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El Reino de Dios no se parece a ninguna religión / Vigésimosexto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 21, 28-32 / 25.09.11

“¿Qué les parece? Un hombre tenía dos hijos y, dirigiéndose al primero, le dijo: Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña. El respondió: No quiero. Pero después se arrepintió y fue. Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo y este le respondió: Voy, Señor, pero no fue. ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?”. “El primero”, le respondieron.

Jesús les dijo: “Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios. En efecto, Juan vino a ustedes por el camino de la justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero ustedes, ni siquiera al ver este ejemplo, se han arrepentido ni han creído en él”. (Mt. 21, 28-32)

La liturgia dominical católica continúa con la imagen de la viña. El capítulo 21 de Mateo ya está situado geográficamente en Jerusalén (cf. Mt. 21, 1). Ha terminado el camino de subida a la ciudad santa, se ha terminado la Galilea de los gentiles, los días pasados a orillas del Mar, las casas de los amigos y el clima campesino. Jesús ha ingresado a la ciudad capital para no volver a salir de allí. Es la ciudad que mata los profetas, el monte del Templo, la sede de los sumos sacerdotes y los ancianos de Israel. Jerusalén es, en términos socio-económicos, la sede del poder. Como cualquier capital del mundo, es un punto neurálgico donde se reúnen los poderosos para decidir el futuro de miles de personas. En unos pocos residentes de la ciudad cabecera descansa el destino del campesinado, de la clase trabajadora, de los pobres y de los mendigos. Jesús lo sabe, no es ingenuo. Ha subido a Jerusalén sabiendo que sube a la cuna del poder, desde donde se digita la política que afecta al pueblo, desde donde enviaron espías para enterarse de sus acciones (cf. Mt. 15, 1). Jerusalén ha estado teñida por la sombra desde el inicio del Evangelio según Mateo. Es desde Jerusalén que el rey Herodes se opone al pequeño nacido que podría ser el Mesías (cf. Mt. 2, 3), y los anuncios de la pasión repiten incesantemente que en Jerusalén debe morir Jesús (cf. Mt. 16, 21; Mt. 20, 17-18). Mateo, literariamente, conecta la Jerusalén de Herodes que quiere matar al pequeño nacido con la Jerusalén del Jesús adulto que entra triunfal y mesiánico. En Mt. 2, 3 se dice que Jerusalén se alborotó (tarasso) con la noticia del nacimiento del Mesías, y en Mt. 21, 10 que Jerusalén tembló (seio) cuando entró este hombre montado en asna. Si bien los verbos son diferentes, la idea es similar: hay movimiento, turbación, preguntas, idas y venidas. Este personaje viene a alterar el estado de las cosas. Altera a Herodes, asustado por la competencia a su trono. Altera a la capital de Judea, por definición superior a Galilea, de donde proviene este campesino con ideas novedosas sobre el Reino de Dios. Los dirigentes de Israel conocen a Jesús. Han enviado espías, están informados sobre su actividad, sobre lo que dice y proclama. Algunos historiadores del Jesús histórico prefieren la opción de un Jesús que es desconocido en Jerusalén, un completo extraño, y que ingresa a la ciudad santa haciéndose conocido de los poderosos por sus últimas acciones dentro de la capital. Otros se inclinan a pensar que los dirigentes conocían a Jesús, al menos vagamente y en lo básico: reúne gente, tiene seguidores más o menos incondicionales, lleva una vida extravagante entre pobres y marginales, tiene una actitud crítica frente a la Ley. A ese Jesús esperan. Ha entrado a Jerusalén. Su actividad ya no está restringida a los poblados y aldeas de Galilea. Ha hecho el camino. Si Jesús no es ingenuo, tampoco lo son los dirigentes: los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos. No cambiará su mensaje por encontrarse en las puertas del Templo. Al contrario, lo más probable es que su mensaje se intensifique.

