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Darle pan al que no tiene dientes… y darle los dientes / Decimoctavo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B – Jn. 6, 24-35 / 05.08.12

Cuando la multitud se dio cuenta de que Jesús y sus discípulos no estaban allí, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla, le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo llegaste?”. Jesús les respondió: “En verdad, en verdad les digo, que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse. Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello”.

Ellos le preguntaron: “¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?”. Jesús les respondió: “La obra de Dios es que ustedes crean en aquel que él ha enviado”. Y volvieron a preguntarle: “¿Qué signos haces para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: Les dio de comer el pan bajado del cielo”. Jesús respondió: “En verdad, en verdad les digo, que no es Moisés el que les dio el pan del cielo; mi Padre les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da Vida al mundo”. Ellos le dijeron: “Señor, danos siempre de ese pan”. Jesús les respondió: “Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed”. (Jn. 6, 24-35)

Enjuiciado

Como en otras ocasiones dentro del Evangelio según Juan, nos hallamos frente a un diálogo que parece un juicio. En Jn. 1, 19-27 el interrogado es Juan el Bautista. En el capítulo 4, el interrogatorio se intercambia entre Jesús y la samaritana. El capítulo 7 es un enjuiciamiento a distintos niveles y con distintos protagonistas, pero suenan fuertes las preguntas sobre la identidad de Jesús y sobre su autoridad (cf. Jn. 7, 15.25-27.31.41-42.52). En Jn. 8, 33-59 la discusión gira en torno a la relación de Jesús con Abrahán. En el capítulo 9, con la curación del ciego de nacimiento, nuevamente juega el autor entre diversos niveles de enjuiciamiento y diversos protagonistas. Jn. 10, 22-42 contiene los cuestionamientos sobre la condición divina de Jesús. Y finalmente, durante el relato de la pasión, hay tres segmentos de diálogo-juicio: Jn. 18, 3-8 (en Getsemaní), Jn. 18, 19-24 (frente a Anás) y Jn. 18, 28 – 19, 16 (frente a Pilato). Una de las características de estos enjuiciamientos es que, por momentos, las respuestas de Jesús parecen no responder las preguntas de los demás, y sin embargo, analizando con detenimiento, nos encontramos con respuestas que, presentándose en otro plano, responden con sobra. En un drama de sombras, se declara como la luz del mundo; cuando critican su origen, habla de un Dios que es Padre; cuando buscan momento para apedrearlo, se hace cargo de las ovejas como pastor y puerta del rebaño; cuando su final es eminente, defiende la verdad y la libertad. Aquellos que creen que están juzgando a Jesús, en realidad terminan interpelados por la palabra que proclama.

Cuatro frases

Vamos a dividir el texto según las cuatro frases de la gente que busca a Jesús:

a) Búsqueda equivocada: la gente pregunta a Jesús cuándo ha llegado al lugar donde se encuentran. Si bien lo lógico sería que el Maestro les contestara en términos temporales, en cambio hallamos la famosa construcción literaria del Evangelio según Juan: en verdad, en verdad les digo. La expresión aparece veinticinco veces en el libro y antecede a declaraciones casi dogmáticas de Jesús, declaraciones que se realizan con autoridad y son, prácticamente, incuestionables. En este caso, la afirmación rotunda es que la gente no lo busca por lo que realmente debería buscarlo, por ese sentido trascendente de la vida, sino que sólo quieren hacer de Él un panadero. La gente quiere más panes para comer. Estamos ante la continuación de la actitud expresada en Jn. 6, 15, cuando querían hacerlo rey. Jesús no realizaba milagros por el sólo hecho de llevarlos a cabo; los milagros son señales, son un mensaje de algo superior, del Reino, de Dios mismo, de la autoridad del Señor, del mesianismo, de la bondad divina. Por esto, Jesús invita a sus oyentes a obrar por el alimento verdadero, o sea, los invita a dar un paso más en su espiritualidad, un paso más en su comprensión, un paso más hacia el pan verdadero. La gente busca equivocadamente, busca según su capricho, y así se olvida de lo trascendente.

