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El pan de Dios no hace acepción de personas / Decimonoveno Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B – Jn. 6, 41-51 / 12.08.12

Los judíos murmuraban de él, porque había dicho: “Yo soy el pan bajado del cielo”. Y decían: “¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo puede decir ahora: Yo he bajado del cielo?

Jesús tomó la palabra y les dijo: “No murmuren entre ustedes. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en el libro de los Profetas: Todos serán instruidos por Dios. Todo el que oyó al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí. Nadie ha visto nunca al Padre, sino el que viene de Dios: sólo él ha visto al Padre. Les aseguro que el que cree, tiene Vida eterna. Yo soy el pan de Vida. Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero este es el pan que desciende del cielo, para que aquel que lo coma no muera. Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”. (Jn. 6, 41-51)

La intertextualidad de Juan

El Evangelio según Juan es una gran obra de intertextualidad, o sea, de textos entrecruzados, dentro del mismo libro y hacia fuera. Proponemos aquí algunas pistas de esta intertextualidad:

a) Los judíos murmuraban: el término murmurar es onomatopéyico. Esto quiere decir que su pronunciación emula el acto que describe. Cuando una persona o un grupo de personas murmuran, lo que se escucha desde fuera, es parecido al sonido que se escucha si decimos muchas veces la palabra murmullo. En griego, la palabra gonguzo, utilizada en este caso, tiene el mismo significado; cuando se habla murmurando en griego, desde fuera puede oírse como una repetición del término gong. En el libro del Éxodo, la imagen del pueblo murmurando contra Moisés es frecuente (cf. Ex. 24, 15; Ex. 16, 2; Ex. 17, 3). El murmullo es palabra de traición, pues no se trata de un enfrentamiento directo, sino de algo que se dice a las espaldas, en voz baja. Más adelante, en Jn. 6, 61, los discípulos también murmuran.

b) El hijo de José que bajó del cielo: los judíos no dan crédito a Jesús porque lo conocen como paisano, como habitante del mundo. Y Él se declara descendido del cielo. La alusión a la familia del Maestro como realidad suficiente para no dar crédito a sus palabras aparece también en los otros Evangelios (cf. Mt. 13, 55, Mc. 6, 3 y Lc. 4, 22). El problema de fondo es la autoridad de Jesús. Los cuestionamientos sobre su origen, su familia sanguínea, sus padres y sus hermanos o hermanas no buscan otra cosa que determinar que es un conocido de todos, que ha pasado mucho tiempo oculto en una vida sin sobresaltos, y que no puede tener más autoridad que los estudiosos de la Escritura (escribas) o que los encargados oficiales del culto (sacerdotes) o que los cumplidores visibles de la Ley (fariseos). Jesús es un don nadie para sus compatriotas. Para el autor, la cuestión hace telón de fondo en todo el libro, desde el prólogo, donde se habla del Logos que se hace carne (cf. Jn. 1, 14) hasta la resurrección, cuando Jesús habla de subir nuevamente al Padre (cf. Jn. 20, 17).

c) Atraer: las palabras de Jesús sobre los que vienen a Él sólo si el Padre los atrae, hace intertextualidad inmediata con Jn. 12, 32: “Y yo cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí”. Desde la cruz, elevado sobre la tierra en el trono del madero, el Mesías vincula a toda la humanidad con su muerte. Sólo llegan a Jesús los atraídos por el Padre, pero esto no es señal de predestinaciones ni nada por el estilo, pues la cruz los atrae a todos. Estas dos atracciones, del Padre y del Hijo, se explicitan en Jn. 8, 28: “Cuando hayan levantado al Hijo del hombre, entonces sabrán que Yo Soy, y que no hago nada por mi propia cuenta; sino que, lo que el Padre me ha enseñado, eso es lo que hablo”. En la cruz, elevado sobre la tierra, el Hijo demuestra su vínculo íntimo con el Padre.

d) Los enseñados por Dios: Jn. 6, 45 contiene una cita de Is. 54, 13: “Todos tus hijos serán discípulos de Yahvé”. Este versículo se enmarca en uno de los poemas que el libro de Isaías contiene sobre Jerusalén, en una visión escatológica de la ciudad, como realización de los anhelos más profundos del universo. En el pensamiento profético, esta última Jerusalén llegaría al final de los tiempos, de la mano del Mesías. En esta ciudad, todos serían discípulos de Dios, en la misma línea que Jer. 31, 33: “Pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”. No se trata de ser enseñados por el Padre en una especie de adoctrinamiento legalista, sino de discipulado en el sentido íntegro del término, como seguimiento del corazón, como escucha atenta y amorosa, como pacto de amor. Para Juan, sólo se puede ser verdaderamente discípulo de Dios, o sea, verdaderamente ciudadano de la Jerusalén definitiva, si se cree en Jesús.

e) Vida eterna: el cuarto Evangelio respira y transpira vida eterna. Hablan de ella Jesús y Nicodemo (cf. Jn. 3, 15-16), también Jesús y la samaritana (cf. Jn. 4, 14), se la relaciona con la palabra hablada por Jesús (cf. Jn. 5, 24 y Jn. 6, 68) y la Palabra escrita (cf. Jn. 5, 39), con el creer (cf. Jn. 6, 27.40), con comer y beber a Jesús (cf. Jn. 6, 54), con la relativización de la vida terrena (cf. Jn. 12, 25), con el conocimiento de Dios y de su enviado (cf. Jn. 17, 3), y de muchísimas maneras más. En el fragmento que leemos con la liturgia de hoy encontramos la fórmula: “El pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo” (Jn. 6, 51), la cual, según muchos biblistas, sería una fórmula eucarística primitiva, o sea, un texto litúrgico utilizado en las celebraciones de la mesa del Señor de las primeras comunidades. Comer el pan ofrecido por Jesús es comer esa carne que se ha entregado, ese cuerpo que ha muerto por la vida del mundo. La eucaristía es cuerpo que da vida, y que vivifica más allá de la Iglesia, a todo el mundo.

El macro-ecumenismo de la Eucaristía

El sentido universalista de la eucaristía es, sin dudas, su sentido evangelizador. No se puede evangelizar sin creer en la atracción que genera Jesús hacia sí. Cada uno de los varones y mujeres de la historia se vinculan a la realidad del Hijo, y a través de Él, a la realidad divina, haciéndose partícipes de la vida eterna, que es vida en abundancia. La creencia firme de tamaña vinculación sobrenatural no puede ser menos que aliciente para el evangelizador. No irá a predicar un dios inaccesible o ininteligible, sino un Dios que se vincula y que vincula, un Dios que se puede sentir en la fibra más íntima, porque esa fibra recóndita fue asumida en la encarnación, en la muerte y en la resurrección.

Creemos en el Dios que ha bajado del cielo, el Dios que es maná, que es pan de vida, el Dios criado por José. Aquellos que se quejan de un cristianismo imposible de creer porque no es viable que la fuerza de la divinidad cohabite con los galileos treinta años, son aquellos que también se quejarían de un Dios irrumpiendo en la historia con la máxima demostración de su poderío, por considerarlo dictador. La paradoja del descenso de Dios es la elevación del ser humano, la unión que representa con el corazón de cada uno, aquello que no se logra con grandes demostraciones de artificios, sino compartiendo la existencia.

Todos ansían el pan de la vida eterna. Todos tienden a la cruz. Aunque no puedan reconocerlo muchos, aunque no quieran admitirlo otros tantos. Si no se asume esa tensión para evangelizar en clave de descubrimiento, entonces nos toparemos con interminables obstáculos. El otro, el interlocutor, necesita descubrir esa hambre que posee, esa ansiedad hacia la vida eterna, eso que lo moviliza a lo trascendente, pero que no puede ponerle nombre. Una vez descubierta esa hambre, no podemos saciarla con un pan elitista, un pan que es para algunos privilegiados; necesita del pan universal, un pan que sólo podemos ofrecer si para nosotros mismos es ecuménico, si es eucaristía para todos. Ofrecer a todos la misma escatología es también parte de la evangelización. Si predicamos una vida eterna, deberíamos creer que esa vida es posibilidad de pan compartido por igual.

Semillas de lo que queremos ser / Decimoprimero Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B – Mc. 4, 26-34 / 17.06.12

26 Y decía: “El Reino de Dios es como un hombre que echa la semilla en la tierra: 27 sea que duerma o se levante, de noche y de día, la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. 28 La tierra por sí misma produce primero un tallo, luego una espiga, y al fin grano abundante en la espiga. 29 Cuando el fruto está a punto, él aplica en seguida la hoz, porque ha llegado el tiempo de la cosecha”.

30 También decía: “¿Con qué podríamos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola nos servirá para representarlo? 31 Se parece a un grano de mostaza. Cuando se la siembra, es la más pequeña de todas las semillas de la tierra, 32 pero, una vez sembrada, crece y llega a ser la más grande de todas las hortalizas, y extiende tanto sus ramas que los pájaros del cielo se cobijan a su sombra”.

33 Y con muchas parábolas como estas les anunciaba la Palabra, en la medida en que ellos podían comprender. 34 No les hablaba sino en parábolas, pero a sus propios discípulos, en privado, les explicaba todo. (Mc. 4, 26-34)

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Esta parábola que da inicio aquí narra una situación clásica de la agricultura. Un hombre sembrará, esa semilla sembrada crecerá y, llegado el momento, se cosechará. En general, ese es el proceso de casi todas las siembras. Y ese parece ser el proceso en este caso. Pues bien, el Reino de Dios se parece a esta situación. Tenemos que tener cuidado de no tomar literalmente la traducción clásica: el Reino de Dios es como; parece ser más correcto traducir: el Reino de Dios sucede como sucede lo de un hombre que echa la semilla en la tierra. La clave está en los sucesos, no en la comparación estática. El Reino de Dios no es como ese hombre ni como esa semilla; el Reino de Dios sucede como se da esa situación que describe la parábola.

Los comentaristas se han dividido en cuanto al nombre que debe recibir la parábola. Para algunos es una parábola sobre la semilla que crece por sí sola, y para otros es la parábola del labrador que espera pacientemente. Aplicándonos a lo dicho anteriormente, quizás convenga hablar de la parábola de los tiempos de crecimiento de la semilla, recordando que el relato hace hincapié en el proceso, más que en los personajes. Un tercer grupo de comentaristas consideran que el centro de la parábola está al final, en un mensaje escatológico que tiene toda su fuerza en la imagen de la cosecha; el Reino sería como ese momento de la cosecha, donde cumplido el tiempo estipulado por Dios, la hoz segaría la historia de los humanos.

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A pesar de tratarse de un proceso agrícola común para Palestina, hay algo que este hombre de la parábola no hace y, normalmente, los sembradores de Palestina sí hacían: trabajar alrededor de la semilla sembrada, sobre todo quitando las malezas. Según la descripción de Jesús, el protagonista del relato parece no hacer mucho alrededor de su siembra. Haga lo que haga, la semilla sigue creciendo. No importa si hace vigilia a su lado o se acuesta a dormir. No importa si los tiempos terrenos se suceden entre la noche y el día. La semilla crece.

El hombre no sabe cómo sucede ese crecimiento. Por supuesto, en la época actual, con los conocimientos biológicos de los que disponemos, la afirmación parece caduca. Sabemos cómo crece la semilla. Pero en tiempos de Jesús y de Marcos (y por muchos años más) eso era desconocido. La semilla crecía bajo tierra de alguna forma misteriosa, desconocida, y sólo Dios podía saber el proceso real de la transformación. Por eso tiene tanto sentido para una parábola sobre el misterio del Reino y de su crecimiento.

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Acorde a los conocimientos biológicos de la época, la tierra es el único factor que interviene en el crecimiento. Por la tierra sola es que la semilla crece y se desarrolla. No importa el sol, el agua, los nutrientes. La tierra por sí misma se encarga. Esto debe entenderse, no desde las leyes biológicas, sino desde el sentido del misterio. El fondo de la tierra esconde el misterio del crecimiento. Sólo Dios sabe lo que sucede allí abajo, en lo profundo, donde reposa la semilla. El labrador deja la semilla al cuidado del vientre de la tierra y ésta hace el resto.