Mateo ha organizado tres parábolas que parecen dirigirse con especificidad a los dirigentes religiosos. La primera es la que leemos hoy, la segunda es la de los viñadores homicidas (cf. Mt. 12, 33-43) y la tercera es la de los invitados a la boda (cf. Mt. 22, 1-14). En medio de estas parábolas, Mateo recuerda que los sumos sacerdotes y los fariseos se reconocen como destinatarios negativos de las parábolas (cf. Mt. 21, 45) y que deciden detener de una buena vez a Jesús (cf. Mt. 21, 46). De esta manera, el autor plasma la situación del Maestro en Jerusalén. No lo desanimó la gran ciudad, sino que proyectó con fuerza su mensaje. No lo calló la grandeza del Templo ni la presencia más elocuente de los dirigentes. Habló de frente y sin frenos. Las imágenes eran claras para sus oyentes. La viña y el banquete de bodas. En el caso de las dos primeras parábolas, incluida la que leemos hoy, la viña es el símbolo fundamental. En el Antiguo Testamento, Israel es la viña del Señor (cf. Is. 5, l-7; Jer. 12, 10-11; Ez. 19, 10-14; Os. 10, 1). A esa metáfora se agrega la del padre y el hijo, también símbolo veterotestamentario de la relación entre Yahvé e Israel (cf. Dt. 8, 5; Dt. 14, 1; Dt. 32, 6; Sal. 68, 5; Is. 1, 1-9; Os. 11, 1). La traslación parece fácil: Dios envía a unos de sus hijos a trabajar el Reino, o sea, hacerlo concreto en una forma particular de vida; unos hijos le dicen y le perjuran que irán, que concretarán el Reino, que cumplirán la voluntad del Padre, pero en la realidad no lo hacen; otro grupo dice que no abiertamente, rechaza esta idea de trabajar la viña, de hacer el Reino, pero sus acciones dicen lo contrario. Los manuscritos tienen variaciones en el orden de los hijos. Algunas veces está primero el que se niega y otras tantas está primero el que acepta. De todas maneras, el contraste es evidente. Y para los oyentes es fácil darse cuenta. Basta mirar la realidad que los circunda en la misma Jerusalén. Hay religiosos que pagan el diezmo, participan de las actividades cultuales, rezan las veces indicadas para cada día, ayunan, y sin embargo, detrás de ese estereotipado hay un rechazo del meollo del Reino, una desatención de los pobres y excluidos, una inerte tendencia a no cambiar las cosas, no revertir la injusticia. En el otro extremo están los pecadores públicos, los del no rotundo, que no participan en el Templo, no ayunan ni pagan diezmo, llevan profesiones dudosas, y sin embargo han entendido por dónde camina el Reino. El empleo de señor que utiliza el hijo que no va recuerda Mt. 7, 21: “No son los que me dicen: ‘Señor, Señor’, los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo”. La parábola que leemos hoy podría ser, tranquilamente, el apéndice explicatorio de la expresión conservada en el sermón del monte.

Este contrapunto entre el hijo que parece obediente, pero no lo es, y el otro que parece desobediente, pero termina obedeciendo, alcanza su ápice en la declaración final de Jesús. Los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes (fariseos y sumos sacerdotes) al Reino. La declaración tiene un alcance inmediato histórico: Jesús, rodeado de publicanos y prostitutas (cf. Mt. 9, 10-13), come con ellos en símbolo del Reino, y los incorpora plenos al pueblo de Dios, mientras los dirigentes religiosos que rechazan a Jesús y su Evangelio, están rechazando el Reino. El segundo alcance es eclesiológico: Mateo, conservando esta frase jesuánica, le recuerda a su comunidad que en el Reino la prioridad es para los excluidos. Tanto publicanos como prostitutas son marginados sociales. El publicano (telones) es el cobrador de impuestos (aunque la palabra también se utilizaba para los que cobraban entrada en los prostíbulos, de donde puede venir la asociación entre publicanos y prostitutas), individuo poco estimado entre los israelitas porque sirve al Imperio, es empleado de los opresores, y porque para sobrevivir debe añadir al precio del impuesto un agregado que se guarda para él. Los publicanos no eran personas ricas (a diferencia de los jefes publicanos, o architelones, que sí lo eran), sino empleados públicos que ganaban lo que podían juntar de comisión de los impuestos cobrados. A la par, las prostitutas fueron siempre marginadas, por su profesión y por su condición de mujeres. Muchas veces se llamaba prostituta a cualquier mujer que entrase a una comida de varones. Pues bien, estos marginado sociales, considerados desheredados del Reino, ni siquiera hijos de Dios, son puestos como ejemplo por Jesús. Ellos preceden a los religiosos en el Reino, entran antes a la realidad salvífica, entienden y acogen mejor el Evangelio. Los dirigentes religiosos, los que están empecinados en el ayuno, los servicios cultuales, la religión estereotipada hacia fuera, terminan obstaculizando su propia acogida del Reino.

