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En la sinagoga, un hombre se liberó / Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B – Mc. 1, 21-28 / 29.01.12

21 Entraron en Cafarnaún, y cuando llegó el sábado, Jesús fue a la sinagoga y comenzó a enseñar. 22 Todos estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.

23 Y había en la sinagoga un hombre poseído de un espíritu impuro, que comenzó a gritar: 24 “¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios”. 25 Pero Jesús lo increpó, diciendo: “Cállate y sal de este hombre”. 26 El espíritu impuro lo sacudió violentamente y, dando un gran alarido, salió de ese hombre.

27 Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros: “¿Qué es esto? ¡Enseña de una manera nueva, llena de autoridad; da órdenes a los espíritus impuros, y estos le obedecen!”. 28 Y su fama se extendió rápidamente por todas partes, en toda la región de Galilea. (Mc. 1, 21-28)

 

21

El relato de Marcos cambia inmediatamente de lugar y de tiempo. Desde el llamado vocacional anterior a los dos grupos de hermanos nos trasladamos a Cafarnaún, a una sinagoga, un día sábado. Los tres datos son determinantes para entender esta escena. En primer lugar tenemos la ciudad de Cafarnaún, nunca mencionada por el Antiguo Testamento y pocas veces citada en la literatura rabínica. Sin embargo, no se trata de una ciudad menor. Los arqueólogos la identifican como el sitio donde se ubicaba la más grande las sinagogas de Galilea en tiempos de Jesús. Era, además, como típica ciudad portuaria, a orillas del lago, un sitio de recaudación de impuestos, con la presencia de algún alto funcionario romano residiendo allí. Sobre su situación precisa, geográfica, hoy en día, hay disputas. Pero a los fines catequísticos del libro de Marcos, lo importante es reconocer su importancia social. Esta ciudad será muy importante para la actividad de Jesús, al punto que el autor parece indicarla como el centro de operaciones, desde donde Jesús va y vuelve evangelizando.

En esta escena particular, los hechos trascurren en una sinagoga (lugar cultual, sagrado). Este dato es importante para contrastar con la próxima escena, que ocurrirá en una casa (lugar profano, con impurezas). Las sinagogas parecen remontarse a la época del destierro en Babilonia, cuando el pueblo de Israel, cinco siglos antes de Jesús, se quedó sin Templo y tuvo que ingeniárselas para continuar celebrando la fe en Yahvé. Así se habrían iniciado reuniones en las casas que, con el tiempo, dieron origen a la institución sinagogal. Lo que en un principio fue una asamblea de personas solamente, con el tiempo llegó a tener un edificio, que también se llamó sinagoga. Estos edificios (casas de reuniones) solían construirse fuera de las localidades, junto a algún curso de agua. En la sinagoga se celebraba culto los sábados y se enseñaba, ocupando el rol de escuelas para los jóvenes. En las celebraciones de los sábados se leían textos de las Escrituras, se los explicaba y se oraba. La mención a Jesús enseñando en las sinagogas no es extraña, ya que cualquier adulto considerado idóneo podía predicar, como lo siguieron haciendo los primeros cristianos (baste el ejemplo de Pablo en los Hechos de los Apóstoles). De esta manera, Marcos traza un paralelo entre la situación misionera actual de sus comunidades y la situación de Jesús.

