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Como hermanos es más fácil seguir amando / Sexto Domingo de Pascua – Ciclo A – Jn. 14, 15-21 / 29.05.11

Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes.

No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y también ustedes vivirán. Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y yo en ustedes.

El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él. (Jn. 14, 15-21)

El amor y el cumplimiento de los mandamientos enmarcan esta perícopa que propone la liturgia en el tiempo pascual. Se comienza con la mención del amor a Jesús y la relación de este amor con los mandamientos cumplidos, y se culmina de la misma manera. Inclusive, la frase inicial y la final están escritas como en un espejo. Si amo a Jesús, cumplo sus mandamientos; si cumplo los mandamientos, entonces es que amo a Jesús. Dos maneras de relacionar lo que la tradición ha entendido como realidades separadas. El amor y los mandamientos. Jesús unifica poniendo fin, desde su Palabra, a un problema teológico. ¿El Dios misericordioso es el mismo Dios justo? ¿Puede haber justicia en Dios, al mismo tiempo que misericordia? ¿Acaso el amor no va en detrimento de la implementación de los mandamientos y su cumplimiento? Jesús asume que su Padre ama y es justo, y que las dos realidades, tan intrínsecas a Él, no pueden entenderse por separado. El Dios de la justicia es el Dios de la misericordia. Porque ama es justo; porque es justo ama. El cumplimiento de los mandamientos tiene varios niveles, y el más alto nivel, el de mayor calidad, es el cumplimiento en el amor. En un primer nivel, los mandamientos son rechazados, entendidos como normas sin sentido, olvidados. En un segundo nivel, los mandamientos son asumidos como normas que deben cumplirse, sí o sí, por un sentido de deber; no se las cuestiona, se las acata. En un tercer nivel, los mandamientos se ven como una necesidad social; sin mandamientos las sociedades se derrumban, colapsan por su propio peso. En un último nivel, los mandamientos son caminos de amor, y necesitan de una pedagogía que los acompañe para entenderlos con libertad. Queda atrás el cumplimiento por obligación, queda atrás el peso de las normas, queda atrás el acatamiento desinteresado. La vida de Jesús demuestra un proceso en el que intenta mostrar a sus discípulos como vivir libremente, y sobre todo, libres frente a los mandamientos religiosos. Llama la atención que en uno de sus discursos finales presente la temática del cumplimiento de los mandamientos, pero no es tan raro si se entiende ese cumplimiento desde la perspectiva de la liberación. Cumplir los mandamientos es amar. Cuando se ama, el resto es añadidura. La libertad frente a las normas sólo puede provenir de aquellos que se sitúan en el amor. Amando, los mandamientos son secundarios, porque son caminos al amor, no el amor mismo.

En medio de este cumplimiento aparece el Espíritu de la Verdad. Quien ama, recibe el Espíritu Santo. Algunos estudiosos del Evangelio según Juan postulan que el autor unificó dos tradiciones vigentes en su época sobre el Espíritu Santo y sobre un tal Paráclito. Podría ser que, en un principio, la predicación diferenciara entre ambos personajes, pero con el tiempo se los identificó mutuamente. Es sólo una hipótesis. Como no sucederá en ningún otro lugar de la literatura neotestamentaria, para Juan el Espíritu será llamado Paráclito. Este nombre tiene cuatro apariciones en el total del Nuevo Testamento, y son Jn. 14, 16.26; Jn. 15, 26 y Jn.16, 7. El término viene del griego parakletos, que significa el que está al lado de uno, en el sentido del que viene en ayuda. Por eso se lo utilizaba, en las cortes o tribunales, para designar a los abogados defensores o asistentes legales. El significado judicial del vocablo se encuentra, fuera de la Biblia, en documentos hebreos y arameos. Para la tradición apócrifa judía existía un Paráclito entendido como un intercesor. Jesús podría haberse valido de estas tradiciones para desarrollar el concepto propio del Espíritu Santo como abogado intercesor. O las podría haber utilizado el evangelista Juan. Por supuesto, las tradiciones judías no eran tan elocuentes respecto a un Espíritu Santo. Algunos estudiosos interpretan que, en la comunidad de Qumran, el Paráclito era el ser angélico Miguel.

