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Tiempo de cambiar las redes / Tercer Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B – Mc. 1, 14-20 / 22.01.12

14 Después que Juan fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo: 15 “El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia”.

16 Mientras iba por la orilla del mar de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que echaban las redes en el agua, porque eran pescadores. 17 Jesús les dijo: “Síganme, y yo los haré pescadores de hombres”. 18 Inmediatamente, ellos dejaron sus redes y lo siguieron. 19 Y avanzando un poco, vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban también en su barca arreglando las redes. En seguida los llamó, 20 y ellos, dejando en la barca a su padre Zebedeo con los jornaleros, lo siguieron. (Mc. 1, 14-20)

 

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El arresto de Juan, que se resolverá más adelante, en Mc. 6, 17, marca un quiebre escénico que pone a Jesús en la situación de tomar la posta del Bautista y llevarla a otro nivel. Así resulta que, habiendo llegado de Galilea para ser bautizado, Jesús vuelve a su provincia. Galilea estaba ubicada al norte de Palestina, y para el tiempo de Jesús, toda la zona oeste de la provincia se encontraba poblada por muchos gentiles, sobre todo los centros urbanos helenizados. Por esta razón, los galileos son considerados un pueblo mezclado (según los judíos de Judea), pervertido por su contacto con las formas y tradiciones paganas. Nadie espera, religiosamente, que la salvación provenga de Galilea. Sí ha sido un territorio de revueltas, donde algunos caudillos han intentado levantarse en armas contra Roma. La tierra está parcelada para los terratenientes, en muchas oportunidades extranjeros, que explotan al campesinado y a los jornaleros ocasionales. Otra parte de la población es de la clase media galilea, que en la realidad es una clase trabajadora que consigue, a diario, lo justo y necesario para la subsistencia (comida e impuestos).

Allí se dirige Jesús. Allí comenzará su anuncio del Evangelio. Las razones históricas de Jesús para optar por Galilea pueden estar en el arresto de Juan, quizás sucedido en las zonas limítrofes de Judea, Samaría y Galilea, lo que lo lleva a alejarse de los lugares comunes del Bautista, por razones de seguridad; pero también está la razón intrínseca del Evangelio, que como irá desarrollando el libro, es un anuncio para los pobres, para los que viven condenados por la religión, para el que no encuentra un horizonte claro en su vida. Galilea se presenta como el principio del Evangelio porque allí están los sometidos por los terratenientes, los mendigos que se han quedado sin tierras, expoliados por el capital extranjero, los hambrientos, los endemoniados. Para Marcos, redactor, Galilea es vital. Algunas hipótesis se inclinan a pensar que la importancia de Galilea derivaría en que Marcos escribe desde la Galilea del año 60-70 d.C., constituida por la Galilea palestina de la época de Jesús más un añadido territorial al norte, incluyendo parte del sur de Siria. Esta Gran Galilea, según varios historiadores, sería un sitio adecuado para situar la redacción de este Evangelio, sobre todo por su composición pagano-judía y su presencia romana. La otra hipótesis es que Marcos resalta la importancia de Galilea porque era creencia, en algunas primeras comunidades cristianas, que el regreso definitivo de Jesús se produciría en Galilea, y allí había que esperar la Parusía.

A los fines hermenéuticos, para la lectura del libro de Marcos, Galilea está asociada a la Buena Noticia del Reino. Marcos deja en correlación el Evangelio de Dios con el Evangelio del Reino, dando a entender que se trata del mismo mensaje. Esta asociación entre Evangelio y Reino puede rastrearse en el Tárgum de Isaías 52: “¡Cuán magníficos son sobre los montes del país de Israel los pies del que trae buen mensaje [evangelio], que proclama la paz, que anuncia cosas buenas, que proclama redención, el que dice a la comunidad de Sión: El reinado de tu Dios se ha revelado!”.

 

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Jesús es evangelizador en cuanto proclama un Evangelio que viene de Dios y que se refiere al Reino de ese Dios Padre. Las discusiones sobre la posibilidad de que la frase contenida en este versículo sea completamente elaborada por el Jesús histórico o transformada y modificada por la Iglesia, no empañan el sentido de la misma. Ciertamente, en el fondo de esta declaración de Jesús está el resumen de su pensamiento y de su proclamación, que posteriormente será incorporado por la Iglesia como su propio resumen, ya no referido directamente a Dios, sino a Dios mediante Jesús.

La proclama comienza con la certeza de que el tiempo se ha cumplido, lo que en griego se dice kairos pleroo. Kairos señala tiempos o períodos de tiempo no determinados por reglas establecidas (calendario, semanas, meses), sino por sucesos. Kairos son los tiempos que poseen características particulares, especiales, los tiempos peculiares, propicios. La irrupción de Jesús en la historia es la irrupción del tiempo del Evangelio de Dios. Tiempo que ha llegado porque se ha alcanzado la plenitud necesaria para que suceda. Esta plenitud no puede entenderse en forma paradisíaca. No es la plenitud de la perfección, sino la plenitud de lo que ha quedado pleno por haber sido completado. La palabra griega pleroo puede entenderse como ser llenado. El tiempo que anuncia e inaugura Jesús es un tiempo que ha sido colmado, como si se viniesen acumulando cosas, personas, dichos y eventos para desembocar en esa época. Es la idea de un embarazo, que a los nueve meses es pleno, no porque sea un embarazo perfecto, sino porque ha alcanzado su completitud. Este tiempo completo asociado a la llegada del Mesías, está en íntima relación, también, con la llegada del Reino de Dios que el Mesías viene anunciando. Posteriormente, la Iglesia asociará de manera indisoluble a Jesús con el Reino, como un mensaje único y conjugado, indivisible; pero aún así, Marcos deja entrever que en la historia de Jesús, su Evangelio es el Evangelio del Reino. A lo largo del recorrido por Galilea, y luego en el camino de subida a Jerusalén, Jesús desarrollará las distintas matices del Reino de Dios, sus integrantes, sus enemigos, su dinámica, sus principios, su manera de actuar. Por lo pronto, ante el anuncio estático de la llegada inminente del Reino, un israelita no podía pensar en otra cosa que en el Yahvé Rey que venía a tomar posesión de su trono en Israel para derrotar a las demás naciones y constituir el reino definitivo donde gobiernan los justos (junto a su Dios) sobre los infieles, convertidos o derrotados. La comunidad de Marcos ya sabe que no es así, que Jesús muere en una cruz, y que el Imperio Romano sigue siendo la potencia mundial de la época. Pero será necesario un desarrollo catequístico para entender en profundidad qué es el Reino.

Porque la Buena Noticia es sobre ese Reino, y exige una conversión, una metanoia (según el vocablo griego). Se produce la metanoia cuando alguien cae en cuenta de algo después de haberlo vivido. Es un cambio de la mente (de la mente-alma). Hay cosas que comprender y cosas que modificar en la vida de quien quiere sumarse al Reino.

 

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La orilla del mar es el sitio del nuevo escenario. Así como Galilea será el terreno especial y favorito de Marcos, la orilla del mar tendrá una importancia fundamental en su relato. El mar es, simbólicamente, la habitación de los poderes malignos. En el fondo de las aguas reposan los demonios y bestias monstruosas que acechan las embarcaciones. El mar es una fuerza de muerte que destruye y embiste. Pero a la vez, el mar es el punto de contacto con los otros lejanos, con el mundo, con el paganismo. Cruzando el Mar de Galilea se llega a territorio gentil. Mirando desde la orilla del mar se mira la universalidad, la grandeza de lo desconocido. Los primeros discípulos son llamados a orillas del mar, no sólo porque su oficio los pone allí, sino porque siendo hombres de mar, pueden abrirse a la universalidad, a la mirada lejana, a la apertura.

Este primer llamado de Jesús en Marcos parece no respetar el proceso histórico del discipulado. No median muchas acciones entre la aparición pública de Jesús y el llamado a Simón y Andrés. Quizás, esta precocidad indique uno de los tópicos fuertes y centrales del Evangelio: Jesús y los discípulos. De aquí en adelante, Jesús estará siempre, y en todos lados, con sus discípulos. Lo acompañarán en los milagros, en los exorcismos, en sus prédicas, en sus travesías, en sus caminos. Pero los oyentes de Marcos saben que los discípulos lo han abandonado en la cruz. En la hora de la muerte, Jesús ha estado solo. Marcos pone de manifiesto (y lo hará más patenten en Mc. 3, 14) que el discípulo debe estar con su Maestro, a pesar de todo, y que el abandono es un acto de cobardía.

Simón es el primero de los llamados, es el primer nombre que escuchamos de los que serán discípulos de Jesús. Es un pescador, como su hermano. Algunos estudiosos aseguran que los pescadores eran tenidos por gentes de mala reputación, sucios debido a su trabajo, y con no muy buena paga. Otros ven en los pescadores a un grupo de clase media que, económicamente, sobresalía un poco por encima de la media, con unos ingresos levemente mayores a lo necesario para la subsistencia. Simón recorrerá un largo camino de idas y vueltas con Jesús. La comunidad de Marcos lo conoce, sabe que Jesús le ha dado el nombre de Pedro y que es uno de los primeros testigos de la resurrección, pero Marcos se empecinará en mostrar los problemas de seguimiento que ha tenido Pedro, y cómo su discipulado tuvo que ser corregido y perfeccionado por la cercanía de Jesús.

 

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Los hermanos son llamados a un seguimiento. De esto se trata el discipulado y es lo que simbolizará Marcos en el camino de subida a Jerusalén. Los discípulos siguen el camino del Maestro, comparten la senda con Él. El sígueme es paradigmático. Es un resumen de la vocación de los discípulos. Jesús se lo volverá a remarcar a Simón en Mc. 8, 33-34, cuando se haga evidente que Simón está desviando el camino, tomando otra senda que no es la senda del Reino. El camino no se recorre en soledad, por eso son llamados de dos en dos, como luego serán enviados de dos en dos (cf. Mc. 6, 7). Es un acompañamiento intra-discipular que forma comunidad. Algunos comentaristas gustan hablar de colegiación en el discipulado, pero parece un término que estamos importando al Evangelio desde nuestra experiencia eclesial. Lo que hay es comunión, creada a partir del modelo familiar que Jesús declara superado por el Reino. Los hermanos de sangre deben asumir que hay una fraternidad mayor, y convertirse en hermanos en la Palabra que los convocó.

Siendo pescadores de peces, Jesús lo llama a ser pescadores de hombres. La expresión no es tan fácil de descifrar desde las Escrituras, pero sí desde el sentido común. Asumiendo su profesión, la labor en la que son especialistas, Jesús los convoca para ser especialistas en humanidad. No se trata de pescar en tono proselitista, sino de saber cómo acercarse al ser humano. La contrapartida son los pescadores y cazadores de hombres, descritos por Jer. 16, 16, que persiguen al ser humano. Jesús no quiere eso, no desea una cacería. Hay un giro en el símbolo de Jeremías para hacerlo positivo. Los discípulos son pescadores del tiempo escatológico, del tiempo pleno. Ezequiel vio un río de vida lleno de pescadores en sus orillas (cf. Ez. 47, 10) sobre la tierra final. Los discípulos de Jesús, insertos en el tiempo cumplido de manifestación del Reino, están impelidos por la dinámica de lo escatológico. El tiempo ha llegado. Los pescadores deben apostarse. Ha comenzado a circular el río de vida que sale de Dios. Como pescadores, los discípulos no son sólo espectadores de los sucesos, sino partícipes activos.

 

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El abandono de las posesiones y de los signos de la vida anterior son característicos en el discipulado. La metanoia que predica Jesús se exige concretamente en el llamado vocacional. Un modelo de llamada comparable es cuando Elías encuentra a Eliseo (cf. 1Rey. 19, 19-21), que termina sacrificando sus bueyes y quemando el yugo para unirse al profeta. Es el abandono de lo anterior para incorporarse de lleno a la causa del Reino.

 

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Literariamente, es válido preguntarse si las vocaciones de ambos grupos de hermanos constituían relatos separados o desde siempre estuvieron unidos como lo presenta Marcos. A favor de la separación está el horario de los distintos trabajos. Simón y Andrés están pescando, actividad que se realiza durante la noche. Santiago y Juan están arreglando las redes, actividad que se realiza durante el día. A favor de la unión original está la estructura de ambos llamados, que se repiten en los puntos clave y parecen haber sido creados en paralelo, con la intención de que quedaran como en un espejo. Lo cierto es que nuevamente estamos ante pescadores y la imagen de la red se hace presente.

Santiago y Juan parecen ser más ricos que Simón y Andrés, puesto que su padre tiene jornaleros (empleados). Podemos suponer que Zebedeo es un pequeño empresario pesquero, y que sus hijos están asociados a la empresa de su padre. Ambos discípulos recorrerán, al igual que Simón y Andrés, un largo camino de discipulado, de idas y vueltas, de comprensiones y conversiones. La comunidad de Marcos los conoce también, al igual que Simón: son las figuras fuertes de la primera Iglesia. Pero es necesario que hagan el camino de descubrimiento de estos hermanos intempestivos, preocupados por los honores del Reino.

 

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El abandono, en caso de Santiago y Juan, tiene que ver con la separación de su padre. Deben dejar a Zebedeo y todo lo que Zebedeo significa. En la misma línea anterior de superación de la familia sanguínea para vivir la familia del Reino de Dios, estos hermanos tienen que dejar la casa de su padre, el negocio de su padre y el sistema económico de su padre para incorporarse al movimiento de Jesús. Es una ruptura familiar necesaria para entender que la comunión propuesta por Jesús está en el orden de la Palabra, de la convocación por una causa, pero no por tradicionalismos. La familia hebrea, y sobre todo la posición del padre de familia, eran instituciones intocables de esa cultura. El hijo que abandona a su padre es un descarriado que no puede ser perdonado sin pasar por un castigo. La acción de Santiago y Juan es fuerte, es de ruptura cultural, de quiebre. Como Eliseo llamado por Elías, prenden fuego a lo que los ata para liberarse en pos del Reino.

