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Cuando Jesús no fundó ninguna religión / Quinto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B – Mc. 1, 29-39 / 05.02.12

29 Cuando salió de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. 30 La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron de inmediato. 31 El se acercó, la tomó de la mano y la hizo levantar. Entonces ella no tuvo más fiebre y se puso a servirlos.

32 Al atardecer, después de ponerse el sol, le llevaron a todos los enfermos y endemoniados, 33 y la ciudad entera se reunió delante de la puerta. 34 Jesús curó a muchos enfermos, que sufrían de diversos males, y expulsó a muchos demonios; pero a estos no los dejaba hablar, porque sabían quién era él.

35 Por la mañana, antes que amaneciera, Jesús se levantó, salió y fue a un lugar desierto; allí estuvo orando. 36 Simón salió a buscarlo con sus compañeros, 37 y cuando lo encontraron, le dijeron: “Todos te andan buscando”. 38 El les respondió: “Vayamos a otra parte, a predicar también en las poblaciones vecinas, porque para eso he salido”. 39 Y fue predicando en las sinagogas de toda la Galilea y expulsando demonios. (Mc. 1, 29-39)

 

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En este momento, el Evangelio según Marcos recuerda la casa. Los cristianos que oyen este relato de Jesús ya saben que la Iglesia está fuertemente asociada a la casa, porque ellos mismos se reúnen en casas familiares para celebrar al Resucitado. Saben, también, que Jesús estuvo en una casa, entre amigos, la víspera de su pasión, y por supuesto, entienden que la casa tiene un simbolismo fuerte de oposición a la sinagoga. Mientras esta se demarca como lugar sagrado, la casa es sitio profano donde sucede la vida que transforma el Reino. En realidad, siendo estrictos, suponemos que las sinagogas nacieron, germinalmente, como reuniones en casas judías, probablemente durante el destierro en Babilonia. Pero la historia fue cambiando lo profano en sacralidad, lo cotidiano en grados de pureza. Y con la casa cristiana sucede lo mismo. Ha nacido, germinalmente, como espacio común de manifestación sencilla del Reino, pero la historia la va transformando en sitio de culto intocable, inaccesible. Un día, aunque Marcos no lo sepa, esas casas serán los templos parroquiales. El camino de la sinagoga parece ser el camino de la casa, repetido. Marcos, intuitivamente, nos recuerda el significado profundo de la casa, para evitar futuras desviaciones.

En esta escena precisa, vamos a la casa de Simón y Andrés, donde vive también, entre otros, la suegra de Simón. Por la composición literaria, podemos suponer que Jesús, Santiago y Juan vienen de la sinagoga y los otros dos hermanos los están esperando en su casa. Algunos biblistas han sugerido que ese dato, históricamente, puede significar un llamado de atención sobre los judaísmos alternativos. Simón y Andrés podrían no haber participado del culto sinagogal el día sábado, ya sea por descontento con la sinagoga o por indiferencia. Lo cierto es que la adhesión a ese modo de vivir la fe israelita no era unánime en el pueblo.

 

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La presencia de la suegra en la casa de Simón y Andrés tiene, al menos, dos explicaciones. O es la casa de la suegra, en primer lugar, y Simón y Andrés se han mudado allí, por razones del mismo matrimonio de Simón. O es la casa de Simón y Andrés, y la suegra ha venido a vivir allí porque es viuda y no tiene hijos varones vivos, lo que la convierte en desprotegida total (una mujer sin varón de referencia, en la época de Jesús, es un ser humano sin nada). El texto, específicamente, la nombra como propiedad de Simón y Andrés. Si nos atenemos a esta opción, la suegra es la última de las últimas en Israel. Su condición de mujer, desprotegida, sin varones de parentesco directo que la sostengan, la hace netamente vulnerable.

A esto tenemos que añadir su estado febril. Para la época y la cultura, la fiebre no era un síntoma, sino una enfermedad en sí misma, una entidad nosológica que tenía su cierta gravedad. En esta escena, la afiebrada está postrada; en su postración está inhabilitada, presa de una situación. No puede seguir con su vida, no puede hacer cosas por los demás, no puede ponerse en camino. Ha perdido decisión sobre su cuerpo a causa de la enfermedad, y metafóricamente, la enfermedad está haciendo lo que hacen los varones sobre las mujeres: tomando el control de su existencia, destinándola a una posición pasiva. Entre el endemoniado de la sinagoga y la postrada de la casa hay un vínculo de conexión: no pueden hacer lo que quieren, no pueden ser libres en plenitud.

 

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Para este milagro, Jesús no utiliza palabras. Basta con acercarse, tomarla de la mano y levantarla. Las acciones, en concreto, restauran la salud de la suegra. Es otra modalidad curativa. En el exorcismo de la sinagoga de Cafarnaún habló terminantemente, y su palabra expulsó a los demonios. Aquí hay un acercamiento, una aproximación, y un contacto con una mujer. Para el judaísmo de ese tiempo significa trasgresión. Sin embargo, es una trasgresión que salva. Gracias a ese contacto prohibido, la mujer vuelve a tener control sobre su vida. Y su decisión ante esa libertad nueva y novedosa es ponerse a servir. Aunque inmediatamente pensemos en servidumbre, en que se levantó de la cama para atender las cosas de la casa, preparar la comida, limpiar y barrer, en realidad tenemos que referirnos al servicio del discipulado, a la diafonía (en griego). En el camino a Jerusalén, como enseñanza profunda y central, Jesús les dirá a sus seguidores que la hermenéutica de fondo es el servicio: es grande y primero entre los demás el que sirve, así como el Hijo del Hombre vino a servir (cf. Mc. 10, 43-45). La suegra de Simón, encontrada por Jesús y levantada por Él, ingresa de lleno al servicio discipular. No ha sido curada para ser esclavizada (servir a los varones), sino para practicar el servicio desde el amor al otro.

Es interesante que el verbo levantar utilizado en este caso en el original griego (egeiro) es el mismo verbo que se utiliza junto a anistemi para relatar el hecho de la resurrección en el Nuevo Testamento. Jesús ha sido levantado/resucitado y, de alguna manera, la suegra de Simón también ha sido levantada/resucitada. Porque, en definitiva, el encuentro con Jesús significa una resurrección de la propia existencia, una transformación de los estados de muerte humana en vida de Dios.

Con un pequeño relato de milagro, quizás el más breve de todos, Marcos catequiza sobre el discipulado. La clave es el servicio. La suegra de Simón es la mujer discípula que, encontrada con el Maestro, resucitada/levantada de su estado de opresión, se vuelve libre para servir. Este es el modelo de la casa/Iglesia, que no puede ser un lugar donde las mujeres son servidumbre de los varones; en realidad, donde nadie es servidumbre de nadie. En un plano de igualdad, la casa/Iglesia sirve porque ama libremente en el servicio, no por imposición. Aquellos cristianos que quieren adjudicarse los primeros lugares, relegando a los demás a situación de minoridad, tienen su horizonte en la suegra de Simón, que no habla mucho ni hace demasiados discursos, pero sirviendo es discípula concreta.

 

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Este versículo cambia el tiempo y el lugar. Marcos recalca: es el atardecer, cuando el sol ya se puso. Se delimita así la finalización del sábado sagrado según la cronología judía, que ha dado inicio al sabbát el viernes al atardecer. Con el sábado finalizado, la gente sale de sus hogares y aprovecha el final de las prohibiciones del descanso para acercarse con sus dolencias a Jesús. Todos los enfermos y endemoniados vienen hasta Jesús. La expresión es exagerada, pero simboliza la expansión del Evangelio que inunda Cafarnaún e inundará Galilea. Sin demasiada actividad misionera ni proselitista, Palestina se va enterando de la Buena Noticia de Dios. Marcos sabe que este mensaje del Reino tiene su propio peso y recorre las aldeas (recorre el mundo) con su impulso vital. Todos se congregan y muchos (no todos, según el versículo 34) son curados y exorcizados. No es una cuestión de cantidad, sino de muchedumbre. El Evangelio es Buena Noticia enorme, que llega al pueblo en su totalidad, que lo recorre.

La situación cronológica recuerda la mañana de la tumba vacía, cuando Marcos recalca que ya había pasado el sábado y las mujeres fueron al sepulcro. Cuando el sábado queda atrás, queda atrás la legislación de la pureza/impureza y la religión opresora. No queda atrás el judaísmo (Jesús es un judío resucitado), sino la perversión de la religión. El cristianismo también debe dejar el sábado atrás para vivir la resurrección, para sanar a los enfermos y expulsar a los espíritus inmundos.

 

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Los comentaristas se dividen en torno al lugar que ocupa esta puerta mencionada. Para un grupo se trata de la puerta de la casa de Simón, donde llegaría la muchedumbre buscando al taumaturgo de moda. Para otro, la puerta es el pórtico de entrada a la ciudad, lugar común de reuniones públicas, como si se tratase de una plaza. En las puertas de las ciudades se realizaban transacciones comerciales y se resolvían litigios mediante la mediación de escribas. La expresión sobre la ciudad entera parece exagerada, pero responde a este estilo literario marcano que quiere dejar en claro la fama de Jesús.