Marcos enumera algunas etapas del crecimiento. Hay tallo, luego espiga, luego granos en la espiga. Es el crecimiento que nació del misterio. El hombre ha seguido con su vida, y sin embargo la semilla dio fruto. Siguió con sus ritmos de noche y de día, confiando en la potencia de la tierra, y la semilla maduró. Es una parábola de crecimiento, ciertamente, pero de crecimiento abundante, porque la espiga se llenó (pleres en griego) de granos.

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La hoz y el tiempo de la cosecha son los dos conceptos fundamentales de este versículo con que concluye la parábola. Ambos conceptos se encuentran en Joel 3, 13: “Pongan mano a la hoz: la mies está madura”. En el profeta, la alusión es de ira escatológica. La hoz divina arrasa con lo malvado porque el tiempo se ha cumplido, ya no puede esperarse más; es el Día del Señor.

En Marcos, el contexto no parece indicar la ira escatológica. Más bien es una cosecha feliz, una cosecha de júbilo. El hombre sale a cosechar con su hoz porque finalmente el misterio ha revelado el fruto que tenía en su interior. Esa es la potencia de la semilla, que en su interior pequeño contiene tanto fruto. El labrador confía en la semilla y en la acción misteriosa de la tierra porque sabe el desenlace, aunque no conoce los detalles del proceso. Con el Reino de Dios sucede de manera similar. Jesús y los discípulos saben que el fruto final será abundante, y que la cosecha será jubilosa, pero mientras tanto, el desarrollo es misterioso. Se conoce el inicio y el final (por fe, por esperanza), pero el trayecto es algo que sólo Dios conoce. La comunidad de Marcos cree en un final gozoso, en el momento adecuado, pero mientras tanto debe soportar la cruz y la persecución. Es un misterio cómo Dios, a través de esas tribulaciones, llevará el Reino de Dios a su concreción.

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Esta parábola da inicio con una estructura que, según algunos estudiosos del judaísmo, es clásica del rabinismo. La estructura consta de tres partes donde el maestro lleva adelante un diálogo retórico consigo mismo que es, en realidad, un diálogo ficticio con sus discípulos. En primer lugar, el rabino anuncia de lo que hablará (en este caso, del Reino de Dios); luego se pregunta, retóricamente, cómo hablará de ellos (¿qué parábola servirá?); finalmente, anuncia lo que ha elegido para hablar del tema anunciado primeramente (la figura del grano de mostaza).

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La parábola del grano de mostaza recae sobre la pequeñez de la semilla. Según Jesús es la más pequeña de todas las semillas de la tierra, lo cual parece, simplemente, una exageración. Pero para algunos refranes palestinos, no era exagerado utilizar la pequeñez del grano de mostaza como comparación. En el plano biológico científico, la mostaza no es la semilla más pequeña del universo, pero en el ideario metafórico puede serlo, y eso es suficiente para utilizarla en una parábola. Porque el Reino de Dios no se parece específicamente al grano de mostaza, sino a lo que sucede con el grano de mostaza cuando es sembrado.

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Las plantas de mostaza, maduras, plantadas a orillas del Mar de Galilea, podían alcanzar una altura de tres o cuatro metros. Y lograban la reproducción de una manera bastante rápida. La parábola clasifica este arbusto entre las hortalizas, o sea, entre aquellas plantas que podían cultivarse a manera de huerto, con una producción dirigida por el ser humano, y no de manera silvestre. Así es que el pequeño grano de mostaza, en comparación con las otras hortalizas, es llamativo, pues en breve tiempo alcanza tamaño de arbusto, sobrepasando a las otras semillas.

La idea de los pájaros que vienen a cobijarse a la sombra del mostacero no está tan relacionada con el arbusto en sí, sino con la imagen, ya veterotestamentaria, del gran árbol donde anidan pájaros diversos. Digamos que la parábola inicial del grano de mostaza es la excusa para culminar con esta alusión que se remonta a los profetas, sobre todo el capítulo 4 de Daniel y los capítulos 17 y 31 de Ezequiel. Para estos inspirados, el árbol representa a los grandes reinos terrenales. Babilonia es un árbol corpulento, Egipto es un cedro del Líbano. De la misma manera, el Reino de Dios es un vegetal grande. Pero la comparación tiene su golpe de efecto, como en todas las parábolas. El Reino de Dios no es un cedro, no es un ciprés que se impone por su robustez. El Reino de Dios es como un grano de mostaza, destinado a la huerta, a estar entre otras hortalizas. Crecerá de golpe y se verá su magnificencia de arbusto, pero diferenciada de la magnificencia de los árboles aplastantes. Es otra manera de Reino, otra forma de estar presente.

En los grandes árboles de los reinos terrenales se cobijan los pájaros del cielo (cf. Ez. 31, 6), y en el arbusto de la mostaza también lo hacen. Los pájaros del cielo son las naciones de la tierra que se ponen al amparo del reino más poderoso, buscando protección, aterrorizados por su poder. Nuevamente, con el mostacero es distinto. Los pájaros que anidan (los gentiles que llegan al Reino) no llegarán por temor, sino que lo harán porque las ramas del mostacero se expanden. Es una atracción antes que una imposición.

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Jesús ha sido un gran narrador de parábolas, y seguramente contaba con una gran colección de relatos. Marcos dice que hay muchas parábolas, pero él sólo cuenta algunas. Las parábolas son utilizadas para anunciar la Palabra (logos), como la anunció en la puerta de aquella casa del capítulo 2 (cf. Mc. 2, 2). Esta Palabra parece ser un concepto para resumir de lo que habla Jesús, y de lo que deberían hablar los cristianos. La Palabra no es sólo vocablo, no es sólo anuncio verbal, sino que está relacionada con hechos concretos, con el alivio del sufrimiento de las personas, con acciones que provocan cambios. La Palabra no es un mero discurso, sino una realidad eficiente. Por eso, en cierto sentido, Palabra y Reino de Dios pueden ser equivalentes en el cristianismo. Cuando se anuncia la Palabra, difícilmente pueda anunciarse algo distinto al Reino. Cuando se trabaja en pos del Reino, difícilmente pueda hacerse sin la Palabra.

Quizás, la diferencia radique en el matiz más religioso de la Palabra en comparación con el matiz más secular del Reino. La Palabra es la Palabra de Dios, y la anuncian los que creen interpretar el interés divino. Digamos que creer en una Palabra es asumir la existencia de un Dios que pronuncia una Palabra. El Reino, en cambio, es una visión macroecuménica, y no implica a un Dios necesariamente. Sí lo implica para los cristianos, pero puede no implicarlo para alguien que trabaja por la justicia social, por la dignidad de los oprimidos, por los marginados del sistema.

Jesús anuncia, evidentemente, una Palabra que es equiparable al Reino de Dios, porque para Jesús la Palabra implica a Yahvé y el Reino implica al Padre. Las parábolas tratan de traer a la realidad explicable el sentido profundo de esta Palabra. Las parábolas son dichas por Jesús en la medida en que la multitud puede asimilarlas. La parábola acerca el misterio del Reino, pero sigue siendo un misterio.

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Este versículo es difícil de congeniar con el anterior. Por momentos parecen decir lo mismo y por momentos parecen contradecirse. Algunos comentaristas de Marcos suponen que todo el versículo es un añadido posterior al autor original, mientras que otros creen que sólo la segunda parte del versículo es un añadido.

Si ponemos ambas frases en espejo, se crea un paralelismo: se dice que Jesús habla en parábolas en el inicio, y se dice algo sobre la comprensión en el final. Aquí parece estar, justamente, la diferenciación. El versículo 33 plantea que las parábolas se van revelando en la medida en que los oyentes son capaces de comprenderlas (todos los oyentes, la multitud en general). El versículo 34, en cambio, separa a los discípulos de la multitud, recibiendo los primeros una explicación detallada y privada de las parábolas. Es probable que esta referencia a la explicación en privado tenga que ver con un momento de las primeras comunidades donde la palabra original pronunciada por Jesús de Nazaret sufre diversas interpretaciones. Algunos creen que las parábolas significan esto, y otros creen que significa aquello. ¿Quién tiene la verdad? Pues, los discípulos. Jesús ha explicado a sus discípulos de qué se trata el Reino, de qué se tratan las parábolas. Esta es la creencia que sustenta doctrinas. Algunos grupos de los cristianismos originarios, ante el desconcierto y la variedad de interpretaciones sobre algunos aspectos de Jesús, suponen (y creen) que Jesús impartió una explicación más detallada a sus más íntimos, y que la transmisión de esa explicación privada es la clave hermenéutica para comprender el mensaje. Obviamente, cada distinto grupo se atribuye la condición de receptor de la explicación verdadera.

En definitiva, es una lucha doctrinal que no es ajena a la actualidad. Variados grupos cristianos auto-otorgándose la interpretación oficial. Pero lo cierto es que las parábolas, así narradas, como buenas poesías repletas de imágenes que son, admiten ser miradas desde distintos ángulos. La parábola dice algo específico, pero también puede decir muchas cosas más, porque es una imagen y no una definición, es una aproximación al misterio, pero no el misterio en sí mismo. La parábola nos permite leerla/escucharla para que ensayemos la diversidad en la unidad.

Levantado para salvar / Cuarto Domingo de Cuaresma – Ciclo B – Jn. 3, 14-21 / 18.03.12

De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.

Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas. En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios. (Jn. 3, 14-21)

 

Una serpiente levantada en el desierto

La referencia veterotestamentaria de estos versículos podemos encontrarla en el capítulo 21 del libro de Números. Allí se nos narra cómo el pueblo de Israel, impaciente por el camino que seguían recorriendo sin arribar a la Tierra Prometida, comienza habladurías sobre por qué fueron liberados de Egipto para morir en el desierto (cf. Num. 21, 5). Ante esta situación, envía Yahvé serpientes abrasadoras que muerden a los israelitas y hasta los matan (cf. Num. 21, 6). El pueblo, arrepentido, pide a Moisés que interceda por ellos; él lo hace y Yahvé le da la orden de construir una serpiente de bronce, ponerla sobre un mástil, y quien fuese mordido, debía mirarla para vivir (cf. Num. 21, 7-9).

En base a la comparación y a una técnica exegética de Juan, el texto nos hace entender que la serpiente de bronce fue una pre-figuración del Mesías, el cual debe ser elevado también para que la humanidad viva. En el relato de Números, el hecho de ver provoca vivir; en el Evangelio, el hecho de creer provoca la vida eterna y plena. Entre ver y creer, la relación en el escrito de Juan es constante a lo largo de la trama (cf. Jn. 1, 50; Jn. 2, 23; Jn. 6, 14; Jn. 11, 40; Jn. 20, 20), desde Natanael que cree porque el Maestro le asegura que lo ha visto debajo de la higuera, hasta Tomás que no creerá si no ve la señal de los clavos. Pero traspasando esta relación hasta invertirla, terminará afirmando Jesús: “Dichosos los que no han visto y han creído” (Jn. 20, 29). Esa es la resolución que nos ayuda a entender lo visto no como algo meramente sensorial, sino como un ver teológico.

No será necesario que todos los salvados vean el cuerpo en la cruz y la resurrección, pero sí será necesario que crean en ambas, y que las vean con los ojos de la fe. Esa es la puerta para vivir plenamente. Jn. 10, 10 se explaya al respecto: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”. La serpiente de bronce permitía vivir un tiempo más en este orden de las cosas; Jesús trae la superación de esa vida que es la vida eterna, que es la vida en plenitud de Dios. Vivir y salvarse es llevar a la abundancia la existencia, o sea, hacerla eternamente plena. La vida, en un plano biológico, es potencia; la vida en perspectiva eterna es plétora, es fecundidad, es transformación de lo biológico hacia límites insospechados, es trascender. El Mesías no ha venido a dejar todo como está; ha venido a plenificarlo todo.

 

Un Hijo para que el mundo sea pleno

El amor de Dios lo ha llevado a una donación total, la donación de su Hijo, para que los hombres y mujeres tengan vida eterna, o sea, para que hagan plenas sus existencias.

