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El buen ladrón que era malhechor / Jesucristo Rey del Universo – Ciclo C – Lc. 23, 35-43

El pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían: “Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!”. También los soldados se burlaban de él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían: “Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!”.

Sobre su cabeza había una inscripción: “Este es el rey de los judíos”.

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”. Pero el otro lo increpaba, diciéndole: “¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo”. Y decía: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino”. El le respondió: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso”. (Lc. 23, 35-43)

Con este domingo se cierra el Ciclo C de la liturgia católica. Nos estuvo guiando el Evangelio según Lucas a lo largo del año, desde el primer domingo de adviento. Las lecturas seleccionadas para las sucesivas celebraciones han dejado en claro cuáles son los puntos fuertes del relato lucano. El especial hincapié en los pobres, en los marginados, en los pecadores; el desfile de mujeres que acompañan a Jesús; la capacidad parabólica del Maestro al contar historias; la presencia del Espíritu Santo en todo momento; la importancia de la oración en la vida de Jesús y las recomendaciones a sus discípulos sobre la importancia de orar; la elegancia literaria del estilo de Lucas. El Cristo de Lucas es el Cristo de los pequeños, de los últimos, de los que nada tienen para dar. Es el Cristo de los pastores de Belén, el Cristo de María de Nazareth, Cristo de la pecadora pública que llora sobre sus pies, Cristo de las viudas, del padre misericordioso, del buen samaritano, de los publicanos, de la mesa compartida, del camino a Emaús. Y hoy, como cumbre, es el Cristo que salva al más marginal, al crucificado. En este episodio de los malhechores, mal conocido como el episodio del buen ladrón, se manifiesta la realiza de Jesús. Aún crucificado, podríamos decir derrotado, es capaz de vencer con la fuerza del amor. Jesús es rey desde la paradoja, desde lo marginado, desde la pequeñez.

Cada uno de los cuatro Evangelios tiene una estructura distinta en la narración de este episodio. Comencemos por Marcos. La mención a los crucificados es escueta: “Con él crucificaron a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda” (Mc. 15, 27). La palabra aquí traducida por ladrones es lestes, que significa salteador o bandido, aquel que se lleva un botín. Luego aparecen los grupos humanos que insultan a Jesús: primero los que pasaban por allí (cf. Mc. 15, 29-30), luego los sumos sacerdotes y escribas (cf. Mc. 15, 31-32a) y finalmente los otros dos crucificados (cf. Mc. 15, 32b). Analicemos ahora a Mateo. La mención a los crucificados también es escueta, casi calcada de Marcos: “Al mismo tiempo, fueron crucificados con él dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda” (Mt. 27, 38). Nuevamente se emplea el término lestes. Los insultos, igualmente, repiten el esquema marquiano: primero los que pasan por allí (cf. Mt. 27, 39-40), luego los sumos sacerdotes, escribas y ancianos (cf. Mt. 27, 41-43), y finalmente los crucificados (cf. Mt. 27, 44). Dejemos Lucas para el último y vayamos hasta el Evangelio según Juan. La estructura es totalmente diferente. Lo crucificaron a Jesús “y con él a otros dos, uno a cada lado” (Jn. 19, 18). No sabemos si son ladrones, bandidos o malhechores. Los insultos desaparecen de esta sección y aparece la escena de la madre al pie de la cruz con el discípulo amado (cf. Jn. 19, 25-28).

En la escena de Lucas debemos ir despacio para analizarla. En primer lugar, la construcción teatral es propia de la redacción lucana. Ningún otro conserva el diálogo entre Jesús y sus compañeros crucificados. Algunos comentaristas creen que el autor se inspiró en Gn. 40-41, en parte de la historia de José. Cuando José se encuentra en prisión en Egipto, recibe como compañeros de celda al copero mayor del Faraón y al panadero mayor. Ambos personajes son antagónicos: mientras el copero sería el bueno, el panadero representaría al malo. El copero será restituido a su cargo por parte de Faraón, pero el panadero será colgado. José le pide al copero, de manera muy similar al pedido del buen ladrón a Jesús, que cuando esté restituido, se acuerde de él, en prisión, y lo haga sacar. Eso sucederá dos años después, cuando el copero mayor sugiera al Faraón que busquen a un tal José, encarcelado, que es capaz de interpretar los sueños. Ante la buena interpretación de José, el Faraón decide ponerlo, inmediatamente (hoy mismo), al frente de todo Egipto para administrar el alimento. Por lo tanto, es posible que este episodio esté en el trasfondo de la escena lucana que leemos hoy. Aunque no debemos olvidar que Lucas gusta de formar parejas en su narración, como historias y como personajes. Así tenemos la doble historia de la infancia que compara a Juan el Bautista y a Jesús (cf. Lc. 1-2); tenemos el envío de los Doce (cf. Lc. 9, 1-6) y el de los setenta y dos (cf. Lc. 10, 1-16); tenemos a Marta y María (cf. Lc. 10, 38-42); tenemos la parábola de la oveja perdida y la de la dracma (cf. Lc. 15, 3-10); tenemos al hijo mayor y al hijo menor del padre misericordioso (cf. Lc. 15, 11-32); tenemos al rico y al pobre Lázaro (cf. Lc. 16, 31); tenemos al fariseo y al publicano en oración (cf. Lc. 18, 9-14); tenemos a Pilato y Herodes durante la pasión (cf. Lc. 23, 1-12). Tenemos, por lo tanto, al buen ladrón y al mal ladrón. Ahora bien, más allá de la tradición, hay que resaltar que Lucas no llama lestes a los crucificados, como sí lo hacen Marcos y Mateo. Para Lucas son kakourgos, palabra griega que se deriva de kako (malo, mal) y ergon (trabajo, labor, hecho), o sea que son mal-hechores. Los crucificados junto a Jesús son personas que hacen el mal, que trabajan a partir de los malos hechos. A diferencia de los lestes, quizás simples bandidos, los malhechores definen su vida desde las acciones malas, desde la planeación del mal. Se dedican a eso, son profesionales en lo que hacen. En Lucas no hay buen ladrón, sino malhechor.

