuestas en la filosofía, otros en la teología, otros en la fe ciega, otros en el ateísmo. La muerte nos obliga a tomar posición al respecto de ella. O resulta que todo acaba ahí, o se pasa a una instancia de juicio, o nos encontramos definitivamente con la divinidad, o nos unimos al cosmos disolviéndonos en él. O resucitan las almas, o resucita el cuerpo con el alma, o resucita el concepto de persona. Ante la muerte, nadie es neutral, ni las ideologías; para algunos, morir por una causa tiene sentido, para otros es un desperdicio.
Esta incapacidad de ser neutral ante la muerte, hace que Rahner afirme que el ser humano no muere como los animales porque, precisamente, el ser humano sabe que muere. Este conocimiento de su fin le permite vivir su muerte activamente. ¿Y qué significa eso? Es difícil de explicar. Pero vayamos a lo concreto. Desde que nos hacemos concientes de que vamos a morir un día, tomamos una actitud frente a esa realidad. Y esa actitud se manifiesta en nuestra manera de vivir hasta que llegue la muerte. Podemos creer que la muerte es el final absoluto, entonces nuestra vida será dilapidar minutos, pues todo debe ser consumado antes de la gran consumación. Podemos creer, en cambio, que la muerte es el inicio de algo nuevo, y vivir conforme a aquello que creemos vendrá después. Si en esa creencia hay un juicio de premio y castigo, nuestras actividades cotidianas serán juzgadas según ese criterio. El valor que le demos a la muerte y a lo que ella acarrea, es determinante para nuestra vida, y por eso el ser humano puede vivir su muerte activamente.
Jesús es un hombre que vive de acuerdo a su concepción de la muerte. Sobre la posibilidad de que Jesús supiese su final y sus anuncios sobre la pasión sean históricamente correctos hay mucho escrito. Los sinópticos registran varias frases del Maestro sobre lo que le sucederá (cf. Mt. 9, 15 y par; Mt. 16, 21 y par; Mt. 17, 9 y Mc. 9, 9; Mt. 17, 12 y Mc. 9, 12; Mt. 17, 22 y par; Lc. 12, 49ss; Lc. 13, 32ss; Mt. 20, 18 y par; Mt. 20, 23 y Mc. 10, 39; Mt. 20, 28 y Mc. 10, 45; Mt. 21, 37 y par; Mt. 21, 42 y par; Mt. 26, 12 y Mc. 14, 8; Mt. 26, 21 y Mc. 14, 18; Mt. 26, 24 y par). Nos detendremos en Lc. 13, 32b-33: “Hoy y mañana expulso a los demonios y realizo curaciones, y al tercer día habré terminado. Pero debo seguir mi camino hoy, mañana y pasado, porque no puede ser que un profeta muera fuera de Jerusalén”. Probablemente, los tres días mencionados sean un agregado posterior de la primera tradición cristiana, refiriéndose de antemano a lo que sucederá al final del Evangelio con la resurrección. Lo que nos interesa, en realidad, son los otros dos elementos de la frase:
a) exorcismo y curación: Jesús sabe que lo matarán por lo que hace, y eso cualquiera se hubiese dado cuenta. Ahora bien, Jesús define sus acciones mediante dos acciones: exorcizar y curar. La vida de Jesús consiste en quitar la muerte que habita en sus prójimos. Quita demonios a los endemoniados y sana a los enfermos para hacerlos libres, para darles vida, y vida nueva. Él va a morir por lo que hace, que es combatir a los espíritus de la muerte, presentes en los endemoniados y presentes en los enfermos. A pesar de esa certeza (lo van a matar), no se detiene, porque su vida se entiende desde esa lucha contra la muerte. La gran paradoja es que será tomada su vida cuando Él buscaba lo contrario, que nadie tome la vida de otro.
b) profeta en Jerusalén: Jesús sabe que si va a Jerusalén, más pronto lo matarán, sin embargo sube hasta la ciudad. De alguna manera, en su plan evangelizador, Jerusalén es el culmen de la predicación. Los profetas deben llegar allí, deben hablar a las gentes de la capital, deben hacer pie en el Templo. En la sede de Dios es donde debe anunciarse lo que Dios quiere para la humanidad. Precisamente porque Jerusalén se ha pervertido y es espacio de muerte, Jesús, anunciador de la vida, no puede morir fuera de allí. Jerusalén es determinante para la existencia jesuánica, y eso lo pone en camino.
El último capítulo del libro de Karl Rahner que mencionamos contiene como afirmación nuclear que la muerte del cristiano es la participación más intensa en la muerte de Cristo. ¿Pero siempre es así? ¿El sólo hecho de morir nos participa de Cristo? Quizás, la clave para participar activamente de la muerte del Cristo sea vivir como Él vivió. Exorcizar, curar y ser profeta en Jerusalén. Exorcizar los demonios que poseen a la gente y no la dejan ser libre. Curar la enfermedad social de los que mueren antes de tiempo, por la pobreza, por la desocupación, por la injusticia. Ser profeta en donde nos quieren aniquilar porque denunciamos la realidad, ser evangelizadores donde nadie quiere oírnos, en las plaza públicas de una sociedad que margina a los pequeños, en las dependencias administrativas corruptas, en los templos que se han cerrado sobre sí mismos para no ver a los excluidos. Viviendo así, como vivió Jesús, la muerte adquiere sentido pleno. No es, simplemente, morir por una causa, por una ideología; es morir por el sueño de Dios, el sueño del Reino. En la Fiesta de los Fieles Difuntos deberíamos recordar a todos los que murieron soñando y, por mantener su sueño, murieron fieles, o sea, en fidelidad al proyecto divino. En este grupo no encontraremos sólo cristianos de nuestra denominación, sino varones y mujeres que, a lo largo de la historia, quisieron instaurar la verdad, la justicia, la igualdad y la libertad. Todos ellos son fieles difuntos, y con ellos celebramos.
Después de esto, designó el Señor a otros setenta y dos y los envió por delante, de dos en dos, a todas las ciudades y sitios adonde él había de ir. Y les dijo: “La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies. Id; mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias. Y no saludéis a nadie en el camino. En la casa en que entréis, decid primero: “Paz a esta casa.” Y si hubiere allí un hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él; si no, se volverá a vosotros. Permaneced en la misma casa, comed y bebed lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No vayáis de casa en casa. En la ciudad en que entréis y os reciban, comed lo que os pongan; curad los enfermos que haya en ella, y decidles: “El Reino de Dios está cerca de vosotros.” En la ciudad en que entréis y no os reciban, salid a sus plazas y decid: “Sacudimos sobre vosotros hasta el polvo de vuestra ciudad que se nos ha pegado a los pies. Sabed, de todas formas, que el Reino de Dios está cerca.” Os digo que en aquel Día habrá menos rigor para Sodoma que para aquella ciudad. “
Regresaron los setenta y dos, y dijeron alegres: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre.” Él les dijo: “Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad, os he dado el poder de pisar sobre serpientes y escorpiones y sobre todo poder del enemigo, y nada os podrá hacer daño; pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos.” (Lc. 10, 1-12.17-20)
El texto conocido de la Misión de los 72 es propiamente lucano. Ninguno de los otros evangelistas lo narra. Es fácil hallar en esta inclusión de Lucas una herramienta literaria para hacer parangón con el envío de los Doce sucedido en Lc. 9, 1-6.10. Comparando ambos episodios encontramos en común el tema de los enviados, la descripción de una serie de actividades que deben realizar y el regreso en el que los discípulos cuentan al Maestro la experiencia. Si bien el esquema es similar, las diferencias se hacen notables. En primer lugar está la cuestión del número. Mientras el envío del capítulo 9 se realiza sólo con los Doce (número reducido y grupo fácilmente identificable según Lc. 6, 13 y Lc. 8, 1, con el nombre particular de apóstoles), el envío que leemos hoy comprende a setenta y dos discípulos (número amplio y grupo difícil de detallar porque no tenemos otra referencia específica a ellos en el Evangelio ni en Hechos de los Apóstoles). En estos números debemos buscar, como muchas veces nos obliga la Biblia a hacerlo, el simbolismo detrás de la cifra. Como ya aclaramos en otras ocasiones, el doce es el número de la elección, y por extensión, es el número del pueblo judío. Siempre son doce los elegidos, y en el caso de Israel, doce son las tribus que forman la nación, porque es el pueblo que Yahvé ha elegido entre las demás poblaciones. Por lo tanto, tenemos que suponer que el envío de los Doce es el envío propiamente judío. En el otro extremo, abriendo el capítulo 10 del libro, están los setenta y dos. Para entender este número hay que referirse a Gn. 10, donde se conserva la lista de los descendientes de Noé a partir de sus tres hijos: Sem, Cam y Jafet. Habiendo acontecido el diluvio anteriormente, en la pre-historia bíblica, Gn. 10 es el momento en que la tierra se repuebla tras las devastadoras aguas. Esa repoblación que se hace a partir de estos tres hermanos da origen a todos los pueblos del mundo, que resultan ser setenta. A punto de partida de esta historia, se cree popularmente, en la tradición israelita, que los pueblos de la tierra son setenta. Entonces, cada vez que se usa esa cifra, la referencia parece ser universal, y por ende, referencia a las naciones paganas, que constituyen la gran mayoría de esos setenta. El envío de setenta y dos, entonces, parece ser la contrapartida a los Doce judíos. Los setenta y dos son los misioneros del mundo, de lo gentil, de la tierra toda. Por eso son tantos (mucho más que doce) y por eso no se los identifica con un grupo particular, pues tienen que estar sumergidos en el mundo para evangelizarlo, y no distinguirse por una posible jerarquía que devenga de una elección divina, sino todo lo contrario; en medio del mundo demuestran que viven en la sintonía de Dios.
