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El Reino de los Cielos se parece al mercado laboral / Vigésimoquinto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 19, 30 – 20, 16 / 18.09.11

Muchos de los primeros serán los últimos, y muchos de los últimos serán los primeros.

Porque el Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña. Trató con ellos un denario por día y los envió a su viña. Volvió a salir a media mañana y, al ver a otros desocupados en la plaza, les dijo: “Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo”. Y ellos fueron. Volvió a salir al mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: “¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin hacer nada?”. Ellos les respondieron: “Nadie nos ha contratado”. Entonces les dijo: “Vayan también ustedes a mi viña”.

Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: “Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros”. Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario. Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario. Y al recibirlo, protestaban contra el propietario, diciendo: “Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada”. El propietario respondió a uno de ellos: “Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti. ¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?”.

Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos. (Mt. 19, 30 – 20, 16)

Tenemos este domingo una parábola propia del Evangelio según Mateo. A lo largo de la investigación exegética ha recibido múltiples títulos posibles, que pueden resumirse en los siguientes: el patrón generoso, los obreros de la viña, la paga igual. Además, algunos estudiosos suponen que la parábola pronunciada por Jesús no contaba con ninguno de los dos versículos que Mateo sitúa como marco en Mt. 19, 30 y Mt. 20, 16. Aunque se admite la posibilidad de identificar como histórica la expresión de los últimos y los primeros, muchos prefieren situarla en otro contexto original, inclusive como frase repetida en diferentes situaciones por Jesús. En la tradición sinóptica, la expresión aparece en Mc. 10, 31; Lc. 13, 30 y los dos versículos de la perícopa de hoy. Marcos la sitúa a continuación del diálogo entre Pedro y Jesús, donde el primero presenta la evidencia de que ellos, los discípulos, han dejado todo para seguirlo, y el Maestro le responde que los que han dejado todo por el Evangelio, reciben el ciento por uno. Aquí, la frase sobre los últimos y los primeros parece tener un sentido de realización personal, más que de realización divina. No se vuelven primeros los que son últimos por su situación social, su pobreza o su exclusión; se vuelven primeros los que han elegido ser excluidos, los que han optado por una marginación en pos del Reino. Por esa opción de vida con los últimos, el Padre los tiene por primeros. En Lucas, la referencia son los paganos, ya que el contexto inmediato es el logion sobre los muchos de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur, que se sentarán en la mesa con los patriarcas de Israel. Los gentiles, considerados últimos en la salvación, o peor aún, insalvables, resultan ser para el Reino inaugurado por Jesús los primeros. La expresión de su salvación es la mesa compartida con los próceres israelitas. Marcos contiene, además, en Mc. 9, 35, una frase similar dirigida a los Doce, que los invita a hacerse últimos y servidores si quieren ser los primeros. De una manera más velada en Lucas, pero que también puede entenderse en la misma línea, el final de la parábola del fariseo y el publicano que oran, dice: “Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero” (Lc. 18, 14a).

Vemos así que Marcos es más tendiente a utilizar la expresión como invitación/promesa para que los discípulos asuman el estilo de vida del Reino. Ese estilo de últimos, de marginados sociales, los hace primeros para Dios. Lucas, y como veremos también Mateo, plantean la inversión desde la bondad y la justicia de Dios. Los últimos se hacen primeros porque el Reino de Dios es para ellos, para los olvidados, para los excluidos. El movimiento, en Lucas y Mateo, parte de Dios. De todas maneras, en toda la tradición sinóptica, lo primordial es la inversión de las situaciones presentes. Esa es la esperanza que mantiene la Iglesia: la situación actual es injusta, hay seres humanos que son últimos (odiados, desplazados, rechazados), pero esto no puede quedar así; Dios tomará el control de la situación y los últimos serán primeros. De todas maneras, la esperanza se convierte en advertencia cuando se lee desde senos eclesiales cerrados o con tendencias sectarias no universalizantes. A veces, pensar que los últimos serán los primeros, asusta y conmueve las seguridades. Sociológicamente, los grupos tienden a considerarse los elegidos. Cuando un grupo recibe, de su propio Maestro, la certeza de que los considerados primeros, en realidad, serán últimos, no puede permanecer inmune a la declaración. Puede que, en su originalidad, la parábola estuviese dirigida a los fariseos desde los labios de Jesús, pero la inclusión que realiza Mateo de la expresión sobre los últimos y los primeros para enmarcar la parábola, cambia los destinatarios hacia los discípulos. Mateo le está recordando a su comunidad, formada mayormente por judíos convertidos al cristianismo, que no tienen por qué considerarse los primeros ni los únicos salvados. Si así lo creen, se llevarán una decepción cuando descubran que los últimos son los primeros y viceversa.

Introduciéndonos de lleno a la parábola, tenemos que recordar un primer simbolismo: la viña. Para la tradición profética, la viña es el pueblo de Israel (cf. Is. 5, 1-7; Jer. 12, 10). En una zona donde crece la vid y la higuera, la utilización de ambas plantas para representación del pueblo era lógica. Jesús se vale de ello y comienza a contar la historia de un amo y su viña. Estamos, antes que nada, ante un amo rico, que tiene un mayordomo encargado de las finanzas y las contrataciones, y que se puede dar el lujo de contratar una amplia cantidad de jornaleros. En contraste a este amo rico están los jornaleros. Según la descripción de la parábola, son obreros que trabajan por día y que esperan, cada mañana, por la contratación. Del día a día depende su ingreso. No tienen trabajo fijo ni son esclavos viviendo en lo de sus dueños. Su comida y la comida de sus familias dependen directamente de la suerte que cada jornada les depara. Seguramente se reunían en la plaza central del poblado, a la espera de un amo contratista. En nuestro caso está la posibilidad de que sea el mes de septiembre, mes de la vendimia en Palestina. El pago usual para un jornalero de aquella época era un denario. Se calcula que con medio denario podía subsistir un día un obrero, pero para una familia completa se necesitaba más, evidentemente. Esto deja en claro el contraste socio-económico entre el amo y los jornaleros. Analizado en macro-economía, el amo pertenece a la clase social acomodada, lo que hoy llamaríamos la clase capitalista, mientras que los jornaleros son de la clase baja, ni siquiera proletarios reales, ya que no trabajan de manera fija en relación de dependencia. De todas maneras, Jesús utilizará la imagen para explicar un aspecto más del Reino de los Cielos. Dios no es exactamente como el amo de la viña de la historia, no está involucrado en un sistema económico que pone en situación embarazosa a los jornaleros. Pero ciertas características del amo lo hacen similar a Dios Padre. En primer lugar, es raro que el amo salga a contratar en persona teniendo un mayordomo o administrador. Pero lo hace. Son raras también las horas en las que sale. Normalmente, las contrataciones se realizan en la primera hora de la mañana, no durante el día. Esto hace sospechar que el amo contrata jornaleros sin necesidad real, quizás con la intención de dar una mano a la mayor cantidad posible de desempleados. En segundo lugar, el amo se declara bueno y justo, dos atributos propios de Dios. Finalmente, hay una frase que dice el amo y que es clave hermenéutica de la parábola: les pagaré lo que sea justo.

