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El Evangelio se mueve / Vigésimo octavo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 22, 1-14 / 09.10.11

Jesús les habló otra vez en parábolas, diciendo: “El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo. Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero estos se negaron a ir. De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: Mi banquete está preparado; ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: Vengan a las bodas. Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio; y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron. Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas para que acabaran con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad. Luego dijo a sus servidores: El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él. Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren. Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados.

Cuando el rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta. Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta? El otro permaneció en silencio. Entonces el rey dijo a los guardias: Atenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos”. (Mt. 22, 1-14)

Este domingo tenemos la tercera parábola en serie que nos propone la liturgia católica. Es la parábola que comúnmente se conoce como el gran banquete. Tanto Mateo como Lucas la conservan (cf. Lc. 14, 15-24), aunque las diferencias entre ambas versiones son notables. Lo más destacado es la ubicación. Para Mateo, la historia encaja perfectamente en la última semana de vida de Jesús en Jerusalén, sobre todo en los momentos de debate/disputa con las figuras representativas de la dirigencia israelita. Para Lucas, en cambio, es mejor colocarla durante el camino de subida a Jerusalén, en el contexto de una comida en casa de un fariseo. Si bien los destinatarios del mensaje parecen ser los mismos (la dirigencia religiosa), y el tronco central de la parábola también, hay diferencias adrede. El inicio es típico de las parábolas en Mateo (el Reino de los Cielos se parece a), pero en Lucas el puntapié lo da un invitado a la comida que dice: “Bienaventurado todo el que coma pan en el reino de Dios” (Lc. 14, 15b). En Lucas el anfitrión es un hombre que prepara una gran cena, que envía un único siervo a repartir las invitaciones; los invitados se excusan explícitamente, por razones laborales o sociales; el anfitrión, enojado, sin tomar reprimendas contra los primeros invitados, invita a los pobres más pobres de Israel, en dos oportunidades, porque sobra lugar en el banquete. Allí termina el relato. Mateo, por otro lado, ha hecho del hombre anfitrión un rey, de la gran cena un banquete de bodas del hijo del rey, de las negativas de los primeros invitados un acto de violencia contra los siervos, de la respuesta del rey una venganza que consiste en incendiar la ciudad, y añadió una segunda parte a la parábola sobre un invitado que no poseía la vestimenta adecuada y que es arrojado fuera por su impertinencia, rematando la perícopa con una expresión confusa sobre elegidos y llamados. Estas diferencias entre ambas versiones de la misma parábola hacen improbable la suposición de que Lucas y Mateo tuviesen ante sí la misma exacta fuente. Es más lógico deducir que hubo un núcleo original de la parábola sobre la cual se elaboraron dos versiones, y que tanto Mateo como Lucas tuvieron acceso a estas dos versiones por separado. Sin mencionar la posibilidad de que la segunda parte mateana sobre el invitado sin atuendo apropiado constituyese en un principio una parábola separada que el autor unió al redactar su libro. Complicando aún más la perspectiva histórica, tenemos otra versión de la parábola en el Evangelio Gnóstico de Tomás 64: “Un hombre tenía invitados. Y cuando hubo preparado la cena, envió a su criado a avisar a los huéspedes. Fue al primero y le dijo: Mi amo te invita. Él respondió: Tengo asuntos de dinero con unos mercaderes; éstos vendrán a mí por la tarde y yo habré de ir y darles instrucciones; pido excusas por la cena. Fuese a otro y le dijo: Estás invitado por mi amo. Él le dijo: He comprado una casa y me requieren por un día; no tengo tiempo. Y fue a otro y le dijo: Mi amo te invita. Y él le dijo: Un amigo mío se va a casar y tendré que organizar el festín. No voy a poder ir; me excuso por lo de la cena. Fuese a otro y le dijo: Mi amo te invita. Éste replicó: Acabo de comprar una hacienda y me voy a cobrar la renta; no podré ir, presento mis excusas. Fuese el criado y dijo a su amo: Los que invitaste a la cena se han excusado. Dijo el amo a su criado: Sal a la calle y tráete a todos los que encuentres para que participen en mi festín; los mercaderes y hombres de negocios no entrarán en los lugares de mi Padre”. El autor que se hace llamar Tomás, alrededor del año 150 d.C., desvió la atención de los dirigentes religiosos de Israel hacia los mercaderes y los hombres de negocios.

