El principio de la cuaresma / Miércoles de Cenizas / 22.02.12
¿Qué hay detrás de la cuaresma?
Conviene, para entender el verdadero sentido de la cuaresma católica que comienza en este Miércoles de Cenizas, remontarse a su historia y su evolución en la Iglesia. Cuando se fijó un domingo de Pascua, en el siglo II d.C., se dedicaron los dos días anteriores a un ayuno comunitario (el viernes y el sábado santo). Así de simple, ese fue el principio de la cuaresma, centrado en el ayuno escatológico, o sea, un ayuno de espera, un ayuno para estar en vela hasta que volviese el Esposo arrebatado por la muerte, un ayuno para recibir la Vida, seguramente inspirado en la expresión de Jesús: “Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán, en aquel día” (Mc. 2, 20; cf. Mt. 9, 15 y Lc. 5, 35).
Pero la historia no quedó allí, sino que continuó y avanzó hasta mediados del siglo III d.C., cuando la cuaresma se amplió a las tres semanas anteriores a la Pascua, coincidiendo con el tiempo que la Iglesia dedicaba a la preparación de los catecúmenos, quienes eran bautizados en la vigilia pascual.
Ya cercanos al siglo V d.C., los días de cuaresma llegaron a ser cuarenta, contando a partir de un miércoles, de manera que no se incluyeran en la contabilización los domingos, ya que no eran litúrgicamente días de ayuno, sino de alegría en memoria del domingo de resurrección. Al principio, estos cuarenta días servían de preparación para los penitentes públicos, quienes realizaban el ayuno para recibir, la noche del jueves santo, la absolución pública, frente a toda la asamblea. Las cenizas como ritual aparecieron cuando desapareció esta penitencia pública, a la vista de todos. Entonces, para proteger la privacidad del acto penitencial, la ceniza se hizo signo universal, imponiéndose a todos, transformando a toda la comunidad en una comunidad penitente.
Recabamos, así, tres elementos de significado histórico para la cuaresma: ayuno escatológico, camino catecumenal y camino de conversión. El ayuno escatológico, de espera del Esposo, en clave comunitaria, hace del ayuno un verdadero sacramento, un signo real de Iglesia-comunión que aguarda a quien le ha sido arrebatado, pero con la certeza de su regreso. Recalcar este aspecto sacramental del ayuno parece estar más en consonancia con el cristianismo original que ese tipo de ayuno mortificante practicado para ser vistos. En segundo lugar, el camino catecumenal, perdido en el auge de una catequesis como evento social que no exige compromiso, es menester rescatarlo para nuestras comunidades, demostrando así que no nos interesa tanto el número de inscriptos en la catequesis de preparación para los sacramentos, sino el encuentro de los varones y mujeres con Jesús que lo aceptan tras una catequesis libre y permanente. Por último, el camino de conversión, nunca está de más renovarlo y proponerlo a conciencia, no como ley impositiva para conseguir la salvación, sino como propuesta de madurez para el discípulo, como camino que puede iniciar por sus propios medios, sin la preocupación de ayunar en éste u otro día, o midiendo la limosna que debe darse, o calculando el horario preciso de oración. Si es propuesto como paso de madurez, la atención no estará fija en cómo o cuándo realizar esto o aquello, sino en hacerlo por amor.
El ayuno y la limosna de la cuaresma
Del ayuno tenemos en el Antiguo Testamento textos hermosos. Del profeta Isaías conservamos uno de los más conocidos. Está en la última parte del libro, la que fue escrita al regreso del destierro en Babilonia, cuando el judaísmo pretendía re-fundarse como nación y como pueblo. Uno de los pilares de esta re-fundación consistía en la restitución del templo de Jerusalén con todos sus atributos sacros y, por ende, con un elaborado sistema litúrgico. En esta época es cuando el judaísmo establece días específicos en que es obligatorio ayunar para agradar a Yahvé. Pero Isaías pregunta en nombre de Dios: “¿Así ha de ser el ayuno que yo elija? Día de humillarse el hombre, sí, ¿pero agachando como un junco la cabeza? Y el saco; y esparcir la ceniza. ¿A eso llaman ayuno y día grato a Yahvé?” (Is. 58, 5). Y contesta también Dios: “¿No será éste el ayuno que yo elija?: deshacer los nudos de la maldad, soltar las coyundas del yugo, dejar libres a los maltratados, y arrancar todo yugo. ¿No será partir al hambriento tu pan, y a los pobres sin hogar recibir en casa? ¿Que cuando veas a un desnudo le cubras, y de tu semejante no te apartes?” (Is. 58, 6-7). El texto habla por sí solo. El ayuno que quiere Yahvé es el que comparte con el hambriento el pan, el que da alojamiento al sin-hogar, el que cubre a los desnudos. ¿Para qué ayunar entre tanta injusticia sin compenetrarse en ella para modificarla? E incluso hay una crítica más profunda en el profeta: el sistema sacral está causando esa injusticia, está tan concentrado en lo litúrgico, en la construcción del templo, en la restitución de un orden sacerdotal, que se ha olvidado de los pobres entre los pobres, se ha olvidado de la tierra por mirar tanto al cielo. Sin referirse específicamente al ayuno, pero sí a las prácticas cultuales sin repercusión social, Oseas, Miqueas y Amós también denuncian la injusticia que no se condice con la supuesta adoración a Dios que se expresa en los ritos (cf. Os. 8, 11-13; Mi. 6, 6-8; Am. 5, 21-25).