Como iremos viendo, la sinagoga se constituye en una institución pervertida en sus principios, y por eso en enfrentamiento con Jesús. Lo que Marcos narra como suceso rápido, es probable que se tratase de un proceso más lento. Jesús ha ido descubriendo que la sinagoga representa un modo de religión que aleja a las personas de Dios, en lugar de acercarlas, una institución que ha perdido de vista el Reino. En la sinagoga prima una visión del mundo que se rige por las leyes de pureza/impureza. La sinagoga sería un espacio puro, sagrado, dirigido por los justos, y quien queda fuera de ella (excomulgado) es un impuro, rechazado por Dios. Ahora bien, la pureza estaría dada por el respeto a una cantidad de normativas, sobre todo relacionadas con lo litúrgico, y no por la actitud de vida de cara al Reino de Dios. A una sinagoga no pueden ingresar los publicanos, no pueden ingresar los leprosos (impuros por su enfermedad), y las mujeres quedan relegadas a un segundo plano, en un espacio separado del de los varones. La sinagoga, que debería reflejar la asamblea en comunión que tiene como Padre a Dios, en realidad refleja la separación humana, la discriminación y la marginación. El mismo sentido del sábado se encuentra pervertido. El sábado (sabbát en hebreo) es una institución social judía, y desde Éxodo lo encontramos como decreto divino: “Recuerda el día del sábado para santificarlo” (Ex. 20, 8), repitiéndose su importancia en Ex. 23, 12 y Dt. 5, 12, asociándolo a la liturgia en Lev. 23, 3, con el fundamento teológico en la Creación, cuando Dios descansa al séptimo día (cf. Gen. 2, 2-3). La raíz de sabbát significa parar, descansar. Al principio, el sábado era un día dedicado a Dios y funcionaba como verdadera institución de protección a los más débiles, pues cesando el trabajo ese día, descansaban los esclavos y hasta los animales. Con el tiempo, el sábado se convirtió en un día en el que nada podía hacerse, llegando los rabinos a prohibir treinta y nueve clases de trabajo, inclusive limitando la cantidad de kilómetros que se podían caminar. Así, el sábado abandonó su esencia y comenzó a significar el aparato de opresión religiosa judía.

El mensaje que lanza Jesús contra la sinagoga de su tiempo, será el mensaje para la comunidad cristiana de Marcos, también. Cualquier religión, cualquier culto, cualquier manera de vivir la fe, puede pervertirse y convertirse en opresora. El cristianismo no queda exento. Marcos recuerda a sus lectores/oyentes que las comunidades cristianas pueden comenzar a funcionar igual que la sinagoga que combatió Jesús.

 

22

Entre los tres Evangelio Sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas), los escribas son mencionados 42 veces, pero la mitad de ellas corresponde a Marcos (21). Podemos ver que este grupo es importante para el autor, y sobre todo, importante en su papel de oposición (aunque el autor deja la puerta abierta a los escribas cuando Jesús dice a uno de ellos que no está lejos del Reino en Mc. 12, 34). En este caso, dentro de Galilea, aparecen como los primeros opositores directos. Los escribas eran un conjunto de judíos expertos en la Ley de Moisés, tradicionalmente entendidos como herederos de Esdras, el primer escriba (cf. Esd. 7, 6). Se supone que algunos sacerdotes eran escribas, pero la mayoría habrían sido laicos, sobre todo a partir del tiempo de los Macabeos. En cuanto a las sectas, había muchos más escribas fariseos que saduceos. Eran tratados con el título de rabí, que significa maestro. Además de la enseñanza, en las sinagogas y entre sus discípulos, impartían jurisprudencia en litigios legales, aplicando la Ley de Moisés y su interpretación sobre la misma. Como jueces y maestros ocupaban un sitio de privilegio en la sociedad. Eran los cultos, los dueños de la Palabra, los que más sabían cuál era el decir de Dios, los portavoces de Yahvé. Con esta descripción, entendemos que habían ocupado el rol de los profetas, desaparecidos de la escena por mucho tiempo, hasta Juan el Bautista. El punto central de acción era Jerusalén, pero había algunos dispersos en el interior, y suponemos que también en Galilea. Su influencia venía del respeto con el que eran considerados.

