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Misioneros sin pan / Décimoquinto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B – Mc. 6, 7-13 / 15.07.12

7 Entonces llamó a los Doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros. 8 Y les ordenó que no llevaran para el camino más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero; 9 que fueran calzados con sandalias, y que no tuvieran dos túnicas. 10 Les dijo: “Permanezcan en la casa donde les den alojamiento hasta el momento de partir. 11 Si no los reciben en un lugar y la gente no los escucha, al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos”.

12 Entonces fueron a predicar, exhortando a la conversión; 13 expulsaron a muchos demonios y curaron a numerosos enfermos, ungiéndolos con óleo. (Mc. 6, 7-13)

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Jesús llama a los Doce, grupo que ya ha sido instituido en Mc. 3, 14-19 y que ha vuelto a aparecer en Mc. 4, 10, para iniciar algo distinto. Sabemos que será algo distinto por el contexto de excomunión de la sinagoga que precede a esta escena. Y porque Jesús ya ha logrado reinventar su ministerio sobre el Reino de Dios otra vez, cuando decidió separarse de Juan el Bautista para comenzar su camino propio por Galilea. Es decir que en los momentos complicados, cuando parece que el proyecto del Reino está ahogado, Jesús encuentra la manera de proyectarse, redoblar la apuesta, y conseguir una visión mejorada y una concreción superadora del mismo Reino. Cuando fue necesario abandonar al Bautista, Jesús pasó del Reino en el desierto al Reino en medio de los galileos, del ayuno a la comida compartida; en este caso, cuando se vuelve necesario abandonar la idea de reconvertir a la sinagoga, porque la sinagoga está empecinada en continuar así, sin respuesta liberadora, Jesús es capaz de cimentar su movimiento en doce personas que no son profetas reconocidos, que no son de la clase sacerdotal ni que tampoco forman un colegio de escribas.

Esta reinvención de Jesús abre la puerta al camino itinerante fuera de Galilea, entre los paganos, y en una visión un tanto más universalista. Esto no quiere decir que, históricamente, Jesús haya tenido una conciencia plena de la misión a los paganos y de la universalidad transnacional de la Buena Noticia, pero sí había gérmenes de ambas cuestiones. Estos gérmenes, en la pluma literaria de Marcos y en el análisis posterior de la Iglesia, son suficientes para elaborar la idea de la misión. Al ser rechazado por la sinagoga (al ser las comunidades cristianas rechazadas por el judaísmo), Jesús puede asimilar la expansión del Reino sin límites (la Iglesia puede misionar entre paganos). Esta presentación de Marcos de la ruptura seguida de misión, es una validación de la práctica eclesial que, seguramente, ya está en funcionamiento en su comunidad: excomulgados del judaísmo, los cristianos encuentran en el paganismo terreno fértil para comunicar y compartir el Evangelio.

Los Doce son, en este caso, testigos y fundamento. Hay que recalcar que Marcos no es un fanático del grupo de los Doce. No los considera súper-apóstoles ni hombres por encima de la media. Para el autor, los Doce son un símbolo de inicio del movimiento eclesial, con las características básicas: comunión, apostolicidad, liberación. Así debe ser la Iglesia; esas deben ser sus notas fundamentales. La Iglesia tiene que vivir en comunión, deber ser apostólica en el sentido centrípeto de expansión y comunicación de la Buena Noticia, y debe liberar al ser humano (de los espíritus impuros, del mal, de la enfermedad, de la religión perversa).

Como todos los oyentes/lectores de Marcos saben, los Doce han compartido la cena final del Maestro (cf. Mc. 14, 17), y esa es quizás la única característica distintiva de ese grupo respecto al resto de los discípulos; pero esta distinción no es jerárquica (como lo entenderá la Iglesia posterior, fundamentando que unos estén sobre otros a partir de la última cena compartida), sino que se trata de una distinción a la manera de los patriarcas de Israel. El judaísmo sabe que hubo un solo Abraham, por ejemplo, y nadie puede adjudicarse ser la continuación de Abraham en detrimento de los otros judíos, porque todos descienden de allí, de ese padre de la fe. De la misma manera, el grupo de los Doce son los patriarcas de la Iglesia, y nadie puede adjudicarse el ser la continuación de los Doce, porque toda la Iglesia es continuación de los Doce, de nuestros padres en la fe, de los primeros testigos. Los Doce son testigos históricos, avales de la historia de Jesús de Nazaret, pero también son símbolo de Iglesia, modelo que los creyentes posteriores están invitados a imitar y superar.

Estos Doce son los primeros en recibir un mandato misionero. Como modelo eclesial, Marcos recuerda a los suyos que Jesús mismo, al cortar lazos con la sinagoga, decidió proyectar su movimiento del Reino. Este pequeño envío, posiblemente reúna leyes de misión que habrían circulado entre las comunidades cristianas y que el autor injertó en esta sección. No son leyes únicas, ya que cada comunidad las fue adaptando a su contexto, pero sí revelan la existencia de una forma de evangelizar. Y se revela una organización que en la comunidad de Marcos generó tensiones: la división entre los carismáticos itinerantes y las iglesias de las casas. Más adelante abordaremos esta disputa, pero vale ya entender que era una amenaza a la comunión.

Los Doce son enviados en parejas, posiblemente reproduciendo la práctica cristiana ya instaurada. La necesidad de ir de dos en dos puede ser psicológica (el apoyo que uno da al otro), puede ser de seguridad (los largos caminos a recorrer implicaban el encuentro con bandidos y fieras salvajes) o puede ser legal (según la ley judía, un testimonio es válido cuando cuenta con, por lo menos, dos testigos). El simbolismo de las parejas misioneras es una reproducción a escala de la comunión eclesial. El Evangelio es un mensaje y una realidad que implican la vida comunitaria y el sentido comunitario.

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Las indicaciones para las parejas misioneras constituyen un listado de acciones y omisiones que se deben y no se deben hacer. Esta legislación misionera puede tener una conexión con las indicaciones que la Mishná da a los que peregrinan al Templo de Jerusalén: “No se debe ir al monte del Templo con un bastón, con zapatos ni con la faja del dinero, no con los pies empolvados”. Estas indicaciones para el peregrino podrían ser la inspiración de las indicaciones para el misionero. No precisamente en su contenido, sino en la idea de que debe haber una manera de peregrinar, una forma de ir en nombre de Dios. Lo que se lleva y lo que no se lleva, lo que se hace y lo que se deja de hacer, permite al otro identificar al peregrino. El peregrino es un símbolo que transmite, andando, un mensaje.

Lo que tienen permitido llevar es un bastón. Para algunos comentaristas, el permiso del bastón es propio de un caminante que recorrerá largos caminos polvorientos y rocosos. El bastón es la ayuda, el apoyo. Para otos, el bastón es un arma que permite al peregrino defenderse de los peligros del camino, de las fieras salvajes y hasta de los bandoleros. En ambos casos, no habría mayor simbolismo que desentrañar. Pero si recordamos Ex. 12, 11, en el contexto de la cena pascual, podemos leer: “Deberán comerlo así: ceñidos con un cinturón, calzados con sandalias y con el bastón en la mano”. En este caso, el bastón es la predisposición a la Pascua, al paso de Dios. Con el bastón en la mano se está dispuesto a salir cuando sea necesario, cuando se cumpla el tiempo. Los apóstoles deberían ser así, predispuestos a salir, listos para emprender la marcha, para mantenerse en movimiento. Esa libertad para desplazarse les confiere autoridad; la autoridad propia de los seres humanos libres; por lo que el bastón también podría ser símbolo de autoridad, como el báculo o el cetro lo representan para el rey.

Lo que no pueden llevar las parejas misioneras es pan, alforja ni dinero. El pan al que se refiere el texto, posiblemente sea el pan clásico de harina y agua en forma redonda, propio de los peregrinos. La alforja es una bolsa de piel o de cuero donde los viajeros guardaban sus provisiones. El dinero está designado en el texto original en griego como calkos, que significa cobre. En un principio, el vocablo designaba sólo al metal en sí, pero luego se lo utilizó para nombrar a los objetos hechos con cobre, incluyendo algunas monedas. Por supuesto, Jesús no habla de monedas de plata ni de oro, sino de cobre, que eran las de menor valor. Los tres objetos prohibidos (pan, alforja y dinero) constituyen un conjunto de necesidades básicas que cualquier viajero o peregrino no dudaría en tomar instantáneamente antes de salir. La comida, algo para llevar las cosas y un poco de dinero, aún hoy en día, son el equipamiento básico para desplazarse. Pero en el contexto del Evangelio según Marcos, es conveniente no llevar estas cosas que pueden encontrar solución en la solidaridad de alguna casa. Las parejas misioneras, como veremos más adelante, recorrerán casa por casa, y en esas casas deberán recibir el sostén para seguir caminando. Así como van, no son dueños de nada, y dependen completamente de los otros.

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Las sandalias están permitidas para los misioneros. Habitualmente, se trataba de una suela de madera que se ataba al pie. Las túnicas (chiton en griego), de las que no se pueden llevar dos, son el vestido interno, el que va inmediatamente pegado al cuerpo, por debajo de otras posibles vestiduras, como una capa (jimation). Era una prenda de algodón o de lino, usualmente sin costuras, y barata. En cierto sentido, podría equivaler a lo que hoy denominamos ropa interior, porque podía decirse que alguien estaba desnudo si sólo se lo veía vistiendo su chiton.

El permiso para llevar sandalias, además de evitar las lastimaduras de los pies por el tipo de camino, recuerda el simbolismo de la autoridad, nuevamente. Los hombres libres son los que tienen permitido usar calzado. Estos misioneros/peregrinos viven su libertad en el camino, y son dueños de sí mismos. En su libertad, paradójicamente dependen de los demás, viajando sin pan ni dinero, y sin otra túnica para cambiarse o para permanecer en algún lugar. Tienen que seguir en el camino, andando, deteniéndose en las casas lo justo y necesario, pero conservando la esencia del peregrino, que vive en marcha.

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La Iglesia de Marcos tenía un problema muy particular: la disputa entre los carismáticos itinerantes y las iglesias de las casas. Los primeros eran cristianos que vivían en los caminos, recorriendo pueblos y aldeas con una vivencia radical del modelo inicial de Jesús de Nazaret, en constante movimiento, con manifestaciones carismáticas (exorcismos, curaciones) y predicación del Evangelio. Las iglesias de las casas estaban constituidas por cristianos que, debido a su condiciones laborales o familiares, no podían desprenderse de toda su historia para salir a los caminos, por lo que se reunían regularmente en las casas a celebrar la vida del Reino y a tratar de implantarlo desde su cotidianeidad, sus obligaciones y relaciones de todos los días, siempre en el mismo lugar.

No hace falta ser historiador eclesiástico para darse cuenta del conflicto que surge aquí. Mientras los carismáticos itinerantes se atribuyen su mayor cercanía a Jesús y, por lo tanto, solicitan un trato preferencial como referentes de autoridad en la Iglesia, las iglesias de las casas defienden su espacio como propio, sin aceptar injerencias de itinerantes que no viven constantemente con ellos y no conocen a fondo la realidad cotidiana. Mientras las iglesias de las casas están más al resguardo de las posibles represalias judías y romanas, por practicar un cristianismo más secreto, los carismáticos itinerantes sufren la persecución y el martirio por encontrarse mucho más expuestos. Esta tensión, obviamente, explotó, y amenazó la comunión eclesial de la comunidad de Marcos. Es así que gran parte del libro de este autor está orientado a resolver el conflicto y dar una vía de escape. De Marcos depende la posibilidad de crear una síntesis entre ambas corrientes eclesiales, fundamentada en la praxis de Jesús de Nazaret, y que tenga futuro viable. Es así que en su Evangelio, hay alta probabilidad de que el grupo de los Doce represente y exhorte, en algunos aspectos, a los carismáticos itinerantes, y las escenas que suceden en las casas representen y exhorten, en algunos aspectos, a las iglesias locales.

Una de las vías de solución está en que los carismáticos itinerantes se alojen en las casas cuando hacen su recorrido, y que la comunión se manifieste en esa hospitalidad que los discípulos del camino pueden hallar en las iglesias locales. Por eso no hace falta llevar dinero, alforja, pan o dos túnicas; la comunión eclesial se encargará de abastecer. Esta eclesiología, esta propuesta, sólo es viable si las relaciones se dan en un plano de igualdad, donde los carismáticos itinerantes no se creen superiores ni las iglesias locales se creen la única forma de cristianismo.

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Si estas parejas misioneras se encuentran con grupos de personas resistentes al Evangelio, hay que seguir viaje y sacudirse el polvo. Hay una doble interpretación del gesto. En primer lugar, puede ser un signo de que el fracaso no importa, que se sigue adelante y uno se saca de encima esa sensación de haber perdido. En segundo lugar, y quizás con la intención principal de este versículo, el gesto significa la diferenciación del otro. El misionero sacude el polvo como el judío sacudía sus sandalias al volver a su patria desde un territorio pagano. De esta forma, unos se diferencian de los otros. Los que aceptan el Evangelio y lo comunican, de aquellos que lo rechazan.

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La misión de los Doce se configura como continuación de la misión de Jesús, quien también predica (cf. Mc. 1, 14-15), exorciza (cf. Mc. 1, 21-27) y sana (cf. Mc. 1, 29-34). La exhortación a la conversión también recuerda a Mc. 1, 15. Los Doce no se inventan nada, sino que continúan algo comenzado por el Maestro. Esa continuación será realizada creativamente, pero con fidelidad al proyecto del Reino.

Jesús no va con ellos, sino que los envía solos. Podemos percibir un componente post-pascual en el relato, como misionología de las primeras comunidades. Jesús ya no está físicamente con ellos, tampoco poseen los medios terrenos para instaurar un reino frente al gran Imperio Romano, sin embargo, el Reino de Dios se materializa desde la predicación, el exorcismo y las curaciones, desde el no tener nada, ni siquiera pan o alforja, desde lo itinerante, desde la comunión de las casas que los reciben. Y si bien Jesús ya no está físicamente, su presencia se ha transformado y permanece por el fundamento del testimonio de los Doce, por los signos que siguen acompañando a la Iglesia y que caracterizaban a Jesús, por un mensaje de esperanza que es Buena Noticia, por el mal que es derrotado, por los varones y mujeres que son liberados de sus enfermedades.

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Tal vez, avanzando y arriesgando en la interpretación, puede que la unción con aceite transmita algo sobre la presencia post-pascual de Jesús en la comunidad eclesial. Consideremos que Jesús curaba de diversas maneras: con contacto directo, sólo de palabra o con medios físicos; pero los Doce lo hacen a través de una sustancia específica, a través de un sacramento, porque no es el aceite lo que cura, sino el poder de Dios. El gesto de la unción aparece como acto sacramental, que no reemplaza la presencia física de Jesús, sino que la re-significa y transforma para hacer presente su poder de una manera diferente.

Esto no tiene que ver con los posteriores siete sacramentos de la Iglesia Católica, sino con el espíritu sacramental de la Iglesia, que no es algo meramente católico, sino también protestante. La Iglesia toda es un signo visible de la Trinidad, y como tal, es un gran sacramento. Luego, la acción de la Iglesia es un sacramento de la acción de Dios. Esa es la gran responsabilidad eclesial que no se puede eludir, y que nos obliga a vivir como sacramentos, a manifestar al mundo el Evangelio con lo que hacemos y con lo que decimos, como si fuésemos el óleo que unge el universo.

Un alto de vida en el camino de la muerte / Segundo Domingo de Cuaresma – Ciclo B – Mc. 9, 2-10 / 04.03.12

2 Seis días después, Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevó a ellos solos a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos. 3 Sus vestiduras se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo podría blanquearlas. 4 Y se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.

