Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.
Durante la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle, sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido. Llega a Simón Pedro; éste le dice: “Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?” Jesús le respondió: “Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde.” Le dice Pedro: “No me lavarás los pies jamás.” Jesús le respondió: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo.” Le dice Simón Pedro: “Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza.” Jesús le dice: “El que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos.” Sabía quién le iba a entregar, y por eso dijo: “No estáis limpios todos.”
Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa, y les dijo: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros.(Jn. 13, 1-15)
La celebración del Jueves Santo es, en su esencia, la celebración de la eclesialidad, de los fundamentos eclesiales. En este día (aunque por practicidad se está realizando en muchos lugares el miércoles) el Obispo de cada Iglesia particular consagra los óleos que se utilizarán durante el año, los óleos sacramentales. De más está decir que los sacramentos son el edificio de la Iglesia, la vía celebrativa que hace visible la relación de los cristianos entre sí y su relación con Dios. La lectura del Evangelio del día nos lleva a la última cena de Jesús con sus discípulos, y por ende, nos concentra en el sacramento de la comunión, alrededor del cual se congrega la Iglesia toda, diariamente, para comer el mismo pan y beber la misma sangre. En los primeros siglos, el Jueves Santo era también el día en que los penitentes de la cuaresma recibían la absolución comunitaria tras un camino de arrepentimiento. En una época donde la reconciliación sólo podía celebrarse una vez en toda la vida, este día era muy significativo en ese sentido. También hay eclesialidad allí porque el perdón se recibía en comunidad y el penitente se sentía incluido en una comunidad que perdona, una Iglesia de reconciliación. Finalmente, con el lavatorio de los pies, éste es el día del servicio. Este dato no es menor en la eclesialidad que celebramos. Si la Iglesia no sirve, no se hace esclava, no lava los pies, entonces no ama, no es Iglesia de Jesús. Si no sabe reproducir la entrega del Maestro, es porque no ha aprehendido nada. La Iglesia celebra hoy lo que quiere para Ella: ser servidora, dar la vida.
Si bien el texto elegido litúrgicamente pertenece al Evangelio según Juan, y si bien los sinópticos no conservan esta memoria, no son ajenos al mensaje de la perícopa. Lucas, el evangelista del Ciclo C, tiene un versículo interesante durante la última cena, unas palabras de Jesús a los comensales: “Porque, ¿quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve” (Lc. 22, 27). Los paralelos con lo leído hoy son elocuentes. El tema es el servicio; la paradoja está presente (el mayor es el menor, el Maestro y Señor lava los pies); el movimiento relacionado con la mesa también (Jesús, en lugar de estar a la mesa siendo servido, sale de ella para servir). La última cena, así, no es un evento aislado de la pasión, sino una dimensión más del hecho pasional, un acceso diferente, una lectura desde otro ámbito. En la última cena, Jesús ya se está entregando radicalmente, ya está anticipando y viviendo en presente la pasión.
Si quisiésemos esbozar una estructura de las acciones del Maestro en el gesto del lavatorio, tendríamos una distribución concéntrica:
A. Levantarse de la mesa
B. Quitarse sus vestidos
C. Ceñirse la toalla
D. Lavar los pies
C´. Secar con la toalla
B´. Ponerse sus vestidos
A´. Volver a la mesa
El centro de la acción, por lo tanto, es el gesto de lavar los pies. Ese es el centro de la vida de Jesús: servir. Desde ese abajamiento (esa kenosis en término de Pablo a los Filipenses) cobra sentido su muerte y su vida. El por qué del comportamiento de Jesús es el lavatorio de los pies, o sea, es el amor. Este gesto servicial está ligado íntimamente al nuevo mandamiento del amor (cf. Jn. 13, 34). Lavarse los pies los unos a los otros es amarse los unos a los otros, pero no con cualquier amor ni con cualquier servicio; el modelo es el Cristo. Se trata de un modelo apasionado y radical, un forma amorosa de dar la vida, de entregarse, de salir de uno mismo para los otros. Esa expresión máxima se hace evidente en la cruz. Por eso en