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Destruyendo mitos / Cuarto Domingo de Cuaresma – Ciclo A – Jn. 9, 1-41 / 03.04.11

Al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento. Sus discípulos le preguntaron: “Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?”. “Ni él ni sus padres han pecado, respondió Jesús; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios. Debemos trabajar en las obras de aquel que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo”.

Después que dijo esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego, diciéndole: “Ve a lavarte a la piscina de Siloé”, que significa “Enviado”. El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía.

Los vecinos y los que antes lo habían visto mendigar, se preguntaban: “¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?”. Unos opinaban: “Es el mismo”. “No, respondían otros, es uno que se le parece”. El decía: “Soy realmente yo”. Ellos le dijeron: “¿Cómo se te han abierto los ojos?”. El respondió: “Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo: Ve a lavarte a Siloé. Yo fui, me lavé y vi”. Ellos le preguntaron: “¿Dónde está?”. El respondió: “No lo sé”. El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver. El les respondió: “Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo”. Algunos fariseos decían: “Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado”. Otros replicaban: “¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?”. Y se produjo una división entre ellos. Entonces dijeron nuevamente al ciego: “Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?”. El hombre respondió: “Es un profeta”. Sin embargo, los judíos no querían creer que ese hombre había sido ciego y que había llegado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: “¿Es este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?”. Sus padres respondieron: “Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego, pero cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él: tiene edad para responder por su cuenta”. Sus padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías. Por esta razón dijeron: “Tiene bastante edad, pregúntenle a él”. Los judíos llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: “Glorifica a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador”. “Yo no sé si es un pecador, respondió; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora veo”. Ellos le preguntaron: “¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos?”. El les respondió: “Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos?”. Ellos lo injuriaron y le dijeron: “¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés! Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de donde es este”. El hombre les respondió: “Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí al que lo honra y cumple su voluntad. Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada”. Ellos le respondieron: “Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?”. Y lo echaron.

Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: “¿Crees en el Hijo del hombre?”. El respondió: “¿Quién es, Señor, para que crea en él?”. Jesús le dijo: “Tú lo has visto: es el que te está hablando”. Entonces él exclamó: “Creo, Señor”, y se postró ante él. Después Jesús agregó: “He venido a este mundo para un juicio: Para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven”. Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: “¿Acaso también nosotros somos ciegos?”. Jesús les respondió: “Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen: Vemos, su pecado permanece”. (Jn. 9, 1-41)

1. El mito del Dios que castiga

El primer bloque de la lectura de hoy corresponde a la conversación entre Jesús y sus discípulos sobre la relación entre el pecado y los defectos físicos, y la relación de ambos con Dios y su soberanía sobre el cosmos. Según la tradición judía conservada, por ejemplo, en Ex. 20, 5; Nm. 14, 18; Dt. 5, 9 ó Tob. 3, 3-4, Dios tiene la costumbre de castigar los pecados de los padres en los hijos, hasta la tercera o cuarta generación. Otro principio teológico es que Dios no es responsable del mal, sino que los propios seres humanos fabrican el mal que les sucede. Por eso es válida, en su contexto, la pregunta de los discípulos. ¿Pecó él o sus padres? ¿Dios lo ha castigado porque heredó un mal de sus progenitores o porque desde el seno materno pecó él mismo? Esto constituye, para la época, un verdadero asunto rabínico, por eso se dirigen a Jesús como Rabí (en muchas traducciones, Maestro), recalcando que se lo inquiere para escuchar una opinión calificada, una opinión magisterial.

La respuesta de Jesús es más clara de lo que parece. No existe tal castigo de Dios manifestado en defectos físicos. No han pecado ni él ni sus padres. Esta enfermedad, en realidad, no debe ser vista como una intervención maligna del Padre, sino como la oportunidad para llevar adelante la misión encomendada por Dios. Jesús sabe que al ciego no le sirven las largas disquisiciones teológicas sobre el origen del mal; el ciego necesita ver, y a eso ha venido Jesús: a que los ciegos vean. De aquí se desprende la afirmación con la que cierra esta primera parte: soy la luz del mundo. De eso se tratará este relato de curación, entre juicios y discusiones. Jesús es la luz del mundo, viene a aclarar los corazones y las mentes, viene a iluminar las sombras teológicas. A los que ciegamente creen en un Dios castigador, Jesús les responde con el ciego que es curado por el amor de Dios.

