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Cuando Jesús no fundó ninguna religión / Quinto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B – Mc. 1, 29-39 / 05.02.12

29 Cuando salió de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. 30 La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron de inmediato. 31 El se acercó, la tomó de la mano y la hizo levantar. Entonces ella no tuvo más fiebre y se puso a servirlos.

32 Al atardecer, después de ponerse el sol, le llevaron a todos los enfermos y endemoniados, 33 y la ciudad entera se reunió delante de la puerta. 34 Jesús curó a muchos enfermos, que sufrían de diversos males, y expulsó a muchos demonios; pero a estos no los dejaba hablar, porque sabían quién era él.

35 Por la mañana, antes que amaneciera, Jesús se levantó, salió y fue a un lugar desierto; allí estuvo orando. 36 Simón salió a buscarlo con sus compañeros, 37 y cuando lo encontraron, le dijeron: “Todos te andan buscando”. 38 El les respondió: “Vayamos a otra parte, a predicar también en las poblaciones vecinas, porque para eso he salido”. 39 Y fue predicando en las sinagogas de toda la Galilea y expulsando demonios. (Mc. 1, 29-39)

 

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En este momento, el Evangelio según Marcos recuerda la casa. Los cristianos que oyen este relato de Jesús ya saben que la Iglesia está fuertemente asociada a la casa, porque ellos mismos se reúnen en casas familiares para celebrar al Resucitado. Saben, también, que Jesús estuvo en una casa, entre amigos, la víspera de su pasión, y por supuesto, entienden que la casa tiene un simbolismo fuerte de oposición a la sinagoga. Mientras esta se demarca como lugar sagrado, la casa es sitio profano donde sucede la vida que transforma el Reino. En realidad, siendo estrictos, suponemos que las sinagogas nacieron, germinalmente, como reuniones en casas judías, probablemente durante el destierro en Babilonia. Pero la historia fue cambiando lo profano en sacralidad, lo cotidiano en grados de pureza. Y con la casa cristiana sucede lo mismo. Ha nacido, germinalmente, como espacio común de manifestación sencilla del Reino, pero la historia la va transformando en sitio de culto intocable, inaccesible. Un día, aunque Marcos no lo sepa, esas casas serán los templos parroquiales. El camino de la sinagoga parece ser el camino de la casa, repetido. Marcos, intuitivamente, nos recuerda el significado profundo de la casa, para evitar futuras desviaciones.

En esta escena precisa, vamos a la casa de Simón y Andrés, donde vive también, entre otros, la suegra de Simón. Por la composición literaria, podemos suponer que Jesús, Santiago y Juan vienen de la sinagoga y los otros dos hermanos los están esperando en su casa. Algunos biblistas han sugerido que ese dato, históricamente, puede significar un llamado de atención sobre los judaísmos alternativos. Simón y Andrés podrían no haber participado del culto sinagogal el día sábado, ya sea por descontento con la sinagoga o por indiferencia. Lo cierto es que la adhesión a ese modo de vivir la fe israelita no era unánime en el pueblo.

 

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La presencia de la suegra en la casa de Simón y Andrés tiene, al menos, dos explicaciones. O es la casa de la suegra, en primer lugar, y Simón y Andrés se han mudado allí, por razones del mismo matrimonio de Simón. O es la casa de Simón y Andrés, y la suegra ha venido a vivir allí porque es viuda y no tiene hijos varones vivos, lo que la convierte en desprotegida total (una mujer sin varón de referencia, en la época de Jesús, es un ser humano sin nada). El texto, específicamente, la nombra como propiedad de Simón y Andrés. Si nos atenemos a esta opción, la suegra es la última de las últimas en Israel. Su condición de mujer, desprotegida, sin varones de parentesco directo que la sostengan, la hace netamente vulnerable.

A esto tenemos que añadir su estado febril. Para la época y la cultura, la fiebre no era un síntoma, sino una enfermedad en sí misma, una entidad nosológica que tenía su cierta gravedad. En esta escena, la afiebrada está postrada; en su postración está inhabilitada, presa de una situación. No puede seguir con su vida, no puede hacer cosas por los demás, no puede ponerse en camino. Ha perdido decisión sobre su cuerpo a causa de la enfermedad, y metafóricamente, la enfermedad está haciendo lo que hacen los varones sobre las mujeres: tomando el control de su existencia, destinándola a una posición pasiva. Entre el endemoniado de la sinagoga y la postrada de la casa hay un vínculo de conexión: no pueden hacer lo que quieren, no pueden ser libres en plenitud.

 

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Para este milagro, Jesús no utiliza palabras. Basta con acercarse, tomarla de la mano y levantarla. Las acciones, en concreto, restauran la salud de la suegra. Es otra modalidad curativa. En el exorcismo de la sinagoga de Cafarnaún habló terminantemente, y su palabra expulsó a los demonios. Aquí hay un acercamiento, una aproximación, y un contacto con una mujer. Para el judaísmo de ese tiempo significa trasgresión. Sin embargo, es una trasgresión que salva. Gracias a ese contacto prohibido, la mujer vuelve a tener control sobre su vida. Y su decisión ante esa libertad nueva y novedosa es ponerse a servir. Aunque inmediatamente pensemos en servidumbre, en que se levantó de la cama para atender las cosas de la casa, preparar la comida, limpiar y barrer, en realidad tenemos que referirnos al servicio del discipulado, a la diafonía (en griego). En el camino a Jerusalén, como enseñanza profunda y central, Jesús les dirá a sus seguidores que la hermenéutica de fondo es el servicio: es grande y primero entre los demás el que sirve, así como el Hijo del Hombre vino a servir (cf. Mc. 10, 43-45). La suegra de Simón, encontrada por Jesús y levantada por Él, ingresa de lleno al servicio discipular. No ha sido curada para ser esclavizada (servir a los varones), sino para practicar el servicio desde el amor al otro.