5 Pedro dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. 6 Pedro no sabía qué decir, porque estaban llenos de temor. 7 Entonces una nube los cubrió con su sombra, y salió de ella una voz: “Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo”. 8 De pronto miraron a su alrededor y no vieron a nadie, sino a Jesús solo con ellos.

9 Mientras bajaban del monte, Jesús les prohibió contar lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. 10 Ellos cumplieron esta orden, pero se preguntaban qué significaría “resucitar de entre los muertos”. (Mc. 9, 2-10)

 

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Seis días después de la confesión de fe de Pedro, de la reprimenda contra el mismo Pedro y el llamado profundo y radical a dejarlo todo (perder la vida) para seguir a Jesús en discipulado, ocurrirá el episodio de la transfiguración. Estos seis días encierran un significado simbólico en el que los comentaristas no logran ponerse de acuerdo. Una posibilidad es que la transfiguración quede situada en un séptimo día, día de plenitud, día de Dios. Otra opinión identifica los seis días después con el séptimo día en que Yahvé dirige su voz a Moisés cuando sube al monte (cf. tradiciones de Éxodo 24). Finalmente, algunos sostienen aún que se trata de una mera referencia histórico-literaria, sin mayores connotaciones. Pero difícilmente pueda sostenerse esa hipótesis. Detrás de todo el relato de la transfiguración hay simbolismos, y hasta se puede sostener la probabilidad de que la perícopa fuese, en un principio, un relato de aparición pascual, de Jesús Resucitado que se aparece en el monte a algunos discípulos (o sólo a Pedro). Marcos habría tomado este relato pascual para introducir, en el camino a Jerusalén, una visión anticipada (pero conocida por sus lectores) de la gloria que subsiste en el Jesús terreno amenazado y camino a su crucifixión. Entre los Evangelios Apócrifos, el Apocalipsis Etíope de Pedro y Pistis Sophia sitúan la escena tras la pascua.

Este Jesús que siguen Pedro, Santiago y Juan muere en una cruz, es un escándalo mesiánico, pero es Hijo de Dios. En la paradoja de su muerte está la verdadera vida. La transfiguración es una escena enclavada en el camino a Jerusalén como está enclavado el hecho pascual en la vida del cristiano, a pesar de que todo alrededor parezca sombras y tinieblas. A pesar del martirio, el discípulo tiene esa certeza del monte de la transfiguración, de haber experimentado un gozo que supera cualquier gozo, de haber vivido un bienestar extremo. Pedro, Santiago y Juan son los tres discípulos que comparten en intimidad con el Maestro el milagro de la hija del jefe de la sinagoga (cf. Mc. 5, 37), la transfiguración, la explicación sobre los signos de los últimos tiempos (cf. Mc. 13, 3 junto a Santiago) y la oración agónica en Getsemaní (cf. Mc. 14, 33). Están en las situaciones límite de muerte-vida, como testigos privilegiados, pero si se quiere, también como alumnos difíciles, que deben presenciar de cerca el verdadero poder de vida de Jesús para comprender bien su mesianismo. Sobre todo Pedro.

Para ello suben a un monte elevado. Los lugares elevados son, bíblica y antropológicamente, los espacios privilegiados de las teofanías. En lo alto entra en contacto el ser humano con Dios, y en lo alto se transforma la esencia. Una discusión hermenéutica de siempre, respecto a la transfiguración, es dónde situar la perspectiva de lo humano-divino: ¿la transfiguración es la exaltación de la humanidad que puede glorificarse, o es la demostración de lo divino que se ha humanizado? En el esquema general del libro de Marcos, la transfiguración une, simbólicamente, dos eventos principales como lo son el bautismo en el Jordán (donde también se oye la voz del Padre, cf. Mc. 1, 11) y la tumba vacía (donde también hallamos vestiduras blancas, en un joven, cf. Mc. 16, 5). Principio y final, final y recomienzo. El ser humano que se descubre Hijo de Dios y el Hijo de Dios que, muerto como un humano, deja la tumba vacía. Es difícil determinar cuál es la perspectiva de lo humano-divino, aunque parece imbricado.

 

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Las vestiduras blancas resplandecientes son la imagen más adecuada que encontró el autor para describir lo que le sucede a Jesús en el monte. Es, quizás, una descripción gráfica de un suceso que no fue gráfico. Pero para el lector es fácil asociar la luminosidad blanquecina extrema con lo divino, lo celestial. Y por ello, para la comunidad de Marcos, también es fácil asociarlo con lo pascual, con la tumba vacía.

Este es un blanco que excede cualquier blanco conocido. Según la descripción original en griego, ningún batanero (gnafeus en griego) podía dejar una vestidura tan blanca como esa lo estaba. El batanero (o tundidor, o cardero) tenía como profesión el cardado de la lana, el frisado de los paños y la limpieza de las ropas sucias.

 

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La aparición de Elías y Moisés en la escena de la transfiguración es un rompedero de cabezas para la exégesis. Por varias razones se puede justificar la presencia de ambos, e inclusive por esas varias razones resulta que unas contradicen a otras. Al tratarse de una escena que une lo divino con lo humano a manera de teofanía, resulta lógico que de los personajes veterotestamentarios, Elías y Moisés sean los preferidos, pues ambos, según la tradición bíblica y/o judía, no han muerto y han sido enterrados, sino que habrían sido arrebatados al cielo, y estando en el cielo, en un estado distinto al de la muerte, pueden volver en cualquier momento. Esto sienta la primera base para su presencia en el monte de la transfiguración. Pero literaria y apocalípticamente, no hay textos claros, de la época de Marcos ni anteriores, que relacionen los últimos tiempos con la llegada de los arrebatados Elías y Moisés. Esto dificulta la comprensión sobre su inclusión.

De Elías sabemos que era un profeta fiel defensor del yahvismo en medio de un Israel seducido por los dioses de otras naciones. La historia deuteronomista lo presenta como el pilar principal de resistencia ante el avance de los altares profanos y del culto a Baal. Es una especie de caudillo profético, y por ello, su historia se hace leyenda y muy querida por la fe popular israelita. Cuando la leyenda se puso por escrito, reunió diferentes relatos que se añadieron al libro de los Reyes formando lo que los biblistas llaman el ciclo de Elías. Si nos centramos en su presencia en la transfiguración, podemos identificar como elementos de conexión su condición profética (que se inserta en el camino de Jesús profeta hacia la cruz), su arrebato (está vivo en la esfera de lo divino), la revelación de Yahvé que recibe en la brisa suave del monte Horeb (cf. 1Rey. 19, 12-14, mismo monte donde Moisés habla con la zarza ardiente de Ex. 3, 1-12), y la tradición apocalíptica que vincula el regreso de Elías con los últimos tiempos (cf. Mal. 3, 23).

En cuanto a Moisés, debemos entenderlo como la figura clave de la historia israelita. Moisés es el dador de la Ley, de las disposiciones litúrgicas, del código de vida. Moisés es el primer y más grande caudillo, el liberador de Egipto, el profeta por excelencia, el líder del pueblo y formador de pueblo, el que entra en contacto directo con Dios para hablar cara a cara. Moisés es el héroe nacional, y si viene un Mesías para los últimos tiempos, entonces debería ser como Moisés. En el capítulo 24 del Éxodo, Moisés sube al monte con tres acompañantes que tienen nombre propio (como Pedro, Santiago y Juan), y en ese monte la voz de Dios se dirige a Moisés, como revelación, como teofanía hablada. Algunas teologías judías con tendencia helenística afirmaban que Moisés, sobre el monte, se había convertido en una especie de hombre divino, transformado (transfigurado) por el contacto estrecho con Dios.

 

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Pedro propone a Jesús armar carpas (skene en griego) para establecerse allí. Skene puede traducirse como carpa, pero también como tienda o tabernáculo. Esto da pie para pensar que en el trasfondo de la escena de la transfiguración está el memorial de la Fiesta de los Tabernáculos judía. Según el libro del Levítico, Yahvé dijo a Moisés lo siguiente: “En el séptimo mes la celebrarán. Durante los siete días habitarán en tiendas” (Lev. 23, 41b-42a).

Detrás de esta celebración se encontraba una tradición agrícola, como para la mayoría de las celebraciones de los pueblos de la antigüedad. La fiesta marcaba un ritmo cronológico, que si bien no se ubicaba en el estricto principio del nuevo año (correspondiente a la fiesta de Rosh Hashanah), estaba en los inicios, y además cerraba un ciclo con la cosecha y recolección para comenzar otro de siembra. Era una fiesta de fin y comienzo, una fiesta de los ciclos, si se quiere. Será la corriente profética la que traducirá ese fin y comienzo de año en fin y comienzo de era mesiánica. Cuando el Mesías llegue para instaurar el Reino definitivo, se celebrará la mayor Fiesta de los Tabernáculos; una fiesta eterna. Esta relación con la cosecha y la recolección justifica la inclusión de ritos de fecundidad en la celebración. Uno de los ritos reconocidos consistía en agitar ramas y palmas (cf. 2Mac. 10, 7), otro eran las libaciones de agua. La tradición profética reinterpretó estos ritos en un sentido mesiánico. Isaías, por ejemplo, dirá que “todos los árboles del campo batirán palmas” (Is. 55, 12b) al final de los tiempos, mientras Zacarías asegurará que en el Día de Yahvé “manarán de Jerusalén aguas vivas” (Zac. 14, 8). Pero no sólo lo agrícola se manifestaba en esta Fiesta, sino sobre todo la dimensión nacionalista, de identidad y de celebración de haber sido reunidos por Dios para conformar Su pueblo. Todas las tribus de Israel debían reunirse para los tabernáculos, todas debían celebrar lo mismo, todas debían recordar el éxodo y la vida en el desierto con el mismo espíritu. Y tras la victoria escatológica del Dios de Israel sobre los pueblos paganos, el mundo entero, postrado ante Yahvé, se uniría a los Tabernáculos judíos. Eso deja entrever Zac. 14, 16: “Los supervivientes de todas las naciones que atacaron Jerusalén subirán de año en año a postrarse ante el Rey Yahvé Sebaot y a celebrar la fiesta de las Tiendas”.

La posibilidad de un trasfondo con los Tabernáculos en la transfiguración tiene que ver con el sentido mesiánico del momento en el Evangelio según Marcos. Los últimos tiempos reúnen al Mesías, a Moisés y a Elías en un monte elevado, en la esfera de lo divino. La particularidad es que toda esta manifestación mesiánica está enclavada en un camino hacia la muerte. No se manifiesta la gloria así sin más, o tras una victoria épico-apocalíptica, sino como estación de un sendero que va hacia la cruz. Jesús re-significa los Tabernáculos, quitándole su carga bélica. El Mesías no ha venido a derrotar con espada, como los reinos de la tierra, sino a manifestar el amor de Yahvé para con sus Hijos, que en eso consiste el Reino de Dios. Aunque la manifestación de ese amor lo lleve al martirio. Pedro quiere quedar en las alturas, pero Jesús sabe que el camino de la humanidad continúa, y que muchos de esta humanidad terminan en la cruz, como Él. La comunidad de Marcos no puede ser como Pedro, ciega del camino que hay por recorrer. No puede celebrar unos Tabernáculos de derrota armada del otro, sino los Tabernáculos de la comunión, de la vida compartida, del martirio con sentido. No se puede quedar en las alturas de discusiones vanas o de liturgias vacías, sino que debe bajar del monte para seguir camino. Porque originariamente, los Tabernáculos eran la fiesta del pueblo peregrino, que vivía en carpas mientras atravesaba el desierto. Allí está el sentido original: formar pueblo, formar comunidad.

 

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Los discípulos están ekfobos: totalmente espantados, llenos de inmenso temor. Es lo propio de las teofanías y las manifestaciones divinas. Ese enfrentamiento a lo netamente superior es lo que justifica el desvarío de Pedro al proponer armar las tiendas.

 

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Éxodo y Números son los libros que más recalcan la presencia de Yahvé como una nube que guía durante el día el peregrinar en el desierto del pueblo de Israel. Si la nube se detenía, Israel se detenía y acampaba. Cuando la nube se elevaba, levantaban el campamento y seguían viaje. Aquí es un símbolo más en la teofanía. Un símbolo divino. La nube anticipa y hace presenta a Yahvé en la escena. Esta es la cima del relato, la máxima expresión, su centro. Lo que sucede en este versículo es lo que realmente importa para el autor. Dios tiene una palabra para decir, una palabra sobre su Hijo, sobre Jesús, al igual que lo hizo en el bautismo en el Jordán. La voz de Dios es importantísima en cuanto no aparece frecuentemente en el libro. Sus apariciones son la validación de la identidad de Jesús. Los que la oyen (los que la leen o escuchan como relato posterior) pueden dar fe que Jesús es el Hijo de Dios, y sobre todo que hay que escucharlo. Así se introduce en la transfiguración un tema discipular por excelencia: el discípulo verdadero escucha a su Maestro, lo oye en profundidad, lo entiende, lo busca comprender. Moisés había prometido que Yahvé suscitaría un profeta como él a quien Israel debía escuchar (cf. Dt. 18, 15). Y Dios respalda esto en Jesús: escúchenlo. Las palabras de Jesús se validan como Palabra de Dios. El Evangelio del Reino que predica Jesús es el anhelo profundo de Dios, el verdadero deseo para la humanidad.

 

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Este versículo marca el final de la transfiguración. Sucede de manera abrupta. De repente, ya no hay visitantes ni nube ni voz celestial ni vestiduras blancas. Todo vuelve a la normalidad. La cumbre se había alcanzada con la nube y la voz de Dios, pero ahora hay que seguir camino. En Jerusalén espera la oposición cruda y cruel.

 

9

Jesús prohíbe contar un hecho maravilloso/milagroso que aclara su identidad. Estamos de nuevo ante el secreto mesiánico característico de Marcos. Esta vez se dirige a sus discípulos. No pueden hablar de la transfiguración hasta que el Hijo del Hombre resucite. La expresión está, literariamente, en una voz pasiva que relata en tercera persona algo que Jesús habría dicho. Marcos no cita la frase que habría utilizado el Maestro para hablar a sus discípulos de su propia resurrección. Se menciona al Hijo del Hombre y a la resurrección, pero los discípulos no parecen dimensionar lo que se está revelando.

Ciertamente, con la resurrección y la Pascua se entiende la transfiguración, y los lectores de Marcos conocen el episodio de la tumba vacía. Lo que la escena está gritando por lo bajo es que no se puede obviar el hecho pascual al oír/leer este relato. Hay una ventaja táctica para la comunidad cristiana posterior a los discípulos galileos: ya conocen el desenlace, ya pueden hablar de lo que se vivió arriba del monte porque el Hijo del Hombre ya resucitó de entre los muertos. Los oyentes/lectores de Marcos pueden comprender mejor la transfiguración que Pedro, Santiago y Juan en su momento.

 

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Pedro, Santiago y Juan acatan la orden de no hablar sobre lo vivido arriba del monte, pero están confundidos. No saben qué es eso de la resurrección de entre los muertos. No saben o no terminan de entenderlo. La esperanza en una resurrección de los justos existía en el judaísmo. Quizás, lo que no pueden comprender es que Jesús hable de resucitar (lo que implica morir) cuando ha experimentado el apoyo incondicional de su Padre y el aliciente de estar con Moisés y Elías. A los ojos de los discípulos, Jesús se presenta como un héroe invencible. Nada puede oponérsele cuando llegue a Jerusalén. Dios y los arrebatados del Antiguo Testamento están con él; no puede existir fuerza terrenal que detenga este Reino mesiánico. Por eso es poco inteligible pensar en muerte (en derrota) cuando la victoria parece muy clara.

