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Cuarenta días para cambiar el mundo / Primer Domingo de Cuaresma – Ciclo B – Mc. 1, 12-15 / 26.02.12

12 En seguida el Espíritu lo llevó al desierto, 13 donde estuvo cuarenta días y fue tentado por Satanás. Vivía entre las fieras, y los ángeles lo servían.

14 Después que Juan fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo: 15 “El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia”. (Mc. 1, 12-15)

 

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Culminado el bautismo en el Jordán y la revelación al salir del agua, Jesús es empujado al desierto. Muchas traducciones prefieren utilizar el verbo llevar o conducir, pero lo cierto es que Marcos interpreta la acción del Espíritu en Jesús como un empujón o una expulsión (ekballo en griego). Jesús es arrebatado por el Espíritu que lo lleva casi a la fuerza, obligándolo a separarse del Jordán y del Bautista. Debe ir al desierto. Es el mismo Espíritu que descendió sobre Él en el bautismo. Pero no quiere que permanezca allí. Es tiempo de otra cosa, otro punto de vista en la misión, otra realidad del Evangelio.

Algunos comentaristas no están de acuerdo en interpretar esta acción del Espíritu en Jesús como un arrebato profético, como algo que excede la propia voluntad de Jesús. Consideran que interpretar ekballo como un vocablo que connota expulsión es demasiado. Pero en el texto a secas, es notable la falta de participación de la voluntad de Jesús en esta decisión de ir al desierto, o al menos, la ausencia literaria de esa voluntad. Otros comentaristas, en cambio, sí creen ver un arrebato profético, una posesión por parte del Espíritu de Dios de la persona de Jesús. Esta posesión es bien descripta por Jeremías: “Había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajaba por ahogarlo, no podía” (Jer. 20, 9b). El profeta es empujado a hablar, Jesús es empujado al desierto. El Espíritu penetra hasta los huesos y enciende un fuego irresistible, imposible de apagar. Jesús es un profeta de Dios, entre otras cosas. Ha recibido el Espíritu. No es un extático que, entrando en trance, se desentiende del mundo para entenderse con la esfera celestial. Su vínculo con el Espíritu está en la acción misma. Su éxtasis es el movimiento, la dinámica. Por eso se deja empujar al desierto (a Marcos no le interesa mucho la situación geográfica concreta de este desierto), para vivir el período de cambio, de transformación hacia el modelo de Evangelio del Reino.

 

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El desierto al que se introduce Jesús, y la cantidad de días que permanece allí, son reminiscencias de Israel. Cualquier israelita puede asociar el número cuarenta con su historia. Son cuarenta los días que dura el diluvio según Gen. 7, 12; son cuarenta años los que vaga Israel por el desierto según el Sal. 95, 10; son cuarenta los días que pasa Moisés en el Sinaí para escribir las tablas de la Alianza, según Ex. 34, 28; son cuarenta los días que marcha Elías hasta el monte Horeb para encontrarse con Dios, según el relato de 1Rey. 19, 8. Hay más ejemplos bíblicos, pero estos son suficientes para sentar el significado del número cuarenta. Tradicionalmente, se ha afirmado que cuarenta años o días son un período de prueba, que en cierto sentido no es equivocado. Pero parece más conveniente plegarse a la opinión de que cuarenta es el tiempo del cambio, o el tiempo que prepara el cambio. Tras el diluvio, se genera la Alianza de Dios con toda la humanidad, es el renacer de una nueva época. Tras el peregrinar en el desierto, Israel ingresa a la Tierra Prometida, y cambia radicalmente desde su economía (de nómades a sedentarios) hasta su concepción religiosa (del Dios de la Tienda que camina junto al Pueblo, al Dios del Templo establecido). Tras la marcha de Elías, se encuentra con Yahvé en el Horeb y recibe las indicaciones para nombrar a los nuevos reyes y al profeta que lo sucederá en la nueva etapa. Los cuarenta días marcan el cambio, el paso, la transformación de la situación. Jesús está por cambiar su praxis, pero simbólicamente, toda la vida (y muerte) de Jesús es un cambio para la humanidad, un giro en la historia. Por eso la descripción de la estancia en el desierto juega en Marcos un papel extremadamente simbólico. Puede que en el fondo esté el Jesús histórico que pasó un tiempo en el desierto (con Juan el Bautista o después de separarse de Juan), pero hay sobre todo una simbología supracósmica y en resumen de lo que es la vida y la muerte de Jesús. Como bien lo relata el autor, mientras el protagonista batalla con las fuerzas del mal, exorcizando, curando, enseñando, predicando y liberando, cuando parece sólo un hombre frente a un sistema injusto y pecador, es también el Hijo de Dios, acompañado por ángeles, que obtendrá la victoria. El Jesús tentado es el Jesús terriblemente humano, el Jesús servido por ángeles es el Jesús terriblemente divino.

Entre estas figuras que acompañan el desierto de Jesús se destaca Satanás. Marcos prefiere la forma semita de designarlo: Satán, antes que el griego Diabolos (Diablo). La Biblia se encarga de ser escueta y medida respecto a la información sobre esta personificación del mal. El gran peligro es interpretarlo de forma dual, como un dios malo, con igual poder y dominio que Yahvé. Para la Biblia, se trata principalmente de un ser creado por Dios (por lo tanto, inferior a Él), miembro de la corte angélica (cf. Job 1-3), simbólicamente representado por la serpiente (cf. Gn. 3, 1; Sab. 2, 24). Satán significa adversario. Es el que se opone al Reino de Dios. Lo hace con acusaciones y con tentaciones. Su oposición, en el Evangelio según Marcos, tiene mucho que ver con limitar la plenitud del ser humano. Satanás y los espíritus impuros causan la posesión, la enfermedad, la locura y la perversión del sistema religioso. Son los obstáculos a la realización humana; el mal que no deja al humano ser verdaderamente humano según los designios originales de Dios. A ese mal viene a derrotar Jesús. Por eso lo enfrenta cara a cara en el desierto, y lo enfrentará durante toda su vida y su muerte. El mensajero del Reino de Dios viene, definitivamente, a derrotar la mayor oposición del ser humano. Es el Reino de la liberación que destruirá el imperio de la opresión, para que el ser humano sea verdaderamente libre. Esta es la imagen completa de la lucha supracósmica, con los ángeles sirviendo al Hijo del Hombre.

Junto a estos seres espirituales y Jesús se encuentran también las fieras o bestias salvajes. El término en griego que los designa puede designar animales no domesticados o animales peligrosos. Respecto a la presencia de estas fieras en el desierto de Marcos hay varias interpretaciones. Pueden ser animales propios de un lugar geográficamente desierto; pueden ser un símbolo del mal, específicamente de la serpiente, según algunos textos que describen la serpiente como bestia salvaje (cf. Hch. 28, 4); pueden ser las fieras que representan a los grandes poderes del mundo, sobre todo políticos, siguiendo la tradición apocalíptica (cf. Dn. 7); o pueden ser animales que evocan la armonía de la Creación, cuando el ser humano habitaba con ellos en convivencia ideal, representando el regreso de los últimos tiempos a los tiempos originales, según la literatura judía apocalíptica que menciona bestias que dejan de ser peligrosas en la época mesiánica (al respecto, también cf. Is. 65, 25a).

 

Lo de Jesús es lo de la Iglesia

Si el desierto de Marcos es una escena simbólica de resumen cósmico, entonces las fieras pueden ser los poderes mundanos, que junto a los ángeles (poderes del bien) y Satanás (poderes del mal) conforman la tríada sobre la que el Hijo de Dios debe hacer equilibrio para llevar adelante su misión. Este equilibrio sólo es posible si el Hijo se deja guiar por el Espíritu del Padre. Este resumen cristológico es resumen eclesiológico. Si la comunidad quiere resistir, permanecer, ser fiel, debe dejarse empujar por el Espíritu y equilibrarse según ese Espíritu divino. Los ángeles estarán a su servicio, pero habrá fieras y habrá Satanás. Equilibrarse en el escenario de la existencia es enfrentarse a un sinnúmero de variables y de fuerzas de muerte y de vida. Están los ángeles sirviendo, sosteniendo la vida de Dios que se inició en la armonía de la Creación, pero también está Satanás oprimiendo, esclavizando; y están los poderes mundanos (el dinero, la politiquería, el prestigio social) interponiéndose, confundiendo, amenazando.

El mundo en el que se inserta la Iglesia es el mundo de las tentaciones y los obstáculos. La comunidad de Marcos lo sabe. Hay persecuciones y está la posibilidad de ser reconocido por los otros hermanos como alguien importante dentro de las comunidades. Está la amenaza externa y la carrera interna de prestigio. Está la cruz romana y la gloria de ser superior a los otros. Pero en medio de todo ello, están los ángeles y el Espíritu. Si la Iglesia se olvida de ellos, si no presta atención a las fuerzas del bien que sostienen la vida ni al Espíritu que empuja, moviliza y profetiza, no puede hacer equilibrio, y desequilibrada se rompe, se raja, se despedaza. Y rota, rajada y despedazada, la Iglesia no transmite vida al mundo.

Tiempo de cambiar las redes / Tercer Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B – Mc. 1, 14-20 / 22.01.12

14 Después que Juan fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo: 15 “El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia”.

16 Mientras iba por la orilla del mar de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que echaban las redes en el agua, porque eran pescadores. 17 Jesús les dijo: “Síganme, y yo los haré pescadores de hombres”. 18 Inmediatamente, ellos dejaron sus redes y lo siguieron. 19 Y avanzando un poco, vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban también en su barca arreglando las redes. En seguida los llamó, 20 y ellos, dejando en la barca a su padre Zebedeo con los jornaleros, lo siguieron. (Mc. 1, 14-20)

 

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El arresto de Juan, que se resolverá más adelante, en Mc. 6, 17, marca un quiebre escénico que pone a Jesús en la situación de tomar la posta del Bautista y llevarla a otro nivel. Así resulta que, habiendo llegado de Galilea para ser bautizado, Jesús vuelve a su provincia. Galilea estaba ubicada al norte de Palestina, y para el tiempo de Jesús, toda la zona oeste de la provincia se encontraba poblada por muchos gentiles, sobre todo los centros urbanos helenizados. Por esta razón, los galileos son considerados un pueblo mezclado (según los judíos de Judea), pervertido por su contacto con las formas y tradiciones paganas. Nadie espera, religiosamente, que la salvación provenga de Galilea. Sí ha sido un territorio de revueltas, donde algunos caudillos han intentado levantarse en armas contra Roma. La tierra está parcelada para los terratenientes, en muchas oportunidades extranjeros, que explotan al campesinado y a los jornaleros ocasionales. Otra parte de la población es de la clase media galilea, que en la realidad es una clase trabajadora que consigue, a diario, lo justo y necesario para la subsistencia (comida e impuestos).

Allí se dirige Jesús. Allí comenzará su anuncio del Evangelio. Las razones históricas de Jesús para optar por Galilea pueden estar en el arresto de Juan, quizás sucedido en las zonas limítrofes de Judea, Samaría y Galilea, lo que lo lleva a alejarse de los lugares comunes del Bautista, por razones de seguridad; pero también está la razón intrínseca del Evangelio, que como irá desarrollando el libro, es un anuncio para los pobres, para los que viven condenados por la religión, para el que no encuentra un horizonte claro en su vida. Galilea se presenta como el principio del Evangelio porque allí están los sometidos por los terratenientes, los mendigos que se han quedado sin tierras, expoliados por el capital extranjero, los hambrientos, los endemoniados. Para Marcos, redactor, Galilea es vital. Algunas hipótesis se inclinan a pensar que la importancia de Galilea derivaría en que Marcos escribe desde la Galilea del año 60-70 d.C., constituida por la Galilea palestina de la época de Jesús más un añadido territorial al norte, incluyendo parte del sur de Siria. Esta Gran Galilea, según varios historiadores, sería un sitio adecuado para situar la redacción de este Evangelio, sobre todo por su composición pagano-judía y su presencia romana. La otra hipótesis es que Marcos resalta la importancia de Galilea porque era creencia, en algunas primeras comunidades cristianas, que el regreso definitivo de Jesús se produciría en Galilea, y allí había que esperar la Parusía.

A los fines hermenéuticos, para la lectura del libro de Marcos, Galilea está asociada a la Buena Noticia del Reino. Marcos deja en correlación el Evangelio de Dios con el Evangelio del Reino, dando a entender que se trata del mismo mensaje. Esta asociación entre Evangelio y Reino puede rastrearse en el Tárgum de Isaías 52: “¡Cuán magníficos son sobre los montes del país de Israel los pies del que trae buen mensaje [evangelio], que proclama la paz, que anuncia cosas buenas, que proclama redención, el que dice a la comunidad de Sión: El reinado de tu Dios se ha revelado!”.

 

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Jesús es evangelizador en cuanto proclama un Evangelio que viene de Dios y que se refiere al Reino de ese Dios Padre. Las discusiones sobre la posibilidad de que la frase contenida en este versículo sea completamente elaborada por el Jesús histórico o transformada y modificada por la Iglesia, no empañan el sentido de la misma. Ciertamente, en el fondo de esta declaración de Jesús está el resumen de su pensamiento y de su proclamación, que posteriormente será incorporado por la Iglesia como su propio resumen, ya no referido directamente a Dios, sino a Dios mediante Jesús.

