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El principio de la cuaresma / Miércoles de Cenizas / 22.02.12

¿Qué hay detrás de la cuaresma?

Conviene, para entender el verdadero sentido de la cuaresma católica que comienza en este Miércoles de Cenizas, remontarse a su historia y su evolución en la Iglesia. Cuando se fijó un domingo de Pascua, en el siglo II d.C., se dedicaron los dos días anteriores a un ayuno comunitario (el viernes y el sábado santo). Así de simple, ese fue el principio de la cuaresma, centrado en el ayuno escatológico, o sea, un ayuno de espera, un ayuno para estar en vela hasta que volviese el Esposo arrebatado por la muerte, un ayuno para recibir la Vida, seguramente inspirado en la expresión de Jesús: “Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán, en aquel día” (Mc. 2, 20; cf. Mt. 9, 15 y Lc. 5, 35).

Pero la historia no quedó allí, sino que continuó y avanzó hasta mediados del siglo III d.C., cuando la cuaresma se amplió a las tres semanas anteriores a la Pascua, coincidiendo con el tiempo que la Iglesia dedicaba a la preparación de los catecúmenos, quienes eran bautizados en la vigilia pascual.

Ya cercanos al siglo V d.C., los días de cuaresma llegaron a ser cuarenta, contando a partir de un miércoles, de manera que no se incluyeran en la contabilización los domingos, ya que no eran litúrgicamente días de ayuno, sino de alegría en memoria del domingo de resurrección. Al principio, estos cuarenta días servían de preparación para los penitentes públicos, quienes realizaban el ayuno para recibir, la noche del jueves santo, la absolución pública, frente a toda la asamblea. Las cenizas como ritual aparecieron cuando desapareció esta penitencia pública, a la vista de todos. Entonces, para proteger la privacidad del acto penitencial, la ceniza se hizo signo universal, imponiéndose a todos, transformando a toda la comunidad en una comunidad penitente.

Recabamos, así, tres elementos de significado histórico para la cuaresma: ayuno escatológico, camino catecumenal y camino de conversión. El ayuno escatológico, de espera del Esposo, en clave comunitaria, hace del ayuno un verdadero sacramento, un signo real de Iglesia-comunión que aguarda a quien le ha sido arrebatado, pero con la certeza de su regreso. Recalcar este aspecto sacramental del ayuno parece estar más en consonancia con el cristianismo original que ese tipo de ayuno mortificante practicado para ser vistos. En segundo lugar, el camino catecumenal, perdido en el auge de una catequesis como evento social que no exige compromiso, es menester rescatarlo para nuestras comunidades, demostrando así que no nos interesa tanto el número de inscriptos en la catequesis de preparación para los sacramentos, sino el encuentro de los varones y mujeres con Jesús que lo aceptan tras una catequesis libre y permanente. Por último, el camino de conversión, nunca está de más renovarlo y proponerlo a conciencia, no como ley impositiva para conseguir la salvación, sino como propuesta de madurez para el discípulo, como camino que puede iniciar por sus propios medios, sin la preocupación de ayunar en éste u otro día, o midiendo la limosna que debe darse, o calculando el horario preciso de oración. Si es propuesto como paso de madurez, la atención no estará fija en cómo o cuándo realizar esto o aquello, sino en hacerlo por amor.

 

El ayuno y la limosna de la cuaresma

Del ayuno tenemos en el Antiguo Testamento textos hermosos. Del profeta Isaías conservamos uno de los más conocidos. Está en la última parte del libro, la que fue escrita al regreso del destierro en Babilonia, cuando el judaísmo pretendía re-fundarse como nación y como pueblo. Uno de los pilares de esta re-fundación consistía en la restitución del templo de Jerusalén con todos sus atributos sacros y, por ende, con un elaborado sistema litúrgico. En esta época es cuando el judaísmo establece días específicos en que es obligatorio ayunar para agradar a Yahvé. Pero Isaías pregunta en nombre de Dios: “¿Así ha de ser el ayuno que yo elija? Día de humillarse el hombre, sí, ¿pero agachando como un junco la cabeza? Y el saco; y esparcir la ceniza. ¿A eso llaman ayuno y día grato a Yahvé?” (Is. 58, 5). Y contesta también Dios: “¿No será éste el ayuno que yo elija?: deshacer los nudos de la maldad, soltar las coyundas del yugo, dejar libres a los maltratados, y arrancar todo yugo. ¿No será partir al hambriento tu pan, y a los pobres sin hogar recibir en casa? ¿Que cuando veas a un desnudo le cubras, y de tu semejante no te apartes?” (Is. 58, 6-7). El texto habla por sí solo. El ayuno que quiere Yahvé es el que comparte con el hambriento el pan, el que da alojamiento al sin-hogar, el que cubre a los desnudos. ¿Para qué ayunar entre tanta injusticia sin compenetrarse en ella para modificarla? E incluso hay una crítica más profunda en el profeta: el sistema sacral está causando esa injusticia, está tan concentrado en lo litúrgico, en la construcción del templo, en la restitución de un orden sacerdotal, que se ha olvidado de los pobres entre los pobres, se ha olvidado de la tierra por mirar tanto al cielo. Sin referirse específicamente al ayuno, pero sí a las prácticas cultuales sin repercusión social, Oseas, Miqueas y Amós también denuncian la injusticia que no se condice con la supuesta adoración a Dios que se expresa en los ritos (cf. Os. 8, 11-13; Mi. 6, 6-8; Am. 5, 21-25).

La limosna, por otro lado, desde la perspectiva de la escuela deuteronomista (escuela de historia profética, o sea, de relectura de la historia como lugar de la acción de Dios), ha relacionado el hecho litúrgico del diezmo con la ayuda a los pobres. En primer lugar, recupera y afirma la ley del Levítico sobre la cosecha, que consiste en no volver hacia atrás para levantar lo que no se ha juntado, ya que eso queda para el forastero, el huérfano y la viuda; le pertenecen (cf. Dt. 24, 20-21; Lv. 19, 9-10). En segundo lugar, establece que cada tres años se aparte el diezmo de la cosecha de ese año, que debería ser entregado en el santuario (cf. Dt. 12, 5-6), para dejarlo en la puertas de las casas, donde el levita, el forastero, el huérfano y la viuda podrían recogerlo para alimentarse hasta hartarse (cf. Dt. 14, 28-29). Así, el diezmo (acción dirigida a Dios) y la limosna (acción dirigida al prójimo) se unifican sin dualidades. Quien es capaz de dar el diezmo regularmente (religiosamente diríamos), pero no tiene esa religiosidad para compartir con el pobre, entonces está mintiendo, es un hipócrita. Dice amar a Dios, a quien no ve, despreciando al hermano, que sí puede ver (cf. 1Jn. 4, 20).