la estructura concéntrica que presentamos, se sale de la mesa y se vuelve, se quitan los vestidos y se recobran, pero la toalla parece quedar ceñida. El Maestro se la ata antes del lavatorio, pero nunca se nos narra que la desate. Jesús va a entrar en el servicio definitivo, el servicio de la muerte injusta por transmitir vida. No puede quitarse la toalla porque seguirá sirviendo; Él es el servidor eterno. La fuerza de esa disposición interna, la radicalidad de ese amor, encuentra su expresión literaria en el versículo introductorio. Jn. 13, 1 no es solamente el proemio a la escena del lavatorio; es el prólogo de toda la segunda parte del Evangelio. Clásicamente, la narración joánica puede dividirse en una primera parte (o Libro de los Signos) que va de Jn. 1, 1 a Jn. 12, 50, y una segunda parte (o Libro de la Hora) que va de Jn. 13, 1 a Jn. 20, 31. A lo que sucederá en esta segunda sección nos lo presenta Jn. 13, 1 con una serie de palabras de fuerte significado para la teología de Juan:
- Pascua: en el Evangelio según Juan se nombran, por lo menos, tres fiestas de Pascua. La primera es nombrada en Jn. 2, 13.23 y está relacionada con el incidente del Templo, cuando Jesús expulsa a los vendedores y cambistas y declara que el Templo ya no tiene validez, que ahora su cuerpo muerto y resucitado es el nuevo y verdadero lugar de adoración. La segunda Pascua está en Jn. 6, 4 y es sucedida por la multiplicación de los panes y el discurso sobre el pan de vida, haciendo notar que el modelo pascual antiguo es superado por el nuevo de comensalidad abierta y cuerpo y sangre del Mesías entregado. Finalmente, la tercera y última Pascua comienza en Jn. 11, 55 y Jn. 12, 1, con la resurrección de Lázaro, la entrada mesiánica a Jerusalén, y la aparición de los griegos que buscan a Jesús, en lugar de buscar el Templo. Esta Pascua de los judíos coincidirá con la Pascua de Jesús, que comienza en la última cena y hace un arco hasta la resurrección. Como vemos, todo el proceso de sustitución del judaísmo por el cristianismo tiene su clave de bóveda en la cruz y la tumba vacía. No se sustituye por capricho, sino porque las cosas han sido hechas nuevas.
- Jesús: la palabra Jesús aparece 158 veces en la primera parte del Evangelio (hasta el capítulo 12 inclusive) y es el término más frecuente para referirse al protagonista de la obra. Otras palabras, como Cristo (16 veces) o Mesías (2 veces) tienen muy poca presencia cuantitativa. El cuarto Evangelio está muy preocupado por demostrar, no sólo que Jesús es Dios, sino que es humano, luchando así, apologéticamente, contra las herejías fuertes que amenazan su comunidad. Por eso es importante que Jesús sea llamado por su nombre humano, por lo que lo define aquí en la tierra. En la segunda parte de su obra (desde el capítulo 13), la palabra sigue siendo la más frecuente para referirse al protagonista, apareciendo 93 veces. Cristo aparece sólo una vez y Mesías no figura.
- Hora: el tema de la Hora es importantísimo en Juan. Todo el libro está recorrido y signado por la Hora que ha de llegar o la Hora que ha llegado. En sí mismo, el concepto es una pieza fundamental de la teología joánica. Este pasaje entre la Hora que está por llegar y su llegada puede visualizarse con la lectura de Jn. 2, 4 (cuando en las bodas de Caná la madre de Jesús recibe la noticia de que no ha llegado aún) y la contraparte en Jn. 12, 23.27 (cuando Jesús, en una oración similar al Getsemaní de los sinópticos, asegura que ya ha llegado la Hora y que asume la Voluntad divina de que así sea). En el medio de este arco que une el principio y el final de la vida pública de Jesús, es imposible adelantar la Hora, o sea, es imposible apresarlo para darle muerte (cf. Jn. 7, 30; Jn. 8, 20). Jn. 13, 1 y Jn. 17, 1 confirmarán las afirmaciones del capítulo 12. Y Jn. 16, 25 relaciona la Hora con la revelación clara del Padre. Cuando llegue la Hora, dos tipos de características tendrá: unas involucran específicamente a los discípulos y otras son más generales. Dentro de las primeras, tenemos que los discípulos serán asesinados en nombre de Dios (cf. Jn. 16, 2) y muchos se dispersarán abandonado a Jesús (cf. Jn. 16, 32). En el segundo grupo, tenemos que cuando llegue la Hora no habrá un lugar específico de adoración, sino que se adorará al Padre en espíritu y verdad (cf. Jn. 4, 21.23) y los muertos oirán la voz del Hijo para vivir (cf. Jn. 5, 25.28).