La limosna, por otro lado, desde la perspectiva de la escuela deuteronomista (escuela de historia profética, o sea, de relectura de la historia como lugar de la acción de Dios), ha relacionado el hecho litúrgico del diezmo con la ayuda a los pobres. En primer lugar, recupera y afirma la ley del Levítico sobre la cosecha, que consiste en no volver hacia atrás para levantar lo que no se ha juntado, ya que eso queda para el forastero, el huérfano y la viuda; le pertenecen (cf. Dt. 24, 20-21; Lv. 19, 9-10). En segundo lugar, establece que cada tres años se aparte el diezmo de la cosecha de ese año, que debería ser entregado en el santuario (cf. Dt. 12, 5-6), para dejarlo en la puertas de las casas, donde el levita, el forastero, el huérfano y la viuda podrían recogerlo para alimentarse hasta hartarse (cf. Dt. 14, 28-29). Así, el diezmo (acción dirigida a Dios) y la limosna (acción dirigida al prójimo) se unifican sin dualidades. Quien es capaz de dar el diezmo regularmente (religiosamente diríamos), pero no tiene esa religiosidad para compartir con el pobre, entonces está mintiendo, es un hipócrita. Dice amar a Dios, a quien no ve, despreciando al hermano, que sí puede ver (cf. 1Jn. 4, 20).
El pobre es sacramento de Dios, sacramento de Jesús (cf. Mt. 25, 31-46), y las acciones que se dirigen a él son acciones dirigidas al Cristo, efectivamente concretas. Cuaresma no puede ser la oportunidad para alejarse del mundo. Al contrario, es la oportunidad para sumergirse en los problemas de nuestra sociedad. No ayunamos, damos limosna ni oramos para que Dios nos arrebate de la tierra hasta el séptimo cielo y allí vivamos felices des-terrados (fuera de nuestra tierra). Cuaresma es la puerta de entrada al mundo del pobre, a su hambre, su mala calidad de vida, su falta de proyección, su opresión. Cuaresma no es ascetismo para perfeccionar el alma y hacerla digna de Dios; en todo caso, es entrega para perfeccionar un mundo que ha canonizado lo injusto, la brecha ricos-pobres, la corrupción, la división internacional del trabajo, la explotación del que no puede defenderse. Si en Cuaresma recorremos con Jesús un camino de conversión hacia la cruz, hasta la vida derramada por todos, es tiempo para convertirnos cambiando nuestro rumbo, reubicando la mirada en el hermano que está a nuestro lado, o más precisamente, el que no está, el que ha sido desplazado, marginado. Ese camino de conversión debe terminar en la cruz, en el estigma nuestro. Somos estigmatizados cuando desperdiciamos la vida entre aquellos a los que se les arrebata la vida; estigmatizados cuando ayunamos para que los demás no ayunen; estigmatizados cuando promovemos la dignidad humana en lugar de hacer asistencialismo; estigmatizados cuando oramos en medio de las villas miseria.