A todos nos molestan los profetas / Segundo Domingo de Adviento – Ciclo B – Mc. 1, 1-8 / 04.12.11

1 Comienzo de la Buena Noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios.

2 Como está escrito en el libro del profeta Isaías: “Mira, yo envío a mi mensajero delante de ti para prepararte el camino. 3 Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos”, 4 así se presentó Juan el Bautista en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados.

5 Toda la gente de Judea y todos los habitantes de Jerusalén acudían a él, y se hacían bautizar en las aguas del Jordán, confesando sus pecados. 6 Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo: 7 “Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. 8 Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo”. (Mc. 1, 1-8)

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El primer versículo del libro, según la edición de nuestras Biblias, es el título y resumen de lo que tratará el Evangelio según Marcos. En nuestra lectura hermenéutica, es una referencia al final del libro: la crucifixión y la tumba vacía. El comienzo es el final. El comienzo es Jesús de Nazaret, Mesías crucificado, Hijo de Dios resucitado. Es un inicio que no puede desprenderse de la conclusión, o más bien, una bisagra que conecta la dinámica de muerte-vida explícita en la cruz y la tumba vacía, a través de un desarrollo de la existencia de Jesús en Galilea y en su subida a Jerusalén.

Por eso podemos entender la primera palabra del texto en griego: arche. Algunas traducciones al español prefieren poner comienzo y otras prefieren principio. Arche es lo que está en los inicios, lo arcaico, lo arcano, lo primero de lo primero. Para la tradición veterotestamentaria, es lo que significa Gn. 1, 1: en el principio… Así como el Pentateuco comienza por el principio primordial del Dios creador, Marcos entiende que en Jesús hay un nuevo principio primordial y creador, o más bien, re-creador, a partir de la cruz y la tumba vacía. En Jesús hay un inicio cósmico, una condensación de lo que describirá como Evangelio. Por eso el comienzo puede estar en el final, o en el medio de la narración de Jesús, o durante toda la existencia de Jesús. Arche no es un indicativo temporal, sino ontológico, referido al ser. Jesús es el principio de las cosas, porque Jesús mismo es clave hermenéutica para entender la dinámica muerte-vida del mundo. Es el principio al que podemos volver constantemente para hallar el sentido de las cosas (así como podemos volver al acto creador de Dios, al Génesis, con la misma intención).

El principio de Jesús está en su Evangelio, su Buena Noticia (según lo que entendemos como traducción del vocablo griego evaggelion). Marcos es considerado el creador de este género literario que no es biografía ni crónica histórica, ni siquiera historiografía. Es Evangelio, relato de la Buena Noticia de Jesús. Como pretendemos precisar, la clave de esta Buena Noticia está en Jesús crucificado y en su tumba vacía, como díptico inseparable. Pero si Marcos escribió mucho más que el relato de la pasión y de las mujeres de la pascua, es porque esta Buena Noticia tiene otras dimensiones múltiples, que si bien se derivan de la clave central, tienen una autonomía propia importante. Será Buena Noticia su condición de Mesías distinto a lo bélico, también su condición de Hijo de Dios no segregado de lo humano, sus curaciones, su praxis de vida compartida con los marginados, su vivencia de la misericordia de Dios, su libertad creativa frente a la ley tenida por sagrada, su preocupación por el ser humano como tal, su mensaje en forma de dichos, parábolas o discursos. Evangelio es el libro escrito por Marcos, pero sobre todo es Jesús mismo, entendido como un ser indisoluble de su praxis.

Este ser Jesús tiene dos títulos notables: es el Cristo y es el Hijo de Dios. La concentración de ambos títulos, con la considerable connotación teológica de los dos, en un ser humano de Nazaret, no puede tener menos que repercusiones gigantes. Cristo (o Mesías, según el hebreo) es una categoría más propia del judaísmo. Hijo de Dios parece más adecuado en el contexto del paganismo. Juntos, responden a las perspectivas teológicas de la comunidad de Marcos, formada por un grupo influyente de judíos convertidos y otro grupo mayoritario de paganos convertidos. Juntos, Cristo e Hijo de Dios, se encuentran en la pregunta del Sumo Sacerdote durante el juicio judío: “¿Eres el Mesías, el Hijo de Dios bendito?” (Mc. 14, 61). Se conecta así el final del Evangelio (lo que los poderes terrenales interpretan como final) y el inicio, el principio del Evangelio, que se abre paso con Jesús Mesías Hijo de Dios condenado, justamente, por Mesías Hijo de Dios. Lo rechazado es lo principal, lo que está en el inicio, paradójicamente. Por eso dos confesiones de fe vitales del libro reafirman estas condiciones. En primer lugar, el judío Pedro, representante del grupo de los Doce, confiesa a Jesús como el Mesías (cf. Mc. 8, 29). En segundo lugar, el pagano centurión romano al pie de la cruz lo confiesa como Hijo de Dios al verlo morir (cf. Mc. 15, 39). Judíos y gentiles proclaman, a su manera, su encuentro con el Evangelio de Jesús. Lo han descubierto Cristo e Hijo de Dios a través de su existencia y a través de su muerte, porque, como ya dijimos, su Evangelio es principio de toda su existencia, de su vida y de su muerte.

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Lo que Marcos indica como cita del profeta Isaías es, en realidad, una combinación de tres textos del Antiguo Testamento; dos proféticos y uno del Pentateuco. Específicamente de Isaías, la cita es Is. 40, 3: “Una voz proclama: ¡Preparen en el desierto el camino del Señor, tracen en la estepa un sendero para nuestro Dios!”. Pero el autor asocia Mal. 3, 1: “Yo envío a mi mensajero, para que prepare el camino delante de mí. Y en seguida entrará en su Templo el Señor que ustedes buscan; y el Angel de la alianza que ustedes desean ya viene, dice el Señor de los ejércitos”. Y Ex. 23, 20: “Yo voy a enviar un ángel delante de ti, para que te proteja en el camino y te conduzca hasta el lugar que te he preparado”. Esta combinación de citas que se atraen entre sí por su similitud temática o por palabras claves compartidas, es una práctica habitual del judaísmo, sobre todo de los rabinos. Aquí, la temática clave es el camino y la preparación del mismo mediante un enviado, un ángel.

La alusión a Malaquías sirve como nexo para la siguiente asociación (en los próximos versículos) entre Juan el Bautista y el profeta Elías, según Mal. 3, 23 que promete el envío de Elías inmediatamente antes del final de los tiempos, para preparar el día definitivo del Señor. Elías podría ser el ángel del Señor, y el Bautista podría ser ese Elías.

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Cuando el pueblo de Israel estuvo cautivo y exiliado en Babilonia, pudo ver cómo, para algunas liturgias babilónicas, se preparaban caminos especiales por donde pasarían las imágenes de los dioses. Allí, Israel entendió que Yahvé también les preparaba un camino, que constantemente lo hacía. Lo había hecho para sacarlos de Egipto y lo haría en esa época para sacarlos de Babilonia.

La tradición del camino es un simbolismo fuerte del Antiguo Testamento, y lo será para Marcos. Juan el Bautista aparecerá como precursor del camino del Evangelio, y la comunidad de Marcos se entiende como continuadora de ese mismo camino. En el centro está Jesús, el principio de su Evangelio, el meollo del camino.

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Así aparece Juan el Bautista. Introducido por el aval del Antiguo Testamento y el aval del Evangelio de Jesús, entra en escena. Y lo hace desde el desierto. Es posible buscar, arqueológicamente, el sitio exacto desde donde predicaba Juan. Su desierto de proclamación. Pero cabe pensar que el desierto tiene más sentido teológico que físico. Sobre todo, sentido teológico para el mismo Bautista. Si bien el desierto es el sitio donde Israel tuvo que vagar cuarenta años, sometido a las duras pruebas de la falta de alimento, de agua y de fe, también es la época de la primavera israelita, del noviazgo con Yahvé. En el desierto, el pueblo es de Dios y vive la presencia cercana de su Señor, caminando a su lado. El éxodo es fundante para Israel, y por eso, a pesar de las des-gracias de aquel desierto, sigue siendo un lugar de gracia. Situarse en el desierto es querer volver al Dios de los padres, de los patriarcas, querer volver a lo original de la fe yahvista. Este es otro punto de contacto con el profeta Elías, fiel defensor del yahvismo. Juan el Bautista quiere un cambio en los corazones que forme un pueblo nuevo, a semejanza del pueblo que tomó posesión de la tierra prometida. Por eso, desde el desierto, en la ribera del Jordán, el Bautista prepara un nuevo paso por el río para tomar de nuevo posesión de la tierra perdida.

Esto sólo será posible si Israel se convierte. Para manifestar externamente la conversión, Juan propone un bautismo de inmersión en las aguas del río Jordán. Es difícil ver en este bautismo una condición sacramental como la entendemos actualmente. Ciertamente, en el fondo, está la experiencia histórica del Bautista bautizando a las gentes de Judea. El sentido trascendente de esta inmersión no parece ir más allá de un acto simbólico para externalizar el corazón cambiado. Ya en la comunidad de los esenios de Qumrán, ubicada también en el desierto, se afirmaba que si no había cambio de vida, la inmersión ritual no tenía un valor de purificación en sí misma. Parece que para Juan el razonamiento era el mismo. Este rito de purificación que ofrece al pueblo está bien diferenciado de los ritos del Templo de Jerusalén (como podría ser la gran fiesta del perdón anual, el Yom Kippur). A orillas del río Jordán no hay sacerdotes oficiales, sino un profeta. Esto deja bien en claro el movimiento que está sucediendo desde la religión institucionalizada (ritualizada) hacia el regreso de lo profético (que Jesús llevará hasta su plenitud).

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La idea de toda Judea acudiendo a Juan y confesando sus pecados parece exagerada. Por supuesto que se trata de una hipérbole. No toda la provincia de Judea, pero sí es histórica la gran adhesión que tenía el Bautista, lo que concluyó en su martirio en manos de Herodes. Geográficamente, parece estar localizada la acción en el sur de Palestina, y no hay ninguna mención a Galilea. Parece que es un territorio que queda reservado a Jesús de Nazaret.

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La descripción de Juan el Bautista abarca una serie de características que, tranquilamente, pueden ser históricas. El inconveniente surge en la interpretación de los distintos elementos con los que se viste y que come. Obviamente, deben ser interpretados en su contexto profético (y rebelde).

Su vestidura de camello (de piel o de pelos, dependiendo de distintas traducciones y manuscritos) parece romper las leyes de pureza judías, que designan al camello (animal con pezuña partida) como un ser impuro. Aunque también una tradición rabínica dice que Dios confeccionó para Adán un vestido con pelo de camello, lo que podría indicar un regreso a lo primigenio, al Génesis, al momento de relación íntima entre Yahvé y el ser humano (como el éxodo es la intimidad de Yahvé con su pueblo). Pero principalmente, parece ser el atuendo propio de un profeta que se enmarca en la tradición profética de Israel, como los describe Zac. 13, 4 (con manto de pelos) y como parece vestirse Elías (cf. 2Rey. 1, 8). Si añadimos el cinturón de cuero, la descripción parece concordar bastante con la de Elías. La vinculación con Elías está respaldada directamente en la escena de la transfiguración, cuando los discípulos preguntan a Jesús sobre Elías, que debería venir antes del final de los tiempos, y Jesús da a entender que Elías ya vino en el Bautista y han hecho con él lo que quisieron (cf. Mc. 9, 13); entiéndase, lo han martirizado.

En la comida, probablemente, haya un trasfondo histórico que tiene que ver con la comida de los habitantes regulares del desierto: langostas cocidas, langostas asadas y miel silvestre. Es, en el contexto profético, también un signo de austeridad. Juan el Bautista no banquetea, sino que vive de lo que ofrece la naturaleza en el desierto, que equivale a decir que vive de lo que le ofrece Dios, como el pueblo del éxodo tenía que vivir gracias a las intervenciones divinas durante su peregrinaje.

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La primera parte del mensaje de Juan el Bautista tiene como tema al más fuerte que viene detrás de él. Este más fuerte puede ser Dios mismo, pero es raro que un judío se comparase con Dios. Lo más probable es que se aludiera al agente mesiánico de los últimos tiempos. Para Marcos, el más fuerte que Juan es Jesús, no caben dudas. No sabemos cuánta interpretación al respecto hacía el Bautista. Quizás esperaba alguien más fuerte que no conocía, aún teniendo la certeza de que había llegado el momento en que Yahvé enviaría su agente mesiánico.

Juan no se considera digno de desatar la sandalia del más fuerte. La interpretación clásica sobre este gesto suele recaer en la servidumbre. Sólo es tarea de los esclavos desatar los calzados; a tal punto, que los alumnos de los rabinos podían ser obligados a realizar todos los trabajos que realizaba un esclavo, pero nunca desatar el calzado, pues resultaba indigno. Juan cree que el más fuerte es tanto más que él, que hasta la indignidad le quedaría lejos. Con esta expresión, Marcos deja al Bautista sometido a Jesús en poder y autoridad. No será Jesús el discípulo de Juan, aunque éste lo bautice. Desde el principio, Juan es el discípulo de Jesús. Pero también es cierto que el calzado apoyado en una tierra es, para la tradición judía, la toma de posesión de un lugar. Podría intuirse que el Bautista no se considera digno de tomar la tierra que, por derecho, le corresponde tomar al Mesías. Por eso no puede quitarle el calzado (el privilegio de entrar a la tierra prometida escatológica). Él prepara al pueblo en el desierto, al otro lado del Jordán, pero corresponde al agente mesiánico ingresar de lleno y tomar posesión de lo escatológico.

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Asociado al más fuerte está el bautismo en el Espíritu Santo. Juan bautiza con agua en el río Jordán, pero el que viene, el agente mesiánico, trae un bautismo superior, no ya con agua, sino con Espíritu Santo. La expresión es complicada. La idea de una gran invasión de Espíritu al final de los tiempos no es ajena a los profetas (Joel, por ejemplo). Es lógico pensar que si viene el Mesías, Dios cumplirá también la promesa de enviar su Espíritu. Ahora bien, Marcos es lacónico al respecto en el resto de su libro. Nunca describirá esta posible efusión espiritual que llega con Jesús. Nunca habrá una escena específica de bautismo en Espíritu Santo. Quizás, tomando la utilización del verbo bautizar cuando Jesús invita a Santiago y a Juan a pasar por el mismo bautismo que pasará él (cf. Mc. 10, 38-39), o sea, la muerte, pueda entenderse la muerte y tumba vacía de Jesús como ese bautismo en el Espíritu Santo. A partir de la cruz-resurrección, el Espíritu Santo se derrama y la comunidad de Marcos puede verse invadida del Espíritu, continuando la línea del Evangelio de Jesús. Así, el bautismo en el Espíritu Santo queda sólo reconocible para los cristianos que han entendido/creído la cruz y la tumba vacía.

El principio del Evangelio

Los principios de algo son sus realidades fundacionales, sus directrices vitales. El principio del Evangelio es una Buena Noticia dialéctica y paradójica de muerte-vida. La Buena Noticia es que ese binomio tiene sentido en Jesús. En definitiva, el principio del Evangelio es Jesús, lo que hace Jesús, lo que dice Jesús, la muerte de Jesús y la vida de Jesús (que termina siendo vida de resurrección). Allí está el principio del cristianismo. No en los lineamientos dogmáticos ni en las planificaciones pastorales. El principio es el Evangelio de Jesús, que es Mesías e Hijo de Dios. Allí debe volver la comunidad de Marcos en su tiempo de tribulación y persecución. Allí debemos volver nosotros.