2. El mito de la ley que salva

La segunda parte, muy breve, de este relato, es la curación en sí del ciego de nacimiento. Aquí se dejan traslucir las similitudes entre este relato y el contenido en el capítulo 5 del Evangelio según Juan, sobre la curación del enfermo que llevaba 38 años así (los autores no se ponen de acuerdo sobre la enfermedad específica de este hombre; mientras algunos lo hacen solamente paralítico, otros afirman que es una figura simbólica que reúne la enumeración de Jn. 5, 3: ciego, paralítico y lisiado). En ambas curaciones el día de acción es el sábado (cf. Jn. 5, 9 y Jn. 9, 14), en un enfermo complicado (de larga data), con la intervención de una piscina (cf. Jn. 5, 2 y 9, 7). Tiempo después de ambas curaciones, Jesús se re-encuentra con los curados (cf. Jn. 5, 14 y Jn. 9, 35) y ambos tienen una situación complicada con los judíos/fariseos.

Es curioso que las dos piscinas de los relatos tengan nombres. Estos nombres responden más a una intención simbólica del autor que a cuestiones meramente históricas. La piscina del capítulo 5 es Betsata, la que está ubicada en los cinco pórticos, símbolo de los cinco libros de la Ley, de la Torá. En esa piscina, el hombre enfermero esperó 38 años para ser curado. Es evidente que sus aguas (las aguas de la Ley) no han tenido el poder de liberarlo hasta que llega Jesús. La piscina del capítulo 9 es la de Siloé, que literalmente significa vertido. Juan dice que significa enviado porque las consonantes del verbo enviar, en hebreo, se encuentran en la palabra Siloé, y eso es suficiente para hacer el juego de palabras que le permita al autor comparar esta piscina mesiánica (piscina de Jesús) con la piscina de la Ley que no cura. Esta simple curiosidad entre ambas piscinas vislumbra el trasfondo del enfrentamiento entre la propuesta de la sinagoga fariseo y la propuesta de Jesús. En la misma línea, recordando que el sábado judío es tan institución religiosa como la sinagoga, la utilización de la saliva para curar en sábado estaba prohibida en el Talmud, así como se prohibía hacer barro los sábados. Ambas prescripciones son violadas por Jesús.

3. El mito de los que ganan el juicio

La tercera parte del relato es la más larga. Se suceden una serie de escenas breves donde se desarrolla un enjuiciamiento con participación del pueblo, de los judíos/fariseos, de los padres del ciego curado y de Jesús. La pluma de Juan utiliza el recurso de unir las escenas pequeñas conservando un personaje de la escena anterior. En Jn. 9, 8-12 está el pueblo y el ciego, luego el ciego y los fariseos, luego los fariseos y los padres del curado, luego los fariseos y el ciego nuevamente, luego el ciego y Jesús, y finalmente Jesús y los fariseos. La presencia física de Jesús no es constante, sin embargo, se entiende que el enjuiciado es Él y no tanto el hombre sanado. La cuestión farisea es la curación en sábado y la identidad de Jesús, que si ha curado a un ciego de nacimiento, tiene todas las cartas para ser el verdadero enviado, el Mesías. Pero un Mesías transgresor abierto de la institución es incómodo. A fin de cuentas, los judíos/fariseos utilizan al ciego para emitir su juicio negativo sobre Jesús. El pobre hombre, que la sinagoga no pudo curar, en lugar de ser acogido es señalado reducido a medio para defenestrar a Jesús.

Este enfrentamiento judíos/fariseos versus Jesús en el Evangelio según Juan tiene más de comunidad joánica que de Jesús histórico. Fueron los cristianos de estas comunidades los excomulgados de la sinagoga que reflejaron esta situación en el relato y la trasladaron hasta la época de Jesús. Es anacrónico el temor de los padres del ciego a ser excomulgados, como los dirigentes judíos de Jn. 12, 42 que no confiesan su fe por la misma razón. En la misma línea aparece, en el discurso de despedida de Jesús, el anuncio de que sus discípulos serán expulsados de la sinagoga (cf. Jn. 16, 2). Más allá del anacronismo, la idea del juicio es válida: la institución que oprime siempre está tratando de enjuiciar a los movimientos que liberan.