Simón, Santiago y Juan conformarán, de aquí en adelante, el grupo especial de los tres que acompañan a Jesús en privado. Los tres estarán cuando Jesús reviva a una niña de doce años y cuando suceda la transfiguración. Los oyentes/lectores de Marcos saben que acompañaron a Jesús en la oración agónica en Getsemaní, y también saben que lo abandonaron en la cruz. Andrés desaparece de este grupo selecto hasta el capítulo 13, cuando nuevamente los cuatro pescadores de hombres estarán frente al Maestro, y éste les hablará sobre el final de los tiempos.

 

Seguir una Buena Noticia

Ir detrás de algo bueno no es una novedad. Cualquiera desea ir detrás de lo bueno. El problema está en no identificar, con claridad, cuán buena es la propuesta de Jesús. Y eso sucede, primeramente, por no entender de qué se trata el Reino de Dios. Marcos desarrollará con palabras, y sobre todo con hechos, de qué se trata este mensaje-realidad de Jesús, para que sus oyentes puedan hacerse una idea cabal. A través de los errores y aciertos de los discípulos (de Simón, de Santiago, de Juan) se irá develando qué es y qué no es. Pero desde el principio queda claro que se trata de algo muy bueno, de lo mejor que puede ofrecernos Dios. Por eso exige una conversión, un paso desde las prácticas de muerte a las prácticas de vida, un cambio de miradas, de intenciones, de actitudes.

El problema, como ya dijimos, está en no reconocer lo bueno del Reino, y en ni siquiera saber qué es el Reino de Dios predicado por Jesús. Tenemos conjeturas, suposiciones, creencias y prejuicios sobre el Reino, pero no podemos hacerlo concreto, no podemos expresarlo en nuestros términos. El Reino, que Jesús quiso poner a disposición de la humanidad, aparece abstracto, como una entelequia que soñó Jesús hace dos mil años y nunca tendrá asidero. Por eso no es tan fácil seguir la Buena Noticia. Nadie nos la explica, nadie nos la hace entender, nadie nos la muestra. No nos animamos a seguir lo desconocido. ¿Quién dejaría todo atrás por un Reino que parece de ficción? Nuestra situación respecto a la comunidad de Marcos es distinta cronológicamente en este punto, pero parecida. Ellos necesitaban una profundización que fuese recuerdo del Reino experimentado por los primeros discípulos (los mismos de quienes heredaron primariamente la fe), y nosotros necesitamos una explicación de raíz para recuperar un Reino que parece perdido en los avatares de la historia. Necesitamos un sacudón que nos muestre lo bueno de la Buena Noticia.

Este es el cordero que nos cambia / Segundo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B – Jn. 1, 35-42 / 15.01.12

35 Al día siguiente, estaba Juan otra vez allí con dos de sus discípulos 36 y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: “Este es el Cordero de Dios”.

37 Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús. 38 Él se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: “¿Qué quieren?”. Ellos le respondieron: “Rabbí -que traducido significa Maestro- ¿dónde vives?”. 39 “Vengan y lo verán”, les dijo. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. Era alrededor de las cuatro de la tarde.

40 Uno de los dos que oyeron las palabras de Juan y siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro. 41 Al primero que encontró fue a su propio hermano Simón, y le dijo: “Hemos encontrado al Mesías”, que traducido significa Cristo. 42 Entonces lo llevó a donde estaba Jesús. Jesús lo miró y le dijo: “Tú eres Simón, el hijo de Juan: tú te llamarás Cefas”, que traducido significa Pedro. (Jn. 1, 35-42)

Cordero de Dios

El título Cordero de Dios es mesiánico, es de la realeza, es profético, y para los cristianos es netamente cristológico. Pero también es un título, una imagen, un símbolo múltiple. De acuerdo a la posición que tomemos, el cordero puede ser el signo de la no-lucha, el signo de la mansedumbre, de la paciencia, o del sacrificio, o del pacto entre Dios y los seres humanos. Entre los Evangelios canónicos, es sólo Juan quien menciona el título explícitamente, y sólo en boca de Juan el Bautista. Ni Jesús se lo atribuye, ni lo hace el autor narrando, ni los discípulos, ni sus enemigos. Aparte de esta mención, sólo se puede encontrar nuevamente en dos libros del Nuevo Testamento: la Primera Carta de Pedro (cf. 1Ped. 1, 19) y múltiples veces en el Apocalipsis.

El Antiguo Testamento tiene una mención específica y clara al cordero en la fiesta de Pascua. Yahvé ordenó a los israelitas que estaban por escapar de Egipto que inmolaran, la noche en que pasaría el Ángel Exterminador, un cordero sin mancha, macho y de un año (cf. Ex. 12, 5). Estas características del animal tienen que ver con las primicias y con lo perfecto que se ofrece a Dios. Por tradición común a muchas culturas y religiones, a la deidad no se le pueden ofrecer las sobras, sino lo mejor de la producción humana; lo mejor de la cosecha, lo mejor de la pesca, lo mejor del ganado. Para los israelitas, lo mejor era un cordero nacido sin defectos (eso significa sin mancha) y joven. Además, se trataba de un momento festivo, de celebración de la liberación, y por eso era preciso celebrar con lo mejor, reconociendo que es un momento importante; como hacen aquellas personas que guardan una botella de vino añejo para destapar cuando la ocasión lo amerite. Para esta Pascua israelita, el cordero debía comerse al anochecer. Los evangelistas han tomado esta tradición de distintas maneras para relatar la pasión de Jesús, de manera que la imagen del cordero pascual judío se convirtiese en la imagen del cordero Jesús, inmolado para la alianza definitiva entre Dios y los seres humanos. Así es que la pasión está enmarcada en las celebraciones pascuales judías: Jesús cena con sus discípulos para celebrar la Pascua de Israel o en las vísperas de la Pascua (entre esas opciones se debaten los exegetas), su sangre es sangre de alianza (como la del cordero inmolado), su muerte comunica con Yahvé, no le rompen ningún hueso (como el cordero sin mancha, sin defecto) para rematarlo en la cruz. Por eso, para el cristiano que leía el Evangelio según Juan, claramente el título de Cordero de Dios tenía que ver con Jesús, sin mediar mayores explicaciones.

Aún más profundo es el componente profético del título. Según Jeremías, él mismo era un cordero llevado al matadero (cf. Jer. 11, 19) cuando sus enemigos lo perseguían. Un cordero manso, sólo sustentado en la violencia de la palabra profética, pero no en la violencia física ni psicológica. Es la imagen que toma el segundo Isaías cuando describe al Siervo de Yahvé, también como un cordero llevado al matadero sin hablar (cf. Is. 53, 7). El cordero profético (mesiánico) es un elegido de Dios para transmitir su Palabra, para revelarlo, desde la no-violencia. El cordero es la actitud pasivo-activa que se opone a la violencia (guerra) del mundo. El Cordero de Dios no se impondrá por las armas ni por la sangre derramada de los otros, sino por su propia sangre entregada. Será su entrega parte importante del mensaje, su entrega por una causa que es la causa de Dios. Así como Jeremías acepta las tribulaciones y persecuciones que vienen de decir las cosas de Dios, así Jesús aceptará que no es fácil hablar del Reino en un mundo de reinos violentos. Pero a largo plazo, a pesar de la visión negativa del destino del cordero (asesinado, llevado al matadero), surge la esperanza de un cordero levantado, restituido; un cordero al que, según la tradición hebrea, Dios le hace salir cuernos (el cuerno es el símbolo del poder en las Escrituras) transformándolo en carnero que vence. Este es el espacio para la fe en la resurrección cristiana. Jesús, cordero llevado al matadero, es levantado de entre los muertos para tener el poder que siempre tuvo, y que confirmó en su martirio de cruz.

Discípulos del Cordero

Juan el Bautista señala a Jesús como Cordero de Dios y sus discípulos corren tras Él. Esta es la primera vez que los Evangelios mencionan a discípulos directos del Bautista, lo que constituye una osadía histórica para el autor del libro. No porque se trate de un invento, sino todo lo contrario. Una de las grandes problemáticas de los inicios cristianos consistía en dilucidar la relación entre Juan el Bautista y Jesús; quién era mayor, cómo se conocían, qué había respecto al bautismo. Incluir a discípulos del Bautista que lo dejan para irse con Jesús complica la exégesis. A diferencia de los Sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas), donde los primeros discípulos de Jesús provienen del ambiente de la pesca de Galilea, desde donde son llamados directamente por el Maestro, en Juan se produce un traspaso de discípulos, además de que parecen provenir de un ambiente más estudiantil, ya de discipulado. Por eso llaman, sin preámbulos, rabbí a Jesús. Es el término que designa al maestro, el que enseña las Escrituras y las tradiciones de los antepasados. Su primer rabbí ha sido el Bautista, pero ahora es el Cordero de Dios. Quizás es ese cambio rotundo el que no logran asimilar completamente los nuevos discípulos. No pasarán a formar parte del grupo discipular de otro maestro más, sino que ingresarán a la vida del Cordero. Ante la pregunta sobre dónde vive (o sea, dónde enseña), Jesús invita a compartir la vida. No tendrán clases estructuradas, ni un aula, ni un camino con asignaturas. Su camino será compartir la vida con el Cordero (y compartir la muerte, de ser necesario).

Es otro tipo de experiencia discipular, donde se cambia la calidad de la enseñanza. Ya no es el rabbí, sino el Cordero de Dios, el de la palabra profética, el que callará y enmudecerá cuando otros tomen las armas, el que propondrá un camino diferente, de paz, pero de defensa de una causa que es la causa de Yahvé. Es el que probablemente muera, como un cordero llevado al matadero; pero detrás de esa muerte, para quien sabe entender y oír las profecías, está la restitución del cordero, su levantamiento.

Este cambio lo sufre en carne propia Simón, quien recibirá un nuevo nombre. En el Antiguo Testamento, podemos hallar dos ejemplos claros de cambio de nombre: Abrán en Abraham (cf. Gen. 17, 5) y Jacob en Israel (cf. Gen. 32, 29). En ambas oportunidades, el cambio de nombre es sucedido de una explicación del por qué del cambio: Abrán pasa a ser Abraham porque significa padre de muchos, y Jacob pasa a ser Israel porque ha sido fuerte contra Dios. El cambio de nombre por parte de Dios es un cambio en la situación del afectado, que ya no puede llamarse igual porque ya no es el mismo. Los lectores de Juan saben que, en un principio, el que conocen como Pedro se llamaba Simón, y por lo tanto, saben que ha cambiado. Jesús lo ha cambiado, lo ha transformado. Como cualquier discípulo se transforma en el encuentro con el Cordero.

Nuevo nombre

Un nuevo nombre, en el espacio bíblico, es una nueva condición, una nueva situación. En eso consiste el encuentro con Jesús. En cambiar. Cambian las percepciones, las maneras de sentir y de pensar, los paradigmas, las creencias, el estilo de vida. Cambia el mundo porque cambia nuestra manera de entender el mundo. Jesús tiene la dinámica del cambio, que para la teología, es la dinámica del Espíritu Santo. Habitado por el Espíritu de Dios, Jesús tiene la capacidad de producir cambios en su entorno. Unos discípulos del Bautista lo siguen, dejando atrás una enseñanza que ya consideran anterior, pasada, en todo caso preparatoria, anticipatoria. Jesús viene a ser lo nuevo, la renovación en sus vidas, el cambio necesario. Se sienten impelidos a ir detrás del Cordero.

Para la Iglesia no es fácil seguir a un cordero. Es preferible estar detrás del triunfante carnero, y no refugiados en la paz activa de la oveja que es llevada al matadero. Para eso necesitamos que nos vuelvan a cambiar los nombres. Que nos cambien los nombres propios y los nombres de la Iglesia. Necesitamos esa dinámica del Espíritu que nos permite ver con claridad las circunstancias del Cordero. Para eso tenemos que vivir con Él, estar con Él, compartir su experiencia; y el lugar privilegiado para hacerlo es con el pobre, con el que está tirado, con el marginado. Allí se vive el Cordero, y allí se hace uno discípulo. La clave está en la experiencia. Pero si esa experiencia no se acompaña por la posibilidad de dejarnos cambiar el nombre, o sea, dejarnos cambiar en lo profundo, en nuestra misión sobre la tierra, entonces es vana. Es la aventura de dejarse transformar, dejarse mutar, virar hacia una forma novedosa. Una forma de corderos proféticos, con la voz firme, sin violencia de armas, pero con la seguridad del efecto que tiene la Palabra de Dios. Corderos dispuestos a ir al matadero en la defensa del Reino. Esa Iglesia-Cordero queremos, sumida en compromiso, haciendo alianza con su sangre derramada por el martirio, no con contratos ni pactos gubernamentales o empresariales. Queremos una Iglesia que se deje cambiar el nombre, y en lugar de Iglesia de Pedro pueda llamarse Iglesia de Jesús.

La fórmula matemática del perdón / Vigésimocuarto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 18, 21-35 / 11.09.11

Entonces se adelantó Pedro y le dijo: “Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?”. Jesús le respondió: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores. Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda. El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: “Señor, dame un plazo y te pagaré todo”. El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda. Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: Págame lo que me debes. El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: Dame un plazo y te pagaré la deuda. Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor. Este lo mandó llamar y le dijo: ¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?. E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía.

Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos”. (Mt. 18, 21-35)

El texto de hoy se abre con una pregunta de Pedro a Jesús sobre la cantidad de veces que hay que perdonar. Rabínicamente, Pedro está dentro de la casuística. Quiere saber dónde está el límite del perdón. Porque convengamos que estamos hablando del mismo hermano que ofende reiteradamente, no de distintos ofensores. ¿Hasta cuándo perdonarlo? ¿Hasta dónde soportarlo? Pedro propone siete veces. El siete es, en simbología semita, la cifra de la plenitud o totalidad. Algunos estudiosos creen que debe a la percepción cósmica astral judía, según la cual habría sólo siete planetas, y esos siete planetas serían la totalidad del cosmos. Otros aseguran que se debe a una percepción cósmica, pero no astral, sino lunar, según la cual cada fase de la luna que dura siete días habla de un período completo. La semana tiene siete días y culmina en el sábbat, día pleno y completo, según el esquema de Gen. 1, 1–2, 3. Una tercera opinión, mezclada ya con ideas helenistas, obtiene el número siete de la suma del tres (totalidad del tiempo: pasado, presente y futuro) y el cuatro (totalidad del espacio: este, oeste, norte y sur), logrando abarcar el universo en sus dos dimensiones. Sea de lo forma que fuese, el siete es lo todo y lo pleno. Pedro le está proponiendo a su Maestro una respuesta de plenitud, que no es mala, sino todo lo contrario. Pedro, en sí, es muy generoso. Aunque el mismo ofensor recaiga en su ofensa, el apóstol cree que hay que perdonarlo plenamente cada vez que se presente la oportunidad. Su error no está en la respuesta que él mismo elabora para la casuística, sino en la pregunta inicial. Al interrogar sobre cuántas veces, está poniendo en juego un límite que Jesús rechaza. Por eso multiplica: se debe perdonar setenta veces siete, equivalente a setenta por siete, equivalente a diez por siete por siete. Jesús se vale de la simbología numérica para representar el infinito. No alcanza con el siete de la plenitud, sino que debe elevarse ese siete a otro siete (más plenitud) que se multiplica por diez (refuerzo del sentido del número que se multiplica). La respuesta de Jesús recuerda Gn. 4, 24: “Caín será vengado siete veces, pero Lámec los será setenta veces”. Al ciclo infinito de violencia entre hermanos desatado en Génesis con el asesinato de Abel (cf. Gn. 4, 8), el Hijo del Hombre lo enfrenta con la frágil y, a la vez, poderosa arma del perdón.

En ese contexto se narra la parábola del rey que perdona y el siervo que no lo hace. Sólo la redacción mateana conserva esta historia. Lo que ha llamado la atención a varios comentaristas a través del tiempo es el marco narrativo de la parábola que parece difícil de congeniar con el mensaje del Evangelio. Se trata de una parábola que asume el sistema de esclavitud y servidumbre de la antigüedad, con un rey tirano que tiene el poder de castigar y hasta vender a sus súbditos si lo considera necesario. No se puede trazar una lectura alegórica directamente. Es imposible asociar, así sin más, el rey de la parábola a Dios y el siervo al discípulo cristiano. Si así fuese, asumiríamos que Dios puede ser tan tirano como el rey de la historia, concepto que se contradice con el resto del mensaje de Jesús. Tenemos que buscar, entonces, el sentido parabólico de la narración jesuánica. Para ayudarnos, anteriormente, Mateo ha dejado establecida la relación metafórica entre el perdón de las deudas y el perdón de los pecados, en la oración del Padrenuestro (cf. Mt. 6, 12), con una aclaración inmediata que sirve como clave hermenéutica de la parábola que leemos este domingo: “Si perdonan sus faltas a los demás, el Padre que está en el cielo también los perdonará a ustedes. Pero si no perdonan a los demás, tampoco el Padre los perdonará a ustedes” (Mt. 6, 14-15).

En la parábola en sí, el personaje en crisis es el siervo (doulos). Esta designación no corresponde a un esclavo con malas condiciones socio-económicas en todos los casos. Al tratarse de un ámbito de nobleza es aplicable a los servidores de la corte, inclusive con buen pasar económico, encargados de asuntos del Estado. Es siervo porque sirve al rey, al reino. Si bien se trata de una forma de esclavitud, conviene aclarar. Sobre todo en esta parábola que sitúa al siervo como un gran recaudador de impuestos, y que desde allí se explican las cantidades. Su deuda para con el rey es de diez mil talentos. En comparación, Pompeyo obtenía para Roma, de toda Judea, diez mil talentos en tributos hacia el año 60 d.C. Lo que el siervo debía no era personal, sino fruto de su trabajo. No sabemos si se ha quedado con el dinero o ha hecho malos cálculos. De todas formas, la deuda es gigantesca e impagable. Cuando el rey cita al siervo sabe perfectamente el desenlace; el hombre no tendrá diez mil talentos para cancelar su morosidad. Ejecutando su poder, el rey decide vender al siervo junto a toda su familia y sus bienes. Aún así, al precio que tenían los esclavos en el siglo I d.C., no se hubiese cancelado la deuda de diez mil talentos. Lo que hace el rey es marcar su territorio, demostrar su poder. Él tiene poder de vida y de muerte sobre sus súbditos. La suerte del siervo infiel servirá como escarmiento para los demás súbditos.

Pero se produce un giro en la historia. El siervo suplica, pide una prórroga para cumplir con la deuda. Nuevamente, el rey sabe que una prórroga es inútil. Nunca recuperará esos diez mil talentos, pero ser compasivo es una muestra de realeza que puede ser beneficiosa. Era común la práctica en los reyes de la antigüedad que perdonaban para generar respeto. Jesús dice que el rey sintió compasión, pero los que venimos leyendo el Evangelio según Mateo desde el principio sabemos que es una compasión diferente a la de Dios. El rey busca su beneficio propio. Aunque perdona la deuda completa, el siervo no se hace libre, sino que continúa como esclavo del reino, y con el peso tácito de no hacer ningún paso en falso, controlado de cerca, en la cuerda floja. De la audiencia no sale aliviado. Se tuvo que humillar, tuvo que clamar por su vida. Frente a los demás siervos ha perdido prestigio. Todos saben que fue denigrado. Esta situación explicará la actitud que tiene con el compañero que le debe cien denarios. Inmediatamente ejerce violencia tomándolo por el cuello. La violencia es una demostración de poder. Evidentemente, los cien denarios no hacían diferencia en su deuda de diez mil talentos. Un denario es el salario de un día de trabajo jornalero. La agresión no es por el dinero, sino por la necesidad de mantener el status. Al ser humillado por su rey, necesita humillar a otro para que el orden social quede equilibrado. El compañero le pide una prórroga, como él lo hizo, pero en este caso decide no darla, ya que no está en condiciones de demostrar más debilidad.

Lo que no cuenta el siervo es que la noticia llegará al rey, y que el rey ha sido compasivo por cuestiones de poder, no de benevolencia. Al no prorrogar a su compañero, ha dejado al rey como un débil. El rey perdona las deudas, pero sus súbditos no lo hacen. Para dejar en claro que no es ningún débil y que sigue siendo el poderoso, el rey revoca el perdón y lo castiga severamente entregándolo a los basanistes, que podríamos traducir como torturadores. En un manejo mafioso, el rey reivindica su situación de superioridad frente a los demás. Nadie puede atribuirse ser mejor que él. Si alguien lo hace, termina con los torturadores. Los compañeros del siervo que lo delataron frente al rey tenían más clara la puja de poderes, y al delatarlo se hicieron aliados del más fuerte, protegiendo su status, su situación laboral y su protección.

La conclusión de Jesús es que sucederá lo mismo en la situación escatológica si los discípulos no perdonan de corazón. La comparación es escatológica, no alegórica. Dios no es como el rey de la parábola, pero la situación puede compararse. Si el discípulo no muestra perdón, habiendo sido perdonado, entonces está rechazando su situación de perdonado, como si no la reconociese ni asumiese. El desarrollo puede ser distinto (seguramente es distinto a la historia del rey y el siervo), pero el desenlace puede ser un punto de comparación. Así será para los que rechacen el perdón divino rechazando perdonar a los hermanos. El planteo de Pedro está equivocado porque habla en términos de límites, cuando el perdón no puede limitarse. Si la intención de la vida discipular es reproducir la vida de Jesús y la vida de Dios, la actitud del perdón debería emular el perdón divino, sin límites, sin restricciones, sin beneficios personales, sin esperar nada a cambio, desde la gratuidad.

El perdón genera un cambio ontológico. Somos distintos desde el perdón. El perdón nos configura a un estilo de vida que nos renueva y nos hace mejores. Aceptar el perdón que nos prodigan sin manifestar el perdón, es rechazar el primero, en realidad. O no ser concientes. Hay una pregunta que Dios nunca se hace: ¿hasta cuándo debo perdonar a este hijo? Si nosotros la hacemos es porque todavía no hemos profundizado el sentido del perdón del Evangelio. Dios no es un rey tirano; los tiranos somos nosotros cuando nos manejamos como los personajes de la parábola, por cuestiones de poder. Cuando ejercemos violencia en lugar de ejercer la reconciliación. Esa actitud nos condena. Nos condenamos porque rechazamos el perdón primigenio, porque vivimos una vida no transformada, por lo tanto, no convertida. El otro merece tanto perdón como perdón hemos recibido. Es dificultoso, sobre todo en ofensas grandes, elocuentes. Pero el razonamiento de Jesús es constante: hay que ser misericordiosos como el Padre es misericordioso (cf. Lc. 6, 36), hay que dar gratis lo que gratis hemos recibido (cf. Mt. 10, 8).

María de la historia / Inmaculada Concepción – Ciclo A – Lc. 1, 26-38

En el sexto mes, el Angel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María. El Angel entró en su casa y la saludó, diciendo: “¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo”. Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo.

Pero el Angel le dijo: “No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin”.

María dijo al Angel: “¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre? “. El Angel le respondió: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios”.

María dijo entonces: “Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho”. Y el Angel se alejó. (Lc. 1, 26-38)

Las fiestas marianas presentan, para la Iglesia de hoy, el desafío de interpretarlas de una manera en la que María no salga perjudicada. Esto es, de una manera que haga justicia a la María histórica sin adornarla demasiado con elementos externos que se fueron sumando durante el progreso de la mariología. Los elementos externos, más allá de su valor religioso, en muchas ocasiones son obstáculo para el ecumenismo, por un lado, y obstáculo para los lectores de la Biblia que pretenden hallar a la muchacha de Nazareth sin poder hacerlo debido al acervo católico que arrastran. ¿Quién no ha leído el relato de la anunciación de Lucas con la imagen en mente de tantas pinturas famosas o de vitreaux de templos? ¿Quién no ha identificado a la mujer del capítulo 12 de Apocalipsis con María por pura asociación extra-bíblica? Nuestro catolicismo está tan impregnado de estos elementos externos a los que hacemos mención, que es difícil la reversión de la imagen; es difícil hallar en María de Nazareth, la adolescente judía de 13, 14 ó 15 años, un mensaje, con fundamento bíblico, que nos afecte el hoy. ¿Acaso tiene sentido bucear en esa María, en la histórica? ¿No es más valiosa la reina de las estampitas, la de las basílicas? Evidentemente, si el proceso histórico (católico) puso a María sobre los altares, es porque, de una u otra manera, la María de Nazareth encierra el sentido primigenio del mensaje de Dios a los seres humanos. Los títulos posteriores, las basílicas, los mensajes atribuidos a ella, son ropajes, que como cualquier vestimenta, responden a una época, a la cultura de esa época, al modo de ser del lugar donde se fabricó el vestido. Quizás, sea hora de ir quitando los ropajes para que lo original, la muchacha adolescente de Nazareth, se abra paso desde su originalidad y nos cuente qué hizo Dios en ella, aunque lo sabemos de sus palabras: “el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas” (Lc. 1, 49).

Aquí van tres claves para encontrar a la María de Nazareth y lo que Dios hizo en ella:

a) María de Dios: el saludo del ángel tiene dos expresiones interesantes: alégrate y llena de gracia. Sobre el significado griego de las palabras aquí utilizadas por Lucas y su correspondencia teológica se ha escrito mucho. Algunos escriben para defender la Inmaculada Concepción, otros lo hacen para atacarla. Quizás, una de las mejores explicaciones y, consecuentemente, una de las mejores traducciones del saludo del ángel, haya que atribuirla a De La Potterie y a Delebecque: “Alégrate de ser (de haber sido) transformada por la gracia”. Este es el gozo que anuncia el mensajero divino a la muchacha de Nazareth: que se alegre, que salte de satisfacción, porque la gracia de Dios puede transformarla, y no sólo puede, sino que ya la ha transformado. María, mujer judía marginal, perdida en una aldea de Palestina, desconocida de la historia de los Imperios, es la Madre de Dios. Claro que Yahvé la ha transformado, y por supuesto que es pura gracia esa transformación. La gracia es regalo, es el propio amor de Dios que se derrama gratuitamente. El honor de llevar a Jesús en su seno es un regalo de amor, es el regalo de la vida divina que pasa a habitar en su vientre. Dios la ha elegido para algo grande, y para eso la ha dotado, la llenó de gracia, o sea, la llenó de su amor. Porque es el amor de Dios lo que permite emprender las grandes proezas. Los que son capaces de dejarse amar por ese amor y, a la vez, intentar reproducirlo con el prójimo, son los que hacen de la historia un camino de Reino de Dios. Son aquellos que se dejan amar y aman como María, o como Jesús, o como Pablo, o como tantos que han entendido la gratuidad a partir de las enseñanzas del Maestro: “Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente” (Mt. 10, 8b).