Es un trabajo mental y espiritual de regresión. La tumba vacía se entiende viniendo de la cruz. Ese es el centro teológico importante del libro. Pero la cruz sucede porque las características de Mesías y de Hijo de Dios que desarrolló Jesús durante su vida, fueron lo suficientemente irritantes para determinar su crucifixión, aunque también fueron lo suficientemente potentes para determinar su resurrección. Marcos puede elaborar una teología de la cruz porque es capaz de narrar una teología de la muerte-vida. Sino, la cruz como cruz es nada. Y la muerte es el final. Y la tumba vacía puede ser una ilusión óptica. Marcos sabe que hay mucho más. En Jesús hay un sentido de existencia, que valió para Él y que valdrá siempre. Cuando la Iglesia lo proclama hombre perfecto se hace eco de Marcos que lo narró como ser humano con sentido que da sentido a los demás. Por eso es el hombre perfecto.

La hora de los profetas

El Evangelio según Marcos tiene una clara tendencia anti-institucional religiosa. La máxima propuesta es intercambiar los templos por las casas. La Iglesia de Jesús es la Iglesia del camino y de la casa, familiar y amigable, abierta, cotidiana, secular. Nada tiene que ver con el Templo de Jerusalén. Juan el Bautista parece inmerso en este influjo de cambio. No celebra el perdón en el centro de Jerusalén, sino a la ribera del Jordán, con no mucho armatoste litúrgico. Está él, la naturaleza, Dios y los que quieren convertirse. No hace falta nada más. Su propuesta es profética, desafiante, rebelde. El que viene detrás de él, más fuerte, con bautismo de Espíritu Santo, será también profeta. Distinto de Juan, pero profeta al fin.

Esta línea profética que se impone al cristianismo desde Jesús, es la línea que más fácilmente se pierde. Es la línea que había perdido el judaísmo. El profetismo es la capacidad de mirar la realidad con la mirada de Dios (generalmente inversa a la mirada humana) y hablar en nombre de esa mirada. El profetismo exige un conocimiento y un compromiso con la historia. Conocimiento que, más que en los libros y los análisis, está en los pobres, los marginados, los excluidos. El conocimiento verdadero de la historia está en el revés de la historia, donde nadie se anima a mirar. Por eso es una mirada que genera compromiso, puesto que nos pone frente a la injusticia misma. Siempre, la hora de los profetas es la hora de la justicia social. Allí aparece el llamado urgente a la conversión. Los profetas piden conversión de los corazones para que el oprimido se libere. El Bautista lo hace desde el desierto, al otro lado del Jordán. Jesús lo hará de este lado, en medio de la gente.

Que haya hermanos / Trigésimoprimero Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 23, 1-12 / 30.11.11

Entonces Jesús dijo a la multitud y a sus discípulos: “Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen. Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo. Todo lo hacen para que los vean: agrandan las filacterias y alargan los flecos de sus mantos; les gusta ocupar los primeros puestos en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, ser saludados en las plazas y oírse llamar ‘mi maestro’ por la gente.

En cuanto a ustedes, no se hagan llamar ‘maestro’, porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos. A nadie en el mundo llamen ‘padre’, porque no tienen sino uno, el Padre celestial. No se dejen llamar tampoco ‘doctores’, porque sólo tienen un Doctor, que es el Mesías. Que el más grande de entre ustedes se haga servidor de los otros, porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”. (Mt. 23, 1-12)

El de hoy es un texto crítico. Criticar es dar una opinión personal sobre algún tema. Etimológicamente, crítica proviene del griego krino (discernimiento), que procede a su vez de krinein (separar). Cuando se realiza una crítica, no se está remarcando lo malo exclusivamente, sino que se está opinando con discernimiento, separando lo rescatable de lo desechable, lo que sirve de lo que no sirve, lo elogiable de lo detestable. El de hoy, por supuesto, es un texto crítico. Jesús hace una crítica a los escribas y fariseos. Marcos tiene una pequeña referencia que podría ponerse en paralelo (cf. Mc. 12, 38-40), referida sólo a los escribas. Lucas también la conserva en Lc. 20, 45-47. Ambos paralelos están situados, cronológicamente, sobre el final de la vida de Jesús, coincidiendo con el texto que leemos este domingo perteneciente a Mateo. Pero además, Lucas tiene otro texto que es mucho más similar a Mt. 23, 1-12, aunque con dos notables diferencias: se ubica en el capítulo 11, casi a la mitad del libro, y separa las críticas a los fariseos de las críticas a los escribas. Mateo parece responder a una necesidad histórica de su comunidad unificando escribas con fariseos. Tras la caída de Jerusalén en el año 70 d.C., el farisaísmo se hace con el control del judaísmo y los escribas vienen a ser el fundamento teológico-exegético de este judaísmo fariseo. En la época de Jesús, entre los fariseos no existían muchos escribas, sino que más bien se trataba de comerciantes, artesanos y campesinos que decidían consagrarse voluntariamente a una forma de vida sumamente estricta respecto a las leyes de pureza/impureza y respecto a las prescripciones de la Torá. En esto parece más preciso Lucas que separa la crítica a los fariseos (cf. Lc. 11, 39-44) de la crítica a los escribas (cf. Lc. 11, 46-52). A los primeros les remarca la hipocresía, la forma de vida estereotipada que busca el aplauso humano. A los segundos su aire de superioridad, de estar por encima del pueblo interpretando la Palabra y haciéndolo a su antojo, para su propia conveniencia, sin reconocer que el Espíritu (Sabiduría) es el que habla, no la ciencia. El fragmento real, en el Evangelio según Mateo, se extiende hasta el versículo 35 por lo menos, con ayes y palabras cada vez más agresivas. La liturgia católica ha decidido detenerse en el versículo 12.

Mateo, haciendo actualización de Jesús para su comunidad presente, sabe que la crítica de Jesús no es sólo para escribas, ni sólo para fariseos. La crítica no es sólo para los que se declaran judíos. Es una crítica universal y atemporal para todos los que, de manera hipócrita, hacen de la religión un teatro, y para todos los que esgrimen ciencia teológica intentando validar posiciones propias antes que la posición de Dios. Mateo sabe que la crítica de Jesús llega hasta su comunidad eclesial, hasta él mismo. Lo que los escribas y fariseos hacen es lo que los cristianos también hacen, porque la tentación trasciende los límites de la denominación religiosa. Hay un error repetitivo en la historia religiosa: el olvido del servicio al ser humano. Cuando la religión (cualquiera que esta sea) se olvida del hermano, del prójimo, pierde su razón de ser, su conectividad con lo sobrenatural. La religión no está en el mundo para autoensalzarse. La religión está para mejorar el mundo, para cambiarlo en un camino de plenitud. Cuando los dirigentes religiosos pierden este rumbo, desfiguran a Dios. Crean una imagen divina acorde a sus intereses, predican esa imagen y falsean al Dios verdadero. Eso le molesta a Jesús. Gran parte de su misión está centrada en acercar al pueblo la imagen más perfecta y verdadera del Padre, su amor, su misericordia. En esta misión de revelación, se ve obligado a criticar a quienes deforman a Dios presentándolo con características que, en realidad, le son ajenas. Por eso es una crítica que sirve para hoy, y servirá para mañana, y sirvió para la comunidad mateana que, lentamente, iba configurando un Dios a su imagen y semejanza.

La crítica comienza con una afirmación: los escribas y fariseos se sientan en la cátedra de Moisés. Las cátedras son asientos, los principales de la sinagoga, desde donde se imparte la instrucción. Por lo tanto, es un lugar de poder. Quien ocupa la cátedra es el que explica las Escrituras, el que tiene dominio sobre la Palabra. Históricamente, no es tan correcto asociar a los fariseos a la cátedra de Moisés, sino más bien a los escribas, estudiosos de la Ley. Es posible escucharlos, pero no tomarlos como ejemplo. Puede que ciertas interpretaciones que hacen sean correctas, sin embargo, su vida, su praxis, no se condice con lo que dicen. En la visión de Jesús, eso es un problema de autoridad. ¿Cómo creerle y aprender de alguien que disocia su vida de sus palabras? La coherencia de Jesús los confronta: habla de la Palabra y vive la Palabra con una radicalidad que da consistencia a su proclamación del Reino. Por esa vivencia en carne propia, no ata pesadas cargas sobre los demás. Estas cargas son las prescripciones/interpretaciones que los escribas y fariseos hacían sobre la Ley. Todo ese detalle y rigorismo respecto a lo que se pude y lo que no se puede hacer, tiene otra perspectiva en Jesús, que ofrece un yugo suave y ligero (cf. Mt. 11, 30). Los escribas y fariseos han fabricado una complicada red que se vuelve pesada, que oprime. Jesús ha resumido la Ley en el mandamiento de amar a Dios y amar al prójimo (cf. Mt. 22, 37-40), haciendo de la Ley una posibilidad de liberación en el amor. Por eso no puede avalar las imbricadas vueltas y volteretas tejidas alrededor de la Palabra de Dios. Eso también es una manera de falsear al Padre, de hacerlo inaccesible. ¿Y para qué? Para privatizarlo, para que sólo sea propiedad de una élite, de manera que este grupo sea reconocido. Este es el sentido de las filacterias agrandadas. Las filacterias eran envolturas de cuero que llevaban en su interior fragmentos de la Torá y que los fariseos se ataban al brazo izquierdo y a la frente, según la tradición de pasajes como Ex. 13, 9.16; Dt. 6, 8 y Dt. 11, 18, que hablan de llevar la Palabra del Señor siempre presente, en el corazón, atada a las manos y como marca sobre la frente. Del mismo modo, según Nm. 15, 38-39, los flecos en los mantos tienen la función de recordar al israelita los mandamientos para que sean cumplidos. Las filacterias y los flecos tienen una función hacia dentro, hacia el que los lleva, para que recuerde que hay una Palabra divina pronunciada y que debe actuar en consecuencia; Jesús critica el uso hacia fuera, el uso demostrativo, teatral, que busca reconocimiento externo. Eso no es lo que pide la Ley, ni tampoco es el espíritu de la tradición. Jesús ya se había referido al peligro de hacer las cosas para ser vistos (cf. Mt. 6, 1-18). Es el peligro del amor propio que desplaza los otros dos amores principales: a Dios y al prójimo.

Haciendo el salto cronológico hacia su comunidad, Mateo introduce una recomendación para los cristianos. Los discípulos también corren el riesgo de todas las religiones. Por eso deberían ser radicales en su organización. La comunidad mateana (en Antioquia, quizás) parece haber contado con varios ministerios (profetas, sabios, escribas, según Mt. 23, 34), lo que habla de un estadio avanzado institucional. Seguramente, algunos de los ministros comenzaron a pretender ciertos honores desprendidos de su rol. Algunos habrían pedido ser reconocidos como maestros, y tener la estima que se tiene a los rabinos. Otros pedirían ser llamados padre, quizás por su condición de ancianos de la comunidad o directores generales. Mateo cree que eso debe extirparse raíz. A nadie debe llamársele maestro (rabí según la versión original), porque Maestro hay uno solo. El uso de rabí no era exclusivo de los rabinos maestros de la Ley en el siglo I d.C., sino que se aplicaba a otras personalidades. Lo mismo sucedía con padre (pater en el original), que podía aplicarse en la familia, en religión para los dirigentes y hasta para el emperador romano, considerado padre de Roma, padre de la patria y padre del mundo entero. Pues bien, nadie debería recibir ese título, porque es propiedad de Dios. Para ser llamado padre en la tierra hay que tener el mismo corazón que el Padre celestial. Finalmente, el tercer título a desterrar es el de kathegetes (doctor para varias traducciones, instructor para otras, preceptor en algunas más). Lo llamativo de esta frase es que incluye una autoreferencia de Jesús a sí mismo como Mesías, lo que lleva a cuestionar la originalidad histórica del dicho, haciéndolo muy probablemente redaccional, ya que Jesús fue reacio a designarse como el Mesías esperado por el judaísmo. De todas maneras, la intención es la misma: una comunidad eclesial sin títulos honoríficos.

¿Es posible? ¿Podríamos tener una Iglesia sin títulos? ¿O ya es demasiado tarde y los títulos son parte de nuestro acervo dogmático? Quizás no sea la solución adecuada, pero Mateo parecía considerar oportuno desterrar los títulos. Que abunden los ministerios, que haya profetas y sabios, que florezcan los carismas, pero que nadie obtenga beneficio de ello, más que la comunidad entera. Que los maestros enseñen sin esperar el reconocimiento, que los profetas profeticen sin añorar una devolución, que los sabios estudien y disciernan sin tener mejor lugar en la asamblea. Que los mejores lugares y los honores sean para los hermanos más pequeños, para los frágiles, para los pobres. Mateo propone una Iglesia deshonrada, sin motivo de orgullo mundano. Una Iglesia desentendida de las pirámides sociales jerárquicas. ¿Es posible? Con nuestra organización eclesial actual nos parece un disparate. Y es que, como buenos fariseos, hemos construido un entretejido de justificativos alrededor de nuestra organización interna. Tenemos justificaciones sacrales, bíblicas y de curioso respeto. Damos el primer asiento a los dirigentes, no al pobre, pero nos justificamos. Damos la palabra a los científicos de la Biblia que han estudiado en reconocidas universidades, pero no escuchamos al profeta de barrio. Damos primacía a la parafernalia, al teatro religioso, a las grandes multitudes concentradas para peregrinar, pero poco se dice de las comunidades reunidas en las casas, en los salones comunitarios, siendo apenas un puñado. Ustedes no sean así dice Jesús. Que no haya jefes ni mejores ni dueños de nada: que haya hermanos.

Pedro con el agua al cuello / Decimonoveno Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 14, 22-33 / 07.08.11

En seguida, obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que él a la otra orilla, mientras él despedía a la multitud. Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo.

La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. “Es un fantasma”, dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar. Pero Jesús les dijo: “Tranquilícense, soy yo; no teman”. Entonces Pedro le respondió: “Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua”. “Ven”, le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: “Señor, sálvame”. En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”.

En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en ella se postraron ante él, diciendo: “Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios”. (Mt. 14, 22-33)

Este domingo leemos la continuación de la perícopa del domingo anterior. Jesús ha multiplicado los panes, ha alimentado a la multitud, y los ha despedido saciados, llenos, alimentados. Los pudo despedir porque ya no tienen hambre. Ahora obliga a sus discípulos a que suban a la barca. El hecho de que los obligue es significativo. ¿Ellos no quieren subir? ¿Muchos de ellos no son, acaso, pescadores con alto dominio del lago? Hay dos posibilidades: o los discípulos pescadores sabían que las condiciones no estaban para navegar (viento en contra), o no querían subirse a la barca sin Jesús. La primera interpretación es más literal, la segunda es simbólica. En los Evangelios, la barca es un signo comunitario, generalmente signo de la Iglesia, como lo es la casa en el Evangelio según Marcos, por ejemplo. Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, dejan la barca de su padre (dejan la casa paterna) para unirse al discipulado de Jesús (cf. Mt. 4, 21-22), para unirse a su barca, donde Él sube y los discípulos le siguen (cf. Mt. 8, 23). La barca/comunidad de discípulos de Jesús es agitada por la tormenta (cf. Mt. 8, 24), pero no se hunde. Lo que hunde es el miedo, el temor (cf. Mt. 8, 26). En este punto se contactan la escena de la tempestad calmada del capítulo 8 de Mateo con Pedro caminando sobre las aguas. Hay una dosis de miedo en los discípulos que los hace hundirse, descender, perecer. La barca de la Iglesia no es mantenida a flote con cobardes, sino con la fe en aquel que es más grande que cualquier tormenta y más poderoso que cualquier viento. La fe es la gran opositora del miedo. La fe sostiene la barca, sostiene la Iglesia. No la fe pietista, la fe de las oraciones dentro del templo. Esta es una fe que se traduce como fidelidad al Reino. Aquí, Jesús no teoriza sobre la fe desde la cátedra de enseñanza; la fe se explica y se entiende en medio de la tormenta, cuando existe el peligro real de hundirse. La psicología, en general, sostiene que las situaciones límites revelan el verdadero carácter, que en la cotidianeidad de los días puede disfrazarse y pasar desapercibido. Pues bien, para el discípulo, las situaciones extremas dan a conocer la solidez de la fe. Por eso las primeras comunidades hacían tanto hincapié en el peligro de los tiempos de tribulación, cuando muchos abandonaban la barca de la Iglesia. La persecución y el martirio demostraban, finalmente, quién era fiel al Reino y quién no. Para Jesús también se aplica el mismo planteo. Su pasión y su muerte en cruz revelaron la hondura de su fe. Bajo la situación límite de la muerte inevitable, permaneció fiel a su Padre.

