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Nosotros no excomulgamos / Vigésimotercero Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 18, 15-20 / 04.09.11

Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos. Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano.

Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.

También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos. (Mt. 18, 15-20)

Ingresamos ya, siguiendo el Evangelio según Mateo, en su cuarto discurso. Recordemos que el libro está estructurado en torno a cinco largos agrupamientos de palabras de Jesús. El primer discurso es el llamado sermón del monte (cf. Mt. 5, 1 – 7, 29), que contiene las directrices éticas y morales del Reino de los Cielos. El segundo es un discurso misionero (cf. Mt. 10, 1 – 11, 1), de envío de los discípulos y líneas de acción para la acción evangelizadora de la Iglesia. El tercero es la colección de parábolas del Reino del capítulo 13, que los distintos domingos de la liturgia católica fueron jalonando. El quinto de los agrupamientos de palabras es el discurso escatológico (cf. Mt. 24, 1 – 26, 1), con frases, profecías y parábolas sobre el final de los tiempos. El cuarto discurso, del que leemos un pequeño fragmento hoy, comienza en Mt. 18, 1 y se extiende hasta Mt. 19, 1. La mayoría de los comentaristas lo llaman el discurso eclesial, mientras que otros prefieren el término comunitario.

Este discurso responde a una situación real y concreta que ha comenzado con Jesús. Al formar un grupo de seguidores íntimos, Jesús ha formado una comunidad. Esa comunidad sufre el paso del tiempo y la desaparición del Maestro. Aparecen conflictos, situaciones nuevas sin legislación, sombras en cuanto a temas específicos. Considerando que el Maestro ya no está físicamente para consultarlo, es preciso que las comunidades se organicen. ¿Qué hacer con un pecador público? ¿Quién decide su suerte? ¿Los dirigentes de la comunidad? ¿La comunidad reunida en asamblea? ¿Es necesario armar un juzgado dentro de la Iglesia? Hay un Espíritu y una línea general, un mandamiento del amor, una certeza de la Pascua, pero lo concreto, la problemática del día a día, exige a las comunidades la elaboración de reglamentos, de organigramas, de disposiciones y constituciones. La comunidad mateana no escapa a esa situación. El tiempo ha pasado, la Iglesia se ha enfrentado a diferentes tribulaciones tanto externas como internas, y ha elaborado un método de resolución. La única diferencia con los registros históricos de comunidades que han elaborado códigos para resolver conflictos, está en lo sencillo de las disposiciones del Evangelio según Mateo. Sin exagerar en normativas, sin abundar en detalles, especifica pasos concretos de acción. Lo que no se dice queda librado al Espíritu Santo que sopla en las Iglesias. Lo que no está legislado queda en el criterio comunitario inspirado en la vida de Jesús de Nazaret y en su muerte y resurrección.

El caso del que trata la perícopa litúrgica de este domingo es el del hermano pecador. No es uno de los pecadores ajenos a la comunidad, de los que no han aceptado al Cristo y su discipulado. Se trata de los mismos discípulos, los que ya hicieron una opción. Sin embargo, no parece tratarse de cualquier pecado. La traducción literal sería la referente a un pecado contra ti (eis se). Y el modo de tratamiento, implica que el pecado es público, de conocimiento de los testigos y, en definitiva, de toda la comunidad. Por lo tanto, este abordaje que propone Mateo parece limitarse a las siguientes condiciones: el pecado de un cristiano, que es pecado público y que afecta a otro, al prójimo. No sabemos cuál es el abordaje para otros tipos de pecados, pero pareciese que al tratarse de un error que afecta a la comunidad, es la comunidad la encargada de tomar la decisión. Hay pasos previos, más sutiles, de invitación al cambio, pero en definitiva, el texto deja claro que es la Iglesia la que subyace a la situación del discípulo. Es la Iglesia y no una sola persona, es la Iglesia y no los que ostentan la dirección, es la Iglesia y no ninguna estructura judicial la que se hace cargo en nombre de Jesús. Seguramente, la comunidad mateana podía relacionar de inmediato qué lista de pecados debían ser tratados así, porque lo que el autor hace palabras es un procedimiento ya en funcionamiento en la Iglesia, con tres niveles: el acercamiento personal, los dos testigos y la comunidad en pleno.