La proclama comienza con la certeza de que el tiempo se ha cumplido, lo que en griego se dice kairos pleroo. Kairos señala tiempos o períodos de tiempo no determinados por reglas establecidas (calendario, semanas, meses), sino por sucesos. Kairos son los tiempos que poseen características particulares, especiales, los tiempos peculiares, propicios. La irrupción de Jesús en la historia es la irrupción del tiempo del Evangelio de Dios. Tiempo que ha llegado porque se ha alcanzado la plenitud necesaria para que suceda. Esta plenitud no puede entenderse en forma paradisíaca. No es la plenitud de la perfección, sino la plenitud de lo que ha quedado pleno por haber sido completado. La palabra griega pleroo puede entenderse como ser llenado. El tiempo que anuncia e inaugura Jesús es un tiempo que ha sido colmado, como si se viniesen acumulando cosas, personas, dichos y eventos para desembocar en esa época. Es la idea de un embarazo, que a los nueve meses es pleno, no porque sea un embarazo perfecto, sino porque ha alcanzado su completitud. Este tiempo completo asociado a la llegada del Mesías, está en íntima relación, también, con la llegada del Reino de Dios que el Mesías viene anunciando. Posteriormente, la Iglesia asociará de manera indisoluble a Jesús con el Reino, como un mensaje único y conjugado, indivisible; pero aún así, Marcos deja entrever que en la historia de Jesús, su Evangelio es el Evangelio del Reino. A lo largo del recorrido por Galilea, y luego en el camino de subida a Jerusalén, Jesús desarrollará las distintas matices del Reino de Dios, sus integrantes, sus enemigos, su dinámica, sus principios, su manera de actuar. Por lo pronto, ante el anuncio estático de la llegada inminente del Reino, un israelita no podía pensar en otra cosa que en el Yahvé Rey que venía a tomar posesión de su trono en Israel para derrotar a las demás naciones y constituir el reino definitivo donde gobiernan los justos (junto a su Dios) sobre los infieles, convertidos o derrotados. La comunidad de Marcos ya sabe que no es así, que Jesús muere en una cruz, y que el Imperio Romano sigue siendo la potencia mundial de la época. Pero será necesario un desarrollo catequístico para entender en profundidad qué es el Reino.

Porque la Buena Noticia es sobre ese Reino, y exige una conversión, una metanoia (según el vocablo griego). Se produce la metanoia cuando alguien cae en cuenta de algo después de haberlo vivido. Es un cambio de la mente (de la mente-alma). Hay cosas que comprender y cosas que modificar en la vida de quien quiere sumarse al Reino.

 

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La orilla del mar es el sitio del nuevo escenario. Así como Galilea será el terreno especial y favorito de Marcos, la orilla del mar tendrá una importancia fundamental en su relato. El mar es, simbólicamente, la habitación de los poderes malignos. En el fondo de las aguas reposan los demonios y bestias monstruosas que acechan las embarcaciones. El mar es una fuerza de muerte que destruye y embiste. Pero a la vez, el mar es el punto de contacto con los otros lejanos, con el mundo, con el paganismo. Cruzando el Mar de Galilea se llega a territorio gentil. Mirando desde la orilla del mar se mira la universalidad, la grandeza de lo desconocido. Los primeros discípulos son llamados a orillas del mar, no sólo porque su oficio los pone allí, sino porque siendo hombres de mar, pueden abrirse a la universalidad, a la mirada lejana, a la apertura.

Este primer llamado de Jesús en Marcos parece no respetar el proceso histórico del discipulado. No median muchas acciones entre la aparición pública de Jesús y el llamado a Simón y Andrés. Quizás, esta precocidad indique uno de los tópicos fuertes y centrales del Evangelio: Jesús y los discípulos. De aquí en adelante, Jesús estará siempre, y en todos lados, con sus discípulos. Lo acompañarán en los milagros, en los exorcismos, en sus prédicas, en sus travesías, en sus caminos. Pero los oyentes de Marcos saben que los discípulos lo han abandonado en la cruz. En la hora de la muerte, Jesús ha estado solo. Marcos pone de manifiesto (y lo hará más patenten en Mc. 3, 14) que el discípulo debe estar con su Maestro, a pesar de todo, y que el abandono es un acto de cobardía.

Simón es el primero de los llamados, es el primer nombre que escuchamos de los que serán discípulos de Jesús. Es un pescador, como su hermano. Algunos estudiosos aseguran que los pescadores eran tenidos por gentes de mala reputación, sucios debido a su trabajo, y con no muy buena paga. Otros ven en los pescadores a un grupo de clase media que, económicamente, sobresalía un poco por encima de la media, con unos ingresos levemente mayores a lo necesario para la subsistencia. Simón recorrerá un largo camino de idas y vueltas con Jesús. La comunidad de Marcos lo conoce, sabe que Jesús le ha dado el nombre de Pedro y que es uno de los primeros testigos de la resurrección, pero Marcos se empecinará en mostrar los problemas de seguimiento que ha tenido Pedro, y cómo su discipulado tuvo que ser corregido y perfeccionado por la cercanía de Jesús.

 

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Los hermanos son llamados a un seguimiento. De esto se trata el discipulado y es lo que simbolizará Marcos en el camino de subida a Jerusalén. Los discípulos siguen el camino del Maestro, comparten la senda con Él. El sígueme es paradigmático. Es un resumen de la vocación de los discípulos. Jesús se lo volverá a remarcar a Simón en Mc. 8, 33-34, cuando se haga evidente que Simón está desviando el camino, tomando otra senda que no es la senda del Reino. El camino no se recorre en soledad, por eso son llamados de dos en dos, como luego serán enviados de dos en dos (cf. Mc. 6, 7). Es un acompañamiento intra-discipular que forma comunidad. Algunos comentaristas gustan hablar de colegiación en el discipulado, pero parece un término que estamos importando al Evangelio desde nuestra experiencia eclesial. Lo que hay es comunión, creada a partir del modelo familiar que Jesús declara superado por el Reino. Los hermanos de sangre deben asumir que hay una fraternidad mayor, y convertirse en hermanos en la Palabra que los convocó.

Siendo pescadores de peces, Jesús lo llama a ser pescadores de hombres. La expresión no es tan fácil de descifrar desde las Escrituras, pero sí desde el sentido común. Asumiendo su profesión, la labor en la que son especialistas, Jesús los convoca para ser especialistas en humanidad. No se trata de pescar en tono proselitista, sino de saber cómo acercarse al ser humano. La contrapartida son los pescadores y cazadores de hombres, descritos por Jer. 16, 16, que persiguen al ser humano. Jesús no quiere eso, no desea una cacería. Hay un giro en el símbolo de Jeremías para hacerlo positivo. Los discípulos son pescadores del tiempo escatológico, del tiempo pleno. Ezequiel vio un río de vida lleno de pescadores en sus orillas (cf. Ez. 47, 10) sobre la tierra final. Los discípulos de Jesús, insertos en el tiempo cumplido de manifestación del Reino, están impelidos por la dinámica de lo escatológico. El tiempo ha llegado. Los pescadores deben apostarse. Ha comenzado a circular el río de vida que sale de Dios. Como pescadores, los discípulos no son sólo espectadores de los sucesos, sino partícipes activos.

 

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El abandono de las posesiones y de los signos de la vida anterior son característicos en el discipulado. La metanoia que predica Jesús se exige concretamente en el llamado vocacional. Un modelo de llamada comparable es cuando Elías encuentra a Eliseo (cf. 1Rey. 19, 19-21), que termina sacrificando sus bueyes y quemando el yugo para unirse al profeta. Es el abandono de lo anterior para incorporarse de lleno a la causa del Reino.

 

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Literariamente, es válido preguntarse si las vocaciones de ambos grupos de hermanos constituían relatos separados o desde siempre estuvieron unidos como lo presenta Marcos. A favor de la separación está el horario de los distintos trabajos. Simón y Andrés están pescando, actividad que se realiza durante la noche. Santiago y Juan están arreglando las redes, actividad que se realiza durante el día. A favor de la unión original está la estructura de ambos llamados, que se repiten en los puntos clave y parecen haber sido creados en paralelo, con la intención de que quedaran como en un espejo. Lo cierto es que nuevamente estamos ante pescadores y la imagen de la red se hace presente.

Santiago y Juan parecen ser más ricos que Simón y Andrés, puesto que su padre tiene jornaleros (empleados). Podemos suponer que Zebedeo es un pequeño empresario pesquero, y que sus hijos están asociados a la empresa de su padre. Ambos discípulos recorrerán, al igual que Simón y Andrés, un largo camino de discipulado, de idas y vueltas, de comprensiones y conversiones. La comunidad de Marcos los conoce también, al igual que Simón: son las figuras fuertes de la primera Iglesia. Pero es necesario que hagan el camino de descubrimiento de estos hermanos intempestivos, preocupados por los honores del Reino.

 

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El abandono, en caso de Santiago y Juan, tiene que ver con la separación de su padre. Deben dejar a Zebedeo y todo lo que Zebedeo significa. En la misma línea anterior de superación de la familia sanguínea para vivir la familia del Reino de Dios, estos hermanos tienen que dejar la casa de su padre, el negocio de su padre y el sistema económico de su padre para incorporarse al movimiento de Jesús. Es una ruptura familiar necesaria para entender que la comunión propuesta por Jesús está en el orden de la Palabra, de la convocación por una causa, pero no por tradicionalismos. La familia hebrea, y sobre todo la posición del padre de familia, eran instituciones intocables de esa cultura. El hijo que abandona a su padre es un descarriado que no puede ser perdonado sin pasar por un castigo. La acción de Santiago y Juan es fuerte, es de ruptura cultural, de quiebre. Como Eliseo llamado por Elías, prenden fuego a lo que los ata para liberarse en pos del Reino.

Simón, Santiago y Juan conformarán, de aquí en adelante, el grupo especial de los tres que acompañan a Jesús en privado. Los tres estarán cuando Jesús reviva a una niña de doce años y cuando suceda la transfiguración. Los oyentes/lectores de Marcos saben que acompañaron a Jesús en la oración agónica en Getsemaní, y también saben que lo abandonaron en la cruz. Andrés desaparece de este grupo selecto hasta el capítulo 13, cuando nuevamente los cuatro pescadores de hombres estarán frente al Maestro, y éste les hablará sobre el final de los tiempos.

 

Seguir una Buena Noticia

Ir detrás de algo bueno no es una novedad. Cualquiera desea ir detrás de lo bueno. El problema está en no identificar, con claridad, cuán buena es la propuesta de Jesús. Y eso sucede, primeramente, por no entender de qué se trata el Reino de Dios. Marcos desarrollará con palabras, y sobre todo con hechos, de qué se trata este mensaje-realidad de Jesús, para que sus oyentes puedan hacerse una idea cabal. A través de los errores y aciertos de los discípulos (de Simón, de Santiago, de Juan) se irá develando qué es y qué no es. Pero desde el principio queda claro que se trata de algo muy bueno, de lo mejor que puede ofrecernos Dios. Por eso exige una conversión, un paso desde las prácticas de muerte a las prácticas de vida, un cambio de miradas, de intenciones, de actitudes.

El problema, como ya dijimos, está en no reconocer lo bueno del Reino, y en ni siquiera saber qué es el Reino de Dios predicado por Jesús. Tenemos conjeturas, suposiciones, creencias y prejuicios sobre el Reino, pero no podemos hacerlo concreto, no podemos expresarlo en nuestros términos. El Reino, que Jesús quiso poner a disposición de la humanidad, aparece abstracto, como una entelequia que soñó Jesús hace dos mil años y nunca tendrá asidero. Por eso no es tan fácil seguir la Buena Noticia. Nadie nos la explica, nadie nos la hace entender, nadie nos la muestra. No nos animamos a seguir lo desconocido. ¿Quién dejaría todo atrás por un Reino que parece de ficción? Nuestra situación respecto a la comunidad de Marcos es distinta cronológicamente en este punto, pero parecida. Ellos necesitaban una profundización que fuese recuerdo del Reino experimentado por los primeros discípulos (los mismos de quienes heredaron primariamente la fe), y nosotros necesitamos una explicación de raíz para recuperar un Reino que parece perdido en los avatares de la historia. Necesitamos un sacudón que nos muestre lo bueno de la Buena Noticia.

Bautizado en el nombre del Padre / Bautismo del Señor – Ciclo B – Mc. 1, 7-11 / 08.01.12

7 Juan dijo: “Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. 8 Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo”.

9 En aquellos días, Jesús llegó desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. 10 Y al salir del agua, vio que los cielos se abrían y que el Espíritu Santo descendía sobre él como una paloma; 11 y una voz desde el cielo dijo: “Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección”. (Mc. 1, 7-11)

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Tras la descripción y las palabras de Juan el Bautista se introduce el Jesús de la vida palestina. Los lectores/oyentes de Marcos saben que hubo muerte y resurrección, pero ahora serán introducidos a los inicios históricos de Jesús. Como si se tratase de un investigador moderno del Jesús histórico, Marcos no vacila en asumir el bautismo en el Jordán como un hecho innegable de la historia, ineludible, y hasta vital para comenzar a andar el recorrido por Judea y Galilea antes de los últimos días en Jerusalén. Este es el segundo inicio jesuánico para la comunidad de Marcos: el primero fue la cruz con la tumba vacía, inicio de la fe y la esperanza en la gracia imposible de Dios; el segundo es el bautismo en el Jordán, inicio de las declaraciones del Padre sobre su Hijo.

La escena jugará un rol muy cristológico, de descripción y proclamación de la naturaleza de Jesús. Existe la posibilidad de que, anterior a la redacción de Marcos, se tratase de dos relatos diferentes: el bautismo y el llamado-vocación. La sutura de ambos relatos originaría estos versículos de Marcos donde lo estrictamente histórico del bautismo en manos de Juan se une a la visión personal de Jesús que se entiende, se comprende y se descubre Hijo de Dios. Los oyentes de Marcos parecen haber descubierto esa condición en la cruz, pero el autor les recuerda que es anterior, que está en los inicios de Nazaret. Porque, si bien Jesús viene desde Galilea hasta Juan, y es en el Jordán donde se oirá la voz de lo alto, esto no quiere decir que sea estrictamente ese momento el que lo constituye a Jesús como Hijo de Dios. La voz declara algo que está siendo, que viene siendo. La epifanía durante el bautismo es la excusa que utiliza Marcos para narrar la vocación de Jesús.