Es interesante que el verbo levantar utilizado en este caso en el original griego (egeiro) es el mismo verbo que se utiliza junto a anistemi para relatar el hecho de la resurrección en el Nuevo Testamento. Jesús ha sido levantado/resucitado y, de alguna manera, la suegra de Simón también ha sido levantada/resucitada. Porque, en definitiva, el encuentro con Jesús significa una resurrección de la propia existencia, una transformación de los estados de muerte humana en vida de Dios.

Con un pequeño relato de milagro, quizás el más breve de todos, Marcos catequiza sobre el discipulado. La clave es el servicio. La suegra de Simón es la mujer discípula que, encontrada con el Maestro, resucitada/levantada de su estado de opresión, se vuelve libre para servir. Este es el modelo de la casa/Iglesia, que no puede ser un lugar donde las mujeres son servidumbre de los varones; en realidad, donde nadie es servidumbre de nadie. En un plano de igualdad, la casa/Iglesia sirve porque ama libremente en el servicio, no por imposición. Aquellos cristianos que quieren adjudicarse los primeros lugares, relegando a los demás a situación de minoridad, tienen su horizonte en la suegra de Simón, que no habla mucho ni hace demasiados discursos, pero sirviendo es discípula concreta.

 

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Este versículo cambia el tiempo y el lugar. Marcos recalca: es el atardecer, cuando el sol ya se puso. Se delimita así la finalización del sábado sagrado según la cronología judía, que ha dado inicio al sabbát el viernes al atardecer. Con el sábado finalizado, la gente sale de sus hogares y aprovecha el final de las prohibiciones del descanso para acercarse con sus dolencias a Jesús. Todos los enfermos y endemoniados vienen hasta Jesús. La expresión es exagerada, pero simboliza la expansión del Evangelio que inunda Cafarnaún e inundará Galilea. Sin demasiada actividad misionera ni proselitista, Palestina se va enterando de la Buena Noticia de Dios. Marcos sabe que este mensaje del Reino tiene su propio peso y recorre las aldeas (recorre el mundo) con su impulso vital. Todos se congregan y muchos (no todos, según el versículo 34) son curados y exorcizados. No es una cuestión de cantidad, sino de muchedumbre. El Evangelio es Buena Noticia enorme, que llega al pueblo en su totalidad, que lo recorre.

La situación cronológica recuerda la mañana de la tumba vacía, cuando Marcos recalca que ya había pasado el sábado y las mujeres fueron al sepulcro. Cuando el sábado queda atrás, queda atrás la legislación de la pureza/impureza y la religión opresora. No queda atrás el judaísmo (Jesús es un judío resucitado), sino la perversión de la religión. El cristianismo también debe dejar el sábado atrás para vivir la resurrección, para sanar a los enfermos y expulsar a los espíritus inmundos.

 

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Los comentaristas se dividen en torno al lugar que ocupa esta puerta mencionada. Para un grupo se trata de la puerta de la casa de Simón, donde llegaría la muchedumbre buscando al taumaturgo de moda. Para otro, la puerta es el pórtico de entrada a la ciudad, lugar común de reuniones públicas, como si se tratase de una plaza. En las puertas de las ciudades se realizaban transacciones comerciales y se resolvían litigios mediante la mediación de escribas. La expresión sobre la ciudad entera parece exagerada, pero responde a este estilo literario marcano que quiere dejar en claro la fama de Jesús.

Si se tratase de la casa de Simón, estamos ante la posibilidad (quizás vislumbrada por él) de formar una comunidad paralela. Más adelante, cuando Simón y los otros buscan a Jesús, parece que lo hacen justamente para explotar su fama y crear una religión nueva. Por otro lado, si es la puerta de la ciudad, el autor nos estaría presentando a Jesús es un ámbito netamente público. La secuencia sería el paso de lo religioso estrictamente (la sinagoga) a lo privado familiar (casa) a lo público (puerta de la ciudad). De esta manera, todos los ámbitos son recorridos por Jesús, quien trae a cada uno de ellos liberación mediante curaciones y exorcismos. Porque todos los ámbitos humanos necesitan ser curados y exorcizados para servir mejor al ser humano.

 

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La autoridad de Jesús, que se manifestó en la sinagoga con una doctrina nueva y novedosa, con palabras liberadoras, ahora se manifiesta con curaciones y exorcismos. Queda completo el esquema de predicación del Evangelio: palabra, sanación y expulsión de demonios. Además, reaparece el tópico del secreto mesiánico dirigido a los demonios. Ellos le conocen y Jesús les impide hablar. No es necesario escuchar lo que dicen los espíritus inmundos, que tienen palabras de confusión, aún diciendo la verdad. Lo que importa es la palabra de Jesús y sus actos.

 

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Nuevamente, Marcos cambia de tiempo y recalca con repeticiones: es muy de mañana (madrugada), antes del amanecer. Jesús se levanta antes que todos para comenzar el día. No es un madrugador, sino alguien que está; está siempre y está antes que los discípulos. Es el que precede a los otros, el de la iniciativa, el que está delante. En este caso, madruga para ir a un lugar desierto a orar. Si bien Marcos no tiene un hincapié definido en el tema de la oración de Jesús, tampoco es algo que no tenga relevancia para su Evangelio. En Marcos, la oración en los lugares desiertos parece relacionarse también con el descanso, como es el ejemplo de la primera multiplicación de los panes, tras la cual lo hace (cf. Mc. 6, 46).