b) María de escucha: el Evangelio de la infancia narrado según Lucas está construido como un paralelo entre Juan el Bautista y Jesús, por lo tanto, entre los padres de uno y los padres del otro. El mayor contraste de Zacarías, en este caso, es María. Son personajes conectados, pero opuestos, y opuestos por una razón literario-teológica. Zacarías representa a la Antigua Alianza, y por eso es varón, sacerdote del Templo, que recibe la visión del ángel en Jerusalén. María, en cambio, es mujer, laica, y recibe las palabras del ángel en su pequeña aldea, lejos de la pompa litúrgica. Estas diferencias obvias encierran una diferencia sutil: a Zacarías se le presenta el ángel y lo ve (cf. Lc. 1, 11-12), mientras que para María no hay visión, sino palabra; el ángel la saluda y ella se desconcierta al oír las palabras del ángel. Este cambio es un paso teológico muy grande. María, figura de la Nueva Alianza, es la que oye, la discípula. Como María hermana de Marta, que a los pies del Maestro representa el discipulado (cf. Lc. 10, 38-42). No hay visiones aparatosas para ella, sino Palabra de Dios que la inspira, la llena de gracia, y la impulsa a asumir su misión. Porque es mujer que sabe oír, es mujer que preguntará, repreguntará y responderá. María se hace discípula de un proyecto alocado de Dios que consiste en traer su Hijo al mundo a través de ella. No pedirá señales que se puedan ver; María confía, tiene fe en la Palabra empeñada de Dios, y por eso se suma a la iniciativa.

c) María de palabra: las palabras finales del ángel sobre el poder de Dios que no deja nada como imposible, también encuentran una muy buena traducción en Delebecque, siguiendo los textos griegos originales: “porque, viniendo de Dios, ninguna palabra quedará sin efecto”. A eso responde María: a la Palabra de Dios, porque sabe que es palabra fiel, cumplidora, profética. El Señor es Poderoso, y hace posible lo imposible, y hace grandes cosas en María, porque tiene una palabra auténtica. No dice por decir, no promete como los políticos, no jura en vano. María conoce tanto a su Dios, que es capaz de confiarle su útero, en nombre de la Palabra que ha recibido. Eso la convierte a María en mujer de palabra, también. No dice que ahora y cambia de opinión luego. Su aceptación es una aceptación sincera, sin dobleces, sin segundas intenciones. María, desde su incapacidad de actuar como testigo para ley judía (que exige dos testigos varones para los casos judiciales), es la mejor testigo de la acción de Dios en la historia, porque en su fibra íntima ha recibido la transformación que obra el Señor. No ha visto ángeles, no ha presenciado las plagas de la salida de Egipto, no estuvo en las guerras que Israel peleaba con signos prodigiosos. María ha escuchada una Palabra, ha confiado en Ella, y ha concebido en su seno. Esa es su historia (la de una muchacha de Nazareth), esa es la historia del discipulado (escuchar, responder y concebir a Jesús), esa es la historia particular que cambia toda la historia de la humanidad.

Sincerar la vocación / Vigésimotercero Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 14, 25-33

Junto con Jesús iba un gran gentío, y él, dándose vuelta, les dijo:

“Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo. ¿Quién de ustedes, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminarla? No sea que una vez puestos los cimientos, no pueda acabar y todos los que lo vean se rían de él, diciendo: ‘Este comenzó a edificar y no pudo terminar’. ¿Y qué rey, cuando sale en campaña contra otro, no se sienta antes a considerar si con diez mil hombres puede enfrentar al que viene contra él con veinte mil? Por el contrario, mientras el otro rey está todavía lejos, envía una embajada para negociar la paz. De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.” (Lc. 14, 25-33)

Es evidente que la lectura litúrgica de hoy habla del discipulado. En tres oportunidades habla Jesús de ser discípulo mío, y las tres veces son lo suficientemente duras como para desalentar a cualquiera que le cruce por la cabeza seguir al Maestro. Se habla de odiar a los familiares para ser discípulo, de cargar la cruz y de renunciar a todas las posesiones. A partir de allí, desde esa base, es posible adentrarse en un camino de profundidad en la relación con Jesús. Seguirlo a través de Palestina como una aventura, o como se sigue a un circo, lo hace cualquiera, pero ser capaz de radicalizar esa opción no es algo multitudinario. Por eso remarca Lucas que venía un gran gentío acompañándolo, y dándose vuelta, se dirige a esa masa de seres humanos para esclarecer de qué se trata la extraña existencia de este hombre de Nazareth. No es un fenómeno de feria ni un hablador ni un vendedor de buzones. Este hombre trae un mensaje tan serio, que demanda una seriedad única en sus seguidores. Veamos las tres condiciones discipulares más en detenimiento:

1. Odiar a la familia: algunas traducciones bíblicas suavizan el original griego miseo que significa odiar, detestar, y que es el utilizado por Lucas en el versículo 26: si alguien no odia a su… Así pronunciado, en español, en nuestro lenguaje, es una frase casi insoportable. En el estilo lingüístico semítico, no hay nada mejor que ese tipo de frases para memorizar. Recordemos que la primera transmisión de las enseñanzas de Jesús se realiza por vía oral entre los primerísimos discípulos. La transmisión oral exige sentencias cortas, violentas, chocantes, y por ello, memorizables. Si la sentencia es odiar al padre, madre, esposa, hijos y hermanos, difícilmente alguien pueda pasarla por alto. A nadie se le ocurriría olvidarse del mensaje de Jesús que invitaba al aborrecimiento de los íntimos. Mateo conserva el logion modificado: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí” (Mt. 10, 37). Se trata de una versión arreglada para manifestar el sentido real de la frase, que no es precisamente odiar, sino amar menos, o amar relativamente. Quien no ponga en segundo lugar sus lazos familiares e, inclusive, su propia vida, no podrá poner en primer lugar a Jesús, que es la condición fundamental del discipulado. Lo primero es el Maestro, y lo demás está sujeto a esa relación primordial. La familia es muy importante para Jesús, pero no cualquier familia en cualquier contexto o bajo cualquier sistema de valores; la nueva familia que excede los lazos sanguíneos es la familia del Reino, la familia universal, que antepone el amor a Dios y al prójimo por sobre los amores familiares, de clanes, de nacionalidad, sectarios.

2. Cargar la cruz: la segunda condición radical del discipulado es cargar la cruz para seguir a Jesús. Si bien los Evangelios son escritos teniendo ya el conocimiento final de los acontecimientos (crucifixión y resurrección), aquí no podemos aplicar directamente ese concepto. Lucas no habla, necesariamente, de la cruz, porque Jesús haya sido crucificado. La expresión puede remontarse al mismísimo Jesús histórico, pues su época era época de crucificados, y la imagen de condenados a muerte cargando su cruz no era ajena al contexto palestino. Acercándonos en el tiempo, es como la imagen de aquellos que caminaban a la horca o a la hoguera en la Edad Media, o los que caminan por el pasillo que los conduce a la inyección letal en algunos Estados actuales. Es el icono del final, del punto de no retorno, de lo indefectiblemente acabado. El que carga la cruz, el que camina a la hoguera o va por el pasillo hacia la inyección letal, ya está entregado, es uno más entre los muertos a pesar de seguir vivo por unos instantes. La invitación del Maestro es, por lo tanto, poco menos que inadmisible. Ya lo había advertido al inicio del camino hacia Jerusalén: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga” (Lc. 9, 23). El seguimiento discipular es asumir una situación de condena a muerte, una situación penosa, un camino que conduce al final de la existencia. Cargar la cruz es hacerse solidario con los condenados de la historia, y hacerse solidario con la solidaridad que tuvo el Maestro al ser crucificado.

3. Renunciar a todas las posesiones: el tema de dejar los bienes para seguir a Jesús es repetitivo en Lucas. La parábola del rico insensato (cf. Lc. 12, 16-21), la recomendación de vender los bienes para darlos como limosna (cf. Lc. 12, 33), la recomendación al hombre importante de vender sus bienes para darlos a los pobres para tener un tesoro en el cielo (cf. Lc. 18, 22), la resolución de Zaqueo de dar la mitad de sus bienes a los pobres y devolver cuatro veces a los estafados (cf. Lc. 19, 8). Todo ello situado en el transcurso del camino a Jerusalén, el camino paradigmático del discipulado. Sólo puede hacerse discípulo el que es capaz de renunciar a lo material sin preocuparse de más, y el que renunciando hace justicia redistribuyendo. No hay posesión que pueda tener el valor inmenso de tener como Maestro a Jesús. Se trata de radicalidad, por supuesto, pero también de exclusividad. Dios no está para competir con el dinero ni con los inmuebles ni con los adornos. Dios no está para competir. Elegir a Jesús significa desprenderse, consagrarse a un estilo de vida que no puede acumular, porque acumular es un sinsentido. La renuncia a las posesiones es uno de los actos más determinantes del discípulo, porque siempre hay posesiones que atan. Aquí no se habla de bienes onerosos, sino de bienes en general, de materiales que limitan el movimiento, que no dejan ponerse en camino, que obstaculizan. Pueden ser bienes enormes, o pueden ser pequeñitos. Pueden ser bienes de miles de dólares, o bienes de centavos. Es aquello que nos interrumpe, que se interpone entre Jesús y el ser humano.

Debido a estas tres condiciones duras, aparecen las dos pequeñas comparaciones sobre la construcción de la torre y el rey que sale a la guerra. Las dos situaciones son difíciles. Construir una torre se refiere a la atalaya que se levantaba en las viñas para cuidar los sembradíos; hay que calcular el costo para terminar, estudiar bien el terreno para que resista, elegir correctamente la ubicación. De la misma manera, salir a la guerra contra un ejército que dobla el número, es en principio una locura, y por eso se debe considerar la paz mediante la vía diplomática. No son decisiones que se toman así porque sí. Ser discípulo tampoco es una decisión a la ligera. Hay que calcular las condiciones y la posibilidad real de aceptar esas condiciones. Hay que auto-sincerarse para entender lo que significa poner la familia en segundo lugar, o poner la vida en segundo plano, o hacerse condenado marginal, o renunciar a todos los bienes. No siempre estamos dispuestos a asumir la radicalidad del discipulado. Muchas veces pensamos que se trata de una elección más, como el color de las zapatillas que nos pondremos este día. Pero Jesús trasciende cualquier pequeño cuarto en el que quisiésemos encerrarlo. Trasciende abarcando la vida completa. Seguirlo implica modificar las relaciones familiares, modificar el entorno, modificar la existencia, el trabajo, el estudio, las amistades, la mirada, la posición social y las posesiones.

Quizás, las grandes decepciones de los cristianos provengan de su falta de cálculo. No se han sentado a conjeturar si podrán terminar la torre ni si vencerán al ejército que los duplica. Elegimos nuestras vocaciones y ministerios casi por inercia. Nos hacemos catequistas porque sí, porque faltaba alguien que cubriese esa vacante. Nos hacemos misioneros porque es divertido. Nos hacemos ministros ordenados porque cuadra con nuestra personalidad. Nos hacemos sin hacernos. No tomamos el tiempo suficiente para calcular, para evaluar, para mirarnos a través de las condiciones del discipulado y, más específicamente, las condiciones de cada vocación. Es mucho más que discernimiento vocacional puramente espiritual; es la evaluación dura y fría que no deberíamos esquivar. Los discípulos de Jesús han tenido su llamado más espiritual en la pesca milagrosa (cf. Lc. 5, 1-11), y ahora deben plantearse, verdaderamente, si son capaces de odiar a su familia, de cargar la cruz y de renunciar a todos sus bienes. A la Iglesia también le toca, hoy por hoy, sincerar sus vocaciones y su discernimiento, para que evitemos decepciones y defraudaciones.

Bienaventurados porque Dios no vuelve todavía / Décimonoveno Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 12, 32-48

“No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre de ustedes ha querido darles el Reino. Vendan sus bienes y denlos como limosna. Háganse bolsas que no se desgasten y acumulen un tesoro inagotable en el cielo, donde no se acerca el ladrón ni destruye la polilla. Porque allí donde tengan su tesoro, tendrán también su corazón.

Estén preparados, ceñidos y con las lámparas encendidas. Sean como los hombres que esperan el regreso de su señor, que fue a una boda, para abrirle apenas llegue y llame a la puerta. ¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada! Les aseguro que él mismo recogerá su túnica, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlos. ¡Felices ellos, si el señor llega a medianoche o antes del alba y los encuentra así!

Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora va llegar el ladrón, no dejaría perforar las paredes de su casa. Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada”.

Pedro preguntó entonces: “Señor, ¿esta parábola la dices para nosotros o para todos?”. El Señor le dijo: “¿Cuál es el administrador fiel y previsor, a quien el Señor pondrá al frente de su personal para distribuirle la ración de trigo en el momento oportuno? ¡Feliz aquel a quien su señor, al llegar, encuentre ocupado en este trabajo! Les aseguro que lo hará administrador de todos sus bienes. Pero si este servidor piensa: ‘Mi señor tardará en llegar’, y se dedica a golpear a los servidores y a las sirvientas, y se pone a comer, a beber y a emborracharse, su señor llegará el día y la hora menos pensada, lo castigará y le hará correr la misma suerte que los infieles. El servidor que, conociendo la voluntad de su señor, no tuvo las cosas preparadas y no obró conforme a lo que él había dispuesto, recibirá un castigo severo. Pero aquel que sin saberlo, se hizo también culpable, será castigado menos severamente. Al que se le dio mucho, se le pedirá mucho; y al que se le confió mucho, se le reclamará mucho más. (Lc. 12, 32-48)

El texto de hoy es relativamente largo para la liturgia y difícil de estructurar internamente. A primera lectura da la impresión de constituir un rejunte de ideas y frases de Jesús con un cúmulo de imágenes simbólicas y metafóricas. Lamentablemente, a primera lectura se conforma como un texto ininteligible y de difícil acceso desde nuestra cultura. Las imágenes y metáforas necesitan ser explicadas y situadas en su contexto socio-histórico, la referencia al castigo por parte del amo debe ser tamizada y adecuada, la concatenación de la argumentación necesita una línea interpretativa que la relacione. En definitiva, es un texto difícil hoy que no lo era hace dos mil años. Es una perícopa enredada para nosotros y simple para la comunidad lucana. Se pueden encontrar paralelos en Mateo, precisamente en Mt. 6, 20-21, referencia a la acumulación de tesoros que no pueden ser robados, y en Mt. 24, 43-51, sobre la parábola del mal servidor que se aprovecha de la ausencia de su amo y es sorprendido por el regreso del mismo. Como vemos, aquello que en Mateo está rotundamente separado, por casi un libro de distancia, por dieciocho capítulos, en Lucas constituye una seguidilla.

