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No nos preguntó qué religión teníamos / Fiesta de Jesucristo Rey del Universo – Ciclo A – Mt. 25, 31-46 / 20.11.11

Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a su izquierda.

Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: “Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver”. Los justos le responderán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?”. Y el Rey les responderá: “Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo”.

Luego dirá a los de su izquierda: “Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles, porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber; estaba de paso, y no me alojaron; desnudo, y no me vistieron; enfermo y preso, y no me visitaron”. Estos, a su vez, le preguntarán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de paso o desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido?”. Y él les responderá: “Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo”.

Estos irán al castigo eterno, y los justos a la Vida eterna. (Mt. 25, 31-46)

Con la Fiesta de Jesucristo Rey del Universo se acaba un nuevo ciclo litúrgico. La cumbre es el reconocimiento de Jesús con toda su carga cristológica, sobre todo en su rol de Rey universal. En un mundo que avanza, no con la rapidez que se quisiera, hacia modelos democráticos, la celebración no termina de ensamblar. Cuando fue instituida, en 1925, por el Papa Pío XI, significó una proclama de la institución eclesial, justamente, contra los modelos democráticos que llevaban, indefectiblemente, a la pérdida de autoridad de la Iglesia en el mundo moderno. No había razón para dejar las monarquías y las estructuras jerárquicas, sobre todo si eso desplazaba el poder papal y curial de las esferas de decisión. Con la Fiesta de Jesucristo Rey se recordaba a la orbe que este rey universal tenía un representante en la tierra, un rey vicario encargado de gobernar por Él. El mundo tenía que escucharlo, obedecerlo, y dejarse guiar. Evidentemente, el mundo siguió su marcha y la fiesta quedó, obligando a una reinterpretación que la coloque en su lugar debido. Como cierre del ciclo litúrgico, sobre todo en este Ciclo A que se leyó el Evangelio según Mateo, parece adecuada la perícopa seleccionada. Esta visión profético-apocalíptica del Hijo del Hombre reinando es la última presentación del libro antes del inicio del relato de la pasión, donde la angustia, la tortura y la crucifixión parecen destruir la ilusión del Rey del Universo. Para nosotros, celebrantes de esta época, es la visión final que nos llevará a comenzar un nuevo ciclo, una nueva etapa, una nueva re-lectura de los hechos de Jesús. Como Mateo nos invitará a releer sus capítulos 24-25 (y todo su Evangelio) a la luz de los capítulos 26-27-28, la liturgia católica nos invitará a leer el final glorioso del ciclo desde el inicio de lo que vendrá a continuación: la prédica profética con que se abre el tiempo de adviento. Puede que la celebración quede descontextualizada y que el título de rey sea, teológicamente, difícil de aplicar al mundo presente, pero tiene esta lectura de hoy una persistencia histórica que, ante la crisis capitalista manifiesta, marca el camino de salida.

La gran disputa exegética sobre esta imagen del juicio final versa en dos cuestiones fundamentales: quiénes son las naciones y quiénes son los pequeños. No es lo mismo que las naciones sean sólo los pueblos gentiles, o que sean el mundo entero: judíos, judeo-cristianos, gentiles, gentil-cristianos. Tampoco es lo mismo que los pequeños sean los marginados y pobres en general, o que la referencia específica sea para los discípulos de Jesús hechos marginales por el Reino de los Cielos. Una de las posibilidades interpretativas es que el juicio evalúe cómo se ha recibido a los discípulos misioneros de la Iglesia en su recorrido por el mundo para anunciar el Evangelio. La otra posibilidad es que se juzgue según el criterio del amor al prójimo, sobre todo al prójimo en necesidad urgente. Hay argumentos a favor de ambas posiciones. Lo cierto, y desconcertante, es que los juzgados no tienen conciencia de la identificación que el Hijo del Hombre les hace ver: lo que han hecho con los pequeños lo han hecho con Él. Ni las ovejas ni los cabritos, ni los de la derecha ni los de la izquierda lo han entendido por completo. Esto parece ser un indicativo de que los juzgados tienen poco conocimiento del Evangelio y del Cristo. De ser así, este juicio presentado por Mateo cambia drásticamente el paradigma religioso. Ya no hay un juzgamiento por la fe específica ni por la pertenencia a tal o cual asamblea o comunidad eclesial. El juicio tiene que ver con el amor manifestado. ¿Manifestado hacia quiénes? Hacia los hambrientos, sedientos, forasteros, desnudos, enfermos y presos. El texto no habla de otros pequeños que no sean estos.

Estos pequeños son, en vocablos especializados, sacramentos del Hijo del Hombre. Considerando la condensación cristológica de esta perícopa, los pequeños se encuentran asociados y plenamente llenos de esa cristología. Hablamos de condensación cristológica porque, por lo menos, cuatro títulos son asignados a Jesús en esta visión. Desde el inicio es el Hijo del Hombre, título que recorre todo el libro de Mateo, muy asociado a lo escatológico y a la visión gloriosa del mismo (cf. Mt. 10, 23; Mt. 13, 41; Mt. 16, 27-28; Mt. 19, 28; Mt. 24, 30; Mt. 26, 64). Pero también es rey sentado en el trono que separa a los de la derecha de los de la izquierda, como desde el principio del Evangelio es rey nacido en la pobreza que inquieta a los reyes de la tierra (cf. Mt. 2, 1-8). No obstante estos dos títulos, se agrega la imagen del pastor. Al hablar de ovejas y cabritos que deben ser separados, se hace referencia a la práctica palestina de llevar juntos, durante el día, ambos tipos de animales, para poner los cabritos en resguardo durante la noche (debido a que son más débiles) y dejar las ovejas a la intemperie. Al acudir al Cristo Pastor, Mateo hace eco de Ez. 34, 17-22, en el amplio contexto del capítulo 34 del profeta que rechaza a los pastores infieles de Israel para que Dios recupere, en propia persona, el pastoreo de su pueblo. Este pastor, en Ezequiel y en Mateo, termina siendo juez. Juzgará entre oveja y oveja, entre carnero y chivo (cf. Ez. 34, 17), entre ovejas y cabritos (cf. Mt. 25, 32-33). La separación recuerda las imágenes parabólicas del trigo y la paja (según Juan el Bautista en Mt. 3, 12), el trigo y la cizaña (cf. Mt. 13, 30) o los peces buenos y malos (cf. Mt. 13, 48-49). En este caso, los ángeles no son descriptos realizando la acción de separar, aunque sí con mencionados como acompañantes del Hijo del Hombre.

Los pequeños son, entonces, una condensación cristológica. Paradójicamente, estos títulos de grandeza (Hijo del Hombre, rey, pastor, juez) terminan siendo resumidos en la vida de los pequeños, y el reconocimiento de Jesús como Mesías y Señor, no proviene de lo mucho que puedan proclamarse con los labios los cuatro títulos enunciados, sino del amor manifestado en concreto hacia el prójimo más necesitado. Las seis acciones que son parámetro de juicio resultan tradicionales del Antiguo Testamento como obras piadosas para con el desvalido (cf. Job. 22, 6-7; Is. 58, 6-7; Ez. 18, 7-8; Tob. 4, 16-17). La más difícil de rastrear es la de visitar al preso. Puede suponerse que es un agregado cristiano ante la realidad de los discípulos que son constantemente puestos en prisión por el Evangelio. De todas maneras, la más honda tradición veterotestamentaria respalda esta cosmología: lo inefable, lo todopoderoso, lo inalcanzable, lo infinito, es palpable es el marginado, en el pobre (la viuda y el huérfano), en el pequeño. Para la comunidad mateana, probablemente ubicada en la ciudad de Antioquia, los marginados no eran muy distintos a los marginados de las grandes urbes actuales, localizados en la periferia, en asentamientos. Allí está la revelación cristológica, allí está el secreto del discipulado. Como ya advertimos, los paradigmas religiosos son derribados. Los títulos de la cristología no quieren decir que Jesús está separado del mundo, desentendido de las situaciones humanas. Al contrario. Jesús siempre está, no al lado de los marginales, sino en los marginales. Se condensa sacramentalmente en el pobre, en el hambriento, el sediento, el forastero, el desnudo, el preso, el enfermo. Por eso es difícil para los religiosos entender este juicio del Hijo del Hombre, y por eso es alentador para los no cristianos. Los primeros se ven desconcertados, porque todo su énfasis estaba puesto en lo que llamaban fe, en el cumplimiento de preceptos eclesiásticos, en cultos pomposos, mientras del otro en necesidad desaparece del firmamento. Los segundos se ven incluidos en un juicio universal que supera las barreras religiosas clásicas para situarse en la dimensión real y verdadera de la religión: el amor. Todos pueden ser juzgados por el amor, por cómo respondieron ante el prójimo en necesidad. No hace falta presentar credencial de membresía ni el diezmo al día, pues Cristo está en el otro.

