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Que haya hermanos / Trigésimoprimero Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 23, 1-12 / 30.11.11

Entonces Jesús dijo a la multitud y a sus discípulos: “Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen. Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo. Todo lo hacen para que los vean: agrandan las filacterias y alargan los flecos de sus mantos; les gusta ocupar los primeros puestos en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, ser saludados en las plazas y oírse llamar ‘mi maestro’ por la gente.

En cuanto a ustedes, no se hagan llamar ‘maestro’, porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos. A nadie en el mundo llamen ‘padre’, porque no tienen sino uno, el Padre celestial. No se dejen llamar tampoco ‘doctores’, porque sólo tienen un Doctor, que es el Mesías. Que el más grande de entre ustedes se haga servidor de los otros, porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”. (Mt. 23, 1-12)

El de hoy es un texto crítico. Criticar es dar una opinión personal sobre algún tema. Etimológicamente, crítica proviene del griego krino (discernimiento), que procede a su vez de krinein (separar). Cuando se realiza una crítica, no se está remarcando lo malo exclusivamente, sino que se está opinando con discernimiento, separando lo rescatable de lo desechable, lo que sirve de lo que no sirve, lo elogiable de lo detestable. El de hoy, por supuesto, es un texto crítico. Jesús hace una crítica a los escribas y fariseos. Marcos tiene una pequeña referencia que podría ponerse en paralelo (cf. Mc. 12, 38-40), referida sólo a los escribas. Lucas también la conserva en Lc. 20, 45-47. Ambos paralelos están situados, cronológicamente, sobre el final de la vida de Jesús, coincidiendo con el texto que leemos este domingo perteneciente a Mateo. Pero además, Lucas tiene otro texto que es mucho más similar a Mt. 23, 1-12, aunque con dos notables diferencias: se ubica en el capítulo 11, casi a la mitad del libro, y separa las críticas a los fariseos de las críticas a los escribas. Mateo parece responder a una necesidad histórica de su comunidad unificando escribas con fariseos. Tras la caída de Jerusalén en el año 70 d.C., el farisaísmo se hace con el control del judaísmo y los escribas vienen a ser el fundamento teológico-exegético de este judaísmo fariseo. En la época de Jesús, entre los fariseos no existían muchos escribas, sino que más bien se trataba de comerciantes, artesanos y campesinos que decidían consagrarse voluntariamente a una forma de vida sumamente estricta respecto a las leyes de pureza/impureza y respecto a las prescripciones de la Torá. En esto parece más preciso Lucas que separa la crítica a los fariseos (cf. Lc. 11, 39-44) de la crítica a los escribas (cf. Lc. 11, 46-52). A los primeros les remarca la hipocresía, la forma de vida estereotipada que busca el aplauso humano. A los segundos su aire de superioridad, de estar por encima del pueblo interpretando la Palabra y haciéndolo a su antojo, para su propia conveniencia, sin reconocer que el Espíritu (Sabiduría) es el que habla, no la ciencia. El fragmento real, en el Evangelio según Mateo, se extiende hasta el versículo 35 por lo menos, con ayes y palabras cada vez más agresivas. La liturgia católica ha decidido detenerse en el versículo 12.

Mateo, haciendo actualización de Jesús para su comunidad presente, sabe que la crítica de Jesús no es sólo para escribas, ni sólo para fariseos. La crítica no es sólo para los que se declaran judíos. Es una crítica universal y atemporal para todos los que, de manera hipócrita, hacen de la religión un teatro, y para todos los que esgrimen ciencia teológica intentando validar posiciones propias antes que la posición de Dios. Mateo sabe que la crítica de Jesús llega hasta su comunidad eclesial, hasta él mismo. Lo que los escribas y fariseos hacen es lo que los cristianos también hacen, porque la tentación trasciende los límites de la denominación religiosa. Hay un error repetitivo en la historia religiosa: el olvido del servicio al ser humano. Cuando la religión (cualquiera que esta sea) se olvida del hermano, del prójimo, pierde su razón de ser, su conectividad con lo sobrenatural. La religión no está en el mundo para autoensalzarse. La religión está para mejorar el mundo, para cambiarlo en un camino de plenitud. Cuando los dirigentes religiosos pierden este rumbo, desfiguran a Dios. Crean una imagen divina acorde a sus intereses, predican esa imagen y falsean al Dios verdadero. Eso le molesta a Jesús. Gran parte de su misión está centrada en acercar al pueblo la imagen más perfecta y verdadera del Padre, su amor, su misericordia. En esta misión de revelación, se ve obligado a criticar a quienes deforman a Dios presentándolo con características que, en realidad, le son ajenas. Por eso es una crítica que sirve para hoy, y servirá para mañana, y sirvió para la comunidad mateana que, lentamente, iba configurando un Dios a su imagen y semejanza.

