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En la sinagoga, un hombre se liberó / Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B – Mc. 1, 21-28 / 29.01.12

21 Entraron en Cafarnaún, y cuando llegó el sábado, Jesús fue a la sinagoga y comenzó a enseñar. 22 Todos estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.

23 Y había en la sinagoga un hombre poseído de un espíritu impuro, que comenzó a gritar: 24 “¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios”. 25 Pero Jesús lo increpó, diciendo: “Cállate y sal de este hombre”. 26 El espíritu impuro lo sacudió violentamente y, dando un gran alarido, salió de ese hombre.

27 Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros: “¿Qué es esto? ¡Enseña de una manera nueva, llena de autoridad; da órdenes a los espíritus impuros, y estos le obedecen!”. 28 Y su fama se extendió rápidamente por todas partes, en toda la región de Galilea. (Mc. 1, 21-28)

 

21

El relato de Marcos cambia inmediatamente de lugar y de tiempo. Desde el llamado vocacional anterior a los dos grupos de hermanos nos trasladamos a Cafarnaún, a una sinagoga, un día sábado. Los tres datos son determinantes para entender esta escena. En primer lugar tenemos la ciudad de Cafarnaún, nunca mencionada por el Antiguo Testamento y pocas veces citada en la literatura rabínica. Sin embargo, no se trata de una ciudad menor. Los arqueólogos la identifican como el sitio donde se ubicaba la más grande las sinagogas de Galilea en tiempos de Jesús. Era, además, como típica ciudad portuaria, a orillas del lago, un sitio de recaudación de impuestos, con la presencia de algún alto funcionario romano residiendo allí. Sobre su situación precisa, geográfica, hoy en día, hay disputas. Pero a los fines catequísticos del libro de Marcos, lo importante es reconocer su importancia social. Esta ciudad será muy importante para la actividad de Jesús, al punto que el autor parece indicarla como el centro de operaciones, desde donde Jesús va y vuelve evangelizando.

En esta escena particular, los hechos trascurren en una sinagoga (lugar cultual, sagrado). Este dato es importante para contrastar con la próxima escena, que ocurrirá en una casa (lugar profano, con impurezas). Las sinagogas parecen remontarse a la época del destierro en Babilonia, cuando el pueblo de Israel, cinco siglos antes de Jesús, se quedó sin Templo y tuvo que ingeniárselas para continuar celebrando la fe en Yahvé. Así se habrían iniciado reuniones en las casas que, con el tiempo, dieron origen a la institución sinagogal. Lo que en un principio fue una asamblea de personas solamente, con el tiempo llegó a tener un edificio, que también se llamó sinagoga. Estos edificios (casas de reuniones) solían construirse fuera de las localidades, junto a algún curso de agua. En la sinagoga se celebraba culto los sábados y se enseñaba, ocupando el rol de escuelas para los jóvenes. En las celebraciones de los sábados se leían textos de las Escrituras, se los explicaba y se oraba. La mención a Jesús enseñando en las sinagogas no es extraña, ya que cualquier adulto considerado idóneo podía predicar, como lo siguieron haciendo los primeros cristianos (baste el ejemplo de Pablo en los Hechos de los Apóstoles). De esta manera, Marcos traza un paralelo entre la situación misionera actual de sus comunidades y la situación de Jesús.

Como iremos viendo, la sinagoga se constituye en una institución pervertida en sus principios, y por eso en enfrentamiento con Jesús. Lo que Marcos narra como suceso rápido, es probable que se tratase de un proceso más lento. Jesús ha ido descubriendo que la sinagoga representa un modo de religión que aleja a las personas de Dios, en lugar de acercarlas, una institución que ha perdido de vista el Reino. En la sinagoga prima una visión del mundo que se rige por las leyes de pureza/impureza. La sinagoga sería un espacio puro, sagrado, dirigido por los justos, y quien queda fuera de ella (excomulgado) es un impuro, rechazado por Dios. Ahora bien, la pureza estaría dada por el respeto a una cantidad de normativas, sobre todo relacionadas con lo litúrgico, y no por la actitud de vida de cara al Reino de Dios. A una sinagoga no pueden ingresar los publicanos, no pueden ingresar los leprosos (impuros por su enfermedad), y las mujeres quedan relegadas a un segundo plano, en un espacio separado del de los varones. La sinagoga, que debería reflejar la asamblea en comunión que tiene como Padre a Dios, en realidad refleja la separación humana, la discriminación y la marginación. El mismo sentido del sábado se encuentra pervertido. El sábado (sabbát en hebreo) es una institución social judía, y desde Éxodo lo encontramos como decreto divino: “Recuerda el día del sábado para santificarlo” (Ex. 20, 8), repitiéndose su importancia en Ex. 23, 12 y Dt. 5, 12, asociándolo a la liturgia en Lev. 23, 3, con el fundamento teológico en la Creación, cuando Dios descansa al séptimo día (cf. Gen. 2, 2-3). La raíz de sabbát significa parar, descansar. Al principio, el sábado era un día dedicado a Dios y funcionaba como verdadera institución de protección a los más débiles, pues cesando el trabajo ese día, descansaban los esclavos y hasta los animales. Con el tiempo, el sábado se convirtió en un día en el que nada podía hacerse, llegando los rabinos a prohibir treinta y nueve clases de trabajo, inclusive limitando la cantidad de kilómetros que se podían caminar. Así, el sábado abandonó su esencia y comenzó a significar el aparato de opresión religiosa judía.

El mensaje que lanza Jesús contra la sinagoga de su tiempo, será el mensaje para la comunidad cristiana de Marcos, también. Cualquier religión, cualquier culto, cualquier manera de vivir la fe, puede pervertirse y convertirse en opresora. El cristianismo no queda exento. Marcos recuerda a sus lectores/oyentes que las comunidades cristianas pueden comenzar a funcionar igual que la sinagoga que combatió Jesús.

 

22

Entre los tres Evangelio Sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas), los escribas son mencionados 42 veces, pero la mitad de ellas corresponde a Marcos (21). Podemos ver que este grupo es importante para el autor, y sobre todo, importante en su papel de oposición (aunque el autor deja la puerta abierta a los escribas cuando Jesús dice a uno de ellos que no está lejos del Reino en Mc. 12, 34). En este caso, dentro de Galilea, aparecen como los primeros opositores directos. Los escribas eran un conjunto de judíos expertos en la Ley de Moisés, tradicionalmente entendidos como herederos de Esdras, el primer escriba (cf. Esd. 7, 6). Se supone que algunos sacerdotes eran escribas, pero la mayoría habrían sido laicos, sobre todo a partir del tiempo de los Macabeos. En cuanto a las sectas, había muchos más escribas fariseos que saduceos. Eran tratados con el título de rabí, que significa maestro. Además de la enseñanza, en las sinagogas y entre sus discípulos, impartían jurisprudencia en litigios legales, aplicando la Ley de Moisés y su interpretación sobre la misma. Como jueces y maestros ocupaban un sitio de privilegio en la sociedad. Eran los cultos, los dueños de la Palabra, los que más sabían cuál era el decir de Dios, los portavoces de Yahvé. Con esta descripción, entendemos que habían ocupado el rol de los profetas, desaparecidos de la escena por mucho tiempo, hasta Juan el Bautista. El punto central de acción era Jerusalén, pero había algunos dispersos en el interior, y suponemos que también en Galilea. Su influencia venía del respeto con el que eran considerados.