4. El mito de los que son ciegos físicamente

Para los tiempos mesiánicos, Isaías esperaba la gran apertura espiritual de los ojos (cf. Is. 29, 18; Is. 42, 16-20). El Mesías traería una luz que dejaría al descubierto la verdad, una luz reveladora. El relato del ciego de nacimiento sirve a Juan para desarrollar una teología narrada sobre Jesús luz del mundo y sobre cómo el discipulado es, ciertamente, un paso de la oscuridad a la luz, de la ceguera a los ojos abiertos. Al mismo tiempo, quien se cierra a la gracia, por más que se considere un visionario, termina siendo uno de los peores ciegos que existen. Más en profundidad, hay aquí una teología del bautismo, del paso/conversión de las tinieblas a la luz, de la cerrazón a la apertura, de la mirada estrecha a la mirada amplia.

Trigésimo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B – Mc. 10, 46-52


Llegan a Jericó. Y cuando salía de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran muchedumbre, el hijo de Timeo (Bartimeo), un mendigo ciego, estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que era Jesús de Nazaret, se puso a gritar: « Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!». Muchos le increpaban para que se callara. Pero él gritaba mucho más: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!». Jesús se detuvo y dijo: «Llamadle». Llaman al ciego, diciéndole: «¡Animo, levántate! Te llama». Y él, arrojando su manto, dio un brinco y vino donde Jesús. Jesús, dirigiéndose a él, le dijo: «¿Qué quieres que te haga?». El ciego le dijo: «Rabbuní, ¡que vea!». Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado». Y al instante, recobró la vista y le seguía por el camino. (Mc. 10, 46-52)

El texto que leemos hoy es el marco final de la sección del camino (Mc. 8, 27 – 10, 45). Si recordamos brevemente la estructura del texto marquiano, hallaremos que la primera parte sucede en Galilea, hasta el capítulo 6 aproximadamente, cuando comienza la sección de los panes (Mc. 6, 34 hasta Mc. 8, 21), que incluye un breve recorrido por territorios paganos. En Mc. 8, 22-26 se nos relata el primer marco a la sección del camino que es la curación del ciego de Betsaida. A continuación comienza el camino de subida a Jerusalén, y el relato de hoy establece el marco final, como ya dijimos. A continuación, a partir del capítulo 11, las acciones se desarrollan en Jerusalén. Por lo tanto, la presencia de dos ciegos al principio y al final del camino, como contextos del proceso discipular, es un claro mensaje simbólico. Jesús realiza el camino de discipulado con sus seguidores para profundizar la enseñanza, para la catequesis intensiva, para quitarles la ceguera, para hacerlos ver la realidad sobre Él mismo (es el Hijo del Hombre que debe ser crucificado), sobre el Reino y sobre Dios. Los dos ciegos (el de Betsaida y el de Jericó) son la clave hermenéutica para entender todo lo que ha sucedido entre estos dos relatos, sobre todo para leer con más claridad los tres anuncios de la pasión (Mc. 8, 31; Mc. 9, 31; Mc. 10, 32-34), para interpretar las enseñanzas en privado realizadas dentro de la casa (Mc. 9, 28.33 y Mc. 10, 10), y para asimilar las tres enseñanzas básicas del camino: cruz, humildad y servicio. Pero ambos ciegos, el del principio y del final, si bien son relatos parecidos, también son relatos distintos y hasta contrapuestos en algunos aspectos:

- Tener un nombre: el ciego de Betsaida no tiene nombre, es nombrado como un ciego (cf. Mc. 8, 22). Además, parece tener una casa, una propiedad (cf. Mc. 8, 26). El ciego de Jericó, en cambio, sabemos que se llama Bartimeo y que era mendigo. Su nombre es una construcción gramatical aramea que significa hijo (bar) de Timeo. Aquí sucede un recurso literario propio de Marcos que es la repetición para remarcar algún aspecto. En el encuentro con la mujer extranjera (cf. Mc. 7, 24-30), por ejemplo, se nos remarca doblemente que era griega, sirofenicia de nacimiento. De esta manera, queda subrayado el paganismo de la mujer. En la escena de hoy, algunos biblistas creen ver en la repetición del nombre (hijo de Timeo, Bartimeo) un mensaje. Timeo significa, en griego, apreciado o valorado. El hecho de ser reconocido como hijo de algo o alguien, no es siempre en términos bíblicos una referencia familiar. Se es hijo de algo o alguien, también cuando se es discípulo de ese algo o de ese alguien, como en 2Rey. 2, 3 al hablar de los hijos de los profetas, que puede traducirse como discípulos de los profetas. Entonces, Bartimeo sería un discípulo del apreciado, o sea, alguien que cree que el Mesías ha de ser una persona valorada por la sociedad, un digno hijo político-militar de David. La curación de su ceguera sería, justamente, quitarle esa visión tergiversada del mesianismo.