Si buscamos cómo está hilvanado el texto, primero tenemos que entender la lectura de hoy en el marco que le constituye la lectura del domingo anterior (cf. Lc. 12, 13-21) y el resto de versículos que no leemos (cf. Lc. 12, 22-31), donde Jesús aconseja a sus discípulos no temer por las posibles faltantes de materiales ni por las inquietudes propias del tiempo que pasa; lo importante es confiar en que existe un Padre, que ese Padre nos ama, y que es capaz de suministrarnos lo que necesitamos en tiempo y forma. El Padre, en definitiva, sabe mejor que nosotros cuál es nuestra necesidad urgente, y por eso es preciso buscar el Reino primero, y saber que lo demás, lo accesorio, viene por añadidura. Así culmina el versículo 31, con una clara contraposición entre lo absoluto, representado por Dios y su Reino, y lo secundario, que es el resto de las cosas. Ante el peligro de que ese Reino absoluto aparezca como inaccesible, la lectura litúrgica inicia con el llamado a la confianza: no temer. Esta es una de las cualidades cruciales de Jesús y recordada frecuentemente por Lucas: cree que la fe no puede estar fundamentada en el temor, en el miedo. Así es que el ángel le advierte a Zacarías, en los inicios del Evangelio, que no tema (cf. Lc. 1, 13), tanto como lo hace con María (cf. Lc. 1, 30); en base al nacimiento del Bautista, Zacarías exclamará en su cántico que es signo del Pueblo de Dios vivir libres de temor (cf. Lc. 1, 74); inmediatamente, el ángel pide que no teman, esta vez a los pastores en la noche del nacimiento (cf. Lc. 2, 10); ya en la vida adulta de Jesús, Pedro será llamado al seguimiento discipular en medio de la invitación a no temer (cf. Lc. 5, 10); a Jairo le pedirá fe y no temor respecto a la situación grave de su hija (cf. Lc. 8, 50); a los discípulos les explicará que no deben temer a los que matan sólo el cuerpo (cf. Lc. 12, 4), y ni siquiera temer por cosas que a la larga resultan insignificantes (cf. Lc. 12, 7). Ese es el Dios de Jesús, la fe del Maestro, y eso es lo que quiere transmitir a sus discípulos, que en redacción de Lucas son el pequeño rebaño, expresión que se hace eco de una Iglesia primitiva diminuta en medio del Imperio Romano. Ante esa situación de aparente desamparo frente a la mole imperial, las claves hermenéuticas de la historia de la salvación lucana son la certeza de la existencia de un Padre que ama, y lo poderoso de la inversión de valores que encarna el Evangelio. En el Reino, lo pequeño es grande y las riquezas son obstáculos.

A partir de esta introducción, en el texto se suceden las imágenes metafóricas que desarrollan el contenido de la enseñanza, con una cadencia que pareciera desordenada o arbitraria, pero que guarda sucesión:

- Polillas y ladrones: las primeras imágenes tienen que ver con el tema que ocupa casi todo el capítulo 12, sobre las riquezas en la visión humana y en la visión divina. La orden es terminante: vender los bienes y darlos como limosna. En la lógica del Reino no son necesarios, más bien estorban. En contrapartida, deben construirse bolsas que no se vuelvan viejas, según el original griego palaioo me, o sea, que no se desgasten y se rompan con el paso del tiempo, como muchas veces sucede con las riquezas materiales que, al cambiar la moda, se vuelven insuficientes para la satisfacción del cliente, obligando a entrar en una moda de cambio y recambio que es círculo vicioso. Estas bolsas particulares tienen la ventaja de acumular un tesoro que ni las polillas ni los ladrones pueden maltratar. Son bolsas que resisten la embestida del mundo y por eso pueden estar junto al corazón, o mejor dicho, el corazón puede estar en ellas.

- Cinturón y lámparas: la expresión sobre estar ceñidos se refiere a tener ajustado el cinturón que, comúnmente, en un lugar donde es habitual el uso de la túnica larga, se vuelve cotidiano. Quien tiene ajustado el cinturón, evita enredar sus pies con la túnica y es capaz de realizar movimientos sin obstáculos. Los ceñidos están dispuestos a trabajar, a diferencia de los no ceñidos, que parecieran estar holgazaneando, confiados en que nada nuevo sucederá. De la misma manera, la idea de las lámparas encendidas tiene que ver con la atención puesta en una tarea. Encienden sus lámparas para esperar los que saben que, aún siendo de noche, aún en la oscuridad, hay alguien que viene. Como los hombres que esperan el regreso de su amo, para abrirle inmediatamente, sin perder tiempo. Sólo los ceñidos y de lámparas encendidas pueden abrir rápido la puerta. En términos cristianos, sólo los que se desprenden de los bienes materiales pueden estar plenamente disponibles para recibir a su Señor.

- Cuidados con los ladrones: el material con el que se construían las casas de Palestina no era, en absoluto, concreto, y podía ser fácilmente horadado. De tal manera, un ladrón no muy entrenado, no necesitaba demasiado tiempo para perforar la pared de la habitación que quería robar. Obviamente, como recalca Jesús, si el dueño de la casa supiese a qué hora le agujerearán la pared, estará allí para sorprender in fraganti al malhechor. Como, normalmente, el dueño de casa no lo sabe, debe tomar precauciones. El discípulo tampoco sabe a qué hora ni qué día volverá el Hijo del Hombre, y por eso se ve en la obligación de estar siempre atento, siempre en alerta. La imagen, para nada intenta comparar al Hijo del Hombre con un ladrón, sino que busca explicar plásticamente el sentido de la espera frente a lo desconocido. Para esperar lo que no sabemos con precisión, es necesario tener ceñido el cinto y las lámparas encendidas.

- Los riesgos de aprovechar la demora: cuando Pedro le pregunta a Jesús si esas palabras que pronuncia son advertencias generales (para todos) o advertencias discipulares (sólo para ellos), el Maestro esquiva la pregunta y cambia el planteo. No le responderá directamente a Pedro, no le dirá que habla para todos ni para unos pocos. En cambio, le contará la historia del servidor que, creyendo que el amo demoraría, se aprovechó de la situación para golpear y emborracharse. Como era de esperarse, el amo volvió en el momento más inoportuno de su juerga, demostrándole que no tenía sentido aprovecharse de la demora. Hasta aquí, el mensaje para Pedro es que, en lugar de preocuparse por dividir entre los de afuera y los de adentro, debe preocuparse por la venida del Hijo del Hombre, y más aún, preocuparse por la situación que le toca ocupar, situación discipular, ya que aquel que tiene más conocimiento (discípulo), está obligado a rendir mayor cuenta, a diferencia del ignorante que actúa por la misma ignorancia. Si el cristiano sabe que el Hijo del Hombre volverá, deberá ser tan precavido como el dueño de la casa que sabe que vendrá el ladrón.

- Los bienaventurados: más allá de las bienaventuranzas que Lucas agrupó en Lc. 6, 20-23, tenemos dispersas en medio del libro algunas más, como las relacionadas a María (cf. Lc. 1, 45.48), a los que no se escandalizan de Jesús (cf. Lc. 7, 23), a los dichosos que ven las obras jesuánicas (cf. Lc. 10, 23), a los que oyen la Palabra y la ponen en práctica (cf. Lc. 11, 28), a los que invitan al banquete a aquellas personas que no pueden retribuirle la invitación (cf. Lc. 14, 14), y las que recopila la perícopa de hoy. Se llama bienaventurados a los siervos que son encontrados sirviendo por su señor, sobre todo si el amo llega en la hora menos pensada y, contra todo pronóstico, los encuentra ejerciendo la diakonía en la medianoche o en la madrugada. Serán ellos los que recibirán el gozo de ser servidos por su Señor, y en ese servicio reconocerán que no se han convertido en amos, sino que les está siendo dado aquello que dieron. Son bienaventurados porque han comprendido y aprehendido la dinámica del Reino: el servicio. Como María, como los que no se escandalizan de Jesús, como los que ven al Maestro y lo entienden, como los que oyen la Palabra y la ponen en práctica, y como los que realizan acciones en vistas a los marginados, son bienaventurados los que esperan confiados y atentos.

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De alguna manera, la expresión simbólica que Lucas traza con el amo que regresa y se pone a servir a sus sirvientes, es la realidad de la pasión-cruz y la enseñanza práctica que Juan expresará con el lavatorio de los pies (cf. Jn. 13, 2-17). Jesús es el Señor/Amo que se ciñe la cintura, lava los pies de los seres humanos y hace bienaventurados a los que dan la vida por el Reino, conociéndolo o no. Esa realidad cristológica, sucedida en un pasado histórico que determinó la encarnación, y prolongada en la línea del tiempo humano por la acción del Espíritu Santo, parece suspendida hasta el regreso del Hijo del Hombre. Las comunidades cristianas de la segunda y, mucho más, aquellas de la tercera generación cristianas, se comenzaron a preguntar, prontamente, qué estaba impidiendo el regreso del Señor. Actualmente, en otro sentido al que nos referimos, la gente se sigue preguntando por el regreso del Señor. O mejor expresado: se sigue preocupando por el no-regreso. La historia parece sumida en un círculo de destrucción-progreso-destrucción. Se arman y desarman guerras, se promueven préstamos a los países enriquecidos, aparentemente progresan, luego se sumen en la deuda externa, y a la par suceden las batallas, civiles y comerciales. Aquello que un grupo de varones y mujeres alcanza como logro, es derribado al día siguiente por el ímpetu de los avasalladores que no escuchan otra voz más que la propia. ¿Y Dios?

La evangelización (los evangelizadores) tiene la tarea de recordar al mundo que hay que estar atentos, vigilantes, con las lámparas encendidas, y siempre los cinturones ceñidos. Es difícil responder a los interrogantes sobre el regreso del Hijo del Hombre y sobre la presencia/ausencia de Dios, pero no es imposible dar el testimonio concreto en la historia, en esta historia que parece sumida en un círculo vicioso, que parece destinada al barranco, que parece abandonada de la mano de Dios. El testimonio concreto es el desprendimiento de los cristianos, el abandono real de la Iglesia en sentido providencial. No es necesaria una respuesta largamente argumentada sobre la parusía, ni una larga homilía sobre los apocalipsis que están al cruzar la calle. Es mucho más elocuente el testimonio que nace de las bolsas con el auténtico tesoro, las bolsas donde se pone el corazón, las alforjas con las vidas entregadas por los pobres de la tierra. Es más elocuente la fe que espera y no desespera, que pacientemente se hace confianzuda en el silencio divino. Es más elocuente hacer como el Señor que se arremanga para servir a los demás. No es excusa para detener la evangelización el no tener respuestas; la respuesta más adecuada ante la ausencia de Dios es reconocerlo presente entre los pobres y marginados. ¡Bienaventurados los que puedan ver en el otro el rostro de Dios!

Complementos, no opuestos / Decimosexto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 10, 38-42

Yendo ellos de camino, entró en un pueblo; y una mujer, llamada Marta, le recibió en su casa. Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra, mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres. Al fin, se paró y dijo: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude.” Le respondió el Señor: “Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la mejor parte, que no le será quitada.” (Lc. 10, 38-42)

 

Nuevamente, la liturgia nos ofrece un episodio propio y original del Evangelio según Lucas. Ni Marcos ni Mateo parecen conocer a las hermanas Marta y María. Juan, por otro lado, sí las menciona y, ciertamente, les otorga un lugar privilegiado en los capítulos 11 y 12 de su obra, con el añadido del personaje del hermano llamado Lázaro. Lucas no conoce a Lázaro o no le da importancia porque no influye en el sentido de su relato. De todas maneras, tanto para la tradición joánica como para la lucana, Marta y María representan perfiles parecidos y definidos. La primera es la que sirve, la anfitriona, la que ejerce la diakonía (cf. Lc. 10, 38 y Jn. 12, 2); la segunda tiene una relación de ternura amorosa con Jesús (cf. Lc. 10, 29 y Jn. 12, 3). Marta siempre tiene la voz y la entereza para recriminar directamente al Maestro, ya sea la aparente pereza de María (en Lucas) o la demora del Señor que no pudo evitar la muere de Lázaro (en Jn. 11, 21). Es en esa voz que podemos leer su declaración de fe equivalente a la declaración petrina: “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo” (Jn. 11, 27). María, en cambio, habla una sola vez, en Jn. 11, 32, y el resto del tiempo permanece callada, acentuando sus actitudes y disposiciones desde los gestos (sentada escuchando en Lc. 10, 39 y derramando perfume en los pies de Jesús en Jn. 12, 3).

La presencia de Jesús en la casa de dos mujeres (recordemos que para Lucas no parece existir Lázaro) es transgresora y continúa la línea que el autor remarcó en el inicio del capítulo 8 cuando enumeraba entre los seguidores del Maestro al grupo de mujeres que incluía, por ejemplo, a María Magdalena. Marta, en arameo, significa señora. Ella es la dueña del lugar donde se hospeda Jesús mientras va de camino a Jerusalén. Ella lo recibe, le abre las puertas de su hogar, le da descanso. A un peregrino rechazado por los samaritanos (cf. Lc. 9, 52-53), no tiene problemas en acoger. Marta es mujer independiente en una sociedad machista. Vive con su hermana y da alojamiento a un varón sin el mejor prontuario que se pueda imaginar. Ella decide sin que tiemble su pulso. Por eso puede recriminar, directamente al Maestro, lo que considera una desatención de su hermana. No importa en este momento del análisis si su recriminación es acertada o no; importa que tiene la suficiente libertad para plantearle al varón invitado lo que ella ve y siente.

