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Desde el reverso de la historia / Fiesta de Navidad – Ciclo B – Mt. 1, 1-17 / 25.12.11

1 Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham:

Abraham fue padre de Isaac; Isaac, padre de Jacob; Jacob, padre de Judá y de sus hermanos. 3 Judá fue padre de Fares y de Zará, y la madre de estos fue Tamar. Fares fue padre de Esrón; 4 Esrón, padre de Arám; Arám, padre de Aminadab; Aminadab, padre de Naasón; Naasón, padre de Salmón. 5 Salmón fue padre de Booz, y la madre de este fue Rahab. Booz fue padre de Obed, y la madre de este fue Rut. Obed fue padre de Jesé; 6 Jesé, padre del rey David.

David fue padre de Salomón, y la madre de este fue la que había sido mujer de Urías. 7 Salomón fue padre de Roboám; Roboám, padre de Abías; Abías, padre de Asá; 8 Asá, padre de Josafat; Josafat, padre de Jorám; Jorám, padre de Ozías. 9 Ozías fue padre de Joatám; Joatám, padre de Acaz; Acaz, padre de Ezequías; 10 Ezequías, padre de Manasés. Manasés fue padre de Amón; Amón, padre de Josías; 11 Josías, padre de Jeconías y de sus hermanos, durante el destierro en Babilonia.

12 Después del destierro en Babilonia: Jeconías fue padre de Salatiel; Salatiel, padre de Zorobabel; 13 Zorobabel, padre de Abiud; Abiud, padre de Eliacím; Eliacím, padre de Azor. 14 Azor fue padre de Sadoc; Sadoc, padre de Aquím; Aquím, padre de Eliud; 15 Eliud, padre de Eleazar; Eleazar, padre de Matán; Matán, padre de Jacob. 16 Jacob fue padre de José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, que es llamado Cristo.

17 El total de las generaciones es, por lo tanto: desde Abraham hasta David, catorce generaciones; desde David hasta el destierro en Babilonia, catorce generaciones; desde el destierro en Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones. (Mt. 1, 1-17)

El problema de los años

La liturgia católica propone varios textos de los Evangelios para celebrar la fiesta de la Navidad, y para hacerlo en distintos horarios o momentos del día, desde el 24 de diciembre hasta el 25 de diciembre. La mayoría de estos textos pertenecen a Mateo y a Lucas, y uno a Juan. Para esta ocasión, el comentario va sobre la genealogía inicial del Evangelio según Mateo.

Esta genealogía ha causado controversias hasta cierta época donde, casi unánimemente, se aceptó su construcción como recurso literario y teológico. Varios biblistas explotaron su cabeza, a través de los siglos, intentando congeniar la genealogía de Mateo con la de Lucas (cf. Lc. 3, 23-28); cosa que resulta imposible. Y varios más se esmeraron en incluir catorce generaciones en cada tiempo histórico que marca Mateo deliberadamente. Algunas soluciones esbozadas fueron la posibilidad de que Mateo utilizase la genealogía de José y Lucas la de María, o que Mateo se apegase a un conteo de años de tipo bíblico. De todas maneras, los hechos exegéticos superaron esa visión, y hoy por hoy no es sostenible el intento de compatibilizar ambas listas, ni tampoco las cuentas matemáticas rebuscadas para congeniar generaciones y años históricos. La intención de Mateo está puesta en otro lado. De todas maneras, hagamos cuentas: catorce generaciones, asumiendo que el tiempo promedio de cada generación son cuarenta años, cubren un rango de 560 años aproximadamente. El período comprendido entre Abraham y David es de 800 años (en un cálculo histórico), lo cual supera rotundamente la capacidad de catorce generaciones para cubrirlo. Luego, entre David y el exilio a Babilonia, la cantidad de años son unos 400, donde las catorce generaciones sobrarían. La tercera sección, en realidad, es la más probable, ya que desde el exilio babilónico hasta los tiempos del nacimiento de Jesús pasan 600 años.

Pero aparte de la cronología de las generaciones, tenemos que remarcar, por ejemplo, que la situación de Salmón y Rajab, unidos por Mateo, resultan distantes en la historia bíblica, perteneciendo ella a una época, por lo menos, cien años anterior a él. Y ni qué decir de los tres reyes y la reina omitidos entre Jorám y Ozías, salteando cuarenta y nueve años, o la falta de mención de Joacaz y de Joaquín. La última lista de catorce, que reconocimos como la más probable, también tiene un obstáculo que saltear, y es que con once nombres cubre 600 años, entre Zorobabel y José.