- Gritando: el ciego de Betsaida es presentado por unos anónimos (cf. Mc. 8, 22) que le suplican que lo toque para curarlo. Bartimeo parece más autónomo. Al enterarse que es Jesús de Nazareth el que pasa por allí, se pone a gritar. La gente intenta impedirle el acercamiento, pero él grita más fuerte, llamándolo Hijo de David. La utilización de este título mesiánico entre los evangelistas es interesante. Mateo será el que más lo mencione (cf. Mt. 1, 1; Mt. 9, 27; Mt. 12, 23; Mt. 15, 22; Mt. 20, 30; Mt. 21, 9), respondiendo a su auditorio mayoritariamente judeo-cristiano. Lucas será escueto como Marcos para su utilización. En Juan no encontramos otra cosa que una sola referencia indirecta al título sin su mención literal (cf. Jn. 7, 42). Específicamente en el relato marquiano, Bartimeo es el único personaje que lo identifica a Jesús como Hijo de David, literalmente. Más adelante, en la entrada mesiánica en Jerusalén, la gente lo aclamará: “¡Bendito el reino que viene, de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!” (Mc. 11, 10), pero no es literal la frase. Finalmente, en el templo, Jesús enseñará sobre el verdadero sentido del título (cf. Mc. 12, 35-37). Otra palabra que puede ayudarnos en la interpretación es rabbuní. Además de Bartimeo, el único personaje que denomina así a Jesús es María Magdalena en Jn. 20, 16. Rabbuní es una variación propiamente galilea de la palabra rabbí, un término derivado de la raíz hebrea rbb que significa ser grande. La institución del rabino era una institución judía y, en tiempos de Jesús, el respeto hacia ellos era enorme, considerándolos padres espirituales y eminencias. El rabino está ligado, indefectiblemente, a un estilo religioso sinagogal y judío. Por eso, en el Evangelio según Marcos, Jesús es llamado como tal en cuatro oportunidades: en primer lugar lo hace Pedro, durante la transfiguración, cuando propone armar tres carpas para quedarse en las alturas (cf. Mc. 9, 5); luego Bartimeo; en tercer lugar, nuevamente Pedro, cuando le hace notar que la higuera que ha maldecido está seca (cf. Mc. 11, 21); finalmente, Judas cuando lo entrega con un beso (cf. Mc. 14, 45). Lo que podemos concluir, con este breve recorrido, es que los discípulos lo llaman rabino en situaciones de desentendimiento o de incomprensión de su mesianismo, que no es político-militar y que no se limita únicamente a los judíos. Pedro quiere quedarse en las alturas de la transfiguración y no volver al camino a Jerusalén; Bartimeo cree en el Hijo de David apreciado, valorado, victorioso; Pedro, nuevamente, no comprende cómo la higuera (símbolo de Israel) se seca; por último, Judas incomprende por completo a su Maestro, al punto de entregarlo.

- Sin etapas: la curación del ciego de Betsaida sucede en dos etapas (cf. Mc. 8, 23-25) con una participación activa y casi mágica de Jesús, utilizando saliva (cf. Mc. 8, 23). En el caso de Bartimeo, la diferencia es obvia. Recibe una pregunta sobre qué es lo que desea, él pide ver, y Jesús responde: “Vete, tu fe te ha salvado”. Aquí no hay etapas ni contacto físico entre ambos. La respuesta del Maestro es muy similar a la que recibe la hemorroísa en Mc. 5, 34a: “Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz”. Si recordamos, la hemorroísa, en realidad, recibe mayor bien siendo aceptada y dignificada que siendo curada, pues su sangrado continuo la hacía impura para la religión. Por eso Jesús recalca que ha sido salvada, ha sido rescatada de su situación desigual y opresiva, ha sido liberada. Bartimeo, en esa línea, es salvado de su ceguera más que curado, es liberado de sus concepciones/visiones que no lo dejaban comprender la realidad plena del mesianismo jesuánico. Es más importante que pueda ver con su corazón y con su mente, antes que pueda ver físicamente. En Bartimeo se obra un cambio de mentalidad, una liberación hacia la concepción correcta del Mesías, que no es hijo político-militar de David, sino depositario de las esperanzas del pueblo de David.