El acercamiento personal intenta limitar la publicidad del asunto, preservando al pecador y preservando a la Iglesia, que no se ve sometida a una situación incómoda. Esa es la primera instancia. Puede que haya una respuesta positiva, que el pecador escuche y cambie, o puede que la respuesta sea negativa. En ese caso se accede al segundo nivel de tratamiento, que es el ingreso de una o dos personas más al acercamiento para que en la situación haya dos o tres testigos, respetando el principio legal de Dt. 19, 15: “No basta un solo testigo para declarar a un hombre culpable de crimen o delito; cualquiera sea la índole del delito, la sentencia deberá fundarse en la declaración de dos o más testigos”. La medida sigue siendo cuidadosa y de preservación. Quizás, un abordaje individual queda sujeto a la subjetividad de quien lo aborda. La intervención de testigos aporta objetividad. Ya no se trata de cuestiones meramente personales, que pueden llevar a equivocaciones; ahora hay peso de testigos. Es probable que la Iglesia de Corinto tuviese el mismo método o un método similar (cf. 2Cor. 13, 1), también inspirado en el Deuteronomio. Nuevamente hay dos caminos. Si el pecador decide cambiar, ya se acaba el asunto, pero si persiste, el último paso es la asamblea convocada (la ekklesía), con todos los miembros, para la decisión comunitaria. Es la expresión máxima de lo que quiso mantenerse en privado, pero trascendió demasiado, y también la expresión máxima del poder de la comunidad sobre cualquier otro poder personal. Ni el solo individuo que aborda en primera instancia ni los testigos pueden tomar la decisión final; eso es ámbito comunitario. La división entre los exegetas se presenta en este punto. Un grupo interpreta que la declaración de pagano/publicano es una excomunión comunitaria. Los paganos y publicanos son los que no aceptan a Jesús y permanecen fuera de la ekklesía. Otro grupo de biblistas sostienen que no hay excomunión. Si repasamos el Evangelio según Mateo, queda claro que Jesús se relaciona con los paganos, inclusive remarcando su fe que, en muchos casos, es mayor a la de los considerados hijos del Reino (cf. Mt. 8, 5-13; Mt. 15, 21-28); y también se relaciona con los publicanos en el plano de la vida/mesa compartida (cf. Mt. 9, 9-13; Mt. 11, 19). Quiere decir que la declaración de pagano/publicano no es una excomunión total, ni siquiera cercana a lo que hoy entendemos como excomulgar. Si la comunidad intenta reproducir la vida y el Espíritu de Jesús, entonces tendrá con los paganos y los publicanos la misma relación que tuvo el Maestro. Cuando un discípulo pecador no acepta el cambio o la renovación, la comunidad lo considera así, pagano/publicano, no totalmente involucrado con el cambio de vida (conversión) que implica el camino de discipulado, pero no por eso fuera del Reino de los Cielos, no por eso falto de fe, no por eso excluido de la mesa. Esta resolución es más que interesante. Mateo es muy cuidadoso de no convertir el juicio comunitario en un patíbulo público. La comunidad de Jesús no estigmatiza, sino que, aceptando la situación de pecado, mantiene una relación con el discípulo errado que va más allá de un simple reconocimiento de su presencia. Es un pagano/publicano como los paganos/publicanos lo eran para Jesús. No sólo es posible seguir relacionándose con él o ella, sino que es obligación de la ekklesía hacerlo, respetando el modelo de relación inaugurado por el Maestro.

El poder de atar/desatar entregado a toda la comunidad (no sólo a Pedro, cf. Mt. 16, 19) tiene sentido cuando se lo lee desde el contexto de los paganos/publicanos. La Iglesia intenta reproducir, de la mejor manera posible, el espíritu del Evangelio. Se ve obligada a legislar y tomar decisiones respecto a hermanos íntimos, con los que se comparte la vida, pero no puede convertirse en estigmatizadora ni excomulgadora. Tiene el desafío de atar/desatar como ataría/desataría Jesús, seguramente con más atadura (comunión) que desatadura. Mateo no está poniendo el foco de su atención en la posibilidad de excomulgar, sino en la posibilidad de reconciliar. Todo el proceso escalonado, de diferentes niveles, buscando incasablemente el arrepentimiento y la conversión, es una muestra de lo importante que resultaba para la comunidad mateana conservar a los hermanos. Y si aún con todos los abordajes el hermano no cambia, la comunidad no condena, sino que comienza a tratarlo como el Maestro trataba a los paganos y a los publicanos, sin exclusión, sino incluyéndolo para invitarlo a la participación plena en la mesa. Al fin y al cabo, se trata de volver a empezar, volver al proceso de convencimiento de la plenitud que hay en la vida en el Cristo.