Esta autoridad de enseñanza de los escribas, según Marcos, es menor a la autoridad de Jesús, lo cual asombra a la gente. Acostumbrado el pueblo a escuchar los conocimientos de los escribas, se sienten consternados ante la aparición de un nuevo Maestro que habla distinto. Ya veremos en qué consiste esa diferencia, pero por lo pronto, tenemos que pensar cómo Marcos incrementa el hincapié en el cuidado que se debe tener con los sistemas religiosos. Advertencia para los cristianos. Cuando los maestros del cristianismo empiezan a actuar como los escribas que combate Jesús, hay que replantearse muchas cosas. Pero por encima de todo, volver a la enseñanza con autoridad de Jesús. Una autoridad que no está en el conocimiento científico (en saber más o menos sobre la Ley de Moisés), sino en el conocimiento de la humanidad y de la naturaleza de Dios, en el conocimiento del sentido del Reino y de la Buena Noticia, en el deseo de vida que surge del Padre y se dirige hacia todos los humanos.

 

23

Marcos utiliza, en todo su libro, 12 veces el término demonio y otras 12 veces la expresión espíritu impuro. En todo el relato, esta presencia de lo espiritual es patente. Quizás no sea Marcos el Evangelio con más referencias a los espíritus, tanto buenos como malos, pero sin dudas que hay un trasfondo donde lo invisible se entrama con lo visible. Marcos ha sido analizado muchas veces de manera materialista, y hasta se lo ha entendido como un texto puramente materialista, pero lo sobrenatural está allí, como telón de fondo. Siempre hay una lucha, implícita, entre el Espíritu de Dios y los espíritus inmundos, impuros, malignos. No por nada, la primera expresión patente de la liberación y del poder que trae el Reino a Galilea es un exorcismo en la sinagoga de Cafarnaún. Tras el llamado de los discípulos, el Reino no tiene como primera acción una curación ni un ritual de culto, sino un exorcismo, una expulsión demoníaca.

Lo más interesante de este exorcismo es que el poseso está dentro de la sinagoga. El lugar que se presenta como el faro de la pureza, como el dictaminador de los estados de pureza e impureza de las personas, no puede reconocer al demonio que lo habita. Y es que esas leyes que defiende la sinagoga, son inútiles frente a la situación de este hombre; no definen si lo excomulgan o si lo mantienen dentro. ¿Cómo excomulgar una impureza que no depende de la persona, que le ha venido de fuera? ¿Cómo mantener dentro de la sinagoga a un demonio? ¿Qué hacer? La presencia del endemoniado es la burla irónica de Marcos para con la sinagoga. Es más: el verdadero endemoniado es el sistema sinagogal.

La respuesta la trae Jesús a este dilema: liberación. El poseso debe recibir liberación, libertad. Y la sinagoga también, por ende. La sinagoga necesita volver a respirar libertad, desatar las pesadas cargas, tornar al ser humano antes que a la Ley de Moisés, a Dios antes que a las tradiciones.

 

24

El poseso habla en plural, lo cual parece una incongruencia, pero en realidad es el demonio hablando en nombre de los escribas (plural), y en ellos en nombre de la sinagoga. Nuevamente, con ironía, Marcos arremete contra la institución religiosa pervertida.

El reconocimiento que hacen los espíritus inmundos de Jesús, de su personalidad y de su ser, contrasta con la falta de reconocimiento que tendrá el pueblo y los mismos discípulos en varias oportunidades. Aquí queda patente lo que decíamos del mundo espiritual y sobrenatural siempre presente en el libro de Marcos. Las cosas no sólo suceden en el plano de lo material y terreno, sino también espiritualmente. Los demonios reconocen a Jesús, saben quién es y saben de quién viene. Los escribas, en cambio, no ven a Dios actuando en Jesús. Más ironía. El reconocimiento de Jesús viene de los derrotados, del mal. Los demonios, amenazados, saben quién es este Santo de Dios que viene hacia ellos. Pueden ver que el Reino ha llegado y que culmina la hora de las tinieblas. Para la comunidad cristiana que oye este Evangelio en primera instancia, el dato es sorprendente y un llamado al mismo tiempo. Si los demonios reconocen a Jesús y a la Buena Noticia que traen, la Iglesia no puede dudar. Si el mal se reconoce a sí mismo derrotado, expulsado, la Iglesia no puede dudar de la victoria de la vida sobre la muerte. Los espíritus inmundos en persona se declaran fuera de combate, inútiles ante la acción de Jesús Nazareno. Y así lo llaman: Nazareno, de Nazaret. Es el Jesús histórico que Marcos quiere recuperar desde su relato.

Llamarlo Santo de Dios tiene su base veterotestamentaria en Sansón, que es un consagrado a Dios (un nazireo); Aarón, que es santo del Señor; Eliseo, santo hombre de Dios; y Elías, hombre de Dios. Todas estas expresiones conservadas en el Antiguo Testamento pueden haber servido de base para que Marcos acuñara el título que los espíritus inmundos asignan a Jesús. Pero más que Marcos, puede que el título proviniese de una tradición anterior. Para los cristianos, Jesús es la presencia de la santidad divina que se opone a los espíritus del mal. Es el Santo de Dios, no porque se separe de los impuros, sino todo lo contrario, porque con su acercamiento a los impuros declarados por la religión, demuestra por dónde va la santidad de Yahvé.

 

25

La orden de callarse está emparentada con el tópico del secreto mesiánico que utiliza Marcos a lo largo de su libro. Por alguna razón, quienes reconocen el mesianismo de Jesús (en este caso los espíritus impuros), reciben la orden de ocultarlo, no darlo a conocer. En un contexto de evangelización, resulta extraño, pero en un contexto de persecución, puede ser la validación de la práctica de muchos cristianos que viven su fe en el secreto de las casas, en los encuentros clandestinos, a espaldas de las sinagogas y del Imperio. Algunos biblistas asumen, exegéticamente, que estamos ante un recurso literario y posiblemente histórico, mediante el cual Jesús no da vía libre para la proclamación de su mesianismo, ya que corre el riesgo de ser malinterpretado, en sentido político-militar.