El pobre es sacramento de Dios, sacramento de Jesús (cf. Mt. 25, 31-46), y las acciones que se dirigen a él son acciones dirigidas al Cristo, efectivamente concretas. Cuaresma no puede ser la oportunidad para alejarse del mundo. Al contrario, es la oportunidad para sumergirse en los problemas de nuestra sociedad. No ayunamos, damos limosna ni oramos para que Dios nos arrebate de la tierra hasta el séptimo cielo y allí vivamos felices des-terrados (fuera de nuestra tierra). Cuaresma es la puerta de entrada al mundo del pobre, a su hambre, su mala calidad de vida, su falta de proyección, su opresión. Cuaresma no es ascetismo para perfeccionar el alma y hacerla digna de Dios; en todo caso, es entrega para perfeccionar un mundo que ha canonizado lo injusto, la brecha ricos-pobres, la corrupción, la división internacional del trabajo, la explotación del que no puede defenderse. Si en Cuaresma recorremos con Jesús un camino de conversión hacia la cruz, hasta la vida derramada por todos, es tiempo para convertirnos cambiando nuestro rumbo, reubicando la mirada en el hermano que está a nuestro lado, o más precisamente, el que no está, el que ha sido desplazado, marginado. Ese camino de conversión debe terminar en la cruz, en el estigma nuestro. Somos estigmatizados cuando desperdiciamos la vida entre aquellos a los que se les arrebata la vida; estigmatizados cuando ayunamos para que los demás no ayunen; estigmatizados cuando promovemos la dignidad humana en lugar de hacer asistencialismo; estigmatizados cuando oramos en medio de las villas miseria.

El que no arriesga, no gana / Trigésimotercero Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 25, 14-30 / 13.11.11

El Reino de los Cielos es también como un hombre que, al salir de viaje, llamó a sus servidores y les confió sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos, y uno solo a un tercero, a cada uno según su capacidad; y después partió.

En seguida, el que había recibido cinco talentos, fue a negociar con ellos y ganó otros cinco. De la misma manera, el que recibió dos, ganó otros dos, pero el que recibió uno solo, hizo un pozo y enterró el dinero de su señor.

Después de un largo tiempo, llegó el señor y arregló las cuentas con sus servidores. El que había recibido los cinco talentos se adelantó y le presentó otros cinco. “Señor, le dijo, me has confiado cinco talentos: aquí están los otros cinco que he ganado”. “Está bien, servidor bueno y fiel, le dijo su señor, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor”. Llegó luego el que había recibido dos talentos y le dijo: “Señor, me has confiado dos talentos: aquí están los otros dos que he ganado”. “Está bien, servidor bueno y fiel, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor”. Llegó luego el que había recibido un solo talento. “Señor, le dijo, sé que eres un hombre exigente: cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has esparcido. Por eso tuve miedo y fui a enterrar tu talento: ¡aquí tienes lo tuyo!”. Pero el señor le respondió: “Servidor malo y perezoso, si sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido, tendrías que haber colocado el dinero en el banco, y así, a mi regreso, lo hubiera recuperado con intereses. Quítenle el talento para dárselo al que tiene diez, porque a quien tiene, se le dará y tendrá de más, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Echen afuera, a las tinieblas, a este servidor inútil; allí habrá llanto y rechinar de dientes”. (Mt. 25, 14-30)

Esta parábola conocida no es tan simple y ligera como tradicionalmente se piensa. Considerando desde un principio que el título asignado por la mayoría de las traducciones (parábola de los talentos) podría estar equivocado, y que hasta el planteo interno del relato podría contradecir el Evangelio y la imagen de Dios predicada por Jesús, es válido tener algunas reservas. Quizás, el mayor problema sean las modificaciones que pudo sufrir la parábola desde que fue pronunciada por Jesús hasta que la conservó y plasmó por escrito la Iglesia primitiva. El texto está contenido en Mateo, que leemos hoy, en Lc. 19, 12-27 y en el apócrifo Evangelio de los Nazarenos. Este último hace modificaciones importantísimas que afectan el desarrollo y la conclusión; la más notoria es cuando el tercer siervo, en lugar de esconder el dinero confiado, como en Mateo o Lucas, lo dilapida en prostitutas. Obviamente, se trata de un giro moralizante de la parábola, probablemente ideado por una comunidad judeo-cristiana que, ante la demora de la Parusía (la segunda venida del Hijo del Hombre), constataba cómo muchos cristianos comenzaban a llevar una vida moral laxa, sin demasiadas preocupaciones, convencidos de que el Señor tardaría en volver. Esta visión debe considerarse muy posterior a Jesús. Inclusive, la visión escatológica que también comparten Mateo y Lucas, relacionando la parábola con la consumación de la historia, puede no ser la intención inicial de Jesús. El núcleo del relato estaría en un señor que confía bienes a sus siervos y que espera que esos bienes produzcan más. Sin connotaciones morales y sin recurrir necesariamente a la imagen de un juicio final donde el improductivo es castigado. La metáfora final de las tinieblas, el llanto y el rechinar de dientes pueden rastrearse en Mt. 8, 12; Mt. 9, 12; Mt. 13, 42.50; Mt. 22, 13 y Mt. 24,51, demostrando que son frases recurrentes de la literatura mateana, posiblemente redaccionales. Recordemos que en el hilo de la narración, no tiene sentido este final con tinieblas, llanto y rechinar de dientes; no tiene sentido que este hombre rico se exprese así. Tampoco tiene sentido, en la mirada global del Evangelio, que Jesús apruebe que se le quite el dinero al que tiene poco (al pobre) y se lo entregue al que tiene mucho (al rico). La expresión parece contradecir la Buena Noticia anunciada previamente. Podemos suponer que aquí también hay intervención redaccional de la Iglesia. Como en el inicio mateano, cuando se explica que los tres siervos recibieron distinta cantidad de dinero, de acuerdo a su capacidad o habilidad. Esta frase puede ser el puntapié para la interpretación tradicional que proclama que Dios crea personas más hábiles que otras, que a unos da más talento (más carisma, más habilidades, más inteligencia, más capacidades) que a otros. ¿Es compatible este Dios con el Padre de Jesús? Con esta percepción se fabrica una teología de la desigualdad natural. Peligrosísima. Si Dios nos ha hecho desiguales, es lógico que la sociedad sea desigual y que unos estén sobre otros. Pero la parábola no está diciendo esto. Lo que traducimos por capacidad es dynamis en griego, y significa poder. Jesús ha utilizado para esta parábola, como para otras, un modelo imperial y señorial de su tiempo. Un hombre muy rico, con esclavos y empleados, les deja dinero para que produzcan más. A su regreso, exigirá violentamente, y al que no cumpla, castigará. No quiere decir que el Reino de Dios sea como los reinos de la tierra; sólo se está aprovechando una situación común del Imperio Romano para figurar otra cosa. Por eso hay tres siervos con distinto poder, o sea, con distintos cargos dentro del señorío de este hombre rico. Si se tratase de un gobernador, por ejemplo, diríamos que hay distintos cargos ministeriales o secretariales. No se puede trasladar, así sin más, la idea de distintos dynamis a una teología de la desigualdad.