Si se tratase de la casa de Simón, estamos ante la posibilidad (quizás vislumbrada por él) de formar una comunidad paralela. Más adelante, cuando Simón y los otros buscan a Jesús, parece que lo hacen justamente para explotar su fama y crear una religión nueva. Por otro lado, si es la puerta de la ciudad, el autor nos estaría presentando a Jesús es un ámbito netamente público. La secuencia sería el paso de lo religioso estrictamente (la sinagoga) a lo privado familiar (casa) a lo público (puerta de la ciudad). De esta manera, todos los ámbitos son recorridos por Jesús, quien trae a cada uno de ellos liberación mediante curaciones y exorcismos. Porque todos los ámbitos humanos necesitan ser curados y exorcizados para servir mejor al ser humano.

 

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La autoridad de Jesús, que se manifestó en la sinagoga con una doctrina nueva y novedosa, con palabras liberadoras, ahora se manifiesta con curaciones y exorcismos. Queda completo el esquema de predicación del Evangelio: palabra, sanación y expulsión de demonios. Además, reaparece el tópico del secreto mesiánico dirigido a los demonios. Ellos le conocen y Jesús les impide hablar. No es necesario escuchar lo que dicen los espíritus inmundos, que tienen palabras de confusión, aún diciendo la verdad. Lo que importa es la palabra de Jesús y sus actos.

 

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Nuevamente, Marcos cambia de tiempo y recalca con repeticiones: es muy de mañana (madrugada), antes del amanecer. Jesús se levanta antes que todos para comenzar el día. No es un madrugador, sino alguien que está; está siempre y está antes que los discípulos. Es el que precede a los otros, el de la iniciativa, el que está delante. En este caso, madruga para ir a un lugar desierto a orar. Si bien Marcos no tiene un hincapié definido en el tema de la oración de Jesús, tampoco es algo que no tenga relevancia para su Evangelio. En Marcos, la oración en los lugares desiertos parece relacionarse también con el descanso, como es el ejemplo de la primera multiplicación de los panes, tras la cual lo hace (cf. Mc. 6, 46).

Pero además del descanso, el desierto es una bisagra para el cambio de rumbo, para la proyección posterior. Tras el bautismo en el Jordán, Jesús es impulsado por el Espíritu al desierto (cf. Mc. 1, 12), y desde allí iniciará su misión de proclamación del tiempo cumplido. Tras la primera multiplicación de los panes y el retiro al desierto, comenzará un recorrido por las zonas paganas. Ahora, tras este desierto, Marcos nos revelará que la misión continúa en las poblaciones vecinas. El desierto es el espacio de reflexión para expandirse, para ir más allá, para llegar cada vez más lejos. El desierto no es retracción, no es ocultamiento ni ascetismo para fugarse del mundo. En el desierto se medita para salir, de ora para alcanzar al otro, se encuentra con Dios para encontrar al ser humano.

 

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Simón y sus compañeros no salen sólo a buscar a Jesús, sino a perseguirlo, si nos atenemos a una traducción más literal del verbo katadioko utilizado por Marcos. Y es que parece haber una segunda intención en Simón, que aparece a la cabeza de sus compañeros. Los otros lo siguen a él. Da la impresión que Jesús se les ha escapado, escabullido. Se levantó antes y se fue. Los discípulos no saben dónde está, no pueden entender. Y salen a buscarlo, a rastrearlo.

 

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Al encontrar a Jesús entendemos por qué lo perseguían: todo el pueblo lo está buscando. Los discípulos quieren llevarlo de nuevo a la puerta para que cure y exorcice. Según Simón, el lugar de Jesús está en la puerta, instaurando un nuevo sistema de culto, una nueva modalidad religiosa. Es un taumaturgo exitoso y debería dedicarse a eso. Todos lo buscan, o sea que ha surtido efecto. No tendría sentido desperdiciar tanta atención lograda. Aquí parece estar la segunda intención de Simón: fundar una nueva religión, una pequeño emprendimiento de milagrería.

 

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Pero Jesús, que ha estado orando tranquilo, propone ir a otras poblaciones, recorrer los caminos, no quedarse quieto, no estancarse. Los discípulos no han comprendido la dinámica del Reino. Quieren quedarse donde están, en la comodidad del éxito. Como sucede en Marcos, característicamente, Jesús y sus discípulos parecen estar en sintonías diferentes. ¿Qué tipo de movimiento es este cristianismo, entonces? ¿Es el movimiento que quiere Simón, en la puerta, organizado para milagros? ¿O es un real movimiento, una comunidad que se deja llevar por el Espíritu? La pregunta vale para la Iglesia de Marcos. ¿Cómo superar la tentación de quedarse quieto? ¿Cómo seguir moviéndose en un ambiente hostil, de persecución?

Jesús dice que ha salido para eso: para predicar en las poblaciones vecinas. ¿De dónde ha salido? Algunos biblistas creen que esto es una referencia a la salida del seno de Dios, es expresión cristológica. Otros creen que la expresión es hacia la salida de Nazaret, de su pequeña aldea, para recorrer Galilea. Ya sea en línea histórica o en línea teológica, el sentido es el desplazamiento y el recorrido. Una Iglesia sin ese movimiento pierde su esencia. Marcos teme que su comunidad se polarice entre partidarios de lo itinerante y partidarios de la instalación fija, entre el camino y la casa. Por eso ambos espacios aparecen combinados en todo su libro, y aquí lo ha demostrado yuxtaponiendo la casa de Simón y el impulso de salir por la Galilea. No hay una Iglesia de la casa y una Iglesia del camino, sino una Iglesia que es casa-y-camino.

 

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Se concreta en un resumen la actividad de Jesús. No se ha dejado convencer por Simón. Todas las sinagogas de Galilea lo van recibiendo, y los demonios van siendo expulsados. Queda, así, el episodio de la sinagoga de Cafarnaún como paradigmático de la toda la actividad sinagogal de Jesús. El sistema religioso necesita ser exorcizado. Todos los sistemas religiosos lo necesitan; no sólo el judaísmo que le ha tocado a Jesús.

La señal de los cristianos / Segundo Domingo de Pascua – Ciclo C – Jn. 20, 19-31

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz con vosotros.” Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: “La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.” Dicho esto, sopló y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.”

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor.” Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.”

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: “La paz con vosotros.” Luego dice a Tomás: “Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.” Tomás le contestó: “Señor mío y Dios mío.” Dícele Jesús: “Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído.”

Jesús realizó en presencia de los discípulos otros muchos signos que no están escritos en este libro. Éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre. (Jn. 20, 19-31)

El texto de hoy, quizás convenga ser leído de atrás para adelante, del último hacia el principio. Lo que tenemos delimitado litúrgicamente es el final del capítulo 20 del Evangelio según Juan, que consta, en total, de 21 capítulos. Como podemos percatarnos fácilmente en una lectura rápida, los últimos versículos son una conclusión que funciona a manera de epílogo de todo lo narrado. El libro puede terminar allí. Sin embargo, nuestras ediciones de la Biblia tienen un capítulo más. Esto es porque, de hecho, la primera redacción joánica acababa en el capítulo 20, y lo posterior es un agregado de los discípulos del redactor, los cuales vuelven a escribir una conclusión en Jn. 21, 24-25. Por eso este Evangelio parece terminar en dos oportunidades.

Si bien la primera conclusión es breve, de apenas dos versículos, resume eficientemente la intencionalidad y el sentido de la obra joánica. En primera instancia, aclara que Jesús realizó muchos otros signos, y no solamente los que están contenidos en los 20 capítulos previos. Recordamos que Juan no utiliza la palabra milagro (como los sinópticos), sino semeion, que en griego significa señal o signo. De las bodas de Caná se dice que fue el signo proto-típico (cf. Jn. 2, 11); los judíos lo interrogan sobre qué signo presenta para expulsar a los vendedores del Templo (cf. Jn. 2, 18); durante la primera Pascua en Jerusalén, realiza muchos signos (cf. Jn. 2, 23); Nicodemo reconoce que nadie realiza los signos que Él hace si Dios no está con él (cf. Jn. 3, 2); la curación del hijo del funcionario es interpretada por el relator como el segundo signo (cf. Jn. 4, 54); la gente le sigue por los signos que realiza en los enfermos (cf. Jn. 6, 2); la gente ve en la multiplicación de los panes un signo profético (cf. Jn. 6, 14) y se pregunta si el Cristo podrá hacer más signos que Jesús (cf. Jn. 7, 31); en la misma línea que Nicodemo, los fariseos se alarman porque si Jesús es pecador, no podría hacer los signos que hace (cf. Jn. 9, 16); inclusive los signos son causa del planeamiento de su muerte (cf. Jn. 11, 47-53); finalmente, la gente se agolpa más todavía cuando entra a Jerusalén porque se corre la noticia del signo que realizó en Lázaro, reviviéndolo (cf. Jn. 12, 17-18). Los biblistas, a esta primera sección de Juan, hasta el inicio del capítulo 13, la llaman el libro de los signos, con razón.