Vale acotar que estos setenta y dos guardan conexión con el relato que leímos el domingo anterior en la liturgia. En Lc. 9, 52, Jesús envía mensajeros delante suyo para que le preparen posada, así como en la perícopa de hoy son enviados también delante a los lugares donde iba a ir el Maestro. Esta conexión cobra sentido visible cuando recordamos que en Lc. 9, 52 iban delante hacia un pueblo de samaritanos, considerados gentiles e impuros por los judíos. La misión de Jesús y de sus enviados se abre hacia los despreciados religiosamente. Primero los samaritanos, y luego la universalidad que representan los setenta y dos. Jesús sabe que el trabajo es enorme, pero no por eso imposible ni susceptible de ser abandonado. Va caminando hacia Jerusalén, pero envía mensajeros/misioneros delante de Él, para que marquen el camino por donde pasa el Señor. Van de dos en dos, respetando la disposición del Deuteronomio que exige, como mínimo, la palabra de dos personas para que un testimonio sea válido (cf. Dt. 17, 6 y Dt. 19, 15). Lo que estos setenta y dos tienen para decir merece la máxima atención y la máxima fiabilidad. Ellos anuncian que viene el Señor, que va a pasar Jesús, y eso es cierto. Extendiendo este artificio literario del parangón, podemos presentar en estos enviados la re-figura de Juan el Bautista. Como Juan, los setenta y dos hacen el adviento, anuncian la llegada del más fuerte (cf. Lc. 3, 16), se adelantan en el camino que recorrerá el Cristo.
Es tan novedoso esto que transmiten, y tanta prisa genera en el corazón del que se encontró con la Buena Noticia, que el tiempo no puede ser desperdiciado. No pueden detenerse a saludar a nadie en el camino. Y eso no es antipatía. La costumbre oriental que considera el saludo como un rito fundamental y, sobre todo, largo, es relativizada por la urgencia del Reino. Debemos saber que los orientales, cuando se saludan, invierten muchísimo tiempo, porque no es un mero apretón de manos, sino una conversación establecida culturalmente, en la que el diálogo se extiende para saber cómo está la familia, la salud, el trabajo y las cosas de la vida. Los enviados no pueden detenerse a saludar porque tienen la prisa del Reino. Esto se condice con las vocaciones del final del capítulo 9, donde el Maestro sugiere que los muertos entierren a sus muertos (cf. Lc. 9, 60) y que no se puede mirar atrás (cf. Lc. 9, 62). La tarea es tan universalmente grande, que las demoras repercuten en perjuicio del Evangelio. No se nos invita sólo a tareas de templo, sino a evangelizar el mundo, a llegar a las naciones paganas figuradas por estos setenta y dos. Aquí es inquietante analizar qué quiere decir la expresión sobre no llevar bolsa, alforja ni sandalias. Tradicionalmente se la interpreta como el desprendimiento propio de la actividad misionera, pero quizás sea necesario profundizar el significado. Según se sabe, a los peregrinos que anualmente marchaban a Jerusalén para las fiestas en el Templo, se les prohibía entrar a la explanada del mismo con bastón, calzado o alforja, y se les prohibía también alojarse para hacer noche. Las pertenencias, entonces, quedaban fuera del lugar considerado sagrado, y al mismo tiempo impedían que el peregrino se instalara, perdiendo su condición de viajero. Debido a esto, es posible que la frase jesuánica advierta sobre lo sagrado de la tarea universal que tienen por delante los setenta y dos. No pueden llevar pertenencias prohibidas en el Templo porque para ellos es sagrado todo el suelo que pisan. Y no pueden instalarse con comodidad en cualquier lugar porque pertenecen al mundo, al Reino de Dios, y no a una zona específica. El concepto de lugar sacro se traslada al mundo, al espacio que habita el ser humano, el destinatario de la Buena Noticia. Y como ese mundo es basto y la prisa por el amor de Dios apremia, y los obreros son pocos, es preciso estar en movimiento. Nadie puede instalarse o creerse dueño de una parcela de tierra. Es preciso moverse, ser peregrino, ser varones y mujeres en éxodo. Justamente, el gran sentido de las peregrinaciones judías a Jerusalén es el de recordar el largo éxodo por el desierto. Por eso no puede dejar de ser viajero un judío; porque su identidad es el viaje. De la misma manera, un discípulo de Jesús no puede quedarse quieto, cómodamente instalado, porque su esencia está en el camino. Los cristianos son discípulos en viaje, en constante traslado, listos para partir.
Cuando regresan los setenta y dos y le cuentan a Jesús todo lo que sucedió, Él se alegra sobremanera. Sus expresiones son apocalípticas y jubilosas. Basado en imágenes populares del imaginario religioso judío, expresa cómo el mal es vencido y cómo la presencia de Dios es una fuerza superior a cualquier amenaza. Satanás cae del cielo porque no hay lugar para él en el estrado de Yahvé. Y aunque la imagen es de algo que sucede en las alturas, perfectamente se correlaciona con la tarea de los enviados. Para Jesús, la misión no es algo encasilladamente celestial o encasilladamente terrenal. La misión sucede en un mundo donde está Dios porque Dios interviene en el mundo y la historia. Por eso cae Satanás como un rayo. Es tanta la compenetración entre Dios y sus creaturas, que no queda lugar para su presencia. Estorba, sobra. Su caída del cielo se corresponde con los discípulos que pueden pisar serpientes y escorpiones. Como se había anunciado en Gn. 3, 15, finalmente el linaje de la mujer pisa la cabeza del linaje de la serpiente y la destruye. Aquella promesa en el Edén que es mesiánica y esperanzadora, es realidad en el ámbito del Reino. Ante tamaña compenetración entre Dios y los seres humanos, el mal recibe el pisotón en su cabeza.
Pero la verdadera razón de la alegría, como lo indica el mismo Maestro, no está en lo maravilloso que puede resultar un exorcismo o en lo milagroso del mal derrotado. La alegría está en que compartimos la vida de Dios. La expresión sobre estar inscritos en el cielo (o en el libro de los cielos) pertenece al acervo de Escrituras sagradas judías y, si bien tiene relación con la salvación futura y lo escatológico, también es la expresión de esa compenetración de la que venimos hablando. En los cielos (o en el libro de los cielos) están inscritos los que tienen vida porque Dios se las da y son concientes de ello (cf. Ex. 32, 32-34; Is. 4, 3). La inscripción no es un destino prefijado ni una astrología divina. La inscripción es estar presentes en el corazón de Dios. Él conoce el nombre de cada uno de nosotros y lo guarda con celo, porque guardando el nombre se guarda la persona.
Lo glorioso de la evangelización no es la misa multitudinaria de cierre ni la cantidad asombrosa de casas que abren las puertas a la visita ni la prédica que arrancó lágrimas. Lo glorioso es que estamos imbuidos del Espíritu del Reino y que somos atravesados de tal manera por ese Espíritu, que sin calzado, sin alforja, sin condicionantes, y sin ataduras materiales, somos capaces de hacer el éxodo de Jesús basados en su Evangelio. Lo glorioso es que Dios quiere vivir entre los seres humanos, quiere amarlos en carne asumida, quiere compenetrarse de tal manera con ellos que el amor a Él y el amor al prójimo se confundan. Lo glorioso es que con un Dios así, la evangelización es cuestión de todos los días y de todo lugar.
Estaba él a la orilla del lago Genesaret y la gente se agolpaba a su alrededor para oír la palabra de Dios, cuando vio dos barcas que estaban a la orilla del lago. Los pescadores habían bajado de ellas y estaban lavando las redes. Subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que se alejara un poco de tierra; y, sentándose, enseñaba desde la barca a la muchedumbre.
Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: “Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar.” Simón le respondió: “Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.” Y, haciéndolo así, pescaron gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazaban romperse. Hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que vinieran en su ayuda. Vinieron, pues, y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían. Al verlo, Simón Pedro cayó a las rodillas de Jesús, diciendo: “Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador.” Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos con él estaban, a causa de los peces que habían pescado. Y lo mismo de Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: “No temas. Desde ahora serás pescador de hombres.” Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron.(Lc. 5, 1-11)
Siguiendo con el Evangelio según Lucas, propio del Ciclo C de la liturgia dominical, se nos presenta hoy un relato que, en el libro, está separado por unos cuantos versículos del suceso en la sinagoga de Nazareth que hemos leído los domingos anteriores (cf. Lc. 4, 16-30). Estos versículos que nos separan contienen tres escenas de exorcismo, donde lo principal es la acción liberadora del mal que realiza Jesús en Cafarnaún (cf. Lc. 4, 31). En primer lugar, expulsa el espíritu de un demonio inmundo que había poseído a un asistente a la sinagoga (cf. Lc. 4, 33-36). Jesús lo conminó (epitimao en griego), o sea, lo reprendió, y el espíritu lo abandonó. Luego se traslada a la casa de la suegra de Simón, la cual estaba afiebrada (cf. Lc. 4, 38); pero aquí, como cabría esperarse, Jesús no la sana en el sentido estricto que nosotros entendemos, sino que conmina (epitimao) a la fiebre y la fiebre la abandona (cf. Lc. 4, 39). Nuevamente, estamos ante un exorcismo más que una curación. Ese estado afiebrado de la suegra de Simón es, para Lucas, más que una mera enfermedad o síndrome; es posesión por las fuerzas del mal que el Maestro derrota. Finalmente, además de curar a muchos enfermos cuando llega la puesta del sol (cf. Lc. 4, 40), Jesús también conmina (epitimao) a muchos demonios (cf. Lc. 4, 41), expandiendo su actividad exorcista a una mayor cantidad de personas. Esta expansión o fama va de la mano con lo que el relato lucano va presentando en forma de resúmenes muy breves. Lc. 4, 14-15 refiere el regreso de Jesús a Galilea tras su estadía en el desierto y cómo su fama se expande, a la vez que todos lo alaban por sus enseñanzas. Lc. 4, 31-32 habla de su llegada a Cafarnaún y de cómo, por segunda vez, la gente queda asombrada de su doctrina. En Lc. 4, 42-44 la gente lo busca desesperadamente y quieren retenerlo, pero Él es conciente de que debe anunciar la Buena Noticia en otros lados, y por eso se va “predicando por las sinagogas de Judea”. Tras este último resumen encontramos el texto que leemos hoy, que debido a esta progresión literaria, debe ser enmarcado dentro de los relatos de configuración inicial del ministerio de Jesús. Su fama se está expandiendo, está realizando los primeros recorridos como profeta itinerante, tiene un grupo de seguidores aún no definido con precisión, entendido más bien como oyentes ocasionales o pre-discípulos. Las masas están con Él (exceptuando sus paisanos de Nazareth) porque habla con una autoridad distinta y porque sana (cf. Lc. 5, 15).
