15 Entonces les dijo: “Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación. 16 El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará. 17 Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas; 18 podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán”.
19 Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios. 20 Ellos fueron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba su palabra con los milagros que la acompañaban. (Mc. 16, 15-20)
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Lo que el autor original de Marcos había dejado inconcluso, pero era evidente en la práctica diaria de las primeras comunidades, este añadido final al Evangelio intenta ponerlo en explícito. La orden es evangelizar a todo el mundo. Superar las barreras territoriales anunciando la Buena Noticia. Como hemos cambiado de autor, no podemos estar tan seguros de que esta mención a la Buena Noticia represente el mismo concepto de Buena Noticia que tiene Marcos. Aquí parece estar más relacionado al aspecto de la soberanía universal y triunfal de Jesús Resucitado. El Evangelio consistiría en aceptar con fe la proclamación de Jesús de Nazaret Rey del Universo. Sin embargo, el Evangelio (el concepto del mismo) que ha desarrollado Marcos en su libro tiene que ver con el Reino como fuerza actuante desde la debilidad para fortalecer, justamente, las debilidades y sufrimientos del ser humano. La Buena Noticia no es, precisamente, que Jesús gobierna todo el universo, sino que lo hace de una manera liberadora y cercana; de una manera humana.
Sí tenemos aquí un agregado interesante que puede complementar y ampliar al Marcos original. Se habla de alcanzar a toda la creación (ktisis en griego), o sea, alcanzar a todo lo creado, todo lo que ha salido de Dios Padre. Para nosotros, contando los movimientos actuales, el envío suena ecológico; la Buena Noticia lo afecta todo, no sólo al varón o a la mujer, sino al universo completo, a los animales, a las plantas, a los planetas, al espacio y al tiempo. Todo se ve renovado por la resurrección.
No sabemos si el texto original fue escrito ecológicamente (seguramente no), pero de una u otra manera expresa el poder del Evangelio que lo afecta todo, que es transformación de las cosas. Es una expresión cercana a la teología desarrollada por las cartas deutero-paulinas (Efesios y Colosenses), donde Cristo es cabeza universal que se ubica, jerárquicamente, sobre astros, principados y potestades. Es una teología desarrollada en otra línea a la de los primeros años del cristianismo, respondiendo a otro contexto cultural que exige otro tipo de respuestas. Podría descubrirse un influjo helénico en la idea, pero lo más interesante es la proyección cósmica del episodio puntual: la resurrección de un hombre es capaz de metamorfosear hasta lo más inerte. El acto evangelizador se interpreta como un mensaje de profundidad ontológica. El Evangelio es capaz de afectar la Creación. El misionero lleva en sus manos un poder increíble, gigante, expansivo. Roma tiene sus carros, sus jinetes, sus legiones, pero no puede potenciar la Creación; puede destruirla, golpearla, modificarla en vistas a sus propios intereses, pero no puede mejorarla. El Evangelio sí puede hacerlo.
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Este versículo no encaja para nada con el estilo y los temas teológicos del Marcos original. Es determinante para separar estos versículos finales del resto de la obra. En los 16 capítulos del libro, sólo hay dos formas de referencia al bautismo: las que involucran a Juan el Bautista y su actividad bautismal en el Jordán, y el bautismo que Jesús les propone a Santiago y Juan ante el pedido de ocupar los puestos de honor en el Reino. Ambas referencias son distintas al bautismo que tiene en mente este versículo: bautismo eclesial de los que aceptan el Evangelio. Creer y bautizarse es una fórmula clásica de los Hechos de los Apóstoles, o sea, del ideal de los primeros años eclesiales. Cuando alguien acepta el Evangelio, es preciso bautizarlo de inmediato. El bautismo sacramenta la fe, y es prenda de salvación. El que no cree se condena.
El interés del versículo parece estar en vincular y fundamentar la relación entre la prédica del Evangelio y el bautismo. De alguna manera, los misioneros cristianos se ven en el deber de, no sólo anunciar, sino también sacramentalizar. Cuando su prédica despierta la fe, esa fe tendría que sellarse con el bautismo. En el versículo en cuestión no está claro si el autor tiene una teología desarrollada sobre la eficacia del bautismo para la salvación, pero parece haber un germen de la misma. Las dos partes de la oración pueden ponerse en paralelo y correspondencia, observando que a la segunda le falta una parte: el que crea/el que no crea; y se bautice/; se salvará, se condenará. Hay bautismo para el que cree, pero sólo condenación para el que no. Más que palabras del Resucitado que ha sido el Crucificado, parecen ser creencias y reflexiones eclesiales puestas en boca de Jesús.
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Tradicionalmente se interpreta que el Resucitado promete a los apóstoles estas ayudas para su ministerio misionero, pero lo cierto es que la frase las presenta como situaciones que estarán allí, al lado de cada ser humano que acepte la Buena Noticia, al lado de cada convertido. Son signos (semeion en griego) que simplemente están junto al que cree (no sólo junto al apóstol).
