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No nos preguntó qué religión teníamos / Fiesta de Jesucristo Rey del Universo – Ciclo A – Mt. 25, 31-46 / 20.11.11

Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a su izquierda.

Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: “Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver”. Los justos le responderán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?”. Y el Rey les responderá: “Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo”.

Luego dirá a los de su izquierda: “Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles, porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber; estaba de paso, y no me alojaron; desnudo, y no me vistieron; enfermo y preso, y no me visitaron”. Estos, a su vez, le preguntarán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de paso o desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido?”. Y él les responderá: “Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo”.

Estos irán al castigo eterno, y los justos a la Vida eterna. (Mt. 25, 31-46)

Con la Fiesta de Jesucristo Rey del Universo se acaba un nuevo ciclo litúrgico. La cumbre es el reconocimiento de Jesús con toda su carga cristológica, sobre todo en su rol de Rey universal. En un mundo que avanza, no con la rapidez que se quisiera, hacia modelos democráticos, la celebración no termina de ensamblar. Cuando fue instituida, en 1925, por el Papa Pío XI, significó una proclama de la institución eclesial, justamente, contra los modelos democráticos que llevaban, indefectiblemente, a la pérdida de autoridad de la Iglesia en el mundo moderno. No había razón para dejar las monarquías y las estructuras jerárquicas, sobre todo si eso desplazaba el poder papal y curial de las esferas de decisión. Con la Fiesta de Jesucristo Rey se recordaba a la orbe que este rey universal tenía un representante en la tierra, un rey vicario encargado de gobernar por Él. El mundo tenía que escucharlo, obedecerlo, y dejarse guiar. Evidentemente, el mundo siguió su marcha y la fiesta quedó, obligando a una reinterpretación que la coloque en su lugar debido. Como cierre del ciclo litúrgico, sobre todo en este Ciclo A que se leyó el Evangelio según Mateo, parece adecuada la perícopa seleccionada. Esta visión profético-apocalíptica del Hijo del Hombre reinando es la última presentación del libro antes del inicio del relato de la pasión, donde la angustia, la tortura y la crucifixión parecen destruir la ilusión del Rey del Universo. Para nosotros, celebrantes de esta época, es la visión final que nos llevará a comenzar un nuevo ciclo, una nueva etapa, una nueva re-lectura de los hechos de Jesús. Como Mateo nos invitará a releer sus capítulos 24-25 (y todo su Evangelio) a la luz de los capítulos 26-27-28, la liturgia católica nos invitará a leer el final glorioso del ciclo desde el inicio de lo que vendrá a continuación: la prédica profética con que se abre el tiempo de adviento. Puede que la celebración quede descontextualizada y que el título de rey sea, teológicamente, difícil de aplicar al mundo presente, pero tiene esta lectura de hoy una persistencia histórica que, ante la crisis capitalista manifiesta, marca el camino de salida.

La gran disputa exegética sobre esta imagen del juicio final versa en dos cuestiones fundamentales: quiénes son las naciones y quiénes son los pequeños. No es lo mismo que las naciones sean sólo los pueblos gentiles, o que sean el mundo entero: judíos, judeo-cristianos, gentiles, gentil-cristianos. Tampoco es lo mismo que los pequeños sean los marginados y pobres en general, o que la referencia específica sea para los discípulos de Jesús hechos marginales por el Reino de los Cielos. Una de las posibilidades interpretativas es que el juicio evalúe cómo se ha recibido a los discípulos misioneros de la Iglesia en su recorrido por el mundo para anunciar el Evangelio. La otra posibilidad es que se juzgue según el criterio del amor al prójimo, sobre todo al prójimo en necesidad urgente. Hay argumentos a favor de ambas posiciones. Lo cierto, y desconcertante, es que los juzgados no tienen conciencia de la identificación que el Hijo del Hombre les hace ver: lo que han hecho con los pequeños lo han hecho con Él. Ni las ovejas ni los cabritos, ni los de la derecha ni los de la izquierda lo han entendido por completo. Esto parece ser un indicativo de que los juzgados tienen poco conocimiento del Evangelio y del Cristo. De ser así, este juicio presentado por Mateo cambia drásticamente el paradigma religioso. Ya no hay un juzgamiento por la fe específica ni por la pertenencia a tal o cual asamblea o comunidad eclesial. El juicio tiene que ver con el amor manifestado. ¿Manifestado hacia quiénes? Hacia los hambrientos, sedientos, forasteros, desnudos, enfermos y presos. El texto no habla de otros pequeños que no sean estos.

Estos pequeños son, en vocablos especializados, sacramentos del Hijo del Hombre. Considerando la condensación cristológica de esta perícopa, los pequeños se encuentran asociados y plenamente llenos de esa cristología. Hablamos de condensación cristológica porque, por lo menos, cuatro títulos son asignados a Jesús en esta visión. Desde el inicio es el Hijo del Hombre, título que recorre todo el libro de Mateo, muy asociado a lo escatológico y a la visión gloriosa del mismo (cf. Mt. 10, 23; Mt. 13, 41; Mt. 16, 27-28; Mt. 19, 28; Mt. 24, 30; Mt. 26, 64). Pero también es rey sentado en el trono que separa a los de la derecha de los de la izquierda, como desde el principio del Evangelio es rey nacido en la pobreza que inquieta a los reyes de la tierra (cf. Mt. 2, 1-8). No obstante estos dos títulos, se agrega la imagen del pastor. Al hablar de ovejas y cabritos que deben ser separados, se hace referencia a la práctica palestina de llevar juntos, durante el día, ambos tipos de animales, para poner los cabritos en resguardo durante la noche (debido a que son más débiles) y dejar las ovejas a la intemperie. Al acudir al Cristo Pastor, Mateo hace eco de Ez. 34, 17-22, en el amplio contexto del capítulo 34 del profeta que rechaza a los pastores infieles de Israel para que Dios recupere, en propia persona, el pastoreo de su pueblo. Este pastor, en Ezequiel y en Mateo, termina siendo juez. Juzgará entre oveja y oveja, entre carnero y chivo (cf. Ez. 34, 17), entre ovejas y cabritos (cf. Mt. 25, 32-33). La separación recuerda las imágenes parabólicas del trigo y la paja (según Juan el Bautista en Mt. 3, 12), el trigo y la cizaña (cf. Mt. 13, 30) o los peces buenos y malos (cf. Mt. 13, 48-49). En este caso, los ángeles no son descriptos realizando la acción de separar, aunque sí con mencionados como acompañantes del Hijo del Hombre.

