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Pedro: más satanista que Satán / Vigesimocuarto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B – Mc. 8, 27-35 / 16.09.12

27 Jesús salió con sus discípulos hacia los poblados de Cesarea de Filipo, y en el camino les preguntó: “¿Quién dice la gente que soy yo?”. 28 Ellos le respondieron: “Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas”. 29 “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. Pedro respondió: “Tú eres el Mesías”. 30 Jesús les ordenó terminantemente que no dijeran nada acerca de él.

31 Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres días; 32 y les hablaba de esto con toda claridad. Pedro, llevándolo aparte, comenzó a reprenderlo. 33 Pero Jesús, dándose vuelta y mirando a sus discípulos, lo reprendió, diciendo: “¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres”.

34 Entonces Jesús, llamando a la multitud, junto con sus discípulos, les dijo: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. 35 Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará”. (Mc. 8, 27-35)

27

Cesarea de Filipo está en territorio pagano, a unos cuarenta kilómetros al norte del Mar de Galilea. Los griegos la llamaban Paneas, por tener uno de los santuarios más importantes, sino el más importante, de los dedicados al dios Pan. A pesar de ello, la población no era exclusivamente pagana, sino que algunos judíos también se habían instalado allí. La ciudad fue agrandada y mejorada por Felipe, el Tetrarca de Iturea y Traconítide, quien la renombró como Cesarea en honor a Augusto César. Se la llamaba Cesarea de Filipo para distinguirla de la Cesarea Marítima; otra ciudad ubicada en la costa del Mar Mediterráneo.

Allí, en esa región, en territorio gentil, el judío Jesús pregunta a los discípulos qué dice la gente sobre Él. Más precisamente, quiere saber quién dice la gente que es, cuál es su identidad para esa multitud que, genéricamente, es englobada en un colectivo. ¿Qué dicen los seres humanos sobre Jesús? ¿Quién creen que es? ¿A qué lo asocian? No es una pregunta por curiosidad ni por marketing. La escena demostrará que se persigue una segunda intención en el cuestionario de Jesús. La idea de hacer la pregunta en territorio pagano también tiene su significado: la revelación sobre la identidad de Jesús se abre paso desde un lugar inesperado, bien lejos del Templo de Jerusalén, donde debería manifestarse el Mesías, y bien lejos de los círculos de escribas y sacerdotes, supuestos entendidos en la Palabra.

28

Los discípulos reproducen las respuestas que han escuchado y que han inferido de lo que piensa la gente sobre Jesús. El lector de Marcos ya las conoce, porque han sido presentadas en Mc 6, 14-15: “Algunos decían: Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso actúan en él fuerzas milagrosas. Otros decían: Es Elías; otros: Es un profeta como los demás profetas”. Hay una opinión pública, general, sobre Jesús. Él lo sabe, sus discípulos lo saben, y en lógico que haya existido. Hasta la personalidad menos llamativa genera una formación de opinión sobre su ser. La gente intenta dilucidar de quién se trata, cómo es. Sucede en pequeños ámbitos, y mucho más frente a personajes de alto impacto, como lo fue Jesús.

Para algunos se trata de Juan el Bautista, quien había predicado proféticamente en el desierto y bautizaba como signo de conversión, habiendo sido decapitado por orden de Herodes. Esta opinión asume que Juan el Bautista ha regresado de la muerte en la persona de Jesús, o directamente que no ha muerto, y que continúa su ministerio como Jesús de Galilea. Es una opinión que encierra un componente mágico, y que denota cómo, para muchos, hay una continuidad sin ruptura entre Jesús y el Bautista, de manera que podrían intercambiarse sosteniendo el mensaje. Para otros es Elías, profeta del Antiguo Testamento, cuyos relatos están ligados a los relatos de Eliseo y agrupados, dentro de la tradición deeuteronomista, entre 1Ry 17 y 2Ry 8. Elías fue un gran defensor del yahvismo como religión única y oficial de Israel, contra las desviaciones constantes de su pueblo hacia la adoración de los dioses paganos, sobre todo de Baal. Para la época de Jesús, lo más importante respecto a Elías era la profecía de Malaquías que anunciaba su llegada como preliminar del final escatológico de la historia: “Voy a enviarles al profeta Elías antes de que llegue el Día de Yahvé” (Mal 3, 23). Marcos conoce esta creencia y, en cierto modo, el relato de la transfiguración, más adelante, se hará eco de la misma. Nuevamente, un cierto aire de misticismo asocia a Jesús con otro personaje, creyendo que puede ser una especie de reencarnación, o al menos un cuerpo que recibe el espíritu del viejo profeta arrebatado a los cielos.

Un final genérico engloba lo que la gente cree sobre Jesús: es algún profeta. A pesar de las desviaciones, el pueblo en general entiende que Jesús es un tipo de profeta escatológico. La definición no es completa ni abarca la totalidad del ser de Jesús, pero no puede descartarse por completo. Jesús es un profeta con un mensaje escatológico. Tiene rasgos del Bautista y rasgos de Elías, sigue una corriente teológica asociada a Isaías, y se comporta como la tradición describe a los grandes profetas de la historia israelita, itinerantes, practicando la denuncia social, realizando signos que clarifican su mensaje. El profetismo es una faceta de Jesús, pero no es la esencia.

29

La escena revela hacia dónde se dirigía originalmente. Jesús quiere preguntar a sus discípulos, a sus íntimos, quién creen que es Él. Esta es la bisagra. Tras una seguidilla de experiencias en Galilea y en territorio pagano, el Maestro necesita saber si sus discípulos están listos para recibir la información necesaria del último tramo. Los oyentes/lectores de Marcos saben el desenlace, saben que caminaron a Jerusalén y que Jesús fue crucificado. Pero ahora importa conocer cómo es la dinámica de esa subida a la muerte. En definitiva, conocer cómo es el discipulado en tensión. ¿A quién sigue Pedro y los demás? ¿Qué creen ver tan destellante en Jesús como para ir a la boca del lobo? El interés del autor está en descubrir cómo esos discípulos emprendieron un camino que hoy, a su comunidad, le toca sostener.

Pedro sentencia la respuesta. Es el portavoz de los discípulos. Ellos creen que Jesús es el Mesías. Para un judío, depositar la confianza en alguien identificado como el Mesías es palabra mayor. Si es el Mesías, entonces es un enviado directo de Dios; como tal, viene a darle una resolución a la historia, sobre todo a la historia de Israel. Las profecías sobre la manera de resolverla eran variadas, pero nunca se eludía el tema de la batalla final, donde el mal es derrotado. Ese mal eran las naciones opresoras de Israel, como por ejemplo Roma. El Mesías derrotaría a los enemigos del Pueblo de Dios y tomaría el trono para instaurar el reino definitivo de Dios. Las naciones paganas tomarían dos caminos: o derrotadas y empecinadas en su maldad serían eliminadas, o reconocerían al verdadero Dios peregrinando hacia Jerusalén para rendirse ante el nuevo orden universal dirigido por el Mesías. Se abriría así una época de abundancia y plenitud, con justicia social, con paz mundial, con la desaparición de las enfermedades y con una presencia constante de Yahvé entre sus creaturas.

Los oyentes/lectores de Marcos pueden imaginar, casi inconscientemente, cómo se opone la cruz a esta visión petrina, porque ya creen en el Jesús crucificado. Los versículos siguientes develarán qué tipo de mesianismo predica Jesús, cómo se enfrenta ese mesianismo al de Pedro y dónde están los peligros. Esta confesión de fe de los discípulos hace puente con la confesión de fe del centurión romano al pie de la cruz, que llama Hijo de Dios a Jesús (cf. Mc 15, 39). Ambas confesiones son desarrollos de Mc 1, 1, donde el autor calificó el Evangelio como una Buena Noticia sobre el galileo que es Mesías y que es Hijo de Dios. Nuevamente, el oyente/lector está un paso delante de la reflexión, porque conoce la historia del centurión y sabe que la filiación divina se reveló completamente en la crucifixión.

30

Este versículo sobre el secreto mesiánico es una paradoja en una escena sobre la revelación de la identidad de Jesús. Si se está dando a conocer una verdad sobre la persona, no habría motivo para silenciarla. Pero tenemos que entender que, a diferencia del resto de las alusiones al secreto mesiánico, esta tiene un tono particular. El contexto indicará que los discípulos no pueden decir nada porque aún no han comprendido. No es un secreto de las maravillas del Reino, sino un secreto por precaución. Los discípulos están convencidos de un tipo de mesianismo que Jesús no comparte, y hasta que no entiendan el sentido profundo de la misión del agente mesiánico, es preferible que callen.

31

Para los comentarios clásicos sobre el Evangelio según Marcos, en este versículo comienza la segunda mitad del libro. La confesión de fe de Pedro sería la meta de la primera mitad, y ahora, con el primer anuncio de la pasión, se abriría la sección final y definitiva del camino a Jerusalén y la crucifixión. Dos grandes partes tiene el libro, según los más brillantes exegetas: una primera mitad centrada en Galilea y en el accionar más taumatúrgico de Jesús; y una segunda mitad que se centra en el camino de la cruz y en la enseñanza a los discípulos. Se utilice la modalidad que se utilice para dividir a Marcos y para estudiarlo, es indudable que hasta la confesión de Pedro hay una luminosidad en los relatos, con el colorido de Galilea, los asombrosos exorcismos y los milagros; a partir de aquí, la luz disminuye dando paso a una atmósfera gris que recibe, como último rayo de luz, el relato de la transfiguración (Mc 9, 2-13). La sombra de la muerte se vuelve cada vez más densa, y los anuncios premonitorios van preparando a los discípulos para una consumación violenta. Es una división clásica del libro, pero su antigüedad no la hace menos valedera.

Tenemos aquí el primer anuncio de la pasión, de tres que se irán dando a conocer a lo largo del camino de subida a Jerusalén. La discusión sobre la historicidad de los anuncios es tema de discusión. Es muy posible que Jesús intuyese su muerte; cualquiera en su posición podría darse cuenta de las tramas oscuras que se tejen a su alrededor. Respecto a las palabras exactas que utilizó para referirse a su muerte, la incertidumbre es mayor. Es probable que se haya referido en la tercera persona del Hijo del Hombre y es probable que hablara del sufrimiento. Ambos elementos son propios de la tradición veterotestamentaria. Sobre la mención específica de quiénes ocasionan el sufrimiento y la posibilidad de la resurrección hay que ser más cautelosos. Pero por cierto, no puede negarse una fe/esperanza en la resurrección original de Jesús. No es ajena al Antiguo Testamento la creencia de un Justo Doliente que, atravesando tribulaciones y sufrimientos, es glorificado al final (cf. Is 52, 13 – 53, 12; Sab 2, 12-20). Es la epopeya del bueno que recibe maltratos de los malos, pero que gracias a su confianza en Yahvé es restablecido con la suerte que verdaderamente le corresponde. No podemos hablar específicamente de la suerte final como resurrección, pero es una opción en este esquema de anonadamiento-glorificación. La misma mención a los tres días no intenta ser exacta en el sentido histórico, sino que reproduce profecías, como la de Os 6, 2: “Después de dos días nos hará revivir, al tercer día nos levantará, y viviremos en su presencia”. Los tres días son un paso de tiempo prudencial para tomar una decisión o constatar algo (cf. 1Rey 12, 12; 2Cron 10, 12; Neh 2, 11), son el tiempo que permaneció Jonás en el vientre de la ballena (cf. Jon 2, 1), y es en el tercer día que Dios se manifestó (sobre la montaña de Sinaí, cf. Ex 19, 11.16).

De todas maneras, el anuncio de la pasión tira por tierra las esperanzas mesiánicas militares de Pedro y los demás discípulos. La indicación de guardar silencio, anteriormente, cumplía esta función de protección frente a la tergiversación. El Mesías no recibirá el apoyo del clero ni del Templo de Jerusalén, como sería de esperarse, sino todo lo contrario: la religión lo rechazará. La tragedia es que el Mesías que se espera triunfante, morirá. Traducido: el Mesías fracasará. Esa visión jesuánica contradice abiertamente el pensamiento mesiánico judío tradicional. Ahora se plantea la verdadera pregunta a los discípulos históricos, a la comunidad de Marcos y a los que seguimos leyendo el Evangelio actualmente: ¿por qué seguir a un fracasado? O más profundo: nosotros que sabemos el desenlace de la tumba vacía, ¿por qué seguiríamos un camino de tribulaciones y penurias? ¿por qué exponerse al desprecio si podemos esperar tranquilamente, al costado del camino, hasta que la piedra de la tumba sea corrida por Dios? El grado de compromiso con el discipulado que exige Marcos parece sobrehumano. Jesús exigirá un seguimiento discipular en un camino que desemboca en el fracaso, y lo hace sin dobleces, sin prometer demasiado. Jesús está pidiendo una convicción en el discípulo, un vínculo extremo y fuerte con el Reino de Dios, al punto de defenderlo y sostenerlo en medio de la destrucción.

Esta bisagra que los exegetas han marcado en este versículo también se manifiesta en el cambio de enemigos. Mientras estuvo en Galilea, Jesús se opuso a fariseos, sobre todo. Ahora son los ancianos, sumos sacerdotes y escribas; justamente los tres grupos que integraban el Sanedrín, órgano jurídico máximo del judaísmo que tramó la muerte de Jesús y fue partícipe de su ejecución (cf. Mc 14, 55 y Mc 15, 1).

32

Lo que se venía anunciando y palpitando se cumple. Pedro no aguanta la verdad y la claridad de Jesús. Sus visiones mesiánicas no son compatibles. En un arrebato, se lleva a Jesús aparte para reprenderlo. Pedro quiere enseñarle a Jesús que ser Mesías es triunfar, no fracasar, y que Jerusalén será tomada y Roma derrotada, no que morirá al arribar a la ciudad. Es un choque de visiones de fe, pero más allá de eso, son dos estructuras religiosas enfrentadas, discutiendo, debatiendo. Es Pedro en nombre de la religión triunfalista que identifica a los otros como enemigos y vislumbra como solución su eliminación; y es Jesús en nombre de la religión del Padre, de la paz activa, de cambiar el mundo permaneciendo aferrado a los valores del Reino, para provocar la conversión de los otros, no para destruirlos.

33

Uno de los versículos más duros de todo el Evangelio es éste. Jesús reprende (epitimao) a Pedro, con el mismo verbo en griego con que expulsó el espíritu impuro del hombre de la sinagoga (cf. Mc 1, 25), lo manda ponerse detrás de Él y le dice satanás. Pedro queda identificado como una fuerza maligna, a favor de los espíritus impuros. Satanás deriva del hebreo satán, que puede traducirse como adversario. El revés es durísimo para Pedro. Actúa verdaderamente como un contrincante de Yahvé, y necesita ser exorcizado de sus pensamientos limitados. Pedro necesita pensar y sentir como piensa y siente Dios, de lo contrario, es un obstáculo más en el camino de Jesús, y en lugar de estar con Él, está contra Él, junto al clero y a los escribas. Pedro pasa de una confesión de fe a una posesión demoníaca. Esto revela que, originalmente, la confesión de fe estaba tamizada por el pensamiento humano y tradicional de Pedro. Por eso las reservas de Jesús y el pedido de mantener el secreto mesiánico hasta aclarar el verdadero camino que había que seguir.

Pedro debe volver tras de Jesús, opiso nou en griego, con las mismas palabras que los primeros discípulos fueron invitados a convertirse en pescadores de hombres (cf. Mc 1, 17). Es como comenzar de nuevo. Pedro y los demás deben reiniciar su camino de discipulado en esta profundización que se avecina. En Galilea era una cosa, quizás más de introducción, pero ahora ha llegado la hora de lo intensivo. Si no están preparados para afrontar la realidad del mesianismo, la tribulación del Hijo del Hombre, la cuesta del camino, entonces están pensando en términos humanos, que no son los términos de Dios. La expresión recuerda Is 55, 8: “Porque los pensamientos de ustedes no son los míos, ni los caminos de ustedes son mis caminos -oráculo del Señor-”. El discipulado implica una sintonía con el querer de Dios, para no jugar el rol de adversarios o contrincantes del Reino.

34

Se amplía la audiencia de Jesús. Ahora son los discípulos y la multitud. Comienza el segundo llamado al discipulado. Esta vez más extenso que el simple sígueme inicial. Ahora es el momento en que urge arriesgar por una forma de vida, que es la vida del Reino. Evidentemente es un segundo llamado al discipulado. Algunos podrán aceptarlo y otros no. Algunos abandonarán y otros seguirán. El compromiso es gigantesco. Galilea fue la introducción, pero ahora hay que remontar el camino hacia Jerusalén, la ciudad que mata los profetas. Hay que dirigirse a una muerte segura por defender y sostener una visión de Dios que le cae mal a los ricos y a los poderosos. Es un compromiso de vida que se lleva la vida propia.

El discipulado, ahora, no es la imagen de los pescadores de hombres, sino de los que cargan la cruz. El cambio metafórico es abismal. Históricamente, puede que Jesús no hable de su forma de morir, sino del significado de ser un condenado a muerte, un cargador de la cruz. Es la invitación a convertirse en uno de los seres más despreciados por la sociedad. El condenado a la cruz es la paria social, y su muerte servirá de escarmiento. Pisotearán su dignidad humana mostrándolo desnudo y sangrante mientras agoniza. Su muerte es un espectáculo público, y nadie quiere estar cerca de él para compadecerlo, sino para presenciar el espectáculo. La violación de su dignidad es motivo de reunión y show. Ese es el grado de renuncia que exige Jesús a sus discípulos. Renunciar a la dignidad social, hacerse último entre los más últimos de la sociedad. Ser mirado como son mirados los condenados a la crucifixión.

