Posts etiquetados como ‘días’

Cuarenta días para cambiar el mundo / Primer Domingo de Cuaresma – Ciclo B – Mc. 1, 12-15 / 26.02.12

12 En seguida el Espíritu lo llevó al desierto, 13 donde estuvo cuarenta días y fue tentado por Satanás. Vivía entre las fieras, y los ángeles lo servían.

14 Después que Juan fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo: 15 “El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia”. (Mc. 1, 12-15)

 

12

Culminado el bautismo en el Jordán y la revelación al salir del agua, Jesús es empujado al desierto. Muchas traducciones prefieren utilizar el verbo llevar o conducir, pero lo cierto es que Marcos interpreta la acción del Espíritu en Jesús como un empujón o una expulsión (ekballo en griego). Jesús es arrebatado por el Espíritu que lo lleva casi a la fuerza, obligándolo a separarse del Jordán y del Bautista. Debe ir al desierto. Es el mismo Espíritu que descendió sobre Él en el bautismo. Pero no quiere que permanezca allí. Es tiempo de otra cosa, otro punto de vista en la misión, otra realidad del Evangelio.

Algunos comentaristas no están de acuerdo en interpretar esta acción del Espíritu en Jesús como un arrebato profético, como algo que excede la propia voluntad de Jesús. Consideran que interpretar ekballo como un vocablo que connota expulsión es demasiado. Pero en el texto a secas, es notable la falta de participación de la voluntad de Jesús en esta decisión de ir al desierto, o al menos, la ausencia literaria de esa voluntad. Otros comentaristas, en cambio, sí creen ver un arrebato profético, una posesión por parte del Espíritu de Dios de la persona de Jesús. Esta posesión es bien descripta por Jeremías: “Había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajaba por ahogarlo, no podía” (Jer. 20, 9b). El profeta es empujado a hablar, Jesús es empujado al desierto. El Espíritu penetra hasta los huesos y enciende un fuego irresistible, imposible de apagar. Jesús es un profeta de Dios, entre otras cosas. Ha recibido el Espíritu. No es un extático que, entrando en trance, se desentiende del mundo para entenderse con la esfera celestial. Su vínculo con el Espíritu está en la acción misma. Su éxtasis es el movimiento, la dinámica. Por eso se deja empujar al desierto (a Marcos no le interesa mucho la situación geográfica concreta de este desierto), para vivir el período de cambio, de transformación hacia el modelo de Evangelio del Reino.

 

13

El desierto al que se introduce Jesús, y la cantidad de días que permanece allí, son reminiscencias de Israel. Cualquier israelita puede asociar el número cuarenta con su historia. Son cuarenta los días que dura el diluvio según Gen. 7, 12; son cuarenta años los que vaga Israel por el desierto según el Sal. 95, 10; son cuarenta los días que pasa Moisés en el Sinaí para escribir las tablas de la Alianza, según Ex. 34, 28; son cuarenta los días que marcha Elías hasta el monte Horeb para encontrarse con Dios, según el relato de 1Rey. 19, 8. Hay más ejemplos bíblicos, pero estos son suficientes para sentar el significado del número cuarenta. Tradicionalmente, se ha afirmado que cuarenta años o días son un período de prueba, que en cierto sentido no es equivocado. Pero parece más conveniente plegarse a la opinión de que cuarenta es el tiempo del cambio, o el tiempo que prepara el cambio. Tras el diluvio, se genera la Alianza de Dios con toda la humanidad, es el renacer de una nueva época. Tras el peregrinar en el desierto, Israel ingresa a la Tierra Prometida, y cambia radicalmente desde su economía (de nómades a sedentarios) hasta su concepción religiosa (del Dios de la Tienda que camina junto al Pueblo, al Dios del Templo establecido). Tras la marcha de Elías, se encuentra con Yahvé en el Horeb y recibe las indicaciones para nombrar a los nuevos reyes y al profeta que lo sucederá en la nueva etapa. Los cuarenta días marcan el cambio, el paso, la transformación de la situación. Jesús está por cambiar su praxis, pero simbólicamente, toda la vida (y muerte) de Jesús es un cambio para la humanidad, un giro en la historia. Por eso la descripción de la estancia en el desierto juega en Marcos un papel extremadamente simbólico. Puede que en el fondo esté el Jesús histórico que pasó un tiempo en el desierto (con Juan el Bautista o después de separarse de Juan), pero hay sobre todo una simbología supracósmica y en resumen de lo que es la vida y la muerte de Jesús. Como bien lo relata el autor, mientras el protagonista batalla con las fuerzas del mal, exorcizando, curando, enseñando, predicando y liberando, cuando parece sólo un hombre frente a un sistema injusto y pecador, es también el Hijo de Dios, acompañado por ángeles, que obtendrá la victoria. El Jesús tentado es el Jesús terriblemente humano, el Jesús servido por ángeles es el Jesús terriblemente divino.

