Misioneros sin pan / Décimoquinto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B – Mc. 6, 7-13 / 15.07.12
7 Entonces llamó a los Doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros. 8 Y les ordenó que no llevaran para el camino más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero; 9 que fueran calzados con sandalias, y que no tuvieran dos túnicas. 10 Les dijo: “Permanezcan en la casa donde les den alojamiento hasta el momento de partir. 11 Si no los reciben en un lugar y la gente no los escucha, al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos”.
12 Entonces fueron a predicar, exhortando a la conversión; 13 expulsaron a muchos demonios y curaron a numerosos enfermos, ungiéndolos con óleo. (Mc. 6, 7-13)

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Jesús llama a los Doce, grupo que ya ha sido instituido en Mc. 3, 14-19 y que ha vuelto a aparecer en Mc. 4, 10, para iniciar algo distinto. Sabemos que será algo distinto por el contexto de excomunión de la sinagoga que precede a esta escena. Y porque Jesús ya ha logrado reinventar su ministerio sobre el Reino de Dios otra vez, cuando decidió separarse de Juan el Bautista para comenzar su camino propio por Galilea. Es decir que en los momentos complicados, cuando parece que el proyecto del Reino está ahogado, Jesús encuentra la manera de proyectarse, redoblar la apuesta, y conseguir una visión mejorada y una concreción superadora del mismo Reino. Cuando fue necesario abandonar al Bautista, Jesús pasó del Reino en el desierto al Reino en medio de los galileos, del ayuno a la comida compartida; en este caso, cuando se vuelve necesario abandonar la idea de reconvertir a la sinagoga, porque la sinagoga está empecinada en continuar así, sin respuesta liberadora, Jesús es capaz de cimentar su movimiento en doce personas que no son profetas reconocidos, que no son de la clase sacerdotal ni que tampoco forman un colegio de escribas.
Esta reinvención de Jesús abre la puerta al camino itinerante fuera de Galilea, entre los paganos, y en una visión un tanto más universalista. Esto no quiere decir que, históricamente, Jesús haya tenido una conciencia plena de la misión a los paganos y de la universalidad transnacional de la Buena Noticia, pero sí había gérmenes de ambas cuestiones. Estos gérmenes, en la pluma literaria de Marcos y en el análisis posterior de la Iglesia, son suficientes para elaborar la idea de la misión. Al ser rechazado por la sinagoga (al ser las comunidades cristianas rechazadas por el judaísmo), Jesús puede asimilar la expansión del Reino sin límites (la Iglesia puede misionar entre paganos). Esta presentación de Marcos de la ruptura seguida de misión, es una validación de la práctica eclesial que, seguramente, ya está en funcionamiento en su comunidad: excomulgados del judaísmo, los cristianos encuentran en el paganismo terreno fértil para comunicar y compartir el Evangelio.
Los Doce son, en este caso, testigos y fundamento. Hay que recalcar que Marcos no es un fanático del grupo de los Doce. No los considera súper-apóstoles ni hombres por encima de la media. Para el autor, los Doce son un símbolo de inicio del movimiento eclesial, con las características básicas: comunión, apostolicidad, liberación. Así debe ser la Iglesia; esas deben ser sus notas fundamentales. La Iglesia tiene que vivir en comunión, deber ser apostólica en el sentido centrípeto de expansión y comunicación de la Buena Noticia, y debe liberar al ser humano (de los espíritus impuros, del mal, de la enfermedad, de la religión perversa).