Parece una locura. Y sin embargo es el discurso de invitación a que lo acompañen. No hay publicidad política, no hay promesas de campaña. El que quiere defender la utopía que representa y que es el Reino, que se haga como los crucificados. Sino, que se quede en la comodidad de su casa.

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La paradoja mayor de morir para vivir encierra todas las paradojas del Reino. Hay que renunciar a sí mismo para encontrarse a uno mismo. Hay que perder para ganar. Hay que hacerse indigno para la sociedad siendo más digno que cualquiera. Hay que ser último para ser primero. Son paradojas difíciles de digerir. Pero al discipulado de Jesús no se ingresa sin ellas. Son parte constituyente del mensaje.

Lo que este versículo traduce como vida, en griego es psyche. Se trata del aliento, primariamente, como símbolo totalizante de lo que anima y da vida. La respiración, la sangre y el movimiento son algo así como los elementos que identifican la presencia de vida en el pensamiento del Antiguo Testamento. Se crea una confusión para distinguir entre lo que anima (podría ser llamado alma o ánima) y lo que es el espíritu, que también anima en cierto sentido, y también está relacionado al aliento, el soplo de Dios. Posiblemente, la diferencia sea que el aliento como animación está presente tanto en los humanos como en los animales, quienes también respiran, tienen sangre y se mueven. El espíritu, en cambio, es una cualidad humana que lo distingue del animal. El espíritu otorga al humano una condición sobrenatural y de tendencia trascendente que los animales no tienen.

Por lo tanto, perder la psyche es gastarse la respiración, la sangre y el movimiento (gastarse la vida biológica) en el Reino, en seguir a Jesús, en defender la Buena Noticia. Esa pérdida, aunque parezca tiempo malgastado, es la salvación de la vida total del ser humano. El discipulado cristiano, por supuesto, desgasta, conlleva una inversión de energías y algo que, en términos de la sociedad, podría identificarse como una vida perdida, malgastada. Pero esa respiración, sangre y movimientos que se gastan, en realidad son una parte de la vida total, que es también espíritu. Si el discípulo está dispuesto a que su psyche se derroche en el Reino, entonces lo está ganando todo, y su espíritu es pleno.

Las parábolas, los discípulos, la misión / Nuevo libro

En poco tiempo, Editorial Claretiana sacará a la luz un libro mío. Se llama “Discípulos de este siglo – La misión en las parábolas de Jesús”. Es un recorrido por trece parábolas de Jesús analizadas en línea exegética primero, para desembocar en una reflexión y profundización posterior. Les dejo la lista de las parábolas analizadas (un esbozo de índice del libro): en primer lugar el título que encabeza cada capítulo, en segundo lugar la cita del Evangelio que corresponde a la parábola tratada en ese capítulo.

1) La oveja y la dracma vuelven a la vida (Lc. 15, 1-10)

2) ¿Hijo pródigo, padre misericordioso o hermano fariseo? (Lc. 15, 11-32)

3) Jesús mujeriego (Lc. 7, 36-50)

4) La gracia de la conversión (Lc. 13, 1-9)

5) Cosas de hermanos (Lc. 12, 13-21)

6) Lázaro en el reino invertido (Lc. 16, 19-31)

7) La oración que hace justicia (Lc. 18, 1-8)

8) El Dios que convierte lo pervertido (Lc. 18, 9-14)

9) Hay albañiles sabios y santos necios (Mt. 7, 21-27)

10) Parábola del sembrador despistado (Mt. 13, 1-23)

11) Por no esperar, el Reino se prende fuego (Mt. 13, 24-43)

12) Escribas del siglo XXI (Mt. 13, 44-52)

13) La religión verdadera (Lc. 10, 25-37)

Perdonado, curado, levantado / Séptimo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B – Mc. 2, 1-12 / 19.01.12

1 Unos días después, Jesús volvió a Cafarnaún y se difundió la noticia de que estaba en la casa. 2 Se reunió tanta gente, que no había más lugar ni siquiera delante de la puerta, y él les anunciaba la Palabra.

3 Le trajeron entonces a un paralítico, llevándolo entre cuatro hombres. 4 Y como no podían acercarlo a él, a causa de la multitud, levantaron el techo sobre el lugar donde Jesús estaba, y haciendo un agujero descolgaron la camilla con el paralítico. 5 Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: “Hijo, tus pecados te son perdonados”. 6 Unos escribas que estaban sentados allí pensaban en su interior: 7 “¿Qué está diciendo este hombre? ¡Está blasfemando! ¿Quién puede perdonar los pecados, sino sólo Dios?”. 8 Jesús, advirtiendo en seguida que pensaban así, les dijo: “¿Qué están pensando? 9 ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o Levántate, toma tu camilla y camina? 10 Para que ustedes sepan que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados 11 -dijo al paralítico- yo te lo mando, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”.

12 El se levantó en seguida, tomó su camilla y salió a la vista de todos. La gente quedó asombrada y glorificaba a Dios, diciendo: “Nunca hemos visto nada igual”. (Mc. 2, 1-12)

 

1

Jesús vuelve a Cafarnaún, ciudad en la que expulsó un espíritu impuro dentro de la sinagoga, curó a la suegra de Simón y realizó otras múltiples curaciones y exorcismos. Es un poblado que ya lo conoce, de alguna manera. Estuvo alejado de ella en su recorrido por Galilea y por culpa del incidente con el leproso. Pero ha vuelto. Y ha vuelto a la casa. Para algunos comentaristas, el regreso es a la casa de Simón, donde estaría la sede y el centro de la actividad de Jesús en la zona. Pero quizás, obviando los aspectos de búsqueda histórica precisa, tendremos que pensar más en el símbolo de la casa que en la casa como espacio geográfico.

La casa es vital y de suma importancia en el Evangelio según Marcos como ámbito secular de Evangelio cotidiano que se opone al ámbito sacral del Templo y de la sinagoga, donde las leyes de pureza no dejan ingresar al supuesto impuro. En la casa se da otra dinámica de relación. En la casa, Jesús tocó a una mujer, la levantó/resucitó y ella se convirtió en discípula. En la casa hay mesa compartida y leprosos. En la casa se perdonan los pecados sin necesidad de un aparato de culto que medie entre los seres humanos y Dios.

 

2

La fama de Jesús hace que se llene la casa. Esta es una fama distinta a la que genera el temor o la ley. Esta fama de Jesús viene de boca en boca, de la gente que se acerca espontáneamente, llevando unos a los otros. No viene del temor que genera la religión, que eleva a los profesionales del culto por sobre el resto. No viene de la legislación romana que obliga el reconocimiento de la fama mediante la fuerza militar. Esta es una fama que desemboca en la casa, para oír la Palabra. La gente no se agolpa en las escalinatas del Templo de Jerusalén, ni en los inicios de una sesión del Senado. La casa es el espacio de reunión y de escucha, sitio de sanación, perdón y enseñanza.

La enseñanza general se resume bajo el vocablo Palabra. Es un concepto que parece apuntar más a la comunidad cristiana post-pascual que a Jesús mismo. Sabemos que ya desde los primeros cristianos la predicación del Evangelio se llamó predicación de la Palabra. Previamente, el leproso purificado había salido por los lugares de Galilea a predicar también la Palabra. La Palabra resume el Evangelio del Reino en términos de misión. Es Palabra de liberación, de vida, de sanación. Es Palabra que perdona, convierte, cambia, transforma. Es Palabra efectiva y no palabrería. Como veremos en esta escena del paralítico, la Palabra no se queda sólo en su pronunciación, como un discurso de politiquería o de magia barata. La Palabra hará efecto inmediato y eficiente. Esto encaja perfectamente con la intención del autor de presentar una unión indisoluble entre dichos y hechos de Jesús, entre acción y discurso.

 

3

El enfermo que protagoniza esta escena es un paralítico. Usualmente, se piensa en un hombre que no puede caminar, y por eso es llevado en la camilla. Pero algunos diccionarios bíblicos definen el término griego paralytikos como una parálisis parcial, que toma medio cuerpo. En términos médicos actuales, una hemi-parálisis. A los fines prácticos, es un hombre con graves dificultades para moverse. No sabemos si es algo que lo acompaña desde el nacimiento o que lo afectó en algún momento de su vida. Si aceptamos la idea de una hemi-parálisis, existe la posibilidad que se haya presentado en algún momento preciso, quizás intempestivo, quizás tras un accidente cerebrovascular. Es un hombre que, recorriendo su existencia, se ha visto golpeado. Y con tal golpe, la sociedad y la cultura de su tiempo han entendido que es un pecador, y que la enfermedad es la retribución justa por su pecado. Más adelante quedará clarificado esto.

Los cuatro que llevan la camilla pueden ser sólo el número necesario para transportar al enfermo, pero también pueden representar, simbólicamente, un personaje complejo que haga las veces de la humanidad. Cuatro son los puntos cardinales (cf. Ez. 37, 9; Zac. 2, 10; Is. 11, 12), por ende, cuatro es la totalidad del espacio, totalidad del universo. Los cuatro que llevan al paralítico son toda la humanidad, cargando su sufrimiento y sus impedimentos. Lo que trae Jesús (su Palabra de vida y sus gestos de liberación) aborda una problemática del total de la humanidad. Por eso el Evangelio, desde siempre, más allá de la discusión histórica sobre las verdaderas intenciones de Jesús, ha sido universal, abierto. Marcos lo sabe. Esos cuatro son todos, somos todos. La humanidad puede traerle a Jesús su sufrimiento, su parálisis.

 

4

Destecharon el techo diría la traducción más fiel al original griego. Es una redundancia, pero así es el estilo de Marcos; como si escribiese mientras lo relata oralmente a la comunidad.

Este ingreso por el techo parece responder a la importante cantidad de gente que bloquea el acceso por la puerta. Los cuatro que traen al paralítico quieren que sí o sí llegue a Jesús, y aprovechan la construcción de las casas palestinas para hacerlo. Seguramente suben por el costado de la casa, donde solía haber un acceso hacia el techo/terraza, y quitan un poco de material, fácilmente desprendible (probablemente ramas y tierra). Existe una tradición palestina que podría unirse a este relato, y que consiste en la creencia de que los demonios (inclusive el demonio de la enfermedad), no deben conocer cuál es la puerta de la casa para no ingresar a ella posteriormente y perpetrar su ataque hacia alguno de los habitantes de la misma. Ingresar por el techo podría ser la manera de engañar al espíritu maligno de la parálisis, de manera que no conozca el ingreso principal.

Con esta astuta maniobra, los cuatro que lo traen logran bajar al paralítico en su camilla. Marcos describe esta camilla como una krabbatos, o sea, un colchón utilizado por los pobres. Este paralítico no es sólo un enfermo más, sino un enfermo pobre. La fama de Jesús con la que se abre la escena parece estar difundida entre los pobres. Son ellos los que reconocen, de primera mano, que este hombre trae una novedad contraria a su estado de opresión.

 

5

La sección comprendida entre este versículo y el versículo 10 podría ser una inclusión posterior de Marcos a un relato más primitivo sobre la curación del paralítico. En esta inclusión se discute sobre la relación entre el pecado y la enfermedad, y sobre las atribuciones de Jesús para perdonar/sanar. Según el judaísmo, el vínculo enfermedad/pecado es fuerte. La enfermedad es manifestación física del pecado. El enfermo es un pecador, o sus padres han sido pecadores, y la ira de Dios se manifestó de generación en generación. Es probable que Jesús actúe, en esta escena, desde esa concepción, asimilando la unión tácita entre el pecado y la enfermedad. Pero la mirada de Jesús es superadora. La relación pecado/enfermedad no es tajante ni determinante. El paralítico no es un condenado, sino más bien un oprimido que necesita liberación. Jesús no toma la postura del juicio, no dictamina que el enfermo deba pagar su supuesta culpa; el enfermo necesita salud, necesita plenitud.

Y lo llamativo es que Jesús interpreta la enfermedad/pecado en clave comunitaria. Jesús ve la fe de ellos, no sólo la fe del paralítico. Jesús mira la fe comunitaria, y a partir de ella le perdona los pecados al paralítico. Son cinco que tienen fe (cuatro que cargan y el postrado) en un cambio posible. Puede que acepten conceptualmente que la enfermedad es una consecuencia del pecado, pero no quieren eso, no quieren permanecer en el sufrimiento, no se resignan a una condena eterna. Su fe es esperanza en la posibilidad de cambiar.

Y Jesús les trae el cambio, el paso de la muerte a la vida. Tratándolo de hijo, mediante la fe de los cinco, sus pecados son perdonados. Marcos se lo deja en claro a su comunidad desde el principio: el Evangelio es el alivio del sufrimiento, no el juicio de condenación. En la casa de la Iglesia debe haber perdón, posibilidad de revertir lo que parece perdido.

 

6

Nuevamente aparecen los escribas, como lo estuvieron en la sinagoga de Cafarnaún. Allí estaban en su ámbito, en medio de lo sagrado, pero aquí están en la casa, en lo profano. Como ya aclaramos anteriormente, los escribas tienen la particularidad de estar siempre en oposición a Jesús y su interpretación particular de la Ley de Moisés (cf. Mc. 2, 16; 3, 22; 7, 1; 11, 27). Esta vez no será la excepción. Sentados en medio de la muchedumbre (cuando no cabía más gente en el lugar), cuestionarán el perdón ofrecido por Jesús. Están sentados; posición típica de los rabinos cuando van a enseñar. Sutilmente, Marcos da a entender que será una discusión de enseñanzas, de doctrinas. Por un lado está el Evangelio del perdón gratuito, y por el otro lado la interpretación rígida de la ley de pureza.

 

7

Los escribas sostienen que sólo Yahvé puede perdonar los pecados. Ningún otro ser tiene la misma atribución. Sólo hay un solo Dios, y si el perdón puede ser propinado por otro, entonces se juega la unicidad divina, la roca del monoteísmo. Afirmar, siquiera tácitamente, que existe otro con las cualidades de Dios, es una blasfemia. Según Lev. 24, 11ss, la blasfemia merece el castigo de morir apedreado. En este caso, según la interpretación de la Ley que hacen los escribas, Jesús es un condenado a muerte, porque blasfema sobre la condición única de Dios. Es, para el judaísmo, la peor de las blasfemias.

Sobre la expresión de Jesús que trae la controversia hay opiniones divididas. Para algunos comentaristas, Jesús se ha atribuido la capacidad del perdón en primera persona. Pero otros leen en la expresión tus pecados te son perdonados una voz pasiva referida a Dios; Jesús sólo diría en voz alta lo que ya ha sucedido por obra de Yahvé, sin atribuirse en primera persona el perdón de los pecados. Esto abre un debate sobre la cristología del Evangelio según Marcos. ¿Hay en el texto una cristología germinal, baja, sin connotaciones de divinidad? ¿O Marcos afirma abiertamente que Jesús es Dios? El próximo versículo arroja luz sobre la discusión.

 

8

Sin que medie palabra hablada, Jesús sabe lo que los escribas piensan al respecto, lo que están cavilando, meditando. Es significativo que, previamente, Marcos ha dicho, en el original griego, que los escribas cavilaban en sus corazones (cf. Mc. 2, 6). Sería importante que las traducciones de la Biblia al español mantuviesen ese vocablo: corazones. Cuando se traduce cavilaban en su espíritu o cavilaban en su interior, se nos impide llegar a la siguiente conclusión: Jesús ha leído sus corazones. Sin que medie palabra hablada, Jesús conoce el corazón de los escribas. Y el conocimiento del corazón del ser humano es un atributo divino: “Sólo tu [Dios] conoces el corazón de todos los humanos” (1Rey. 8, 39b). Esto puede aclarar la discusión sobre la cristología de Marcos y de su comunidad. De alguna manera, ciertos atributos de Dios son puestos en la persona de Jesús, haciendo de Jesús un ser que actúa como Dios, según Dios, y a la manera de Dios. Un vínculo íntimo y profundo une a Yahvé y a Jesús.

 

9

¿Qué es más fácil? La pregunta es una ironía de Jesús hacia los escribas. ¿Es más fácil perdonar o curar? ¿O acaso no estamos hablando de lo mismo? La ironía viaja en doble sentido: si la enfermedad es culpa del pecado, entonces el perdón implica la curación y viceversa; en otro sentido, si físicamente se puede manifestar que el paralítico camina normalmente, es porque se ha superado la verdadera dificultad que consistía en no saberse perdonado. Esta pregunta se proyecta hacia todas las curaciones de Jesús. Cada curación, según el concepto judío del binomio enfermedad-pecado, es un perdón. Cada curado es un perdonado. Hay una liberación integral del ser humano en el Evangelio del Reino.

Los escribas están enojados y acusan a Jesús porque se atribuye la capacidad de perdonar y porque lo hace profanamente, sin rituales de expiación, sin contacto con el Templo de Jerusalén, sin sacrificar animales. No hay rito de culto organizado que sostenga los perdones y las curaciones de Jesús. Eso molesta en el fondo a los escribas. Perdonar parece muy fácil. Pero en su pensamiento teológico, el perdón debe ser difícil, debe atravesar una serie de requerimientos, y sí o sí hacerse público en un ambiente reconocido como sagrado. En cambio, Jesús perdona en la casa, con facilidad, como un amigo perdona al otro, como un hermano al otro, como un padre a su hijo.