La comunidad puede demostrar eso al pagano y al publicano porque cree firmemente que Jesús está presente en medio de ella, sobre todo cuando expresa simbólicamente su comunión, estando reunidos. Se puede observar, en paralelo, una disputa entre la comunidad mateana y el judaísmo posterior a la destrucción del Templo de Jerusalén en el año 70d.C. Los rabinos fariseos, habiendo tomado el control del judaísmo, se debatían sobre dónde encontrar la presencia de Dios, ya que el Templo había dejado de existir. Para los cristianos, el planteo es dónde encontrar al Resucitado, y al mismo tiempo, dónde encontrar al Dios del Resucitado. Mateo modifica una vieja frase judía para expresar su opinión: “Si dos hombres se encuentran juntos y las palabras de la Ley están en medio de ellos, Dios habita en medio de ellos”. La Ley del cristiano es Jesús. La Iglesia puede decidir el futuro y la relación con los seres humanos si tiene al Resucitado presente en medio de ella y es conciente de esa presencia. Es una tarea muy difícil. Cuando las comunidades tienen que tomar una decisión respecto a un hermano o hermana, cuando el pecado público es evidente, cuando una serie de acciones han dañado al prójimo. No se puede excomulgar así porque sí. Mateo nos recuerda que Jesús no lo hubiese hecho tan fácil. Que hay un proceso primero, y si el proceso falla, tampoco la excomunión total es la solución. El Reino tiene otra modalidad. Jesús no nos permite erigirnos en jueces de un misterio, que es la participación en la vida de Dios. Allí termina nuestra jurisdicción, la jurisdicción de la Iglesia. Podemos construir una Iglesia que ata o que desata. Si somos seguidores del Nazareno, tendremos que tender siempre a atar, compartiendo la mesa con el de afuera, aunque el de afuera no quiera compartirla con nosotros.

El Nuevo Testamento de Jesús / Jueves Santo – Ciclo A – Jn. 13, 1-15 / 21.04.11

Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin.

Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo, sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que él había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura. Cuando se acercó a Simón Pedro, este le dijo: “¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?”. Jesús le respondió: “No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás”. “No, le dijo Pedro, ¡tú jamás me lavarás los pies a mí!”. Jesús le respondió: “Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte”. “Entonces, Señor, le dijo Simón Pedro, ¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!”. Jesús le dijo: “El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Ustedes también están limpios, aunque no todos”. El sabía quién lo iba a entregar, y por eso había dicho: “No todos ustedes están limpios”.

Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: “¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor; y tienen razón, porque lo soy. Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes. (Jn. 13, 1-15)

Desde el capítulo 13 hasta el 17 del Evangelio según Juan tenemos lo que podría denominarse el testamento de Jesús. Reuniendo a sus íntimos, sus discípulos más próximos, el Maestro dirige las últimas recomendaciones, enseñanzas y exhortaciones. Es un resumen del Evangelio en el que creía Jesús y la condensación de los sentidos más profundos. Cuando se trata de dirigir las últimas palabras antes de morir, es evidente que sólo se piensa decir lo importante. Las cosas accesorias quitan tiempo, roban minutos. Lo central, lo absoluto, eso es lo que debe quedar guardado como perla preciosa en el recuerdo de los oyentes. Más allá de la discusión erudita sobre el trasfondo histórico, es menester reconocer ciertos puntos:

a) Hubo una última cena, un último encuentro entre Jesús y sus amigos más íntimos. No sabemos si el sentido que Jesús le dio fue pascual, si fue una despedida amistosa o la instauración de un ritual. Aquí ya juegan las interpretaciones de los diferentes autores y comunidades evangélicas.

b) Hubo palabras en la última cena. Jesús dijo algunas cosas, quizás enseñanzas nuevas, quizás racconto de los hechos sucedidos, quizás recapitulación de enseñanzas viejas. Algunas de esas palabras quedaron en la memoria de los apóstoles y se fueron transmitiendo.