Navidad irregular

La genealogía de Mateo quiere transmitir un mensaje teológico. O mejor dicho: varios mensajes. Un aspecto llamativo (entre tantos) es la presencia de las mujeres. Vamos a focalizarnos allí. En realidad, las anteriores genealogías bíblicas, como la del capítulo 11 de Génesis (cf. Gn. 11, 29), la de Najor (cf. Gn. 22, 20-24), o la del capítulo 2 de Crónicas (cf. 1Cron. 2, 18-24), incluyen en su listado al sexo femenino. Por lo tanto, lo llamativo no es Mateo como hecho aislado, sino la Biblia como texto oriental, judío, que incluye a las mujeres en su sistema de reproducción patriarcal. Prueba de este patriarcalismo es la fórmula que menciona cómo un varón engendra otro varón, repetida 39 veces en el texto que leemos hoy, y utilizada ya en el Antiguo Testamento (cf. Rut. 4, 18-22). Pareciese que no es necesaria la mujer para engendrar, asumiendo que el varón es el encargado de dar y transmitir la vida. Paradójico, cuando se piensa que la mujer era la señalada como estéril cuando una pareja no concebía. Así, el sexo femenino no recibía participación en el poder de dar vida, aunque sí la condena como obstáculo para la procreación. De esta manera, el varón salía indemne de la ecuación y mantenía una posición de privilegio que lo catalogaba como dador de vida, equiparable a Dios.

Por lo tanto, cualquier genealogía bíblica que incluyese a las mujeres rompía los esquemas teológicos. De alguna manera, incipiente, la mujer participaba en la creación de la vida. Por eso lo característico de Mateo no es la inclusión del género femenino, sino las mujeres específicas que incluyó en su listado. Son cinco: Tamar, Rajab, Ruth, Betsabé y María. De la primera, Génesis nos cuenta cómo engañó a Judá, su suegro, para concebir (cf Gen. 38), debido a que los hermanos, hijos de Judá, no le habían dado descendencia. El fruto de esta unión son los mellizos Peres y Zéraj. Rajab es la mujer que, en los inicios del libro de Josué, le brinda una ayuda al ejército israelita para ingresar a Jericó. La palabra que la designa como prostituta, puede que se refiera, más bien, a una mujer de alta clase social, de buena posición, por eso no nos aferraremos a ese dato, sino más bien a su condición de pagana y a su habilidad para sobrevivir. La tercera, Ruth, es llamada la moabita (del pueblo de Moab), y en la novela que lleva su nombre se cuenta cómo, tras duras penurias, logra casarse con Booz, un israelita. Betsabé es nombrada por Mateo como la mujer de Urías, soldado del ejército de David que fue enviado por éste a la batalla para que lo asesinaran y, de esa forma, el rey pudiese tener a su mujer (cf. 2Sam. 11-12). Finalmente, María, la madre de Jesús, embarazada de una manera dudosa, habitante de un pequeño poblado de la Galilea.

A estas mujeres señaladas por Mateo las atraviesa una característica básica: tienen relaciones irregulares con los varones, y estas relaciones tienen que ver con el hecho de engendrar/sobrevivir. Tamar concibe de su suegro, y lo hace expresamente para tener descendencia, como bien ella lo afirma. Rajab aloja varones espías y forasteros en su casa (lo que genera suspicacia; y si tomásemos la acepción de prostituta, más aún), lo que le permitirá a ella y a su familia, sobrevivir a la toma de Jericó. Ruth es extranjera y vive con otra mujer, su suegra; enamorando a Booz se convierte en abuela del rey israelita David, a pesar del matrimonio mixto. Salomé comete adulterio con el rey, y su hijo será el futuro rey: Salomón. Finalmente, María es una mujer casada/comprometida, que todavía no ha tenido relaciones sexuales, y sin embargo se encuentra encinta de quien es el Mesías. Cinco mujeres en situación irregular (un cierto incesto, ¿prostitución?, origen pagano, adulterio, embarazo misterioso) sobreviven y engendran vida, se hacen partícipes activas de la historia de salvación, se involucran de manera inteligente. Porque su irregularidad no las hace inútiles, sino que las incentiva a crear desde su marginalidad, a modificar su situación complicada por un camino abierto a la vida.