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A partir de la frase sobre lo justo hay que entender el pago igualitario, o lo que Schottroff llama la igualación solidaria que realiza el amo. El pago será lo justo, aunque los primeros jornaleros no entiendan esa justicia. Volvemos a la cuestión de los atributos divinos. El amo actúa con justicia como actúa con justicia el Padre. El pago igualitario es el pago justo. Paradójicamente, en el contexto socio-económico de la parábola, el amo de la clase acomodada les termina dando una lección a los jornaleros que protestan: si ellos se dividen internamente como grupo, si son envidiosos entre sí, si se fracturan como unidad, entonces no podrán plantarse ante las injusticias y procederán a su autodestrucción. Si los jornaleros no se apoyan mutuamente, seguirán en las pésimas condiciones laborales en las que están. Si unos se enojan por la buena suerte de los otros compañeros, se maltratan añadiendo daños al maltrato que de por sí ocasiona el sistema. El amo les recrimina, en el original griego de Mateo, su ophthalmos poneros, o sea, su ojo malo (que algunas traducciones al español interpretan como mal solamente, y otras más acertadamente comoo envidia). La recriminación final del amo es, entonces, sobre la envidia de los primero jornaleros respecto a la bondad del patrón. ¿Qué puede envidiar un jornalero a otro? ¿Que ha ganado un denario, como él, y su familia apenas comerá ese día? ¿Envidia que mañana ambos estarán de nuevo en la plaza probando suerte? ¿O envidia la generosidad del patrón? Lo que hace el amo es desenmascarar el sinsentido de la actitud de los primeros. Si un jornalero ha ganado hoy un denario, es motivo de alegría, no de envidia. Si un compañero puede llevar el sueldo a su casa, es ocasión de festejo. Si el amo entiende la justicia como un trato igualitario, entonces hay una perspectiva de cambio en el horizonte.

Volvemos a repetir que Dios no es exactamente igual al amo de la parábola. No es un terrateniente de viñedos ni pertenece a la clase social alta. Pero sí Dios es justo y bueno. Sí Dios es capaz de invertir el orden. Sí Dios trata a los seres humanos desde la igualdad solidaria, comenzando con el que más lo necesita, con el pobre, con el excluido, con el marginado. Ese es el Reino de los Cielos al que se parece la parábola. Ese es el proyecto para nuestra historia: que los últimos se hagan los primeros. Que haya un movimiento hacia la compasión por los miles de jornaleros actuales que no tienen lo suficiente para sobrevivir. Porque están ahí afuera, en las plazas, en las calles, esperando una mano que cambie el sistema, que los dignifique. Porque tenemos la obligación de trabajar con la mejor economía y la mejor política posible para que nadie se quede lo mínimo indispensable, para que ya no haya excluidos, para que ya no haya últimos y todo puedan ser primeros.

Escribas del siglo XXI / Decimoséptimo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 13, 44-52 / 24.07.11

“El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo.

El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró.

El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve. Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. ¿Comprendieron todo esto?”. “Sí”, le respondieron. Entonces agregó: “Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo”. (Mt. 13, 44-52)

La costumbre exegética es estudiar por separado el primer par de parábolas por un lado, y luego la parábola de la red. A simple vista se puede descubrir que la separación es válida. Mientras el tesoro escondido y la perla responden a un esquema compartido y un tema en común, la red apunta en otra dirección. Inclusive, la parábola de la red tiene una explicación alegórica, como la tuvieron la parábola del sembrado y del trigo y la cizaña que leímos los domingos pasados. En todo caso, es más aceptable emparejar la parábola de la red con la del trigo y la cizaña que con el tesoro y la perla. Sin embargo, respecto a las dos primeras, el Evangelio gnóstico de Tomás las conserva separadas:

a) Parábola de la perla: “Dijo Jesús: El reino del Padre se parece a un comerciante poseedor de mercancías, que encontró una perla. Ese comerciante era sabio: vendió sus mercancías y compró aquella perla única. Buscad vosotros también el tesoro imperecedero allí donde no entran ni polillas para devorar(lo) ni gusano para destruir(lo)” (EvTo 76).

b) Parábola del tesoro en el campo: “Dijo Jesús: El Reino se parece a un hombre que tiene [escondido] un tesoro en su campo sin saberlo. Al morir dejó el terreno en herencia a su [hijo, que tampoco] sabía nada de ello: éste tomó el campo y lo vendió. Vino, pues, el comprador y —al arar— [dio] con el tesoro; y empezó a prestar dinero con interés a quienes le plugo” (EvTo 109).

Las diferencias con Mateo son identificables. El Evangelio de Tomás une la parábola de la perla con la sentencia sobre el tesoro que no lo come la polilla, conservado en Mt. 6, 19-20. Respecto al tesoro en el campo, en el relato de Tomás, los órdenes se alteran, porque primero compra el terreno quien luego, accidentalmente, encuentra lo valioso, a diferencia de Mateo que alguien encuentra el tesoro y, por ello, decide vender sus bienes para adquirir el terreno. En definitiva, el discurso parabólico se acomoda al redactor más que a Jesús. Mientras que Mateo considera oportuno elaborar una disertación sobre parábolas que ocupe la casi totalidad de su capítulo 13, Tomás las disemina en su colección de dichos de Jesús. Mientras que las dos primeras leídas hoy en la liturgia se corresponden en temática, la tercera desentona, aunque está en relación a la parábola anterior del trigo y la cizaña. Sobre la alegoría que explica la parábola de la red, aplicando el mismo principio que ya venimos empleando, es lógico atribuirla a la comunidad eclesial más que a Jesús mismo, ya que no responde al género parabólico, bien demostrado en la perla y en el tesoro, que no soportarían una traslación alegórica. Si quisiésemos atribuir a cada elemento de estas dos parábolas un significado preciso en el mundo real, fallaríamos, porque Jesús no está comparando el Reino con el tesoro escondido ni con la perla, sino con el relato en general, y en particular con la actitud (alegre) de quienes venden todo. El Reino no es como una perla ni como un tesoro escondido, sino como esa situación donde un mercader o un hombre cualquiera venden sus bienes para adquirir la perla o el campo. Desde esta perspectiva cambian las interpretaciones habituales. Jesús no está haciendo hincapié en la entrega o ascesis de los que venden todo. Ellos lo hacen con alegría y certeza de que es lo correcto. El hincapié de Jesús está puesto en esa actitud de valoración correcta del Reino. El mercader y el hombre del campo han encontrado lo absoluto. Son lo suficientemente sagaces como para relativizar lo demás y hacerse con el valor primordial que han encontrado. Esa es la clave hermenéutica.