 

10

Siguiendo en el debate sobre la cristología de Marcos y de su comunidad eclesial, aquí tenemos una expresión que pone, sobre los hombros del Hijo del Hombre, la facultad de perdonar los pecados. Abiertamente, Jesús dice que el milagro que verán corroborará el poder del Hijo del Hombre para perdonar los pecados. Cuando el paralítico se levante y camine normalmente, curado, los presentes (los escribas) podrán evidenciar que el Hijo del Hombre (que Jesús) perdona, y lo hace de manera efectiva, inmediata, elocuente. La literatura apocalíptica que menciona al Hijo del Hombre, no le atribuye este poder de perdonar los pecados, pero Marcos sí lo hace. Y es que si el Maestro no puede perdonar, entonces tampoco puede hacerlo la comunidad eclesial. Y la casa de la Iglesia debe estar en el mundo perdonando, como lo hace el Hijo del Hombre. Debe perdonar con este estilo de reposición inmediata y efectiva. El perdón sacramental debe ser verdaderamente sacramento, en cuanto otorgue al otro una elocuencia del perdón. Esa elocuencia es responsabilidad de la Iglesia, de la comunidad, que debe otorgar al perdonado la posibilidad de vivir en libertad plena, sin ser observado, sin ser juzgado constantemente. La Iglesia tiene que ser la casa del perdonado, donde entre y salga con cotidianeidad, donde pueda caminar sin ser paralítico, donde pueda andar sin un peso en la espalda.

 

11

El esquema levantarse, tomar la camilla y caminar se repite tres veces en esta escena (versículos 9, 11 y 12). Como con la suegra de Simón, el verbo en griego para levantarse es egeiro, verbo que describe la resurrección entre los cristianos. Es la vida del paralítico que puede resucitarse y caminar, sumarse al camino de Jesús. Por eso es tan importante y se repite tres veces el esquema. Como la suegra de Simón es un ejemplo de discipulado, de vida resucitada que se pone a servir, el paralítico es otro ejemplo, de vida resucitada que se pone en camino. Servicio y camino son elementos clave del discipulado según Marcos. Es discípulo de Jesús el que sirve en la casa y el que se pone en camino, el que sale a recorrer. Pero ambos deben partir del encuentro vivificante con Jesús. Aparece aquí, veladamente, una de las problemáticas de la comunidad de Marcos: el enfrentamiento entre las comunidades locales y los carismáticos itinerantes. Unos sirven desde las casas, otros caminan los caminos. Unos son como la suegra de Simón y otros como el paralítico. Lo que no pueden ver (y es lo que los lastima) es que la suegra y el paralítico han resucitado de la misma fuente, se han levantado por el mismo impulso de amor que proviene de Jesús. El enfrentamiento posterior es palabrería, vanidad. El centro vital, lo importante, la cohesión, es el encuentro de vida con el Maestro.

 

12

El coro de los asistentes determina el final de la escena. Es improbable que todos digan lo mismo al mismo tiempo, pero resulta ser un artificio literario de Marcos para marcar el cierre y manifestar el pensamiento generalizado. Nunca se ha vista nada igual. Un ser humano en sombra de muerte ha recibido vida, se ha levantado, ha resucitado de su camilla. Todos lo han visto. El asombro es monumental. De los escribas no sabemos nada, ni siquiera su reacción ante la maravilla presenciada. Han pasado a segundo plano. El relato se queda con la imagen del antiguo paralítico saliendo con la camilla cargada. No la ha dejado tirada, como olvidándose de su pasado. La camilla es parte de su existencia, de su vida que no era vida plena. En ese pasado, el antiguo paralítico puede recordar su encuentro con Jesús. Un día estaba postrado, pero un día se pudo levantar y caminar. Un día era un condenado por pecados propios o pecados de su padre, pero un día fue perdonado abiertamente, sin exigencias. La casa de la Iglesia no puede ser menos que un espacio donde los paralíticos entren en camilla y salgan caminando, donde los condenados salgan perdonados, donde los escribas entiendan que el perdón vale más que el ritual.

En la sinagoga, un hombre se liberó / Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B – Mc. 1, 21-28 / 29.01.12

21 Entraron en Cafarnaún, y cuando llegó el sábado, Jesús fue a la sinagoga y comenzó a enseñar. 22 Todos estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.

23 Y había en la sinagoga un hombre poseído de un espíritu impuro, que comenzó a gritar: 24 “¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios”. 25 Pero Jesús lo increpó, diciendo: “Cállate y sal de este hombre”. 26 El espíritu impuro lo sacudió violentamente y, dando un gran alarido, salió de ese hombre.

27 Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros: “¿Qué es esto? ¡Enseña de una manera nueva, llena de autoridad; da órdenes a los espíritus impuros, y estos le obedecen!”. 28 Y su fama se extendió rápidamente por todas partes, en toda la región de Galilea. (Mc. 1, 21-28)

 

21

El relato de Marcos cambia inmediatamente de lugar y de tiempo. Desde el llamado vocacional anterior a los dos grupos de hermanos nos trasladamos a Cafarnaún, a una sinagoga, un día sábado. Los tres datos son determinantes para entender esta escena. En primer lugar tenemos la ciudad de Cafarnaún, nunca mencionada por el Antiguo Testamento y pocas veces citada en la literatura rabínica. Sin embargo, no se trata de una ciudad menor. Los arqueólogos la identifican como el sitio donde se ubicaba la más grande las sinagogas de Galilea en tiempos de Jesús. Era, además, como típica ciudad portuaria, a orillas del lago, un sitio de recaudación de impuestos, con la presencia de algún alto funcionario romano residiendo allí. Sobre su situación precisa, geográfica, hoy en día, hay disputas. Pero a los fines catequísticos del libro de Marcos, lo importante es reconocer su importancia social. Esta ciudad será muy importante para la actividad de Jesús, al punto que el autor parece indicarla como el centro de operaciones, desde donde Jesús va y vuelve evangelizando.

En esta escena particular, los hechos trascurren en una sinagoga (lugar cultual, sagrado). Este dato es importante para contrastar con la próxima escena, que ocurrirá en una casa (lugar profano, con impurezas). Las sinagogas parecen remontarse a la época del destierro en Babilonia, cuando el pueblo de Israel, cinco siglos antes de Jesús, se quedó sin Templo y tuvo que ingeniárselas para continuar celebrando la fe en Yahvé. Así se habrían iniciado reuniones en las casas que, con el tiempo, dieron origen a la institución sinagogal. Lo que en un principio fue una asamblea de personas solamente, con el tiempo llegó a tener un edificio, que también se llamó sinagoga. Estos edificios (casas de reuniones) solían construirse fuera de las localidades, junto a algún curso de agua. En la sinagoga se celebraba culto los sábados y se enseñaba, ocupando el rol de escuelas para los jóvenes. En las celebraciones de los sábados se leían textos de las Escrituras, se los explicaba y se oraba. La mención a Jesús enseñando en las sinagogas no es extraña, ya que cualquier adulto considerado idóneo podía predicar, como lo siguieron haciendo los primeros cristianos (baste el ejemplo de Pablo en los Hechos de los Apóstoles). De esta manera, Marcos traza un paralelo entre la situación misionera actual de sus comunidades y la situación de Jesús.

Como iremos viendo, la sinagoga se constituye en una institución pervertida en sus principios, y por eso en enfrentamiento con Jesús. Lo que Marcos narra como suceso rápido, es probable que se tratase de un proceso más lento. Jesús ha ido descubriendo que la sinagoga representa un modo de religión que aleja a las personas de Dios, en lugar de acercarlas, una institución que ha perdido de vista el Reino. En la sinagoga prima una visión del mundo que se rige por las leyes de pureza/impureza. La sinagoga sería un espacio puro, sagrado, dirigido por los justos, y quien queda fuera de ella (excomulgado) es un impuro, rechazado por Dios. Ahora bien, la pureza estaría dada por el respeto a una cantidad de normativas, sobre todo relacionadas con lo litúrgico, y no por la actitud de vida de cara al Reino de Dios. A una sinagoga no pueden ingresar los publicanos, no pueden ingresar los leprosos (impuros por su enfermedad), y las mujeres quedan relegadas a un segundo plano, en un espacio separado del de los varones. La sinagoga, que debería reflejar la asamblea en comunión que tiene como Padre a Dios, en realidad refleja la separación humana, la discriminación y la marginación. El mismo sentido del sábado se encuentra pervertido. El sábado (sabbát en hebreo) es una institución social judía, y desde Éxodo lo encontramos como decreto divino: “Recuerda el día del sábado para santificarlo” (Ex. 20, 8), repitiéndose su importancia en Ex. 23, 12 y Dt. 5, 12, asociándolo a la liturgia en Lev. 23, 3, con el fundamento teológico en la Creación, cuando Dios descansa al séptimo día (cf. Gen. 2, 2-3). La raíz de sabbát significa parar, descansar. Al principio, el sábado era un día dedicado a Dios y funcionaba como verdadera institución de protección a los más débiles, pues cesando el trabajo ese día, descansaban los esclavos y hasta los animales. Con el tiempo, el sábado se convirtió en un día en el que nada podía hacerse, llegando los rabinos a prohibir treinta y nueve clases de trabajo, inclusive limitando la cantidad de kilómetros que se podían caminar. Así, el sábado abandonó su esencia y comenzó a significar el aparato de opresión religiosa judía.

El mensaje que lanza Jesús contra la sinagoga de su tiempo, será el mensaje para la comunidad cristiana de Marcos, también. Cualquier religión, cualquier culto, cualquier manera de vivir la fe, puede pervertirse y convertirse en opresora. El cristianismo no queda exento. Marcos recuerda a sus lectores/oyentes que las comunidades cristianas pueden comenzar a funcionar igual que la sinagoga que combatió Jesús.

 

22

Entre los tres Evangelio Sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas), los escribas son mencionados 42 veces, pero la mitad de ellas corresponde a Marcos (21). Podemos ver que este grupo es importante para el autor, y sobre todo, importante en su papel de oposición (aunque el autor deja la puerta abierta a los escribas cuando Jesús dice a uno de ellos que no está lejos del Reino en Mc. 12, 34). En este caso, dentro de Galilea, aparecen como los primeros opositores directos. Los escribas eran un conjunto de judíos expertos en la Ley de Moisés, tradicionalmente entendidos como herederos de Esdras, el primer escriba (cf. Esd. 7, 6). Se supone que algunos sacerdotes eran escribas, pero la mayoría habrían sido laicos, sobre todo a partir del tiempo de los Macabeos. En cuanto a las sectas, había muchos más escribas fariseos que saduceos. Eran tratados con el título de rabí, que significa maestro. Además de la enseñanza, en las sinagogas y entre sus discípulos, impartían jurisprudencia en litigios legales, aplicando la Ley de Moisés y su interpretación sobre la misma. Como jueces y maestros ocupaban un sitio de privilegio en la sociedad. Eran los cultos, los dueños de la Palabra, los que más sabían cuál era el decir de Dios, los portavoces de Yahvé. Con esta descripción, entendemos que habían ocupado el rol de los profetas, desaparecidos de la escena por mucho tiempo, hasta Juan el Bautista. El punto central de acción era Jerusalén, pero había algunos dispersos en el interior, y suponemos que también en Galilea. Su influencia venía del respeto con el que eran considerados.

Esta autoridad de enseñanza de los escribas, según Marcos, es menor a la autoridad de Jesús, lo cual asombra a la gente. Acostumbrado el pueblo a escuchar los conocimientos de los escribas, se sienten consternados ante la aparición de un nuevo Maestro que habla distinto. Ya veremos en qué consiste esa diferencia, pero por lo pronto, tenemos que pensar cómo Marcos incrementa el hincapié en el cuidado que se debe tener con los sistemas religiosos. Advertencia para los cristianos. Cuando los maestros del cristianismo empiezan a actuar como los escribas que combate Jesús, hay que replantearse muchas cosas. Pero por encima de todo, volver a la enseñanza con autoridad de Jesús. Una autoridad que no está en el conocimiento científico (en saber más o menos sobre la Ley de Moisés), sino en el conocimiento de la humanidad y de la naturaleza de Dios, en el conocimiento del sentido del Reino y de la Buena Noticia, en el deseo de vida que surge del Padre y se dirige hacia todos los humanos.

 

23

Marcos utiliza, en todo su libro, 12 veces el término demonio y otras 12 veces la expresión espíritu impuro. En todo el relato, esta presencia de lo espiritual es patente. Quizás no sea Marcos el Evangelio con más referencias a los espíritus, tanto buenos como malos, pero sin dudas que hay un trasfondo donde lo invisible se entrama con lo visible. Marcos ha sido analizado muchas veces de manera materialista, y hasta se lo ha entendido como un texto puramente materialista, pero lo sobrenatural está allí, como telón de fondo. Siempre hay una lucha, implícita, entre el Espíritu de Dios y los espíritus inmundos, impuros, malignos. No por nada, la primera expresión patente de la liberación y del poder que trae el Reino a Galilea es un exorcismo en la sinagoga de Cafarnaún. Tras el llamado de los discípulos, el Reino no tiene como primera acción una curación ni un ritual de culto, sino un exorcismo, una expulsión demoníaca.

Lo más interesante de este exorcismo es que el poseso está dentro de la sinagoga. El lugar que se presenta como el faro de la pureza, como el dictaminador de los estados de pureza e impureza de las personas, no puede reconocer al demonio que lo habita. Y es que esas leyes que defiende la sinagoga, son inútiles frente a la situación de este hombre; no definen si lo excomulgan o si lo mantienen dentro. ¿Cómo excomulgar una impureza que no depende de la persona, que le ha venido de fuera? ¿Cómo mantener dentro de la sinagoga a un demonio? ¿Qué hacer? La presencia del endemoniado es la burla irónica de Marcos para con la sinagoga. Es más: el verdadero endemoniado es el sistema sinagogal.

La respuesta la trae Jesús a este dilema: liberación. El poseso debe recibir liberación, libertad. Y la sinagoga también, por ende. La sinagoga necesita volver a respirar libertad, desatar las pesadas cargas, tornar al ser humano antes que a la Ley de Moisés, a Dios antes que a las tradiciones.

 

24

El poseso habla en plural, lo cual parece una incongruencia, pero en realidad es el demonio hablando en nombre de los escribas (plural), y en ellos en nombre de la sinagoga. Nuevamente, con ironía, Marcos arremete contra la institución religiosa pervertida.

El reconocimiento que hacen los espíritus inmundos de Jesús, de su personalidad y de su ser, contrasta con la falta de reconocimiento que tendrá el pueblo y los mismos discípulos en varias oportunidades. Aquí queda patente lo que decíamos del mundo espiritual y sobrenatural siempre presente en el libro de Marcos. Las cosas no sólo suceden en el plano de lo material y terreno, sino también espiritualmente. Los demonios reconocen a Jesús, saben quién es y saben de quién viene. Los escribas, en cambio, no ven a Dios actuando en Jesús. Más ironía. El reconocimiento de Jesús viene de los derrotados, del mal. Los demonios, amenazados, saben quién es este Santo de Dios que viene hacia ellos. Pueden ver que el Reino ha llegado y que culmina la hora de las tinieblas. Para la comunidad cristiana que oye este Evangelio en primera instancia, el dato es sorprendente y un llamado al mismo tiempo. Si los demonios reconocen a Jesús y a la Buena Noticia que traen, la Iglesia no puede dudar. Si el mal se reconoce a sí mismo derrotado, expulsado, la Iglesia no puede dudar de la victoria de la vida sobre la muerte. Los espíritus inmundos en persona se declaran fuera de combate, inútiles ante la acción de Jesús Nazareno. Y así lo llaman: Nazareno, de Nazaret. Es el Jesús histórico que Marcos quiere recuperar desde su relato.

Llamarlo Santo de Dios tiene su base veterotestamentaria en Sansón, que es un consagrado a Dios (un nazireo); Aarón, que es santo del Señor; Eliseo, santo hombre de Dios; y Elías, hombre de Dios. Todas estas expresiones conservadas en el Antiguo Testamento pueden haber servido de base para que Marcos acuñara el título que los espíritus inmundos asignan a Jesús. Pero más que Marcos, puede que el título proviniese de una tradición anterior. Para los cristianos, Jesús es la presencia de la santidad divina que se opone a los espíritus del mal. Es el Santo de Dios, no porque se separe de los impuros, sino todo lo contrario, porque con su acercamiento a los impuros declarados por la religión, demuestra por dónde va la santidad de Yahvé.

 

25

La orden de callarse está emparentada con el tópico del secreto mesiánico que utiliza Marcos a lo largo de su libro. Por alguna razón, quienes reconocen el mesianismo de Jesús (en este caso los espíritus impuros), reciben la orden de ocultarlo, no darlo a conocer. En un contexto de evangelización, resulta extraño, pero en un contexto de persecución, puede ser la validación de la práctica de muchos cristianos que viven su fe en el secreto de las casas, en los encuentros clandestinos, a espaldas de las sinagogas y del Imperio. Algunos biblistas asumen, exegéticamente, que estamos ante un recurso literario y posiblemente histórico, mediante el cual Jesús no da vía libre para la proclamación de su mesianismo, ya que corre el riesgo de ser malinterpretado, en sentido político-militar.

Además, la orden directa de callarse tiene un fuerte sentido de autoridad (tema presente desde el inicio de la escena en la sinagoga). Jesús manda a callar a los espíritus impuros, para que dejen de hablar en nombre de las personas, para que dejen de engañar. La palabra de Jesús tiene la fuerza suficiente para exorcizar, sin valerse de gestos ni maniobras ni rituales. En otra oportunidad narrará Marcos milagros con la intervención de gestos, pero en este caso es una cuestión de palabra. La proclamación de Jesús es Buena Noticia que sale de sus labios y libera.

 

26

El resultado es el exorcismo, la salida del espíritu impuro, con gran teatralidad, sacudidas y gritos. Ante lo que parece ser una acción tranquila y con mansedumbre de Jesús, se opone la sobreactuación de las fuerzas del mal. Hay un claro controlador de la situación y un reino maligno invisible (representado por Belcebú, por los espíritus impuros) que comienza a sentir sus pérdidas.

