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Semillas de lo que queremos ser / Decimoprimero Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B – Mc. 4, 26-34 / 17.06.12

26 Y decía: “El Reino de Dios es como un hombre que echa la semilla en la tierra: 27 sea que duerma o se levante, de noche y de día, la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. 28 La tierra por sí misma produce primero un tallo, luego una espiga, y al fin grano abundante en la espiga. 29 Cuando el fruto está a punto, él aplica en seguida la hoz, porque ha llegado el tiempo de la cosecha”.

30 También decía: “¿Con qué podríamos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola nos servirá para representarlo? 31 Se parece a un grano de mostaza. Cuando se la siembra, es la más pequeña de todas las semillas de la tierra, 32 pero, una vez sembrada, crece y llega a ser la más grande de todas las hortalizas, y extiende tanto sus ramas que los pájaros del cielo se cobijan a su sombra”.

33 Y con muchas parábolas como estas les anunciaba la Palabra, en la medida en que ellos podían comprender. 34 No les hablaba sino en parábolas, pero a sus propios discípulos, en privado, les explicaba todo. (Mc. 4, 26-34)

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Esta parábola que da inicio aquí narra una situación clásica de la agricultura. Un hombre sembrará, esa semilla sembrada crecerá y, llegado el momento, se cosechará. En general, ese es el proceso de casi todas las siembras. Y ese parece ser el proceso en este caso. Pues bien, el Reino de Dios se parece a esta situación. Tenemos que tener cuidado de no tomar literalmente la traducción clásica: el Reino de Dios es como; parece ser más correcto traducir: el Reino de Dios sucede como sucede lo de un hombre que echa la semilla en la tierra. La clave está en los sucesos, no en la comparación estática. El Reino de Dios no es como ese hombre ni como esa semilla; el Reino de Dios sucede como se da esa situación que describe la parábola.

Los comentaristas se han dividido en cuanto al nombre que debe recibir la parábola. Para algunos es una parábola sobre la semilla que crece por sí sola, y para otros es la parábola del labrador que espera pacientemente. Aplicándonos a lo dicho anteriormente, quizás convenga hablar de la parábola de los tiempos de crecimiento de la semilla, recordando que el relato hace hincapié en el proceso, más que en los personajes. Un tercer grupo de comentaristas consideran que el centro de la parábola está al final, en un mensaje escatológico que tiene toda su fuerza en la imagen de la cosecha; el Reino sería como ese momento de la cosecha, donde cumplido el tiempo estipulado por Dios, la hoz segaría la historia de los humanos.

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A pesar de tratarse de un proceso agrícola común para Palestina, hay algo que este hombre de la parábola no hace y, normalmente, los sembradores de Palestina sí hacían: trabajar alrededor de la semilla sembrada, sobre todo quitando las malezas. Según la descripción de Jesús, el protagonista del relato parece no hacer mucho alrededor de su siembra. Haga lo que haga, la semilla sigue creciendo. No importa si hace vigilia a su lado o se acuesta a dormir. No importa si los tiempos terrenos se suceden entre la noche y el día. La semilla crece.

El hombre no sabe cómo sucede ese crecimiento. Por supuesto, en la época actual, con los conocimientos biológicos de los que disponemos, la afirmación parece caduca. Sabemos cómo crece la semilla. Pero en tiempos de Jesús y de Marcos (y por muchos años más) eso era desconocido. La semilla crecía bajo tierra de alguna forma misteriosa, desconocida, y sólo Dios podía saber el proceso real de la transformación. Por eso tiene tanto sentido para una parábola sobre el misterio del Reino y de su crecimiento.

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Acorde a los conocimientos biológicos de la época, la tierra es el único factor que interviene en el crecimiento. Por la tierra sola es que la semilla crece y se desarrolla. No importa el sol, el agua, los nutrientes. La tierra por sí misma se encarga. Esto debe entenderse, no desde las leyes biológicas, sino desde el sentido del misterio. El fondo de la tierra esconde el misterio del crecimiento. Sólo Dios sabe lo que sucede allí abajo, en lo profundo, donde reposa la semilla. El labrador deja la semilla al cuidado del vientre de la tierra y ésta hace el resto.

Marcos enumera algunas etapas del crecimiento. Hay tallo, luego espiga, luego granos en la espiga. Es el crecimiento que nació del misterio. El hombre ha seguido con su vida, y sin embargo la semilla dio fruto. Siguió con sus ritmos de noche y de día, confiando en la potencia de la tierra, y la semilla maduró. Es una parábola de crecimiento, ciertamente, pero de crecimiento abundante, porque la espiga se llenó (pleres en griego) de granos.

