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Esperar no es esperar / Trigésimosegundo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 25, 1-13 / 06.11.11

Por eso, el Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes.

Las necias tomaron sus lámparas, pero sin proveerse de aceite, mientras que las prudentes tomaron sus lámparas y también llenaron de aceite sus frascos. Como el esposo se hacía esperar, les entró sueño a todas y se quedaron dormidas. Pero a medianoche se oyó un grito: “Ya viene el esposo, salgan a su encuentro”. Entonces las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas. Las necias dijeron a las prudentes: “¿Podrían darnos un poco de aceite, porque nuestras lámparas se apagan?”. Pero estas les respondieron: “No va a alcanzar para todas. Es mejor que vayan a comprarlo al mercado”. Mientras tanto, llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta. Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: “Señor, señor, ábrenos”, pero él respondió: “Les aseguro que no las conozco”.

Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora. (Mt. 25, 1-13)

Nuevamente, la liturgia nos trae una parábola de Jesús. Esta vez es una propia de Mateo. En la estructura general de la obra mateana, esta parábola sobre las diez jóvenes es la primera de tres cuadros escénicos que completan el capítulo 25. Al fragmento que leemos este domingo le continúan la parábola de los talentos (cf. Mt. 25, 14-30) y la descripción del juicio final a las naciones ejecutado por el Hijo del Hombre (cf. Mt. 25, 31-46). Agrandando un poco más el panorama, tenemos que entender el capítulo 25 enlazado al capítulo 24, constituyendo en conjunto el último discurso de Jesús en el libro, conocido como el discurso escatológico. Llegando a la cumbre de los acontecimientos, cuando sólo resta la pasión, el autor decide que Jesús hable de la resolución de la historia, de la consumación de los hechos. Y lo hará desde la base del capítulo 13 de Marcos con modificaciones y añadidos. Un posible esquema del discurso escatológico divide las siguientes secciones: la introducción, con la pregunta de los discípulos y el comienzo de las enseñanzas (cf. Mt. 24, 1-3); los problemas internos que tendrá la comunidad (cf. Mt. 24, 4-14); el juicio sobre Judá (cf. Mt. 24, 15-22); el llamado de atención sobre los falsos profetas que se presentarán aprovechando la situación caótica (cf. Mt. 24, 23-28); la descripción de las señales cósmicas que servirán de aviso (cf. Mt. 24, 29-31), la parábola de la higuera (cf. Mt. 24, 32-36); las dos parábolas con la exhortación a estar en vela, siempre atentos, esperando activamente (cf. Mt. 25, 1-30); y la visión del juicio del Hijo del Hombre sobre las naciones (cf. Mt. 25, 31-46).

Conociendo este contexto, es importante entender que lo parabólico y lo alegórico se entrecruzan. Nadie conoce a ciencia cierta la pre-historia mateana de esta parábola. No sabemos cuál es la fuente del autor o si ha elaborado el relato desde él mismo. Algunos historiadores pretenden que los datos consignados sobre costumbres de bodas son correctos, mientras que otros discuten detalles que no se corresponderían con la realidad matrimonial de Palestina. La tarea histórico-literaria es difícil. Mateo ha recurrido a un método que ya utilizó en parábolas anteriores, que consiste en contraponer dos personajes o dos actitudes para remarcar la opción positiva. Así sucede con el rey que perdona deudas y el siervo que no lo hace (cf. Mt. 18, 23ss), o el hijo que dice sin trabajar y el que dice no trabajando (cf. Mt. 21. 28ss). Es un recurso del autor, y por lo tanto, un recurso que se interpone en la búsqueda de la originalidad de la parábola. Además, la contraposición entre sensatos/sabios e insensatos/necios recuerda muchísimo a Mt. 7, 24-26, en la parábola de los dos constructores. Uno de ellos (el sabio, sensato, prudente) edificó su casa sobre la roca, y es comparable al discípulo que escucha la Palabra y la pone en práctica; el otro (necio, insensato, imprudente) edifica sobre arena, y es comparable al que escucha la Palabra sin ponerla en práctica. La insensatez de éste último lo hace perder su casa, así como las cinco jóvenes imprudentes pierden la entrada a la boda. En el texto griego, los adjetivos utilizados para describir a los personajes contrapuestos son el mismo vocablo: phronimos para el constructor sabio y las jóvenes prudentes; moros para el constructor necio y las jóvenes imprudentes. Esta similitud es un indicador de la originalidad mateana, antes que jesuánica.