- Mundo: la palabra aparece 33 veces en la primera parte del Evangelio y 45 veces en la segunda. En los capítulos 16 y 17, durante el discurso de despedida de Jesús, cobra vital importancia. Aparece 8 veces en el capítulo 16 y 18 veces en el 17. En el mundo hay hostilidad, se mata al Maestro y se persigue a los discípulos, pero en el mundo se realiza la misión, y el mundo es salvado por Jesús. Esa tensión propia de la Iglesia es explicitada en el discurso de despedida porque es el discurso para los discípulos, el discurso para la comunidad eclesial.
- Padre: la palabra Padre aparece 73 veces hasta el capítulo 12 y 57 veces del capítulo 13 en adelante. Siempre, en sus apariciones, está en relación al Hijo. Jesús es el hombre en relación filial con Dios, el que conoce la intimidad de la divinidad, el que sale del seno de Dios para darlo a conocer, para revelarlo. Jesús es el gran revelador porque tiene una relación, eterna y pre-existente, que le hace el gran conocedor. Nada de lo que hace Jesús cae fuera de la órbita del Padre y de su Voluntad. Curiosamente, durante el capítulo 19 del libro, donde se narran los hechos centrales de la Pasión y la crucifixión, la palabra desaparece, para volver a hacerse presente en el capítulo 20, en boca del Resucitado. De esta manera, Jesús es también el gran Hijo fiel, que ante la aparente ausencia del Padre en la tribulación, permanece firme en el propósito de cumplir su Voluntad. Su relación es tan profunda y de tanta fe, que aunque todo indique lo contrario o incite al abandono, Él sigue creyendo y amando al Padre.
- Amor: sobre el amor abundan los Evangelios. En cuanto a Juan, nos limitaremos a citar cuatro versículos que pueden representar, de cierta manera, su teología del amor: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no muera, sino que tenga vida eterna” (Jn. 3, 16); “El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en su mano” (Jn. 3, 35); “Como el Padre me amó, yo también los he amado a ustedes; permanezcan en mi amor” (Jn. 15, 9); “Este es el mandamiento mío: que se amen los unos a los otros como yo los he amado” (Jn. 15, 12).
Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva, a ellos solos, aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo. Se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús. Toma la palabra Pedro y dice a Jesús: «Rabbí, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías»; – pues no sabía qué responder ya que estaban atemorizados -. Entonces se formó una nube que les cubrió con su sombra, y vino una voz desde la nube: «Este es mi Hijo amado, escuchadle». Y de pronto, mirando en derredor, ya no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos.
Y cuando bajaban del monte les ordenó que a nadie contasen lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos observaron esta recomendación, discutiendo entre sí qué era eso de resucitar de entre los muertos. (Mc. 9, 2-10)
Entre todas las fiestas religiosas judías, una de ellas era la fiesta de los tabernáculos. Según el libro del Levítico, Yahvé dijo a Moisés lo siguiente: “En el séptimo mes la celebraréis. Durante los siete días habitaréis en cabañas” (Lev. 23, 41b-42a). Detrás de esta celebración se encontraba una tradición agrícola, como para la mayoría de las celebraciones de los pueblos de la antigüedad. En el libro del Éxodo encontramos la indicación de celebrar, por ejemplo, la fiesta de las semanas (Pentecostés) cuando comienza la siega del trigo, y la fiesta de la recolección o de los tabernáculos al cosechar (cf. Ex. 34, 22). Entre las fiestas israelitas, tres implicaban, al menos en la legislación, trasladarse hacia el Templo para ofrecer ofrendas, sacrificios y holocaustos, las cuales eran las fiestas de los ázimos, de las semanas y de los tabernáculos (cf. Dt. 16, 16), constituyendo los eventos de peregrinación clásicos, los que implicaban movilización, traslado, procesión, con todo el sentido litúrgico de la misma, no meramente como un viaje más. La peregrinación es, desde sus comienzos, desde su preparación en el hogar del caminante, un espacio de liturgia, el comienzo de las fiestas.