Quizás esa sea una clave de esta genealogía y una pista hermenéutica para leerla en Navidad: de la marginalidad, construye Dios un camino de vida. Pero no lo hace solo, sino con los marginales. Será con las mujeres irregulares que prolongará la vida que salva. Será desde una situación complicada, condenada socialmente, que la alternativa de la gracia se expandirá. Navidad tiene mucho de esto, de marginales que cambian la historia, de irregulares como fuerza histórica. Las imágenes de Belén, del pesebre, de Herodes persiguiendo (más propio de Mateo), de los pastores (más propio de Lucas), son imágenes de lo pequeño abriéndose paso con la asistencia divina. Navidad sucedió en el reverso de la historia, en la parte polvorienta y olvidada de la historia. Navidad sucedió entre los que nadie tenía en cuenta. Las mujeres de la genealogía nos recuerdan eso.

¿Dónde sucede la Navidad hoy? ¿O dónde creemos que sucede? Porque muchos creen que sucede entre las mesas abarrotadas de manjares. Muchos validan esas mesas con al excusa de la reunión familiar. Pero eso es lo que creemos ilusamente. Navidad sigue sucediendo en el revés de la historia. Navidad sigue siendo irregular. Hemos realizado un proceso de secularización de la fiesta para adaptarla a nuestra ética y a nuestros nuevos principios de sociedad, pero eso no significa que lo genuino de la Navidad haya cambiado. En las mujeres y varones irregulares de hoy se presenta Dios con la intención de abrir su camino de gracia. Y es en la irregularidad, sobre todo, de aquellos que no pueden celebrar nuestra navidad de manjares, la irregularidad de los estigmatizados que tienen que celebrar en la oscuridad y en el silencio. Allí aparece la gracia de Dios que tiene la intención de modificar la historia hacia su plenitud. Lo ha hecho en Belén y lo seguirá haciendo.

El Dios que convierte lo pervertido / Trigésimo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 18, 9-14

Y refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo también esta parábola: “Dos hombres subieron al Templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, de pie, oraba así: ‘Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas’. En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ‘¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!’. Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado”. (Lc. 18, 9-14)

Los fariseos aparecen sistemáticamente en el Evangelio según Lucas. Principalmente, entre los capítulos 5 y 7, luego entre los capítulos 11 y 19, con presencia continuada. Para muchos estudiosos de la vida de Jesús, es imposible comprenderlo a Él sin el movimiento fariseo. Para algunos, Jesús era fariseo, para otros pertenecía a un partido completamente opuesto. Para otros tantos, su mensaje evangélico es heredero del farisaísmo con modificaciones pequeñas y sustanciales. Quizás, uno de los mejores resúmenes a este problema esté en Mt. 23, 3: “Ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan [escribas y fariseos], pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen” (Mt. 23, 3). Lo que Jesús critica es la hipocresía de algunos que se consideraban más justos que el resto del pueblo, y las reglas que, devenidas de ese sentimiento, creaban una separación social deformando la relación con Dios. La doctrina farisea no es totalmente errónea ni mucho menos, pero si el espíritu que la impulsa es la comercialización con Dios y la división entre justos e injustos, entonces no es compatible con el Evangelio. Seguramente, Jesús sentía cierta afinidad por algunos grupos de fariseos, lo cual explica, paradójicamente, sus enfrentamientos; si hay tanta interrelación entre el Maestro y ellos, es porque se encontraban en varios puntos. Esa cercanía da conocimiento, y ese conocimiento permite la crítica. Jesús come con fariseos, pero no por eso deja de remarcar lo que considera una perversión de la religión.

El texto de hoy comienza aclarando a quiénes se dirigirá la parábola. Hay algunos que se tienen por justos y desprecian a los demás; ellos son los que tienen que prestar más atención. El concepto de justo en el Antiguo Testamento es simple y complejo a la vez. La raíz tsaddaq (justo, justicia) se encuentra 523 veces en todo el Antiguo Testamento; de ellas, 139 veces en los Salmos y 94 en los Proverbios. Estos dos libros, justamente, hacen mucho hincapié en la cualidad de justo de Dios y en el personaje israelita creyente, designado como justo. El Salmo 112 establece algunas características de esta condición: es justo el que teme al Señor y se deleita con sus mandamientos, el que presta con generosidad y no es fraudulento en los negocios, el que tiene el corazón firme en el Señor, el que reparte sus bienes entre los pobres. Esta definición, no obstante, tiene un componente peligroso, porque el mismo Salmo asegura que el justo abundará en riquezas y sus hijos dominarán el país. Encontramos allí una doctrina de retribución. Por las obras buenas recibe una recompensa terrenal económica. Por dar dinero a los pobres, se aumentan sus riquezas. Por no ser fraudulento en los negocios, su descendencia domina al resto. Explícitamente, la justicia conllevaría un estado de bienestar material. Esto da pie a la negociación con Dios. Si ser justo trae beneficios, entonces no tendría sentido no serlo. La vocación de la justicia no estaría en el prójimo, sino en un egoísmo disfrazado que espera las regalías. De esta confusión reniega Jesús. El sentido último de hacer justicia es el otro, no yo mismo. Si soy justo por mí, entonces estoy a un paso de la hipocresía, porque entiendo los mandamientos del Señor como hoja de instrucciones para llegar al premio. Deleitarse en los mandamientos de Yahvé no es cumplirlos a rajatabla para cobrar el galardón. Deleitarse es saborearlos, entenderlos, degustarlos en la belleza que tienen; y la mayor belleza de los mandamientos está en el amor. La justicia es una obra de amor. Algunas concepciones teológicas que consideran como atributos opuestos la justicia de Dios y su misericordia son limitantes. La misericordia divina implica la justicia; lo justo es una expresión más de Dios, que es todo Amor.