Pero veamos las costumbres de bodas de Palestina del siglo I. El acto que narra la parábola es el final de un proceso que comienza con el noviazgo, iniciado generalmente por el arreglo entre dos familias para que sus hijos contraigan matrimonio. Tras un tiempo de noviazgo se efectuaba el compromiso, que en muchas cuestiones equivalía al matrimonio definitivo, a realizarse un año después. El ritual indicaba que la novia se trasladase en procesión hasta la casa del novio, donde habitaría de allí en adelante, y esperase el arribo del novio, un rato después. En algunas ocasiones, el novio podía llegar tarde por la demora en el acuerdo de la dote, pues era bien visto en algunos ámbitos que la familia de la novia discutiera lo entregado en dote por el novio, exigiendo más; quería decir que la muchacha valía mucho. En esta demora, la novia estaba acompañada por diez amigas vestidas de blanco, aproximadamente de la misma edad que ella. Lo que traducimos como lámparas, sería más correcto denominar antorchas, puesto que se trataba de palos con un trapo embebido en aceite en la punta. Cuando la llama iba perdiendo vigor, las jóvenes agregaban un poco de aceite al trapo para que siguiese ardiendo una buena llama. Todas estas costumbres aparecen reflejadas en la parábola, aunque el detalle de no mencionar en ningún momento a la novia hace pensar en la carga alegórica. Desde la tradición profética, Dios es identificado como el esposo de Israel (Is. 54, 5; Os. 2). Esta imagen del esposo es trasladada fácilmente al Mesías que ha de volver. Aquí tiene sentido mencionar que la parábola es introducida en futuro: será semejante. Mateo está pensando en algo que sucederá, en algo que se consumará (las bodas eternas) cuando regrese el Hijo. Por eso no hay novia en singular. Las jóvenes representan a la comunidad de discípulos, como un personaje complejo. Novia puede ser la Iglesia, como un todo, pero aquí interesa la diversidad de actitudes dentro de la Iglesia. Interesa hacer notar que algunos discípulos son sabios y prudentes, mientras que otros son necios. Esta identificación de las jóvenes que acompañan a la novia con los discípulos tiene sustento en la interpretación rabínica que se hacía de las hijas de Jerusalén del Cantar de los Cantares (cf. Cant. 1,5; 2,7; 3,5.10; 5, 8.16; 8,4), entendidas como metáfora de los discípulos de la Ley/Sabiduría. El símbolo de distinción entre unas jóvenes y otras es el aceite. Unas lo han acopiado, lo tienen, y aunque el esposo se demore, no les faltará. Otras se han quedado sin.

Para algunos comentaristas el aceite es el Espíritu Santo, para otros son las buenas obras, y para algunos sólo representa la falta de previsión, sin simbología específica. La relación con la parábola de los dos constructores, hace pensar en la posibilidad de que se trate de la puesta en práctica de la Palabra. Las jóvenes prudentes (con aceite) son los discípulos que oyen y practican. En su práctica del Reino se vuelven luz (antorcha) para el mundo (cf. Mt. 5, 14), porque hacen evidente una Palabra que es lámpara para los pasos y luz para el camino (cf. Sal. 119, 105). Estos discípulos, ciertamente, están esperando el regreso del Hijo. No porque sus obras compren el regreso, o porque se merezcan la entrada a la boda debido a sus méritos. Es lógico que están esperando al esposo debido a su manera de comportarse. Tienen la real actitud de espera: una espera activa. Los necios e imprudentes son los que no han entendido la dimensión de la Palabra, cómo afecta esta vida concreta y actual para culminar afectando la vida eterna. Son malos discípulos porque pretenden esperar pasivamente, de brazos cruzados, pretendiendo que lo que los otros hagan (el aceite de las otras jóvenes) sea suficiente. Tranquilizan su conciencia depositando en los otros las responsabilidades que les son propias. Por eso el Señor no las reconoce, no son sus discípulos, no se comportan como tales. Es llamativo que las cinco necias se dirigen al esposo diciéndole señor, señor, cuando Jesús ya ha aclarado que “no son los que me dicen: ‘Señor, Señor’, los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo” (Mt. 7, 21). No hay discipulado desde la pasividad.

Mateo tenía un problema concreto: la Parusía (el regreso del Hijo para consumar la historia) se retrasaba. Jesús y los primeros discípulos habían proclamado que era inminente, pero el tiempo seguía transcurriendo. Ante esta situación, algunos han decidido cruzarse de brazos, por la posibilidad de que todo sea una mentira o por la certeza de que el mundo seguirá siendo injusto hasta que Dios se digne a ponerle fin. En cualquiera de las dos circunstancias, no valdría la pena esforzarse. Bastaría con la esperanza en que todo ha quedado en manos del Hijo. Pero Mateo se da cuenta de que esa actitud está destruyendo a la comunidad, y a la larga, destruye el mundo. La inactividad, la pasividad, los brazos cruzados, no son del Reino.

La esperanza cristiana es una espera activa. El futuro concreto depende de nuestro presente concreto. Al creer firmemente que Dios convertirá la injusticia en justicia, estamos obligados a trabajar por la justicia, porque de esa forma retomamos la tarea primigenia humana de colaboradores y co-creadores junto al Padre. Nuestra participación en lo escatológico, en la tendencia a un mundo mejor, es la mejor parte de nuestra humanidad, porque responde al anhelo del Génesis, al anhelo del corazón de Dios. Nuestras limitaciones no son la excusa para abstenerse. Llevar la luz al mundo es poner en práctica la Palabra. Las frases bonitas y las declaraciones de fe tienen una cierta utilidad, pero no son determinantes. El aceite es determinante; quienes no lo tienen, se quedan sin antorcha y fuera de la boda.