La primera parábola que leemos hoy asume lo tradicional de los tesoros escondidos en la zona de Palestina. La tierra de Jesús era un puesto clave de enfrentamientos, ya que se constituía en paso casi obligado para comunicar el occidente con el oriente. Los grandes imperios de la antigüedad se disputaron el control de Palestina porque era estratégico tener control sobre esa zona para anticipar los movimientos y ataques de los imperios enemigos. Debido a su condición de zona en conflicto, era común que las personas escondiesen sus elementos de valor para que quedasen al resguardo durante las confrontaciones. Una de las maneras de esconder era introducir los objetos de valor en vasijas de barro y enterrarlas. El hombre de la parábola se encuentra con uno de estos tesoros. Algunos comentaristas se inclinan a pensar que el hombre es un jornalero, porque sería lo más lógico: está arando un campo ajeno, donde está empleado, choca la vasija enterrada, la descubre, vuelve a esconderla para que nadie más se entere, ahorra un tiempo (seguramente largo) y compra el campo. Otros comentaristas han deslizado la posibilidad de ver en el hombre de la parábola a un busca-vida que va recorriendo terrenos en busca de tesoros, y cuando encuentra uno, toma las precauciones de ocultarlo y comprar el campo para legalizar su hallazgo ilegal.

A la par del tesoro en el campo está la perla. Aquí no se puede divagar mucho sobre el hombre que la encuentra; es un emporos, un gran mercader que viaja mucho. Se dedica a esto y vive de esto: de las perlas finas. El Mar Rojo, el Golfo Pérsico y el Océano Índico eran lugares privilegiados para la búsqueda de estos objetos codiciados. Este mercader de la parábola está en la rutina de su negocio; busca perlas, las clasifica según su valor, las compra y las re-vende. De eso vive. Pero un día se encuentra con una de gran valor. Es una perla lo suficientemente importante y valiosa como para que el mercader venda todo en pos de esta que encontró. Como gran conocedor del tema, entiende que ha dado con una perla que está por encima de todo lo que conoce. Por eso vende todo. En realidad, no está arriesgando ni se está volviendo un asceta, sino que está comerciando con lo seguro. Esta perla encontrada vale más que todo lo que tiene, y le dará mayores ganancias. No es un arriesgado, sino un perfecto calculador.

Finalmente, Mateo asocia la parábola de la red. Las opciones contextuales de esta última narración son tres: o fue pronunciada junto a la de la perla y la del tesoro escondido, cuestión que parece difícil por la diferencia temática; o fue originalmente compañera de la parábola del trigo y la cizaña, con la que comparte estructura y tema; o Jesús la pronunció al inicio de su ministerio, cuando llamó a los primeros discípulos que tenían como profesión la pesca y los invitó a ser pescadores de hombres (cf. Mt. 4, 19). Estas son las opciones que se barajan actualmente en la exégesis. Es muy interesante la posibilidad de que la parábola se asocie al llamado de los primeros discípulos. Específicamente, Mateo habla de una sagene, o sea, una red barredera, de aquellas que se arrastran entre dos barcas para ir recolectando peces a su paso. Esta recolección no discrimina entre peces buenos y malos, sino que recoge todo lo que está a su alcance. Algunos historiadores dicen que el Mar de Galilea tenía unas 24 clases distintas de peces. Cualquier pescador de la zona podría entender el sentido de lo que estaba relatando el Maestro. Al tirar la red barredora se sacan peces de todo tipo, y luego hay que clasificar, porque algunos son comestibles y otros no. Deben ser descartados los peces impuros, según la legislación de Lev. 11, 10-12 y, por ejemplo, los cangrejos, que no se comercializaban para comida en Palestina. Hasta aquí la parábola. Pero Mateo añade una alegorización de la misma que difícilmente se remonte al Jesús histórico. Esta alegorización es bastante paralela a la alegoría que explica la parábola del trigo y la cizaña. El problema literario que se presenta es que, en el trigo y la cizaña, algunas imágenes de la alegoría tienen más sentido que en la red barredera. La idea de tirar al fuego lo que no sirve es más entendible con la cizaña que con los pescados, que no son quemados por malos o impuros. Además, la asociación entre los cosechadores y los ángeles que vienen es más correcta que la de pescadores y ángeles, porque los pescadores ya están allí; ellos mismos han sacado los peces, no tienen que venir para ejecutar la acción final de la separación. Estas incongruencias pueden deberse a que el redactor quiso aplicar, en paralelo, la alegoría ya existente del trigo y la cizaña a la parábola de la red barredera, y en el traspaso se filtraron estas metáforas inexactas.

El Jesús mateano culmina su discurso parabólico preguntando a los discípulos si han comprendido lo que les dijo/enseñó con tantas parábolas. Ellos responden que sí. Es una afirmación de fe. Han entendido al Maestro, han penetrado en los misterios del Reino. Por eso son merecedores de la sentencia sobre el escriba que, volviéndose discípulo del Reino (volviéndose entendedor de las parábolas de Jesús), es como el hombre que sabe reconocer lo bueno viejo y lo bueno nuevo. Esa es la tarea de los escribas del cristianismo. Porque no hemos dejado de tener escribas, aunque el Nuevo Testamento los tenga tan asociados a una imagen negativa. Son escribas los que estudian las Escrituras, los que escudriñan la Palabra para extraer el significado hermenéutico, para presentar al Pueblo de Dios el mensaje bíblico. Esos son nuestros escribas. Y si los escribas no son capaces de sacar lo nuevo y lo viejo para liberar a los seres humanos, entonces son falsos escribas o escribas hipócritas. En las parábolas está el misterio del Reino. Cuando las interpretaciones de los estudiosos ponen barreras a su correcta comprensión, cuando la institución eclesial sobrevuela la superficie de las parábolas sin entrar de lleno en ellas, sin dejarse interrogar por lo anormal y sorpresivo de estos relatos, la tarea del escriba es devaluada. Jesús nos sigue preguntando si comprendimos, si entendimos su mensaje; y si respondemos que sí lo hicimos (una respuesta de fe), nos preguntará entonces por qué seguimos repitiendo, como en un círculo vicioso, los pecados estructurales e institucionales que contradicen al sembrador, al trigo y a la cizaña, a la mostaza, a la levadura, al tesoro escondido, a la perla valiosa y a la red barredera.