Ahora bien, centrándonos en la versión de Mateo que nos propone la liturgia de este año, tenemos que resaltar la inverosimilitud de los datos de la parábola. De por sí, el género parabólico se basa en exageraciones de hechos comunes que remarcan sentidos del mensaje, pero aquí se da una situación particular, porque los datos exagerados son muchísimos: los súbditos que se niegan a una invitación del rey, el maltrato a los siervos que llevan la invitación, el incendio de la ciudad como reacción de venganza, el banquete que sigue en pie tras el incendio (que debería llevar un buen tiempo a las tropas) y la dureza contra el que no lleva la vestimenta adecuada. Estamos, por lo visto, ante una alegoría más que ante una parábola. Mateo se ha encargado de llevar lo parabólico de la historia hasta la alegorización para catequizar sobre la historia de la salvación, tal como su comunidad la entiende: Dios envía siervos/profetas que invitan a su Reino/banquete, pero éstos son rechazados, por lo que decide hacer un segundo envío (quizás los misioneros cristianos) que también termina mal, con el martirio de estos segundos siervos; el Rey Dios decide incendiar la ciudad (sucesos del año 70 d.C., cuando Roma toma Jerusalén) y ampliar la invitación (tiempo de la ekklesía universal), para que buenos y malos sean invitados al banquete; sin embargo, la entrada al banquete supone una vestimenta/forma de vida adecuada al banquete; quien no acepta ponerse esta nueva forma de vida, es juzgado por el Rey Dios y expulsado.

Mateo maneja los simbolismos con precisión. La imagen de Dios como rey no es para nada ajena al Antiguo Testamento: Dios gobierna el mundo (cf. Sal 24; Sal. 47, 3; Sal. 93, 1-2; Sal. 97, 1-5; Sal. 99, 1-5), reina sobre Israel (cf. 1Sam. 8, 4-9; Is. 44, 6), y encarga un reinado justo a un rey humano (cf. Sal 72), hasta que al final de los tiempos todas las naciones reconozcan a Yahvé como rey (Is. 24, 21-23). Las bodas son la imagen mesiánica del final de los tiempos, de la plenitud, cuando Israel Esposa viva eternamente fiel a su Señor (cf. Is. 54, 5; Os. 2, 16-18). En ese tiempo habrá un festejo enorme, un banquete celestial celebrando la era de felicidad que se inaugura. El incendio de la ciudad (de Jerusalén) remite al castigo profetizado por Amós, Ezequiel o Malaquías (cf. Am. 1, 4.10; Mal 4, 1; Ez. 38, 22; Ez. 39, 6), ejecutado desde el cielo por fuego que baja directamente o por una lluvia de granizo y azufre. Juan el Bautista, como buen profeta, tampoco es ajeno a esa simbología de castigo divino (cf. Mt 3, 10.12). Para la época en que redacta Mateo, alrededor del año 80 d.C., no era inusual que los cristianos interpretasen la destrucción de Jerusalén como un castigo enviado por Dios por el rechazo de su Hijo. Roma habría sido la herramienta de la ira divina, como antaño lo habían sido Asiria (cf. Is. 10, 5), Babilonia (cf. Jer. 25, 1-11), Persia (cf. Is. 44, 28 – 45, 13), o Antíoco Epífanes (2Mac. 6, 12-17).

El tema del invitado sin la vestimenta adecuada tiene que ver con la ofensa al rey. Ya ha sido ofendido por los súbditos que rechazan la invitación a la boda de su hijo; eso es algo grande en la antigüedad. Negarse al rey es rebelarse. La medida es colmada cuando asesinan a sus siervos. Pues bien, el invitado que no se ha vestido correctamente, no ha interpretado la invitación. Es la boda del príncipe, no cualquier comida. No ha acudido al banquete para honrar la invitación del rey, sino por preocupación personal. Por eso no lo acepta el rey y el relato se vale de terminología relacionada al juicio escatológico: atar, tinieblas de fuera, llanto y rechinar de dientes. La suerte de este invitado es similar a los de los primeros invitados que rechazaron el banquete. Tanto el rechazo frontal como la asistencia sin real compromiso, merecen el mismo castigo. Es probable que con esta segunda parte quisiese Mateo prevenir los problemas que se desprendían de la misión cristiana cada vez más abierta y universal: muchos son llamados/invitados, pero resulta que no todos se quedarán definitivamente en el banquete. La participación en las bodas del Hijo supone un cambio de vida (un cambio de vestimenta, un revestirse de Cristo según Gal. 3, 27).