Jesús, entonces, es el gran realizados de signos. Esto tiene dos interpretaciones, complementarias y necesarias entre sí:

1. Hay que ver más allá. Los signos refieren a una realidad distinta a ellos, pero en ellos presente. Las señales, valga la redundancia, señalan algo, señalizan, apuntan, indican. Y precisamente, lo que señalan, señalizan, apuntan e indican es otra cosa distinta de ellas mismas. Un cartel en la ruta que presenta al conductor la figura de una curva, no tiene la intención de que el conductor se concentre en el cartel, sino en la curva que está pronta a aparecer. Analógicamente, los signos de Jesús intentan abrirnos la mirada hacia otra realidad, superior al signo y más determinante. Por eso Juan no habla de milagros. Al relato de su Evangelio no le interesa el prodigio como tal, como sobrenaturalidad que concierne sólo materialmente; el milagro es señal de la realidad del Reino, señal de Dios, de su amor, de su cercanía, de la utopía divina. Hay que ver más allá del agua convertida en vino, de los panes multiplicados y de Lázaro revivido. Hay que ver el nuevo orden mesiánico que es fiesta sobre el ritualismo, hay que ver la mesa compartida que sacramentaliza la comunión humana, hay que ver la muerte derrotada en la resurrección. Esta otra mirada, superior y trascendente, no se realiza con los ojos físicos, y por eso el Resucitado dice a Tomás (y a todos), la bienaventuranza de los que creen sin haber visto. Para llegar a captar la presencia distinta de la vida nueva del Cristo, no es necesario tocar sus llagas y meter la mano en el costado abierto, de lo contrario, ninguno de nosotros podría creer, ninguno de nosotros podría tener un encuentro personal con Jesús. Se encuentra con Él quien es capaz de mirar distinto y profundamente, el que supera los sentidos físicos para sentir con el corazón. En el pedido de Tomás de ver empíricamente para creer se halla la antítesis del Discípulo Amado que cree sólo con las vendas vacías (cf. Jn. 20, 8). ¿Y qué se pretende que creamos con los signos? Como dice la conclusión de Juan: que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. Allí la primitiva intención de los Evangelios, ya recogida por Marcos (el primer evangelista de los cuatro) en el inicio de su libro: “Comienzo del Evangelio de Jesús, el Cristo, Hijo de Dios” (Mc. 1, 1). Tomás llega a la conclusión cristológica empíricamente; el Resucitado recomienda llegar a ella en la experiencia de fe.

2. Que las cosas tengan significado (tengan sentido). Los signos hacen que las cosas signifiquen. En el prodigio por el prodigio, las cosas son así y punto. La señal, en cambio, le da hondura a las cosas, las hace importantes, las hace ser un poco más (o mucho más). La curación de una enfermedad puede ser la posibilidad de volver a la vida de siempre, pero si esa curación es signo de la cercanía de Dios y de su bendición, entonces es imposible volver a la vida de siempre; en vez de volver se avanza hacia una existencia mejor y más plena. La curación no fue sólo restitución física, sino caricia del Padre, experiencia profunda de lo trascendente, y ante eso es difícil quedarse inmóvil. El significado/sentido de la curación re-significa toda la vida. Si la resurrección es la suerte de un hombre que, siendo muy justo, logró el premio de Dios, entonces la pascua es un evento cerrado y clausurado en sí mismo hace dos mil años. Pero si la resurrección de Jesús es la entrada humana en la vida de Dios, y la tumba vacía es el Evangelio de un Padre que quiere un mundo sin tumbas, entonces todos nos vemos afectados por la pascua, y el acontecimiento de hace dos mil años re-significa no sólo la vida de María Magdalena, Pedro y Tomás, sino la vida de cualquier varón y mujer que se anima a creer. Ya no se puede seguir viviendo de la misma manera ante la realidad, sacramento y signo de la pascua. Aquí vale hacer una aclaración sobre el texto que leemos hoy. Las traducciones de la Biblia, en su mayoría, agregan un artículo que deja la frase de Jesús así: “Reciban el Espíritu Santo”. Lo más correcto, según los manuscritos griegos, sería traducir sin el artículo: “Reciban Espíritu Santo”. Cuando se cuenta que el Resucitado insufla en sus discípulos, no se está haciendo tanto hincapié en lo trinitario como en lo trascendental de la vida. El texto es más cercano a la idea de que con la Pascua se adquiere calidad de vida, o sea, se nos incorpora a la vida de Dios, que es vida en Espíritu, vida trascendente, vida plena. Recibir Espíritu Santo es darle sentido a las existencias humanas. Vale la pena vivir porque Dios es vida, no muerte. Por eso la conclusión joánica termina con la utilidad de la fe: quien cree tiene vida en el nombre de Jesús. “Quien tiene al Hijo, tiene la Vida” (1Jn. 5, 12a), porque el Hijo (su eternidad, su encarnación, su vida terrena, su pasión, su muerte y su resurrección) es el que da sentido a esta existencia, y en la vida resucitada del Hijo vivimos plenamente.

El mensaje con el que culmina el capítulo 20 del Evangelio según Juan es la justificación de su tarea evangelizadora (la escritura de este libro sobre Jesús). A sus contemporáneos les está diciendo que la Buena Noticia se comunica a los demás porque todos pueden encontrar en ella la vida de Dios. Una vida que no es limitada (es eterna), que no tiene altura máxima (es plenitud constante), que no esclaviza (es liberadora), que no forma sectas (es abierta), que no está atascada (es dinámica), que no es indigna (es promotora de la humanidad) y que no se puede comprar ni vender (es gracia). La evangelización es la comunicación de la vida de Dios que, en Jesús, se universaliza encarnada y resucitada. Es claro que una vida de tamañas características no puede menos que compartirse. A nadie podría ocurrírsele privatizar una vida que completa las aspiraciones más profundas de los seres humanos. Sólo un corazón endurecido por el mundo y una mente embotada por los valores sociales vigentes puede negar y negarse la vida plena de Dios. Obviamente, los que prefieren poner límites al otro para que no crezca, los que avalan un sistema donde los capitales se le quitan a la masa para guardarlos en arcas individuales, los que gustan tener esclavos, los sectarios, los que detienen la emancipación de los pueblos, los que consideran que algunos humanos son indignos, los acostumbrados al mercantilismo de comprar-vender-tener, ninguno de ellos acepta la vida resucitada.

La evangelización no consiste en presentar pruebas contundentes de un cuerpo que ha sido resucitado. Esa es la maravilla de poder evangelizar hoy en día. No necesitamos teofanías aparatosas; necesitamos que la vida se profundice y se signifique en Jesús, en el Reino, en Dios. Cuando mejoramos la calidad de vida de los varones y mujeres, damos señal evidente de la pascua. Cuando ayudamos a que el marginado, el despreciado, el pobre, sea introducido a la comunidad de los humanos nuevos en Cristo (comunidad que debiese ser la Iglesia), lo estamos resucitando, y lo estamos convenciendo del amor que Dios le tiene. Cuando dejamos de lado las reliquias, los amuletos y las protecciones rituales para convertir el mundo con nuestras manos, para rezar a Dios desde la mediación de los hermanos reunidos, para proteger al más pequeño de los embates de los poderosos, estamos testimoniando, señalando, apuntando a Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios, porque estamos reproduciendo su praxis, estamos siendo discípulos suyos.

El que tiene al Hijo, tiene la Vida. Nos cuesta entenderlo. Hemos hecho de la existencia resucitada, que es luz y plenitud, un camino comercial al que se llega con masoquismo, resignación y auto-flagelación. Aún bautizados, no caímos en la cuenta de la gracia. Tenemos al Hijo, tenemos la Vida. Por eso nos cuesta tanto comunicar la Buena Noticia. Buscamos vías de negociación con Dios (rituales, prácticas piadosas, buenas obras) para que la vida nos sea dada, y mientras tanto, nos privamos de disfrutar la vida nueva que ya tenemos por el Hijo, y privándonos nosotros, privamos a los demás.

Decimoquinto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B – Mc. 6, 7-13


Y llama a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos. Les ordenó que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja; sino: «Calzados con sandalias y no vistáis dos túnicas». Y les dijo: «Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta marchar de allí. Si algún lugar no os recibe y no os escuchan, marchaos de allí sacudiendo el polvo de la planta de vuestros pies, en testimonio contra ellos».
Y, yéndose de allí, predicaron que se convirtieran; expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.
(Mc. 6, 7-13)

La palabra Doce, en referencia al grupo de personas instituidas por Jesús, hasta el episodio que leemos hoy, aparece sólo tres veces en Marcos. En primer lugar, la leemos doblemente en el génesis del grupo apostólico (cf. Mc. 3, 14-19), donde se nos indican características precisas del mismo:

- Son instituidos: según la palabra griega poieō, equivalente al verbo hacer. Como se trata de un verbo muy utilizado y en sentidos tan diversos según la situación, es complicado determinar el significado preciso y conciso. Lo cierto es que se hace referencia a una acción que parte de Jesús, quien hace, crea o fabrica, de un puñado de hombres, un grupo de Doce. No han sido constituidos por sus propias fuerzas, por una organización que sucede de común acuerdo, por obra de la casualidad; son doce hombres elegidos por el Maestro y hechos un grupo particular.

- Para estar con él: en este primer texto sobre los Doce, lo primordial de su constitución parece ser la tarea de estar con Jesús, o quizás, si nos atrevemos a modificar un poco la traducción, a ser con Jesús. Son llamados a un discipulado intenso, un discipulado testimonial. Recordemos que los Doce no son los únicos discípulos de Jesús, y que Mc. 3, 13 especifica la presencia de varias personas, de entre las cuales se instituyen doce. Esta función testimonial será revelada tras la muerte y resurrección del Maestro, en un episodio que nos conservó Hechos de los Apóstoles, cuando, por la muerte de Judas Iscariote, la comunidad decide re-completar el número de doce, y la condición para el próximo elegido, según Pedro, es que sea “uno de los hombres que anduvieron con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús convivió con nosotros, a partir del bautismo de Juan hasta el día en que fue llevado de entre nosotros al cielo” (Hch. 1, 21-22). O sea, buscan a alguien que pueda dar testimonio de la vida, muerte y resurrección de Jesús. Por esto decimos que la función primordial de los Doce recae en el aspecto testimonial, como garantes de la fe, como discípulos que son/están con Jesús. No son ni más ni menos que el resto de los discípulos; sólo tienen una función diferenciada, una tarea, una misión particular.