Una economía a prueba de pobres / Octavo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 6, 24-34 / 27.02.11

Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien, se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero.

Por eso les digo: No se inquieten por su vida, pensando qué van a comer, ni por su cuerpo, pensando con qué se van a vestir. ¿No vale acaso más la vida que la comida y el cuerpo más que el vestido? Miren los pájaros del cielo: ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros, y sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. ¿No valen ustedes acaso más que ellos? ¿Quién de ustedes, por mucho que se inquiete, puede añadir un solo instante al tiempo de su vida? ¿Y por qué se inquietan por el vestido? Miren los lirios del campo, cómo van creciendo sin fatigarse ni tejer. Yo les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vistió como uno de ellos. Si Dios viste así la hierba de los campos, que hoy existe y mañana será echada al fuego, ¡cuánto más hará por ustedes, hombres de poca fe! No se inquieten entonces, diciendo: ¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos?. Son los paganos los que van detrás de estas cosas. El Padre que está en el cielo sabe bien que ustedes las necesitan.

Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura. No se inquieten por el día de mañana; el mañana se inquietará por sí mismo. A cada día le basta su aflicción. (Mt. 6, 24-34)

Continuando con el sermón del monte del Evangelio según Mateo, la liturgia dominical nos acerca al final del capítulo 6 del libro. El tema de la perícopa seleccionada parece ser la providencia y la actitud del ser humano frente a ella. En este caso, providencia tiene mucho que ver con el Reino de Dios. Quizás, normalmente estemos acostumbrados a pensar los dos conceptos por separado. Una cosa sería la providencia, aquella bondad divina que nos proporciona medios de subsistencia, y otra cosa sería el Reino de Dios, realidad escatológica de plenitud de la Creación. Como si la primera tuviese lugar en la línea histórica que nos ocupa, y lo segundo, el Reino, estuviese al final del camino. Pertenecerían a dos etapas diferentes. Jesús, en cambio, las unifica: quien busca el Reino y la justicia, encuentra la providencia. Otro juego de conceptos se revela aquí: hay cosas centrales y cosas periféricas, que no tienen el mismo valor y que si no sabemos diferenciarlas, nos llevan a tomar malas decisiones. El centro es el Reino y la justicia del Reino; lo demás es periférico. Quien opta por lo central está afectando lo periférico, aunque no se dé cuenta de ello inmediatamente.

Bajo esas ideas se desarrollan las palabras de Jesús. Mateo las ha conservado todas juntas en esta sección; Lucas las ha dividido un poco en Lc. 12, 22-31 y Lc. 16, 13. Como siempre hay modificaciones, pero responden a una fuente común, que los estudiosos denominan la fuente Q. En Mateo, particularmente, el contexto de su auditorio judeo-cristiano lo lleva a elaborar modismos literarios acordes a sus destinatarios, como por ejemplo la inclusión del término justicia. En Mateo, lo justo y la justicia son tópicos clave, como corresponde a un hebreo. Cumplen la justicia (son justos) los que se suman al proyecto de Dios que es el Reino. Son bienaventurados los que desean que se concrete el Reino (cf. Mt. 5, 6) y los que soportan persecuciones por ser leales a ese Reino (cf. Mt. 5, 10). No se trata de una justicia exterior, litúrgica, cultual, como la de los escribas y fariseos, que aparentan (cf. Mt. 5, 20); es una justicia que se realiza sin esperar recompensa (cf. Mt. 6, 1), que trae las demás cosas por añadidura (cf. Mt. 6, 33), que es lo más importante de la Ley (cf. Mt. 23, 23). Se busca la justicia cuando se entrega la vida a la utopía divina de un mundo pleno. Por eso José, esposo de María, es un justo (cf. Mt. 1, 19), y también Abel, el hermano de Caín (cf. Mt. 23, 35), y quien recibe a un justo se hace justo (cf. Mt. 10, 41). Son los que no ponen obstáculos al desarrollo del plan de Dios, y por ende, son los que confían en la providencia, no pasivamente, de brazos cruzados, sino esperando confiados. A los justos les corresponde el Reino de Dios, no por sus méritos con los que se lo habrían ganado, sino porque el Reino llegó a ellos al no encontrar obstáculos; sus vidas se hicieron Reino.

Una característica del justo del Reino es que ha elegido a su Señor. Su Señor es Dios, no el dinero. La frase con la que iniciamos la lectura de hoy, y que también está en Lc. 16, 13, tiene una estructura concéntrica que se respeta en las versiones de ambos evangelistas:

a. Ninguno (ningún criado) puede servir a dos señores;

b. porque aborrecerá a uno y amará al otro,

b´. se apegará a uno y despreciará al otro;

a´. no se puede servir a Dios y a Mamón.

Los dos extremos de la frase se corresponden, son sentencias. En el centro hay dos afirmaciones muy similares que explican y dan la razón de las sentencias. No se puede tener dos señores porque la lealtad a uno de ellos termina siendo irreal. En el caso de Mamón y de Dios no hay compatibilidad, son señores opuestos. Sobre el término Mamón no está bien claro su origen. Algunos lo adjudican al fenicio mommon que significa beneficio, utilidad; en arameo, ni la Biblia en hebreo ni la traducción griega lo conservan; el Nuevo Testamento lo conserva como palabra aramea, y su significado directo puede ser ración, alimento, provisión, depósito o prenda. En definitiva, siempre se trata de posesiones materiales, de bienes capitales. Con el tiempo, estos bienes se transforman en una figura, un poder personificado que representa al dinero, a las riquezas. En este sentido lo utiliza Jesús. Mamón es un dios, el dios de las riquezas. El ser humano puede convertirse en siervo de este dios, hasta el punto de entregarle su existencia. Cuando eso sucede, Yahvé ha sido desplazado.