Entre estas figuras que acompañan el desierto de Jesús se destaca Satanás. Marcos prefiere la forma semita de designarlo: Satán, antes que el griego Diabolos (Diablo). La Biblia se encarga de ser escueta y medida respecto a la información sobre esta personificación del mal. El gran peligro es interpretarlo de forma dual, como un dios malo, con igual poder y dominio que Yahvé. Para la Biblia, se trata principalmente de un ser creado por Dios (por lo tanto, inferior a Él), miembro de la corte angélica (cf. Job 1-3), simbólicamente representado por la serpiente (cf. Gn. 3, 1; Sab. 2, 24). Satán significa adversario. Es el que se opone al Reino de Dios. Lo hace con acusaciones y con tentaciones. Su oposición, en el Evangelio según Marcos, tiene mucho que ver con limitar la plenitud del ser humano. Satanás y los espíritus impuros causan la posesión, la enfermedad, la locura y la perversión del sistema religioso. Son los obstáculos a la realización humana; el mal que no deja al humano ser verdaderamente humano según los designios originales de Dios. A ese mal viene a derrotar Jesús. Por eso lo enfrenta cara a cara en el desierto, y lo enfrentará durante toda su vida y su muerte. El mensajero del Reino de Dios viene, definitivamente, a derrotar la mayor oposición del ser humano. Es el Reino de la liberación que destruirá el imperio de la opresión, para que el ser humano sea verdaderamente libre. Esta es la imagen completa de la lucha supracósmica, con los ángeles sirviendo al Hijo del Hombre.

Junto a estos seres espirituales y Jesús se encuentran también las fieras o bestias salvajes. El término en griego que los designa puede designar animales no domesticados o animales peligrosos. Respecto a la presencia de estas fieras en el desierto de Marcos hay varias interpretaciones. Pueden ser animales propios de un lugar geográficamente desierto; pueden ser un símbolo del mal, específicamente de la serpiente, según algunos textos que describen la serpiente como bestia salvaje (cf. Hch. 28, 4); pueden ser las fieras que representan a los grandes poderes del mundo, sobre todo políticos, siguiendo la tradición apocalíptica (cf. Dn. 7); o pueden ser animales que evocan la armonía de la Creación, cuando el ser humano habitaba con ellos en convivencia ideal, representando el regreso de los últimos tiempos a los tiempos originales, según la literatura judía apocalíptica que menciona bestias que dejan de ser peligrosas en la época mesiánica (al respecto, también cf. Is. 65, 25a).

 

Lo de Jesús es lo de la Iglesia

Si el desierto de Marcos es una escena simbólica de resumen cósmico, entonces las fieras pueden ser los poderes mundanos, que junto a los ángeles (poderes del bien) y Satanás (poderes del mal) conforman la tríada sobre la que el Hijo de Dios debe hacer equilibrio para llevar adelante su misión. Este equilibrio sólo es posible si el Hijo se deja guiar por el Espíritu del Padre. Este resumen cristológico es resumen eclesiológico. Si la comunidad quiere resistir, permanecer, ser fiel, debe dejarse empujar por el Espíritu y equilibrarse según ese Espíritu divino. Los ángeles estarán a su servicio, pero habrá fieras y habrá Satanás. Equilibrarse en el escenario de la existencia es enfrentarse a un sinnúmero de variables y de fuerzas de muerte y de vida. Están los ángeles sirviendo, sosteniendo la vida de Dios que se inició en la armonía de la Creación, pero también está Satanás oprimiendo, esclavizando; y están los poderes mundanos (el dinero, la politiquería, el prestigio social) interponiéndose, confundiendo, amenazando.

El mundo en el que se inserta la Iglesia es el mundo de las tentaciones y los obstáculos. La comunidad de Marcos lo sabe. Hay persecuciones y está la posibilidad de ser reconocido por los otros hermanos como alguien importante dentro de las comunidades. Está la amenaza externa y la carrera interna de prestigio. Está la cruz romana y la gloria de ser superior a los otros. Pero en medio de todo ello, están los ángeles y el Espíritu. Si la Iglesia se olvida de ellos, si no presta atención a las fuerzas del bien que sostienen la vida ni al Espíritu que empuja, moviliza y profetiza, no puede hacer equilibrio, y desequilibrada se rompe, se raja, se despedaza. Y rota, rajada y despedazada, la Iglesia no transmite vida al mundo.

Creer cuando muere un hermano / Quinto Domingo de Cuaresma – Ciclo A – Jn. 11, 1-45 / 10.04.11

Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana Marta. María era la misma que derramó perfume sobre el Señor y le secó los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo. Las hermanas enviaron a decir a Jesús: “Señor, el que tú amas, está enfermo”. Al oír esto, Jesús dijo: “Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”. Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que este se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba. Después dijo a sus discípulos: “Volvamos a Judea”. Los discípulos le dijeron: “Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿quieres volver allá?”. Jesús les respondió: “¿Acaso no son doce las horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él”. Después agregó: “Nuestro amigo Lázaro duerme, pero yo voy a despertarlo”. Sus discípulos le dijeron: “Señor, si duerme, se curará”. Ellos pensaban que hablaba del sueño, pero Jesús se refería a la muerte. Entonces les dijo abiertamente: “Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean. Vayamos a verlo”. Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: “Vayamos también nosotros a morir con él”.

Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días. Betania distaba de Jerusalén sólo unos tres kilómetros. Muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano. Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Marta dijo a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas”. Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará”. Marta le respondió: “Sé que resucitará en la resurrección del último día”. Jesús le dijo: “Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?”. Ella le respondió: “Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo”. Después fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: “El Maestro está aquí y te llama”. Al oír esto, ella se levantó rápidamente y fue a su encuentro. Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban en la casa consolando a María, al ver que esta se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí. María llegó a donde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto”. Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, conmovido y turbado, preguntó: “¿Dónde lo pusieron?”. Le respondieron: “Ven, Señor, y lo verás”. Y Jesús lloró. Los judíos dijeron: “¡Cómo lo amaba!”. Pero algunos decían: “Este que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podría impedir que Lázaro muriera?”. Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima, y dijo: “Quiten la piedra”. Marta, la hermana del difunto, le respondió: “Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto”. Jesús le dijo: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?”.

Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: “Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado”. Después de decir esto, gritó con voz fuerte: “¡Lázaro, ven afuera!”. El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: “Desátenlo para que pueda caminar”. Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en él. (Jn. 11, 1-45)

El último domingo de la cuaresma, antes de internarnos en la Semana Santa, nos presenta un relato muy jugoso y muy sugestivo para prepararnos en vistas a la pasión. Así lo pensó también el autor del Evangelio según Juan, que ubicó como último milagro de la vida pública de Jesús la revivificación de Lázaro. Elaborando un septenario de milagros que comienzan en la boda de Caná (cf. Jn. 2, 1-11), continúan en la curación del hijo del funcionario (cf. Jn. 4, 46-54), luego la curación del paralítico (cf. Jn. 5, 1-9), la multiplicación de los panes (cf. Jn. 6, 5-15), Jesús caminando sobre las aguas (cf. Jn. 6, 16-21), la curación del ciego de nacimiento (cf. Jn. 9, 1-7) y, finalmente, la revivificación de Lázaro, el autor hace del simbolismo numérico una herramienta. Siete es el número de la plenitud, de lo completo, de lo que proviene de la perfección de Dios. Siete son los milagros que totalizan, muestran en plenitud, la actividad milagrosa de Jesús, que hizo muchos otros signos no contenidos en el Evangelio (cf. Jn. 20, 30-31). Juan es muy cuidadoso al no hablar de milagros, como los sinópticos, sino de signos. Se trata de actividades y acciones de Jesús que tienen que llevar a una reflexión más profunda, a la comprensión de una realidad más trascendental que la curación en sí, la multiplicación o el agua convertida en vino. El milagro, en Juan, es un sacramento de algo superior que debemos descubrir.

Así, la revivificación de Lázaro no es sólo la buena noticia de un muerto particular que vuelve a la vida; la Buena Noticia profunda y de fondo es que Jesús es la resurrección y la vida, que la muerte no tiene la última palabra, que vamos a resucitar. El relato está escrito de manera que los puntos importantes se resalten sobre el desarrollo de la trama. La mayoría de los biblistas entienden que la tradición joánica y la tradición lucana tienen varios puntos en común. En este relato, se comparten los personajes de Marta y María, hermanas, también presentes en Lc. 10, 38-42, y el nombre Lázaro, que Lucas presenta en otro contexto (cf. Lc. 16, 19-31). En la tradición lucana, aparentemente, Marta y María no tienen un hermano llamado Lázaro. Para Juan, sí. Pero más aún, tenemos una comunidad de creyentes, de hermanos que, más allá de lo familiar, son hermanos en Jesús. Marta, María y Lázaro bien pueden ser Iglesia. Es una Iglesia que ha perdido a uno de sus miembros y se está preguntando el por qué; es una Iglesia que se enfrenta al misterio de la muerte sin la presencia física de Jesús, que parece estar lejano, en otro lado, desentendido. Las reacciones de Marta y de María son las reacciones propias de los seres humanos que no pueden vislumbrar a Dios en el suceso de la muerte. La primera solución que proponen es que si Jesús no se hubiese ausentado, Lázaro no habría muerto. La respuesta de Jesús es trascendente: en realidad, Lázaro no ha muerto, porque Jesús es la resurrección y la vida. Su cuerpo puede estar pútrido, pueden haberlo sepultado y llorado, pero por haber creído en Jesús, por ser un hombre abierto a la gracia, Lázaro está vivo en la vida de Dios, que es la vida verdadera. Marta y María están en un plano muy limitado, muy superficial; Jesús, con profundidad, les hace ver que los creyentes no mueren, así sin más, abandonando la existencia; los creyentes prolongan su vida en Dios, porque han dejado que los inunde la gracia, y la gracia es muchísimo más grande que la muerte o el mal.