Por la tergiversación en el sentido de la justicia es que muchos fariseos predicaban la limosna, por ejemplo, pero no la realizaban como verdadero acto de amor al prójimo, sino buscando la recompensa divina. La limosna era el pequeño sacrificio para obtener un beneficio mayor: riquezas. Y así como nombramos la limosna, tenemos el ayuno, el diezmo y la oración. Justamente, la parábola que leemos hoy está estructurada de acuerdo a estos tres últimos ejemplos. Uno de los protagonistas es un fariseo orando y alardeando de su ayuno y su diezmo. Está presentando el recibo de lo que Dios le adeuda. Pero como si esto fuera poco, duplica la apuesta. Según su oración, él no es como los demás seres humanos. No es, según el original griego, jarpax (rapaz), adikos (sin derecho), moicos (adúltero) o telones (publicano). Todo lo contrario. Él ayuna dos veces por semana cuando la Ley lo exige un solo día al año, para la Fiesta de la Expiación (cf. Lv. 16, 29-31; Lv. 23, 27-29; Num. 29, 7), y paga el diezmo de todas sus entradas cuando la Ley sólo exige la décima parte de lo que produce la tierra (cf. Lv. 27, 30) y la décima parte del ganado (cf. Lv. 27, 32). En tanto y en cuanto el fariseo cree hacer de más, supone que Dios le retribuirá también de más.

El publicano está en el otro extremo de la oración. Los dos oran de pie, porque esa es la posición judía para la oración. Pero no alardea de supuestas buenas obras ni muestra el recibo de sus actos. Su oración es desde la distancia del arrepentimiento y con los ojos sin levantar, en signo de humildad. Reconociéndose pecador, se siente indigno de llevar la frente en alto. No saca a relucir otra cosa que su propia condición humana. En su oración lleva lo que es, no lo que hace. No viene a exigir ni a comparar. Su expresión está inspirada en el Salmo 51, a la vez inspirado en la situación de arrepentimiento del rey David tras su pecado con Betsabé y la recriminación del profeta Natán (cf. 2Sam. 11-12). No hay más que una oración para el arrepentido: que Dios tenga piedad. Así como David, a pesar de sus pecados, es el rey predilecto de Yahvé, este publicano vuelve a su casa justificado. El secreto de ambas situaciones está en la capacidad de arrepentirse y pedir perdón. Hojeando la historia de David en el Antiguo Testamento, a cualquiera le puede surgir la válida pregunta sobre por qué es presentado como modelo de fe cuando sus méritos no son tan notorios como sus grandes pecados. Y es que David es modelo de arrepentimiento. Su profunda comprensión de Dios proviene de su profunda comprensión del perdón que proviene de Dios. El fariseo de la parábola cree tener todo el conocimiento sobre lo divino; cree saber cómo manejarse ante el Supremo; cree que la dinámica consiste en presentar la nota de buenas acciones para recibir la paga. Y la realidad es que no ha entendido nada. El que verdaderamente es un erudito en Dios es el publicano. Como David, se reconoce pecador y necesitado de perdón. Y sabe que la única fuente original del perdón es Dios mismo.