Jesús, específicamente, habla de un espíritu que trae la verdad. La verdad, en el Evangelio según Juan, es de vital importancia. Para el autor, Dios no es la verdad, sino que su Palabra es verdad (cf. Jn. 17, 17), y Jesús es la Palabra del Padre (cf. Himno al Logos de Jn. 1). Por lo tanto, la verdad de Dios es Jesús mismo, su persona encarnada; además, la palabra que el Hijo escuchó en la intimidad del Padre (cf. Jn. 8, 26.40), esa es la palabra que revela y que es la verdad (cf. Jn. 8, 40.45ss; Jn. 18, 37). El Espíritu Santo ingresa en la dinámica de la historia dentro de esta línea. Vendrá para dar testimonio de la verdad que es Jesús. Cuando el Maestro se vaya, cuando el Hijo ya no esté físicamente, el Espíritu será el garante de la verdad, será el que recordará las palabras de la Palabra, el que refrescará la memoria apostólica. El planteo es bastante carismático. Las verdaderas comunidades cristianas, entonces, serán las comunidades que oigan al Espíritu, porque si lo oyen bien, estarán oyendo la verdad. Detrás del Espíritu de la Verdad hay un planteo eclesiológico: las comunidades son dirigidas por el Espíritu, no por jerarcas. Es un planteo arriesgado. ¿Cómo determinar qué comunidades de las que se atribuyen tener el Espíritu son reales? ¿Cómo negar esta práctica comunitaria como inspirada y aceptar la otra? La verdad tiene que ver con la permanencia. Los que están inspirados por la verdad están en Jesús y Jesús está en el Padre. Estas permanencias, si bien no pueden medirse, son una clave de discernimiento. Los que permanecen pueden sentirse hijos y se comportan como hijos. Jesús asegura que no dejará huérfanos. Esta palabra (orfanos) puede traducirse de diversas maneras. Si bien la mayoría de las traducciones en español optan por huérfanos, dándole a Jesús la categoría de padre, también podría traducirse como no los dejaré sin familia o no los dejaré sin parientes. Esto aclara un poco la idea de permanencia. Las comunidades que viven como una familia son comunidades inspiradas. Eso sí: como una familia al estilo jesuánico. El Espíritu de la Verdad es el cohesivo para la familia de los que aman a Jesús y cumplen sus palabras.

A estas familias es a quienes se manifiesta Jesús. El verbo emfanizo que traducimos como revelación o manifestación es utilizado sólo aquí en todo el Nuevo Testamento. También puede significar dar a entender. A manera de teofanía, a los que aman, Jesús se les hace visible en el sentido de que pueden entenderlo. A Jesús se lo entiende amando, no desde la razón o el estudio biográfico de su vida. Los que aman, independientemente de sus creencias religiosas o de su estudio bíblico, reciben la revelación de Jesús. Este planteo también es arriesgado. Quiere decir que el amor es trascendente, y que no se opone a la justicia. El viejo concepto de justicia divina versa que Dios castiga a los paganos y bendice a los que le son fieles religiosamente. El nuevo concepto jesuánico es que los que aman están en la verdad, y en ese amor son fieles porque viven en los mandamientos.

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Permanecer es difícil. Permanecer implica estar, a veces no descansar correctamente, a veces dejar cosas de lado. Permanecer nos obliga a poner la vida en ello, en la permanencia, en la constancia. Y en la permanencia real, aunque sea poético en la literatura, la verdad se nos escapa. La verdad es difícil, se confunde, nos nubla, se nos hace carga pesada. Sabemos que la verdad es Jesús, pero Jesús no está físicamente, y permanecer cuesta. Sabemos que existe un Paráclito, un Espíritu de Verdad, pero tampoco lo vemos. ¿Cómo permanecer? ¿Cómo seguir estando?

La respuesta de Jesús es la revelación, la manifestación. Jesús se manifiesta a los que permanecen amando. ¿Cuándo? Quizás siempre. Quizás a cada momento se está manifestando, pero no lo vemos porque nos ciega la competencia, el cansancio y la falta de respuestas obvias. En la pedagogía de Jesús, un punto importante es saber que lo trascendental se lee en lo cotidiano. Por eso Jesús sabe que sus discípulos no quedan sin familia. Quedan las comunidades, quedan los compañeros de camino, quedan los que permanecen que sostienen a los que desean dejar de permanecer. Queda una red de comunión, y por eso no hay huérfanos. Cuando la Iglesia descuida su cualidad de red, se empieza a desarmar. Cuando la institución eclesial ataca a las comunidades pequeñas que intentan sostener esa red desde el contacto mano a mano, desde la cercanía, desde el encuentro cotidiano, se engaña a sí misma. Una Iglesia sin pequeñas comunidades no es Iglesia, no es sucesora del proyecto de Jesús. La base comunional está en la intimidad, y la intimidad la logran las comunidades familiares, pequeñas, en estrecha relación de unos con otros. Esas pequeñas comunidades son fruto del Espíritu Santo, son inspiradas, hay verdad en ellas. Atacarlas es traicionar el mensaje del Evangelio.