Lucas ha sido más cuidadoso en su relato. El señor que se va deja a diez servidores la misma cantidad de dinero: diez minas a cada uno. La mina equivale a 100 denarios, y un denario es el sueldo de un día de trabajo de un jornalero. La orden, en Lucas, es precisa: hagan producir el dinero. Al final, cuando el siervo que escondió el dinero es despojado para darle al que más tiene, un coro de servidores inquiere al señor sobre esta práctica extraña de darle más al que más tiene. Es un llamado de atención que Mateo no tiene. Estos agregados lucanos hacen pensar que Mateo está más cerca del original, aunque también ha intervenido en la redacción. Lucas alegorizó bastante para relacionar la parábola con la Parusía. En el inicio, por ejemplo, se describe al señor como un hombre de familia noble que viaja al exterior para recibir una investidura y regresar enseguida. Como Jesús ascenderá para recibir la diestra del Padre y volver en la segunda venida del Hijo del Hombre. Pero una comitiva de conciudadanos se moviliza en embajada al país lejano para evitar que sea coronado rey. Como los jefes religiosos de Israel que no quieren reconocer el mesianismo de Jesús. De todas maneras, el noble vuelve convertido en rey y condena a muerte a sus enemigos. Más allá de esta alegoría, en el fondo parece estar también el recuerdo de Arquelao, quien partió hacia Roma en el año 4 a.C. para que el Imperio le otorgase el reino de Judea; al mismo tiempo, una embajada judía de 50 personas viajó a Roma en paralelo para impedir su nombramiento.

Habiendo establecido todos estos añadidos redaccionales, es necesario preguntarse cuál podría ser la intención original de la parábola. Tenemos por seguro que siempre se trata de mucho dinero el confiado. Las minas de Lucas son talentos en Mateo. Un talento equivale a seis mil denarios. Esta confianza del señor hacia sus siervos es generosa. Les está dando en resguardo grandes sumas de dinero. Lucas ha conservado una orden directa del noble: produzcan ganancias. Mateo no. Nos quedamos, entonces, con siervos llenos de dinero que no es suyo, y el dueño del dinero está ausente. Sea como fuere, los siervos saben que este señor es exigente. Cuando vuelva, exigirá algo. Tácitamente, en Mateo, los talentos se entienden como un fideicomiso. En un momento habrá que devolverlos. En este punto, los siervos pueden tomar dos caminos: invertir y arriesgar, o guardar y esperar. El tercer siervo parece apelar a la segunda opción, validada por el derecho rabínico que consideraba libre de responsabilidad a aquel que, después de recibir un depósito, lo enterraba para protegerlo de los ladrones. Para los rabinos, esta es una salida favorable. Pero el regreso del señor confirma otra cosa: el que no arriesga, no gana. Si bien la parábola no da el ejemplo de un siervo que haya invertido y perdido, quedando con menos dinero, parece que el señor premia el no haberse quedado quieto, en espera pasiva. El señor trata a este último siervo de malo y perezoso. Lo que traducimos por perezoso es okneros en griego, que significa encogido, como quien está doblado sobre sí mismo, achicado. El señor de la parábola no quiere siervos encogidos, tímidos. Lo que premia no es el aumento del capital, sino lo que se ha arriesgado. Esconder el dinero es una actitud cobarde, despreciada, pasiva. Esta interpretación parece encajar mejor con la parábola de las jóvenes que esperan al novio (Mt. 25, 1-13), inmediatamente anterior, donde el problema también está en la espera pasiva, sin hacer nada.

La teología de la desigualdad ha causado y sigue causando muchos daños. No se puede afirmar que Dios ha creado a unos más capaces que otros y, por lo tanto, unos deben dominar a los otros. Es una justificación del orden injusto que no puede atribuirse a Jesús. Forzar esta parábola hacia ese campo es un despropósito, es una injuria a la Biblia. Y, sin embargo, lo seguimos haciendo. Entendemos que el talento (dinero para cualquiera que escuchase la parábola en el siglo I) es la capacidad dada por Dios a cada ser humano. Pero esta parábola no trata sobre los talentos ni sobre los carismas, sino sobre la actitud de los discípulos, sobre los que no hacen nada, los que no intervienen, los que se entierran a sí mismos. Son estos discípulos los que permiten que el orden social siga siendo injusto, porque prefieren mantener lo que tienen (su posición, su estatus, sus bienes) antes que intervenir transformando las cosas.

Esta parábola tiene también una reafirmación de la participación del ser humano en la Creación. Hay una exigencia. Pero no es una exigencia moralista ni una prueba para enjuiciamiento. Hay una exigencia que es inherente a nuestra naturaleza de seres humanos. Somos co-creadores, aunque no nos guste reconocerlo. La Creación sigue su curso por la mano de Dios, pero también por la mano humana que puede intervenir en ella, de buena y de mala manera. Estamos inmersos en la Creación y en la historia. Evadirnos es esconder el talento. La evasión es lo condenable, no la ineficiencia para los negocios. Nuestra participación en la Creación debe estar orientada a la igualdad, a que el dinero confiado transforme la realidad de manera que no haya unos sobre otros, ricos sobre pobres, poderosos sobre marginados. Cuando el Señor vuelva a exigir lo confiado, podremos presentarle los riesgos que tomamos para cambiar el mundo o la pasividad que asumimos ante las injusticias. Allí descubriremos que nuestro Señor es un Señor exigente, tan comprometido que exige nuestro compromiso.