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El Evangelio tiene un movimiento expansivo del que Mateo no era desconocedor. Su misma comunidad, formada mayoritariamente por judeo-cristianos, ha visto cómo se añaden paganos, cómo la misión toma nuevos caminos geográficos. Hay muchas cuestiones teológicas en juego. Las comunidades eclesiales se preguntan qué deben hacer, qué deben conservar, qué deben incorporar, a quiénes pedirle esto o aquello, a quiénes exigir tal o cual cosa. La expansión genera situaciones nuevas y problemas nuevos. Mateo tiene que lidiar con todo ello al construir su libro, y por eso parece que, al mismo tiempo, leyésemos un texto judaizante en algunos pasajes y un manifiesto de universalidad en otros. Es la tensión mateana. Pero hay algo de lo que no caben dudas: el movimiento.

Hay un movimiento del Evangelio, un desplazamiento, desde el centralismo a la periferia, desde lo rico a lo pobre, desde los primeros invitados a los segundos. Hay movimiento en el Evangelio porque su esencia misionera, su núcleo de invitación, no puede dejarnos quietos: hay que invitar a los que están en los cruces de los caminos (lugares habituales donde mendigan los ciegos, los paralíticos, los leprosos) y a los buenos y a los malos. No hay límite económico ni moral para la invitación. Por eso es puro movimiento. Por eso no podemos quedarnos quietos. Por eso tenemos que movernos al ritmo de la Buena Noticia, dejarnos llevar, dejarnos cambiar, dejarnos expandir. La Iglesia aferrada a los centrismos (al eclesiocentrismo, al helenocentrismo, al jerarcocentrismo, al eurocentrismo) está destinada a desaparecer o a pervivir como institución distinta del cristianismo. El cristianismo está muy por delante de nosotros, abriendo las puertas que cruzaremos en el fututo, sembrando el terreno que cosecharemos mañana. El cristianismo se nos ha adelantado, y si no nos movemos, si no cambiamos, nunca lo alcanzaremos.

Bienaventurados porque Dios no vuelve todavía / Décimonoveno Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 12, 32-48

“No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre de ustedes ha querido darles el Reino. Vendan sus bienes y denlos como limosna. Háganse bolsas que no se desgasten y acumulen un tesoro inagotable en el cielo, donde no se acerca el ladrón ni destruye la polilla. Porque allí donde tengan su tesoro, tendrán también su corazón.

Estén preparados, ceñidos y con las lámparas encendidas. Sean como los hombres que esperan el regreso de su señor, que fue a una boda, para abrirle apenas llegue y llame a la puerta. ¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada! Les aseguro que él mismo recogerá su túnica, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlos. ¡Felices ellos, si el señor llega a medianoche o antes del alba y los encuentra así!

Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora va llegar el ladrón, no dejaría perforar las paredes de su casa. Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada”.

Pedro preguntó entonces: “Señor, ¿esta parábola la dices para nosotros o para todos?”. El Señor le dijo: “¿Cuál es el administrador fiel y previsor, a quien el Señor pondrá al frente de su personal para distribuirle la ración de trigo en el momento oportuno? ¡Feliz aquel a quien su señor, al llegar, encuentre ocupado en este trabajo! Les aseguro que lo hará administrador de todos sus bienes. Pero si este servidor piensa: ‘Mi señor tardará en llegar’, y se dedica a golpear a los servidores y a las sirvientas, y se pone a comer, a beber y a emborracharse, su señor llegará el día y la hora menos pensada, lo castigará y le hará correr la misma suerte que los infieles. El servidor que, conociendo la voluntad de su señor, no tuvo las cosas preparadas y no obró conforme a lo que él había dispuesto, recibirá un castigo severo. Pero aquel que sin saberlo, se hizo también culpable, será castigado menos severamente. Al que se le dio mucho, se le pedirá mucho; y al que se le confió mucho, se le reclamará mucho más. (Lc. 12, 32-48)