La crítica comienza con una afirmación: los escribas y fariseos se sientan en la cátedra de Moisés. Las cátedras son asientos, los principales de la sinagoga, desde donde se imparte la instrucción. Por lo tanto, es un lugar de poder. Quien ocupa la cátedra es el que explica las Escrituras, el que tiene dominio sobre la Palabra. Históricamente, no es tan correcto asociar a los fariseos a la cátedra de Moisés, sino más bien a los escribas, estudiosos de la Ley. Es posible escucharlos, pero no tomarlos como ejemplo. Puede que ciertas interpretaciones que hacen sean correctas, sin embargo, su vida, su praxis, no se condice con lo que dicen. En la visión de Jesús, eso es un problema de autoridad. ¿Cómo creerle y aprender de alguien que disocia su vida de sus palabras? La coherencia de Jesús los confronta: habla de la Palabra y vive la Palabra con una radicalidad que da consistencia a su proclamación del Reino. Por esa vivencia en carne propia, no ata pesadas cargas sobre los demás. Estas cargas son las prescripciones/interpretaciones que los escribas y fariseos hacían sobre la Ley. Todo ese detalle y rigorismo respecto a lo que se pude y lo que no se puede hacer, tiene otra perspectiva en Jesús, que ofrece un yugo suave y ligero (cf. Mt. 11, 30). Los escribas y fariseos han fabricado una complicada red que se vuelve pesada, que oprime. Jesús ha resumido la Ley en el mandamiento de amar a Dios y amar al prójimo (cf. Mt. 22, 37-40), haciendo de la Ley una posibilidad de liberación en el amor. Por eso no puede avalar las imbricadas vueltas y volteretas tejidas alrededor de la Palabra de Dios. Eso también es una manera de falsear al Padre, de hacerlo inaccesible. ¿Y para qué? Para privatizarlo, para que sólo sea propiedad de una élite, de manera que este grupo sea reconocido. Este es el sentido de las filacterias agrandadas. Las filacterias eran envolturas de cuero que llevaban en su interior fragmentos de la Torá y que los fariseos se ataban al brazo izquierdo y a la frente, según la tradición de pasajes como Ex. 13, 9.16; Dt. 6, 8 y Dt. 11, 18, que hablan de llevar la Palabra del Señor siempre presente, en el corazón, atada a las manos y como marca sobre la frente. Del mismo modo, según Nm. 15, 38-39, los flecos en los mantos tienen la función de recordar al israelita los mandamientos para que sean cumplidos. Las filacterias y los flecos tienen una función hacia dentro, hacia el que los lleva, para que recuerde que hay una Palabra divina pronunciada y que debe actuar en consecuencia; Jesús critica el uso hacia fuera, el uso demostrativo, teatral, que busca reconocimiento externo. Eso no es lo que pide la Ley, ni tampoco es el espíritu de la tradición. Jesús ya se había referido al peligro de hacer las cosas para ser vistos (cf. Mt. 6, 1-18). Es el peligro del amor propio que desplaza los otros dos amores principales: a Dios y al prójimo.

Haciendo el salto cronológico hacia su comunidad, Mateo introduce una recomendación para los cristianos. Los discípulos también corren el riesgo de todas las religiones. Por eso deberían ser radicales en su organización. La comunidad mateana (en Antioquia, quizás) parece haber contado con varios ministerios (profetas, sabios, escribas, según Mt. 23, 34), lo que habla de un estadio avanzado institucional. Seguramente, algunos de los ministros comenzaron a pretender ciertos honores desprendidos de su rol. Algunos habrían pedido ser reconocidos como maestros, y tener la estima que se tiene a los rabinos. Otros pedirían ser llamados padre, quizás por su condición de ancianos de la comunidad o directores generales. Mateo cree que eso debe extirparse raíz. A nadie debe llamársele maestro (rabí según la versión original), porque Maestro hay uno solo. El uso de rabí no era exclusivo de los rabinos maestros de la Ley en el siglo I d.C., sino que se aplicaba a otras personalidades. Lo mismo sucedía con padre (pater en el original), que podía aplicarse en la familia, en religión para los dirigentes y hasta para el emperador romano, considerado padre de Roma, padre de la patria y padre del mundo entero. Pues bien, nadie debería recibir ese título, porque es propiedad de Dios. Para ser llamado padre en la tierra hay que tener el mismo corazón que el Padre celestial. Finalmente, el tercer título a desterrar es el de kathegetes (doctor para varias traducciones, instructor para otras, preceptor en algunas más). Lo llamativo de esta frase es que incluye una autoreferencia de Jesús a sí mismo como Mesías, lo que lleva a cuestionar la originalidad histórica del dicho, haciéndolo muy probablemente redaccional, ya que Jesús fue reacio a designarse como el Mesías esperado por el judaísmo. De todas maneras, la intención es la misma: una comunidad eclesial sin títulos honoríficos.