Como todos los oyentes/lectores de Marcos saben, los Doce han compartido la cena final del Maestro (cf. Mc. 14, 17), y esa es quizás la única característica distintiva de ese grupo respecto al resto de los discípulos; pero esta distinción no es jerárquica (como lo entenderá la Iglesia posterior, fundamentando que unos estén sobre otros a partir de la última cena compartida), sino que se trata de una distinción a la manera de los patriarcas de Israel. El judaísmo sabe que hubo un solo Abraham, por ejemplo, y nadie puede adjudicarse ser la continuación de Abraham en detrimento de los otros judíos, porque todos descienden de allí, de ese padre de la fe. De la misma manera, el grupo de los Doce son los patriarcas de la Iglesia, y nadie puede adjudicarse el ser la continuación de los Doce, porque toda la Iglesia es continuación de los Doce, de nuestros padres en la fe, de los primeros testigos. Los Doce son testigos históricos, avales de la historia de Jesús de Nazaret, pero también son símbolo de Iglesia, modelo que los creyentes posteriores están invitados a imitar y superar.
Estos Doce son los primeros en recibir un mandato misionero. Como modelo eclesial, Marcos recuerda a los suyos que Jesús mismo, al cortar lazos con la sinagoga, decidió proyectar su movimiento del Reino. Este pequeño envío, posiblemente reúna leyes de misión que habrían circulado entre las comunidades cristianas y que el autor injertó en esta sección. No son leyes únicas, ya que cada comunidad las fue adaptando a su contexto, pero sí revelan la existencia de una forma de evangelizar. Y se revela una organización que en la comunidad de Marcos generó tensiones: la división entre los carismáticos itinerantes y las iglesias de las casas. Más adelante abordaremos esta disputa, pero vale ya entender que era una amenaza a la comunión.
Los Doce son enviados en parejas, posiblemente reproduciendo la práctica cristiana ya instaurada. La necesidad de ir de dos en dos puede ser psicológica (el apoyo que uno da al otro), puede ser de seguridad (los largos caminos a recorrer implicaban el encuentro con bandidos y fieras salvajes) o puede ser legal (según la ley judía, un testimonio es válido cuando cuenta con, por lo menos, dos testigos). El simbolismo de las parejas misioneras es una reproducción a escala de la comunión eclesial. El Evangelio es un mensaje y una realidad que implican la vida comunitaria y el sentido comunitario.
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Las indicaciones para las parejas misioneras constituyen un listado de acciones y omisiones que se deben y no se deben hacer. Esta legislación misionera puede tener una conexión con las indicaciones que la Mishná da a los que peregrinan al Templo de Jerusalén: “No se debe ir al monte del Templo con un bastón, con zapatos ni con la faja del dinero, no con los pies empolvados”. Estas indicaciones para el peregrino podrían ser la inspiración de las indicaciones para el misionero. No precisamente en su contenido, sino en la idea de que debe haber una manera de peregrinar, una forma de ir en nombre de Dios. Lo que se lleva y lo que no se lleva, lo que se hace y lo que se deja de hacer, permite al otro identificar al peregrino. El peregrino es un símbolo que transmite, andando, un mensaje.
Lo que tienen permitido llevar es un bastón. Para algunos comentaristas, el permiso del bastón es propio de un caminante que recorrerá largos caminos polvorientos y rocosos. El bastón es la ayuda, el apoyo. Para otos, el bastón es un arma que permite al peregrino defenderse de los peligros del camino, de las fieras salvajes y hasta de los bandoleros. En ambos casos, no habría mayor simbolismo que desentrañar. Pero si recordamos Ex. 12, 11, en el contexto de la cena pascual, podemos leer: “Deberán comerlo así: ceñidos con un cinturón, calzados con sandalias y con el bastón en la mano”. En este caso, el bastón es la predisposición a la Pascua, al paso de Dios. Con el bastón en la mano se está dispuesto a salir cuando sea necesario, cuando se cumpla el tiempo. Los apóstoles deberían ser así, predispuestos a salir, listos para emprender la marcha, para mantenerse en movimiento. Esa libertad para desplazarse les confiere autoridad; la autoridad propia de los seres humanos libres; por lo que el bastón también podría ser símbolo de autoridad, como el báculo o el cetro lo representan para el rey.