- Para enviarlos a predicar: la segunda cuestión que incumbe a los Doce, subordinada a la anterior, es la predicación. Se trata de un grupo de anuncio. Este anuncio es, obviamente, fruto del ser/estar con Jesús. Ese discipulado en intimidad no podría redundar en otra cosa que en la transmisión y la proclamación de lo que Jesús es y de lo que Jesús hizo. Las características del envío no son desarrolladas en este primer texto, pero sí en el de hoy, que analizaremos más adelante.

- Con poder de exorcismo: finalmente, la tercer característica de los Doce es su poder de expulsar demonios. Este poder tiene un doble sentido para el grupo apostólico. En primer lugar, significa que portan la autoridad de su Maestro, de Jesús, paradigma del exorcista, por lo tanto, no son auto-convocados o hijos de Beelzebul o seguidores de alguna secta. En segunda instancia, el poder de exorcismo es la capacidad de obrar la liberación en las personas. Los Doce son un grupo testimonial y un grupo de liberación del mal. Pero volvamos al primer sentido que resulta importantísimo en el contexto del Evangelio según Marcos, donde el problema de la autoridad es una clave de todo el libro. A continuación de la institución de los Doce, y cerrando el capítulo 3, hallamos el altercado con los familiares (cf. Mc. 3, 20-21.31-35) y la discusión con los escribas de Jerusalén que lo acusan de estar poseído (cf. Mc. 3, 22-30), poniendo en tela de juicio su supuesta autoridad divina. Si expulsa los demonios con el poder del príncipe de los demonios, entonces no es el Mesías, no es el enviado de Yahvé; sería incluso su enemigo. Es evidente que para el relato marquiano (y para las primeras comunidades en general), el poder de exorcizar estaba íntimamente relacionado a la autoridad. Sólo los que poseen autoridad pueden expulsar demonios. Más adelante, en el capítulo 9, tenemos el relato de la vez en que Juan le cuenta orgulloso a Jesús cómo le impidieron practicar exorcismo a uno que no venía con ellos y que se jactaba de invocar el nombre del Maestro (cf. Mc. 9, 38), a lo que Jesús replica: No se lo impidáis, pues no hay nadie que obre un milagro invocando mi nombre y que luego sea capaz de hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros, está por nosotros” (Mc. 9, 39-40). Exorcismo y autoridad van de la mano. Hacer notar que los Doce pueden exorcizar es hacer notar que son un grupo con autoridad, no que provenga de ellos, sino del mismo Señor. Esa autoridad puede haber significado, para la comunidad marquiana que leía el relato a unos treinta o cuarenta años de los acontecimientos, una invitación a confiar en el testimonio apostólico, el testimonio que había fundado la Iglesia, pues no eran inventos de pobres hombres, sino Buena Noticia transmitida con la autoridad de Jesús.

Dijimos en un principio que Doce aparece tres veces antes del capítulo 6. Ya contabilizamos dos en Mc. 3, 14-19. La tercera oportunidad está en Mc. 4, 10. Aquí se dice que los discípulos que iban junto con los Doce le preguntan a Jesús sobre el significado de las parábolas que él narra. Como vemos, no sólo los Doce están con el Maestro, pero aún así, se hace la diferencia entre el grupo apostólico y el resto. Así llegamos a la cuarta mención de los Doce en la escena que leemos hoy. Aquellas referencias del capítulo 3 se hacen obra activa. Ahora son enviados a predicar y a exorcizar. Nuevamente, el tema del exorcismo cobra relevancia, ubicándose al principio (poder sobre los espíritus inmundos) y al final de la perícopa (expulsaban a muchos demonios), determinando así que toda esta acción misionera de los Doce es realizada con la autoridad que proviene de Dios, autoridad que se manifiesta en el poder del exorcismo. Probablemente, la referencia al bastón también siga la misma línea. Si comparamos los textos paralelos de Mateo y Lucas, nos encontramos con una diferencia específica. Mientras en Mt. 10, 10 y Lc. 9, 3 se les prohíbe a los enviados llevar bastón, Marcos lo presenta como un elemento que deben tomar. Las interpretaciones al respecto son variadas. Para algunos, el bastón es una ayuda del caminante, y entonces Marcos estaría recalcando el aspecto itinerante de la misión; para otros, el bastón es un arma que permite defenderse de los peligros del camino, y Marcos estaría advirtiendo a su comunidad de origen el resguardo que deben tener en una época de persecución. Pero lo que parece adecuado, es otorgarle al bastón el significado de autoridad, de un bastón que hace las veces de cetro, de báculo, como el de los príncipes y reyes, lo que haría factible explicar por qué Mateo y Lucas lo eliminan. Si el bastón es símbolo de autoridad, Mateo no se lo permite a los apóstoles porque ninguno de ellos debe adjudicarse un puesto superior, ya que “uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos” (Mt. 23, 8). Si el bastón es símbolo de autoridad, Lucas no se lo permite a los enviados porque la característica lucana es la pobreza, la humildad, y es en su relato donde Jesús asegura: “Cuando alguien te invite a una boda, no te pongas en el primer puesto, no sea que haya invitado a otro más distinguido que tú. Al contrario, cuando te inviten, ve a sentarte en el último puesto” (Lc. 14, 8.10a).

El grupo de los Doce es enviado sin ningún tipo de poder terrenal. No llevan alimento, alforja o dinero, ni siquiera dos túnicas. Lo que carecen de poder económico, les sobra en poder divino, pues van con la autoridad del Señor, tienen el poder de expulsar demonios y llevan el bastón/cetro que los identifica como auténticos enviados de Dios. Es así que predican, exorcizan, ungen y sanan. Su misión es una continuación de la misión de Jesús, quien también predica (cf. Mc. 1, 14-15), exorciza (cf. Mc. 1, 21-27) y sana (cf. Mc. 1, 29-34). Los Doce, entonces, no se inventan nada, sino que continúan algo comenzado por el Maestro. Esa continuación será realizada creativamente, pero con fidelidad al proyecto del Reino, porque aquel llamado primigenio a ser/estar con Jesús, fue un llamado a configurarse con Él, justamente para dar testimonio fiel. La repetición de las acciones propias de Jesús (predicar, exorcizar, sanar) en sus discípulos es el signo de una misión entregada. Jesús no va con ellos, sino que los envía solos. Podemos percibir un componente post-pascual en el relato, como teología misionera de las primeras comunidades. Jesús ya no está físicamente con ellos, tampoco poseen los medios terrenos para instaurar un reino frente al gran Imperio Romano, sin embargo, el Reino de Dios se instaura desde la predicación, el exorcismo y las curaciones, desde el no tener nada, ni siquiera pan o alforja, desde lo itinerante, desde la misión pequeña. Y si bien Jesús ya no está físicamente, su presencia se ha transformado y permanece por el fundamento del testimonio de los Doce, por los signos que siguen acompañando a la Iglesia y que caracterizaban a Jesús, por un mensaje de esperanza que es Buena Noticia, por el mal que es derrotado, por los hombres y mujeres que son liberados de sus enfermedades. Tal vez, avanzando y arriesgando en la interpretación, puede que la unción con aceite transmita algo de esto, considerando que Jesús curaba de diversas maneras, con contacto directo, sólo de palabra o con medios físicos, pero los Doce lo hacen a través de una sustancia específica, a través de un sacramento, porque no es el aceite lo que cura, sino el poder de Dios. El gesto de la unción aparece como acto sacramental, que no reemplaza la presencia física de Jesús, sino que la re-significa y transforma para hacer presente su poder de una manera diferente.

Todo este poder/autoridad de los enviados, de los Doce, les permite realizar un gesto que nos parece rotundamente negativo y agresivo, como lo es sacudir el polvo de los pies al salir de un lugar que no los recibe. Este gesto no es un invento de Jesús, sino que se remonta al judaísmo. Un judío sacudía el polvo de sus sandalias cuando, tras pisar territorio pagano, salía de él. De esta manera, no se llevaba la impureza del suelo gentil, suelo que no adoraba al Dios verdadero. En este envío de los Doce, los paganos son reinterpretados, y aparecen aquí como aquellos que no reciben ni escuchan al nuevo Israel, o sea, a los Doce. Los enviados tienen la autoridad suficiente para realizar el gesto, porque son los que han oído la Palabra y han acogido al Señor.

Como hemos visto, los Doce realizan su misión mediante tres actividades: la prédica, el exorcismo y las curaciones. Hoy, la misión sigue necesitando estas tres acciones, porque son las acciones heredadas del Señor. La Iglesia que no predica, que no exorciza y que no cura, no es Iglesia del Cristo. El problema es que, según la época y según las teologías, las tres actividades enumeradas fueron adquiriendo distintas connotaciones, que a veces eran simples, otras veces literales, y en tantas ocasiones rebuscadas. A nosotros nos compete el desafío de significar cada una de ellas para dar respuesta a las situaciones misioneras de la actualidad, y en continuación con los Doce, seguir ofreciendo la alternativa del Reino, desde las mismas premisas con las que ellos se lanzaron: en pobreza, humildad, itinerantes, convocados y enviados, peregrinos, en comunidad.