Simón, Santiago y Juan, cuando comienza la escena de este domingo, no son los apóstoles ya definidos que tenemos en nuestras mentes. A Jesús lo conocen; ha estado en casa de Simón y quitó la fiebre a su suegra, pero sus vidas continúan, sus trabajos están en pie, no son itinerantes como el Maestro, no lo han dejado todo. Ciertamente, cuando acaba el relato de hoy, su condición es distinta, ya son discípulos con todas las letras, han dejado las barcas y le siguen. ¿Pero es posible hablar de un relato vocacional estricto? El Maestro no los llama como, por ejemplo, a Leví, con el clásico sígueme (cf. Lc. 5, 27). Y tampoco encontramos la construcción literaria del Evangelio según Marcos: venid conmigo (cf. Mc. 1, 17). Quizás no estemos ante un relato vocacional estándar; lo que Lucas plantea en pocas líneas es el agrupamiento de unos tres acontecimientos que se fueron sucediendo con no tanta rapidez en la historia de los discípulos. Un primer acontecimiento pudo haber sido la predicación de Jesús en Cafarnaún (que el relato sintetiza en los primeros versículos); el segundo momento sería el de los signos (milagros) del Reino, autoridad e identidad de Jesús (que para esta escena es la pesca milagrosa); finalmente, el tercer momento sería la conversión/vocación para seguir a Jesús (final del relato). En términos estrictos de la historia científica, estos tres momentos, seguramente, no estuvieron agrupados como los presenta Lucas, puesto que Simón ya ha escuchado a Jesús y ha visto cómo era sanada su suegra, pero a los fines pedagógicos, la escena muestra el cambio rotundo que ocurre desde la situación inicial a la final; cambio que es obra de la gracia.
La presencia de lo gracioso (lo referente a la gracia) es este pasaje es fundamental. El primer signo de ello es la pesca fuera de horario. Simón y sus compañeros saben, porque es su oficio, el que les da el pan de cada día, que deben trabajar de noche, puesto que en ese horario se obtiene la mayor cantidad de frutos del mar. Sin embargo, Jesús les ordena volver al mar cuando ellos ya lo han intentado toda la noche, e inclusive, no han conseguido nada. Este trabajador manual de Nazareth viene a decirles a pescadores experimentados ideas inusitadas para conseguir peces. Es un despropósito. Sólo la gracia puede hacer un éxito de esa pesca. Y lo hace. La pesca es tan abundante que las redes amenazan romperse. Lo que no habían conseguido durante toda una noche de trabajo, se multiplica más allá del límite de lo razonable y de lo esperable. Lo que era una idea descabellada de un hombre ajeno al oficio pescador, se convierte en la mejor pesca de sus vidas. Simón capta la sobrenaturalidad del hecho. Capta el regalo que viene a significar lo abundante. No está ante la presencia de cualquier aldeano, ni tampoco es un insano aquel que le ha pedido la barca para predicar. En el reconocimiento de lo distinto y superior, Simón pide al Señor que se aleje, reconociéndose pecador, creyéndose indigno de tamaña presencia en su precaria barca. Pero nuevamente, la gracia de Dios revierte ese movimiento de Simón. Cuando él dice aléjate, Jesús responde no temas. Cuando Simón se declara pecador/indigno, Jesús lo declara pescador de hombres, digno del Reino. La misma expresión no temas se enmarca, dentro del relato lucano, con tres grandes llamados vocacionales: el de Zacarías (cf. Lc. 1, 13), llamado a no temer porque se cumpliría su petición e Isabel tendría un hijo; el de María (cf. Lc. 1, 30), quien halló gracia delante de Dios; y el de los pastores (cf. Lc. 2, 10), primeros destinatarios de la Buena Noticia del nacimiento. Ante la manifestación de lo divino (el ángel en los tres casos enunciados y Jesús frente a Simón), los seres humanos temen, pero justamente, la intención de Dios es la contraria; no busca suscitar temor, sino confianza/fe, no busca aterrar, sino acercar.
Los títulos que aplica Simón a Jesús en este pasaje muestran el asombro/temor que causa la acción divina, la gracia que se manifiesta en la pesca. Mientras que antes del milagro lo llama jefe o instructor (epistates en griego, aunque la mayoría de las versiones en español traducen maestro), tras la pesca abundante lo reconoce como Señor (kyrios en griego), título que la traducción griega del Antiguo Testamento (la Septuaginta) utiliza para referirse a Dios. Es interesante que el término jefe (epistates) sólo es mencionado por Lucas en todo el Nuevo Testamento, y lo hace en seis oportunidades. De esas seis veces, tres están insertas en frases de Simón: el episodio que leemos hoy es una; luego cuando la hemorroísa lo toca entre la multitud y Jesús pregunta quién lo ha tocado, a lo que Pedro le hace notar que hay demasiada gente apretándolo (cf. Lc. 8, 45); finalmente, durante la transfiguración, cuando Pedro sugiere armar tres carpas para quedarse en el monte (cf. Lc. 9, 33). Y en estas tres escenas, Simón no se lleva todo el protagonismo entre los discípulos, sino que está acompañado de Santiago y de Juan (cf. Lc. 5, 10; Lc. 8, 51; Lc. 9, 28). No es fácil encontrar el hilo que une estas coincidencias textuales, pero sin dudas que en las tres hay manifestación de lo divino y un grado de desconcierto por parte de los apóstoles, que son invitados a pescar en la hora inadecuada, que son interrogados sobre quién pudo haber tocado al Maestro entre la multitud que lo apretaba, y que presencian la transfiguración de Jesús acompañado de Elías y Moisés. Quizás, el término acompañe el estupor de aquellos que no llegan a leer en la persona de Jesús su divinidad, hasta que realizan la lectura adecuada. El ejemplo que estamos analizando hoy de Simón es claro; tras la pesca lo reconoce Señor. Con la hemorroísa, parece no entender que Jesús ha sentido una fuerza que salía de Él, más que un contacto físico. Y en la transfiguración, de más está aclarar que los tres discípulos no llegan a captar el misterio, y que no lo captarán hasta la pascua.
Echar las redes
Un relato similar a éste de la pesca milagrosa lucana podemos encontrarlo en el Evangelio según Juan, en su capítulo 21. Allí se nos narra cómo siete discípulos, habiendo ya acontecida la pascua, salen a pescar (cf. Jn. 21, 2-3); Jesús se les aparece y les pide algo para comer, pero ellos contestan que no han pescado nada esa noche (cf. Jn. 21, 4-5); entonces, el Resucitado les indica echar las redes a la derecha de la barca, “la echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces” (Jn. 21, 6). Las dos pescas milagrosas, la pre-pascual (Lucas) y la post-pascual (Juan), son relatos vocacionales que no siguen el estilo clásico. Nuestras vocaciones, personal y comunitarias, tampoco lo hacen, tampoco responden a un esquema definido. Lo único que permanece siempre es Jesús que llega a nuestras vidas de alguna manera. La conversión es un proceso y un re-proceso. Al primer encuentro con el Cristo le siguen otros encuentros más profundos. La pascua se nos hace patente muchas veces hasta que vamos profundizando el misterio para reconocer la pesca en diferentes perspectivas. Somos pescadores de hombres aquí y ahora escatológicamente, pescadores en el mundo para cambiar el mundo, pescadores que lo dejan todo para tenerlo transformado. Somos pequeños pescadores en un mar inmenso.
Y el secreto de la pesca no es la carnada ni la caña ni la red. El secreto es la gracia. La pesca es abundante porque se hace en la Palabra de Dios, efectiva y graciosa. Cuando la Iglesia cree que el pescador, la barca o la red son más importantes que la acción gratuita de Dios, se pasa la noche entera sin resultados. Una Iglesia que no descansa en la Palabra predicada a las gentes, que no cree en el encuentro que propicia la Biblia leída en cada barrio, en cada casa, en cada hogar, malogra la pesca. Hay que dejar que la gracia de Dios se filtre, que los llamados vocacionales se des-estructuren, que la pascua afecte las cosas desde su ilógica realidad. Generalmente, lo que a nadie se le ocurriría hacer, es lo que debería hacerse; lo que nadie querría predicar, es sobre lo que hay que hablar; los lugares donde la pesca suele ser escasa, es donde deben echarse las redes; las personas que supuestamente no tienen vocación, son las que más han escuchado esa Palabra de Dios que es amor gratuito.
Los apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y lo que habían enseñado. El, entonces, les dice: «Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco». Pues los que iban y venían eran muchos, y no les quedaba tiempo ni para comer. Y se fueron en la barca, aparte, a un lugar solitario. Pero les vieron marcharse y muchos cayeron en cuenta; y fueron allá corriendo, a pie, de todas las ciudades y llegaron antes que ellos. Y al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas. (Mc. 6, 30-34)
La perícopa de hoy es continuación del relato comenzado el domingo pasado, sobre el envío de los Doce (Mc. 6, 7-13). Pero si bien conservamos la continuidad narrativa, en el Evangelio según Marcos, lo que podría ser una narración sin cortes, sufre la interpolación del asesinato de Juan el Bautista (Mc. 6, 14-29). Leyendo únicamente la propuesta litúrgica, salteamos la muerte de Juan, y perdemos una perspectiva interesante de la misión y el regreso de los Doce. Aquí tenemos, nuevamente, un texto construido con el recurso de la intercalación, como lo han sido Mc. 3, 20-35 (la discusión con los escribas se intercala en la tensión de Jesús y su familia) y Mc. 5, 21-43 (la hemorroísa se intercala en la curación de la hija de Jairo). Las interpolaciones no son obra de la casualidad, sino que cumplen un papel. Que se refiera la muerte de Juan el Bautista mientras los Doce misionan, está significando algo que nos compete indagar. ¿Por qué consideró el autor que ésta era la ocasión oportuna para relatar el asesinato en manos de Herodes?