Es mucho más fácil permanecer, sostener la verdad, encontrar la revelación de Jesús, en esas pequeñas comunidades que en grandes emporios religiosos, o que en la soledad. Unos ayudan a permanecer a otros, unos aman como los otros. La verdad es más clara cuando se la busca en comunidad. El Evangelio es una proclama contra la empresa de la religión y contra la soledad. En el emporio religioso se predican los mandamientos como parte de la política empresarial. Las normas vienen a ser el reglamento institucional. En la soledad, en cambio, los mandamientos tienden a entenderse de manera extrema, como inútiles completamente o como rocas de deber insalvables. En comunidad, los mandamientos con caminos de amor. No se cumplen por obligación ni se las considera una pavada. Los mandamientos son lógicos en el amor, pero son relativos. Permanecer amando es difícil. Como hermanos es más fácil. En esa postura, en ese discipulado, es posible permanecer sólo si vivimos en comunidad fraterna.

Tercer Domingo de Adviento – Ciclo C – Lc. 3, 10-18


La gente le preguntaba: “Pues ¿qué debemos hacer?” Y él les respondía: “El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer, que haga lo mismo.” Vinieron también publicanos a bautizarse, que le dijeron: “Maestro, ¿qué debemos hacer?” Él les dijo: “No exijáis más de lo que os está fijado.” Preguntáronle también unos soldados: “Y nosotros ¿qué debemos hacer?” Él les dijo: “No hagáis extorsión a nadie, no hagáis denuncias falsas y contentaos con vuestra soldada.” Como el pueblo estaba expectante y andaban todos pensando en sus corazones acerca de Juan, si no sería él el Cristo, declaró Juan a todos: “Yo os bautizo con agua; pero está a punto de llegar el que es más fuerte que yo, a quien ni siquiera soy digno de desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego. En su mano tiene el bieldo para bieldar su parva: recogerá el trigo en su granero, pero quemará la paja con fuego que no se apaga.” Y, con otras muchas exhortaciones, anunciaba al pueblo la Buena Nueva. (Lc. 3, 10-18)

En este Tercer Domingo de Adviento seguimos con la figura del Bautista. Tras su presentación y su situación histórica, enmarcado en el ministerio profético de larga tradición en Israel, Lucas nos presenta el meollo del mensaje de Juan. Aquí, la cuestión sinóptica de los relatos paralelos en los Evangelios según Marcos, Mateo y Lucas juega un papel interesante. Toda la tradición parece coincidir en que el Bautista comenzó su ministerio antes que Jesús, que lo realizó a orillas del Jordán, en el desierto y que su práctica regular era el bautismo. La hermenéutica que asocia este ministerio joánico con la cita del comienzo del capítulo 40 de Isaías también es una constante (cf. Mc. 1, 2-3; Mt. 3, 3; Lc. 3, 4-6; Jn. 1, 23). Ahora bien, respecto al relato de su discurso hallamos algunas diferencias redaccionales entre los evangelistas. Para Marcos, el Bautista tiene una función netamente precursora, de anuncio directo del Mesías que viene, y podríamos aventurar, casi sin mensaje propio. Juan menciona en apenas dos versículos al que viene detrás de él, el que es más fuerte, del que no es digno de desatarle la correa de las sandalias (cf. Mc. 1, 7), y el que trae un bautismo mejor (cf. Mc. 1, 8).