b) Obrar la obra de Dios: ante la exhortación, la gente pregunta qué es lo que debe hacerse para conseguir ese alimento de vida eterna. La respuesta es simple: hay que creer en el enviado de Dios. Esta idea de la fe en Jesús como fe que salva, lleva el hilo en el telón de fondo del Evangelio según Juan. Ya en el prólogo se habla de creer en el nombre del enviado para hacerse hijo de Dios (cf. Jn. 1, 12); en el diálogo con Nicodemo, aparece el famoso pasaje de Jn. 3, 16: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”. En el capítulo 5, esta fe cristológica se relaciona intrínsecamente con la fe en el Padre (cf. Jn. 5, 24). Más adelante, esta relación intrínseca se expresa como que no se puede creer en el enviado sin creer en el que lo envió (cf. Jn. 8, 24), porque quien ve al enviado, ve al que lo envía (cf. Jn. 12, 44-45). A partir de esta fe vivificante se estructura el cristianismo según la teología joánica. Por eso ante la pregunta en plural de la gente (qué obras), Jesús responde sobre la obra, en singular. Hay una sola obra querida por Dios, y a partir de ella, todo lo demás cobra sentido. Es la fe en el Cristo lo que determinará el resto.

c) Signos de Dios: la gente identifica las palabras de Jesús como una pretensión egocéntrica. Resulta chocante escuchar que Dios no pide demasiadas obras, no pide una lista de comportamientos, no establece una serie de mandamientos, sino que invita a la única obra de creer en una persona. Por esto le plantean un desafío, haciendo la comparación con el maná que comió Israel en el desierto (cf. Ex. 16, 4-35). Si Moisés les había dado el maná, Jesús debía hacer otro signo similar. La respuesta del Maestro, nuevamente, es introducida por la construcción literaria en verdad, en verdad les digo, y la explicación es determinante: no dio Moisés el maná, sino que fue el Padre. Nuevamente, se manifiesta la poca profundidad de la gente a la hora de interpretar la multiplicación de los panes, que ya ha sido un signo en la línea del maná. Los oyentes daban importancia al maná como maná mismo, no como señal de Dios. La lucha de Jesús en este capítulo 6 parece consistir en llevar la reflexión a un nivel superior, lograr el salto de fe que permita pasar del pan material al pan espiritual, lograr pasar del signo al significado y no quedar varados en el elemento que está para remitirnos a lo trascendente. Se trata de un desafío sacramental.

d) Pan de vida: finalmente, la gente le pide a Jesús ese pan del que habla, sin tener plena conciencia aún sobre su naturaleza. El Señor responde que Él es el pan de vida. La frase es introducida por un Yo soy, en clara referencia a Ex. 3, 14, cuando Dios responde a la pregunta de Moisés sobre su nombre divino: “Dijo Dios a Moisés: Yo soy el que soy. Y añadió: Así dirás a los israelitas: Yo Soy me ha enviado a ustedes”. A los oídos judíos, la declaración es una blasfemia. El nombre de Dios es impronunciable para el israelita, puesto que el uso incorrecto del mismo es condenado por el mismo Señor (cf. Dt. 5, 11). En el Evangelio según Juan, Jesús utiliza la construcción literaria yo soy en repetidas oportunidades, autodenominándose (cf. Jn. 4, 26; Jn. 8, 24.28.58; Jn. 13, 19; Jn. 18, 5.6) o definiéndose (cf. Jn. 8, 12; Jn. 10, 7; Jn. 10, 11; Jn. 11, 25; Jn. 14, 6; Jn. 15, 1). Al decir yo soy, Jesús se asimila al Padre. Por eso este pan es el verdadero, porque es pan del Dios verdadero.

Pan para comer y pan para existir

Uno de los retos misioneros es hacer que la evangelización, o mejor dicho, que el diálogo evangelizador, se vuelva trascendente, de manera que a partir de las complicaciones de la vida cotidiana sea descubierto el Dios que actúa en lo diario, en lo común, en lo sencillo. Se trata de llegar a lo espiritual a través de lo material, pero no para disociar ambas realidades, sino todo lo contrario, para unirlas.

Jesús lleva a sus interlocutores desde los cinco panes de cebada que ofreció el joven al pan de vida que es verdadero maná del Padre. Nuestros pueblos están hambrientos y sedientos, pero si identificamos el hambre y la sed de una manera reduccionista; sólo como ausencia de comida y bebida, o sólo como necesidad espiritual, estamos disociando lo que Dios no quiere disociar. Incluir lo trascendente en lo cotidiano es una clave para la misión, un modo de acercarse fidedignamente al sufrimiento de las gentes.

La mujer soltera, sin trabajo, con varios hijos, discriminada en el poblado por su condición, es la mujer que necesita pan y agua material, pero que aún así no deja de necesitar el pan de la vida eterna, porque en su pobreza, ansía lo trascendente. El hombre alcohólico, sin amigos, desocupado, que vive solo en una construcción precaria, necesita rehabilitación física y trabajo estable, pero aún consiguiéndolo, necesita sobre todo una razón para vivir, una esperanza, un pan de vida eterna.