Esta autoridad de enseñanza de los escribas, según Marcos, es menor a la autoridad de Jesús, lo cual asombra a la gente. Acostumbrado el pueblo a escuchar los conocimientos de los escribas, se sienten consternados ante la aparición de un nuevo Maestro que habla distinto. Ya veremos en qué consiste esa diferencia, pero por lo pronto, tenemos que pensar cómo Marcos incrementa el hincapié en el cuidado que se debe tener con los sistemas religiosos. Advertencia para los cristianos. Cuando los maestros del cristianismo empiezan a actuar como los escribas que combate Jesús, hay que replantearse muchas cosas. Pero por encima de todo, volver a la enseñanza con autoridad de Jesús. Una autoridad que no está en el conocimiento científico (en saber más o menos sobre la Ley de Moisés), sino en el conocimiento de la humanidad y de la naturaleza de Dios, en el conocimiento del sentido del Reino y de la Buena Noticia, en el deseo de vida que surge del Padre y se dirige hacia todos los humanos.

 

23

Marcos utiliza, en todo su libro, 12 veces el término demonio y otras 12 veces la expresión espíritu impuro. En todo el relato, esta presencia de lo espiritual es patente. Quizás no sea Marcos el Evangelio con más referencias a los espíritus, tanto buenos como malos, pero sin dudas que hay un trasfondo donde lo invisible se entrama con lo visible. Marcos ha sido analizado muchas veces de manera materialista, y hasta se lo ha entendido como un texto puramente materialista, pero lo sobrenatural está allí, como telón de fondo. Siempre hay una lucha, implícita, entre el Espíritu de Dios y los espíritus inmundos, impuros, malignos. No por nada, la primera expresión patente de la liberación y del poder que trae el Reino a Galilea es un exorcismo en la sinagoga de Cafarnaún. Tras el llamado de los discípulos, el Reino no tiene como primera acción una curación ni un ritual de culto, sino un exorcismo, una expulsión demoníaca.

Lo más interesante de este exorcismo es que el poseso está dentro de la sinagoga. El lugar que se presenta como el faro de la pureza, como el dictaminador de los estados de pureza e impureza de las personas, no puede reconocer al demonio que lo habita. Y es que esas leyes que defiende la sinagoga, son inútiles frente a la situación de este hombre; no definen si lo excomulgan o si lo mantienen dentro. ¿Cómo excomulgar una impureza que no depende de la persona, que le ha venido de fuera? ¿Cómo mantener dentro de la sinagoga a un demonio? ¿Qué hacer? La presencia del endemoniado es la burla irónica de Marcos para con la sinagoga. Es más: el verdadero endemoniado es el sistema sinagogal.

La respuesta la trae Jesús a este dilema: liberación. El poseso debe recibir liberación, libertad. Y la sinagoga también, por ende. La sinagoga necesita volver a respirar libertad, desatar las pesadas cargas, tornar al ser humano antes que a la Ley de Moisés, a Dios antes que a las tradiciones.

 

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El poseso habla en plural, lo cual parece una incongruencia, pero en realidad es el demonio hablando en nombre de los escribas (plural), y en ellos en nombre de la sinagoga. Nuevamente, con ironía, Marcos arremete contra la institución religiosa pervertida.

El reconocimiento que hacen los espíritus inmundos de Jesús, de su personalidad y de su ser, contrasta con la falta de reconocimiento que tendrá el pueblo y los mismos discípulos en varias oportunidades. Aquí queda patente lo que decíamos del mundo espiritual y sobrenatural siempre presente en el libro de Marcos. Las cosas no sólo suceden en el plano de lo material y terreno, sino también espiritualmente. Los demonios reconocen a Jesús, saben quién es y saben de quién viene. Los escribas, en cambio, no ven a Dios actuando en Jesús. Más ironía. El reconocimiento de Jesús viene de los derrotados, del mal. Los demonios, amenazados, saben quién es este Santo de Dios que viene hacia ellos. Pueden ver que el Reino ha llegado y que culmina la hora de las tinieblas. Para la comunidad cristiana que oye este Evangelio en primera instancia, el dato es sorprendente y un llamado al mismo tiempo. Si los demonios reconocen a Jesús y a la Buena Noticia que traen, la Iglesia no puede dudar. Si el mal se reconoce a sí mismo derrotado, expulsado, la Iglesia no puede dudar de la victoria de la vida sobre la muerte. Los espíritus inmundos en persona se declaran fuera de combate, inútiles ante la acción de Jesús Nazareno. Y así lo llaman: Nazareno, de Nazaret. Es el Jesús histórico que Marcos quiere recuperar desde su relato.