Esta reflexión teológica, para no quedarse en una espiritualidad desencarnada, tiene una aplicación concreta. Jesús va hasta Betania dando su vida por un amigo, encarnando lo que dirá solemnemente después: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn. 15, 13). Por su gran amigo Lázaro, Jesús se acerca a la ciudad que quiere darle muerte. Está cambiando su vida por la vida de un amigo, su vida por la vida de la comunidad de hermanos, su vida por la vida del ser humano. Este camino hasta Betania es el signo de la pasión. Lo espera el juicio y la cruz, lo sabe, pero va igual, por Lázaro. La demora de dos días en ir no es una jugarreta sádica de un superhéroe que sabe que tiene el poder para revivir cuando quiera; es probable que esa demora se deba a la persecución que hay contra Él, y que lo obliga a no levantar mucha sospecha ni mucho revuelo hasta que haya revivido a su amigo, para que no lo apresen antes. Por eso llora frente al sepulcro. Esta demora determina que Lázaro lleve 4 días sepultado. En el relato, los 4 días recuerdan la creencia rabínica de que el alma ronda el cadáver del difunto los primeros 3 días del deceso y, al cuarto día, lo deja para siempre porque el rostro se descompone y ya no puede reconocerlo. Con esos cuatro días, Juan afirma que Lázaro estaba totalmente muerto, y que no había lugar a dudas sobre su estado. No es catalepsia ni narcotismo; Lázaro ha muerto. Su regreso a la vida será símbolo de la resurrección de Jesús que ocurrirá pronto. Algunos puntos del relato hacen contacto entre Lázaro revivido y Jesús resucitado: las lágrimas de una tal María ante la tumba (cf. Jn. 11, 33 y Jn. 20, 11), la pesada piedra del sepulcro (cf. Jn. 11, 38 y Jn. 20, 1), las vendas (cf. Jn. 11, 43 y Jn. 20, 5). Hay una estrecha ligazón entre la resurrección de Jesús y la resurrección del creyente: por una es la otra, sin una no hay la otra. La vida entregada de Jesús por los amigos se prolonga en su vida resucitada que es la prenda de la resurrección nuestra.

Frente a la situación incomprensible de la muerte de un hermano, María y Marta reaccionan. María se presenta más pasional, si vale la expresión. Es referida desde el principio como la que había ungido al Señor y había secado sus pies. Esa situación será narrada más adelante, en el capítulo 12 del Evangelio. Por este desfasaje entre una acción contada como pasada y narrada en el futuro, algunos comentaristas creen que esa aclaración sobre María es una glosa tardía añadida al conjunto original del libro. Lo cierto es que la escena de la unción está íntimamente relacionada con la revivificación de Lázaro, porque es una especie de ritual donde Jesús toma, definitivamente, el lugar de Lázaro. Se hace condenado a muerte en lugar del que ha vuelto a la vida. María, con la unción, es la anfitriona del ritual. La unción coincide con la actitud pasional de María, que no duda en derramar el perfume a la vista de todos, en un gesto de amor explícito y público. A la par de ella aparece Marta, portadora de la confesión de fe. Su primera impresión es la fe judía en una resurrección final (cf. Is. 2, 2; Mi. 4, 1; Dan. 12, 1-3; 2Mac. 7, 22-24), pero Jesús la lleva a un nivel superior. La resurrección, más que un acontecimiento temporal del futuro, es un presente en la persona de Él. La resurrección es Alguien, y eso constituye la confesión novedosa de la fe. Marta debe pasar de creer en que su hermano resucitará en un futuro a creer que ya está vivo gracias a Jesús, que la muerte no lo ha hecho desaparecer, sino que lo ha trasladado a la existencia en gracia de Dios. La confesión de Marta es, en perspectiva, la confesión de la comunidad eclesial joánica, que a pesar de ver morir a sus hermanos, los sabe plenos en Jesús; no en el espacio ni en un tiempo paralelo ni en un cielo remoto; sino en Jesús, el Resucitado que los acompaña todos los días.

Adviento es rebeldía

El lugar donde vivimos actualmente no tiene un nombre en el mapa. Estamos más emplazados, podríamos decir, que localizados fehacientemente. Para encontrarnos hay que encontrar primero un poblado llamado Ex Fortín Comandancia Frías y desde ahí desplazarse cuatro kilómetros atravesando el Bermejito que, por estas épocas, deja entrever la sequía con su fino hilo de agua. La tierra es abundante, se pega en el calzado, en la ropa, en el cuerpo, en las cosas. Se filtra a través de las puertas y ventanas. Alrededor, todo es monte. Llaman a la zona El Impenetrable. Y damos fe, está bien puesto el título. Pertenecemos a la provincia de Chaco, aunque muchísimos chaqueños de las ciudades nos preguntan dónde queda ese tal Frías. Pertenecemos a la República Argentina, aunque muchos argentinos nos pregunten cómo puede ser cierto que aquí la gente tome agua de los pozos y a nadie se le haya ocurrido hacer perforaciones. Pertenecemos al mundo, aunque para el mundo no aportemos otra cosa que mano de obra barata y la madera que se están llevando del monte.