- Ponerse en camino: el ciego de Betsaida es curado en las afueras del pueblo (cf. Mc. 8, 23) y, tras la curación, recibe la instrucción de volver a su casa sin entrar en el pueblo (cf. Mc. 8, 26). Bartimeo, en cambio, ante la instrucción vete, comienza a seguir a Jesús por el camino. Se nos hace entender, así, que este ciego se ha convertido en discípulo del Maestro, pues se une al camino. Hechos de los Apóstoles nos hace saber que a los primeros cristianos los llamaban seguidores del Camino (Hch. 9, 2). El cambio obrado en Bartimeo, el giro de su corazón y su mente, se materializa en el abandono de su manto al costado del camino para incorporarse al seguimiento explícito del Mesías, aunque ese seguimiento signifique ir a Jerusalén a morir. Como marco final de la sección del camino, Bartimeo es el modelo de discipulado del relato marquiano, puesto que es aquel que se pone en camino hacia la cruz, aquel que ha sido curado de su ceguera para comprender los anuncios de la pasión, para asumir un mesianismo que no es político-militar, que no se ejerce desde el poder, sino todo lo contrario: desde lo pequeño, desde lo insignificante, desde el servicio, desde la vida entregada. El ciego mendigo, marginado, ubicado al costado del camino, es ahora protagonista discipular, con la visión recuperada y un cambio drástico de situación. Por eso queda el manto al costado, arrojado, porque eso es signo de su situación previa, ya superada.

Ser curados de la ceguera es un salto cualitativo para nuestras existencias. Como misioneros, muchas veces estamos ciegos, y se distorsionan nuestras concepciones sobre Jesús, sobre la religión y sobre los seres humanos. La ceguera respecto a Jesús puede llevarnos a ver en Él un maestro de moral, un personaje que elaboró normas de comportamiento para hacernos más puros. Bajo esa idea, la evangelización no habla de tanto de Jesús como de lo que se debe o no se debe hacer, y pueblos enteros se quedan sin saber nada acerca de la Persona más importante de la historia. Enseñamos un catecismo elaborado por moralistas, pero los Evangelios resultan secundarios, son un subsidio para los encuentros, nada más, un libro al que se puede recurrir si no hay otra idea. Este tipo de ceguera hace que las personas se resistan a la misión, porque no viene a traerles novedad alguna, sino un listado de comportamientos. El otro tipo de ceguera es la distorsión de la religión, entendiéndola como ámbito de separación, como sectarismo, como conformación de un grupo de elegidos. La evangelización, en este caso, hace proselitismo, y deja de ser evangelización. No busca la liberación del otro, sino su incorporación a un modelo, a una institución. Nuevamente, se habla más de las ventajas que proporciona una denominación religiosa que del mismo Jesús. En este caso, los Evangelios son suplantados por el Código de Derecho Canónico, por constituciones corporativas. Se hace de la Iglesia una empresa, un club o una secta, pero no se hace comunidad. También hablamos de la ceguera respecto a los seres humanos. Para algunos misioneros, el otro es un objeto y no un sujeto, un destinatario y no un interlocutor, un impuro y no una persona digna. La evangelización, entonces, es impositiva, es monólogo, es avasallamiento, es conquista. Jesús, en este caso, es reemplazado por una ideología de cualquier tipo (política, social, cultural, religiosa), y la misión es una iniciativa privada, no un movimiento de amor. El otro como otro no interesa, no tiene nada para decir, es un ignorante, y es también incapaz de decidir. El otro, por lo tanto, deja de existir como otro, y desaparece la comunicación de la Buena Noticia.