La creación de esta escena por parte de Lucas responde a un resumen del Evangelio. Éste es el último diálogo que emprende Jesús antes de morir. Después de esto no hablará más con otro ser humano hasta estar resucitado. La imagen es fuerte: el Cristo entabla su última conversación con uno de los marginales más marginados, con un crucificado, poniendo sello definitorio a toda su vida, que fue compartida, justamente, con los marginales más marginados. En su lecho de muerte, es capaz de mantenerse fiel al Reino y al Padre en el que cree, por eso puede expresar, como frase finalísima: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc. 23, 46); con el Espíritu que fue guiado, muere, conciente que vuelve al Padre. Ha resistido. Con maestría, Lucas dibuja las tentaciones en la cruz. Los jefes del pueblo lo desafían a salvarse a sí mismo si, en verdad, es el Mesías. Luego lo hacen los soldados, recalcando su condición de rey de los judíos. Finalmente lo hace uno de los malhechores crucificados, de nuevo insistiendo sobre su mesianismo. Las tres tentaciones coinciden con la escena inicial de las tentaciones en el desierto (cf. Lc. 4, 1-13). Aquella vez, el autor aclaró que el demonio se alejó hasta el momento oportuno. ¿Habría momento más oportuno que la cruz? ¿Habría mejor momento para truncar el proyecto del Reino que atacar al ser humano frente a la posibilidad máxima del egoísmo? Salvarse a uno mismo, esa es la gran tentación; pensar en yo sin nosotros. En el desierto, en definitiva, la tentación era la misma. Convertir las piedras en pan para saciar el hambre inmediato personal, adorar a las fuerzas del mal para tener poder, pedir a Dios un milagro caprichoso para uno mismo. Ser Mesías hacia adentro, olvidándose del pueblo, de los demás, del otro, del prójimo. Ese es el grito del demonio en la cruz: “Sálvate a ti mismo”. Se lo dicen los jefes del pueblo, se lo dicen los soldados y se lo dice uno de los malhechores. Que se olvide de los demás, que tire por la borda toda la vida entregada entre los marginales. Hay una salida egoísta: que la use.

Pero la paradoja del Evangelio es gigante. Ante el pedido de que se salve a sí mismo, Jesús salva a otro, al malhechor que le pide que se acuerde de él cuando venga con su Reino. Nada dice el autor sobre arrepentimiento; incluso deja que el malhechor exprese una tergiversada visión de la crucifixión, justificada en sus malos actos. El malhechor considera correcto y justo pagar las culpas en la cruz; no sabemos si se arrepiente; sí sabemos que ha descubierto la injusticia cometida contra Jesús. Esa es la verdadera revelación. Pudo ver injusticia ejecutándose, y pudo reconocer que no estaba bien que sucediese. Ha desenmascarado el sistema perverso del mundo, donde sufren los que no deberían sufrir, y ese sufrimiento sólo se explica desde la injusticia. Por eso le pide a Jesús que lo recuerde cuando vuelva con su Reino, porque el Reino traerá la justicia social, la verdad, la libertad. El Reino es la corrección de esa perversidad donde sufren los inocentes. De ese Reino quiere formar parte el malhechor. Y Jesús duplica la apuesta del malhechor. No hace falta esperar a un futuro para que se acuerde de él en el Reino. Hoy mismo estará en el Paraíso con el Señor. Esta promesa/cumplimiento debe ser entendida parte por parte y, en lo posible, desde su traducción más literal: “De cierto te digo: Hoy estarás conmigo en el paraíso”:

a) De cierto te digo: esta expresión abre frases de Jesús en Lc. 4, 24 (ningún profeta es bien recibido en su tierra); Lc. 11, 51 (a esta generación se le pedirá cuenta de la sangre derramada en la historia); Lc. 12, 37 (el señor recogerá su propia túnica y servirá a los servidores que estuvieron velando por él); Lc. 13, 35 (no verán más a Jesús hasta que lo vean volver entre alabanzas); Lc. 18, 17 (el que no recibe el Reino como un niño no puede entrar en él); Lc. 18, 29 (el que deja todo el Reino recibirá mucho más); Lc. 21, 32 (no pasará esta generación hasta que se cumpla la cercanía del Reino de Dios). En general, se trata de frases escatológicas relacionadas con el Reino. Lo que viene a continuación de la expresión es una aseveración de profeta apocalíptico que entiende la escatología como un presente y no como un futuro. Es esta generación, es el Reino que se cumple ahora, es el hoy de la salvación.

b) Hoy: en Lucas hay un hoy salvífico. A los pastores se les anuncia que hoy ha nacido el Salvador (cf. Lc. 2, 11), Jesús asegura en la sinagoga que las palabras de Isaías sobre el ungido de Dios (cf. Lc. 4, 17-19) se cumplen hoy (cf. Lc. 4, 21), tras la curación del paralítico la gente dice que ha visto cosas increíbles hoy (cf. Lc. 5, 26), Zaqueo debe bajar porque hoy se aloja el Maestro en su casa (cf. Lc. 19, 5) y hoy llega la salvación a esa misma casa (cf. Lc. 19, 9). El Reino es inmediato, no puede demorarse, no puede ser un apocalipsis del futuro. Con Jesús resucitado, como ya lo sabe el autor, hay un presente continuo de su presencia. Siempre es hoy, es ahora, es el Cristo, es Dios entre nosotros, es la salvación. El malhechor es rescatado hoy, ahora mismo, en este instante, porque Dios no puede actuar con demora.

c) Conmigo: la idea de la compañía de Jesús es la idea del discipulado. Los que están con Él son los que viven su vida íntima. Los que están con Él no están contra el Evangelio (cf. Lc. 11, 23). En el capítulo 15 del Evangelio, con las tres parábolas de la misericordia, el juego literario del conmigo expresa la comunión con el Dios que salva lo perdido. El pastor que pierde la oveja pide a los otros pastores: alégrense conmigo; lo mismo hace la mujer que encuentra la dracma con sus vecinas y amigas: alégrense conmigo; y el padre misericordioso dice al hijo mayor: tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo. Allí hay comunión, en la alegría y en la vida compartida. Esa comunión es un grado tan íntimo de unión, que parece inquebrantable. Jesús puede decir a sus discípulos: “Ustedes son los que han permanecido conmigo en las pruebas, por eso yo les asigno un reino, como mi Padre me lo asignó” (Lc. 22, 28-29).

d) En el Paraíso: paradeisos es una palabra de origen oriental que denota, generalmente, los jardines y parques de los palacios. Para la tradición bíblica el modelo es el Edén, el hermoso jardín inicial de felicidad plena, hacia donde tendería la historia. Al final, el Edén sería restituido y vivirían los justos en la presencia de Dios, reparando la historia de Adán y Eva. Para el malhechor, la promesa es que no debe esperar un final lejano, sino que hoy mismo entrará al jardín del palacio de Dios. Hoy mismo se encontrará en un estado de plenitud junto a Jesús. La plenitud, supuestamente reservada a los justos y puritanos, es regalada a un crucificado, a un malhechor, a un marginal.

El malhechor es el único, en toda la obra lucana, que se dirige a Jesús simplemente con su nombre de pila. Todos lo llaman con algún título (Señor, Hijo de David, Maestro) o con el nombre más alguno de los títulos. Sin embargo, en la cruz, es solamente Jesús. Y en la cruz, maravillosamente, es el rey del universo. No hay una explicación satisfactoria más allá del mesianismo bien entendido. Lucas ha dejado en claro que no ha venido para sanos ni para justos, que ha traído liberación a los cautivos, Buena Noticia a los pobres, que come con publicanos y pecadores, que se deja tocar por las prostitutas.

Éste es nuestro rey. Si queremos ser sus súbditos, entonces tenemos que reproducir sus normas de vida. Si pretendemos que nuestras comunidades sean su casa, tendremos que dejar entrar a los malhechores, a las prostitutas, a los pobres, a los que están al margen. De lo contrario, podemos seguir celebrando la festividad de Cristo Rey como en la Edad Media, imaginando un Cristo revestido de oro que se sienta en un trono al que sólo acceden los buenos cristianos. Lamentablemente, en el pasaje litúrgico de hoy, no hay buenos cristianos, sino malhechores.