Ha pasado la IV Juntada Teológica… y ha quedado

Ya se nos fue la IV Juntada Teológica en Córdoba. Hemos estado entre amigos, entre hermanos, católicos y protestantes, pensando el Reino de Dios. Hemos visto el Reino desde la Biblia, desde la realidad concreta y desde la historia. Nos hemos preguntado cosas y hemos encontrado algunas respuestas junto a nuevas preguntas. Nos hemos divertido. Hemos celebrado y compartido. Todo eso. Como en una ekklesía.

Justamente, como en una ekklesía, debatimos y discutimos. Presentamos opiniones diferentes, posturas contrapuestas. Y sin embargo, seguíamos siendo la misma ekklesía hablando del mismo Reino de Dios. Fueron días provechosos. Fueron días que deben repetirse y ampliarse, prolongarse, multiplicarse. Ha pasado ya la IV Juntada, pero ha quedado algo, ese algo siempre permanente que le llaman soplo del Espíritu.

Un abrazo para los juntadistas, para los hermanos, para los amigos.

participantes de la juntada teológica

participantes de la juntada teológica

Vale la pena hablar del Reino de Dios / Un esbozo de saludo a X. Pikaza

Xabier Pikaza es muy generoso intelectualmente. Su blog es un espacio, como pocos, para aprender y compartir. En estos días me ha dejado compartir a mí. Es un honor. He aquí la dirección de su blog: http://blogs.periodistadigital.com/xpikaza.php

Presentarlo a Pikaza está de más. Para varios de nosotros es una institución bíblica y teológica. Un abrazo grande para él, un abrazo grande para los que lo leen, un abrazo grande para los que siguen siendo inspirados por el Reino de Dios.

El Padrenuestro y sus formas

Este domingo es el Decimoséptimo Domingo del Tiempo Ordinario del Ciclo C según la liturgia católica, y el Evangelio elegido para ese día es Lc. 11, 1-13, el cual contiene el Padrenuestro. Como ya sabemos, hay dos versiones de esta oración: la versión lucana contenida en Lc. 11, 2-4 y la versión mateana de Mt. 6, 9-13. La segunda es más larga y, por esa razón (y otras) se la considera menos cercana a la original salida de labios de Jesús. La versión de Lucas (leída este domingo) conservaría mejor los primerísimos dichos del Maestro (aunque varios estudiosos creen que Mateo conserva mejor las expresiones).

Lo interesante del Padrenuestro es atravesar las distintas traducciones bíblicas para comprender más y mejor la oración. La Biblia Reina Valera conserva en Lucas la misma versión que en Mateo (con las frases así en la tierra como en el cielo y líbranos del mal), lo cual atenta contra la crítica literaria que ha establecido, con pruebas suficientes, que ambas versiones son diferentes. La Nueva Versión Internacional (NVI), en cambio, sí respeta las diferencias textuales, y dice:

Padre,

santificado sea tu nombre.

Venga tu reino.

Danos cada día nuestro pan cotidiano.

Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos ofenden.

Y no nos metas en tentación

La versión de la Nueva Biblia de Jerusalén es:

Padre,

santificado sea tu Nombre,

venga tu Reino,

danos cada día nuestro pan cotidiano,

y perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe,

y no nos dejes caer en tentación.

Las dos grandes diferencias con la NVI es que no se habla de perdonar a los que nos ofenden, sino de los que nos deben, más en términos económicos, y quizás más en concordancia con la teología neotestamentaria, ya que el único que puede perdonar los pecados es Dios mismo, no el ser humano; la acción concreta del hombre es perdonar las deudas, o sea, lo que ata/esclaviza al otro respecto de mí, lo que no lo deja ser libre. La segunda diferencia con la NVI es que se matiza la expresión no nos metas en tentación por no nos dejes caer, quitando a Dios el carácter de empujar al ser humano hacia la prueba.

Ahora bien, si nos atenemos al texto griego, una posible traducción sería la siguiente:

Padre,

sea santificado el nombre tuyo,

venga el reino tuyo.

El pan nuestro correspondiente a cada día, dánoslo a nosotros cada día.

Y deja ir nuestros pecados también, porque estamos dejando ir a todo el que nos debe a nosotros.

Y no nos lleves hacia dentro de la puesta a prueba.

Pero si queremos llegar al sentido hermenéutico de cada frase, sugeriría estas tres traducciones siguientes. Cada una, a su manera, son intentos de hacer más inteligible aquella oración que repetimos a diario, casi mecánicamente:

Padre,

hazte reconocer como Dios,

haz que venga tu reino.

Danos el pan que necesitamos cada día,

perdónanos nuestros pecados, ya que nosotros también perdonamos a todos los que faltan contra nosotros,

y no nos expongas a la tentación.

(Augustin George)

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Padre,

que todos reconozcan que tú eres el verdadero Dios.

Ven y sé nuestro único rey.

Danos la comida que hoy necesitamos.

Perdona nuestros pecados, como también nosotros perdonamos a todos los que nos hacen mal.

Y cuando vengan las pruebas, no permitas que ellas nos aparten de ti.

(La Biblia en Lenguaje Sencillo)

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¡Padre!

Que los hermanos te reconozcamos como Padre nuestro.

Manifiéstate como Tú eres.

Que nadie pasemos hambre.

Perdónanos.

Que no caigamos en la tentación de vivir la vida sin contar contigo.

Y, sobre todo, infunde en nosotros el espíritu que tú tienes.

(Alberto Benito)

Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 4, 21-30

Comenzó, pues, a decirles: “Esta Escritura que acabáis de oír se ha cumplido hoy.” Y todos daban testimonio de él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca. Y decían: “¿Acaso no es éste el hijo de José?”. Él les dijo: “Seguramente me vais a decir el refrán: Médico, cúrate a ti mismo. Todo lo que hemos oído que ha sucedido en Cafarnaún, hazlo también aquí en tu patria.” Y añadió: “En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria. Os digo de verdad: Muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses y hubo gran hambre en todo el país; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio.”