c) Jesús pudo percibir el ambiente de muerte a su alrededor. No se necesitaba ser adivino ni tener poderes sobrenaturales para darse cuenta de lo que ocurría. Jesús podía entender, mediante la inteligencia humana, que iban a matarlo. Esa sensación de muerte inminente tuvo que estar presente en la última cena. Lo que haya dicho Jesús esa noche, lo dijo en la emoción de ver amenazada su vida.

d) El discurso que conserva Juan, como casi todas las tradiciones joánicas, está alterado a favor de la teología de su comunidad. Es muy poco probable que Jesús haya pronunciado las palabras tal como las conserva el autor, pero sin dudas reflejan el pensamiento jesuánico, su visión del mundo, de Dios, de la comunidad humana. No serán los vocablos exactos, pero sí la profanidad de pensamiento real.

Teniendo en cuenta estos puntos, es posible rastrear en la literatura judía textos parecidos a los capítulos 13-17 del Evangelio según Juan. Se llaman testamentos. Tenemos, por ejemplo, el Testamento de los Doce Patriarcas, del siglo II a.C., o los Testamentos de Salomón y Testamento de Adán, posteriores al nacimiento de Jesús. No hay un modelo literario común para estos escritos, pero comparten un estilo, una manera y hasta una forma general. Comúnmente, predicen la muerte o la partida del personaje que habla. Se supone que es el último discurso y el orador sabe que lo es. Muchas veces, los testamentos se dan en un banquete, una última comida. Justamente, la comida tiene el sentido de reunir a todos los íntimos por última vez a causa de la muerte o la partida próximas. El orador suele exhortar a llevar una vida basada en su propio ejemplo. Sus discípulos, hijos o seguidores deben guiarse por lo que fue su vida y sus enseñanzas. En este punto, el orador recapitula lo que les ha dicho y remarca los puntos importantes. Finalmente, el orador deja instrucciones sobre cómo continuar tras su partida, cómo organizarse y cuáles serán las claves de la vida comunitaria a futuro. Como vemos, estos capítulos de Juan coinciden con el esquema del testamento judío. Jesús, el héroe que está por morir, en un banquete final, recuerda lo básico del Evangelio y exhorta a una vida comunitaria que deberá estar regida por el amor y el servicio en vistas a la unidad. La guía y el modelo son el mismo Jesús, Señor y Maestro. La unión de ambos títulos es adrede. Señor recuerda al señor romano, al emperador, al sistema político vigente; Maestro recuerda a los escribas, a los fariseos, los que enseñan la religión y son el símbolo del sistema religioso vigente. Jesús ha reinterpretado el sistema político y el religioso; ha dado a la política su sentido real (el pueblo) y a la religión su razón de ser (el pueblo). Son las personas lo importante bajo cualquier punto de vista, y ellas necesitan amor y servicio. Si el Señor y el Maestro aman y sirven, entonces el mundo es más parecido al Reino de Dios, más utópico, más divino. La expresión lavar los pies aparece siete veces en la perícopa que leemos hoy. Es claro hacia dónde apunta. Este lavado representa y simboliza lo que Jesús quiere que quede netamente claro. Hay que lavar los pies, pero hay que hacerlo como Jesús.

Cuando Jesús deja el manto y vuelve a tomarlo, la asociación directa es con su vida entregada que luego es recobrada en la resurrección. El manto simboliza a la persona. Jesús, lavando los pies está dando la vida, para luego tomarla de nuevo, renovada, como sucederá el domingo de resurrección. La conexión también hay que buscarla en el discurso del Buen Pastor del capítulo 10 de Juan. El Buen Pastor da la vida por las ovejas (cf. Jn. 10, 11.15) y la da para recobrarla (cf. Jn. 10, 17-18). El verbo lambano que utiliza el Buen Pastor para hablar del poder de recuperar la vida es el mismo que en el lavatorio de los pies describe la acción de recuperar el manto. Seguir el ejemplo de Jesús es atreverse a ser como el Buen Pastor, atreverse a dar la vida por los otros, demostrando que no hay amor más grande que dar la vida por los amigos (cf. Jn. 15, 13).