El mundo es grande para 72 / Decimocuarto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 10, 1-12.17-20

Después de esto, designó el Señor a otros setenta y dos y los envió por delante, de dos en dos, a todas las ciudades y sitios adonde él había de ir. Y les dijo: “La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies. Id; mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias. Y no saludéis a nadie en el camino. En la casa en que entréis, decid primero: “Paz a esta casa.” Y si hubiere allí un hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él; si no, se volverá a vosotros. Permaneced en la misma casa, comed y bebed lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No vayáis de casa en casa. En la ciudad en que entréis y os reciban, comed lo que os pongan; curad los enfermos que haya en ella, y decidles: “El Reino de Dios está cerca de vosotros.” En la ciudad en que entréis y no os reciban, salid a sus plazas y decid: “Sacudimos sobre vosotros hasta el polvo de vuestra ciudad que se nos ha pegado a los pies. Sabed, de todas formas, que el Reino de Dios está cerca.” Os digo que en aquel Día habrá menos rigor para Sodoma que para aquella ciudad. “

Regresaron los setenta y dos, y dijeron alegres: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre.” Él les dijo: “Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad, os he dado el poder de pisar sobre serpientes y escorpiones y sobre todo poder del enemigo, y nada os podrá hacer daño; pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos.” (Lc. 10, 1-12.17-20)

El texto conocido de la Misión de los 72 es propiamente lucano. Ninguno de los otros evangelistas lo narra. Es fácil hallar en esta inclusión de Lucas una herramienta literaria para hacer parangón con el envío de los Doce sucedido en Lc. 9, 1-6.10. Comparando ambos episodios encontramos en común el tema de los enviados, la descripción de una serie de actividades que deben realizar y el regreso en el que los discípulos cuentan al Maestro la experiencia. Si bien el esquema es similar, las diferencias se hacen notables. En primer lugar está la cuestión del número. Mientras el envío del capítulo 9 se realiza sólo con los Doce (número reducido y grupo fácilmente identificable según Lc. 6, 13 y Lc. 8, 1, con el nombre particular de apóstoles), el envío que leemos hoy comprende a setenta y dos discípulos (número amplio y grupo difícil de detallar porque no tenemos otra referencia específica a ellos en el Evangelio ni en Hechos de los Apóstoles). En estos números debemos buscar, como muchas veces nos obliga la Biblia a hacerlo, el simbolismo detrás de la cifra. Como ya aclaramos en otras ocasiones, el doce es el número de la elección, y por extensión, es el número del pueblo judío. Siempre son doce los elegidos, y en el caso de Israel, doce son las tribus que forman la nación, porque es el pueblo que Yahvé ha elegido entre las demás poblaciones. Por lo tanto, tenemos que suponer que el envío de los Doce es el envío propiamente judío. En el otro extremo, abriendo el capítulo 10 del libro, están los setenta y dos. Para entender este número hay que referirse a Gn. 10, donde se conserva la lista de los descendientes de Noé a partir de sus tres hijos: Sem, Cam y Jafet. Habiendo acontecido el diluvio anteriormente, en la pre-historia bíblica, Gn. 10 es el momento en que la tierra se repuebla tras las devastadoras aguas. Esa repoblación que se hace a partir de estos tres hermanos da origen a todos los pueblos del mundo, que resultan ser setenta. A punto de partida de esta historia, se cree popularmente, en la tradición israelita, que los pueblos de la tierra son setenta. Entonces, cada vez que se usa esa cifra, la referencia parece ser universal, y por ende, referencia a las naciones paganas, que constituyen la gran mayoría de esos setenta. El envío de setenta y dos, entonces, parece ser la contrapartida a los Doce judíos. Los setenta y dos son los misioneros del mundo, de lo gentil, de la tierra toda. Por eso son tantos (mucho más que doce) y por eso no se los identifica con un grupo particular, pues tienen que estar sumergidos en el mundo para evangelizarlo, y no distinguirse por una posible jerarquía que devenga de una elección divina, sino todo lo contrario; en medio del mundo demuestran que viven en la sintonía de Dios.