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La hoz y el tiempo de la cosecha son los dos conceptos fundamentales de este versículo con que concluye la parábola. Ambos conceptos se encuentran en Joel 3, 13: “Pongan mano a la hoz: la mies está madura”. En el profeta, la alusión es de ira escatológica. La hoz divina arrasa con lo malvado porque el tiempo se ha cumplido, ya no puede esperarse más; es el Día del Señor.

En Marcos, el contexto no parece indicar la ira escatológica. Más bien es una cosecha feliz, una cosecha de júbilo. El hombre sale a cosechar con su hoz porque finalmente el misterio ha revelado el fruto que tenía en su interior. Esa es la potencia de la semilla, que en su interior pequeño contiene tanto fruto. El labrador confía en la semilla y en la acción misteriosa de la tierra porque sabe el desenlace, aunque no conoce los detalles del proceso. Con el Reino de Dios sucede de manera similar. Jesús y los discípulos saben que el fruto final será abundante, y que la cosecha será jubilosa, pero mientras tanto, el desarrollo es misterioso. Se conoce el inicio y el final (por fe, por esperanza), pero el trayecto es algo que sólo Dios conoce. La comunidad de Marcos cree en un final gozoso, en el momento adecuado, pero mientras tanto debe soportar la cruz y la persecución. Es un misterio cómo Dios, a través de esas tribulaciones, llevará el Reino de Dios a su concreción.

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Esta parábola da inicio con una estructura que, según algunos estudiosos del judaísmo, es clásica del rabinismo. La estructura consta de tres partes donde el maestro lleva adelante un diálogo retórico consigo mismo que es, en realidad, un diálogo ficticio con sus discípulos. En primer lugar, el rabino anuncia de lo que hablará (en este caso, del Reino de Dios); luego se pregunta, retóricamente, cómo hablará de ellos (¿qué parábola servirá?); finalmente, anuncia lo que ha elegido para hablar del tema anunciado primeramente (la figura del grano de mostaza).

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La parábola del grano de mostaza recae sobre la pequeñez de la semilla. Según Jesús es la más pequeña de todas las semillas de la tierra, lo cual parece, simplemente, una exageración. Pero para algunos refranes palestinos, no era exagerado utilizar la pequeñez del grano de mostaza como comparación. En el plano biológico científico, la mostaza no es la semilla más pequeña del universo, pero en el ideario metafórico puede serlo, y eso es suficiente para utilizarla en una parábola. Porque el Reino de Dios no se parece específicamente al grano de mostaza, sino a lo que sucede con el grano de mostaza cuando es sembrado.

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Las plantas de mostaza, maduras, plantadas a orillas del Mar de Galilea, podían alcanzar una altura de tres o cuatro metros. Y lograban la reproducción de una manera bastante rápida. La parábola clasifica este arbusto entre las hortalizas, o sea, entre aquellas plantas que podían cultivarse a manera de huerto, con una producción dirigida por el ser humano, y no de manera silvestre. Así es que el pequeño grano de mostaza, en comparación con las otras hortalizas, es llamativo, pues en breve tiempo alcanza tamaño de arbusto, sobrepasando a las otras semillas.

La idea de los pájaros que vienen a cobijarse a la sombra del mostacero no está tan relacionada con el arbusto en sí, sino con la imagen, ya veterotestamentaria, del gran árbol donde anidan pájaros diversos. Digamos que la parábola inicial del grano de mostaza es la excusa para culminar con esta alusión que se remonta a los profetas, sobre todo el capítulo 4 de Daniel y los capítulos 17 y 31 de Ezequiel. Para estos inspirados, el árbol representa a los grandes reinos terrenales. Babilonia es un árbol corpulento, Egipto es un cedro del Líbano. De la misma manera, el Reino de Dios es un vegetal grande. Pero la comparación tiene su golpe de efecto, como en todas las parábolas. El Reino de Dios no es un cedro, no es un ciprés que se impone por su robustez. El Reino de Dios es como un grano de mostaza, destinado a la huerta, a estar entre otras hortalizas. Crecerá de golpe y se verá su magnificencia de arbusto, pero diferenciada de la magnificencia de los árboles aplastantes. Es otra manera de Reino, otra forma de estar presente.