Además, la orden directa de callarse tiene un fuerte sentido de autoridad (tema presente desde el inicio de la escena en la sinagoga). Jesús manda a callar a los espíritus impuros, para que dejen de hablar en nombre de las personas, para que dejen de engañar. La palabra de Jesús tiene la fuerza suficiente para exorcizar, sin valerse de gestos ni maniobras ni rituales. En otra oportunidad narrará Marcos milagros con la intervención de gestos, pero en este caso es una cuestión de palabra. La proclamación de Jesús es Buena Noticia que sale de sus labios y libera.

 

26

El resultado es el exorcismo, la salida del espíritu impuro, con gran teatralidad, sacudidas y gritos. Ante lo que parece ser una acción tranquila y con mansedumbre de Jesús, se opone la sobreactuación de las fuerzas del mal. Hay un claro controlador de la situación y un reino maligno invisible (representado por Belcebú, por los espíritus impuros) que comienza a sentir sus pérdidas.

En contraposición, el reino maligno visible (el imperialismo conquistador y la religión opresora) no parece estar tan desesperado. En todo caso, nunca se desesperará por completo, tomando la decisión de crucificar a Jesús. Ilusoriamente, el reino maligno visible se cree vencedor, a la par del invisible que sabe, concienzudamente, que ha llegado el final de los tiempos.

 

27

Este versículo coincide con el versículo 22 en sus expresiones y en su tema, enmarcando así la acción de Jesús del exorcismo. Hay algo nuevo en Jesús, algo novedoso y nunca antes visto. Parece ser una doctrina, una manera de enseñar y de dar a conocer a Dios. La novedad no está tanto en el contenido de Buena Noticia, sino más bien en su desarrollo palpable. No es una Buena Noticia desencajada de la historia, aislada, que se queda en mero discurso. Esta Buena Noticia influye de lleno en las personas, por ejemplo en la expulsión de un espíritu inmundo. Efectivamente, alguien se libera a causa del Evangelio. No es una doctrina retórica, académica, sino una realidad que se puede vivir a flor de piel.

La autoridad de Jesús ha logrado sacar de combate a los espíritus inmundos. Los escribas, en cambio, convivían con este espíritu en la sinagoga, sin darle respuesta adecuada. Jesús ha generado una respuesta, y en eso parece residir su autoridad superior y novedosa. No deja a las personas esperando, no las engaña, no las utiliza. Transforma sus situaciones de muerte en vida. La comunidad de Marcos está invitada a exclamar junto a los asistentes a la sinagoga la novedad y validez de la Buena Noticia. En sus penurias de persecución, necesitan afirmarse en la autoridad de Jesús, que no es como las otras autoridades (opresivas, verticales), ganadas por decreto, sino que da vida incidiendo para bien, liberando.

 

28

La fama de Jesús se expande por la Galilea. Marcos no deja de recalcar que esta provincia es el centro del Evangelio. Poco a poco todos se van enterando de la acción de este profeta y maestro. Se corre la noticia de que exorcizó a un hombre dentro de la sinagoga. El Evangelio corre a través de la provincia. Como debe correr por la expansión de los cristianos.

¿Hijo pródigo, padre misericordioso o hermano fariseo? / Cuarto Domingo de Cuaresma – Ciclo C – Lc. 15, 1-3.11-32

Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a él para oírle. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: “Éste acoge a los pecadores y come con ellos.” Entonces les dijo esta parábola:

Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo al padre: “Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde.” Y él les repartió la hacienda. Pocos días después, el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano, donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino. Cuando se lo había gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país y comenzó a pasar necesidad. Entonces fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pues nadie le daba nada. Y entrando en sí mismo, dijo: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros.” Y, levantándose, partió hacia su padre. Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: “Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo.” Pero el padre dijo a sus siervos: “Daos prisa; traed el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en la mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida; se había perdido y ha sido hallado.” Y comenzaron la fiesta.

Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y, llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Él le dijo: “Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano.” Él se irritó y no quería entrar. Salió su padre y le rogaba. Pero él replicó a su padre: “Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!” Pero él le dijo: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ha sido hallado.” (Lc. 15, 1-3.11-32)

La parábola del padre misericordioso (mal llamada del hijo pródigo), no es un texto aislado en Lucas. Cuidadosamente está ubicada en el capítulo 15, junto a otras dos parábolas, la de la oveja perdida (cf. Lc. 15, 4-7) y la de la dracma perdida (cf. Lc. 15, 8-10). Las tres parábolas están contadas en un contexto preciso: Jesús rodeado de publicanos y pecadores (cf. Lc. 15, 1) y fariseos y escribas que lo critican por comer con esta clase de gentes (cf. Lc. 15, 2). La tradición ha llamado a esta sección las parábolas de la misericordia, porque de una u otra manera, el amor/gracia de Dios se manifiesta superando los límites previsibles. El pastor deja noventa y nueve ovejas para buscar una sola; la mujer da vuelta la casa hasta encontrar la dracma; el padre recibe al hijo menor que se había ido y que había despilfarrado su herencia. En las tres escenas, el tema de la alegría es evidente. La conversión del pecador genera un gozo indescriptible en el cielo, entre los ángeles, y en el mismísimo padre. Hay fiesta y celebración porque los muertos regresan a la vida, los extraviados encuentran el camino, los perdidos son encontrados. Hay fiesta y celebración porque el amor es más grande que el mal.

La liturgia saltea los versículos de las dos primeras parábolas y, acertadamente, nos deja comunicados los versículos de la introducción con el relato del padre misericordioso. A partir de esta unificación es más fácil entender hacia dónde apunta la parábola. En el Evangelio según Lucas, hay tres referencias a Jesús comiendo con publicanos y pecadores. La primera es la de Lc. 5, 29, en casa de Leví, seguida de las murmuraciones de fariseos y escribas (cf. Lc. 5, 30). La tercera es la de Lc. 19, 1-10, en el episodio de Zaqueo, donde Jesús se hospeda en casa del jefe de los publicanos (es evidente que comió allí); la gente murmura por este comportamiento. La segunda referencia es la que leemos hoy, con la misma estructura de siempre: Jesús come con los impuros y los supuestos puros murmuran y critican su actitud. Por lo tanto, las tres parábolas de la misericordia no son sólo mensajes para los pecadores, y quizás sean todo lo contrario: mensajes para los que practican el farisaísmo, para los que se creen justos y condenan a los demás. Precisamente en el relato del padre misericordioso, que es una parábola compuesta por dos partes, la primera hasta Lc. 15, 24, y la segunda hasta Lc. 15, 32, es la sección final la más importante. El centro de interés no es la conversión del hijo menor, sino la conversión que no quiere realizar el hijo mayor. El menor se arrepintió, volvió, y aceptó ser hijo digno nuevamente. El mayor no se comporta como hijo ni como hermano; él necesita aprehender la enseñanza. Basados en el contexto que ya citamos, el hijo mayor se corresponde a los fariseos y a los escribas. En clave hermenéutica, el hijo mayor se puede corresponder con cualquiera de nosotros.