Vale acotar que estos setenta y dos guardan conexión con el relato que leímos el domingo anterior en la liturgia. En Lc. 9, 52, Jesús envía mensajeros delante suyo para que le preparen posada, así como en la perícopa de hoy son enviados también delante a los lugares donde iba a ir el Maestro. Esta conexión cobra sentido visible cuando recordamos que en Lc. 9, 52 iban delante hacia un pueblo de samaritanos, considerados gentiles e impuros por los judíos. La misión de Jesús y de sus enviados se abre hacia los despreciados religiosamente. Primero los samaritanos, y luego la universalidad que representan los setenta y dos. Jesús sabe que el trabajo es enorme, pero no por eso imposible ni susceptible de ser abandonado. Va caminando hacia Jerusalén, pero envía mensajeros/misioneros delante de Él, para que marquen el camino por donde pasa el Señor. Van de dos en dos, respetando la disposición del Deuteronomio que exige, como mínimo, la palabra de dos personas para que un testimonio sea válido (cf. Dt. 17, 6 y Dt. 19, 15). Lo que estos setenta y dos tienen para decir merece la máxima atención y la máxima fiabilidad. Ellos anuncian que viene el Señor, que va a pasar Jesús, y eso es cierto. Extendiendo este artificio literario del parangón, podemos presentar en estos enviados la re-figura de Juan el Bautista. Como Juan, los setenta y dos hacen el adviento, anuncian la llegada del más fuerte (cf. Lc. 3, 16), se adelantan en el camino que recorrerá el Cristo.

Es tan novedoso esto que transmiten, y tanta prisa genera en el corazón del que se encontró con la Buena Noticia, que el tiempo no puede ser desperdiciado. No pueden detenerse a saludar a nadie en el camino. Y eso no es antipatía. La costumbre oriental que considera el saludo como un rito fundamental y, sobre todo, largo, es relativizada por la urgencia del Reino. Debemos saber que los orientales, cuando se saludan, invierten muchísimo tiempo, porque no es un mero apretón de manos, sino una conversación establecida culturalmente, en la que el diálogo se extiende para saber cómo está la familia, la salud, el trabajo y las cosas de la vida. Los enviados no pueden detenerse a saludar porque tienen la prisa del Reino. Esto se condice con las vocaciones del final del capítulo 9, donde el Maestro sugiere que los muertos entierren a sus muertos (cf. Lc. 9, 60) y que no se puede mirar atrás (cf. Lc. 9, 62). La tarea es tan universalmente grande, que las demoras repercuten en perjuicio del Evangelio. No se nos invita sólo a tareas de templo, sino a evangelizar el mundo, a llegar a las naciones paganas figuradas por estos setenta y dos. Aquí es inquietante analizar qué quiere decir la expresión sobre no llevar bolsa, alforja ni sandalias. Tradicionalmente se la interpreta como el desprendimiento propio de la actividad misionera, pero quizás sea necesario profundizar el significado. Según se sabe, a los peregrinos que anualmente marchaban a Jerusalén para las fiestas en el Templo, se les prohibía entrar a la explanada del mismo con bastón, calzado o alforja, y se les prohibía también alojarse para hacer noche. Las pertenencias, entonces, quedaban fuera del lugar considerado sagrado, y al mismo tiempo impedían que el peregrino se instalara, perdiendo su condición de viajero. Debido a esto, es posible que la frase jesuánica advierta sobre lo sagrado de la tarea universal que tienen por delante los setenta y dos. No pueden llevar pertenencias prohibidas en el Templo porque para ellos es sagrado todo el suelo que pisan. Y no pueden instalarse con comodidad en cualquier lugar porque pertenecen al mundo, al Reino de Dios, y no a una zona específica. El concepto de lugar sacro se traslada al mundo, al espacio que habita el ser humano, el destinatario de la Buena Noticia. Y como ese mundo es basto y la prisa por el amor de Dios apremia, y los obreros son pocos, es preciso estar en movimiento. Nadie puede instalarse o creerse dueño de una parcela de tierra. Es preciso moverse, ser peregrino, ser varones y mujeres en éxodo. Justamente, el gran sentido de las peregrinaciones judías a Jerusalén es el de recordar el largo éxodo por el desierto. Por eso no puede dejar de ser viajero un judío; porque su identidad es el viaje. De la misma manera, un discípulo de Jesús no puede quedarse quieto, cómodamente instalado, porque su esencia está en el camino. Los cristianos son discípulos en viaje, en constante traslado, listos para partir.

Cuando regresan los setenta y dos y le cuentan a Jesús todo lo que sucedió, Él se alegra sobremanera. Sus expresiones son apocalípticas y jubilosas. Basado en imágenes populares del imaginario religioso judío, expresa cómo el mal es vencido y cómo la presencia de Dios es una fuerza superior a cualquier amenaza. Satanás cae del cielo porque no hay lugar para él en el estrado de Yahvé. Y aunque la imagen es de algo que sucede en las alturas, perfectamente se correlaciona con la tarea de los enviados. Para Jesús, la misión no es algo encasilladamente celestial o encasilladamente terrenal. La misión sucede en un mundo donde está Dios porque Dios interviene en el mundo y la historia. Por eso cae Satanás como un rayo. Es tanta la compenetración entre Dios y sus creaturas, que no queda lugar para su presencia. Estorba, sobra. Su caída del cielo se corresponde con los discípulos que pueden pisar serpientes y escorpiones. Como se había anunciado en Gn. 3, 15, finalmente el linaje de la mujer pisa la cabeza del linaje de la serpiente y la destruye. Aquella promesa en el Edén que es mesiánica y esperanzadora, es realidad en el ámbito del Reino. Ante tamaña compenetración entre Dios y los seres humanos, el mal recibe el pisotón en su cabeza.