Pero además del descanso, el desierto es una bisagra para el cambio de rumbo, para la proyección posterior. Tras el bautismo en el Jordán, Jesús es impulsado por el Espíritu al desierto (cf. Mc. 1, 12), y desde allí iniciará su misión de proclamación del tiempo cumplido. Tras la primera multiplicación de los panes y el retiro al desierto, comenzará un recorrido por las zonas paganas. Ahora, tras este desierto, Marcos nos revelará que la misión continúa en las poblaciones vecinas. El desierto es el espacio de reflexión para expandirse, para ir más allá, para llegar cada vez más lejos. El desierto no es retracción, no es ocultamiento ni ascetismo para fugarse del mundo. En el desierto se medita para salir, de ora para alcanzar al otro, se encuentra con Dios para encontrar al ser humano.

 

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Simón y sus compañeros no salen sólo a buscar a Jesús, sino a perseguirlo, si nos atenemos a una traducción más literal del verbo katadioko utilizado por Marcos. Y es que parece haber una segunda intención en Simón, que aparece a la cabeza de sus compañeros. Los otros lo siguen a él. Da la impresión que Jesús se les ha escapado, escabullido. Se levantó antes y se fue. Los discípulos no saben dónde está, no pueden entender. Y salen a buscarlo, a rastrearlo.

 

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Al encontrar a Jesús entendemos por qué lo perseguían: todo el pueblo lo está buscando. Los discípulos quieren llevarlo de nuevo a la puerta para que cure y exorcice. Según Simón, el lugar de Jesús está en la puerta, instaurando un nuevo sistema de culto, una nueva modalidad religiosa. Es un taumaturgo exitoso y debería dedicarse a eso. Todos lo buscan, o sea que ha surtido efecto. No tendría sentido desperdiciar tanta atención lograda. Aquí parece estar la segunda intención de Simón: fundar una nueva religión, una pequeño emprendimiento de milagrería.

 

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Pero Jesús, que ha estado orando tranquilo, propone ir a otras poblaciones, recorrer los caminos, no quedarse quieto, no estancarse. Los discípulos no han comprendido la dinámica del Reino. Quieren quedarse donde están, en la comodidad del éxito. Como sucede en Marcos, característicamente, Jesús y sus discípulos parecen estar en sintonías diferentes. ¿Qué tipo de movimiento es este cristianismo, entonces? ¿Es el movimiento que quiere Simón, en la puerta, organizado para milagros? ¿O es un real movimiento, una comunidad que se deja llevar por el Espíritu? La pregunta vale para la Iglesia de Marcos. ¿Cómo superar la tentación de quedarse quieto? ¿Cómo seguir moviéndose en un ambiente hostil, de persecución?

Jesús dice que ha salido para eso: para predicar en las poblaciones vecinas. ¿De dónde ha salido? Algunos biblistas creen que esto es una referencia a la salida del seno de Dios, es expresión cristológica. Otros creen que la expresión es hacia la salida de Nazaret, de su pequeña aldea, para recorrer Galilea. Ya sea en línea histórica o en línea teológica, el sentido es el desplazamiento y el recorrido. Una Iglesia sin ese movimiento pierde su esencia. Marcos teme que su comunidad se polarice entre partidarios de lo itinerante y partidarios de la instalación fija, entre el camino y la casa. Por eso ambos espacios aparecen combinados en todo su libro, y aquí lo ha demostrado yuxtaponiendo la casa de Simón y el impulso de salir por la Galilea. No hay una Iglesia de la casa y una Iglesia del camino, sino una Iglesia que es casa-y-camino.

 

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Se concreta en un resumen la actividad de Jesús. No se ha dejado convencer por Simón. Todas las sinagogas de Galilea lo van recibiendo, y los demonios van siendo expulsados. Queda, así, el episodio de la sinagoga de Cafarnaún como paradigmático de la toda la actividad sinagogal de Jesús. El sistema religioso necesita ser exorcizado. Todos los sistemas religiosos lo necesitan; no sólo el judaísmo que le ha tocado a Jesús.

El Reino de Dios no se parece a ninguna religión / Vigésimosexto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 21, 28-32 / 25.09.11

“¿Qué les parece? Un hombre tenía dos hijos y, dirigiéndose al primero, le dijo: Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña. El respondió: No quiero. Pero después se arrepintió y fue. Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo y este le respondió: Voy, Señor, pero no fue. ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?”. “El primero”, le respondieron.

Jesús les dijo: “Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios. En efecto, Juan vino a ustedes por el camino de la justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero ustedes, ni siquiera al ver este ejemplo, se han arrepentido ni han creído en él”. (Mt. 21, 28-32)