En contraposición, el reino maligno visible (el imperialismo conquistador y la religión opresora) no parece estar tan desesperado. En todo caso, nunca se desesperará por completo, tomando la decisión de crucificar a Jesús. Ilusoriamente, el reino maligno visible se cree vencedor, a la par del invisible que sabe, concienzudamente, que ha llegado el final de los tiempos.

 

27

Este versículo coincide con el versículo 22 en sus expresiones y en su tema, enmarcando así la acción de Jesús del exorcismo. Hay algo nuevo en Jesús, algo novedoso y nunca antes visto. Parece ser una doctrina, una manera de enseñar y de dar a conocer a Dios. La novedad no está tanto en el contenido de Buena Noticia, sino más bien en su desarrollo palpable. No es una Buena Noticia desencajada de la historia, aislada, que se queda en mero discurso. Esta Buena Noticia influye de lleno en las personas, por ejemplo en la expulsión de un espíritu inmundo. Efectivamente, alguien se libera a causa del Evangelio. No es una doctrina retórica, académica, sino una realidad que se puede vivir a flor de piel.

La autoridad de Jesús ha logrado sacar de combate a los espíritus inmundos. Los escribas, en cambio, convivían con este espíritu en la sinagoga, sin darle respuesta adecuada. Jesús ha generado una respuesta, y en eso parece residir su autoridad superior y novedosa. No deja a las personas esperando, no las engaña, no las utiliza. Transforma sus situaciones de muerte en vida. La comunidad de Marcos está invitada a exclamar junto a los asistentes a la sinagoga la novedad y validez de la Buena Noticia. En sus penurias de persecución, necesitan afirmarse en la autoridad de Jesús, que no es como las otras autoridades (opresivas, verticales), ganadas por decreto, sino que da vida incidiendo para bien, liberando.

 

28

La fama de Jesús se expande por la Galilea. Marcos no deja de recalcar que esta provincia es el centro del Evangelio. Poco a poco todos se van enterando de la acción de este profeta y maestro. Se corre la noticia de que exorcizó a un hombre dentro de la sinagoga. El Evangelio corre a través de la provincia. Como debe correr por la expansión de los cristianos.

Que haya hermanos / Trigésimoprimero Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 23, 1-12 / 30.11.11

Entonces Jesús dijo a la multitud y a sus discípulos: “Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen. Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo. Todo lo hacen para que los vean: agrandan las filacterias y alargan los flecos de sus mantos; les gusta ocupar los primeros puestos en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, ser saludados en las plazas y oírse llamar ‘mi maestro’ por la gente.

En cuanto a ustedes, no se hagan llamar ‘maestro’, porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos. A nadie en el mundo llamen ‘padre’, porque no tienen sino uno, el Padre celestial. No se dejen llamar tampoco ‘doctores’, porque sólo tienen un Doctor, que es el Mesías. Que el más grande de entre ustedes se haga servidor de los otros, porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”. (Mt. 23, 1-12)

El de hoy es un texto crítico. Criticar es dar una opinión personal sobre algún tema. Etimológicamente, crítica proviene del griego krino (discernimiento), que procede a su vez de krinein (separar). Cuando se realiza una crítica, no se está remarcando lo malo exclusivamente, sino que se está opinando con discernimiento, separando lo rescatable de lo desechable, lo que sirve de lo que no sirve, lo elogiable de lo detestable. El de hoy, por supuesto, es un texto crítico. Jesús hace una crítica a los escribas y fariseos. Marcos tiene una pequeña referencia que podría ponerse en paralelo (cf. Mc. 12, 38-40), referida sólo a los escribas. Lucas también la conserva en Lc. 20, 45-47. Ambos paralelos están situados, cronológicamente, sobre el final de la vida de Jesús, coincidiendo con el texto que leemos este domingo perteneciente a Mateo. Pero además, Lucas tiene otro texto que es mucho más similar a Mt. 23, 1-12, aunque con dos notables diferencias: se ubica en el capítulo 11, casi a la mitad del libro, y separa las críticas a los fariseos de las críticas a los escribas. Mateo parece responder a una necesidad histórica de su comunidad unificando escribas con fariseos. Tras la caída de Jerusalén en el año 70 d.C., el farisaísmo se hace con el control del judaísmo y los escribas vienen a ser el fundamento teológico-exegético de este judaísmo fariseo. En la época de Jesús, entre los fariseos no existían muchos escribas, sino que más bien se trataba de comerciantes, artesanos y campesinos que decidían consagrarse voluntariamente a una forma de vida sumamente estricta respecto a las leyes de pureza/impureza y respecto a las prescripciones de la Torá. En esto parece más preciso Lucas que separa la crítica a los fariseos (cf. Lc. 11, 39-44) de la crítica a los escribas (cf. Lc. 11, 46-52). A los primeros les remarca la hipocresía, la forma de vida estereotipada que busca el aplauso humano. A los segundos su aire de superioridad, de estar por encima del pueblo interpretando la Palabra y haciéndolo a su antojo, para su propia conveniencia, sin reconocer que el Espíritu (Sabiduría) es el que habla, no la ciencia. El fragmento real, en el Evangelio según Mateo, se extiende hasta el versículo 35 por lo menos, con ayes y palabras cada vez más agresivas. La liturgia católica ha decidido detenerse en el versículo 12.

Mateo, haciendo actualización de Jesús para su comunidad presente, sabe que la crítica de Jesús no es sólo para escribas, ni sólo para fariseos. La crítica no es sólo para los que se declaran judíos. Es una crítica universal y atemporal para todos los que, de manera hipócrita, hacen de la religión un teatro, y para todos los que esgrimen ciencia teológica intentando validar posiciones propias antes que la posición de Dios. Mateo sabe que la crítica de Jesús llega hasta su comunidad eclesial, hasta él mismo. Lo que los escribas y fariseos hacen es lo que los cristianos también hacen, porque la tentación trasciende los límites de la denominación religiosa. Hay un error repetitivo en la historia religiosa: el olvido del servicio al ser humano. Cuando la religión (cualquiera que esta sea) se olvida del hermano, del prójimo, pierde su razón de ser, su conectividad con lo sobrenatural. La religión no está en el mundo para autoensalzarse. La religión está para mejorar el mundo, para cambiarlo en un camino de plenitud. Cuando los dirigentes religiosos pierden este rumbo, desfiguran a Dios. Crean una imagen divina acorde a sus intereses, predican esa imagen y falsean al Dios verdadero. Eso le molesta a Jesús. Gran parte de su misión está centrada en acercar al pueblo la imagen más perfecta y verdadera del Padre, su amor, su misericordia. En esta misión de revelación, se ve obligado a criticar a quienes deforman a Dios presentándolo con características que, en realidad, le son ajenas. Por eso es una crítica que sirve para hoy, y servirá para mañana, y sirvió para la comunidad mateana que, lentamente, iba configurando un Dios a su imagen y semejanza.

La crítica comienza con una afirmación: los escribas y fariseos se sientan en la cátedra de Moisés. Las cátedras son asientos, los principales de la sinagoga, desde donde se imparte la instrucción. Por lo tanto, es un lugar de poder. Quien ocupa la cátedra es el que explica las Escrituras, el que tiene dominio sobre la Palabra. Históricamente, no es tan correcto asociar a los fariseos a la cátedra de Moisés, sino más bien a los escribas, estudiosos de la Ley. Es posible escucharlos, pero no tomarlos como ejemplo. Puede que ciertas interpretaciones que hacen sean correctas, sin embargo, su vida, su praxis, no se condice con lo que dicen. En la visión de Jesús, eso es un problema de autoridad. ¿Cómo creerle y aprender de alguien que disocia su vida de sus palabras? La coherencia de Jesús los confronta: habla de la Palabra y vive la Palabra con una radicalidad que da consistencia a su proclamación del Reino. Por esa vivencia en carne propia, no ata pesadas cargas sobre los demás. Estas cargas son las prescripciones/interpretaciones que los escribas y fariseos hacían sobre la Ley. Todo ese detalle y rigorismo respecto a lo que se pude y lo que no se puede hacer, tiene otra perspectiva en Jesús, que ofrece un yugo suave y ligero (cf. Mt. 11, 30). Los escribas y fariseos han fabricado una complicada red que se vuelve pesada, que oprime. Jesús ha resumido la Ley en el mandamiento de amar a Dios y amar al prójimo (cf. Mt. 22, 37-40), haciendo de la Ley una posibilidad de liberación en el amor. Por eso no puede avalar las imbricadas vueltas y volteretas tejidas alrededor de la Palabra de Dios. Eso también es una manera de falsear al Padre, de hacerlo inaccesible. ¿Y para qué? Para privatizarlo, para que sólo sea propiedad de una élite, de manera que este grupo sea reconocido. Este es el sentido de las filacterias agrandadas. Las filacterias eran envolturas de cuero que llevaban en su interior fragmentos de la Torá y que los fariseos se ataban al brazo izquierdo y a la frente, según la tradición de pasajes como Ex. 13, 9.16; Dt. 6, 8 y Dt. 11, 18, que hablan de llevar la Palabra del Señor siempre presente, en el corazón, atada a las manos y como marca sobre la frente. Del mismo modo, según Nm. 15, 38-39, los flecos en los mantos tienen la función de recordar al israelita los mandamientos para que sean cumplidos. Las filacterias y los flecos tienen una función hacia dentro, hacia el que los lleva, para que recuerde que hay una Palabra divina pronunciada y que debe actuar en consecuencia; Jesús critica el uso hacia fuera, el uso demostrativo, teatral, que busca reconocimiento externo. Eso no es lo que pide la Ley, ni tampoco es el espíritu de la tradición. Jesús ya se había referido al peligro de hacer las cosas para ser vistos (cf. Mt. 6, 1-18). Es el peligro del amor propio que desplaza los otros dos amores principales: a Dios y al prójimo.

Haciendo el salto cronológico hacia su comunidad, Mateo introduce una recomendación para los cristianos. Los discípulos también corren el riesgo de todas las religiones. Por eso deberían ser radicales en su organización. La comunidad mateana (en Antioquia, quizás) parece haber contado con varios ministerios (profetas, sabios, escribas, según Mt. 23, 34), lo que habla de un estadio avanzado institucional. Seguramente, algunos de los ministros comenzaron a pretender ciertos honores desprendidos de su rol. Algunos habrían pedido ser reconocidos como maestros, y tener la estima que se tiene a los rabinos. Otros pedirían ser llamados padre, quizás por su condición de ancianos de la comunidad o directores generales. Mateo cree que eso debe extirparse raíz. A nadie debe llamársele maestro (rabí según la versión original), porque Maestro hay uno solo. El uso de rabí no era exclusivo de los rabinos maestros de la Ley en el siglo I d.C., sino que se aplicaba a otras personalidades. Lo mismo sucedía con padre (pater en el original), que podía aplicarse en la familia, en religión para los dirigentes y hasta para el emperador romano, considerado padre de Roma, padre de la patria y padre del mundo entero. Pues bien, nadie debería recibir ese título, porque es propiedad de Dios. Para ser llamado padre en la tierra hay que tener el mismo corazón que el Padre celestial. Finalmente, el tercer título a desterrar es el de kathegetes (doctor para varias traducciones, instructor para otras, preceptor en algunas más). Lo llamativo de esta frase es que incluye una autoreferencia de Jesús a sí mismo como Mesías, lo que lleva a cuestionar la originalidad histórica del dicho, haciéndolo muy probablemente redaccional, ya que Jesús fue reacio a designarse como el Mesías esperado por el judaísmo. De todas maneras, la intención es la misma: una comunidad eclesial sin títulos honoríficos.

¿Es posible? ¿Podríamos tener una Iglesia sin títulos? ¿O ya es demasiado tarde y los títulos son parte de nuestro acervo dogmático? Quizás no sea la solución adecuada, pero Mateo parecía considerar oportuno desterrar los títulos. Que abunden los ministerios, que haya profetas y sabios, que florezcan los carismas, pero que nadie obtenga beneficio de ello, más que la comunidad entera. Que los maestros enseñen sin esperar el reconocimiento, que los profetas profeticen sin añorar una devolución, que los sabios estudien y disciernan sin tener mejor lugar en la asamblea. Que los mejores lugares y los honores sean para los hermanos más pequeños, para los frágiles, para los pobres. Mateo propone una Iglesia deshonrada, sin motivo de orgullo mundano. Una Iglesia desentendida de las pirámides sociales jerárquicas. ¿Es posible? Con nuestra organización eclesial actual nos parece un disparate. Y es que, como buenos fariseos, hemos construido un entretejido de justificativos alrededor de nuestra organización interna. Tenemos justificaciones sacrales, bíblicas y de curioso respeto. Damos el primer asiento a los dirigentes, no al pobre, pero nos justificamos. Damos la palabra a los científicos de la Biblia que han estudiado en reconocidas universidades, pero no escuchamos al profeta de barrio. Damos primacía a la parafernalia, al teatro religioso, a las grandes multitudes concentradas para peregrinar, pero poco se dice de las comunidades reunidas en las casas, en los salones comunitarios, siendo apenas un puñado. Ustedes no sean así dice Jesús. Que no haya jefes ni mejores ni dueños de nada: que haya hermanos.

A Pedro le pesa la cruz / Vigésimosegundo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 16, 21-27 / 28.08.11

Desde aquel día, Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.

Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: “Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá”. Pero él, dándose vuelta, dijo a Pedro: “¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres”.

Entonces Jesús dijo a sus discípulos: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida? Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras”. (Mt. 16, 21-27)

La liturgia viene ofreciéndonos distintos textos sobre la figura mateana de Pedro. Hemos vista al apóstol caminar sobre las aguas y hundirse, siendo salvado por la mano de Jesús, y lo hemos encontrado confesando una fe excelsa en el Mesías, Hijo de Dios. Para Mateo es el discípulo de la iniciativa, el que habla primero, el que responde por los otros (cf. Mt. 14, 28; Mt. 15, 15; Mt. 17, 4; Mt. 19, 27; Mt. 26, 35). Esa iniciativa lo lleva a equivocarse mucho (cf. Mt. 14, 29-31; Mt. 16, 21-23; Mt. 26, 40.69-75), pero en equivocaciones que, de alguna manera, encuentran justificación en su iniciativa. Porque se anima a hablar de frente con Jesús, porque comparte con Él una amistad profunda, porque aparece sincero, sin dobleces, es más propenso al error. No es el error del que voluntariamente interviene para el mal, sino el de aquel que se equivoca en el buen sentido. Si Pedro no tuviese iniciativa propia, seguramente se equivocaría menos, pero a costa de su solapamiento, su ocultamiento, su apagamiento. Lo fascinante de Pedro es este arrebato, esta libertad para dirigirse a Jesús. Es una actitud que recuerda mucho a David, el rey más famoso de Israel, quizás tan famoso por sus aciertos como por sus pecados. Pero es tan llana la relación que David tiene con Dios, tan honesta, tan abierta, que sigue siendo el modelo de rey, a pesar de sus errores. En el caso que leemos hoy se contrasta el Pedro del domingo anterior, bienaventurado por haber recibido la revelación, con éste que se interpone a los caminos divinos. Se trata de un díptico literario. Tenemos al Pedro sobrenatural que ha recibido una revelación (apokalypto en griego) directamente del Padre (cf. Mt. 16, 13-20) frente al Pedro de la carne y la sangre, que no puede ver más allá, que no entiende el mesianismo que proclamó instantes antes, que ha dejado lo revelado por sus ocurrencias. Es un díptico que describe a Pedro de cuerpo entero. Un díptico que nos describe a nosotros. Aciertos y errores separados por una línea invisible y fina. Pedro, el primero de los apóstoles, el de la iniciativa, junto al Pedro equivocado, opuesto a Dios. Es el vaivén paradójico de su amistad con Jesús. Pedro tiene autoridad entre los discípulos (así lo ha entendido también la comunidad mateana), pero debe estar atento, porque su autoridad puede desviarse a caminos equivocados (inclusive, caminos contrarios a Dios). La cruz en el horizonte es la medida para Pedro (la medida para todos).

Aquí, el libro de Mateo marca decididamente un mojón. Desde ese momento comienza Jesús a anunciar algo nuevo, algo que todavía no había anunciado tan claramente: que debe ir a Jerusalén, sufrir, morir y resucitar. Respetando el esquema marquiano, Mateo conserva tres anuncios de la pasión (cf. Mt. 16, 21; Mt. 17, 22-23; Mt. 20, 17-19). El que leemos hoy es el primero. La acusación parte directamente hacia un grupo conformado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas. Justamente, los tres grupos que conformaban el Sanedrín, tribunal superior de Israel. Los ancianos son la aristocracia laica de Jerusalén, bien acomodados económicamente. Los sumos sacerdotes son, para el tiempo de Jesús, los que han ocupado el cargo de sumo sacerdote del Templo en años anteriores y el que lo ocupa actualmente, inclusive aquellos sacerdotes de alto rango. Tradicionalmente, el puesto de sumo sacerdote era vitalicio, pero el siglo I vio trasgredida esa norma, con movimientos políticos del cargo que lo hacían ir de uno a otro. Finalmente, los escribas eran los que, sabiendo leer y escribir, estaban encargados de la interpretación oficial de la Torá, los estudiosos de la Ley. Este es el colectivo que condenará a Jesús. La cúpula jerárquico-religiosa, los que deciden qué está bien y qué está mal, los poderosos. No bastándoles el poder económico y político, se abogarán también el poder de tomar una vida.