La perícopa del domingo pasado culmina con una frase que deja entrever el éxito de la incursión evangelizadora de los Doce, quienes expulsan a muchos demonios y curan enfermos (cf. Mc. 6, 13). Luego, se nos informa que el rey Herodes se entera de este movimiento mesiánico iniciado por Jesús, y pareciese que se entera por la misión que están realizando con tanto triunfo los Doce. Mc. 6, 14 es una luz sobre lo que hacían los apóstoles, y al mismo tiempo, una luz para la misionología actual. Herodes se entera porque el nombre de Jesús “se había hecho célebre”, no porque los nombres de los discípulos corrieran de boca en boca. Cabe suponer que los Doce repetían el nombre de Jesús, el nombre del Salvador, el nombre del Mesías, y no promovían su propia persona. La prédica, los exorcismos y las curaciones llevaban al Cristo y no se quedaban en el apóstol. Este movimiento lo veremos expresado en la gente que acude a Él en nuestra lectura de hoy; una muchedumbre que no se quedó en su casa, sino que buscó, tras escuchar a los Doce, a aquel que los había enviado. Herodes, sin embargo, no es parte de esa gente. Para él, Jesús era Juan el Bautista que había resucitado (cf. Mc. 6, 16), y tuvo miedo, porque la muerte del Bautista se ejecutó por su orden. Según cuentan las crónicas de aquella época, Herodes era muy supersticioso, y esa superstición le generaba miedo, convirtiéndolo en una persona inestable, lleno de excentricidades. Era hijo de Herodes el Grande, y gobernó en Galilea y Perea a partir del año 4 a.C., por disposición del Emperador Augusto. Tenía un hermanastro, Herodes Filipo, a quien arrebató la esposa, Herodías, repudiando a su primera mujer, hija del rey de los nabateos. Ese escándalo le valió la enemistad de este rey, la de su hermanastro y la acusación pública de Juan el Bautista, quien le decía: “No te está permitido tener la mujer de tu hermano” (Mc. 6, 18b). Conocida es ya la ocasión que precipita la decapitación del Bautista, con el baile de la hija de Herodías, durante un fastuoso banquete, que seduce a Herodes y lo incita a prometer que le dará lo que ella quiera; instigada por la madre, pide la cabeza de Juan. Y Herodes lo concede. El último versículo de esa sección culmina diciendo que los discípulos del Bautista“vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura” (Mc. 6, 29b).
El contraste entre ambos grupos de discípulos es duro. Mientras los seguidores de Juan se encuentran en la oscuridad, sin esperanzas, en el final de un camino que habían empezado con muchas expectativas, los discípulos de Jesús predican, exorcizan y curan con un éxito fenomenal, dando inicio a un camino mesiánico. Los primeros entierran un cadáver, los otros se reúnen con su Maestro para contarle las maravillas de lo ocurrido durante su misión. El Bautista es asesinado por un banquete de la muerte entre ricos, por la decisión de una mujer irritada que utiliza a su hija, por la necedad de un gobernante. Jesús, en cambio, organizará luego un banquete de la vida (la multiplicación de los panes de Mc. 6, 35-44), tomará decisiones de inclusión en el Reino y no utilizará a otro ser humano para cumplir su propósito. Lo que ha asesinado a Juan, la maquinaria siniestra que lo decapita, aparece como contrapunto directo del proyecto del Reino predicado por Jesús. Claramente, lo que terrenalmente es reino, contiene los valores opuestos al Reino verdadero. Ante la ostentación de un Herodes que festeja su cumpleaños rodeado de magnates, tribunos y principales de Galilea (cf. Mc. 6, 21), y que es capaz de ofrecer la mitad de su reino (cf. Mc. 6, 23), Jesús opone la misión humilde de los Doce que lo rodean, sin pan, sin alforja y sin dinero (cf. Mc. 6, 8), capaces de ofrecer un Reino distinto manifestado en la liberación de los hombres y mujeres oprimidos, mediante la palabra, el exorcismo y la sanación física. El Reino de Dios se introduce con fuerza en el mundo, pero poco se parece a los reinos mundanos.
La interpolación realizada por Marcos en esta ocasión nos da una nueva perspectiva del Reino, de la Iglesia y de la misión, para leer iluminados por el envío y el regreso de los Doce. Hay dos tipos de reinado, y hay, como veremos con la multiplicación de los panes, dos tipos de banquetes. El reino/banquete del mundo es como el de Herodes, lleno de ostentación, con amigos de ocasión que luego desaparecen, elitista, con intrigas y enemistades, con muerte y utilización de las personas. El Reino/banquete de Jesús es humilde, sencillo, sin grandes manifestaciones, abierto a todos, fundamentado en el amor, transmisor de vida. La Iglesia y la misión se pueden realizar de alguna de las dos maneras. Se puede ser iglesia al estilo herodiano, ostentando, codeándose con los poderosos, evangelizando con la espada. O se puede ser Iglesia al estilo jesuánico, desde lo pequeño, entre discípulos, evangelizando con la palabra, el exorcismo y la curación. Hay dos modelos contrapuestos, dos mensajes confrontados. De la elección que hagamos dependerá que matemos a los profetas o vivamos la certeza de que el Reino de Dios está cerca.
En la perícopa de hoy podemos identificar una serie de actitudes de Jesús que, leídas previamente al relato de la multiplicación de los panes (cf. Mc. 6, 35-45), sirven para introducirlo y explicarlo. La multiplicación puede ser considerada uno de los episodios que mejor explicita la realidad plena del Reino, y por eso es interesante detenerse en las actitudes jesuánicas que se hacen evidentes en la antesala de la gran expresión del Evangelio. Estas actitudes son, también, actitudes del Reino:
- Retirarse: los motivos que tiene Jesús para proponer a sus discípulos recién regresados de la misión un retiro son variados según los evangelistas, y variado es también el sitio para retirarse. En el Evangelio según Mateo, Jesús quiere estar a solas al enterarse que Juan el Bautista ha sido asesinado (cf. Mt. 14, 13). En el Evangelio según Lucas, Jesús se lleva consigo a sus discípulos a la ciudad de Betsaida (cf. Lc. 9, 10). El relato de Marcos acentúa tres aspectos: los apóstoles son invitados (no se va Jesús solo), van a un lugar desierto (no a una ciudad), y lo hacen principalmente porque el ir y venir de la gente no los deja descansar ni comer. Esta actitud del Jesús marquiano es propia de uno de los ejes de este Evangelio que está hilvanado por la relación Maestro-discípulo. No se va Jesús solo, sino que se lleva con ellos a los apóstoles recién llegados de la misión. Van a un lugar desierto a descansar, pero a descansar con Él. El trajín de su actividad pastoral no les está dejando tiempo ni para comer. Retirarse es una necesidad física, y el Maestro está atento a ello. No impone a sus discípulos una carga de trabajo para cumplir horarios específicos, sujetos a sueldo. Libremente han elegido ser discípulos, libremente son invitados a descansar. El Reino no es espiritualidad desencarnada. El Reino es una realidad completa, y como tal, no se olvida de los requerimientos físicos. Un buen descanso y una buena comida aparecen son necesarios, son también signo de plenitud. Paradójicamente, este descanso parece interrumpido por el gentío que los sigue hasta el lugar solitario, y la alimentación en intimidad del grupo apostólico por la multiplicación de los panes. Pero el sentido es justamente el contrario. El descanso se plenifica en el servicio a los necesitados y la comida sólo es banquete del Reino cuando se convierte en mesa abierta para todos.
- Siente compasión: la palabra para definir la compasión que siente Jesús frente a la muchedumbre es splagchnizomai, término derivado de splagcna, que quiere decir entrañas o vísceras. La compasión es un sentimiento que nace de la fibra más íntima del ser humano, y nada tiene de superficial. No es un afecto pasajero así sin más, y usualmente culmina en una acción que responde a las necesidades inmediatas del sujeto de la compasión. Es activa y efectiva, es movilización que lleva a algo concreto. El término, dentro del Nuevo Testamento, no puede hallarse fuera de los Evangelios sinópticos, y salvo en tres oportunidades, la referencia es a Jesús. En el libro de Marcos, el Maestro siente compasión del leproso (cf. Mc. 1, 41. En algunos manuscritos, lo que siente es cólera o fastidio), del endemoniado geraseno (cf. Mc. 5, 19), de esta gente que los siguió cuando se retiraban (cf. Mc. 6, 34) y de aquellos que lo siguieron tres días en territorio pagano (cf. Mc. 8, 2); le piden compasión el padre del niño con el espíritu inmundo (cf. Mc. 9, 22) y el ciego de Jericó (cf. Mc. 10, 47-48). La enfermedad y la posesión mueven a Jesús a la compasión que se expresa en sanación y exorcismo, dos de las actividades clásicas de su ministerio, y por lo tanto, dos de los signos eficientes del Reino. Junto a estas miserias humanas, ambos episodios de multiplicación de los panes están marcados por la compasión que siente el Maestro ante la multitud que está como rebaño sin pastor y que sufre el hambre. Jesús se compadece de la falta de Reino pleno que encuentra; de las enfermedades que limitan la vida física y social, de las posesiones que encarcelan a los hombres y mujeres, del hambre material y del hambre espiritual que no es saciado por las reglas de pureza/impureza de la sinagoga. Las seis escenas ligadas a la compasión se complementan para que nadie quede excluido, como otra manifestación más de un Reino que es para todos: leproso y ciego son enfermos excluidos, pero uno es de Galilea y el otro de Judea; endemoniado de Gerasa y el niño poseído son víctimas del espíritu maligno, pero uno es pagano y el otro judío; las multiplicaciones de los panes, en la misma línea, suceden una en territorio gentil y la otra en territorio israelita. La compasión de Dios no tiene límites.
- Es pastor: Jesús descubre al gentío que le ha seguido como un rebaño sin pastor. Detrás de esta apreciación podemos leer en 1Rey. 22, 17 las palabras del profeta Miqueas: “He visto todo Israel en desbandada por los montes, como rebaño sin pastor”. La figura del pastor es, en este contexto, la figura de un dirigente político o religioso. El profeta Miqueas le estaba hablando al rey de Israel, al pastor político. Jesús se refiere a los dirigentes religiosos de su tiempo, incapaces de pastorear a un rebaño tan numeroso y tan desorientado. Así, Él se constituye como el verdadero pastor, el buen pastor, el que siente la compasión en su corazón y se preocupa efectivamente por las personas. En contraposición a los pastores falsos que no se preocupan por el Reino, lo que equivale a no preocuparse por las gentes, se eleva la figura del gran preocupado por la humanidad, el gran cercano a las dolencias humanas. Pastorear no es algo accesorio en la vida de Jesús, sino que constituye una actitud y una aptitud intrínsecas a su misión. Esta misión, por su naturaleza, se opone a las actitudes de los dirigentes del pueblo, quienes no piensan en clave de Reino, sino en clave de beneficio personal. Las ovejas sin un pastor que se compadezca de ellas, están desbandadas, perdidas, desunidas. Con Jesús Buen Pastor, el rebaño está unido, se plenifica, se libera.