La liturgia dominical católica continúa con la imagen de la viña. El capítulo 21 de Mateo ya está situado geográficamente en Jerusalén (cf. Mt. 21, 1). Ha terminado el camino de subida a la ciudad santa, se ha terminado la Galilea de los gentiles, los días pasados a orillas del Mar, las casas de los amigos y el clima campesino. Jesús ha ingresado a la ciudad capital para no volver a salir de allí. Es la ciudad que mata los profetas, el monte del Templo, la sede de los sumos sacerdotes y los ancianos de Israel. Jerusalén es, en términos socio-económicos, la sede del poder. Como cualquier capital del mundo, es un punto neurálgico donde se reúnen los poderosos para decidir el futuro de miles de personas. En unos pocos residentes de la ciudad cabecera descansa el destino del campesinado, de la clase trabajadora, de los pobres y de los mendigos. Jesús lo sabe, no es ingenuo. Ha subido a Jerusalén sabiendo que sube a la cuna del poder, desde donde se digita la política que afecta al pueblo, desde donde enviaron espías para enterarse de sus acciones (cf. Mt. 15, 1). Jerusalén ha estado teñida por la sombra desde el inicio del Evangelio según Mateo. Es desde Jerusalén que el rey Herodes se opone al pequeño nacido que podría ser el Mesías (cf. Mt. 2, 3), y los anuncios de la pasión repiten incesantemente que en Jerusalén debe morir Jesús (cf. Mt. 16, 21; Mt. 20, 17-18). Mateo, literariamente, conecta la Jerusalén de Herodes que quiere matar al pequeño nacido con la Jerusalén del Jesús adulto que entra triunfal y mesiánico. En Mt. 2, 3 se dice que Jerusalén se alborotó (tarasso) con la noticia del nacimiento del Mesías, y en Mt. 21, 10 que Jerusalén tembló (seio) cuando entró este hombre montado en asna. Si bien los verbos son diferentes, la idea es similar: hay movimiento, turbación, preguntas, idas y venidas. Este personaje viene a alterar el estado de las cosas. Altera a Herodes, asustado por la competencia a su trono. Altera a la capital de Judea, por definición superior a Galilea, de donde proviene este campesino con ideas novedosas sobre el Reino de Dios. Los dirigentes de Israel conocen a Jesús. Han enviado espías, están informados sobre su actividad, sobre lo que dice y proclama. Algunos historiadores del Jesús histórico prefieren la opción de un Jesús que es desconocido en Jerusalén, un completo extraño, y que ingresa a la ciudad santa haciéndose conocido de los poderosos por sus últimas acciones dentro de la capital. Otros se inclinan a pensar que los dirigentes conocían a Jesús, al menos vagamente y en lo básico: reúne gente, tiene seguidores más o menos incondicionales, lleva una vida extravagante entre pobres y marginales, tiene una actitud crítica frente a la Ley. A ese Jesús esperan. Ha entrado a Jerusalén. Su actividad ya no está restringida a los poblados y aldeas de Galilea. Ha hecho el camino. Si Jesús no es ingenuo, tampoco lo son los dirigentes: los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos. No cambiará su mensaje por encontrarse en las puertas del Templo. Al contrario, lo más probable es que su mensaje se intensifique.

Mateo ha organizado tres parábolas que parecen dirigirse con especificidad a los dirigentes religiosos. La primera es la que leemos hoy, la segunda es la de los viñadores homicidas (cf. Mt. 12, 33-43) y la tercera es la de los invitados a la boda (cf. Mt. 22, 1-14). En medio de estas parábolas, Mateo recuerda que los sumos sacerdotes y los fariseos se reconocen como destinatarios negativos de las parábolas (cf. Mt. 21, 45) y que deciden detener de una buena vez a Jesús (cf. Mt. 21, 46). De esta manera, el autor plasma la situación del Maestro en Jerusalén. No lo desanimó la gran ciudad, sino que proyectó con fuerza su mensaje. No lo calló la grandeza del Templo ni la presencia más elocuente de los dirigentes. Habló de frente y sin frenos. Las imágenes eran claras para sus oyentes. La viña y el banquete de bodas. En el caso de las dos primeras parábolas, incluida la que leemos hoy, la viña es el símbolo fundamental. En el Antiguo Testamento, Israel es la viña del Señor (cf. Is. 5, l-7; Jer. 12, 10-11; Ez. 19, 10-14; Os. 10, 1). A esa metáfora se agrega la del padre y el hijo, también símbolo veterotestamentario de la relación entre Yahvé e Israel (cf. Dt. 8, 5; Dt. 14, 1; Dt. 32, 6; Sal. 68, 5; Is. 1, 1-9; Os. 11, 1). La traslación parece fácil: Dios envía a unos de sus hijos a trabajar el Reino, o sea, hacerlo concreto en una forma particular de vida; unos hijos le dicen y le perjuran que irán, que concretarán el Reino, que cumplirán la voluntad del Padre, pero en la realidad no lo hacen; otro grupo dice que no abiertamente, rechaza esta idea de trabajar la viña, de hacer el Reino, pero sus acciones dicen lo contrario. Los manuscritos tienen variaciones en el orden de los hijos. Algunas veces está primero el que se niega y otras tantas está primero el que acepta. De todas maneras, el contraste es evidente. Y para los oyentes es fácil darse cuenta. Basta mirar la realidad que los circunda en la misma Jerusalén. Hay religiosos que pagan el diezmo, participan de las actividades cultuales, rezan las veces indicadas para cada día, ayunan, y sin embargo, detrás de ese estereotipado hay un rechazo del meollo del Reino, una desatención de los pobres y excluidos, una inerte tendencia a no cambiar las cosas, no revertir la injusticia. En el otro extremo están los pecadores públicos, los del no rotundo, que no participan en el Templo, no ayunan ni pagan diezmo, llevan profesiones dudosas, y sin embargo han entendido por dónde camina el Reino. El empleo de señor que utiliza el hijo que no va recuerda Mt. 7, 21: “No son los que me dicen: ‘Señor, Señor’, los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo”. La parábola que leemos hoy podría ser, tranquilamente, el apéndice explicatorio de la expresión conservada en el sermón del monte.