Este anuncio no habla de la cruz ni de la crucifixión directamente, pero los versículos siguientes, aunque se refieran principalmente a otra idea, son entendibles para el lector del Evangelio que ya conoce el desenlace de los hechos. Jesús invita a sus discípulos (y, por supuesto, a Pedro) a cargar la cruz. La invitación es terrible. Cargar la cruz es igualarse a los condenados a muerte, hacerse despreciables para el sistema, volverse dignos de ser ejecutados. Flavio Josefo, en Guerras de los Judíos, describió la crucifixión como “la más lastimosa de las muertes”. Incluso muchos autores romanos (Tácito, Séneca) la consideraban una crueldad desmedida. Por eso no se aplicaba a los ciudadanos romanos, excepto en caso de traición a Roma o al Emperador. Los condenados regulares a la cruz eran los extranjeros rebeldes, los delincuentes que utilizaban violencia y los esclavos. Jesús invita a ser como ellos para el sistema político-religioso. Pero podemos ser más específicos aún. En primer lugar, seguro que Jesús no invita a ser delincuentes violentos, porque el resto de su mensaje no se condice con ello. Tampoco invita a ser esclavos, porque el Evangelio es una llamada a la libertad con la consiguiente destrucción de cualquier forma de opresión. Quizás, Jesús invita a ser rebeldes, a su manera, según el sermón del monte de Mt. 5-7, pero rebeldes al fin, resistiendo al sistema político y religioso, aunque eso nos lleve a la muerte. Pedro no puede entenderlo. Para los judíos en general también es complicado, porque algunas tradiciones asociaban el madero de la cruz con la maldición del Deuteronomio sobre los que cuelgan de un árbol (cf. Dt. 21, 23; Gal. 3, 13). La exigencia del discipulado es radical. Volverse marginal, volverse condenado a muerte, volverse ajeno al sistema y rebelde al mismo. También está implicado lo económico, ya que la idea de ganar (kerdaino) el mundo es la de obtener ganancias económicamente, acumular riquezas terrenas. Y perder (zemioo) es arruinarse en lo social y lo económico. Sin mencionar que la pregunta sobre qué puede dar el hombre a cambio está formulada con el verbo antalagma, que en griego es el vocablo para definir los intercambios de artículos cuando el pago de una compra se hace mediante el trueque. Es obvio que no hay nada tan valioso como la vida para que pueda suplirlo un artículo o un bien material. Parte del discipulado es reconocer que la vida que ofrece Jesús es superior a cualquier otra cosa; tan superior que invita a marginarse y liberarse de las ataduras económicas.

Aún Pedro, bendecido con la revelación, no puede asimilarlo. Por eso Jesús le dirige la misma orden que le dio a Satanás en Mt. 4, 10: retírate. De alguna manera, Pedro ha pasado de estar invadido por la revelación divina a sentirse poseído por lo diabólico. Jesús lo manda fuera, que se vaya, como si lo estuviese exorcizando, o como si estuviese exorcizando su proyecto del Reino para que no sea influenciado por las fuerzas del mal. Que se retiren, que se vayan, que dejen de molestar. La segunda parte de la imprecación a Pedro es un llamado a re-convertirse: ve detrás de mí. Es una expresión que recuerda a Mt. 4, 19 (sobre todo en el griego original) cuando Jesús llama por vez primera a Pedro diciéndole deute opiso mou, que puede traducirse como vengan detrás de mí, normalmente interpretado por las traducciones bíblicas como síganme. Jesús no se conforma con nominar satánicamente a Pedro. Lo invita a recuperar su discipulado, bajo las condiciones de la cruz cargada y los bienes dejados de lado. Ese es el camino para ser exorcizado, para rechazar la tentación de alterar los caminos divinos. Pedro tiene que volver a ponerse detrás de Jesús.

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Todos necesitamos volver a ubicarnos detrás de Jesús. Lo que significa ser discípulos según el modelo de nuestro Maestro. A lo largo de la historia hemos elaborado distintas maneras de discipular. Nos hemos convencido de variantes y formas que poco o nada tenían que ver con el Evangelio. Pero Jesús nos sigue recordando que hay que cargar la cruz, volverse condenado a muerte, perdedor en términos del mundo. Rebeldes contra el sistema, aunque parezca una expresión de izquierdas. Rebeldes contra el capitalismo que deja sin comer a tantos niños, rebeldes contra el desempleo, contra el lucro institucionalizado, contra la educación mediocre para criar mentes mediocres, contra los partidos políticos basados en la mentira y la corrupción sistematizadas. Tenemos que salirnos del sistema para poder combatir al sistema. Sin violencia física, sin atentados, sin bombas, sin armas. Salir del sistema como se salió Jesús, viviendo itinerante, sin domicilio fijo, sin dinero, en relación estrecha con los expulsados de la sociedad. ¿Quién podía hablar de economía mejor que Jesús? ¿Quién podía criticar mejor la política que Jesús? ¿Quién podía denunciar las opresiones religiosas mejor que Él? Su estado de vida liberado del sistema, le daba autoridad y visión libre para pensar y sentir como piensa Dios, nunca sujeto a un imperio, a una moneda o a una secta.

Los discípulos de Jesús deberíamos ser así. A veces estamos tan compenetrados con el sistema, que desviamos la atención de las cosas importantes. Creemos que podemos negociar ciertos criterios evangélicos desde nuestra comodidad. Que podemos ser solidarios desde nuestra burguesía. Que podemos cambiar el mundo cambiando a otros sin cambiar nosotros. Creemos una ilusión que nos hemos fabricado. El discipulado real sigue siendo radical, sigue siendo de crucifixión, de condenados a muerte, sigue siendo rebelde. Una de las más tristes características del cristianismo parroquial de nuestro tiempo es que está empecinado en anestesiarnos, en conformarnos con lo mínimo, en decirnos (como Pedro) que es un error subir a Jerusalén, es un error asemejarse a los condenados a muerte, es un error no premeditar el ahorro y la estabilidad económica. No esperemos a que Jesús nos grite: retírense, vayan detrás de mí. Es tiempo de darnos cuenta solos, como cristianos adultos.

Escribas del siglo XXI / Decimoséptimo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 13, 44-52 / 24.07.11

“El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo.

El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró.

El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve. Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. ¿Comprendieron todo esto?”. “Sí”, le respondieron. Entonces agregó: “Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo”. (Mt. 13, 44-52)

La costumbre exegética es estudiar por separado el primer par de parábolas por un lado, y luego la parábola de la red. A simple vista se puede descubrir que la separación es válida. Mientras el tesoro escondido y la perla responden a un esquema compartido y un tema en común, la red apunta en otra dirección. Inclusive, la parábola de la red tiene una explicación alegórica, como la tuvieron la parábola del sembrado y del trigo y la cizaña que leímos los domingos pasados. En todo caso, es más aceptable emparejar la parábola de la red con la del trigo y la cizaña que con el tesoro y la perla. Sin embargo, respecto a las dos primeras, el Evangelio gnóstico de Tomás las conserva separadas:

a) Parábola de la perla: “Dijo Jesús: El reino del Padre se parece a un comerciante poseedor de mercancías, que encontró una perla. Ese comerciante era sabio: vendió sus mercancías y compró aquella perla única. Buscad vosotros también el tesoro imperecedero allí donde no entran ni polillas para devorar(lo) ni gusano para destruir(lo)” (EvTo 76).

b) Parábola del tesoro en el campo: “Dijo Jesús: El Reino se parece a un hombre que tiene [escondido] un tesoro en su campo sin saberlo. Al morir dejó el terreno en herencia a su [hijo, que tampoco] sabía nada de ello: éste tomó el campo y lo vendió. Vino, pues, el comprador y —al arar— [dio] con el tesoro; y empezó a prestar dinero con interés a quienes le plugo” (EvTo 109).

Las diferencias con Mateo son identificables. El Evangelio de Tomás une la parábola de la perla con la sentencia sobre el tesoro que no lo come la polilla, conservado en Mt. 6, 19-20. Respecto al tesoro en el campo, en el relato de Tomás, los órdenes se alteran, porque primero compra el terreno quien luego, accidentalmente, encuentra lo valioso, a diferencia de Mateo que alguien encuentra el tesoro y, por ello, decide vender sus bienes para adquirir el terreno. En definitiva, el discurso parabólico se acomoda al redactor más que a Jesús. Mientras que Mateo considera oportuno elaborar una disertación sobre parábolas que ocupe la casi totalidad de su capítulo 13, Tomás las disemina en su colección de dichos de Jesús. Mientras que las dos primeras leídas hoy en la liturgia se corresponden en temática, la tercera desentona, aunque está en relación a la parábola anterior del trigo y la cizaña. Sobre la alegoría que explica la parábola de la red, aplicando el mismo principio que ya venimos empleando, es lógico atribuirla a la comunidad eclesial más que a Jesús mismo, ya que no responde al género parabólico, bien demostrado en la perla y en el tesoro, que no soportarían una traslación alegórica. Si quisiésemos atribuir a cada elemento de estas dos parábolas un significado preciso en el mundo real, fallaríamos, porque Jesús no está comparando el Reino con el tesoro escondido ni con la perla, sino con el relato en general, y en particular con la actitud (alegre) de quienes venden todo. El Reino no es como una perla ni como un tesoro escondido, sino como esa situación donde un mercader o un hombre cualquiera venden sus bienes para adquirir la perla o el campo. Desde esta perspectiva cambian las interpretaciones habituales. Jesús no está haciendo hincapié en la entrega o ascesis de los que venden todo. Ellos lo hacen con alegría y certeza de que es lo correcto. El hincapié de Jesús está puesto en esa actitud de valoración correcta del Reino. El mercader y el hombre del campo han encontrado lo absoluto. Son lo suficientemente sagaces como para relativizar lo demás y hacerse con el valor primordial que han encontrado. Esa es la clave hermenéutica.

La primera parábola que leemos hoy asume lo tradicional de los tesoros escondidos en la zona de Palestina. La tierra de Jesús era un puesto clave de enfrentamientos, ya que se constituía en paso casi obligado para comunicar el occidente con el oriente. Los grandes imperios de la antigüedad se disputaron el control de Palestina porque era estratégico tener control sobre esa zona para anticipar los movimientos y ataques de los imperios enemigos. Debido a su condición de zona en conflicto, era común que las personas escondiesen sus elementos de valor para que quedasen al resguardo durante las confrontaciones. Una de las maneras de esconder era introducir los objetos de valor en vasijas de barro y enterrarlas. El hombre de la parábola se encuentra con uno de estos tesoros. Algunos comentaristas se inclinan a pensar que el hombre es un jornalero, porque sería lo más lógico: está arando un campo ajeno, donde está empleado, choca la vasija enterrada, la descubre, vuelve a esconderla para que nadie más se entere, ahorra un tiempo (seguramente largo) y compra el campo. Otros comentaristas han deslizado la posibilidad de ver en el hombre de la parábola a un busca-vida que va recorriendo terrenos en busca de tesoros, y cuando encuentra uno, toma las precauciones de ocultarlo y comprar el campo para legalizar su hallazgo ilegal.

A la par del tesoro en el campo está la perla. Aquí no se puede divagar mucho sobre el hombre que la encuentra; es un emporos, un gran mercader que viaja mucho. Se dedica a esto y vive de esto: de las perlas finas. El Mar Rojo, el Golfo Pérsico y el Océano Índico eran lugares privilegiados para la búsqueda de estos objetos codiciados. Este mercader de la parábola está en la rutina de su negocio; busca perlas, las clasifica según su valor, las compra y las re-vende. De eso vive. Pero un día se encuentra con una de gran valor. Es una perla lo suficientemente importante y valiosa como para que el mercader venda todo en pos de esta que encontró. Como gran conocedor del tema, entiende que ha dado con una perla que está por encima de todo lo que conoce. Por eso vende todo. En realidad, no está arriesgando ni se está volviendo un asceta, sino que está comerciando con lo seguro. Esta perla encontrada vale más que todo lo que tiene, y le dará mayores ganancias. No es un arriesgado, sino un perfecto calculador.

Finalmente, Mateo asocia la parábola de la red. Las opciones contextuales de esta última narración son tres: o fue pronunciada junto a la de la perla y la del tesoro escondido, cuestión que parece difícil por la diferencia temática; o fue originalmente compañera de la parábola del trigo y la cizaña, con la que comparte estructura y tema; o Jesús la pronunció al inicio de su ministerio, cuando llamó a los primeros discípulos que tenían como profesión la pesca y los invitó a ser pescadores de hombres (cf. Mt. 4, 19). Estas son las opciones que se barajan actualmente en la exégesis. Es muy interesante la posibilidad de que la parábola se asocie al llamado de los primeros discípulos. Específicamente, Mateo habla de una sagene, o sea, una red barredera, de aquellas que se arrastran entre dos barcas para ir recolectando peces a su paso. Esta recolección no discrimina entre peces buenos y malos, sino que recoge todo lo que está a su alcance. Algunos historiadores dicen que el Mar de Galilea tenía unas 24 clases distintas de peces. Cualquier pescador de la zona podría entender el sentido de lo que estaba relatando el Maestro. Al tirar la red barredora se sacan peces de todo tipo, y luego hay que clasificar, porque algunos son comestibles y otros no. Deben ser descartados los peces impuros, según la legislación de Lev. 11, 10-12 y, por ejemplo, los cangrejos, que no se comercializaban para comida en Palestina. Hasta aquí la parábola. Pero Mateo añade una alegorización de la misma que difícilmente se remonte al Jesús histórico. Esta alegorización es bastante paralela a la alegoría que explica la parábola del trigo y la cizaña. El problema literario que se presenta es que, en el trigo y la cizaña, algunas imágenes de la alegoría tienen más sentido que en la red barredera. La idea de tirar al fuego lo que no sirve es más entendible con la cizaña que con los pescados, que no son quemados por malos o impuros. Además, la asociación entre los cosechadores y los ángeles que vienen es más correcta que la de pescadores y ángeles, porque los pescadores ya están allí; ellos mismos han sacado los peces, no tienen que venir para ejecutar la acción final de la separación. Estas incongruencias pueden deberse a que el redactor quiso aplicar, en paralelo, la alegoría ya existente del trigo y la cizaña a la parábola de la red barredera, y en el traspaso se filtraron estas metáforas inexactas.

El Jesús mateano culmina su discurso parabólico preguntando a los discípulos si han comprendido lo que les dijo/enseñó con tantas parábolas. Ellos responden que sí. Es una afirmación de fe. Han entendido al Maestro, han penetrado en los misterios del Reino. Por eso son merecedores de la sentencia sobre el escriba que, volviéndose discípulo del Reino (volviéndose entendedor de las parábolas de Jesús), es como el hombre que sabe reconocer lo bueno viejo y lo bueno nuevo. Esa es la tarea de los escribas del cristianismo. Porque no hemos dejado de tener escribas, aunque el Nuevo Testamento los tenga tan asociados a una imagen negativa. Son escribas los que estudian las Escrituras, los que escudriñan la Palabra para extraer el significado hermenéutico, para presentar al Pueblo de Dios el mensaje bíblico. Esos son nuestros escribas. Y si los escribas no son capaces de sacar lo nuevo y lo viejo para liberar a los seres humanos, entonces son falsos escribas o escribas hipócritas. En las parábolas está el misterio del Reino. Cuando las interpretaciones de los estudiosos ponen barreras a su correcta comprensión, cuando la institución eclesial sobrevuela la superficie de las parábolas sin entrar de lleno en ellas, sin dejarse interrogar por lo anormal y sorpresivo de estos relatos, la tarea del escriba es devaluada. Jesús nos sigue preguntando si comprendimos, si entendimos su mensaje; y si respondemos que sí lo hicimos (una respuesta de fe), nos preguntará entonces por qué seguimos repitiendo, como en un círculo vicioso, los pecados estructurales e institucionales que contradicen al sembrador, al trigo y a la cizaña, a la mostaza, a la levadura, al tesoro escondido, a la perla valiosa y a la red barredera.

Cuando Dios abre la boca hay que escuchar al ignorante / Décimocuarto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 11, 25-30 / 03.07.11

En esa oportunidad, Jesús dijo: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido.

Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana”. (Mt. 11, 25-30)

Volviendo al tiempo litúrgico ordinario, volvemos al Evangelio según Mateo en este Ciclo A. Los versículos seleccionados para este domingo son, en su primera parte, compartidos con Lucas (cf. Lc. 10, 21-22), y en su segunda sección exclusivos de Mateo. Por esta razón podemos atribuir Mt. 11, 25-27 a la fuente Q y el resto a la redacción propia del autor. Además, si tuviésemos que optar entre la versión mateana y la lucana para establecer cuál es la más original o la más primitiva, nos quedaríamos con Mateo, ya que la presencia tan significativa de aramismos nos permite remontar las expresiones casi hasta Jesús en persona. Podría tratarse de un salmo espontáneo del Maestro que la tradición conservó, o algún tipo de sentencia que, inmediatamente, la Iglesia primera convirtió en oración. De todas maneras, se trata de una alabanza en su inicio, que sufre una interpolación teológica y culmina con una invitación tierna, como si se tratase de una oración de la comunidad que Jesús pone en sus labios, adelantándose al pedido de alivio de los subyugados.