Los pequeños son, entonces, una condensación cristológica. Paradójicamente, estos títulos de grandeza (Hijo del Hombre, rey, pastor, juez) terminan siendo resumidos en la vida de los pequeños, y el reconocimiento de Jesús como Mesías y Señor, no proviene de lo mucho que puedan proclamarse con los labios los cuatro títulos enunciados, sino del amor manifestado en concreto hacia el prójimo más necesitado. Las seis acciones que son parámetro de juicio resultan tradicionales del Antiguo Testamento como obras piadosas para con el desvalido (cf. Job. 22, 6-7; Is. 58, 6-7; Ez. 18, 7-8; Tob. 4, 16-17). La más difícil de rastrear es la de visitar al preso. Puede suponerse que es un agregado cristiano ante la realidad de los discípulos que son constantemente puestos en prisión por el Evangelio. De todas maneras, la más honda tradición veterotestamentaria respalda esta cosmología: lo inefable, lo todopoderoso, lo inalcanzable, lo infinito, es palpable es el marginado, en el pobre (la viuda y el huérfano), en el pequeño. Para la comunidad mateana, probablemente ubicada en la ciudad de Antioquia, los marginados no eran muy distintos a los marginados de las grandes urbes actuales, localizados en la periferia, en asentamientos. Allí está la revelación cristológica, allí está el secreto del discipulado. Como ya advertimos, los paradigmas religiosos son derribados. Los títulos de la cristología no quieren decir que Jesús está separado del mundo, desentendido de las situaciones humanas. Al contrario. Jesús siempre está, no al lado de los marginales, sino en los marginales. Se condensa sacramentalmente en el pobre, en el hambriento, el sediento, el forastero, el desnudo, el preso, el enfermo. Por eso es difícil para los religiosos entender este juicio del Hijo del Hombre, y por eso es alentador para los no cristianos. Los primeros se ven desconcertados, porque todo su énfasis estaba puesto en lo que llamaban fe, en el cumplimiento de preceptos eclesiásticos, en cultos pomposos, mientras del otro en necesidad desaparece del firmamento. Los segundos se ven incluidos en un juicio universal que supera las barreras religiosas clásicas para situarse en la dimensión real y verdadera de la religión: el amor. Todos pueden ser juzgados por el amor, por cómo respondieron ante el prójimo en necesidad. No hace falta presentar credencial de membresía ni el diezmo al día, pues Cristo está en el otro.

La única salida a las crisis económicas históricas (a la crisis mundial actual) está como respuesta en esta lectura. No sirven las indicaciones del FMI ni los recortes, sino la solidaridad, la acción concreta a favor de los más desprotegidos. El mundo es juzgado según el amor que manifestó, no de acuerdo a las cátedras económicas de Harvard. El mundo mejora cuando el hambriento tiene para comer, el sediento para beber, el desnudo tiene vestido, el preso y el enfermo son visitados y asistidos, y el forastero (el inmigrante) es acogido con confianza. Mientras el Cuerno de África siga muriéndose de hambre y sed, mientras las prisiones sigan siendo espacios inhóspitos de maltrato y tortura socialmente aceptados, mientras las leyes de inmigración sigan denigrando a sudamericanos, negros y partidarios de religiones distintas, nada puede mejorar. La religión institucional también tiene su parte, y está llamada a modificar radicalmente su posición. Ya no puede pensarse el universo en términos absolutos de los de adentro y los de afuera. Ya no puede mantenerse la posición cómoda de desentendimiento conveniente cuando peligran los beneficios, y acercamiento circunstancial cuando se ofrecen arreglos. Esa religión no sirve a los pequeños, sino a los poderosos, y continúa contribuyendo a un mundo de desigualdad (que equivale a un mundo sin amor al prójimo). El juicio final presentado por Mateo es una alerta profética del Cristo a su Iglesia: hay que dejar de buscar soluciones en los libros y encontrarlas entre los pobres. La salida a la crisis es la entrada al mundo de los marginados.

IV Juntada Teológica en Córdoba / Esquema del taller sobre las historizaciones del Reino

Les dejo el esquema/esqueleto del taller sobre el Reino de Dios en la Historia que estaremos compartiendo en la IV Juntada Teológica, a realizarse en Córdoba el fin de semana largo de octubre. Como ya lo mencioné anteriormente, la gente buena de la organización me ha invitado para guiar este taller, entre tantos otros que se irán realizando durante las jornadas. Buen domingo para todos.

Hacer un Reino de los Cielos en la tierra

Reino de Dios y/entre reinos de los hombres

1. Pastorales vs Apocalipsis: dos maneras opuestas de historizar el Reino. Acomodo o resistencia.

2. Historizaciones ligadas a la Iglesia: Gran Iglesia del Siglo II. Constantino. Reino=Iglesia. La cristiandad. Proyectos particulares: la división social como reproducción del orden celestial (Hildegarda de Bingen, Pseudo Dionisio Aeropagita), la fuga mundi (mujeres del desierto, anabaptistas con Juan de Leyden, Testigos de Jehová).

3. Historizaciones en los grandes relatos:

1. Modernismo (progreso e iluminismo). Posición católica y protestante.

2. Socialismo. Sus formas históricas. Marxismo. Socialismos eclesiales: taboritas, Tomás Müntzer. Cristianismo socialista del siglo XIX.

3. Capitalismo. Sociedad capitalista. Liberalismo como sostén ideológico. Las ilusiones del capitalismo. El apoyo protestante y católico. Los pobres de Jesús.

4. Análisis actual: las líneas de tensión de la Iglesia actual respecto al Reino:

1. Iglesia oficial que siempre apoyó el capitalismo, ahora modelo en crisis (Grecia, USA, Somalia);

2. Iglesia que dialogó con el modernismo (en los años ´60) cuando ya había comenzado el post-modernismo (muerte de los grandes relatos);

3. Iglesia en medio de accidentes históricos (Auschwitz, dictadura militar argentina, crisis 2001-2002);

4. Iglesia que tiene en sus orígenes la radicalidad de Jesús: mesa compartida, Reino de los pobres, compasión, denuncia de los opresores, modelo itinerante.

Hay albañiles sabios y santos necios / Noveno Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 7, 21-27 / 06.03.11

No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu Nombre, y en tu Nombre echamos fuera demonios, y en tu Nombre hicimos muchos milagros? Entonces les protestaré: Nunca os conocí. ¡Apartaos de mí, hacedores de maldad!