La Iglesia no ha conservado y meditado lo sacramental por capricho. El sacramento es una característica misionera. Corresponde a los evangelizadores ser tan transparentes que las palabras y las acciones del Cristo se puedan ver a través de ellos. Corresponde a los evangelizadores correr el velo de lo materialista que ciega a tantos. Corresponde a los evangelizadores ampliar el horizonte de las gentes. No es un trabajo de milagrerías, sino un trabajo de signos. El misionero se ve impelido a hacer signos que remitan a lo trascendental. Porque partir un pan para compartir con los necesitados lo hace cualquier organización caritativa, y al acabarse el pan continúan las necesidades; pero partir un pan y, así, hacer presente a Jesús, el pan de vida, saciando de eternidad a los que tienen hambre, sólo puede lograrse desde la fe. La misión ha de ser sacramental, no necesariamente porque administre el bautismo a cantidades ingentes de personas, sino porque será signo para los varones y mujeres de cada época que, buscando desesperados y hambrientos, hallan en el Evangelio la esperanza y el pan definitivo.

La señal de los cristianos / Segundo Domingo de Pascua – Ciclo C – Jn. 20, 19-31

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz con vosotros.” Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: “La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.” Dicho esto, sopló y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.”

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor.” Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.”

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: “La paz con vosotros.” Luego dice a Tomás: “Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.” Tomás le contestó: “Señor mío y Dios mío.” Dícele Jesús: “Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído.”

Jesús realizó en presencia de los discípulos otros muchos signos que no están escritos en este libro. Éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre. (Jn. 20, 19-31)

El texto de hoy, quizás convenga ser leído de atrás para adelante, del último hacia el principio. Lo que tenemos delimitado litúrgicamente es el final del capítulo 20 del Evangelio según Juan, que consta, en total, de 21 capítulos. Como podemos percatarnos fácilmente en una lectura rápida, los últimos versículos son una conclusión que funciona a manera de epílogo de todo lo narrado. El libro puede terminar allí. Sin embargo, nuestras ediciones de la Biblia tienen un capítulo más. Esto es porque, de hecho, la primera redacción joánica acababa en el capítulo 20, y lo posterior es un agregado de los discípulos del redactor, los cuales vuelven a escribir una conclusión en Jn. 21, 24-25. Por eso este Evangelio parece terminar en dos oportunidades.

Si bien la primera conclusión es breve, de apenas dos versículos, resume eficientemente la intencionalidad y el sentido de la obra joánica. En primera instancia, aclara que Jesús realizó muchos otros signos, y no solamente los que están contenidos en los 20 capítulos previos. Recordamos que Juan no utiliza la palabra milagro (como los sinópticos), sino semeion, que en griego significa señal o signo. De las bodas de Caná se dice que fue el signo proto-típico (cf. Jn. 2, 11); los judíos lo interrogan sobre qué signo presenta para expulsar a los vendedores del Templo (cf. Jn. 2, 18); durante la primera Pascua en Jerusalén, realiza muchos signos (cf. Jn. 2, 23); Nicodemo reconoce que nadie realiza los signos que Él hace si Dios no está con él (cf. Jn. 3, 2); la curación del hijo del funcionario es interpretada por el relator como el segundo signo (cf. Jn. 4, 54); la gente le sigue por los signos que realiza en los enfermos (cf. Jn. 6, 2); la gente ve en la multiplicación de los panes un signo profético (cf. Jn. 6, 14) y se pregunta si el Cristo podrá hacer más signos que Jesús (cf. Jn. 7, 31); en la misma línea que Nicodemo, los fariseos se alarman porque si Jesús es pecador, no podría hacer los signos que hace (cf. Jn. 9, 16); inclusive los signos son causa del planeamiento de su muerte (cf. Jn. 11, 47-53); finalmente, la gente se agolpa más todavía cuando entra a Jerusalén porque se corre la noticia del signo que realizó en Lázaro, reviviéndolo (cf. Jn. 12, 17-18). Los biblistas, a esta primera sección de Juan, hasta el inicio del capítulo 13, la llaman el libro de los signos, con razón.