Al oír estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad para despeñarle. Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó. (Lc. 4, 21-30)

 

El texto que leemos hoy es la continuación y resolución del que proclamamos el domingo pasado (Lc. 4, 14-21). Se trata del culto sinagogal sabático en Nazareth, la patria chica de Jesús. Tras leer un pasaje del libro del profeta Isaías, Jesús se identifica frente a todos los asistentes como el destinatario de las promesas mesiánicas. La palabra escrita siglos atrás halla su cumplimiento pleno en ese día eterno inaugurado por el Maestro y su mensaje del Reino. Aquella obra monumental, gigantesca, vengativa y bélica que sería la intervención definitiva de Yahvé en la historia, es resumida por un artesano de Galilea en lo que podríamos denominar como opuesto a esa visión escatológica judía. De monumental y gigantesco no parece haber nada en Nazareth. De vengativo menos aún; recordemos que la cita de Isaías fue cortada en la primera parte de Is. 61, 2 (cf. Lc. 4, 19), omitiendo la referencia al “día de venganza de nuestro Dios” (Is. 61, 2b). Y lo bélico no tiene cabida cuando se proclama un año de gracia, un año jubilar, de perdón de las deudas y libertad de los esclavos. Jesús está anunciando el cumplimiento inverso de la esperanza común judía. Jesús responde a las ansias mesiánicas de su pueblo, pero desde un modelo contrapuesto a la potencia destructiva del Día de Yahvé que elimina a los pecadores de la faz de la tierra para ensalzar a los justos, y que derrota a los ejércitos paganos para demostrar la superioridad del Dios de Israel. Justamente, la inversión en la situación pagana se hace patente con los dos ejemplos del Antiguo Testamento que menciona el Maestro en su argumentación. El primero, sobre Elías y la viuda, está tomado del capítulo 17 del Libro Primero de los Reyes. Elías, el profeta del yahvismo, es enviado a Sarepta (cf. 1Rey. 17, 9), una ciudad fenicia ubicada cerca de Tiro y Sidón, en pleno territorio pagano. Allí ocurrirá el milagro de la harina y el aceite que nunca se acaban en la casa de la viuda, a pesar de la sequía (cf. 1Rey. 17, 6), y la vuelta a la vida del hijo de la viuda por intercesión de Elías (cf. 1Rey. 17, 22). El segundo ejemplo, sobre Eliseo y Naamán, está contenido en el capítulo 5 del Libro Segundo de los Reyes. Naamán era el jefe del ejército del rey de Aram, o sea, de los arameos, enemigos acérrimos e históricos de los israelitas. Cuando este militar visita a Eliseo para conseguir la curación de su lepra, recibe la orden por parte del profeta de lavarse siete veces en el río Jordán (cf. 2Rey. 5, 10). Tras hacerlo, quedó limpio de su lepra (cf. 2Rey. 5, 14). En ambos relatos, los beneficiados por los profetas realizan exclamaciones similares. La viuda, tras ver a su hijo revivido, dirá: “Ahora sé que eres un hombre de Dios, y que la palabra de Yahvé está de verdad en tu boca” (1Rey. 17, 24). Naamán, tras verse curado de su enfermedad, proclamará: “Ahora conozco que no hay en toda la tierra otro Dios que el de Israel” (2Rey. 5, 15). Las dos afirmaciones, surgidas desde dos paganos, son importantísimas. Elías es descubierto profeta de Yahvé en Sarepta cuando su pueblo, Israel, lo tenía exiliado. Naamán, arameo y enemigo declarado de Yahvé, lo reconoce como Dios único y verdadero por la obra del profeta. Ambas exclamaciones entran en relación con el pasaje de la sinagoga en Nazareth que estamos leyendo. Jesús es como Elías, el profeta que habla las palabras de Dios y que es exiliado de su patria, pero reconocido por los extranjeros (cf. Lc. 7, 2-10; Lc. 23, 47). Jesús es como Eliseo, el profeta que lleva a proclamar un único Dios para judíos y para paganos, de manera que todos se reconozcan unidos en Yahvé, invitados a su mismo banquete (cf. Lc. 13, 28-29).

La tesis de Jesús parece partir del rechazo que Él sufre como profeta de Dios para culminar en la teología universalista anti-elitista. Un proceso similar refleja el final de Hechos de los Apóstoles, cuando Pablo, instalado en una casa en Roma, recibió a los judíos principales de la ciudad para exponerles el mensaje del Reino (cf. Hch. 28, 17a.23) y, al ver que varios permanecían incrédulos, les dijo: “Sabed, pues, que esta salvación de Dios ha sido enviada a los gentiles; ellos sí que la oirán” (Hch. 28, 28). Nuevamente, a partir del rechazo judío, se establece que, por deducción, la Buena Noticia ha de ser universal. Si los que parecían ser los principales destinatarios no reconocen a los enviados de Dios, inclusive los crucifican, pero entre los gentiles son aceptados, entonces el Espíritu está actuando en esa dirección. El libro de los Hechos abundará en este proceso de rechazo sinagogal y apertura pagana, por ejemplo, en Antioquía de Pisidia (cf. Hch. 13, 14-48), en Tesalónica (cf. Hch. 17, 1-9), en Corinto (cf. Hch. 18, 1-6) y en Éfeso (cf. Hch. 19, 8-10). Si nos situamos ante el texto de hoy con una mirada de crítica histórica y literaria, podríamos decir que la intención de Lucas es poner en paralelo la experiencia de Jesús y la experiencia de la Iglesia primitiva, de manera que los mismos pasos recorridos por el Maestro sean seguidos por sus discípulos. Si la sinagoga ha rechazado a Jesús, la Iglesia también será rechazada de la sinagoga. Si Jesús ha tenido una mirada salvífica amplia, de horizonte abierto, también la Iglesia ha de tenerla. El episodio en la sinagoga de Nazareth es la prolepsis de lo que ocurrirá en la tarea evangelizadora de los cristianos primitivos; así, la apertura universalista de la Iglesia encuentra fundamento cristológico.

Pero no hay sólo un fundamento que se remonta a la época de Jesús, al año 30 d.C., sino que el mismo Jesús plantea un fundamento más antiguo, veterotestamentario. Toda la escena que hemos leído entre el domingo anterior y éste consiste en una re-lectura del Antiguo Testamento. En primer lugar, el texto de Isaías es cortado, como ya explicamos, eliminando la referencia a la venganza de Yahvé. Luego, las experiencias de Elías y Eliseo con paganos son utilizadas por Jesús para argumentar sobre la apertura universalista de la Buena Noticia. Lo que hace el Maestro es re-leer la Palabra con criterio y desde la perspectiva del Reino. Dios no puede ser un Dios de algunos, no puede ser vengativo. Un Dios así, exclusivo y bélico, no es Dios con mayúsculas, no es Padre. Desde esa experiencia de relación amorosa y filial, Jesús se toma el atrevimiento de interpretar los textos sagrados que han estado escritos desde hacía mucho tiempo y que siempre se habían leído de la misma manera, o que inclusive no se leían con atención. Jesús entronca con la experiencia profética israelita (Elías, Eliseo, Isaías) que tiene la libertad suficiente para mirar la historia humana concreta de hoy y proyectar la historia de la salvación. Jesús es profeta de Palabra y Espíritu, profeta en libertad interpretativa. Los textos sagrados nos son manipulados por el Maestro arbitrariamente, sino aplicados con hermenéutica desde su vivencia íntima de Dios. Cuando la Palabra es reducida a rúbricas inamovibles, a interpretaciones fijas y estancadas, se vuelve anacrónica, letra del pasado, texto sin sentido. Al contrario, cuando el Espíritu inspira re-lecturas, interpretaciones actualizadas, se está haciendo justicia a la Escritura, inspirada por el mismo Espíritu.