La misión necesita ser librada de sus cegueras, necesita abandonar viejos esquemas basados en visiones caducas, necesita reencontrarse con el Cristo para reencontrarse con la mujer y el hombre. Estar dispuestos al cambio implica estar dispuestos a ingresar al camino, aunque éste termine en Jerusalén. Jesús es asesinado por abrir los ojos de los ciegos; el misionero debe estar conciente de que su tarea liberadora, muy probablemente, lo obligue a dar la vida. Pero si realmente ha sido curado de su ceguera, entonces reconocerá que vale la pena morir mirando con claridad que permanecer vivo en las sombras.

Vigésimotercero Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B – Mc. 7, 31-37

Se marchó de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Le presentan un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan imponga la mano sobre él. Él, apartándole de la gente, a solas, le metió sus dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. Y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: «Effatá», que quiere decir: «¡Ábrete!». Se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente. Jesús les mandó que a nadie se lo contaran. Pero cuanto más se lo prohibía, tanto más ellos lo publicaban. Y se maravillaban sobremanera y decían «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos». (Mc. 7, 31-37)

El texto que hoy leemos no se ubica, en el Evangelio según Marcos, inmediatamente a continuación de lo que leímos la semana pasada. En medio nos hemos salteado el encuentro con la mujer sirofenicia (Mc. 7, 24-30), que ocurre en la región de Tiro, una de las ciudades más importantes de Fenicia, territorio pagano, al noroeste de Galilea. Desde allí, Jesús pasa por Sidón y hoy nos lo encontramos en la Decápolis, una confederación de diez ciudades (según su etimología) al este del Jordán, también territorio pagano. El Maestro ya había estado en aquella zona, cuando ocurre la curación del endemoniado geraseno (Mc. 5, 1-20). En aquella oportunidad, la incursión en ámbitos gentiles aparece aislada, pero aquí ya nos encontramos en un recorrido propiamente externo a los lugares judíos que da comienzo en Tiro (cf. Mc. 7, 24), continúa por Sidón y la Decápolis (cf. Mc. 7, 31), se traslada momentáneamente a Dalmanuta (cf. Mc. 8, 10), un sitio con el que los arqueólogos no pueden dar fehacientemente y que muchos sitúan al sureste del lago de Genesaret, luego aparece Betsaida (cf. Mc. 8, 22), suscitando también el problema arqueológico que algunos interpretan como la existencia de dos Betsaida, una en Galilea y otra al este del Jordán, siendo ésta última la del pasaje que estamos refiriendo; finalmente llegamos a Cesarea de Filipo (cf. Mc. 8, 27), donde Pedro realiza su confesión de fe (cf. Mc. 8, 29). Por lo tanto, desde Mc. 7, 24 hasta Mc. 8, 30 nos relata el autor la travesía de Jesús entre paganos, entre gentiles, fuera de su patria.

Si bien este relato es propio de Marcos, no encontrándose en los demás Evangelios, es el mismo autor el que nos ofrece una especie de paralelo en la curación del ciego de Betsaida (Mc. 8, 22-26), también relato propio del Evangelio marquiano. En primer lugar, en ambas escenas, somos situados geográficamente (cf. Mc. 7, 31 y 8, 22a). Luego, le presentan al que debe ser curado con la misma construcción literaria en griego: kai ferousin (cf. Mc. 7, 32 y 8, 22b), sin especificar el sujeto. En otras oportunidades, el autor ha utilizado el sujeto anónimo, cuando narra, por ejemplo, la curación de la suegra de Simón Pedro, y dice que “le hablan de ella” (Mc. 1, 30b), o cuando “le trajeron todos los enfermos y endemoniados” (Mc. 1, 32b). El sujeto anónimo parece relacionado al acercamiento de enfermos para que Jesús los cure. No sabemos quiénes los acercan, si su identidad se oculta porque carecen de importancia narrativamente o porque significan, en profundidad, aquellos seguidores ocultos de Jesús, los desconocidos del Reino, que en silencio realizan su tarea de acercar oprimidos al Maestro. Tras presentar al sordo con dificultad en el habla y al ciego, respectivamente, vuelven a coincidir las escenas en la construcción literaria en griego: kai parakaleo (cf. Mc. 7, 32b y 8, 22b), que algunas versiones traducen como “y le ruegan” o “y le suplican”. En la escena de hoy piden una imposición de manos (cf. Mc. 7, 32b), y en la del ciego que lo toque (cf. Mc. 8, 22b), o sea, imploran un contacto físico sanador de Jesús. El Maestro los aparta de la gente o de la aldea (cf. Mc. 7, 33a y 8, 23a) e invierte las acciones solicitadas por quienes se los habían presentado: al sordo con dificultad en el habla, a quien debía imponer las manos, lo toca en sus oídos y en su lengua; al ciego, a quien debía tocar, le impone las manos. Para los dos milagros utiliza saliva (cf. Mc. 7, 33 y 8, 23), la cual sólo es narrada como medio milagroso, por fuera de Marcos, en Jn. 9, 6. Finalmente, Jesús prohíbe algo: difundir el milagro en el caso de hoy (cf. Mc. 7, 36) y volver a la aldea en la escena del ciego (cf. Mc. 8, 26).