Este contrapunto entre el hijo que parece obediente, pero no lo es, y el otro que parece desobediente, pero termina obedeciendo, alcanza su ápice en la declaración final de Jesús. Los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes (fariseos y sumos sacerdotes) al Reino. La declaración tiene un alcance inmediato histórico: Jesús, rodeado de publicanos y prostitutas (cf. Mt. 9, 10-13), come con ellos en símbolo del Reino, y los incorpora plenos al pueblo de Dios, mientras los dirigentes religiosos que rechazan a Jesús y su Evangelio, están rechazando el Reino. El segundo alcance es eclesiológico: Mateo, conservando esta frase jesuánica, le recuerda a su comunidad que en el Reino la prioridad es para los excluidos. Tanto publicanos como prostitutas son marginados sociales. El publicano (telones) es el cobrador de impuestos (aunque la palabra también se utilizaba para los que cobraban entrada en los prostíbulos, de donde puede venir la asociación entre publicanos y prostitutas), individuo poco estimado entre los israelitas porque sirve al Imperio, es empleado de los opresores, y porque para sobrevivir debe añadir al precio del impuesto un agregado que se guarda para él. Los publicanos no eran personas ricas (a diferencia de los jefes publicanos, o architelones, que sí lo eran), sino empleados públicos que ganaban lo que podían juntar de comisión de los impuestos cobrados. A la par, las prostitutas fueron siempre marginadas, por su profesión y por su condición de mujeres. Muchas veces se llamaba prostituta a cualquier mujer que entrase a una comida de varones. Pues bien, estos marginado sociales, considerados desheredados del Reino, ni siquiera hijos de Dios, son puestos como ejemplo por Jesús. Ellos preceden a los religiosos en el Reino, entran antes a la realidad salvífica, entienden y acogen mejor el Evangelio. Los dirigentes religiosos, los que están empecinados en el ayuno, los servicios cultuales, la religión estereotipada hacia fuera, terminan obstaculizando su propia acogida del Reino.

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Hay un peligro en la religión estereotipada, y ese peligro es el obstáculo que el estereotipo causa. La legalidad de la relación con Dios crea un sistema donde los puros son los que cumplen la ley religiosa al pie de la letra, y los demás son impuros. Se forma el grupo de los de adentro y el grupo de los de afuera. Ese sistema es sostenible para religiones basadas en constituciones dogmáticas, pero no para el Evangelio del Reino. El Reino de Dios no se parece a ninguna religión, sino a una comunidad de hijos de Dios. Pero la medida de los hijos es la acogida de los hermanos. Cuando un hijo se cree superior y deshereda por decreto a otro hijo, no se está comportando debidamente. Aún si todos los días va a visitar a su padre para decirle que lo ama y que ama a su hermano. Si en la práctica, el hermano está marginado, ese no es un buen hijo. Con nosotros pasa lo mismo. Nos creemos hijos perfectos y, por lo tanto, con el derecho a excomulgar, a decidir quién puede ser hijo y quién no. Pero resulta que nuestro propio ritual de hijos (nuestra asistencia al culto dominical, nuestras políticas de recepción de los sacramentos, nuestros ayunos de viernes) muchas veces no refleja nuestra vida como hijos. Porque en el templo y a la noche al pie de la cama, todos amamos a los demás, pero en la cotidianeidad, al hermano estigmatizado no le quitamos el estigma.

La Iglesia no puede conformarse con sus hijos justos. Eso lo puede hacer cualquier religión. La religión del Reino es aquella donde los marginados sociales ingresan primero y ocupan los primeros puestos. La Iglesia de Jesús debe ser la Iglesia de los publicanos y las prostitutas. Aunque alimente el escándalo. Si ellos entran primero al Reino, nosotros deberíamos seguirlos.

El reduccionismo de creer que la expresión de Jesús invita a estafar a los demás y prostituirse no puede ser más paupérrimo. El espíritu de la frase de Jesús es la invitación a convertirse en marginado social, convertirse en lo que representa el publicano y la prostituta para el sistema religioso, convertirse en lo que representan los huérfanos que piden monedas en la calle para la sociedad urbanizada, convertirse en lo que representa el homosexual para el oficialismo eclesial, convertirse en lo que representa el trabajador en negro para el sistema capitalista. De eso se trata. De llegar en la misión a una identificación tan patente con los marginados, que con orgullo podamos recibir el desprecio de los que, con la frente en alto, se dicen hijos legítimos de Dios.

Separados o encarnados / Fiesta de Todos los Santos – 1 de noviembre

La palabra que designa la santidad en hebreo es qadosh, cuya raíz está vinculada a cortar, separar. Por eso la primera afirmación es que lo santo es lo separado, lo segregado, lo reservado, en este caso, para Dios. Es santo el templo porque está dedicado a Yahvé, es santo el sacerdote porque está dedicado al culto de Dios. La fuente de esa santidad está en el mismo Señor. Él es tres veces santo (cf. Is. 6, 3), como expresión del superlativo hebreo; o sea, Dios es totalmente Santo, es el más santo de todos. Esta condición intrínseca a la divinidad determina que Dios esté separado de los seres humanos y que no sea manipulable. Separado por la cuestión natural y pragmática de que, por ejemplo, nadie ha visto a Dios; no manipulable porque, en su separación, se vuelve difícil asirlo y moldearlo a voluntad. En esta mirada teológica, lo positivo es que queda bien en claro que a Yahvé no lo puede manejar la magia ni los caprichos humanos; Yahvé es autónomo y lo suficientemente libre para hacer y deshacer. Lo negativo de esta visión es el posible muro que puede levantarse entre lo espiritual y lo material, casi contraponiéndose. Si lo santo está separado, entonces no puede convivir entre lo profano, y si lo hace por razones de fuerza mayor, se debe establecer una reglamentación que permita detener la contaminación.