Estos signos no deben tomarse desde la literalidad, ni siquiera como expresión de milagrería. Detrás de los signos hay un significado, y por eso el Evangelio los llama semeion, no milagros ni prodigios, realmente. En griego, semeion significa señal o marca. Aquí, los signos mencionados son cinco (expulsión de los demonios, hablar en lenguas, tomar serpientes en las manos, beber veneno y no sufrir daño, sanar a los enfermos). En Mc. 6, 13, cuando los discípulos son enviados de dos en dos (cf. Mc. 6, 7), los signos son menos: la expulsión de los demonios y la curación de los enfermos.
Sobre la expulsión de los demonios tenemos que recordar que el exorcismo era una actividad típica del ministerio de Jesús en Galilea (cf. Mc. 1, 23-26.34.39). Que los discípulos puedan realizar la misma actividad que su Maestro es señal de autoridad, de un poder que se les ha conferido. Los escribas, por ejemplo, acusan a Jesús de expulsar demonios en nombre del príncipe de los demonios (cf. Mc. 3, 22), queriendo decir que el poder o la autoridad de Él proviene de una fuerza maligna, no de Dios. Y en la institución de los Doce, una de las notas características con que se los reviste es el poder de expulsar demonios (cf. Mc. 3, 15). Evidentemente, exorcizar es tener una autoridad que viene de alguien mayor. Jesús asegura que su poder proviene de Dios Padre. Los escribas dicen que su poder viene de Beelzebul. Los discípulos reciben el poder de Jesucristo. El valor de este signo que acompaña a los que creen es que denota a quienes pertenecen.
El hablar en lenguas es ajeno al relato original de Marcos. Parece, más bien, un tema típicamente paulino (cf. Primera Carta a los Corintios) y de Hechos de los Apóstoles. En los Hechos, el hablar en lenguas es signo de la llegada del Espíritu Santo. En Hch. 2, 4 está referido al Pentecostés de la comunidad apostólica, en Hch. 10, 46 Pedro reconoce que los gentiles recibieron el Espíritu Santo al oír cómo hablan en lenguas, y en Hch. 19, 6 unos efesios reciben el bautismo de manos de Pablo y también hablan en lenguas cuando viene sobre ellos el Espíritu Santo. La relación entre glosolalia y bautismo es clara. El signo que acompaña a los que creen es lo que certifica su bautismo. Hablan en lenguas porque el Espíritu Santo los ha invadido.
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Sobre agarrar serpientes con las manos tampoco hay referencia dentro del relato original de Marcos. Quizás, el tópico esté tomado de Lc. 10, 19: “Les he dado poder para caminar sobre serpientes y escorpiones y para vencer todas las fuerzas del enemigo; y nada podrá dañarlos”. La señal del poder sobre el enemigo es, para Lucas, poder pisar las serpientes sin sufrir daño. En lo que parece ser una re-elaboración del concepto, el autor de este final largo de Marcos asegura que los que creen pueden no sólo pisar las serpientes, sino agarrarlas con las manos. La serpiente es, tradicionalmente, el símbolo del mal, de la oposición a Dios. Los creyentes son capaces de anular esa oposición maligna, y son capaces de vencer en esa lucha. El signo que acompaña a los que creen es la derrota del mal. Los discípulos agarran serpientes con la mano porque el mal ha sido vencido.
Tomar veneno y no sufrir daño es un signo complicado de rastrear. Si tomamos la cita anterior de Lucas podríamos hacer un esfuerzo por relacionar las serpientes y los escorpiones con el veneno, en cuyo caso tendríamos un nuevo signo del mal que es derrotado por los creyentes. Del mismo modo, para ciertas citas del Antiguo Testamento como Job. 6, 4 ó Sal. 140, 4, la palabra veneno tiene una connotación dolorosa, como una situación o palabra que hiere, que lastima. El mal, en cierto sentido, intenta lastimar a los creyentes, intenta envenenarlos dolorosamente. Si podemos tomar veneno y sobrevivir, entonces tenemos un poder contra la tribulación del mal. El signo que acompaña a los creyentes es la superación de las amarguras o sinsabores del mal.
La imposición de las manos para la curación sí es un tema del Marcos original. La imposición de las manos, en general, acompaña los exorcismos de Jesús. Las sanaciones complementan la acción anti-demoníaca del Maestro. Con sus manos restaura la salud física (cf. Mc. 5, 23; Mc. 6, 2.5; Mc. 8, 23). Nuevamente, si los discípulos pueden sanar como Jesús, significa que tienen el poder de Jesús, y que continúan su obra de restauración de la Creación, derrotando la enfermedad. A ellos traerán las gentes sus penas y miserias como lo hacían con el Maestro. Si la enfermedad es producto del pecado, según la mentalidad judía, la sanación es producto de la acción divina, de lo bueno que vence a lo malo. El signo de la curación es la continuación de la misión del Hijo, es la Buena Noticia que transforma lo que el pecado deformó. Los discípulos imponen las manos y sanan porque predican la misma Buena Noticia que Jesús.