En los grandes árboles de los reinos terrenales se cobijan los pájaros del cielo (cf. Ez. 31, 6), y en el arbusto de la mostaza también lo hacen. Los pájaros del cielo son las naciones de la tierra que se ponen al amparo del reino más poderoso, buscando protección, aterrorizados por su poder. Nuevamente, con el mostacero es distinto. Los pájaros que anidan (los gentiles que llegan al Reino) no llegarán por temor, sino que lo harán porque las ramas del mostacero se expanden. Es una atracción antes que una imposición.

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Jesús ha sido un gran narrador de parábolas, y seguramente contaba con una gran colección de relatos. Marcos dice que hay muchas parábolas, pero él sólo cuenta algunas. Las parábolas son utilizadas para anunciar la Palabra (logos), como la anunció en la puerta de aquella casa del capítulo 2 (cf. Mc. 2, 2). Esta Palabra parece ser un concepto para resumir de lo que habla Jesús, y de lo que deberían hablar los cristianos. La Palabra no es sólo vocablo, no es sólo anuncio verbal, sino que está relacionada con hechos concretos, con el alivio del sufrimiento de las personas, con acciones que provocan cambios. La Palabra no es un mero discurso, sino una realidad eficiente. Por eso, en cierto sentido, Palabra y Reino de Dios pueden ser equivalentes en el cristianismo. Cuando se anuncia la Palabra, difícilmente pueda anunciarse algo distinto al Reino. Cuando se trabaja en pos del Reino, difícilmente pueda hacerse sin la Palabra.

Quizás, la diferencia radique en el matiz más religioso de la Palabra en comparación con el matiz más secular del Reino. La Palabra es la Palabra de Dios, y la anuncian los que creen interpretar el interés divino. Digamos que creer en una Palabra es asumir la existencia de un Dios que pronuncia una Palabra. El Reino, en cambio, es una visión macroecuménica, y no implica a un Dios necesariamente. Sí lo implica para los cristianos, pero puede no implicarlo para alguien que trabaja por la justicia social, por la dignidad de los oprimidos, por los marginados del sistema.

Jesús anuncia, evidentemente, una Palabra que es equiparable al Reino de Dios, porque para Jesús la Palabra implica a Yahvé y el Reino implica al Padre. Las parábolas tratan de traer a la realidad explicable el sentido profundo de esta Palabra. Las parábolas son dichas por Jesús en la medida en que la multitud puede asimilarlas. La parábola acerca el misterio del Reino, pero sigue siendo un misterio.

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Este versículo es difícil de congeniar con el anterior. Por momentos parecen decir lo mismo y por momentos parecen contradecirse. Algunos comentaristas de Marcos suponen que todo el versículo es un añadido posterior al autor original, mientras que otros creen que sólo la segunda parte del versículo es un añadido.

Si ponemos ambas frases en espejo, se crea un paralelismo: se dice que Jesús habla en parábolas en el inicio, y se dice algo sobre la comprensión en el final. Aquí parece estar, justamente, la diferenciación. El versículo 33 plantea que las parábolas se van revelando en la medida en que los oyentes son capaces de comprenderlas (todos los oyentes, la multitud en general). El versículo 34, en cambio, separa a los discípulos de la multitud, recibiendo los primeros una explicación detallada y privada de las parábolas. Es probable que esta referencia a la explicación en privado tenga que ver con un momento de las primeras comunidades donde la palabra original pronunciada por Jesús de Nazaret sufre diversas interpretaciones. Algunos creen que las parábolas significan esto, y otros creen que significa aquello. ¿Quién tiene la verdad? Pues, los discípulos. Jesús ha explicado a sus discípulos de qué se trata el Reino, de qué se tratan las parábolas. Esta es la creencia que sustenta doctrinas. Algunos grupos de los cristianismos originarios, ante el desconcierto y la variedad de interpretaciones sobre algunos aspectos de Jesús, suponen (y creen) que Jesús impartió una explicación más detallada a sus más íntimos, y que la transmisión de esa explicación privada es la clave hermenéutica para comprender el mensaje. Obviamente, cada distinto grupo se atribuye la condición de receptor de la explicación verdadera.

En definitiva, es una lucha doctrinal que no es ajena a la actualidad. Variados grupos cristianos auto-otorgándose la interpretación oficial. Pero lo cierto es que las parábolas, así narradas, como buenas poesías repletas de imágenes que son, admiten ser miradas desde distintos ángulos. La parábola dice algo específico, pero también puede decir muchas cosas más, porque es una imagen y no una definición, es una aproximación al misterio, pero no el misterio en sí mismo. La parábola nos permite leerla/escucharla para que ensayemos la diversidad en la unidad.