Llamarlo Santo de Dios tiene su base veterotestamentaria en Sansón, que es un consagrado a Dios (un nazireo); Aarón, que es santo del Señor; Eliseo, santo hombre de Dios; y Elías, hombre de Dios. Todas estas expresiones conservadas en el Antiguo Testamento pueden haber servido de base para que Marcos acuñara el título que los espíritus inmundos asignan a Jesús. Pero más que Marcos, puede que el título proviniese de una tradición anterior. Para los cristianos, Jesús es la presencia de la santidad divina que se opone a los espíritus del mal. Es el Santo de Dios, no porque se separe de los impuros, sino todo lo contrario, porque con su acercamiento a los impuros declarados por la religión, demuestra por dónde va la santidad de Yahvé.

 

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La orden de callarse está emparentada con el tópico del secreto mesiánico que utiliza Marcos a lo largo de su libro. Por alguna razón, quienes reconocen el mesianismo de Jesús (en este caso los espíritus impuros), reciben la orden de ocultarlo, no darlo a conocer. En un contexto de evangelización, resulta extraño, pero en un contexto de persecución, puede ser la validación de la práctica de muchos cristianos que viven su fe en el secreto de las casas, en los encuentros clandestinos, a espaldas de las sinagogas y del Imperio. Algunos biblistas asumen, exegéticamente, que estamos ante un recurso literario y posiblemente histórico, mediante el cual Jesús no da vía libre para la proclamación de su mesianismo, ya que corre el riesgo de ser malinterpretado, en sentido político-militar.

Además, la orden directa de callarse tiene un fuerte sentido de autoridad (tema presente desde el inicio de la escena en la sinagoga). Jesús manda a callar a los espíritus impuros, para que dejen de hablar en nombre de las personas, para que dejen de engañar. La palabra de Jesús tiene la fuerza suficiente para exorcizar, sin valerse de gestos ni maniobras ni rituales. En otra oportunidad narrará Marcos milagros con la intervención de gestos, pero en este caso es una cuestión de palabra. La proclamación de Jesús es Buena Noticia que sale de sus labios y libera.

 

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El resultado es el exorcismo, la salida del espíritu impuro, con gran teatralidad, sacudidas y gritos. Ante lo que parece ser una acción tranquila y con mansedumbre de Jesús, se opone la sobreactuación de las fuerzas del mal. Hay un claro controlador de la situación y un reino maligno invisible (representado por Belcebú, por los espíritus impuros) que comienza a sentir sus pérdidas.

En contraposición, el reino maligno visible (el imperialismo conquistador y la religión opresora) no parece estar tan desesperado. En todo caso, nunca se desesperará por completo, tomando la decisión de crucificar a Jesús. Ilusoriamente, el reino maligno visible se cree vencedor, a la par del invisible que sabe, concienzudamente, que ha llegado el final de los tiempos.

 

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Este versículo coincide con el versículo 22 en sus expresiones y en su tema, enmarcando así la acción de Jesús del exorcismo. Hay algo nuevo en Jesús, algo novedoso y nunca antes visto. Parece ser una doctrina, una manera de enseñar y de dar a conocer a Dios. La novedad no está tanto en el contenido de Buena Noticia, sino más bien en su desarrollo palpable. No es una Buena Noticia desencajada de la historia, aislada, que se queda en mero discurso. Esta Buena Noticia influye de lleno en las personas, por ejemplo en la expulsión de un espíritu inmundo. Efectivamente, alguien se libera a causa del Evangelio. No es una doctrina retórica, académica, sino una realidad que se puede vivir a flor de piel.