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Hay un peligro en la religión estereotipada, y ese peligro es el obstáculo que el estereotipo causa. La legalidad de la relación con Dios crea un sistema donde los puros son los que cumplen la ley religiosa al pie de la letra, y los demás son impuros. Se forma el grupo de los de adentro y el grupo de los de afuera. Ese sistema es sostenible para religiones basadas en constituciones dogmáticas, pero no para el Evangelio del Reino. El Reino de Dios no se parece a ninguna religión, sino a una comunidad de hijos de Dios. Pero la medida de los hijos es la acogida de los hermanos. Cuando un hijo se cree superior y deshereda por decreto a otro hijo, no se está comportando debidamente. Aún si todos los días va a visitar a su padre para decirle que lo ama y que ama a su hermano. Si en la práctica, el hermano está marginado, ese no es un buen hijo. Con nosotros pasa lo mismo. Nos creemos hijos perfectos y, por lo tanto, con el derecho a excomulgar, a decidir quién puede ser hijo y quién no. Pero resulta que nuestro propio ritual de hijos (nuestra asistencia al culto dominical, nuestras políticas de recepción de los sacramentos, nuestros ayunos de viernes) muchas veces no refleja nuestra vida como hijos. Porque en el templo y a la noche al pie de la cama, todos amamos a los demás, pero en la cotidianeidad, al hermano estigmatizado no le quitamos el estigma.

La Iglesia no puede conformarse con sus hijos justos. Eso lo puede hacer cualquier religión. La religión del Reino es aquella donde los marginados sociales ingresan primero y ocupan los primeros puestos. La Iglesia de Jesús debe ser la Iglesia de los publicanos y las prostitutas. Aunque alimente el escándalo. Si ellos entran primero al Reino, nosotros deberíamos seguirlos.

El reduccionismo de creer que la expresión de Jesús invita a estafar a los demás y prostituirse no puede ser más paupérrimo. El espíritu de la frase de Jesús es la invitación a convertirse en marginado social, convertirse en lo que representa el publicano y la prostituta para el sistema religioso, convertirse en lo que representan los huérfanos que piden monedas en la calle para la sociedad urbanizada, convertirse en lo que representa el homosexual para el oficialismo eclesial, convertirse en lo que representa el trabajador en negro para el sistema capitalista. De eso se trata. De llegar en la misión a una identificación tan patente con los marginados, que con orgullo podamos recibir el desprecio de los que, con la frente en alto, se dicen hijos legítimos de Dios.

Iglesia pascual / Tercer Domingo de Pascua – Ciclo C – Jn. 21, 1-14

Después de esto, se manifestó Jesús otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Se manifestó de esta manera. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. Simón Pedro les dice: “Voy a pescar.” Le contestan ellos: “También nosotros vamos contigo.” Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada. Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Díceles Jesús: “Muchachos, ¿no tenéis nada que comer?” Le contestaron: “No.” Él les dijo: “Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.” La echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces.