Eso espera el Resucitado de su Iglesia. Los expertos afirman que estos relartos de la barca son relatos pascuales, es decir, que fueron compuestos por la comunidad cristiana, en base quizás a un suceso histórico, pero totalmente bajo la óptica de la pascua ya acontecida. Quien está invitando a no temer, más que el Jesús histórico a Pedro es el Resucitado a la Iglesia en general. La figura de Pedro, en este caso, parece ser un refuerzo simbólico de la comunidad, ya que si comparamos Mt. 14, 22-33 con Mt. 8, 23-27, encontramos una sustitución del plural de los discípulos por la reprimenda en singular a Pedro. En el capítulo 8 se dirige a los hombres de poca fe y ahora al hombre de poca fe. La recriminación es la misma, sólo que antes era al grupo discipular y ahora a Pedro, en singular, pero seguramente en sentido comunitario. El autor hace lo mismo con la declaración de fe petrina y la bienaventuranza dirigida a Pedro donde se le otorgan las llaves del Reino para atar y desatar (cf. Mt. 16, 19). Más adelante, en Mt. 18, 18, el mismo poder de atar y desatar es otorgado a la comunidad discipular, a la Iglesia entera. Esto nos pone sobre el rastro de algún simbolismo mateano. Pedro no está en este Evangelio como el primer Papa, sino como el modelo del discípulo. El autor se ha valido de la figura histórica de Pedro para ponerlo en situaciones de proximidad con Jesús donde ciertas cuestiones inherentes e importantísimas del discipulado queden en claro. Mateo no pretende resaltar jerárquicamente a Pedro, sino utilizarlo literariamente para mostrarlo como un discípulo que, parecido a nosotros, va comprendiendo progresivamente a su Maestro. Por eso Pedro puede ser la figura simbólica de la Iglesia discipular en Mateo; por eso puede ser modelo de discípulo para nosotros hoy. La imagen de Pedro en singular y la pluralidad de los discípulos, en Mateo, parecen intercambiables.

La escena que leemos hoy tiene sus paralelos en Mc. 6, 45-52 y Jn. 6, 14-21. Mateo es el único que añade la intervención de Pedro caminando sobre las aguas. Esto refuerza lo que venimos presentando. Mateo se vale de Pedro para catequizar sobre el discipulado. Marcos y Juan se quedan con Jesús que dice a la comunidad entera que no tema, e inmediatamente se sube a la barca (en Marcos) o tocan tierra (en Juan). Sin embargo, a pesar de las diferencias, hay una constante: el miedo. Los discípulos temen, Pedro se aterroriza. Y no es para menos. Las aguas del mar son el símbolo del mal. Según el esquema cosmológico del Antiguo Oriente, bajo tierra existen las aguas de abajo o abismo; aguas malas donde residían las bestias, los demonios y los males. Estas aguas emergían formando las aguas de la tierra. Generalmente, si formaban aguas en curso (ríos, por ejemplo), el mismo correr y devenir volvía pura al agua. En cambio, si formaban aguas sin curso (mares o lagunas), esas aguas tenían las mismas características que las aguas abismales. Por ello, las grandes extensiones de agua generaban temor, y embarcarse en ellas era embarcarse para pelear contra los demonios de los mares que se encargaban de sacudir las embarcaciones para provocar naufragios. Yahvé es, para el judaísmo, el Dios que derrota a las aguas. Como un hilo invisible, la Biblia se ve atravesada por relatos donde Yahvé vence a las fuerzas del mal representadas por el agua. Quizás, los más notorios en este caso sean el relato del Génesis y la liberación de Egipto cruzando el Mar de los Juncos. En el relato de la Creación, Dios divide las aguas (cf. Gen. 1, 6-7) entre las de arriba y las de abajo (las aguas del abismo). De esta manera, el pueblo de Israel reinterpreta la historia babilónica del dios Marduk, quien venció al demonio Tiamat, bestia monstruosa de los mares, partiéndolo en dos. Más adelante, cronológicamente, Dios dividirá nuevamente las aguas para que su pueblo escape a la libertad dejando atrás el imperio egipcio (cf. Ex. 14, 21). De alguna manera, se repite la secuencia de la Creación, y Dios re-crea venciendo las fuerzas del mal. Así lo entienden los salmistas, poetizando sobre aguas personificadas que se retiran ante la mera presencia de Yahvé (cf. Sal. 77, 16; Sal. 78, 13; Sal. 106, 9a; Sal. 136, 13), o Isaías, preguntándole a Dios si no recuerda cuando partió (dividió) a Rahab (apodo de Tiamat que significa tempestuoso), cuando atravesó al Dragón, cuando secó el Mar (cf. Is. 51, 9-10). Por toda esta concepción es que Pedro teme. En un segundo nivel, más allá de la peligrosidad del mar, está la peligrosidad del mal que acecha la barca y lo acecha a él. El momento del hundimiento del apóstol y el pedido de ayuda parece inspirada en el Sal. 69, 2-3: “¡Sálvame, Dios mío, porque el agua me llega a la garganta! Estoy hundido en el fango del Abismo y no puedo hacer pie; he caído en las aguas profundas, y me arrastra la corriente”. Es el grito de auxilio de quien sólo ve mal a su alrededor. Lo acosan, lo persiguen, lo maltratan, abusan de él, y lo único que le queda es invocar a su Dios para que lo salve. Sólo en ese Dios puede depositar su confianza. De igual manera Pedro, de igual manera la Iglesia. Alrededor todo es tormenta, todo es mal, todo es mar. Sólo está en pie, sobre las aguas, Jesús. Es la imagen que emula al Yahvé del Salmo 29, quien tiene su voz sobre las aguas y su trueno sobre las aguas torrenciales (cf. Sal. 29, 3), que es rey eterno y “tiene su trono sobre las aguas celestiales” (Sal. 29, 10). Esa es la imagen que ve Pedro y lo que incita a pedir ayuda a Jesús. Su Maestro camina sobre el mar como si fuese su trono. Está por encima del mal, por encima de las bestias oceánicas, del misterio de lo desconocido. Jesús es la seguridad de la barca porque es el Señor.

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El relato que leemos hoy puede ser una invitación a reflexionar sobre nuestros miedos, aunque también sobre la soberanía del Cristo, pero quizás sobre la situación de la barca/Iglesia. Son varias aristas que se abren desde el mismo relato. Si nos concentramos en Mateo, suponemos que la inclusión del hundimiento de Pedro tuvo un sentido fuerte para su comunidad, y por eso incluyó este paréntesis en el original que recibió de Marcos. Pedro, como inclusión particular, puede ser la figura de la Iglesia mateana, que se hunde en el mar de su sociedad, que no soporta la presión de las sinagogas, que no soporta la oposición al Imperio Romano, que no logra entender por qué tiene que atravesar tantos problemas y Jesús no se hace presente. Recordemos que Mateo es el Evangelio del Cristo siempre-con-nosotros, el Emmanuel, el que acompaña a los discípulos todos los días de la historia hasta el final. Mateo recalca esto porque su comunidad no puede asimilarlo. Se perciben hundiéndose, y gritan ayuda.

Pienso que nosotros también padecemos este síndrome del Cristo ausente, el Cristo difícil de encontrar, pero puede que hayamos perdido la costumbre de pedir ayuda. La comunidad mateana gritaba, exigía respuestas. Pedro necesitó de la mano de su Maestro. ¿Nosotros? Es como si asumiésemos que Cristo ya no volverá, que la historia humana se desarrolla con los mismos pecados de siempre y así será eternamente. No clamamos salvación porque preferimos aguantar las olas. Optamos por la mediocridad de acomodarnos lo mejor posible. Pedro, aunque hundiéndose, caminó un trecho sobre las aguas, superó las tribulaciones. Pedro tuvo, por unos instantes, esa fe que derrota al mal. Nosotros, pareciese, no nos interesa revertir el mal; allí está y hemos aprendido a convivir. Hoy, puede que Jesús no nos pregunte por qué dudamos, sino por qué no hacemos nada para cambiar las cosas.

La trascendencia explica la transfiguración (o viceversa) / Segundo Domingo de Cuaresma – Ciclo A – Mt. 17, 1-9 / 20.03.11

Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús.

Pedro dijo a Jesús: “Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”.

Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo”.

Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor. Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: “Levántense, no tengan miedo”. Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: “No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos”. (Mt. 17, 1-9)

La transfiguración es la lectura elegida para el segundo domingo de cuaresma en todos los ciclos litúrgicos. El texto es conservado en toda la tradición sinóptica. Mc. 9, 2-9 y Lc. 9, 28-36 son los paralelos a la perícopa de Mateo que se lee hoy. La ubicación no varía en el esquema general de los tres Evangelios: se ubica a continuación del anuncio de la pasión del Hijo del Hombre y el llamado a asumir la cruz para seguir a Jesús (cf. Mc. 8, 31-37; Mt. 16, 21-26; Lc. 9, 22-25). Que se haya mantenido ese esquema general es significativo. Ninguno de los tres autores consideró oportuno variar o modificar la relación que se establece entre la referencia a la crucifixión y la inmediata transfiguración que refiere a la gloria y la resurrección. Se trata de un díptico, y un díptico que se quiere remarcar. No se puede creer, leer o pensar a Jesús separando su vida terrena de su glorificación, su cruz de su resurrección, su entrega de la vida de su recuperación de la vida en plenitud. Es una cristología que pone de manifiesto la imposibilidad de un cristianismo esquizofrénico entre lo material y lo espiritual, del Jesús histórico separado del Cristo de la fe. Hay una línea de continuidad que, si se quiebra, desfigura a Jesús y nos desfigura como cristianos. La desfiguración puede darse en cualquier dirección. Puede que un grupo de las primeras comunidades creyese en un Maestro que llega hasta Jerusalén y muere injustamente dejando un mensaje digno de perpetuar en el tiempo, y puede que otro grupo se focalizara tanto en el Resucitado que se haya olvidado de la praxis y el mensaje con incidencia histórica. En respuesta a la falsa dicotomía, los evangelistas creen conveniente mostrar, en una imagen de anverso y reverso, la unión íntima entre el Hijo del Hombre que debe sufrir mucho y el Hijo del Hombre que viene en la gloria.

Mateo comenzará en su capítulo 16 aventurando respuestas sobre la personalidad de Jesús. Porque, en definitiva, lo que trata de hacer la transfiguración es echar luz sobre la pregunta quién es Jesús. En Mt. 16, 13 el Maestro pregunta a sus discípulos qué dice la gente sobre el Hijo del Hombre, y las respuestas son variadas: Juan el Bautista, Elías, Jeremías o alguno de los profetas (cf. Mt. 16, 14). Cuando toca el turno de los discípulos para responder la misma pregunta, Pedro hace las veces de voz cantante y asegura que el Hijo del Hombre es el Mesías, el Hijo del Dios vivo (cf. Mt. 16, 16), respuesta que le vale la alabanza de Jesús. Pero como la idea del Mesías es ambigua en el contexto judío, hace falta una aclaración importante: el Hijo del Hombre tiene que sufrir mucho y ser condenado a muerte (cf. Mt. 16, 21-22). La palabra final la tendrá el mismísimo Dios en la transfiguración: Jesús es su Hijo muy querido, la predilección del Padre está puesta en Él y hay que escucharlo. Esta declaración es sumamente solemne, ya que la rodea un contexto de teofanía: hay días de preparación (seis según Mateo), hay una montaña/monte, hay una nube luminosa, se escucha la voz de Dios, los testigos están atemorizados. Todos estos elementos configuran un ámbito sagrado que realza lo que se dice y lo que se hace. Como venimos mencionando en otros comentarios, Mateo es particularmente tendencioso en cuanto a referencias al Antiguo Testamento. Según el Éxodo, la nube luminosa es signo de Dios presente en medio de su pueblo que camina por el desierto (cf. Ex. 13, 22; Ex. 16, 10; Ex. 33, 9-10; Ex. 40, 34-38), con mucha relación a Moisés. Es notorio que Mateo, a diferencia de Marcos, nombre primero a Moisés que Elías. Además, es el único evangelista que describe la luminosidad del rostro de Jesús, haciendo un paralelo con el rostro de Moisés que irradiaba luz luego de estar en presencia de Dios (cf. Ex. 34, 29-35). Para completar esta idea, en las palabras que dirige la voz del cielo, Mateo añade la expresión escúchenlo que recuerda Dt. 18, 15 (palabras de Moisés): “El Señor, tu Dios, te suscitará un profeta como yo; lo hará surgir de entre ustedes, de entre tus hermanos, y es a él a quien escucharán”. Jesús viene a ser ese profeta prometido a Moisés como su sucesor y guía del pueblo. En el descubrimiento de la personalidad de Jesús, Mateo no oculta que detrás está la figura de Moisés. Para entender a Jesús hay que entender a Moisés, y así será visible la superioridad y la plenitud que Jesús trae a lo establecido por Moisés.

La teofanía aclara la condición de Hijo predilecto y la urgencia de escuchar sus palabras, pero a la par recuerda que han llegado los tiempos escatológicos. Ese profeta sucesor tan esperado para recuperar la gloria del tiempo en que Dios liberaba a su pueblo, se hace patente hoy, en el Cristo. La propuesta de Pedro de levantar tres tiendas es la clave para entender esta hermenéutica escatológica. Las tiendas recuerdan la fiesta de los Tabernáculos que Israel celebraba al comienzo del año, donde las familias judías construían chozas con ramajes para habitarlas durante siete días, haciendo memorial de los antepasados que habitaban tiendas en su peregrinaje de cuarenta años por el desierto. Este recuerdo (memorial) de un pasado en el desierto, con la compañía de Dios, estaba proyectado hacia el futuro. La fiesta marcaba un ritmo cronológico, que si bien no se ubicaba en el estricto principio del nuevo año (correspondiente a la fiesta de Rosh Hashanah), estaba en las proximidades del mismo. Se cerraba un ciclo de cosecha y recolección para comenzar otro de siembra. Era una fiesta de fin y comienzo, una fiesta de los ciclos, si se quiere. Será la corriente profética la que traducirá ese fin y comienzo de año en fin y comienzo de una era (eón en lenguaje más estricto). Para el siglo I d.C., la fiesta marcaba el ritmo anual, es cierto, pero mucho más, siendo también espera del ritmo mesiánico, de la irrupción del Mesías para abrir el año nuevo definitivo, la nueva era, el eón del Reinado de Dios absoluto. Pedro cree que es el momento de esa inauguración definitiva. Hay que armar las tiendas para la celebración eterna de los Tabernáculos. Pedro no está completamente errado, pero falta algo todavía. La propuesta se vuelve absurda porque falta bajar del monte y seguir caminando hasta Jerusalén. La voz del cielo recuerda que hay que escuchar al Hijo del Hombre, y lo que el Hijo del Hombre ha dicho es que debe subir a Jerusalén para ser rechazado y crucificado.