Lo que no pueden llevar las parejas misioneras es pan, alforja ni dinero. El pan al que se refiere el texto, posiblemente sea el pan clásico de harina y agua en forma redonda, propio de los peregrinos. La alforja es una bolsa de piel o de cuero donde los viajeros guardaban sus provisiones. El dinero está designado en el texto original en griego como calkos, que significa cobre. En un principio, el vocablo designaba sólo al metal en sí, pero luego se lo utilizó para nombrar a los objetos hechos con cobre, incluyendo algunas monedas. Por supuesto, Jesús no habla de monedas de plata ni de oro, sino de cobre, que eran las de menor valor. Los tres objetos prohibidos (pan, alforja y dinero) constituyen un conjunto de necesidades básicas que cualquier viajero o peregrino no dudaría en tomar instantáneamente antes de salir. La comida, algo para llevar las cosas y un poco de dinero, aún hoy en día, son el equipamiento básico para desplazarse. Pero en el contexto del Evangelio según Marcos, es conveniente no llevar estas cosas que pueden encontrar solución en la solidaridad de alguna casa. Las parejas misioneras, como veremos más adelante, recorrerán casa por casa, y en esas casas deberán recibir el sostén para seguir caminando. Así como van, no son dueños de nada, y dependen completamente de los otros.
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Las sandalias están permitidas para los misioneros. Habitualmente, se trataba de una suela de madera que se ataba al pie. Las túnicas (chiton en griego), de las que no se pueden llevar dos, son el vestido interno, el que va inmediatamente pegado al cuerpo, por debajo de otras posibles vestiduras, como una capa (jimation). Era una prenda de algodón o de lino, usualmente sin costuras, y barata. En cierto sentido, podría equivaler a lo que hoy denominamos ropa interior, porque podía decirse que alguien estaba desnudo si sólo se lo veía vistiendo su chiton.
El permiso para llevar sandalias, además de evitar las lastimaduras de los pies por el tipo de camino, recuerda el simbolismo de la autoridad, nuevamente. Los hombres libres son los que tienen permitido usar calzado. Estos misioneros/peregrinos viven su libertad en el camino, y son dueños de sí mismos. En su libertad, paradójicamente dependen de los demás, viajando sin pan ni dinero, y sin otra túnica para cambiarse o para permanecer en algún lugar. Tienen que seguir en el camino, andando, deteniéndose en las casas lo justo y necesario, pero conservando la esencia del peregrino, que vive en marcha.
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La Iglesia de Marcos tenía un problema muy particular: la disputa entre los carismáticos itinerantes y las iglesias de las casas. Los primeros eran cristianos que vivían en los caminos, recorriendo pueblos y aldeas con una vivencia radical del modelo inicial de Jesús de Nazaret, en constante movimiento, con manifestaciones carismáticas (exorcismos, curaciones) y predicación del Evangelio. Las iglesias de las casas estaban constituidas por cristianos que, debido a su condiciones laborales o familiares, no podían desprenderse de toda su historia para salir a los caminos, por lo que se reunían regularmente en las casas a celebrar la vida del Reino y a tratar de implantarlo desde su cotidianeidad, sus obligaciones y relaciones de todos los días, siempre en el mismo lugar.
No hace falta ser historiador eclesiástico para darse cuenta del conflicto que surge aquí. Mientras los carismáticos itinerantes se atribuyen su mayor cercanía a Jesús y, por lo tanto, solicitan un trato preferencial como referentes de autoridad en la Iglesia, las iglesias de las casas defienden su espacio como propio, sin aceptar injerencias de itinerantes que no viven constantemente con ellos y no conocen a fondo la realidad cotidiana. Mientras las iglesias de las casas están más al resguardo de las posibles represalias judías y romanas, por practicar un cristianismo más secreto, los carismáticos itinerantes sufren la persecución y el martirio por encontrarse mucho más expuestos. Esta tensión, obviamente, explotó, y amenazó la comunión eclesial de la comunidad de Marcos. Es así que gran parte del libro de este autor está orientado a resolver el conflicto y dar una vía de escape. De Marcos depende la posibilidad de crear una síntesis entre ambas corrientes eclesiales, fundamentada en la praxis de Jesús de Nazaret, y que tenga futuro viable. Es así que en su Evangelio, hay alta probabilidad de que el grupo de los Doce represente y exhorte, en algunos aspectos, a los carismáticos itinerantes, y las escenas que suceden en las casas representen y exhorten, en algunos aspectos, a las iglesias locales.