Por no esperar, el Reino se prende fuego / Decimosexto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 13, 24-43 / 17.07.11

Y les propuso otra parábola: “El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña. Los peones fueron a ver entonces al propietario y le dijeron: Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él?. El les respondió: Esto lo ha hecho algún enemigo. Los peones replicaron: ¿Quieres que vayamos a arrancarla?. No, les dijo el dueño, porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero”.

También les propuso otra parábola: El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas”. Después les dijo esta otra parábola: “El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa”. Todo esto lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas, y no les hablaba sin parábolas, para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta: Hablaré en parábolas, anunciaré cosas que estaban ocultas desde la creación del mundo.

Entonces, dejando a la multitud, Jesús regresó a la casa; sus discípulos se acercaron y le dijeron: “Explícanos la parábola de la cizaña en el campo”. El les respondió: “El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los que pertenecen al Reino; la cizaña son los que pertenecen al Maligno, y el enemigo que la siembra es el demonio; la cosecha es el fin del mundo y los cosechadores son los ángeles. Así como se arranca la cizaña y se la quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre. ¡El que tenga oídos, que oiga!” (Mt. 13, 24-43)

La liturgia católica continúa proponiendo, para estos domingos, el discurso parabólico del capítulo 13 del Evangelio según Mateo. Los comentaristas no terminan de ponerse de acuerdo sobre la estructura de esta sección que constituye el tercer discurso del Jesús Maestro mateano. Una posibilidad es dividir el discurso en un primer acto, desde Mt. 13, 1 hasta Mt. 13, 33, donde se describe la escenografía (la barca) al principio, se narra la parábola del sembrador, se explica por qué Jesús habla en parábolas y se da la interpretación alegórica del sembrador. A continuación vienen los versículos que leemos hoy con la parábola de la cizaña, del grano de mostaza y de la levadura. Aquí culminaría el primer acto y, antes de pasar al segundo, habría un entreacto protagonizado por el sentido de las parábolas: Jesús no le habla a la multitud de otra forma que no sea con parábolas, revelando así las cosas ocultas desde la Creación (la cita es una modificación de Sal. 78, 2). De esta manera, Jesús equipara su enseñanza con lo más sagrado de la tradición de Israel, según una antigua tradición rabínica que proclama que, desde la Creación, Dios ha creado lo que vemos y lo que no vemos, inclusive lo que no entendemos en un primer momento. Los llamados milagros o misterios provienen de la misma Creación en la que Dios ha creado lo natural u ordinario. Jesús trae a la muchedumbre los misterios más profundos del Padre, que no están resguardados sólo para los escribas, sino para el ser humano en general. A partir de allí entraríamos al segundo acto (entre Mt. 13, 36 y Mt. 13, 50) con la interpretación alegórica de la parábola de la cizaña, la parábola del tesoro, la perla y la red. Finalmente, tendríamos un epílogo en Mt. 13, 51-52.

Esto sería un esquema general, discutible. En los versículos seleccionados litúrgicamente para este domingo tenemos un esquema más pequeño, más interno, con la parábola de la cizaña al principio y la explicación alegórica al final, encerrando literariamente las parábolas del grano de mostaza y de la levadura. Estas dos parábolas van unidas en la fuente Q, como bien lo respetan Mateo y Lucas (cf. Lc. 13, 18-21), que se valen de ella. Esto quiere decir que hay un vínculo entre ambas. Las dos comienzan con algo pequeño que tiene resultados grandes, casi exagerados. En Galilea, el mostacero puede alcanzar 3 metros de altura; no es un árbol gigante, pero sí un arbusto importante en tamaño. Entendemos que Jesús exagera al hablar de un árbol grande, pero ya veremos por qué lo hace. En cuanto a la levadura en la masa, la exageración está en la harina utilizada, que serían cerca de 22 litros, entendiendo que una medida (saton en griego, del hebreo seah) equivale aproximadamente a 7,33 litros, y el texto original habla de tres medidas de harina. Eso es mucha cantidad para la levadura que pone la mujer. Y, sin embargo, el resultado es grandioso. Estas exageraciones del parabolista, además de responder al modelo literario de la parábola que presenta un cambio notorio entre el inicio y el final de la narración, son constataciones de la acción del Reino. Tan pequeño y desapercibido, se transforma en árbol y hace fermentar una masa ingente. No es necesario acelerar el juicio escatológico ni tomar la justicia divina en nuestras manos (eso es lo que explicará la parábola de la cizaña), porque el Reino actúa, aunque nos parezca que sucede lo contrario, que el mundo se cae a pedazos, que no hay nada bueno. El final de los tiempos llegará a su momento; es más; llegará en el momento oportuno, adecuado. Lo que debemos tener por cierto es que la masa fermentará y que los pájaros del cielo van a cobijarse en las ramas del árbol mostacero. La imagen del gran árbol como metáfora de reinos enormes se remonta al profeta Ezequiel, que describe a Egipto como un ciprés, un cedro del Líbano, de follaje tupido, donde anidan todos los pájaros del cielo (cf. Ez. 31, 1-8). Daniel retoma la imagen también (cf. Dan. 4, 17-19). El Reino de Dios crecerá, indefectiblemente, y todos podrán cobijarse en sus ramas. Estos pájaros son las naciones del mundo. El final de los tiempos será universal. El Reino dará cobijo a todos, sin distinguir entre judíos y paganos.