El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: “Es el Señor”. Cuando Simón Pedro oyó “es el Señor”, se puso el vestido – pues estaba desnudo – y se lanzó al mar. Los demás discípulos vinieron en la barca, arrastrando la red con los peces; pues no distaban mucho de tierra, sino unos doscientos codos. Nada más saltar a tierra, ven preparadas unas brasas y un pez sobre ellas y pan. Díceles Jesús: “Traed algunos de los peces que acabáis de pescar.” Subió Simón Pedro y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aun siendo tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: “Venid y comed.” Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: “¿Quién eres tú?”, sabiendo que era el Señor. Viene entonces Jesús, toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez.

Esta fue ya la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos. (Jn. 21, 1-14)

Los relatos de resurrección joánicos abarcan los capítulos 20 y 21 del Evangelio. Dentro de estos relatos, cuatro corresponden a visiones del Resucitado. La primera escena es la del descubrimiento que hace María Magdalena del sepulcro vacío y la comunicación a Pedro y al otro discípulo (cf. Jn. 20, 1-2); la segunda es el descubrimiento que hacen Simón Pedro y el discípulo amado de la tumba vacía (cf. Jn. 20, 3-10); la tercera escena de resurrección y primera visión es el encuentro en el jardín de la Magdalena y Jesús (cf. Jn. 20, 11-18); la cuarta escena y segunda visión es la que tienen los discípulos sin Tomás (cf. Jn. 20, 19-25); la tercera visión ya cuenta con la presencia de Tomás (cf. Jn. 20, 26-29); y, finalmente, el largo episodio del capítulo 21, que leemos hoy, es la cuarta visión del Resucitado. De una u otra manera, más allá de la cristología de las cuatro visiones, tenemos profundas miradas eclesiológicas en estos textos. Se nos dice una palabra sobre el Cristo, pero también una palabra sobre la Iglesia. Se nos habla de la vida nueva del Hombre Nuevo, pero también de la vida nueva de la Comunidad Nueva. Íntimamente ligadas, la resurrección de un hombre es la re-fundación del Pueblo de Dios. En este sentido se puede entender por qué el relato de Pentecostés, que Lucas sitúa en los Hechos de los Apóstoles, cincuenta días después de la Pascua (cf. Hch. 2, 1), Juan lo posiciona el mismísimo domingo de resurrección (cf. Jn. 20, 22). Lucas, pedagógica y catequéticamente, separa la resurrección de la ascensión y de Pentecostés. Juan, teológicamente, reconoce que la Pascua es el paso a la nueva calidad de existencia, que comunitariamente se expresa en la Iglesia.

En esta línea interpretativa, la figura de la Magdalena es figura eclesial. Llorosa y acongojada porque ha perdido a su Señor, recibe el anuncio pascual, aunque no logra comprenderlo del todo (cf. Jn. 20, 11-15). Será cuando Jesús la llame por su nombre que reaccionará y se volverá evangelizadora, transmisora de la Buena Noticia (cf. Jn. 20, 16-18). Su mensaje es simple: “He visto al Señor”. Luego, la comunidad eclesial reunida vive el Pentecostés joánico, recibe el Espíritu Santo y se vuelve evangelizadora, enviada como el Hijo es enviado del Padre y con el poder de perdonar los pecados (cf. Jn. 20, 19-23). A Tomás, el ausente, se le comunica la Buena Noticia simplemente, como lo hizo la Magdalena: “Hemos visto al Señor”. Ocho días después (cf. Jn. 20, 26), siguiendo el rito dominical, ritmo de reunión eclesial, se les vuelve a aparecer Jesús. Tomás no había creído porque estaba separado de la comunidad, y por eso no pudo experimentar al Resucitado. Ahora, entre los hermanos y en el día de celebración, puede hacer la experiencia íntima de la Pascua, y puede confesar el sublime credo de un Jesús que es Señor y Dios (cf. Jn. 20, 28). Como vemos, el mensaje eclesiológico es vital. La Iglesia es la comunidad que se reúne regularmente para celebrar la Pascua, y que en esas reuniones puede experimentar la presencia real del Resucitado. Tiene una Buena Noticia que no comprendió en un principio, pero al reconocerla, la asumió como misión. La Iglesia es llamada por su nombre para evangelizar, para comunicar que ha tenido un encuentro profundo con Jesús en su vida nueva, y que esa vida nueva afecta al ser humano al punto de constituir nuevos lazos que forman una comunidad nueva. Esta comunidad es capaz de creer lo imposible y de vivir el sueño sacramental de un Dios que está presente siempre, cercano y accesible.