En medio de esta trasgresión, la situación se profundiza cuando recaemos en la presencia de María sentada a los pies del Señor. Esta expresión es la misma que describirá, en Hch. 22, 3, el discipulado de Pablo “a los pies de Gamaliel”, el rabí que lo habría educado en el farisaísmo. Estar a los pies es tener posición de discípulo, en atenta escucha, y es signo de discipulado. Para los rabinos judíos, era ley vigente que la mujer no podía aprender la Torá, pues no estaba naturalmente capacitada para ello. La mujer nunca podría ser discípula en el judaísmo. Sin embargo, para Jesús la cuestión es mucho más fácil. Aquella mujer dispuesta a escuchar a Palabra se convierte inmediatamente en discípula. María está a sus pies porque es su discípula, porque lo oye con la atención del corazón, porque lo sigue. La trasgresión de Jesús no es sólo entrar a casa de mujeres que, según la inferencia del texto, son solteras; la trasgresión consiste en que Jesús entra a la casa para enseñar, creyendo que las mujeres son capaces de oír la Palabra, comprenderla y asimilarla. Algo que hoy nos resulta lógico, situado en su contexto socio-histórico es una revolución.

Pero profundizando más, resulta que el episodio supera la mera anécdota. Lucas conoce la situación que las primeras comunidades atravesaron en la gran discusión sobre la atención de las mesas, que Hechos de los Apóstoles recoge (cf. Hch. 6, 1-6). Los cristianos helenistas se quejan contra los cristianos de origen hebreo porque las viudas son desatendidas al estar ocupados en la predicación de la Palabra. Se resuelve, entonces, designar siete cristianos helenistas para la tarea específica de atención de las viudas, mientras los otros continúan con la predicación. Este problema que Lucas resume en seis versículos es mucho mayor que esas líneas. Lo que se discutía no era una mera cuestión administrativa, sino el sentido profundo del Evangelio. ¿La Buena Noticia sólo debe ser anunciada, aunque eso signifique desatender al desvalido? ¿O es en la atención del desvalido donde se vive el Evangelio? ¿Está bien que algunos cristianos sólo tengan un ministerio? ¿No deberían todos ocuparse de la Palabra y de la acción concreta a favor de los pobres? De alguna manera, Marta y María reflejan esa discusión. Marta está ocupada por la acción concreta de ese momento, María está sentada escuchando. Marta reclama al Señor que María no se encargue de la atención del huésped por ocuparse de la Palabra. Sin dudas, el conflicto, en la comunidad lucana, resonó con fuerza. Es probable que el conflicto haya degenerado en una ideologización de opuestos; mientras algunos se inclinaron a defender férreamente una mirada espiritualista del cristianismo, otros se volcaron hacia el otro extremo, defendiendo con uñas y dientes una mirada materialista de la religión. El Jesús de Lucas se ve impelido a dictaminar una solución para la Iglesia post-pascual. ¿Quién tiene la razón? ¿Vale el planteo que representa Marta? ¿Vale la actitud de María?

La respuesta de Jesús merece ser traducida lo más literalmente posible para comprenderla. Según el original griego, Jesús dice a Marta: “Marta, Marta, estás ansiosa y te perturbas por muchas cosas, pero pocas cosas son necesarias, o una sola. María seleccionó la parte buena, que no le será quitada completamente”. Como vemos, el Maestro no cree que la elección de María sea mejor que la de Marta, sino que ella eligió la parte buena. Por lo tanto, lo que hace Marta no es malo; lo malo es la actitud que ella tiene para con su hermana. Lo que Marta le critica no tiene por qué ser criticado, ya que María ha hecho una elección correcta. Ha elegido la Palabra, ser discípula que escucha, ser mujer a los pies del Maestro. Eso no le será quitado completamente porque la Palabra permanece, es eterna, transforma y actúa constantemente. El tema de la Palabra del Señor ya apareció en Lucas, por ejemplo en Lc. 6, 46-49, cuando se compara al oyente de la Palabra que la pone en práctica con aquel que edifica su casa sobre la roca. Y en Lc. 8, 21, cuando Jesús reconoce que su familia (su madre y sus hermanos) son los que oyen la Palabra y la cumplen. A partir de estos dos pequeñísimos fragmentos la escena de Marta y María se ilumina, así como la respuesta de Jesús a la situación de la atención de las mesas. Oír la Palabra es fundamental, es la buena parte elegida, pero si esa Palabra no se hace acción, no se hace acogida (como acoge Marta), es casa construida sobre la arena, con cimientos débiles, fácil de derrumbar. La actitud de María es incompleta si no se efectiviza en la acción, y la actitud de Marta también es incompleta si vive pendiente de su hermana, criticando su aparente pasividad.

 

La escena está escrita con determinada geometría. Jesús detiene su camino, su línea que lo dirige hacia Jerusalén, para entrar a un pueblo, y dentro del pueblo, a una casa. La casa, en la tradición evangélica, es sinónimo de comunidad cristiana, sinónimo de Iglesia. Jesús, por lo tanto, está dentro de la Iglesia, y las dos hermanas son la Iglesia en cuestión. María está sentada a los pies del Maestro, y Marta se pone de pie para recriminar la actitud de su hermana. De esta manera, con Jesús en el medio, la posición de Marta es superior, elevada sobre María, como quien tiene la voz y la palabra para denunciar. María está abajo, es inferior en la escena, sentada, como quien recibe. Paradójicamente, aunque es explícito que Marta es la anfitriona, resulta que María es la verdadera receptora, porque recibe la Palabra del Señor.

Esta geometría de la escena, con algunos sobre otros, con acusadores y acusados, es contraria al espíritu de la comunidad eclesial. El Reino de Dios es la propuesta de la igualdad, de discípulos en situación horizontal, no vertical. Marta rompe con ese igualitarismo radical del Reino poniéndose de pie para denunciar, y peor aún, para hacerlo argumentando con sus obras.

La Iglesia de hoy no ha superado completamente el problema de la atención de las mesas. Quedan Martas acusadoras e ideologizaciones que destruyen el Evangelio. Queda el viejo recelo de custodiar los caprichos a pesar de la Buena Noticia. Los ultra-conservadores se desviven por la sana doctrina, los ultra-progresistas aprovechan cualquier oportunidad para lanzar dardos contra la institución. En la pelea, el Evangelio queda olvidado, y la Palabra no se hace oír ni se hace acción. Una Iglesia de opuestos (de Martas y Marías enfrentadas) se destruye, es casa sobre la arena. Una Iglesia de complementarios, en cambio, se plenifica y se proyecta. Si Marta dejase de acusar a María, si los ultra-conservadores no se esforzaran tanto por utilizar las argucias del Derecho Canónico, si los ultra-progresistas no esperasen la ocasión de manifestarse violentamente sin diálogo, quizás se podría hacer Iglesia-comunidad, hospedando y sentándose a los pies de Jesús, escuchando y haciendo, oyendo la Palabra y poniéndola en práctica. No podemos perpetuar la Iglesia de Jesucristo con personas que se ponen de pie para sentirse por encima de las otras. No podemos criticar los carismas desde el complejo de superioridad de nuestras actividades pastorales. No podemos demorarnos en peleas banales mientras, en medio, los varones y mujeres pasan hambre, son desempleados, discriminados y olvidados. No podemos olvidarnos de las personas por estar pendientes de lo que hace o deja de hacer el otro. Marta y María son una invitación a convivir en comunión, a que hagamos Iglesia aceptando.

Jerusalén no es para cualquiera / Decimotercero Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 9, 51-62

Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén. Envió, pues, mensajeros delante de sí, que fueron y entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle posada; pero no le recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén. Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: “Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?” Pero, volviéndose, les reprendió; y se fueron a otro pueblo.

Mientras iban caminando, uno le dijo: “Te seguiré adondequiera que vayas.” Jesús le dijo: “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.” A otro dijo: “Sígueme.” Él respondió: “Déjame ir primero a enterrar a mi padre.” Le respondió: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios.” También otro le dijo: “Te seguiré, Señor; pero déjame antes despedirme de los de mi casa.” Le dijo Jesús: “Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios.” (Lc. 9, 51-62)

Como ya mencionamos en algún comentario, la sección del viaje a Jerusalén es un acápite al que los relatos sinópticos (Marcos, Mateo y Juan) dan mucha importancia, cada uno a su manera. Es, sin dudas, una sección central para el esquema del relato sinóptico, ya que la intención de este viaje a Jerusalén parece ser la expresión máxima de la pedagogía jesuánica. El Maestro enseñará y condensará las experiencias educativas en este trayecto. En Marcos, el camino está signado por los tres anuncios de la pasión. En Mateo, la relevancia comunitaria de las enseñanzas es pívot del trayecto. En Lucas, el viaje es un verdadero libro en sí mismo. Según la mayoría de los especialistas, se puede demarcar la sección del camino lucano entre Lc. 9, 51 y Lc. 19, 28, comenzando en el versículo 29 con el relato de la entrada mesiánica a la ciudad santa. En la transfiguración, el autor se encarga de aclarar el sentido de la importancia que está dando al camino, cuando narra que Moisés y Elías hablan con Jesús sobre el éxodo que debía cumplirse (cf. Lc. 9, 31). Hacer un éxodo, para la tradición israelita, es hacer un trayecto en compañía de Dios. No es un camino fácil ni un recorrido de oasis. El éxodo de Israel significó la liberación del yugo egipcio, pero cuarenta años en el desierto. Hacer el éxodo es, entonces, confiar en que Dios puede liberar, a pesar de que las condiciones externas indiquen lo contrario. A pesar del calor del desierto, de la falta de agua, o del tiempo que pasa sin que pisemos la tierra prometida, la fe es la garantía de que Dios está allí, liberando. En Lucas, Jesús es un ser humano en éxodo, en camino. Es un itinerante que sube a Jerusalén.

Para remarcar mojones en esta sección del camino, el autor se vale de referencias esporádicas a la meta del caminar. La primera referencia es la que leemos hoy. La segunda está en Lc. 13, 22: “Atravesaba ciudades y pueblos enseñando, mientras caminaba hacia Jerusalén”. La tercera en Lc. 17, 11: “De camino a Jerusalén, pasó por los confines entre Samaría y Galilea”. La cuarta en Lc. 19, 28: “Marchaba por delante, subiendo a Jerusalén”. Con esas señalizaciones, el lector recuerda que todo es parte de un movimiento con objetivo. En la obra lucana, Jerusalén es el comienzo de la historia neotestamentaria (en el Templo se le aparece Gabriel a Zacarías), y es el fin de la historia terrenal de Jesús (muere crucificado en la ciudad santa), pero a su vez comienzo del nuevo orden de cosas (Jesús resucita), desde donde la Buena Noticia se expandirá al mundo entero (la primerísima comunidad se reúne en Jerusalén y recibe el Espíritu Santo allí).

Jerusalén es paradójica. Genera un doble sentimiento. Es la ciudad que mata a los profetas y apedrea a los enviados (cf. Lc. 13, 34), pero también el espacio donde se renueva el cosmos. A Jerusalén se peregrina con entusiasmo para las grandes fiestas de Yahvé (para Pascua, Pentecostés y Tabernáculos), pero el peregrinaje de Jesús no parece terminar, precisamente, en una fiesta. Jerusalén tiene el Templo, y es signo de la presencia de Dios entre los seres humanos, pero esa presencia parece exclusiva para los judíos, restringida. Por ello, la expresión en griego que está en el encabezado de la lectura litúrgica de hoy es que cuando se cumplió el tiempo de la asunción, Jesús endureció su rostro para ir a Jerusalén. Nosotros solemos traducir la frase como tomó la decisión, se afirmó en su voluntad, se encaminó decididamente, etc. Sin embargo, lo importante para Lucas parece ser el rostro de Jesús. La palabra rostro (prosopon en griego) aparece tres veces en los primeros tres versículos que leemos hoy: lo que ya mencionamos en el versículo 51, que envió mensajeros delante de su rostro en el versículo 52, y que no le dieron albergue en Samaría porque tenía rostro como de ir hacia Jerusalén en el versículo 53. Lamentablemente, las traducciones no nos dejan apreciar ese juego literario. Para Lucas, el rostro de Jesús era tan elocuente respecto a su determinación, que con sólo mirarlo, uno podría darse cuenta hacia dónde iba. De más está decir que tanto en la cultura griega como en casi todas, el rostro es el reflejo de la persona. El ser humano puede ser leído a través de sus gestos. Jesús va en peregrinaje a una ciudad que, seguramente, le generaba un sentimiento religioso importante, pero no por eso deja de caer en la cuenta de lo peligrosa que es su asunción. Subir a Jerusalén es subir a donde pueden matarlo. Y entonces, endurece el rostro, da señales de que a donde va las cosas no son fáciles. A su alrededor, quienes lo acompañan o quienes lo ven pasar, saben que está determinado a algo que implicó una decisión entre dientes. Una decisión aceptada, pero no por eso menos difícil o, quizás, dolorosa. Jesús endurece el rostro como quien hace fuerza con su mandíbula. Y eso se ve. Subir a Jerusalén no es parte de un delirio místico y una aceptación ciega de peticiones divinas caprichosas. Subir a Jerusalén es una decisión que cuesta discernimiento y esfuerzo.