Pero veamos el centro de la estructura literaria, que corresponde al padre y a su recepción del hijo menor que volvió. Esta recepción y las actitudes que la acompañan son lo que irrita al hijo mayor, que no está tan molesto con el hermano como con su progenitor, incapaz de castigar, juez injusto que no sobrecarga con penas el pecado que se ha realizado en su contra. Seguramente, el hijo mayor no tendría problemas en recibir a su hermano si éste fuese reducido a la condición de jornalero y recibiese un trato de inferioridad. Pero lo que hace el padre es todo lo contrario. Al verlo venir de lejos, como si lo estuviese esperando, oteando el horizonte, se conmueve. La palabra en griego para esta compasión es splagcnizomai, que puede traducirse casi literalmente como ser movido en las entrañas. Splagcna designa las vísceras, los órganos más internos. Es una compasión que se manifiesta hasta físicamente, con un nudo en el estómago, por ejemplo. Es la compasión que nace de lo profundo. El mismo término es utilizado en Lc. 7, 13 cuando Jesús se compadece de la viuda de Naín que ha perdido a su único hijo, y en Lc. 10, 33 para describir el sentimiento del buen samaritano de la parábola respecto al hombre asaltado y maltratado por los salteadores. Es la compasión que mueve a la acción efectiva, que revive y que asiste al prójimo. En el caso del padre, es la compasión que lo pone en movimiento, que lo hace correr, como corre Zaqueo para ver pasar al Maestro (cf. Lc. 19, 4) y Pedro para ver el sepulcro vacío la mañana de resurrección (cf. Lc. 24, 12). En la cultura mediterránea, a un hombre notable no se le permitía correr, pues era indecoroso. Sin embargo, eso no es impedimento para el padre. Al llegar ante el hijo menor, se echa sobre su cuello, se deja caer sobre él, y lo besa efusivamente. La palabra griega para este beso es katafileo, la misma con la que se describe en Lc. 7, 38 cómo la pecadora pública besa los pies de Jesús tras haber derramado lágrimas y perfume sobre ellos. En Hch. 20, 37, nuevamente se utiliza el vocablo cuando los presbíteros de Éfeso se despiden de Pablo, arrojados sobre su cuello y afligidos porque ya no lo volverían a ver. Katafileo, entonces, no son besos decorosos, sino expresiones genuinas y pasionales de amor. Son los besos que no se dan por compromiso, sino por un sentimiento verdadero, en situaciones extremas.

Todas estas acciones del padre no son sólo expresiones arrebatadas. Son provocaciones del amor que siente por su hijo, y al mismo tiempo conductoras del status restituido, de la dignidad recuperada. Un status y una dignidad que tienen sentido porque el amor del padre no está estructurado bajo las categorías humanas. En la cultura mediterránea del siglo I, si un padre acogía a uno de sus hijos libertinos sin castigarlo, en cierta medida se hacía partícipe de ese libertinaje. Su deber como padre era imponer una sanción. En la parábola, el padre parece desentendido de esas usanzas. Su alegría es superior a cualquier disposición social. Su hijo menor, muerto y vuelto a la vida, perdido y hallado, tiene derecho a la dignidad sin condena. Por eso le hace poner el mejor vestido, un anillo y sandalias. El vestido es, figuradamente, la configuración de la persona, aunque de manera no figurada, la manera de vestir puede reflejar la personalidad. Para Pablo, debemos revestirnos con fe, caridad y esperanza (cf. 1Tes. 1, 12), y nuestros cuerpos corruptibles serán revestidos en la resurrección con inmortalidad (cf. 1Cor. 15, 53-54). Pero sobre todo, los cristianos somos revestidos de Cristo (cf. Rom. 13, 14; Gal. 3, 27), como también lo expresan las cartas deutero-paulinas (cf. Ef. 4, 24; Col. 3, 10). Ser re-vestido, nuevamente vestido, es asumir un nuevo ser. Por otro lado tenemos el anillo, símbolo de autoridad. El anillo de los reyes contenía el sello real, con el que se rubricaban los dictámenes, las leyes, las cartas, etc. Tener un anillo es tener la autoridad para firmar lo que se dispone, y que esa firma tenga valor. Cuando Faraón instituye a José como su mano derecha, se quita el anillo de su mano y se lo da (cf. Gn. 41, 42), haciéndole saber que “sin tu licencia no levantará nadie mano ni pie en todo Egipto” (Gn. 41, 44b). Finalmente, tenemos las sandalias. Sólo los hombres libres pueden utilizar calzado; los esclavos van descalzos. Las sandalias, antiguamente, eran símbolo de posesión de la tierra, por eso Moisés debe descalzarse frente a la zarza ardiente (cf. Ex. 3, 5), porque ese suelo es sagrado, no le pertenece, es de Dios. Estar calzado es ser libre y propietario, dueño de uno mismo y de donde pisa.

El hijo menor recupera algo más que comida. Recupera dignidad, y recuperándola vuelve a la vida. Eso es lo que celebra el padre. Ha triunfado el amor. Hay un esclavo menos en el mundo. Es justamente ese amor el que elimina la esclavitud y devuelve la vida. El hijo mayor, por supuesto, no lo entiende. Su recriminación es que ha estado siempre junto a su padre cumpliendo las órdenes, y ahora llega éste que se había ido por su propia decisión y todos festejan, cuando deberían castigarlo. La pregunta que el hijo mayor no realiza a su padre es por qué no lo castiga. Sabe la respuesta, y eso le aterra. Entiende que lo único que está en juego para su padre es el amor; lo demás es accesorio. Para él es al revés: el castigo del pecador está primero, lo demás es accesorio.

Esa actitud farisaica del hijo mayor no es sólo de algunos fariseos históricos. Es de muchos cristianos actuales. Hay que estar bien parados para admitir que el Padre ama de más. Hay que conocer lo suficiente a Dios como para suponer y creer que para Él estamos todos invitados a la fiesta, porque todos somos hijos. Si el problema es que no hemos entendido de qué clase de filiación se trata, entonces la cuestión es otra. Si creemos que los verdaderos hijos son los que ven al Padre como un juez administrador de castigos, nos equivocamos; si creemos que la relación con el Padre debe ser de acatamiento y no de amor, estamos equivocados; si hemos inventado un complicado juego de reglas que deben ser cumplimentadas para acceder más tarde (mucho más tarde) al novillo cebado, también estamos equivocados. Los hijos pueden comer el novillo cuando sea, porque lo que es del Padre, también es nuestro. Los hijos no se enojan cuando los perdidos son encontrados, cuando los muertos vuelven a la vida. Ese aumento de hijos no significa que haya menos para compartir, sino que ahora hay alguien nuevo para hacerlo. Eso es motivo de suficiente alegría, en el cielo y para los ángeles. ¿Podrá serlo para nosotros? ¿O preferimos refunfuñar desde afuera creyendo que estamos adentro? Porque para ser verdadero hijos, más que acatar las órdenes de un padre, tenemos que reconocer que tenemos hermanos.