Cualquiera pues que me oye estas palabras y las practica, será comparado a un varón prudente, que edificó su casa sobre la roca, y cayó la lluvia, y vinieron los torrentes, y soplaron los vientos y golpearon contra aquella casa, pero no cayó, porque estaba cimentada sobre la roca. Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, será comparado a un varón insensato que edificó su casa sobre la arena, y cayó la lluvia, y vinieron los torrentes, y soplaron los vientos, e irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina. (Mt. 7, 21-27)

 

La perícopa de hoy tiene dos partes, pero el tema es el mismo. La primera parte es el relato escatológico sobre un supuesto juicio final donde algunos se presentan al Señor y son rechazados porque el Señor los desconoce, a pesar de argumentar los rechazados con las profecías, exorcismos y milagros que realizaron en el nombre de Jesús. La segunda parte es la parábola que los estudiosos no terminan de titular; para algunos es la parábola de las dos casas, pero otros sostienen que es más lógico denominarla de los dos constructores, aunque un tercer grupo opta por los dos cimientos. Para cada título hay justificativos. Quizás, lo más correcto, sea referirse a los constructores, pues son la imagen de aquellas personas que deciden cumplir o no la Palabra escuchada. Los cimientos juegan un papel preponderante, pero llevan a la interpretación en un segundo momento. Aquí, la oposición clara es entre el sabio y el insensato. Estas oposiciones no son ajenas al estilo de Mateo, que anteriormente ha mencionado una puerta ancha y una puerta estrecha (cf. Mt. 7, 13-14), unos frutos buenos y otros malos (cf. Mt. 7, 16-20), y que luego hablará de tesoros de bondad y de maldad (cf. Mt. 12, 35). Se trata de una herramienta literaria para contraponer y remarcar conceptos. Dentro de las técnicas rabínicas de exposición se corresponde al paralelismo antitético; las frases sobre la construcción de ambas casas pueden ponerse en paralelo y se encontrará una similitud notable entre las palabras, pero una distancia abismal entre los conceptos. Por lo tanto, no es correcto catalogar esta parábola dentro del grupo de las parábolas dobles, que son aquellas con un paralelismo no antitético, como por ejemplo, la luz y la sal de Mt. 5, 13-14, o el tesoro y la perla de Mt. 13, 44-45. En realidad, la parábola que leemos hoy es una parábola de crisis. Son denominadas así las que tienen como tema el final escatológico, el juicio último, la venida definitiva del Hijo del Hombre. Podemos llegar a la conclusión más fehaciente de esto si comparamos el texto que hoy nos propone la liturgia con la parábola de las jóvenes y sus lámparas (cf. Mt. 25, 1-12), ubicada en el contexto de los capítulos 24-25 del Evangelio que tratan, justamente, del final de los tiempos. En la parábola de las jóvenes y sus lámparas se repiten elementos del final del capítulo 7 que estamos leyendo:

a. Hay cinco jóvenes necias y cinco prudentes al igual que hay un sabio capaz de construir con buen cimiento y un necio que construye sobre la arena. Las palabras en griego del original son las mismas para ambos casos: fronimos (sabio, prudente, sensato) y moros (insensato, necio, ignorante).

b. Está presente el tema de la entrada. Las jóvenes quieren entrar a la sala nupcial y los que hablan con el Señor argumentando sus obras son los que quieren entrar al Reino de los Cielos. La sala nupcial, referida a las bodas, y por lo tanto a la alianza entre Dios y su Pueblo, es una imagen del Reino consumado.

c. Los que quieren entrar utilizan el mismo llamado: Señor, Señor.

d. La respuesta del Señor es igual a la del esposo: no los conozco.

Las similitudes nos llevan a dos conclusiones: la primera parte de la perícopa de hoy es inseparable de la parábola siguiente, porque le da marco; la parábola de los dos constructores es un una parábola de crisis, que tranquilamente puede agruparse con las referentes a la venida del Hijo del Hombre. Los paralelismos anteriores a éste (las dos puertas y los dos tipos de fruto) vienen preparando el terreno para la exhortación final. Hay dos maneras de encarar la vida, dos maneras de llevar adelante la existencia, dos visiones y dos posibilidades escatológicas. En resumen, y tomando la tradición sapiencial, Mateo lo define en la oposición del sabio y el insensato. Hay seres humanos necios que viven la vida desperdiciándola, sin sacarle el mayor y verdadero provecho, alejados de Dios; hay seres humanos sabios que entienden el sentido último de la vida y lo encuentran en Dios. El sabio no lo es por su reflexión, por su erudición ni por sus logros académicos; el sabio bíblico es el que entiende las dimensiones de la existencia que se resumen en una sola dimensión: la divina. El sabio es sabio porque está cerca de Dios, porque ha elegido el mejor camino que, en definitiva, es el único camino real porque lleva a la plenitud.

Esta parábola mateana tiene su paralelo en Lc. 6, 46-49. La diferencia principal entre ambas es el fenómeno natural que arrasa o no con la casa. Mateo es más descriptivo. Habla de lluvias (broque), una corriente de agua (potamos) y vientos (anemos); lo que podría significa una lluvia torrencial que carga demasiado canales secos o accidentes geográficos hasta provocar una inundación en la zona donde está emplazada la casa; si a eso se agregan los vientos, se entiende que sólo una construcción con buenos cimientos puede resistirlo. En Palestina no era inusual construir cerca de las corrientes de agua, inclusive cerca de canales secos para que, al llover y llenarse, proporcionaran líquido a los habitantes. Algunos construían demasiado cerca del canal, sobre la zona arenosa, sin prever una crecida abrupta. Otros, más sabios, lo hacían cerca del canal, pero sobre una zona menos arenosa, donde se pudiese hallar roca al fondo. La mirada de Mateo es más realmente histórica que la de Lucas porque éste se refiere a una inundación que se lleva la casa, y las inundaciones por desborde de un río son muy improbables en Palestina. De todas maneras, ambos siguen la línea de pensamiento de la parábola que está inspirada en Is. 28, 15-16: “Habéis dicho: hemos hecho un pacto con la Muerte, y con el Seol tenemos alianza. Cuando el azote pase cual torrente, no nos alcanzará, porque hemos hecho de la mentira nuestro refugio, y de la falsedad nuestro escondrijo. Por tanto, Yahvé dice así: he aquí Yo pongo por fundamento en Sión una piedra, piedra probada, angular, preciosa, de cimiento estable. El que crea, no será conturbado”. Estos versículos del profeta contienen los elementos de la parábola: vendrá un azote de Dios en forma de torrente (de lluvia que desborda, de inundación, de aguas que destruyen); los que tengan buen fundamento (buen cimiento) se salvarán; ese fundamento está en la piedra de Sión (la roca); el que cree tiene cimiento (el que cumple las Palabras de Jesús). Los rabinos enseñaban que la roca del fundamento es el conocimiento y la aplicación de la Torá (el Pentateuco, los cinco primeros libros de la Biblia); Jesús, continuando sus expresiones de las seis antítesis sobre lo dicho a los antiguos y lo que Él dice, se pone a sí mismo y a sus dichos como fundamento. Ya no se trata de cumplir la Torá para no ser arrasados por el torrente con el que azota Yahvé; la clave está en las palabras del Maestro y en el cumplimiento de esas palabras.

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Jesús parece contraponer la voluntad del Padre a las profecías, los exorcismos y los milagros. Parece demasiado exagerado, o al menos, una contradicción. Se acercan personas al Señor y le echan en cara lo que han hecho en su nombre: han profetizado, han expulsado demonios, han sanado personas. Pero el Señor los desconoce. Quiere decir que esos actos no son, precisamente, la voluntad del Padre. O mejor expresado: no son necesariamente la voluntad divina. Esto arremete contra muchos movimientos cristianos y para-cristianos que parecen fundamentar su legitimidad en las acciones sobrenaturales. Eso no basta, dice Jesús. Tiene que haber una visión y una actitud superior para afirmarse en el Reino. Si pudiese resumirse la fe a esos elementos, la Iglesia sería un circo. Pero no lo es. La fe está sustentada sobre roca, y esa roca es el cumplimiento de las palabras que enseña el Maestro.