La única salida a las crisis económicas históricas (a la crisis mundial actual) está como respuesta en esta lectura. No sirven las indicaciones del FMI ni los recortes, sino la solidaridad, la acción concreta a favor de los más desprotegidos. El mundo es juzgado según el amor que manifestó, no de acuerdo a las cátedras económicas de Harvard. El mundo mejora cuando el hambriento tiene para comer, el sediento para beber, el desnudo tiene vestido, el preso y el enfermo son visitados y asistidos, y el forastero (el inmigrante) es acogido con confianza. Mientras el Cuerno de África siga muriéndose de hambre y sed, mientras las prisiones sigan siendo espacios inhóspitos de maltrato y tortura socialmente aceptados, mientras las leyes de inmigración sigan denigrando a sudamericanos, negros y partidarios de religiones distintas, nada puede mejorar. La religión institucional también tiene su parte, y está llamada a modificar radicalmente su posición. Ya no puede pensarse el universo en términos absolutos de los de adentro y los de afuera. Ya no puede mantenerse la posición cómoda de desentendimiento conveniente cuando peligran los beneficios, y acercamiento circunstancial cuando se ofrecen arreglos. Esa religión no sirve a los pequeños, sino a los poderosos, y continúa contribuyendo a un mundo de desigualdad (que equivale a un mundo sin amor al prójimo). El juicio final presentado por Mateo es una alerta profética del Cristo a su Iglesia: hay que dejar de buscar soluciones en los libros y encontrarlas entre los pobres. La salida a la crisis es la entrada al mundo de los marginados.

4 preguntas para repensar las misiones laicas (en el mes de las misiones)

Hay muchas preguntas que hacerse en el campo misionero. Preguntas que si no nos hacemos y no intentamos responder, serán nuevamente un futuro histórico que se nos adelanta mientras, como Iglesia, llegamos cien años tarde. Hay que rever el triple campo de acción misionera (pastoral, nueva evangelización y ad gentes) que ya no responde a la realidad actual; hay que rever el diálogo interreligioso, que ya posee un campo teológico importante como para sentar posiciones claras; hay que rever el papel de los laicos en la misión (así como teológicamente habría que rever la validez de la división entre laicos y religiosos). Aquí van cuatro preguntas para abrir el diálogo sobre la última cuestión, la de los laicos. Hay muchas más, pero se tiene que empezar por algo.

  1. ¿Qué es lo secular?: tradicionalmente se dividieron los campos de misión entre ministros ordenados o religiosos y laicos. Los primeros se encargarían de las cosas sagradas y los segundos de la evangelización del mundo secular. Esta partición misionera es válida si se considera válida la división entre lo sagrado y lo profano. Ahora bien, ¿qué pasa si esa división es irreal? ¿Qué pasa si no hay un límite preciso entre lo sagrado y lo secular? Entonces se vuelve inviable la separación entre lo que corresponde evangelizar a un laico y lo que corresponde a un ministro ordenado. Es un desafío para esta época superar esa división que esconde una falacia desmontada por Jesús (y por la mejor tradición del Antiguo Testamento): Dios (y el Evangelio) es una realidad transversal a todo, que afecta la existencia por completo. Lo secular y lo sagrado lo hemos dividido nosotros, pero la misión busca afectar la existencia completa del ser humano, abordándolo desde su totalidad, no compartimentalizado.
  2. ¿Quién avala el envío?: una práctica frecuente cuando laicos son enviados de misión es que se firme un contrato inter-diocesano, o inter-congregacional, o diocesano-congregacional. En cualquiera de los casos, suele ser un sacerdote o un obispo quien rubrica y avala el envío. Hoy por hoy, esto debería resultarnos, al menos, incómodo. ¿Cuál es el argumento para que una sola persona, que muchas veces no conoce en profundidad al laico enviado, sea el autorizador? Esto es recaer en paternalismo, en la concepción de que la misión laica vale, siempre y cuando haya detrás un ministro ordenado. Pero los laicos pueden avalar a los laicos. Una rúbrica jerárquica contradice el envío comunitario, lo desdice. Es un desafío animarnos a la democratización del aval de envío. Lo que debe estar detrás de un misionero laico es una comunidad laica, de iguales, no una estructura institucional y jerárquica.
  3. ¿Cómo se forman los misioneros laicos?: la formación de los misioneros laicos suele pensarse según los tiempos de quienes no viven la vida que viven la mayoría de los laicos, entre ocupaciones, estudios y trabajo. Si no se logra crear un esquema formativo adecuado para que los laicos con agendas llenas puedan acceder a una buena educación misionera, la oferta seguirá recayendo en los lugares comunes, involucrando siempre a las mismas personas, y perdiendo de vista a laicos que potencialmente se involucrarían si se tuviesen en cuenta sus dificultades propias de una existencia inmersa en el mundo secular. Para esto, los institutos misioneros o centros de formación misionera, necesitan estar dirigidos, primordialmente, por laicos. Y específicamente, por laicos que comprendan los tiempos del mundo, del trabajo, del estudio y de la familia. Los centros formadores tienen el desafío de entender el cronograma de la vida laica.
  4. ¿Quién sostiene al misionero laico?: en estos tiempos que corren, quizás sea necesario retomar con fuerza la propuesta de Pablo de no ser una carga para nadie, y ganarse con su propia profesión el sustento para su evangelización. Si bien es bueno que las comunidades eclesiales participen en el sostenimiento de los misioneros enviados, también es cierto que eso puede derivarse en dos cuestiones: que el misionero contraiga una deuda con la comunidad que lo ha enviado, y que se vea obligado a devolver a la Iglesia un equivalente (en tiempo, por ejemplo) a lo que la Iglesia ha dado por él; o que el misionero con una profesión se vea desligado de la misma, porque no necesita de ella para subsistir en tierra de misión, lo que lo lleva a dedicarse con exclusividad a las cosas sagradas (preparar sacramentos, hacer celebraciones, etc.), en detrimento de su presencia en el mundo laboral de la existencia cotidiana. Ante la crisis económica mundial, puede resultar muy viable que el misionero tenga un trabajo en la tierra de misión. No sólo se sostendrá a sí mismo, sino que abrirá sus ámbitos de evangelización.

Una economía a prueba de pobres / Octavo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 6, 24-34 / 27.02.11

Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien, se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero.

Por eso les digo: No se inquieten por su vida, pensando qué van a comer, ni por su cuerpo, pensando con qué se van a vestir. ¿No vale acaso más la vida que la comida y el cuerpo más que el vestido? Miren los pájaros del cielo: ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros, y sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. ¿No valen ustedes acaso más que ellos? ¿Quién de ustedes, por mucho que se inquiete, puede añadir un solo instante al tiempo de su vida? ¿Y por qué se inquietan por el vestido? Miren los lirios del campo, cómo van creciendo sin fatigarse ni tejer. Yo les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vistió como uno de ellos. Si Dios viste así la hierba de los campos, que hoy existe y mañana será echada al fuego, ¡cuánto más hará por ustedes, hombres de poca fe! No se inquieten entonces, diciendo: ¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos?. Son los paganos los que van detrás de estas cosas. El Padre que está en el cielo sabe bien que ustedes las necesitan.

Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura. No se inquieten por el día de mañana; el mañana se inquietará por sí mismo. A cada día le basta su aflicción. (Mt. 6, 24-34)

Continuando con el sermón del monte del Evangelio según Mateo, la liturgia dominical nos acerca al final del capítulo 6 del libro. El tema de la perícopa seleccionada parece ser la providencia y la actitud del ser humano frente a ella. En este caso, providencia tiene mucho que ver con el Reino de Dios. Quizás, normalmente estemos acostumbrados a pensar los dos conceptos por separado. Una cosa sería la providencia, aquella bondad divina que nos proporciona medios de subsistencia, y otra cosa sería el Reino de Dios, realidad escatológica de plenitud de la Creación. Como si la primera tuviese lugar en la línea histórica que nos ocupa, y lo segundo, el Reino, estuviese al final del camino. Pertenecerían a dos etapas diferentes. Jesús, en cambio, las unifica: quien busca el Reino y la justicia, encuentra la providencia. Otro juego de conceptos se revela aquí: hay cosas centrales y cosas periféricas, que no tienen el mismo valor y que si no sabemos diferenciarlas, nos llevan a tomar malas decisiones. El centro es el Reino y la justicia del Reino; lo demás es periférico. Quien opta por lo central está afectando lo periférico, aunque no se dé cuenta de ello inmediatamente.