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La ascensión de Marcos, si se quiere ponerle un nombre, está en este mínimo versículo. Hay tres elementos que caracterizan este ascenso de Jesús. En primer lugar, se le otorga el título de Señor, título de realeza y de posición superior. Luego se habla propiamente de su elevación al cielo, o sea, su ingreso a la gloria divina, a la morada de Dios. Finalmente, se afirma como credo que está sentado a la derecha de Dios, estableciendo así su divinidad y su ontología de Elegido que ocupa un lugar privilegiado en el trono universal.
La ascensión de Marcos es, justamente, un relato de entronización, del Cristo Rey que ocupa el lugar que le corresponde en la jerarquía universal. Es Señor que va a sentarse en la cátedra de la gobernación de la Creación. Como en cualquier reino terrenal, la asunción de un rey es también el cierre de una etapa en la historia y el inicio de una nueva. En este caso, en la historia de la salvación, se culmina la etapa de Jesús en la tierra físicamente para pasar a la etapa del Espíritu Santo que guía a la Iglesia, como embajador del Rey que domina desde el cielo.
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Y aquí está la Iglesia. El Señor es el Rey del Universo; ha ascendido y en muchísimas partes del mundo aún no hay Reino instaurado, aún persiste la violencia y la opresión, la esclavitud y los males. La Iglesia vive la tensión de la ausencia física del Señor que es presencia espiritual, de un Espíritu Santo que la acompaña, pero es invisible. La ascensión es el gozo de la entronización de nuestro Rey, pero es también un compromiso gigante con la historia. A ese compromiso alienta la conclusión: los discípulos salen a predicar por todas partes. El Señor asiste y se hacen visibles los signos de la fe.
Este añadido final al libro de Marcos intenta encauzar la rareza del final de Mc. 16, 8. Ahora sí se dice explícitamente que la Iglesia está en proceso evangelizador, que el Resucitado ha enviado directamente a sus discípulos a proclamar la Buena Noticia, y que éstos lo han hecho y lo siguen haciendo.
Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a él para oírle. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: “Éste acoge a los pecadores y come con ellos.” Entonces les dijo esta parábola:
Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo al padre: “Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde.” Y él les repartió la hacienda. Pocos días después, el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano, donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino. Cuando se lo había gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país y comenzó a pasar necesidad. Entonces fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pues nadie le daba nada. Y entrando en sí mismo, dijo: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros.” Y, levantándose, partió hacia su padre. Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: “Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo.” Pero el padre dijo a sus siervos: “Daos prisa; traed el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en la mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida; se había perdido y ha sido hallado.” Y comenzaron la fiesta.
Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y, llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Él le dijo: “Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano.” Él se irritó y no quería entrar. Salió su padre y le rogaba. Pero él replicó a su padre: “Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!” Pero él le dijo: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ha sido hallado.” (Lc. 15, 1-3.11-32)
La parábola del padre misericordioso (mal llamada del hijo pródigo), no es un texto aislado en Lucas. Cuidadosamente está ubicada en el capítulo 15, junto a otras dos parábolas, la de la oveja perdida (cf. Lc. 15, 4-7) y la de la dracma perdida (cf. Lc. 15, 8-10). Las tres parábolas están contadas en un contexto preciso: Jesús rodeado de publicanos y pecadores (cf. Lc. 15, 1) y fariseos y escribas que lo critican por comer con esta clase de gentes (cf. Lc. 15, 2). La tradición ha llamado a esta sección las parábolas de la misericordia, porque de una u otra manera, el amor/gracia de Dios se manifiesta superando los límites previsibles. El pastor deja noventa y nueve ovejas para buscar una sola; la mujer da vuelta la casa hasta encontrar la dracma; el padre recibe al hijo menor que se había ido y que había despilfarrado su herencia. En las tres escenas, el tema de la alegría es evidente. La conversión del pecador genera un gozo indescriptible en el cielo, entre los ángeles, y en el mismísimo padre. Hay fiesta y celebración porque los muertos regresan a la vida, los extraviados encuentran el camino, los perdidos son encontrados. Hay fiesta y celebración porque el amor es más grande que el mal.