Jesús, entonces, es el gran realizados de signos. Esto tiene dos interpretaciones, complementarias y necesarias entre sí:

1. Hay que ver más allá. Los signos refieren a una realidad distinta a ellos, pero en ellos presente. Las señales, valga la redundancia, señalan algo, señalizan, apuntan, indican. Y precisamente, lo que señalan, señalizan, apuntan e indican es otra cosa distinta de ellas mismas. Un cartel en la ruta que presenta al conductor la figura de una curva, no tiene la intención de que el conductor se concentre en el cartel, sino en la curva que está pronta a aparecer. Analógicamente, los signos de Jesús intentan abrirnos la mirada hacia otra realidad, superior al signo y más determinante. Por eso Juan no habla de milagros. Al relato de su Evangelio no le interesa el prodigio como tal, como sobrenaturalidad que concierne sólo materialmente; el milagro es señal de la realidad del Reino, señal de Dios, de su amor, de su cercanía, de la utopía divina. Hay que ver más allá del agua convertida en vino, de los panes multiplicados y de Lázaro revivido. Hay que ver el nuevo orden mesiánico que es fiesta sobre el ritualismo, hay que ver la mesa compartida que sacramentaliza la comunión humana, hay que ver la muerte derrotada en la resurrección. Esta otra mirada, superior y trascendente, no se realiza con los ojos físicos, y por eso el Resucitado dice a Tomás (y a todos), la bienaventuranza de los que creen sin haber visto. Para llegar a captar la presencia distinta de la vida nueva del Cristo, no es necesario tocar sus llagas y meter la mano en el costado abierto, de lo contrario, ninguno de nosotros podría creer, ninguno de nosotros podría tener un encuentro personal con Jesús. Se encuentra con Él quien es capaz de mirar distinto y profundamente, el que supera los sentidos físicos para sentir con el corazón. En el pedido de Tomás de ver empíricamente para creer se halla la antítesis del Discípulo Amado que cree sólo con las vendas vacías (cf. Jn. 20, 8). ¿Y qué se pretende que creamos con los signos? Como dice la conclusión de Juan: que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. Allí la primitiva intención de los Evangelios, ya recogida por Marcos (el primer evangelista de los cuatro) en el inicio de su libro: “Comienzo del Evangelio de Jesús, el Cristo, Hijo de Dios” (Mc. 1, 1). Tomás llega a la conclusión cristológica empíricamente; el Resucitado recomienda llegar a ella en la experiencia de fe.

2. Que las cosas tengan significado (tengan sentido). Los signos hacen que las cosas signifiquen. En el prodigio por el prodigio, las cosas son así y punto. La señal, en cambio, le da hondura a las cosas, las hace importantes, las hace ser un poco más (o mucho más). La curación de una enfermedad puede ser la posibilidad de volver a la vida de siempre, pero si esa curación es signo de la cercanía de Dios y de su bendición, entonces es imposible volver a la vida de siempre; en vez de volver se avanza hacia una existencia mejor y más plena. La curación no fue sólo restitución física, sino caricia del Padre, experiencia profunda de lo trascendente, y ante eso es difícil quedarse inmóvil. El significado/sentido de la curación re-significa toda la vida. Si la resurrección es la suerte de un hombre que, siendo muy justo, logró el premio de Dios, entonces la pascua es un evento cerrado y clausurado en sí mismo hace dos mil años. Pero si la resurrección de Jesús es la entrada humana en la vida de Dios, y la tumba vacía es el Evangelio de un Padre que quiere un mundo sin tumbas, entonces todos nos vemos afectados por la pascua, y el acontecimiento de hace dos mil años re-significa no sólo la vida de María Magdalena, Pedro y Tomás, sino la vida de cualquier varón y mujer que se anima a creer. Ya no se puede seguir viviendo de la misma manera ante la realidad, sacramento y signo de la pascua. Aquí vale hacer una aclaración sobre el texto que leemos hoy. Las traducciones de la Biblia, en su mayoría, agregan un artículo que deja la frase de Jesús así: “Reciban el Espíritu Santo”. Lo más correcto, según los manuscritos griegos, sería traducir sin el artículo: “Reciban Espíritu Santo”. Cuando se cuenta que el Resucitado insufla en sus discípulos, no se está haciendo tanto hincapié en lo trinitario como en lo trascendental de la vida. El texto es más cercano a la idea de que con la Pascua se adquiere calidad de vida, o sea, se nos incorpora a la vida de Dios, que es vida en Espíritu, vida trascendente, vida plena. Recibir Espíritu Santo es darle sentido a las existencias humanas. Vale la pena vivir porque Dios es vida, no muerte. Por eso la conclusión joánica termina con la utilidad de la fe: quien cree tiene vida en el nombre de Jesús. “Quien tiene al Hijo, tiene la Vida” (1Jn. 5, 12a), porque el Hijo (su eternidad, su encarnación, su vida terrena, su pasión, su muerte y su resurrección) es el que da sentido a esta existencia, y en la vida resucitada del Hijo vivimos plenamente.