Bajo esas ideas se desarrollan las palabras de Jesús. Mateo las ha conservado todas juntas en esta sección; Lucas las ha dividido un poco en Lc. 12, 22-31 y Lc. 16, 13. Como siempre hay modificaciones, pero responden a una fuente común, que los estudiosos denominan la fuente Q. En Mateo, particularmente, el contexto de su auditorio judeo-cristiano lo lleva a elaborar modismos literarios acordes a sus destinatarios, como por ejemplo la inclusión del término justicia. En Mateo, lo justo y la justicia son tópicos clave, como corresponde a un hebreo. Cumplen la justicia (son justos) los que se suman al proyecto de Dios que es el Reino. Son bienaventurados los que desean que se concrete el Reino (cf. Mt. 5, 6) y los que soportan persecuciones por ser leales a ese Reino (cf. Mt. 5, 10). No se trata de una justicia exterior, litúrgica, cultual, como la de los escribas y fariseos, que aparentan (cf. Mt. 5, 20); es una justicia que se realiza sin esperar recompensa (cf. Mt. 6, 1), que trae las demás cosas por añadidura (cf. Mt. 6, 33), que es lo más importante de la Ley (cf. Mt. 23, 23). Se busca la justicia cuando se entrega la vida a la utopía divina de un mundo pleno. Por eso José, esposo de María, es un justo (cf. Mt. 1, 19), y también Abel, el hermano de Caín (cf. Mt. 23, 35), y quien recibe a un justo se hace justo (cf. Mt. 10, 41). Son los que no ponen obstáculos al desarrollo del plan de Dios, y por ende, son los que confían en la providencia, no pasivamente, de brazos cruzados, sino esperando confiados. A los justos les corresponde el Reino de Dios, no por sus méritos con los que se lo habrían ganado, sino porque el Reino llegó a ellos al no encontrar obstáculos; sus vidas se hicieron Reino.

Una característica del justo del Reino es que ha elegido a su Señor. Su Señor es Dios, no el dinero. La frase con la que iniciamos la lectura de hoy, y que también está en Lc. 16, 13, tiene una estructura concéntrica que se respeta en las versiones de ambos evangelistas:

a. Ninguno (ningún criado) puede servir a dos señores;

b. porque aborrecerá a uno y amará al otro,

b´. se apegará a uno y despreciará al otro;

a´. no se puede servir a Dios y a Mamón.

Los dos extremos de la frase se corresponden, son sentencias. En el centro hay dos afirmaciones muy similares que explican y dan la razón de las sentencias. No se puede tener dos señores porque la lealtad a uno de ellos termina siendo irreal. En el caso de Mamón y de Dios no hay compatibilidad, son señores opuestos. Sobre el término Mamón no está bien claro su origen. Algunos lo adjudican al fenicio mommon que significa beneficio, utilidad; en arameo, ni la Biblia en hebreo ni la traducción griega lo conservan; el Nuevo Testamento lo conserva como palabra aramea, y su significado directo puede ser ración, alimento, provisión, depósito o prenda. En definitiva, siempre se trata de posesiones materiales, de bienes capitales. Con el tiempo, estos bienes se transforman en una figura, un poder personificado que representa al dinero, a las riquezas. En este sentido lo utiliza Jesús. Mamón es un dios, el dios de las riquezas. El ser humano puede convertirse en siervo de este dios, hasta el punto de entregarle su existencia. Cuando eso sucede, Yahvé ha sido desplazado.

Pero la cuestión no termina aquí. Este dios de las riquezas es falso, y por ser falso, no libera, sino que esclaviza. Mamón exige estar pendiente de él, intentando aumentar los bienes, mantener un status social, comprar lo último, lo mejor. Jesús repite el verbo merimnao en cinco ocasiones (versículos 25, 27, 28, 31 y 34), que en griego significa afanarse, estar ansioso. Cuando nos dominan las riquezas, aparece la preocupación exagerada por lo material, que conlleva una ansiedad enferma. Esa ansiedad esclaviza al ser humano, que no puede ser libre para hacer tal o cual cosa. La sobre-preocupación por la comida, por el vestido, por el día de mañana, en cuanto estas cosas representan lo económico, causa enfermedad. Jesús, experto observador de la naturaleza, hace notar que los pájaros del cielo se alimentan sin cosechar ni acumular en graneros (típicas actividades económicas humanas), y que los lirios del campo están vestidos majestuosamente sin ser reyes (figura social típicamente asociada a las riquezas). Si los pájaros y los lirios son tratados así por la providencia, cuánto más lo serán los varones y mujeres. Recordemos que en la región mediterránea del Siglo I, sobre todo en la zona de Palestina, dos cuestiones eran vitales para la humanidad: el honor y la subsistencia. En este pasaje, Jesús se está refiriendo a la subsistencia. Para los oyentes ricos, estas palabras son una bofetada, un llamado enérgico de atención. Para los oyentes pobres, para los campesinos de Galilea, estas palabras son una esperanza. A la preocupación diaria de subsistir, de conseguir los bienes materiales necesarios, Jesús opone/propone la visión del Dios Padre y del Reino. Es una visión idílica, pero real y necesaria. El mundo no cambia ni se salva desde la acumulación de capitales, sino desde la confianza en Dios y el cumplimiento de la justicia, que consiste en no oponerse al proyecto del Reino. Hay que confiar, dice el Maestro. No confiar ciegamente; de eso no se trata la fe ni la esperanza. Hay que confiar desde el compromiso activo con la providencia; ese compromiso implica no tranzar ni negociar con las riquezas.

Jesús no elabora un modelo económico como lo hacen los grandes economistas de Harvard que despliegan por el mundo el neoliberalismo. Esos modelos no tienen en cuenta a los seres humanos. Se diseñan en oficinas suntuosas, entre intelectuales de saco y corbata, sin consultar a los pobres. Lo que Jesús trae, en cambio, es una actitud de vida. Y eso que trae está gestado en el seno de los pobres, en Galilea, en los campos. Jesús puede hablar de economía porque vive la vida de los pobres; ¿quién mejor que alguien como Él? ¿A quién creerle más: a Harvard o a Jesús? El lema del mundo (el lema que está sumiendo al mundo en pobreza) es que el mercado manda. Traducido en términos bíbicos: Mamón manda. Si es así, entonces Yahvé, el Padre de Jesús, ha quedado en algún cajón escondido. No es una dicotomía vieja, de hace dos mil años. Aún hoy vale preguntarse a quién servimos, quién nos quita el aliento, quién consume nuestras vidas, qué tipo de existencia llevamos.

En la macro-economía interviene Harvard y sus genios. En la micro-economía interviene nuestra posición respecto a los bienes. ¿Estamos ansiosos, desesperados por el mañana? ¿Estamos pendientes de acumular? ¿Y qué hacemos con el hermano que, en lugar de acumular, sólo puede endeudarse? La crítica a la acumulación como sistema mesiánico de la economía es que se basa en la deuda de otros. Unos pueden aumentar su capital siempre y cuando otros lo disminuyan. Desde esos endeudados es que habla Jesús, desde la experiencia del que gana lo justo para la comida diaria, y hasta menos. Son ellos los que sostienen el sistema injusto, no por propia decisión, sino por opresión. Sin los endeudados, nadie podría acumular de más. Es en ellos que debemos pensar cuando proyectamos modelos económicos. Esto está más allá del capitalismo y del socialismo como polaridades que absorben las posibilidades de construir la sociedad. Esto se trata de seres humanos; la economía que no se piensa desde los seres humanos es una mentira, una falacia. Para nuestro día a día vale lo mismo: si pensamos nuestros bienes desde nosotros, desde el egoísmo, entonces nos mentimos; si los pensamos desde el endeudado, desde el prójimo en miseria, cambia la perspectiva. El pobre es el que determina qué hacer con los capitales, no los dueños del capital, que a la larga, en la mirada del Pentateuco, de los Profetas y de Jesús, no son los verdaderos dueños, pues todo pertenece a Dios, y Dios quiere que todo sea de todos. Distribuir la riqueza es, en definitiva, más que un objetivo político o el motivo de una campaña electoral, hacer la justicia del Reino.

Navidad en palabras de amigos

Dejo dos textos, de dos amigos, dos compañeros de milicia, dos cristianos (en un mundo donde ese título es difícil de aplicar a conciencia a alguien). El primero es de Lucas (primera foto), el segundo de Josías (segunda foto). ¡Feliz navidad!

♫♫Que los cumplas feliz, ♫♫

♫♫ que los cumplas feliz, ♫♫

♫♫ que los cumplas, ♫♫

♫♫ Jesús querido, ♫♫

♫♫ que los cumplas feliz. ♫♫

.

.

.

Y que yo sea parte de tu felicidad.

Y que mi vida sea motivo de tu alegría y honor.

Y que no me deje atrapar por los Gordos navideños del dios Mamón,

y que rechace el consumismo que no me llena,

y que el amor y la bondad no sean ficciones de fin de año.

Que todas mis fuerzas estén concentradas en vivir como viviste,

en sentir lo que sentiste mientras caminabas entre nosotros,

en dolerme con seres humanos y con ellos celebrar tal como lo hiciste vos.

Que mi vida te haga nacer de nuevo, como un villancico.

Y que cumplas muchos más.

El nacimiento de alguien.

Eso es Navidad. “La gente en realidad aprovecha para chupar y tirar cuetes”.

Si, y está bien. Pero nunca está de más ver el lado positivo de esta cultura cristiana que fue absorvida por el capitalismo de occidente. (por ende, de cristiana solo tiene la cáscara).

El día de ayer, 22 de diciembre de 2010, se condenó a Carcel común y perpetua a algunos de los torturadores y asesinos de la última dictadura en la Argentina. Ellos decian defender “nuestro estilo de vida”, y que lo hacían en “una guerra justa contra los terroristas marxistas”.