La liturgia saltea los versículos de las dos primeras parábolas y, acertadamente, nos deja comunicados los versículos de la introducción con el relato del padre misericordioso. A partir de esta unificación es más fácil entender hacia dónde apunta la parábola. En el Evangelio según Lucas, hay tres referencias a Jesús comiendo con publicanos y pecadores. La primera es la de Lc. 5, 29, en casa de Leví, seguida de las murmuraciones de fariseos y escribas (cf. Lc. 5, 30). La tercera es la de Lc. 19, 1-10, en el episodio de Zaqueo, donde Jesús se hospeda en casa del jefe de los publicanos (es evidente que comió allí); la gente murmura por este comportamiento. La segunda referencia es la que leemos hoy, con la misma estructura de siempre: Jesús come con los impuros y los supuestos puros murmuran y critican su actitud. Por lo tanto, las tres parábolas de la misericordia no son sólo mensajes para los pecadores, y quizás sean todo lo contrario: mensajes para los que practican el farisaísmo, para los que se creen justos y condenan a los demás. Precisamente en el relato del padre misericordioso, que es una parábola compuesta por dos partes, la primera hasta Lc. 15, 24, y la segunda hasta Lc. 15, 32, es la sección final la más importante. El centro de interés no es la conversión del hijo menor, sino la conversión que no quiere realizar el hijo mayor. El menor se arrepintió, volvió, y aceptó ser hijo digno nuevamente. El mayor no se comporta como hijo ni como hermano; él necesita aprehender la enseñanza. Basados en el contexto que ya citamos, el hijo mayor se corresponde a los fariseos y a los escribas. En clave hermenéutica, el hijo mayor se puede corresponder con cualquiera de nosotros.
Pero veamos el centro de la estructura literaria, que corresponde al padre y a su recepción del hijo menor que volvió. Esta recepción y las actitudes que la acompañan son lo que irrita al hijo mayor, que no está tan molesto con el hermano como con su progenitor, incapaz de castigar, juez injusto que no sobrecarga con penas el pecado que se ha realizado en su contra. Seguramente, el hijo mayor no tendría problemas en recibir a su hermano si éste fuese reducido a la condición de jornalero y recibiese un trato de inferioridad. Pero lo que hace el padre es todo lo contrario. Al verlo venir de lejos, como si lo estuviese esperando, oteando el horizonte, se conmueve. La palabra en griego para esta compasión es splagcnizomai, que puede traducirse casi literalmente como ser movido en las entrañas. Splagcna designa las vísceras, los órganos más internos. Es una compasión que se manifiesta hasta físicamente, con un nudo en el estómago, por ejemplo. Es la compasión que nace de lo profundo. El mismo término es utilizado en Lc. 7, 13 cuando Jesús se compadece de la viuda de Naín que ha perdido a su único hijo, y en Lc. 10, 33 para describir el sentimiento del buen samaritano de la parábola respecto al hombre asaltado y maltratado por los salteadores. Es la compasión que mueve a la acción efectiva, que revive y que asiste al prójimo. En el caso del padre, es la compasión que lo pone en movimiento, que lo hace correr, como corre Zaqueo para ver pasar al Maestro (cf. Lc. 19, 4) y Pedro para ver el sepulcro vacío la mañana de resurrección (cf. Lc. 24, 12). En la cultura mediterránea, a un hombre notable no se le permitía correr, pues era indecoroso. Sin embargo, eso no es impedimento para el padre. Al llegar ante el hijo menor, se echa sobre su cuello, se deja caer sobre él, y lo besa efusivamente. La palabra griega para este beso es katafileo, la misma con la que se describe en Lc. 7, 38 cómo la pecadora pública besa los pies de Jesús tras haber derramado lágrimas y perfume sobre ellos. En Hch. 20, 37, nuevamente se utiliza el vocablo cuando los presbíteros de Éfeso se despiden de Pablo, arrojados sobre su cuello y afligidos porque ya no lo volverían a ver. Katafileo, entonces, no son besos decorosos, sino expresiones genuinas y pasionales de amor. Son los besos que no se dan por compromiso, sino por un sentimiento verdadero, en situaciones extremas.