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Transfigurarse no es desprenderse de la realidad. Jesús no se transfigura para olvidarse por un momento de su camino a Jerusalén. Al contrario. La transfiguración confirma su camino y lo hace trascendente (de una manera más patente). Muchas veces, nuestro camino, nuestras obras, nuestros quehaceres, parecen no tener trascendencia. Hacemos las cosas porque las hacemos, por la cotidianeidad, por costumbre. No hay algo mayor que nos impulse, no hay algo más grande, no hay alguien en el horizonte. Caminamos hacia Jerusalén, hacia el rechazo, hacia la muerte, pero parece no tener sentido. Es la desilusión que no nos animamos a comentar, porque creemos que ni siquiera tiene sentido comentarlo. Cuando llegamos al final del camino, al no trascender, desesperamos. Al final de la teofanía, Jesús dice a sus discípulos que se levanten, que no tengan miedo. Una expresión similar les dirá en Getsemaní, tras la oración agónica: levántense, vamos (cf. Mt. 26, 46). Getsemaní se hace más entendible gracias a la transfiguración, se hace más llevable, se hace trascendente. Jesús puede ser un revoltoso político apresado, así sin más, o puede ser el Hijo de Dios que da la vida por el Reino. Esa diferencia profunda de sentido lo da la trascendencia. Nosotros podemos ser buenas personas, trabajadores de tiempo completo, ciudadanos no escandalosos, así sin más, o podemos ser los discípulos de Jesús que se comprometen con el pobre, que creen en un Dios personal, que luchan contra la injusticia. Esa diferencia la establece la trascendencia.

Podemos transfigurarnos con la intención de desaparecer en una energía cósmica impersonal, o transfigurarnos para que la presencia de Dios se haga transparente entre los seres humanos. Podemos sentirnos en la era escatológica de una manera terrorífica o ser escatológicamente activos. Si no encauzamos la transfiguración de una forma evangélica, ceden nuestras fuerzas, o se desvían en intentos fútiles. La Iglesia que, transfigurada, se aleja en nubes luminosas, es igual a Pedro proponiendo armar tres tiendas para quedarse en el monte. Moisés bajaba con la cara resplandeciente, Jesús también desciende para continuar el camino, la Iglesia tiene que transfigurarse en los lugares más oscuros. La luz ha sido hecha para iluminar. En la realidad hace falta un mensaje de trascendencia que podemos llevar. Para que los que luchen contra las injusticias lo hagan con un sentido, y no por mero rencor. Para que los pobres descubran en su Getsemaní la cercanía de Dios. Para que el ser humano promedio deje de ser, tristemente, promedio, y se destaque desde el profundo compromiso con su vida y la vida de los otros. La trascendencia es una enemiga acérrima de la mediocridad. Los mediocres no trascienden, no encuentran sentido a las cosas, no saben leer los acontecimientos. La trascendencia viene a despertar al ser humano, viene a decirle a los varones y a las mujeres que vale la pena el tiempo invertido en el otro, vale la pena desgastarse por el más desfavorecido, vale la pena orar, leer, escuchar música, contemplar un paisaje. La trascendencia devuelve a la vida el por qué, la explica, la eleva. La transfiguración no separa de la realidad, sino que la plenifica.

Bienaventurados los que cambian el mundo / Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 4, 25 – 5, 12 / 30.01.11

Lo seguían grandes multitudes que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania.

Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo: “Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia. Felices los afligidos, porque serán consolados. Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios. Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí. Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron. (Mt. 4, 25 – 5, 12)

Las bienaventuranzas son uno de los textos evangélicos que más líneas han suscitado en el mundo y en la historia. Se las aborda espiritualmente, para rezar con ellas, como modelo de vida cristiana, como propuesta social, como utopía del Reino, como reinterpretación del Antiguo Testamento, como novedad jesuánica, como programa misionero. Se llega a ellas desde distintas fuentes y distintas perspectivas. Algunos buscan, sinceramente, su significado último y su referencia al resto de la vida de Jesús. Otros, por el contrario, buscan la manera de endulzarlas y desprenderlas de su contexto para que digan lo que ellos quieren que digan. Algunos predicadores han conmovido y movido a la conversión a multitudes a partir de este texto. Otros han justificado órdenes sociales injustos con la promesa de que al sufrimiento de hoy, Dios lo quiere para retribuirlo en el futuro. Las bienaventuranzas son un texto fácil y complicado, pero ciertamente, se trata de unas líneas que no dejan a nadie en punto neutral.

La reconstrucción de la historia del origen de estas palabras es discutida. Además de Mateo, es Lucas quien las conserva. Obviamente, hay diferencias entre ambos. Mientras Lucas sitúa el discurso de Jesús en un llano (cf. Lc. 6, 17), para Mateo es en un monte. Lucas enumera cuatro bienaventuranzas (cf. Lc. 6, 20-23) a las que corresponden cuatro malaventuranzas (cf. Lc. 6, 24-26), mientras que Mateo enumera ocho o nueve (de acuerdo a la clasificación del estudioso de turno) sin las malaventuranzas. Y, quizás, la discordancia que más debate genera es que Mateo habla de pobres en espíritu cuando Lucas se refiere, directamente, a los pobres. Algunos biblistas sostienen que lo primero en existir fue una colección de logias, o sea, una colección de palabras, sentencias y frases de Jesús, probablemente recopilados en lengua aramea, reunidos a partir de tradiciones orales sobre sermones del Maestro o discusiones con fariseos. Esas colecciones habrían sido fuente para los capítulos 5 al 7 de Mateo y para el sermón de la llanura de Lucas, ambos escritos en griego. Según esta hipótesis, más allá del paso del tiempo, tendríamos a nuestro alcance secciones medulares del mensaje del Jesús histórico. Quizás, una especie de resumen de su Evangelio del Reino. No podemos aseverar que las bienaventuranzas fueron dichas todas juntas. Puede que, en distintos momentos de su existencia, Jesús haya sentenciado quiénes eran los bienaventurados de su Padre, y luego, las comunidades fueron agrupando estas sentencias hasta formar el conjunto que tenemos actualmente. Recordemos que hay más bienaventuranzas sueltas en los textos de Mateo (cf. Mt. 11, 6; Mt. 13, 16; Mt. 16, 17; Mt. 24, 46) y de Lucas (cf. Lc. 1, 45; Lc. 7, 23; Lc. 10, 23; Lc. 11, 28; Lc. 12, 37.43; Lc. 14, 14-15). Esto nos da el indicio de que Jesús utilizaba la expresión con una cierta frecuencia que llevó a los autores evangélicos a reproducirla.

Ahora bien, al focalizarnos en Mateo, tenemos que ampliar la mirada hacia la estructura general de su libro, para comprender qué papel juegan las bienaventuranzas en el sitio que les ha correspondido en la redacción final. Indagando el Evangelio, podemos determinar cinco secciones que coinciden en su frase inicial, en su frase final, y en la modalidad del contenido (discursivo a modo de enseñanza). Estas secciones comienzan, respectivamente, en Mt. 5, 2; Mt. 10, 5; Mt. 13, 3; Mt. 18, 3 y Mt. 24, 2, con alguna variante del verbo decir: y abriendo su boca, les enseñaba diciendo; y les ordenó, diciendo; y les habló muchas cosas en parábolas, diciendoy dijo; tomando entonces la palabra, Él les dijo. A la par, cada sección culmina, respectivamente, en Mt. 7, 28; Mt. 11, 1; Mt. 13, 53; Mt. 19, 1 y Mt. 26, 1 con la misma construcción gramatical: y sucedió que cuando Jesús terminó estas palabras; sucedió que cuando Jesús terminó de dar instrucciones; y aconteció que cuando Jesús hubo acabado de decir estas parábolas; y aconteció que cuando Jesús hubo acabado estas palabras; aconteció que cuando Jesús terminó todas estas palabras. De esta forma, el autor delimita cinco discursos de Jesús que enseña sobre algún tema. El primer discurso (Mt. 5, 2 – 7, 28) es el conocido sermón del monte, con una enseñanza para la vida cotidiana, sobre las actitudes cristianas. El segundo discurso (Mt. 10, 5 – 11, 1) es misionero, son las instrucciones para los discípulos enviados. El tercero (Mt. 13, 3 – 13, 53) es el discurso de las parábolas, en definitiva, el discurso sobre el Reino de Dios. El cuarto discurso (Mt. 18, 3 – 19, 1) es eclesiológico, dirigido hacia la comunidad y sus relaciones, su manera de vivir y de ser Iglesia. Finalmente, el quinto discurso (Mt. 24, 2 – 26, 1) es escatológico, es el pequeño apocalipsis sinóptico con el agregado mateano de las parábolas afines al tema tratado y la imagen del juicio final a las naciones. Estos cinco discursos emulan a los cinco rollos (libros) que conforman la Torá (nuestro Pentateuco): Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Para la tradición judía, fue Moisés el autor de los cinco libros. Por lo tanto, siguiendo la temática de sus primeros capítulos, Mateo está asegurando que Jesús es el nuevo Moisés, el nuevo pastor y guía de su pueblo, Israel. Por eso, a diferencia de Lucas, el sermón es dado desde el monte, y no desde el llano. Como Moisés que sube al monte Sinaí para recibir las tablas (cf. Ex. 19, 10-20), Jesús sube al monte (no se especifica cuál, justamente para reforzar el simbolismo) para dar la nueva ley, la ley del Reino. La diferencia es que Moisés le da la ley a Israel solamente, pero Jesús la universaliza, según Mt. 4, 25 que nombra a multitudes que vienen de la Decápolis y de la Transjordania, territorios gentiles.

Las bienaventuranzas, por ende, son mensajes universales. Están arraigadas en el Antiguo Testamento, en el lenguaje judío, pero se expanden hacia todos los varones y mujeres del mundo. Son una utopía, un deseo y un aliento que no se queda entre pocos, de manera elitista. Las bienaventuranzas son universales. Lo que debe quedar claro es que, a pesar de dirigirse a todos, no todos pueden ser abarcados en ellas. No todos están dispuestos a tomar el modelo que ofrecen. ¿Y cuál es este modelo? Recordemos que están incluidas en el discurso sobre la actitud de vida cristiana. Esta actitud, según los capítulos 5 al 7 de Mateo, se fundamenta en una ley de amor que entiende la religiosidad como una manera de afrontar la existencia teniendo presente a Dios en lo cotidiano, más allá de ritualismos y cultos que pueden enmascarar una hipocresía social. Por lo tanto, las bienaventuranzas se han de leer y comprender desde esta perspectiva de amor. ¿Son un mensaje de opio para los pueblos? ¿Son una invitación a mantener las situaciones injustas hasta que llegue el final de los tiempos con la resolución de Dios? De seguro que no. Ya de entrada, la primera de las bienaventuranzas está en tiempo presente. De los pobres en espíritu es hoy mismo el Reino de los Cielos (recordamos que, en lenguaje de Mateo, Reino de los Cielos es el equivalente al Reino de Dios de los otros evangelistas). No es una promesa para mañana, sino una constatación de la realidad. ¿Y cómo entender, entonces, a los pobres en espíritu? En esta frase, la traducción es fundamental. Usar la palabra alma, por ejemplo, como traduce la versión litúrgica, es un error gravísimo. El concepto que expresa el texto no tiene nada que ver con el alma. En griego, los manuscristos dicen ptochos pneuma. El ptochos es el pobre más pobre, el que está obligado a mendigar por su pobreza. Pneuma es el término para el espíritu; en este caso, para el espíritu del ser humano, o sea, para su fuerza vital, para aquello que lo impulsa. No estaría mal entender, entonces, a los pobres en espíritu como los pobres por decisión propia. Son los que se hacen pobres por una opción que surge de su fuerza vital. Han elegido la pobreza, su espíritu los impulsó a ser pobres. Esto concuerda mucho más con el sermón del monte que si hablásemos de pobres espirituales. Los pobres por decisión son aquellos que han elegido el camino del hermanamiento haciéndose hermanos en la pobreza de los más desprotegidos y azotados por el sistema económico. Jesús no avala el orden social que genera pobres; esos son pobres por decisión de otros, y Jesús rechaza esa pobreza. Al contrario, considera digna del Reino a la pobreza de los que la eligen a favor de sus hermanos. De ellos es, ahora mismo, el Reino, como lo es de los perseguidos por causa de la justicia. Para ambos es la misma recompensa debido a que están conectados en su opción de vida. Luchar por la justicia y hacer pobre por los pobres es, en el fondo, una misma lucha encarada desde distintos ángulos. En la misma línea puede leerse la bienaventuranza sobre los mansos que heredan la tierra. La idea está tomada del Salmo 37, donde se habla de aquellos que heredarán la tierra en herencia: los que esperan en el Señor (Sal. 37, 9: qavah yhwh), los desposeídos (Sal. 37, 11: anaw, también traducido como mansos), los benditos (Sal. 37, 22: barak), los justos (Sal. 37, 29: tsaddeq). Como vemos, entre los que heredarán la tierra están los desposeídos, los sin-tierra, que pueden traducirse como mansos. Con la bienaventuranza, inspirada en este salmo, también se puede hacer lo mismo. Los mansos no son aquellos pacientes que no hacen nada hasta que Dios se manifieste. Son los que esperan en el Señor, confiados y activos. Estos que esperan son, sobre todo, personas que no tienen tierra, que se las han quitado, que las tuvieron que vender, que se endeudaron con ellas. Pues bien, Dios les dará la tierra, porque la tierra es de Dios, y todos tienen derecho a la porción que les dé comida y sustento.

¿Se puede seguir sosteniendo que las bienaventuranzas avalan el orden social injusto y lo justifican? Claramente que no. La actitud de vida del cristiano es modificar la injusticia para que el Reino que conocen los que luchan por la justicia y los que se hacen pobres por opción, sea una realidad para los desposeídos, los que lloran, los afectados por la iniquidad, los misericordiosos, los de corazón puro y los que trabajan por la paz.

Dios de vivos, Dios Viviente, vida de Dios / Trigésimosegundo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 20, 27-38

Se le acercaron algunos saduceos, que niegan la resurrección, y le dijeron: “Maestro, Moisés nos ha ordenado: Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda. Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. El segundo se casó con la viuda, y luego el tercero. Y así murieron los siete sin dejar descendencia. Finalmente, también murió la mujer. Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?”.

Jesús les respondió: “En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que sean juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casarán. Ya no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección. Que los muertos van a resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Porque él no es un Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para él”. (Lc. 20, 27-38)

La disputa de Jesús con los saduceos está conservada en los tres Evangelio sinópticos. Mt. 22, 23-33 y Mc. 12, 18-27 son el pasaje paralelo a Lucas que leemos hoy en la liturgia dominical. Ya estamos en Jerusalén y, como sabe el narrador, las sombras se ciernen sobre la historia jesuánica. Falta poco para el desenlace, y de la alegría de Galilea o lo dinámico del camino, poco queda. Ahora es la hora de los enfrentamientos finales con los principales opositores, quienes serán, en definitiva, los artífices de la maquinaria de crucifixión. En este caso, el bando que viene a poner a prueba al Maestro son los saduceos. Lo que sabemos de ellos es bien concreto y sirve para entender su teología.