El Reino se opone a dos modelos bien marcados: el de Herodes y el de la sinagoga. Jesús es el contrapunto de ambas formas de vida, que son, en realidad, formas de muerte. Mientras Herodes come suntuosamente rodeado de los principales de Galilea y decide, movido por la seducción y la superstición, el asesinato de un profeta de Dios, Jesús envía a los Doce sin nada, ni pan ni plata, sujetos a la acogida de las casas que visitan, con el objetivo de dar vida mediante la predicación, la curación y el exorcismo. Al mismo tiempo, mientras la sinagoga ofrece un espacio de exclusión con leyes de pureza/impureza, con horarios estipulados los sábados, con paredes que delimitan el lugar de reunión, Jesús abraza con su compasión a todo el mundo, invita a todos al banquete, no tiene horarios y, a pesar del cansancio y de haberse retirado con sus discípulos para tener un espacio propio, acepta el gentío que anda perdido, en el desierto, en el descampado, sin paredes opresoras. Ni Herodes ni la sinagoga tienen la capacidad de liberar al hombre y a la mujer. Jesús con los suyos sí puede hacerlo, porque su propuesta es diferente en el núcleo y en las expresiones.
¿Qué modelo de misión seguimos, entonces? ¿Hacemos la misión herodiana? ¿Hacemos la misión sinagogal? ¿Hacemos la misión del Reino? La evangelización en el modelo herodiano se codea con los principales del mundo, con los ricos y poderosos, se realiza con opulencia, en una mesa donde no entra cualquiera, y el resultado suele ser la muerte. En la evangelización herodiana aceptamos ciertas cuestiones del sistema porque creemos que para misionar debemos negociar con los que tienen poder, y si esa negociación repercute en el ahogamiento de los profetas, en su silenciamiento, tratamos de dejarlo pasar por alto. Por otro lado, la evangelización al estilo sinagogal se fundamenta en la separación o segregación según las leyes de pureza/impureza, estableciendo horarios de atención dentro de cuatro paredes. Se trata de una misión que identifica a los respondedores como dignos y a los demás como descartables, una misión focalizada en lo moral y en la imagen pública que debe mostrarse, pero totalmente olvidada del sentido acogedor. En el estilo sinagogal la misión tiene horarios concretos, y fuera de esos horarios se desvanece todo.
La misión según el modelo del Reino, según el modelo jesuánico, es diametralmente opuesta. Se trata de una evangelización que no se limita a cuatro paredes, una misión que se hace en el descampado, desde la cercanía con los sufrientes, con los perdidos, con los desorientados. Es una misión sin tiempos, sin horarios, una misión que abarca la vida por completo. Es una misión donde los banquetes están repletos de pobres y marginados, donde los poderosos y ricos, para comer, deben primero hacerse marginales. Se trata de una evangelización que no culmina en muertes ni en silenciamientos de los profetas. Aquí los profetas hablan libremente y la libertad prima. Es una misión compasiva, enraizada en la tierra que gime y clama por la miseria humana. De la evaluación de nuestro modelo misionero, sabremos si el resultado serán las muertes, las exclusiones o la mesa compartida.
Y llama a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos. Les ordenó que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja; sino: «Calzados con sandalias y no vistáis dos túnicas». Y les dijo: «Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta marchar de allí. Si algún lugar no os recibe y no os escuchan, marchaos de allí sacudiendo el polvo de la planta de vuestros pies, en testimonio contra ellos».
Y, yéndose de allí, predicaron que se convirtieran; expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban. (Mc. 6, 7-13)
La palabra Doce, en referencia al grupo de personas instituidas por Jesús, hasta el episodio que leemos hoy, aparece sólo tres veces en Marcos. En primer lugar, la leemos doblemente en el génesis del grupo apostólico (cf. Mc. 3, 14-19), donde se nos indican características precisas del mismo:
- Son instituidos: según la palabra griega poieō, equivalente al verbo hacer. Como se trata de un verbo muy utilizado y en sentidos tan diversos según la situación, es complicado determinar el significado preciso y conciso. Lo cierto es que se hace referencia a una acción que parte de Jesús, quien hace, crea o fabrica, de un puñado de hombres, un grupo de Doce. No han sido constituidos por sus propias fuerzas, por una organización que sucede de común acuerdo, por obra de la casualidad; son doce hombres elegidos por el Maestro y hechos un grupo particular.
- Para estar con él: en este primer texto sobre los Doce, lo primordial de su constitución parece ser la tarea de estar con Jesús, o quizás, si nos atrevemos a modificar un poco la traducción, a ser con Jesús. Son llamados a un discipulado intenso, un discipulado testimonial. Recordemos que los Doce no son los únicos discípulos de Jesús, y que Mc. 3, 13 especifica la presencia de varias personas, de entre las cuales se instituyen doce. Esta función testimonial será revelada tras la muerte y resurrección del Maestro, en un episodio que nos conservó Hechos de los Apóstoles, cuando, por la muerte de Judas Iscariote, la comunidad decide re-completar el número de doce, y la condición para el próximo elegido, según Pedro, es que sea “uno de los hombres que anduvieron con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús convivió con nosotros, a partir del bautismo de Juan hasta el día en que fue llevado de entre nosotros al cielo” (Hch. 1, 21-22). O sea, buscan a alguien que pueda dar testimonio de la vida, muerte y resurrección de Jesús. Por esto decimos que la función primordial de los Doce recae en el aspecto testimonial, como garantes de la fe, como discípulos que son/están con Jesús. No son ni más ni menos que el resto de los discípulos; sólo tienen una función diferenciada, una tarea, una misión particular.
- Para enviarlos a predicar: la segunda cuestión que incumbe a los Doce, subordinada a la anterior, es la predicación. Se trata de un grupo de anuncio. Este anuncio es, obviamente, fruto del ser/estar con Jesús. Ese discipulado en intimidad no podría redundar en otra cosa que en la transmisión y la proclamación de lo que Jesús es y de lo que Jesús hizo. Las características del envío no son desarrolladas en este primer texto, pero sí en el de hoy, que analizaremos más adelante.
- Con poder de exorcismo: finalmente, la tercer característica de los Doce es su poder de expulsar demonios. Este poder tiene un doble sentido para el grupo apostólico. En primer lugar, significa que portan la autoridad de su Maestro, de Jesús, paradigma del exorcista, por lo tanto, no son auto-convocados o hijos de Beelzebul o seguidores de alguna secta. En segunda instancia, el poder de exorcismo es la capacidad de obrar la liberación en las personas. Los Doce son un grupo testimonial y un grupo de liberación del mal. Pero volvamos al primer sentido que resulta importantísimo en el contexto del Evangelio según Marcos, donde el problema de la autoridad es una clave de todo el libro. A continuación de la institución de los Doce, y cerrando el capítulo 3, hallamos el altercado con los familiares (cf. Mc. 3, 20-21.31-35) y la discusión con los escribas de Jerusalén que lo acusan de estar poseído (cf. Mc. 3, 22-30), poniendo en tela de juicio su supuesta autoridad divina. Si expulsa los demonios con el poder del príncipe de los demonios, entonces no es el Mesías, no es el enviado de Yahvé; sería incluso su enemigo. Es evidente que para el relato marquiano (y para las primeras comunidades en general), el poder de exorcizar estaba íntimamente relacionado a la autoridad. Sólo los que poseen autoridad pueden expulsar demonios. Más adelante, en el capítulo 9, tenemos el relato de la vez en que Juan le cuenta orgulloso a Jesús cómo le impidieron practicar exorcismo a uno que no venía con ellos y que se jactaba de invocar el nombre del Maestro (cf. Mc. 9, 38), a lo que Jesús replica: “No se lo impidáis, pues no hay nadie que obre un milagro invocando mi nombre y que luego sea capaz de hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros, está por nosotros” (Mc. 9, 39-40). Exorcismo y autoridad van de la mano. Hacer notar que los Doce pueden exorcizar es hacer notar que son un grupo con autoridad, no que provenga de ellos, sino del mismo Señor. Esa autoridad puede haber significado, para la comunidad marquiana que leía el relato a unos treinta o cuarenta años de los acontecimientos, una invitación a confiar en el testimonio apostólico, el testimonio que había fundado la Iglesia, pues no eran inventos de pobres hombres, sino Buena Noticia transmitida con la autoridad de Jesús.
Dijimos en un principio que Doce aparece tres veces antes del capítulo 6. Ya contabilizamos dos en Mc. 3, 14-19. La tercera oportunidad está en Mc. 4, 10. Aquí se dice que los discípulos que iban junto con los Doce le preguntan a Jesús sobre el significado de las parábolas que él narra. Como vemos, no sólo los Doce están con el Maestro, pero aún así, se hace la diferencia entre el grupo apostólico y el resto. Así llegamos a la cuarta mención de los Doce en la escena que leemos hoy. Aquellas referencias del capítulo 3 se hacen obra activa. Ahora son enviados a predicar y a exorcizar. Nuevamente, el tema del exorcismo cobra relevancia, ubicándose al principio (poder sobre los espíritus inmundos) y al final de la perícopa (expulsaban a muchos demonios), determinando así que toda esta acción misionera de los Doce es realizada con la autoridad que proviene de Dios, autoridad que se manifiesta en el poder del exorcismo. Probablemente, la referencia al bastón también siga la misma línea. Si comparamos los textos paralelos de Mateo y Lucas, nos encontramos con una diferencia específica. Mientras en Mt. 10, 10 y Lc. 9, 3 se les prohíbe a los enviados llevar bastón, Marcos lo presenta como un elemento que deben tomar. Las interpretaciones al respecto son variadas. Para algunos, el bastón es una ayuda del caminante, y entonces Marcos estaría recalcando el aspecto itinerante de la misión; para otros, el bastón es un arma que permite defenderse de los peligros del camino, y Marcos estaría advirtiendo a su comunidad de origen el resguardo que deben tener en una época de persecución. Pero lo que parece adecuado, es otorgarle al bastón el significado de autoridad, de un bastón que hace las veces de cetro, de báculo, como el de los príncipes y reyes, lo que haría factible explicar por qué Mateo y Lucas lo eliminan. Si el bastón es símbolo de autoridad, Mateo no se lo permite a los apóstoles porque ninguno de ellos debe adjudicarse un puesto superior, ya que “uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos” (Mt. 23, 8). Si el bastón es símbolo de autoridad, Lucas no se lo permite a los enviados porque la característica lucana es la pobreza, la humildad, y es en su relato donde Jesús asegura: “Cuando alguien te invite a una boda, no te pongas en el primer puesto, no sea que haya invitado a otro más distinguido que tú. Al contrario, cuando te inviten, ve a sentarte en el último puesto” (Lc. 14, 8.10a).