Aquí podemos saltar hacia otro análisis. ¿Qué determina la canonización, la declaración de santidad de tal o cual persona? Para la Iglesia Católica, el parámetro de la declaración de santidad es la comprobación de milagros. Sin embargo, Jesús acaba de dejar en claro que se pueden hacer milagros y ser un completo desconocido del Señor. Se puede exorcizar y sanar sin cumplir, necesariamente, la voluntad del Padre. ¿Cuál es la seguridad de la canonización, entonces? ¿No sería más cristiano canonizar desde el testimonio de vida, desde las acciones que fueron realizando, en la historia, el Reino de Dios? Quizás no valga de nada revisar los procesos de canonización. En la realidad, cada uno sabemos quiénes de nuestros conocidos difuntos fueron hacedores del Reino, y no necesitamos de declaraciones papales ni estampitas para reconocerlos. Pero un cambio en el proceso de canonización, verdaderamente serviría para aportar una relectura global al concepto de santidad. Muchos creen, equívocamente, que santos hay muy pocos, que santos son los de los altares. Entonces, la santidad se convierte en un circo de fenómenos inusuales e inalcanzables. A nadie se le ocurre vivir la santidad, porque es imposible según este modelo.

Si profundizáramos a Jesús, la cuestión cambiaría. Nos animaríamos a la santidad porque su fundamento sería el amor, no la milagrería. Podríamos atrevernos a reconocernos santos y a mirar la santidad de los otros, en vida, sin esperar que mueran. No nos interesaría que los canonizados lleguen a los altares para pedirles favores, sino para que sirvan de modelo y guía a las nuevas generaciones. Entonces, haríamos casas más resistentes; la Iglesia sería más resistente, con más fundamento en Jesús; la Iglesia sería más casa y menos circo.

Vigésimosegundo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B – Mc. 7, 1-8.14-15.21-23

Se reúnen junto a él los fariseos, así como algunos escribas venidos de Jerusalén. Y al ver que algunos de sus discípulos comían con manos impuras, es decir no lavadas, – es que los fariseos y todos los judíos no comen sin haberse lavado las manos hasta el codo, aferrados a la tradición de los antiguos, y al volver de la plaza, si no se bañan, no comen; y hay otras muchas cosas que observan por tradición, como la purificación de copas, jarros y bandejas -. Por ello, los fariseos y los escribas le preguntan: «¿Por qué tus discípulos no viven conforme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos impuras?». El les dijo: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres. Dejando el precepto de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres».
Llamó otra vez a la gente y les dijo: «Oídme todos y entended. Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre».
(Mc. 7, 1-8.14-15.21-23)

Este domingo, en el que retomamos la lectura del Evangelio según Marcos, abandonada desde el Décimo Séptimo Domingo del Tiempo Ordinario, nos hallamos ya en el capítulo 7, y nos hallamos, también, con una perícopa recortada por la liturgia, que elimina los versículos 9 al 13 y 16 al 20. Por estas dos cuestiones, es probable que nos perdamos gran parte del significado de la lectura si no reconocemos la trama narrativa marquiana y si no dedicamos tiempo fuera de lo litúrgico para abocarnos a la leída completa de la perícopa.

El único paralelo a esta escena de Marcos se halla en Mt. 15, 1-20, con algunas diferencias. Hay una estructura desemejante en cada relato, reubicando las mismas partes, y con mayor brevedad en Mateo. La explicación del lavado ritual (cf. Mc. 7, 3-4) es obviada por Mateo, de acuerdo a lo que se suponen que son los destinatarios de cada obra; mientras Marcos escribiría para una comunidad formada por un gran número de paganos, desconocedores de las tradiciones israelitas, Mateo lo haría para una comunidad de judeo-cristianos, a quienes sería innecesario explicar determinadas prácticas que ya conocen. La lista de las malas intenciones (cf. Mc. 7, 21-22) también es diferente; la de Marcos es más extensa, con doce elementos, mientras Mateo enumera seis; y el orden de prioridad pone en primer lugar las fornicaciones y los robos en Marcos y los homicidios y adulterios en Mateo. Éste último ha conservado unas palabras de los discípulos a Jesús que ayudan muchísimo a entender qué situación está atravesando el Maestro: “¿Sabes que los fariseos se escandalizaron al oírte hablar así?” (Mt. 15, 12b). Así se denota el grado de preocupación de sus seguidores que ya vislumbran lo peligroso del accionar (palabras y obras) de Jesús, lo cual despierta sospechas, intrigas y, quizás, maquinaciones de muerte. El largo paréntesis litúrgico en el que estuvimos leyendo el relato joánico nos ha dejado ese sabor amargo de un Jesús que se está quedando solo por su mensaje, abandonado de gran parte de sus discípulos, repudiado por los de su patria, expulsado de la sinagoga. Estamos en el momento que los estudiosos llaman la crisis de Galilea, cuando comienza a disminuir la luminosidad y alegría de los relatos, disminuyendo también los milagros y la masiva aceptación de la gente. Esta crisis será el empalme histórico, teológico y literario para que, según el esquema de los sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas), Jesús realice una pequeña incursión fuera de Galilea y, finalmente, emprenda el camino de subida a Jerusalén, la ciudad que lo verá morir crucificado. No en vano nos hallamos, al principio de la perícopa, con la mención a los escribas bajados de Jerusalén, quienes ya habían aparecido en Mc. 3, 22, cuando sucede la discusión sobre la autoridad de Jesús y la acusación de su posesión demoníaca que le permitiría expulsar espíritus malignos. Los escribas eran un grupo que se había gestado u originado como tal tras el regreso del destierro en Babilonia, dedicándose en exclusiva al estudio de la Ley y a su interpretación. Eran llamados, también, doctores de la Ley, y gran parte de ellos eran fariseos. Ante la progresiva desaparición de la figura del profeta en Israel, los escribas fueron tomando el control de la Palabra divina, y para la época de Jesús gozaban de un alto prestigio como intérpretes oficiales del querer de Dios. Por lo tanto, sus sentencias y cánones eran sentencias y cánones sagrados. Más aún en este caso, que como recalca Marcos, han bajado de Jerusalén, de la capital, del centro religioso, del templo. Evidentemente, su traslado a Galilea está motivado por la repercusión de un tal Jesús que enseña algo distinto a lo que ellos enseñan, y que inclusive se adjudica tener la Palabra real de Dios. La discusión de Mc. 3, 22 está en esa línea; los escribas dicen que Jesús exorciza porque está poseído, y por lo tanto, un poseído no puede tener la Palabra divina; se trata de desautorizarlo y conservar un lugar de prestigio. En el texto de hoy, la discusión es sobre tradiciones e interpretaciones de la Ley, nuevamente con el intento de desautorizar a Jesús (lo acusan de no respetar lo heredado de los antepasados) y retener el prestigio, privatizando así la Palabra. La presencia de los escribas bajados de Jerusalén es inquietante, siembra temor, porque han recorrido ingentes kilómetros como acusadores-espías, como autoridad central que viene a apagar la rebeldía.