Jerusalén era el territorio básico de acción de la secta saducea. Difícilmente se encontraría uno de ellos fuera de la capital y, mucho más difícil, fuera de la provincia de Judea. En realidad, esto se debe a que formaban más un partido político que un movimiento religioso. Su origen histórico hay que buscarlo en el siglo II a.C., en la época de los Macabeos. Primeramente, la secta habría nacido alrededor del 175 a.C. con un grupo de sacerdotes opositores al manoseo que se realizó con el cargo del sumo sacerdote del Templo, comprado por Jasón al rey Antíoco IV Epífanes. Más adelante, los saduceos se convierten en fieles seguidores de Juan Hircano, hijo de Simón Macabeo, iniciador de la revuelta que logró purificar el Templo de ese manoseo. Juan Hircano, entre el 134-104 a.C., además del sumo sacerdocio, hizo todo lo posible para ser considerado rey, por ejemplo, acuñando monedas con inscripciones de su título. Al mismo tiempo que Juan Hircano recibía el apoyo saduceo, los fariseos se ponían en su contra. El nombre saduceo deriva de Sadok, sumo sacerdote de la época de Salomón (cf. 1Rey. 2, 35). Los saduceos se consideraban descendientes de este personaje, reforzados (sin peso específico) en la profecía de Ezequiel que asegura que los hijos de Sadok serán los encargados de ministrar frente al mismísimo Yahvé en el final de los tiempos, dentro del templo escatológico que describe el profeta (cf. Ez. 40, 46; Ez. 44, 15). A pesar de esta profecía escatológica, los saduceos no creían en la resurrección de los muertos ni en la existencia de espíritus o ángeles (cf. Hch. 23, 8). De las Escrituras consideraban sólo como inspirada la Torá o Pentateuco, los cinco primeros libros; y su interpretación de la misma es literalista. Respecto a las legislaciones, por ejemplo, consideraban ejecutable la ley del talión, con todo su rigor. Al limitar su mirada sobre el más allá, creían que Dios recompensaba a los seres humanos en vida con las riquezas: los buenos eran ricos y los malos pobres. Obviamente, todos los saduceos pertenecían a la clase alta y se designaban como pueblo elegido y bueno. Su materialismo los llevaba a ser colaboracionistas en las invasiones. Cualquier pueblo extranjero que les ofreciese un arreglo favorable para mantener su status quo, era bienvenido. Por esta sencilla razón tenían como enemigos a los fariseos, con quienes no compartían casi ninguna creencia, y al pueblo en general, que reconocía en ellos a la clase acomodada. Buscaban que las cosas estén iguales siempre, en conveniencia de su bienestar.

Claramente, los saduceos están en la vereda opuesta a la propuesta del Evangelio. Su materialismo no se condice con el desprendimiento de Jesús y el exigido a sus discípulos; su falta de creencia en la resurrección, como veremos en el comentario de hoy, es lo contrario al pensamiento jesuánico; su colaboracionismo no tiene punto de contacto con la frase de dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios (cf. Lc. 20, 25); su conservadurismo atenta la dinámica cristiana de seguir el soplo del Espíritu Santo.

El caso propuesto por los saduceos a Jesús, seguramente, formaba parte de los casos clásicos de análisis entre ellos; e inclusive sería uno de sus famosos argumentos para justificar su no creencia en la resurrección. Como de costumbre, la respuesta de Jesús excede a la pregunta y plantea una mirada teológica que absolutiza algunas realidades en detrimento de otras que se relativizan. En esta escena, lo absoluto es la vida. Ante cualquier valor que se ponga en juego, para Jesús prima lo vivo, lo viviente. El primer viviente es Dios mismo, fuente de la existencia, y a partir de él, los vivientes son los seres humanos, a quienes se les comunica la vida divina. Desde esta naturaleza del universo, es imposible que la muerte tenga una carga limitante al poder de Dios. La muerte no puede vencer a Dios, no puede derrotarlo. La vida tiene muchísimo más poder que la tumba. Al final del Evangelio, Lucas demostrará esa tesis con la resurrección de Jesús, pero mientras tanto, las curaciones y los exorcismos del Maestro son la muestra anticipada. Curando y exorcizando, Jesús repone la vida, la restituye al estado pleno querido por Dios. Y por ello, también, la posición radical de Jesús frente a las riquezas. Si algunos tienen lo que a otros les falta, no hay justicia y no hay vida plena, entonces no puede ser compatible con Dios la opulencia. La actitud saducea es, entonces, anti-vida. La aristocracia acomodada conservadora no promueve los valores asociados a la vida de Dios, sino que pretende mantener en un estado de muerte y estancamiento a los demás. A fin de cuentas, no creer en la resurrección es una argucia para darle marco religioso a la diferencia social. Los saduceos no creen en la resurrección porque no les conviene; porque si la vida continúa y se plenifica en el encuentro posterior con Dios, entonces no son buenos los que tienen riquezas en señal de retribución terrena; aún peor, las riquezas no significan nada y, por no significarlo, se convierten en pecado para el que las acumula.

El argumento exegético de Jesús se fundamenta en un pasaje del Éxodo (cf. Ex. 3, 6), en el encuentro de Moisés y la zarza ardiente, donde Dios mismo se revela como el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, tres patriarcas muertos para la época mosaica. Si Yahvé es el Dios de ellos, supuestamente muertos, entonces es un Dios de vivos. Si para identificarse, Dios recurre a los antepasados, y lo hace en forma presente, entonces los antepasados están vivos. No hay razones para dar por muertos a Abraham, Isaac y Jacob; Dios los nombra como vivos y tiene sentido que quienes han depositado la vida en sus manos estén vivos. Por eso Jesús afirma que su Padre no puede ser divinidad de los muertos o de la muerte; sería anti-lógico. Yahvé es Dios de la vida, y en Él, los seres humanos son vivientes. El argumento jesuánico tiene tanto sentido como inesperado y sorprendente es escucharlo. Hay otros pasajes de la Escritura que cabrían mejor en este caso, sin embargo, Jesús argumenta con la Torá, única Palabra reconocida por los saduceos. Más profundamente, diríamos que se trata de teología en estado puro. Para definir las características de la escatología, el Maestro recurre a la definición que da Dios de sí mismo, puesto que sólo a partir de Él se entienden las demás cosas. Todo cobra sentido en Dios porque Dios es quien da sentido a las cosas, y el sentido proviene de la vida. Las cosas muertas, lo muerto, la muerte en sí, no tienen sentido. Lo vivo, la vida, eso sí lo tiene. En la teología, la muerte no puede ocupar un lugar de preponderancia; se deben leer los episodios de muerte a la luz de la vida. La resurrección es la clave hermenéutica de lo inexplicable y doloroso. La muerte, un sin sentido, se explica a la luz de la resurrección. Cuando decimos esto, no afirmamos en absoluto que la teología pueda adquirir el conocimiento pleno del estado de resurrección, ni mucho menos. Decimos que lo resucitado da vida a lo que no la tiene, y eso es suficiente para dar vuelta el mundo. Lucas tampoco sabe describirnos cómo es el estado de resurrección. Lo primero que atina a elaborar es un contrapunto entre los hijos de esta era (según el original griego) que se casan y los hijos de la resurrección que ya no lo hacen. Aquí ya sabemos que hay diferencias entre un estado y el otro. Respecto al último estado, la palabra griega que lo describe es isaggelos, un derivado de iso (similar) y aggelos (ángel). O sea, un estado angélico, que en definitiva, es hablar de un estado inmaterial no sujeto a las reglas de este mundo. Como vemos, la única manera de describir la resurrección es remarcar que se alteran las normas que rigen el funcionamiento material. Esta alteración va más allá del matrimonio o la unión carnal de un varón y una mujer; se trata de la desaparición, por ejemplo, de los bienes y las riquezas. En el estado de resurrección no pueden existir clases ni poderosos que oprimen a los pobres, porque no hay botín que repartirse. Esto no conformaba para nada a los saduceos. Un mundo así significaba perder aquello que, supuestamente, los hacía ser alguien.

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En la tumba vacía, los varones de vestiduras resplandecientes le hacen una pregunta clave a las mujeres: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?” (Lc. 24, 5b). ¿Por qué revuelven las tumbas cuando a Jesús se lo encuentra en la vida celebrada, compartida y llevada a plenitud? ¿Por qué existe esa manía de creer en un Cristo de cementerios? A muchos cristianos les cuesta horrores estar alegres, estar de Pascuas. Pareciera que es mejor la vida sufrida, mostrar el rostro triste, enumerar las desgracias que nos suceden. Y todo, por supuesto, sería la obra de Dios que, extrañamente, le encantar ver cómo la pasamos mal.

Lo cierto es que el Padre de Jesús tiene una mirada totalmente distinta sobre la vida. Él ama la vida y quiere la vida plena para todos sus hijos. Los hijos de Dios, como se puede leer hoy, son los hijos de la resurrección. No podemos llamarnos hijos si no aceptamos la Pascua con todas las consecuencias que conlleva. La resurrección tiene que ser una actitud cotidiana, una manera de mirar el mundo y de mirar a los otros. Corremos el riesgo de ser saduceos, de creer que todo acaba aquí y que no vale la pena comprometerse en un cambio. Corremos el riesgo de mutilar a Dios en uno de sus bienes más queridos: la vida. Allí se demuestra el cristianismo. No importa cuántas procesiones organicemos ni el número de bautizados registrados en las actas parroquiales. Lo que importa es nuestro compromiso con la vida, desde la obviedad del rechazo del aborto hasta la defensa del pobre que lleva una mala calidad de vida. La existencia que tenemos que asegurar como Iglesia es la existencia plena, o sea, el sacramento de la resurrección. Cuando un varón o una mujer tienen, y aprovechan, la posibilidad de potenciarse, proyectarse y plenificarse, la resurrección se hace presente, se hace sacramento entre nosotros. Cuando la Iglesia mejora la calidad de vida de alguien, lo acompaña en su desarrollo profesional, le ofrece una comunidad de contención y le regala el espacio para encontrarse con Dios, se cumple el propósito de la evangelización. La Buena Noticia del Reino es que Dios nos quiere plenamente vivos, y que no descansará hasta que alcancemos la plenitud.

La fe en Dios, la fidelidad, se juega en la comunicación de la vida. Todas las actividades y actitudes que transmiten vida, que la promueven, que la facilitan o que la defienden, son actos de fe. Lo que oprime, mata, reduce las posibilidades o limita, son obras anti-Reino. Reproducir a Jesús implica, hoy y en el futuro, hacer frente a los grupos saduceos, a los aristócratas, a la clase acomodada, a los conservadores del sistema, a los materialistas y a todos los que mutilan la figura de Dios, para demostrar que Yahvé es Dios de vivos, y que por una vida para todos somos capaces, paradójicamente, de dar la vida.

Jerusalén no es para cualquiera / Decimotercero Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 9, 51-62

Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén. Envió, pues, mensajeros delante de sí, que fueron y entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle posada; pero no le recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén. Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: “Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?” Pero, volviéndose, les reprendió; y se fueron a otro pueblo.

Mientras iban caminando, uno le dijo: “Te seguiré adondequiera que vayas.” Jesús le dijo: “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.” A otro dijo: “Sígueme.” Él respondió: “Déjame ir primero a enterrar a mi padre.” Le respondió: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios.” También otro le dijo: “Te seguiré, Señor; pero déjame antes despedirme de los de mi casa.” Le dijo Jesús: “Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios.” (Lc. 9, 51-62)

Como ya mencionamos en algún comentario, la sección del viaje a Jerusalén es un acápite al que los relatos sinópticos (Marcos, Mateo y Juan) dan mucha importancia, cada uno a su manera. Es, sin dudas, una sección central para el esquema del relato sinóptico, ya que la intención de este viaje a Jerusalén parece ser la expresión máxima de la pedagogía jesuánica. El Maestro enseñará y condensará las experiencias educativas en este trayecto. En Marcos, el camino está signado por los tres anuncios de la pasión. En Mateo, la relevancia comunitaria de las enseñanzas es pívot del trayecto. En Lucas, el viaje es un verdadero libro en sí mismo. Según la mayoría de los especialistas, se puede demarcar la sección del camino lucano entre Lc. 9, 51 y Lc. 19, 28, comenzando en el versículo 29 con el relato de la entrada mesiánica a la ciudad santa. En la transfiguración, el autor se encarga de aclarar el sentido de la importancia que está dando al camino, cuando narra que Moisés y Elías hablan con Jesús sobre el éxodo que debía cumplirse (cf. Lc. 9, 31). Hacer un éxodo, para la tradición israelita, es hacer un trayecto en compañía de Dios. No es un camino fácil ni un recorrido de oasis. El éxodo de Israel significó la liberación del yugo egipcio, pero cuarenta años en el desierto. Hacer el éxodo es, entonces, confiar en que Dios puede liberar, a pesar de que las condiciones externas indiquen lo contrario. A pesar del calor del desierto, de la falta de agua, o del tiempo que pasa sin que pisemos la tierra prometida, la fe es la garantía de que Dios está allí, liberando. En Lucas, Jesús es un ser humano en éxodo, en camino. Es un itinerante que sube a Jerusalén.

Para remarcar mojones en esta sección del camino, el autor se vale de referencias esporádicas a la meta del caminar. La primera referencia es la que leemos hoy. La segunda está en Lc. 13, 22: “Atravesaba ciudades y pueblos enseñando, mientras caminaba hacia Jerusalén”. La tercera en Lc. 17, 11: “De camino a Jerusalén, pasó por los confines entre Samaría y Galilea”. La cuarta en Lc. 19, 28: “Marchaba por delante, subiendo a Jerusalén”. Con esas señalizaciones, el lector recuerda que todo es parte de un movimiento con objetivo. En la obra lucana, Jerusalén es el comienzo de la historia neotestamentaria (en el Templo se le aparece Gabriel a Zacarías), y es el fin de la historia terrenal de Jesús (muere crucificado en la ciudad santa), pero a su vez comienzo del nuevo orden de cosas (Jesús resucita), desde donde la Buena Noticia se expandirá al mundo entero (la primerísima comunidad se reúne en Jerusalén y recibe el Espíritu Santo allí).

Jerusalén es paradójica. Genera un doble sentimiento. Es la ciudad que mata a los profetas y apedrea a los enviados (cf. Lc. 13, 34), pero también el espacio donde se renueva el cosmos. A Jerusalén se peregrina con entusiasmo para las grandes fiestas de Yahvé (para Pascua, Pentecostés y Tabernáculos), pero el peregrinaje de Jesús no parece terminar, precisamente, en una fiesta. Jerusalén tiene el Templo, y es signo de la presencia de Dios entre los seres humanos, pero esa presencia parece exclusiva para los judíos, restringida. Por ello, la expresión en griego que está en el encabezado de la lectura litúrgica de hoy es que cuando se cumplió el tiempo de la asunción, Jesús endureció su rostro para ir a Jerusalén. Nosotros solemos traducir la frase como tomó la decisión, se afirmó en su voluntad, se encaminó decididamente, etc. Sin embargo, lo importante para Lucas parece ser el rostro de Jesús. La palabra rostro (prosopon en griego) aparece tres veces en los primeros tres versículos que leemos hoy: lo que ya mencionamos en el versículo 51, que envió mensajeros delante de su rostro en el versículo 52, y que no le dieron albergue en Samaría porque tenía rostro como de ir hacia Jerusalén en el versículo 53. Lamentablemente, las traducciones no nos dejan apreciar ese juego literario. Para Lucas, el rostro de Jesús era tan elocuente respecto a su determinación, que con sólo mirarlo, uno podría darse cuenta hacia dónde iba. De más está decir que tanto en la cultura griega como en casi todas, el rostro es el reflejo de la persona. El ser humano puede ser leído a través de sus gestos. Jesús va en peregrinaje a una ciudad que, seguramente, le generaba un sentimiento religioso importante, pero no por eso deja de caer en la cuenta de lo peligrosa que es su asunción. Subir a Jerusalén es subir a donde pueden matarlo. Y entonces, endurece el rostro, da señales de que a donde va las cosas no son fáciles. A su alrededor, quienes lo acompañan o quienes lo ven pasar, saben que está determinado a algo que implicó una decisión entre dientes. Una decisión aceptada, pero no por eso menos difícil o, quizás, dolorosa. Jesús endurece el rostro como quien hace fuerza con su mandíbula. Y eso se ve. Subir a Jerusalén no es parte de un delirio místico y una aceptación ciega de peticiones divinas caprichosas. Subir a Jerusalén es una decisión que cuesta discernimiento y esfuerzo.