Entonces, ¿por qué debe ser levantado el Hijo del hombre? ¿por capricho divino? ¿por juicio? Estas dos posturas son muy oídas y muy remarcadas. Para algunos, el Padre ha decidido montar un espectáculo en la cruz, de manera que las profecías por Él sembradas en la antigüedad hallaran cumplimiento, y el mundo viese el sufrimiento como una obra maestra de preponderancia llamativa. Se trata de una visión que fácilmente se confunde con una propaganda. Otros se inclinan y subrayan el hecho judicial de la cruz, como una necesidad del Padre que exigía sí o sí un sacrificio y, en la actualidad, seguiría juzgando a través de lo ejecutado en la cruz. Tal panorámica parece restar sentido a la crucifixión, justamente de parte de aquellos que se preocupan por las supuestas desviaciones heterodoxas que le quitarían magnitud. Si el dios sediento de sacrificios obtuvo con Jesús crucificado lo que deseaba, ¿por qué seguiría juzgando? ¿No estaría saldada la deuda? La comparación con la serpiente de bronce parece aclarar. El Hijo del Hombre es levantado por una situación humana que necesita una solución, no por arbitrio antojadizo de Dios. La serpiente sanaba a los mordidos, la cruz libera a los oprimidos. El amor de Dios es tan grande, que hace lo imposible para sacar a los varones y mujeres de su estado no pleno y llevarlos a la plétora, que es la vida eterna. La tesis no se fundamenta en que tanto ansiaba Dios que se saldase la deuda, sino en que tanto amó Dios al mundo.

Jesús no tiene como objetivo condenar a diestra o siniestra, impartir cárceles ni administrar el fuego del infierno. Jesús viene a salvar. Leyendo los Evangelios Sinópticos, quizás nos surja la disyuntiva sobre cuál era la verdadera motivación del Maestro: ¿no sería el Reino de Dios? Y es real que en Marcos, Mateo y Lucas el Reino se lleva el grueso de las palabras de Jesús. Pero no hay real disyuntiva, pues este concepto joánico de salvación antes que condena, es propio del Reino, realidad salvífica antes que enjuiciadora. La presencia del Reino no se manifiesta con la condena de los impíos, sino más bien con el florecimiento de la paz, justicia, gozo, fraternidad, igualdad, libertad, dignidad. Cuando la vida se hace plena, se hace presente el Reino. En ese sentido, al Hijo le interesa salvar, o sea, hacer plenas las cosas.

Ahora bien, Juan nos lleva más allá, y pone en boca de Jesús una aseveración novedosa: el que cree en el Cristo no es juzgado. Sobre el esquema típico de cualquier escatología o apocalíptica, donde llega el final de los tiempos y el dios de turno reparte a cada cual según sus obras, nos hallamos con un juicio intra-histórico, introduciendo la escatología en la cotidianeidad. Hay dos opciones: aceptar la vida en plenitud o rechazarla. Los primeros no son juzgados, justamente porque si el Hijo del Hombre ha venido a salvar antes que juzgar, es lógico evitar los juicios. El creyente ha aceptado la vida plena, y ha comenzado la vida eterna con esa aceptación, ¿de qué se lo puede juzgar? Por el otro opuesto lado, está el que no acepta la vida en plenitud según el modelo del Reino, y éste ya se está juzgando negativamente, está rechazando la plenitud, está condenando su existencia sin necesidad que otro lo haga. Dios ofrece la vida eterna/plena y cada cual determina su juicio, cada uno se termina convirtiendo en su propio magistrado.

Un alto de vida en el camino de la muerte / Segundo Domingo de Cuaresma – Ciclo B – Mc. 9, 2-10 / 04.03.12

2 Seis días después, Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevó a ellos solos a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos. 3 Sus vestiduras se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo podría blanquearlas. 4 Y se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.

5 Pedro dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. 6 Pedro no sabía qué decir, porque estaban llenos de temor. 7 Entonces una nube los cubrió con su sombra, y salió de ella una voz: “Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo”. 8 De pronto miraron a su alrededor y no vieron a nadie, sino a Jesús solo con ellos.

9 Mientras bajaban del monte, Jesús les prohibió contar lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. 10 Ellos cumplieron esta orden, pero se preguntaban qué significaría “resucitar de entre los muertos”. (Mc. 9, 2-10)

 

2

Seis días después de la confesión de fe de Pedro, de la reprimenda contra el mismo Pedro y el llamado profundo y radical a dejarlo todo (perder la vida) para seguir a Jesús en discipulado, ocurrirá el episodio de la transfiguración. Estos seis días encierran un significado simbólico en el que los comentaristas no logran ponerse de acuerdo. Una posibilidad es que la transfiguración quede situada en un séptimo día, día de plenitud, día de Dios. Otra opinión identifica los seis días después con el séptimo día en que Yahvé dirige su voz a Moisés cuando sube al monte (cf. tradiciones de Éxodo 24). Finalmente, algunos sostienen aún que se trata de una mera referencia histórico-literaria, sin mayores connotaciones. Pero difícilmente pueda sostenerse esa hipótesis. Detrás de todo el relato de la transfiguración hay simbolismos, y hasta se puede sostener la probabilidad de que la perícopa fuese, en un principio, un relato de aparición pascual, de Jesús Resucitado que se aparece en el monte a algunos discípulos (o sólo a Pedro). Marcos habría tomado este relato pascual para introducir, en el camino a Jerusalén, una visión anticipada (pero conocida por sus lectores) de la gloria que subsiste en el Jesús terreno amenazado y camino a su crucifixión. Entre los Evangelios Apócrifos, el Apocalipsis Etíope de Pedro y Pistis Sophia sitúan la escena tras la pascua.

Este Jesús que siguen Pedro, Santiago y Juan muere en una cruz, es un escándalo mesiánico, pero es Hijo de Dios. En la paradoja de su muerte está la verdadera vida. La transfiguración es una escena enclavada en el camino a Jerusalén como está enclavado el hecho pascual en la vida del cristiano, a pesar de que todo alrededor parezca sombras y tinieblas. A pesar del martirio, el discípulo tiene esa certeza del monte de la transfiguración, de haber experimentado un gozo que supera cualquier gozo, de haber vivido un bienestar extremo. Pedro, Santiago y Juan son los tres discípulos que comparten en intimidad con el Maestro el milagro de la hija del jefe de la sinagoga (cf. Mc. 5, 37), la transfiguración, la explicación sobre los signos de los últimos tiempos (cf. Mc. 13, 3 junto a Santiago) y la oración agónica en Getsemaní (cf. Mc. 14, 33). Están en las situaciones límite de muerte-vida, como testigos privilegiados, pero si se quiere, también como alumnos difíciles, que deben presenciar de cerca el verdadero poder de vida de Jesús para comprender bien su mesianismo. Sobre todo Pedro.

Para ello suben a un monte elevado. Los lugares elevados son, bíblica y antropológicamente, los espacios privilegiados de las teofanías. En lo alto entra en contacto el ser humano con Dios, y en lo alto se transforma la esencia. Una discusión hermenéutica de siempre, respecto a la transfiguración, es dónde situar la perspectiva de lo humano-divino: ¿la transfiguración es la exaltación de la humanidad que puede glorificarse, o es la demostración de lo divino que se ha humanizado? En el esquema general del libro de Marcos, la transfiguración une, simbólicamente, dos eventos principales como lo son el bautismo en el Jordán (donde también se oye la voz del Padre, cf. Mc. 1, 11) y la tumba vacía (donde también hallamos vestiduras blancas, en un joven, cf. Mc. 16, 5). Principio y final, final y recomienzo. El ser humano que se descubre Hijo de Dios y el Hijo de Dios que, muerto como un humano, deja la tumba vacía. Es difícil determinar cuál es la perspectiva de lo humano-divino, aunque parece imbricado.

 

3

Las vestiduras blancas resplandecientes son la imagen más adecuada que encontró el autor para describir lo que le sucede a Jesús en el monte. Es, quizás, una descripción gráfica de un suceso que no fue gráfico. Pero para el lector es fácil asociar la luminosidad blanquecina extrema con lo divino, lo celestial. Y por ello, para la comunidad de Marcos, también es fácil asociarlo con lo pascual, con la tumba vacía.

Este es un blanco que excede cualquier blanco conocido. Según la descripción original en griego, ningún batanero (gnafeus en griego) podía dejar una vestidura tan blanca como esa lo estaba. El batanero (o tundidor, o cardero) tenía como profesión el cardado de la lana, el frisado de los paños y la limpieza de las ropas sucias.

 

4

La aparición de Elías y Moisés en la escena de la transfiguración es un rompedero de cabezas para la exégesis. Por varias razones se puede justificar la presencia de ambos, e inclusive por esas varias razones resulta que unas contradicen a otras. Al tratarse de una escena que une lo divino con lo humano a manera de teofanía, resulta lógico que de los personajes veterotestamentarios, Elías y Moisés sean los preferidos, pues ambos, según la tradición bíblica y/o judía, no han muerto y han sido enterrados, sino que habrían sido arrebatados al cielo, y estando en el cielo, en un estado distinto al de la muerte, pueden volver en cualquier momento. Esto sienta la primera base para su presencia en el monte de la transfiguración. Pero literaria y apocalípticamente, no hay textos claros, de la época de Marcos ni anteriores, que relacionen los últimos tiempos con la llegada de los arrebatados Elías y Moisés. Esto dificulta la comprensión sobre su inclusión.

De Elías sabemos que era un profeta fiel defensor del yahvismo en medio de un Israel seducido por los dioses de otras naciones. La historia deuteronomista lo presenta como el pilar principal de resistencia ante el avance de los altares profanos y del culto a Baal. Es una especie de caudillo profético, y por ello, su historia se hace leyenda y muy querida por la fe popular israelita. Cuando la leyenda se puso por escrito, reunió diferentes relatos que se añadieron al libro de los Reyes formando lo que los biblistas llaman el ciclo de Elías. Si nos centramos en su presencia en la transfiguración, podemos identificar como elementos de conexión su condición profética (que se inserta en el camino de Jesús profeta hacia la cruz), su arrebato (está vivo en la esfera de lo divino), la revelación de Yahvé que recibe en la brisa suave del monte Horeb (cf. 1Rey. 19, 12-14, mismo monte donde Moisés habla con la zarza ardiente de Ex. 3, 1-12), y la tradición apocalíptica que vincula el regreso de Elías con los últimos tiempos (cf. Mal. 3, 23).

En cuanto a Moisés, debemos entenderlo como la figura clave de la historia israelita. Moisés es el dador de la Ley, de las disposiciones litúrgicas, del código de vida. Moisés es el primer y más grande caudillo, el liberador de Egipto, el profeta por excelencia, el líder del pueblo y formador de pueblo, el que entra en contacto directo con Dios para hablar cara a cara. Moisés es el héroe nacional, y si viene un Mesías para los últimos tiempos, entonces debería ser como Moisés. En el capítulo 24 del Éxodo, Moisés sube al monte con tres acompañantes que tienen nombre propio (como Pedro, Santiago y Juan), y en ese monte la voz de Dios se dirige a Moisés, como revelación, como teofanía hablada. Algunas teologías judías con tendencia helenística afirmaban que Moisés, sobre el monte, se había convertido en una especie de hombre divino, transformado (transfigurado) por el contacto estrecho con Dios.

 

5

Pedro propone a Jesús armar carpas (skene en griego) para establecerse allí. Skene puede traducirse como carpa, pero también como tienda o tabernáculo. Esto da pie para pensar que en el trasfondo de la escena de la transfiguración está el memorial de la Fiesta de los Tabernáculos judía. Según el libro del Levítico, Yahvé dijo a Moisés lo siguiente: “En el séptimo mes la celebrarán. Durante los siete días habitarán en tiendas” (Lev. 23, 41b-42a).