Al igual que ellos, hace 2 mil y pico de años, un gobernador se enteró de que iba a nacer un rey que traería libertad al “pueblo de Dios” (se malinterpretó y se creyó que era solo a los judíos). La cosa es que este Rey, era Dios. Entonces el gobernador, ni lento ni perezoso, decidió matar a todos los niños que nacieran, para poder “defender el estilo de vida del imperio romano” y mantener la paz que la dominación por las armas había conseguido.

Obviamente, el Rey que era Dios, no murió. Porque se fué a otro país, exiliado político.

Este Rey vivió algo muy parecido a lo que vivieron miles de argentinos. Lo que este Rey no pudo ver, mientras estuvo en la tierra, fué a ese gobernador ser juzgado por la justicia. Algunos argentinos y argentinas, ayer lloraron de emoción. No se alegraban de que “pagaran esos asesinos” (como pretenden hacernos pensar algunos fantasiosos troskistas que por dentro estan llenos de odio y violencia), en realidad lloraban porque una herida en su vida comenzaba a cerrar. Ahora veríamos si los perdonamos, o si los odiamos o si lo olvidamos… Lo emotivo viene después de la justicia.

Y este Rey, que era Dios, vino a hacer justicia. Pero no del tipo de justicia barata como esta republicana moderna, una justicia real. Dió alimento a los pobres, sanó las enfermedades de los enfermos, cuidó a las viudas y a los huérfanos (¿les suena H.I.J.O.S. o Madres de plaza de mayo?), no hizo distinciones entre extranjeros o locales, hombres o mujeres, niños o adultos, ricos ni pobres, salvos o pecadores… y además, pagó con su vida la ideología que sostenía. Nunca agarró a palos a nadie, nunca anduvo en la clandestinidad, nunca hizo acuerdos en el senado (porque el partidismo es para corrupción) como la Cinthia Hotton que se hace la honesta y trabó la aprobación del presupuesto que entre miles de cosas, va para la asignación universal para niños que viven en la pobreza como el pequeño niño Jesús que nació en un establo.(¡Pero que bien!, ella tiene la conciencia limpia) Esos egoísmos no son para Navidad. Esos egoísmos no son de seguidores del Cristo (que significa que admito que ese Jesús era Dios, lo resumo con una sola palabra).

Ese Jesús vino a traer justicia. Vino a traer equidad. Eligió para ello nacer entre los humildes, que es donde Dios siempre está. El quiere la dignidad de los hombres y en la carencia material está la primera tarea a resolver. Para eso, se encargó de la parte difícil, que es la parte espiritual. Pagó el crimen de la humanidad frente a Dios, sufrió el castigo en su carne. Hizo justicia, fué a la muerte en lugar de todos nosotros por los crímenes de lesa humanidad que constantemente nos hacemos a nosotros mismos, estamos absueltos frente a Dios. La parte posible y 100% realizable se las deja a los seguidores suyos que casualmente, son los que se oponen al “estilo de vida” de estos militarotes; son casualmente los que como Camilo Torres, Angelelli, el Che y Jesús mismo recorren sus países ayudando al pobre hasta dar su vidas por el bien de las mayorías. Todos estos “terroristas marxistas” no hacen otra cosa que defender una idea, es la misma, pero Carlitos Marx la resume con genialidad:

“El fundamento de la crítica irreligiosa es que el hombre hace la religión, la religión no hace al hombre.(…) Pero el hombre no es un ser abstracto, agazapado fuera del mundo. El hombre es su propio mundo, Estado, sociedad; Estado y sociedad que producen la religión, conciencia tergiversada del mundo, porque ellos son un mundo al revés. La religión (…) es la realización fantástica del ser humano, puesto que el ser humano carece de verdadera realidad.”

Por eso les digo a todos los religiosos, no importa en que fantasía crean, esto se trata de tener los pies en la tierra. Que vergüenza que tenga que venir del cielo un Dios a enseñarnos a vivir como humanos, con los pies en la tierra…
Crean o no en Jesús, sepan esto: es hora de que nazca la justicia en nuestra tierra, de que nazca la humildad y de que nazca la compasión entre los hombres. Basta de estos militarotes (incluído Perón) que quieren organizar el mundo cortando cabezas enemigas y regalando cosas a los amigos (es indistinto amigo de quién sea)… no señor, la verdadera vida crece cuando el pueblo riega su futuro con su sudor y con sus lágrimas. Entonces cosecharemos el vino y el pan, para reír y disfutar que estamos vivos.

festejar la navidad, es festejar que lo que nace es lo que nosotros engendramos. Hagamos con amor un mundo mejor.

Algunos cobran por su fe / Vigésimoseptimo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 17, 5-10

Los Apóstoles dijeron al Señor: “Auméntanos la fe”. El respondió: “Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, y dijeran a esa morera que está ahí: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’, ella les obedecería.

Supongamos que uno de ustedes tiene un servidor para arar o cuidar el ganado. Cuando este regresa del campo, ¿acaso le dirá: ‘Ven pronto y siéntate a la mesa’? ¿No le dirá más bien: ‘Prepárame la cena y recógete la túnica para servirme hasta que yo haya comido y bebido, y tú comerás y beberás después’? ¿Deberá mostrarse agradecido con el servidor porque hizo lo que se le mandó? Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les mande, digan: ‘Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber’. (Lc. 17, 5-10)

El texto litúrgico de hoy comienza con una frase reconocida de Jesús sobre la fe que es del tamaño de un grano de mostaza. En primera instancia, si rastreamos a través de los Evangelios la figura de la mostaza, la encontraremos en dos perspectivas conectadas. Se la utiliza para comparar el Reino de Dios, que se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en un campo y, aún siendo la más pequeña de las semillas, llega a convertirse en un arbusto donde se refugian los pájaros (cf. Mt. 13, 31-32; Mc. 4, 31-32; Lc. 13, 19); y para hablar de la fe, de la cual abundaremos más adelante. Lo importante y concordante es que siempre el punto de inflexión es lo pequeño que lleva a lo grande. La parábola del grano de mostaza está en relación directa con la de la levadura que hace fermentar toda la masa (cf. Mr. 13, 33 y Lc. 13, 20-21). Lo minúsculo, lo insignificante, tiene un poder inesperado para el que no conoce la dinámica del proceso. Quien no sabe nada de semillas ni de campo, no puede suponer que el grano de mostaza crezca hasta 3 metros de alto. Quien no sabe nada de panadería ni de cosas de la cocina, no puede suponer que tan poca levadura haga leudar kilos y kilos de masa. Ahora bien, este factor sorpresa desaparece cuando se trata de conocedores del tema, como seguramente lo eran los oyentes de Jesús. Tanto los campesinos como las amas de casa sabían que un grano pequeño de mostaza se convierte en arbusto y que la levadura hace fermentar toda la masa. Pues bien, para ellos, la sorpresa está en la comparación misma. El Reino de Dios, que cualquier judío asociaría con un hecho grandioso, de dimensiones cósmicas, inabarcable, resultar ser diminuto, imperceptible. Ese es el giro sorpresivo de las parábolas. A un concepto supuestamente entendido se lo cuestiona desde las imágenes cotidianas. El Reino no es una demostración aparatosa de Dios, sino un trabajo de amor que se va gestando en lo secreto.

Pasando a la utilización de la mostaza en el tópico de la fe, la analogía es similar. Lo curioso es cómo cada evangelista adoptó distintas modalidades para expresar la misma idea. Para Marcos no existe grano de mostaza: “Porque yo les aseguro que si alguien dice a esta montaña: ‘Retírate de ahí y arrójate al mar’, sin vacilar en su interior, sino creyendo que sucederá lo que dice, lo conseguirá” (Mc. 11, 23). Para Mateo hay dos imágenes plásticas. La primera es la del grano de mostaza: “Porque ustedes tienen poca fe, les dijo. Les aseguro que si tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, dirían a esta montaña: ‘Trasládate de aquí a allá’, y la montaña se trasladaría; y nada sería imposible para ustedes” (Mt. 17, 20). La segunda es, como Marcos, la de la montaña: “Jesús les respondió: “Les aseguro que si tienen fe y no dudan, no sólo harán lo que yo acabo de hacer con la higuera, sino que podrán decir a esta montaña: ‘Retírate de ahí y arrójate al mar’, y así lo hará” (Mt. 21, 21). Como vemos, hay dos tradiciones al respecto: la de Mc-Mt y la de Mt-Lc (que podemos asociar con la fuente Q). La primera habla de una fe que arroja montañas al mar, sin mención al grano de mostaza. La fuerza de la imagen habla por sí sola. Basta mirar una montaña para entender cuál es el punto del Maestro que juega entre los antagónicos de la posibilidad/imposibilidad. La segunda tradición difiere en sí misma. Tanto para Mateo como para Lucas la fe es como un grano de mostaza, o sea, pequeña; pero mientras Mateo vuelve a mover una montaña, Lucas moviliza esta vez una morera (o un sicómoro, de acuerdo a la traducción). Las imágenes no son contrapuestas. Tanto mandar una montaña a que se traslade como mandar a una planta que se desarraigue y se plante en el mar hablan de posibilidad/imposibilidad. Aquí no hay elementos culturales o folclóricos conocidos por la audiencia del Maestro (en este caso, por los discípulos). Se los insta a una fe superadora, superior, gigante, imposible. El juego está en la propuesta de hacer posible lo imposible. Para los visionarios, aquí se prefigura la fe necesaria en la resurrección. Sólo los discípulos capaces de hacer posible lo imposible pueden entender la pascua. El pedido inicial que propone Lucas, partiendo de boca de los apóstoles, es un pedido que puede ubicarse en la narración del sábado santo, cuando sólo hay sepulcro. Aumentar la fe no es necesario, porque la fe no se mide cuantitativamente. Es preciso perfeccionar la fe en la línea de lo que sólo puede ser confiado a Dios. En la fe entregamos lo imposible al Padre porque creemos que puede hacerlo posible. Entregamos la muerte, barrera infranqueable para nosotros, porque sólo Él puede derrotarla y transformarla.