Pero la verdadera razón de la alegría, como lo indica el mismo Maestro, no está en lo maravilloso que puede resultar un exorcismo o en lo milagroso del mal derrotado. La alegría está en que compartimos la vida de Dios. La expresión sobre estar inscritos en el cielo (o en el libro de los cielos) pertenece al acervo de Escrituras sagradas judías y, si bien tiene relación con la salvación futura y lo escatológico, también es la expresión de esa compenetración de la que venimos hablando. En los cielos (o en el libro de los cielos) están inscritos los que tienen vida porque Dios se las da y son concientes de ello (cf. Ex. 32, 32-34; Is. 4, 3). La inscripción no es un destino prefijado ni una astrología divina. La inscripción es estar presentes en el corazón de Dios. Él conoce el nombre de cada uno de nosotros y lo guarda con celo, porque guardando el nombre se guarda la persona.

Lo glorioso de la evangelización no es la misa multitudinaria de cierre ni la cantidad asombrosa de casas que abren las puertas a la visita ni la prédica que arrancó lágrimas. Lo glorioso es que estamos imbuidos del Espíritu del Reino y que somos atravesados de tal manera por ese Espíritu, que sin calzado, sin alforja, sin condicionantes, y sin ataduras materiales, somos capaces de hacer el éxodo de Jesús basados en su Evangelio. Lo glorioso es que Dios quiere vivir entre los seres humanos, quiere amarlos en carne asumida, quiere compenetrarse de tal manera con ellos que el amor a Él y el amor al prójimo se confundan. Lo glorioso es que con un Dios así, la evangelización es cuestión de todos los días y de todo lugar.

Primer Domingo de Cuaresma – Ciclo C – Lc. 4, 1-13

Jesús, lleno de Espíritu Santo, se volvió del Jordán y era conducido por el Espíritu en el desierto, durante cuarenta días, tentado por el diablo. No comió nada en aquellos días y, al cabo de ellos, sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: “Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan.” Jesús le respondió: “Está escrito: No sólo de pan vive el hombre.”

Llevándole luego a una altura le mostró en un instante todos los reinos de la tierra y le dijo el diablo: “Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque me la han entregado a mí y yo se la doy a quien quiero. Si, pues, me adoras, toda será tuya.” Jesús le respondió: “Está escrito: Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto.”

Le llevó después a Jerusalén, le puso sobre el alero del Templo y le dijo: “Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo; porque está escrito: A sus ángeles te encomendará para que te guarden. Y: En sus manos te llevarán para que no tropiece tu pie en piedra alguna.” Jesús le respondió: “Está dicho: No tentarás al Señor tu Dios.”

Acabada toda tentación, el diablo se alejó de él hasta el tiempo propicio. (Lc. 4, 1-13)

 

El Primer Domingo de Cuaresma comienza con la lectura de las tentaciones de Jesús en el desierto, relato conservado por toda la tradición sinóptica (Marcos, Mateo y Lucas). Para muchos estudiosos, esta narración es una cristianización de la estadía de Jesús en el desierto de Judea, siendo discípulo de Juan el Bautista, que vivía en lugares solitarios (cf. Lc. 1, 80). Como el problema sobre la identidad de ambos personajes, su relación y la autoridad de uno sobre otro, fue grande en las primeras comunidades, el recuerdo sobre la etapa en que Jesús había sido discípulo directo del Bautista y había convivido con él, fue transformado en clave de lectura cristológica. Así, en esta estadía en el desierto ni se menciona a Juan, y por otro lado, es el Espíritu Santo, que había descendido durante el bautismo (cf. Lc. 3, 22), quien impulsa a Jesús a un tiempo de meditación/preparación. En el relato lucano que leemos este año la secuencia marca tajantemente la intención del autor de separar al Bautista de Jesús: primero cae preso Juan (cf. Lc. 3, 20), luego se habla de un Jesús ya bautizado (cf. Lc. 3, 21-22), aunque no sabemos por quién ni cuándo precisamente, a continuación se presenta la genealogía ascendente (cf. Lc. 3, 23-38) que llega hasta Adán, el hijo de Dios. Tras estos textos se nos introduce a las tentaciones en el capítulo 4. ¿Quién es, pues, el Jesús que va al desierto? Es un hombre lleno del Espíritu Santo, un hijo de Adán, el Hijo de Dios. Esta relación con Adán que el autor logra establecer con su genealogía revela la humanidad universal del Cristo. En su condición humana, en su encarnación (diríamos con lenguaje teológico más nuevo), el Mesías se identifica con los varones y las mujeres de la tierra, con los descendientes de Adán, que son en definitiva, descendientes de Dios. Jesús es el Hijo de Dios unigénito, pero todos somos hijos de Dios. El Cristo viene a ser uno de nosotros, uno de los nuestros, con una historia familiar que es la historia de la gran familia universal. Las tentaciones, por lo tanto, no suceden sobre un ser místico etéreo disfrazado con ropaje humanoide; las tentaciones le ocurren al judío Jesús, hijo de Adán, que también fue tentado. La diferencia es que este nuevo Adán (figura que ya había desarrollado Pablo en Rom. 5, 12-21 y 1Cor. 15, 21-22.45-47) no sucumbe ante la tentación, sino que hace honor a la fidelidad a Dios y a la alianza.