Detrás de esta celebración se encontraba una tradición agrícola, como para la mayoría de las celebraciones de los pueblos de la antigüedad. La fiesta marcaba un ritmo cronológico, que si bien no se ubicaba en el estricto principio del nuevo año (correspondiente a la fiesta de Rosh Hashanah), estaba en los inicios, y además cerraba un ciclo con la cosecha y recolección para comenzar otro de siembra. Era una fiesta de fin y comienzo, una fiesta de los ciclos, si se quiere. Será la corriente profética la que traducirá ese fin y comienzo de año en fin y comienzo de era mesiánica. Cuando el Mesías llegue para instaurar el Reino definitivo, se celebrará la mayor Fiesta de los Tabernáculos; una fiesta eterna. Esta relación con la cosecha y la recolección justifica la inclusión de ritos de fecundidad en la celebración. Uno de los ritos reconocidos consistía en agitar ramas y palmas (cf. 2Mac. 10, 7), otro eran las libaciones de agua. La tradición profética reinterpretó estos ritos en un sentido mesiánico. Isaías, por ejemplo, dirá que “todos los árboles del campo batirán palmas” (Is. 55, 12b) al final de los tiempos, mientras Zacarías asegurará que en el Día de Yahvé “manarán de Jerusalén aguas vivas” (Zac. 14, 8). Pero no sólo lo agrícola se manifestaba en esta Fiesta, sino sobre todo la dimensión nacionalista, de identidad y de celebración de haber sido reunidos por Dios para conformar Su pueblo. Todas las tribus de Israel debían reunirse para los tabernáculos, todas debían celebrar lo mismo, todas debían recordar el éxodo y la vida en el desierto con el mismo espíritu. Y tras la victoria escatológica del Dios de Israel sobre los pueblos paganos, el mundo entero, postrado ante Yahvé, se uniría a los Tabernáculos judíos. Eso deja entrever Zac. 14, 16: “Los supervivientes de todas las naciones que atacaron Jerusalén subirán de año en año a postrarse ante el Rey Yahvé Sebaot y a celebrar la fiesta de las Tiendas”.

La posibilidad de un trasfondo con los Tabernáculos en la transfiguración tiene que ver con el sentido mesiánico del momento en el Evangelio según Marcos. Los últimos tiempos reúnen al Mesías, a Moisés y a Elías en un monte elevado, en la esfera de lo divino. La particularidad es que toda esta manifestación mesiánica está enclavada en un camino hacia la muerte. No se manifiesta la gloria así sin más, o tras una victoria épico-apocalíptica, sino como estación de un sendero que va hacia la cruz. Jesús re-significa los Tabernáculos, quitándole su carga bélica. El Mesías no ha venido a derrotar con espada, como los reinos de la tierra, sino a manifestar el amor de Yahvé para con sus Hijos, que en eso consiste el Reino de Dios. Aunque la manifestación de ese amor lo lleve al martirio. Pedro quiere quedar en las alturas, pero Jesús sabe que el camino de la humanidad continúa, y que muchos de esta humanidad terminan en la cruz, como Él. La comunidad de Marcos no puede ser como Pedro, ciega del camino que hay por recorrer. No puede celebrar unos Tabernáculos de derrota armada del otro, sino los Tabernáculos de la comunión, de la vida compartida, del martirio con sentido. No se puede quedar en las alturas de discusiones vanas o de liturgias vacías, sino que debe bajar del monte para seguir camino. Porque originariamente, los Tabernáculos eran la fiesta del pueblo peregrino, que vivía en carpas mientras atravesaba el desierto. Allí está el sentido original: formar pueblo, formar comunidad.

 

6

Los discípulos están ekfobos: totalmente espantados, llenos de inmenso temor. Es lo propio de las teofanías y las manifestaciones divinas. Ese enfrentamiento a lo netamente superior es lo que justifica el desvarío de Pedro al proponer armar las tiendas.

 

7

Éxodo y Números son los libros que más recalcan la presencia de Yahvé como una nube que guía durante el día el peregrinar en el desierto del pueblo de Israel. Si la nube se detenía, Israel se detenía y acampaba. Cuando la nube se elevaba, levantaban el campamento y seguían viaje. Aquí es un símbolo más en la teofanía. Un símbolo divino. La nube anticipa y hace presenta a Yahvé en la escena. Esta es la cima del relato, la máxima expresión, su centro. Lo que sucede en este versículo es lo que realmente importa para el autor. Dios tiene una palabra para decir, una palabra sobre su Hijo, sobre Jesús, al igual que lo hizo en el bautismo en el Jordán. La voz de Dios es importantísima en cuanto no aparece frecuentemente en el libro. Sus apariciones son la validación de la identidad de Jesús. Los que la oyen (los que la leen o escuchan como relato posterior) pueden dar fe que Jesús es el Hijo de Dios, y sobre todo que hay que escucharlo. Así se introduce en la transfiguración un tema discipular por excelencia: el discípulo verdadero escucha a su Maestro, lo oye en profundidad, lo entiende, lo busca comprender. Moisés había prometido que Yahvé suscitaría un profeta como él a quien Israel debía escuchar (cf. Dt. 18, 15). Y Dios respalda esto en Jesús: escúchenlo. Las palabras de Jesús se validan como Palabra de Dios. El Evangelio del Reino que predica Jesús es el anhelo profundo de Dios, el verdadero deseo para la humanidad.

 

8

Este versículo marca el final de la transfiguración. Sucede de manera abrupta. De repente, ya no hay visitantes ni nube ni voz celestial ni vestiduras blancas. Todo vuelve a la normalidad. La cumbre se había alcanzada con la nube y la voz de Dios, pero ahora hay que seguir camino. En Jerusalén espera la oposición cruda y cruel.

 

9

Jesús prohíbe contar un hecho maravilloso/milagroso que aclara su identidad. Estamos de nuevo ante el secreto mesiánico característico de Marcos. Esta vez se dirige a sus discípulos. No pueden hablar de la transfiguración hasta que el Hijo del Hombre resucite. La expresión está, literariamente, en una voz pasiva que relata en tercera persona algo que Jesús habría dicho. Marcos no cita la frase que habría utilizado el Maestro para hablar a sus discípulos de su propia resurrección. Se menciona al Hijo del Hombre y a la resurrección, pero los discípulos no parecen dimensionar lo que se está revelando.

Ciertamente, con la resurrección y la Pascua se entiende la transfiguración, y los lectores de Marcos conocen el episodio de la tumba vacía. Lo que la escena está gritando por lo bajo es que no se puede obviar el hecho pascual al oír/leer este relato. Hay una ventaja táctica para la comunidad cristiana posterior a los discípulos galileos: ya conocen el desenlace, ya pueden hablar de lo que se vivió arriba del monte porque el Hijo del Hombre ya resucitó de entre los muertos. Los oyentes/lectores de Marcos pueden comprender mejor la transfiguración que Pedro, Santiago y Juan en su momento.

 

10

Pedro, Santiago y Juan acatan la orden de no hablar sobre lo vivido arriba del monte, pero están confundidos. No saben qué es eso de la resurrección de entre los muertos. No saben o no terminan de entenderlo. La esperanza en una resurrección de los justos existía en el judaísmo. Quizás, lo que no pueden comprender es que Jesús hable de resucitar (lo que implica morir) cuando ha experimentado el apoyo incondicional de su Padre y el aliciente de estar con Moisés y Elías. A los ojos de los discípulos, Jesús se presenta como un héroe invencible. Nada puede oponérsele cuando llegue a Jerusalén. Dios y los arrebatados del Antiguo Testamento están con él; no puede existir fuerza terrenal que detenga este Reino mesiánico. Por eso es poco inteligible pensar en muerte (en derrota) cuando la victoria parece muy clara.

Perdonado, curado, levantado / Séptimo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B – Mc. 2, 1-12 / 19.01.12

1 Unos días después, Jesús volvió a Cafarnaún y se difundió la noticia de que estaba en la casa. 2 Se reunió tanta gente, que no había más lugar ni siquiera delante de la puerta, y él les anunciaba la Palabra.

3 Le trajeron entonces a un paralítico, llevándolo entre cuatro hombres. 4 Y como no podían acercarlo a él, a causa de la multitud, levantaron el techo sobre el lugar donde Jesús estaba, y haciendo un agujero descolgaron la camilla con el paralítico. 5 Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: “Hijo, tus pecados te son perdonados”. 6 Unos escribas que estaban sentados allí pensaban en su interior: 7 “¿Qué está diciendo este hombre? ¡Está blasfemando! ¿Quién puede perdonar los pecados, sino sólo Dios?”. 8 Jesús, advirtiendo en seguida que pensaban así, les dijo: “¿Qué están pensando? 9 ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o Levántate, toma tu camilla y camina? 10 Para que ustedes sepan que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados 11 -dijo al paralítico- yo te lo mando, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”.

12 El se levantó en seguida, tomó su camilla y salió a la vista de todos. La gente quedó asombrada y glorificaba a Dios, diciendo: “Nunca hemos visto nada igual”. (Mc. 2, 1-12)

 

1

Jesús vuelve a Cafarnaún, ciudad en la que expulsó un espíritu impuro dentro de la sinagoga, curó a la suegra de Simón y realizó otras múltiples curaciones y exorcismos. Es un poblado que ya lo conoce, de alguna manera. Estuvo alejado de ella en su recorrido por Galilea y por culpa del incidente con el leproso. Pero ha vuelto. Y ha vuelto a la casa. Para algunos comentaristas, el regreso es a la casa de Simón, donde estaría la sede y el centro de la actividad de Jesús en la zona. Pero quizás, obviando los aspectos de búsqueda histórica precisa, tendremos que pensar más en el símbolo de la casa que en la casa como espacio geográfico.

La casa es vital y de suma importancia en el Evangelio según Marcos como ámbito secular de Evangelio cotidiano que se opone al ámbito sacral del Templo y de la sinagoga, donde las leyes de pureza no dejan ingresar al supuesto impuro. En la casa se da otra dinámica de relación. En la casa, Jesús tocó a una mujer, la levantó/resucitó y ella se convirtió en discípula. En la casa hay mesa compartida y leprosos. En la casa se perdonan los pecados sin necesidad de un aparato de culto que medie entre los seres humanos y Dios.

 

2

La fama de Jesús hace que se llene la casa. Esta es una fama distinta a la que genera el temor o la ley. Esta fama de Jesús viene de boca en boca, de la gente que se acerca espontáneamente, llevando unos a los otros. No viene del temor que genera la religión, que eleva a los profesionales del culto por sobre el resto. No viene de la legislación romana que obliga el reconocimiento de la fama mediante la fuerza militar. Esta es una fama que desemboca en la casa, para oír la Palabra. La gente no se agolpa en las escalinatas del Templo de Jerusalén, ni en los inicios de una sesión del Senado. La casa es el espacio de reunión y de escucha, sitio de sanación, perdón y enseñanza.

La enseñanza general se resume bajo el vocablo Palabra. Es un concepto que parece apuntar más a la comunidad cristiana post-pascual que a Jesús mismo. Sabemos que ya desde los primeros cristianos la predicación del Evangelio se llamó predicación de la Palabra. Previamente, el leproso purificado había salido por los lugares de Galilea a predicar también la Palabra. La Palabra resume el Evangelio del Reino en términos de misión. Es Palabra de liberación, de vida, de sanación. Es Palabra que perdona, convierte, cambia, transforma. Es Palabra efectiva y no palabrería. Como veremos en esta escena del paralítico, la Palabra no se queda sólo en su pronunciación, como un discurso de politiquería o de magia barata. La Palabra hará efecto inmediato y eficiente. Esto encaja perfectamente con la intención del autor de presentar una unión indisoluble entre dichos y hechos de Jesús, entre acción y discurso.

 

3

El enfermo que protagoniza esta escena es un paralítico. Usualmente, se piensa en un hombre que no puede caminar, y por eso es llevado en la camilla. Pero algunos diccionarios bíblicos definen el término griego paralytikos como una parálisis parcial, que toma medio cuerpo. En términos médicos actuales, una hemi-parálisis. A los fines prácticos, es un hombre con graves dificultades para moverse. No sabemos si es algo que lo acompaña desde el nacimiento o que lo afectó en algún momento de su vida. Si aceptamos la idea de una hemi-parálisis, existe la posibilidad que se haya presentado en algún momento preciso, quizás intempestivo, quizás tras un accidente cerebrovascular. Es un hombre que, recorriendo su existencia, se ha visto golpeado. Y con tal golpe, la sociedad y la cultura de su tiempo han entendido que es un pecador, y que la enfermedad es la retribución justa por su pecado. Más adelante quedará clarificado esto.