Alrededor del año 400 a.C. se puede datar la obra Lisístrata de Aristófanes. El texto del dramaturgo cuenta la historia de una mujer protagonista que lleva el nombre de la obra y que decide poner fin a la guerra del Peloponeso. En esta guerra se enfrentó la llamada Liga de Delos (atenienses más habitantes de islas del mar Egeo más habitantes del Asia Menor) contra la Liga del Peloponeso (Esparta, Argos, Corinto y Elis). Fue, sin dudas, un gran enfrentamiento, y una gran alteración de la paz. En este contexto, la protagonista de la obra, esposa de un soldado, decide lograr el fin de la batalla. La pregunta de rigor es cómo lo lograría. Su técnica consistió en utilizar un arma de lo más efectiva. Contactando a las mujeres de Grecia una por una, logró que todas ellas aceptaran no tener relaciones sexuales con sus esposos hasta que decidiesen abandonar la guerra y firmar la paz. Obviamente, la obra culmina con la rendición de ambos bandos al unísono, pues faltos de sexo, sus vidas no podían continuar. Así es que esta huelga sexual de las griegas se transforma en un dato anecdótico y precedente de un feminismo que, organizado, consigue la paz. Traducido en un lenguaje más conciso: las mujeres lograron lo que los hombres no pudieron; las mujeres aseguraron un bien social que los hombres se encargaban de destruir.
Por otro lado, pero no lejano ni diametralmente opuesto, tenemos el libro de Judit. A aquello que produce la cultura secular y que hasta puede parecernos desubicado, ridículo o pecaminoso, la Biblia trata de redoblar la apuesta. Lo ideal es tomarse el tiempo y leer los 16 capítulos de este texto del Antiguo Testamento, pero valga el siguiente ínfimo resumen para arribar a una idea: la ciudad donde vive Judit, Betulia, es sitiada por el general Holofernes, jefe del ejército asirio. Tras un tiempo de sitio, los magistrados de la ciudad deciden rendirse, pero la viuda Judit se presenta ante ellos para proponerles que le den vía libre en un plan que ha tramado para derrotar a los invasores. Los magistrados acceden. Judit, entonces, se alistó con sus mejores vestidos y se perfumó, partiendo al campamento enemigo, donde aseguró haber ido para ofrecerles un camino rápido o atajo hacia la victoria. Pudo llegar hasta Holofernes, seducirlo e, inclusive, lograr la invitación a un banquete. En esta cena, Holofernes tomó de más y, llegada la hora avanzada, se desplomó dormido en su tienda. Judit, tras realizar una oración, cortó la cabeza del general, salió del campamento y la entregó a los de su pueblo, quienes, al alba, colgaron la cabeza de la muralla y se dispusieron a atacar el campamento asirio. Cuando éstos fueron a despertar a su general, lo encontraron decapitado, y en el temor y la confusión, huyeron. Así fue como Judit (la judía) salvó a su pueblo (Israel) y, en tiempos de guerra y peligro, la valentía de una mujer rescató a muchos de la cobardía de los magistrados.
En el documento “La interpretación de la Biblia en la Iglesia” de la Pontificia Comisión Bíblica, se dice que
Esta
b) Arbitrariedad: lo arbitrario es aquello definido por la voluntad individual o el capricho. En la Iglesia, donde debe primar la comunión en el amor, actuar por capricho es anti-cristiano y anti-discipular. Una lectura caprichosa de la Biblia sucede, por ejemplo, cuando tomamos un pasaje de la Escritura con un pre-concepto de lo que pretendemos hallar, lo que pretendemos que Dios nos diga o lo que nos convendría escuchar. Entonces, la lectura es guiada por nuestro querer, no por la Voluntad de Dios. Leemos mecánicamente, pues ya sabemos lo que nos diremos a nosotros mismos. Arbitrariamente rechazamos la Palabra que nos dirá el querer de Dios y elegimos nuestro nuestro. Arbitrariamente cerramos los oídos y el corazón con prejuicios y pre-conceptos. Arbitrariamente obviamos la comunión, porque el capricho es lectura individual, no lectura comunitaria, y la Biblia es el Libro del Pueblo de Dios, de todos, no de algunos. La Palabra no fue escrita como revelación individual, sino Revelación para toda la humanidad, para todos los hombres y mujeres. Leerla individualmente, por capricho o con arbitrariedad, es contrariar el espíritu de la Biblia.
El Cantar de los Cantares es un libro bíblico que, ciertamente, asustó a muchas generaciones cristianas, signadas bajo el precepto de lo malo de la sexualidad. Hubo grandes discusiones sobre si aceptarlo o no como Palabra de Dios, pero hoy no es serio hablar de dudas, y ahí está incluído en el canon, como obra que aún inquieta y no deja plena certeza de tranquilidad, como poema que incomoda hasta al más liberal de los exégetas.