El texto de hoy es relativamente largo para la liturgia y difícil de estructurar internamente. A primera lectura da la impresión de constituir un rejunte de ideas y frases de Jesús con un cúmulo de imágenes simbólicas y metafóricas. Lamentablemente, a primera lectura se conforma como un texto ininteligible y de difícil acceso desde nuestra cultura. Las imágenes y metáforas necesitan ser explicadas y situadas en su contexto socio-histórico, la referencia al castigo por parte del amo debe ser tamizada y adecuada, la concatenación de la argumentación necesita una línea interpretativa que la relacione. En definitiva, es un texto difícil hoy que no lo era hace dos mil años. Es una perícopa enredada para nosotros y simple para la comunidad lucana. Se pueden encontrar paralelos en Mateo, precisamente en Mt. 6, 20-21, referencia a la acumulación de tesoros que no pueden ser robados, y en Mt. 24, 43-51, sobre la parábola del mal servidor que se aprovecha de la ausencia de su amo y es sorprendido por el regreso del mismo. Como vemos, aquello que en Mateo está rotundamente separado, por casi un libro de distancia, por dieciocho capítulos, en Lucas constituye una seguidilla.

Si buscamos cómo está hilvanado el texto, primero tenemos que entender la lectura de hoy en el marco que le constituye la lectura del domingo anterior (cf. Lc. 12, 13-21) y el resto de versículos que no leemos (cf. Lc. 12, 22-31), donde Jesús aconseja a sus discípulos no temer por las posibles faltantes de materiales ni por las inquietudes propias del tiempo que pasa; lo importante es confiar en que existe un Padre, que ese Padre nos ama, y que es capaz de suministrarnos lo que necesitamos en tiempo y forma. El Padre, en definitiva, sabe mejor que nosotros cuál es nuestra necesidad urgente, y por eso es preciso buscar el Reino primero, y saber que lo demás, lo accesorio, viene por añadidura. Así culmina el versículo 31, con una clara contraposición entre lo absoluto, representado por Dios y su Reino, y lo secundario, que es el resto de las cosas. Ante el peligro de que ese Reino absoluto aparezca como inaccesible, la lectura litúrgica inicia con el llamado a la confianza: no temer. Esta es una de las cualidades cruciales de Jesús y recordada frecuentemente por Lucas: cree que la fe no puede estar fundamentada en el temor, en el miedo. Así es que el ángel le advierte a Zacarías, en los inicios del Evangelio, que no tema (cf. Lc. 1, 13), tanto como lo hace con María (cf. Lc. 1, 30); en base al nacimiento del Bautista, Zacarías exclamará en su cántico que es signo del Pueblo de Dios vivir libres de temor (cf. Lc. 1, 74); inmediatamente, el ángel pide que no teman, esta vez a los pastores en la noche del nacimiento (cf. Lc. 2, 10); ya en la vida adulta de Jesús, Pedro será llamado al seguimiento discipular en medio de la invitación a no temer (cf. Lc. 5, 10); a Jairo le pedirá fe y no temor respecto a la situación grave de su hija (cf. Lc. 8, 50); a los discípulos les explicará que no deben temer a los que matan sólo el cuerpo (cf. Lc. 12, 4), y ni siquiera temer por cosas que a la larga resultan insignificantes (cf. Lc. 12, 7). Ese es el Dios de Jesús, la fe del Maestro, y eso es lo que quiere transmitir a sus discípulos, que en redacción de Lucas son el pequeño rebaño, expresión que se hace eco de una Iglesia primitiva diminuta en medio del Imperio Romano. Ante esa situación de aparente desamparo frente a la mole imperial, las claves hermenéuticas de la historia de la salvación lucana son la certeza de la existencia de un Padre que ama, y lo poderoso de la inversión de valores que encarna el Evangelio. En el Reino, lo pequeño es grande y las riquezas son obstáculos.