El grupo de los Doce es enviado sin ningún tipo de poder terrenal. No llevan alimento, alforja o dinero, ni siquiera dos túnicas. Lo que carecen de poder económico, les sobra en poder divino, pues van con la autoridad del Señor, tienen el poder de expulsar demonios y llevan el bastón/cetro que los identifica como auténticos enviados de Dios. Es así que predican, exorcizan, ungen y sanan. Su misión es una continuación de la misión de Jesús, quien también predica (cf. Mc. 1, 14-15), exorciza (cf. Mc. 1, 21-27) y sana (cf. Mc. 1, 29-34). Los Doce, entonces, no se inventan nada, sino que continúan algo comenzado por el Maestro. Esa continuación será realizada creativamente, pero con fidelidad al proyecto del Reino, porque aquel llamado primigenio a ser/estar con Jesús, fue un llamado a configurarse con Él, justamente para dar testimonio fiel. La repetición de las acciones propias de Jesús (predicar, exorcizar, sanar) en sus discípulos es el signo de una misión entregada. Jesús no va con ellos, sino que los envía solos. Podemos percibir un componente post-pascual en el relato, como teología misionera de las primeras comunidades. Jesús ya no está físicamente con ellos, tampoco poseen los medios terrenos para instaurar un reino frente al gran Imperio Romano, sin embargo, el Reino de Dios se instaura desde la predicación, el exorcismo y las curaciones, desde el no tener nada, ni siquiera pan o alforja, desde lo itinerante, desde la misión pequeña. Y si bien Jesús ya no está físicamente, su presencia se ha transformado y permanece por el fundamento del testimonio de los Doce, por los signos que siguen acompañando a la Iglesia y que caracterizaban a Jesús, por un mensaje de esperanza que es Buena Noticia, por el mal que es derrotado, por los hombres y mujeres que son liberados de sus enfermedades. Tal vez, avanzando y arriesgando en la interpretación, puede que la unción con aceite transmita algo de esto, considerando que Jesús curaba de diversas maneras, con contacto directo, sólo de palabra o con medios físicos, pero los Doce lo hacen a través de una sustancia específica, a través de un sacramento, porque no es el aceite lo que cura, sino el poder de Dios. El gesto de la unción aparece como acto sacramental, que no reemplaza la presencia física de Jesús, sino que la re-significa y transforma para hacer presente su poder de una manera diferente.
Todo este poder/autoridad de los enviados, de los Doce, les permite realizar un gesto que nos parece rotundamente negativo y agresivo, como lo es sacudir el polvo de los pies al salir de un lugar que no los recibe. Este gesto no es un invento de Jesús, sino que se remonta al judaísmo. Un judío sacudía el polvo de sus sandalias cuando, tras pisar territorio pagano, salía de él. De esta manera, no se llevaba la impureza del suelo gentil, suelo que no adoraba al Dios verdadero. En este envío de los Doce, los paganos son reinterpretados, y aparecen aquí como aquellos que no reciben ni escuchan al nuevo Israel, o sea, a los Doce. Los enviados tienen la autoridad suficiente para realizar el gesto, porque son los que han oído la Palabra y han acogido al Señor.
Como hemos visto, los Doce realizan su misión mediante tres actividades: la prédica, el exorcismo y las curaciones. Hoy, la misión sigue necesitando estas tres acciones, porque son las acciones heredadas del Señor. La Iglesia que no predica, que no exorciza y que no cura, no es Iglesia del Cristo. El problema es que, según la época y según las teologías, las tres actividades enumeradas fueron adquiriendo distintas connotaciones, que a veces eran simples, otras veces literales, y en tantas ocasiones rebuscadas. A nosotros nos compete el desafío de significar cada una de ellas para dar respuesta a las situaciones misioneras de la actualidad, y en continuación con los Doce, seguir ofreciendo la alternativa del Reino, desde las mismas premisas con las que ellos se lanzaron: en pobreza, humildad, itinerantes, convocados y enviados, peregrinos, en comunidad.
¿Cuál es la prédica para las situaciones misioneras actuales? En el centro, siempre lo fue y siempre lo será, el kerygma, el anuncio explícito de la Buena Noticia que significa la encarnación, la vida, muerte, pasión y resurrección de Jesús de Nazareth. Ninguna prédica puede desviarse de ese centro, porque entonces se saldrá del eje, derrapará. Pero profundizando en algún aspecto del Evangelio que pueda sacudir al modelo social contemporáneo, podríamos enunciar la Verdad. A una impresión social relativa, donde importa lo que cada uno siente como regla primaria, donde la moralidad es a la carta, donde el Reino se mezcla con las demás ofertas como en un muestrario o catálogo, la Verdad del Evangelio es fuerza de choque, es mensaje que desestabiliza, es anuncio provocativo. Pocas cosas cuestionan más al hombre y a la mujer que nos rodean que el concepto de la Verdad, porque se nos ha inculcado una forma de entender la realidad que no acepta verdades. Al misionero de la post-modernidad, no le resulta fácil predicar una Persona que se adjudica el mesianismo y la filiación divina, una Persona que se identifica como camino a la divinidad.
¿Cuál es el exorcismo para las situaciones misioneras actuales? Hemos dicho que expulsar demonios es signo de autoridad. Jesús expulsaba con el poder de Dios y los Doce lo hacen con el poder de Jesús. Lo demás es farsa o simulación, es obra de Beelzebul. Los hechos demoníacos de la actualidad, esas opresiones que esclavizan al ser humano, ese gran aparato económico multinacional que limita las posibilidades de los pobres, son una farsa, un montaje siniestro. Mientras prometen el progreso y la promoción a una supuesta mejor calidad de vida, establecen un sistema mundial que separa a los ricos de los pobres, para que cada grupo persista y se profundice en su situación cada vez más. Los poseídos de Palestina quedaban fuera de la sociedad. Los poseídos por la globalización capitalista y neoliberal quedan al margen. Llegar a ellos y exorcizarlos para incluirlos, es quizás menos costoso que exorcizar el sistema. Ante la metódica producción de pobres, el desafío está en una Iglesia capaz de demostrar que su Señor es más poderoso que el dinero, que el Reino de Dios es más real que la bolsa de valores. El sistema económico puede poseer, pero sólo Jesucristo puede liberar.
¿Cuáles son las curaciones para las situaciones misioneras actuales? Curar es restablecer lo que se había enfermado. Cada vez con más ahínco la misionología piensa en la ecología, en la salud planetaria que hemos enfermado con nuestro descuido. Sanar la Creación, restablecer el orden del principio, es la misión de curar en sentido universal, una curación para todos. El hecho pascual no ha afectado sólo la intimidad de los corazones, sino que cada fibra del universo se ha hecho nueva y es, en potencia, plena, en la medida en que sea asociada concientemente a la resurrección. Juegan aquí intereses económicos y desinterés general, pero con los enfermos físicos no es distinto. En un sistema de salud burocratizado y comercial, el paciente es cliente y la medicina un negocio. El arte de curar la Creación implica oponerse al comercio de lo redituable que destruye y oponerse a la desidia de los destructores pasivos, aquellos que por no comprometerse contribuyen a la enfermedad del planeta. No es un sueño hippie incluir la ecología en la misión; es mirar la obra del Padre con la esperanza del primer capítulo del Génesis y los últimos del Apocalipsis, condensando la historia.
Este día, al atardecer, les dice: «Pasemos a la otra orilla». Despiden a la gente y le llevan en la barca, como estaba; e iban otras barcas con él. En esto, se levantó una fuerte borrasca y las olas irrumpían en la barca, de suerte que ya se anegaba la barca. El estaba en popa, durmiendo sobre un cabezal. Le despiertan y le dicen: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?». El, habiéndose despertado, increpó al viento y dijo al mar: «¡Calla, enmudece!». El viento se calmó y sobrevino una gran bonanza. Y les dijo: «¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe?». Ellos se llenaron de gran temor y se decían unos a otros: «Pues ¿quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen?». (Mc. 4. 35-41)
El texto de hoy es un texto de transición geográfica en el relato de Marcos. La sección ha comenzado en la orilla occidental del mar de Galilea (cf. Mc. 4, 1), en territorio palestino, por lo tanto, territorio israelita. La perícopa de este domingo indica una proposición de Jesús: “Pasemos a la otra orilla”. Y tras este texto, en el comienzo del capítulo 5, nos encontramos en la región de los gerasenos, en la orilla oriental del mar de Galilea, dentro de una zona llamada Decápolis (porque estaba constituida por diez ciudades), habitado por paganos. Por lo tanto, Mc. 4, 35-41 es una bisagra geográfica (de territorio israelita a territorio pagano), una bisagra escénica (el mar funciona como nexo conector de ambos terrenos) y una bisagra teológica (la barca con Jesús y los discípulos se aleja de sus seguridades judaicas y se adentra en espacio gentil impuro atravesando peligros y tribulaciones). En la orilla occidental, Jesús había estado enseñando con parábolas (cf. Mc. 4, 1-34); en la orilla oriental, exorcizará un endemoniado (cf. Mc. 5, 1-20). De esta forma, la travesía en el mar queda cercada por dos acciones que son características del poder y la autoridad del Maestro: enseñar y exorcizar. Jesús enseña como quien no ha aprendido de nadie, y la gente queda maravillada por su enseñanza (cf. Mc. 1, 21; Mc. 4, 1; Mc. 6, 2). Jesús también expulsa demonios con un poder que le es propio (cf. Mc. 1, 23-26.34.39) y que interpela a los demás, sobre todo a los escribas, quienes acusan a Jesús de expulsar demonios en nombre del príncipe de los demonios (cf. Mc. 3, 22). En el final de la perícopa de hoy, los discípulos se hacen una pregunta que ayuda a completar un tríptico sobre la autoridad y el poder del Maestro, ya que es una pregunta en la misma línea que Mc. 1, 27, Mc. 2, 7 y Mc. 11, 28 (pasajes que plasman reacciones de las gentes ante la actividad de Jesús): ¿quién es éste?. En Mc. 4, 1-34 la autoridad se expresa en la palabra, en Mc. 5, 1-20 la autoridad se expresa en la expulsión de los demonios, y en el centro del tríptico, en Mc. 4, 35-41, la autoridad se expresa por calmar la tempestad, dominando la naturaleza, tarea propia de Dios, como lo canta el Sal. 107, 29 al describir acciones de Yahvé: “A silencio redujo la borrasca, las olas callaron a una”. En conclusión, Jesús tiene autoridad por la palabra novedosa que proclama y porque puede vencer al mal expulsando demonios, pero el centro de su autoridad proviene de Dios, de que Él mismo es Dios.