Nuestro Centro Educativo está lleno de adolescentes que han optado por terminar el secundario. La educación la vamos articulando como podemos. No somos una escuela-modelo, pero la peleamos. Tratamos de formarlos en lo profesional y en lo humano. Tratamos de que sepan matemáticas, a la vez que sepan lavar un plato, a la vez que se comprometan en el cambio de su tierra, a la vez que se reconozcan hermanos entre sí, a la vez que vean el paso de Dios por sus vidas. La tarea es titánica. Hay días que pareciese que alcanzamos los objetivos, que dimos en el clavo, que la situación se revertirá, indefectiblemente, para los cientos de parajes que nunca pudieron tecnificarse. Y hay otros días, sobre todo a esta altura del año, que pareciese que hemos retrocedido, que lo que hicimos no sirvió para nada, que las cosas van a seguir igual. Hay días y días. Los chicos y chicas se dan cuenta también. Muchos reconocen, a temprana edad, que están en una dicotomía (por supuesto, para ellos la palabra dicotomía suena graciosa): salir de su casa en el paraje para vivir en nuestra Casa durante la semana, estudiar el secundario, quizás el terciario luego, proyectarse, encontrarse con otras formas culturales… o quedarse con la familia que continúa en el rancho, que no puede llegar a fin de mes porque no puede, siquiera, llegar a fin de semana, dar una mano con el trabajo en el campo, no restarle mano de obra a los padres… Es la dicotomía de intentar un futuro con estudio (aunque, claro está, a futuro) o solucionar el hambre de hoy (¡hoy mismo!).

En medio de esta dicotomía, de este monte, de este Centro Educativo, tenemos unas cinco chicas, de entre trece y quince años, embarazadas. Antes de llegar nos habían dicho que no nos asustáramos, que culturalmente es propio de la zona que la mujer se embarace a temprana edad e inmediatamente comience una vida en común con un varón, que puede ser un primo o un pariente un poco más lejano. Sin embargo, en los ojos de estas cinco chicas hay algo que no te deja conforme con esa explicación recibida de antemano. Hay algo que aquí no cierra. Lo primero es plantearse si nuestro cuadrado cultural se está rompiendo la cabeza con el círculo de aquí. Pero es más complejo que eso. Siguen siendo adolescentes, y siguen teniendo un cúmulo de dudas, un rostro de desentendimiento que, aunque quisiéramos, no podríamos contrarrestar con respuestas; simplemente porque no las tenemos. Sus panzas crecen entre nosotros. Les pedimos y rogamos que no abandonen la educación, que vamos a ayudarlas, a contenerlas, que aquí es su casa. Ellas se quedan y van desarrollando la confianza. De a poco uno se encuentra con los mismos miedos de cualquier adolescente, y más aún, los mismos miedos de cualquier adolescente embarazada. Indagamos por el padre. A veces tiene nombre y apellido (casi nunca), otras veces hay timidez en confesarlo, y en la mayoría de las oportunidades es identificado como un hombre allegado a la familia. En esta instancia, no hace falta aclarar ya más. Sus ojos siguen mirando con ese extraño signo de interrogación. Nuestras respuestas masivas buscan contener algo que se nos escapa: hacemos charlas de educación sexual, nos reunimos con ellas y sus familias, promovemos la dignidad de la mujer a través de actividades y relatos, etc. Multiplicamos las instancias. Ellas siguen mirando con ese rostro adolescente. Los fines de semana vuelven a sus hogares en los parajes; no sabemos qué diálogos suceden allí, qué opinan en sus familias (no sabemos si alguien emite opinión), cómo se planea recibir al nuevo integrante, cómo se sienten ellas cuando están en su rancho. Estamos a ciegas esperando, porque en nueve meses llegará alguien.