El mensaje con el que culmina el capítulo 20 del Evangelio según Juan es la justificación de su tarea evangelizadora (la escritura de este libro sobre Jesús). A sus contemporáneos les está diciendo que la Buena Noticia se comunica a los demás porque todos pueden encontrar en ella la vida de Dios. Una vida que no es limitada (es eterna), que no tiene altura máxima (es plenitud constante), que no esclaviza (es liberadora), que no forma sectas (es abierta), que no está atascada (es dinámica), que no es indigna (es promotora de la humanidad) y que no se puede comprar ni vender (es gracia). La evangelización es la comunicación de la vida de Dios que, en Jesús, se universaliza encarnada y resucitada. Es claro que una vida de tamañas características no puede menos que compartirse. A nadie podría ocurrírsele privatizar una vida que completa las aspiraciones más profundas de los seres humanos. Sólo un corazón endurecido por el mundo y una mente embotada por los valores sociales vigentes puede negar y negarse la vida plena de Dios. Obviamente, los que prefieren poner límites al otro para que no crezca, los que avalan un sistema donde los capitales se le quitan a la masa para guardarlos en arcas individuales, los que gustan tener esclavos, los sectarios, los que detienen la emancipación de los pueblos, los que consideran que algunos humanos son indignos, los acostumbrados al mercantilismo de comprar-vender-tener, ninguno de ellos acepta la vida resucitada.

La evangelización no consiste en presentar pruebas contundentes de un cuerpo que ha sido resucitado. Esa es la maravilla de poder evangelizar hoy en día. No necesitamos teofanías aparatosas; necesitamos que la vida se profundice y se signifique en Jesús, en el Reino, en Dios. Cuando mejoramos la calidad de vida de los varones y mujeres, damos señal evidente de la pascua. Cuando ayudamos a que el marginado, el despreciado, el pobre, sea introducido a la comunidad de los humanos nuevos en Cristo (comunidad que debiese ser la Iglesia), lo estamos resucitando, y lo estamos convenciendo del amor que Dios le tiene. Cuando dejamos de lado las reliquias, los amuletos y las protecciones rituales para convertir el mundo con nuestras manos, para rezar a Dios desde la mediación de los hermanos reunidos, para proteger al más pequeño de los embates de los poderosos, estamos testimoniando, señalando, apuntando a Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios, porque estamos reproduciendo su praxis, estamos siendo discípulos suyos.

El que tiene al Hijo, tiene la Vida. Nos cuesta entenderlo. Hemos hecho de la existencia resucitada, que es luz y plenitud, un camino comercial al que se llega con masoquismo, resignación y auto-flagelación. Aún bautizados, no caímos en la cuenta de la gracia. Tenemos al Hijo, tenemos la Vida. Por eso nos cuesta tanto comunicar la Buena Noticia. Buscamos vías de negociación con Dios (rituales, prácticas piadosas, buenas obras) para que la vida nos sea dada, y mientras tanto, nos privamos de disfrutar la vida nueva que ya tenemos por el Hijo, y privándonos nosotros, privamos a los demás.

Vigésimosexto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B – Mc. 9, 38-48


Juan le dijo: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y no viene con nosotros y tratamos de impedírselo porque no venía con nosotros». Pero Jesús dijo: «No se lo impidáis, pues no hay nadie que obre un milagro invocando mi nombre y que luego sea capaz de hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros, está por nosotros. Todo aquel que os dé de beber un vaso de agua por el hecho de que sois de Cristo, os aseguro que no perderá su recompensa».
«Y al que escandalice a uno de estos pequeños que creen, mejor le es que le pongan al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y que le echen al mar. Y si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela. Más vale que entres manco en la Vida que, con las dos manos, ir a la gehenna, al fuego que no se apaga. Y si tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo. Más vale que entres cojo en la Vida que, con los dos pies, ser arrojado a la gehenna. Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo. Más vale que entres con un solo ojo en el Reino de Dios que, con los dos ojos, ser arrojado a la gehenna, donde su gusano no muere y el fuego no se apaga».
(Mc. 9, 38-48)