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El poder penetrante de la pasión (e inquietante) es que no se queda en un hombre ajusticiado hace siglos. Ese hombre ha lanzado una propuesta universal: que todos se animen a dar la vida por otro ser humano, que todos se des-vivan por el otro. Esa propuesta encierra una promesa: los que se des-vivan, en realidad, vivirán. Dar la vida es, en realidad, la oportunidad de recobrarla. Morir por otros es, en definitiva, vivir. La pasión intimida porque nos compromete. No es un espectáculo más ni una injusticia más. Es una exhortación directa a lavar los pies. La última cena no es una comilona de despedida porque ya no se volverán a ver; al menos, los apóstoles no lo entendieron así ni sus comunidades tampoco. En la última cena, la Iglesia encontró una visión complementaria de la cruz y la resurrección. La última cena es parte de la pasión también. Juan la inaugura recordando que Jesús amó a los suyos hasta el final. Eso es pasión, ser un apasionado. Sólo los apasionados pueden dar la vida por los otros, arriesgarse amando, perder ganando, morir resucitando.

El testamento de Jesús no es un cúmulo de bienes para repartirse entre sus seguidores. Es un testamento de amor, de pasión, de entrega. Reclamar para sí el testamento jesuánico es pretender que tenemos la entereza suficiente para morir como Él murió. De lo contrario, somos hipócritas. Cuando un cristiano particular o un determinado movimiento eclesial se atribuye la verdad sobre Jesucristo, el absolutismo sobre su comprensión, debería ser que está en condiciones de morir en una cruz sirviendo, debería ser que el martirio es su meta, debería ser que lava los pies cada minuto de su existencia. De lo contrario, es hipocresía. Este es nuestro Nuevo Testamento, nuestro único testamento: dar la vida (he ahí el Evangelio).

Bienaventurados los que cambian el mundo / Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 4, 25 – 5, 12 / 30.01.11

Lo seguían grandes multitudes que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania.

Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo: “Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia. Felices los afligidos, porque serán consolados. Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios. Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí. Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron. (Mt. 4, 25 – 5, 12)

Las bienaventuranzas son uno de los textos evangélicos que más líneas han suscitado en el mundo y en la historia. Se las aborda espiritualmente, para rezar con ellas, como modelo de vida cristiana, como propuesta social, como utopía del Reino, como reinterpretación del Antiguo Testamento, como novedad jesuánica, como programa misionero. Se llega a ellas desde distintas fuentes y distintas perspectivas. Algunos buscan, sinceramente, su significado último y su referencia al resto de la vida de Jesús. Otros, por el contrario, buscan la manera de endulzarlas y desprenderlas de su contexto para que digan lo que ellos quieren que digan. Algunos predicadores han conmovido y movido a la conversión a multitudes a partir de este texto. Otros han justificado órdenes sociales injustos con la promesa de que al sufrimiento de hoy, Dios lo quiere para retribuirlo en el futuro. Las bienaventuranzas son un texto fácil y complicado, pero ciertamente, se trata de unas líneas que no dejan a nadie en punto neutral.

La reconstrucción de la historia del origen de estas palabras es discutida. Además de Mateo, es Lucas quien las conserva. Obviamente, hay diferencias entre ambos. Mientras Lucas sitúa el discurso de Jesús en un llano (cf. Lc. 6, 17), para Mateo es en un monte. Lucas enumera cuatro bienaventuranzas (cf. Lc. 6, 20-23) a las que corresponden cuatro malaventuranzas (cf. Lc. 6, 24-26), mientras que Mateo enumera ocho o nueve (de acuerdo a la clasificación del estudioso de turno) sin las malaventuranzas. Y, quizás, la discordancia que más debate genera es que Mateo habla de pobres en espíritu cuando Lucas se refiere, directamente, a los pobres. Algunos biblistas sostienen que lo primero en existir fue una colección de logias, o sea, una colección de palabras, sentencias y frases de Jesús, probablemente recopilados en lengua aramea, reunidos a partir de tradiciones orales sobre sermones del Maestro o discusiones con fariseos. Esas colecciones habrían sido fuente para los capítulos 5 al 7 de Mateo y para el sermón de la llanura de Lucas, ambos escritos en griego. Según esta hipótesis, más allá del paso del tiempo, tendríamos a nuestro alcance secciones medulares del mensaje del Jesús histórico. Quizás, una especie de resumen de su Evangelio del Reino. No podemos aseverar que las bienaventuranzas fueron dichas todas juntas. Puede que, en distintos momentos de su existencia, Jesús haya sentenciado quiénes eran los bienaventurados de su Padre, y luego, las comunidades fueron agrupando estas sentencias hasta formar el conjunto que tenemos actualmente. Recordemos que hay más bienaventuranzas sueltas en los textos de Mateo (cf. Mt. 11, 6; Mt. 13, 16; Mt. 16, 17; Mt. 24, 46) y de Lucas (cf. Lc. 1, 45; Lc. 7, 23; Lc. 10, 23; Lc. 11, 28; Lc. 12, 37.43; Lc. 14, 14-15). Esto nos da el indicio de que Jesús utilizaba la expresión con una cierta frecuencia que llevó a los autores evangélicos a reproducirla.