Cuando se presentan, en seguidilla, los tres episodios breves de vocación (¿?), en fresco está aún el rostro endurecido de Jesús, sus dos anuncios de la pasión (cf. Lc. 9, 22.44) y el refuerzo del llamado vocacional que implica negarse a uno mismo y cargar con la cruz cada día (cf. Lc. 9, 23). No es tiempo para vocaciones momentáneas, entusiastas y pasajeras. No es tiempo para el seguimiento tibio, a medias y esporádico. No es tiempo para hipócritas ni para exitistas. Es tiempo de subir a Jerusalén. En esa línea han de leerse las respuestas sucesivas de Jesús a los interesados. No estamos frente a un líder sectario que exige ascetismo ni ante un predicador del falso dios que castiga para mejorarnos. Estamos ante un hombre con prioridades que relativizan el resto. Jesús tiene absolutos en su vida. En las tres respuestas (versículos 58, 60 y 62), lo absoluto es el Reino de Dios:

- Lc. 9, 57-58: el primero que le habla es alguien que parece decidido a todo. Seguirá al Maestro a donde quiera que vaya, inclusive a Jerusalén, si nos atenemos al contexto. Él le responde que las zorras y las aves tienen casa, pero no así el Hijo del Hombre. No tener casa, o sea, no tener dónde reclinar la cabeza, dónde reposar, dónde establecerse, no es otra cosa que la referencia a la condición de constante éxodo de Jesús. Es hombre sin casa por propia elección. Ha preferido la condición itinerante del Reino antes que el establecimiento. Ha preferido ser un desheredado (porque esa es la condición de los que no poseen casa/hogar) y romper con el esquema tradicional familiar para abrirse a la gran familia universal, exigencia del Reino.

- Lc. 9, 59-60: en este caso, Jesús llama y el llamado responde que debe ir a enterrar a su padre. Propiamente, la actividad parece digna de un hijo que honra a sus progenitores. En el marco de la cultura mediterránea del siglo I, la acción es más que loable. El deber que tienen los hijos para con el cabeza de la familia es inapelable. Deshonrar al progenitor varón constituía una afrenta grave de honor. Jesús, justamente, invita a dejar una de las actividades que constituía el trabajo debido desde los hijos hacia los padres. En la lógica del Reino de Dios, lo urgente es la evangelización, por encima de la concepción familiar exclusivista. Dejar que los muertos entierren a sus muertos es dejar que un modelo limitante como el de la familia patriarcalista (que va más allá de lo meramente familiar y se extiende hacia la idea de raza superior, religión superior o sociedad superior) se entierre a sí mismo. El Reino de Dios está por encima de esos modelos exclusivistas. El Reino de Dios trae la Buena Noticia de la familia universal y de lo absoluto del amor; eso es lo que debe anunciarse urgentemente.

- Lc. 9, 61-62: un tercero se aproxima a Jesús con la intención de seguirlo, siempre y cuando el Maestro le dé permiso para ir a despedirse de los de su casa. En este breve episodio resuena la vocación de Eliseo llamado por Elías (cf. 1Rey. 19, 19-21). Cuando Elías lanza sobre Eliseo (que estaba trabajando con los bueyes) su manto, impartiéndole así su espíritu profético para que sea su discípulo, éste le pide un momento para ir a besar a su padre y a su madre, y luego convertirse de lleno en discípulo del profeta. Al contrario que Jesús, Elías concede el permiso sin problemas. Para Jesús, en cambio, no se puede poner la mano en el arado y mirar hacia atrás. El Reino de Dios exige un trabajo que se desprende de estas obligaciones relacionadas con el exclusivismo del vínculo familiar. No hay que despedirse de nadie porque todos pasan a la condición de hermanos. La nueva familia es universal. Mirar hacia atrás es mirar hacia el viejo modelo patriarcal, exclusivo familiar, sectario.

Es posible que Lucas escriba preocupado por los cristianos momentáneos de su comunidad. Parece que varios dicen estar dispuestos a todo, que son capaces de dar la vida, pero salta a la vista que es una hipocresía. Parece que varios prometían con su boca actos heroicos y martiriales que, a la hora de los hechos, no resultaban ser tan así. El Jesús de Lucas redobla la apuesta (o la triplica). El Reino de Dios es tan prioritario, que verdaderamente es necesario plantearse los extremos. El Reino de Dios, en su aceptación, es la ruptura con modelos establecidos dañinos, pero enquistados. El Reino de Dios es, en cierto sentido, romper con lo que uno había asumido como normal. En la cultura mediterránea era romper con el modelo patriarcalista y la exaltación de la casa como ámbito cerrado. Hoy, podría ser romper con el machismo, podría ser romper con el consumismo, o con la moda impuesta. Hoy, podría ser resistirse a la brecha de ricos y pobres. Hoy, podría significar el rechazo de ciertos condicionamientos eclesiales que carecen de fundamento.

Esas rupturas, esas resistencias y rechazos, cuestan caro. Hay que endurecer el rostro para aceptar el Reino de Dios. Implica un discernimiento que, difícilmente, lo realice un cristiano de momento. A veces, pensando, uno puede llegar a la conclusión de la inconveniencia de ser cristiano. Y sin embargo, el modelo del Maestro es el de endurecer el rostro con la decisión tomada. El cristianismo, el seguimiento de Jesús, no es una cuestión social ni un estereotipo. El cristianismo es una decisión de mandíbulas apretadas que plenifica, pero no por eso anestesia. El cristianismo es el contacto crudo con la realidad para que la luz del Evangelio le dé sentido.

No se puede evangelizar desde el entusiasmo superficial ni desde las promesas de experiencias regocijantes en un culto. Se evangeliza desde el convencimiento discernido del seguimiento de una Persona que es capaz de llevar la vida humana a la vida plena de Dios. Se evangeliza en medio de la cruda realidad. Allí se palpa y se vive que la maquinaria global mata a los profetas, que los pobres no tienen dónde reclinar la cabeza tras una eterna jornada de trabajo, que a los muertos por las guerras nadie los entierra, y que muchas familias son capaces de abandonar a sus hijos. Allí se puede llegar a entender lo absoluto sea para nosotros el Reino de Dios.

Cristo y cruz / Decimosegundo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 9, 18-24

Estando una vez orando a solas, en compañía de los discípulos, les preguntó: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Ellos respondieron: “Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que un profeta de los antiguos ha resucitado.” Les dijo: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Pedro le contestó: “El Cristo de Dios.” Pero les mandó enérgicamente que no dijeran esto a nadie.

Dijo: “El Hijo del hombre debe sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día.” Decía a todos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará” (Lc. 9, 18-24)

Hoy leemos la confesión de fe petrina redactada por Lucas. El episodio es muy conocido y respetado por la tradición de los evangelistas. Tanto los Sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas) como Juan la conservan, con matices diferentes, pero siempre poniendo en boca de Pedro la promulgación de la identidad de Jesús. Los paralelos sinópticos de la confesión están en Mc. 8, 27-30 y Mt. 16, 13-20. Del texto joánico podría decirse que es Jn. 6, 66-71. Como el esquema central de Marcos y Mateo incluye dos multiplicaciones de los panes con un recorrido delimitado por territorio pagano, en este caso, la secuencia de acontecimientos elegida por Lucas parece estar más en concordancia con Juan, quien sitúa en el capítulo 6 de su Evangelio la única multiplicación de su libro, el discurso sobre el pan de vida, la llamada crisis de Galilea que culmina con el abandono de muchos discípulos (cf. Jn. 6, 66) y, finalmente, la confesión petrina. Lo que hace Lucas es un artificio literario, una arquitectura en sándwich que comienza con las suposiciones populares sobre la identidad de Jesús, disparadas por la curiosidad de Herodes (cf. Lc. 9, 7-9), luego la multiplicación de los panes (cf. Lc. 9, 10-17), y para cerrar el esquema, el texto de hoy, donde se dilucida con mayor precisión quién es Jesús. En definitiva, podemos rescatar que la multiplicación de los panes, para la tradición lucana y joánica, es la clave hermenéutica de la identidad jesuánica, pero que si se la malinterpreta, se altera la percepción sobre Jesús (como le sucede a los que quieren coronarlo rey en Jn. 6, 14-15 y a Pedro en la perícopa de hoy).

La famosa confesión de fe petrina que tanta importancia tiene en esta sección del relato evangélico, es distinta en la visión de cada autor. Marcos, el más primitivo de los redactores, pondrá en boca de Pedro la frase: “Tú eres el Cristo” (Mc. 8, 29). La declaración es simple y contundente, en concordancia con lo que el evangelista pre-anunció en el título de su libro, en Mc. 1, 1: “Comienzo del Evangelio de Jesús, el Cristo, Hijo de Dios”. Sin embargo, a pesar de lo acertado que simula ser la declaración, a continuación ocurre una disputa entre Jesús y Pedro, llegando al punto en que el Maestro llama Satanás a su discípulo (cf. Mc. 8, 33). Por lo visto, Pedro no había entendido qué tipo de Cristo era Jesús. Tenemos luego la visión de Mateo. Según él, las palabras de la confesión fueron: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt. 16, 16). A lo referido por Marcos, éste agrega la filiación divina. Recordando que los destinatarios del texto mateano eran mayoritariamente judíos convertidos al cristianismo, tiene sentido que se haya recalcado uno de los puntos de mayor conflicto: la condición divina de Jesús y su relación filial particularísima con el Padre. Jesús no es sólo el Mesías esperado, sino que es el Mesías Hijo de Dios. A punto de partida de esta confesión, Pedro recibe la bienaventuranza sobre la revelación que ha tenido, y cómo se constituirá en piedra de la Iglesia naciente (cf. Mt. 16, 17-19). Hasta aquí la singularidad de Pedro y su protagonismo son elocuentes. Para bien o para mal, está en el primer plano de la escena. Es un revelador de la verdadera identidad de Jesús, aunque sin hacerlo en plenitud. Saltando hasta Juan, el título que utiliza Pedro es Santo de Dios (cf. Jn. 6, 69). Para el Antiguo Testamento, y particularmente para Isaías, Yahvé es el Santo de Israel (cf. Is. 1, 4; Is. 5, 19.24; Is. 12, 6; Is. 17, 7; Is. 29, 19; 2Rey. 19, 22). En esta cristología, la naturaleza de Jesús es la naturaleza de santidad que pertenece a Yahvé. En el caso lucano, la fórmula puesta en labios de Pedro es Cristo de Dios. Lucas la utiliza aquí y, nuevamente, en Lc. 23, 35, cuando los magistrados dicen al Crucificado: “Ha salvado a otros; que se salve a sí mismo si él es el Cristo de Dios, el Elegido”. Estas dos ocasiones dan una idea del problema de fondo que tiene la confesión petrina. Los magistrados creen que, por ser el Cristo de Dios, está obligado a realizar un acto milagroso y con parafernalia para demostrarlo. De la misma manera, parece que Pedro ha entendido mal. Lucas no conserva la imprecación de Jesús a su discípulo ni el ensalzamiento con la bienaventuranza, pero el contexto lanza las pistas para reconocer que Jesús hace una corrección. En primer instancia, porque en Lc. 9, 21, cuando el autor explica que Jesús les ordenó callar, el verbo en griego utilizado es epitimao, utilizado también en Lc. 4, 35 (exorcismo del endemoniado de la sinagoga); Lc. 4, 39 (curación de la fiebre de la suegra de Pedro), Lc. 4, 41 (exorcismos masivos); Lc. 8, 24 (al calmar la tempestad en la barca) y Lc. 9, 42 (curación del niño endemoniado). Como vemos, es el verbo de los exorcismos, de la expulsión del demonio y del mal. A los poseídos los libera el Maestro con este verbo, a las enfermedades las increpa, y a la tormenta/mar, símbolo del mal, también la derrota conminándola. Por esto, podemos decir que los discípulos son exorcizados de su visión mesiánica equivocada. No se les manda simplemente a guardar silencio, sino que se los libera de su concepción limitante. El segundo punto que refuerza el hecho de la corrección es lo que viene a continuación de la confesión petrina: el Hijo del Hombre sufrirá, lo matarán y resucitará. El primer anuncio de la pasión en el relato de Lucas abre la puerta a lo que será la larga sección del camino a Jerusalén. Caminando hacia la capital, hacia el Templo, hacia el centro de la opresión, Jesús hace el éxodo de su vida. No es un Mesías que ha venido para quedarse, sino un Mesías que libera dando la vida. No es un déspota, un tirano, alguien que pretende perpetuarse en el poder. Su verdadero poder está en el servicio. Para entender eso, los discípulos deben transitar con Él este largo éxodo del que hablamos, subiendo a Jerusalén, desde el capítulo 9 del Evangelio según Lucas hasta el 19, cuando entre a Jericó y, finalmente, a la ciudad santa montado en un pollino.

La condición crística para el seguimiento, que es la propia condición de Jesús, está en cargar la cruz todos los días, que no es lo mismo que la cruz de todos los días. La confusión respecto a esta expresión causa estragos en las vivencias espirituales de muchísimos cristianos. Tradicionalmente se interpreta que la cruz de todos los días es la vida dolorosa de por sí, que hay que soportar, martirialmente, para acceder a la resurrección. Como si la Creación de Dios fuese mala por naturaleza en vistas a generar un sufrimiento que redima. Como si Dios fuese lo diametralmente opuesto al Padre de Jesús.

Cargar la cruz todos los días, en el contexto cristiano primitivo, es hacerse crucificado a diario, cada mañana, cada jornada, cada tarde, cada noche. Es atreverse a ser señalado por el resto como un maldito, un despreciable. Es auto-marginarse a la par de los ya marginados, por propia decisión, por convicción, por vocación, para promover al marginado hacia la plena igualdad. Quien quiere ser discípulo se ve instado a negarse, no por un desprecio de lo que se es, ni por rechazo de lo que Dios ha hecho en uno, sino como despojo que libera. No es negarse para dejar de reconocerse, sino negación que positiviza, negación que permite cambiar y convertirse, negación que nos hace dispuestos a abandonar lo que sobra por el Evangelio, por la Buena Noticia del amor. Es la paradoja de perder la vida para encontrarla, la paradoja de ir disminuyendo para ir creciendo, la paradoja de hacerse invisible entre los que la historia hizo invisibles, para que se vuelvan a ver. Es difuminarse, diluirse para concentrarse. Es hacerse crucificado para la resurrección de todos. Es asumir la situación marginal de unos tantos que no deberían ser tantos ni ser marginales.