Este paralelo interno del Evangelio tiene un sentido. La sordera y la ceguera son, universalmente, símbolo de la dureza de entendimiento. Se puede tener un órgano auditivo intacto, pero una capacidad de escucha francamente disminuida sin otra causa que la falta de atención, el desinterés, el despiste o el rechazo a priori. Se puede tener un órgano visual excelente, pero no ver lo más obvio de las cuestiones, las verdades que están en la superficie, pero que contrarían nuestros esquemas mentales. La ceguera y la sordera, en los Evangelios, se aplican a las actitudes que rechazan realidades mesiánicas patentes. Marcos hace una primera referencia al respecto en Mc. 4, 11-12, cuando los discípulos le preguntan en privado a Jesús acerca de la parábola de la semilla: “A vosotros se os ha dado el misterio del Reino de Dios, pero a los que están fuera todo se les presenta en parábolas, para que por mucho que miren no vean, por mucho que oigan no entiendan, no sea que se conviertan y se les perdone”. Jesús cita libremente Is. 6, 9-10, dando a entender que sus palabras causan el mismo efecto que las palabras pronunciadas por el profeta. Cuando el mensaje de Dios cae en terreno estéril (los versículos anteriores contienen la parábola del sembrador), paradójicamente, más estéril se vuelve, pues se empecina el pueblo en cerrar con mayor ahínco sus oídos e incrementar su ceguera. Los mismos discípulos son víctimas de la no comprensión, y así se los hace saber el Maestro en la barca, cuando les inquiere: “¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís?” (Mc. 8, 18). La Palabra es dada para salvación y para iluminación, pero quien la resiste, se enceguece y ensordece por demás. Al mismo tiempo, y en contraposición, quien acepta gustoso la Palabra, recibe los beneficios de la acción mesiánica, como lo había anunciado también el profeta Isaías: “Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, y las orejas de los sordos se abrirán” (Is. 35, 5), “Oirán aquel día los sordos palabras de un libro, y desde la tiniebla y desde la oscuridad los ojos de los ciegos las verán” (Is. 29, 18). Así, las curaciones del sordo y del ciego, en Marcos, cumplen esta doble función. Por un lado, representan la dureza de corazón del pueblo y, más íntimamente, de los discípulos, quienes no pueden reconocer el sonido auténtico y la luz de la Palabra que proclama Jesús. Por otro lado, son signos de que ha llegado la época mesiánica, porque los sordos pueden escuchar y los ciegos comienzan a ver, es decir, es derrotada la oscuridad que sume a la humanidad en la incomunicación, aquello que no deja percibir las cosas como lo son en realidad, lo que distorsiona el mensaje divino e, inclusive, la mismísima imagen de Dios.