Los cuatro que llevan la camilla pueden ser sólo el número necesario para transportar al enfermo, pero también pueden representar, simbólicamente, un personaje complejo que haga las veces de la humanidad. Cuatro son los puntos cardinales (cf. Ez. 37, 9; Zac. 2, 10; Is. 11, 12), por ende, cuatro es la totalidad del espacio, totalidad del universo. Los cuatro que llevan al paralítico son toda la humanidad, cargando su sufrimiento y sus impedimentos. Lo que trae Jesús (su Palabra de vida y sus gestos de liberación) aborda una problemática del total de la humanidad. Por eso el Evangelio, desde siempre, más allá de la discusión histórica sobre las verdaderas intenciones de Jesús, ha sido universal, abierto. Marcos lo sabe. Esos cuatro son todos, somos todos. La humanidad puede traerle a Jesús su sufrimiento, su parálisis.

 

4

Destecharon el techo diría la traducción más fiel al original griego. Es una redundancia, pero así es el estilo de Marcos; como si escribiese mientras lo relata oralmente a la comunidad.

Este ingreso por el techo parece responder a la importante cantidad de gente que bloquea el acceso por la puerta. Los cuatro que traen al paralítico quieren que sí o sí llegue a Jesús, y aprovechan la construcción de las casas palestinas para hacerlo. Seguramente suben por el costado de la casa, donde solía haber un acceso hacia el techo/terraza, y quitan un poco de material, fácilmente desprendible (probablemente ramas y tierra). Existe una tradición palestina que podría unirse a este relato, y que consiste en la creencia de que los demonios (inclusive el demonio de la enfermedad), no deben conocer cuál es la puerta de la casa para no ingresar a ella posteriormente y perpetrar su ataque hacia alguno de los habitantes de la misma. Ingresar por el techo podría ser la manera de engañar al espíritu maligno de la parálisis, de manera que no conozca el ingreso principal.

Con esta astuta maniobra, los cuatro que lo traen logran bajar al paralítico en su camilla. Marcos describe esta camilla como una krabbatos, o sea, un colchón utilizado por los pobres. Este paralítico no es sólo un enfermo más, sino un enfermo pobre. La fama de Jesús con la que se abre la escena parece estar difundida entre los pobres. Son ellos los que reconocen, de primera mano, que este hombre trae una novedad contraria a su estado de opresión.

 

5

La sección comprendida entre este versículo y el versículo 10 podría ser una inclusión posterior de Marcos a un relato más primitivo sobre la curación del paralítico. En esta inclusión se discute sobre la relación entre el pecado y la enfermedad, y sobre las atribuciones de Jesús para perdonar/sanar. Según el judaísmo, el vínculo enfermedad/pecado es fuerte. La enfermedad es manifestación física del pecado. El enfermo es un pecador, o sus padres han sido pecadores, y la ira de Dios se manifestó de generación en generación. Es probable que Jesús actúe, en esta escena, desde esa concepción, asimilando la unión tácita entre el pecado y la enfermedad. Pero la mirada de Jesús es superadora. La relación pecado/enfermedad no es tajante ni determinante. El paralítico no es un condenado, sino más bien un oprimido que necesita liberación. Jesús no toma la postura del juicio, no dictamina que el enfermo deba pagar su supuesta culpa; el enfermo necesita salud, necesita plenitud.

Y lo llamativo es que Jesús interpreta la enfermedad/pecado en clave comunitaria. Jesús ve la fe de ellos, no sólo la fe del paralítico. Jesús mira la fe comunitaria, y a partir de ella le perdona los pecados al paralítico. Son cinco que tienen fe (cuatro que cargan y el postrado) en un cambio posible. Puede que acepten conceptualmente que la enfermedad es una consecuencia del pecado, pero no quieren eso, no quieren permanecer en el sufrimiento, no se resignan a una condena eterna. Su fe es esperanza en la posibilidad de cambiar.

Y Jesús les trae el cambio, el paso de la muerte a la vida. Tratándolo de hijo, mediante la fe de los cinco, sus pecados son perdonados. Marcos se lo deja en claro a su comunidad desde el principio: el Evangelio es el alivio del sufrimiento, no el juicio de condenación. En la casa de la Iglesia debe haber perdón, posibilidad de revertir lo que parece perdido.

 

6

Nuevamente aparecen los escribas, como lo estuvieron en la sinagoga de Cafarnaún. Allí estaban en su ámbito, en medio de lo sagrado, pero aquí están en la casa, en lo profano. Como ya aclaramos anteriormente, los escribas tienen la particularidad de estar siempre en oposición a Jesús y su interpretación particular de la Ley de Moisés (cf. Mc. 2, 16; 3, 22; 7, 1; 11, 27). Esta vez no será la excepción. Sentados en medio de la muchedumbre (cuando no cabía más gente en el lugar), cuestionarán el perdón ofrecido por Jesús. Están sentados; posición típica de los rabinos cuando van a enseñar. Sutilmente, Marcos da a entender que será una discusión de enseñanzas, de doctrinas. Por un lado está el Evangelio del perdón gratuito, y por el otro lado la interpretación rígida de la ley de pureza.

 

7

Los escribas sostienen que sólo Yahvé puede perdonar los pecados. Ningún otro ser tiene la misma atribución. Sólo hay un solo Dios, y si el perdón puede ser propinado por otro, entonces se juega la unicidad divina, la roca del monoteísmo. Afirmar, siquiera tácitamente, que existe otro con las cualidades de Dios, es una blasfemia. Según Lev. 24, 11ss, la blasfemia merece el castigo de morir apedreado. En este caso, según la interpretación de la Ley que hacen los escribas, Jesús es un condenado a muerte, porque blasfema sobre la condición única de Dios. Es, para el judaísmo, la peor de las blasfemias.

Sobre la expresión de Jesús que trae la controversia hay opiniones divididas. Para algunos comentaristas, Jesús se ha atribuido la capacidad del perdón en primera persona. Pero otros leen en la expresión tus pecados te son perdonados una voz pasiva referida a Dios; Jesús sólo diría en voz alta lo que ya ha sucedido por obra de Yahvé, sin atribuirse en primera persona el perdón de los pecados. Esto abre un debate sobre la cristología del Evangelio según Marcos. ¿Hay en el texto una cristología germinal, baja, sin connotaciones de divinidad? ¿O Marcos afirma abiertamente que Jesús es Dios? El próximo versículo arroja luz sobre la discusión.

 

8

Sin que medie palabra hablada, Jesús sabe lo que los escribas piensan al respecto, lo que están cavilando, meditando. Es significativo que, previamente, Marcos ha dicho, en el original griego, que los escribas cavilaban en sus corazones (cf. Mc. 2, 6). Sería importante que las traducciones de la Biblia al español mantuviesen ese vocablo: corazones. Cuando se traduce cavilaban en su espíritu o cavilaban en su interior, se nos impide llegar a la siguiente conclusión: Jesús ha leído sus corazones. Sin que medie palabra hablada, Jesús conoce el corazón de los escribas. Y el conocimiento del corazón del ser humano es un atributo divino: “Sólo tu [Dios] conoces el corazón de todos los humanos” (1Rey. 8, 39b). Esto puede aclarar la discusión sobre la cristología de Marcos y de su comunidad. De alguna manera, ciertos atributos de Dios son puestos en la persona de Jesús, haciendo de Jesús un ser que actúa como Dios, según Dios, y a la manera de Dios. Un vínculo íntimo y profundo une a Yahvé y a Jesús.

 

9

¿Qué es más fácil? La pregunta es una ironía de Jesús hacia los escribas. ¿Es más fácil perdonar o curar? ¿O acaso no estamos hablando de lo mismo? La ironía viaja en doble sentido: si la enfermedad es culpa del pecado, entonces el perdón implica la curación y viceversa; en otro sentido, si físicamente se puede manifestar que el paralítico camina normalmente, es porque se ha superado la verdadera dificultad que consistía en no saberse perdonado. Esta pregunta se proyecta hacia todas las curaciones de Jesús. Cada curación, según el concepto judío del binomio enfermedad-pecado, es un perdón. Cada curado es un perdonado. Hay una liberación integral del ser humano en el Evangelio del Reino.

Los escribas están enojados y acusan a Jesús porque se atribuye la capacidad de perdonar y porque lo hace profanamente, sin rituales de expiación, sin contacto con el Templo de Jerusalén, sin sacrificar animales. No hay rito de culto organizado que sostenga los perdones y las curaciones de Jesús. Eso molesta en el fondo a los escribas. Perdonar parece muy fácil. Pero en su pensamiento teológico, el perdón debe ser difícil, debe atravesar una serie de requerimientos, y sí o sí hacerse público en un ambiente reconocido como sagrado. En cambio, Jesús perdona en la casa, con facilidad, como un amigo perdona al otro, como un hermano al otro, como un padre a su hijo.

 

10

Siguiendo en el debate sobre la cristología de Marcos y de su comunidad eclesial, aquí tenemos una expresión que pone, sobre los hombros del Hijo del Hombre, la facultad de perdonar los pecados. Abiertamente, Jesús dice que el milagro que verán corroborará el poder del Hijo del Hombre para perdonar los pecados. Cuando el paralítico se levante y camine normalmente, curado, los presentes (los escribas) podrán evidenciar que el Hijo del Hombre (que Jesús) perdona, y lo hace de manera efectiva, inmediata, elocuente. La literatura apocalíptica que menciona al Hijo del Hombre, no le atribuye este poder de perdonar los pecados, pero Marcos sí lo hace. Y es que si el Maestro no puede perdonar, entonces tampoco puede hacerlo la comunidad eclesial. Y la casa de la Iglesia debe estar en el mundo perdonando, como lo hace el Hijo del Hombre. Debe perdonar con este estilo de reposición inmediata y efectiva. El perdón sacramental debe ser verdaderamente sacramento, en cuanto otorgue al otro una elocuencia del perdón. Esa elocuencia es responsabilidad de la Iglesia, de la comunidad, que debe otorgar al perdonado la posibilidad de vivir en libertad plena, sin ser observado, sin ser juzgado constantemente. La Iglesia tiene que ser la casa del perdonado, donde entre y salga con cotidianeidad, donde pueda caminar sin ser paralítico, donde pueda andar sin un peso en la espalda.

 

11

El esquema levantarse, tomar la camilla y caminar se repite tres veces en esta escena (versículos 9, 11 y 12). Como con la suegra de Simón, el verbo en griego para levantarse es egeiro, verbo que describe la resurrección entre los cristianos. Es la vida del paralítico que puede resucitarse y caminar, sumarse al camino de Jesús. Por eso es tan importante y se repite tres veces el esquema. Como la suegra de Simón es un ejemplo de discipulado, de vida resucitada que se pone a servir, el paralítico es otro ejemplo, de vida resucitada que se pone en camino. Servicio y camino son elementos clave del discipulado según Marcos. Es discípulo de Jesús el que sirve en la casa y el que se pone en camino, el que sale a recorrer. Pero ambos deben partir del encuentro vivificante con Jesús. Aparece aquí, veladamente, una de las problemáticas de la comunidad de Marcos: el enfrentamiento entre las comunidades locales y los carismáticos itinerantes. Unos sirven desde las casas, otros caminan los caminos. Unos son como la suegra de Simón y otros como el paralítico. Lo que no pueden ver (y es lo que los lastima) es que la suegra y el paralítico han resucitado de la misma fuente, se han levantado por el mismo impulso de amor que proviene de Jesús. El enfrentamiento posterior es palabrería, vanidad. El centro vital, lo importante, la cohesión, es el encuentro de vida con el Maestro.

 

12

El coro de los asistentes determina el final de la escena. Es improbable que todos digan lo mismo al mismo tiempo, pero resulta ser un artificio literario de Marcos para marcar el cierre y manifestar el pensamiento generalizado. Nunca se ha vista nada igual. Un ser humano en sombra de muerte ha recibido vida, se ha levantado, ha resucitado de su camilla. Todos lo han visto. El asombro es monumental. De los escribas no sabemos nada, ni siquiera su reacción ante la maravilla presenciada. Han pasado a segundo plano. El relato se queda con la imagen del antiguo paralítico saliendo con la camilla cargada. No la ha dejado tirada, como olvidándose de su pasado. La camilla es parte de su existencia, de su vida que no era vida plena. En ese pasado, el antiguo paralítico puede recordar su encuentro con Jesús. Un día estaba postrado, pero un día se pudo levantar y caminar. Un día era un condenado por pecados propios o pecados de su padre, pero un día fue perdonado abiertamente, sin exigencias. La casa de la Iglesia no puede ser menos que un espacio donde los paralíticos entren en camilla y salgan caminando, donde los condenados salgan perdonados, donde los escribas entiendan que el perdón vale más que el ritual.