No es menos interesante que los dos episodios que cuentan con su presencia sean momentos de ruptura sacral. En primer lugar, como hemos mencionado en anteriores ocasiones, la discusión sobre la posesión demoníaca de Jesús se enmarca en la superación que hace el Maestro de las relaciones sanguíneas (cf. Mc. 3, 20-21.31-35) a favor de la familia universal vinculada por el cumplimiento de la voluntad de Dios. Y en este pasaje, la discusión sobre las tradiciones de los antepasados focalizadas en las leyes de pureza/impureza, es la superación de la familia racial judaica, a favor nuevamente de una familia universal vinculada más allá de la pureza ritual, mediante la pureza de los corazones, por lo tanto, una familia donde todos tienen acceso desde su intencionalidad, y donde no hay privilegios de raza o circuncisión. Los escribas, representantes de la Ley y de su interpretación en clave separatista, son los testigos privilegiados de las rupturas que establece Jesús con el orden establecido en su sociedad, derrumbando las ideas sectarias.

La posición queda establecida por una cita de Is. 29, 13: “Dice el Señor: Por cuanto ese pueblo se me ha allegado con su boca, y me ha honrado con sus labios, mientras que su corazón está lejos de mí, y el temor que me tiene son preceptos enseñados por hombres”, y por una contraposición antagónica entre labios y corazón, entre fuera y dentro. Mientras la boca dice algo, es posible que el corazón diga otra cosa; mientras se esmeran algunos en cumplir a la perfección las normas de lavado de manos, es posible que sean impuros, aún cumpliendo las prescripciones al pie de la letra. Poner demasiado hincapié en lo externo, depositando allí la obligación de lo interno, o canalizando como salvoconducto las exigencias más íntimas, es comerciar con Dios y es mentirse. No se determina la salvación ni la comunión con el Padre a través de prácticas precisas, sino mediante una conversión real que vuelva absoluto a Dios frente a las demás relatividades. La comunión es obra del amor, y no producto de una actuación ritual, porque entonces estaríamos en el terreno de lo mágico, de la manipulación del Otro. La oposición labios/corazón utilizada aquí es propia del lenguaje semítico, y por lo tanto, es una figura que remite a otro significado. La palabra labio se usaba para mencionar el borde o lo limítrofe de las cosas, metafóricamente, como por ejemplo, para hablar de las costas del mar (cf. Gen. 22, 17: las arenas del labio del mar) o de la boca de una vasija (cf. 1Rey. 7, 23: medía treinta codos de labio). Por lo tanto, el labio es figura de lo periférico, de lo que está alejado del centro, de lo que no es lo principal. El corazón, en cambio, es la figura del hombre interno, pues la palabra se utilizaba, metafóricamente, para hablar del centro de las cosas, como por ejemplo, el fondo del mar (cf. Ex. 15, 8: el corazón del mar) o la intimidad de los cielos (cf. Deut. 4, 11: el corazón de los cielos). El hombre interno es, en definitiva, el hombre real, sin apariencias, sin caretas, sin hipocresías, sin actuaciones. Es el hombre en su estado natural, con todo lo que le es propio, sin simulaciones. Los labios, por otro lado, son periféricos y hacen referencia al hombre aparente, el hipócrita, el que actúa. La comunión con Dios no puede establecerse sólo con los labios, sino que debe ser comunión del corazón, comunión en intimidad, comunión real. Los labios, a veces, actúan para los demás, para la sociedad, para el orden establecido; del corazón salen las intenciones verdaderas, buenas o malas, pero verdaderas. El lavado ritual es obra periférica, labial, que incumbe a las manos y hasta los codos, pero que puede estar presente en un ser humano de corazón frío, impuro, sucio. Aquel que tiene un corazón limpio es capaz de relativizar las normas externas, porque su prioridad es el amor, su prioridad es ser real y no aparentar.

Comentamos al principio que la discontinuidad de las lecturas litúrgicas puede complicarnos la interpretación del pasaje, debido a los faltantes. A continuación presentamos un breve repaso de elementos que pueden contribuir a situar la perícopa en su contexto literario:

- La sección del pan: el Evangelio según Marcos tiene una sección que algunos biblistas llaman del pan, porque este elemento comestible se vuelve repetitivo marcando su presencia en mayor o menor medida, desde Mc. 6, 34 hasta Mc. 8, 21. Casualmente, este segmento relata la ruptura final de Jesús con el sistema sinagogal y su apertura hacia los paganos. A continuación de esta sección, comienza la sección del camino (Mc. 8, 22 – 10, 52). En el relato de hoy, lo que muchas versiones no explicitan en su traducción es que los discípulos, con las manos impuras, estaban comiendo pan (cf. Mc. 7, 2), y así, el texto de hoy es parte integrante del segmento que mencionamos. Podemos enumerar, como menciones específicas al pan, las siguientes: Mc. 6, 34-44 (primera multiplicación); Mc. 6, 52 (tras ver a Jesús caminar sobre las aguas, las mentes de los discípulos están embotadas, pero no por la manifestación de su Maestro, sino porque no entienden lo de la multiplicación de los panes); Mc. 7, 2 (los discípulos comen pan con manos impuras); Mc. 7, 24-30 (Jesús se encuentra con la mujer sirofenicia y discuten sobre el pan/salvación de los hijos/israelitas y la participación de los perritos/paganos de ese pan/salvación), Mc. 8, 1-9 (segunda multiplicación); Mc. 8, 13-21 (los discípulos se olvidan de tomar pan para la travesía, Jesús les advierte sobre la levadura de fariseos y Herodes, ellos siguen interpretando en el plano físico la ausencia de panes, Jesús les recapitula ambas multiplicaciones y les recrimina continuar con la mente embotada). Como ya dejamos vislumbrar, la clave de la sección referida al pan parece estar en la apertura de la salvación a los gentiles. Los extremos de la sección tienen un esquema similar (multiplicación seguida de discípulos con mentes embotadas), y al centro encontramos la ruptura con el legalismo judío de los escribas y el encuentro con la mujer sirofenicia, sin mencionar que la primera multiplicación parece dedicada a los judíos (sucede en territorio palestino, aparece el número doce que representa a Israel, se habla de canastos en un término muy hebreo) y la segunda a los paganos (sucede en territorio gentil, aparece el número siete que representa a todos los pueblos de la tierra, se habla de espuertas que es un término muy griego).