¿Cuál es la prédica para las situaciones misioneras actuales? En el centro, siempre lo fue y siempre lo será, el kerygma, el anuncio explícito de la Buena Noticia que significa la encarnación, la vida, muerte, pasión y resurrección de Jesús de Nazareth. Ninguna prédica puede desviarse de ese centro, porque entonces se saldrá del eje, derrapará. Pero profundizando en algún aspecto del Evangelio que pueda sacudir al modelo social contemporáneo, podríamos enunciar la Verdad. A una impresión social relativa, donde importa lo que cada uno siente como regla primaria, donde la moralidad es a la carta, donde el Reino se mezcla con las demás ofertas como en un muestrario o catálogo, la Verdad del Evangelio es fuerza de choque, es mensaje que desestabiliza, es anuncio provocativo. Pocas cosas cuestionan más al hombre y a la mujer que nos rodean que el concepto de la Verdad, porque se nos ha inculcado una forma de entender la realidad que no acepta verdades. Al misionero de la post-modernidad, no le resulta fácil predicar una Persona que se adjudica el mesianismo y la filiación divina, una Persona que se identifica como camino a la divinidad.

¿Cuál es el exorcismo para las situaciones misioneras actuales? Hemos dicho que expulsar demonios es signo de autoridad. Jesús expulsaba con el poder de Dios y los Doce lo hacen con el poder de Jesús. Lo demás es farsa o simulación, es obra de Beelzebul. Los hechos demoníacos de la actualidad, esas opresiones que esclavizan al ser humano, ese gran aparato económico multinacional que limita las posibilidades de los pobres, son una farsa, un montaje siniestro. Mientras prometen el progreso y la promoción a una supuesta mejor calidad de vida, establecen un sistema mundial que separa a los ricos de los pobres, para que cada grupo persista y se profundice en su situación cada vez más. Los poseídos de Palestina quedaban fuera de la sociedad. Los poseídos por la globalización capitalista y neoliberal quedan al margen. Llegar a ellos y exorcizarlos para incluirlos, es quizás menos costoso que exorcizar el sistema. Ante la metódica producción de pobres, el desafío está en una Iglesia capaz de demostrar que su Señor es más poderoso que el dinero, que el Reino de Dios es más real que la bolsa de valores. El sistema económico puede poseer, pero sólo Jesucristo puede liberar.

¿Cuáles son las curaciones para las situaciones misioneras actuales? Curar es restablecer lo que se había enfermado. Cada vez con más ahínco la misionología piensa en la ecología, en la salud planetaria que hemos enfermado con nuestro descuido. Sanar la Creación, restablecer el orden del principio, es la misión de curar en sentido universal, una curación para todos. El hecho pascual no ha afectado sólo la intimidad de los corazones, sino que cada fibra del universo se ha hecho nueva y es, en potencia, plena, en la medida en que sea asociada concientemente a la resurrección. Juegan aquí intereses económicos y desinterés general, pero con los enfermos físicos no es distinto. En un sistema de salud burocratizado y comercial, el paciente es cliente y la medicina un negocio. El arte de curar la Creación implica oponerse al comercio de lo redituable que destruye y oponerse a la desidia de los destructores pasivos, aquellos que por no comprometerse contribuyen a la enfermedad del planeta. No es un sueño hippie incluir la ecología en la misión; es mirar la obra del Padre con la esperanza del primer capítulo del Génesis y los últimos del Apocalipsis, condensando la historia.

Decimocuarto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B – Mc. 6, 1-6

Salió de allí y vino a su patria, y sus discípulos le siguen. Cuando llegó el sábado se puso a enseñar en la sinagoga. La multitud, al oírle, quedaba maravillada, y decía: «¿De dónde le viene esto? y ¿qué sabiduría es ésta que le ha sido dada? ¿Y esos milagros hechos por sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, Joset, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros?». Y se escandalizaban a causa de él. Jesús les dijo: «Un profeta sólo en su patria, entre sus parientes y en su casa carece de prestigio». Y no podía hacer allí ningún milagro, a excepción de unos pocos enfermos a quienes curó imponiéndoles las manos. Y se maravilló de su falta de fe. Y recorría los pueblos del contorno enseñando. (Mc. 6, 1-6)

El breve relato que leemos hoy tiene más entramado del que podemos imaginar en una primera lectura rápida y superficial. Es un episodio conservado por toda la tradición sinóptica, lo que nos hace pensar que su mensaje fue importante para las primeras comunidades. En Marcos, el texto se ubica a continuación del capítulo 5, donde aconteció el exorcismo del pagano de Gerasa (cf. Mc. 5, 1-20) y la doble curación de la hemorroísa y la hija de Jairo (cf. Mc. 5, 21-43), por lo tanto, podemos suponer que la ubicación no es casual, y que el mensaje viene a colocarse en la misma línea de lo que se viene anunciando, en la línea del Reino para todos, el Reino que es una alternativa a lo conocido, el Reino que es la superación de los esquemas judíos. En Mateo (Mt. 13, 54-58), el relato está a continuación del discurso de las parábolas del Reino (cf. Mt. 13, 1-53), y es repetitivo en este Evangelio que cada vez que Jesús acaba uno de sus grandes discursos, se suscita algo respecto a su autoridad. Entonces, al final de las parábolas (tercer discurso del Maestro en Mateo), en la sinagoga de su patria, se cuestiona su autoridad cuestionando sus orígenes. Finalmente, Lucas posiciona la escena al principio de la vida pública de Jesús (cf. Lc. 4, 16-30), tras las tentaciones en el desierto (cf. Lc. 4, 1-13) y una brevísima reseña sobre la fama que se extiende en Galilea (cf. Lc. 4, 14-15). El texto está mucho más elaborado que en las otras dos versiones; aquí Jesús lee un fragmento del profeta Isaías, anuncia el cumplimiento de las profecías en su persona, se establece un altercado dialogado con los asistentes al culto, intentan despeñarlo para matarlo y Él se libra fácilmente pasando en medio de la multitud iracunda.

¿Qué tienen en común los tres relatos? Evidentemente la ruptura con el sistema sinagogal y todo lo que aquello implicaba. En Mateo, a partir del capítulo 14, la enseñanza de Jesús se focaliza más y más en sus discípulos directos, dejando de lado las muchedumbres, quienes muchas veces lo oían en las sinagogas. En Lucas, Jesús es inmediatamente excomulgado y hasta condenado popularmente a muerte por los asistentes al culto. En Marcos, es la última vez que enseña en una sinagoga y, además, se establece una especie de culminación del mensaje esbozado en el capítulo 5, de cierta apertura a los paganos y crítica al modelo institucional religioso de Israel. ¿Qué tienen de diferente los tres relatos? En Mateo, la ruptura proviene del no reconocimiento de Jesús como Maestro autorizado, siempre cuestionado tras sus discursos de enseñanza. En Lucas, la ruptura proviene de inmediato, al inicio de la actividad pública, quedando excomulgado agresivamente antes del desarrollo central de su enseñanza. Si pensamos en los destinatarios primeros de ambos Evangelios, podemos hallar una pista más de comprensión. Mateo escribe para un grueso de judíos convertidos, para quienes la imagen del maestro (rabino) que enseña las cosas de la religión es propia de su cultura; el hecho histórico del rechazo de Jesús por parte de Israel es interpretado por el evangelista como una falta de reconocimiento de la autoridad docente del Mesías, autoridad que proviene del mismo Dios. Lucas, en cambio, escribe para un grueso de paganos convertidos al cristianismo, y seguramente una comunidad con una composición importante de pobres y marginales; resulta lógico, pues, que Jesús sea desde sus inicios un excomulgado, un marginado de su pueblo, y por lo tanto, identificado más plenamente con los lectores del Evangelio. Finalmente, en Marcos, la ruptura con la sinagoga es un proceso que va incrementando su intensidad hasta decantar en esta situación que leemos hoy, forzada por las actitudes sistemáticas de Jesús que relativiza las disposiciones legalistas referentes, por ejemplo, a la comida (cf. Mc. 2, 15-28) o al contacto con impuros (cf. Mc. 1, 40-45; Mc. 5, 1-20; Mc. 5, 25-34).

En el Evangelio según Marcos, que es el que nos compete hoy, Jesús ingresa a una sinagoga en tres oportunidades. En el primer episodio (cf. Mc. 1, 21-27), exorciza a un poseído que estaba dentro de la sinagoga, y todos quedan asombrados por la autoridad del Maestro. El segundo episodio (cf. Mc. 3, 1-6) contiene la curación del hombre con la mano seca, también dentro de la sinagoga, y sobre el final, los fariseos y los herodianos se confabulan para darle muerte a Jesús. El tercer episodio es el de la liturgia de hoy, donde no hay curaciones ni exorcismos dentro de la sinagoga, sino sólo enseñanza, y finalmente rechazo. Queda claro que la excomunión de Jesús de la sinagoga es progresiva, in crescendo, y que se produce por la crítica que representa el mensaje del Reino para el sistema sinagogal. En los dos primeros episodios que reseñamos anteriormente, es más fuerte el simbolismo de los milagros que los milagros en sí mismos. El endemoniado y el hombre de la mano paralizada son representaciones de la sinagoga misma, endemoniada y atrofiada, encerrada en sí misma, inmóvil, con una interpretación diabólica de Dios y de la Ley. Jesús hace mucho más que sanar a dos personas concretas; intenta rescatar a la sinagoga. Tras el primer episodio, esta crítica al sistema cultual le valió asombro por parte de la gente; tras el segundo episodio, dos grupos poderosos se confabulan para darle muerte; tras este último episodio, se aleja por completo de las sinagogas, y no volverá a ellas nunca más.