Si bien el relato de Marcos no es tan claro respecto a la relación de superioridad/inferioridad entre Jesús y el Bautista, hay un dejo de declaración de principios. Este es el momento vocacional de Jesús, pero no porque Juan sea su iniciador, sino porque Dios mismo abre los cielos para declarar y declararse. El mesianismo de Jesús no será resultado de un bautismo con aguas en el Jordán; esto será una circunstancia histórica solamente. Sacramental y simbólica, pero circunstancial. La disputa entre discípulos de Juan el Bautista y discípulos de Jesús sobre el mayor o menor poder de uno y otro se extendió en los primeros años del cristianismo. Los Evangelios no fueron ajenos a ello. Marcos establece la posición superior de Jesús en todo su libro, pero no por eso deja fuera de su narración el acontecimiento del bautismo en el Jordán. El autor ha considerado fundamental este hecho, ineludible, porque representa la irrupción histórica de una epifanía.

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La epifanía es plena al salir del agua, no debajo del Jordán. Este es un detalle sencillo que apoya lo comentado en el versículo anterior sobre la relación entre Juan y Jesús. No son las aguas del bautismo joánico las que entronizan a Jesús, sino su Padre que está en los cielos y que trasciende esos cielos. Por la misma razón, se vuelve difícil congeniar el bautismo de Jesús con el bautismo sacramental y posterior de la Iglesia. Repetimos que el bautismo es una excusa que aprovecha Marcos, porque la revelación importante de esta escena se da a conocer al salir del agua. El Jordán no declara la filiación divina ni otorga el título mesiánico. Serán los signos del Espíritu y de la palabra divina los que lo harán. Signos que parecen ser percibidos exclusivamente por Jesús, y no por Juan ni los asistentes al momento. Al menos, eso podemos decir sobre los cielos abiertos y la paloma; respecto a la voz, podría inferirse que es audible para todos los allí presentes, pero el texto no es claro.

El cielo abierto, rasgado, recuerda la petición desesperada de Is. 63, 19: “Si rasgaras el cielo y descendieras”. Es el grito de un pueblo que se siente dejado por su Dios, separado por una distancia infranqueable. Se han acabado las teofanías, las epifanías, las manifestaciones sobrenaturales. Se ha levantado un muro entre la historia de los seres humanos y el cielo de Yahvé. Por eso el pedido es desesperado. Es el llamado del ser humano que se encuentra solo en el universo, sinsentido, sin dirección. El cielo es interpretado como una barrera que impide el contacto fraterno y filial entre el Creador y sus creaturas. El verbo en griego para la rasgadura es squizo, mismo término que Marcos utiliza para describir cómo el velo del Templo de Jerusalén se rasga con la muerte de Jesús en la cruz (cf. Mc. 15, 38). Un punto más de conexión entre el final y el inicio, entre la cruz y el comienzo del Evangelio de Jesús. La muerte del Mesías abre por completo lo que la religión cerraba, al mismo tiempo que la vida del Mesías abre por completo lo que las vicisitudes del universo cerraban. Todo el arco vital de Jesús es un intento por acercar, por encontrar, por reparar, por dar respuesta a ese grito desesperado humano. En Jesús ya no puede haber división ni barreras, sino encuentro de Dios y el ser humano.

Este encuentro físicamente imposible, históricamente malogrado, está sustentado por la presencia del Espíritu. El signo de la paloma es confuso. La literatura judía no tiene, a ciencia cierta, un parangón que sostenga el uso que hace Marcos. Hay dos ejemplos relativos que parecen estar en el fono: la Creación y el diluvio. Respecto a la Creación, las Escrituras se abren evocando cómo el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas (cf. Gen. 1, 2), cual aleteo según la exégesis rabínica. Este aleteo exige alas, y el Espíritu se equipara a un ave. El otro ejemplo es cuando Noé, en medio del diluvio, suelta una paloma para que recorra la superficie en busca de tierra firme (cf. Gen. 8, 8-12). La paloma es el signo del nuevo comienzo, de las buenas noticias de la tierra que se está secando y que permite re-comenzar. Quizás, allí esté la conexión: en los génesis. El aleteo inicial de la Creación se emula en Noé, destinado a volver a comenzar el mundo, y en Jesús, hacedor de un recomienzo universal. El Espíritu parece ser la fuerza vital que da la vida. En los momentos de muerte, de abismo, de nada misma, el Espíritu de Dios sobrevuela la superficie para transformarla.

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Junto al Espíritu volador del Génesis está la palabra divina. La Palabra que crea las cosas en los inicios del mundo vuelve a hacerse presente en los actos creadores de vida; en la vida de Jesús. Es una voz que viene del cielo, morada simbólica de Dios. Es una voz que declara la filiación de Jesús de Nazaret, hijo querido, hijo predilecto. Si bien el texto no especifica la condición de Hijo de Dios, queda establecida. La voz de Yahvé lo nombra, se dirige a él, lo elogia. Y no lo hace como Mesías ni como profeta ni como rey, sino como hijo.

Las palabras del cielo mezclan dos citas. Una es del Sal. 2, 7: “Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy”, y la otra de Is. 42, 1: “Este es mi Servidor, a quien yo sostengo, mi elegido, en quien se complace mi alma”. El salmo es un típico cántico al rey de Israel, sostenido por Yahvé y, en su condición real, hijo de Dios. El día de la coronación, según la tradición israelita (heredada de otras naciones), el rey era adoptado como hijo de Dios. Por eso el salmo habla de ser engendrado hoy, o sea, en el día en que asume su cargo de rey. Vemos que Marcos es muy cuidadoso para obviar esa referencia temporal. No es el bautismo el que engendra al Hijo de Dios, sino el que lo afirma. La segunda cita es un fragmento de uno de los Cantos del Siervo de Isaías, referentes a un servidor de Dios, vapuleado por los acontecimientos, pero sostenido por Yahvé para traer liberación y rescate a su pueblo. La continuación de Is. 42, 1 afirma que Dios ha puesto su Espíritu sobre el Siervo, lo que apoya el uso de esta cita por Marcos en el contexto del bautismo y de la paloma.

Como un Padre a su Hijo

El bautismo de Jesús en el Jordán es un texto de vida. Hay agua, hay Espíritu y hay Palabra. Los tres elementos tienen que ver con lo creativo de Dios, ya que los tres elementos están presentes en el relato de la Creación de Génesis. Estos principios de vida se ubican en torno a Jesús, hombre crucificado. Ciertamente, el hecho de sumergirse ha sido, y seguirá siendo, símbolo de doble faz, de muerte/vida. Nos sumergimos en la oscuridad de la muerte, salimos del agua como un renacimiento; al atravesar la lucha del parto rompemos las aguas que nos contenían en el útero para respirar por primera vez y comenzar las respiraciones que nos llevarán a la última. Jesús viene a darle sentido a toda esa maroma de idas y vueltas, de sumergidas y salidas a la superficie.

Marcos recalca que en Jesús hay una situación particular de Hijo. Es el Hijo principal de la vida plena que es Dios, y por ello, es dador de vida también. Todas las manifestaciones que circundan al Mesías remarcan su filiación. Es la filiación que nos da esperanza. En los momentos más terribles de muerte, de persecución, de luchas, de tribulaciones; sentirse y saberse hijo de Dios es una roca, una fortaleza. El bautismo en el Jordán no ha dado a Jesús la condición de Hijo de Dios, pero se la ha manifestado más claramente. Es un momento de epifanía (personal). Es el momento que la comunidad de Marcos debe buscar para subsistir, para encontrar ese asidero que la sostendrá en medio del martirio. La experiencia de la filiación es la experiencia de un Padre, de una figura real que está a pesar de todo, que ama, que sostiene, que salva. Por eso es una experiencia que no tiene que ver con el bautismo sacramental realizado por tradición en los pequeños. Este es un bautismo de conciencia del amor de Dios, un bautismo que hay que atravesar desde la condición humana para descubrirse trascendente, sostenido, amado por Dios.

Multiplicar como Jesús o asesinar como Herodes / Decimoctavo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 14, 13-21 / 31.07.11

Al enterarse de eso, Jesús se alejó en una barca a un lugar desierto para estar a solas. Apenas lo supo la gente, dejó las ciudades y lo siguió a pie. Cuando desembarcó, Jesús vio una gran muchedumbre y, compadeciéndose de ella, curó a los enfermos.

Al atardecer, los discípulos se acercaron y le dijeron: “Este es un lugar desierto y ya se hace tarde; despide a la multitud para que vaya a las ciudades a comprarse alimentos”. Pero Jesús les dijo: “No es necesario que se vayan, denles de comer ustedes mismos”. Ellos respondieron: “Aquí no tenemos más que cinco panes y dos pescados”. “Tráiganmelos aquí”, les dijo.

Y después de ordenar a la multitud que se sentara sobre el pasto, tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, los dio a sus discípulos, y ellos los distribuyeron entre la multitud. Todos comieron hasta saciarse y con los pedazos que sobraron se llenaron doce canastas. Los que comieron fueron unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños. (Mt. 14, 13-21)

El relato de este domingo es un relato clásico, querido, explicado y comentado miles de veces. Es motivo de reflexiones pastorales, teológicas y bíblicas. Es considerado una escena para pintar en retablos, plasmar en vitraux o esculpir. Algunos lo catalogan como milagro; para otros es la metáfora de la solidaridad que despierta el Evangelio; para un grupo es figura escatológica; para otros tantos es proclamación mesiánica. Toda la tradición evangélica no se ha privado del relato. Marcos y Mateo lo tienen por partida doble; Lucas y Juan en una sola versión. En total, los cuatro Evangelios conservan seis relatos de multiplicación de los panes. Siempre, la situación contextual es bastante parecida: se trata del inicio de la crisis galilea. El ministerio del Maestro itinerante nazareno ha recorrido la provincia Galilea enseñando, curando y exorcizando, con un seguimiento multitudinario al principio. Pero con el tiempo, ante la profundización de lo que verdaderamente significa el Evangelio, las gentes se van alejando. La efervescencia galilea disminuye y, ante el fracaso que supone para Jesús, decide subir a Jerusalén. Es lo que los Sinópticos relatan como la sección del camino, en el centro de sus libros. Para Juan no hay camino de subida a Jerusalén, pero sí crisis en el capítulo 6, cuando varios discípulos deciden abandonar al que venían siguiendo porque sus palabras resultan muy duras (cf. Jn. 6, 60.66). La multiplicación de los panes está muy en relación a la crisis galilea, y por ende, debe ser entendida, en primera instancia, dentro de ese contexto directo. La forma en que Jesús parte y comparte el pan es motivo de escándalo. Más aún: la forma de comer que representa la multiplicación (todos juntos, al aire libre, sujetos sólo a la providencia divina) es algo incómodo para la mayoría de los galileos (sean éstos fariseos, escribas, jornaleros o terratenientes). Esta comida particular de Jesús encierra algún mensaje demasiado profundo que no pudo pasar desapercibido; al contrario, que significó el rompimiento del proyecto original jesuánico. Evidentemente, Jesús cambia de dirección tras esta crisis en su provincia, y toma la arriesgada decisión de caminar hasta Jerusalén para proclamar el Reino de Dios en la capital judía. La multiplicación no puede ser leída inocentemente, como un episodio milagroso más; tampoco puede reducirse a un espectáculo de solidaridad. La multiplicación inquietó y debiese seguir inquietándonos, haciéndonos cuestionar como a los discípulos del Evangelio según Juan, si podemos seguir en el discipulado de Jesús o sus palabras (sus gestos, sus comidas) son demasiado fuertes y no podemos digerirlas.

El contexto directo que pone Mateo para esta multiplicación (la primera de su libro) es la muerte de Juan el Bautista. La excusa para introducir el relato del martirio del profeta es que a oídos de Herodes llega la fama de Jesús (cf. Mt. 14, 1). Sin embargo, los versículos anteriores (cf. Mt. 13, 54-58) relatan la escena en la sinagoga donde Jesús es despreciado por su propio pueblo y no puede realizar muchos milagros por la falta de fe. Evidentemente, hay un contraste. Mientras comienza, narrativamente, el anuncio del decrecimiento de la fama jesuánica en Galilea, el tetrarca se entera de la misma, como si fuese vox populi. Para nosotros la fama suele ser algo bueno. Los famosos son los conocidos por todos, las estrellas de los multimedios, del cine y la televisión. Pero Mateo habla de la akoe (en griego) de Jesús. Este vocablo puede traducirse como fama o rumor, en el sentido de haber oído algo sobre alguien; tanto algo bueno como malo. No necesariamente han llegado a Herodes palabras bellas sobre el nazareno. Los herodianos pueden haberle informado a su jefe el peligro que representaba Jesús suelto por la provincia, predicando una Buena Noticia de un tal Reino de Dios. Ese peligro, esa amenaza que personificaba el Maestro itinerante al status quo de Herodes es la razón por la cual se auto-induce a pensar que Jesús puede ser Juan el Bautista redivivo, re-encarnado, que pretende continuar con las denuncias y las amenazas desde el más allá. Porque, como bien explica Mateo, Herodes ya se había encargado de Juan decapitándolo (cf. Mt. 14, 10). Podemos creer la superstición de Herodes, de la que hablan los historiadores, con sus fobias y temores. Es más difícil creer que el baile de una muchacha haya decidido la suerte del profeta del Jordán. Es probable que la historia más real de la muerte del Bautista tenga que ver con lo que relata Flavio Josefo en Antigüedades 18.5.2 116-119, sobre un Herodes que “empezó a temer que la gran capacidad de Juan para persuadir a la gente podría conducir a algún tipo de revuelta, ya que ellos parecían susceptibles de hacer cualquier cosa que él aconsejase”. Por eso, analizando la situación y los problemas que se derivarían de una revuelta, “decidió eliminar a Juan adelantándose a atacar antes de que él encendiese una rebelión”. Más que en manos de una antojadiza bailarina adolescente, el destino martirial del Bautista estuvo en manos de Herodes en persona, quien consideró políticamente conveniente eliminar la amenaza antes que lamentar rebeliones.