La autoridad de Jesús ha logrado sacar de combate a los espíritus inmundos. Los escribas, en cambio, convivían con este espíritu en la sinagoga, sin darle respuesta adecuada. Jesús ha generado una respuesta, y en eso parece residir su autoridad superior y novedosa. No deja a las personas esperando, no las engaña, no las utiliza. Transforma sus situaciones de muerte en vida. La comunidad de Marcos está invitada a exclamar junto a los asistentes a la sinagoga la novedad y validez de la Buena Noticia. En sus penurias de persecución, necesitan afirmarse en la autoridad de Jesús, que no es como las otras autoridades (opresivas, verticales), ganadas por decreto, sino que da vida incidiendo para bien, liberando.

 

28

La fama de Jesús se expande por la Galilea. Marcos no deja de recalcar que esta provincia es el centro del Evangelio. Poco a poco todos se van enterando de la acción de este profeta y maestro. Se corre la noticia de que exorcizó a un hombre dentro de la sinagoga. El Evangelio corre a través de la provincia. Como debe correr por la expansión de los cristianos.

La Hora de lavar los pies / Jueves Santo – Ciclo C – Jn. 13, 1-15

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

Durante la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle, sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido. Llega a Simón Pedro; éste le dice: “Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?” Jesús le respondió: “Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde.” Le dice Pedro: “No me lavarás los pies jamás.” Jesús le respondió: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo.” Le dice Simón Pedro: “Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza.” Jesús le dice: “El que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos.” Sabía quién le iba a entregar, y por eso dijo: “No estáis limpios todos.”

Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa, y les dijo: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros. (Jn. 13, 1-15)

La celebración del Jueves Santo es, en su esencia, la celebración de la eclesialidad, de los fundamentos eclesiales. En este día (aunque por practicidad se está realizando en muchos lugares el miércoles) el Obispo de cada Iglesia particular consagra los óleos que se utilizarán durante el año, los óleos sacramentales. De más está decir que los sacramentos son el edificio de la Iglesia, la vía celebrativa que hace visible la relación de los cristianos entre sí y su relación con Dios. La lectura del Evangelio del día nos lleva a la última cena de Jesús con sus discípulos, y por ende, nos concentra en el sacramento de la comunión, alrededor del cual se congrega la Iglesia toda, diariamente, para comer el mismo pan y beber la misma sangre. En los primeros siglos, el Jueves Santo era también el día en que los penitentes de la cuaresma recibían la absolución comunitaria tras un camino de arrepentimiento. En una época donde la reconciliación sólo podía celebrarse una vez en toda la vida, este día era muy significativo en ese sentido. También hay eclesialidad allí porque el perdón se recibía en comunidad y el penitente se sentía incluido en una comunidad que perdona, una Iglesia de reconciliación. Finalmente, con el lavatorio de los pies, éste es el día del servicio. Este dato no es menor en la eclesialidad que celebramos. Si la Iglesia no sirve, no se hace esclava, no lava los pies, entonces no ama, no es Iglesia de Jesús. Si no sabe reproducir la entrega del Maestro, es porque no ha aprehendido nada. La Iglesia celebra hoy lo que quiere para Ella: ser servidora, dar la vida.

Si bien el texto elegido litúrgicamente pertenece al Evangelio según Juan, y si bien los sinópticos no conservan esta memoria, no son ajenos al mensaje de la perícopa. Lucas, el evangelista del Ciclo C, tiene un versículo interesante durante la última cena, unas palabras de Jesús a los comensales: “Porque, ¿quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve” (Lc. 22, 27). Los paralelos con lo leído hoy son elocuentes. El tema es el servicio; la paradoja está presente (el mayor es el menor, el Maestro y Señor lava los pies); el movimiento relacionado con la mesa también (Jesús, en lugar de estar a la mesa siendo servido, sale de ella para servir). La última cena, así, no es un evento aislado de la pasión, sino una dimensión más del hecho pasional, un acceso diferente, una lectura desde otro ámbito. En la última cena, Jesús ya se está entregando radicalmente, ya está anticipando y viviendo en presente la pasión.