- El caminar sobre las aguas: sobre el final del capítulo 6 ha ocurrido el segundo episodio importante del Evangelio en la barca, que es cuando Jesús camina sobre las aguas (cf. Mc. 6, 47-53), tras la primera multiplicación de los panes. Se trata de un relato pascual, con referencias claras a la resurrección y al tiempo de la Iglesia, como lo son la barca (figura de la Iglesia), el mar encrespado (figura de las fuerzas del mal que amenazan a la Iglesia), Jesús en las alturas del monte (figura de su glorificación junto al Padre), luego caminando sobre las aguas (derrotando el mal), la primera reacción de los discípulos que es verlo como un fantasma (o sea, con un cuerpo transformado) y la frase no teman (propia de las apariciones).

- El korbán: los versículos 9 al 13 del capítulo 7 no son leídos hoy en la propuesta litúrgica. Allí, Jesús utiliza un ejemplo práctico y cotidiano de la vida de su patria para poner en evidencia que las prácticas tradicionales, inventadas por los hombres, habían relegado a un segundo plano lo verdaderamente central que era Dios y su Palabra. Jesús acusa a los fariseos y escribas de declarar sus pertenencias materiales como korbán, palabra hebrea que significa ofrenda, o más bien, dedicado a Dios, para evadir así la clara responsabilidad de ayudar con esos bienes a los padres. A esta argucia legalista se había llegado por una interpretación malintencionada de Num. 30, 3: “Si un hombre hace un voto a Yahvé, o se compromete a algo con juramento, no violará su palabra”. Algunas escuelas rabínicas postulaban que declarar korbán cualquier cosa era comprometerse con juramento, y por lo tanto, aún la necesidad de los padres no era motivo suficiente para ir en contra de esa palabra-juramento, ya que los bienes estaban dedicados a Yahvé. Esta clara contradicción al principio de honrar padre y madre (cf. Ex. 20, 12) sirve de base argumental a Jesús para demostrar que el legalismo tradicional y ritual asfixiaba la Palabra de amor del Padre.

- La consulta en privado: los versículos 16 al 20 del capítulo 7 tampoco son leídos hoy en la propuesta litúrgica. Contienen un episodio importante y un cambio de escenario en el relato. Todo lo que sucede hasta el versículo 16 ocurre en la discusión con fariseos y escribas bajados de Jerusalén; en el versículo 17, Jesús entró en casa, y sus discípulos le preguntan qué quiso decir con aquello de que lo de afuera no contamina, sino lo interno. Entonces, quizás con poca elegancia, el Maestro les recuerda que lo de afuera entra al hombre y va a parar al excusado, se convierte en estiércol. Para el autor, esta sentencia declara puros todos los alimentos, pero resulta evidente que es una conclusión de Marcos, y si queremos profundizar, es una conclusión de la Iglesia abierta a los gentiles, ya que una de las grandes preocupaciones en el inicio de las comunidades eclesiales fue cómo compartir la mesa entre judíos y paganos sin que existieran separaciones impropias de la comunión. Los alimentos declarados impuros por el judaísmo eran la gran barrera. Marcos, quizás para justificar la eclesiología de su comunidad, aduce que esta sentencia de Jesús es la declaración de pureza de todos los alimentos y, por lo tanto, no hay motivo de discusión en torno a la mesa. Esta enseñanza es claramente eclesiológica porque sucede dentro de la casa, en el espacio íntimo donde el Maestro ha ido construyendo su alternativa a la sinagoga, y donde los discípulos reciben la enseñanza preferencial, las explicaciones en privado (cf. Mc. 9, 28.33 y Mc. 10, 10); son explicaciones que hacen Iglesia.

Si la misión no ayuda al humano real no está trayendo nada nuevo a la vida de nadie. Llegar al corazón del otro con el Evangelio es liberarlo de las apariencias y caretas, de las actuaciones e hipocresías. El humano aparente vive entre ritualismos y obras teatrales, montando una escena para cada momento social. Hay aquí un peligro vinculado a lo sacramental, que consiste en lo que ya es moneda corriente: bautismos, comuniones y matrimonios vividos bajo una interpretación meramente social, como etapas que, al superarlas, producen aceptación del resto y no tienen mayor utilidad que una fiesta, una comida, una reunión de parientes, y punto. Hay otro peligro que es cotidiano, que es el personaje creado por cada mujer u hombre para sobrevivir en la sociedad, para no tener que dar explicaciones, para eludir, para huir, para conservar un trabajo, para no quebrar una relación, para evitar sobresaltos. Es el peligro mayor de ir sepultando el humano real, ir sepultando el corazón bajo pesadas capas de apariencia, de tradiciones, de ritualismos, de cosas que no somos. Es sepultar la esencia de Dios en nosotros, su imagen y semejanza que se ha plasmado como originalidad para cada uno. Es, por lo tanto, rechazar a Dios, que no quiere humanos aparentes, sino personas desarrollándose desde la Creación, personas de corazón auténtico, no de labio mentiroso, personas focalizadas en lo central, sin divagar en lo periférico.

La misión ha de ser un trabajo arduo y forzado para derribar las apariencias y para relativizar las tradiciones. El misionero, entonces, se enfrenta a dos obstáculos. En primer lugar, a las capas que han ido sepultando a su interlocutor, capas viejas y nuevas, mayores o menores, agobiantes o fáciles de cargar. Capas que exigen respeto del otro, pero valentía para ponerlas al descubierto. Pueden ser capas sociales (la riqueza o la pobreza, los estereotipos, el ansia de éxito, la sed de venganza), pueden ser familiares (las malas decisiones de los antepasados, los modelos paternos impuestos, la religión heredada), pueden ser personales (el egocentrismo, la falta de madurez, el desprecio de uno mismo, la ausencia de perspectivas). El segundo obstáculo lo encuentra el misionero hacia él mismo, y en proyección, hacia su comunidad eclesial. Él también tiene capas, tiene formas y maneras que no son otra cosa que simulación para ocultar el humano real, para no dejar al descubierto su corazón, para negociar con Dios o con la sociedad circundante. Son capas que se interponen en el diálogo, que tabican el corazón, que amurallan lo verdadero. Son capas que, en gran número de casos, conducen a una sobrevaloración de lo periférico frente a lo central, y a la larga, a tener labios que pronuncian palabras hermosas desde corazones estériles. Es la disociación de lo interno con lo externo que agota en medio de la misión, que nos hace ver la evangelización como un sinsentido, que nos cuestiona el ser y el hacer, que nos endulza con falsos honores y títulos, que finalmente nos ahoga.

La misión debe ser de humanos reales para humanos reales. La evangelización entre capas, con apariencias, con ritualismos y formas sociales no libera a nadie, no es novedad, no es Buena Noticia. Son necesarios misioneros de labios y corazón que lleguen a los labios y al corazón de los demás. Por supuesto, esta actitud no puede desembocar en otra cosa que en una crisis. Para Jesús fue la crisis de Galilea, fue un cambio de paradigma, una nueva situación hacia la que se dejó guiar por el Espíritu. Entrará en contacto con los paganos, romperá más que definitivamente con la sinagoga, iniciará luego su camino hacia Jerusalén. Para nosotros, la crisis podría ser un nuevo paradigma. Entrar en contacto con nuevos grupos, romper con concepciones tradicionalistas y herméticas, iniciar el camino hacia la marginalidad que surge de estar con los marginados. Dejar el humano aparente representa una crisis, pero sin ella, estamos sepultados, y Dios nos quiere vivos.