El texto de hoy es continuación del leído el domingo pasado. En esta ocasión, la selección litúrgica elimina los versículos 44, 46, 49 y 50. Los dos primeros (44 y 46) faltan en los mejores manuscritos griegos, y se trata de copias del versículo 48 que, seguramente, fueron añadidas sucesivamente por los encargados de realizar las copias del Evangelio según Marcos. No leerlos no genera alteraciones en la interpretación de la perícopa. Los otros dos versículos omitidos, en cambio, significan mucho en este contexto, pues aparecen como culminación/conclusión de las palabras de Jesús y como centro de la sección del camino (Mc. 8, 27 – 10, 45). Los versículos 49 y 50 dicen lo siguiente: “Pues todos han de ser salados con fuego. Buena es la sal; mas si la sal se vuelve insípida, ¿con qué la sazonaréis? Tened sal en vosotros y tened paz unos con otros”. Claramente se puede relacionar con Num. 18, 19b: “Alianza de sal es ésta, para siempre, delante de Yahvé, para ti y tu descendencia”, donde la sal es signo de lo perdurable, pues los alimentos salados tienen la característica de la perdurabilidad y de resistir la corrupción propia del tiempo. Quizás, en los tiempos antiguos, cuando dos personas o dos familias o dos tribus realizaban un pacto, lo celebraban compartiendo una comida salada. Esto habría persistido en los rituales israelitas, como lo demuestra Lev. 2, 13 en lo referente a la legislación sobre las oblaciones: “Sazonarás con sal toda oblación que ofrezcas; en ninguna de tus oblaciones permitirás que falte nunca la sal de la alianza de tu Dios; todas tus ofrendas llevarán sal”. La oblación era un tipo de sacrificio incruento, pues consistía en harina, aceite o cereales. Por lo tanto, en la oblación no se derramaba sangre, uno de los signos privilegiados de la alianza entre Israel y Dios (cf. Ex. 24, 8); para suplir esa faltante que refería directamente al pacto, la sal hacía las veces de símbolo elocuente. Lo presentado a Yahvé debe ser salado porque la alianza con Él es perdurable, no se corrompe, es pacto de sal, eterno. Jesús propone a sus discípulos la salazón, o sea, la fidelidad a la alianza con Dios, la fidelidad a su seguimiento discipular. Esta exhortación tiene sentido profundísimo para los lectores primeros del Evangelio según Marcos, quienes eran una comunidad perseguida que se cuestionaba seriamente si valía la pena el ser discípulos de Jesús. La respuesta es la fidelidad. El camino de Jesús termina en la cruz de Jerusalén, y el camino del verdadero discípulo se halla repleto de adversidades. Jesús fue fiel hasta el fin, tuvo sal en su vida y sal en su relación con el Padre. El discípulo no puede perder su fidelidad/sal, porque entonces deja de ser discípulo, aún a sabiendas del camino que lleva a la cruz. La entrega de la vida, sobre la que el Maestro ya se expresó terminantemente (cf. Mc. 8, 35), se completa en este pasaje de una manera más teológica: entregar la vida es hacer la mejor ofrenda a Dios, en honrar de la mejor manera posible el pacto, es amor radical que responde al amor radical. A la crisis de la comunidad marquiana sobre la verdadera validez de la muerte por ser cristiano, el Evangelio responde que ser discípulo hasta la muerte equivale al mejor y más elaborado de los cultos queridos por Dios, a la oblación por excelencia.

Esta propuesta paradójica de muerte que lleva a la vida, de sal que será quemada, pero que preservará a pesar del fuego, hace contrapunto con el concepto de Gehenna que sí leemos hoy. Gehenna es la abreviación de gé-ben-hinnóm, que significa Valle de Hinnom, un lugar situado al sur de Jerusalén, donde en tiempos de los reyes Ajaz y Manasés se sacrificaban niños pequeños al dios Moloch, inclusive con la participación de los mismos reyes (cf. 2Rey. 23, 10; 2Cro. 28, 3). Este lugar se convirtió, por lo tanto, en un sitio despreciable, cuna de las peores crueldades. Así llegó a ser símbolo, para la apocalíptica judía, del final más despreciable, del sitio destinado a la muerte total; allí donde los seres humanos dieron culto a la muerte de los más inocentes, es donde Dios tomará el partido definitivo por ellos. Este lugar apocalíptico, en la época de Jesús, era un basurero. Por el desprecio que causaba a los judíos ese sitio, se había convertido en un vertedero de mugre. Ese basurero, entonces, es lo opuesto a la Vida/Reino de Dios, donde se accede con sal en la existencia, con la oblación de todos los días. En esa línea deben entenderse las referencias a la mano, el pie y el ojo:

- Mano: la mano es figura de la actividad, del hacer. La palabra en griego que traducimos como mano (queir) es equivalentemente traducida como brazo. En el Antiguo Testamento, es el brazo de Yahvé el que libera y hace justicia (cf. Ex. 6, 6). Si nuestro hacer, si nuestras actividades, si nuestras obras nos hacen tropezar (esa podría ser la traducción más aproximada, y no pecado), es conveniente mutilar esas obras para tener Vida y no culminar en el basurero. El mal obrar, el hacer con intenciones equivocadas, nos lleva al tropiezo, nos separa del Reino.