La relación de esta escena con el hecho liberador del mesianismo de Jesús, ha llevado a muchos biblistas a identificarla como una referencia velada a las prácticas cultuales de la comunidad marquiana, sobre todo al bautismo. Según estos estudiosos, el esquema de presentación del sordo, momento privado con Jesús, gestos sacramentales y nueva condición del sanado, podrían equivaler a la presentación por parte de la comunidad del catecúmeno, momento privado con Jesús que sería el bautismo en sí mismo, utilización de gestos sacramentales en la ceremonia y nueva condición del ya bautizado, transformado por la acción personal de Jesús. La palabra en arameo, effatá, habría sido utilizada ya por las primeras comunidades en la ceremonia bautismal, y por eso su conservación en la forma aramea, debido a su importancia, como también sucedió con la conservación de talitá kum en Mc. 5, 41 (palabras de resurrección) y con abbá en Mc. 14, 36 (palabra de oración confiada al Padre). En la misma línea, el gesto de Jesús de levantar los ojos al cielo se puede encontrar en la primera multiplicación de los panes (cf. Mc. 6, 41). En ambos episodios sacramentales, la invocación al Padre solemniza la situación y la envuelve con un aura distinta, como remarcando episodios especiales de íntima comunión con Dios. No se trata tanto del Hijo pidiendo fuerzas extraordinarias al cielo, como de la comunión que se establece, mediante la multiplicación/eucaristía y la curación del sordo/bautismo, entre lo terreno y lo divino, entre lo inmanente y lo trascendente, entre Dios y los seres humanos. Vale como dato curioso que el verbo anablepo, utilizado en las frases griegas de la multiplicación y la lectura de hoy, puede significar levantar los ojos al cielo, y también recobrar la vista, como es utilizado en la curación del ciego de Jericó (cf. Mc. 10, 51). Se establece un juego de palabras y etimologías que parece hallar sustento en el relato de la tumba vacía (Mc. 16, 1-8), cuando las mujeres van al sepulcro el domingo por la mañana y levantando los ojos (anablepo) ven la piedra retirada. Es que la resurrección exige un corazón que vea, la resurrección es la destrucción de la ceguera, es la apertura definitiva de los oídos a la Palabra. Los hechos sacramentales, el bautismo y la eucaristía, tienen sentido en cuanto la certeza de la tumba vacía los sostiene, de lo contrario, son meros gestos y rituales. La comunión que se establece cuando Jesús levanta los ojos al cielo, es la comunión de la pascua que las comunidades cristianas experimentan al levantar los ojos y hallar el hecho de la resurrección.

El hecho pascual destruye la sordera y las dificultades en el habla. La pascua libera al ser humano de su encierro en la oscuridad del no oír, en la privacidad de no poder comunicarse. La pascua da la posibilidad a los hombres y mujeres del mundo para que sean comunidad, para que se relacionen. A veces, somos sordos desde el nacimiento, porque nos hemos criado en ambientes donde no se habla, o donde se nos educa a no escuchar. Otras veces, nos vamos volviendo sordos con el tiempo, cuando descubrimos por nuestros propios medios que parece más conveniente no prestar atención. Pero también puede suceder que nos hayan ensordecido, que nos hayan ocultado información, verdades, posibilidades. Hay sorderas que no tienen principio, pero muchas otras comenzaron en un momento determinado. De cualquier forma, la resultante es el aislamiento, y por lo tanto, el ahogamiento del ser personal que se pierde más y más en la privacidad, en la oscuridad.

El misionero tiene la doble tarea de abrir sus oídos y ayudar a que los oídos de los otros se abran. En primer lugar, abrir el oído a Dios, prestar corazón dócil a su decir, a su mensaje, cueste lo que cueste su contenido. Abrir el oído para entrar en comunión, para levantar los ojos y ver la tumba vacía. Esa escucha debiese llevarnos a oír al pueblo, escuchar el clamor de los oprimidos, de los pobres, de los marginados; gritos que a veces son mudos, audibles sólo para el misionero que se ha tomado el atrevimiento de prestarles atención. Y finalmente, consistirá la misión en facilitar la apertura de otros oídos, llevando los sordos al Maestro, realizando gestos concretos, gestos con fuerza. Deberíamos encontrar las acciones pequeñas y de cercanía que liberen del aislacionismo, las acciones que, abriendo los oídos, den voz. Un compromiso misionero con la realidad no puede estar al margen de las informaciones que se ocultan para dominar a los pueblos. Las gentes necesitan oír para expresar su opinión, necesitan escuchar para formular su propuesta. Si la evangelización en lugares ensordecidos se concentra en la celebración de sacramentos separados de la vida diaria, entonces es cómplice de un sistema de exclusión. Si, en cambio, el bautismo se expresa en la formación de bautizados con noticias de la actualidad, noticias que les incumben, realidades sobre las que tienen que decidir, entonces estamos caminando hacia esa liberación de la pascua que abre los oídos para hablar, que vence la oscuridad del aislacionismo para construir en comunión.