Deteniéndonos en los interlocutores directos de Jesús en este caso, los apóstoles, no es posible seguir adelante sin asociarlos a los servidores inútiles de la parábola que leemos en la segunda parte de la lectura litúrgica del día. Algunos comentaristas suponen que Lucas se dirige directamente a los dirigentes de su comunidad, demasiado preocupados por percibir algún salario de su servicio apostólico. Ellos son los que piensan cuantitativamente la fe, y piden un aumento. Jesús plantea la situación de acuerdo a la relación amo-patrón de la antigüedad. No podemos ver aquí una apología de la esclavitud; eso sería un anacronismo. Para la época, la figura de Dios como amo, como patrón, no es extraña, y nos atrevemos a decir también que es la figura lógica. La relación amo-esclavo o patrón-cliente es lo habitual en el Mediterráneo del Siglo I. Expresiones como la de 1Ped. 2, 18 se entienden en ese contexto: “Servidores, traten a sus señores con el debido respeto, no solamente a los buenos y comprensivos, sino también a los malos”. En esta relación, se entiende que el esclavo o el cliente están obligados a realizar lo que mande el amo o patrón. Desobedecerlo no tiene sentido, es imperdonable, es la ruptura de un acuerdo social. Porque, en definitiva, toda la sociedad avala este orden. Jesús (¿Lucas?) intenta explicar en la parábola que no se pueden pedir aumentos en el servicio apostólico. Ser apóstol es comparable a ser esclavo mediterráneo en cuanto no hay horas extra de apostolado. No se pueden solicitar aplausos por una tarea que es, justamente, de apostolado. El origen de la palabra apóstol está en el griego apo-stello, que significa ser uno enviado. El envío configura inmediatamente la obligación. Como el esclavo está obligado con el amo y el cliente con el patrón, así está obligado el cristiano con Dios. Su tarea no se mide en tiempo entregado al servicio ni en el gasto que genera. Directamente, su tarea no se mide, no es cuantitativa. Así como el resultado del apostolado no se dimensiona en números, sino en calidad, de la misma manera el trabajo enviado. No hay por qué esperar el aplauso de Dios como pago por algo que ya está pagado. En esta línea de razonamiento arribamos a otro nivel profundo de lectura, que tiene que ver con la mirada teológica. Como ya repetimos incontables veces, la mirada farisea sobre Dios es mercantilista. Lo que se hace busca el reconocimiento divino que se expresaría en una vida abundante de bienes en la tierra y una salvación ulterior. Jesús, al contrario, rompe con ese esquema de retribución, quiebra con esa teología. Para Jesús, el Padre es gratuidad, y por ello no está sujeto a reglas de mercado. Dios no paga las buenas obras. Al contrario, las buenas obras existen porque Dios existe primero. Amamos, parafraseando las cartas de Juan, porque Él nos amó primero (cf. 1Jn. 4, 10.19).

Si bien pedir un aumento de fe puede leerse en sentido mercantil, también puede ser un pedido sincero para entender esta gratuidad divina y esta obligación apostólica. Quizás, Lucas encierra la esperanza de que los dirigentes de su comunidad tengan el deseo de entender su ministerio a la luz de esa gratuidad. La fe que es como un grano de mostaza y que realiza cosas imposibles, es la fe que puede abrir el corazón para ser apóstoles según Dios Padre.

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Hoy estamos en condiciones teológicas de haber superado la imagen patronal de Dios. Y estamos también en condiciones de superar la imagen esclava del ser humano. Lo que menos desea Dios es que sus hijos sean esclavos. Justamente, una de las claves hermenéuticas de la historia de la salvación es que pasamos de la esclavitud a la filiación, como constante del comportamiento divino. Pasamos de la nada a la existencia en la Creación, pasamos de ser esclavos en Egipto a ser peregrinos libres, pasamos del destierro en Babilonia al regreso a la tierra prometida, pasamos de la muerte a la vida asociándonos a la pascua del Cristo. Siempre se trata de ser hijos plenos, de abandonar los estados esclavos. Por eso nos resulta dificultoso asociar, hoy en día, la imagen patronal de Dios con su realidad.

Pues bien, más allá de esta superación teológica, el concepto que explica la parábola de la perícopa es vigente siempre. El ministerio apostólico, sea cual fuere, no se entiende en términos capitalistas de sueldo por determinadas horas; no se pagan más los esfuerzos, no se habla de vacaciones, no hay horas extra. Lo que se hace, las acciones concretas, parten del convencimiento de que deben ser hechas. Se predica el Evangelio porque no hay mejor Buena Noticia que deba ser anunciada; se ama al prójimo porque es hermano, hijo del mismo Padre; se promueve al marginal porque es tan digno como yo. No se cuestiona la esencia del por qué, ya que la explicación está en Dios mismo. Él no es el amo que maltrata y obliga, sino el patrón que ama. No paga sueldos, sino que se adelanta con la gratuidad. La fe en un Dios así, increíble, es la fe pequeña que transplanta árboles al mar con una sola orden. En una época de relativismo, la fe tan absoluta molesta. Y en una época tan capitalista, la gratuidad también lastima. El mensaje de gracia del Evangelio, que se posiciona fuera del mercado y lo ignora, es un atentado social. Aclaramos: un buen atentado social. El Evangelio quiere conmover la manía frenética de valorar las relaciones según una cultura enferma del trabajo. Esta cultura patológica consiste en vivir para trabajar, en convertir todas las actividades en trabajo, y en pensar según el valor monetario del trabajo. Cuando se vive para trabajar no hay fe en el futuro, no hay esperanza. ¿Qué esperar si no hay tiempo para mirar el futuro? La producción le gana la pulseada al ser humano, y mañana no es otro día para cambiar las cosas, sino para asegurarnos de que sigan igual, con las máquinas girando y el mercado sobre rieles. Cuando todas las actividades se convierten en trabajo, la fe vivida también lo es. Amar es un trabajo, colaborar lo es, ayudar, respetar, promover, formar y una larga enumeración, dejan de ser servicios gratuitos para comercializarse. El amor se vuelve mercancía. Finalmente, cuando todo se mide monetariamente, se le pone precio a lo invalorable. El amor cuesta, la solidaridad cuesta, lo desinteresado desaparece.

Saber que Dios no es como los amos mediterráneos del Siglo I alivia. Saber que la parábola sigue vigente también. ¿Qué sería del amor si tuviésemos un sueldo por ser cristianos? ¿Qué sería del Evangelio si Jesús no realizara horas extra? ¿Qué sería la Iglesia si tantos discípulos no hubieran dado la vida sin preguntar qué beneficios económicos les redituaba el martirio? La Buena Noticia tiene una dimensión gratuita que altera cualquier orden establecido, y que la hace siempre fresca, siempre desafiante, siempre rebelde. La Buena Noticia no se conforma con la fe flaca y débil que acepta la supremacía del dinero. Ya lo dijo el Maestro pocos domingos atrás: o Dios o el Dinero/Mammón. Son dos extremos: el Reino de Dios o el reino del capital. La Iglesia está siempre cuestionada en el dilema de entender cómo debe evangelizar. ¿Puede cobrar por la evangelización? ¿Se puede sostener la misión universal sólo con la fe? ¿Y cómo se pagan los viajes, las estadías, la comida? ¿No hablaba Jesús en sentido figurado? La respuesta está en el Reino que elijamos. Por lo pronto, para comenzar, es bueno dejar que la fe aumente para elegir correctamente. Que la fe aumente cualitativamente, sin costo alguno, como regalo, como don, como gracia.

Hay un solo dinero: el injusto / Vigésimoquinto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 16, 1-13

Decía también a los discípulos: “Había un hombre rico que tenía un administrador, al cual acusaron de malgastar sus bienes. Lo llamó y le dijo: ‘¿Qué es lo que me han contado de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no ocuparás más ese puesto’. El administrador pensó entonces: ‘¿Qué voy a hacer ahora que mi señor me quita el cargo? ¿Cavar? No tengo fuerzas. ¿Pedir limosna? Me da vergüenza. ¡Ya sé lo que voy a hacer para que, al dejar el puesto, haya quienes me reciban en su casa!’. Llamó uno por uno a los deudores de su señor y preguntó al primero: ‘¿Cuánto debes a mi señor?’. ‘Veinte barriles de aceite’, le respondió. El administrador le dijo: ‘Toma tu recibo, siéntate en seguida, y anota diez’. Después preguntó a otro: ‘Y tú, ¿cuánto debes?’. ‘Cuatrocientos quintales de trigo’, le respondió. El administrador le dijo: ‘Toma tu recibo y anota trescientos’.