El capítulo 21 del Evangelio según Juan, si bien responde a una pluma distinta de la que redactó el resto de la obra, no pierde el hilo conductor del capítulo 20. Hoy leemos la primera parte del capítulo, pero de su totalidad se puede decir que es eclesiológico. La intención parece estar en dar respuesta a una crisis que ocurre en el momento de redacción de este apéndice. No podemos saber con precisión qué tipo de crisis ocurría en la comunidad autora, pero los énfasis puestos en la universalidad de la misión, el hecho eucarístico y la vocación de Pedro (también la del discípulo amado), orientan a una situación de institucionalización, una transición entre la organización eclesial más carismática (estereotipando) y la jerárquica (estereotipando nuevamente):

Universalidad. El capítulo 21 empieza a orillas del Mar de Tiberíades, que es el mismo Mar de Galilea. Esta última denominación es la judía; el nombre Tiberíades era la designación pagana del lago. El contexto, por lo tanto, parece referir a los gentiles. Los discípulos presentes en este caso son siete, enumerados en el versículo 2. El siete es el número de los pueblos de la tierra, así como su múltiplo, setenta, pues setenta son las naciones que re-pueblan el mundo tras el diluvio (cf. Gn. 10). Marcos y Mateo hacen memoria de este simbolismo numérico cuando, en la segunda multiplicación, los panes iniciales son siete (cf. Mc. 8, 5 y Mt. 15, 34), signo de que el pan también es para los gentiles. Lucas no narra dos multiplicaciones de los panes, pero sí dos envíos misioneros; el segundo es, justamente, para setenta y dos discípulos (cf. Lc. 10, 1), porque la misión es tarea de todos y para todos. Los siete discípulos pescadores que encontramos hoy son, por lo tanto, los pescadores de la humanidad, destinados a todo el mundo. Cuando hacen caso de la voluntad del Resucitado, arrojan las redes y pescan abundantemente. En este caso, 153 peces. Según algunos comentaristas, 153 es el número de especies marítimas conocidas en el mundo antiguo. Esta pesca escatológica y misionera es universal, está destinada a todos.

Eucaristía. La similitud con que comienza esta escena comparada con el inicio del capítulo 6 del Evangelio según Juan ya es un indicio: “Después de esto, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades” (Jn. 6, 1). Aquella vez, nos recuerda el autor que estaba cerca la Pascua judía (cf. Jn. 6, 4); aquí, la Pascua de Jesús es el trasfondo. Lo interesante es que esta aparición es definida como manifestación. El Resucitado se manifiesta, se hace visible, se hace presente, se auto-revela. Paralelamente, la multiplicación de los panes del capítulo 6 es una manifestación de Jesús, un signo de su presencia real, que la gente al verlo identifica como el signo del profeta que había de venir (cf. Jn. 6, 14). Los panes y los peces, su ausencia o presencia disminuida, y su multiplicación, son los parámetros de la situación cambiante en ambos casos. Jesús es el sujeto dador. Toma los panes, toma los peces, y los da. El gesto eucarístico es un gesto de gracia que, saliendo libremente de Dios, alimenta al que no teniendo nada, confió en Él. Primero, es el Jesús pre-pascual quien preside una comida a campo abierto, en libertad, sin restricciones. Luego, es el Resucitado quien preside un banquete entre los discípulos. Sigue siendo la misma fuente del amor. La Pascua no provoca una interrupción ni un corte; al contrario, se profundiza y radicaliza la presencia jesuánica, que ya no manifiesta aspectos de su identidad en el hecho eucarístico, sino su propia persona. La gracia de Dios es el Hijo dado (cf. Jn. 3, 16a) y el Hijo que se da a sí mismo (cf. Jn. 10, 11.17-18).