La construcción de la escena del baile de la hija de Herodías es un recurso para comparar las comidas de Herodes con las comidas de Jesús. Esto, traducido al lenguaje simbólico judío, es comparar cosmovisiones. Para cualquier cultura, la comida es el micro-cosmos que revela el cosmos social. La manera de comer, cómo se come, con quién se come, es una estructura en miniatura, repetida cotidianamente, del gran esquema y orden social. La mesa (el banquete) son íconos sociales. El orden en la mesa suele representar los grados de autoridad en la sociedad; las reglas explícitas o implícitas de cómo comer y con quién comer revelan las reglas de quién se puede relacionar con quién y de lo prohibido, del tabú. En la mesa de Herodes están los comensales que él ha invitado para su cumpleaños. Mateo los designa como los sunanakeimai en Mt. 14, 9, es decir, los que se reclinan en la mesa junto a él. Podemos imaginar que aquí no están los pescadores del Mar de Galilea ni los viñadores jornaleros ni los artesanos de los poblados. No están aquí los leprosos ni los ciegos ni los paralíticos. Sí, en cambio, comparten la mesa con el tetrarca los nobles y los poderosos, los terratenientes y las altas figuras de las clases acomodadas. En esa comida irrumpe la hija de Herodías, danzando, desplegando sus dotes artísticas. Es una joven a merced de su madre. En medio de la fiesta, de la buena comida y del buen alcohol (como no podrían faltar en ninguna fiesta de la nobleza), aparece la muerte. Esta comida de Herodes acabará con la cabeza del decapitado en una bandeja, como un elemento más del banquete. Parece que la consecuencia lógica de las comidas herodianas (o sea, de su visión del mundo, de su manera de manejarse) es la muerte de los profetas.

La comida de Jesús, en cambio, reúne a las multitudes. No hay elitismos; no es un grupo selecto de nobles invitados a la casa del tetrarca. El que quiere puede acercarse. A Jesús, a su comida contra-herodiana, viene el ochlos, que no es pueblo organizado, sino gentío, turba desorganizada. Ante ellos, a diferencia del tetrarca, Jesús se conmueve hasta las entrañas, y cura a sus enfermos. Esto denota que es una turba enferma, y sin embargo tiene cabida en esta comida al aire libre. Primeramente, los discípulos actúan como actuarían los herodianos, despidiendo a la gente. Pero Jesús sabe que el Reino no es así. El Reino no se trata de despedir, de sacarse de encima los problemas. El Reino de los Cielos es acogida, es hospitalidad, es comida para todos. Hay que dar de comer. Todos tienen derecho a la comida, no una pequeña elite. Cinco panes y dos pescados son suficientes, aunque parezca minúsculo. Alcanzan para cinco mil varones, y eso sin contar mujeres y niños. Marcos, en su relato, no ha mencionado esta particularidad de las mujeres y los niños. Se trata de un añadido mateano que resalta aún más el contraste con el banquete de cumpleaños de Herodes. Las mujeres y los niños con incluidos en la comida de Jesús deliberadamente, con plena participación, y con participación positiva, porque son saciados por la compasión del Maestro tanto como los varones. En el banquete herodiano, las mujeres están representadas negativamente por Herodías, quien utiliza a su hija para obtener la muerte de alguien que le molesta. Y los niños están representados por la muchacha que danza y que es manipulada para generar muerte. Claramente, la comida jesuánica es la contrapartida de la comida mortal de los poderosos. En la multiplicación de los panes, los enfermos, las mujeres y los niños son parte de una comida de vida, una comida profética.

Mateo conecta ambas comidas mediante la mención a la retirada de Jesús, que quiere ir a un lugar solo. Lo ha afectado la noticia de la muerte del Bautista. Esto deja vislumbrar el futuro que le espera. Porque no hay otro futuro para los profetas de este estilo. Mueren martirizados por los poderes terrenales, políticos y religiosos. Jesús tiene la oportunidad de huir, de renegar de su manera de comer. Puede sumarse a las comidas de los poderosos, avalando el elitismo y la muerte de los que molestan el sistema. O puede sumarse a la gran cantidad de galileos conformistas que no desean pelear por nada para sobrevivir en una serena y falsa tranquilidad el resto de sus días. Pero Jesús prefiere redoblar la apuesta. Sabe que comiendo como lo hace, curando a los enfermos, acogiendo mujeres y niños, en fin, viviendo según el Reino de los Cielos, está firmando su sentencia de muerte. La experiencia del Bautista es un aviso. Él es una amenaza tanto como lo era el profeta del Jordán. La multiplicación de los panes es una provocación. Esto es en lo que cree Jesús: que todos tienen derecho a comer, que todos pueden comer juntos, que hay que transmitir vida y no generar muerte. Es la creencia en un mundo según Dios Padre. Es una experiencia tan fuerte que no lo deja volver atrás, a la tranquilidad del trabajo artesanal en Nazareth. Una experiencia que lo pone en los márgenes de la sociedad, perseguido, amenazado. Y sin embargo confía en eso que Él llama Reino de los Cielos. ¡Quién sabe si nosotros seríamos capaces de confiar al menos un poco como Jesús! ¡Quién sabe si no pegaríamos la vuelta para refugiarnos en nuestras casas, trabajos, seguridades y comodidades a esperar que la vida pase!

La ley de Dios o el Dios de la ley / Primer Domingo de Cuaresma – Ciclo A – Mt. 4, 1-11 / 13.03.11

Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio. Después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, sintió hambre. Y el tentador, acercándose, le dijo: “Si tú eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes”. Jesús le respondió: “Está escrito: El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Luego el demonio llevó a Jesús a la Ciudad Santa y lo puso en la parte más alta del Templo, diciéndole: “Si tú eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: Dios dará órdenes a sus ángeles, y ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra”. Jesús le respondió: “También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios”. El demonio lo llevó luego a una montaña muy alta; desde allí le hizo ver todos los reinos del mundo con todo su esplendor, y le dijo: “Te daré todo esto, si te postras para adorarme”. Jesús le respondió: “Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto”.

Entonces el demonio lo dejó, y unos ángeles se acercaron para servirlo. (Mt. 4, 1-11)

Cuando la liturgia dominical evoca, en el primer domingo de la cuaresma, el relato de las tentaciones en el desierto, suceso que los tres Evangelios sinópticos sitúan a continuación del bautismo de Jesús en el Jordán, surge la necesidad de comparar cómo cada evangelista hace uso de la situación. La primer gran diferencia que resalta es la división entre la versión marquiana (cf. Mc. 1, 12-13) y las otras dos (cf. Mt. 4, 1-11 y Lc. 4, 1-13). La versión de Marcos es muy breve comparada con Mateo y Lucas. Se menciona que el Espíritu lo lleva al desierto, que estuvo cuarenta días y que fue tentando por Satanás. Fieras y ángeles adornan el cuadro. Mateo y Lucas conservan los elementos originales: espíritu, desierto, cuarenta días y tentaciones. Pero introducen modificaciones considerables. La extensión, de por sí, es bien diferente. Mateo y Lucas desarrollan un diálogo entre Jesús y el Diablo (Marcos prefería llamarlo Satanás) que tiene tres actos, paseando por distintas localizaciones y mostrando tres maneras en las que el Mesías podría haber tergiversado su mesianismo. Marcos no conoce ese diálogo. Además, Mateo y Lucas hacen hincapié en el ayuno de los cuarenta días, cuestión que Marcos pasa por alto, sin especificar si esos días fueron o no de ayuno. Es evidente que la introducción del ayuno es el pie literario perfecto para que haga su aparición la primera tentación de convertir las piedras en panes. Hasta aquí, las conclusiones son que Mateo y Lucas responden a una fuente común (la que los estudiosos llaman fuente Q) y que han agregado claves de lectura particulares a un núcleo primigenio que reflejaría Marcos. Esas claves de lectura (diálogo con el Diablo y ayuno) vuelven el relato hacia un costado espiritual y divino de Jesús que en Marcos no es patente. Algunos aventuran que la fuente Q, en esta sección, sólo tenía dichos de Jesús tomados del Deuteronomio, y que lo que hacen Mateo y Lucas es insertarlos en el contexto marquiano de las tentaciones. Aún así, los mismos textos de Mateo y Lucas presentan diferencias. La segunda tentación de Mateo es la tercera de Lucas y viceversa; la expresión ciudad santa es propia de Mateo que la vuelve a utilizar en Mt. 27, 53 para designar a Jerusalén (hablar de Jerusalén como de la ciudad santa es una expresión muy judía, correspondiente a un autor que se supone un judío convertido al cristianismo); para Mateo, al retirarse el Diablo, unos ángeles vienen a servir a Jesús, mientras que para Lucas, el Diablo se aleja hasta un tiempo oportuno (que se hará patente en Lc. 22, 39-46) y no hay ángeles que sirven.

Hasta aquí las comparaciones. Lo que nos concierne más en este día es identificar hacia dónde apunta Mateo específicamente. Tenemos la cuestión del Espíritu que lleva a Jesús al desierto que se inserta en la línea de las acciones espirituales comenzadas por la concepción virginal (cf. Mt. 1, 18), continuadas en el bautismo en el Jordán (cf. Mt. 3, 16), más tarde como referencia a su praxis (cf. Mt. 12, 18) y específicamente como poder de Dios para expulsar demonios (cf. Mt. 12, 28), para culminar en la expansión universal del Espíritu a las naciones cuando el Resucitado envía a sus discípulos a todos los pueblos para bautizarlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (cf. Mt. 28, 19). Queda claro que Jesús, según Mateo, es un hombre espiritual que no planea secuestrar ni privatizar el Espíritu; su legado, su testamento a sus amigos, consiste en llevar el Espíritu a todos los pueblos. De la misma manera, al final de su vida, Moisés impuso las manos a Josué y lo llenó de espíritu para que continúe la obra de ingreso a la tierra prometida (cf. Dt. 34, 9). Tras el desierto, el espíritu de Moisés se expande a Josué; tras el desierto simbólico de las tentaciones y de la vida terrena, el Resucitado comparte el Espíritu Santo a la comunidad naciente y, a través de ella, al mundo, para continuar su obra de liberación.

Otra similitud con Moisés es el tiempo. Mateo es cuidadoso al hablar de cuarenta días con sus noches, emulando la construcción de Ex. 24, 18: “Moisés entró en la nube y subió a la montaña. Allí permaneció cuarenta días y cuarenta noches”. De la misma manera que Moisés, al bajar de la montaña, explicitará la Ley dada por Dios, Jesús saldrá del desierto para proclamar la ley del Reino en el sermón del monte (Mt. 5-7). El número cuarenta (los cuarenta días, los cuarenta años) es el número que marca el cambio, las transformaciones. En cuarenta días puede Dios cambiar el mundo, puede hacernos pasar de una etapa a la otra. El cuarenta es el cambio. Las cuarenta jornadas en el desierto con las tentaciones son el espacio para el cambio que significa pasar de la vida oculta (sin repercusión popular) o la vida a la sombra del predicador Juan el Bautista, a la vida pública donde la misión se hace explícita, se hace sacramento. Moisés, en su caso, es el intermediario que traslada al pueblo de un estado anómico a un estado de Ley. Quizás, la Ley de Moisés es más jurídica, mientras que la de Jesús se fundamenta en un estilo de vida, una actitud frente a las circunstancias. Las respuestas del Maestro al Diablo son tres citas tomadas del Deuteronomio: no sólo de pan vive el hombre (cf. Dt. 8, 3), no tentarás al Señor (cf. Dt. 6, 16) y tendrás un solo Dios (cf. Dt. 6, 13-14). Si bien el fundamento está en la legislación escrita, Jesús apela al corazón. Las tres citas son una referencia al espíritu de la Ley que se encuentra en Dios, esencia de la Ley. Las legislaciones no tienen valor por sí mismas, sino por lo que las anima. Jesús entiende que el animador del Pentateuco es el Dios Padre, único Señor, que no descuida al ser humano. Este ser humano, querido por su Creador, vive de la Palabra de Aquel, tiene una relación personal íntima que lo obliga a no tentarlo (para que la relación sea sincera) y se ve en la situación de optar por Él como único Señor, porque los dioses falsos son la idolatría que mancilla esa relación personalísima. En esas claves hermenéuticas de lectura de la Ley es que Jesús se proyecta como la figura ideal de Moisés. Moisés se aproximó a Dios, comprendió la necesidad de una legislación para el pueblo, hasta captó que el espíritu de esa Ley estaba en el Dios que había liberado a su pueblo de Egipto, pero es Jesús quien radicaliza esa Ley radicalizando la relación filial del ser humano con su Padre. El Diablo viene a representar, en esta construcción literaria, las tentaciones de no creernos hijos, de suponer que la Ley está por encima de Dios, de que Dios no nos tiene en cuenta. La respuesta de Jesús es todo lo contrario: Dios nos tiene muy en cuenta, y de allí que haya Ley, pero subordinada al amor (a la gracia).