Pues bien, junto a esa confianza de Jesús en el Reino como desarrollo inevitable de la historia, se encuentra la realidad del trigo y la cizaña. La dinámica entre parábola y explicación alegórica es la misma que en la parábola del sembrador. Jesús narra un texto parabólico y luego, en privado, los discípulos reciben una explicación en línea alegórica, adjudicando a cada elemento de la narración un correspondiente en la realidad. Como en la otra oportunidad, suponemos que la parábola puede remontarse al Jesús histórico, pero la explicación alegórica es de la comunidad cristiana. Quizás, lo escandaloso de la parábola sea que el dueño del campo no quiera arrancar la cizaña. Prefiere esperar hasta la cosecha. El enemigo que sembró cree así que ha triunfado, que ha arruinado el campo del hombre. Pero nuevamente aparece el tema de la confianza en el Reino. Hay que tener esperanza. Cuando llegue el tiempo (la cosecha), el trigo se separará de la cizaña. El Reino tendrá una resolución, aunque parezca que la cizaña se come todo el campo. El Reino será finalmente un gran trigal. En la alegoría, la cosecha es el momento escatológico y los cosechadores son los ángeles, mensajeros de Dios. Esta es una visión apocalíptica que se complementa a la de Mt. 25, 31-46, donde también hay ángeles presentes. Así como el trigo y la cizaña, en el capítulo 25 son las ovejas y los cabritos. Mateo recalca esta separación entre lo bueno y lo malo, lo que proviene de Dios y lo que proviene del Maligno, pero lo reserva para el Hijo del Hombre que viene al final de los tiempos. No puede acelerarse ese proceso. No puede hacer justicia el ser humano, porque no sabe cuál es la vara con la que mide Dios, ni tiene su sabiduría ni su misericordia. ¿Cómo distinguir el trigo de la cizaña si en el mismo corazón del ser humano hay trigo y cizaña? Es una tarea para el Hijo del Hombre y sus ángeles.

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Es interesante notar cómo la figura del enemigo del dueño del campo emula al sembrador. El enemigo siembra como si el campo fuese suyo, haciendo las veces de dueño, de sembrador. En la alegoría, el demonio queda al descubierto. Cree que el mundo es suyo y se cree dios, haciendo las veces de sembrador, pero el final revela que no lo es, y que su cizaña es derrotada y quemada. Cuando en las tentaciones del desierto, el demonio muestra a Jesús las naciones y se las ofrece, como si fuesen suyas (cf. Mt. 4, 8-9), en realidad está mintiendo. Jesús lo tiene en claro. Por eso tiene una esperanza enorme en el resultado del Reino. Esa esperanza es la que le da fidelidad (fe) al proyecto del Padre, aún en el tiempo de espera.