Hoy, muchos cristianos deciden no participar en la transformación del mundo porque suponen que esperando con confianza, dentro de la casa, haciendo lo justo y necesario en el trabajo, Dios hará el resto. Es una ética de lo mínimo. Es la esperanza entendida como proceso interno y personalísimo. Es la palabra con minúscula que se fundamenta en decir señor con los labios. La Palabra en mayúscula en cambio, es la que afecta todas las dimensiones de la existencia. La Palabra de Jesús propone una ética de lo máximo, donde no hay límites de cumplimiento, sino propuestas hacia delante. No tiene esperanza el cristiano encerrado en sus seguridades, sino el discípulo lanzado al fracaso de sus intentos por mejorar, por cambiar, por transformar. En esas preocupaciones y obstáculos que se interponen se va palpando la esperanza verdadera. Y son esos fracasos los que demuestran que el mundo puede ser mejor, como la cruz demuestra que hay resurrección.

Escribas del siglo XXI / Decimoséptimo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 13, 44-52 / 24.07.11

“El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo.

El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró.

El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve. Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. ¿Comprendieron todo esto?”. “Sí”, le respondieron. Entonces agregó: “Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo”. (Mt. 13, 44-52)

La costumbre exegética es estudiar por separado el primer par de parábolas por un lado, y luego la parábola de la red. A simple vista se puede descubrir que la separación es válida. Mientras el tesoro escondido y la perla responden a un esquema compartido y un tema en común, la red apunta en otra dirección. Inclusive, la parábola de la red tiene una explicación alegórica, como la tuvieron la parábola del sembrado y del trigo y la cizaña que leímos los domingos pasados. En todo caso, es más aceptable emparejar la parábola de la red con la del trigo y la cizaña que con el tesoro y la perla. Sin embargo, respecto a las dos primeras, el Evangelio gnóstico de Tomás las conserva separadas:

a) Parábola de la perla: “Dijo Jesús: El reino del Padre se parece a un comerciante poseedor de mercancías, que encontró una perla. Ese comerciante era sabio: vendió sus mercancías y compró aquella perla única. Buscad vosotros también el tesoro imperecedero allí donde no entran ni polillas para devorar(lo) ni gusano para destruir(lo)” (EvTo 76).

b) Parábola del tesoro en el campo: “Dijo Jesús: El Reino se parece a un hombre que tiene [escondido] un tesoro en su campo sin saberlo. Al morir dejó el terreno en herencia a su [hijo, que tampoco] sabía nada de ello: éste tomó el campo y lo vendió. Vino, pues, el comprador y —al arar— [dio] con el tesoro; y empezó a prestar dinero con interés a quienes le plugo” (EvTo 109).

Las diferencias con Mateo son identificables. El Evangelio de Tomás une la parábola de la perla con la sentencia sobre el tesoro que no lo come la polilla, conservado en Mt. 6, 19-20. Respecto al tesoro en el campo, en el relato de Tomás, los órdenes se alteran, porque primero compra el terreno quien luego, accidentalmente, encuentra lo valioso, a diferencia de Mateo que alguien encuentra el tesoro y, por ello, decide vender sus bienes para adquirir el terreno. En definitiva, el discurso parabólico se acomoda al redactor más que a Jesús. Mientras que Mateo considera oportuno elaborar una disertación sobre parábolas que ocupe la casi totalidad de su capítulo 13, Tomás las disemina en su colección de dichos de Jesús. Mientras que las dos primeras leídas hoy en la liturgia se corresponden en temática, la tercera desentona, aunque está en relación a la parábola anterior del trigo y la cizaña. Sobre la alegoría que explica la parábola de la red, aplicando el mismo principio que ya venimos empleando, es lógico atribuirla a la comunidad eclesial más que a Jesús mismo, ya que no responde al género parabólico, bien demostrado en la perla y en el tesoro, que no soportarían una traslación alegórica. Si quisiésemos atribuir a cada elemento de estas dos parábolas un significado preciso en el mundo real, fallaríamos, porque Jesús no está comparando el Reino con el tesoro escondido ni con la perla, sino con el relato en general, y en particular con la actitud (alegre) de quienes venden todo. El Reino no es como una perla ni como un tesoro escondido, sino como esa situación donde un mercader o un hombre cualquiera venden sus bienes para adquirir la perla o el campo. Desde esta perspectiva cambian las interpretaciones habituales. Jesús no está haciendo hincapié en la entrega o ascesis de los que venden todo. Ellos lo hacen con alegría y certeza de que es lo correcto. El hincapié de Jesús está puesto en esa actitud de valoración correcta del Reino. El mercader y el hombre del campo han encontrado lo absoluto. Son lo suficientemente sagaces como para relativizar lo demás y hacerse con el valor primordial que han encontrado. Esa es la clave hermenéutica.