Vocación de Eliseo / El profeta Elías / Perseguido político en crisis de fe

La historia de la llamada de Eliseo (1Rey. 19, 15-21) es un relato vocacional, como tantos en la Biblia, pero con peculiaridades. Vamos a tratar de desentramar algunas claves de lectura del texto en sucesivas entregas, pensando la misión como vocación profética. Comenzaremos, en un principio, situando el contexto literario, luego propondremos ayudas para la comprensión y, finalmente, algunas propuestas hermenéuticas.



19:15 Yahvé le dijo: “Vuelve a tu camino en dirección al desierto de Damasco. Cuando llegues, unge rey de Aram a Jazael,

Elías viene de una situación complicada y difícil, de una crisis de fe muy grande. En el capítulo 18 realizó el famoso prodigio frente a los profetas de Baal, humillándolos y demostrando que Yahvé es el único Dios. Luego, mató a todos los profetas de Baal (1Rey. 18, 40), y con eso se ganó el odio de Jezabel, la esposa del rey de turno, Ajab, y la que verdaderamente llevaba adelante el gobierno. Ella había fomentado el culto a Baal y había traído esos 450 profetas que Elías mandaría matar. Obviamente, el profeta era su enemigo número uno, y por eso pone precio a su cabeza (1Rey. 19, 2). Elías huye para salvar su vida, y en esa huida llega a implorar la muerte (1Rey. 19, 4), agotado de ser un profeta marginal, aparentemente sin asistencia divina, un exiliado, un perseguido político. Dios lo reanima y lo invita a caminar al Horeb, a la montaña de Dios, allí donde Yahvé se revela a Moisés en la zarza (Ex. 3, 1-12). Haciendo el paralelo con Moisés, Elías recibirá la revelación de Dios en la brisa que sopla suave (1Rey. 19, 12-14). De esta manera, ambos personajes quedan vinculados por un lugar geográfico (Horeb [o Sinaí en otros pasajes, según el autor]) y por una revelación particular. El Nuevo Testamento se hace eco de ello en la Transfiguración (Mt 17, 3 y paralelos), cuando Elías y Moisés se aparecen, en un monte, para dialogar con Jesús.

Esta escena en cuestión, entonces, comienza en el monte Horeb, con la palabra que Dios le dirige al profeta, reanimándolo en su misión encargándole una nueva misión, valga la redundancia. El perseguido político, el excomulgado del Reino, es el instrumento de Yahvé, por su fidelidad y por su celo, su ardor en pos del culto yahvista.

19:16 rey de Israel a Jehú, hijo de Nimsí, y profeta sucesor tuyo a Eliseo, hijo de Safat, de Abel Mejolá.

La misión que recibe Elías es la de ungir a tres personas. Dos reyes (Jazael y Jehú) y un profeta (Eliseo). Respecto a la unción de reyes, no hay nada novedoso, y es parte integrante de las tradiciones israelitas. Pero la unción de un profeta es algo nuevo en la cultura bíblica, porque los profetas no son ungidos, sino que reciben el Espíritu libremente. Después, vemos que Elías no unge al estilo clásico a Eliseo (con aceite en la cabeza), sino que le arroja el manto, pero la orden de Dios, igualmente, equipara a los reyes con el profeta. Esto implica que, divinamente, se está designando un sucesor para Elías, lo cual puede leerse en dos niveles. En un nivel exegético, quizás el texto esté reflejando el comienzo de las escuelas proféticas, en contraposición a una historia de profetas aislados que recibían revelaciones particulares y, solitarios, emprendían el camino público. La idea de una escuela profética, o sea, un círculo de profetas que profetizan en grupo, se vislumbra en 2Rey. 2, 15 y 2Rey. 4, 1. Puede tratarse de una práctica insertada en Israel por los profetas de Baal, los cuales actuaban en masa. La otra lectura, en nivel hermenéutico, refleja que la actividad profética, el hablar en nombre de Dios, y el hacerlo para exhortar a la fidelidad a Yahvé, en clara defensa de los pobres, es una obra que se continúa en la historia porque Dios quiere que continúe, que siempre haya defensores del yahvismo y defensores de los pobres. La unción es un signo elocuente de elección. Dios elige a los profetas personalmente, los escoge, y los hace partícipes, además de la misión particular que les entrega, de la gran misión que siempre perdurará, la de recordar a la humanidad que la vida auténtica se vive en Dios.

19:17 Al que escape a la espada de Jazael lo matará Jehú, y al que escape a la espada de Jehú lo matará Eliseo.
19:18 Dejaré un resto de siete mil en Israel: todas las rodillas que no se doblaron ante Baal, y todas las bocas que no le besaron”.

La obra de asesinato de los infieles también tiene continuación, como aval de lo que realizó Elías con los 450. Convengamos que en la historia deuteronomista, la infidelidad a la ley determina la perdición de una persona, por lo tanto, no serán Elías ni Jazael ni Jehú ni Eliseo asesinos. Quien muera, morirá por aquella situación descripta en Deut. 30, 15-20, morirá por su propia culpa.

Sin embargo, hay un resto de siete mil que han permanecido fieles. Este número es simbólico, es siete por mil. El siete es el símbolo de la plenitud, del todo perfecto. Mil es un número para las multitudes, para significar una gran cantidad, una muchedumbre. Por lo tanto, hay en Israel un resto formado por una gran cantidad de hombres y mujeres perfectos en su culto, yahvistas, que no cedieron a Baal. No sabemos a ciencia exacta cuántos son en realidad, pero sí que son muchos y que han permanecido por su fidelidad perfecta, formando un resto. La idea del resto aparece en la Biblia como resultado del destierro. La dispersión del pueblo y su reducción, hace pensar a la teología israelita que Dios cumplirá su promesa primigenia a través de un resto, o sea, un grupo de personas más reducido que todo el Pueblo y verdaderamente fiel. Las dos características del resto (pequeña cantidad y fidelidad) lo hacen teológicamente correcto para que subsista la esperanza ante la realidad de que el Pueblo en grande ha sido derrotado y que en el Pueblo en grande hay mucha diversidad de cultos, con verdaderos fieles e idólatras. El resto se va convirtiendo, con el tiempo, dentro de la teología israelita, en el nuevo Israel de las promesas. Este es un tema que retoma Pablo en Rom. 11, 4.

Dialogar en la crisis – Mensaje de la Conferencia Episcopal Argentina

En azul el mensaje de la 152º Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Argentina. En negro un breve comentario.