¿Y qué relación tiene la fiesta de los tabernáculos con Jesús? O más precisamente, ¿qué relación tiene con la transfiguración? Pues bien, hay elementos que nos permiten relacionar ambos, penetrando más en el sentido de la fiesta y desgajando datos del relato evangélico:
- Ir al monte: Jesús toma a Pedro, Santiago y Juan, el trípode selecto que, en el Evangelio según Marcos, comparte en intimidad con el Maestro el milagro de la hija del jefe de la sinagoga (cf. Mc. 5, 37), la transfiguración, la explicación sobre los signos de los últimos tiempos (cf. Mc. 13, 3) y la oración agónica en Getsemaní (cf. Mc. 14, 33). Los cuatro suben, esta vez, a un monte alto. En el Antiguo Testamento, en referencia a la preparación de la fiesta de los tabernáculos, leemos que Esdras, sacerdote escriba, da la siguiente orden al pueblo: “Salid al monte y traed ramas de olivo, de pino, de mirto, de palmera y de otros árboles frondosos, para hacer cabañas conforme a lo escrito” (Neh. 8, 15). Al monte suben los israelitas para conseguir el material con el que construirán las tiendas de la fiesta; al monte suben los cuatro individuos del relato de Marcos.
- Apareció Elías: hay muchas y variadas explicaciones sobre la presencia de Elías en la transfiguración, pero vamos a analizar su relación con la fiesta de las tiendas. Es famosa una escena del profeta en la que sucede el desafío con los profetas de Baal, según el reto de ubicar dos novillos y pedir a Dios y a Baal que envíen fuego para consumirlos; si Yahvé lo enviaba, el pueblo lo adoraría y reconocería que era el Dios, sino sería Baal el verdadero (cf. 1Rey. 18, 23-24). Primeramente, los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal imploran a su dios por el fuego, pero nunca desciende del cielo. Luego, Elías restaura el altar de Yahvé que estaba demolido (cf. 1Rey. 18, 30), toma doce piedras por cada tribu de Israel (cf. 1Rey. 18, 31), derrama grandes cantidades de agua (cf. 1Rey. 18, 34-35), desciende el fuego del cielo tras su invocación, los profetas falsos son degollados, Elías sube a la cima del Carmelo (cf. 1Rey. 18, 42), anuncia la lluvia y llueve (cf. 1Rey. 18, 41.45). Estos elementos recalcados en la narración, son significativos para la fiesta de los tabernáculos. En primer lugar, Elías restaura el culto a Yahvé restaurando el altar demolido; la fiesta era precedida por una purificación del Templo. Elías recuerda a cada tribu de Israel; en la fiesta, uno de sus significados era reunir a las doce tribus. Elías derrama agua en abundancia; en la fiesta, además de ser de las cosechas, se realizaban gestos para la fecundad de la próxima siembra, haciendo libaciones de agua. Elías sube al monte Carmelo; los israelitas son enviados por Esdras al monte, como ya mencionamos, para buscar con qué construir las tiendas. Elías anuncia la lluvia y llueve; si también era fiesta de la fecundidad de la tierra, la lluvia es un factor clave para el crecimiento de las cosechas. No podemos aseverar, a ciencia cierta, la correlación entre el episodio del profeta y la fiesta, pero hay elementos de cercanía.
- Apareció Moisés: Moisés es, sin dudas, el transmisor al pueblo de las disposiciones litúrgicas que Yahvé le ha comunicado. Baste citar Ex. 23, 16; Dt. 16, 13-17 ó Lev. 23, 23-24.
- Hacer tres tiendas: la propuesta de Pedro es construir algo que podemos intercambiar, verbalmente, como tiendas, chozas o tabernáculos. Aquí la referencia es la más clara que podemos hallar. El mismo texto señala que Pedro habla atemorizado, que no sabía qué decir, por ende, que expresó lo primero que vino a su cabeza; y no es difícil suponer que, si estaban en la época de la fiesta de los tabernáculos, lo primero que vino a la cabeza de Pedro fue construir las tiendas para pasar la noche bajo el motivo de la celebración.
- Una nube: Éxodo y Números son los libros que más recalcan la presencia de Yahvé como una nube que guía durante el día el peregrinar en el desierto. Si la nube se detenía, Israel se detenía y acampaba. Cuando la nube se elevaba, levantaban el campamento y seguían viaje. La nube es parte del éxodo, es un signo más de la historia en el desierto, del peregrinar, de la huida a la libertad. La nube es la presencia divina al lado de los rescatados, como compañía fiel. En la fiesta de los tabernáculos, los israelitas habitaban en tiendas para recordar esa forma de vida de sus antepasados durante la marcha en el desierto.