Como en Lucas importa la humanidad universal de Jesús con mucho más peso que su mesianismo judío, en el relato paralelo de Mateo (cf. Mt. 4, 1-11), donde sí interesa el ascendente judío porque sus receptores originales son judíos convertidos al cristianismo, hay una variación en el orden de las tentaciones. En la primera coinciden ambos, pero luego Mateo narra la tentación sobre el alero del templo de Jerusalén que Lucas coloca al final. Se supone que Mateo responde a dos argumentos literarios: un orden geográfico de las tentaciones que se van universalizando (desierto, Jerusalén, mundo), y un parangón con las tentaciones sufridas por Israel en su éxodo por el desierto, narradas respectivamente en Ex. 16 (los israelitas quieren volver a Egipto porque allí tenían comida, y Dios envía el maná), Ex. 17 (los israelitas no tenían agua para beber y Moisés les pregunta por qué tientan a Yahvé, luego Dios hace salir agua de la roca del Horeb) y Ex. 32 (mientras Moisés está en la cima del monte recibiendo las tablas, el pueblo se construye un becerro de oro para adorarlo). El reordenamiento de Lucas no se condice con la travesía de Israel, pero quizás sí con el ser humano en general, tentado por los bienes materiales, por el tener, por el comer (Adán comió el fruto del Edén), justamente para tener poder, para ser como dioses (el argumento que utiliza la serpiente para convencer a Eva), y allí tentar/desafiar a Dios (disponiendo el bien y el mal a antojo).

Jesús pudo ser Mesías del pan material, del tener. Podría haber realizado clientelismo político, regalando bienes para todos a cambio de su adhesión incondicional al proyecto del Reino. Pero el Reino hubiese dejado de serlo, y la Buena Noticia no sería tan buena. En los bienes materiales, el ser humano pierde la libertad, la vende. Cuando la fama de Jesús se expandió por toda Palestina, se corría el riesgo de que los milagros fuesen eso solamente, un hecho material momentáneo, no una proyección trascendente. Que Jesús tuviese seguidores por lo que regalaba, y no por Él mismo, por la increíble locura del Dios que se hace humano y muere. Los tres relatos sinópticos se hacen eco de una etapa en que las multitudes comienzan a abandonar al Maestro, casualmente cuando su mensaje comienza a anunciar la pasión, cuando se vislumbra que el Hijo del Hombre debe morir en la cruz. La primera respuesta de Jesús al diablo está tomada de Dt. 8, 3, donde se le recuerda a Israel el episodio del maná, y la catequesis consiguiente: tuviste hambre y recibiste pan milagroso, no para que te quedes en el milagro, sino para reconocer que las cosas vienen de Dios, y que la vida misma está sostenida por su Palabra.

Jesús pudo ser, también, el Mesías poderoso terrenalmente, al estilo de los reyes de este mundo. Pudo ser el Mesías del poder. Con un gran ejército, con leyes e impuestos, con un sistema jurídico que mantuviese el orden y asegurase adhesión. Habría instaurado un reino en la tierra, pero el Reino habría dejado de serlo, convirtiéndose en aparato de opresión, y no de gracia. En nada se parecen los manejos fraudulentos y las mentiras elaboradas de los gobiernos, con la pequeñez del Reino de Dios, con su mesa inclusiva, con la prioridad que tienen los que menos tienen, con la voz escuchada de todos. Muchos querían que la violencia de las armas se incorporara al proyecto jesuánico, pero el Maestro actuaba con violencia evangélica, alterando y sucumbiendo las estructuras desde el amor, desde la profecía arriesgada que reivindica sin herir físicamente. Es un Rey que muere, finalmente, en la ignominia, desnudo en una cruz, por no adorar a los reinos y reyes de este mundo. La segunda respuesta de Jesús al diablo está tomada de Dt. 6, 13, cita incluida en la sección de Dt. 6, 10-15, cuando se advierte a Israel que, al entrar en la tierra prometida, se encontrará con muchos lujos y con muchos dioses, pero que su recuerdo debe estar firme en Yahvé, el liberador, porque Él es el que verdaderamente lo liberó de la servidumbre.