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Para Mateo era muy importante que Jesús quede representado en su comunidad como el nuevo Moisés. De esta manera, su Iglesia de judíos convertidos al cristianismo podía identificar la continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, la continuidad entre su judaísmo y el cristianismo, entre el Yahvé de los Ejércitos profético y el Papá de Jesús. Esa es la visión esforzada mateana, en el malabarismo intelectual de congeniar la larga tradición israelita con la novedad de la Buena Noticia. Jesús es la proyección mejorada de Moisés, es la plenitud de la época mesiánica. En Jesús, la figura de Moisés se potencia hasta alcanzar su mejor perfil, su figura más acabada.

Para nosotros, las tentaciones son un llamado de atención. ¿Dónde está nuestro corazón? ¿En la Ley o en la esencia de la Ley que es Dios? Porque de acuerdo a donde se sitúe nuestro corazón, se situará nuestra resistencia a la tentación de abandonarlo todo en pos de una oferta más atractiva. Si nuestro corazón está en la Ley, cuando su carga se haga pesada, cuando encontremos los vericuetos que la esquivan, cuando nos ofrezcan un salvoconducto más aliviado, cederemos. En cambio, si nuestro corazón está en Dios, entenderemos que Dios no es pesado, que no podemos esquivarlo porque siempre está a nuestro lado, y que no hay salvoconductos porque no los necesitamos; Dios es nuestra salvación y nuestra liberación, Él es el salvoconducto único. Es necesario plantearse, individualmente y como Iglesia, el objetivo de nuestra centralidad. Una Iglesia centrada en la Ley aplasta, oprime, cansa. Una Iglesia centrada en Dios (en su amor, en su gracia) es una comunidad liberadora que no se preocupa por luchar eternamente contra el pecador, sino contra el pecado. Ante las tentaciones, una Iglesia centrada en Dios responde como Jesús, con actitud de vida, con el recuerdo sacramental del Padre siempre presente. El Diablo no puede aprovecharse de los que optan por Dios, porque la opción vuelve obsoleto al Diablo; sí, en cambio, saca partido cuando hay comunidades aferradas a legislaciones, ya que bien dicho está el refrán: hecha la ley, hecha la trampa. Optar por Dios, por el Papá, no da lugar a trampas.

Testigos de lo que no vimos / Segundo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Jn. 1, 29-34

Al día siguiente, Juan vio acercarse a Jesús y dijo: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A él me refería, cuando dije: Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel”.

Y Juan dio este testimonio: “He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo. Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios”. (Jn. 1, 29-34)

Este domingo litúrgico que los católicos identificamos como el Segundo del Tiempo Ordinario, en realidad, bien podría ser el último del tiempo Navidad-Epifanía. La lectura está cuidadosamente seleccionada para ser la conclusión de las celebraciones que se vienen llevando a cabo. En este Ciclo A, donde el Evangelio guía es el de Mateo, hoy leemos a Juan y una porción de su visión sobre Juan el Bautista. Como precursor e iniciador de lo que será la tarea pública jesuánica, Juan es profeta, sobre todo presentado así por Marcos, Mateo y Lucas; en Juan, quizás, el hincapié está en su condición de testigo válido. Su testimonio vale, justamente, porque es un profeta, un hombre que habla en nombre de Dios lo que Dios le manda decir, pero no se resalta demasiado su mensaje más desligado del Mesías, sus exhortaciones. Mateo y Lucas, particularmente, han conservado en sus libros unos versículos que dejan entrever la preocupación del Bautista por el arrepentimiento ante la ira de Dios (cf. Mt. 3, 7-8), la ayuda a los necesitados (cf. Lc. 3, 11), y la liberación de las opresiones económicas y políticas (cf. Lc. 3, 13-14). El Evangelio según Juan reduce la participación del profeta a una subordinación completa ante el misterio crístico; no hay exhortaciones morales ni prédicas económico-políticas. El Bautista, para Juan, es:

a) Un hombre enviado por Dios (Jn. 1, 6): este es su origen. Lucas lo remontará a Zacarías e Isabel (cf. Lc. 1, 5-25). Para el cuarto evangelista, la introducción en la historia del personaje proviene directamente de Dios, sin intermediarios. Es un enviado, por lo tanto, un hombre con una misión divina.

b) Un testigo de la luz (Jn. 1, 7): su misión es dar testimonio de la luz del mundo que es el Cristo. La tarea que le encomienda, específicamente Dios, es la de señalar la luz para que la gente crea. Es un intermediario en la fe. Es un testigo autorizado, pues la misma divinidad lo cataloga como tal. Su testimonio, por lo tanto, es válido, en el pasado y en el futuro. Dios le ha concedido una misión que se prolonga hasta el final de los tiempos. Vino a la historia como testigo, como el que ve y cree, como el garante del mesianismo de una persona: Jesús de Nazareth.

c) No es la luz (Jn. 1, 8): el Evangelio quiere dejar en claro que el Bautista no es el Mesías, sino el testigo del Mesías. No se lo puede confundir, porque confundiéndolo, no sólo se atentaría contra la misión de Jesús, sino contra la misma misión de Juan. Dios lo ha elegido para ser testigo de la luz, y su plenitud está en el testimonio, no en la usurpación de una condición crística que no le corresponde.

d) Precede a la luz en una paradoja (Jn. 1, 15): en una complicada noción y mezcla de espacio y tiempo, el Bautista declara que quien viene después de él, en realidad, estaba desde antes. Jesús, existente desde siempre, pre-existente, se presenta ante el mundo después que Juan, haciendo la paradoja de un orden cósmico. Viene a posteriori siendo el a priori de todo. El Bautista no es más que la consecuencia del Cristo, aunque los hechos pareciesen indicar lo contrario: que el Mesías es la consecuencia de la aparición de Juan.

e) La voz que clama (Jn. 1, 19-23): ante las inquisitorias del juicio contra Jesús que empieza a desatarse y desarrollarse desde el primer capítulo de la obra joánica, el Bautista rápidamente desvía la atención de su persona. Él no es el Mesías, ni Elías ni el profeta esperado. Es llamativo que ante la pregunta sobre quién es, la respuesta sea referida al Cristo mediante una negación: no soy el Mesías. Elías y el profeta esperado son dos personajes ansiados escatológicamente en la tradición hebrea. Juan tampoco se identifica con ellos. Es como si quisiese reducir su protagonismo al máximo. Sólo se hace conocer como la voz que clama en el desierto anunciada por Isaías (cf. Is. 40, 3); tradición que han conservado también los Evangelio sinópticos (cf. Mc. 1, 2-3; Mt. 3, 3; Lc. 3, 4), dándonos a pensar en la probabilidad muy cierta de que Juan el Bautista haya entendido su misión, verdaderamente, a partir de este texto isaiano que habla de la esperanza de la liberación, en aquel caso, del destierro y esclavitud en Babilonia. Entendiéndose desde ese punto, el Bautista sería como este Isaías que no es el Mesías liberador, pero que consuela y habla al corazón del pueblo anunciando la pronta llegada de la salvación (cf. Is. 40, 1-2).

f) El bautismo introductorio (Jn. 1, 26-27): lo que hace Juan es una preparación. Su testimonio anuncia la plenitud, allana el sendero, prefigura lo definitivo. Al bautizar con agua no hace otra cosa que establecer la pre-figura de la figura real que será el bautismo en el Espíritu Santo en manos del que viene. Los fariseos no lo entienden, y por eso le preguntan desconfiados para qué se dedica a bautizar, siendo que no es Mesías ni Elías ni el profeta esperado (cf. Jn. 1, 24-25). Juan sabe que bautiza para que a Israel se manifieste el Cristo. No aparecerá el Mesías sobre un terreno estéril, sin trabajo. Ha estado el precursor, el Bautista, haciendo la pre-figura de una realidad total; la pre-figura tiene limitaciones, pero es el escalón anterior a la figura y la preparación adecuada.

Este personaje presentado por el cuarto evangelista es el único que aplicará a Jesús, en todos los Evangelios, el título de Cordero de Dios, y sólo en dos oportunidades (cf. Jn. 1, 29.36). Claramente, la alusión es al cordero pascual (cf. Ex. 12), macho, sin defecto y de un año. El autor terminará de develar el misterio en el relato de la crucifixión, cuando asevere que “era el día de la Preparación de la Pascua, alrededor de la hora sexta” (Jn. 19, 14), lo que significa, alrededor del mediodía, horario en que se sacrificaban los corderos pascuales en el Templo de Jerusalén. El paralelo es ineludible. En la cristología joánica, Jesús es el cordero pascual de Dios. En un constante proceso de suplantación de la institucionalidad judía por la persona de Jesús, Juan acaba suplantando la Pascua judía con la pasión y crucifixión. Este cordero crístico es el que quita el pecado del mundo. Pecado en singular; no se habla aquí de los pecados que podemos enumerar, sino del mal que está en la raíz de la falta de plenitud humana. El pecado es, por definición, el alejamiento de Dios, el corte de la relación con el Creador. El Cordero Jesús viene, justamente, a restablecer esa relación entre Dios y los seres humanos, atacando a los pecados desde su fuente: la separación entre lo divino y lo humano. Y como en la pascua judía, Dios viene para liberar. En la liberación se camina hacia la plenitud. Quitar el pecado, por lo tanto, es romper las cadenas que atan al ser humano.

Sobre el Cordero de Dios está el Espíritu Santo, que permanece en Él. Lo que actúa, por ende, es acción espiritual, inspirada, guiada desde lo alto. Pero no siendo esto suficiente, falta una declaración que, en la función testimonial del Bautista, es la cumbre de lo que viene sosteniendo: este Cordero, este hombre de Nazareth, es el Hijo de Dios. Juan Bautista testimonia algo que le puede costar la vida. Mientras los interrogatorios anteriores dan la sensación de que el precursor se evade de las preguntas, en Jn. 1, 34 compromete su existencia diciendo que, por lo que vio, está en condiciones de testimoniar acerca de la filiación divina de un ser humano concreto: Jesús. Eso vale la pena de muerte en el judaísmo, es una blasfemia.

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El acto testimonial del Bautista, o mejor dicho, la misión testimonial, es un modo de interpelación para nuestro compromiso. El verbo ver es importantísimo en el cuarto Evangelio. En la perícopa que leemos hoy, Juan ve acercarse a Jesús, ha visto el Espíritu sobre Él y por lo que vio da testimonio de que es Hijo de Dios. La primera visión es material, de un varón judío que viene caminando. La segunda visión es sobrenatural, pero el texto nos habla de un signo físico (la paloma) que nos permite llegar hasta el simbolismo del Espíritu. La tercera visión, sobre la filiación divina, es una visión de fe. No hay elementos materiales, sino la certeza de lo que cree Juan. Para la Iglesia, esto es una invitación a dar testimonio sobre las cosas que ve y que no debería callar. No se puede ocultar un delito cometido en el seno de la institución eclesial, ni hacer oídos sordos a los reclamos de los pueblos oprimidos. La visión eclesial tiene que ser amplia y profética para ser testimonial del Evangelio. Amplia para abarcar la mayor cantidad posible, para no dejar que se le pase nada, para evaluar la realidad desde todos y cada uno de los ámbitos. Muchas veces, una visión reducida de la realidad lleva a un posicionamiento equívoco. El aspecto profético tiene que ver, sobre todo, con estar presentes en medio de los que sufren injusticias. Los profetas de Israel se caracterizaban por denunciar la injusticia que vivían ellos o sus compatriotas; eran gente del pueblo para el pueblo. La Iglesia honra esa tradición heredada de Israel cuando, viviendo entre los que sufren, se hace presente en las esferas de decisión para luchar porque las cosas cambien.

Pero la Iglesia también da testimonio sobre cosas que no ve directamente. Da testimonio sobre un Cristo resucitado que no lo tiene físicamente. Da testimonio sobre un Reino de Dios que no se ha instaurado definitivamente. Da testimonio del amor, a sabiendas de que es un concepto abstracto. Da testimonio de comunidad sin poder presentar más que la utopía comunitaria de Jesús. A pesar de las dificultades, su Señor la ha enviado hasta los confines de la tierra para dar testimonio de todas esas cosas. Como el Bautista, tiene que dar un salto de calidad en fe. La Iglesia tiene que estar segura para proclamar al Hijo de Dios. Esa seguridad, mal que nos pese, no está en estatutos ni en manejos empresariales. Cuando la institución eclesial decide manejarse así, se pierde, se desgaja de sus orígenes. La seguridad está en haber comprendido los signos, como Juan comprendió la paloma. Los signos de los pobres, de los excluidos, de los niños desnutridos, de las mujeres relegadas, de la depresión social, de la voracidad del capitalismo. Los signos de las iniciativas no gubernamentales por la ecología, las organizaciones populares, los gobiernos democráticos. Cuando la Iglesia lea con seguridad los signos de los tiempos, entonces será con seguridad testigo.

El pequeño profeta más grande de todos / Tercer Domingo de Adviento – Ciclo A – Mt. 11, 2-11

Juan el Bautista oyó hablar en la cárcel de las obras de Cristo, y mandó a dos de sus discípulos para preguntarle: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?”.

Jesús les respondió: “Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven: los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres. ¡Y feliz aquel para quien yo no sea motivo de tropiezo!”.