 

El problema de las inspiraciones es que, a veces, caen en el lugar menos indicado. A veces los inspirados son los paisanos de los pequeños poblados; a veces son los que no tienen estudios; a veces son los vecinos que conocemos de toda la vida. El Espíritu sopla donde quiere (cf. Jn. 3, 8 ) y, por ende, sorprende. A la gente de Nazareth le molesta encontrarse con el hijo de José y sus palabras de gracia. ¿Por qué les viene a hablar de esa manera? ¿Por qué hace con las Escrituras lo que quiere? ¿De dónde sale lo que dice? ¿Acaso no ha vivido siempre entre nosotros? Ahí está el problema. Es un conocido, y de los conocidos no esperamos inspiraciones. Esperamos una vida mediocre, siempre igual, sin alteraciones, sin inspiración. Por eso los habitantes de Nazareth se llenan de ira y quieren despeñar a Jesús, porque no respeta la regla general de la mediocridad, porque no se estanca, porque re-interpreta cuando no debería hacerlo, porque dice algo distinto a lo que siempre se decía. Jesús parece fuera de lugar en un pueblo como Nazareth. Fuera de lugar en una sinagoga que no quiere sorpresas. Fuera de lugar para la imagen de un Dios elitista, bélico y vengativo.

Jesús estaba dispuesto a re-interpretar. ¿Nosotros lo estamos? ¿La Iglesia es capaz de re-leer las Escrituras y de re-leerse? Cuando los ámbitos eclesiales se vuelven estrechos, cuando hay gente que empieza a quedarse afuera, cuando es más importante lo que se dijo siempre que la lectura de los signos de los tiempos, entonces es imprescindible volver sobre uno mismo (sobre las prácticas, los conceptos, las lecturas de la realidad, los hechos fundacionales) para expandirse. Porque cuando re-leemos, cuando en la Escritura buscamos aire de renovación, siempre es impulso hacia fuera. Jesús quiso expandir la sinagoga. La Iglesia primitiva quiso expandir la Pascua. Lo que supuestamente era exclusivo de los judíos, se descubrió universal, y no por capricho de un artesano galileo ni por la locura de un predicador de Tarso. La semilla universal estuvo siempre ahí, dicha de alguna manera misteriosa en el Antiguo Testamento, y explicitada por Jesús. Esa creencia en el Dios de todos da sentido a la evangelización. Evangelización y elitismo no son compatibles. Dios y el elitismo no lo son. Pero para vivir en coherencia la universalidad, es necesario preguntar y re-preguntarse, leer y re-leer, la práctica misionera de cada día. ¿Quiénes se están quedando fuera? ¿Quiénes fueron en la historia de la Iglesia las viudas de Sarepta y los Naamanes? ¿Y quiénes son hoy los paganos? ¿Los de tierras lejanas solamente?

El ejercicio de la re-lectura es arduo, pero reconfortante. Cuando descubrimos en los Evangelios nuevas actitudes de Jesús que se nos habían pasado por alto, nuevas dimensiones de su mensaje, nuevas aristas del Reino, se ensancha el corazón. La re-lectura nos invita a cambiar la praxis, a modificar las normas, a abrir las puertas. Y sobre todo cuando la re-lectura proviene de los menos pensados, de los que tenían negado el acceso a la Escritura. En los que consideramos ignorantes, analfabetos, no-profesionales de la religión, el Espíritu sopla con aires de cambio. En el otro extremo, los académicos acomodados, los que encuentran seguridad proyectando sus falsas seguridades en el texto, los profesionales de la Palabra, suelen encontrarse en un círculo cerrado de interpretación. Son aquellos que mueren por la letra, en contraposición con los primeros, que viven por el Espíritu (cf. 2Cor. 3, 6). La evangelización tiene aún la gran tarea por delante de devolver la Palabra a quienes les fue quitada, devolverla a los que no la tienen, a los inspirados que les negamos el derecho a la inspiración.

Mujeres que hacen la paz – Día Internacional de la Mujer

Alrededor del año 400 a.C. se puede datar la obra Lisístrata de Aristófanes. El texto del dramaturgo cuenta la historia de una mujer protagonista que lleva el nombre de la obra y que decide poner fin a la guerra del Peloponeso. En esta guerra se enfrentó la llamada Liga de Delos (atenienses más habitantes de islas del mar Egeo más habitantes del Asia Menor) contra la Liga del Peloponeso (Esparta, Argos, Corinto y Elis). Fue, sin dudas, un gran enfrentamiento, y una gran alteración de la paz. En este contexto, la protagonista de la obra, esposa de un soldado, decide lograr el fin de la batalla. La pregunta de rigor es cómo lo lograría. Su técnica consistió en utilizar un arma de lo más efectiva. Contactando a las mujeres de Grecia una por una, logró que todas ellas aceptaran no tener relaciones sexuales con sus esposos hasta que decidiesen abandonar la guerra y firmar la paz. Obviamente, la obra culmina con la rendición de ambos bandos al unísono, pues faltos de sexo, sus vidas no podían continuar. Así es que esta huelga sexual de las griegas se transforma en un dato anecdótico y precedente de un feminismo que, organizado, consigue la paz. Traducido en un lenguaje más conciso: las mujeres lograron lo que los hombres no pudieron; las mujeres aseguraron un bien social que los hombres se encargaban de destruir.