A partir de esta introducción, en el texto se suceden las imágenes metafóricas que desarrollan el contenido de la enseñanza, con una cadencia que pareciera desordenada o arbitraria, pero que guarda sucesión:

- Polillas y ladrones: las primeras imágenes tienen que ver con el tema que ocupa casi todo el capítulo 12, sobre las riquezas en la visión humana y en la visión divina. La orden es terminante: vender los bienes y darlos como limosna. En la lógica del Reino no son necesarios, más bien estorban. En contrapartida, deben construirse bolsas que no se vuelvan viejas, según el original griego palaioo me, o sea, que no se desgasten y se rompan con el paso del tiempo, como muchas veces sucede con las riquezas materiales que, al cambiar la moda, se vuelven insuficientes para la satisfacción del cliente, obligando a entrar en una moda de cambio y recambio que es círculo vicioso. Estas bolsas particulares tienen la ventaja de acumular un tesoro que ni las polillas ni los ladrones pueden maltratar. Son bolsas que resisten la embestida del mundo y por eso pueden estar junto al corazón, o mejor dicho, el corazón puede estar en ellas.

- Cinturón y lámparas: la expresión sobre estar ceñidos se refiere a tener ajustado el cinturón que, comúnmente, en un lugar donde es habitual el uso de la túnica larga, se vuelve cotidiano. Quien tiene ajustado el cinturón, evita enredar sus pies con la túnica y es capaz de realizar movimientos sin obstáculos. Los ceñidos están dispuestos a trabajar, a diferencia de los no ceñidos, que parecieran estar holgazaneando, confiados en que nada nuevo sucederá. De la misma manera, la idea de las lámparas encendidas tiene que ver con la atención puesta en una tarea. Encienden sus lámparas para esperar los que saben que, aún siendo de noche, aún en la oscuridad, hay alguien que viene. Como los hombres que esperan el regreso de su amo, para abrirle inmediatamente, sin perder tiempo. Sólo los ceñidos y de lámparas encendidas pueden abrir rápido la puerta. En términos cristianos, sólo los que se desprenden de los bienes materiales pueden estar plenamente disponibles para recibir a su Señor.

- Cuidados con los ladrones: el material con el que se construían las casas de Palestina no era, en absoluto, concreto, y podía ser fácilmente horadado. De tal manera, un ladrón no muy entrenado, no necesitaba demasiado tiempo para perforar la pared de la habitación que quería robar. Obviamente, como recalca Jesús, si el dueño de la casa supiese a qué hora le agujerearán la pared, estará allí para sorprender in fraganti al malhechor. Como, normalmente, el dueño de casa no lo sabe, debe tomar precauciones. El discípulo tampoco sabe a qué hora ni qué día volverá el Hijo del Hombre, y por eso se ve en la obligación de estar siempre atento, siempre en alerta. La imagen, para nada intenta comparar al Hijo del Hombre con un ladrón, sino que busca explicar plásticamente el sentido de la espera frente a lo desconocido. Para esperar lo que no sabemos con precisión, es necesario tener ceñido el cinto y las lámparas encendidas.

- Los riesgos de aprovechar la demora: cuando Pedro le pregunta a Jesús si esas palabras que pronuncia son advertencias generales (para todos) o advertencias discipulares (sólo para ellos), el Maestro esquiva la pregunta y cambia el planteo. No le responderá directamente a Pedro, no le dirá que habla para todos ni para unos pocos. En cambio, le contará la historia del servidor que, creyendo que el amo demoraría, se aprovechó de la situación para golpear y emborracharse. Como era de esperarse, el amo volvió en el momento más inoportuno de su juerga, demostrándole que no tenía sentido aprovecharse de la demora. Hasta aquí, el mensaje para Pedro es que, en lugar de preocuparse por dividir entre los de afuera y los de adentro, debe preocuparse por la venida del Hijo del Hombre, y más aún, preocuparse por la situación que le toca ocupar, situación discipular, ya que aquel que tiene más conocimiento (discípulo), está obligado a rendir mayor cuenta, a diferencia del ignorante que actúa por la misma ignorancia. Si el cristiano sabe que el Hijo del Hombre volverá, deberá ser tan precavido como el dueño de la casa que sabe que vendrá el ladrón.