Mientras los enviados de Juan se retiraban, Jesús empezó a hablar de él a la multitud, diciendo: “¿Qué fueron a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento?¿Qué fueron a ver? ¿Un hombre vestido con refinamiento? Los que se visten de esa manera viven en los palacios de los reyes. ¿Qué fueron a ver entonces? ¿Un profeta? Les aseguro que sí, y más que un profeta. El es aquel de quien está escrito: Yo envío a mi mensajero delante de ti, para prepararte el camino. Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él. (Mt. 11, 2-11)

El texto propuesto para este domingo por la liturgia está en clara relación con el texto del Segundo Domingo de Adviento. Aquí tenemos otra arista para acercarnos a la figura de Juan el Bautista. La fuente más próxima de esta tradición es lo que los estudiosos llaman la Fuente Q, que sería fuente común de Mateo y de Lucas. La perícopa que leemos, en realidad, forma parte de un conjunto más grande que estaría en Mt. 11, 2-19 (Lc. 7, 18-35). La liturgia, al recortar el conjunto, puede desorientarnos un poco, ya que sólo a partir de Mt. 11, 11 se entiende hacia dónde apunta toda la sección: el Reino de los Cielos. Lo importante y fundamental no es Juan el Bautista, como veremos al analizar la frase sobre su grandeza y su pequeñez. Lo importante es que Juan apunta al Hijo del Hombre, y el Hijo del Hombre es el cumplimiento objetivo de la promesa del Reino.

Para ser más exactos: el Hijo del Hombre y sus obras son el signo objetivo. Cuando los dos discípulos del Bautista preguntan a Jesús lo que su maestro quiere saber, la respuesta apunta a lo que está sucediendo. Son signos del Reino. Ciegos que ven, paralíticos que caminan, leprosos purificados, sordos que oyen, muertos resucitados y Buena Noticia anunciada a los pobres. Esta respuesta jesuánica está elaborada en base al libro del profeta Isaías. Se trata de una refundición de Is. 29, 18-19 (“Aquel día, los sordos oirán las palabras del libro, y verán los ojos de los ciegos, libres de tinieblas y oscuridad. Los humildes de alegrarán más y más en el Señor y los más indigentes se regocijarán en el Santo de Israel”); Is. 35, 5-6a (“Entonces se abrirán los ojos de los ciegos y se destaparán los oídos de los sordos; entonces el tullido saltará como un ciervo y la lengua de los mudos gritará de júbilo”) e Is. 61, 1 (“El espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. El me envió a llevar la buena noticia a los pobres, a vendar los corazones heridos, a proclamar la liberación a los cautivos y la libertad a los prisioneros”). Se trata siempre de promesas mesiánicas. Isaías visualiza la era final, la era de la llegada del Rey definitivo de Israel, como una época donde las enfermedades desaparecen, la Buena Noticia alcanza a los pobres y marginales, y todo es restaurado. El Mesías/Cristo trae el retorno al estado original de las cosas, al bien querido por Dios. La era mesiánica se caracteriza por la restauración. Ahora bien, esa restauración puede ocurrir por caminos de paz o por caminos de violencia. Y si bien esta dicotomía es una trampa (en realidad, es imposible llegar a un estado de bienestar por mano de la guerra), es la dicotomía que plantea la escatología. Israel podía tener fe en un Mesías que liberaría dirigiendo un ejército (como Ciro de Persia, cf. Is. 45, 1-2), o en uno que actuaría como el Siervo Sufriente (Is. 42, 1-9; Is. 49, 1-7; Is. 50, 4-9; Is. 52, 13 – 53, 12). De la misma manera, Juan Bautista podía anunciar la llegada del agente mesiánico que canalizaría la ira de Dios, o la llegada del agente de la misericordia divina. Como lo demuestra la lectura del domingo anterior (cf. Mt. 3, 1-12), Juan es el profeta del hacha y la horquilla. El agente mesiánico traerá la poda y el fuego para quemar la paja, porque viene a concretar el enojo de Dios por los pecados humanos.

A partir de esta concepción se genera la duda en el Bautista. Tiene que enviar discípulos que le pregunten si es el que la esperanza judía espera… o no. Evidentemente, los modos de Jesús no coincidían con la teología de Juan, y eso lo hizo vacilar. Esta teología joánica puede explicar la frase final de la lectura de hoy. Juan es el mayor entre los nacidos de mujer, pues señala al Mesías, apunta en la dirección de la salvación, es el precursor. En él hallan cumplimiento las profecías de Malaquías: “Yo envío a mi mensajero, para que prepare el camino delante de mí” (Mal. 3, 1a) y “Yo les voy a enviar a Elías, el profeta, antes que llegue el Día del Señor, grande y terrible” (Mal. 3, 23). Juan es el profeta precursor, el último de la larga línea profética del Antiguo Testamento. Le ha tocado, en la historia de la salvación, ser el profeta que ve, con sus propios ojos, en tiempo real, al Elegido de Dios. Los otros lo han anunciado, han tenido visiones, han entendido que Dios se presentaría liberador; pero sólo Juan tiene el privilegio profético de tener al alcance de la mano la suma de todas las profecías: Jesús. Por eso es el mayor hombre nacido de mujer. Sin embargo, al mismo tiempo, es el más pequeño del Reino de los Cielos, porque su teología sigue estando atada al modelo veterotestamentario. A Juan le cuesta comprender un mesianismo sin ejércitos y sin planes militares. Le cuesta ingresar a la dinámica del Evangelio de Jesús, y en este sentido, es pequeño frente a cualquier otro ser humano que, ministerialmente profeta o no, haga suyo el modelo jesuánico del Mesías que es Siervo Sufriente. La expresión, entonces, no es un insulto, sino una constatación del pensar y el creer de Juan, que en ciertos puntos, difiere del de Jesús.

Decimos que no hay insulto en la caracterización que hace el Maestro del Bautista porque, al contrario, parece haber admiración. Cuando los enviados que vinieron a preguntar se retiran, Jesús pronuncia tres frases que guardan una estructura similar. Vamos a ponerlas en paralelo para entender qué juego literario encierran:

1.a. ¿Qué fueron a ver al desierto?

b. ¿Una caña agitada por el viento?

2.a. ¿Qué fueron a ver?

b. ¿Un hombre vestido con refinamiento?

c. Los que se visten de esa manera viven en los palacios de los reyes.

3.a. ¿Qué fueron a ver entonces?

b. ¿Un profeta?

c. Les aseguro que sí, y más que un profeta.

Como es fácil de notar, a la primera frase le falta una parte, la respuesta a la pregunta retórica. Además, se agrega el problema de entender qué significa la imagen de la caña agitada por el viento. En primer lugar, es claro que la utilización de la caña en la frase es una pista para remontar estas palabras a la primerísima tradición, hasta Palestina, pues la caña es un elemento típico del paisaje de la cuenca del Jordán. Algunos biblistas propusieron la interpretación de la caña en relación con la actividad jurídica de Dios; cuando Yahvé juzga a Israel, lo agita como un junco, como una caña (cf. 1Rey. 14, 15). Juan el Bautista, predicador de la justicia divina, aludiría a la violencia de Dios que agita a su pueblo. Pero esa interpretación no cuadra directamente con la segunda frase que hace referencia a los que se visten elegantemente en los palacios de los reyes. Es más lógico que la caña agitada esté en relación a los hombres vestidos con refinamiento. Para esta interpretación, tenemos el dato histórico de unas monedas que Herodes Antipas acuñó en aquellos tiempos y que tenían, en el anverso, la imagen de una caña. Por asociación, las monedas de Antipas son la imagen de Antipas, y esa imagen es una caña. La caña agitada, entonces, es Herodes, el gobernante inestable que se mueve con los vientos de la política, que un día es partidario de esto, pero al día siguiente de lo otro, que cambia de parecer como si nada, que no tiene convicciones. Así se aclara la cuestión. Juan el Bautista no es como el inestable Herodes ni como la farsa de sus cortesanos. El que está en el desierto es un profeta, y los profetas poco tienen que ver con esa vida palaciega. La respuesta a la primera frase, que falta intencionadamente para que la complete el lector, podría ser: no fuimos a ver la caña agitada de Herodes, sino a su antagonista: el Bautista. De más está aclarar el profundo corte político de la declaración. Ya Flavio Josefo da cuenta de la oposición encarnizada entre el predicador del desierto y Herodes. Jesús se hace eco de la situación y pasa del plano político al religioso casi sin límites. La oposición política, en realidad, se remonta a una cuestión religiosa. Juan no es un puntero político ni un noble ni representante de un partido electoral; Juan es profeta, es el mensajero de las cosas de Dios, y desde su denuncia social (que es denuncia religiosa) se gana la enemistad de los poderosos.

El Reino de Dios y la profecía no son conceptos puramente religiosos. Aunque a veces da la impresión que los tomamos como tales. Cuando el Reino de Dios se espiritualiza al punto de romper con la realidad y volverse solamente un futuro que caerá del cielo, o cuando la profecía se reduce a un arte adivinatoria, se está deshonrando la historia de los profetas de Israel. Se está deshonrando a Juan el Bautista, se está deshonrando a Jesús.

La capacidad del Bautista de leer los signos de los tiempos, para reconocer (aunque con dudas) que el agente mesiánico estaba llegando, se complementa con su capacidad de entender el funcionamiento político, criticarlo y denunciarlo. Juan no es un pequeño profeta que no puede comprender bien los mecanismos de opresión de su pueblo. Juan es un hombre inteligente que sabe desentramar la maquinaria del poder. Por eso lo apresan, por eso es adversario digno de temor de Herodes. Juan es el modelo de aquellos que, en la Iglesia, quieren adjudicarse el título de profetas. Para serlo, no es necesario montar un espectáculo y predecir lo que sucederá dentro de un mes o un año. Para ser profeta hay que saber leer la realidad críticamente, no dejarse engañar por los manejos turbios, denunciar a viva voz el sufrimiento de los más pequeños, de los marginados. El profeta no puede ser una caña agitada sin convicciones, ni puede habitar cómodamente en los palacios mientras el pueblo no tiene con qué vestirse. Su lugar es el desierto, el punto de encuentro entre Dios y su pueblo.

El lugar de la Iglesia profética también es el desierto. Es el lugar de la profecía que evangeliza como Buena Noticia. Porque cuando Dios y su pueblo se encuentran, reconociendo la miseria producida por los palacios, allí se gesta la esperanza, y esa esperanza no puede ser otra cosa que la promesa de un cambio que libera.

¿Qué Mesías espera Juan Bautista? / Segundo Domingo de Adviento – Ciclo A – Mt. 3, 1-12

En aquel tiempo se presentó Juan el Bautista, proclamando en el desierto de Judea: “Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca”.

A él se refería el profeta Isaías cuando dijo: Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos.

Juan tenía una túnica de pelos de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. La gente de Jerusalén, de toda la Judea y de toda la región del Jordán iba a su encuentro, y se hacía bautizar por él en las aguas del Jordán, confesando sus pecados.

Al ver que muchos fariseos y saduceos se acercaban a recibir su bautismo, Juan les dijo: “Raza de víboras, ¿quién les enseñó a escapar de la ira de Dios que se acerca? Produzcan el fruto de una sincera conversión, y no se contenten con decir: Tenemos por padre a Abraham. Porque yo les digo que de estas piedras Dios puede hacer surgir hijos de Abraham. El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles: el árbol que no produce buen fruto será cortado y arrojado al fuego. Yo los bautizo con agua para que se conviertan; pero aquel que viene detrás de mí es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de quitarle las sandalias. El los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego. Tiene en su mano la horquilla y limpiará su era: recogerá su trigo en el granero y quemará la paja en un fuego inextinguible. (Mt. 3, 1-12)

¿Quién es Juan el Bautista? Es la voz que clama en el desierto, es el gran último profeta, es el que excita a las masas, es el que bautiza, el anunciador, el predicador. Es el enemigo de Herodes. Para Lucas era un pariente de Jesús, hijo de Isabel (cf. Lc. 1, 24.36); para Mateo, la conexión con Jesús es distinta. No es una relación de sangre lo que los une, sino el Reino de Dios. La forma literaria de introducirlos es con el verbo griego paraginomai, que significa, literalmente venir al lado, o sea, hacerse cercano, y por implicación, hacerse presente, sobre todo públicamente. Tanto Jesús como Juan se dan a conocer, aparecen frente a su pueblo. En Mt. 3, 1 lo hace el Bautista: “En aquel tiempo, aparece [paraginomai] Juan el Bautista”; y en Mt. 3, 13 es el turno de Jesús: “Entonces Jesús fue desde Galilea hasta el Jordán y se presentó [paraginomai] a Juan”. La oración que resume sus prédicas es la misma también: “Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca” (Mt. 3, 2; Mt. 4, 17). Marcos ya la había utilizado en su Evangelio, con alguna variante, atribuyéndola solamente a Jesús (cf. Mc. 1, 15), pero Mateo va más allá, poniéndola en boca de Juan. Esto determina un punto de contacto que, si no es bien interpretado, lleva a confusiones. ¿Hablaban de lo mismo ambos personajes? ¿La Buena Noticia de Jesús es idéntica a la prédica exhortativa de Juan? Más adelante señalaremos qué las diferencia, pero por lo pronto tengamos en cuenta que el concepto del Reino de Dios (la expresión Reino de los Cielos es lo mismo que Reino de Dios; Mateo la utiliza para respetar la costumbre judía de no pronunciar el santo nombre) no era exclusivo del cristianismo; al contrario, Jesús lo hereda de la rica tradición israelita, y como producto de una tradición tan históricamente larga, existían muchas acepciones. Para algunos, el Reino de Dios es puramente militar, es una empresa marcial de Yahvé de los ejércitos que aniquilará a las naciones paganas con todo el peso de su poder; para otros, el Reino de Dios es una estancia espiritual, un estado casi fantasmagórico de elevación a la quintaesencia del conocimiento divino; para un grupo se trata del momento de peregrinación escatológica de los pueblos hacia el monte Sión; para otro grupo es el presente mismo, quizás en dos niveles, uno más cósmico-celestial y otro más terrenal-material. Para algunos, el Reino es un don; para otros es la construcción que hacen los justos del proyecto de Dios en la tierra. Jesús y Juan convivían con diferentes acepciones del Reino de los Cielos, y por ello no es extraño pensar que divergieran en el sentido que le daba cada uno. Sin embargo, más allá de esa diferencia que remarcaremos luego, podemos seguir anotando similitudes entre ambos hombres. Según Mateo, el ministerio de los dos está profetizado por Isaías. El Bautista es la voz que clama en el desierto de Is. 40, 3, y Jesús es la luz que ilumina las tinieblas de las regiones de la muerte de Is. 9, 1 (cf. Mt. 4, 14-16). Las multitudes acuden a ellos desde lugares similares (Jerusalén, Judea, la región del Jordán) según Mt. 3, 5 y Mt. 4, 25, y al verlas (cf. Mt. 3, 7 y Mt. 5, 1), ambos hombres proclaman su mensaje que es, en definitiva, un programa de vida.