Decimoquinto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B – Mc. 6, 7-13


Y llama a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos. Les ordenó que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja; sino: «Calzados con sandalias y no vistáis dos túnicas». Y les dijo: «Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta marchar de allí. Si algún lugar no os recibe y no os escuchan, marchaos de allí sacudiendo el polvo de la planta de vuestros pies, en testimonio contra ellos».
Y, yéndose de allí, predicaron que se convirtieran; expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.
(Mc. 6, 7-13)

La palabra Doce, en referencia al grupo de personas instituidas por Jesús, hasta el episodio que leemos hoy, aparece sólo tres veces en Marcos. En primer lugar, la leemos doblemente en el génesis del grupo apostólico (cf. Mc. 3, 14-19), donde se nos indican características precisas del mismo:

- Son instituidos: según la palabra griega poieō, equivalente al verbo hacer. Como se trata de un verbo muy utilizado y en sentidos tan diversos según la situación, es complicado determinar el significado preciso y conciso. Lo cierto es que se hace referencia a una acción que parte de Jesús, quien hace, crea o fabrica, de un puñado de hombres, un grupo de Doce. No han sido constituidos por sus propias fuerzas, por una organización que sucede de común acuerdo, por obra de la casualidad; son doce hombres elegidos por el Maestro y hechos un grupo particular.

- Para estar con él: en este primer texto sobre los Doce, lo primordial de su constitución parece ser la tarea de estar con Jesús, o quizás, si nos atrevemos a modificar un poco la traducción, a ser con Jesús. Son llamados a un discipulado intenso, un discipulado testimonial. Recordemos que los Doce no son los únicos discípulos de Jesús, y que Mc. 3, 13 especifica la presencia de varias personas, de entre las cuales se instituyen doce. Esta función testimonial será revelada tras la muerte y resurrección del Maestro, en un episodio que nos conservó Hechos de los Apóstoles, cuando, por la muerte de Judas Iscariote, la comunidad decide re-completar el número de doce, y la condición para el próximo elegido, según Pedro, es que sea “uno de los hombres que anduvieron con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús convivió con nosotros, a partir del bautismo de Juan hasta el día en que fue llevado de entre nosotros al cielo” (Hch. 1, 21-22). O sea, buscan a alguien que pueda dar testimonio de la vida, muerte y resurrección de Jesús. Por esto decimos que la función primordial de los Doce recae en el aspecto testimonial, como garantes de la fe, como discípulos que son/están con Jesús. No son ni más ni menos que el resto de los discípulos; sólo tienen una función diferenciada, una tarea, una misión particular.

- Para enviarlos a predicar: la segunda cuestión que incumbe a los Doce, subordinada a la anterior, es la predicación. Se trata de un grupo de anuncio. Este anuncio es, obviamente, fruto del ser/estar con Jesús. Ese discipulado en intimidad no podría redundar en otra cosa que en la transmisión y la proclamación de lo que Jesús es y de lo que Jesús hizo. Las características del envío no son desarrolladas en este primer texto, pero sí en el de hoy, que analizaremos más adelante.

- Con poder de exorcismo: finalmente, la tercer característica de los Doce es su poder de expulsar demonios. Este poder tiene un doble sentido para el grupo apostólico. En primer lugar, significa que portan la autoridad de su Maestro, de Jesús, paradigma del exorcista, por lo tanto, no son auto-convocados o hijos de Beelzebul o seguidores de alguna secta. En segunda instancia, el poder de exorcismo es la capacidad de obrar la liberación en las personas. Los Doce son un grupo testimonial y un grupo de liberación del mal. Pero volvamos al primer sentido que resulta importantísimo en el contexto del Evangelio según Marcos, donde el problema de la autoridad es una clave de todo el libro. A continuación de la institución de los Doce, y cerrando el capítulo 3, hallamos el altercado con los familiares (cf. Mc. 3, 20-21.31-35) y la discusión con los escribas de Jerusalén que lo acusan de estar poseído (cf. Mc. 3, 22-30), poniendo en tela de juicio su supuesta autoridad divina. Si expulsa los demonios con el poder del príncipe de los demonios, entonces no es el Mesías, no es el enviado de Yahvé; sería incluso su enemigo. Es evidente que para el relato marquiano (y para las primeras comunidades en general), el poder de exorcizar estaba íntimamente relacionado a la autoridad. Sólo los que poseen autoridad pueden expulsar demonios. Más adelante, en el capítulo 9, tenemos el relato de la vez en que Juan le cuenta orgulloso a Jesús cómo le impidieron practicar exorcismo a uno que no venía con ellos y que se jactaba de invocar el nombre del Maestro (cf. Mc. 9, 38), a lo que Jesús replica: No se lo impidáis, pues no hay nadie que obre un milagro invocando mi nombre y que luego sea capaz de hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros, está por nosotros” (Mc. 9, 39-40). Exorcismo y autoridad van de la mano. Hacer notar que los Doce pueden exorcizar es hacer notar que son un grupo con autoridad, no que provenga de ellos, sino del mismo Señor. Esa autoridad puede haber significado, para la comunidad marquiana que leía el relato a unos treinta o cuarenta años de los acontecimientos, una invitación a confiar en el testimonio apostólico, el testimonio que había fundado la Iglesia, pues no eran inventos de pobres hombres, sino Buena Noticia transmitida con la autoridad de Jesús.