En muchas oportunidades, cuando Jesús discute con los fariseos, la cuestión es esa: pureza y santidad. El nombre de los fariseos proviene de ferushim, término que, según algunos estudiosos, posee doble acepción: separar y explicar. Separar en el sentido que estamos comentando y explicar por la práctica farisea de comentar la Ley y ser rabinos/maestros. Los fariseos habían elaborado una serie de disposiciones legales que buscaban asegurar la clara separación entre lo puro y lo impuro. Ellos, por supuesto, en su estricta observancia de estas reglas, eran puros. El resto del pueblo, ignorante, siempre caía en la impureza por no respetar alguna de esas reglas. En base a esta separación, se establecía una superioridad farisea. Por ser los auto-designados santos, se encontraban un escalón por encima y miraban con desprecio a los demás. A ellos les dirige Jesús la parábola del fariseo y el publicano en el templo (cf. Lc. 18, 9-14), introduciéndola Lucas con la siguiente oración: “Refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo también esta parábola”. Los que se tenían por justos/santos, creían que los otros eran menos dignos, menos queridos por Dios.

El Evangelio, de punta a punta, busca romper dos concepciones arraigadas en la sociedad judía y, hasta hoy, en nuestras sociedades. La primera es la idea de que para ser santo hay que separarse completamente de lo material. La segunda es que Dios ama más a los justos que a los pecadores. Para Jesús, la santidad está en la encarnación en el mundo material, y particularmente, en el mundo material pobre. Allí se vive la santidad y cobra sentido la condición de tres veces santo de Dios. En medio de los que nada tienen, el amor se experimenta con una gratuidad inusitada, y ese amor gratuito (gracia) nos revela a Dios, debido a que la esencia de lo divino es el amor (cf. 1Jn. 4, 8). Para ser santo hay que acercarse a la fuente de la santidad, y no precisamente desde el aislamiento temeroso de lo profano, sino desde lo profano que ha elegido Dios para revelarse amoroso. Jesús, encarnado en el mundo de los pobres, dice y hace cosas que demuestran a su Padre. Jesús, encarnado, se hace uno con el pobre, ofreciendo a cualquier ser humano en cualquier época en cualquier parte del mundo, la posibilidad de contactar íntimamente con Él al dar alimento, vestimenta, hospedaje, alivio o visita a un pobre, tal como sentencia “cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt. 25, 40). Allí está el meollo de la evangelización, entendida desde la definición que da Jesús de su propia misión: “El Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido” (Lc. 19, 10), porque “no son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos” (Lc. 5, 31). Dios ama a todos por igual, y por eso se esmera en llegar a los que las Iglesias consideran menos santos; la evangelización es buscar lo perdido, no conformarse con lo encontrado.

La Fiesta de Todos los Santos debiese ser la oportunidad de encontrar modelos de santidad en los profetas encarnados de nuestros tiempos; aquellos que, anónimamente, dan la vida en medio de los pobres, aunque les cueste la excomunión de la santa iglesia oficial.

Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús – Ciclo B – Jn. 19, 31-37


Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado – porque aquel sábado era muy solemne – rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con él. Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua. El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis. Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: No se le quebrará hueso alguno. Y también otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron. (Jn. 19. 31-37)

La fiesta del Sagrado Corazón es la fiesta del amor de Dios. La referencia al corazón de Dios es antigua en la Iglesia, de los tiempos patrísticos, pero será alrededor de 1675 cuando comience a tomar forma la idea de una fiesta particular al respecto. En aquella época, la monja Margarita María Alacoque, en Francia, refirió tener una serie de visiones en las que Cristo le había pedido la institución de la fiesta del Sagrado Corazón. Pero recién en 1856, el Papa Pío IX hizo la celebración extensiva a toda la Iglesia.

Esta referencia al corazón de Dios, de bases bíblicas veterotestamentarias y neotestamentarias, de tradición patrística, parece que fue en un principio referencia directa al costado abierto de Jesús en la cruz. Luego, por extensión, el costado se asoció al corazón, y hoy, en la fiesta del Sagrado Corazón, leemos el pasaje del costado abierto. Esto tiene una relación directa con la fiesta de la divina misericordia, ubicada en el segundo domingo de Pascua desde el año 2000. En la imagen de la divina misericordia, dos haces de luz salen del corazón de Jesús, y según Sor Faustina, esos haces son el agua y la sangre del costado. De esta manera, el corazón sagrado y la divina misericordia son expresiones piadosas del amor de Dios. El corazón sagrado, corazón de Dios, nos remite al amor perfecto, modelo que nos invita a imitar.

La perícopa de hoy forma parte del relato de la pasión según Juan. Se trata de una escena paradójica, capaz de transmitir un mensaje de vida en un contexto de muerte. Para el Evangelio según Juan, la sustitución de lo ritual, y por ende del Templo de Jerusalén, es un tema central. Debemos entender que para las primeras comunidades, nacidas del seno del judaísmo, el problema cultual fue importantísimo. Mientras algunos cristianos proponían continuar con las tradiciones judías, pero en la perspectiva de Jesús, otros presentaban una opción de ruptura total con todo lo referente a esas tradiciones. Los primeros se enfrentaban al desafío de interpretar la manera correcta en que Jesús se relacionó con las instituciones israelitas; para los segundos, el desafío era encontrar en las palabras y acciones de Jesús fuentes de inspiración para el nuevo orden cultual. Con la destrucción del Templo en el año 70 d.C., las cosas se hicieron un poco más claras, debido a la situación forzada. Con la desaparición del Templo, centro capital de la institución religiosa de Israel, los judíos se reorganizaron a partir de las sinagogas, pequeñas casas de reunión sabática y de enseñanza que quedaron casi exclusivamente a cargo de los fariseos, y de donde los cristianos fueron expulsados abiertamente. Esto determinó la obligación de las primeras comunidades de reinterpretar el culto sin Templo a partir de Jesús, y de decidirse definitivamente por la elaboración de un sistema de celebración propio. En este sistema cultual, el bautismo y la eucaristía se erigieron como elementos fundamentales.