- Pie: el pie se entiende en relación al camino, pues por donde se camina determina a dónde vamos y a quién seguimos. El camino es, en la cultura semita y en muchas otras, la figura del modo de vivir. El camino elegido es la forma de vida elegida. El ser humano puede caminar en los caminos del Señor (cf. 1Rey. 2, 3) o rechazarlos (cf. Mal. 2, 8); ese es el resumen teológico deuteronomista expresado en la promesa de bendición/maldición de Deut. 11, 26-28; bendición para quien sigue el camino del Señor, maldición para el que toma caminos de otros dioses. Si nuestra senda de conducta nos hace tropezar, es conveniente mutilar esa forma de vida para no acabar en el basurero. Tomar alguno de los caminos que esquivan a Dios es tener como meta la Gehenna.

- Ojo: en este caso es donde se vuelve preciso determinar el simbolismo del ojo para no caer en lecturas tergiversadamente moralistas. Varias citas del Antiguo Testamento relacionan el ojo con un estilo de vida altanero, egoísta y aferrado a las riquezas. Podemos citar Sal. 101, 5b:“Ojo altanero y corazón hinchado no los soportaré”. También en Deut. 15, 9, hablando del año que Israel debía dedicar a perdonar las deudas, se hace la recomendación de no tener un ojo malvado para este perdón, o sea, no tratar de evitar la condonación por el afán de aumentar las riquezas. Prov. 28, 22, aunque traducido no literalmente en nuestras Biblias, asegura que “quien tiene mal ojo (avaro según algunas traducciones), corre rápido a enriquecerse”. En la misma interpretación se sitúa Sir. 14, 10: “El ojo envidioso mira con envidia el pan que otro come, y a su propia mesa siempre hay alborotos”. El ojo es símbolo de la relación con los bienes materiales; un ojo bueno/sano no es avaro ni envidioso; un ojo malo/enfermo codicia y retiene para sí. Si nuestra relación con las riquezas nos hace tropezar, si existimos para acumular y no compartir, entonces acabaremos en el basurero y nos perderemos el Reino, plenitud de la vida compartida.

Como pudimos analizar, la mano, el pie y el ojo son el hacer, la conducta y la relación con las riquezas. Estas tres cosas pueden hacernos tropezar y llevarnos a la basura, a la vida desperdiciada, a la muerte definitiva. Contra la interpretación frecuentemente moralista de estos dichos jesuánicos, debería quedarnos en claro que, en realidad, hay aquí una ética general, o sea, una propuesta de vida según el Reino. Jesús no estipula en estos pasajes una serie de normas sobre lo que debe o no hacerse, sino que esquematiza la existencia como una opción por la vida plena o una serie de opciones que culminan en el vertedero, en el basural, en lo desperdiciado. La vida, así meditada, es posibilidad infinita de eternidad y realización, o desperdicio, desaprovecho de oportunidades. Hablamos de ética y no de moralismo porque ética es una palabra que deriva del griego ethos, lo cual se refería, originalmente, al lugar donde habitan los hombres y animales. Con el tiempo, la definición se amplió hacia lo abstracto, y dejó de ser un lugar físico para transformarse en el sitio donde habita el ser humano en su esencia, o sea, su ser. Ethos terminará siendo nuestra forma de existir. Jesús no se concentra en el hecho moral, en cada acción particular, porque ese es el trabajo de escribas y fariseos, empecinados en reglamentarlo todo para elaborar un manual preciso de cómo agradar a Dios. Jesús presenta una forma de vida, una ética, que está basada en la libertad; en el hacer libre, en el camino libre y en el desprendimiento libre de los bienes. La libertad da Vida, la moral rigorista y la legislación opresora mata.