Pero la cuestión no termina aquí. Este dios de las riquezas es falso, y por ser falso, no libera, sino que esclaviza. Mamón exige estar pendiente de él, intentando aumentar los bienes, mantener un status social, comprar lo último, lo mejor. Jesús repite el verbo merimnao en cinco ocasiones (versículos 25, 27, 28, 31 y 34), que en griego significa afanarse, estar ansioso. Cuando nos dominan las riquezas, aparece la preocupación exagerada por lo material, que conlleva una ansiedad enferma. Esa ansiedad esclaviza al ser humano, que no puede ser libre para hacer tal o cual cosa. La sobre-preocupación por la comida, por el vestido, por el día de mañana, en cuanto estas cosas representan lo económico, causa enfermedad. Jesús, experto observador de la naturaleza, hace notar que los pájaros del cielo se alimentan sin cosechar ni acumular en graneros (típicas actividades económicas humanas), y que los lirios del campo están vestidos majestuosamente sin ser reyes (figura social típicamente asociada a las riquezas). Si los pájaros y los lirios son tratados así por la providencia, cuánto más lo serán los varones y mujeres. Recordemos que en la región mediterránea del Siglo I, sobre todo en la zona de Palestina, dos cuestiones eran vitales para la humanidad: el honor y la subsistencia. En este pasaje, Jesús se está refiriendo a la subsistencia. Para los oyentes ricos, estas palabras son una bofetada, un llamado enérgico de atención. Para los oyentes pobres, para los campesinos de Galilea, estas palabras son una esperanza. A la preocupación diaria de subsistir, de conseguir los bienes materiales necesarios, Jesús opone/propone la visión del Dios Padre y del Reino. Es una visión idílica, pero real y necesaria. El mundo no cambia ni se salva desde la acumulación de capitales, sino desde la confianza en Dios y el cumplimiento de la justicia, que consiste en no oponerse al proyecto del Reino. Hay que confiar, dice el Maestro. No confiar ciegamente; de eso no se trata la fe ni la esperanza. Hay que confiar desde el compromiso activo con la providencia; ese compromiso implica no tranzar ni negociar con las riquezas.

Jesús no elabora un modelo económico como lo hacen los grandes economistas de Harvard que despliegan por el mundo el neoliberalismo. Esos modelos no tienen en cuenta a los seres humanos. Se diseñan en oficinas suntuosas, entre intelectuales de saco y corbata, sin consultar a los pobres. Lo que Jesús trae, en cambio, es una actitud de vida. Y eso que trae está gestado en el seno de los pobres, en Galilea, en los campos. Jesús puede hablar de economía porque vive la vida de los pobres; ¿quién mejor que alguien como Él? ¿A quién creerle más: a Harvard o a Jesús? El lema del mundo (el lema que está sumiendo al mundo en pobreza) es que el mercado manda. Traducido en términos bíbicos: Mamón manda. Si es así, entonces Yahvé, el Padre de Jesús, ha quedado en algún cajón escondido. No es una dicotomía vieja, de hace dos mil años. Aún hoy vale preguntarse a quién servimos, quién nos quita el aliento, quién consume nuestras vidas, qué tipo de existencia llevamos.

En la macro-economía interviene Harvard y sus genios. En la micro-economía interviene nuestra posición respecto a los bienes. ¿Estamos ansiosos, desesperados por el mañana? ¿Estamos pendientes de acumular? ¿Y qué hacemos con el hermano que, en lugar de acumular, sólo puede endeudarse? La crítica a la acumulación como sistema mesiánico de la economía es que se basa en la deuda de otros. Unos pueden aumentar su capital siempre y cuando otros lo disminuyan. Desde esos endeudados es que habla Jesús, desde la experiencia del que gana lo justo para la comida diaria, y hasta menos. Son ellos los que sostienen el sistema injusto, no por propia decisión, sino por opresión. Sin los endeudados, nadie podría acumular de más. Es en ellos que debemos pensar cuando proyectamos modelos económicos. Esto está más allá del capitalismo y del socialismo como polaridades que absorben las posibilidades de construir la sociedad. Esto se trata de seres humanos; la economía que no se piensa desde los seres humanos es una mentira, una falacia. Para nuestro día a día vale lo mismo: si pensamos nuestros bienes desde nosotros, desde el egoísmo, entonces nos mentimos; si los pensamos desde el endeudado, desde el prójimo en miseria, cambia la perspectiva. El pobre es el que determina qué hacer con los capitales, no los dueños del capital, que a la larga, en la mirada del Pentateuco, de los Profetas y de Jesús, no son los verdaderos dueños, pues todo pertenece a Dios, y Dios quiere que todo sea de todos. Distribuir la riqueza es, en definitiva, más que un objetivo político o el motivo de una campaña electoral, hacer la justicia del Reino.

Hay un solo dinero: el injusto / Vigésimoquinto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 16, 1-13

Decía también a los discípulos: “Había un hombre rico que tenía un administrador, al cual acusaron de malgastar sus bienes. Lo llamó y le dijo: ‘¿Qué es lo que me han contado de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no ocuparás más ese puesto’. El administrador pensó entonces: ‘¿Qué voy a hacer ahora que mi señor me quita el cargo? ¿Cavar? No tengo fuerzas. ¿Pedir limosna? Me da vergüenza. ¡Ya sé lo que voy a hacer para que, al dejar el puesto, haya quienes me reciban en su casa!’. Llamó uno por uno a los deudores de su señor y preguntó al primero: ‘¿Cuánto debes a mi señor?’. ‘Veinte barriles de aceite’, le respondió. El administrador le dijo: ‘Toma tu recibo, siéntate en seguida, y anota diez’. Después preguntó a otro: ‘Y tú, ¿cuánto debes?’. ‘Cuatrocientos quintales de trigo’, le respondió. El administrador le dijo: ‘Toma tu recibo y anota trescientos’.

Y el señor alabó a este administrador deshonesto, por haber obrado tan hábilmente. Porque los hijos de este mundo son más astutos en su trato con los demás que los hijos de la luz. Pero yo les digo: Gánense amigos con el dinero de la injusticia, para que el día en que este les falte, ellos los reciban en las moradas eternas. El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco, también es deshonesto en lo mucho. Si ustedes no son fieles en el uso del dinero injusto, ¿quién les confiará el verdadero bien? Y si no son fieles con lo ajeno, ¿quién les confiará lo que les pertenece a ustedes? Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero”. (Lc. 16, 1-13)