Es casi inevitable ver esas cinco panzas y no pensar en el adviento. En realidad, es casi inevitable vivir aquí donde estamos y no pensar en la Palestina de hace dos mil años. Se estremece la piel cuando nos damos cuenta que Nazareth podría haber tenido, como máximo, doscientos habitantes. Nuestros parajes oscilan entre ocho casas y asentamientos más grandes de hasta cien personas. Los ranchos, aquí como en Nazareth, comparten el patio entre tres o cuatro, porque no hay calles marcadas que delimiten. Se vive en el campo, en contacto con la naturaleza. Hay pastores como los había en Palestina. Hay pescadores del Bermejito como los había del Mar de Galilea. Las familias son extensas, con abuelos, padres, hijos, hijas, y sus esposos y esposas respectivos. La gente está llena de historias como parábolas. Se come lo que se puede, se subsiste, se consigue agua de donde no hay, se amasa el pan cada mañana. Esta es nuestra Palestina. Y en nuestra Palestina están cinco chicas que bien podrían ser nuestras Marías. Son adolescentes de parajes recónditos que esconden vida en sus panzas. Eso es lo que estremece. El gran cambio del mundo provino de un paraje palestino que se llamaba Nazareth. Allí, una adolescente embarazada sin explicación racional para su embarazo, aceptó la misión de comunicar la vida de Dios, y comunicándola (dando el teológico) abrió las puertas para que se hagan nuevas todas las cosas. Nazareth bien podría llamarse como nuestros parajes del Impenetrable: Madrejones, Siervo Cansado, La Nación, Recreo, Pozo del Gallo. María bien podría tener el nombre de cualquiera de nuestras cinco chicas. Sus panzas bien podrían ser el embarazo que cambie el mundo.

Es increíble que adviento encierre tanta rebeldía. Esperamos con toda nuestra esperanza en el embarazo de una adolescente de trece o catorce años, de un paraje llamado Nazareth, que Dios nos salve. Somos rebeldes cuando creemos que desde lo insignificante, el Padre puede convertir las cosas, intervenir en la historia. No lo hará desde el palacio de Herodes ni desde el dedo poderoso del Emperador; no lo hará desde la economía neo-liberal ni desde las pujas por el sillón presidencial. El mundo cambiará desde la panza de un embarazo al que no podemos dar respuestas. Sólo nos queda mirar a estas cinco chicas anonadados y seguir creyendo, a pesar de que todo indique lo contrario, que adviento es la llegada del tiempo de Dios, el tiempo de los pequeños, de los olvidados, el tiempo de los que viven sin agua, en medio del monte, lejos de las comidas recomendadas por los nutricionistas. Adviento es una rebeldía porque depositamos nuestra confianza en lo imposible: en adolescentes embarazadas. ¿Qué clase de Dios pretende instaurar su Reino con un ejército tan fácil de derrotar? Es complicado de entender. La cara de interrogante de las cinco chicas, quizás no sea un interrogante, sino una confirmación que nosotros no sabemos leer: a pesar de todo, la vida de Dios se abre paso entre los pobres.

Segundo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Jn. 2, 1-11

Tres días después se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos. Y no tenían vino, porque se había acabado el vino de la boda. Le dice a Jesús su madre: “No tienen vino.” Jesús le responde: “¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora.” Dice su madre a los sirvientes: “Haced lo que él os diga.”

Había allí seis tinajas de piedra, puestas para las purificaciones de los judíos, de dos o tres medidas cada una. Les dice Jesús: “Llenad las tinajas de agua.” Y las llenaron hasta arriba. “Sacadlo ahora, les dice, y llevadlo al maestresala.” Ellos lo llevaron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, como ignoraba de dónde era (los sirvientes, los que habían sacado el agua, sí que lo sabían), llama el maestresala al novio y le dice: “Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora.”

Tal comienzo de los signos hizo Jesús, en Caná de Galilea, y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos. (Jn. 2, 1-11)

Bodas de Caná

Bodas de Caná

Como ya lo explicamos en los domingos anteriores, todavía nos encontramos, litúrgicamente, bajo el arco epifánico que comenzó con la fiesta de Epifanía, halló su centro en el bautismo del Señor y culmina hoy, Segundo Domingo del Tiempo Ordinario, en este Ciclo C, con las bodas de Caná del Evangelio según Juan. Para resumirlo en pocas palabras: estamos descubriendo la identidad y la misión del Dios encarnado. Por eso podemos comenzar comentando el pasaje de hoy desde su final, desde el versículo 11, cuando se enumera la conversión del agua en vino como el comienzo de los signos, o según otras traducciones, el primero de los signos. La palabra griega que está detrás de estas traducciones es arche. El inicio del relato joánico también la posee (cf. Jn. 1, 1: en el principio: en arche). Algunos exegetas consideran que su utilización en Jn. 2, 11 no debería entenderse como una enumeración, como una consideración cuantitativa de los signos jesuánicos, sino en sentido cualitativo. Estaríamos hablando del signo prototípico antes que del primer signo de una lista. Lo prototípico es aquello que es modelo de lo demás, lo que resume e idealiza. El proto-tipo es el primer-molde. Así comprendidas, las bodas de Caná son la condensación de Jesús, y quedarse en la superficialidad del texto (Jesús asiste a una fiesta) sería un error grave. Si este episodio es prototípico, entonces hay un mensaje profundo y trascendental en él.