Jesús pudo ser un Mesías sin ética, disponiendo del bien y el mal a su antojo, creyendo que el fin justifica los medios, y que si Dios no se manifiesta abiertamente en algún momento, existe el derecho de trasgresión, justamente por la pretendida ausencia del Padre que deja a los hijos a la deriva. De esta manera, ni el amor ni la justicia serían absolutas, ni la opción por los pobres ni el Reino en sí mismo. Todo podría negociarse de acuerdo a la situación particular. En cada discusión con fariseos, escribas o saduceos, Jesús está tentado a decir lo que ellos quieren escuchar, para ganarse su aprecio, para no ponerlos en contra. Sin ética, o sea, sin principios y opciones básicas, la vida es un devenir que no se arriesga, es una hipocresía a cada instante, una actuación. Como Dios no se hace presente en una teofanía que no deje lugar a dudas, es cuestionable su existencia y, por lo tanto, su supuesta propuesta de vida para el ser humano. Sin Dios no hay ética. Si Él desea que seamos algo, debería aparecerse en cuerpo presente. Pero eso destruiría la libertad y la fe. Gran parte del amor es la confianza y la entrega al otro. Si Dios abandona su manifestación sacramental (a través de) para realizar una aparición que no deje lugar a dudas, se nos quita la opción de elegir, se nos hace esclavos y no hijos que aman. La tercera respuesta de Jesús al diablo es de Dt. 6, 16, y en el versículo siguiente, se recuerda a Israel que debe guardar los mandamientos, estatutos y preceptos de Yahvé, sin tentarlo como lo hicieron en Masá, donde salió agua de la roca. Quien ama a Dios no lo tienta, porque no es preciso tentar al ser amado para que demuestre su amor; los enamorados descubren los signos de ese amor hasta en las cuestiones más imperceptibles para la mayoría.

 

Desierto

Desierto

Las tentaciones de Jesús no fueron una cuestión de un instante, de un momento, de sólo cuarenta días. Las tentaciones del pueblo de Israel tampoco lo fueron; duraron por siempre y duran aún hoy. Las tentaciones de la Iglesia, que pueden resumirse en las tres tentaciones propuestas por el diablo, están alrededor nuestro. El tener, el poder, el olvido de Dios, los bienes materiales, la opresión de unos sobre otros, el libertinaje. La Iglesia puede desvirtuar el Evangelio cediendo a las tentaciones de un mensaje que sea menos incómodo. En lugar de la Buena Noticia del que no tuvo nada y nos hizo tenerlo todo, preferimos la imagen del Cristo sentado en el trono para regir, de manera que se sustente en ese reinado nuestras pretensiones jerárquicas; en lugar del Jesús promotor de la dignidad humana, preferimos al mero dispensador de milagros, de manera que no nos veamos comprometidos a modificar la existencia de los relegados y nos conformemos con la limosna esporádica; en lugar del hombre de la Palabra profética que denuncia y da vida, preferimos el predicador itinerante desentendido de lo que sucede en la política de su tiempo, para que nuestras palabras no se vean forzadas a decir lo que puede molestar.

Siempre, cuando la cruz está cerca, cuando se acerca la hora de jugarse, la tentación da un paso adelante y propone una salida satisfactoria. El relato que leemos hoy termina anunciando que el diablo se retiró hasta que llegase el momento propicio. Más adelante, ya en el relato de la pasión, Lucas nos recordará que “Satanás entró en Judas” (Lc. 22, 3) y que Jesús dirá frente a sus captores: “Esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas” (Lc. 22, 53b). En las cercanías de la crucifixión, la tentación se hace fuerte, los poderes de las tinieblas se hacen presentes con propuestas de caminos alternativos, que al fin y al cabo, son traiciones. En la evangelización nos traicionamos, sobre todo cuando creemos que todo es válido para el éxito pastoral. Tomamos caminos dudosos, negociamos, disminuimos exigencias, aumentamos la subestimación del pueblo, nos concentramos en las elites. Y la evangelización se va oscureciendo, al punto de no saber, en determinado momento, cuál era la opción básica, la opción primera. Todo se confunde y, confundido el evangelizador, se confunde el interlocutor.

Cuando el relato de las tentaciones cobra sentido actual y deja de ser algo aparatoso, sin diablo en persona ni templo ni visión de todos los reinos del mundo, es sorprendente cómo nos toca de cerca. No es necesario que un ser tenebroso nos hable con voz terrorífica para que convirtamos las piedras en pan o para que lo adoremos; mucho menos para que nos lancemos del alero de algún templo. Las tentaciones son mucho más sutiles, el diablo es menos vistoso de lo imaginado. Cuando nos juntamos a proyectar un plan pastoral, cuando elegimos un lugar de misión, cuando organizamos una actividad parroquial, las tentaciones están ahí.