En la Iglesia, a veces, pecamos de arrebatados. Queremos un juicio ya mismo, una destrucción de la maldad (de los malos) que no se haga esperar. Y por no esperar esperanzados, comenzamos la caza de brujas nosotros mismos, midiendo con las varas que cada uno, subjetivamente, tiene. Y esas varas hacen desastres, condenas, inquisiciones y censuras. No creemos en la levadura ni en el grano de mostaza. Es más; nos parecen absurdas ambas historias. Preferimos lo grande, lo institucional, lo muy visible. Preferimos marchas y procesiones multitudinarias, y hasta identificamos el éxito del Reino con el aumento de suscriptos a jornadas cristianas con escenarios y ceremonias teatrales. Nadie sabe de las comunidades pequeñas reunidas en las casas, nadie sabe de las ONG que defienden al pobre y al oprimido con escasos recursos materiales y humanos, nadie sabe de los niños que son acogidos desinteresadamente por hogares familiares, nadie sabe del político que rechaza la coima ni del empresario que evita aprovecharse de sus obreros. Es lo que pasa desapercibido. Es el Reino que hace fermentar la masa y que crece como el mostacero, pero nadie lo reconoce. Allí debe estar el apoyo de la Iglesia. No importa si se declaran o no cristianos; importa que son trigo. Los márgenes institucionales pueden ser terribles, limitantes, sectarios. Y sin embargo el Reino quiere ser un árbol que cobije a todos los pájaros del cielo. Por arrebatados, ponemos límites al crecimiento del mostacero, o imploramos al dueño del campo para que envíe sus ángeles de la cosecha. Él nos sigue pidiendo que esperemos, que todo tiene su tiempo, que los juicios apresurados destruyen; y en la Iglesia tenemos sobrada experiencia de haber quemado trigo pensando que era cizaña.

Segundo Domingo de Cuaresma – Ciclo C – Lc. 9, 28-36

Unos ocho días después de decir esto, Jesús tomó a Pedro, Juan y Santiago, y subió a la montaña para orar.

Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante. Y dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que aparecían revestidos de gloria y hablaban de la partida de Jesús, que iba a cumplirse en Jerusalén. Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño, pero permanecieron despiertos, y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él. Mientras estos se alejaban, Pedro dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. El no sabía lo que decía. Mientras hablaba, una nube los cubrió con su sombra y al entrar en ella, los discípulos se llenaron de temor. Desde la nube se oyó entonces una voz que decía: “Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo”.

Y cuando se oyó la voz, Jesús estaba solo. Los discípulos callaron y durante todo ese tiempo no dijeron a nadie lo que habían visto. (Lc. 9, 28-36)

El relato de la transfiguración es uno de esos episodios que toda la tradición sinóptica atestigua. Este año leemos la versión de Lucas, pero también Mt. 17, 1-8 y Mc. 9, 2-8 lo conservan. Como siempre sucede con las escenas compartidas por los diferentes Evangelios, cada uno de lo autores hace hincapié en elementos particulares, y el estilo propio deja huellas en el texto que, en paralelo, pueden rastrearse. Lo que comparten unánimemente es la ubicación de la transfiguración en el plan de la obra. Siempre es precedida por la confesión de fe de Pedro (cf. Mt. 16, 13-20; Mc. 8, 27-30; Lc. 9, 18-21), el primer anuncio de la pasión (cf. Mt. 16, 21; Mc. 8, 31; Lc. 9, 22), y la segunda llamada vocacional que implica cargar con la cruz (cf. Mt. 16, 24-27; Mc. 8, 34-38; Lc. 9, 23-26). La tradición de Mt-Mc añade el malentendido entre Jesús y un Pedro que no comprende aún el mesianismo de la muerte (cf. Mt. 16, 22-23 y Mc. 8, 32-33). Finalmente, el versículo común que hace de prólogo a la transfiguración es nuevamente compartido (cf. Mt. 16, 28; Mc. 9, 1; Lc. 9, 27), y en palabras de Jesús, expresa que entre los que lo estaban escuchando, habría algunos que no morirían antes de ver venir el Hijo del Hombre en su Reino (Mateo), el Reino de Dios con poder (Marcos) o simplemente el Reino de Dios (Lucas). Días después de esta declaración acontece lo que leemos hoy.