Jn. 2, 1 nos da el contexto y el grueso de las claves hermenéuticas para situarnos frente al relato. La escena sucede tres días después. Pero, ¿después de qué? Aquí se nos propone una sucesión temporal que comienza en Jn. 1, 29, cuando se habla del día siguiente al que Juan es interrogado por los sacerdotes y levitas. Hasta allí contabilizamos dos días. Luego, en Jn. 1, 35 vuelve a mencionarse el día siguiente. Van tres. Finalmente, Jn. 1, 43 habla de otro día siguiente. Ya tenemos cuatro días. Jn. 2, 1 sucede tres días después de todo el capítulo 1, y se completan así los siete días, en una clara evocación a la semana inicial del primer relato de la Creación en Génesis (cf. Gen. 2, 3). Por lo tanto, podemos afirmar que la vida terrena de Jesús será una re-creación, un re-comienzo de la historia. Pero la significación de los tres días no se queda allí. El capítulo 19 del Éxodo relata la llegada de Israel al monte Sinaí (cf. Ex. 19, 1), el monte de la alianza con Dios. Yahvé dice a Moisés lo siguiente: “Ve al pueblo  y que se purifiquen hoy y mañana; que  laven sus vestidos y estén preparados para el tercer día; porque el tercer día descenderá Yahvé sobre el monte Sinaí a la vista de todo el pueblo” (Ex. 19, 10-11). El tercer día es, entonces, la manifestación gloriosa de Dios frente a su pueblo para realizar la alianza, que será expresada en los mandamientos del capítulo 20 del Éxodo. Por lo tanto, también podemos afirmar que la vida de Jesús es la manifestación de la gloria de Yahvé que quiere hacer alianza con las gentes. El tópico es retomado al final del episodio de las bodas, cuando Juan especifica que con la conversión del agua en vino el Maestro “manifestó su gloria” (Jn. 2, 11). Finalmente, los tres días son la anticipación del tercer día pascual, cuando el Crucificado es levantado de entre los muertos (cf. Jn. 2, 19.21-22). Por lo tanto, podemos agregar a las afirmaciones anteriores que la vida de Jesús, su re-creación y la manifestación de la gloria de Dios, sólo se entienden desde el episodio pascual.

A este contexto temporal agregamos ahora el contexto situacional. Estamos en una boda. Los desposorios, de más está decir, son una imagen clásica de la relación entre Dios y su pueblo, y una imagen mesiánica (cf. Is. 54, 5; Os. 2, 16-19; Ap. 21, 2). Según las costumbres judías, la fiesta de bodas duraba una semana o más (cf. Juec. 14, 12; Tob. 10, 8), excepto cuando la desposada era una viuda, en cuyo caso se celebraba por sólo tres días. La ocasión era de gran alegría y gozo. Se realizaba un banquete donde la comida y la bebida eran la expresión visible de la importancia de la unión. Debido a estas características festivas prolongadas, no fue difícil ni extraño utilizar la imagen de la boda para aplicarla a la alianza. Yahvé es el esposo de Israel, y eso es motivo de gran regocijo. Pero también es cierto que la vida de Israel no fue siempre de festejo, y por eso, junto con la espera escatológica, con la resolución de la historia por la intervención divina, se asoció la imagen de la boda a los tiempos finales, cuando la fiesta se haría eterna y el banquete no tendría fin. El desposorio constituía, por lo tanto, figura de la relación actual con Dios y figura de lo que vendría. Si en las fiestas de una semana el vino era abundante, mucho más lo sería en la boda eterna. Sin vino, podría decirse, no hay verdadera boda. El Cantar de los Cantares eleva el vino a la categoría esponsal (cf. Cant. 1, 2.4; Cant. 8, 2), haciéndolo parte integrante del amor entre el esposo y la esposa. La llegada del Mesías debía venir, por cierto, con un derroche de vino, pues sería la culminación y plenitud del banquete. Ya los profetas habían anunciado esta realidad de sobreabundancia vinícola (cf. Jl. 2, 19.24; Is. 25, 6; Is. 55, 1), con el paisaje de montes que destilan la bebida (cf. Am. 9, 13). Conociendo esto, no estamos lejos del centro del pasaje que leemos hoy: la boda no tiene más vino, la alianza no tiene más esencia, los desposorios entre Yahvé y su pueblo no pueden ser celebrados. Si el vino se acabó es porque se acabó la boda. Si se acabó la boda, se acabó la relación entre Israel y Dios, se acabaron la alegría y la esperanza.