Y el señor alabó a este administrador deshonesto, por haber obrado tan hábilmente. Porque los hijos de este mundo son más astutos en su trato con los demás que los hijos de la luz. Pero yo les digo: Gánense amigos con el dinero de la injusticia, para que el día en que este les falte, ellos los reciban en las moradas eternas. El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco, también es deshonesto en lo mucho. Si ustedes no son fieles en el uso del dinero injusto, ¿quién les confiará el verdadero bien? Y si no son fieles con lo ajeno, ¿quién les confiará lo que les pertenece a ustedes? Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero”. (Lc. 16, 1-13)

La parábola de hoy es difícil. Quizás, de las más difíciles de interpretar. El material es propio de Lucas; ni Marcos, ni Mateo ni Juan se han atrevido a conservar tamaña historia alabada por Jesús. Entre los comentaristas bíblicos hay diferencias notables de exégesis. Y como veremos más adelante, entre los primeros cristianos también las hubo. De Jesús sabemos, largamente, que no tenía pelos en la lengua, y que las cosas que decía eran hirientes, no en el sentido malicioso (no se decían para generar disgusto de malagana), sino en la verdad molesta que encerraban. Es raro quedar impasible ante los dichos jesuánicos. Son frases de impacto que revelan un orden querido por Dios distinto al orden social establecido casi mundialmente. En Palestina hace dos mil años o en China en la actualidad, de la misma manera el mensaje del Evangelio es una piedra en el zapato del ser humano, y al mismo tiempo es su salvación. Jesús dice cosas que no queremos escuchar, que no deseamos oír. Por eso desconcierta ayer, hoy, y desconcertará mañana esta perícopa. El tema es uno de los tópicos repetitivos en la obra lucana: el dinero. Todo el Evangelio según Lucas tiene una trama continuada que habla de lo económico, y desde allí, de los pobres, de la diferencia entre pobres y ricos, de los publicanos que manejan dinero de impuestos, del orden social establecido por el poder de capital, etc. Para Jesús, el dinero no era una cuestión que debía tratarse sólo en el palacio del emperador, ni tampoco sólo en el templo. El dinero es una cuestión de todos los días, sobre todo cuando escasea. ¿De qué otra cosa se preocupaba el campesino galileo cuando llegaba el momento del tributo? ¿De qué otra cosa se preocupaba el terrateniente cuando tenía en vistas anexar más tierras a sus posesiones? ¿De qué otra cosa se preocupa el sacerdote cuando llegaban las grandes fiestas litúrgicas? El dinero es un tema diario, cotidiano, y para nada separado de la religión. La historia ha demostrado que economía y religión son aliadas o enemigas, pero que difícilmente puedan existir lejos la una de la otra. No han nacido para estar separadas. Alguna larga tradición malentendida ha instaurado, al menos en el ámbito católico, que no es necesario entrometerse en asuntos económicos por una cuestión de pureza; que es mejor ser ignorante de lo que sucede con los impuestos, con los movimientos macro-económicos, con las inflaciones, con las devaluaciones, y tantos otros términos técnicos. De eso no se habla en la Iglesia, así como no se habla de política (supuestamente), ni de sexualidad. La economía, cuando es conveniente, es un tema tabú. Sin embargo, algunos privilegiados integrantes del clero tienen la venia para manejar asuntos de dinero, sacrificándose por el resto del Pueblo de Dios.

Jesús es claro en algo: el dinero, de por sí, naturalmente, es injusto. Donde algunas traducciones dicen “dinero de la injusticia”, en realidad, podría traducirse “injusticia del dinero” o “injusto dinero”. Ese es el concepto. La existencia de una moneda o un papel moneda que determina costos y precios, y que puede almacenarse, modificando el estilo y calidad de vida, es aberrante sin agregados. El dinero es injusto porque modifica el querer de Dios: con dinero se compran cosas de la naturaleza creada (se compran frutas, verduras, tierras), con dinero se asciende en la escala social dejando algunos por debajo y otros más arriba (con la consiguiente ruptura de la igualdad proclamada en el Reino), con dinero se compran personas (mancillando la dignidad humana), con dinero se salvan vidas (siendo que la vida no puede tener un costo); sin dinero, en cambio, no se come (y todos tienen derecho a la comida), no se tiene vivienda (y todos tienen derecho a una vivienda), no se estudia (y todos tienen derecho a estudiar), sin dinero se es pisoteado (como si no valiese el mismo ser imagen y semejanza de Dios), sin dinero la gente enferma más y muere antes de tiempo (convirtiéndose en víctimas de la opresión).

Jesús le pone un nombre al dinero: Mammón. En los textos griegos, modificando una vez más la traducción, podríamos decir “injusto Mammón”. El término puede encontrarse en Mt. 6, 24; Lc. 16, 9.11.13, probablemente propios de la tradición de la Fuente Q. Sobre el origen del término hay disimilitudes entre los estudiosos. Algunos aseguran que proviene de una palabra hebrea que significa firme o constante, mientras que otros la relacionan con la palabra hebrea que designa un tesoro (porque es utilizada en Gn. 43, 23 en ese sentido). De cualquier manera, se trata de una personificación de las riquezas, ya sea como tesoro o como el apoyo firme que se deposita en los bienes materiales. Mammón es un dios que compite con el verdadero Dios. Por principio, es un dios injusto, en contraste con el insuperablemente justo Yahvé. El ser humano tiene la oportunidad de decidir entre uno o el otro, pero no puede estar con los dos, justamente porque se pone en juego uno de los mayores pecados bíblicos: la idolatría. Si las riquezas son una divinidad, algo que intenta ocupar el lugar único reservado a Dios, entonces compiten con Él, y se vuelven incompatibles en su presencia. Que Jesús llame Mammón al dinero no es sólo una teatralización para adornar las frases, ni tampoco una exageración hiperbólica propia del lenguaje semítico. Jesús cree que esa incompatibilidad es terrible, y que repercute directamente en la existencia de los humanos, y además, que la decisión debe ser tomada seriamente: o uno o el otro, pero no los dos. Eso sería idolatría, porque teológicamente se produce una incongruencia ilógica: sería mezclar lo justo con lo injusto deliberadamente para que persistan en el tiempo, sería transgredir la fe exclusiva yahvista en pos de un panteón.

Ahora bien, si Jesús rechaza el dinero como sistema válido para la vida, si lo representa como un dios en competencia con su Padre, si no se cansa de recomendar que los bienes materiales deben ser abandonados para ser discípulo suyo, ¿por qué alaba al administrador de la parábola? Lc. 16, 8 comienza con la afirmación de la alabanza que propina el Señor a este hombre fraudulento. Algunos comentaristas aseguran que este señor es el patrón de la parábola, pero la mayoría concuerda en que en Lc. 16, 7 acaba la narración y lo posterior es conclusión. Lo llamativo es que no habría una sola conclusión, sino por lo menos tres. La primera podría estar en Lc. 16, 8-9, aunque con algunas reservas, ya que la conexión interna de las frases deja mucho que desear, debido a que Lc. 16, 8a suena como conclusión lucana y el resto como continuación de las palabras jesuánicas. La segunda conclusión estaría en Lc. 16, 10-12, con una mirada rebuscada sobre la fidelidad y una conexión débil a la parábola sólo en el versículo 11. La tercera conclusión sería Lc. 16, 13, en un texto sin conexión con la parábola, pero en relación con el dinero, y quizás resumiendo la idea general que tenía Jesús sobre las riquezas. Las tres conclusiones son sentencias distintas, pero similares, sobre las riquezas. En primer lugar, la idea de usar el dinero hábilmente, a pesar de su injusticia. Sabemos que el dinero, por naturaleza, contradice el Reino, pero también sabemos que existe y que día a día determina muchas de nuestras actividades; ¿podemos capitalizar ese dinero, entonces, sin contradecir al Reino? Sí, siendo astutos. Los hijos de este mundo se ganan amistades que les aseguren cierta protección en un futuro. Los hijos de la luz deben asegurar su futuro con una garantía que, podríamos decirse, es invisible, pues los amigos que los discípulos pueden ganarse con el dinero son los pobres, y los pobres retribuirán en el final escatológico, cuando ya no haya dinero. En la misma línea se halla aquella recomendación de Jesús a dar un banquete invitando pobres, ciegos, lisiados y paralíticos para ser verdaderamente recompensado (cf. Lc. 14, 13-14). Ese es el uso astuto del dinero, el uso que hacen los hijos de la luz. Es, por supuesto, un uso paradójico. La segunda conclusión sobre la fidelidad tiene una estructura interesante en lenguaje semítico; son tres frases con secciones en espejo:

- Lc. 16, 10: fiel en lo poco/fiel en lo mucho y deshonesto en lo poco/deshonesto en lo mucho.

- Lc. 16, 11: no fidelidad con injusto dinero/no confianza con los bienes verdaderos.