Dijimos en un principio que Doce aparece tres veces antes del capítulo 6. Ya contabilizamos dos en Mc. 3, 14-19. La tercera oportunidad está en Mc. 4, 10. Aquí se dice que los discípulos que iban junto con los Doce le preguntan a Jesús sobre el significado de las parábolas que él narra. Como vemos, no sólo los Doce están con el Maestro, pero aún así, se hace la diferencia entre el grupo apostólico y el resto. Así llegamos a la cuarta mención de los Doce en la escena que leemos hoy. Aquellas referencias del capítulo 3 se hacen obra activa. Ahora son enviados a predicar y a exorcizar. Nuevamente, el tema del exorcismo cobra relevancia, ubicándose al principio (poder sobre los espíritus inmundos) y al final de la perícopa (expulsaban a muchos demonios), determinando así que toda esta acción misionera de los Doce es realizada con la autoridad que proviene de Dios, autoridad que se manifiesta en el poder del exorcismo. Probablemente, la referencia al bastón también siga la misma línea. Si comparamos los textos paralelos de Mateo y Lucas, nos encontramos con una diferencia específica. Mientras en Mt. 10, 10 y Lc. 9, 3 se les prohíbe a los enviados llevar bastón, Marcos lo presenta como un elemento que deben tomar. Las interpretaciones al respecto son variadas. Para algunos, el bastón es una ayuda del caminante, y entonces Marcos estaría recalcando el aspecto itinerante de la misión; para otros, el bastón es un arma que permite defenderse de los peligros del camino, y Marcos estaría advirtiendo a su comunidad de origen el resguardo que deben tener en una época de persecución. Pero lo que parece adecuado, es otorgarle al bastón el significado de autoridad, de un bastón que hace las veces de cetro, de báculo, como el de los príncipes y reyes, lo que haría factible explicar por qué Mateo y Lucas lo eliminan. Si el bastón es símbolo de autoridad, Mateo no se lo permite a los apóstoles porque ninguno de ellos debe adjudicarse un puesto superior, ya que “uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos” (Mt. 23, 8). Si el bastón es símbolo de autoridad, Lucas no se lo permite a los enviados porque la característica lucana es la pobreza, la humildad, y es en su relato donde Jesús asegura: “Cuando alguien te invite a una boda, no te pongas en el primer puesto, no sea que haya invitado a otro más distinguido que tú. Al contrario, cuando te inviten, ve a sentarte en el último puesto” (Lc. 14, 8.10a).

El grupo de los Doce es enviado sin ningún tipo de poder terrenal. No llevan alimento, alforja o dinero, ni siquiera dos túnicas. Lo que carecen de poder económico, les sobra en poder divino, pues van con la autoridad del Señor, tienen el poder de expulsar demonios y llevan el bastón/cetro que los identifica como auténticos enviados de Dios. Es así que predican, exorcizan, ungen y sanan. Su misión es una continuación de la misión de Jesús, quien también predica (cf. Mc. 1, 14-15), exorciza (cf. Mc. 1, 21-27) y sana (cf. Mc. 1, 29-34). Los Doce, entonces, no se inventan nada, sino que continúan algo comenzado por el Maestro. Esa continuación será realizada creativamente, pero con fidelidad al proyecto del Reino, porque aquel llamado primigenio a ser/estar con Jesús, fue un llamado a configurarse con Él, justamente para dar testimonio fiel. La repetición de las acciones propias de Jesús (predicar, exorcizar, sanar) en sus discípulos es el signo de una misión entregada. Jesús no va con ellos, sino que los envía solos. Podemos percibir un componente post-pascual en el relato, como teología misionera de las primeras comunidades. Jesús ya no está físicamente con ellos, tampoco poseen los medios terrenos para instaurar un reino frente al gran Imperio Romano, sin embargo, el Reino de Dios se instaura desde la predicación, el exorcismo y las curaciones, desde el no tener nada, ni siquiera pan o alforja, desde lo itinerante, desde la misión pequeña. Y si bien Jesús ya no está físicamente, su presencia se ha transformado y permanece por el fundamento del testimonio de los Doce, por los signos que siguen acompañando a la Iglesia y que caracterizaban a Jesús, por un mensaje de esperanza que es Buena Noticia, por el mal que es derrotado, por los hombres y mujeres que son liberados de sus enfermedades. Tal vez, avanzando y arriesgando en la interpretación, puede que la unción con aceite transmita algo de esto, considerando que Jesús curaba de diversas maneras, con contacto directo, sólo de palabra o con medios físicos, pero los Doce lo hacen a través de una sustancia específica, a través de un sacramento, porque no es el aceite lo que cura, sino el poder de Dios. El gesto de la unción aparece como acto sacramental, que no reemplaza la presencia física de Jesús, sino que la re-significa y transforma para hacer presente su poder de una manera diferente.

Todo este poder/autoridad de los enviados, de los Doce, les permite realizar un gesto que nos parece rotundamente negativo y agresivo, como lo es sacudir el polvo de los pies al salir de un lugar que no los recibe. Este gesto no es un invento de Jesús, sino que se remonta al judaísmo. Un judío sacudía el polvo de sus sandalias cuando, tras pisar territorio pagano, salía de él. De esta manera, no se llevaba la impureza del suelo gentil, suelo que no adoraba al Dios verdadero. En este envío de los Doce, los paganos son reinterpretados, y aparecen aquí como aquellos que no reciben ni escuchan al nuevo Israel, o sea, a los Doce. Los enviados tienen la autoridad suficiente para realizar el gesto, porque son los que han oído la Palabra y han acogido al Señor.

Como hemos visto, los Doce realizan su misión mediante tres actividades: la prédica, el exorcismo y las curaciones. Hoy, la misión sigue necesitando estas tres acciones, porque son las acciones heredadas del Señor. La Iglesia que no predica, que no exorciza y que no cura, no es Iglesia del Cristo. El problema es que, según la época y según las teologías, las tres actividades enumeradas fueron adquiriendo distintas connotaciones, que a veces eran simples, otras veces literales, y en tantas ocasiones rebuscadas. A nosotros nos compete el desafío de significar cada una de ellas para dar respuesta a las situaciones misioneras de la actualidad, y en continuación con los Doce, seguir ofreciendo la alternativa del Reino, desde las mismas premisas con las que ellos se lanzaron: en pobreza, humildad, itinerantes, convocados y enviados, peregrinos, en comunidad.

¿Cuál es la prédica para las situaciones misioneras actuales? En el centro, siempre lo fue y siempre lo será, el kerygma, el anuncio explícito de la Buena Noticia que significa la encarnación, la vida, muerte, pasión y resurrección de Jesús de Nazareth. Ninguna prédica puede desviarse de ese centro, porque entonces se saldrá del eje, derrapará. Pero profundizando en algún aspecto del Evangelio que pueda sacudir al modelo social contemporáneo, podríamos enunciar la Verdad. A una impresión social relativa, donde importa lo que cada uno siente como regla primaria, donde la moralidad es a la carta, donde el Reino se mezcla con las demás ofertas como en un muestrario o catálogo, la Verdad del Evangelio es fuerza de choque, es mensaje que desestabiliza, es anuncio provocativo. Pocas cosas cuestionan más al hombre y a la mujer que nos rodean que el concepto de la Verdad, porque se nos ha inculcado una forma de entender la realidad que no acepta verdades. Al misionero de la post-modernidad, no le resulta fácil predicar una Persona que se adjudica el mesianismo y la filiación divina, una Persona que se identifica como camino a la divinidad.