La parábola de hoy es difícil. Quizás, de las más difíciles de interpretar. El material es propio de Lucas; ni Marcos, ni Mateo ni Juan se han atrevido a conservar tamaña historia alabada por Jesús. Entre los comentaristas bíblicos hay diferencias notables de exégesis. Y como veremos más adelante, entre los primeros cristianos también las hubo. De Jesús sabemos, largamente, que no tenía pelos en la lengua, y que las cosas que decía eran hirientes, no en el sentido malicioso (no se decían para generar disgusto de malagana), sino en la verdad molesta que encerraban. Es raro quedar impasible ante los dichos jesuánicos. Son frases de impacto que revelan un orden querido por Dios distinto al orden social establecido casi mundialmente. En Palestina hace dos mil años o en China en la actualidad, de la misma manera el mensaje del Evangelio es una piedra en el zapato del ser humano, y al mismo tiempo es su salvación. Jesús dice cosas que no queremos escuchar, que no deseamos oír. Por eso desconcierta ayer, hoy, y desconcertará mañana esta perícopa. El tema es uno de los tópicos repetitivos en la obra lucana: el dinero. Todo el Evangelio según Lucas tiene una trama continuada que habla de lo económico, y desde allí, de los pobres, de la diferencia entre pobres y ricos, de los publicanos que manejan dinero de impuestos, del orden social establecido por el poder de capital, etc. Para Jesús, el dinero no era una cuestión que debía tratarse sólo en el palacio del emperador, ni tampoco sólo en el templo. El dinero es una cuestión de todos los días, sobre todo cuando escasea. ¿De qué otra cosa se preocupaba el campesino galileo cuando llegaba el momento del tributo? ¿De qué otra cosa se preocupaba el terrateniente cuando tenía en vistas anexar más tierras a sus posesiones? ¿De qué otra cosa se preocupa el sacerdote cuando llegaban las grandes fiestas litúrgicas? El dinero es un tema diario, cotidiano, y para nada separado de la religión. La historia ha demostrado que economía y religión son aliadas o enemigas, pero que difícilmente puedan existir lejos la una de la otra. No han nacido para estar separadas. Alguna larga tradición malentendida ha instaurado, al menos en el ámbito católico, que no es necesario entrometerse en asuntos económicos por una cuestión de pureza; que es mejor ser ignorante de lo que sucede con los impuestos, con los movimientos macro-económicos, con las inflaciones, con las devaluaciones, y tantos otros términos técnicos. De eso no se habla en la Iglesia, así como no se habla de política (supuestamente), ni de sexualidad. La economía, cuando es conveniente, es un tema tabú. Sin embargo, algunos privilegiados integrantes del clero tienen la venia para manejar asuntos de dinero, sacrificándose por el resto del Pueblo de Dios.

Jesús es claro en algo: el dinero, de por sí, naturalmente, es injusto. Donde algunas traducciones dicen “dinero de la injusticia”, en realidad, podría traducirse “injusticia del dinero” o “injusto dinero”. Ese es el concepto. La existencia de una moneda o un papel moneda que determina costos y precios, y que puede almacenarse, modificando el estilo y calidad de vida, es aberrante sin agregados. El dinero es injusto porque modifica el querer de Dios: con dinero se compran cosas de la naturaleza creada (se compran frutas, verduras, tierras), con dinero se asciende en la escala social dejando algunos por debajo y otros más arriba (con la consiguiente ruptura de la igualdad proclamada en el Reino), con dinero se compran personas (mancillando la dignidad humana), con dinero se salvan vidas (siendo que la vida no puede tener un costo); sin dinero, en cambio, no se come (y todos tienen derecho a la comida), no se tiene vivienda (y todos tienen derecho a una vivienda), no se estudia (y todos tienen derecho a estudiar), sin dinero se es pisoteado (como si no valiese el mismo ser imagen y semejanza de Dios), sin dinero la gente enferma más y muere antes de tiempo (convirtiéndose en víctimas de la opresión).

Jesús le pone un nombre al dinero: Mammón. En los textos griegos, modificando una vez más la traducción, podríamos decir “injusto Mammón”. El término puede encontrarse en Mt. 6, 24; Lc. 16, 9.11.13, probablemente propios de la tradición de la Fuente Q. Sobre el origen del término hay disimilitudes entre los estudiosos. Algunos aseguran que proviene de una palabra hebrea que significa firme o constante, mientras que otros la relacionan con la palabra hebrea que designa un tesoro (porque es utilizada en Gn. 43, 23 en ese sentido). De cualquier manera, se trata de una personificación de las riquezas, ya sea como tesoro o como el apoyo firme que se deposita en los bienes materiales. Mammón es un dios que compite con el verdadero Dios. Por principio, es un dios injusto, en contraste con el insuperablemente justo Yahvé. El ser humano tiene la oportunidad de decidir entre uno o el otro, pero no puede estar con los dos, justamente porque se pone en juego uno de los mayores pecados bíblicos: la idolatría. Si las riquezas son una divinidad, algo que intenta ocupar el lugar único reservado a Dios, entonces compiten con Él, y se vuelven incompatibles en su presencia. Que Jesús llame Mammón al dinero no es sólo una teatralización para adornar las frases, ni tampoco una exageración hiperbólica propia del lenguaje semítico. Jesús cree que esa incompatibilidad es terrible, y que repercute directamente en la existencia de los humanos, y además, que la decisión debe ser tomada seriamente: o uno o el otro, pero no los dos. Eso sería idolatría, porque teológicamente se produce una incongruencia ilógica: sería mezclar lo justo con lo injusto deliberadamente para que persistan en el tiempo, sería transgredir la fe exclusiva yahvista en pos de un panteón.

Ahora bien, si Jesús rechaza el dinero como sistema válido para la vida, si lo representa como un dios en competencia con su Padre, si no se cansa de recomendar que los bienes materiales deben ser abandonados para ser discípulo suyo, ¿por qué alaba al administrador de la parábola? Lc. 16, 8 comienza con la afirmación de la alabanza que propina el Señor a este hombre fraudulento. Algunos comentaristas aseguran que este señor es el patrón de la parábola, pero la mayoría concuerda en que en Lc. 16, 7 acaba la narración y lo posterior es conclusión. Lo llamativo es que no habría una sola conclusión, sino por lo menos tres. La primera podría estar en Lc. 16, 8-9, aunque con algunas reservas, ya que la conexión interna de las frases deja mucho que desear, debido a que Lc. 16, 8a suena como conclusión lucana y el resto como continuación de las palabras jesuánicas. La segunda conclusión estaría en Lc. 16, 10-12, con una mirada rebuscada sobre la fidelidad y una conexión débil a la parábola sólo en el versículo 11. La tercera conclusión sería Lc. 16, 13, en un texto sin conexión con la parábola, pero en relación con el dinero, y quizás resumiendo la idea general que tenía Jesús sobre las riquezas. Las tres conclusiones son sentencias distintas, pero similares, sobre las riquezas. En primer lugar, la idea de usar el dinero hábilmente, a pesar de su injusticia. Sabemos que el dinero, por naturaleza, contradice el Reino, pero también sabemos que existe y que día a día determina muchas de nuestras actividades; ¿podemos capitalizar ese dinero, entonces, sin contradecir al Reino? Sí, siendo astutos. Los hijos de este mundo se ganan amistades que les aseguren cierta protección en un futuro. Los hijos de la luz deben asegurar su futuro con una garantía que, podríamos decirse, es invisible, pues los amigos que los discípulos pueden ganarse con el dinero son los pobres, y los pobres retribuirán en el final escatológico, cuando ya no haya dinero. En la misma línea se halla aquella recomendación de Jesús a dar un banquete invitando pobres, ciegos, lisiados y paralíticos para ser verdaderamente recompensado (cf. Lc. 14, 13-14). Ese es el uso astuto del dinero, el uso que hacen los hijos de la luz. Es, por supuesto, un uso paradójico. La segunda conclusión sobre la fidelidad tiene una estructura interesante en lenguaje semítico; son tres frases con secciones en espejo:

- Lc. 16, 10: fiel en lo poco/fiel en lo mucho y deshonesto en lo poco/deshonesto en lo mucho.