En conclusión, no se trata de soportar la vida que Dios regala, sino de que todos disfruten en pleno esa vida regalada. Nos hacemos crucificados para que no haya más crucifixiones. Por esta razón no puede malentenderse el mesianismo de Jesús. Si lo vemos como el militar triunfante, damos la razón a la historia perversa de que gana el más fuerte. Si lo vemos como un elegido que está por encima del cosmos, por encima del universo, y separado del ser humano, hacemos a Dios un solitario despreocupado de sus creaturas. Si nos dejamos exorcizar de nuestra visión reducida y ampliamos la visión hacia el sentido real del Cristo de Dios, trascendemos hasta la identidad que es el meollo de Jesús: Cristo de los crucificados. Evangelizar con una Buena Noticia basada en otros mesianismos es caer en el mismo error de Pedro de poner a Dios títulos que no lo representan. La Buena Noticia de la evangelización es una persona que, siendo la elegida, siendo Mesías, siendo Cristo, siendo Salvador, eligió a los últimos, a los que cargaban la cruz impuesta por la sociedad. La Buena Noticia de la Iglesia es que Dios no se ha quedado quieto en su eterna santidad, separado para no contaminarse. El Dios de Jesús ha cargado cruz para liberar a los que padecen el yugo. Y la Iglesia está obligada a ser crucificada en lugar de fabricar nuevos crucificados con sus condenas, anatemas y maldiciones.

Primer Domingo de Cuaresma – Ciclo C – Lc. 4, 1-13

Jesús, lleno de Espíritu Santo, se volvió del Jordán y era conducido por el Espíritu en el desierto, durante cuarenta días, tentado por el diablo. No comió nada en aquellos días y, al cabo de ellos, sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: “Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan.” Jesús le respondió: “Está escrito: No sólo de pan vive el hombre.”

Llevándole luego a una altura le mostró en un instante todos los reinos de la tierra y le dijo el diablo: “Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque me la han entregado a mí y yo se la doy a quien quiero. Si, pues, me adoras, toda será tuya.” Jesús le respondió: “Está escrito: Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto.”

Le llevó después a Jerusalén, le puso sobre el alero del Templo y le dijo: “Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo; porque está escrito: A sus ángeles te encomendará para que te guarden. Y: En sus manos te llevarán para que no tropiece tu pie en piedra alguna.” Jesús le respondió: “Está dicho: No tentarás al Señor tu Dios.”

Acabada toda tentación, el diablo se alejó de él hasta el tiempo propicio. (Lc. 4, 1-13)

 

El Primer Domingo de Cuaresma comienza con la lectura de las tentaciones de Jesús en el desierto, relato conservado por toda la tradición sinóptica (Marcos, Mateo y Lucas). Para muchos estudiosos, esta narración es una cristianización de la estadía de Jesús en el desierto de Judea, siendo discípulo de Juan el Bautista, que vivía en lugares solitarios (cf. Lc. 1, 80). Como el problema sobre la identidad de ambos personajes, su relación y la autoridad de uno sobre otro, fue grande en las primeras comunidades, el recuerdo sobre la etapa en que Jesús había sido discípulo directo del Bautista y había convivido con él, fue transformado en clave de lectura cristológica. Así, en esta estadía en el desierto ni se menciona a Juan, y por otro lado, es el Espíritu Santo, que había descendido durante el bautismo (cf. Lc. 3, 22), quien impulsa a Jesús a un tiempo de meditación/preparación. En el relato lucano que leemos este año la secuencia marca tajantemente la intención del autor de separar al Bautista de Jesús: primero cae preso Juan (cf. Lc. 3, 20), luego se habla de un Jesús ya bautizado (cf. Lc. 3, 21-22), aunque no sabemos por quién ni cuándo precisamente, a continuación se presenta la genealogía ascendente (cf. Lc. 3, 23-38) que llega hasta Adán, el hijo de Dios. Tras estos textos se nos introduce a las tentaciones en el capítulo 4. ¿Quién es, pues, el Jesús que va al desierto? Es un hombre lleno del Espíritu Santo, un hijo de Adán, el Hijo de Dios. Esta relación con Adán que el autor logra establecer con su genealogía revela la humanidad universal del Cristo. En su condición humana, en su encarnación (diríamos con lenguaje teológico más nuevo), el Mesías se identifica con los varones y las mujeres de la tierra, con los descendientes de Adán, que son en definitiva, descendientes de Dios. Jesús es el Hijo de Dios unigénito, pero todos somos hijos de Dios. El Cristo viene a ser uno de nosotros, uno de los nuestros, con una historia familiar que es la historia de la gran familia universal. Las tentaciones, por lo tanto, no suceden sobre un ser místico etéreo disfrazado con ropaje humanoide; las tentaciones le ocurren al judío Jesús, hijo de Adán, que también fue tentado. La diferencia es que este nuevo Adán (figura que ya había desarrollado Pablo en Rom. 5, 12-21 y 1Cor. 15, 21-22.45-47) no sucumbe ante la tentación, sino que hace honor a la fidelidad a Dios y a la alianza.

Como en Lucas importa la humanidad universal de Jesús con mucho más peso que su mesianismo judío, en el relato paralelo de Mateo (cf. Mt. 4, 1-11), donde sí interesa el ascendente judío porque sus receptores originales son judíos convertidos al cristianismo, hay una variación en el orden de las tentaciones. En la primera coinciden ambos, pero luego Mateo narra la tentación sobre el alero del templo de Jerusalén que Lucas coloca al final. Se supone que Mateo responde a dos argumentos literarios: un orden geográfico de las tentaciones que se van universalizando (desierto, Jerusalén, mundo), y un parangón con las tentaciones sufridas por Israel en su éxodo por el desierto, narradas respectivamente en Ex. 16 (los israelitas quieren volver a Egipto porque allí tenían comida, y Dios envía el maná), Ex. 17 (los israelitas no tenían agua para beber y Moisés les pregunta por qué tientan a Yahvé, luego Dios hace salir agua de la roca del Horeb) y Ex. 32 (mientras Moisés está en la cima del monte recibiendo las tablas, el pueblo se construye un becerro de oro para adorarlo). El reordenamiento de Lucas no se condice con la travesía de Israel, pero quizás sí con el ser humano en general, tentado por los bienes materiales, por el tener, por el comer (Adán comió el fruto del Edén), justamente para tener poder, para ser como dioses (el argumento que utiliza la serpiente para convencer a Eva), y allí tentar/desafiar a Dios (disponiendo el bien y el mal a antojo).

Jesús pudo ser Mesías del pan material, del tener. Podría haber realizado clientelismo político, regalando bienes para todos a cambio de su adhesión incondicional al proyecto del Reino. Pero el Reino hubiese dejado de serlo, y la Buena Noticia no sería tan buena. En los bienes materiales, el ser humano pierde la libertad, la vende. Cuando la fama de Jesús se expandió por toda Palestina, se corría el riesgo de que los milagros fuesen eso solamente, un hecho material momentáneo, no una proyección trascendente. Que Jesús tuviese seguidores por lo que regalaba, y no por Él mismo, por la increíble locura del Dios que se hace humano y muere. Los tres relatos sinópticos se hacen eco de una etapa en que las multitudes comienzan a abandonar al Maestro, casualmente cuando su mensaje comienza a anunciar la pasión, cuando se vislumbra que el Hijo del Hombre debe morir en la cruz. La primera respuesta de Jesús al diablo está tomada de Dt. 8, 3, donde se le recuerda a Israel el episodio del maná, y la catequesis consiguiente: tuviste hambre y recibiste pan milagroso, no para que te quedes en el milagro, sino para reconocer que las cosas vienen de Dios, y que la vida misma está sostenida por su Palabra.

Jesús pudo ser, también, el Mesías poderoso terrenalmente, al estilo de los reyes de este mundo. Pudo ser el Mesías del poder. Con un gran ejército, con leyes e impuestos, con un sistema jurídico que mantuviese el orden y asegurase adhesión. Habría instaurado un reino en la tierra, pero el Reino habría dejado de serlo, convirtiéndose en aparato de opresión, y no de gracia. En nada se parecen los manejos fraudulentos y las mentiras elaboradas de los gobiernos, con la pequeñez del Reino de Dios, con su mesa inclusiva, con la prioridad que tienen los que menos tienen, con la voz escuchada de todos. Muchos querían que la violencia de las armas se incorporara al proyecto jesuánico, pero el Maestro actuaba con violencia evangélica, alterando y sucumbiendo las estructuras desde el amor, desde la profecía arriesgada que reivindica sin herir físicamente. Es un Rey que muere, finalmente, en la ignominia, desnudo en una cruz, por no adorar a los reinos y reyes de este mundo. La segunda respuesta de Jesús al diablo está tomada de Dt. 6, 13, cita incluida en la sección de Dt. 6, 10-15, cuando se advierte a Israel que, al entrar en la tierra prometida, se encontrará con muchos lujos y con muchos dioses, pero que su recuerdo debe estar firme en Yahvé, el liberador, porque Él es el que verdaderamente lo liberó de la servidumbre.

Jesús pudo ser un Mesías sin ética, disponiendo del bien y el mal a su antojo, creyendo que el fin justifica los medios, y que si Dios no se manifiesta abiertamente en algún momento, existe el derecho de trasgresión, justamente por la pretendida ausencia del Padre que deja a los hijos a la deriva. De esta manera, ni el amor ni la justicia serían absolutas, ni la opción por los pobres ni el Reino en sí mismo. Todo podría negociarse de acuerdo a la situación particular. En cada discusión con fariseos, escribas o saduceos, Jesús está tentado a decir lo que ellos quieren escuchar, para ganarse su aprecio, para no ponerlos en contra. Sin ética, o sea, sin principios y opciones básicas, la vida es un devenir que no se arriesga, es una hipocresía a cada instante, una actuación. Como Dios no se hace presente en una teofanía que no deje lugar a dudas, es cuestionable su existencia y, por lo tanto, su supuesta propuesta de vida para el ser humano. Sin Dios no hay ética. Si Él desea que seamos algo, debería aparecerse en cuerpo presente. Pero eso destruiría la libertad y la fe. Gran parte del amor es la confianza y la entrega al otro. Si Dios abandona su manifestación sacramental (a través de) para realizar una aparición que no deje lugar a dudas, se nos quita la opción de elegir, se nos hace esclavos y no hijos que aman. La tercera respuesta de Jesús al diablo es de Dt. 6, 16, y en el versículo siguiente, se recuerda a Israel que debe guardar los mandamientos, estatutos y preceptos de Yahvé, sin tentarlo como lo hicieron en Masá, donde salió agua de la roca. Quien ama a Dios no lo tienta, porque no es preciso tentar al ser amado para que demuestre su amor; los enamorados descubren los signos de ese amor hasta en las cuestiones más imperceptibles para la mayoría.

 

Desierto

Desierto

Las tentaciones de Jesús no fueron una cuestión de un instante, de un momento, de sólo cuarenta días. Las tentaciones del pueblo de Israel tampoco lo fueron; duraron por siempre y duran aún hoy. Las tentaciones de la Iglesia, que pueden resumirse en las tres tentaciones propuestas por el diablo, están alrededor nuestro. El tener, el poder, el olvido de Dios, los bienes materiales, la opresión de unos sobre otros, el libertinaje. La Iglesia puede desvirtuar el Evangelio cediendo a las tentaciones de un mensaje que sea menos incómodo. En lugar de la Buena Noticia del que no tuvo nada y nos hizo tenerlo todo, preferimos la imagen del Cristo sentado en el trono para regir, de manera que se sustente en ese reinado nuestras pretensiones jerárquicas; en lugar del Jesús promotor de la dignidad humana, preferimos al mero dispensador de milagros, de manera que no nos veamos comprometidos a modificar la existencia de los relegados y nos conformemos con la limosna esporádica; en lugar del hombre de la Palabra profética que denuncia y da vida, preferimos el predicador itinerante desentendido de lo que sucede en la política de su tiempo, para que nuestras palabras no se vean forzadas a decir lo que puede molestar.

Siempre, cuando la cruz está cerca, cuando se acerca la hora de jugarse, la tentación da un paso adelante y propone una salida satisfactoria. El relato que leemos hoy termina anunciando que el diablo se retiró hasta que llegase el momento propicio. Más adelante, ya en el relato de la pasión, Lucas nos recordará que “Satanás entró en Judas” (Lc. 22, 3) y que Jesús dirá frente a sus captores: “Esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas” (Lc. 22, 53b). En las cercanías de la crucifixión, la tentación se hace fuerte, los poderes de las tinieblas se hacen presentes con propuestas de caminos alternativos, que al fin y al cabo, son traiciones. En la evangelización nos traicionamos, sobre todo cuando creemos que todo es válido para el éxito pastoral. Tomamos caminos dudosos, negociamos, disminuimos exigencias, aumentamos la subestimación del pueblo, nos concentramos en las elites. Y la evangelización se va oscureciendo, al punto de no saber, en determinado momento, cuál era la opción básica, la opción primera. Todo se confunde y, confundido el evangelizador, se confunde el interlocutor.

Cuando el relato de las tentaciones cobra sentido actual y deja de ser algo aparatoso, sin diablo en persona ni templo ni visión de todos los reinos del mundo, es sorprendente cómo nos toca de cerca. No es necesario que un ser tenebroso nos hable con voz terrorífica para que convirtamos las piedras en pan o para que lo adoremos; mucho menos para que nos lancemos del alero de algún templo. Las tentaciones son mucho más sutiles, el diablo es menos vistoso de lo imaginado. Cuando nos juntamos a proyectar un plan pastoral, cuando elegimos un lugar de misión, cuando organizamos una actividad parroquial, las tentaciones están ahí.