¿Cuál es el exorcismo para las situaciones misioneras actuales? Hemos dicho que expulsar demonios es signo de autoridad. Jesús expulsaba con el poder de Dios y los Doce lo hacen con el poder de Jesús. Lo demás es farsa o simulación, es obra de Beelzebul. Los hechos demoníacos de la actualidad, esas opresiones que esclavizan al ser humano, ese gran aparato económico multinacional que limita las posibilidades de los pobres, son una farsa, un montaje siniestro. Mientras prometen el progreso y la promoción a una supuesta mejor calidad de vida, establecen un sistema mundial que separa a los ricos de los pobres, para que cada grupo persista y se profundice en su situación cada vez más. Los poseídos de Palestina quedaban fuera de la sociedad. Los poseídos por la globalización capitalista y neoliberal quedan al margen. Llegar a ellos y exorcizarlos para incluirlos, es quizás menos costoso que exorcizar el sistema. Ante la metódica producción de pobres, el desafío está en una Iglesia capaz de demostrar que su Señor es más poderoso que el dinero, que el Reino de Dios es más real que la bolsa de valores. El sistema económico puede poseer, pero sólo Jesucristo puede liberar.

¿Cuáles son las curaciones para las situaciones misioneras actuales? Curar es restablecer lo que se había enfermado. Cada vez con más ahínco la misionología piensa en la ecología, en la salud planetaria que hemos enfermado con nuestro descuido. Sanar la Creación, restablecer el orden del principio, es la misión de curar en sentido universal, una curación para todos. El hecho pascual no ha afectado sólo la intimidad de los corazones, sino que cada fibra del universo se ha hecho nueva y es, en potencia, plena, en la medida en que sea asociada concientemente a la resurrección. Juegan aquí intereses económicos y desinterés general, pero con los enfermos físicos no es distinto. En un sistema de salud burocratizado y comercial, el paciente es cliente y la medicina un negocio. El arte de curar la Creación implica oponerse al comercio de lo redituable que destruye y oponerse a la desidia de los destructores pasivos, aquellos que por no comprometerse contribuyen a la enfermedad del planeta. No es un sueño hippie incluir la ecología en la misión; es mirar la obra del Padre con la esperanza del primer capítulo del Génesis y los últimos del Apocalipsis, condensando la historia.

Domingo de Pascua – Ciclo B – Jn. 20, 1-9



El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto».
Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos.
(Jn. 20, 1-9)

El relato de la tumba vacía del Evangelio según Juan difiere notablemente del texto marquiano leído en la noche del Sábado de Gloria. Mientras en Marcos van tres mujeres al sepulcro, en Juan es sólo María Magdalena; mientras las tres se quedan calladas al final y atemorizadas, en el relato joánico se da anuncio a Pedro y al discípulo amado, quienes continúan la inspección del sepulcro vacío. Quizás, una posible lectura de este pasaje consista en mirar los tres personajes y lo que simbolizan en la trama del Evangelio:

- María Magdalena: su primera aparición con nombre propio sucede al pie de la cruz, junto a la madre de Jesús y la hermana de la madre de Jesús (cf. Jn. 19, 25). Identificarla con la mujer adúltera del capítulo 8 o con la hermana de Marta y Lázaro (cf. Jn. 11, 1) es basarse en una opinión sin fundamentos literarios claros. Ahora bien, desde su presencia al pie de la cruz, junto a dos parientes de Jesús, no está de más suponer que ella también era familiar del Señor. Pero quizás, más importante que eso, sea que es mujer, simple mujer, sin derechos ni beneficios en una sociedad machista. Mujer que permanece en las situaciones difíciles, acompañando el dolor y el sufrimiento. Mujer sin protagonismo en la historia que, desde su silencio, se hace primera voz de la resurrección, primera misionera del mensaje pascual, de la Buena Noticia. Porque la escena fuerte de la Magdalena sucede en el sepulcro vacío, siendo la primera en encontrarse con el Resucitado. La perícopa de la liturgia de este domingo, que finaliza en el versículo 9, no nos permite ver la continuación, con el regreso de ambos discípulos a la casa (cf. Jn. 20, 10) y la aparición de Jesús (cf. Jn. 20, 14). Ha sido la permanencia de María su característica más destacada. Permaneció al pie de la cruz, en la tribulación, y permaneció en el sepulcro, también en una tribulación, pues creía que se habían robado el cadáver. Por su doble permanencia, ve al Señor resucitado, se encuentra cara a cara con Él. En este sentido, el personaje de ella es el símbolo de los que esperan aún en las dificultades, los que comparten con los crucificados las horas más terribles, y alcanzan la visión del Reino pleno. Pero hay otro sentido también posible, y es el de María como persona insignificante que guía a la Iglesia a la pascua, a su acontecimiento central. Es ella quien va a buscar a Pedro y al discípulo amado, con una concepción errónea, pero efectiva al final. Cree que se han robado el cadáver, ni siquiera sospecha la resurrección. Sin embargo, desde su ignorancia, desde su insignificancia, se vuelve significante, porque acude a los discípulos primero, y porque llora a su Señor (cf. Jn. 20, 11) con pena verdadera, lamentándose de otra injusticia más. Tras la aparición, recibirá el encargo de transmitir palabras precisas a los varones, palabras confiadas por el mismo Resucitado: “Vete a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios” (Jn. 20, 17b). María Magdalena, mujer no tenida en cuenta, mujer que no abandona, es mujer de la Buena Noticia, mujer importante para la pascua.