- Lc. 16, 11: no fidelidad con injusto dinero/no confianza con los bienes verdaderos.

- Lc. 16, 12: no fidelidad con lo ajeno/no confianza con lo que pertenece a uno.

El dinero es, así, una mala copia de los bienes verdaderos. El dinero es una emulación de lo que verdaderamente vale, y por ser emulación es relativo. Sin embargo, a pesar de su relatividad, la actitud tomada ante él resuena en la vida eterna. Quien se comporta fiel y honesto con las cosas materiales, resulta ser digno de confianza para recibir los bienes eternos. En lo temporal se manifiesta lo eterno. En la relación con las cosas se hace visible la relación más profunda con todo el universo y con Dios. Por último, la tercera conclusión es una frase de la Fuente Q, conservada también en Mt. 6, 24. Ya hemos explicado anteriormente cuál es la intención de deificar al dinero en el personaje Mammón, y cómo esta deificación traduce la elección del ser humano: o Dios o las cosas materiales.

¿Qué Iglesia habla hoy del dinero con libertad? Siempre hay algún miedo o algún interés. Algunas Iglesias tienen temor de perder algunos de los apoyos económicos que reciben. Otras prefieren no despertar la curiosidad de los fieles sobre el uso y abuso de los bienes materiales eclesiásticos. Pocos son los cristianos con la autoridad suficiente para decir algo coherente respecto al dinero; y por coherente nos referimos a la idea de lo evangélico. El uso cristiano del dinero es el uso evangélico del mismo, o sea, el uso acorde a la Buena Noticia. Si el dinero que empleamos genera malas noticias, si perjudica, si diferencia a los seres humanos, no es evangélico. Si el dinero, en cambio, genera equidad, promueve o libera (cuestión complicada en algo con naturaleza corrupta), entonces es una Buena Noticia. Vale aclarar que hablamos de equidad y no de caridad, de promoción y no de dádiva, de liberación y no de préstamos. En muchas oportunidades, el dinero enmascara actitudes contrarias al Reino, actitudes contraproducentes, esclavizantes. Con el dinero siempre se corre riesgo, porque el dinero, además de corromper, tiene una dinámica perversa en sí. Esa dinámica genera una sensación de bienestar y estabilidad que es mentira.

Actualmente, quebrar con el mercado es el gran desafío utópico de la Iglesia. Pareciese que no podemos desprendernos, que ya estamos condenados a girar hacia el lado que disponga el capital eternamente. Argumentos al respecto hay demasiados; desde los más superficiales que sólo aducen vender el oro eclesial para alimentar africanos, hasta los más profundos que entienden la inconexión entre Jesús y su radicalidad con el modo de vida complaciente experimentado y hasta recomendado por las altas esferas eclesiales. El dinero nos va consumiendo la pastoral. Se suspenden proyectos porque no hay dinero, se evalúan acciones inmediatas por el costo, se tergiversan perícopas en predicaciones que podrían herir susceptibilidades. Es como si nos empeñáramos en contradecir a Jesús, que no se detenía en la falta de dinero, que recomendaba abandonar los bienes para seguirlo, que hería susceptibilidades sin dudarlo a la hora de anunciar el Evangelio. ¿Cuánto nos identifica el versículo que continúa con la lectura que hemos leído hoy en la liturgia?: “Los fariseos, que eran amigos del dinero, escuchaban todo esto y se burlaban de Jesús” (Lc. 16, 14). ¿Los fariseos o nosotros? ¿Nos estamos burlando del Maestro? Probablemente lo hagamos a menudo, y hasta quizás sin la intención real de hacerlo. Por pura inercia, por pura comodidad, evitamos criticar al sistema y nos hacemos cómplices de lo que era enemigo Jesús. Nos burlamos cuando, a la hora de elegir, siempre optamos por Mammón. Somos idólatras, individualmente y en masa. Somos servidores de una filosofía que deja el tendal de hermanos debajo de la línea de pobreza e indigencia. ¿Será posible quitarnos la anestesia? ¿Será posible cambiar completamente nuestra acción mercantilista para resistir? Esa es la propuesta del Evangelio, la propuesta del Reino. Resistir al dinero, resistir a Mammón, resistir a la publicidad programática, resistir a la injusticia del dinero para que lo justo se manifieste en la vida del pobre.

Sincerar la vocación / Vigésimotercero Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 14, 25-33

Junto con Jesús iba un gran gentío, y él, dándose vuelta, les dijo:

“Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo. ¿Quién de ustedes, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminarla? No sea que una vez puestos los cimientos, no pueda acabar y todos los que lo vean se rían de él, diciendo: ‘Este comenzó a edificar y no pudo terminar’. ¿Y qué rey, cuando sale en campaña contra otro, no se sienta antes a considerar si con diez mil hombres puede enfrentar al que viene contra él con veinte mil? Por el contrario, mientras el otro rey está todavía lejos, envía una embajada para negociar la paz. De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.” (Lc. 14, 25-33)

Es evidente que la lectura litúrgica de hoy habla del discipulado. En tres oportunidades habla Jesús de ser discípulo mío, y las tres veces son lo suficientemente duras como para desalentar a cualquiera que le cruce por la cabeza seguir al Maestro. Se habla de odiar a los familiares para ser discípulo, de cargar la cruz y de renunciar a todas las posesiones. A partir de allí, desde esa base, es posible adentrarse en un camino de profundidad en la relación con Jesús. Seguirlo a través de Palestina como una aventura, o como se sigue a un circo, lo hace cualquiera, pero ser capaz de radicalizar esa opción no es algo multitudinario. Por eso remarca Lucas que venía un gran gentío acompañándolo, y dándose vuelta, se dirige a esa masa de seres humanos para esclarecer de qué se trata la extraña existencia de este hombre de Nazareth. No es un fenómeno de feria ni un hablador ni un vendedor de buzones. Este hombre trae un mensaje tan serio, que demanda una seriedad única en sus seguidores. Veamos las tres condiciones discipulares más en detenimiento:

1. Odiar a la familia: algunas traducciones bíblicas suavizan el original griego miseo que significa odiar, detestar, y que es el utilizado por Lucas en el versículo 26: si alguien no odia a su… Así pronunciado, en español, en nuestro lenguaje, es una frase casi insoportable. En el estilo lingüístico semítico, no hay nada mejor que ese tipo de frases para memorizar. Recordemos que la primera transmisión de las enseñanzas de Jesús se realiza por vía oral entre los primerísimos discípulos. La transmisión oral exige sentencias cortas, violentas, chocantes, y por ello, memorizables. Si la sentencia es odiar al padre, madre, esposa, hijos y hermanos, difícilmente alguien pueda pasarla por alto. A nadie se le ocurriría olvidarse del mensaje de Jesús que invitaba al aborrecimiento de los íntimos. Mateo conserva el logion modificado: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí” (Mt. 10, 37). Se trata de una versión arreglada para manifestar el sentido real de la frase, que no es precisamente odiar, sino amar menos, o amar relativamente. Quien no ponga en segundo lugar sus lazos familiares e, inclusive, su propia vida, no podrá poner en primer lugar a Jesús, que es la condición fundamental del discipulado. Lo primero es el Maestro, y lo demás está sujeto a esa relación primordial. La familia es muy importante para Jesús, pero no cualquier familia en cualquier contexto o bajo cualquier sistema de valores; la nueva familia que excede los lazos sanguíneos es la familia del Reino, la familia universal, que antepone el amor a Dios y al prójimo por sobre los amores familiares, de clanes, de nacionalidad, sectarios.

2. Cargar la cruz: la segunda condición radical del discipulado es cargar la cruz para seguir a Jesús. Si bien los Evangelios son escritos teniendo ya el conocimiento final de los acontecimientos (crucifixión y resurrección), aquí no podemos aplicar directamente ese concepto. Lucas no habla, necesariamente, de la cruz, porque Jesús haya sido crucificado. La expresión puede remontarse al mismísimo Jesús histórico, pues su época era época de crucificados, y la imagen de condenados a muerte cargando su cruz no era ajena al contexto palestino. Acercándonos en el tiempo, es como la imagen de aquellos que caminaban a la horca o a la hoguera en la Edad Media, o los que caminan por el pasillo que los conduce a la inyección letal en algunos Estados actuales. Es el icono del final, del punto de no retorno, de lo indefectiblemente acabado. El que carga la cruz, el que camina a la hoguera o va por el pasillo hacia la inyección letal, ya está entregado, es uno más entre los muertos a pesar de seguir vivo por unos instantes. La invitación del Maestro es, por lo tanto, poco menos que inadmisible. Ya lo había advertido al inicio del camino hacia Jerusalén: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga” (Lc. 9, 23). El seguimiento discipular es asumir una situación de condena a muerte, una situación penosa, un camino que conduce al final de la existencia. Cargar la cruz es hacerse solidario con los condenados de la historia, y hacerse solidario con la solidaridad que tuvo el Maestro al ser crucificado.

3. Renunciar a todas las posesiones: el tema de dejar los bienes para seguir a Jesús es repetitivo en Lucas. La parábola del rico insensato (cf. Lc. 12, 16-21), la recomendación de vender los bienes para darlos como limosna (cf. Lc. 12, 33), la recomendación al hombre importante de vender sus bienes para darlos a los pobres para tener un tesoro en el cielo (cf. Lc. 18, 22), la resolución de Zaqueo de dar la mitad de sus bienes a los pobres y devolver cuatro veces a los estafados (cf. Lc. 19, 8). Todo ello situado en el transcurso del camino a Jerusalén, el camino paradigmático del discipulado. Sólo puede hacerse discípulo el que es capaz de renunciar a lo material sin preocuparse de más, y el que renunciando hace justicia redistribuyendo. No hay posesión que pueda tener el valor inmenso de tener como Maestro a Jesús. Se trata de radicalidad, por supuesto, pero también de exclusividad. Dios no está para competir con el dinero ni con los inmuebles ni con los adornos. Dios no está para competir. Elegir a Jesús significa desprenderse, consagrarse a un estilo de vida que no puede acumular, porque acumular es un sinsentido. La renuncia a las posesiones es uno de los actos más determinantes del discípulo, porque siempre hay posesiones que atan. Aquí no se habla de bienes onerosos, sino de bienes en general, de materiales que limitan el movimiento, que no dejan ponerse en camino, que obstaculizan. Pueden ser bienes enormes, o pueden ser pequeñitos. Pueden ser bienes de miles de dólares, o bienes de centavos. Es aquello que nos interrumpe, que se interpone entre Jesús y el ser humano.

Debido a estas tres condiciones duras, aparecen las dos pequeñas comparaciones sobre la construcción de la torre y el rey que sale a la guerra. Las dos situaciones son difíciles. Construir una torre se refiere a la atalaya que se levantaba en las viñas para cuidar los sembradíos; hay que calcular el costo para terminar, estudiar bien el terreno para que resista, elegir correctamente la ubicación. De la misma manera, salir a la guerra contra un ejército que dobla el número, es en principio una locura, y por eso se debe considerar la paz mediante la vía diplomática. No son decisiones que se toman así porque sí. Ser discípulo tampoco es una decisión a la ligera. Hay que calcular las condiciones y la posibilidad real de aceptar esas condiciones. Hay que auto-sincerarse para entender lo que significa poner la familia en segundo lugar, o poner la vida en segundo plano, o hacerse condenado marginal, o renunciar a todos los bienes. No siempre estamos dispuestos a asumir la radicalidad del discipulado. Muchas veces pensamos que se trata de una elección más, como el color de las zapatillas que nos pondremos este día. Pero Jesús trasciende cualquier pequeño cuarto en el que quisiésemos encerrarlo. Trasciende abarcando la vida completa. Seguirlo implica modificar las relaciones familiares, modificar el entorno, modificar la existencia, el trabajo, el estudio, las amistades, la mirada, la posición social y las posesiones.

Quizás, las grandes decepciones de los cristianos provengan de su falta de cálculo. No se han sentado a conjeturar si podrán terminar la torre ni si vencerán al ejército que los duplica. Elegimos nuestras vocaciones y ministerios casi por inercia. Nos hacemos catequistas porque sí, porque faltaba alguien que cubriese esa vacante. Nos hacemos misioneros porque es divertido. Nos hacemos ministros ordenados porque cuadra con nuestra personalidad. Nos hacemos sin hacernos. No tomamos el tiempo suficiente para calcular, para evaluar, para mirarnos a través de las condiciones del discipulado y, más específicamente, las condiciones de cada vocación. Es mucho más que discernimiento vocacional puramente espiritual; es la evaluación dura y fría que no deberíamos esquivar. Los discípulos de Jesús han tenido su llamado más espiritual en la pesca milagrosa (cf. Lc. 5, 1-11), y ahora deben plantearse, verdaderamente, si son capaces de odiar a su familia, de cargar la cruz y de renunciar a todos sus bienes. A la Iglesia también le toca, hoy por hoy, sincerar sus vocaciones y su discernimiento, para que evitemos decepciones y defraudaciones.