Su posición crítica al sistema le ha valido la excomunión del propio sistema, lo que implica la excomunión del Israel legal y puro. El versículo 1 de la perícopa dice que Jesús entró en la sinagoga de su patria, lugar que tradicionalmente se identifica con Nazareth. Pero el término griego patris (patria) significa tierra de su padre, y puede traducirse como ciudad natal o país natal. Esto nos hace sospechar que el relato busca situar la excomunión de la sinagoga como una excomunión más grande, una marginación de todo el país, de todo Israel. El mensaje del Reino de Dios se ha vuelto tan indeseable para el sistema sinagogal que ya no puede soportar la presencia de Jesús, y prefiere segregarlo. El Reino es demasiado ancho, abarca a demasiada gente, elimina la clara diferenciación entre puros e impuros, justos e injustos, quita los privilegios. El sistema sinagogal, en cambio, deja en claro quiénes se salvan y quiénes no, quiénes son los queridos por Dios y quiénes los rechazados, estipula correctamente la manera de ser santo mediante leyes estrictas y establece una escala de privilegios. El sistema sinagogal es la forma endemoniada y atrofiada del Reino, por eso Jesús quiere exorcizar y curar a la sinagoga, porque está deformando el mensaje del Padre.

El Maestro se considera el enviado de Dios, su profeta, o sea, el que habla en nombre del Padre, y esa adjudicación de título con la que critica libremente a la sinagoga, es lo que se pone en mesa de discusión en esta oportunidad. ¿Por qué se adjudica tales atribuciones este paisano, este don nadie? La forma en que la gente se pregunta sobre Jesús es, literariamente, un insulto en la cultura semita, pues no se menciona su padre. Se lo nombra como el carpintero, el hijo de María, no el hijo de José. Para el judaísmo, una persona sin padre es una persona sin pasado y, por lo tanto, sin futuro, un desterrado de la vida y de la historia, alguien sin raíces que no puede aspirar a ningún porvenir provechoso, ya que hacia atrás nada lo sostiene. Es interesante que el mismo pasaje, en Mateo, contenga una modificación clave, comenzando la gente a preguntarse: “¿No es éste el hijo del carpintero?” (Mt. 13, 55a). Este autor, que escribe para judíos convertidos, no se arriesga a conservar la forma de Marcos, el insulto sobre la falta de ascendencia, porque justamente, para sus lectores primigenios, es importante resaltar que Jesús es descendiente de David, y a través de la adopción de José se establece la línea davídica. En Marcos, Jesús es un sin-padre; en Mateo, es el hijo del carpintero, el hijo de José, el descendiente de David.

En conclusión, el problema es saber cuáles son las credenciales de alguien que, tan libremente, critica la sinagoga. Este problema de la autoridad de Jesús no es aislado en el Evangelio según Marcos. Ya el capítulo 3 contiene unos episodios al respecto, con temática de fondo bastante similar a la de hoy. Este capítulo está estructurado de la siguiente manera: curación del hombre con la mano paralizada en la sinagoga (Mc. 3, 1-6) / curaciones varias y exorcismos (Mc. 3, 7-12) / elección de los Doce (Mc. 3, 13-19) / inconveniente con la familia (Mc. 3, 20-21) / discusión sobre Jesús y Beelzebul (Mc. 3, 22-30) / inconveniente con la familia (Mc. 3, 31-34). Para profundizar un poco más, dividiremos al capítulo en dos trípticos. El primer tríptico es una especie de paralelo a lo que leemos hoy:

- Mc. 3, 1-6: es la segunda vez de Jesús en la sinagoga, y aquí la crítica al sistema consiste en la curación de un hombre con la mano paralizada, como está paralizada la institución, atrofiándose en su sistema legal. Al final, los fariseos y herodianos se confabulan para matarlo. Hoy leemos la tercera y última visita a sinagogas, con al excomunión total de Jesús.

- Mc. 3, 7- 12: de diferentes lugares acuden a Jesús los enfermos y poseídos. Jesús los sana a todos, a la gran muchedumbre que lo busca desde los sitios más diversos. Al final del pasaje de hoy hallamos nuevamente curaciones, en pequeña cantidad esta vez. Los enfermos, despreciados del sistema sinagogal por su impureza, son aceptados por el Reino que predica Jesús.

- Mc. 3, 13-19: Jesús elige Doce para que estén con Él, para enviarlos a predicar y con el poder de expulsar demonios. Esta comunidad apostólica constituye una alternativa al sistema sinagogal. La nueva familia de la Iglesia se forma a través de los lazos del discipulado en el único Maestro. Tras la escena de hoy, en Mc. 6, 7ss, sucede el envío de los Doce de dos en dos, como confirmación de aquella elección del capítulo 3 y, nuevamente, presentando la alternativa a una sinagoga que se encierra en sí misma, sin proyección misionera.

El segundo tríptico del capítulo 3 ya se focaliza en la cuestión de la autoridad de Jesús, con una estructura que denota la inclusión de un texto dentro de otro, como sucede en el episodio de la hija de Jairo y la hemorroísa (Mc. 5, 21-43), leído el domingo pasado. La armazón literaria es sugestiva:

- Mc. 3, 20-21: primera referencia a la familia de Jesús que lo busca para llevárselo porque consideran que está fuera de sí.

- Mc. 3, 22-30: el relato sobre los parientes se corta y aparecen los escribas bajados de Jerusalén que lo acusan de estar poseído y, por lo tanto, realizar exorcismos gracias a ese poder demoníaco. La cuestión de la autoridad de Jesús, que Él considera directa desde el Padre, es refutada por los representantes del judaísmo que la consideran directa desde Beelzebul, el príncipe de los demonios. Eso anularía la libertad del Maestro para criticar el sistema. Jesús, fácilmente demuestra que están equivocados y que es imposible que esté poseído por un espíritu inmundo.

- Mc. 3, 31-34: retomamos la referencia a la familia de Jesús que, desde fuera de la casa donde enseña, lo mandan a llamar. Él asegura que su madre y sus hermanos son aquellos que se constituyen como tales al cumplir la voluntad de Dios, creando la nueva familia de la Iglesia más allá de los lazos sanguíneos.

En medio de la presión familiar que lo considera fuera de sus cabales y que lo quiere separar de su actividad, está el debate sobre la autoridad de Jesús, la cual, al no provenir de Beelzebul, proviene evidentemente del mismísimo Dios. Por eso la familia de lazos sanguíneos no puede privatizarlo ni detenerlo, pues Dios es Padre de todos, y todos los que lo reconocen como tal se hacen hermanos, se hacen familia. Esta familia eclesial tiene características claras, bien distintas a las del sistema sinagogal, y simbolizadas a grandes rasgos en los episodios de curaciones y la mención de los Doce que sucede a las sinagogas del capítulo 3 y 6 (cf. Mc. 3, 7, 19; Mc. 6, 5-13). La Iglesia, entonces, tiene en sus bases a los impuros de la sociedad (enfermos y endemoniados) y al discipulado en intimidad con Jesús, un discipulado de la esperanza, pues la elección de doce personas, además de marcar continuidad con las doce tribus de Israel del Antiguo Testamento, es la constitución de una comunidad mesiánico-escatológica, ya que doce es el número de los elegidos; elegidos para testimoniar y para esperar, para predicar la Buena Noticia y para soñar con el Reino. Jesús tiene la autoridad del Padre para comenzar la utopía de un nuevo orden de cosas, un nuevo espacio donde tienen cabida los marginales y donde los lazos se establecen en el seguimiento de su Persona, cumpliendo así la voluntad de Dios. La excomunión de la sinagoga, del judaísmo, es el resultado lógico de la crítica al sistema del Maestro y de la rigidez de un orden cultual endemoniado y paralizado. No es la sinagoga quien expulsa a Jesús, sino el mismo proyecto del Reino el que se abre paso para universalizarse. Así lo diagrama el evangelista Marcos, preparando la narración para lo que vendrá luego, en breve, con la incursión de Jesús en territorio pagano (cf. Mc. 7, 24).

Cuando se constituyen los sistemas, con su trabazón de burocracia y estructuras, es difícil desarmarlos. El sistema sinagogal estaba establecido como verdad de fe, con una legislación adecuada, con un funcionamiento acorde, sin alteraciones. La crítica de Jesús desestabiliza el sistema, porque más allá del choque frontal que pudiesen significar las acciones del Maestro, hay un alto grado de relativización de las instituciones básicas, como puede ser el sábado o la pureza legal. Jesús relativiza todo en relación al Reino de Dios, porque es Dios lo único absoluto. Esto lo lleva a poner en tela de juicio tradiciones, formas, maneras, teologías. No es Jesús un rebelde sin causa, un caprichoso, sino un profeta, como Él mismo se identifica en este pasaje. Y el profeta es aquel que habla en nombre de otro, en este caso, en nombre del Gran Otro, el Padre.