La primera parábola que leemos hoy asume lo tradicional de los tesoros escondidos en la zona de Palestina. La tierra de Jesús era un puesto clave de enfrentamientos, ya que se constituía en paso casi obligado para comunicar el occidente con el oriente. Los grandes imperios de la antigüedad se disputaron el control de Palestina porque era estratégico tener control sobre esa zona para anticipar los movimientos y ataques de los imperios enemigos. Debido a su condición de zona en conflicto, era común que las personas escondiesen sus elementos de valor para que quedasen al resguardo durante las confrontaciones. Una de las maneras de esconder era introducir los objetos de valor en vasijas de barro y enterrarlas. El hombre de la parábola se encuentra con uno de estos tesoros. Algunos comentaristas se inclinan a pensar que el hombre es un jornalero, porque sería lo más lógico: está arando un campo ajeno, donde está empleado, choca la vasija enterrada, la descubre, vuelve a esconderla para que nadie más se entere, ahorra un tiempo (seguramente largo) y compra el campo. Otros comentaristas han deslizado la posibilidad de ver en el hombre de la parábola a un busca-vida que va recorriendo terrenos en busca de tesoros, y cuando encuentra uno, toma las precauciones de ocultarlo y comprar el campo para legalizar su hallazgo ilegal.

A la par del tesoro en el campo está la perla. Aquí no se puede divagar mucho sobre el hombre que la encuentra; es un emporos, un gran mercader que viaja mucho. Se dedica a esto y vive de esto: de las perlas finas. El Mar Rojo, el Golfo Pérsico y el Océano Índico eran lugares privilegiados para la búsqueda de estos objetos codiciados. Este mercader de la parábola está en la rutina de su negocio; busca perlas, las clasifica según su valor, las compra y las re-vende. De eso vive. Pero un día se encuentra con una de gran valor. Es una perla lo suficientemente importante y valiosa como para que el mercader venda todo en pos de esta que encontró. Como gran conocedor del tema, entiende que ha dado con una perla que está por encima de todo lo que conoce. Por eso vende todo. En realidad, no está arriesgando ni se está volviendo un asceta, sino que está comerciando con lo seguro. Esta perla encontrada vale más que todo lo que tiene, y le dará mayores ganancias. No es un arriesgado, sino un perfecto calculador.

Finalmente, Mateo asocia la parábola de la red. Las opciones contextuales de esta última narración son tres: o fue pronunciada junto a la de la perla y la del tesoro escondido, cuestión que parece difícil por la diferencia temática; o fue originalmente compañera de la parábola del trigo y la cizaña, con la que comparte estructura y tema; o Jesús la pronunció al inicio de su ministerio, cuando llamó a los primeros discípulos que tenían como profesión la pesca y los invitó a ser pescadores de hombres (cf. Mt. 4, 19). Estas son las opciones que se barajan actualmente en la exégesis. Es muy interesante la posibilidad de que la parábola se asocie al llamado de los primeros discípulos. Específicamente, Mateo habla de una sagene, o sea, una red barredera, de aquellas que se arrastran entre dos barcas para ir recolectando peces a su paso. Esta recolección no discrimina entre peces buenos y malos, sino que recoge todo lo que está a su alcance. Algunos historiadores dicen que el Mar de Galilea tenía unas 24 clases distintas de peces. Cualquier pescador de la zona podría entender el sentido de lo que estaba relatando el Maestro. Al tirar la red barredora se sacan peces de todo tipo, y luego hay que clasificar, porque algunos son comestibles y otros no. Deben ser descartados los peces impuros, según la legislación de Lev. 11, 10-12 y, por ejemplo, los cangrejos, que no se comercializaban para comida en Palestina. Hasta aquí la parábola. Pero Mateo añade una alegorización de la misma que difícilmente se remonte al Jesús histórico. Esta alegorización es bastante paralela a la alegoría que explica la parábola del trigo y la cizaña. El problema literario que se presenta es que, en el trigo y la cizaña, algunas imágenes de la alegoría tienen más sentido que en la red barredera. La idea de tirar al fuego lo que no sirve es más entendible con la cizaña que con los pescados, que no son quemados por malos o impuros. Además, la asociación entre los cosechadores y los ángeles que vienen es más correcta que la de pescadores y ángeles, porque los pescadores ya están allí; ellos mismos han sacado los peces, no tienen que venir para ejecutar la acción final de la separación. Estas incongruencias pueden deberse a que el redactor quiso aplicar, en paralelo, la alegoría ya existente del trigo y la cizaña a la parábola de la red barredera, y en el traspaso se filtraron estas metáforas inexactas.

El Jesús mateano culmina su discurso parabólico preguntando a los discípulos si han comprendido lo que les dijo/enseñó con tantas parábolas. Ellos responden que sí. Es una afirmación de fe. Han entendido al Maestro, han penetrado en los misterios del Reino. Por eso son merecedores de la sentencia sobre el escriba que, volviéndose discípulo del Reino (volviéndose entendedor de las parábolas de Jesús), es como el hombre que sabe reconocer lo bueno viejo y lo bueno nuevo. Esa es la tarea de los escribas del cristianismo. Porque no hemos dejado de tener escribas, aunque el Nuevo Testamento los tenga tan asociados a una imagen negativa. Son escribas los que estudian las Escrituras, los que escudriñan la Palabra para extraer el significado hermenéutico, para presentar al Pueblo de Dios el mensaje bíblico. Esos son nuestros escribas. Y si los escribas no son capaces de sacar lo nuevo y lo viejo para liberar a los seres humanos, entonces son falsos escribas o escribas hipócritas. En las parábolas está el misterio del Reino. Cuando las interpretaciones de los estudiosos ponen barreras a su correcta comprensión, cuando la institución eclesial sobrevuela la superficie de las parábolas sin entrar de lleno en ellas, sin dejarse interrogar por lo anormal y sorpresivo de estos relatos, la tarea del escriba es devaluada. Jesús nos sigue preguntando si comprendimos, si entendimos su mensaje; y si respondemos que sí lo hicimos (una respuesta de fe), nos preguntará entonces por qué seguimos repitiendo, como en un círculo vicioso, los pecados estructurales e institucionales que contradicen al sembrador, al trigo y a la cizaña, a la mostaza, a la levadura, al tesoro escondido, a la perla valiosa y a la red barredera.