Dios es así de chiquito / Epifanía del Señor – Ciclo B – Mt. 2, 1-12 / 06.01.12

En algunos países la fiesta de la Epifanía se celebra el día 6 de enero, y en otros se festeja el domingo siguiente al 6 de enero. He querido conservar la fecha del calendario para poder comentar el domingo el Bautismo del Señor.

Quizás sea una época en que no necesitamos reyes. Quizás sea una época donde necesitamos magos. Pero no para hacer trucos que nos despisten de la realidad. Tampoco para engañarnos. Ni siquiera para recibir soluciones que vendrían en pócimas secretas. No necesitamos magos que formen una elite encargada de custodiar arcanos indescifrables (no necesitamos magos gnósticos). Queremos los magos de Oriente que visitan el pesebre, aquellos que Mateo (en su imaginación, en su escucha atenta de los primeros cristianos, en su re-elaboración, en su fe) dibujó oponiéndose al rey Herodes, reconociendo la realeza de Dios que está en un hombre indefenso, pequeño, al cuidado de padres primerizos. Son los magos que saben leer los signos de los tiempos, que escudriñan el espacio (la historia) para entender cómo y dónde se manifiesta Dios. Y han encontrado la manifestación en lo más pequeño de lo pequeño. Fueron capaces de hacer cientos de kilómetros para esquivar el palacio y sus honores, y reclinarse en un establo, ante unos pañales. No rindieron honores a la pompa y a la parafernalia. No rindieron honores a los que ejercen el poder con fuerza y sangre. Quisieron, más bien, dar sus regalos al que venía parido con sangre.

Por eso no necesitamos reyes magos, sino sólo magos, como bien deja en claro el texto bíblico de Mateo. Con los reyes, en general, hemos tenido malas experiencias. Tuvo Jesús que cambiar el concepto de la realeza; de lo contrario, Herodes se erguía como el modelo clásico de rey: ejerciendo a fuerza de espada. Una espada que se lleva la Navidad, que arrasa con los nacimientos, que no desperdiga sangre de vida, sino de muerte. Es la sangre de los inocentes que sufren, como siempre sucede. Porque los reyes han tenido esa costumbre de favorecer a los poderosos y lastimar a los pequeños. Los magos, en cambio, caminan hasta el pequeño, lo deslumbran y lo quieren bien. Los magos no traen la espada, sino su experiencia de existencia oteando el horizonte. Saben que Dios no está en la sangre derramada para la muerte. Dios está en el pesebre. Y si alguien atenta contra ese pesebre, entonces lo protegerán. Los magos protegen al pequeño del rey opresor.

Quizás, con el tiempo, la celebración de la epifanía se fue alivianando, fue perdiendo su profundidad. Quizás, los reyes magos no sean la mejor imagen que tenemos para presentarles a los niños que dejan sus zapatos y el pasto. Quizás, tampoco sean la mejor imagen para nosotros, adultos. Mateo no pensaba en una celebración cercana a la Navidad con la posibilidad de realizar un aumento de ventas comerciales. Mateo estaba narrando la dramática y fascinante historia de paganos que, a través de sus conocimientos (a través de su propia fe), llegan a un Dios revelado en un recién nacido. Hay aquí una paradoja trans-cultural, trans-religiosa y tans-cósmica. Paganos que descubren a un Yahvé de los Ejércitos en un niño envuelto en pañales. Magos, posiblemente de una corte persa, encaminados por la guía de las estrellas, la guía de lo que ellos entienden como fe. Su propia religión los pone ante la verdad más central de cualquier religión que se precie de tal: lo divino está en lo más frágil de lo humano. Lo divino está en los niños indefensos que dependen del prójimo (de su padre, de su madre, de sus cuidadores, de sus guardas). La revelación plena de Dios no está en los astros que supieron discernir los magos, ni está en el palacio de Herodes. Dios se da a conocer en lo indefenso, traspasando las distancias cósmicas. Ese es el sentido de celebrar la epifanía. Celebramos, en los magos de Oriente, la posibilidad que todos tenemos de conocer a Dios desde lo sencillo, sin rendir exámenes de ingreso de seminarios religiosos ni pagar rigurosamente la cuota de los cursos bíblicos. Celebramos que Dios es pequeño, y que esa es su grandeza.

Esta es la noche / Feliz Nacimiento

Es noche de Nacimiento. Cuando viene un niño al mundo no siempre es motivo de alegría. Viene a un mundo complicado, un mundo de guerras, de discriminación. Viene a sufrir y a empezar a morir. Viene a una red de relaciones sociales que suelen basarse en la desconfianza, en el aprovechamiento, en la falta de respeto. Viene a un mundo donde los derechos se violan así porque sí.

Pero esta noche de Nacimiento es diferente a todas las otras noches. Esta es la noche que desafía al mundo complicado, que desafía las guerras y las violaciones. Esta es la noche en que Dios se anima a darnos un mensaje de esperanza, a pesar de que todo indique lo contrario.

Feliz noche de Nacimiento. Feliz luz que sale de un pesebre en medio de la oscuridad.

Desde el reverso de la historia / Fiesta de Navidad – Ciclo B – Mt. 1, 1-17 / 25.12.11

1 Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham:

Abraham fue padre de Isaac; Isaac, padre de Jacob; Jacob, padre de Judá y de sus hermanos. 3 Judá fue padre de Fares y de Zará, y la madre de estos fue Tamar. Fares fue padre de Esrón; 4 Esrón, padre de Arám; Arám, padre de Aminadab; Aminadab, padre de Naasón; Naasón, padre de Salmón. 5 Salmón fue padre de Booz, y la madre de este fue Rahab. Booz fue padre de Obed, y la madre de este fue Rut. Obed fue padre de Jesé; 6 Jesé, padre del rey David.

David fue padre de Salomón, y la madre de este fue la que había sido mujer de Urías. 7 Salomón fue padre de Roboám; Roboám, padre de Abías; Abías, padre de Asá; 8 Asá, padre de Josafat; Josafat, padre de Jorám; Jorám, padre de Ozías. 9 Ozías fue padre de Joatám; Joatám, padre de Acaz; Acaz, padre de Ezequías; 10 Ezequías, padre de Manasés. Manasés fue padre de Amón; Amón, padre de Josías; 11 Josías, padre de Jeconías y de sus hermanos, durante el destierro en Babilonia.

12 Después del destierro en Babilonia: Jeconías fue padre de Salatiel; Salatiel, padre de Zorobabel; 13 Zorobabel, padre de Abiud; Abiud, padre de Eliacím; Eliacím, padre de Azor. 14 Azor fue padre de Sadoc; Sadoc, padre de Aquím; Aquím, padre de Eliud; 15 Eliud, padre de Eleazar; Eleazar, padre de Matán; Matán, padre de Jacob. 16 Jacob fue padre de José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, que es llamado Cristo.

17 El total de las generaciones es, por lo tanto: desde Abraham hasta David, catorce generaciones; desde David hasta el destierro en Babilonia, catorce generaciones; desde el destierro en Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones. (Mt. 1, 1-17)

El problema de los años

La liturgia católica propone varios textos de los Evangelios para celebrar la fiesta de la Navidad, y para hacerlo en distintos horarios o momentos del día, desde el 24 de diciembre hasta el 25 de diciembre. La mayoría de estos textos pertenecen a Mateo y a Lucas, y uno a Juan. Para esta ocasión, el comentario va sobre la genealogía inicial del Evangelio según Mateo.

Esta genealogía ha causado controversias hasta cierta época donde, casi unánimemente, se aceptó su construcción como recurso literario y teológico. Varios biblistas explotaron su cabeza, a través de los siglos, intentando congeniar la genealogía de Mateo con la de Lucas (cf. Lc. 3, 23-28); cosa que resulta imposible. Y varios más se esmeraron en incluir catorce generaciones en cada tiempo histórico que marca Mateo deliberadamente. Algunas soluciones esbozadas fueron la posibilidad de que Mateo utilizase la genealogía de José y Lucas la de María, o que Mateo se apegase a un conteo de años de tipo bíblico. De todas maneras, los hechos exegéticos superaron esa visión, y hoy por hoy no es sostenible el intento de compatibilizar ambas listas, ni tampoco las cuentas matemáticas rebuscadas para congeniar generaciones y años históricos. La intención de Mateo está puesta en otro lado. De todas maneras, hagamos cuentas: catorce generaciones, asumiendo que el tiempo promedio de cada generación son cuarenta años, cubren un rango de 560 años aproximadamente. El período comprendido entre Abraham y David es de 800 años (en un cálculo histórico), lo cual supera rotundamente la capacidad de catorce generaciones para cubrirlo. Luego, entre David y el exilio a Babilonia, la cantidad de años son unos 400, donde las catorce generaciones sobrarían. La tercera sección, en realidad, es la más probable, ya que desde el exilio babilónico hasta los tiempos del nacimiento de Jesús pasan 600 años.

Pero aparte de la cronología de las generaciones, tenemos que remarcar, por ejemplo, que la situación de Salmón y Rajab, unidos por Mateo, resultan distantes en la historia bíblica, perteneciendo ella a una época, por lo menos, cien años anterior a él. Y ni qué decir de los tres reyes y la reina omitidos entre Jorám y Ozías, salteando cuarenta y nueve años, o la falta de mención de Joacaz y de Joaquín. La última lista de catorce, que reconocimos como la más probable, también tiene un obstáculo que saltear, y es que con once nombres cubre 600 años, entre Zorobabel y José.

Navidad irregular

La genealogía de Mateo quiere transmitir un mensaje teológico. O mejor dicho: varios mensajes. Un aspecto llamativo (entre tantos) es la presencia de las mujeres. Vamos a focalizarnos allí. En realidad, las anteriores genealogías bíblicas, como la del capítulo 11 de Génesis (cf. Gn. 11, 29), la de Najor (cf. Gn. 22, 20-24), o la del capítulo 2 de Crónicas (cf. 1Cron. 2, 18-24), incluyen en su listado al sexo femenino. Por lo tanto, lo llamativo no es Mateo como hecho aislado, sino la Biblia como texto oriental, judío, que incluye a las mujeres en su sistema de reproducción patriarcal. Prueba de este patriarcalismo es la fórmula que menciona cómo un varón engendra otro varón, repetida 39 veces en el texto que leemos hoy, y utilizada ya en el Antiguo Testamento (cf. Rut. 4, 18-22). Pareciese que no es necesaria la mujer para engendrar, asumiendo que el varón es el encargado de dar y transmitir la vida. Paradójico, cuando se piensa que la mujer era la señalada como estéril cuando una pareja no concebía. Así, el sexo femenino no recibía participación en el poder de dar vida, aunque sí la condena como obstáculo para la procreación. De esta manera, el varón salía indemne de la ecuación y mantenía una posición de privilegio que lo catalogaba como dador de vida, equiparable a Dios.

Por lo tanto, cualquier genealogía bíblica que incluyese a las mujeres rompía los esquemas teológicos. De alguna manera, incipiente, la mujer participaba en la creación de la vida. Por eso lo característico de Mateo no es la inclusión del género femenino, sino las mujeres específicas que incluyó en su listado. Son cinco: Tamar, Rajab, Ruth, Betsabé y María. De la primera, Génesis nos cuenta cómo engañó a Judá, su suegro, para concebir (cf Gen. 38), debido a que los hermanos, hijos de Judá, no le habían dado descendencia. El fruto de esta unión son los mellizos Peres y Zéraj. Rajab es la mujer que, en los inicios del libro de Josué, le brinda una ayuda al ejército israelita para ingresar a Jericó. La palabra que la designa como prostituta, puede que se refiera, más bien, a una mujer de alta clase social, de buena posición, por eso no nos aferraremos a ese dato, sino más bien a su condición de pagana y a su habilidad para sobrevivir. La tercera, Ruth, es llamada la moabita (del pueblo de Moab), y en la novela que lleva su nombre se cuenta cómo, tras duras penurias, logra casarse con Booz, un israelita. Betsabé es nombrada por Mateo como la mujer de Urías, soldado del ejército de David que fue enviado por éste a la batalla para que lo asesinaran y, de esa forma, el rey pudiese tener a su mujer (cf. 2Sam. 11-12). Finalmente, María, la madre de Jesús, embarazada de una manera dudosa, habitante de un pequeño poblado de la Galilea.