El misionero también está llamado a la crítica de los sistemas. Pero como Jesús, no se trata de rebelarse porque sí o por antojo, sino por convencimiento de lo absoluto del Reino. Si algo no se condice con el Evangelio, entonces la misión tiene la obligación de hacerlo notar, aunque eso signifique un choque frontal, aunque eso signifique la excomunión. En el caso de Jesús, ser excomulgado del sistema sinagogal era la señal clara de que estaba totalmente identificado con los impuros, y por lo tanto, también se trataba de la señal clara con que asumía su mensaje. En su prédica, el Reino es de los pequeños, de los pobres, de los enfermos, de los endemoniados, de los oprimidos, de los marginales. En la práctica, Jesús se convierte en marginal. Ese modelo de anonadamiento del Cristo es figura a seguir por el misionero. No es posible negociar ante la absolutidad del Reino, porque sería negociar el Evangelio, y las Buenas Noticias tergiversadas dejan de ser buenas noticias. Se trata, en una mirada positiva, de ser leales al mensaje, no precisamente de ser contestatarios. La lealtad a la voluntad de Dios, indefectiblemente, nos hará contestatarios, pero no al revés.

Aquí aparece uno de los posibles medidores de la evangelización, si es que existe alguno confiable. Se trata del grado de desestabilización de los sistemas opresores. Cuando nuestro anuncio no provoca nada, cuando no llega al meollo de las situaciones, cuando las estructuras continúan igual por intereses privados, sectarios o burgueses, nuestro anuncio difícilmente sea al estilo de Jesús. La desestabilización de los sistemas es una característica del Evangelio, y sobre todo, una desestabilización que se gesta en lo insignificante, frente a la potencia de los Imperios. Es el carpintero de Nazareth, el hijo de la humilde María, quien pone en tela de juicio a toda la red de sinagogas y al Templo de Jerusalén capital. Es el Reino de los márgenes de Palestina el que perturba el centro cultual judío. La misión, en su pequeñez, confronta, provoca, y eso la hace kerygma. El Evangelio es una crítica a los grandes sistemas suntuosos y seguros de sí mismos, es el mensaje anti-imperial, es la única y verdadera noticia que se opone al pesimismo de los heraldos de las grandes corporaciones. Hoy, la misión tiene la obligación de denunciar a los imperios que subsisten como países, pero más aún, aquellos imperios comerciales, dominados por el lucro, por un manejo del mercado que hace de los pobres, más pobres, de los países relegados, más relegaciones. Tiene la obligación de denunciar la religión transnacional de la guerra, que justifica la masacre de tantos en nombre de algún dios totalmente opuesto al de Jesucristo. Tiene la obligación de plantarse frente a los Estados que protegen el narcotráfico por el ingreso anual que les reditúa. Tiene la obligación de hacerse marginal y no negociar con los intereses de moda.

Esa misión de desestabilización de los sistemas, sólo será productiva si la misión incluye la crítica al sistema propio, a las sinagogas que hemos creado con el tiempo, a las nuevas leyes de pureza y los nuevos sábados. Si creemos en la capacidad de desestabilización del Evangelio, debemos asumir que su mensaje es una crítica constante a nuestras vidas, a nuestra pastoral, a nuestra forma de ser institución. Una crítica constructiva, una crítica del Reino, pero crítica al fin. Y como tal, no asumirla es volver absoluto algo que no lo es. ¿Somos capaces de criticarnos? ¿Somos lo suficientemente libres para reconocer aquello que el Evangelio nos invita a cambiar? ¿Es nuestra Iglesia capaz de modificar todo lo relativo y accesorio que hay en Ella? La misión hacia fuera se hace efectiva cuando, hacia dentro, nos anunciamos el mismo mensaje y nos hacemos sensible a él. El Evangelio de la desestabilización no es sólo para los alejados. También a los de aquí cerca nos interpela.

Quinto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B – Mc. 1, 29-39


Cuando salió de la sinagoga se fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre; y le hablan de ella. Se acercó y, tomándola de la mano, la levantó. La fiebre la dejó y ella se puso a servirles.
Al atardecer, a la puesta del sol, le trajeron todos los enfermos y endemoniados; la ciudad entera estaba agolpada a la puerta. Jesús curó a muchos que se encontraban mal de diversas enfermedades y expulsó muchos demonios. Y no dejaba hablar a los demonios, pues le conocían.
De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración. Simón y sus compañeros fueron en su busca; al encontrarle, le dicen: «Todos te buscan». Él les dice: «Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique; pues para eso he salido». Y recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios.
(Mc. 1, 29-39)

Llegamos en el pasaje evangélico del día al final del ajetreado día que Jesús comenzó en Mc. 1, 21. Tras asistir a la sinagoga y exorcizar al endemoniado, el Maestro con sus discípulos va hasta la casa de Simón y Andrés, donde cura a la suegra de Simón, y al atardecer recibe una gran cantidad de enfermos y endemoniados. De madrugada, se levanta para orar y, finalmente, decide salir a recorrer Galilea para predicar y exorcizar. Estamos, sin dudas, ante un día agotador, que no sólo significó mucho movimiento externo, sino también interno, porque la travesía de sinagoga-casa-puerta-soledad-misión se completa con las fuertes sensaciones producto de los hechos, del incidente dentro del lugar cultual, de haber tocado a una mujer y en sábado, de la necesidad de la población que se agolpa buscando liberación, buscando salvación, de la intimidad con el Padre, del impulso de salir. El día de Jesús es un día al servicio del Reino, relativizando todo lo que sucede. Para el Reino es más importante liberar a un hombre que respetar las reglas del sábado, es más importante limpiar la sinagoga de espíritus inmundos que mantener un status quo simulado de alabanza; para el Reino una mujer puede ser tocada, porque tiene la misma dignidad que el hombre, y tiene el mismo derecho a ser sanada, a pesar de ser la última en la escala social, a pesar de ser una suegra viviendo en la casa del yerno; para el Reino son importantes las personas aquejadas, disminuidas, oprimidas, y es importante dar una respuesta a la miseria humana que clama por un cuidado, por respeto, por amor; para el Reino la oración es la fuente de las actividades, el sitio intrínseco de encuentro con Dios para discernir, para repasar, para evaluar, para mirar hacia atrás y hacia delante; para el Reino la misión es primordial, antes que quedarse instalados en el éxito, antes que aprovechar la fama, siempre primero está la misión y sus características de éxodo, de movilidad, de abandono y desprendimiento.

El día se sucede en etapas, bien marcadas y diferencias, o más bien podríamos decir que se sucede en espacios, claros, delimitados, concisos, que es posible distinguir. Esta sucesión de ámbitos no está ubicada al azar, así como tampoco la idea del día de Jesús. Marcos ha agrupado, seguramente, los sucesos que narra, en vistas a dar un panorama de lo que será la actividad pública del Maestro. Como ya hizo con el principio de su Evangelio, desde Mc. 1, 1 a Mc. 1, 13, donde el panorama es sobre la identidad de Jesús; ahora hallamos un nuevo paisaje sobre la actividad y mensaje de Jesús (desde Mc. 1, 21 a Mc. 1, 39). Los restantes capítulos del texto marquiano se encargarán de ir develando con mayor detalle quién es Jesús y cuál es su mensaje, pero por lo pronto, nos introducimos en esos planteos. Veamos, entonces, los espacios de este primer día:

- La sinagoga (Mc. 1, 21-28): era el lugar de culto judío, y también lugar de aprendizaje, escuela en la fe. Los sábados y los días festivos, a veces algunos días de ayuno, los vecinos a la casa donde funcionaba la sinagoga se reunían para el oficio que constaba de oraciones, lectura de las Escrituras y prédica. Aparentemente, la sinagoga a la manera de institución surgió en el exilio de Israel en Babilonia; como el Templo estaba destruido, la necesidad natural de reunirse para celebrar la fe se canalizó en estos pequeños templos que fueron sólo cultuales al principio, y luego ampliaron su función a la enseñanza de la Ley. Para la época de Jesús, con un amplio número de sinagogas bajo el dominio fariseo, ésta era signo de opresión religiosa. El nacimiento de la institución en el destierro tenía un fin noble, el objetivo de ser ámbito de reunión para mantener el patrimonio de la fe. Años después, la institución se institucionalizó tanto al punto de convertirse en púlpito para dictaminar legislaciones humanas, para manejar el comercio con Dios, para predicar doctrinas e ideologías de hombre. La sinagoga y, por consiguiente, el sábado, terminaron esclavizando al israelita, que ya no cultivaba la fe allí, más bien recibía ordenamientos sobre lo que se debe hacer para ser querido por Dios. A ese ámbito arriba Jesús y su mensaje, con autoridad y liberación, justamente las antítesis de lo que ocurría. La autoridad de Jesús se opone a la enseñanza rebuscada y errónea de los escribas y fariseos; la liberación se opone al aparato opresor religioso. Jesús, en cierto sentido, exorcizó la sinagoga y enseñó la Verdad en una escuela que enseñaba mentiras.