Una de las vías de solución está en que los carismáticos itinerantes se alojen en las casas cuando hacen su recorrido, y que la comunión se manifieste en esa hospitalidad que los discípulos del camino pueden hallar en las iglesias locales. Por eso no hace falta llevar dinero, alforja, pan o dos túnicas; la comunión eclesial se encargará de abastecer. Esta eclesiología, esta propuesta, sólo es viable si las relaciones se dan en un plano de igualdad, donde los carismáticos itinerantes no se creen superiores ni las iglesias locales se creen la única forma de cristianismo.
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Si estas parejas misioneras se encuentran con grupos de personas resistentes al Evangelio, hay que seguir viaje y sacudirse el polvo. Hay una doble interpretación del gesto. En primer lugar, puede ser un signo de que el fracaso no importa, que se sigue adelante y uno se saca de encima esa sensación de haber perdido. En segundo lugar, y quizás con la intención principal de este versículo, el gesto significa la diferenciación del otro. El misionero sacude el polvo como el judío sacudía sus sandalias al volver a su patria desde un territorio pagano. De esta forma, unos se diferencian de los otros. Los que aceptan el Evangelio y lo comunican, de aquellos que lo rechazan.
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La misión de los Doce se configura como continuación de la misión de Jesús, quien también predica (cf. Mc. 1, 14-15), exorciza (cf. Mc. 1, 21-27) y sana (cf. Mc. 1, 29-34). La exhortación a la conversión también recuerda a Mc. 1, 15. Los Doce no se inventan nada, sino que continúan algo comenzado por el Maestro. Esa continuación será realizada creativamente, pero con fidelidad al proyecto del Reino.
Jesús no va con ellos, sino que los envía solos. Podemos percibir un componente post-pascual en el relato, como misionología de las primeras comunidades. Jesús ya no está físicamente con ellos, tampoco poseen los medios terrenos para instaurar un reino frente al gran Imperio Romano, sin embargo, el Reino de Dios se materializa desde la predicación, el exorcismo y las curaciones, desde el no tener nada, ni siquiera pan o alforja, desde lo itinerante, desde la comunión de las casas que los reciben. Y si bien Jesús ya no está físicamente, su presencia se ha transformado y permanece por el fundamento del testimonio de los Doce, por los signos que siguen acompañando a la Iglesia y que caracterizaban a Jesús, por un mensaje de esperanza que es Buena Noticia, por el mal que es derrotado, por los varones y mujeres que son liberados de sus enfermedades.
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Tal vez, avanzando y arriesgando en la interpretación, puede que la unción con aceite transmita algo sobre la presencia post-pascual de Jesús en la comunidad eclesial. Consideremos que Jesús curaba de diversas maneras: con contacto directo, sólo de palabra o con medios físicos; pero los Doce lo hacen a través de una sustancia específica, a través de un sacramento, porque no es el aceite lo que cura, sino el poder de Dios. El gesto de la unción aparece como acto sacramental, que no reemplaza la presencia física de Jesús, sino que la re-significa y transforma para hacer presente su poder de una manera diferente.
Esto no tiene que ver con los posteriores siete sacramentos de la Iglesia Católica, sino con el espíritu sacramental de la Iglesia, que no es algo meramente católico, sino también protestante. La Iglesia toda es un signo visible de la Trinidad, y como tal, es un gran sacramento. Luego, la acción de la Iglesia es un sacramento de la acción de Dios. Esa es la gran responsabilidad eclesial que no se puede eludir, y que nos obliga a vivir como sacramentos, a manifestar al mundo el Evangelio con lo que hacemos y con lo que decimos, como si fuésemos el óleo que unge el universo.