Todas estas acciones del padre no son sólo expresiones arrebatadas. Son provocaciones del amor que siente por su hijo, y al mismo tiempo conductoras del status restituido, de la dignidad recuperada. Un status y una dignidad que tienen sentido porque el amor del padre no está estructurado bajo las categorías humanas. En la cultura mediterránea del siglo I, si un padre acogía a uno de sus hijos libertinos sin castigarlo, en cierta medida se hacía partícipe de ese libertinaje. Su deber como padre era imponer una sanción. En la parábola, el padre parece desentendido de esas usanzas. Su alegría es superior a cualquier disposición social. Su hijo menor, muerto y vuelto a la vida, perdido y hallado, tiene derecho a la dignidad sin condena. Por eso le hace poner el mejor vestido, un anillo y sandalias. El vestido es, figuradamente, la configuración de la persona, aunque de manera no figurada, la manera de vestir puede reflejar la personalidad. Para Pablo, debemos revestirnos con fe, caridad y esperanza (cf. 1Tes. 1, 12), y nuestros cuerpos corruptibles serán revestidos en la resurrección con inmortalidad (cf. 1Cor. 15, 53-54). Pero sobre todo, los cristianos somos revestidos de Cristo (cf. Rom. 13, 14; Gal. 3, 27), como también lo expresan las cartas deutero-paulinas (cf. Ef. 4, 24; Col. 3, 10). Ser re-vestido, nuevamente vestido, es asumir un nuevo ser. Por otro lado tenemos el anillo, símbolo de autoridad. El anillo de los reyes contenía el sello real, con el que se rubricaban los dictámenes, las leyes, las cartas, etc. Tener un anillo es tener la autoridad para firmar lo que se dispone, y que esa firma tenga valor. Cuando Faraón instituye a José como su mano derecha, se quita el anillo de su mano y se lo da (cf. Gn. 41, 42), haciéndole saber que “sin tu licencia no levantará nadie mano ni pie en todo Egipto” (Gn. 41, 44b). Finalmente, tenemos las sandalias. Sólo los hombres libres pueden utilizar calzado; los esclavos van descalzos. Las sandalias, antiguamente, eran símbolo de posesión de la tierra, por eso Moisés debe descalzarse frente a la zarza ardiente (cf. Ex. 3, 5), porque ese suelo es sagrado, no le pertenece, es de Dios. Estar calzado es ser libre y propietario, dueño de uno mismo y de donde pisa.
El hijo menor recupera algo más que comida. Recupera dignidad, y recuperándola vuelve a la vida. Eso es lo que celebra el padre. Ha triunfado el amor. Hay un esclavo menos en el mundo. Es justamente ese amor el que elimina la esclavitud y devuelve la vida. El hijo mayor, por supuesto, no lo entiende. Su recriminación es que ha estado siempre junto a su padre cumpliendo las órdenes, y ahora llega éste que se había ido por su propia decisión y todos festejan, cuando deberían castigarlo. La pregunta que el hijo mayor no realiza a su padre es por qué no lo castiga. Sabe la respuesta, y eso le aterra. Entiende que lo único que está en juego para su padre es el amor; lo demás es accesorio. Para él es al revés: el castigo del pecador está primero, lo demás es accesorio.
Esa actitud farisaica del hijo mayor no es sólo de algunos fariseos históricos. Es de muchos cristianos actuales. Hay que estar bien parados para admitir que el Padre ama de más. Hay que conocer lo suficiente a Dios como para suponer y creer que para Él estamos todos invitados a la fiesta, porque todos somos hijos. Si el problema es que no hemos entendido de qué clase de filiación se trata, entonces la cuestión es otra. Si creemos que los verdaderos hijos son los que ven al Padre como un juez administrador de castigos, nos equivocamos; si creemos que la relación con el Padre debe ser de acatamiento y no de amor, estamos equivocados; si hemos inventado un complicado juego de reglas que deben ser cumplimentadas para acceder más tarde (mucho más tarde) al novillo cebado, también estamos equivocados. Los hijos pueden comer el novillo cuando sea, porque lo que es del Padre, también es nuestro. Los hijos no se enojan cuando los perdidos son encontrados, cuando los muertos vuelven a la vida. Ese aumento de hijos no significa que haya menos para compartir, sino que ahora hay alguien nuevo para hacerlo. Eso es motivo de suficiente alegría, en el cielo y para los ángeles. ¿Podrá serlo para nosotros? ¿O preferimos refunfuñar desde afuera creyendo que estamos adentro? Porque para ser verdadero hijos, más que acatar las órdenes de un padre, tenemos que reconocer que tenemos hermanos.
Y llama a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos. Les ordenó que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja; sino: «Calzados con sandalias y no vistáis dos túnicas». Y les dijo: «Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta marchar de allí. Si algún lugar no os recibe y no os escuchan, marchaos de allí sacudiendo el polvo de la planta de vuestros pies, en testimonio contra ellos».
Y, yéndose de allí, predicaron que se convirtieran; expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban. (Mc. 6, 7-13)
La palabra Doce, en referencia al grupo de personas instituidas por Jesús, hasta el episodio que leemos hoy, aparece sólo tres veces en Marcos. En primer lugar, la leemos doblemente en el génesis del grupo apostólico (cf. Mc. 3, 14-19), donde se nos indican características precisas del mismo:
- Son instituidos: según la palabra griega poieō, equivalente al verbo hacer. Como se trata de un verbo muy utilizado y en sentidos tan diversos según la situación, es complicado determinar el significado preciso y conciso. Lo cierto es que se hace referencia a una acción que parte de Jesús, quien hace, crea o fabrica, de un puñado de hombres, un grupo de Doce. No han sido constituidos por sus propias fuerzas, por una organización que sucede de común acuerdo, por obra de la casualidad; son doce hombres elegidos por el Maestro y hechos un grupo particular.