El marco que el autor da a las expresiones jesuánicas es violento. Justamente, estos versículos cortan la tensión literaria. El Maestro está recriminando a las ciudades (y por extensión a sus habitantes) su rechazo del Evangelio. Tanto Corozaín, como Betsaida o Cafarnaún serán tratadas más rigurosamente por Dios que Tiro, Sidón (paganas) o Sodoma (ciudad pecadora por excelencia del Antiguo Testamento). Este enardecimiento de Jesús (cf. Mt. 11, 20-24) tiene mucho que ver con lo que parece ser el fracaso de su ministerio en Galilea. Les ha hablado, ha realizado milagros y ha convivido con ellos mostrando y demostrando el Reino de Dios, pero aún así lo rechazan. Los escribas y fariseos se ponen más firmes en sus opciones, las sinagogas lo excomulgan, las masas se le acercan y alejan intermitentemente. El gran proyecto galileo de reforma judía que intentó llevar adelante atraviesa una crisis. Por eso afirma: “Porque llegó Juan, que no come ni bebe, y ustedes dicen: ¡Ha perdido la cabeza!. Llegó el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: Es un glotón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores” (Mt. 11, 18-19). Es la confirmación de que, aún separándose del proyecto del Bautista, más focalizado en el castigo divino que en la misericordia, Galilea rechaza al Padre. Por mostrar un Reino de los Cielos que se hace concreto comiendo y bebiendo, entre publicanos y pecadores, se ve obligado a recriminar lo que sucede. Aunque la recriminación podría concluirse con una mirada pesimista, Jesús reinterpreta este rechazo galileo en clave de alabanza. El Reino de los Cielos no ha fracasado, sino que se ha revelado a los pequeños, mientras que los sabios y prudentes no lo entienden, lo resisten desde su falsa sabiduría. Dios no ha equivocado el camino; eso descubre Jesús. Dios ha seguido su opción fundamental por los pequeños, y quien sabe descubrirlo está capacitado para alabar y adorar al Señor.

Antes de sacar conclusiones apresuradas, es conveniente entender a quiénes se refiere Jesús cuando habla de sabios prudentes y quiénes serían los pequeños. En cuanto a los primeros, quizás convenga recordar el inicio del libro del Deuteronomio, cuando Moisés elige hombres sabios y prudentes para dirigir a las tribus de Israel (cf. Dt. 1, 13). Estos hombres son los dirigentes del pueblo, y más precisamente, los shoter (cf. Dt. 1, 15), que puede traducirse del hebreo como escriba. Recordando el claro sentimiento anti-escribas del Evangelio según Mateo, y el fuerte simbolismo de Jesús Maestro en contraposición a los falsos maestros de la religión, no es desacertado identificar a los sabios y prudentes del texto con los escribas judíos. Ellos, que ostentan la ciencia del escrutinio de la Palabra, se pierden de la revelación del Padre. Las cosas importantes de Dios se les ocultan, porque su ciencia bíblica los nubla, los hunde en detalles sin importancia que desvían la atención. En contraposición, los pequeños son los que reciben la revelación. Aquí, el pequeño no es el niño, porque los sabios prudentes no son los adultos así sin más. Tenemos que entender que el pequeño del texto es la contrafigura del escriba. Para ello es útil saber que la palabra griega del texto original que traducimos como pequeños es nepios, que literalmente significa sin el poder del habla. Con el tiempo, nepios eran los niños muy pequeños, los que todavía no habían aprendido a hablar, pero el contexto parece indicar que Mateo piensa en los que no tienen voz pública como los escribas, o sea, aquellos que no han estudiado en ninguna escuela rabínica y, por lo tanto, se los considera ignorantes de las Escrituras. A contrario de lo esperado, el Padre revela a ellos el misterio del Reino de los Cielos, y no a los que poseen la ciencia escriturística. Reforzando esta predilección por los pequeños, podemos rastrear en el libro de Mateo el uso continuo de términos similares para designar a los más desprotegidos de la sociedad: mikros (cf. Mt. 10, 42; Mt. 11, 11; Mt. 13, 32; Mt. 18, 6.10.14) como pequeños en tamaño; pais (cf. Mt. 2, 16; Mt. 8, 6.8.13; Mt. 12, 18; Mt. 17, 12; Mt. 21, 15) como esclavos o niños; paidion (cf. Mt. 2, 8.9.11.13.16.20.21; Mt. 11, 16; Mt. 14, 21; Mt. 15, 38; Mt. 18, 2.3.45; Mt. 19, 13-14) como diminutivo de pais, que solía utilizarse para niños menores de dos años; thelazonton para los lactantes (cf. Mt. 21, 16; Mt. 24, 19); elakistos como mínimo o menor (cf. Mt. 5, 19; Mt. 2, 6; Mt. 5, 19); pobre como ptokoi (cf. Mt. 5, 3; Mt. 11, 5; Mt. 19, 21; Mt. 26, 9.11).

Los pequeños son los que tienen que soportar, por no tener voz (voz intelectual) que los defienda, el yugo que los escribas (los que tienen voz) quieran cargarles. Para el Antiguo Testamento, el yugo puede significar el cumplimiento de la ley que prescribe el pacto de la alianza. Si Israel quiebra el yugo (o sea, se desentiende de la ley), entonces se prostituye a otros dioses (cf. Jer. 2, 20; Jer. 5, 5). En el período helenista, la sabiduría tomó el lugar de la ley, y el yugo se convirtió en la sabiduría de Dios (cf. Sir. 51, 26) que instruye (como lo hacía la ley de Moisés). Pablo utilizará la imagen, también, para dar a entender que después del Cristo hay libertad, pero antes había yugo (cf. Gal. 5, 1), o sea, había ley que esclaviza. Evidentemente, el yugo lo cargan y descargan los intérpretes de la Escritura, los que el pueblo identifica como portadores de la ciencia y sabiduría suficiente para decidir qué agrada a Dios y qué no. El pueblo sin estudios, no académico, se somete a los designios del escriba que, por sus conocimientos intelectuales, es reconocido como líder espiritual. Jesús sabe y conoce esa realidad. Su mirada profética lo hace entender el problema y así dice de los escribas: “Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo” (Mt. 23, 4). Los escribas someten al pueblo sin conocimientos en Sagrada Escritura al duro peso del yugo de la ley, pero de manera hipócrita, porque las leyes que interpretan para el pueblo, ellos mismos no pueden soportarlas. Hay aquí un proceso de subestimación de los pequeños. Como no tienen estudios, no tienen revelación de Dios, y los intelectuales se ven en la misión de traer a la gente el verdadero designio divino, decidiendo por ellos, creyéndolos incapaces de encontrar a Dios, de entrar en diálogo con Él.

La situación parece cercana. Un grupo se adjudica la interpretación oficial de la Palabra y de la revelación. Otro grupo tiene que obedecer esa interpretación. Pero Jesús nos sigue recordando (nos sigue invitando a alabar) que el Padre se revela a los pequeños. El gran Señor, soberano de la tierra y del cielo, o sea, rey de todo lo creado, inaccesible para el finito ser humano, quiere revelarse a los pequeños, a los sin-ciencia, a los que no tienen voz. Los silenciados por obligación, por falta de oportunidades, por exclusión sistemática de los ámbitos de decisión, son los que reciben el misterio del Reino. En ellos, la revelación se hace auténtica, esquivando las hermenéuticas pervertidas de los que sí tienen voz y la usan de manera prepotente. Esa es la gran tentación del que tiene voz: enamorarse tanto de su sonido que se deleite egoístamente al escucharla. Embelesados en sus sonidos, los escribas de nuestro tiempo cargan al pueblo una liturgia pesada, una moral insostenible, una visión del mundo anti-evangélica. Y los pobres se siguen quedando mudos, a pesar de sus ansias de hablar. Pero peor aún es la situación de aquellos pequeños que, de buena voluntad, deciden creerles a los escribas, confiadamente, y se encuentran envueltos en una maraña de legislaciones que los asustan y encierran. Lo terrible de sus vidas es que han admitido, sobre ellos mismos, su incapacidad de hablar, de comunicar, y de que Dios les hable. Se han auto-excluido de la revelación.

La historia como primer momento teológico (primer espacio donde Dios habla y desde donde se puede hablar de Dios) tiene su concreción más delimitada en los pequeños. Para Jesús, el pequeño es momento teológico por excelencia. Al pequeño revela Dios su Reino. A partir de ahí es posible construir teologías, tratados, encíclicas, enciclopedias. El peor pecado del teólogo es desprenderse de la historia, del pueblo, y sobre todo de los pequeños. Cuando el teólogo pasa más tiempo en el escritorio que en la calle, en el aula que en las villas, entre estudiosos que entre los pobres, se está desconectando de Jesús. Al Señor de los cielos y de la tierra, todopoderoso, infinito, eterno, se lo encuentra en los finitos que sufren, en los que no pueden hablar, en los cansados y agobiados por el peso del yugo. A ellos libera Dios con su revelación del Reino. A ellos se les da el yugo suave y la carga ligera que les aliviana el camino para la libertad. A ellos tendrían que dirigirse nuestros escribas para entender el misterio, para llegar a Dios. Porque al Padre se llega por el Hijo, pero resulta que el Hijo se hizo pequeño para vivir con los pequeños. No hace falta ser muy lúcido para entender, entonces, que los caminos de Dios no son, exclusivamente, los pasillos de la academia ni de los institutos, sino precisamente la vida del que estructural y sistemáticamente fue privado de la voz para ser dominado.

Una Iglesia según Marcos / Fragmento del artículo de la revista Didascalia

1. Dos espacios: casa y sinagoga/templo

En el Evangelio según Marcos parece haber dos espacios que se oponen, diferenciándose bajo líneas precisas. Uno de estos espacios es la casa. El otro lo conforman la sinagoga en la primera parte del libro (hasta el capítulo 8 aproximadamente), y el Templo de Jerusalén luego (a partir del capítulo 11). En definitiva, y para hacerlo más esquemático, podemos decir que tenemos el ámbito de la casa y el ámbito de la sinagoga/templo. Éste último surge de la unificación de dos espacios que comparten características teológicas, un modo particular de relación con Dios y, obviamente, un modo particular de relación con los hombres, que resulta consecuencia de lo anterior. “El templo es el lugar que polariza toda la vida religiosa, política y económica de Israel. Pero en la vida cotidiana hay otra institución –la sinagoga- de enorme importancia. Hay solamente un templo al que se sube en contadas ocasiones (una vez al menos en la vida si se reside fuera de Palestina), pero la aldea más pequeña tiene su sinagoga, allí es en el fondo donde se forja la mentalidad y la

piedad del israelita”2. Así como el templo domina Jerusalén, la capital de Judea; las

sinagogas hacen lo suyo en Galilea, como faros de la Ley y de lo puro en medio de la

supuesta ignorancia y desidia de los israelitas del norte, donde la población se compone,

mayoritariamente, por campesinos y trabajadores manuales.

El espacio de la sinagoga/templo tiene como centro la legislación normativa (dada por Moisés y actualizada por la tradición) y el cumplimiento de la misma bajo preceptos de pureza. Este cumplimiento lo lleva adelante, en términos más litúrgicos, el templo, y en términos más morales, la sinagoga. Pero siempre la perspectiva es la observancia obligada. La casa, muy al contrario, como iremos viendo, tiene como centro a Jesús (un laico, sin cargo sacerdotal) y su mensaje del Reino. El Reino es el gran desestabilizador de la estructura sinagoga/templo, relativizando la Ley y las normas de pureza.

Ambos espacios (casa y sinagoga/templo) comparten poco y nada. O mejor expresado:

ambos espacios son contrapuntos. En la obra marquiana, su estructura literaria

determina que esta oposición se haga visible y que, de por sí, transmita un mensaje.

Respecto a la sinagoga, hallamos que la palabra que la identifica (en griego, sunagoge)

aparece por última vez en el capítulo 6, justo al principio del mismo (cf. Mc. 6, 2), en el

episodio en que se cuestiona la autoridad de Jesús poniendo en tela de juicio sus orígenes. A partir de allí, nunca más volverá a aparecer este ámbito en el relato de Marcos. El Templo de Jerusalén, por su parte, hace su aparición como palabra (en griego, jieron) en el capítulo 11, pero nunca se lo menciona antes. Esto coincide de alguna manera con la estructura geográfica del libro, el cual se desarrolla en Galilea durante la primera parte y en Jerusalén sobre el final3. A la primera provincia corresponde la sinagoga, a la segunda el templo. Ambas provincias se conectan, en el Evangelio, por la llamada sección del camino o sección central de Marcos (iniciada por el ciego de Betsaida en Mc. 8, 22 y culminada con el ciego de Jericó en Mc. 10, 46-52). Durante estos capítulos centrales, ni la sinagoga ni el templo son mencionados. Si bien

hay referencias indirectas a ellos, nunca aparece ninguna de las dos palabras características (ni sunagoge ni jieron).

El otro espacio del contrapunto (la casa), en cambio, recorre todo el Evangelio según Marcos. Hay casa en Galilea y hay casa en Judea. En la sección del camino que mencionamos anteriormente, la casa adquiere una fisonomía particular y se convierte en lugar de enseñanza para los discípulos de Jesús (cf. Mc. 9, 28.33 y Mc. 10, 10); de casa-hogar- Iglesia se transformará, momentáneamente, en casa-escuela-Iglesia. La casa no tiene límites territoriales ni tampoco límites literarios. Se opone al modelo sinagoga/templo y prevalece única en la sección central, sin competencia directa. Para clarificar la cuestión, conviene pasar en limpio, a manera de introducción, lo siguiente:

a) Primera parte de Marcos: se relatan escenas en la sinagoga y escenas en casas. La mayoría de los episodios ocurren en Galilea, la provincia del norte, de donde es originario Jesús.

b) Sección central de Marcos: se relatan escenas en el camino y en las casas, pero no se menciona la sinagoga ni el templo por sus nombres. La casa es utilizada únicamente como lugar de enseñanza particular a los discípulos, como escuela de discipulado.

c) Parte final de Marcos: sigue apareciendo la casa, no se menciona la sinagoga, y aparece el Templo de Jerusalén. Todo sucede en Judea, la provincia del sur, más precisamente en la capital. Aquí muere Jesús.

2. Contrapunto en Galilea

La primera parte de Marcos, hasta el capítulo 8 de la obra, transcurre en Galilea (con algunas pequeñas salidas al otro lado del Mar de Galilea). En esta primera parte, entonces, hay casa y hay sinagoga. Estos dos espacios se van a relacionar, literariamente, a manera de contrapunto. Las escenas en la sinagoga son tres: Mc. 1, 21-28; Mc. 3, 1-6; Mc. 6, 1-6. A continuación de cada una de ellas suceden episodios dentro de determinadas casas que parecen dar una contestación a la escena sinagogal previa. Como si el farisaísmo o los representantes de la religión oficial hablaran en las sinagogas y Jesús les respondiera desde las casas. El segundo nivel de enfrentamiento (estereotipado) que revela el contrapunto es lo secular/profano contestando a lo religioso/sagrado. De aquí se abren un sinnúmero de aristas que dan riqueza al Evangelio4.

La primera escena sinagogal es la de Mc. 1, 21-28, acontecida en la sinagoga de Cafarnaún, un día sábado, donde ocurre un exorcismo. Este hombre poseído que Marcos ubica en medio del culto judío no esconde otra cosa que un mensaje muy fuerte hacia el mismo judaísmo: la sinagoga alberga espíritus inmundos, y no es capaz de reconocerlos ni de expulsarlos. Sólo la entrada de Jesús en este espacio hace que el espíritu inmundo se revele y, al mismo tiempo, revele la identidad de Jesús, el santo de Dios (cf. Mc. 1, 24). Aquí hay más que el exorcismo de una persona; se trata del intento de Jesús de exorcizar la sinagoga, exorcizar el sistema sinagogal. La institución judía que se cree pura, en realidad, es más impura que cualquiera, pues tiene en su seno espíritus inmundos. “A los demonios se les llama espíritus inmundos. En nuestro lenguaje, se tiene la tendencia a pensar inmediatamente en la impureza sexual. Pero no se trata de eso. En el lenguaje bíblico, `inmundo´ o `impuro´ quiere decir `contrario a lo sagrado´”5. El poseído habla en plural (¿qué tenemos nosotros?) porque, en realidad,

está hablando en nombre de los escribas mencionados en Mc. 1, 22. Resalta en la perícopa el asombro de la gente, sobre todo asombro por la autoridad con que hace las cosas el Maestro. Al principio del relato (cf. Mc. 1, 22) y al final (cf. Mc. 1, 27) se dice que Jesús enseña con autoridad, y con ello es capaz de someter las fuerzas adversarias de Dios que destruyen al ser humano. Los escribas también son los que enseñan6, pero resulta evidente que su enseñanza no es efectiva para liberar. Jesús “no repite lo ya dicho, no estructura la doctrina en un sistema de teorías para conservar y organizar lo que ahora existe (dejando en su opresión a los posesos). Jesús actúa de manera creadora, en gesto de transformación humana. Esto es enseñar: cambiar con fuerza al

hombre”7.

Inmediatamente, al salir de la sinagoga, Marcos nos lleva con su pluma literaria a la casa de Simón y Andrés (cf. Mc. 1, 29), donde “la suegra de Simón estaba en cama con fiebre” (Mc. 1, 30a). Jesús, dentro de la casa, logra que la fiebre la deje (cf. Mc. 1, 31). Restituida, la mujer comienza a servirlos. La respuesta de la suegra a la acción del Maestro es la respuesta discipular; vale recordar que una de las condiciones clave del seguimiento en Marcos está en Mc. 10, 43b-44: “El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos”. La mujer “convierte su casa en primera de todas las `iglesias´ (= de todos los lugares de servicio cristiano)”8. Más adelante, en el comienzo del capítulo 2, nos encontramos nuevamente en Cafarnaún, y se nos dice que se corrió la voz de la presencia de Jesús en casa (cf. Mc. 2, 1). Muchos estudiosos suponen que se habla de la misma casa donde fue curada la suegra de Simón. No podemos asegurarlo a ciencia cierta. Lo importante es que, nuevamente, estamos bajo el techo del hogar. En la escena narrada en Mc. 2, 1-12 sucede el perdón de los pecados y la curación del paralítico que es descolgado desde el techo por cuatro que lo habían llevado. De un espacio cerrado e inaccesible (al menos para la comitiva que busca a Jesús) pasamos a un lugar sin techo, abierto al cielo, y finalmente accesible. La casa puede parecer cerrada, limitada, restringida, pero en realidad es donde caben todos los que sinceramente buscan al Maestro. Avanzando muy poco nos encontramos con la vocación de Leví, el publicano (cf. Mc. 2, 14), y desde allí pasamos a la casa del mismo Leví, donde se realiza un gran banquete con la presencia de publicanos y pecadores a la par de los discípulos (cf. Mc. 2, 15). Compartiendo la mesa y el techo, Jesús comparte, según la cultura mediterránea, la condición de los comensales. Quien come con pecadores es pecador. Teológicamente, la mesa compartida se proyecta escatológicamente: Jesús está diciendo (predicando) que al seno de Dios, a la vida eterna, al banquete de los últimos tiempos, son invitados los publicanos y pecadores. De ninguna manera este mensaje podía ser admisible en el exclusivismo judío imperante.