Ahora bien, introduciéndonos a la interna del texto, reconocemos una fuerte carga simbólica en varios elementos:
- Atardecer: en el Evangelio según Marcos, al atardecer suceden varias cosas. Al principio, la primera curación y exorcismos masivos (cf. Mc. 1, 32-33); luego los dos episodios parecidos con los discípulos en la barca (cf. Mc. 4, 35 y Mc. 6, 47); ya en el relato de la pasión, se lo menciona tras la expulsión de vendedores y cambistas del Templo (cf. Mc. 11, 19); al atardecer come la pascua con los Doce (cf. Mc. 14, 17); y finalmente, al atardecer, José de Arimatea pide permiso para descolgar el cuerpo de Jesús de la cruz y sepultarlo (cf. Mc. 15, 42-43). Parece ser el momento del día de las manifestaciones liberadoras del Maestro. Libera de los males, libera a los discípulos del miedo que impide la fe, libera el Templo de su cerrazón judía, libera la pascua de su sacrificio cruento para suplantarlo con su entrega, libera la cruz muriendo allí y siendo descolgado para ser acogido por el sepulcro que verá su resurrección. En este atardecer particular, invita a cruzar el mar, adentrarse en las aguas, y llegar a la otra orilla. Está liberando a sus discípulos del apego a la tierra israelita, y por lo tanto, el apego a la institucionalidad exclusivista judía. Pasemos a la otra orilla es vayamos a los paganos, con todo lo que eso significa, con la impureza que significa entrar en contacto con un gentil. Este atardecer liberador busca expandir el corazón de los discípulos, expandir su fe, y hacerla universalista.
- Mar: el mar ha significado siempre, para todos los pueblos, lo insondable y descomunal, la fuerza incontenible. Así es que las aguas se han vuelto para las religiones una categoría teológica, usualmente referida al poder del mal. En la mitología de Mesopotamia, por ejemplo, el mar era una bestia llamada Tiamat, la cual se enfrentaba antagónicamente a Marduk, el dios del orden. Si bien Israel, al reorganizar su cosmogonía, situó al mar subordinado a Yahvé, como parte de la creación (cf. Gen. 1, 6-10), eliminando su poderío mitológico, no desapareció la referencia a las grandes aguas como sitio del mal, como espacio habitual de los demonios, y por lo tanto, figura del mal (cf. Sal. 69, 3; Sal. 77, 17; Jon. 2, 6). En este caso, el símbolo parece ser claro. La idea de cruzar hacia el territorio pagano, hacia los gentiles, implica atravesar el mar/mal, la cuna de las tempestades, de las oposiciones, de las tribulaciones. El proyecto universalista inclusivo encuentra obstáculos, porque es un proyecto peligroso para los poderes demoníacos. No le será fácil a los discípulos alcanzar la otra orilla, alcanzar los alejados, porque el mar/mal hará lo que esté a su alcance para detenerlos. Pero Jesús, ejerciendo el poder de Dios, la autoridad divina suprema, la que separó las aguas en el Génesis y abrió el paso a los israelitas en el Éxodo, vence al mal. Las palabras de Jesús a la tormenta (calla, enmudece) son en griego siopao y fimoo; ésta última es la misma que utiliza en Mc. 1, 25 para expulsar el demonio del poseído de la sinagoga de Cafarnaún. Por lo tanto, lo que hace Jesús con el mar es exorcizarlo, es derrotar el mal.
- Barca: en el Evangelio según Marcos la barca es la herramienta de trabajo de los primeros discípulos (cf. Mc. 1, 19-20), pero en poco tiempo se transforma en algo más; en el estrado para que Jesús atienda a la gente (cf. Mc. 3, 9; Mc. 4, 1) y el medio de movilidad de la comunidad apostólica para conectar el territorio israelita con el territorio pagano (cf. Mc. 4, 36; Mc. 5, 2.2; Mc. 6, 45; Mc. 8, 10). La barca es el símbolo de la Iglesia. Desde allí Jesús enseña, sana y exorciza; tras su muerte y resurrección, la Iglesia continúa esas actividades en su nombre. Desde allí Jesús conecta a los israelitas con los paganos, los de adentro con los de afuera; tras su muerte y resurrección, la Iglesia tiene la misión de la universalidad, de hacer un solo pueblo con toda la humanidad. En esta perícopa particular, algunos estudiosos interpretan la barca como simbolismo de la Iglesia judeo-cristiana, y por lo tanto, Marcos habría compuesto el relato de tal manera que quedase en claro que los discípulos (judeo-cristianos), queriendo llevarse a Jesús en su barca para no compartirlo, terminan atacados por el mar/mal que ellos mismos han generado, por su resistencia a la inclusión de los paganos; Jesús, tras calmar la tempestad, les recriminaría no tanto su falta específica de fe como su carencia de fe abierta, fe inclusiva, fe que busca a todos, y así arribarían a la región de los gerasenos. El texto podría ser, entonces, una crítica a la actitud y teología de determinadas comunidades cristianas contemporáneas a la comunidad marquiana que continuaban manteniendo un esquema religioso demasiado judío, cerrado, con reticencia la universalidad de la salvación, exigiendo, por ejemplo, la circuncisión de los convertidos antes que el bautismo, la continua asistencia al Templo de Jerusalén, la privación de determinadas comidas, etc. Al mismo tiempo, y en paralelo a esta interpretación, podemos ver en la barca un mensaje para toda la Iglesia, no solamente la judeo-cristiana, si asociamos el relato a Mc. 6, 45-52. En ambas oportunidades, después de estar con la gente, la comunidad apostólica se sube a la barca, la navegación se hace difícil, Jesús está de alguna manera ausente al principio (dormido en la popa u orando en un monte), al ingresar a la escena soluciona la desesperación inmediata de los discípulos, los invita a no temer, pero igualmente quedan pasmados. Ese Jesús ausente (dormido o alejado) puede ser el Jesús resucitado, que ya no está físicamente entre la comunidad eclesial, la cual se ve obligada a enfrentar sola el mar/mal del mundo, pero en esa soledad, cuando clama con desesperación, la acción de Jesús se descubre, apaciguando las aguas (venciendo el mal) o caminando sobre las aguas (con pleno dominio sobre el mal), recriminando la fe que ha fallado por miedo a una soledad que no era verdadera, pues la resurrección no es ausencia del Señor, sino presencia transformada.
Ir a la otra orilla ha sido siempre una expresión característica de la misión. Cruzan a la otra orilla los valientes, los que se animan, los intrépidos, los de mente y corazón abiertos, los de fe universalista. A veces hablamos de ir a la otra orilla sin captar el significado profundo de la expresión. Para los discípulos de Jesús era un desafío gigantesco, pero más que reto físico, más que el miedo a una travesía entre los poderes del mal, era el enfrentamiento con una teología que no entraba en sus cabezas. Para un israelita, contactar con paganos era de por sí contraer impureza, pero anunciarles la salvación, hacerlos partícipes del Pueblo de Dios, era un despropósito, una herejía, una blasfemia. Para pasar a la otra orilla hacía falta una determinación mayor que la razón; hacía falta la fe activa y operante del Reino, bajo la concepción de que el Reino no excluye.
En esta barca de la Iglesia actual, es lamentable encontrarse con oposiciones a cruzar el mar que no vienen de los espíritus inmundos y malignos, sino del mismo interior de la barca. Nos asusta llegar al que está del otro lado porque creemos que no es necesario, porque lo subestimamos, porque quizás está en la categoría de la impureza, porque nos conformamos con la orilla conocida. No es una aventura cruzar el mar, sino un acto de fe. Corremos el riesgo de hacer nuestra barca/Iglesia cada vez más pequeña, con menos espacio, más frágil, y por lo tanto más expuesta a los embates que sí vienen de fuera, del mar/mal. Algunos gritan y claman al cielo pidiendo una respuesta divina, y la respuesta ya fue la resurrección, que más que respuesta es una propuesta, la del Reino. Ya hemos sido invitados a pasar a la otra orilla, con todo lo que eso implica. Hemos sido invitados a cruzar el mar de afuera y el mar de adentro, cruzar las geografías, pero sobre todo, cruzar nuestros corazones y expandirlos. ¿Quién calmará la tormenta cuando volvamos la barca tan pequeña que ya no quepa ni Jesús? ¿Quién se presentará ante Dios cuando nos reclame la utopía de su Hijo que se quedó en los papeles y los cajones? ¿Quién asumirá la voz para decir, en nombre de todos, que el miedo nos venció?
Tenemos miedo de cruzar a la otra orilla porque significa perder exclusividad, perder un cierto poder que hemos auto-generado en derredor del Cristo. Privatizamos la fe, y de tanto privatizarla, se dejó vencer por el miedo. La misión no es compañera del miedo, porque son antónimos. Mientras evangelizar es ir, moverse, salir; el miedo es parálisis, detención, encierro. Mientras la misión es vida, el miedo es muerte. El temor hace hundir la barca, y con ella se hunde la Buena Noticia que iba a la otra orilla; la fe calma la tormenta, y entonces Dios, que tiene dominio sobre la naturaleza porque todo lo ha creado, se abre paso entre los hombres y mujeres para instalarse en su corazón.
Llegan a Cafarnaúm. Al llegar el sábado entró en la sinagoga y se puso a enseñar. Y quedaban asombrados de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas. Había precisamente en su sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: «¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dios». Jesús, entonces, le conminó diciendo: «Cállate y sal de él». Y agitándole violentamente, el espíritu inmundo dio un fuerte grito y salió de él. Todos quedaron pasmados de tal manera que se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva, expuesta con autoridad! Manda hasta a los espíritus inmundos y le obedecen». Bien pronto su fama se extendió por todas partes, en toda la región de Galilea. (Mc. 1, 21-28)
La sinagoga es la casa de oración de los israelitas. No eran, necesariamente, grandes templos ni acabados centros de reunión, sino que en muchas oportunidades se trataba de casas de familia, donde regularmente, todos los sábados, el pueblo se reunía para escuchar la Palabra y una explicación sobre Ella. El encargado de presidir el culto de la sinagoga no era el exclusivo encargado de la predicación, sino que él mismo podía pedir a cualquiera de los presentes que la realizase, e inclusive si alguien se ofrecía para hacerlo, se le cedía el espacio. De más está decir que los fariseos y los escribas eran frecuentemente los predicadores, y de más está decir que el pueblo los aceptaba implícitamente como predicadores oficiales, a los primeros por sus supuestas prácticas devotas, a los segundos por su conocimiento de la Ley.