- Para estar con él: en este primer texto sobre los Doce, lo primordial de su constitución parece ser la tarea de estar con Jesús, o quizás, si nos atrevemos a modificar un poco la traducción, a ser con Jesús. Son llamados a un discipulado intenso, un discipulado testimonial. Recordemos que los Doce no son los únicos discípulos de Jesús, y que Mc. 3, 13 especifica la presencia de varias personas, de entre las cuales se instituyen doce. Esta función testimonial será revelada tras la muerte y resurrección del Maestro, en un episodio que nos conservó Hechos de los Apóstoles, cuando, por la muerte de Judas Iscariote, la comunidad decide re-completar el número de doce, y la condición para el próximo elegido, según Pedro, es que sea “uno de los hombres que anduvieron con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús convivió con nosotros, a partir del bautismo de Juan hasta el día en que fue llevado de entre nosotros al cielo” (Hch. 1, 21-22). O sea, buscan a alguien que pueda dar testimonio de la vida, muerte y resurrección de Jesús. Por esto decimos que la función primordial de los Doce recae en el aspecto testimonial, como garantes de la fe, como discípulos que son/están con Jesús. No son ni más ni menos que el resto de los discípulos; sólo tienen una función diferenciada, una tarea, una misión particular.
- Para enviarlos a predicar: la segunda cuestión que incumbe a los Doce, subordinada a la anterior, es la predicación. Se trata de un grupo de anuncio. Este anuncio es, obviamente, fruto del ser/estar con Jesús. Ese discipulado en intimidad no podría redundar en otra cosa que en la transmisión y la proclamación de lo que Jesús es y de lo que Jesús hizo. Las características del envío no son desarrolladas en este primer texto, pero sí en el de hoy, que analizaremos más adelante.
- Con poder de exorcismo: finalmente, la tercer característica de los Doce es su poder de expulsar demonios. Este poder tiene un doble sentido para el grupo apostólico. En primer lugar, significa que portan la autoridad de su Maestro, de Jesús, paradigma del exorcista, por lo tanto, no son auto-convocados o hijos de Beelzebul o seguidores de alguna secta. En segunda instancia, el poder de exorcismo es la capacidad de obrar la liberación en las personas. Los Doce son un grupo testimonial y un grupo de liberación del mal. Pero volvamos al primer sentido que resulta importantísimo en el contexto del Evangelio según Marcos, donde el problema de la autoridad es una clave de todo el libro. A continuación de la institución de los Doce, y cerrando el capítulo 3, hallamos el altercado con los familiares (cf. Mc. 3, 20-21.31-35) y la discusión con los escribas de Jerusalén que lo acusan de estar poseído (cf. Mc. 3, 22-30), poniendo en tela de juicio su supuesta autoridad divina. Si expulsa los demonios con el poder del príncipe de los demonios, entonces no es el Mesías, no es el enviado de Yahvé; sería incluso su enemigo. Es evidente que para el relato marquiano (y para las primeras comunidades en general), el poder de exorcizar estaba íntimamente relacionado a la autoridad. Sólo los que poseen autoridad pueden expulsar demonios. Más adelante, en el capítulo 9, tenemos el relato de la vez en que Juan le cuenta orgulloso a Jesús cómo le impidieron practicar exorcismo a uno que no venía con ellos y que se jactaba de invocar el nombre del Maestro (cf. Mc. 9, 38), a lo que Jesús replica: “No se lo impidáis, pues no hay nadie que obre un milagro invocando mi nombre y que luego sea capaz de hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros, está por nosotros” (Mc. 9, 39-40). Exorcismo y autoridad van de la mano. Hacer notar que los Doce pueden exorcizar es hacer notar que son un grupo con autoridad, no que provenga de ellos, sino del mismo Señor. Esa autoridad puede haber significado, para la comunidad marquiana que leía el relato a unos treinta o cuarenta años de los acontecimientos, una invitación a confiar en el testimonio apostólico, el testimonio que había fundado la Iglesia, pues no eran inventos de pobres hombres, sino Buena Noticia transmitida con la autoridad de Jesús.