Por otro lado, pero no lejano ni diametralmente opuesto, tenemos el libro de Judit. A aquello que produce la cultura secular y que hasta puede parecernos desubicado, ridículo o pecaminoso, la Biblia trata de redoblar la apuesta. Lo ideal es tomarse el tiempo y leer los 16 capítulos de este texto del Antiguo Testamento, pero valga el siguiente ínfimo resumen para arribar a una idea: la ciudad donde vive Judit, Betulia, es sitiada por el general Holofernes, jefe del ejército asirio. Tras un tiempo de sitio, los magistrados de la ciudad deciden rendirse, pero la viuda Judit se presenta ante ellos para proponerles que le den vía libre en un plan que ha tramado para derrotar a los invasores. Los magistrados acceden. Judit, entonces, se alistó con sus mejores vestidos y se perfumó, partiendo al campamento enemigo, donde aseguró haber ido para ofrecerles un camino rápido o atajo hacia la victoria. Pudo llegar hasta Holofernes, seducirlo e, inclusive, lograr la invitación a un banquete. En esta cena, Holofernes tomó de más y, llegada la hora avanzada, se desplomó dormido en su tienda. Judit, tras realizar una oración, cortó la cabeza del general, salió del campamento y la entregó a los de su pueblo, quienes, al alba, colgaron la cabeza de la muralla y se dispusieron a atacar el campamento asirio. Cuando éstos fueron a despertar a su general, lo encontraron decapitado, y en el temor y la confusión, huyeron. Así fue como Judit (la judía) salvó a su pueblo (Israel) y, en tiempos de guerra y peligro, la valentía de una mujer rescató a muchos de la cobardía de los magistrados.

No es la intención profundizar juicios de valores, sino sólo contemplar la comparación entre una historia de la tragedia griega y un relato que es Palabra de Dios. Los estudiosos, exégetas y biblistas, mirarán con mayor o menor profundidad el libro, dirán qué es lo histórico y qué es lo pedagógico. Hoy es tiempo de contemplar las mujeres, las griegas de la huelga sexual y la judía que decapitó al general asirio. Sólo contemplarlas. Aparecerán preguntas, de seguro: ¿por qué Dios permitió tamaña crueldad? ¿no fue más ético lo de las griegas? ¿es posible construir la paz con métodos pacíficos o con métodos violentos? ¿cuál es el papel de lo sexual, tan presente en ambos relatos? Preguntar sobre las mujeres hará preguntar sobre los hombres. Tanto las griegas como la judía manipularon desde lo sexual; las primeras con abstinencia, la segunda con seducción. Judit nos queda resonando como mujer valiente, pero también como mujer violenta. A Israel le quedó resonando de la siguiente manera:

“Tú eres la exaltación de Jerusalén, tú el gran orgullo de Israel, tú la suprema gloria de nuestra raza” (Jud. 15, 9).

Hermenéutica feminista – Día Internacional de la Mujer

En el documento “La interpretación de la Biblia en la Iglesia” de la Pontificia Comisión Bíblica, se dice que la hermenéutica feminista tiene dos criterios de exégesis muy propios: la sospecha previa y la sociología. Veamos muy brevemente, para introducirnos a la lectura feminista de la Palabra, qué nos aportan estos criterios.

1. Sospecha previa: es de suponer que la historia la escriben los que ganan, y así sucede habitualmente. No es el pueblo conquistado el que tiene más posibilidades de transmitir su versión de los hechos, pues sería censurado rápidamente, ya que en su versión, los conquistadores no se llevarían los elogios. En cambio, en sentido contrario, la historia escrita por los conquistadores no es censurada, pues exalta la obra y el combate con el que se consiguió la victoria. La hermenéutica feminista, según el documento, parte muchas veces de la premisa de que la Biblia fue escrita por los varones, porque las mujeres no tenían acceso a las letras, entonces los relatos bíblicos son machistas o patriarcales, excepto las cartas auténticas de Pablo y algunos pasajes evangélicos que conservan el recuerdo de la actividad liberal de Jesús respecto a las mujeres. ¿Está bien o mal la sospecha previa? Quizás es necesaria en algunos pasajes, quizás en otras es un error. ¿Deberían comenzar sospechando todas las mujeres que leen la Biblia? Deben sospechar cuando reconozcan a un Dios que hace diferencias, que quita las mujeres del medio, que las invisibiliza. Es más que claro que el Dios de Jesús no hace invisible a nadie, sino lo contrario, incluye. Leer con sospecha previa puede poner en un estado a la defensiva exacerbado, pero tampoco es cuestión de dejar pasar todo por alto, por eso la crítica bíblica es necesaria.

2. Sociología: el criterio sociológico aporta el estudio de las sociedades de los tiempos en los que se escriben los libros bíblicos. Este aporte es muy importante para el acercamiento concreto al significado de los textos. En sociedades donde la mujer ocupa el último lugar de la pirámide jerárquica, las expresiones de Pablo o las actitudes de Jesús que restituyen a la mujer su igualdad con el varón, son verdaderamente revolucionarias. Y al contrario, las expresiones que degradan a la mujer, encuentran un cauce cultural que no las justifica, pero las contextualiza para mejorar la hermenéutica actual y no atribuir a Dios condenas y declaraciones que no pueden pertenecerle de ninguna manera. ¿Está bien o mal la sociología? Si es seria, si se basa en estudios multidisciplinarios, si no es tendenciosa, es una herramienta básica de la exégesis actual. ¿Deberían todas las mujeres que leen la Biblia conocer de sociología? Pues no ser expertas, pero sería ideal que todas ubicaran a los textos en su época, para que la superficialidad de la lectura no despierte en ellas un odio hacia un dios que no es el Dios.

Sin embargo, más allá de las preguntas, demos gracias a Dios porque más y más mujeres leen las Escrituras, más y más mujeres hacen teología, más y más mujeres son exégetas. Es necesaria su mirada sobre los textos, porque aquello que los hombres dejamos pasar, no escapa a su ojo fino y delicado; y aquello que coronamos los varones como la paternidad juiciosa de Dios es completado y mejorado con la maternidad amorosa que las mujeres nos revelan.

Leer la Palabra sin engaños

El Secretario General del Sínodo de los Obispos, Mons. Nikola Eterovic, señaló que la lectura de la Palabra de Dios debe realizarse sin caer en “el subjetivismo, la arbitrariedad o el fundamentalismo”.