Aún queda por responder cuál es el sentido de la fiesta de las tiendas en la vida y misión de Jesús. ¿Qué nos quiere transmitir el Evangelio? ¿Qué tiene de Jesús la fiesta? ¿Qué tiene de la fiesta la existencia de Jesús? Era una celebración que había adquirido, con el tiempo, muchos significados, y todos ellos, de una u otra manera, se habían re-significado, sobre todo por los profetas. Podríamos esbozar como línea cronológica: la fiesta meramente agrícola – el agregado de significado religioso judío – su reglamentación – su reinterpretación profética. Veamos, entonces, qué celebraba Israel y qué aporta Jesús a esas celebraciones:
- Fin de un año y comienzo del otro: la fiesta marcaba un ritmo cronológico, que si bien no se ubicaba en el estricto principio del nuevo año (correspondiente a la fiesta de Rosh Hashanah), estaba en los inicios, y además cerraba un ciclo con la cosecha y recolección para comenzar otro de siembra. Era una fiesta de fin y comienzo, una fiesta de los ciclos, si se quiere. Será la corriente profética la que traducirá ese fin y comienzo de año en fin y comienzo de era. Para el siglo I d.C., la fiesta marcaba el ritmo anual, pero mucho más, siendo también espera del ritmo mesiánico, de la irrupción del Mesías para abrir el nuevo año definitivo, la nueva era. Ya podemos ir develando qué aporta Jesús a la celebración; y es su misma Persona, su mesianismo que, expresado en la transfiguración como enviado del Padre y testimoniado por Elías y Moisés, trae la era definitiva. Lo que espera la fiesta de los tabernáculos ya ha llegado, y la propuesta de Pedro de las tiendas carece de sentido, porque el que tenía que venir ya está aquí.
- Purificación: los tabernáculos son precedidos por el día de Yom Kippur o de la expiación, desarrollado en el capítulo 16 de Levítico. La expiación era un sacrificio por los pecados y por la limpieza del Templo. Será Heb. 9, 11-14 quien explique por qué es caduca esta expiación, debido a la sangre del Cristo que es muchísimo más superior a la sangre de cualquier animal sacrificado. En la misma línea que el significado anterior, Jesús viene a colmar las expectativas de la fiesta y a ofrecer el último sacrificio, declarando la caducidad de esa purificación ritual. La transfiguración está, en el Evangelio según Marcos, dentro del recorrido de Jesús con sus discípulos subiendo hacia Jerusalén, subiendo hacia la culminación en la cruz. La transfiguración es gloria, pero en un camino de cruz, es la belleza de la resurrección, pero aún camino a la muerte. Jesús acaba de realizar el primer anuncio de la pasión (cf. Mc. 8, 31), está conciente de lo que le espera. Pedro quiere festejar los tabernáculos allá arriba, en las alturas del monte; Jesús prefiere bajar y seguir viaje, porque debe ir a Jerusalén.
- Fecundidad: como fiesta de fin y comienzo, de conclusivo cierre y nueva apertura, trae lo recolectado y se agradece por ello, pero también se pide por lo nuevo, por lo que viene. En este sentido, los tabernáculos eran la ocasión de los ritos de fecundidad, comunes en las creencias primitivas y subsistentes en los posteriores grandes sistemas religiosos. Uno de los reconocidos ritos consistía en agitar ramas y palmas (cf. 2Mac. 10, 7), otro eran las libaciones de agua. La tradición profética reinterpretó estos ritos en un sentido mesiánico. Isaías, por ejemplo, dirá que “todos los árboles del campo batirán palmas” (Is. 55, 12b), mientras Zacarías asegurará que en el Día de Yahvé “manarán de Jerusalén aguas vivas” (Zac. 14, 8). La fecundidad de la tierra es tomada por los profetas para hablar de la fecundidad de la era mesiánica, caracterizada por gozo y abundancia, por las palmas batidas de alegría hasta por los árboles, por las aguas que se esparcen desde Jerusalén para hacer florecer todo, para sembrar todos los campos del mundo. La tradición joánica no ha dejado de lado estos símbolos, en la entrada triunfal de Jesús sobre el borriquillo (cf. Jn. 12, 13), por ejemplo, o en la declaración: “Si alguno tiene sed, que venga a mí, y beberá” (Jn. 7, 37). El camino que recorre Jesús con sus discípulos hacia la cruz viene a traer la fecundidad, por más absurdo que parezca, porque la muerte engendrará vida, porque la transfiguración ya es un fruto del sendero hacia la crucifixión. Marcos sí nos conservará esta paradoja cristiana: “Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará” (Mc. 8, 35).