Dijimos en un principio que Doce aparece tres veces antes del capítulo 6. Ya contabilizamos dos en Mc. 3, 14-19. La tercera oportunidad está en Mc. 4, 10. Aquí se dice que los discípulos que iban junto con los Doce le preguntan a Jesús sobre el significado de las parábolas que él narra. Como vemos, no sólo los Doce están con el Maestro, pero aún así, se hace la diferencia entre el grupo apostólico y el resto. Así llegamos a la cuarta mención de los Doce en la escena que leemos hoy. Aquellas referencias del capítulo 3 se hacen obra activa. Ahora son enviados a predicar y a exorcizar. Nuevamente, el tema del exorcismo cobra relevancia, ubicándose al principio (poder sobre los espíritus inmundos) y al final de la perícopa (expulsaban a muchos demonios), determinando así que toda esta acción misionera de los Doce es realizada con la autoridad que proviene de Dios, autoridad que se manifiesta en el poder del exorcismo. Probablemente, la referencia al bastón también siga la misma línea. Si comparamos los textos paralelos de Mateo y Lucas, nos encontramos con una diferencia específica. Mientras en Mt. 10, 10 y Lc. 9, 3 se les prohíbe a los enviados llevar bastón, Marcos lo presenta como un elemento que deben tomar. Las interpretaciones al respecto son variadas. Para algunos, el bastón es una ayuda del caminante, y entonces Marcos estaría recalcando el aspecto itinerante de la misión; para otros, el bastón es un arma que permite defenderse de los peligros del camino, y Marcos estaría advirtiendo a su comunidad de origen el resguardo que deben tener en una época de persecución. Pero lo que parece adecuado, es otorgarle al bastón el significado de autoridad, de un bastón que hace las veces de cetro, de báculo, como el de los príncipes y reyes, lo que haría factible explicar por qué Mateo y Lucas lo eliminan. Si el bastón es símbolo de autoridad, Mateo no se lo permite a los apóstoles porque ninguno de ellos debe adjudicarse un puesto superior, ya que “uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos” (Mt. 23, 8). Si el bastón es símbolo de autoridad, Lucas no se lo permite a los enviados porque la característica lucana es la pobreza, la humildad, y es en su relato donde Jesús asegura: “Cuando alguien te invite a una boda, no te pongas en el primer puesto, no sea que haya invitado a otro más distinguido que tú. Al contrario, cuando te inviten, ve a sentarte en el último puesto” (Lc. 14, 8.10a).
El grupo de los Doce es enviado sin ningún tipo de poder terrenal. No llevan alimento, alforja o dinero, ni siquiera dos túnicas. Lo que carecen de poder económico, les sobra en poder divino, pues van con la autoridad del Señor, tienen el poder de expulsar demonios y llevan el bastón/cetro que los identifica como auténticos enviados de Dios. Es así que predican, exorcizan, ungen y sanan. Su misión es una continuación de la misión de Jesús, quien también predica (cf. Mc. 1, 14-15), exorciza (cf. Mc. 1, 21-27) y sana (cf. Mc. 1, 29-34). Los Doce, entonces, no se inventan nada, sino que continúan algo comenzado por el Maestro. Esa continuación será realizada creativamente, pero con fidelidad al proyecto del Reino, porque aquel llamado primigenio a ser/estar con Jesús, fue un llamado a configurarse con Él, justamente para dar testimonio fiel. La repetición de las acciones propias de Jesús (predicar, exorcizar, sanar) en sus discípulos es el signo de una misión entregada. Jesús no va con ellos, sino que los envía solos. Podemos percibir un componente post-pascual en el relato, como teología misionera de las primeras comunidades. Jesús ya no está físicamente con ellos, tampoco poseen los medios terrenos para instaurar un reino frente al gran Imperio Romano, sin embargo, el Reino de Dios se instaura desde la predicación, el exorcismo y las curaciones, desde el no tener nada, ni siquiera pan o alforja, desde lo itinerante, desde la misión pequeña. Y si bien Jesús ya no está físicamente, su presencia se ha transformado y permanece por el fundamento del testimonio de los Doce, por los signos que siguen acompañando a la Iglesia y que caracterizaban a Jesús, por un mensaje de esperanza que es Buena Noticia, por el mal que es derrotado, por los hombres y mujeres que son liberados de sus enfermedades. Tal vez, avanzando y arriesgando en la interpretación, puede que la unción con aceite transmita algo de esto, considerando que Jesús curaba de diversas maneras, con contacto directo, sólo de palabra o con medios físicos, pero los Doce lo hacen a través de una sustancia específica, a través de un sacramento, porque no es el aceite lo que cura, sino el poder de Dios. El gesto de la unción aparece como acto sacramental, que no reemplaza la presencia física de Jesús, sino que la re-significa y transforma para hacer presente su poder de una manera diferente.
Todo este poder/autoridad de los enviados, de los Doce, les permite realizar un gesto que nos parece rotundamente negativo y agresivo, como lo es sacudir el polvo de los pies al salir de un lugar que no los recibe. Este gesto no es un invento de Jesús, sino que se remonta al judaísmo. Un judío sacudía el polvo de sus sandalias cuando, tras pisar territorio pagano, salía de él. De esta manera, no se llevaba la impureza del suelo gentil, suelo que no adoraba al Dios verdadero. En este envío de los Doce, los paganos son reinterpretados, y aparecen aquí como aquellos que no reciben ni escuchan al nuevo Israel, o sea, a los Doce. Los enviados tienen la autoridad suficiente para realizar el gesto, porque son los que han oído la Palabra y han acogido al Señor.