Por no esperar, el Reino se prende fuego / Decimosexto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 13, 24-43 / 17.07.11

Y les propuso otra parábola: “El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña. Los peones fueron a ver entonces al propietario y le dijeron: Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él?. El les respondió: Esto lo ha hecho algún enemigo. Los peones replicaron: ¿Quieres que vayamos a arrancarla?. No, les dijo el dueño, porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero”.

También les propuso otra parábola: El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas”. Después les dijo esta otra parábola: “El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa”. Todo esto lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas, y no les hablaba sin parábolas, para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta: Hablaré en parábolas, anunciaré cosas que estaban ocultas desde la creación del mundo.

Entonces, dejando a la multitud, Jesús regresó a la casa; sus discípulos se acercaron y le dijeron: “Explícanos la parábola de la cizaña en el campo”. El les respondió: “El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los que pertenecen al Reino; la cizaña son los que pertenecen al Maligno, y el enemigo que la siembra es el demonio; la cosecha es el fin del mundo y los cosechadores son los ángeles. Así como se arranca la cizaña y se la quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre. ¡El que tenga oídos, que oiga!” (Mt. 13, 24-43)

La liturgia católica continúa proponiendo, para estos domingos, el discurso parabólico del capítulo 13 del Evangelio según Mateo. Los comentaristas no terminan de ponerse de acuerdo sobre la estructura de esta sección que constituye el tercer discurso del Jesús Maestro mateano. Una posibilidad es dividir el discurso en un primer acto, desde Mt. 13, 1 hasta Mt. 13, 33, donde se describe la escenografía (la barca) al principio, se narra la parábola del sembrador, se explica por qué Jesús habla en parábolas y se da la interpretación alegórica del sembrador. A continuación vienen los versículos que leemos hoy con la parábola de la cizaña, del grano de mostaza y de la levadura. Aquí culminaría el primer acto y, antes de pasar al segundo, habría un entreacto protagonizado por el sentido de las parábolas: Jesús no le habla a la multitud de otra forma que no sea con parábolas, revelando así las cosas ocultas desde la Creación (la cita es una modificación de Sal. 78, 2). De esta manera, Jesús equipara su enseñanza con lo más sagrado de la tradición de Israel, según una antigua tradición rabínica que proclama que, desde la Creación, Dios ha creado lo que vemos y lo que no vemos, inclusive lo que no entendemos en un primer momento. Los llamados milagros o misterios provienen de la misma Creación en la que Dios ha creado lo natural u ordinario. Jesús trae a la muchedumbre los misterios más profundos del Padre, que no están resguardados sólo para los escribas, sino para el ser humano en general. A partir de allí entraríamos al segundo acto (entre Mt. 13, 36 y Mt. 13, 50) con la interpretación alegórica de la parábola de la cizaña, la parábola del tesoro, la perla y la red. Finalmente, tendríamos un epílogo en Mt. 13, 51-52.

Esto sería un esquema general, discutible. En los versículos seleccionados litúrgicamente para este domingo tenemos un esquema más pequeño, más interno, con la parábola de la cizaña al principio y la explicación alegórica al final, encerrando literariamente las parábolas del grano de mostaza y de la levadura. Estas dos parábolas van unidas en la fuente Q, como bien lo respetan Mateo y Lucas (cf. Lc. 13, 18-21), que se valen de ella. Esto quiere decir que hay un vínculo entre ambas. Las dos comienzan con algo pequeño que tiene resultados grandes, casi exagerados. En Galilea, el mostacero puede alcanzar 3 metros de altura; no es un árbol gigante, pero sí un arbusto importante en tamaño. Entendemos que Jesús exagera al hablar de un árbol grande, pero ya veremos por qué lo hace. En cuanto a la levadura en la masa, la exageración está en la harina utilizada, que serían cerca de 22 litros, entendiendo que una medida (saton en griego, del hebreo seah) equivale aproximadamente a 7,33 litros, y el texto original habla de tres medidas de harina. Eso es mucha cantidad para la levadura que pone la mujer. Y, sin embargo, el resultado es grandioso. Estas exageraciones del parabolista, además de responder al modelo literario de la parábola que presenta un cambio notorio entre el inicio y el final de la narración, son constataciones de la acción del Reino. Tan pequeño y desapercibido, se transforma en árbol y hace fermentar una masa ingente. No es necesario acelerar el juicio escatológico ni tomar la justicia divina en nuestras manos (eso es lo que explicará la parábola de la cizaña), porque el Reino actúa, aunque nos parezca que sucede lo contrario, que el mundo se cae a pedazos, que no hay nada bueno. El final de los tiempos llegará a su momento; es más; llegará en el momento oportuno, adecuado. Lo que debemos tener por cierto es que la masa fermentará y que los pájaros del cielo van a cobijarse en las ramas del árbol mostacero. La imagen del gran árbol como metáfora de reinos enormes se remonta al profeta Ezequiel, que describe a Egipto como un ciprés, un cedro del Líbano, de follaje tupido, donde anidan todos los pájaros del cielo (cf. Ez. 31, 1-8). Daniel retoma la imagen también (cf. Dan. 4, 17-19). El Reino de Dios crecerá, indefectiblemente, y todos podrán cobijarse en sus ramas. Estos pájaros son las naciones del mundo. El final de los tiempos será universal. El Reino dará cobijo a todos, sin distinguir entre judíos y paganos.