Vocación de Pedro. La liturgia del día da la opción de leer hasta el versículo 14 o extenderse hasta el versículo 19. En esta parte se contienen las tres preguntas del Resucitado a Pedro sobre el amor que le tiene. Las tres preguntas vienen a contrarrestar las tres negaciones del discípulo (cf. Jn. 18, 17.25-27). La vocación de Pedro, al asegurar solemnemente que ama a Jesús, es la de pastor. Pero este pastoreo no puede realizarse de cualquier manera. En primera instancia, ser pastor no es ser superior, sino discípulo como los otros, por eso Pedro recibe nuevamente la invitación al discipulado: sígueme. De la misma manera, Felipe había sido llamado al inicio del libro (cf. Jn. 1, 43). En segunda instancia, para ser pastor hay que amar como ama el modelo ideal, el Buen Pastor, que es capaz de dar la vida por las ovejas (cf. Jn. 10, 11.15). Por eso Pedro debe superar su negación de la pasión con el amor que es capaz de hacerse pasión y martirio. El verdadero pastoreo no se realiza desde arriba y en la comodidad, sino siguiendo al Maestro por el camino de la tierra y dándose por entero a cada instante.

La reflexión eclesiológica joánica nos obliga a hacer la hermenéutica de una Palabra de Dios que sigue resucitando a la Iglesia en medio de sus crisis. Una Palabra que nos interpela sobre nuestra universalidad. ¿Cuántos peces pueden caber en nuestras redes? ¿Dónde está el espacio debido a los pueblos de la tierra? ¿Puede expresarse la gentilidad en el cristianismo? ¿O sólo es válido el cristianismo del pueblo homogéneo occidental? También la Palabra es recuerdo eucarístico. ¿Cómo celebramos hoy un banquete del Resucitado entre tantos muertos? ¿Qué significa la multiplicación en un mundo donde disminuye el acceso a la comida? ¿Qué sucede cuando pedimos algo a cambio por la participación en la celebración de la gratuidad de Dios? ¿Se experimenta la gracia en nuestras celebraciones? Finalmente, la Palabra pone los límites al ministerio jerárquico. ¿Están dispuestos al martirio los pastores, líderes o coordinadores? ¿Se ven como parte del Pueblo de Dios que camina o por encima del resto? ¿Su ministerio es carisma para el amor, o una estrategia organizativa?

La Iglesia nunca puede dejar de cuestionar su misión, su celebración y su organización. Y el parámetro del cuestionamiento es la Pascua del Resucitado. Desde esa experiencia es posible rever la evangelización, sopesar los métodos, definir el anuncio, hacer hincapié en esto o aquello. Es posible rever la liturgia, las maneras, las participaciones, la mayor o menor inculturación. Es posible estructurarse mejor, discernir los ministerios, formar y formarse en perspectiva. La Iglesia del Resucitado, eso sí, es universal, bien abierta, bien amplia, siempre dispuesta a recibir, siempre dispuesta a salir a pescar, siempre atenta al sitio que señala el Señor como prioridad; es eucarística, con una mesa donde pueden comer los hambrientos, donde Cristo preside dando y dándose, en un banquete de gracia, sin exigir pago de tarjetas ni participaciones; es de pastores que aman hasta la muerte, que no aplastan, que no tienen cátedras por encima del resto. La Iglesia del Resucitado vive de la vida de Dios, y no puede existir como si la Pascua no hubiese sucedido. La Pascua ha sacudido de tal manera los cimientos, que indiferencia no es una actitud eclesial.