Ahora bien, al focalizarnos en Mateo, tenemos que ampliar la mirada hacia la estructura general de su libro, para comprender qué papel juegan las bienaventuranzas en el sitio que les ha correspondido en la redacción final. Indagando el Evangelio, podemos determinar cinco secciones que coinciden en su frase inicial, en su frase final, y en la modalidad del contenido (discursivo a modo de enseñanza). Estas secciones comienzan, respectivamente, en Mt. 5, 2; Mt. 10, 5; Mt. 13, 3; Mt. 18, 3 y Mt. 24, 2, con alguna variante del verbo decir: y abriendo su boca, les enseñaba diciendo; y les ordenó, diciendo; y les habló muchas cosas en parábolas, diciendoy dijo; tomando entonces la palabra, Él les dijo. A la par, cada sección culmina, respectivamente, en Mt. 7, 28; Mt. 11, 1; Mt. 13, 53; Mt. 19, 1 y Mt. 26, 1 con la misma construcción gramatical: y sucedió que cuando Jesús terminó estas palabras; sucedió que cuando Jesús terminó de dar instrucciones; y aconteció que cuando Jesús hubo acabado de decir estas parábolas; y aconteció que cuando Jesús hubo acabado estas palabras; aconteció que cuando Jesús terminó todas estas palabras. De esta forma, el autor delimita cinco discursos de Jesús que enseña sobre algún tema. El primer discurso (Mt. 5, 2 – 7, 28) es el conocido sermón del monte, con una enseñanza para la vida cotidiana, sobre las actitudes cristianas. El segundo discurso (Mt. 10, 5 – 11, 1) es misionero, son las instrucciones para los discípulos enviados. El tercero (Mt. 13, 3 – 13, 53) es el discurso de las parábolas, en definitiva, el discurso sobre el Reino de Dios. El cuarto discurso (Mt. 18, 3 – 19, 1) es eclesiológico, dirigido hacia la comunidad y sus relaciones, su manera de vivir y de ser Iglesia. Finalmente, el quinto discurso (Mt. 24, 2 – 26, 1) es escatológico, es el pequeño apocalipsis sinóptico con el agregado mateano de las parábolas afines al tema tratado y la imagen del juicio final a las naciones. Estos cinco discursos emulan a los cinco rollos (libros) que conforman la Torá (nuestro Pentateuco): Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Para la tradición judía, fue Moisés el autor de los cinco libros. Por lo tanto, siguiendo la temática de sus primeros capítulos, Mateo está asegurando que Jesús es el nuevo Moisés, el nuevo pastor y guía de su pueblo, Israel. Por eso, a diferencia de Lucas, el sermón es dado desde el monte, y no desde el llano. Como Moisés que sube al monte Sinaí para recibir las tablas (cf. Ex. 19, 10-20), Jesús sube al monte (no se especifica cuál, justamente para reforzar el simbolismo) para dar la nueva ley, la ley del Reino. La diferencia es que Moisés le da la ley a Israel solamente, pero Jesús la universaliza, según Mt. 4, 25 que nombra a multitudes que vienen de la Decápolis y de la Transjordania, territorios gentiles.