Pues bien, junto a esa confianza de Jesús en el Reino como desarrollo inevitable de la historia, se encuentra la realidad del trigo y la cizaña. La dinámica entre parábola y explicación alegórica es la misma que en la parábola del sembrador. Jesús narra un texto parabólico y luego, en privado, los discípulos reciben una explicación en línea alegórica, adjudicando a cada elemento de la narración un correspondiente en la realidad. Como en la otra oportunidad, suponemos que la parábola puede remontarse al Jesús histórico, pero la explicación alegórica es de la comunidad cristiana. Quizás, lo escandaloso de la parábola sea que el dueño del campo no quiera arrancar la cizaña. Prefiere esperar hasta la cosecha. El enemigo que sembró cree así que ha triunfado, que ha arruinado el campo del hombre. Pero nuevamente aparece el tema de la confianza en el Reino. Hay que tener esperanza. Cuando llegue el tiempo (la cosecha), el trigo se separará de la cizaña. El Reino tendrá una resolución, aunque parezca que la cizaña se come todo el campo. El Reino será finalmente un gran trigal. En la alegoría, la cosecha es el momento escatológico y los cosechadores son los ángeles, mensajeros de Dios. Esta es una visión apocalíptica que se complementa a la de Mt. 25, 31-46, donde también hay ángeles presentes. Así como el trigo y la cizaña, en el capítulo 25 son las ovejas y los cabritos. Mateo recalca esta separación entre lo bueno y lo malo, lo que proviene de Dios y lo que proviene del Maligno, pero lo reserva para el Hijo del Hombre que viene al final de los tiempos. No puede acelerarse ese proceso. No puede hacer justicia el ser humano, porque no sabe cuál es la vara con la que mide Dios, ni tiene su sabiduría ni su misericordia. ¿Cómo distinguir el trigo de la cizaña si en el mismo corazón del ser humano hay trigo y cizaña? Es una tarea para el Hijo del Hombre y sus ángeles.

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Es interesante notar cómo la figura del enemigo del dueño del campo emula al sembrador. El enemigo siembra como si el campo fuese suyo, haciendo las veces de dueño, de sembrador. En la alegoría, el demonio queda al descubierto. Cree que el mundo es suyo y se cree dios, haciendo las veces de sembrador, pero el final revela que no lo es, y que su cizaña es derrotada y quemada. Cuando en las tentaciones del desierto, el demonio muestra a Jesús las naciones y se las ofrece, como si fuesen suyas (cf. Mt. 4, 8-9), en realidad está mintiendo. Jesús lo tiene en claro. Por eso tiene una esperanza enorme en el resultado del Reino. Esa esperanza es la que le da fidelidad (fe) al proyecto del Padre, aún en el tiempo de espera.

En la Iglesia, a veces, pecamos de arrebatados. Queremos un juicio ya mismo, una destrucción de la maldad (de los malos) que no se haga esperar. Y por no esperar esperanzados, comenzamos la caza de brujas nosotros mismos, midiendo con las varas que cada uno, subjetivamente, tiene. Y esas varas hacen desastres, condenas, inquisiciones y censuras. No creemos en la levadura ni en el grano de mostaza. Es más; nos parecen absurdas ambas historias. Preferimos lo grande, lo institucional, lo muy visible. Preferimos marchas y procesiones multitudinarias, y hasta identificamos el éxito del Reino con el aumento de suscriptos a jornadas cristianas con escenarios y ceremonias teatrales. Nadie sabe de las comunidades pequeñas reunidas en las casas, nadie sabe de las ONG que defienden al pobre y al oprimido con escasos recursos materiales y humanos, nadie sabe de los niños que son acogidos desinteresadamente por hogares familiares, nadie sabe del político que rechaza la coima ni del empresario que evita aprovecharse de sus obreros. Es lo que pasa desapercibido. Es el Reino que hace fermentar la masa y que crece como el mostacero, pero nadie lo reconoce. Allí debe estar el apoyo de la Iglesia. No importa si se declaran o no cristianos; importa que son trigo. Los márgenes institucionales pueden ser terribles, limitantes, sectarios. Y sin embargo el Reino quiere ser un árbol que cobije a todos los pájaros del cielo. Por arrebatados, ponemos límites al crecimiento del mostacero, o imploramos al dueño del campo para que envíe sus ángeles de la cosecha. Él nos sigue pidiendo que esperemos, que todo tiene su tiempo, que los juicios apresurados destruyen; y en la Iglesia tenemos sobrada experiencia de haber quemado trigo pensando que era cizaña.