A estas mujeres señaladas por Mateo las atraviesa una característica básica: tienen relaciones irregulares con los varones, y estas relaciones tienen que ver con el hecho de engendrar/sobrevivir. Tamar concibe de su suegro, y lo hace expresamente para tener descendencia, como bien ella lo afirma. Rajab aloja varones espías y forasteros en su casa (lo que genera suspicacia; y si tomásemos la acepción de prostituta, más aún), lo que le permitirá a ella y a su familia, sobrevivir a la toma de Jericó. Ruth es extranjera y vive con otra mujer, su suegra; enamorando a Booz se convierte en abuela del rey israelita David, a pesar del matrimonio mixto. Salomé comete adulterio con el rey, y su hijo será el futuro rey: Salomón. Finalmente, María es una mujer casada/comprometida, que todavía no ha tenido relaciones sexuales, y sin embargo se encuentra encinta de quien es el Mesías. Cinco mujeres en situación irregular (un cierto incesto, ¿prostitución?, origen pagano, adulterio, embarazo misterioso) sobreviven y engendran vida, se hacen partícipes activas de la historia de salvación, se involucran de manera inteligente. Porque su irregularidad no las hace inútiles, sino que las incentiva a crear desde su marginalidad, a modificar su situación complicada por un camino abierto a la vida.

Quizás esa sea una clave de esta genealogía y una pista hermenéutica para leerla en Navidad: de la marginalidad, construye Dios un camino de vida. Pero no lo hace solo, sino con los marginales. Será con las mujeres irregulares que prolongará la vida que salva. Será desde una situación complicada, condenada socialmente, que la alternativa de la gracia se expandirá. Navidad tiene mucho de esto, de marginales que cambian la historia, de irregulares como fuerza histórica. Las imágenes de Belén, del pesebre, de Herodes persiguiendo (más propio de Mateo), de los pastores (más propio de Lucas), son imágenes de lo pequeño abriéndose paso con la asistencia divina. Navidad sucedió en el reverso de la historia, en la parte polvorienta y olvidada de la historia. Navidad sucedió entre los que nadie tenía en cuenta. Las mujeres de la genealogía nos recuerdan eso.

¿Dónde sucede la Navidad hoy? ¿O dónde creemos que sucede? Porque muchos creen que sucede entre las mesas abarrotadas de manjares. Muchos validan esas mesas con al excusa de la reunión familiar. Pero eso es lo que creemos ilusamente. Navidad sigue sucediendo en el revés de la historia. Navidad sigue siendo irregular. Hemos realizado un proceso de secularización de la fiesta para adaptarla a nuestra ética y a nuestros nuevos principios de sociedad, pero eso no significa que lo genuino de la Navidad haya cambiado. En las mujeres y varones irregulares de hoy se presenta Dios con la intención de abrir su camino de gracia. Y es en la irregularidad, sobre todo, de aquellos que no pueden celebrar nuestra navidad de manjares, la irregularidad de los estigmatizados que tienen que celebrar en la oscuridad y en el silencio. Allí aparece la gracia de Dios que tiene la intención de modificar la historia hacia su plenitud. Lo ha hecho en Belén y lo seguirá haciendo.

María profeta / Cuarto Domingo de Adviento – Ciclo B – Lc. 1, 26-38 / 18.12.11

26 En el sexto mes, el Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, 27 a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María.

28 El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: “¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo”. 29 Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo. 30 Pero el Ángel le dijo: “No temas, María, porque Dios te ha favorecido. 31 Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; 32 él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, 33 reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin”. 34 María dijo al Ángel: “¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?”. 35 El Ángel le respondió: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. 36 También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, 37 porque no hay nada imposible para Dios”. 38 María dijo entonces: “Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho”.

Y el Ángel se alejó. (Lc. 1, 26-38)

¿Quién es Gabriel y qué dice?

El ángel Gabriel está presente, en el Antiguo Testamento, en el libro apocalíptico de Daniel. En primer lugar, es un aggelos, un mensajero. La angelología hebrea, más allá de lo conservado en la Biblia, se había desarrollado grandemente con un panteón de seres angélicos de lo más variado. La mística hebrea los dividía en jerarquías. Entre ellas, una de las jerarquías más importantes era la de los arcángeles, los arche-aggelos, o sea, los primeros entre los ángeles, los jefes de los ángeles. De ellos formaría parte Gabriel, cuyo nombre significa en hebreo el hombre de Dios, que tradicionalmente se ha entendido como quien como Dios. El catolicismo, luego, identificó tres arcángeles: Gabriel, Miguel y Rafael, a quienes dedica la fiesta litúrgica del día 29 de septiembre.

Lo cierto bíblicamente es que Gabriel está relacionado con los tiempos escatológicos. En Daniel, su aparición tiene el objeto de explicarle al profeta el significado de la profecía de las setenta semanas (cf. Dan. 9, 21ss). Este tiempo es lo que durará la preparación para la instauración del Reino definitivo de Dios. Desde que Daniel recibe la profecía, setenta semanas transcurrirían hasta que Dios pondría fin al pecado y restauraría la justicia para siempre. Lucas conoce esta profecía y la aprovecha en su favor en los primeros capítulos del Evangelio. Así es que desde el anuncio que hace Gabriel a Zacarías en el Templo hasta la anunciación a María transcurren seis meses (180 días), luego pasan nueve meses (270 días) y nace Jesús, para ser presentado 40 días más tarde en el Templo para la purificación que exige la Ley. En total, todo el recorrido suma 490 días, o lo que es lo mismo, setenta semanas. De esta forma, Lucas vincula el tiempo escatológico que anuncian los profetas con la entrada de Dios en el mundo. La presencia de Gabriel es la revelación de que lo anunciado se cumplirá (se está cumpliendo). Gabriel es promesa y certeza. Su presencia certifica la fidelidad de Dios a su pueblo. Gabriel es quien como Dios porque asegura la presencia divina entre los seres humanos. Se ha cumplido el tiempo, viene la justicia, viene la desaparición del pecado. Lo que recibió Daniel como profecía, lo recibe ahora María. Esto abre un campo de reflexión mariológica importante: María profeta. Pero sobre todo, María profeta como signo de la profecía de los pobres. Ahondaremos en esto más adelante, pero vale adelantar la singularidad de Gabriel, ángel de Dios, figura de revelación, en Nazaret, aldea de Galilea, pequeña y polvorienta.

No menos importante es lo que dice Gabriel. Tanto, que los exegetas se debaten entre las peculiaridades de algunas palabras. La primera discusión es sobre el inicio del saludo: chairo. Algunos piensan que se trata de una referencia al profeta Sofonías, y otros creen que es la forma de saludo típica griega, traducible como salve (sin connotaciones teológicas en su uso cotidiano) o te saludo. Respecto a Sofonías, es peculiar del profeta la sensibilidad hacia la alegría. Su anuncio profético es un anuncio de la alegría que genera para la hija de Sión (para Jerusalén, para el pueblo de Israel) la venida de Dios. El día definitivo y terrible que anuncian algunos, en realidad es día de alegría, porque significa que Dios visita. Así es que podemos leer en Sof. 3, 14-17: “¡Grita de alegría, hija de Sión! ¡Aclama, Israel! ¡Alégrate y regocíjate de todo corazón, hija de Jerusalén! El Señor ha retirado las sentencias que pesaban sobre ti y ha expulsado a tus enemigos. El Rey de Israel, el Señor, está en medio de ti: ya no temerás ningún mal. Aquel día, se dirá a Jerusalén: ¡No temas, Sión, que no desfallezcan tus manos! ¡El Señor, tu Dios, está en medio de ti, es un guerrero victorioso!”. Si recordamos también Zac. 9, 9: “¡Alégrate mucho, hija de Sión! ¡Grita de júbilo, hija de Jerusalén! Mira que tu Rey viene hacia ti; él es justo y victorioso, es humilde y está montado sobre un asno, sobre la cría de un asna”; que el Nuevo Testamento interpretó como profecía mesiánica aplicada a Jesús entrando en Jerusalén (cf. Mt. 21, 5 y Jn. 12, 15); con la similitud entre ambas citas es posible creer que Lucas utiliza el vocablo inicial a propósito. María es la figura simbólica de la hija de Sión, es el pueblo entero que espera la salvación. Y la salvación ha llegado, por eso hay que alegrarse. En medio de la extrañeza del asunto, del embarazo complicado, del misterio, hay que gritar de júbilo, porque Dios está en medio de los seres humanos, ha llegado la hora de su revelación definitiva.

La otra discusión exegética es la frase final de Gabriel, sobre la inexistencia de cosas imposibles para Dios. Normalmente, las traducciones al español presentan variantes que no escapan mucho a lo tradicional: porque no hay nada imposible para Dios. Pero algunos exegetas, ateniéndose más literalmente al original, confían que sería conveniente traducir así: “porque, viniendo de Dios, ninguna palabra quedará sin efecto”. Esto parece encajar muy bien en el contexto del relato de la anunciación. Este relato, a diferencia de otros, es más audición que visión. No queda claro que María pueda ver al ángel. Gabriel entra en escena y se va, pero lo importante es el diálogo, lo que María escucha y responde. Es importante la palabra divina que recibe, no una visión de un ser celestial. Queda clara la situación cuando se compara con Zacarías, que ve a Gabriel (cf. Lc. 1, 12) a la derecha del altar. María, en cambió, oyó (cf. Lc. 1, 29). La audición es propia de los discípulos, que se sientan a los pies del maestro para oír su explicación. Como decíamos anteriormente, la presencia de Gabriel en la escena es la seguridad de la acción fiel de Dios. Es la seguridad de su palabra, que no defraudará. Lo que María ha oído (y a través de ella, lo que el pueblo oye) no es una falacia ni una promesa corrupta ni una mentira; es la verdad de Dios, es su promesa concretándose, es un presente de salvación. Es una palabra con efecto. El efecto inmediato es el embarazo de María, pero sobre todo, el efecto es la presencia esperada de Dios entre los seres humanos.

María profeta

Dijimos que la escena de la anunciación abre un tópico mariológico para explorar: María como profeta, y sobre todo, María como profeta pobre, símbolo del pueblo oprimido que recibe la revelación. El camino que recorre Gabriel desde el Templo en Jerusalén con Zacarías hasta la casa de María en Nazaret, es el camino de la Palabra de Dios que parece abandonar el Templo y el centro urbano para dirigirse a la periferia secular, a una casa, a una muchacha pobre, en una aldea. Es el regreso de la profecía original, de los orígenes de la profecía, del contexto profético más puro. Es la Palabra que va a los pobres. Gabriel, quien como Dios, revela lo escatológico en la periferia, y hace de María un símbolo del pueblo pobre que recibe la verdad sobre el final de los tiempos. María es una reivindicación de los oprimidos. La Palabra de Dios, secuestrada en el Templo, secuestrada por lo escribas, se libera por mano de Dios mismo para ir a su cuna real, entre los pobres, entre lo marginal.

Dios le da la palabra a una muchacha de Nazaret. Y en ella, se la da a los pequeños, los que no son nada ni nadie. Dios revierte el proceso patriarcalista y elitista que secuestró la Palabra. En María, la Palabra es liberada. Por eso es profeta. Y por eso, con ella, se hacen profetas los olvidados, los que no son tenidos en cuenta, aquellos que resultan indiferentes para los pesados sistemas religiosos. Ha llegado el final de los tiempos, que es la devolución de las cosas a su estado de plenitud. La Palabra, por lo tanto, también busca la plenitud primigenia, y la halla en María, o sea, en el pueblo marginal.