El Evangelio según Juan, como ya lo mencionamos, tiene entre sus ejes la sustitución del Templo por la persona de Jesús, respondiendo teológicamente al cuestionamiento de las primeras comunidades sobre la validez de tener celebraciones en paralelo al judaísmo, desde donde proviene el cristianismo y la Revelación misma. Por lo tanto, es posible encontrar en este Evangelio un argumento teológico para el bautismo y la eucaristía. Respecto al bautismo, el autor lo deja en claro en los primeros capítulos, sobre todo en la sección entre Jn. 2, 13 y Jn. 3, 36:

- 2, 13: estaba cerca la Pascua judía. Esta es la primera Pascua de las tres que vive Jesús en el Cuarto Evangelio.

- 2, 14-25: sucede el incidente del Templo, como símbolo fuerte de la llegada de Jesús que viene a suplantar el culto antiguo.

- 3, 1-21: diálogo con Nicodemo. Jesús le explica al magistrado judío que debe renacer para ver el Reino de Dios, pero no como un renacimiento físico, sino desde el agua y el Espíritu.

- 3, 22: Jesús con sus discípulos bautiza.

- 3, 23-36: los discípulos de Juan el Bautista le comentan que Jesús está bautizando allí cerca y que está teniendo mucho éxito, a lo que el Bautista replica dejando en claro que él no era el Cristo, que ha terminado su tiempo y es preciso que disminuya para que crezca la figura de Jesús, que Jesús viene de arriba, de lo alto, y por lo tanto está encima de todo y de todos, que es el Hijo de Dios y el único capaz de derramar Espíritu sin medida.

Un análisis rápido de esta sección nos permite elaborar un esbozo de conclusión respecto al bautismo en la comunidad joánica. En primer lugar, el Templo judío es ya insuficiente, porque la persona del Mesías, Jesús, lo suplanta y supera, haciéndolo inválido. Justamente, esa sustitución sucede durante la fiesta de Pascua, celebración por excelencia de Israel y cumbre del aparato cultual. Con la abolición del Templo, por lo tanto del sistema religioso antiguo, la pertenencia al pueblo elegido sucede ahora por el renacimiento del agua y del Espíritu, renacimiento que es exteriorizado en el sacramento del bautismo, distinto al de Juan el Bautista, que sólo era con agua; el bautismo cristiano implica el derramamiento del Espíritu. De la misma manera, podemos trazar un esbozo de teología de la eucaristía en la sección entre Jn. 6, 4 y Jn. 6, 69:

- 6, 4: estaba cerca la Pascua judía. Esta es la segunda Pascua de las tres que vive Jesús en el Cuarto Evangelio.

- 6, 5-13: multiplicación de los panes. Una multitud es alimentada recostada sobre la hierba, y hasta sobra alimento para llenar doce canastos.

- 6, 14-15: la gente lo quiere convertir en rey por el milagro del alimento y Jesús huye al monte solo.

- 6, 16-21: Jesús camina sobre las aguas hacia la barca de los discípulos zamarreada por la tormenta marítima.

- 6, 22-59: discurso sobre Jesús como el pan vivo bajado del cielo, identificación del pan vivo con la carne de Jesús, exhortación a comer su sangre y beber su sangre para tener vida eterna.

- 6, 60-66: comentarios por el lenguaje duro de Jesús y abandono de algunos discípulos.

- 6, 67-69: confesión de fe de Pedro.

Nuevamente, el marco es la Pascua judía, la cumbre cultual de Israel. La eucaristía se presenta como una comida abierta, al aire libre, donde las multitudes comen a sus anchas, en clara diferencia al Templo, donde hay un altar al que acceden sólo sacerdotes varones. La eucaristía no puede ser considerada sólo como un alimento perecedero, momentáneo, terrenal, y por eso Jesús lo identifica como el pan vivo que baja del cielo, relacionado al maná que alimentó a Israel en el desierto (cf. Ex. 16, 4-35), pero muy superior a él, porque este pan vivo da la vida eterna, y justamente por su valor infinito es que Jesús se niega a ser coronado rey, ya que la gente quiere entronizarlo por lo material, porque puede multiplicar la comida, no porque hace la vida trascendente. Debido a lo radical de la eucaristía, muchos discípulos abandonan al Maestro, pero Pedro, tomando la palabra, declara que no hay otro sitio para irse, no hay otro a quien seguir, ya que la misma Palabra de Jesús es Palabra de vida eterna, y por lo tanto, lo que ha dicho sobre la eucaristía, también es vida eterna.

Como pudimos apreciar, la sustitución del Templo es reorganización cultual de los primeros cristianos, es relectura del Antiguo Testamento y de la vida de Jesús. En la primera Pascua, los ritos israelitas son suprimidos por el bautismo en el Espíritu; en la segunda Pascua, el altar exclusivista del Templo es suprimido por la eucaristía para todos del cuerpo y la sangre de Jesús. En la última Pascua (cf. Jn. 11, 55), del Crucificado traspasado brotan agua y sangre, brota el elemento que purifica y el elemento que es signo de vida, brota el bautismo (agua que lava y que hace renacer) y la eucaristía (sangre que es vida entregada por muchos). El Templo majestuoso, el Templo de la ciudad capital, es sustituido y superado por un condenado a muerte que pende de una cruz. El agua y la sangre que brotan de su costado abierto suplantan el agua de las purificaciones de los sacerdotes y la sangre de los animales ofrecidos en sacrificio. El maldito para la Ley, el acusado por los jefes religiosos, hace de su cuerpo el verdadero templo, el verdadero sacerdote y el verdadero sacrificio.