Jesús es introducido, por el evangelista Marcos, en uno de estos cultos sabáticos de sinagoga. Este episodio no está desestructurado del resto del Evangelio, sino que su posición tiene una razón de ser. Tras llamar a los primeros discípulos (cf. Mc. 1, 16-20), y aún sin haber tenido contacto con la realidad cultual-litúrgica de Israel, se pone a enseñar en la sinagoga de Cafarnaún, haciéndose presente en el ámbito religioso judío. De esta manera, Jesús no es un hombre separado de Israel, sino parte del pueblo, y como tal, participa en los oficios religiosos, y participa activamente, predicando y enseñando. Más adelante, en Mc. 1, 39, leemos: “Y fue predicando en las sinagogas de toda la Galilea y expulsando demonios”; esto que puede parecer un anexo anecdótico, es la repetición resumida de lo que sucede en el pasaje de hoy, en el cual Jesús predicó en una sinagoga y expulsó un demonio. De manera abreviada, el autor asegura que esta tarea era constante en el Maestro, y quizás característica. Las sinagogas de Galilea, alternadamente, recibieron su visita, su prédica y sus milagros. Muchos estudiosos consideran que el Jesús de Marcos es la imagen de un líder más entre tantos de los que circulaban en aquella época, con un grupo de seguidores, que no pretendía la rotura con la religión, pero sí una renovación de la misma. Es la imagen de un cristianismo sectario entre las otras sectas (fariseos, saduceos, esenios, zelotas), mimetizado en el ambiente.
Es cierto que Jesús no viene a romper con la historia humana de su pueblo, pero al mismo tiempo, es cierto también que Jesús viene a romper con varias cuestiones establecidas, y de alguna manera, rompe con la historia. Esto queda reflejado en el versículo 22, cuando todos quedan asombrados por su doctrina, una doctrina nueva según el versículo 27. En Mc. 6, 2, cuando Jesús predica en la sinagoga de su pueblo, Nazareth, al principio es la misma sensación la que encontramos en sus paisanos: “La multitud, al oírle, quedaba maravillada, y decía: ¿De dónde le viene esto? y ¿qué sabiduría es esta que le ha sido dada? ¿Y esos milagros hechos por sus manos?”. Si bien su incursión en Nazareth no termina siendo un éxito, es la misma primera reacción del pasaje de hoy lo que les sucede a sus compatriotas.
Es novedad lo que dice el Maestro, pero no cualquier novedad, sino la novedad que nace de la autoridad. Muchos pueden enseñar cosas nuevas que han escuchado a otros y que son nuevas para estos oyentes específicos, pero la novedad de Jesús es grande, es novedad para todos, para cualquier oyente en cualquier lugar del mundo, y no es noticia escuchada en otros labios, sino que nace de Dios, nace de la autoridad. Quien habla con autoridad es aquel que tiene capacidad o poder para hacerlo, y para ello es necesario haber aprehendido algo o ser autor de ese algo. Los escribas hablaban con cierta autoridad cuando enseñaban porque los conocimientos que transmitían habían sido asimilados por ellos, pero Jesús habla con una autoridad superior porque es autor de lo que dice; nadie nunca lo ha dicho porque nadie nunca ha tenido el poder de decirlo. En el fondo, este relato de Marcos es otra declaración cristológica (esta vez sobre el poder de Jesús) que se suma a las anteriores:
- Mc. 1, 1: Cristo, Hijo de Dios.
- Mc. 1, 2-8: Mesías esperado, verdadero bautista, el más fuerte.
- Mc. 1, 9-11: depositario del Espíritu de Dios, Hijo amado de Dios.
- Mc. 1, 12-13: vencedor de las tentaciones, restaurador del Paraíso.
- Mc. 1, 14-20: profeta del Reino de Dios, origen de las vocaciones.
- Mc. 1, 21-28: Maestro con autoridad, exorcista con el poder de Dios, liberador de los males.
La ruptura de Jesús con el modelo religioso israelita, a través de una novedad expuesta con autoridad, es un tema que será retomado por Marcos al final del capítulo 2 y principios del capítulo 3. La clave de los relatos está en el día en que suceden: sábado. El sábado (sabbát en hebreo) es una institución social judía, y desde Éxodo lo encontramos como decreto divino: “Recuerda el día del sábado para santificarlo” (Ex. 20, 8), repitiéndose su importancia en Ex. 23, 12 y Dt. 5, 12, asociándolo a la liturgia en Lev. 23, 3, con el fundamento teológico en la Creación, cuando Dios descansa al séptimo día (cf. Gen. 2, 2-3). La raíz de sabbát significa parar, descansar. Al principio, el sábado era un día dedicado a Dios y funcionaba como verdadera institución de protección a los más débiles, pues cesando el trabajo ese día, descansaban los esclavos y hasta los animales. Con el tiempo, el sábado se convirtió en un día en el que nada podía hacerse, llegando los rabinos a prohibir treinta y nueve clases de trabajo, inclusive limitando la cantidad de kilómetros que se podían caminar. Así, el sábado abandonó su esencia y comenzó a significar el aparato de opresión religiosa judía. Todas las legislaciones del sábado representan las demás exageraciones de interpretación de la Ley, que ya no sirven para liberar al hombre (para proteger a los más débiles), sino para oprimirlo (quien no respeta las excesivas reglas del sábado no es un buen judío). Cuando Jesús realiza acciones en sábado está expresando su novedad y su ruptura con el sistema opresor de la religión de las reglas. Esa autoridad que ejerce con poder el Maestro le da la potestad de enseñar lo nuevo y de criticar el sábado, porque “el Hijo del hombre también es Señor del sábado” (Mc. 2, 28b). El poderío del Hijo de Dios viene a traer la liberación, viene con la libertad que el hombre ha perdido.
¿Por qué asombraba tanto el discurso de Jesús? Porque habla de la libertad. Los grandes difusores de la libertad humana, cristianos y no cristianos, han sido admirados. Jesús causa asombro, estupor. Su mensaje es el de una libertad que asusta, porque conlleva responsabilidades. Algunos prefieren la reglamentación rabínica, donde todo está estipulado, porque así no hay que pensar demasiado, sólo hay que actuar cumplimentando una serie de normas que, hablando comercialmente, mantienen contento a Dios, a manera de pago o tributo. La libertad cristiana, la libertad que predica el Maestro, es maravillosa y peligrosa, pues no hay normas específicas, sino la ley superior del amor, y como nos cuesta amar, entendemos que ya no será tan fácil comerciar con Dios, que no consiste la salvación en entregar esto a cambio de aquello, sino en amar deliberadamente. Jesús, con autoridad, no invita a amar, porque Dios nos amó primero (cf. 1Jn. 4, 19), Él es el autor del amor y nuestra referencia exclusiva para amar. ¿Quién puede traer un amor tan nuevo como eterno? Sólo quien eternamente es amor. La religión de Jesús es la religión del amor, y por eso el sábado de los rabinos, símbolo opuesto de amor, es confrontado por el Maestro, confrontando así una religión que ha comercializado el amor, que transferido al prójimo y a Dios a una compleja ecuación de cosas que se deben y cosas que no se debe hacer. Jesús es un hombre de su pueblo, un israelita, un comprometido con la historia humana, pero también es la ruptura con esa historia de opresión que ha transformado a Dios en una imagen mercantilista alejada de la realidad. Jesús habla con autoridad porque trae el rostro verdadero de Dios, el rostro del amor libre.
Las actividades misioneras, a veces, terminan predicando un sistema religioso judío antes que el amor libre de Jesús, y la misión no libera, sino que oprime. Es una tentación, siempre lo fue y lo será, la de depositar en un grupo de personas leyes que, bajo el pretexto de responsabilidad (si hacen esto o aquello es porque son responsables), paradójicamente se la quitan, porque ya no actúan responsablemente, sino por obligación nacida del temor o la ignorancia. Los obligados por temor creen en el Dios mercantilista fariseo, que a cambio de buenas acciones salva. Los obligados por ignorancia acatan sin demasiadas preguntas, por facilidad, porque ya está dicho lo que se debe hacer. Ambos obligados no son libres, no ejercen la plenitud de su libre albedrío, no son responsables, sino obligados.
Un mensaje misionero liberador no es una prédica de libertinaje, sino una prédica de responsabilidad. Jesús nos llama a tomar las riendas de nuestra vida para amar con convicción y con el corazón, para que la salvación no sea un comercio, sino una expresión más de amor. El misionero obsesionado con hablar a las gentes sobre preceptos, mandamientos y morales, culmina restringiendo la libertad a dos opciones: pertenecer a un determinado sistema religioso (iglesia, por ejemplo) o ser excluido y, por lo tanto, no salvo. El misionero obsesionado con la libertad, abre el abanico de opciones a las diversas maneras de amar. No se trata de elegir ser salvo o no, se trata de elegir el amor o rechazarlo, pues rechazando el amor rechazo la comunión con Dios que es amor.
No hablará con autoridad ni con novedad el misionero de las reglas, porque todo es regla en el mundo, inclusive la regla de que “todo vale”. Será novedad el mensaje que diga lo que Jesucristo dijo, que con su autoridad promulgue la libertad. El mundo habla de la libertad, pero superficialmente, como si se tratase de no estar tras las rejas o alabando el sistema de vida capitalista en el que somos libres para aumentar la brecha entre ricos y pobres, supuestamente progresando. La libertad cristiana será siempre una novedad, y es fundamental no olvidar eso, para no caer en el error de ocultar la Buena Noticia porque parece ni tan buena ni tan nueva. El Evangelio es el mejor mensaje que cualquier hombre o mujer pueden oír, y la libertad en Cristo es la auténtica libertad a la que cualquier ser humano puede aspirar.
Este es un espacio para hablar de la misión y para hablar de la Palabra de Dios. Los no cristianos, espero, encontrarán una lectura actual de la Biblia que puede ser aplicable a la vida cotidiana. Los cristianos no católicos, espero, podrán establecer comunión en la Palabra y en el deseo de anunciar la Buena Noticia. Los católicos, espero, nos acompañaremos leyendo el decir de Dios y haciendo la misión.
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