Para Mateo y para Lucas, el mensaje del Bautista es más completo, y pueden hallarse en su predicación elementos propios que, inclusive, hasta parecen contrapuestos al Evangelio de Jesús. En la primera parte del mensaje coinciden Mateo y Lucas. Las exhortaciones son duras, en tono acusatorio. El apelativo raza de víboras dirigido a fariseos y saduceos en Mateo (cf. Mt. 3, 7), y a la gente en general en Lucas (cf. Lc. 3, 7), es durísimo. Por lo que sigue a continuación, tienen más sentido los interlocutores que presenta Mateo, puesto que después se los acusa de aducir la condición de hijos de Abraham, o sea, la condición de pueblo elegido con transmisión generacional. La gente común de Palestina no expresaba ese pensamiento en el nivel y exposición con que lo hacían los dirigentes judíos. Esta primera parte culmina con la imagen apocalíptica del hacha puesta a la raíz de los árboles, dispuesta a cortar lo que será quemado (cf. Mt. 3, 10; Lc. 3, 9). Hasta aquí, los dos evangelistas coinciden bastante. Pero el paralelo se corta repentinamente con la introducción lucana de un fragmento original, que es desde donde comienza la lectura liturgia de hoy. Adelantándonos, vemos que en Mt. 3, 11 y Lc. 3, 16 se vuelven a corresponder los relatos con un anuncio muy similar al que ha recogido Marcos y, nuevamente, un final apocalíptico, esta vez con la imagen del agente mesiánico que tiene en su mano el bieldo y que quemará la paja con un fuego inextinguible. Por esta estructura, muchos biblistas concluyen que Lc. 3, 10-14 es un agregado de Lucas que pertenecería a una fuente propia, no conocida por Mateo, que podría tratarse de un escrito, una transmisión oral o un artificio literario. Más allá de las diferencias, al contrario que el Bautista marcano, éste posee mensaje propio, de talante acusatorio, escatológico y, sobre todo en Lucas, ético. Más aún, la inmediatez con la que presenta el castigo divino que será ira implacable, parece oponerse diametralmente a la práctica del perdón y al amor de Dios Padre presentado por Jesús. Lo que sí se halla en la misma línea jesuánica es la crítica a la sensación de seguridad de los dirigentes judíos, tanto religiosos como políticos, que justifican en su raza separada por motivos sanguíneos una superioridad salvífica inexistente.

Concentrándonos en el agregado lucano (Lc. 3, 10-14), hallamos un contenido ético que parece bastante conformista y distinto de la radicalidad que vive el Bautista en su propia vida. No hay invitaciones a abandonarlo todo ni a desplazarse al desierto. No hay sígueme (cf. Lc. 5, 27; Lc. 9, 59; Lc. 18, 22). Juan no parece crear un grupo de seguidores, al menos en el relato de Lucas. Quizás, este agregado responda a la problemática expresada en Lc. 3, 15: la gente se pregunta si Juan no es el Cristo. Entonces, las diferencias con Jesús se acentúan para demostrar fehacientemente que no lo es. El Bautista no hace auto-referencia, sino que constantemente se identifica como el que precede al Mesías.

Los tres grupos que se acercan y que interactúan con Juan son la gente en general, los publicanos y los soldados. Cabe acotar que estos soldados no son los romanos, sino los empleados de Herodes Antipas, quienes resolvían asuntos internos. No se trataba de profesionales en el ámbito del ejército, sino de mercenarios a sueldo. Lo común a los tres grupos es que conforman conjuntos sociales marginados de la religión oficial judía por ser considerados impuros. La gente como tal, como multitud, es el grueso de la población que no lleva al pie de la letra las prescripciones rituales. Los publicanos son los empleados del Imperio que se encargan del cobro de los impuestos, y al estar en contacto con dinero pagano, se contaminan. Los soldados de Herodes Antipas, en general provenientes de la gentilidad, eran por naturaleza impuros. Pero más allá de lo estrictamente religioso, se esconde lo político. Los publicanos (empleados de Roma) y los soldados (empleados de un rey ilegal como lo era Herodes, por no pertenecer a la casta israelita) son vende-patria, son traidores y enemigos de la esperanza israelita, que consiste en liberarse de la opresión extranjera.

Las respuestas de Juan a las preguntas de los tres grupos se mueven en un mínimo que no llega al fondo de la cuestión estructural. El que tiene ropa y comida debe compartirla con los que no tienen; los publicanos no deben cobrar de más, pero pueden seguir cobrando los impuestos; los soldados no deben excederse en sus métodos ni exigir una paga mayor, pero pueden continuar sirviendo a Herodes Antipas. Así, ratificando lo dicho anteriormente, parece que Lucas quiere recalcar el papel precursor del Bautista que sólo es anticipo en germen del mensaje transformador del Mesías que vendrá. Porque el que viene es el más fuerte, es el que trae la verdadera transformación de Dios. Cuando Jesús es acusado de expulsar demonios por el poder de Beelzebul, el príncipe de los demonios (cf. Lc. 11, 15), su argumento de defensa es que el signo de los demonios derrotados es lo mismo que la llegada de uno más fuerte que el vencido (cf. Lc. 11, 21-22), o sea, Jesús es el más fuerte que Beelzebul, y por eso puede derrotarlo y saquear sus pertenencias. Juan, respecto a éste que viene, no es digno de desatarle la correa de sus sandalias, pero no en sentido de pequeñez y humildad, sino en términos jurídicos. Según Dt. 25, 7-10, en el marco de la legislación sobre el levirato (si una mujer queda viuda y sin descendencia, el pariente más próximo del hermano muerto debe dársela), si el pariente más próximo obligado a tomar la mujer se resiste a hacerlo, como símbolo de su pérdida de derecho a ejercer el levirato, la mujer“se acercará a él en presencia de los ancianos, le quitará la sandalia de su pie, le escupirá a la cara y pronunciará estas palabras: Así se hace con el hombre que no edifica la casa de su hermano” (Dt. 25, 9). Desatarle la sandalia a un hombre, entonces, es dejar constancia al derecho que perdió, al derecho que no tiene sobre determinada mujer. Si Israel es la viuda, la mujer sin descendencia, sin vida, la desprotegida (como figurará Lucas en el episodio de la viuda de Naín de Lc. 7, 11-15 y en la viuda de la ofrenda en el templo de Lc. 21, 1-4), entonces el pariente más próximo con derecho a darle esa descendencia que le falta, es el Mesías, es Jesús, y no Juan el Bautista. Él no tiene jurisdicción para quitarle ese derecho. Jesús es el que vendrá definitivamente y el que cumplirá todas las esperanzas, es el enviado de los últimos tiempos, por eso se lo presenta bajo imágenes apocalípticas como el fuego, el hacha que está en el pie del árbol o el bieldo (cf. Mal 4, 19; Jer. 15, 7).