La cantidad de días que transcurren entre el anuncio de Jesús y la transfiguración ya son un motivo de disensión. Para Mt-Mc han pasado seis días, pero para Lucas son ocho. El por qué de este número no es tan fácil de rastrear. Para el Evangelio según Juan, el octavo día es una figura que representa la nueva Creación, el día novedoso añadido a la semana creadora original (siete días); por ello, el Resucitado se presenta entre los discípulos “ocho días después” (Jn. 20, 26). Para algunos exegetas, en Lucas hay que interpretar el mismo significado. Sin embargo, el octavo día en la obra lucana aparece una sola vez más, en Lc. 2, 21: “Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le puso el nombre de Jesús, el que le dio el ángel antes de ser concebido en el seno”. ¿Qué sentido, pues, tenía la circuncisión? Según Gn. 17, 9-14, la alianza entre Dios y Abraham se señaliza con la circuncisión, y es un signo que debe permanecer de generación en generación. Tan importante es este rito para el judaísmo que el varón no circuncidado debe ser considerado como un desheredado, y por lo tanto, no tiene derecho a celebrar la pascua (cf. Ex. 12, 48). El israelita incircunciso es un excomulgado. Y cualquier incircunciso, judío o gentil, está fuera de la alianza de Abraham. Pero falta reconocer cuáles son los elementos de la alianza. Según Gn. 17, 4-8, Yahvé hará de Abraham un padre de muchedumbres y su descendencia tendrá una tierra en posesión perpetua. En resumen, la alianza consiste en fertilidad y tierra prometida. La circuncisión, por lo tanto, recuerda esa promesa; la circuncisión es esperanza. Esta relación queda patente en el capítulo 5 del libro de Josué, cuando el pueblo de Israel, que está a punto de tomar posesión de Jericó (a punto de comenzar la conquista de la tierra prometida), se circuncidó, debido a que los israelitas nacidos en el desierto eran incircuncisos. Con el ritual ya realizado, el pueblo celebró la Pascua en los llanos de Jericó. Circuncisión y pascua son liturgia de la entrada a la tierra prometida, liturgia de la alianza. Quizás, el sentido del octavo día de la transfiguración sea el sentido de la circuncisión, de la nueva circuncisión en Cristo, como explica Colosenses: “En él también fuisteis circuncidados no con circuncisión quirúrgica, sino mediante el despojo del cuerpo carnal, por la circuncisión en Cristo” (Col. 2, 11).

Hay un dato más, propio de Lucas, que relaciona la circuncisión, la alianza y la transfiguración. Mientras que Mt-Mc menciona la aparición de Elías y de Moisés junto a Jesús y que los tres mantienen una conversación, Lucas va más allá y nos narra de qué hablaban los tres. La palabra que nosotros traducimos por partida (refiriéndose a la muerte de Jesús en Jerusalén), en el griego original es exodos. Esta referencia es clara al éxodo de Israel al partir de Egipto. Para la tradición bíblica del Antiguo y del Nuevo Testamento, el suceso de la liberación de la esclavitud egipcia es la pro-forma de todos los eventos de la historia de la salvación: la salida de la cautividad de Babilonia es un nuevo éxodo, la resurrección de Jesús es un nuevo éxodo, el final de los tiempos con la peregrinación escatológica a la Nueva Jerusalén es el gran éxodo definitivo de la historia. La transfiguración es, de esta manera, prefiguración de lo que será la muerte y resurrección de Jesús, prefiguración del éxodo central del universo, el éxodo-pascua del Cristo. Elías y Moisés hablan con Jesús sobre los acontecimientos que sucederán en Jerusalén para dar a la pasión y a la muerte la visión divina, la perspectiva celestial. En la cruz sucederá la verdadera circuncisión, se establecerá la alianza última e irrevocable.

También la referencia a la construcción de las tres tiendas tiene resonancias de circuncisión, alianza y éxodo. La fiesta de los tabernáculos, llamada también fiesta de las chozas o fiesta de las tiendas, era una de las tres fiestas judías que implicaban peregrinar hacia Jerusalén (cf. Dt. 16, 16), y durante una semana, los peregrinos vivían en tiendas construidas para la ocasión. La propuesta de Pedro a Jesús enmarca la transfiguración en la celebración de los tabernáculos. La fiesta tenía variados matices y significados: en un principio fue la fiesta de la cosecha (cf. Ex. 34, 22); tiene también ritmo cronológico, pues era una de las primeras celebraciones del año comenzado, marcando los ciclos de cosecha y recolección; sucedía al Yom Kippur (cf. Lv. 16), día de la expiación o purificación; era rito de fecundidad para que la tierra produjese en abundancia en el próximo ciclo agrícola; es afirmación nacionalista y mesiánica según Zacarías, quien puede ver cómo, en el final de los tiempos, todos los pueblos subirán a Jerusalén para reconocer el reinado de Yahvé Sebaot y celebrarán los tabernáculos (cf. Zac. 14, 16); y era la oportunidad de experimentar, durante una semana, lo que fue la vida de Israel en el desierto, en la vivencia continuada del éxodo, en la esperanza de la tierra prometida, y sobre todo, con la cercanía íntima de Dios que caminaba junto al pueblo. La transfiguración y los tabernáculos son visiones congruentes de la alianza y también visiones desde aristas diferentes; una retrospectiva y otra prospectiva; una sobre lo que pasó y lo que se espera, otra sobre lo que pasará y que también es esperanza. Para ambas el éxodo es importante, el paso de una situación a otra, de la esclavitud a la libertad, de la vida a la muerte para volver a la vida.