Esta noticia la encontramos en ACIPrensa. Es interesante que nos detengamos momentáneamente a reflexionar en las tres características que no deberían guiar la lectura de la Palabra de Dios.

a) Subjetivismo: la lectura subjetivista de la Biblia hace que la letra ya no diga lo que dice, sino lo que queremos que diga. Lo subjetivo está influido por nuestros sentimientos pasajeros, por nuestras emociones descontroladas, por nuestra mirada de la vida, y no la mirada de Dios. La lectura subjetivista se olvida de que la Palabra de Dios está diciendo algo concreto, que los versículos no son frases maleables para aplicar a esta situación hoy y a aquella situación mañana, sin tener en cuenta su contexto de escritura y composición. ¿Dónde está el peligro? Que el subjetivismo hace de cada lectura de la Biblia una interpretación diferente, e inclusive contradictoria, y si bien es necesaria la diversidad y la riqueza de las lecturas, si hay contradicciones, entonces alguien está equivocado. El subjetivismo propugna que todas las interpretaciones son válidas, porque a cada persona Dios habla de una manera diferente (cosa que es cierto), pero lo lleva aún más allá, asegurando que no existe una interpretación básica de los textos, una interpretación básica. Entonces, poniendo un ejemplo, alguien lee subjetivamente el episodio de la multiplicación de los panes y asegura que Jesús no multiplicó nada, sino que estimuló la solidaridad de los concurrentes que compartieron su comida, obviando de esa manera lo literal del texto que afirma tajantemente la multiplicación, y la interpretación básica del texto: es una multiplicación.

b) Arbitrariedad: lo arbitrario es aquello definido por la voluntad individual o el capricho. En la Iglesia, donde debe primar la comunión en el amor, actuar por capricho es anti-cristiano y anti-discipular. Una lectura caprichosa de la Biblia sucede, por ejemplo, cuando tomamos un pasaje de la Escritura con un pre-concepto de lo que pretendemos hallar, lo que pretendemos que Dios nos diga o lo que nos convendría escuchar. Entonces, la lectura es guiada por nuestro querer, no por la Voluntad de Dios. Leemos mecánicamente, pues ya sabemos lo que nos diremos a nosotros mismos. Arbitrariamente rechazamos la Palabra que nos dirá el querer de Dios y elegimos nuestro nuestro. Arbitrariamente cerramos los oídos y el corazón con prejuicios y pre-conceptos. Arbitrariamente obviamos la comunión, porque el capricho es lectura individual, no lectura comunitaria, y la Biblia es el Libro del Pueblo de Dios, de todos, no de algunos. La Palabra no fue escrita como revelación individual, sino Revelación para toda la humanidad, para todos los hombres y mujeres. Leerla individualmente, por capricho o con arbitrariedad, es contrariar el espíritu de la Biblia.

c) Fundamentalismo: leer lo literar de la Escritura no es ser literalista. La lectura literalista toma todo al pie de la letra, sin ahondar en el significado de las expresiones, muchas típicamente marcadas por la cultura donde se gestó la Biblia. Si Jesús hablaba de cortarse la mano para no pecar, no quiere decir que realmente deba ser cortada, sino que se trata de una hipérbole, propia del lenguaje semítico, que consiste en exagerar los dichos para dejar sentada la fuerza de la expresión. La lectura literalista hace mucho mal a la interpretación bíblica, a las comunidades y, finalmente, al mundo. La lectura literalista o fundamentalista ha estado en los cimientos de grandes catástrofes obradas por la mano del hombre. Muchos fundamentalistas creen que la lectura literal (no literalista) va en detrimento de la Palabra de Dios, pero es justamente lo contrario; la enriquece, porque la Palabra es de Dios, pero ha sido escrita por hombres en un tiempo y en un lugar concreto, con modismos propios de su época, a los que no podemos desatender, y a los que ellos tampoco desatendían.

Amor y erotismo en la Biblia – Un San Valentín a lo Israel

El Cantar de los Cantares es un libro bíblico que, ciertamente, asustó a muchas generaciones cristianas, signadas bajo el precepto de lo malo de la sexualidad. Hubo grandes discusiones sobre si aceptarlo o no como Palabra de Dios, pero hoy no es serio hablar de dudas, y ahí está incluído en el canon, como obra que aún inquieta y no deja plena certeza de tranquilidad, como poema que incomoda hasta al más liberal de los exégetas.
El Cantar de los Cantares fue compuesto entre los siglos V y IV a.C., en Palestina. Habría sido escrito como poema de las bodas israelitas, donde dos personas (el novio y la novia) se declaran su ardiente pasión y amor, un coro conformado por las muchachas de Jerusalén marca pequeñas intervenciones que desestructuran la trama, y a veces interviene el poeta. La tradición católica anti-sexualidad aceptó este libro como Palabra de Dios siempre y cuando la interpretración fuese que se trataba de una alegoría del amor de Dios con Israel y de Jesús con la Iglesia. Posteriormente, con el método histórico-crítico de lectura bíblica, se profundizó para alcanzar el verdadero significado: verdadermante es un canto directo al amor humano, a la pasión de dos novios que se casan y se desean, espiritual y corporalmente. En una segunda lectura, por supuesto que es la imagen del amor entre Jesucristo Esposa y su Esposa Iglesia, pero quien lo escribió no pensaba en esto último.

Leamos algunos dichos de la novia en el Cantar de los Cantares para comprender por qué suscitó tanta disputa el libro:

Méteme, rey mío, en tu alcoba, disfrutemos juntos y gocemos. (Can. 1, 4)

Me ha metido en la bodega, despliega junto a mí su bandera de amor. (Can. 2, 4)

¡Entre mi amado en su huerto y coma sus frutos exquisitos! (Can. 4, 16)

Yo soy para mi amado, objeto de su deseo. (Can. 8, 11)



¡Ah, si fueras mi hermano, criado a los pechos de mi madre! Podría besarte en plena calle, sin miedo a los desprecios. (Can. 8 ,1)

Leamos, ahora, algunos dichos del novio:

Tus pechos son dos crías mellizas de gacela, paciendo entre azucenas. (Can. 4, 5)

¡Qué hermosos son tus amores, hermana y novia mía! ¡Qué sabrosos tus amores! ¡Son mejores que el vino! (Can. 4, 10)



Tu talle es como palmera, tus pechos son los racimos; pienso subir a la palmera, voy a cosechar sus dátiles. (Can. 7, 8-9a)

¿Dios condena la pasión y la sexualidad? Claro que no. El problema es que somos libres y poco aprendimos a vivirla, disfrutarla y plenificarla. ¿Es el Cantar de los Cantares un libro erótico? En cierto sentido, sí, y no habría razón para que no lo sea, pues es un canto al amor de una pareja que contrae matrimonio. ¿No serán las descripciones de este libro más certeras que un festejo comercial de San Valentín? ¿No tienen mayor hermosura estos versos que las lánguidas tarjetas de 14 de febrero, donde el “enamorado” no escribe nada, sino que ya vienen con el mensaje impreso? ¿No será que sabemos cuán capitalista es el festejo de San Valentín, pero no nos importa porque ocultamos con eso la verdadera soledad, la de no poder amar plenamente? Ciertamente, del Cantar de los Cantares no se puede decir que sea un amor ni superficial ni falso.