Estos programas de vida están creados en función del Reino que predica cada uno. Y aquí vamos a adentrarnos en la diferencia de los mensajes. En Juan, la ira de Dios es lo inminente, y no se puede escapar de ella. Dios está de veras enojado, según parece. Tiene un hacha (su instrumento escatológico), y con esa hacha va a limpiar la humanidad. Lo que no sirve se corta y es arrojado al fuego. Para realizar esta acción de limpieza, Dios tiene un enviado, uno más fuerte o más poderoso que Juan. Es el agente mesiánico, la mano derecha de Dios. Si la herramienta escatológica divina es el hacha, la del agente mesiánico es la horquilla para recoger el trigo (y guardarlo) y quemar la paja (en un fuego eterno). El plan programático del Reino que predica Jesús parece, en cambio, apuntar en otra dirección. De lo primero que se habla es de los bienaventurados (cf. Mt. 5, 3ss), de poner la otra mejilla (cf. Mt. 5, 39), de amar a los enemigos y rogar por los perseguidores (cf. Mt. 5, 44), de un Padre que hace llover sobre justos e injustos (cf. Mt. 5, 45). Es un Reino difícil de congeniar con el hacha y la horquilla. No estamos afirmando que haya una total oposición entre un mensaje y el otro, pero sí que no son exactamente lo mismo. Jesús no reproduce la idea de Reino del Bautista. Sí hablará del árbol que no produce buenos frutos y es quemado (cf. Mt. 7, 19) o de la cizaña que es separada para ser arrojada al fuego (cf. Mt. 13, 40), pero estas menciones, típicamente joánicas, no enmarcan el total del Evangelio jesuánico. Esto es notorio cuando el Bautista, desde la cárcel, manda a preguntar a Jesús si Él era el que debía venir o es preciso esperar a otro (cf. Mt. 11, 2-3). Juan hablaba del más fuerte, y llegó a creer que ese agente mesiánico era Jesús, pero en un momento dudó, justamente por las maneras y las palabras de Jesús. ¿No debía llegar con el hacha y la horquilla? ¿No debía quemar a los pecadores? ¿No era el momento oportuno para la ira de Dios? Jesús parecía más concentrado en el amor del Padre que en su enojo, en su capacidad de perdonar que en su capacidad de hachar. Por eso le devuelve al Bautista una constatación profética de su mesianismo: “Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven: los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres” (Mt. 11, 4b-5); estos son los signos que Isaías atribuye a la llegada del Reino (cf. Is. 29, 18-19; Is. 35, 5-6a). Si Juan era profeta, entonces podía leer los acontecimientos históricos desde la perspectiva de Dios. El Mesías había llegado, estaba aquí, los enfermos se restauran, los muertos vuelven a la vida, hay Buena Noticia para los pobres. Esos son los signos de la llegada de Dios, y no el fuego y la condenación.

La figura del Bautista es una figura dura. Es un profeta amenazante. Juan está enmarcado en la tradición de Elías. Jesús mismo lo atestigua refiriéndose a él: “Y si ustedes quieren creerme, él es aquel Elías que debe volver” (Mt. 11, 14). La descripción de Mc. 1, 6 y Mt. 3, 4 tiende a la misma asimilación: Juan se viste como el profeta Elías de 2Rey. 1, 8. Su vestimenta es austera, pero más aún, es una protesta al sistema vigente. La piel de su túnica es de camello, y el camello es un animal impuro según Lv. 11, 4. De esta manera, el profeta denuncia al Templo y a su sistema de impurezas/purezas rituales. Por otro lado, se alimenta de langostas y miel silvestre. Ambos son productos del desierto, lo cual se puede entender en dos sentidos: la protesta es contra el Pueblo de Dios instalado que ha olvidado su estancia en el desierto por cuarenta años, y por lo tanto, se ha olvidado del mismísimo Dios (sentido reforzado por el Salmo 81 donde Dios, recordando la salida de Egipto, asegura que alimentaría a su pueblo con miel silvestre); o la protesta es contra el sistema de mercado, debido a que las langostas y la miel silvestre no se producen ni se venden, sino que se obtienen directamente de la naturaleza.

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Es muy probable que Juan Bautista no tuviese el mismo perfil que Jesús en cuanto a mensaje. Es muy probable, también, que la duda de Juan fuese muy profunda sobre la identidad de Jesús. Hoy, los historiadores coinciden en su grandísima mayoría, sobre un período en la vida de Jesús en que fue discípulo del Bautista, incluso permaneciendo un tiempo en el desierto con él. Con el paso del tiempo, Jesús habría penetrado más el misterio divino y comenzaría la separación de Juan para iniciar solo su camino. Quizás, el detonante para la separación ideológica definitiva fue la separación física que sucede cuando Juan es apresado; Mateo parece reflejarlo: “Cuando Jesús se enteró de que Juan había sido arrestado, se retiró a Galilea” (Mt. 4, 12).

Juan Bautista se debe haber decepcionado cuando le llegaron las primeras noticias, estando en prisión, de la actividad de su anterior discípulo. ¿Por qué no arremete con la ira de Dios? ¿Puede ser éste el Mesías? ¿Dónde ha quedado lo que le había enseñado en el desierto? Es la desilusión del mesianismo cuando el Esperado resulta ser distinto a lo que se esperaba. A muchos cristianos les sucede eso actualmente. Tras muchos años de practicar una fe religiosamente estricta, se encuentran con un Jesús distinto que no responde a las expectativas creadas durante tanto tiempo. Se encuentran con un Jesús de Buenas Noticias, de cercanía a los marginados, de tiempo de conversión, de poca condena y mucha comprensión, de juicios finales donde lo importante es la actitud frente al sufrimiento del prójimo antes que el cumplimiento legal de prácticas rituales. Se encuentran con un Salvador que salva más de lo que condena. Ese choque desestabiliza, cuestiona, y decepciona. Como al Bautista. Muchos cristianos quieren que Dios tenga el hacha al pie del árbol para comenzar la tala.

Y nadie puede decir que estos cristianos sean malos cristianos. Lo importante es dejarse tamizar por el Jesús de los Evangelios. Lo más seguro es que quienes creen en un Dios condenador no han leído más la Biblia que los manuales de catequesis; y allí reside el problema. La imagen en el espejo que puede devolvernos claridad para nuestras vidas es la imagen de Jesús que nos presenta el Nuevo Testamento, y a partir de esa imagen, llegar a la imagen de Padre que nos transmite Jesús. Siempre nos va a decepcionar alguien que conocemos a medias y que formamos a nuestra imagen y semejanza. El desafío de la evangelización es presentar, en primer plano, con todo lo que es, hace y dice, a Jesús. El desafío de la evangelización, entonces, es aprender a divulgar los Evangelios en un tiempo de adviento donde la gente no sabe qué esperar, cómo esperar o a quién esperar.


Liberados aunque no lo parezca / Asunción de la Virgen María – Ciclo C – Lc. 1, 39-56

En aquellos días, María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: “¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor”.

María dijo entonces: “Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque Él miró con bondad la pequeñez de tu servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz, porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo! Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que lo temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías. Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre”.

María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa. (Lc. 1, 39-56)

El Magnificat es uno de los cánticos preferidos de muchos cristianos. En él se expresa una realidad maravillosa que repercute de lleno en la historia. En él se escucha el clamor de los pobres y, por la pluma de Lucas, podemos imaginar, como en una obra teatral, que la protagonista femenina entona líricamente este salmo neotestamentario. La escena transcurre en la casa de Isabel, en un pueblo de la zona montañosa de Judá, entre dos embarazadas. Como varios comentaristas lo han resaltado, se trata del encuentro de dos madres y dos niños. Mientras las primeras entablan diálogo en voz alta, los segundos se comunican en otro nivel, del que nosotros nos enteramos porque el Bautista salta de gozo en el vientre de Isabel. La historia de la salvación que desarrolla Lucas encuentra su punto de contacto e inflexión en esta escena. La última madre del Antiguo Testamento se encuentra con la primera madre del Nuevo Testamento. El último profeta del Antiguo Testamento (cf. Lc. 16, 16a) con el Hijo primogénito del Nuevo Testamento. La bisagra del mundo se cierne en este poblado montañoso de Judá. En la debilidad de dos mujeres israelitas, sin mayor relevancia que la de ser ellas mismas, se fortalece la acción liberadora del Dios Yahvé. Desde lo insignificante, como de costumbre, el Señor realiza las maravillas más inesperadas. De alguna manera, la construcción lucana es dramática. Colocar en un ambiente familiar perdido en las montañas el punto de inflexión cósmico judeo-cristiano es un atrevimiento. No es en el Templo que el Mesías asume el Antiguo Testamento para plenificarlo; no es en medio de un ritual elaborado con incienso y sacerdotes; no es en una reunión de varones poderosos. Al contrario, es en una casa, sin más ritual que el saludo de dos parientes, y en un diálogo informal de mujeres. El relato está teñido de gozo, justamente, porque no hay protocolos, porque Dios se manifiesta liberador en lo cotidiano. La esperanza que expresa el canto del Magnificat tiene pocos parangones en los Evangelio. Como anticipo, puede decirse que el mismo gozo se halla en la resurrección, episodio ligado con la misma esperanza en el Dios liberador.

Respecto a las cuestiones técnicas del cántico, se reconocen algunos manuscritos que lo ponen en boca de Isabel, y otros tantos que lo contienen sin especificar el personaje que lo entona. Esto ha servido para discusiones exegéticas que, hoy por hoy, se inclinan a apoyarse en la opinión más difundida de atribuir al personaje de María el recitado. Lo cierto es que existen elementos para suponer que el Magnificat fue un agregado posterior a la redacción más original. En primer lugar porque puede leerse la perícopa de corrido pasando desde el versículo 45 al 56, y en segundo lugar porque la estructura poética interrumpe el flujo prosaico de la escena. Si el origen del cántico es judío y ha sufrido transformaciones cristianas, o si ha sido originalmente cristiano sufriendo transformaciones lucanas es discutible. Si bien es cierto que los verbos en pasado (desplegó, dispersó, derribó, elevó, colmó, despidió, socorrió) admiten que ya ha llegado el Mesías y ha sucedido la liberación, también es cierto que los temas del cántico son copia fiel del Antiguo Testamento. La mayor resonancia es el cántico de Ana de 1Sam. 2, 1-10, que contiene frases de estructura muy similar al Magnificat, con el gozo de Ana en su corazón, la destrucción de los enemigos, la grandeza de Dios, la caída de los poderosos y la elevación de los pobres y humildes. Sin dudas, la entonación de Ana sirvió de base a lo que leemos en la liturgia de hoy. También hay resonancias de Job 12, 19 y Hab. 3, 18. En sí, lo que se cuenta cantando es lo que se lee en el núcleo de la historia israelita: Yahvé destruyó los ejércitos del Faraón y permitió que el pequeño y humilde Israel escapara cruzando el mar, demostrando así que el brazo de Dios está del lado de los débiles.

María encarna y entronca la historia del Pueblo de Dios. Su embarazo es un embarazo que beneficia a todo Israel. La dinámica entre lo maravilloso de la maternidad divina (individual y personal) y lo maravilloso del Mesías que llega para todos (comunitario y social) es un entretejido. María se diferencia del Pueblo, pero María es el Pueblo, la mejor porción de él, su representante por excelencia, su icono. La misma estructura interna del cántico lo demuestra, pues mientras la primera parte habla de María culminando en la alabanza de la misericordia divina (versículo 50), la segunda parte habla de Israel recordando, nuevamente, la misericordia divina (versículo 54). Ambas misericordias son la misma, y el amor de Dios que envuelve a María para darle un hijo es el amor que le da al Pueblo un Mesías. De la María pobre y pequeña pasamos a lo humildes elevados, de la María esclava y servidora pasamos al Israel siervo y servidor. Cuando María canta, en realidad, canta el Pueblo. Que María se sienta liberada es, en definitiva, la alegría y el gozo de que la liberación llegó a todos.

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Recuperar a María comunitaria y signo de liberación es una tarea interesante para la evangelización. Bajarla del estrado que la alejó del pueblo y de su original condición será, en realidad, hacer honor a la fiesta de la asunción. Descendiéndola la haremos subir, según la paradoja del Evangelio (cf. Lc. 14, 11; Lc. 22, 26). Hacer justicia a María es una deuda pendiente. No podemos mancillar su memoria individualizándola (en proceso de egoísmo impuesto) o convirtiéndola en amuleto (signo de una liberación desencarnada). En el Magnificat se nos recuerda que el Dios en el que cree María es el Dios en el que queremos creer. Es el Dios Salvador, con la enorme connotación de esta palabra, que mal utilizada, destruye la evangelización. ¿Qué tiene de salvador una imagen lejana y poderosa? ¿Qué tiene de liberador el hecho de una madre mesiánica que parece existir en disonancia a la prédica del Hijo? Lo verdaderamente liberador (y dramático, porque la liberación así lo amerita) es que en una región montañosa de Judá, una mujer pobre tiene la clave hermenéutica de la historia. Como si hoy mismo una muchacha de una villa miseria latinoamericana, o una negra del África pobre, o una inmigrante ilegal en Europa, cantara a la esperanza de un Dios que salva. ¿De dónde saca esas ideas? nos preguntaríamos. ¿Por qué se alegra en un Dios que parece haberla olvidado? Y sin embargo, ella sabe más que todos nosotros. Esa es la dimensión que nos cuesta entender. La liberación divina viene del lugar menos pensado, y de los sitios donde menos esperanza parece haber. La resurrección, como mayor ejemplo, brota de un sepulcro, del lugar donde todo debería estar terminado.