Cuando se convierte a María en agorera de desgracias, cuando se la hace aparecer para anunciar catástrofes, para condenar a la humanidad que no reza, se está desvirtuando el sentido profético de María. María, como receptora de la Palabra definitiva de Dios, es el recuerdo sacramental de que en los pobres y marginados revela la divinidad su destino escatológico. Ella no puede ser un instrumento de tormento para las clases bajas, no puede ser el medio generador de miedo apocalíptico. La figura de María tiene que impulsar la lucha por la dignidad, la defensa de la mujer en un sistema machista, la protección de los niños, la consecución de las necesidades básicas para vivir. María es la garantía de que Dios no se olvida de los pequeños, así como Gabriel fue garantía para Israel de que Yahvé se hacía presente entre ellos. Los tiempos escatológicos son los tiempos de la justicia, como soñaba Daniel al cabo de las setenta semanas. No son tiempos de temor, sino de alegría, como recordó Sofonías. María resume esas ideas, esas esperanzas. Su figura no puede salir a recorrer las calles y los barrios para acongojar ni para sostener status. María sale para recordarle a la gente que Dios no tiene palabra vana, no promete por prometer como lo hacen los buscadores de votos. En ella se cumplió lo anunciado. En los pobres se debe seguir cumpliendo.

El que no arriesga, no gana / Trigésimotercero Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 25, 14-30 / 13.11.11

El Reino de los Cielos es también como un hombre que, al salir de viaje, llamó a sus servidores y les confió sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos, y uno solo a un tercero, a cada uno según su capacidad; y después partió.

En seguida, el que había recibido cinco talentos, fue a negociar con ellos y ganó otros cinco. De la misma manera, el que recibió dos, ganó otros dos, pero el que recibió uno solo, hizo un pozo y enterró el dinero de su señor.

Después de un largo tiempo, llegó el señor y arregló las cuentas con sus servidores. El que había recibido los cinco talentos se adelantó y le presentó otros cinco. “Señor, le dijo, me has confiado cinco talentos: aquí están los otros cinco que he ganado”. “Está bien, servidor bueno y fiel, le dijo su señor, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor”. Llegó luego el que había recibido dos talentos y le dijo: “Señor, me has confiado dos talentos: aquí están los otros dos que he ganado”. “Está bien, servidor bueno y fiel, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor”. Llegó luego el que había recibido un solo talento. “Señor, le dijo, sé que eres un hombre exigente: cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has esparcido. Por eso tuve miedo y fui a enterrar tu talento: ¡aquí tienes lo tuyo!”. Pero el señor le respondió: “Servidor malo y perezoso, si sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido, tendrías que haber colocado el dinero en el banco, y así, a mi regreso, lo hubiera recuperado con intereses. Quítenle el talento para dárselo al que tiene diez, porque a quien tiene, se le dará y tendrá de más, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Echen afuera, a las tinieblas, a este servidor inútil; allí habrá llanto y rechinar de dientes”. (Mt. 25, 14-30)

Esta parábola conocida no es tan simple y ligera como tradicionalmente se piensa. Considerando desde un principio que el título asignado por la mayoría de las traducciones (parábola de los talentos) podría estar equivocado, y que hasta el planteo interno del relato podría contradecir el Evangelio y la imagen de Dios predicada por Jesús, es válido tener algunas reservas. Quizás, el mayor problema sean las modificaciones que pudo sufrir la parábola desde que fue pronunciada por Jesús hasta que la conservó y plasmó por escrito la Iglesia primitiva. El texto está contenido en Mateo, que leemos hoy, en Lc. 19, 12-27 y en el apócrifo Evangelio de los Nazarenos. Este último hace modificaciones importantísimas que afectan el desarrollo y la conclusión; la más notoria es cuando el tercer siervo, en lugar de esconder el dinero confiado, como en Mateo o Lucas, lo dilapida en prostitutas. Obviamente, se trata de un giro moralizante de la parábola, probablemente ideado por una comunidad judeo-cristiana que, ante la demora de la Parusía (la segunda venida del Hijo del Hombre), constataba cómo muchos cristianos comenzaban a llevar una vida moral laxa, sin demasiadas preocupaciones, convencidos de que el Señor tardaría en volver. Esta visión debe considerarse muy posterior a Jesús. Inclusive, la visión escatológica que también comparten Mateo y Lucas, relacionando la parábola con la consumación de la historia, puede no ser la intención inicial de Jesús. El núcleo del relato estaría en un señor que confía bienes a sus siervos y que espera que esos bienes produzcan más. Sin connotaciones morales y sin recurrir necesariamente a la imagen de un juicio final donde el improductivo es castigado. La metáfora final de las tinieblas, el llanto y el rechinar de dientes pueden rastrearse en Mt. 8, 12; Mt. 9, 12; Mt. 13, 42.50; Mt. 22, 13 y Mt. 24,51, demostrando que son frases recurrentes de la literatura mateana, posiblemente redaccionales. Recordemos que en el hilo de la narración, no tiene sentido este final con tinieblas, llanto y rechinar de dientes; no tiene sentido que este hombre rico se exprese así. Tampoco tiene sentido, en la mirada global del Evangelio, que Jesús apruebe que se le quite el dinero al que tiene poco (al pobre) y se lo entregue al que tiene mucho (al rico). La expresión parece contradecir la Buena Noticia anunciada previamente. Podemos suponer que aquí también hay intervención redaccional de la Iglesia. Como en el inicio mateano, cuando se explica que los tres siervos recibieron distinta cantidad de dinero, de acuerdo a su capacidad o habilidad. Esta frase puede ser el puntapié para la interpretación tradicional que proclama que Dios crea personas más hábiles que otras, que a unos da más talento (más carisma, más habilidades, más inteligencia, más capacidades) que a otros. ¿Es compatible este Dios con el Padre de Jesús? Con esta percepción se fabrica una teología de la desigualdad natural. Peligrosísima. Si Dios nos ha hecho desiguales, es lógico que la sociedad sea desigual y que unos estén sobre otros. Pero la parábola no está diciendo esto. Lo que traducimos por capacidad es dynamis en griego, y significa poder. Jesús ha utilizado para esta parábola, como para otras, un modelo imperial y señorial de su tiempo. Un hombre muy rico, con esclavos y empleados, les deja dinero para que produzcan más. A su regreso, exigirá violentamente, y al que no cumpla, castigará. No quiere decir que el Reino de Dios sea como los reinos de la tierra; sólo se está aprovechando una situación común del Imperio Romano para figurar otra cosa. Por eso hay tres siervos con distinto poder, o sea, con distintos cargos dentro del señorío de este hombre rico. Si se tratase de un gobernador, por ejemplo, diríamos que hay distintos cargos ministeriales o secretariales. No se puede trasladar, así sin más, la idea de distintos dynamis a una teología de la desigualdad.

Lucas ha sido más cuidadoso en su relato. El señor que se va deja a diez servidores la misma cantidad de dinero: diez minas a cada uno. La mina equivale a 100 denarios, y un denario es el sueldo de un día de trabajo de un jornalero. La orden, en Lucas, es precisa: hagan producir el dinero. Al final, cuando el siervo que escondió el dinero es despojado para darle al que más tiene, un coro de servidores inquiere al señor sobre esta práctica extraña de darle más al que más tiene. Es un llamado de atención que Mateo no tiene. Estos agregados lucanos hacen pensar que Mateo está más cerca del original, aunque también ha intervenido en la redacción. Lucas alegorizó bastante para relacionar la parábola con la Parusía. En el inicio, por ejemplo, se describe al señor como un hombre de familia noble que viaja al exterior para recibir una investidura y regresar enseguida. Como Jesús ascenderá para recibir la diestra del Padre y volver en la segunda venida del Hijo del Hombre. Pero una comitiva de conciudadanos se moviliza en embajada al país lejano para evitar que sea coronado rey. Como los jefes religiosos de Israel que no quieren reconocer el mesianismo de Jesús. De todas maneras, el noble vuelve convertido en rey y condena a muerte a sus enemigos. Más allá de esta alegoría, en el fondo parece estar también el recuerdo de Arquelao, quien partió hacia Roma en el año 4 a.C. para que el Imperio le otorgase el reino de Judea; al mismo tiempo, una embajada judía de 50 personas viajó a Roma en paralelo para impedir su nombramiento.

Habiendo establecido todos estos añadidos redaccionales, es necesario preguntarse cuál podría ser la intención original de la parábola. Tenemos por seguro que siempre se trata de mucho dinero el confiado. Las minas de Lucas son talentos en Mateo. Un talento equivale a seis mil denarios. Esta confianza del señor hacia sus siervos es generosa. Les está dando en resguardo grandes sumas de dinero. Lucas ha conservado una orden directa del noble: produzcan ganancias. Mateo no. Nos quedamos, entonces, con siervos llenos de dinero que no es suyo, y el dueño del dinero está ausente. Sea como fuere, los siervos saben que este señor es exigente. Cuando vuelva, exigirá algo. Tácitamente, en Mateo, los talentos se entienden como un fideicomiso. En un momento habrá que devolverlos. En este punto, los siervos pueden tomar dos caminos: invertir y arriesgar, o guardar y esperar. El tercer siervo parece apelar a la segunda opción, validada por el derecho rabínico que consideraba libre de responsabilidad a aquel que, después de recibir un depósito, lo enterraba para protegerlo de los ladrones. Para los rabinos, esta es una salida favorable. Pero el regreso del señor confirma otra cosa: el que no arriesga, no gana. Si bien la parábola no da el ejemplo de un siervo que haya invertido y perdido, quedando con menos dinero, parece que el señor premia el no haberse quedado quieto, en espera pasiva. El señor trata a este último siervo de malo y perezoso. Lo que traducimos por perezoso es okneros en griego, que significa encogido, como quien está doblado sobre sí mismo, achicado. El señor de la parábola no quiere siervos encogidos, tímidos. Lo que premia no es el aumento del capital, sino lo que se ha arriesgado. Esconder el dinero es una actitud cobarde, despreciada, pasiva. Esta interpretación parece encajar mejor con la parábola de las jóvenes que esperan al novio (Mt. 25, 1-13), inmediatamente anterior, donde el problema también está en la espera pasiva, sin hacer nada.

La teología de la desigualdad ha causado y sigue causando muchos daños. No se puede afirmar que Dios ha creado a unos más capaces que otros y, por lo tanto, unos deben dominar a los otros. Es una justificación del orden injusto que no puede atribuirse a Jesús. Forzar esta parábola hacia ese campo es un despropósito, es una injuria a la Biblia. Y, sin embargo, lo seguimos haciendo. Entendemos que el talento (dinero para cualquiera que escuchase la parábola en el siglo I) es la capacidad dada por Dios a cada ser humano. Pero esta parábola no trata sobre los talentos ni sobre los carismas, sino sobre la actitud de los discípulos, sobre los que no hacen nada, los que no intervienen, los que se entierran a sí mismos. Son estos discípulos los que permiten que el orden social siga siendo injusto, porque prefieren mantener lo que tienen (su posición, su estatus, sus bienes) antes que intervenir transformando las cosas.

Esta parábola tiene también una reafirmación de la participación del ser humano en la Creación. Hay una exigencia. Pero no es una exigencia moralista ni una prueba para enjuiciamiento. Hay una exigencia que es inherente a nuestra naturaleza de seres humanos. Somos co-creadores, aunque no nos guste reconocerlo. La Creación sigue su curso por la mano de Dios, pero también por la mano humana que puede intervenir en ella, de buena y de mala manera. Estamos inmersos en la Creación y en la historia. Evadirnos es esconder el talento. La evasión es lo condenable, no la ineficiencia para los negocios. Nuestra participación en la Creación debe estar orientada a la igualdad, a que el dinero confiado transforme la realidad de manera que no haya unos sobre otros, ricos sobre pobres, poderosos sobre marginados. Cuando el Señor vuelva a exigir lo confiado, podremos presentarle los riesgos que tomamos para cambiar el mundo o la pasividad que asumimos ante las injusticias. Allí descubriremos que nuestro Señor es un Señor exigente, tan comprometido que exige nuestro compromiso.