- La casa (Mc. 1, 29-31): la casa es, en gran parte del lenguaje del Nuevo Testamento, lo opuesto a la sinagoga, y eso es fruto de las primeras comunidades cristianas, que expulsadas de los ámbitos cultuales judíos no tuvieron más opción que reunirse en las moradas de las familias. El proceso aparece muy similar al de formación de las sinagogas en el destierro israelita en Babilonia, y si viajamos en el tiempo, observamos cómo la casa se transformó en la parroquia, institucionalizándose aquello que surgió como necesidad de reunión para celebrar la fe. Así se crea la pareja de opuestos sinagoga-casa en los albores del cristianismo. Marcos es sensible a esta realidad y no deja de remarcarla. En este día de Jesús, por ejemplo, el movimiento es notorio, abandonando la sinagoga, tras exorcizarla, para introducirse a la casa de Simón. La casa, al contrario de lo que esperaríamos, no está limpia, no está exenta de necesidades; allí yace la suegra de Simón con fiebre, enferma, poseída por la enfermedad, necesitada de la mano amorosa del Maestro. Jesús la sana y la levanta. El verbo levantar es el utilizado para hablar de resucitar, lo que quiere decir que la curación de la suegra es, en símbolo, una resurrección, con lo que de allí se desprende: una nueva vida, un renacer, una pascua, un paso a una nueva forma de existencia. En el interior de la casa sucede la curación/resurrección, y la curada/resucitada se pone a servir. En el interior de la casa sucede en resumen el proceso discipular de encuentro con Jesucristo, curación/resurrección/conversión, actitud de servicio. Al contrario de las últimas reacciones en la sinagoga, que todos quedan pasmados y nadie hace nada, la suegra de Simón se pone a servir en la casa, se pone en movimiento, en acción. La casa es ámbito de descubrimiento de la resurrección y ámbito de servicio; no es un lugar limpio, sin opresiones, pero sí es un lugar abierto a la acción transformante de Jesús.

- La puerta de la casa (Mc. 1, 32-34): Jesús no permanece quieto mucho tiempo, no es fácil de domar. Al atardecer, cuando culmina el sábado judío y comienza, religiosamente, el tiempo del domingo, la ansiedad por el taumaturgo se desborda, y una multitud acude a la casa trayendo sus miserias que necesitan ser sanadas y exorcizadas. Marcos nombra la puerta como sitio de este momento. No queda claro si de a uno iban ingresando a la casa para ser atendidos por Jesús o si Jesús mismo, en la puerta de la casa, los atendía. Es muy probable que, debido a la cantidad de personas presentes, el Maestro saliese a la explanada frente a la casa para responder a tamaña demanda. La puerta es la bisagra de contacto entre el interior y el exterior, simbólicamente, entre la Iglesia y el mundo. No ha sido posible instalar a Jesús dentro, con Simón, Andrés y la suegra; Él se asoma a la puerta y descubre al mundo que clama amor, que clama sanación, que quiere ser liberado de los demonios que lo aquejan. Abrir la puerta es una tarea difícil, es contactar lo supuestamente sagrado con lo supuestamente profano, es contaminar la casa. Jesús se ha movilizado de la sinagoga endemoniada a la casa enferma que ya es casa de servicio, pero aún resta el mundo, agolpado a la puerta de la casa/Iglesia, llorando y gimiendo, solicitando la presencia de Aquel que libera. Jesús está cómodo en la casa, está a gusto con discípulos y conocidos, pero gana su corazón el bien de los desgraciados.

- Lugar solitario (Mc. 1, 35-37): no es inhabitual en Jesús retirarse a la soledad para orar y descansar (cf. Mc. 1, 12; 6, 31; 6, 46-47). La soledad, en la imagen bíblica del desierto, es lugar de encuentro en intimidad con Dios. Es clásica la cita del profeta Oseas: “Voy a llevarla al desierto y le hablaré al corazón” (Os. 2, 16). En este día de Jesús, el lugar desierto es un alto en el camino que venía a toda marcha, una detención a la actividad continuada que comenzó en la sinagoga y alcanzó su ápice en la puerta de la casa de Simón. Ahora Jesús, muy temprano, se sumerge en la oración, quizás repasando lo vivido, quizás discerniendo los siguientes pasos. Este es el segundo “desierto” de Jesús en Marcos; el primero fue tras el bautismo, y desembocó en el comienzo de su actividad pública; éste es tras sus primeras curaciones y exorcismos, y desembocará en la salida por Galilea. El lugar solitario encadena las realidades de la vida, une lo pasado con el futuro, mira con la mirada de Dios para proyectar proféticamente. Jesús no da pasos sin la comunión con el Padre, no camina bajo instintos o impulsos desenfrenados. Jesús está en sintonía con la Voluntad de Dios, y por eso la oración se ubica en su ministerio como oasis en medio de corridas y en medio de la gente. No se trata de un oasis desprendido de la realidad, sino lo contrario, un oasis encarnado que repercute fielmente en la vida del Maestro. La oración de Jesús no es palabrería ni momento pseudo-místico ni relajación de la nueva era. La oración de Jesús atraviesa las barreras del intimismo para expresarse en el hacer.

- Toda Galilea (Mc. 1, 38-39): el espacio final de este día de Jesús, que abarcará en realidad los próximos días, es la provincia de Galilea, su provincia natal. Galilea, tras el destierro de Babilonia, resultó en un territorio de mezcolanza entre hebreos, fenicios y griegos, determinando la fusión de elementos propiamente judíos con otras culturas. Por esta razón los habitantes de Judea miraban con desprecio a los galileos, ya que no habían conservado la pureza de la raza, sino que vivían en una tierra habitada por gentiles, una tierra contaminada. Aún así, el desprecio hacia los galileos no era tanto como el desprecio por los samaritanos, y los primeros gozaban todavía de una cierta pertenencia al pueblo elegido, en segunda categoría, pero pertenencia al fin. Para el historiador Flavio Josefo, la provincia tenía tres millones de habitantes, pero resulta una cifra netamente inflada. A ese gigantesco pueblo de agricultores y trabajadores manuales se dirigió el Maestro, o sea, a los últimos y olvidados de Israel, a los despreciados, a los más pobres, a los sin educación. Tras el ámbito de oración, Jesús determina su salida misionera. Aún resta caminar un trecho para la apertura a los gentiles, por fuera de los límites de Galilea y Judea, pero esta primera salida es marca registrada de lo itinerante de Jesús, que no es contenido en la sinagoga (centro de referencia cultual) y va hasta la casa (espacio de vida en común), donde tampoco es retenido, saliendo a la puerta (espacio de contacto con el mundo), que también le queda pequeña, saliendo a toda la Galilea (espacio real donde transcurre la vida de los hombres y mujeres). El progreso de los ambientes se efectúa en dos líneas: cada vez más abierto y cada vez más universal. En la extensa Galilea, lejos queda el hermetismo de la sinagoga y del sábado, lejos queda el elitismo de escribas y fariseos, lejos quedan las legislaciones que intentan dominarlo todo. En la extensa Galilea sucede la vida, el trabajo, las alegrías y las tristezas, las muertes y los nacimientos, la rudeza de la tierra y la pesca del lago, los sembrados, los niños jugando, los contratos, la cobra de impuestos, el amanecer y el atardecer. Jesús no puede ser contenido porque su religión no es de los interiores, sino del camino.

La religión misionera es, sin dudas, del camino. No hay templo ni casa ni puerta que contenga la evangelización, porque la misma se realiza afuera, en la Galilea del mundo actual, donde los hombres y las mujeres pasan el alto porcentaje de sus existencias, donde los signos de Dios están, pero la ceguera no deja verlos. Un misionero encerrado da que pensar, porque no está en su ámbito, no está viviendo la radicalidad itinerante del Maestro que trazó una línea de unión impensable entre la sinagoga y el pueblo, que unió las realidades desunidas por el hombre. Los caminos esperan la misión, están abarrotados de enfermos y endemoniados, cargados de sufrimientos, ávidos de salvación. ¿Quién les llevará la Buena Noticia? ¿Quién abrirá la puerta de la casa/Iglesia para recibirlos en la explanada y contenerlos? Hemos sido sanados/resucitados para servir, como la suegra de Pedro, pero no sólo dentro de la comodidad del hogar, no sólo quitando las telarañas de los candelabros del templo, no sólo lavando los manteles del altar. El servicio se vive dentro y fuera de la casa, el servicio se expande al mundo, cruza el umbral, abraza a los desgraciados que esperan una liberación.

Misión y servicio, kerygma y diakonía, inseparables. El anuncio de la Buena Noticia que no se acompaña de la promoción humana no está anunciando novedades buenas, no es más que un mensaje vacío, o en el peor de los casos, un opio que ensordece los sentidos de los que lo escuchan, haciéndoles creer en un Dios que apaña la injusticia porque el sufrimiento es una ofrenda agradable. ¿Cómo anunciar al Dios que no quiere sufrimiento? Sirviendo para disminuirlo. La Buena Noticia ha venido a liberar, el Reino es justicia, es la salvación que debiese expresarse en un orden más igualitario. Hacer el recorrido del día de Jesús es volverse más abiertos y más universales, es hacer la misión uniendo, amando, sirviendo, es discernir los pasos en la oración, hacer la Voluntad del Padre. Jesús predicó y expulsó demonios, anunció y sirvió, kerygma y diakonía. ¿Estamos lejos de eso? ¿De qué se trata nuestra misión? Quizás, nos ha ocurrido el estancamiento, quizás las puertas de la casa/Iglesia se han cerrado demasiado y afuera, en los caminos, siguen los enfermos y endemoniados esperando sanación y exorcismo.