- Pedro: para muchos exegetas, la figura de Simón Pedro en el Evangelio según Juan es el símbolo de la autoridad, en contraposición y complementariedad al discípulo amado, símbolo de la comunidad. Ambos discípulos aparecen juntos en cuatro pasajes importantes. En primer lugar, en la última cena, cuando Jesús anuncia que será entregado por un íntimo (cf. Jn. 13, 22). Simón Pedro hace una seña al discípulo amado para que éste pregunte a Jesús quién es el entregador (cf. Jn. 13, 24), debido a que el discípulo amado estaba al lado de Jesús (cf. Jn. 13, 23). Tras inclinarse sobre el pecho del Maestro, obtiene la respuesta (cf. Jn. 13, 25-26). El segundo episodio es durante la convulsión posterior al arresto de Jesús. Simón Pedro y el otro discípulo siguen a la comitiva que se lleva al Maestro hasta la casa de Anás. Allí, Pedro no puede ingresar y espera en la puerta, mientras el otro discípulo, conocido de la casa, puede ingresar. Gracias a sus contactos, finalmente logra que Pedro también ingrese (cf. Jn. 18, 15-16). El tercer episodio es el que estamos analizando en la lectura del día, y el cuarto está contenido en el capítulo 21 del Evangelio, donde la aparición del Resucitado sucede durante una pesca de los discípulos. Es el discípulo amado quien se da cuenta primero que el aparecido es el Señor, y al anunciarlo a Simón Pedro, éste se lanza al agua para ir a su encuentro (cf. Jn. 21, 7). Sobre el final del capítulo, Pedro preguntará a Jesús sobre el final que le depara al discípulo amado (cf. Jn. 21, 21), pero el Maestro responde: “Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa? Tú, sígueme” (Jn. 21, 22). A través de estos cuatro episodios, la imagen de Simón no parece ser la mejor. Está sentado lejos de Jesús en la cena, no puede acompañarlo hasta la intimidad del juicio ante Anás, llega más tarde al sepulcro tras el anuncio de la Magdalena, no sabemos si creyó al ver las vendas y el sudario, no reconoce en un primer momento al Resucitado en la pesca milagrosa y es curioso respecto al paradero del discípulo amado. No encontramos aquí características muy ajenas al personaje de los Evangelios sinópticos, arrebatado, impulsivo, amigo cercano de Jesús, pero también lejano, sin demasiada comprensión de lo que está sucediendo. Lo interesante en Juan es su relación con el discípulo amado (comunidad) y su rol (autoridad). En la corrida hacia el sepulcro que leemos hoy, hay una especie de competencia. Comienzan corriendo juntos, pero llega antes el otro discípulo porque es más rápido. Sin embargo, no ingresa, esperando a Simón, que sí ingresa y contempla todo, pero no sabemos cuál es su reacción, si creyó o no, si se atemorizó, si supuso que se habían robado el cadáver. El otro discípulo, al contrario, ingresa detrás de Pedro y cree al ver, comprendiendo las Escrituras. El contrapunto entrambos resalta sin necesidad de una explicación detallada. Aquí la autoridad que significa Simón Pedro es removida, pues recibe el anuncio de una mujer, pierde la carrera, y no sabemos si cree.

- Discípulo amado: su significado es la representación de la comunidad. Resalta, sobre todo la intimidad que mantiene con Jesús. Se sienta a su lado, se recuesta en su pecho, lo acompaña en el juicio ante Anás y está al pie de la cruz (cf. Jn. 19, 26), donde el Maestro le confía a su madre (cf. Jn. 19, 27). Vive un contrapunto constante con Simón Pedro, ganándole la corrida al sepulcro tras el anuncio de la Magdalena y abriéndole los ojos para que reconozca al Señor en la aparición de la pesca milagrosa. Este contrapunto, si bien parece indicar una contraposición extrema, funciona de manera complementaria, como guiando y ayudando a un Simón impulsivo y desorientado. Lo deja ingresar primero al sepulcro, y tras de él se introduce para terminar creyendo con la simple visión de la ausencia. En la misma línea de la tumba vacía de Marcos, el discípulo amado funda su fe en una evidencia que es la falta del cadáver. Pero profundizando un poco más, la fe del discípulo aparece como una comprensión de lo acontecido, una re-lectura de las Escrituras a la luz del hecho pascual. Hasta ese momento no habían comprendido la Palabra de Dios, pero ahora es clara, porque se entiende a través de la tumba sin cuerpo.

Pedro/autoridad, sin discípulo amado/comunidad no es aceptable. La comunidad, cercana a Jesús, sentada a su lado, recostada sobre su pecho, es la vía de comunicación a la autoridad. Pedro debe preguntar al discípulo amado para que éste pregunte al Maestro. Pedro necesita del discípulo amado para ingresar a compartir los momentos claves, como el juicio ante Anás. Pedro llega después del discípulo amado al hecho pascual, pero es invitado a pasar primero, como pastor, como guía. Sin embargo, la autoridad no logra creer antes que la comunidad lo haga en las vendas y el sudario abandonados. Pedro no reconoce al Resucitado sino hasta que el discípulo amado se lo revela. En resumen, la autoridad, según el cuarto Evangelio, no puede ejercerse por fuera de la comunidad o por sobre la comunidad, sino con ella y en ella. El hecho pascual no es un suceso que dependa de la definición dogmática o del arbitrio de la autoridad; el hecho pascual es comunitario, y es la base de la fe de la Iglesia, más allá de los decretos o las resoluciones canónicas. La comunidad cree al ver el sepulcro vacío porque espera la pascua, la liberación, la desatadura de la muerte. Pedro/autoridad no hace otra cosa que seguir a la comunidad, quien le cede la prioridad de entrada como signo de respeto a su pastoreo, pero no para que avale la fe del discípulo amado, sino para que la comparta. El discípulo amado cree al ver, y no necesita que Simón Pedro lo corrobore, sino que participe de esa fe.

En la misión, muchas veces juega en contra el peso de la autoridad que busca anteponerse al evento personal/comunitario. ¿Cuántas veces anunciamos una institución antes que la pascua? ¿Cuántas veces fue más importante en nuestro discurso lo que se debe hacer antes que lo que se invita a vivir? Si las personas no tienen la oportunidad de mirar las vendas y el sudario para creer porque hemos ido con la imposición de un dogma, entonces no estamos evangelizando al estilo cristiano, sino corporativo; no buscamos discípulos del Resucitado, sino adherentes a una religión-empresa. El anuncio de la pascua debiese ser el anuncio más gozoso que podemos realizar, el anuncio de una liberación que afecta la vida concreta, que abre el entendimiento, el anuncio que no tiene otra corroboración que la experiencia misma personal y eclesial. No podemos ser cristianos porque otros dicen que lo seamos. Somos cristianos en la medida en que hallamos las vendas y el sudario sin cadáver y creemos que es posible, que no todo está perdido, que hay algo más, que hay vida en abundancia de parte de Dios, que la muerte no tiene la última palabra.

Probablemente, para los misioneros, María Magdalena pueda significar esas culturas, esos pueblos y esas gentes distintas, insignificantes, ignorantes de Dios según nuestros criterios. La Magdalena es lo que despreciamos por creer que no pueden darnos nada, que nosotros somos los misioneros que lo damos todo. Sin embargo, en su pequeñez, en su estado de mujer discriminada, la Magdalena permanece y, en su permanencia, es la primera depositaria de la Buena Noticia. Corre a la autoridad y a la Iglesia/comunidad a comunicarles la pascua, o sea, a misionarlos, a evangelizarlos. Al contrario de lo esperado, a la inversa de los esquemas y paradigmas de la misionología, son los despreciables de la sociedad los que llevan a la Iglesia al Cristo. ¿Cómo pensar una misión sin el testimonio de sus cruces y sus pascuas? ¿Sin el testimonio de sus llantos desconsolados por la injusticia? ¿Sin los crucificados por un sistema que no los tiene en cuenta? Así como Pedro/autoridad necesita del discípulo amado/comunidad para su misión, la Iglesia/comunidad necesita de las Magdalenas/despreciados/discriminados para la suya.


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