Podemos remontarnos a la visión de Ezequiel en el capítulo 47 para ampliar nuestro horizonte: “Me llevó a la entrada del templo, y he aquí que debajo del umbral del templo salía agua. El agua bajaba de debajo del lado derecho del templo. El agua había crecido hasta hacerse un agua de pasar a nado, un torrente que no se podía atravesar. Por dondequiera que pase el torrente, todo ser viviente que en él se mueva vivirá. Los peces serán muy abundantes, porque allí donde penetra esta agua lo sanea todo, y la vida prospera en todas partes adonde llega el torrente” (Ez. 47, 1.5.9). Este templo de la visión del profeta, desde donde fluye agua vivificante del costado, es la visión del costado abierto de Jesús, el nuevo templo. El costado abierto es el costado de la vida, la que paradójicamente, brota de un cadáver. Lo impuro, purifica; lo condenado, salva; lo sucio, limpia; lo muerto, alimenta la vida. Es el amor que se radicalizó hasta la cruz el mismo amor que baña al mundo con el nuevo orden cultual, superando los viejos esquemas de pertenencia y exclusión para convertir e incluir. Porque el bautismo de Jesús es un renacimiento para la plenitud, y la eucaristía de Jesús es mesa que recibe a los hambrientos para que no vuelvan a padecer hambre.

En el comienzo del texto de hoy, en el versículo 31, se habla de que los judíos no querían que quedasen los cuerpos (en plural) colgados de la cruz (en singular). Lo que nos permite hacer una reflexión hermenéutica. Hay muchos cuerpos crucificados, condenados, asesinados, pero desde Jesús hay una sola cruz, desde donde cuelgan todos esos cadáveres. Los muertos injustamente de la historia no comparten otra cosa que la cruz que sostuvo al Mesías. Dios se ha hecho uno con los marginales, y sus muertes se han hecho una con la del Señor. La cruz del Gólgota resume las cruces de tantas mujeres y tantos hombres que sufrieron por un sistema injusto político, un sistema injusto económico o, inclusive, un sistema injusto religioso. Pero de la cruz del Gólgota brotó la vida, de lo despreciado brotó lo más valioso, y el sistema político-económico-religoso nada pudo hacer para detener el agua y la sangre que bañaron el mundo.

La tradición eclesial ha identificado la escena del costado como la escena del bautismo y la eucaristía que salen del corazón de Jesús. ¿Cómo podemos re-convertir nuestros rituales para asemejarlos más a esa tarde de crucifixión? ¿Cómo podemos evitar crear una nueva maquinaria cultual que no represente la radicalidad y la superación del orden antiguo? Quizás, la clave esté en releer el bautismo y la eucaristía desde esa cruz compartida por todos los marginados de la historia. Quizás, el agua del bautismo deba ser una invitación a incluir y la sangre eucarística un convite al banquete que es mesa para todos.

El bautismo corre el riesgo de volver al orden antiguo como rito absoluto de separación. Es el peligro de interpretarnos bautizados superiores al resto, bautizados con una pureza que no debe contactar a los pecadores. Sin embargo, el bautismo que brota de la cruz es agua de un cadáver, agua de un maldito según la Ley, de un condenado. Esa agua que sale de lo marginal es lo que nos purifica, y no somos puros por evitar el contacto con lo marginal. Todo lo contrario. Nos iremos purificando en la medida en que nos dejemos bañar por los crucificados de la historia, en la medida que nuestro bautismo nos empuje a la periferia antes que quitarnos de ella. El agua del costado es el agua del amor, del corazón de Dios, corazón que late allí donde la injusticia se cobra años de vida joven. Para que el bautismo sea verdaderamente superador, no puede ser un rito que crea sectas, sino un renacimiento que abre el corazón para hacerlo cada vez más semejante al corazón divino, al sagrado corazón.

De igual manera, la eucaristía corre el riesgo de hacerse orden antiguo como altar al que accede sólo una casta privilegiada. Es el peligro de cercar la mesa para volverla elitista. Sin embargo, la eucaristía que brota de la cruz es sangre del que se entregó por muchos, es sangre del que multiplicó los panes y alimentó a una multitud sin preguntar origen, creencia, edad o ingreso económico. El que nos alimenta para la vida eterna es un condenado, un maldito para la Ley, un cadáver. La sangre del marginal nos da vida, y nuestra vida no tendrá alimento si se separa de lo periférico, si esquiva a los azotados por la injusticia. La eucaristía que no se hace mesa abierta se olvida de la cruz que se desangra para unirse a la sangre derramada de tantos que son víctimas de sistemas abominables. La mesa elitista, ubicada cómodamente dentro de un templo, con las puertas cerradas, es bien diferente del descampado de la multiplicación de los panes, de la intemperie del Gólgota. Para que la eucaristía sea verdaderamente superadora, no puede volverse privilegio de una casta, sino apertura total al que viene cansado, al fatigado del camino, al que le cargan la cruz en sus espaldas. No se trata de comer el cuerpo y la sangre para alcanzar una salvación que condena a otros, sino que es alimentarse de las entrañas de un Dios que ama infinitamente para amar infinitamente como Él.



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