Creer que los humildes pueden tener la clave hermenéutica de la historia es dar un salto de calidad en la evangelización. Animarse a escuchar sus cantos, sus alabanzas, sus agradecimientos, y tratar de entenderlos, es hacerse Iglesia. Las comunidades que son capaces de traspasar la inmediatez del sufrimiento para gritar al mundo (aunque no sean oídas) que creen en Dios, son comunidades evangelizadoras, y no precisamente deben ser instituciones eclesiales. Miles de personas trascienden su egocentrismo para creer en conjunto, sin pertenecer a ninguna denominación, como María e Isabel en una casa de la región montañosa, sin intervención institucional. Son esas comunidades las que honran a María, aunque no le dediquen fiestas litúrgicas ni tengan una estatua o estampilla de ella.

Amar con la pasión de Dios / Domingo de Ramos (Misa) – Ciclo C – Lc. 22,14–23,56

El relato de la pasión según Lucas que leemos hoy es mucho más largo que los textos que estamos acostumbrados a escuchar los domingos. Por eso resulta difícil hacer un comentario que abarque las distintas dimensiones del texto, que desarrolle una exégesis acabada, que no se pase nada por alto. Las homilías del Domingo de Ramos y del Viernes Santo son de las más complicadas para los predicadores, porque en la extensión de las lecturas, es muy fácil perder el centro y muy complicado decidirse sobre qué hablar. Aquí vamos a hacer un brevísimo recorrido (no completo en absoluto) por algunos elementos de la lectura de hoy que son propios de Lucas y que diferencian esta pasión de las relatadas por Marcos, Mateo o Juan.

Una cena distinta. Los cuatro relatos de la institución de la Eucaristía responden a dos tradiciones diferentes. Tenemos la de Mc-Mt, donde la inspiración predominante está en el pasaje de Ex. 24, 8, cuando Moisés rocía al pueblo con la sangre de la alianza. La otra tradición, de Pablo-Lc, encuentra más cabida desde la profecía de Jer. 31, 31-34, donde se habla de la nueva alianza que establece Dios con su pueblo. Estas dos miradas no hacen más que recalcar dos aspectos propios de la Eucaristía. Dejando a Pablo de lado y concentrándonos en los sinópticos, tenemos que la estructura de la cena varía entre la tradición de Mc-Mt y la de Lc. Si para los dos primeros Evangelios (Mc. 14, 17-26 y Mt. 26, 20-30) el croquis es: altercado con Judas/institución de la Eucaristía (pan/vino)/salmos y salida hacia el monte de los Olivos; para Lucas es: primera copa/pan/segunda copa/altercado con Judas/discusión entre los discípulos sobre quién es el mayor/palabra a Simón/recomendación a los discípulos/himnos y salida al monte de los Olivos. Como vemos, la sobremesa es más extensa en Lucas, y trata sobre la actitud discipular frente al drama de la muerte. Algunos discípulos son entregadores (como Judas), otros se disputan los primeros puestos y quieren oprimir al hermano (como en el altercado sobre quién es el mayor), otros se sentarán a comer y beber en la mesa del Reino por su fidelidad (por haber permanecido con Jesús en las pruebas), otros niegan al Cristo, pero son sostenidos por la gracia al final (como Pedro), y otros seguirán indefinidamente sin entender (como en el altercado sobre las espadas).

Getsemaní sin nombre. La escena de la oración agónica de Jesús sucede en el monte de los Olivos para Lucas, no en un lugar llamado Getsemaní (cf. Mc. 14, 32 y Mt. 26, 36). El autor, además, obvia las tres insistentes veces que, según Marcos (cf. Mc. 14, 37-41), Jesús encuentra dormidos a los discípulos. En este caso es una sola vez al final. En la misma línea, los discípulos no huyen cuando sucede el prendimiento del Maestro, como se narra en Mc. 14, 5-52 y Mt. 26, 56. A estas omisiones le podemos contraponer dos adiciones lucanas: el ángel que conforta a Jesús en su agonía y el sudor de sangre. Estos eventos narrados en Lc. 22, 43-44 no figuran en muchos de los manuscritos antiguos. San Hilario, San Jerónimo y San Cirilo testimonian que en muchos códices de su época faltaba este texto. Una de las hipótesis es que el texto estaba en la versión original del libro, pero que fue censurado durante la época en que la herejía arriana cobró vigor, ya que el arrianismo predicaba que Jesús no era divino, y la fuerte imagen agónica mostrada en esta escena sería uno de sus argumentos. Hoy sabemos, científicamente, que el sudor de sangre es un fenómeno que puede suceder en momentos de gran tensión, cuando los capilares de las glándulas sudoríparas se dilatan al punto de romperse.

El gran perdón. A lo largo del Evangelio, el tema del perdón es uno de los grandes hilos conductores de Lucas. Juan el Bautista vendrá a anunciar el perdón de los pecados (cf. Lc. 1, 76-77); el paralítico es perdonado/sanado, como en toda la tradición sinóptica (cf. Lc. 5, 17-26); la mujer pecadora pública (cf. Lc. 7, 36-50) es a quien muchos pecados le son perdonados y demuestra mucho amor por ello; las tres parábolas de la misericordia (Lc. 15) son la expresión parabólica de la obra perdonadora del Dios que se alegra con el regreso a casa del que estaba perdido; en la escena de Zaqueo (cf. Lc. 19, 1-10) se nos recuerda que el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido. Este tópico, entonces, no puede estar ausente en la pasión. Cuando el servidor del sumo sacerdote pierde la oreja por un arrebato violento de uno de los discípulos (tradición de los cuatro Evangelios), Jesús lo cura (tradición únicamente lucana); tras las negaciones de Pedro, el Señor lo mira y provoca el llanto amargo del apóstol que significa su arrepentimiento; un malhechor crucificado junto a Él es perdonado al pedir ser recordado cuando Jesús venga con su Reino; y tras la expiración, la gente vuelve a sus casas dándose golpes en el pecho, en señal de arrepentimiento. En la cumbre del perdón de Dios, una de las frases más conocidas se hace audible: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc. 23, 34). Todo este halo de perdón que envuelve la crucifixión se hace ironía en la referencia a la reconciliación entre Herodes y Pilato que estaban enemistados. El Dios presentado por Lucas es el Dios que perdona en el Hijo, el Dios de la misericordia, el que se sienta a la mesa con publicanos y pecadores, inclusive con sus asesinos.

Pilato más bueno. Lucas escribe para paganos desde un ámbito pagano, y su obra completa sirve, en determinados aspectos, como apología externa para el Imperio, en vistas a que el cristianismo no sea considerado peligroso y, por lo tanto, no sea perseguido. Desde esta perspectiva se entiende la insistencia en demostrar la inocencia de Pilato (procurador romano) en el proceso judicial. Afirma que no encuentra delito en Jesús y que no es merecedor de la muerte, e inclusive que hace intentos por liberarlo. Estas referencias a la bondad de Pilato son tres (cf. Lc. 23, 4; Lc. 23, 13-15; Lc. 23, 20-22) y propias de Lucas. En Hechos de los Apóstoles, el autor retoma el tema en un discurso de Pedro: “El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, a quien vosotros entregasteis y negasteis en presencia de Pilato, cuando éste juzgaba que debía soltarlo” (Hch. 3, 13). Por las crónicas extra-bíblicas, sabemos que la personalidad de Pilato dista bastante de esta presentación, y que es casi imposible que se haya esforzado por ahorrarle la muerte a Jesús. Lo único que podría haberlo movido es su enemistad con los dirigentes judíos.

Herodes aparece. Sólo Lucas relata el encuentro de Jesús y Herodes durante el juicio. Para Mateo, Marcos y Juan este dato es desconocido. Herodes es el tetrarca que encarceló al Bautista (cf. Lc. 3, 19-20) para asesinarlo, y el que se preguntará, al enterarse de la fama de Jesús, quién es éste (cf. Lc. 9, 7-9) que algunos identifican como Juan redivivo, Elías u otro de los profetas. De cualquier manera, por la superstición característica de Herodes, desea fervientemente verlo; ocasión que no le será propicia hasta el juicio. En su locura macabra, Herodes es un personaje irrisorio. Cuando caminando hacia Jerusalén unos fariseos se acercan a Jesús para advertirle que Herodes tiene planes de matarlo (cf. Lc. 13, 31), Él trata al tetrarca de zorro y anuncia que su muerte, como la muerte paradigmática de los profetas, sucederá dentro de Jerusalén (cf. Lc. 13, 32-33), dejando en claro que Herodes es un don nadie frente a la muerte del Mesías. La afirmación es política y psicológica: Herodes es un hombre perdido en su demencia. Por eso Jesús no le habla durante el juicio. No vale la pena. Es un curioso que quiere ver trucos de magia, un ser incapaz de espiritualidad y sensibilidad, desprendido de la realidad, ajeno al drama de la vida diaria. El poder no lo ha cegado, sino que lo estupidizó.

Malhechores. Una de las escenas clásicas de la pasión lucana es la mal llamada del buen ladrón. La razón para afirmar que el nombre de la perícopa está equivocado es que no se trata de un ladrón según el texto griego, o sea, de alguien que roba, sino de uno que hace el mal, un kakoerga (malhechor). El suplicio de la crucifixión no se aplicaba a bandidos de poca monta, sino a los agitadores políticos, a los que cometían el crimen de lesa majestad (alta traición) y, según algunos historiadores, a los homicidas. No sabemos la causa específica de la crucifixión de los otros dos, pero de seguro no fue un robo menor. Ahora bien, la escena construida por Lucas rebosa en dos temas de repeticiones: la condición de rey de Jesús (los magistrados lo llaman irónicamente Elegido, los soldados de rey de los judíos, la inscripción sobre su cabeza afirma lo mismo, y el malhechor lo pide que se acuerde de él cuando venga con su Reino) y la salvación (los magistrados lo incitan a salvarse a sí mismo, luego los soldados, y finalmente el primer malhechor). La paradoja de la situación se da en que en las burlas se jactan de que ha salvado a otros, pero que no puede salvarse a sí mismo, y finalmente termina salvando al malhechor, o sea, salvando nuevamente a otro. Sus detractores son, al fin y al cabo, los que dan la pista hermenéutica de la cruz: el Mesías da la vida para que otros la tengan, muere para que otros no mueran más, se pierde para que otros se salven.

 

Toda la obra lucana es de un estilo exquisito. Es poesía aplicada al Evangelio. No hablamos de sensiblería, sino de sensibilidad. Lucas no es cursi, sino un interpretador del amor de Dios. Lucas ha descubierto que Dios ama por sobre todas las cosas, que es un Dios cercano, que perdona, y que por todo esto, acomete la inabarcable historia de la salvación haciéndose presente en el mundo de los pobres, marginados, publicanos, pecadores, prostitutas y malhechores. Dios se rodea de los rechazados para abrazar universalmente. Dios sufre con el sufriente, no para redimirnos con la tortura de su Hijo, sino para redimirnos en el amor que ama al que nadie quiere. Providencialmente, la pasión lucana elimina las escenas más sanguinarias de la tradición, como lo es la tortura registrada en Mt. 27, 27-30, Mc. 15, 16-10 ó Jn. 19, 2-3, y añade las preciosas escenas de la curación de la oreja del sirviente herido, la mirada a Pedro tras sus negaciones, el pedido de perdón para aquellos que lo crucifican y la escena de los dos malhechores. De esta manera, Lucas nos aclara que no salva el sufrimiento, sino el amor. Dios no quiere de ninguna manera el sufrimiento de su Hijo; son los seres humanos los que no soportamos su Evangelio y decidimos matarlo sometiéndolo a la injusticia de nuestro sistema. Él, de todas maneras, nos amó y nos ama. Esa es la locura por la que perdona Dios, y esa, en sí, es la locura de Dios. Pablo expresa en términos de la teología de la sustitución que el amor de Dios está probado en que, aún siendo pecadores, Cristo muere por nosotros (cf. Rom. 5, 8). No nos hemos ganado el amor de Dios, lo hemos recibido.

El relato de la pasión de Lucas es el relato de la gracia. La conversión es posible porque somos amados. Analógicamente, evangelizar para cambiar el mundo sólo tiene efecto si amamos primero. Creer que los varones y las mujeres deben cambiar porque traemos un mejor sistema moral desde el cristianismo, o porque nuestra religión está más organizada, es un error craso. Cambia el que descubre el amor de Dios, la extremidad, ultimidad y radicalidad de ese amor. ¿Cómo evangelizar a quien no amamos? ¿Cómo narrar la historia de la pasión en frío, sin sentirse conmovido por ese gesto absoluto que es dar la vida? Los evangelizadores evangelizan cuando aman, no cuando elaboran el mejor discurso, o celebran con los mejores signos, o son recibidos en la mayor cantidad de casas. Evangelizan cuando el amor se hace fiel a pesar de las tribulaciones. Evangelizan cuando amando logran que el otro descubra la cercanía de Dios, que no está lejano en su trono, sino crucificado, por amor, junto a los crucificados de la historia, y éstos son capaces de decirle Jesús, tuteándolo, como el malhechor de Lucas.