Como hemos visto, los Doce realizan su misión mediante tres actividades: la prédica, el exorcismo y las curaciones. Hoy, la misión sigue necesitando estas tres acciones, porque son las acciones heredadas del Señor. La Iglesia que no predica, que no exorciza y que no cura, no es Iglesia del Cristo. El problema es que, según la época y según las teologías, las tres actividades enumeradas fueron adquiriendo distintas connotaciones, que a veces eran simples, otras veces literales, y en tantas ocasiones rebuscadas. A nosotros nos compete el desafío de significar cada una de ellas para dar respuesta a las situaciones misioneras de la actualidad, y en continuación con los Doce, seguir ofreciendo la alternativa del Reino, desde las mismas premisas con las que ellos se lanzaron: en pobreza, humildad, itinerantes, convocados y enviados, peregrinos, en comunidad.
¿Cuál es la prédica para las situaciones misioneras actuales? En el centro, siempre lo fue y siempre lo será, el kerygma, el anuncio explícito de la Buena Noticia que significa la encarnación, la vida, muerte, pasión y resurrección de Jesús de Nazareth. Ninguna prédica puede desviarse de ese centro, porque entonces se saldrá del eje, derrapará. Pero profundizando en algún aspecto del Evangelio que pueda sacudir al modelo social contemporáneo, podríamos enunciar la Verdad. A una impresión social relativa, donde importa lo que cada uno siente como regla primaria, donde la moralidad es a la carta, donde el Reino se mezcla con las demás ofertas como en un muestrario o catálogo, la Verdad del Evangelio es fuerza de choque, es mensaje que desestabiliza, es anuncio provocativo. Pocas cosas cuestionan más al hombre y a la mujer que nos rodean que el concepto de la Verdad, porque se nos ha inculcado una forma de entender la realidad que no acepta verdades. Al misionero de la post-modernidad, no le resulta fácil predicar una Persona que se adjudica el mesianismo y la filiación divina, una Persona que se identifica como camino a la divinidad.
¿Cuál es el exorcismo para las situaciones misioneras actuales? Hemos dicho que expulsar demonios es signo de autoridad. Jesús expulsaba con el poder de Dios y los Doce lo hacen con el poder de Jesús. Lo demás es farsa o simulación, es obra de Beelzebul. Los hechos demoníacos de la actualidad, esas opresiones que esclavizan al ser humano, ese gran aparato económico multinacional que limita las posibilidades de los pobres, son una farsa, un montaje siniestro. Mientras prometen el progreso y la promoción a una supuesta mejor calidad de vida, establecen un sistema mundial que separa a los ricos de los pobres, para que cada grupo persista y se profundice en su situación cada vez más. Los poseídos de Palestina quedaban fuera de la sociedad. Los poseídos por la globalización capitalista y neoliberal quedan al margen. Llegar a ellos y exorcizarlos para incluirlos, es quizás menos costoso que exorcizar el sistema. Ante la metódica producción de pobres, el desafío está en una Iglesia capaz de demostrar que su Señor es más poderoso que el dinero, que el Reino de Dios es más real que la bolsa de valores. El sistema económico puede poseer, pero sólo Jesucristo puede liberar.
¿Cuáles son las curaciones para las situaciones misioneras actuales? Curar es restablecer lo que se había enfermado. Cada vez con más ahínco la misionología piensa en la ecología, en la salud planetaria que hemos enfermado con nuestro descuido. Sanar la Creación, restablecer el orden del principio, es la misión de curar en sentido universal, una curación para todos. El hecho pascual no ha afectado sólo la intimidad de los corazones, sino que cada fibra del universo se ha hecho nueva y es, en potencia, plena, en la medida en que sea asociada concientemente a la resurrección. Juegan aquí intereses económicos y desinterés general, pero con los enfermos físicos no es distinto. En un sistema de salud burocratizado y comercial, el paciente es cliente y la medicina un negocio. El arte de curar la Creación implica oponerse al comercio de lo redituable que destruye y oponerse a la desidia de los destructores pasivos, aquellos que por no comprometerse contribuyen a la enfermedad del planeta. No es un sueño hippie incluir la ecología en la misión; es mirar la obra del Padre con la esperanza del primer capítulo del Génesis y los últimos del Apocalipsis, condensando la historia.
Este es un espacio para hablar de la misión y para hablar de la Palabra de Dios. Los no cristianos, espero, encontrarán una lectura actual de la Biblia que puede ser aplicable a la vida cotidiana. Los cristianos no católicos, espero, podrán establecer comunión en la Palabra y en el deseo de anunciar la Buena Noticia. Los católicos, espero, nos acompañaremos leyendo el decir de Dios y haciendo la misión.
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