En la escena lucana, las señales apuntan hacia la alianza. Se recuerda el octavo día que es el día de la circuncisión; Elías, Moisés y Jesús hablan de la pascua jesuánica; el contexto externo parece estar dado por la fiesta de las chozas. La idea de éxodo es telón de fondo y argumentación entretejida. Para entrar a la tierra prometida los israelitas se circuncidaron; Elías, Moisés y Jesús hablan del éxodo jesuánico; la fiesta de los tabernáculos es celebración de la estancia en el desierto durante el éxodo mosaico. La mismísima presencia de Elías (representante por excelencia de los Profetas) y Moisés (representante por excelencia de la Ley) es la presencia de la antigua alianza que dialoga con la nueva (Jesús, su pasión y resurrección). La transfiguración es prolepsis de la pascua jesuánica. En Lc. 24, 1-8, escena de la tumba vacía, tres son las testigos principales (cf. Lc. 24, 10), al igual que tres son los testigos de la transfiguración; dos hombres se presentan para anunciar la Buena Noticia, al igual que los dos (Elías y Moisés) que hablan con Jesús; los hombres llevan vestidos resplandecientes en la tumba vacía, al igual que la blancura deslumbrante del Maestro en la transfiguración y sus dos interlocutores revestidos de gloria; las tres testigos se atemorizan, al igual que los tres apóstoles; finalmente, los hombres resplandecientes de la tumba les recuerdan que el Hijo del Hombre les había anunciado estos sucesos, por ejemplo, en Lc. 9, 22, unos versículos antes de la transfiguración. La nueva alianza consumada en la pascua fue anunciada (¿y celebrada?) en el monte donde Jesús se transfiguró.

En la resurrección, en el Resucitado, los éxodos (todos y cualesquiera que sean) cobran sentido pleno. La salida de Egipto, el regreso del destierro, la peregrinación escatológica la Nueva Jerusalén, hallan su esencia en la pascua jesuánica. Y los éxodos personales o comunitarios de la época en que nos toca vivir, también se plenifican en el Cristo. Porque hacer el éxodo es salir de una situación para entrar en otra, es ser liberado de una servidumbre para experimentar la libertad digna, es dejar de no-ser para comenzar a existir siendo. Los éxodos son resurrecciones, pasos a una vida más plena, y por ello sólo pueden alcanzar la realización si participan del éxodo central de la historia, el éxodo por excelencia, el paso de lo humano a la vida de Dios (parafraseando algunos cantos litúrgicos).

Los acontecimientos sencillos y cotidianos de la vida pueden leerse en clave de éxodo o esclavitud. Podemos vivir en la esclavitud o esclavizándonos, pero también tenemos la opción de salir, de movilizarnos, o mejor dicho, de ser liberados. Nos perdemos de mirar con los ojos de Dios las liberaciones, y así nos perdemos en caprichos, creyendo que se está mejor encerrado. Para Israel, salir de Egipto fue muchas veces una tortura, una recriminación a Yahvé que les había quitado las cebollas del Faraón para matarlos de hambre en el desierto. Nosotros, generalmente, preferimos las cebollas. Ni siquiera la transfiguración, la mirada divina sobre el éxodo de la cruz, nos convence. Seguimos viendo con los ojos de la horizontalidad humana, y los éxodos son más un problema que una oportunidad. Es más fácil ser esclavo que libre. Duele más hacerse cargo de responsabilidades y decisiones que seguir estrictamente las órdenes de un amo. Dejarse liberar es un tormento, pues aceptamos una alianza de gracia con el Liberador. Él promete amarnos a pesar de todo; nosotros tenemos miedo de amar.

Para amar hay que circuncidarse el corazón, como reclamaban los profetas. Un corazón circuncidado es un corazón al descubierto, desnudo, abierto a los otros y al Otro. Nuestra mente cree que las alianzas de gracia nos debilitan; recibimos tanto y sin necesidad de algo a cambio, que suponemos que hay algo mal. El hecho de que Jesús decida subir a Jerusalén y allí lo maten, y que su sangre sea alianza universal, siempre parece quedarnos muy grande. No nos atemorizan nuestras obligaciones para con ese amor, nos atemoriza el amor mismo. ¿Cómo hacer el éxodo de uno mismo? ¿Cómo liberarse para amar a la manera del Maestro? Por ese amor fue asesinado. ¿Cómo llegar a salir tanto de nuestro egocentrismo hasta el martirio? Sólo es posible porque Dios nos amó primero, porque Él ya hizo el éxodo.