¿Es posible? ¿Podríamos tener una Iglesia sin títulos? ¿O ya es demasiado tarde y los títulos son parte de nuestro acervo dogmático? Quizás no sea la solución adecuada, pero Mateo parecía considerar oportuno desterrar los títulos. Que abunden los ministerios, que haya profetas y sabios, que florezcan los carismas, pero que nadie obtenga beneficio de ello, más que la comunidad entera. Que los maestros enseñen sin esperar el reconocimiento, que los profetas profeticen sin añorar una devolución, que los sabios estudien y disciernan sin tener mejor lugar en la asamblea. Que los mejores lugares y los honores sean para los hermanos más pequeños, para los frágiles, para los pobres. Mateo propone una Iglesia deshonrada, sin motivo de orgullo mundano. Una Iglesia desentendida de las pirámides sociales jerárquicas. ¿Es posible? Con nuestra organización eclesial actual nos parece un disparate. Y es que, como buenos fariseos, hemos construido un entretejido de justificativos alrededor de nuestra organización interna. Tenemos justificaciones sacrales, bíblicas y de curioso respeto. Damos el primer asiento a los dirigentes, no al pobre, pero nos justificamos. Damos la palabra a los científicos de la Biblia que han estudiado en reconocidas universidades, pero no escuchamos al profeta de barrio. Damos primacía a la parafernalia, al teatro religioso, a las grandes multitudes concentradas para peregrinar, pero poco se dice de las comunidades reunidas en las casas, en los salones comunitarios, siendo apenas un puñado. Ustedes no sean así dice Jesús. Que no haya jefes ni mejores ni dueños de nada: que haya hermanos.

Sexto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 6, 17.20-26

Bajó con ellos y se detuvo en un paraje llano; había un gran número de discípulos suyos y gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón.

Y él, alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: “Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados. Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis. Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, que vuestra recompensa será grande en el cielo. Pues de ese modo trataban sus padres a los profetas. Pero ¡ay de vosotros, los ricos!, porque habéis recibido vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que reís ahora!, porque tendréis aflicción y llanto. ¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!, pues de ese modo trataban sus padres a los falsos profetas” (Lc. 6, 17.20-26)

Sermón del llano

Sermón del llano

Para muchos biblistas, Lc. 6, 11 es el final de una de las secciones del Evangelio según Lucas, y Lc. 6, 12 marcaría el inicio de la siguiente, con la elección de los Doce (cf. Lc. 6, 12-16). El texto que nos presenta hoy la liturgia, así como está, recortado, vuelve dificultosa su interpretación completa. Si sólo nos limitamos a este recorte nos perdemos la institución apostólica y el resumen de la actividad jesuánica (cf. Lc. 6, 17-19).

La sección comienza con Jesús orando (cf. Lc. 6, 12), imagen repetitiva en el relato lucano. La oración acompaña todo el ministerio del Maestro y, sobre todo, frente a los momentos claves, se hace presente como guía de discernimiento. Tras pasar toda la noche en la oración de Dios, Jesús llama a sus discípulos (no sabemos el número de los mismo), y de entre ellos escoge a los Doce (cf. Lc. 6, 13), quienes reciben el nombre de apóstoles. El apóstol es el embajador, el enviado. Mientras que para las primerísimas comunidades el título podía designar a un gran número de personas dedicadas a llevar el anuncio kerygmático de un lugar a otro (cf. Hch. 14, 4; Rom. 16, 7; 1Tes. 1, 1), con el tiempo el título se fue restringiendo a aquellos que habían tenido un encuentro con el Resucitado y habían sido enviados a predicar la Buena Noticia. Es muy probable que este cambio en el concepto de apóstol lo haya suscitado la discusión entre Pablo (defensor del bautismo sin necesidad de circuncisión) y los cristianos judaizantes (defensores de la necesidad de la circuncisión para ser bautizados). Éstos últimos acusaban a Pablo de no haber conocido al Jesús terreno, y por lo tanto, no ser verdadero apóstol. Pablo se defenderá argumentando que, así como se apareció el Resucitado a Cefas, los Doce, a quinientos hermanos, a Santiago y al resto de los apóstoles, también se le apareció a él en último término (cf. 1Cor. 15, 5-8), y por lo tanto, igual que los otros, es enviado por mediación directa de Jesucristo (cf. Gal. 1, 1). Lucas, que escribe a una distancia de treinta años de la disputa de Pablo con los judaizantes, establece ya una diferencia entre el grupo de los Doce apóstoles y el resto de los discípulos. Inclusive se realizarán dos misiones en su Evangelio: la primera estará a cargo de los Doce (cf. Lc. 9, 1-6.10) y la segunda a cargo de setenta y dos discípulos (cf. Lc. 10, 1-20).