- Los bienaventurados: más allá de las bienaventuranzas que Lucas agrupó en Lc. 6, 20-23, tenemos dispersas en medio del libro algunas más, como las relacionadas a María (cf. Lc. 1, 45.48), a los que no se escandalizan de Jesús (cf. Lc. 7, 23), a los dichosos que ven las obras jesuánicas (cf. Lc. 10, 23), a los que oyen la Palabra y la ponen en práctica (cf. Lc. 11, 28), a los que invitan al banquete a aquellas personas que no pueden retribuirle la invitación (cf. Lc. 14, 14), y las que recopila la perícopa de hoy. Se llama bienaventurados a los siervos que son encontrados sirviendo por su señor, sobre todo si el amo llega en la hora menos pensada y, contra todo pronóstico, los encuentra ejerciendo la diakonía en la medianoche o en la madrugada. Serán ellos los que recibirán el gozo de ser servidos por su Señor, y en ese servicio reconocerán que no se han convertido en amos, sino que les está siendo dado aquello que dieron. Son bienaventurados porque han comprendido y aprehendido la dinámica del Reino: el servicio. Como María, como los que no se escandalizan de Jesús, como los que ven al Maestro y lo entienden, como los que oyen la Palabra y la ponen en práctica, y como los que realizan acciones en vistas a los marginados, son bienaventurados los que esperan confiados y atentos.

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De alguna manera, la expresión simbólica que Lucas traza con el amo que regresa y se pone a servir a sus sirvientes, es la realidad de la pasión-cruz y la enseñanza práctica que Juan expresará con el lavatorio de los pies (cf. Jn. 13, 2-17). Jesús es el Señor/Amo que se ciñe la cintura, lava los pies de los seres humanos y hace bienaventurados a los que dan la vida por el Reino, conociéndolo o no. Esa realidad cristológica, sucedida en un pasado histórico que determinó la encarnación, y prolongada en la línea del tiempo humano por la acción del Espíritu Santo, parece suspendida hasta el regreso del Hijo del Hombre. Las comunidades cristianas de la segunda y, mucho más, aquellas de la tercera generación cristianas, se comenzaron a preguntar, prontamente, qué estaba impidiendo el regreso del Señor. Actualmente, en otro sentido al que nos referimos, la gente se sigue preguntando por el regreso del Señor. O mejor expresado: se sigue preocupando por el no-regreso. La historia parece sumida en un círculo de destrucción-progreso-destrucción. Se arman y desarman guerras, se promueven préstamos a los países enriquecidos, aparentemente progresan, luego se sumen en la deuda externa, y a la par suceden las batallas, civiles y comerciales. Aquello que un grupo de varones y mujeres alcanza como logro, es derribado al día siguiente por el ímpetu de los avasalladores que no escuchan otra voz más que la propia. ¿Y Dios?

La evangelización (los evangelizadores) tiene la tarea de recordar al mundo que hay que estar atentos, vigilantes, con las lámparas encendidas, y siempre los cinturones ceñidos. Es difícil responder a los interrogantes sobre el regreso del Hijo del Hombre y sobre la presencia/ausencia de Dios, pero no es imposible dar el testimonio concreto en la historia, en esta historia que parece sumida en un círculo vicioso, que parece destinada al barranco, que parece abandonada de la mano de Dios. El testimonio concreto es el desprendimiento de los cristianos, el abandono real de la Iglesia en sentido providencial. No es necesaria una respuesta largamente argumentada sobre la parusía, ni una larga homilía sobre los apocalipsis que están al cruzar la calle. Es mucho más elocuente el testimonio que nace de las bolsas con el auténtico tesoro, las bolsas donde se pone el corazón, las alforjas con las vidas entregadas por los pobres de la tierra. Es más elocuente la fe que espera y no desespera, que pacientemente se hace confianzuda en el silencio divino. Es más elocuente hacer como el Señor que se arremanga para servir a los demás. No es excusa para detener la evangelización el no tener respuestas; la respuesta más adecuada ante la ausencia de Dios es reconocerlo presente entre los pobres y marginados. ¡Bienaventurados los que puedan ver en el otro el rostro de Dios!