Si quisiésemos esbozar una estructura de las acciones del Maestro en el gesto del lavatorio, tendríamos una distribución concéntrica:

A. Levantarse de la mesa

            B. Quitarse sus vestidos

                        C. Ceñirse la toalla

                                   D. Lavar los pies

                        C´. Secar con la toalla

            B´. Ponerse sus vestidos

A´. Volver a la mesa

El centro de la acción, por lo tanto, es el gesto de lavar los pies. Ese es el centro de la vida de Jesús: servir. Desde ese abajamiento (esa kenosis en término de Pablo a los Filipenses) cobra sentido su muerte y su vida. El por qué del comportamiento de Jesús es el lavatorio de los pies, o sea, es el amor. Este gesto servicial está ligado íntimamente al nuevo mandamiento del amor (cf. Jn. 13, 34). Lavarse los pies los unos a los otros es amarse los unos a los otros, pero no con cualquier amor ni con cualquier servicio; el modelo es el Cristo. Se trata de un modelo apasionado y radical, un forma amorosa de dar la vida, de entregarse, de salir de uno mismo para los otros. Esa expresión máxima se hace evidente en la cruz. Por eso en la estructura concéntrica que presentamos, se sale de la mesa y se vuelve, se quitan los vestidos y se recobran, pero la toalla parece quedar ceñida. El Maestro se la ata antes del lavatorio, pero nunca se nos narra que la desate. Jesús va a entrar en el servicio definitivo, el servicio de la muerte injusta por transmitir vida. No puede quitarse la toalla porque seguirá sirviendo; Él es el servidor eterno. La fuerza de esa disposición interna, la radicalidad de ese amor, encuentra su expresión literaria en el versículo introductorio. Jn. 13, 1 no es solamente el proemio a la escena del lavatorio; es el prólogo de toda la segunda parte del Evangelio. Clásicamente, la narración joánica puede dividirse en una primera parte (o Libro de los Signos) que va de Jn. 1, 1 a Jn. 12, 50, y una segunda parte (o Libro de la Hora) que va de Jn. 13, 1 a Jn. 20, 31. A lo que sucederá en esta segunda sección nos lo presenta Jn. 13, 1 con una serie de palabras de fuerte significado para la teología de Juan:

- Pascua: en el Evangelio según Juan se nombran, por lo menos, tres fiestas de Pascua. La primera es nombrada en Jn. 2, 13.23 y está relacionada con el incidente del Templo, cuando Jesús expulsa a los vendedores y cambistas y declara que el Templo ya no tiene validez, que ahora su cuerpo muerto y resucitado es el nuevo y verdadero lugar de adoración. La segunda Pascua está en Jn. 6, 4 y es sucedida por la multiplicación de los panes y el discurso sobre el pan de vida, haciendo notar que el modelo pascual antiguo es superado por el nuevo de comensalidad abierta y cuerpo y sangre del Mesías entregado. Finalmente, la tercera y última Pascua comienza en Jn. 11, 55 y Jn. 12, 1, con la resurrección de Lázaro, la entrada mesiánica a Jerusalén, y la aparición de los griegos que buscan a Jesús, en lugar de buscar el Templo. Esta Pascua de los judíos coincidirá con la Pascua de Jesús, que comienza en la última cena y hace un arco hasta la resurrección. Como vemos, todo el proceso de sustitución del judaísmo por el cristianismo tiene su clave de bóveda en la cruz y la tumba vacía. No se sustituye por capricho, sino porque las cosas han sido hechas nuevas.

- Jesús: la palabra Jesús aparece 158 veces en la primera parte del Evangelio (hasta el capítulo 12 inclusive) y es el término más frecuente para referirse al protagonista de la obra. Otras palabras, como Cristo (16 veces) o Mesías (2 veces) tienen muy poca presencia cuantitativa. El cuarto Evangelio está muy preocupado por demostrar, no sólo que Jesús es Dios, sino que es humano, luchando así, apologéticamente, contra las herejías fuertes que amenazan su comunidad. Por eso es importante que Jesús sea llamado por su nombre humano, por lo que lo define aquí en la tierra. En la segunda parte de su obra (desde el capítulo 13), la palabra sigue siendo la más frecuente para referirse al protagonista, apareciendo 93 veces. Cristo aparece sólo una vez y Mesías no figura.