Cuando Jesús baja al paraje llano tras la institución de los Doce (aquí comienza la lectura de hoy), el autor nos delimita los grupos que están con Él: los apóstoles (que son doce), el resto de los discípulos (en gran número), y una muchedumbre judía (de Judea y Jerusalén) y pagana (de la región de Tiro y Sidón) que ha venido para oírlo, para ser sanada y exorcizada (cf. Lc. 6, 18-19). Cuando comienzan las palabras de Jesús, el texto remarca que los ojos del Maestro se fijan en los discípulos; a ellos se dirigen estas enseñanzas, a ellos les corresponde interpretarlas y hacerlas carne.

El sermón del llano de Lucas es el paralelo del sermón del monte de Mateo (cf. Mt. 5, 1ss). El inicio de ambos son las bienaventuranzas, pero Mateo enumera ocho o nueve (de acuerdo a como se considere Mt. 5, 10-12) y Lucas se limita a cuatro. Además, éste último añade cuatro ayes. Algunos biblistas consideran que la versión de Lucas es la más fiel al Jesús histórico, mientras que Mateo sería una versión estilizada y adaptada a las circunstancias de la comunidad mateana receptora de su libro. Una de las claves principales para suponer esto reside en la primer bienaventuranza, donde Lucas ha dejado el término pobres a secas, y Mateo escribió pobres de espíritu (cf. Mt. 5, 3). Ya en la escena en la sinagoga de Nazareth, nos habíamos enterado que el plan programático de Jesús consistía en anunciar la Buena Noticia a los pobres (cf. Lc. 4, 18), según lo había predicho el profeta Isaías (cf. Is. 61, 1). Es más real que el Jesús histórico tuviese una preocupación específica por los pobres a secas, los pobres materiales, los que nada tienen porque otros tienen lo que les correspondería. De estos desheredados es el Reino, porque la Buena Noticia los tiene como destinatarios. Junto a ellos, o en ellos mismos, están los hambrientos y los que lloran ahora mismo, en este instante, en el panorama desolador de la tierra. Ellos, por la Buena Noticia, serán saciados y reirán. La última bienaventuranza parece más específicamente dirigida a los discípulos radicales, los mártires que dan su vida por el Evangelio. Cuando la causa del odio es el Hijo del Hombre, cuando la excomunión se produce por el nombre de Jesús, cuando el discípulo se vuelve marginal, despreciable, pobre, cuando pasa hambre y llora, entonces se ha identificado a tal punto con su Maestro, que es hora de alegrarse y saltar de gozo, porque ha entendido lo que es cielo aún estando en la tierra. El libro de los Hechos de los Apóstoles parece hacerse eco de esta bienaventuranza cuando narra cómo los apóstoles fueron azotados y, al ser liberados tras la tortura, “marcharon de la presencia del Sanedrín contentos por haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por el Nombre” (Hch. 5, 41).