El final de la lectura de hoy está inspirado en el último versículo de todo el libro de Isaías: “Saliendo, verán los cadáveres de aquellos que se rebelaron contra mí; su gusano no morirá, su fuego no se apagará, y serán el asco de todo el mundo” (Is. 66, 24). Esta visión es la visión escatológica del profeta, cuando Yahvé triunfa definitivamente en la historia, todas las naciones acuden a Él (cf. Is. 66, 18-21), suceden los cielos nuevos y la tierra nueva (cf. Is. 66, 22), y el pueblo celebra a su Dios (cf. Is. 66, 23). Por fuera de este estado pleno, como lo señala el verbo saliendo, se encuentran los cadáveres de aquellos que rechazaron a Yahvé. Se encuentran en un estado de putrefacción eterna, con gusanos y fuego, como un verdadero basurero. Son el asco del universo, el vertedero. Podríamos decir que son la Gehenna escatológica. Esta referencia veterotestamentaria refuerza el sentido que estamos develando del texto marquiano. Seguir la propuesta de Jesús es caminar a la Vida plena. Tener mano, pie u ojo que nos hagan tropezar es convertirse en basura, es desperdiciar la existencia regalada por Dios, es ir a conformar el vertedero escatológico, es morir definitivamente, volverse cadáver. Esta lectura, quizás, no habla tanto del castigo eterno como del desperdicio eterno. Es más escandalosa una vida que desaparece, que muere sin plenificarse, antes que una existencia de penurias por siempre. La propuesta de Jesús es tomar las riendas de nuestro hacer, de nuestra conducta y de nuestra relación con las riquezas para no convertirnos en cadáveres. La propuesta es la de poner sal en nuestras vidas, haciéndonos oblación.

La Gehenna no ha desaparecido en la actualidad. Existe la posibilidad, siempre y en todo lugar, de tirar la vida al basurero, de desperdiciar la existencia. Muchas personas viven atemorizadas por el concepto de infierno que han recibido en sus catequesis, en las homilías, en el inconciente colectivo católico que las rodeó desde pequeñas. En este infierno habitan los que cometieron malas obras en cantidad ingente, a diferencia del cielo, donde llegan los que acumulan buenas obras. En este dualismo cuasi comercial, la vida terrena es considerada un espacio de prueba, y no una oportunidad. Constantemente estaríamos siendo examinados por el dios justiciero que sopesará errores y aciertos en la hora escatológica y nos derivará a alguno de los dos sitios eternos. La alianza, entonces, deja de ser un camino de liberación para convertirse es un contrato pesado, una carga en los hombros. Estas personas atemorizadas por el infierno, deberían reinterpretar la mirada apocalíptica en clave de Gehenna, asumiendo la existencia como una posibilidad, una ocasión propicia, un don, una propuesta abierta; quien rechace esa posibilidad, ese regalo, no hace más que rechazar la opción por la vida, y se auto-condena al basural, al desperdicio de la oferta divina. La Gehenna no es un sitio para atemorizar, sino para entristecerse y animarse. Nadie quiere terminar entre los cadáveres, nadie desea en lo más profundo convertirse en basura.

La evangelización no es la búsqueda empedernida de hombres y mujeres para aquejarlos con relatos sobre los tormentos del infierno. La evangelización, la comunicación de la Buena Noticia, es la presentación de un camino pleno (pie) que se expresa en obras (mano) desprendidas (ojo). La misión no puede tener su base, su cimiento, en la generación de temor. Todo lo contrario. La misión ha de ser un constante generador de vida que aleje a cada persona del basural al que caerá indefectiblemente si camina (pie) en obras (mano) avaras (ojo). Se trata de ponerle sal a la existencia, de vivir en alianza con Dios para preservar ese regalo vital que se nos dio libremente. Para esto, el misionero ha de tener sal, porque si su vida ha perdido la salazón, es una vida insípida, es un misionero que, entre muchos haceres, muchos lugares visitados, muchas casas donde fue acogido, no hizo otra cosa que malgastar el tiempo. Sólo quien degusta la sal puede recomendarla, sólo quien proyecta su existencia como oportunidad abierta puede invitar a otros para que eviten la Gehenna. La evangelización nos requiere una profunda convicción del fracaso que significa el vertedero, y nos requiere una sensibilidad íntima para con el caminar de los pueblos. El misionero debe desear con el mayor ahínco eliminar el basural de la humanidad. A veces, es más fácil que nos presten atención si presentamos un infierno apocalíptico; otras veces, es más fácil si presentamos la vida como el experimento de un dios donde se nos evalúa como ratas de laboratorio. Pero sabemos que no llevamos profecías de desventura, sino Buena Noticia, oportunidades de liberación, sueños de plenitud. No queremos que nadie acabe su vida en el basural de la historia.