- Hora: el tema de la Hora es importantísimo en Juan. Todo el libro está recorrido y signado por la Hora que ha de llegar o la Hora que ha llegado. En sí mismo, el concepto es una pieza fundamental de la teología joánica. Este pasaje entre la Hora que está por llegar y su llegada puede visualizarse con la lectura de Jn. 2, 4 (cuando en las bodas de Caná la madre de Jesús recibe la noticia de que no ha llegado aún) y la contraparte en Jn. 12, 23.27 (cuando Jesús, en una oración similar al Getsemaní de los sinópticos, asegura que ya ha llegado la Hora y que asume la Voluntad divina de que así sea). En el medio de este arco que une el principio y el final de la vida pública de Jesús, es imposible adelantar la Hora, o sea, es imposible apresarlo para darle muerte (cf. Jn. 7, 30; Jn. 8, 20). Jn. 13, 1 y Jn. 17, 1 confirmarán las afirmaciones del capítulo 12. Y Jn. 16, 25 relaciona la Hora con la revelación clara del Padre. Cuando llegue la Hora, dos tipos de características tendrá: unas involucran específicamente a los discípulos y otras son más generales. Dentro de las primeras, tenemos que los discípulos serán asesinados en nombre de Dios (cf. Jn. 16, 2) y muchos se dispersarán abandonado a Jesús (cf. Jn. 16, 32). En el segundo grupo, tenemos que cuando llegue la Hora no habrá un lugar específico de adoración, sino que se adorará al Padre en espíritu y verdad (cf. Jn. 4, 21.23) y los muertos oirán la voz del Hijo para vivir (cf. Jn. 5, 25.28).

- Mundo: la palabra aparece 33 veces en la primera parte del Evangelio y 45 veces en la segunda. En los capítulos 16 y 17, durante el discurso de despedida de Jesús, cobra vital importancia. Aparece 8 veces en el capítulo 16 y 18 veces en el 17. En el mundo hay hostilidad, se mata al Maestro y se persigue a los discípulos, pero en el mundo se realiza la misión, y el mundo es salvado por Jesús. Esa tensión propia de la Iglesia es explicitada en el discurso de despedida porque es el discurso para los discípulos, el discurso para la comunidad eclesial.

- Padre: la palabra Padre aparece 73 veces hasta el capítulo 12 y 57 veces del capítulo 13 en adelante. Siempre, en sus apariciones, está en relación al Hijo. Jesús es el hombre en relación filial con Dios, el que conoce la intimidad de la divinidad, el que sale del seno de Dios para darlo a conocer, para revelarlo. Jesús es el gran revelador porque tiene una relación, eterna y pre-existente, que le hace el gran conocedor. Nada de lo que hace Jesús cae fuera de la órbita del Padre y de su Voluntad. Curiosamente, durante el capítulo 19 del libro, donde se narran los hechos centrales de la Pasión y la crucifixión, la palabra desaparece, para volver a hacerse presente en el capítulo 20, en boca del Resucitado. De esta manera, Jesús es también el gran Hijo fiel, que ante la aparente ausencia del Padre en la tribulación, permanece firme en el propósito de cumplir su Voluntad. Su relación es tan profunda y de tanta fe, que aunque todo indique lo contrario o incite al abandono, Él sigue creyendo y amando al Padre.

- Amor: sobre el amor abundan los Evangelios. En cuanto a Juan, nos limitaremos a citar cuatro versículos que pueden representar, de cierta manera, su teología del amor: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no muera, sino que tenga vida eterna” (Jn. 3, 16); “El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en su mano” (Jn. 3, 35); “Como el Padre me amó, yo también los he amado a ustedes; permanezcan en mi amor” (Jn. 15, 9); “Este es el mandamiento mío: que se amen los unos a los otros como yo los he amado” (Jn. 15, 12).


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