- Lc. 16, 12: no fidelidad con lo ajeno/no confianza con lo que pertenece a uno.

El dinero es, así, una mala copia de los bienes verdaderos. El dinero es una emulación de lo que verdaderamente vale, y por ser emulación es relativo. Sin embargo, a pesar de su relatividad, la actitud tomada ante él resuena en la vida eterna. Quien se comporta fiel y honesto con las cosas materiales, resulta ser digno de confianza para recibir los bienes eternos. En lo temporal se manifiesta lo eterno. En la relación con las cosas se hace visible la relación más profunda con todo el universo y con Dios. Por último, la tercera conclusión es una frase de la Fuente Q, conservada también en Mt. 6, 24. Ya hemos explicado anteriormente cuál es la intención de deificar al dinero en el personaje Mammón, y cómo esta deificación traduce la elección del ser humano: o Dios o las cosas materiales.

¿Qué Iglesia habla hoy del dinero con libertad? Siempre hay algún miedo o algún interés. Algunas Iglesias tienen temor de perder algunos de los apoyos económicos que reciben. Otras prefieren no despertar la curiosidad de los fieles sobre el uso y abuso de los bienes materiales eclesiásticos. Pocos son los cristianos con la autoridad suficiente para decir algo coherente respecto al dinero; y por coherente nos referimos a la idea de lo evangélico. El uso cristiano del dinero es el uso evangélico del mismo, o sea, el uso acorde a la Buena Noticia. Si el dinero que empleamos genera malas noticias, si perjudica, si diferencia a los seres humanos, no es evangélico. Si el dinero, en cambio, genera equidad, promueve o libera (cuestión complicada en algo con naturaleza corrupta), entonces es una Buena Noticia. Vale aclarar que hablamos de equidad y no de caridad, de promoción y no de dádiva, de liberación y no de préstamos. En muchas oportunidades, el dinero enmascara actitudes contrarias al Reino, actitudes contraproducentes, esclavizantes. Con el dinero siempre se corre riesgo, porque el dinero, además de corromper, tiene una dinámica perversa en sí. Esa dinámica genera una sensación de bienestar y estabilidad que es mentira.

Actualmente, quebrar con el mercado es el gran desafío utópico de la Iglesia. Pareciese que no podemos desprendernos, que ya estamos condenados a girar hacia el lado que disponga el capital eternamente. Argumentos al respecto hay demasiados; desde los más superficiales que sólo aducen vender el oro eclesial para alimentar africanos, hasta los más profundos que entienden la inconexión entre Jesús y su radicalidad con el modo de vida complaciente experimentado y hasta recomendado por las altas esferas eclesiales. El dinero nos va consumiendo la pastoral. Se suspenden proyectos porque no hay dinero, se evalúan acciones inmediatas por el costo, se tergiversan perícopas en predicaciones que podrían herir susceptibilidades. Es como si nos empeñáramos en contradecir a Jesús, que no se detenía en la falta de dinero, que recomendaba abandonar los bienes para seguirlo, que hería susceptibilidades sin dudarlo a la hora de anunciar el Evangelio. ¿Cuánto nos identifica el versículo que continúa con la lectura que hemos leído hoy en la liturgia?: “Los fariseos, que eran amigos del dinero, escuchaban todo esto y se burlaban de Jesús” (Lc. 16, 14). ¿Los fariseos o nosotros? ¿Nos estamos burlando del Maestro? Probablemente lo hagamos a menudo, y hasta quizás sin la intención real de hacerlo. Por pura inercia, por pura comodidad, evitamos criticar al sistema y nos hacemos cómplices de lo que era enemigo Jesús. Nos burlamos cuando, a la hora de elegir, siempre optamos por Mammón. Somos idólatras, individualmente y en masa. Somos servidores de una filosofía que deja el tendal de hermanos debajo de la línea de pobreza e indigencia. ¿Será posible quitarnos la anestesia? ¿Será posible cambiar completamente nuestra acción mercantilista para resistir? Esa es la propuesta del Evangelio, la propuesta del Reino. Resistir al dinero, resistir a Mammón, resistir a la publicidad programática, resistir a la injusticia del dinero para que lo justo se manifieste en la vida del pobre.

Ser cristiano en América Latina / Una mirada a la realidad 4

a) Al servicio de la funcionalidad

El mundo actual se rige, en gran medida, por el mercado, y por lo tanto, los valores y leyes de la economía parecen aplicarse a todos los ámbitos. La oferta y la demanda, la compra-venta, la competencia, la utilidad como valor primero, parecen haber afectado las relaciones humanas y los espacios donde estas relaciones se desarrollan. Los ámbitos de encuentro parecen reducidos a la funcionalidad, según el concepto utilitarista de los mercados, pues si algo no me sirve, lo desecho o ignoro, pero si puedo sacar provecho, lo utilizo explotándolo y luego, como en el caso anterior, cuando pierde utilidad, lo desecho o ignoro.

La post-modernidad tiene poco de encuentro profundo e íntimo entre seres humanos, como mencionamos más arriba, pero también tiene mucho de utilitarismo en estos mínimos encuentros. Ya no nos acercamos al otro por lo que el otro es, sino por lo que puedo obtener de él, como en una transacción, como en una explotación. El otro es, en el momento de entablar relación, un esclavo o un competidor. Será lo primero si puedo robarle algo, tiempo o recursos, si tiene ofrecimiento útiles para mi existencia. Será lo segundo, un competidor, si quiere lo mismo que yo, o si se resiste a mi concepto de utilidad. De cualquiera de las dos maneras, el otro pierde la dignidad real que debiese tener por ser mi igual, por ser mi sujeto de comunicación. Partiendo de esta falta de reconocimiento de la dignidad, nada se puede construir encima, porque falta la base fundamental. La post-modernidad, con seguridad afirmamos, es la desilusión del hombre consigo mismo y con sus pares. El hombre y la mujer post-modernos están desilusionados, y a partir de esa desilusión, su existencia es sobrevivir al día a día, al trabajo, al pensamiento, a las relaciones. El hombre y la mujer post-modernos tienen en común con sus pares la desilusión, la tristeza, nada más. Las alegrías compartidas suelen ser montajes teatrales predeterminados, como fiestas tradicionales, cumpleaños o recepciones. Se encuentran los familiares y conocidos sabiendo de antemano qué dirán y qué estereotipos sociales deben cubrir. Se encuentran porque están obligados a hacerlo y porque es un momento funcional que sirve al buen orden de la sociedad.

Tanto utilitarismo mercantilista redujo los tiempos de encuentro y los subordinó a espacios administrativos. Nos encontramos con los otros para organizar, planificar o producir. Y lo hacemos a la mayor velocidad posible, porque creemos que somos eficientes si consumimos la menor cantidad de horas en relación. No podemos demorarnos en sentimientos, sensaciones, experiencias o movilizaciones internas; eso es desperdicio, no tiene utilidad. Así, los otros ya no son seres humanos, sino extraños con quienes se comparte una rutina fría, metódica y calculada. No cabe la posibilidad de la comunitariedad, pues no se puede formar comunidad entre extraños. El hombre y la mujer post-modernos se van sumiendo, de este modo, en una espiral descendente de desolación y tristeza difícil de consolar, porque dedicar tiempo a la consolación sería desperdiciarlo, perderlo. Entonces, solos contra el mundo que construimos, pero que nos entristece, continuamos aislándonos y desuniéndonos.

b) Sin lugar al interior

La falta de espacios cálidos es contundente. En América Latina, particularmente, parecen ser desplazados por espacios de discusión acalorada entre posturas políticas o económicas. Son tan fuertes los debates sobre estos temas, que separan y dividen a conocidos en bandos opuestos. Puede que en otros lugares del planeta, la falta de espacios cálidos se deba a otro asunto, pero aquí abunda la discusión partidista o la lucha de clases. Es difícil pararse frente a otro sin catalogarlo como liberal, derechista, izquierdista, marxista, conservador, neo-liberal, socialista, y miles de rótulos más de acuerdo al país o región. Los espacios, entonces, al estar signados por divisiones, impiden la intimidad, y crean una competencia donde revelar una verdad interna es dar ventaja, es facilitar un arma al enemigo.

En pocas instituciones puede hallarse un espacio para compartir libremente, sin intereses secundarios, sin otro objetivo que el de la fraternidad. Esa falta de vida comunitaria se ha ido supliendo con la individualidad de la terapia psicológica, donde hombres y mujeres revelan su interior, sus sentimientos y sus miedos, bajo un condicionamiento profesional y el previo pago de una sesión. Lo que debiese ocurrir espontáneamente, en espacios sociales y sin desembolso económico, se trasladó a consultorios, en perspectiva de oficializar el compartir, de manera que el facultativo, obligado por el deber del secreto profesional, no pueda tomar la información como arma. Es casi una fobia social generalizada que, de generación en generación, enseña a los más pequeños a no dar importancia a los sentimientos, a no prestarles atención, a desatenderlos, tanto los propios como los ajenos. El crecimiento se va señalizando progresivamente en una dirección de ignorancia de lo más profundo, de las esencias personales. Rechazamos lo humano hasta desconocerlo en nosotros y desconocerlo en los demás, de manera que quien, arriesgadamente, comparte algo de su interior, es mirado de manera rara, transformándose más en extraño.