Cuando se presentan, en seguidilla, los tres episodios breves de vocación (¿?), en fresco está aún el rostro endurecido de Jesús, sus dos anuncios de la pasión (cf. Lc. 9, 22.44) y el refuerzo del llamado vocacional que implica negarse a uno mismo y cargar con la cruz cada día (cf. Lc. 9, 23). No es tiempo para vocaciones momentáneas, entusiastas y pasajeras. No es tiempo para el seguimiento tibio, a medias y esporádico. No es tiempo para hipócritas ni para exitistas. Es tiempo de subir a Jerusalén. En esa línea han de leerse las respuestas sucesivas de Jesús a los interesados. No estamos frente a un líder sectario que exige ascetismo ni ante un predicador del falso dios que castiga para mejorarnos. Estamos ante un hombre con prioridades que relativizan el resto. Jesús tiene absolutos en su vida. En las tres respuestas (versículos 58, 60 y 62), lo absoluto es el Reino de Dios:

- Lc. 9, 57-58: el primero que le habla es alguien que parece decidido a todo. Seguirá al Maestro a donde quiera que vaya, inclusive a Jerusalén, si nos atenemos al contexto. Él le responde que las zorras y las aves tienen casa, pero no así el Hijo del Hombre. No tener casa, o sea, no tener dónde reclinar la cabeza, dónde reposar, dónde establecerse, no es otra cosa que la referencia a la condición de constante éxodo de Jesús. Es hombre sin casa por propia elección. Ha preferido la condición itinerante del Reino antes que el establecimiento. Ha preferido ser un desheredado (porque esa es la condición de los que no poseen casa/hogar) y romper con el esquema tradicional familiar para abrirse a la gran familia universal, exigencia del Reino.

- Lc. 9, 59-60: en este caso, Jesús llama y el llamado responde que debe ir a enterrar a su padre. Propiamente, la actividad parece digna de un hijo que honra a sus progenitores. En el marco de la cultura mediterránea del siglo I, la acción es más que loable. El deber que tienen los hijos para con el cabeza de la familia es inapelable. Deshonrar al progenitor varón constituía una afrenta grave de honor. Jesús, justamente, invita a dejar una de las actividades que constituía el trabajo debido desde los hijos hacia los padres. En la lógica del Reino de Dios, lo urgente es la evangelización, por encima de la concepción familiar exclusivista. Dejar que los muertos entierren a sus muertos es dejar que un modelo limitante como el de la familia patriarcalista (que va más allá de lo meramente familiar y se extiende hacia la idea de raza superior, religión superior o sociedad superior) se entierre a sí mismo. El Reino de Dios está por encima de esos modelos exclusivistas. El Reino de Dios trae la Buena Noticia de la familia universal y de lo absoluto del amor; eso es lo que debe anunciarse urgentemente.

- Lc. 9, 61-62: un tercero se aproxima a Jesús con la intención de seguirlo, siempre y cuando el Maestro le dé permiso para ir a despedirse de los de su casa. En este breve episodio resuena la vocación de Eliseo llamado por Elías (cf. 1Rey. 19, 19-21). Cuando Elías lanza sobre Eliseo (que estaba trabajando con los bueyes) su manto, impartiéndole así su espíritu profético para que sea su discípulo, éste le pide un momento para ir a besar a su padre y a su madre, y luego convertirse de lleno en discípulo del profeta. Al contrario que Jesús, Elías concede el permiso sin problemas. Para Jesús, en cambio, no se puede poner la mano en el arado y mirar hacia atrás. El Reino de Dios exige un trabajo que se desprende de estas obligaciones relacionadas con el exclusivismo del vínculo familiar. No hay que despedirse de nadie porque todos pasan a la condición de hermanos. La nueva familia es universal. Mirar hacia atrás es mirar hacia el viejo modelo patriarcal, exclusivo familiar, sectario.

Es posible que Lucas escriba preocupado por los cristianos momentáneos de su comunidad. Parece que varios dicen estar dispuestos a todo, que son capaces de dar la vida, pero salta a la vista que es una hipocresía. Parece que varios prometían con su boca actos heroicos y martiriales que, a la hora de los hechos, no resultaban ser tan así. El Jesús de Lucas redobla la apuesta (o la triplica). El Reino de Dios es tan prioritario, que verdaderamente es necesario plantearse los extremos. El Reino de Dios, en su aceptación, es la ruptura con modelos establecidos dañinos, pero enquistados. El Reino de Dios es, en cierto sentido, romper con lo que uno había asumido como normal. En la cultura mediterránea era romper con el modelo patriarcalista y la exaltación de la casa como ámbito cerrado. Hoy, podría ser romper con el machismo, podría ser romper con el consumismo, o con la moda impuesta. Hoy, podría ser resistirse a la brecha de ricos y pobres. Hoy, podría significar el rechazo de ciertos condicionamientos eclesiales que carecen de fundamento.

Esas rupturas, esas resistencias y rechazos, cuestan caro. Hay que endurecer el rostro para aceptar el Reino de Dios. Implica un discernimiento que, difícilmente, lo realice un cristiano de momento. A veces, pensando, uno puede llegar a la conclusión de la inconveniencia de ser cristiano. Y sin embargo, el modelo del Maestro es el de endurecer el rostro con la decisión tomada. El cristianismo, el seguimiento de Jesús, no es una cuestión social ni un estereotipo. El cristianismo es una decisión de mandíbulas apretadas que plenifica, pero no por eso anestesia. El cristianismo es el contacto crudo con la realidad para que la luz del Evangelio le dé sentido.

No se puede evangelizar desde el entusiasmo superficial ni desde las promesas de experiencias regocijantes en un culto. Se evangeliza desde el convencimiento discernido del seguimiento de una Persona que es capaz de llevar la vida humana a la vida plena de Dios. Se evangeliza en medio de la cruda realidad. Allí se palpa y se vive que la maquinaria global mata a los profetas, que los pobres no tienen dónde reclinar la cabeza tras una eterna jornada de trabajo, que a los muertos por las guerras nadie los entierra, y que muchas familias son capaces de abandonar a sus hijos. Allí se puede llegar a entender lo absoluto sea para nosotros el Reino de Dios.

Cristo y cruz / Decimosegundo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 9, 18-24

Estando una vez orando a solas, en compañía de los discípulos, les preguntó: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Ellos respondieron: “Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que un profeta de los antiguos ha resucitado.” Les dijo: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Pedro le contestó: “El Cristo de Dios.” Pero les mandó enérgicamente que no dijeran esto a nadie.

Dijo: “El Hijo del hombre debe sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día.” Decía a todos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará” (Lc. 9, 18-24)

Hoy leemos la confesión de fe petrina redactada por Lucas. El episodio es muy conocido y respetado por la tradición de los evangelistas. Tanto los Sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas) como Juan la conservan, con matices diferentes, pero siempre poniendo en boca de Pedro la promulgación de la identidad de Jesús. Los paralelos sinópticos de la confesión están en Mc. 8, 27-30 y Mt. 16, 13-20. Del texto joánico podría decirse que es Jn. 6, 66-71. Como el esquema central de Marcos y Mateo incluye dos multiplicaciones de los panes con un recorrido delimitado por territorio pagano, en este caso, la secuencia de acontecimientos elegida por Lucas parece estar más en concordancia con Juan, quien sitúa en el capítulo 6 de su Evangelio la única multiplicación de su libro, el discurso sobre el pan de vida, la llamada crisis de Galilea que culmina con el abandono de muchos discípulos (cf. Jn. 6, 66) y, finalmente, la confesión petrina. Lo que hace Lucas es un artificio literario, una arquitectura en sándwich que comienza con las suposiciones populares sobre la identidad de Jesús, disparadas por la curiosidad de Herodes (cf. Lc. 9, 7-9), luego la multiplicación de los panes (cf. Lc. 9, 10-17), y para cerrar el esquema, el texto de hoy, donde se dilucida con mayor precisión quién es Jesús. En definitiva, podemos rescatar que la multiplicación de los panes, para la tradición lucana y joánica, es la clave hermenéutica de la identidad jesuánica, pero que si se la malinterpreta, se altera la percepción sobre Jesús (como le sucede a los que quieren coronarlo rey en Jn. 6, 14-15 y a Pedro en la perícopa de hoy).

La famosa confesión de fe petrina que tanta importancia tiene en esta sección del relato evangélico, es distinta en la visión de cada autor. Marcos, el más primitivo de los redactores, pondrá en boca de Pedro la frase: “Tú eres el Cristo” (Mc. 8, 29). La declaración es simple y contundente, en concordancia con lo que el evangelista pre-anunció en el título de su libro, en Mc. 1, 1: “Comienzo del Evangelio de Jesús, el Cristo, Hijo de Dios”. Sin embargo, a pesar de lo acertado que simula ser la declaración, a continuación ocurre una disputa entre Jesús y Pedro, llegando al punto en que el Maestro llama Satanás a su discípulo (cf. Mc. 8, 33). Por lo visto, Pedro no había entendido qué tipo de Cristo era Jesús. Tenemos luego la visión de Mateo. Según él, las palabras de la confesión fueron: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt. 16, 16). A lo referido por Marcos, éste agrega la filiación divina. Recordando que los destinatarios del texto mateano eran mayoritariamente judíos convertidos al cristianismo, tiene sentido que se haya recalcado uno de los puntos de mayor conflicto: la condición divina de Jesús y su relación filial particularísima con el Padre. Jesús no es sólo el Mesías esperado, sino que es el Mesías Hijo de Dios. A punto de partida de esta confesión, Pedro recibe la bienaventuranza sobre la revelación que ha tenido, y cómo se constituirá en piedra de la Iglesia naciente (cf. Mt. 16, 17-19). Hasta aquí la singularidad de Pedro y su protagonismo son elocuentes. Para bien o para mal, está en el primer plano de la escena. Es un revelador de la verdadera identidad de Jesús, aunque sin hacerlo en plenitud. Saltando hasta Juan, el título que utiliza Pedro es Santo de Dios (cf. Jn. 6, 69). Para el Antiguo Testamento, y particularmente para Isaías, Yahvé es el Santo de Israel (cf. Is. 1, 4; Is. 5, 19.24; Is. 12, 6; Is. 17, 7; Is. 29, 19; 2Rey. 19, 22). En esta cristología, la naturaleza de Jesús es la naturaleza de santidad que pertenece a Yahvé. En el caso lucano, la fórmula puesta en labios de Pedro es Cristo de Dios. Lucas la utiliza aquí y, nuevamente, en Lc. 23, 35, cuando los magistrados dicen al Crucificado: “Ha salvado a otros; que se salve a sí mismo si él es el Cristo de Dios, el Elegido”. Estas dos ocasiones dan una idea del problema de fondo que tiene la confesión petrina. Los magistrados creen que, por ser el Cristo de Dios, está obligado a realizar un acto milagroso y con parafernalia para demostrarlo. De la misma manera, parece que Pedro ha entendido mal. Lucas no conserva la imprecación de Jesús a su discípulo ni el ensalzamiento con la bienaventuranza, pero el contexto lanza las pistas para reconocer que Jesús hace una corrección. En primer instancia, porque en Lc. 9, 21, cuando el autor explica que Jesús les ordenó callar, el verbo en griego utilizado es epitimao, utilizado también en Lc. 4, 35 (exorcismo del endemoniado de la sinagoga); Lc. 4, 39 (curación de la fiebre de la suegra de Pedro), Lc. 4, 41 (exorcismos masivos); Lc. 8, 24 (al calmar la tempestad en la barca) y Lc. 9, 42 (curación del niño endemoniado). Como vemos, es el verbo de los exorcismos, de la expulsión del demonio y del mal. A los poseídos los libera el Maestro con este verbo, a las enfermedades las increpa, y a la tormenta/mar, símbolo del mal, también la derrota conminándola. Por esto, podemos decir que los discípulos son exorcizados de su visión mesiánica equivocada. No se les manda simplemente a guardar silencio, sino que se los libera de su concepción limitante. El segundo punto que refuerza el hecho de la corrección es lo que viene a continuación de la confesión petrina: el Hijo del Hombre sufrirá, lo matarán y resucitará. El primer anuncio de la pasión en el relato de Lucas abre la puerta a lo que será la larga sección del camino a Jerusalén. Caminando hacia la capital, hacia el Templo, hacia el centro de la opresión, Jesús hace el éxodo de su vida. No es un Mesías que ha venido para quedarse, sino un Mesías que libera dando la vida. No es un déspota, un tirano, alguien que pretende perpetuarse en el poder. Su verdadero poder está en el servicio. Para entender eso, los discípulos deben transitar con Él este largo éxodo del que hablamos, subiendo a Jerusalén, desde el capítulo 9 del Evangelio según Lucas hasta el 19, cuando entre a Jericó y, finalmente, a la ciudad santa montado en un pollino.

La condición crística para el seguimiento, que es la propia condición de Jesús, está en cargar la cruz todos los días, que no es lo mismo que la cruz de todos los días. La confusión respecto a esta expresión causa estragos en las vivencias espirituales de muchísimos cristianos. Tradicionalmente se interpreta que la cruz de todos los días es la vida dolorosa de por sí, que hay que soportar, martirialmente, para acceder a la resurrección. Como si la Creación de Dios fuese mala por naturaleza en vistas a generar un sufrimiento que redima. Como si Dios fuese lo diametralmente opuesto al Padre de Jesús.

Cargar la cruz todos los días, en el contexto cristiano primitivo, es hacerse crucificado a diario, cada mañana, cada jornada, cada tarde, cada noche. Es atreverse a ser señalado por el resto como un maldito, un despreciable. Es auto-marginarse a la par de los ya marginados, por propia decisión, por convicción, por vocación, para promover al marginado hacia la plena igualdad. Quien quiere ser discípulo se ve instado a negarse, no por un desprecio de lo que se es, ni por rechazo de lo que Dios ha hecho en uno, sino como despojo que libera. No es negarse para dejar de reconocerse, sino negación que positiviza, negación que permite cambiar y convertirse, negación que nos hace dispuestos a abandonar lo que sobra por el Evangelio, por la Buena Noticia del amor. Es la paradoja de perder la vida para encontrarla, la paradoja de ir disminuyendo para ir creciendo, la paradoja de hacerse invisible entre los que la historia hizo invisibles, para que se vuelvan a ver. Es difuminarse, diluirse para concentrarse. Es hacerse crucificado para la resurrección de todos. Es asumir la situación marginal de unos tantos que no deberían ser tantos ni ser marginales.

En conclusión, no se trata de soportar la vida que Dios regala, sino de que todos disfruten en pleno esa vida regalada. Nos hacemos crucificados para que no haya más crucifixiones. Por esta razón no puede malentenderse el mesianismo de Jesús. Si lo vemos como el militar triunfante, damos la razón a la historia perversa de que gana el más fuerte. Si lo vemos como un elegido que está por encima del cosmos, por encima del universo, y separado del ser humano, hacemos a Dios un solitario despreocupado de sus creaturas. Si nos dejamos exorcizar de nuestra visión reducida y ampliamos la visión hacia el sentido real del Cristo de Dios, trascendemos hasta la identidad que es el meollo de Jesús: Cristo de los crucificados. Evangelizar con una Buena Noticia basada en otros mesianismos es caer en el mismo error de Pedro de poner a Dios títulos que no lo representan. La Buena Noticia de la evangelización es una persona que, siendo la elegida, siendo Mesías, siendo Cristo, siendo Salvador, eligió a los últimos, a los que cargaban la cruz impuesta por la sociedad. La Buena Noticia de la Iglesia es que Dios no se ha quedado quieto en su eterna santidad, separado para no contaminarse. El Dios de Jesús ha cargado cruz para liberar a los que padecen el yugo. Y la Iglesia está obligada a ser crucificada en lugar de fabricar nuevos crucificados con sus condenas, anatemas y maldiciones.