Parábola del sembrador despistado / Décimoquinto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 13, 1-23 / 10.07.11

Aquel día, Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar. Una gran multitud se reunió junto a él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa. Entonces él les habló extensamente por medio de parábolas. Les decía: “El sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda; pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron. Otras cayeron entre espinas, y estas, al crecer, las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta. ¡El que tenga oídos, que oiga!”.

Los discípulos se acercaron y le dijeron: “¿Por qué les hablas por medio de parábolas?”. El les respondió: “A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Por eso les hablo por medio de parábolas: porque miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden. Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: Por más que oigan, no comprenderán, por más que vean, no conocerán, porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos, para que sus ojos no vean, y sus oídos no oigan, y su corazón no comprenda, y no se conviertan, y yo no los cure. Felices, en cambio, los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen. Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron; oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron. Escuchen, entonces, lo que significa la parábola del sembrador. Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino. El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta en seguida con alegría, pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe. El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto. Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Este produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno”. (Mt. 13, 1-23)

Ninguno de los tres Evangelios Sinópticos pudo obviar la parábola del sembrador. A la vez, ninguno de los tres soportó la tentación de darle una explicación a la misma. Quizás, Jesús sólo pronunció los primeros versículos, la parábola sin argumentos, sin digresiones. Quizás, Jesús no explicó nada en privado. Quizás, los primeros oyentes de la parábola, directamente de los labios del Maestro, entendieron otra cosa. Quizás Jesús quiso decir otra cosa a la que estamos acostumbrados. Hoy, la mayoría de los exegetas sostienen la clara diferencia entre la parábola y la alegoría. La primera es una narración breve, sin demasiados detalles, con un cambio entre el inicio y el final, que transmite un mensaje global desde sus partes. La alegoría, en cambio, otorga a cada elemento de la narración un paralelo en la realidad, un correspondiente, de manera que el mensaje pasa de la globalidad a la particularidad. Si nos fijamos bien en el texto que propone para este domingo la liturgia, la primera parte es una parábola y la segunda una alegoría (o una interpretación alegórica). Suponemos, junto con los expertos, que Jesús pronunció la parábola y la comunidad cristiana fue elaborando una interpretación en línea alegórica cuando la parábola original fue perdiendo sentido, ya sea por el paso del tiempo o por la incomprensión de las nuevas generaciones. Algunos, yendo más lejos, postulan que la parábola estaba dirigida, en un principio, a los apóstoles/misioneros, y que luego se la transformó en una parábola para los recién convertidos. Jesús habría querido enseñar sobre lo variado del trabajo apostólico que se encuentra con diferentes terrenos, y la comunidad cristiana quiso enseñar a sus miembros las distintas posibilidades del corazón, que puede ceder a las tentaciones, al Maligno, a las riquezas y a las tribulaciones. Literariamente, el cambio se observa en la variación de los oyentes, que comienza con la multitud al borde del mar y pasa a los discípulos sin matiz. ¿Cómo puede suceder esta explicación en privado frente a la multitud que escucha el resto de las parábolas? Debemos suponer una inclusión posterior de la escena de la explicación dentro del discurso parabólico.

El primero en conservar esta tradición parabólica es Marcos (cf. Mc. 4, 1-20). Mateo y Lucas (cf. Lc. 8, 4-15) lo siguen, pero con modificaciones. Hoy, las que no interesan son las variantes mateanas. En primer lugar, el adelantamiento de la frase de Mt. 13, 12, que Marcos y Lucas presentan más adelante, como conclusión. Para Mateo, la frase es lo suficientemente importante como para servir de nexo entre la parábola y la explicación. Es la frase que dará pie para citar al profeta Isaías. La cita (cf. Is. 6, 9-10) proviene del relato vocacional de Isaías, cuando recibe su misión profética en la visión de Yahvé. Mateo intenta establecer un vínculo entre el encargo que hace Dios a Isaías y el encargo que tiene Jesús como enviado del Padre. En resumen, Isaías está siendo enviado a la creación de un nuevo pueblo. Todo lo anterior tiene que ser destruido: ciudades, habitantes y suelo (cf. Is. 6, 11). A partir de esa destrucción surgirá un nuevo retoño, una nueva semilla del tronco talado (cf. Is. 6, 13) que es la esperanza de Israel. El proceso por el cual el pueblo no entiende, comprende, ve ni oye, parece ser un proceso necesario para la renovación, para que surja el nuevo Israel. Jesús, en parangón, hará surgir el nuevo Pueblo de Dios. Él es el nuevo Moisés (según la tradición mateana), el nuevo gran profeta, el nuevo gran rey como David (también un tema importante mateano). Dios confía en la semilla sagrada (qodesh zera) que quedará tras la acción del profeta. De la misma manera, en Jesús, Dios confía en la semilla del sembrador.