Este Dios del perdón es el Dios justo. Por eso el publicano vuelve a su casa justificado. El tema de la justificación es un concepto complicado, sobre todo por la historia que arrastra en el veterano enfrentamiento de católicos y protestantes. Lo cierto es que la justificación puede resumirse como la condición de justo que recibe un injusto. El publicano vuelve a su casa convertido en justo a los ojos de Dios. Al reconocerse pecador, asume y transforma su pecado. Es justo porque Dios lo ve como tal. El fariseo, en cambio, al no reconocer sus pecados, al no asumirlos y transformarlos desde el arrepentimiento, no está justificado. Dios no puede regalar la condición de justo a alguien que no se reconoce como tal. Al creerse completo, perfecto, cierra la puerta al amor de Dios. Si es perfecto, entonces Dios no tiene nada que hacer en su vida. Aquí se enlaza una de las expresiones jesuánicas como: “No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos” (Lc. 5, 31). Dios plenifica al ser humano que asume no estar completo. El problema del farisaísmo que recalca Jesús es la sensación de plenitud. El fariseo se cree completo con las obras que realiza. No necesita, en realidad, de Dios, porque todo lo puede en su ayuno, en su limosna, en su acudir al Templo. La justicia, entonces, no es un atributo de Dios, sino un valor de intercambio que regiría las relaciones. La justicia sería un comercio, una cuestión económica. El amor de Dios, algo comprable.

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El inicio de esta parábola tiene alguna relación con el inicio de la parábola del padre misericordioso (cf. Lc.  15, 11). Un hombre tenía dos hijos, y a la larga nos damos cuenta que muy distintos. Uno de ellos era públicamente pecador y arrepentido; el otro era el supuestamente justo que vivía en la casa del padre. El menor, el pecador arrepentido, resulta ser, a pesar de la distancia, el que mejor comprende al padre. Lo conoce tanto que fue capaz de volver tras dilapidar su herencia para buscar comida. El mayor, el justo, a pesar de convivir con el padre, no lo conocía, y creyó que echaría a patadas al menor, en lugar de recibirlo con un agasajo. En el caso de hoy, el fariseo es como el hermano mayor, que se cree conocedor de Dios y lo identifica como un despreciador de publicanos. El publicano, en cambio, sabe que la médula de Dios es el amor, y allí está el perdón. Sabe que puede ir al Templo a implorar perdón y que lo recibirá. No tiene valor para levantar la frente, pero confía en que será levantada por el Padre.

El Evangelio de Jesús predica al Dios en el que cree el publicano. El Dios de los pecadores. Afirmar que un adúltero o un ladrón pueden conocer más a Dios que un teólogo o que un miembro del clero, es arriesgado. Sin embargo, la parábola lo deja entrever. Muchos, en la Iglesia, pretenden comercializar la salvación con Dios. Que se salven los que traigan una lista más grande de buenas obras. Pero Jesús propone que el ensalzado sea humillado y el humillado ensalzado. La salvación no está en la cantidad de buenas obras, sino en la capacidad de reconocer las limitaciones. Saberse débil para ser completado por Dios. Saberse pequeño para ser engrandecido. Saberse último para ser primero. La evangelización, por ende, no puede focalizarse en determinar las condiciones de la salvación. Muchos misioneros organizan reuniones para transmitir cuáles son las exigencias que abren la puerta del Reino, a saber: no robar, no matar, no levantar falso testimonio ni mentir, no codiciar bienes ajenos, etc. Pocos comunican la plenitud que viene de Dios. Pocos explican que a Dios no se le presenta la historia buena, sino la historia per-vertida para que Él la vuelva historia con-vertida. Eso es lo que hace el publicano: lleva al Templo su per-versión para hacer efectiva su con-versión.

¿Cuántos de nuestros templos aceptan historias pervertidas en su seno? ¿A cuántos arrepentidos se les abren las puertas? ¿En cuántas Eucaristías dejamos poner sobre el altar lo incompleto? Tenemos la errónea concepción de que a las celebraciones sólo se puede llevar lo considerado justo. Por eso no recibimos a los pecadores públicos y miramos con mala cara a quien se equivoca en algún paso del ritual litúrgico. Todo debe ser perfecto para demostrarle a Dios nuestra perfección y, así, que no lo necesitamos. ¿Será ese el tipo de oración que quiere el Padre? ¿Le gustan las oraciones farisaicas, donde alardeamos nuestras buenas obras? ¿No querrá más bien ver los templos repletos de pecadores, de gente incompleta? ¿No querrá últimos, humildes, pequeños? La forma que elijamos para orar/celebrar es la forma de pararnos frente a Dios: con el corazón altanero (“El corazón altanero es abominable para el Señor, tarde o temprano no quedará impune” del Prov. 16, 5) o con el corazón contrito (“Tú no desprecias el corazón contrito y humillado del Sal. 51, 19b).