- Éxodo: vivir en tiendas durante siete días era experimentar, en la medida de lo posible, la vivencia de los antepasados israelitas durante el éxodo, viviendo en chozas durante cuarenta años, caminando la libertad hacia la tierra prometida, en la compañía constante de Dios a pesar de las infidelidades. Israel se define como pueblo a partir de la experiencia del éxodo, y eso queda firmemente grabado en la memoria colectiva. Los padres que relataban a sus hijos la historia del desierto les estaban transmitiendo lo íntimo del judaísmo, la experiencia inicial de liberación y alianza. La corriente profética, en algunos momentos, relacionó la época de las tiendas en el desierto con una época de comunión con Dios, debido a la presencia elocuente de Yahvé en la nube de día y la columna de fuego en la noche. Esa cercanía divina permitía mirar el final de los tiempos como el momento de nueva cercanía de Dios, la época del Dios-con-nosotros. Oseas contiene la promesa de volver a habitar en tiendas y de la multiplicación de los profetas (cf. Os. 12, 10-11) como signo del regreso de la Palabra de Dios al pueblo. Jesús es el Dios-con-nosotros, es la esperanza de vivir en tiendas en comunión con Dios. Jesús es, también, la Palabra de Dios, que viene al encuentro del hombre y la mujer. Jesús es la alianza definitiva. Toda la temática del desierto y del futuro escatológico basado en el desierto que elaboraron los profetas, encuentra su cumplimiento en Jesucristo. A la fiesta recordatoria del Éxodo, comenzado en la Pascua judía, Jesús trae la Pascua cristiana, la Pascua de la resurrección, prefigurada en la transfiguración.
- Pueblo: como dijimos antes, la experiencia de liberación de Egipto es médula israelita, y es el evento que conforma al pueblo. La fiesta de las tiendas, entonces, tiene también una dimensión nacionalista, de identidad racial y de celebración de haber sido reunidos por Dios para conformar su pueblo. Todas las tribus de Israel debían reunirse para los tabernáculos, todas debían celebrar lo mismo, todas debían recordar el éxodo y la vida en el desierto con el mismo espíritu. El pueblo de los antepasados que caminaron cuarenta años, es el pueblo actual que se congrega. La corriente profética, en este caso, relacionó la idea escatológica de la unión de todas las naciones a Israel con la reunión de las tiendas. Si las doce tribus se congregaban para celebrar su condición de Pueblo de Dios, en el final de los tiempos todas las naciones reconocerían a Yahvé y a la elección divina de Israel, y todos los hombres y mujeres tendrían el mismo Dios, y todos podrían celebrar la fiesta de las tiendas, porque todos serían el mismo pueblo. Eso deja entrever Zac. 14, 16, aunque con matices nacionalistas propios del judaísmo: “Los supervivientes de todas las naciones que atacaron Jerusalén subirán de año en año a postrarse ante el Rey Yahvé Sebaot y a celebrar la fiesta de las Tiendas”. No hay aquí una declaración misionera, pero sí denota un camino profético abierto hacia la universalidad, bajo la concepción judía, pero al fin y al cabo, camino abierto. Jesús, formador de comunidades, Salvador universal,viene a que los hombres y las mujeres se reconozcan hijos e hijas de Dios, y hermanos y hermanas entre sí. Esta ansia de ver el mundo entero celebrando las tiendas, es el ansia que el universalismo cristiano tiene: formar la gran familia del Pueblo de Dios. Aquella experiencia de la liberación de Egipto, base de formación de Israel, es sólo apariencia comparada con la resurrección de Jesús, base para la formación del Pueblo de Dios universal.