Así nos queda conformado el primer contrapunto en Galilea. Mientras la sinagoga se

cree pura, pero no lo es, al punto de tener en su interior un espíritu inmundo sin poder

reconocerlo, Jesús habita y comparte casas con mujeres (la suegra de Simón), enfermos

(el paralítico) y pecadores (publicanos). Estos tres grupos son parte de los clásicamente

excluidos del sistema sinagogal, por considerar menor su condición sexual e impura su

menstruación en el caso de las mujeres, por considerar fruto del pecado y castigo de Dios las condiciones patológicas en el caso de los enfermos (cf. Jn. 9, 1-2), y por considerar el contacto continuo con gentiles y el trabajo para Roma fuente de impureza en el caso de los publicanos. A esa exclusión de la sinagoga, justificada por la concepción de las reglas de pureza/impureza, se opone la casa de Jesús que incluye a los marginados del sistema religioso.

El segundo contrapunto de Galilea comienza, valga la redundancia, con la segunda escena de Jesús en una sinagoga. El relato se narra en Mc. 3, 1-6, y nuevamente, enfatizando, es día sábado, día del culto. Esta vez, el Maestro cura a un hombre con la mano paralizada, frente a la inquisición de los asistentes que esperan acusarlo por realizar curaciones en el día santo9. Siguiendo el planteo de la escena anterior en la sinagoga, el hombre de la mano paralizada es un mensaje al mismo sistema sinagogal que, según Jesús, está paralizado, atrofiado, estancado. Su concepción rigorista de la Ley, que los había llevado a impedir hasta las curaciones en día sábado, los estaba carcomiendo desde dentro. La sinagoga está como la mano de ese pobre hombre: inmóvil, inactiva, sin vida, muriéndose y matando al ser humano. En este último sentido, la escena culmina con la confabulación de fariseos y herodianos para eliminar a Jesús (cf. Mc. 3, 6), paradigma de la humanidad perfecta. “Así aparecen vinculados, desde el principio del evangelio, los dos poderes que quieren dominar al hombre: uno religioso (fariseos), otro político (herodianos). Ambos se sienten amenazados por la libertad de Jesús, ambos se unen para defenderse, en nombre de las leyes que protegen la estructura y orden de este mundo. El peligro de Jesús está en querer que los hombres logren simplemente ser humanos”10. Las leyes que enfrenta el Maestro son aquellas que

deshumanizan porque transmiten muerte en lugar de vida, opresión en lugar de libertad.

Cuando el sábado limita el pleno desarrollo del ser humano, deja de ser sábado de Dios

y se convierte en fuerza diabólica, limitante.

Si avanzamos en el relato de Marcos unos versículos, el texto nos reubica espacialmente con contundencia: “Vuelve a casa” (Mc. 3, 20). Esta es la señal de que Jesús responderá a la parálisis de la sinagoga desde su modelo de la casa. Tenemos aquí un episodio de estructura intercalada (sándwich literario) compuesto de tres escenas:

a) Mc. 3, 20-21: Jesús en la casa, con una muchedumbre aglomerada, es buscado por sus parientes que lo consideran fuera de sí.

b) Mc. 3, 22-30: escribas de Jerusalén discuten con Él sobre su autoridad, acusándolo de expulsar demonios por obra de Beelzebul, el príncipe de los demonios.

a´) Mc. 3, 31-35: su madre y sus hermanos lo buscan mientras Él está sentado con mucha gente alrededor dentro de la casa.

Este esquema intercalado, donde Mc. 3, 22-30 parece cortar el hilo narrativo introduciendo una temática en apariencia diferente, en realidad es una inclusión a propósito de parte del autor. Si en la discusión con los escribas se llega a la conclusión de que la autoridad de Jesús no proviene de Beelzebul11, entonces se entiende que proviene de Dios, que Él es un enviado del mismísimo Yahvé (es su Ungido), y que no puede ser privatizado, por ejemplo, por sus familiares, quienes pretenden imponer su

peso sanguíneo por sobre la voluntad divina. A ese intento de privatización, Jesús propone la nueva familia, constituida más allá de los lazos sanguíneos por el vínculo de la Palabra. La estructura teatral del segmento final (cf. Mc. 3, 31-35) es sumamente sugerente: Jesús dentro de la casa, rodeado (sentados en corro) de aquellos que son su nueva familia; fuera de la casa está su familia sanguínea; los de adentro y los de afuera, los que están alrededor de Jesús, bajo el mismo techo, y los que están lejos, aunque tienen la misma sangre. “La situación `fuera´ o `dentro´ no depende ni de criterios económicos ni de capacidades intelectuales, sino de una familiaridad y de un encaminamiento hacia el Maestro: los que están `dentro´ son aquellos que están `alrededor de Jesús´. Por el contrario, el que está `fuera´ no es el pobre marginado, sino aquel que no ha querido entrar”12.

Finalmente, la otra escena que involucra una casa en este segundo contrapunto es el relato de la resurrección de la hija de Jairo (cf. Mc. 5, 21-24a.35-43), también con una intercalación o sándwich, que consiste en la curación de la mujer hemorroísa13 (cf. Mc. 5, 24b-34). Jairo, jefe de la sinagoga (cf. Mc. 5, 22), busca al Maestro para que cure a su hija que agoniza. La sinagoga, por lo que deducimos, no ha podido ayudarla. Jairo está recurriendo al último recurso. Pero mientras van hacia la casa de Jairo, sucede la curación de la hemorroísa, y en esa especie de demora, muere su hija (cf. Mc. 5, 35). Jesús sale al paso de la situación afirmando: “No temas; solamente ten fe” (Mc. 5, 36). Se dirigen a la casa del jefe de la sinagoga, donde está lleno de gente que llora y se lamenta. Todos son echados del lugar y quedan únicamente Pedro, Santiago, Juan14, el padre, la madre, la niña y Jesús (cf. Mc. 5, 40). Todos dentro de la casa. En ese microambiente familiar-eclesial la muchacha es revivida (cf. Mc. 5, 42).

En este segundo contrapunto encontramos una sinagoga paralizada por su fanatismo y

su rigorismo. La propuesta de la casa de Jesús, que ya ha incluido mujeres, enfermos y

pecadores en el primer contrapunto, se amplía aún más superando los lazos tradicionales

de agrupación. Mientras para los judíos es fundamental la pertenencia a un clan o a una

familia sanguínea, así como a la sinagoga15, Jesús plantea la casa de los que se vinculan

a partir de la voluntad de Dios, a partir de su Palabra, por encima de lo carnal,

genealógico o racial. La familia jesuánica es más grande que un clan o que la sinagoga;

son todos aquellos que tienen a Dios como Padre y que se reconocen hermanos entre sí.

La parálisis del sistema sinagogal se debe a su puritanismo y su cerrazón. Es un sistema que ahoga y mata, como ahogó y mató a la hija de Jairo, el jefe de la sinagoga, quien sólo al recurrir a Jesús encontró vida donde había muerte, y en la intimidad de su casa (no en el culto sinagogal), haciendo familia con los discípulos (Pedro, Santiago y Juan), vio la obra vivificante de Dios que devolvía el aliento a la muchacha.

El tercer y último contrapunto en Galilea comienza con la última asistencia de Jesús a una sinagoga en el Evangelio según Marcos (cf. Mc. 6, 1-6). La perícopa puede esquematizarse de la siguiente manera:

a) Jesús llega (Mc. 6, 1-2a): el comienzo es la llegada de Jesús a su patria con sus discípulos. Al llegar el sábado, el día sagrado, va a la sinagoga y se pone a enseñar allí.

b) La multitud se queda atónita (Mc. 6, 2b): las palabras de Jesús sorprenden a todos los asistentes a la sinagoga. Se preguntan cómo puede hablar así un paisano, cómo puede realizar milagros este don nadie.

c) Ataque (Mc. 6, 3a): siguiendo con las preguntas retóricas, la gente ataca directamente a Jesús cuestionando su origen, y por lo tanto, cuestionando su autoridad.

d) Escándalo (Mc. 6, 3b): aquí parece estar el centro de la construcción literaria: “Y se escandalizaban a causa de él”.

c´) Ataque (Mc. 6, 4): Jesús responde a las preguntas retóricas de la gente sin responder sobre su origen, pero dejando en claro que es el pueblo el que está desubicado, el que no puede reconocerlo.

b´) Jesús queda atónito (Mc. 6, 5-6a): así como la gente se sorprende de la sabiduría y

el poder de Jesús, éste se extraña de la falta de fe de ellos.

a´) Jesús se va (Mc. 6, 6b): a Jesús parece quedarle chica la sinagoga y su pensamiento, por lo que se expande hacia los demás pueblos del contorno.

Como lo indica el comienzo de la escena, la sinagoga está ubicada en su patria. Para el Evangelio según Lucas, esa patria es claramente Nazareth (cf. Lc. 4, 16), pero en Marcos parece haber una concepción más amplia del término. En griego, patris (patria) significa tierra de su padre, y puede traducirse como ciudad natal o país natal. Esto nos hace sospechar que el relato marquiano traduce (y amplifica) el suceso de esta sinagoga particular a un suceso nacional o regional. Que Jesús no sea recibido correctamente en la sinagoga de su patria, es que ya no es recibido por todo el sistema sinagogal de todo Israel. Esta última asistencia al culto sinagogal es la excomunión total de Jesús.

Despreciativamente, los asistentes cuestionan su autoridad preguntándose si no es el hijo de María (cf. Mc. 6, 3), evitando nombrar a José, y por lo tanto, declarándolo bastardo. En una cultura machista y patriarcalista, donde se es alguien por la descendencia sanguínea familiar, ser hijo de un determinado padre puede significar lo mejor o lo peor; no tener padre es no tener orígenes, ser alguien sin pasado y, por ende, sin presente ni futuro. A Jesús lo insultan llamándolo hijo de María, como si le dijesen hijo ilegal. “Si llaman a Jesús por el nombre de su madre, en contra de las costumbres genealógicas judías en donde se nombra siempre al hijo en relación con su padre, es que no tiene padre. En otras palabras, que es hijo de un padre desconocido y que Jesús es un hijo ilegítimo. Si bien pueden citarse algunos testimonios extrabíblicos de un uso semejante del nombre de la madre, no se ha encontrado ninguno en la Biblia misma”16.

Éstos que cuestionan su ascendencia, al no reconocerle autoridad, no tienen fe, y los milagros escasean, al punto de maravillar y sorprender al mismo Jesús (cf. Mc. 6, 5-6).

Esta sorpresa de Jesús es un dato interesante. El Hijo de Dios sorprendido comienza a elucubrar, con mayor precisión, lo que será la apertura a los gentiles, bajo una meditación simple: si los judíos rechazan la revelación de Dios, pero algunos paganos la aceptan, entonces la salvación es independiente del grupo de pertenencia o de la nación. Los dos episodios dentro de una casa que suceden a continuación, y que conforman este tercer contrapunto, nos revelan la progresiva y firme elucubración de la que hablamos. El primer episodio es a solas con sus discípulos, dentro de la casa, cuando tras una discusión con fariseos y escribas de Jerusalén sobre la pureza e impureza a la hora de comer (cf. Mc. 7, 1-16), le preguntan qué quiso decir con: “Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre” (Mc. 7, 15). La explicación es clara y sin dobleces (cf. Mc. 7, 17-23): no hay alimentos puros o impuros que puedan volver al mismo hombre puro o impuro, sino que la humanidad se vuelve impura con las cosas malas que salen de su corazón17 (fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez). De esta manera, uno de los pilares del judaísmo, las leyes de pureza/impureza de la comida, quedan abolidas18. Un judío sólo podía comer con otro judío, para no contaminarse con la comida pagana ni con el pagano mismo; ahora, Jesús propone compartir la mesa, o sea, compartir la vida, porque la impureza no la determinan los objetos externos, sino las intenciones del corazón. Ya derogadas, abren el camino a que judíos y gentiles puedan compartir la mesa; situación que Lucas desarrollará bajo el género literario de la historiografía, por ejemplo, en los capítulos 10 y 11 del libro de los Hechos de los Apóstoles, cuando Pedro, tras una visión celestial, reconoce que puede compartir la vida con un extranjero sin incurrir en pecado (cf. Hch. 10, 28), que Dios no hace acepción de personas (cf. Hch. 10, 34) y que los alimentos son puros por naturaleza (cf. Hch. 10, 15; Hch. 11, 9). El ataque a una institución tan fuerte israelita es una osadía de Jesús. No se trata de una crítica

estrictamente a la pureza alimenticia; es una crítica al sectarismo, a la segregación, a la exclusión sistemática de la sinagoga por cuestiones de pureza/impureza. Jesús asegura, comparando y haciendo ironía, que los gentiles (de quienes no se espera respuesta religiosa) pueden tener buenas intenciones, y contrariamente, que los judíos (supuestamente más religiosos que todos los pueblos) pueden no tenerlas.

Llegamos, entonces, al final del contrapunto, con la segunda escena en una casa después de la tercera entrada de Jesús a una sinagoga. Habiendo ya traspasado los límites geográficos, nos hallamos en una casa extranjera, en la región de Tiro, donde el Maestro se retira para estar tranquilo, intentando que nadie se entere de su presencia (cf. Mc. 7, 24). Pero una mujer pagana lo encuentra (cf. Mc. 7, 26) y le pide que expulse el demonio de su hija poseída. Las asimetrías de los personajes principales del texto son rotundas. Jesús/hombre/judío/puro está frente a una mujer/sin nombre/gentil/impura. El autor parece redundante aseverando la gentilidad de la mujer, pues nos dice que es griega y sirofenicia de nacimiento, para que no queden dudas. Ante el pedido de la pagana, la respuesta de Jesús es dura: “Espera que primero se sacien los hijos, pues no

está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos” 19 (Mc. 7, 27); la contrarespuesta

de ella es liberadora: “Sí, Señor; que también los perritos comen bajo la mesa migajas de los niños” (Mc. 7, 28). Jesús, que se había sorprendido de la falta de fe de los de su patria, ahora se sorprende de la novedosa concepción de la salvación de la sirofenicia. Esta es la mujer que abre definitivamente el panorama del Maestro. Desde el diálogo, ella le confirma lo que sus elucubraciones estaban meditando: los paganos también son invitados por Dios, también hay Reino para ellos, también son dignos de la filiación divina. Ha sido la mejor respuesta20 que escuchó Jesús, y se lo hace saber: “Por lo que has dicho, vete; el demonio ha salido de tu hija” (Mc. 7, 29).

Ante la sinagoga endemoniada y paralizada que excomulga a los que son distintos, la casa de Jesús, o mejor dicho, el modelo de casa de Jesús, se expande hasta límites insospechados. En la sinagoga, sin entrada para mujeres, enfermos, pecadores ni gentiles, abunda la muerte, hay ahogo y parálisis. En la casa de Jesús, donde libremente entran y salen todos estos grupos excluidos, hay vida, hay exorcismos, hay sanaciones, hay comunión, hay discipulado. Lo que el sistema sinagogal mata, la casa vivifica. A lo que la sinagoga limita bajo preceptos de separación entre los seres humanos, la casa une en el amor, derribando los preceptos que limitan la comunión y deterioran la dignidad

de algunos. En la casa de Jesús comen todos en la misma mesa, porque la impureza no

es de los ritos, sino del corazón. A esa conclusión liberadora llega Jesús tras una serie

de encuentros y desencuentros, pero sobre todo, pendiente siempre del mandamiento del

amor. Por esta utopía, “Jesús espera de los suyos que formen sin dilación un grupo humano que haga patentes en el mundo las relaciones propias de la nueva sociedad. De este modo, según la intención de Jesús, su comunidad debe ser el germen de una humanidad nueva”21 que, según el relato marquiano, construya una casa donde hay lugar para el que no lo tiene en la sociedad, donde hay fraternidad, donde prima la inclusión y donde se ama por sobre todas las cosas.

NOTAS

2 Saulnier, C. y Rolland, B. Palestina en tiempos de Jesús (segunda edición). Cuaderno bíblico 27.

Editorial Verbo Divino, 1981.

3 “El espacio de Marcos está organizado, esto es, se pone a los lugares en cierta relación unos con

otros”. Delorme, J. El Evangelio según Marcos. Cuaderno bíblico 15. Editorial Verbo Divino, 1990.

4 Este trabajo se aboca más al sentido eclesial del contrapunto, pero quedan en el tintero muchísimas otras

miradas que complementan lo dicho aquí.