Acercándonos a la Semana Santa, en la que reviviremos los gestos del infinito amor de Dios por nosotros, encarnados en la entrega de Jesús que murió en la Cruz y resucitó para que podamos vivir como hijos de Dios, los Obispos argentinos, reunidos en la Comisión Permanente, convocamos a todos los ciudadanos a fortalecer la amistad social y las instituciones de la Patria, porque “cuando priman intereses particulares sobre el bien común, o cuando el afán de dominio se impone por encima del diálogo y la justicia, se menoscaba la dignidad de las personas, e indefectiblemente crece la pobreza en sus diversas manifestaciones”

Es un hecho que “toda democracia padece momentos de conflictividad. En esas situaciones complejas, alimentar la confrontación puede parecer el camino más fácil. Pero el modo más sabio y oportuno de prevenirlas y abordarlas es procurar consensos a través del diálogo” .

Creemos que éste es el camino a recorrer. Debemos volver a afirmar en este difícil momento que “sólo el diálogo hará posible concretar los nuevos acuerdos para proyectar el futuro del país y un país con futuro. Ello es fundamental en este tiempo, donde la crisis de la economía global implica el riesgo de un nuevo crecimiento de la inequidad, que nos exige tomar conciencia sobre la “dimensión social y política del problema de la pobreza”. En este sentido, la promoción de políticas públicas es una nueva forma de opción por nuestros hermanos más pobres y excluidos” . Esta amenaza de posible crecimiento de la pobreza, en los próximos meses, es el mayor desafío social que tenemos por delante y debe ser respondido por gestiones solidarias tanto del sector público como del privado. La Argentina sólo va a crecer con el esfuerzo, la unidad y la solidaridad de todos los argentinos.

Hermanos, con sincero amor a nuestra patria y espíritu de servicio a nuestro pueblo, pedimos a todos evitar las actitudes que nos enfrenten y dividan, y que como tales generan un clima de confrontación propicio a la violencia. El momento actual reclama diálogos sinceros y transparentes, reconciliación de los argentinos y búsqueda de consensos que fortalezcan la paz social.

Estas reflexiones que surgen de nuestra fe en Dios, el Padre de todos, y de nuestro servicio pastoral las ponemos a los pies de nuestra Madre de Luján, Patrona de nuestro pueblo.

152º Comisión Permanente
Buenos Aires, 25 de Marzo de 2009
Solemnidad de la Anunciación del Señor

Hablando sobre la crisis, nos atrevimos a definirla como una ruptura, una escisión. Y hasta osamos pensar que la crisis es una oportunidad. Los Obispos argentinos piensan que la crisis es la oportunidad del diálogo, y aún mucho más, la instancia que obliga al diálogo. Acertadamente, y repetidamente, la propuesta del episcopado es dialogar, intercambiar opiniones, escucharse. Eso como oposición al constante insulto, atropello y confrontación que suscita la crisis. A pesar de tener una amplísima experiencia en estados de crisis, en Argentina no se aprende de la historia, y sigue siendo agenda permanente la lucha violenta antes que el diálogo, como si alguna vez eso hubiese solucionado algo. La confrontación no hace otra cosa que agravar la crisis, la ruptura, la escisión, porque lo roto se separa, la grieta se profundiza. El diálogo, en cambio, acerca, une, intenta reconstruir. El diálogo es comunicación, es intercambio de palabras, es compartir, poner en común; es lo contrario a la crisis. Por eso urge dialogar, porque urge unir y no dividir. La confrontación no esconde otra cosa que los intereses propios, y desde intereses propios es imposible superar la crisis, ya que el egoísmo de cada uno quiere favorecerse individualmente antes que favorecer a todos.

La crisis como oportunidad – Una cuestión de luces y tinieblas

La palabra crisis proviene del griego krisis, el cual deriva de krinein, que significa separar o dividir o decidir. Por lo tanto, hay crisis cuando algo se rompe o se quiebra o se separa, y a partir de allí hay que tomar una decisión. En nuestro lenguaje cotidiano estamos acostumbrados a que la única crisis es la económica, y que sobre ello no puede hacerse nada, más que esperar a que todo se solucione automáticamente, por el propio devenir de los sucesos. En los tiempos post-modernos de crisis económica, el objetivo es sobrevivir a la tormenta, resguardarse lo mejor posible, subsistir. Los análisis nos parecen vanos, las decisiones se las dejamos a otros.
No nos proponemos un análisis detallado de la crisis actual, porque sería imposible; pero conviene remarcar algo: la crisis no es sólo económica. Nos afecta tanto, en estas sociedades consumistas, el quiebre de la economía, que totalizamos la situación actual con referencia plena a la debacle monetaria. Y olvidamos la crisis moral, la crisis de valores, la crisis propia de un cambio de época, la crisis de las relaciones, la crisis política, la crisis de modelos y paradigmas insostenibles, en fin, las múltiples caras del gran quiebre. Porque, como bien lo explica la etimología, estamos en crisis si hay división, si hay ruptura. Quizás, preguntándonos dónde está la grieta, empecemos a darle la vuelta al asunto. ¿Qué se ha rasgado derribando lo que sostenía? ¿Qué se dividió provocando la implosión de lo que estaba encima? Si seguimos reduciendo la crisis a lo económico, evidentemente no tenemos otra opción que volvernos apocalípticos y evitar las decisiones, esta vez rechazando la etimología, que nos invita a decidir. ¿Y por qué hacerlo? Pues porque si algo es separado o quebrado, entonces hay dos o más partes, y hay que optar por alguna… o por una reconstrucción recreativa. Esta es la parte esperanzadora de la crisis; que no significa final, sino la posibilidad de un nuevo comienzo, de re-ubicarse frente a la historia para re-crearla. Krisis es problema actual y oportunidad real. No todo está perdido, no se ha acabado. En el mismo sentido, no es tiempo de supervivencia, sino de acción. Es tiempo de decisiones.
La Biblia, al respecto de las crisis, sabe mucho, y contiene mucho. Por lo pronto, y en vistas a que el próximo domingo en las parroquias se leerá una lectura que contiene el vocablo en griego, nos podemos ir adelantando. En Jn. 3, 19 leemos: “En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas”. Y permítaseme una traducción más libre usando el idioma original del texto: “En esto consiste la krisis: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas”. Estas palabras de Jesús en el Evangelio según Juan aportan una pista de lectura de la realidad. La ruptura parece ser entre luz y tinieblas, entre luz y oscuridad. ¿En qué consiste la crisis? En que vino una luz (el Cristo) para iluminar las tinieblas, para separar y discernir, pero hemos preferido la oscuridad, inexplicablemente; o mejor dicho, hemos preferido permanecer en la oscuridad en la que estábamos. El Cristo, la gran esperanza para la humanidad, la luz para el futuro, no nos movió ni un pelo. La oportunidad de superar la crisis con creces fue rechazada. La humanidad cree que es conveniente esperar en la oscuridad, aguardar allí, cobijados, antes que resolver creativamente, antes que arriesgarse por la luz. Dios, evidentemente, no quiere una perpetuidad de crisis, pero sí la considera necesaria, porque el quiebre, como ya dijimos, es oportunidad, y en esta historia necesitamos la oportunidad de re-descubrir la luz de Dios y re-crear a partir de ella.