Nuestras culturas también tienen fiestas que buscan, de alguna manera imperfecta, celebrar lo grupal o la unión. Desde las reuniones familiares estipuladas en el almuerzo del domingo a las manifestaciones espontáneas de festejo de los hinchas de un club por el logro que éste alcanza. Son fiestas de pertenencia, de compartir algo, de identificarse. En la familia, los integrantes se reconocen parte de la misma mesa y comensales de la misma comida. Los hinchas, en las calles, entre tambores, bocinas y gritos, reconocen al otro que se ha alegrado con lo mismo que uno, y por deducción, que se ha entristecido en los mismos episodios. Son uniones imperfectas, decimos, y fiestas limitadas, porque en nada se comparan a la celebración que debiese originar la comunión en Jesucristo. Así como la fiesta de los tabernáculos es superada por la llegada del Mesías que abre la nueva era, que realiza la purificación definitiva, que inaugura los tiempos de fecundidad, que vive como Dios-con-nosotros, que se hace un pueblo a través de la definitiva alianza, así el hombre y la mujer actual pueden ver desbordados sus deseos de unión en el Evangelio.
A los lazos familiares, limitados, circunscriptos a la sangre, la adopción o la convivencia, Jesús presenta la expansión de esos lazos con la ampliación de la familia. Ya no es la sangre ni son los papeles judiciales los que determinan con quién debo compartir la mesa. Es la Palabra de Dios la que vincula, es la misma Trinidad que interviene en la historia humana para formar una gran familia de toda raza. Al esquema rígido de familias, tribus, naciones, opone Jesús el sistema abierto de inclusión total y universal. Por otro lado, siguiendo nuestros ejemplos, a la relación de los hinchas, espontánea y momentánea, signada por la consecución de un título o un logro, Jesús presenta la comunión firme y duradera, contra cualquier tribulación, en las alegrías y en las tristezas. No es algo ocasional la propuesta de Jesús, sino la alianza definitiva que forma un Pueblo para siempre, un Pueblo en comunión de amor, dispuesto a celebrar con la obtención de logros, pero también dispuesto a celebrar en las épocas tristes, de sequía, en la dureza de las persecuciones, en el desierto peregrinante que parece no acabar nunca.
El tema eje de la cuaresma del ciclo B de lecturas litúrgicas es la alianza. Pues bien, los siete días vividos en chozas por los judíos recordaban la travesía del desierto, el éxodo, la liberación de Egipto y la alianza del Antiguo Testamento. La transfiguración viene como evento superador de los tabernáculos, por ende, como nueva alianza, haciendo las veces de punto central en un arco que comienza en el bautismo del Señor y acaba en la Pascua. En el bautismo se oye la voz del Padre (cf. Mc. 1, 11) y aquí también. En la Pascua hallamos un joven con túnica blanca (cf. Mc. 16, 5), y aquí las vestiduras de Jesús son tan blancas como ningún batanero podría blanquearlas. Uniendo los tres puntos de la historia de Jesús (bautismo, transfiguración, Pascua), formamos el arco de su vida que revela su identidad. Él es el enviado del Padre, el que hace la Voluntad de Dios, el avalado por Elías y Moisés, el Mesías esperado en los tabernáculos, el Hijo de Dios, el Crucificado, el Resucitado, el hacedor de la nueva alianza.
Una misión que invite a la alianza es una misión cristológica. A esas fiestas de nuestra cultura, imperfectas, debemos ofrecer la propuesta superadora de Jesús, la propuesta de comunión permanente y universal. Escuchamos hablar mucho de nacionalismos, de patriotismo, de regionalismo, de pertenencia, pero siempre implican estas palabras dividir el mundo entre los de adentro y los de afuera. Jesús propone la alianza del único Pueblo de Dios, de la gran familia. La evangelización no puede dejar de hacer notar esta invitación a la unidad, aunque implique poner el dedo sobre la llaga de los partidismos políticos, de la brecha económica o de las condiciones sociales. El arco de la vida de Jesús es un arco de restauración, de reunificación, de fraternidad. Callar ante las divisiones, ante las fiestas que son, en su fondo, delimitaciones sectarias (familia sanguínea o club del simpatizante), es callar el proyecto del Reino de Dios, y callar el Reino es, con seguridad, lo opuesto a la misión.
Este es un espacio para hablar de la misión y para hablar de la Palabra de Dios. Los no cristianos, espero, encontrarán una lectura actual de la Biblia que puede ser aplicable a la vida cotidiana. Los cristianos no católicos, espero, podrán establecer comunión en la Palabra y en el deseo de anunciar la Buena Noticia. Los católicos, espero, nos acompañaremos leyendo el decir de Dios y haciendo la misión.
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