La falta de espacios cálidos es un obstáculo enorme para la comunitariedad. El extraño sigue siendo extraño porque desconocemos su historia y su manera de verla e interpretarla. Conocer a una persona es más difícil que trabajar a su lado día a día, inclusive planificando proyectos. Conocer a una persona para formar comunidad es escucharlo y darle tantos espacios como tiempos de expresión. La comunitariedad tiene mucho de expresión, y es la trama que va uniendo a los seres humanos. Lo oral, lo escrito, los gestos como el abrazo o el saludo, un llamado telefónico en el momento oportuno, una carta. Es necesario relacionarse para ser comunidad, y para vivir en esa comunidad que aleja de la soledad y la tristeza, que nos enseña a confiar, que combate los enemigos más acérrimos del hombre y la mujer post-modernos. Un espacio cálido, aunque nos cansemos diciendo que son sandeces o ideas románticas, es el deseo íntimo de muchos, que no revelan su historia ni preguntan sobre la historia de los otros por acomodarse a la práctica fría del mundo. Miles desesperan por hallar un oído donde revelarse libremente, sin tapujos, sin simulaciones; un lugar donde no sea necesario fingir es el alivio de la gran mayoría que, acabada la jornada, llegan a sus hogares para dormitarse más tristes que ayer y anteayer, pues siguen vacíos en medio de una sociedad que les quiere hacer creer que están llenos.

En América Latina, el varón es el más perjudicado en este sentido. La fuerte impronta machista de la cultura continental no admite que un hombre pueda hablar de sus sentimientos, pueda llorar o emocionarse. Eso debiera ser propiedad exclusiva de las mujeres. El varón, de esta manera, queda doblemente marginado: en primer lugar, no tiene espacios cálidos donde insertarse; en segundo lugar, si llegase a acercarse a otros entablando una conversación profunda de intimidad, sería visto y catalogado como raro. Ciertamente, el hombre latinoamericano es presionado para ser el macho, en su condición más despectiva, carente de emociones, ente productivo, obrero y cabeza de familia. Escapar a este modelo de ser, es para el hombre latinoamericano renunciar a los cánones culturales, arriesgando la posibilidad de ser despreciado y marginado.

Ser cristiano en América Latina / Una mirada a la realidad 2

a) Incomunicación

Está dilapidada la expresión, pero no es menos cierta: en la era de la comunicación estamos incomunicados. Pululan a nuestro alrededor medios para comunicarnos, en cercanía o a distancia, a metros o atravesando continentes. No existen casi excusas para perder el rastro de alguien, para escapar, para justificar olvidos. La tecnología se preocupa de llenar nuestros hogares con teléfonos, televisores, computadoras y conexiones a Internet. Los celulares o móviles van con nosotros a todos lados, y cada día incorporan nuevas funcionalidades. Lo impensable no mucho tiempo atrás es realidad hoy, y tanta posibilidad nos abruma, no sabemos administrarla correctamente, no resolvemos cómo no perder el contacto al mismo tiempo que no perder intimidad.

En concordancia con la actual concepción utilitarista de las relaciones, los medios de comunicación se subordinan a ella. El teléfono es una herramienta de trabajo, se llama para vender, para pedir algo, pocas veces para preguntar el estado de ánimo del otro. Los televisores transmiten propagandas que buscan convencernos a toda costa de la importancia de la frivolidad, de verse en forma y atractivo, de tener lo último, de ser mejor que el resto. Los programas televisivos de la grilla, adheridos a la frivolidad, alternan entre mujeres semi-desnudas y talk shows o reality shows, sin una transmisión conciente de contenido real, sin invitación a pensar, a detenerse y plantear cuestiones. La televisión está condicionada por el entretenimiento mal entendido que consiste en mirar sin reflexionar, sólo pasar el rato. Las computadoras e Internet son un mundo paralelo, pero también abunda el divertimento no reflexivo. Algunos sitios intentan rescatar el arte del pensamiento y la expresión, pero son los menos y, lamentablemente, muchos culminan minados por la intervención de usuarios que bombardean con comentarios inapropiados.

Distinto y similar es el caso del celular o móvil. Su uso parece indiscriminado, exagerado. Hasta niños de temprana edad poseen uno. Los adolescentes y jóvenes envían mensajes de texto a mansalva, que no dicen nada, que no tienen contenido profundo, que permanecen en la superficialidad, y sin embargo establecen diálogos de horas de duración. ¿Es eso un contacto verdadero? ¿Es encuentro? Si bien pareciese que el celular no se usa sólo para vender y comprar, tampoco alcanza un nivel superior de comunicación, porque la masiva transferencia de datos es redundancia o aglomeración de frases vacías. La superficialidad es la incomunicación, y no la carencia en el envío de datos, que hoy no existe. Si esa cantidad de datos enviados, en una y otra dirección, tuviesen profundidad, anunciaran sentimientos verdaderos y no buscaran utilidades, habría comunicación. El celular o móvil, símbolo de la post-modernidad, del aislamiento, del control, multiplica la ilusión de estar comunicados, porque nos impresiona la cantidad. El envío de tantos mensajes de texto nos convence de una fluidez y una cercanía inexistentes, porque el mensaje oculta lo que no queremos decir, el diálogo que no queremos tener, la barrera que esperamos que permanezca, la incomunicación que nos da comodidad, que nos deja sin reflexionar, y así sin madurar, y sin madurez evitamos las responsabilidades reales de las relaciones, que son complicadas y que exigen disposición. El celular o móvil, símbolo también de la adolescencia, es para los adultos la posesión de un signo de inmadurez que, inconscientemente, permite permanecer así, sin compromisos, desligados, en libertad a nuestra medida, o sea, libertad que es capricho o antojo, pero no plenitud.

b) Brecha ricos-pobres

Lo que era un gran problema de desigualdad décadas atrás, hoy se ha intensificado como diferenciación, como separación. Un abismo separa a unos de otros, una verdadera brecha entre ricos y pobres que se incrementa sin cesar, regodeándose los primeros y hundiéndose los segundos. Este aumento de la brecha es innegable, y no hay análisis estadístico que opine lo contrario, aún los financiados por los ricos. Es una verdad a los cuatro vientos; y parece no importar, parece ser una obra del destino que nadie puede detener, o que nadie se anima a detener, como si Dios así lo dispusiese: que algunos vivan la abundancia mientras otros perezcan en la carencia.

Los dos grupos (ricos y pobres) se traslucen en una disposición escalonada, o mejor graficado, piramidal. Los ricos están sobre los pobres, pero los pobres los están sosteniendo y están muriendo aplastados por ellos. Lo escalonado o lo piramidal es la imagen de la opresión. ¿Por qué los ricos tienen más capital? Porque tienen una parte de la torta que no les corresponde. La cantidad de bienes materiales del planeta es finita, y es de todos. Si alguien tiene más bienes que el resto y que los que les corresponderían, si tiene una porción más grande de la torta, es porque se la ha quitado a otro. Y, usualmente, para quitar hay que luchar. En las luchas, el vencedor culmina oprimiendo al derrotado. El sistema de conquistas de los imperios de la antigüedad dividía al mundo en pueblos soberanos y pueblos conquistados. Los soberanos habían tomado partes que no les correspondían, y las habían tomado violentamente. Los conquistados eran oprimidos, esclavizados, perdiendo libertades. Actualmente, la violencia no suele ser con espadas y escudos, sino con multinacionales y comercios. Los pueblos soberanos de hoy poseen las sedes económicas de las grandes empresas mundiales, y además son los líderes del comercio, regulando la compra y la venta; los pueblos conquistados de hoy, entre ellos los pueblos latinoamericanos, tienen sucursales de las multinacionales, que utilizan su mano de obra barata y provocan una salida al exterior de capitales, al mismo tiempo que no pueden emitir voz sobre el mercado, ya que producen materias primas sin procesar, dependientes en alto porcentaje de la demanda, que cuando decae, derrumba la economía interna.

La opresión actual, la esclavitud de estos tiempos, en gran medida se debe al poder económico acumulado. Hay otras formas de esclavitud, pero la que parece detener el desarrollo sostenido de América Latina es su dependencia económica. Tras la llegada de españoles y portugueses, el control del territorio lo realizaban los soldados humanos; hoy los soldados son los billetes, que sin estar, paradójicamente, someten desde su ausencia. El niño sin la alimentación adecuada en sus primeros años es el niño de poco desarrollo intelectual que luego no podrá conseguir un trabajo bien remunerado de adulto, y que deberá hacer malabares para sostener a su familia, con niños que volverán a estar desnutridos y que volverán a sufrir la desigualdad de oportunidades. No es la opresión clásica de antaño, pero es opresión que esclaviza, porque los hombres y mujeres están más preocupados en conseguir alimento que en pensar la liberación, porque mucho tiempo pensando es tiempo perdido de un probable sueldo. Y el círculo se perpetúa, perpetuando la injusticia, aumentando la brecha.