Las bienaventuranzas, por ende, son mensajes universales. Están arraigadas en el Antiguo Testamento, en el lenguaje judío, pero se expanden hacia todos los varones y mujeres del mundo. Son una utopía, un deseo y un aliento que no se queda entre pocos, de manera elitista. Las bienaventuranzas son universales. Lo que debe quedar claro es que, a pesar de dirigirse a todos, no todos pueden ser abarcados en ellas. No todos están dispuestos a tomar el modelo que ofrecen. ¿Y cuál es este modelo? Recordemos que están incluidas en el discurso sobre la actitud de vida cristiana. Esta actitud, según los capítulos 5 al 7 de Mateo, se fundamenta en una ley de amor que entiende la religiosidad como una manera de afrontar la existencia teniendo presente a Dios en lo cotidiano, más allá de ritualismos y cultos que pueden enmascarar una hipocresía social. Por lo tanto, las bienaventuranzas se han de leer y comprender desde esta perspectiva de amor. ¿Son un mensaje de opio para los pueblos? ¿Son una invitación a mantener las situaciones injustas hasta que llegue el final de los tiempos con la resolución de Dios? De seguro que no. Ya de entrada, la primera de las bienaventuranzas está en tiempo presente. De los pobres en espíritu es hoy mismo el Reino de los Cielos (recordamos que, en lenguaje de Mateo, Reino de los Cielos es el equivalente al Reino de Dios de los otros evangelistas). No es una promesa para mañana, sino una constatación de la realidad. ¿Y cómo entender, entonces, a los pobres en espíritu? En esta frase, la traducción es fundamental. Usar la palabra alma, por ejemplo, como traduce la versión litúrgica, es un error gravísimo. El concepto que expresa el texto no tiene nada que ver con el alma. En griego, los manuscristos dicen ptochos pneuma. El ptochos es el pobre más pobre, el que está obligado a mendigar por su pobreza. Pneuma es el término para el espíritu; en este caso, para el espíritu del ser humano, o sea, para su fuerza vital, para aquello que lo impulsa. No estaría mal entender, entonces, a los pobres en espíritu como los pobres por decisión propia. Son los que se hacen pobres por una opción que surge de su fuerza vital. Han elegido la pobreza, su espíritu los impulsó a ser pobres. Esto concuerda mucho más con el sermón del monte que si hablásemos de pobres espirituales. Los pobres por decisión son aquellos que han elegido el camino del hermanamiento haciéndose hermanos en la pobreza de los más desprotegidos y azotados por el sistema económico. Jesús no avala el orden social que genera pobres; esos son pobres por decisión de otros, y Jesús rechaza esa pobreza. Al contrario, considera digna del Reino a la pobreza de los que la eligen a favor de sus hermanos. De ellos es, ahora mismo, el Reino, como lo es de los perseguidos por causa de la justicia. Para ambos es la misma recompensa debido a que están conectados en su opción de vida. Luchar por la justicia y hacer pobre por los pobres es, en el fondo, una misma lucha encarada desde distintos ángulos. En la misma línea puede leerse la bienaventuranza sobre los mansos que heredan la tierra. La idea está tomada del Salmo 37, donde se habla de aquellos que heredarán la tierra en herencia: los que esperan en el Señor (Sal. 37, 9: qavah yhwh), los desposeídos (Sal. 37, 11: anaw, también traducido como mansos), los benditos (Sal. 37, 22: barak), los justos (Sal. 37, 29: tsaddeq). Como vemos, entre los que heredarán la tierra están los desposeídos, los sin-tierra, que pueden traducirse como mansos. Con la bienaventuranza, inspirada en este salmo, también se puede hacer lo mismo. Los mansos no son aquellos pacientes que no hacen nada hasta que Dios se manifieste. Son los que esperan en el Señor, confiados y activos. Estos que esperan son, sobre todo, personas que no tienen tierra, que se las han quitado, que las tuvieron que vender, que se endeudaron con ellas. Pues bien, Dios les dará la tierra, porque la tierra es de Dios, y todos tienen derecho a la porción que les dé comida y sustento.

¿Se puede seguir sosteniendo que las bienaventuranzas avalan el orden social injusto y lo justifican? Claramente que no. La actitud de vida del cristiano es modificar la injusticia para que el Reino que conocen los que luchan por la justicia y los que se hacen pobres por opción, sea una realidad para los desposeídos, los que lloran, los afectados por la iniquidad, los misericordiosos, los de corazón puro y los que trabajan por la paz.