5 Delorme, J. El Evangelio según Marcos. Cuaderno bíblico 15. Editorial Verbo Divino, 1990.

6 Los escribas “son ante todo los soferim, es decir, los hombres del libro (sefer), como Esdras, que `había

aplicado su corazón a escudriñar la Torá del Señor para practicarla y enseñar en Israel las leyes y las

costumbres´ (Esd 7, 10). La raíz del verbo subrayado remite a la actividad específica del escriba, el

midrás, `exégesis que, superando el simple sentido literal, intenta penetrar en el espíritu de la Escritura,

escrutar el texto más profundamente y sacar de él interpretaciones que no son siempre obvias´ (R.

Bloch)”. Tassin, C. El judaísmo, desde el destierro hasta el tiempo de Jesús. Cuaderno Bíblico 55.

Editorial Verbo Divino, 1987.

7 Pikaza, X. Para vivir el Evangelio de Marcos. Editorial Verbo Divino, 1997.

8 Ibíd.

9 “Observar el sábado era imitar a Dios mismo (Gn 2, 2-3)”. Tassin, C. El judaísmo, desde el destierro

hasta el tiempo de Jesús. Cuaderno Bíblico 55. Editorial Verbo Divino, 1987.

10 Pikaza, X. Para vivir el Evangelio de Marcos. Editorial Verbo Divino, 1997.

11 “El nombre `Belcebú´ para designar al jefe de los demonios sólo está atestiguado de forma segura en

los evangelios sinópticos. Es una deformación del hebreo `Baal Zebul´ -Baal el Príncipe o Señor de la

Morada-, divinidad cananea”. Léonard, P. Evangelio de Jesucristo según san Marcos. Cuaderno bíblico

133. Editorial Verbo Divino, 2007.

12 Escaffre, B. Lire l’évangile de Marc en Guide de lecture du Nouveau Testament. Bayard, 2004.

13 Según Lv. 15, 19-33 la mujer es impura a razón de su sangrado (menstruación). Todo lo que ella toca

mientras dura su sangrado se vuelve impuro. Específicamente, Lv. 15, 25 afirma que si una mujer tiene

sangrado fuera de los días de su regla (fuera de la menstruación esperable mes a mes) queda impura el

tiempo que dure su sangrado. En el texto de Marcos, por lo tanto, la hemorroísa es una persona impura

para el judaísmo desde hace doce años.

14 Estos tres discípulos forman un grupo especial en el relato marquiano. Santiago y Juan, junto con

Pedro, son los tres que, en primera persona, protagonizan actitudes contrarias al discipulado (cf. Mc. 8,

31-33 y Mc. 10, 35-37). A la vez, están presentes íntimamente en este milagro de la hija de Jairo, en la

transfiguración (cf. Mc. 9, 2), en el discurso escatológico (cf. Mc. 13, 3) y en la oración agónica de

Getsemaní (cf. Mc. 14, 33). ¿Por qué son privilegiados con estos acontecimientos si no comprenden el

mesianismo ni el discipulado jesuánico? Justamente, porque son los tres discípulos que necesitan una

enseñanza más profunda para entender el significado de la cruz. Con la hija de Jairo son partícipes de un

milagro que vence la muerte, en la transfiguración se encuentran con la visión gloriosa de lo que será la

resurrección, en la explicación de los últimos tiempos reciben una enseñanza sobre la época inaugurada

por el Mesías, y en la oración de Getsemaní perciben al hombre Jesús dispuesto a cumplir la voluntad del

Padre, aunque eso implique morir por la utopía del Reino. Todos estos episodios hablan de la muerte en

perspectiva divina.

15 Un concepto clave en el judaísmo surgido post-exilio en Babilonia es la amixia, la condenación de las

uniones matrimoniales entre judíos y extranjeros. Los libros de Esdras y Nehemías pintan el paisaje de

esta separación, sobre todo Esd. 10, 44, el último versículo del libro, que retrata el hecho de que los que

se habían casado con extranjeras despidieron a esas mujeres y a los hijos nacidos de esa unión.

16 Michaud, J.P. María de los Evangelios. Cuaderno Bíblico 77. Editorial Verbo Divino, 1992. Sobre la

hipótesis de la ilegitimidad de la concepción de Jesús, negando la concepción virginal y suprimiéndola

por una posible seducción-violación, puede leerse Schaberg, J. Los antepasados y la madre de Jesús,

artículo de la revista Concilium 226, año 1989.

17 “En el lenguaje bíblico, el corazón designa toda la personalidad consciente, inteligente y libre de un

ser humano. Por tanto es la sede y el principio de la vida psíquica profunda; designa el interior del

hombre, el `dentro´, su lugar oculto, su intimidad y su libertad”. Léonard, P. Evangelio de Jesucristo

según san Marcos. Cuaderno bíblico 133. Editorial Verbo Divino, 2007.

18 En el judaísmo propiamente dicho, nacido como tal al regreso del destierro en Babilonia, ciertas leyes

de la Torá se hicieron fuertes y tomaron la condición de signos visibles de la identidad judía. Estas leyes

eran, por ejemplo, las referentes a las prescripciones alimenticias (división en alimentos puros e impuros,

posibilidad o no de compartir la mesa), a la amixia, la circuncisión o el respeto riguroso del sábado. Cf.

Tassin, C. El judaísmo, desde el destierro hasta el tiempo de Jesús. Cuaderno Bíblico 55. Editorial Verbo

Divino, 1987.

19 “Hijos son los judíos: cuando ellos se conviertan y alcancen la plenitud mesiánica, abrirán la mesa de

su gracia a todos los pueblos de la tierra, presentados aquí como perritos, en terminología que es normal

en aquel tiempo”. Pikaza, X. Para vivir el Evangelio de Marcos. Editorial Verbo Divino. 1997.

20 Es la mejor respuesta porque generó un cambio profundo en la teología de Jesús. En este encuentro

“cambia de idea sobre la curación de gentiles” y “se da cuenta de que su autoridad se extiende más allá

de Israel hasta las naciones gentiles”. Rhoads, D. Dewey, J. Michie D. Marcos como relato. Introducción

a la narrativa de un Evangelio (segunda edición). Ediciones Sígueme, 2002.

21 Mateos, J. Camacho, F. El horizonte humano, la propuesta de Jesús. Ediciones El Almendro, 1988.

El Dios que convierte lo pervertido / Trigésimo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 18, 9-14

Y refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo también esta parábola: “Dos hombres subieron al Templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, de pie, oraba así: ‘Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas’. En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ‘¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!’. Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado”. (Lc. 18, 9-14)

Los fariseos aparecen sistemáticamente en el Evangelio según Lucas. Principalmente, entre los capítulos 5 y 7, luego entre los capítulos 11 y 19, con presencia continuada. Para muchos estudiosos de la vida de Jesús, es imposible comprenderlo a Él sin el movimiento fariseo. Para algunos, Jesús era fariseo, para otros pertenecía a un partido completamente opuesto. Para otros tantos, su mensaje evangélico es heredero del farisaísmo con modificaciones pequeñas y sustanciales. Quizás, uno de los mejores resúmenes a este problema esté en Mt. 23, 3: “Ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan [escribas y fariseos], pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen” (Mt. 23, 3). Lo que Jesús critica es la hipocresía de algunos que se consideraban más justos que el resto del pueblo, y las reglas que, devenidas de ese sentimiento, creaban una separación social deformando la relación con Dios. La doctrina farisea no es totalmente errónea ni mucho menos, pero si el espíritu que la impulsa es la comercialización con Dios y la división entre justos e injustos, entonces no es compatible con el Evangelio. Seguramente, Jesús sentía cierta afinidad por algunos grupos de fariseos, lo cual explica, paradójicamente, sus enfrentamientos; si hay tanta interrelación entre el Maestro y ellos, es porque se encontraban en varios puntos. Esa cercanía da conocimiento, y ese conocimiento permite la crítica. Jesús come con fariseos, pero no por eso deja de remarcar lo que considera una perversión de la religión.

El texto de hoy comienza aclarando a quiénes se dirigirá la parábola. Hay algunos que se tienen por justos y desprecian a los demás; ellos son los que tienen que prestar más atención. El concepto de justo en el Antiguo Testamento es simple y complejo a la vez. La raíz tsaddaq (justo, justicia) se encuentra 523 veces en todo el Antiguo Testamento; de ellas, 139 veces en los Salmos y 94 en los Proverbios. Estos dos libros, justamente, hacen mucho hincapié en la cualidad de justo de Dios y en el personaje israelita creyente, designado como justo. El Salmo 112 establece algunas características de esta condición: es justo el que teme al Señor y se deleita con sus mandamientos, el que presta con generosidad y no es fraudulento en los negocios, el que tiene el corazón firme en el Señor, el que reparte sus bienes entre los pobres. Esta definición, no obstante, tiene un componente peligroso, porque el mismo Salmo asegura que el justo abundará en riquezas y sus hijos dominarán el país. Encontramos allí una doctrina de retribución. Por las obras buenas recibe una recompensa terrenal económica. Por dar dinero a los pobres, se aumentan sus riquezas. Por no ser fraudulento en los negocios, su descendencia domina al resto. Explícitamente, la justicia conllevaría un estado de bienestar material. Esto da pie a la negociación con Dios. Si ser justo trae beneficios, entonces no tendría sentido no serlo. La vocación de la justicia no estaría en el prójimo, sino en un egoísmo disfrazado que espera las regalías. De esta confusión reniega Jesús. El sentido último de hacer justicia es el otro, no yo mismo. Si soy justo por mí, entonces estoy a un paso de la hipocresía, porque entiendo los mandamientos del Señor como hoja de instrucciones para llegar al premio. Deleitarse en los mandamientos de Yahvé no es cumplirlos a rajatabla para cobrar el galardón. Deleitarse es saborearlos, entenderlos, degustarlos en la belleza que tienen; y la mayor belleza de los mandamientos está en el amor. La justicia es una obra de amor. Algunas concepciones teológicas que consideran como atributos opuestos la justicia de Dios y su misericordia son limitantes. La misericordia divina implica la justicia; lo justo es una expresión más de Dios, que es todo Amor.

Por la tergiversación en el sentido de la justicia es que muchos fariseos predicaban la limosna, por ejemplo, pero no la realizaban como verdadero acto de amor al prójimo, sino buscando la recompensa divina. La limosna era el pequeño sacrificio para obtener un beneficio mayor: riquezas. Y así como nombramos la limosna, tenemos el ayuno, el diezmo y la oración. Justamente, la parábola que leemos hoy está estructurada de acuerdo a estos tres últimos ejemplos. Uno de los protagonistas es un fariseo orando y alardeando de su ayuno y su diezmo. Está presentando el recibo de lo que Dios le adeuda. Pero como si esto fuera poco, duplica la apuesta. Según su oración, él no es como los demás seres humanos. No es, según el original griego, jarpax (rapaz), adikos (sin derecho), moicos (adúltero) o telones (publicano). Todo lo contrario. Él ayuna dos veces por semana cuando la Ley lo exige un solo día al año, para la Fiesta de la Expiación (cf. Lv. 16, 29-31; Lv. 23, 27-29; Num. 29, 7), y paga el diezmo de todas sus entradas cuando la Ley sólo exige la décima parte de lo que produce la tierra (cf. Lv. 27, 30) y la décima parte del ganado (cf. Lv. 27, 32). En tanto y en cuanto el fariseo cree hacer de más, supone que Dios le retribuirá también de más.

El publicano está en el otro extremo de la oración. Los dos oran de pie, porque esa es la posición judía para la oración. Pero no alardea de supuestas buenas obras ni muestra el recibo de sus actos. Su oración es desde la distancia del arrepentimiento y con los ojos sin levantar, en signo de humildad. Reconociéndose pecador, se siente indigno de llevar la frente en alto. No saca a relucir otra cosa que su propia condición humana. En su oración lleva lo que es, no lo que hace. No viene a exigir ni a comparar. Su expresión está inspirada en el Salmo 51, a la vez inspirado en la situación de arrepentimiento del rey David tras su pecado con Betsabé y la recriminación del profeta Natán (cf. 2Sam. 11-12). No hay más que una oración para el arrepentido: que Dios tenga piedad. Así como David, a pesar de sus pecados, es el rey predilecto de Yahvé, este publicano vuelve a su casa justificado. El secreto de ambas situaciones está en la capacidad de arrepentirse y pedir perdón. Hojeando la historia de David en el Antiguo Testamento, a cualquiera le puede surgir la válida pregunta sobre por qué es presentado como modelo de fe cuando sus méritos no son tan notorios como sus grandes pecados. Y es que David es modelo de arrepentimiento. Su profunda comprensión de Dios proviene de su profunda comprensión del perdón que proviene de Dios. El fariseo de la parábola cree tener todo el conocimiento sobre lo divino; cree saber cómo manejarse ante el Supremo; cree que la dinámica consiste en presentar la nota de buenas acciones para recibir la paga. Y la realidad es que no ha entendido nada. El que verdaderamente es un erudito en Dios es el publicano. Como David, se reconoce pecador y necesitado de perdón. Y sabe que la única fuente original del perdón es Dios mismo.

Este Dios del perdón es el Dios justo. Por eso el publicano vuelve a su casa justificado. El tema de la justificación es un concepto complicado, sobre todo por la historia que arrastra en el veterano enfrentamiento de católicos y protestantes. Lo cierto es que la justificación puede resumirse como la condición de justo que recibe un injusto. El publicano vuelve a su casa convertido en justo a los ojos de Dios. Al reconocerse pecador, asume y transforma su pecado. Es justo porque Dios lo ve como tal. El fariseo, en cambio, al no reconocer sus pecados, al no asumirlos y transformarlos desde el arrepentimiento, no está justificado. Dios no puede regalar la condición de justo a alguien que no se reconoce como tal. Al creerse completo, perfecto, cierra la puerta al amor de Dios. Si es perfecto, entonces Dios no tiene nada que hacer en su vida. Aquí se enlaza una de las expresiones jesuánicas como: “No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos” (Lc. 5, 31). Dios plenifica al ser humano que asume no estar completo. El problema del farisaísmo que recalca Jesús es la sensación de plenitud. El fariseo se cree completo con las obras que realiza. No necesita, en realidad, de Dios, porque todo lo puede en su ayuno, en su limosna, en su acudir al Templo. La justicia, entonces, no es un atributo de Dios, sino un valor de intercambio que regiría las relaciones. La justicia sería un comercio, una cuestión económica. El amor de Dios, algo comprable.

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El inicio de esta parábola tiene alguna relación con el inicio de la parábola del padre misericordioso (cf. Lc.  15, 11). Un hombre tenía dos hijos, y a la larga nos damos cuenta que muy distintos. Uno de ellos era públicamente pecador y arrepentido; el otro era el supuestamente justo que vivía en la casa del padre. El menor, el pecador arrepentido, resulta ser, a pesar de la distancia, el que mejor comprende al padre. Lo conoce tanto que fue capaz de volver tras dilapidar su herencia para buscar comida. El mayor, el justo, a pesar de convivir con el padre, no lo conocía, y creyó que echaría a patadas al menor, en lugar de recibirlo con un agasajo. En el caso de hoy, el fariseo es como el hermano mayor, que se cree conocedor de Dios y lo identifica como un despreciador de publicanos. El publicano, en cambio, sabe que la médula de Dios es el amor, y allí está el perdón. Sabe que puede ir al Templo a implorar perdón y que lo recibirá. No tiene valor para levantar la frente, pero confía en que será levantada por el Padre.

El Evangelio de Jesús predica al Dios en el que cree el publicano. El Dios de los pecadores. Afirmar que un adúltero o un ladrón pueden conocer más a Dios que un teólogo o que un miembro del clero, es arriesgado. Sin embargo, la parábola lo deja entrever. Muchos, en la Iglesia, pretenden comercializar la salvación con Dios. Que se salven los que traigan una lista más grande de buenas obras. Pero Jesús propone que el ensalzado sea humillado y el humillado ensalzado. La salvación no está en la cantidad de buenas obras, sino en la capacidad de reconocer las limitaciones. Saberse débil para ser completado por Dios. Saberse pequeño para ser engrandecido. Saberse último para ser primero. La evangelización, por ende, no puede focalizarse en determinar las condiciones de la salvación. Muchos misioneros organizan reuniones para transmitir cuáles son las exigencias que abren la puerta del Reino, a saber: no robar, no matar, no levantar falso testimonio ni mentir, no codiciar bienes ajenos, etc. Pocos comunican la plenitud que viene de Dios. Pocos explican que a Dios no se le presenta la historia buena, sino la historia per-vertida para que Él la vuelva historia con-vertida. Eso es lo que hace el publicano: lleva al Templo su per-versión para hacer efectiva su con-versión.

¿Cuántos de nuestros templos aceptan historias pervertidas en su seno? ¿A cuántos arrepentidos se les abren las puertas? ¿En cuántas Eucaristías dejamos poner sobre el altar lo incompleto? Tenemos la errónea concepción de que a las celebraciones sólo se puede llevar lo considerado justo. Por eso no recibimos a los pecadores públicos y miramos con mala cara a quien se equivoca en algún paso del ritual litúrgico. Todo debe ser perfecto para demostrarle a Dios nuestra perfección y, así, que no lo necesitamos. ¿Será ese el tipo de oración que quiere el Padre? ¿Le gustan las oraciones farisaicas, donde alardeamos nuestras buenas obras? ¿No querrá más bien ver los templos repletos de pecadores, de gente incompleta? ¿No querrá últimos, humildes, pequeños? La forma que elijamos para orar/celebrar es la forma de pararnos frente a Dios: con el corazón altanero (“El corazón altanero es abominable para el Señor, tarde o temprano no quedará impune” del Prov. 16, 5) o con el corazón contrito (“Tú no desprecias el corazón contrito y humillado del Sal. 51, 19b).