Es la madre de Jesús la que advierte la situación y se lo comunica a su hijo. Ella, partícipe de la boda, ha comprendido que la alianza se está muriendo. En el diálogo con Jesús, éste la llama, irrespetuosamente, como los judíos designan a sus esposas. Ningún hijo se dirigiría a su madre tratándola de mujer. Debemos buscar a esta situación una explicación simbólica. En el Evangelio según Juan hay cuatro personajes femeninos que son llamados así. En primer lugar, la madre de Jesús (cf. Jn. 2, 4 y Jn. 19, 26), también la samaritana (cf. Jn. 4, 21), la adúltera (cf. Jn. 8, 10) y María Magdalena (cf. Jn. 20, 13-15). La mayoría de los biblistas coinciden en que el episodio de la mujer adúltera no pertenece a la redacción original del Evangelio según Juan y encaja mejor en el relato de Lucas, por lo que se supone ha sido incorporado en un momento posterior. Así las cosas, nos quedamos con tres mujeres llamadas con el apelativo que el esposo utiliza para dirigirse a su esposa. Si Jesús es, como lo afirma la tradición cristiana, el Esposo de la Iglesia, el Esposo del Pueblo de Dios, estas tres mujeres están representando a esa comunidad desposada con el Mesías. María sería, por lo tanto, la representante del Israel fiel que ha permanecido en la alianza, que no se ha olvidado de su Dios, que descubre cómo el vino se ha ido acabando y, por ello, reclama al Esposo que renueve la boda, que re-cree, que reviva la relación de amor con su pueblo. La samaritana es la representante del Israel adúltero (ella ha tenido cinco maridos y vive con uno que no es su esposo según Jn. 4, 18), del pueblo que abandonó la alianza y al Esposo en busca de otros, traicionando la confianza y el amor de Dios. Finalmente, la Magdalena es la nueva esposa, la esposa eclesial/discipular que nace al pie de la cruz y que participa con el Mesías en la re-creación del mundo, inaugurando una nueva era y una nueva humanidad (la escena del diálogo entre Jesús resucitado y María Magdalena del capítulo 20 ocurre en un huerto/jardín, evocando el Edén del Génesis).

María/Israel fiel, entonces, reclama el vino de la alianza, reclama la renovación del desposorio entre Dios y su pueblo. Sus últimas palabras sobre hacer lo que diga Jesús evocan dos episodios del Antiguo Testamento. El primero es el de Gen. 41, 55 cuando el hambre asola Egipto y el faraón dice al pueblo hambriento: “Id a José: haced lo que él os diga”. María, como el faraón da respuesta al hambre de Egipto indicando un salvador, señala el que trae la saciedad definitiva al hambre de alianza. La segunda referencia es la de Ex. 19, 8, cuando Israel, acampando frente al monte Sinaí, asegura: “Haremos todo cuanto ha dicho Yahvé”. María es como este Israel fiel dispuesto a vivir la alianza en la confianza depositada sobre la Palabra de Dios. Los sirvientes, acatando la exhortación de María, serán los testigos privilegiados de la transformación del agua en vino. Seis tinajas había allí. El seis es el número de la imperfección, es siete (número de la plenitud) menos uno. Las tinajas son de piedra, como las tablas de la ley dada a Moisés (cf. Ex. 24, 12). Están allí para los ritos de purificación y su capacidad equivale a dos o tres medidas cada una. Lo que traducimos por medida es en griego metretas, una unidad para mensurar líquidos que equivale a 36 litros, aproximadamente. En total, las seis tinajas pueden contener unos 600 litros. ¿Por qué es necesaria tamaña cantidad en un pequeño poblado de Galilea durante una boda? Porque, en el relato, están simbolizando la pureza ritual judía atada a la antigua alianza, a los mandamientos de la ley grabada en piedra. En lugar de vivir la alianza con la alegría del vino, Israel está padeciendo la opresión del ritualismo y la legislación. En vez de celebrar, el Pueblo de Dios padece.

Cambió el agua en vino

Cambió el agua en vino

Jesús es el Esposo que trae el vino. Él es, en esencia, nuestra alegría y nuestra esperanza. La Iglesia no está desposada con el vino, sino con el que nos da el vino. El pueblo clama la renovación, grita desesperado porque tiene hambre de un Dios que es capaz de festejar y de hacer las cosas nuevas. Las gentes están cansadas de los mismos esquemas, las repeticiones solemnes, los ritos que atan y no liberan. ¿Podemos responder, desde la evangelización, a ese pedido? ¿Podemos reconocer esa necesidad? ¿O estamos lo suficientemente asustados para aferrarnos a nuestras seis tinajas de piedra con agua? Evangelizar no puede consistir en la aplicación metódica de reglas y modelos preestablecidos. Evangelizar no puede ser nunca repetición. Al contrario, es la repetición lo que deteriora la Buena Noticia y le quita ese sabor particular a vino/alegría. Nada puede representar alegría a los seres humanos de nuestra contemporaneidad si les hablamos con palabras que no entienden, si perpetuamos sistemas que ya los han dañado, si los invitamos a purificarse con agua en lugar de hacerles un lugar en el banquete del vino. En una época donde el matrimonio es visto como una carga impositiva, como una esclavitud, vale la pena descubrir que la boda es celebración, fiesta y liberación cuando estamos con el Esposo del vino bueno y abundante. Este Esposo no llega con las prédicas de siempre, con las acusaciones de todos los días, con la catequesis repetida en el último siglo ni con los rituales estancados en la Edad Media. Este Esposo ha venido a re-crear las palabras, a perdonar, a catequizar desde los problemas de hoy, a celebrar la vida con los gestos de cada cultura. Este Esposo no tiene nada que ver con los que tienen miedo de cambiar.