A las cuatro bienaventuranzas, como ya lo dijimos, le corresponden cuatro ayes. Estas lamentaciones de Jesús son similares a las de Is. 5, 8-24, dirigidas contra los que acumulan bienes inmuebles, los que se entregan a la juerga, los que intercambian el sentido del bien y el mal, los orgullosos y los jueces injustos. Jesús se dirige a los ricos, los que ahora están hartos y ríen a costa de los otros, de los que se habla bien en todos lados. Quizás, el último ay contenga referencia a los fariseos y legistas, quienes recibirán una segunda lista de ayes en Lc. 11, 42-52. Ellos responden, más adecuadamente, al parámetro de falsos profetas alabados por todos. Estos ayes son fortísimos, pero necesarios para clarificar el mensaje y para la construcción literaria que queda conformada a manera de antítesis entre los felices en la nada y los desgraciados que todo lo tienen. Los ayes hacen un contrapunto oscuro, pero revelador de la paradoja del Reino. Los ricos y los reconocidos públicamente se ríen gozosos de su situación de aparente superioridad, se sacian en su propia producción, no necesitan de nadie ni de nada, no miran más allá de su ombligo. Se bastan solos. Lo demás y los demás son un instrumento para perpetuar su estado. Lo ayes denuncian la estructura social de mayores y menores, de uno sobre otro, de oprimidos y opresores. El rico lo es a costa de los pobres. Los saciados y los que ríen son ajenos al hambre y a la tristeza de muchos. Los alabados y adulados persiguen a los que piensan distinto, a los mártires, los que son capaces de defender un Evangelio que ataca sus intereses. Entre apóstol y falso profeta hay una diferencia sustancial que reside en su relación con el pueblo. El falso profeta engaña y miente para elevarse, para ser reconocido, para recibir honores, para dejar la situación como está, estática, sin modificaciones. El apóstol, en cambio, sale de sí mismo porque es enviado, y combate el engaño para que se haga presente la verdad del Reino, intentando no ser reconocido, sino que se reconozca su Maestro, sin segundos intereses, en vistas a una modificación de la realidad que re-ordene lo establecido en clave paradojal, poniendo lo que está arriba por debajo, elevando lo caído (cf. Lc. 1, 51-53).

Bienaventurados y ayes

Bienaventurados y ayes

El sentido del binomio rico-pobre en el Evangelio según Lucas es la intención de denunciarlo escatológicamente. ¿Qué quiere decir esto? Lo escatológico es lo referente al fin último de las cosas, a lo que tiende la Creación. Y esa tendencia es el Reino, el nuevo orden, donde no hay diferencias raciales, religiosas o económicas, donde no hay discriminación ni distinciones, donde no hay oprimidos y opresores. Jesús anuncia con las bienaventuranzas y los ayes que el orden social del mundo que nos toca vivir no es querido por Dios, que la gran brecha entre ricos y pobres es un invento humano, que las sociedades no son civilizadas cuando unos hacen el trabajo a bajo costo y otros reciben las ganancias sin mover un dedo. El fin escatológico es la desaparición de las diferencias, de los pobres, de los oprimidos, del llanto y del hambre (cf. Ap. 21, 4). Eso creen los apóstoles, los enviados. La Buena Noticia es anunciada a los desfavorecidos de la tierra, los que la pasan mal. De ellos es el Reino porque de ellos parece no serlo. Para los ricos hay lamento porque pareciese que ya poseen la vida plena, cuando en realidad viven una ilusión óptica.

Suponen los historiadores que la comunidad donde se gesta el relato de Lucas tenía una gran diferencia entre ricos y pobres, con adinerados muy adinerados y marginales muy marginados. Si esto es así, en poco se distanciaría este Evangelio de la realidad latinoamericana, donde nos declaramos cristianos mientras el subdesarrollo se subdesarrolla día a día y un grupo elite proclama que el capitalismo es la salvación. Somos un pueblo de denominación cristiana que vive a ambos lados de la antítesis del texto litúrgico de hoy, y parece que no nos damos cuenta. A los bienaventurados preferimos decirles que se queden así, en la pobreza, y que allí disfruten las maravillas del Reino que se les ha prometido. A los signados por los ayes no los molestamos con exhortaciones profundas; más bien preferimos que aporten una cuota mensual o periódica para obras de caridad. Quedan tan vacías las palabras de Jesús en nuestra pastoral, nuestra relación con el mundo, nuestras homilías, nuestras predicaciones, nuestros escritos, que cuando una persona se atreve a profundizar la Biblia y lee con detenimiento el sermón del llano (o el sermón del monte), siente la ansiedad de lo que ha descubierto y la impotencia frente a una estructura que lo desdice.

¿Qué significan la riqueza y la pobreza en nuestra evangelización? ¿No estaremos sordos a sus conceptos? ¿No estaremos ciegos frente a la fuerza que emana de su lectura en las Escrituras? Algo que no fue un problema para nada menor en toda la tradición bíblica, resulta superficial para muchas iniciativas que se precian de misioneras. Se proponen actividades pastorales de retiros, jornadas de oración, asambleas litúrgicas, cursos de formación, etc. Algunos apoyan la realización de colectas. Pocos desubicados preguntan qué se va a hacer respecto a aquellas personas que viven en condiciones infra-humanas, o cómo crear conciencia entre los ricos sobre el daño que generan sus actividades de acumulación. Los programadores pastorales callan, esquivan el tema, todo continúa igual. Una evangelización ajena a las bienaventuranzas y a los ayes, pero sobre todo, conformista con la injusticia estructural, atenta contra el Reino, y desdice la escatología. Que las cosas continúen como están, es no ordenarlas hacia su fin último en Dios.