El final de la perícopa puede parecernos desconcertante. Aparentemente, este mensaje apocalíptico del Bautista con una ética que no necesariamente afecta las grandes estructuras, es una Buena Noticia. Si lo comparamos con el Evangelio de Jesús, con su mensaje del Reino, esta Buena Noticia parece relativizada. Y es que el Evangelio del Bautista es la esperanza en el que viene, es la esperanza del adviento, del que sale al encuentro y es el más fuerte, el que vence los poderes demoníacos, el que tiene derecho a ser nuestro salvador, el que tiene derecho a rescatarnos. La ley del levirato establecía que el cuñado de la viuda era el pariente más cercano para darle descendencia, pero si no tenía cuñado, debía buscarse el familiar con mayor proximidad. En la viudez de nuestros pueblos, en el abandono de las gentes que no tienen vida, difícilmente haya parientes cercanos que se preocupen por ellos. Dios es el más cercano, el próximo, el adyacente, el inmediato, el único con derecho a darnos descendencia. El derecho de Dios no proviene de su poderío o de su condición superior, sino de su amor. Porque nos ama, puede hacernos pasar de la muerte a la vida.

La evangelización, o mejor expresado, las opciones pastorales que hemos tomado como Iglesia, muchas veces contribuyeron a alejar a Dios, haciéndolo el inalcanzable, el inaccesible. Cuando intentamos revertir ese proceso, nos encontramos con personas que no esperan nada de Dios, o en el mejor de los casos, que esperan una dádiva de un ser poderoso que, quizás con suerte, se acuerda de ellos. Adviento, por lo tanto, no significa nada, puesto que la proximidad del Todopoderoso es imposible. ¿Qué Buena Noticia hay si nadie viene? ¿Qué Buena Noticia se sostiene en la distancia infranqueable? Creer que la viudez de los pueblos es eterna, creer que Dios no es lo suficientemente íntimo como para rescatarnos, lleva a un oscuro pesado del que no se puede salir. Un Dios que no nos sale al encuentro es presente estancado, es detenerse, es deprimirse.

El Bautista presentado por Lucas vive su ministerio en función de la inmediatez del Mesías. Profetiza y bautiza como quien tiene la certeza de la presencia divina al doblar la esquina. Saber que está llegando el más fuerte es fortificarse, saber que Beelzebul ha sido derrotado, saber que Dios en persona toma posesión de nuestra causa. Cuando nos preguntamos de qué lado está Dios en nuestras existencias, claramente podemos decir que Dios está al lado del abandonado, al lado de los desprotegidos, de las viudas que no tienen quién las sostenga. Dios es el próximo/prójimo de los que ven su vida truncada, de aquellos a los que se les va apagando la luz de la existencia sin dejar más descendencia que su propia miseria. Él no es el más fuerte que avanza con la dureza de su brazo derribando todos; Él es el más fuerte que protege, el que rescata. Juan lo señala, nosotros debiésemos señalarlo también. Juan no se consideraba digno de quitarle a Jesús su derecho de liberar al pueblo; nosotros tampoco tenemos derecho a restringir el derecho que tiene Dios desde su amor. Puede que nuestra legislación eclesiástica limite la entrada de los desposeídos al banquete, pero Dios es más fuerte, y su pie ya ha tomado posesión en el corazón de los abandonados.