Esta semilla de la parábola está sembrada azarosamente. El sembrador no cuida de ver con detenimiento dónde cae lo que lanza. Las esparce, y algunas caen en terreno fértil, pero otras no. Eso no desespera al sembrador. De alguna manera, confía en su semilla más que en cualquier otra cosa. O si queremos ser más ecologistas, confía en la naturaleza antes que en su capacidad. Cuando la naturaleza decida hacer coincidir un terreno fértil con la semilla y las condiciones climáticas adecuadas, habrá fruto. Esta despreocupación del sembrador puede ser una de las razones que asustan de la parábola y que obligan a explicarla. ¿Por qué la siembra no es más cuidadosa? ¿Por qué tanto desinterés frente al lugar donde cae la semilla? ¿Por qué no se cuida más la semilla? El azar de la narración nos desespera. La explicación alegórica interpreta que la semilla es la Palabra y que los terrenos son los corazones humanos. Pero eso no termina por explicar la razón de lo azaroso de la siembra. Aún peor: si la semilla es la Palabra, el sembrador debería ser más cuidadoso y no desperdiciarla. La explicación intenta llevar el centro de la responsabilidad al ser humano, al que recibe la Palabra. Pero la parábola tiene su atención en la semilla que, de una u otra manera, dará fruto. Y fruto abundante. Según la geografía de Palestina, un terreno promedio rendía casi cinco medidas de grano por cada medida de semilla sembrada. En el valle de Sarón, lugar considerado el más fértil, rendía 8 medidas. Algunos historiadores han llegado a hablar de cosechas que rindieron 10 medidas como un hecho anecdótico y sorprendente. Pues bien, Jesús habla de un terreno fértil que rinde treinta medidas, sesenta y hasta cien. Para cualquier sembrador galileo, este hombre estaba hablando de una estupidez. Ningún terreno, puede rendir así. Sin embargo, esa exageración parece ser la clave de la parábola. El sembrador confía en su semilla y lanza azarosamente, porque el rinde es magnífico. No tiene que preocuparse de dónde cae la semilla, sino confiar en la acción natural que será sobreabundante. De manera sencilla, la parábola del sembrador es un tratado sobre la gracia. La tarea del Reino es azarosa, es Palabra que se esparce por el mundo y, en muchas oportunidades, no tiene fruto visible, pero cuando cae en terreno fértil, cuando la naturaleza hace su parte, los frutos son incontables y gigantescos. La gracia exige esa confianza. No hay la seguridad de lo comprado a buen precio, ni la seguridad de un contrato. La gracia impele a confiar en la semilla, en la naturaleza, en su propia dinámica de gracia.

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La parábola del sembrador es escandalosa, en uno de sus aspectos, porque seculariza lo sagrado. No se habla directamente de Dios ni de la Palabra ni del Mesías (sí lo dice la explicación, pero ya dijimos que es un añadido eclesial). Se habla de un sembrador, de una semilla y del azar de su siembra. No se habla de la gracia, pero sí de un terreno fértil que puede dar hasta cien medidas de rinde. No se hace explícito lo tradicionalmente sagrado, pero está allí. En lugar de utilizar vocablos conocidos del ritual litúrgico o teológico, Jesús relaciona directamente el Reino con la vida cotidiana. Se seculariza lo trascendente. Se hace cotidiano a Dios. Muchos de los oyentes de Jesús, ciertamente, eran sembradores. Podían entender mejor que nadie lo que el Maestro les estaba contando. El dato del rinde exagerado era la clave para que ellos entraran en la dinámica de la gracia, para que captaran que la parábola no era una mera narración de lo que les sucedía a diario, sino una enseñanza sobre este Reino que Dios quiere para el mundo.

Esta secularización de lo sagrado asustó a la Iglesia (y la sigue asustando). Por eso hubo que elaborar explicaciones, sobre todo alegóricas, para que nada escape a la interpretación. Seguramente fue una necesidad del momento histórico, de dejar en claro que la Palabra y su puesta en práctica son mucho mayores que las tribulaciones, las riquezas o las tentaciones. No estuvo mal alegorizar la parábola, pero sí es peligroso ponerle cercos al azar de Dios. Gran parte de lo llamativo de la parábola está en la despreocupación del sembrador por el lugar donde cae su semilla. El sembrador confía. La Iglesia tiene que confiar en la siembra del Reino, sino se envuelve en discusiones, concilios y congresos para determinar quién se salva y quién no. Mientras tanto, la semilla sigue cayendo en distintos terrenos y sigue dando frutos extraordinarios. Si estuviésemos más focalizados en la confianza que genera la gracia, evangelizar sería más simple, o al menos, más relajado. La evangelización preocupada por los resultados es la evangelización desentendida de la gracia. El Reino está dando frutos, está floreciendo, está teniendo resultados magníficos. Si no sabemos reconocerlos, entonces caemos en la frustración que nos lleva a acorralar la gracia en métodos, asambleas y estadísticas. Los frutos del Reino están en lo cotidiano, en lo secular; allí tenemos que buscar la semilla que rinde treinta, sesenta y hasta cien.