Archivo para la categoría ‘Pensar’
26 Abril 2012 | Por Leonardo Biolatto | Claves: albañiles, conversión, despistado, discípulos, dracma, editorial claretiana, escribas, evangelio, gracias, hermanos, hijo, jesús, libro, lucas, mateo, misión, mujeres, oveja, parábolas, perversión, religión, santos, sembrador, siglo | # Enlace permanente
En poco tiempo, Editorial Claretiana sacará a la luz un libro mío. Se llama “Discípulos de este siglo – La misión en las parábolas de Jesús”. Es un recorrido por trece parábolas de Jesús analizadas en línea exegética primero, para desembocar en una reflexión y profundización posterior. Les dejo la lista de las parábolas analizadas (un esbozo de índice del libro): en primer lugar el título que encabeza cada capítulo, en segundo lugar la cita del Evangelio que corresponde a la parábola tratada en ese capítulo.

1) La oveja y la dracma vuelven a la vida (Lc. 15, 1-10)
2) ¿Hijo pródigo, padre misericordioso o hermano fariseo? (Lc. 15, 11-32)
3) Jesús mujeriego (Lc. 7, 36-50)
4) La gracia de la conversión (Lc. 13, 1-9)
5) Cosas de hermanos (Lc. 12, 13-21)
6) Lázaro en el reino invertido (Lc. 16, 19-31)
7) La oración que hace justicia (Lc. 18, 1-8)
8) El Dios que convierte lo pervertido (Lc. 18, 9-14)
9) Hay albañiles sabios y santos necios (Mt. 7, 21-27)
10) Parábola del sembrador despistado (Mt. 13, 1-23)
11) Por no esperar, el Reino se prende fuego (Mt. 13, 24-43)
12) Escribas del siglo XXI (Mt. 13, 44-52)
13) La religión verdadera (Lc. 10, 25-37)
21 Abril 2012 | Por Leonardo Biolatto | Claves: banquete, comentario, comidas, domingo, eucaristía, evangelio, glosas, glotón, jesús, juan josé gravet, link, pascua, rosario | # Enlace permanente
Juan José Gravet ha tomado el último comentario de mi blog al tercer domingo de Pascua y lo ha ampliado. Por supuesto, es un mejor trabajo que el mío, que complementa y mejora lo que quise expresar. Está colgado en la web. Les dejo el link para quien quiera leer mejor el episodio de este domingo. Un abrazo a Juan José y un abrazo a los que quieren seguir comiendo con Jesús.
https://docs.google.com/document/d/1qAcU4iwGwgUZ8fvGbmY9o1a7zjdM6cotSAAh9S6c0h4/edit?pli=1
2 Enero 2012 | Por Leonardo Biolatto | Claves: chiquito, cultural, dios, epifanía, espada, fiesta de epifanía, herodes, magos, mateo, muerte, oriente, pagano, palacio, pequeño, pesebre, religión, religioso, rey, reyes, reyes magos, sangre, vida | # Enlace permanente
En algunos países la fiesta de la Epifanía se celebra el día 6 de enero, y en otros se festeja el domingo siguiente al 6 de enero. He querido conservar la fecha del calendario para poder comentar el domingo el Bautismo del Señor.

Quizás sea una época en que no necesitamos reyes. Quizás sea una época donde necesitamos magos. Pero no para hacer trucos que nos despisten de la realidad. Tampoco para engañarnos. Ni siquiera para recibir soluciones que vendrían en pócimas secretas. No necesitamos magos que formen una elite encargada de custodiar arcanos indescifrables (no necesitamos magos gnósticos). Queremos los magos de Oriente que visitan el pesebre, aquellos que Mateo (en su imaginación, en su escucha atenta de los primeros cristianos, en su re-elaboración, en su fe) dibujó oponiéndose al rey Herodes, reconociendo la realeza de Dios que está en un hombre indefenso, pequeño, al cuidado de padres primerizos. Son los magos que saben leer los signos de los tiempos, que escudriñan el espacio (la historia) para entender cómo y dónde se manifiesta Dios. Y han encontrado la manifestación en lo más pequeño de lo pequeño. Fueron capaces de hacer cientos de kilómetros para esquivar el palacio y sus honores, y reclinarse en un establo, ante unos pañales. No rindieron honores a la pompa y a la parafernalia. No rindieron honores a los que ejercen el poder con fuerza y sangre. Quisieron, más bien, dar sus regalos al que venía parido con sangre.
Por eso no necesitamos reyes magos, sino sólo magos, como bien deja en claro el texto bíblico de Mateo. Con los reyes, en general, hemos tenido malas experiencias. Tuvo Jesús que cambiar el concepto de la realeza; de lo contrario, Herodes se erguía como el modelo clásico de rey: ejerciendo a fuerza de espada. Una espada que se lleva la Navidad, que arrasa con los nacimientos, que no desperdiga sangre de vida, sino de muerte. Es la sangre de los inocentes que sufren, como siempre sucede. Porque los reyes han tenido esa costumbre de favorecer a los poderosos y lastimar a los pequeños. Los magos, en cambio, caminan hasta el pequeño, lo deslumbran y lo quieren bien. Los magos no traen la espada, sino su experiencia de existencia oteando el horizonte. Saben que Dios no está en la sangre derramada para la muerte. Dios está en el pesebre. Y si alguien atenta contra ese pesebre, entonces lo protegerán. Los magos protegen al pequeño del rey opresor.
Quizás, con el tiempo, la celebración de la epifanía se fue alivianando, fue perdiendo su profundidad. Quizás, los reyes magos no sean la mejor imagen que tenemos para presentarles a los niños que dejan sus zapatos y el pasto. Quizás, tampoco sean la mejor imagen para nosotros, adultos. Mateo no pensaba en una celebración cercana a la Navidad con la posibilidad de realizar un aumento de ventas comerciales. Mateo estaba narrando la dramática y fascinante historia de paganos que, a través de sus conocimientos (a través de su propia fe), llegan a un Dios revelado en un recién nacido. Hay aquí una paradoja trans-cultural, trans-religiosa y tans-cósmica. Paganos que descubren a un Yahvé de los Ejércitos en un niño envuelto en pañales. Magos, posiblemente de una corte persa, encaminados por la guía de las estrellas, la guía de lo que ellos entienden como fe. Su propia religión los pone ante la verdad más central de cualquier religión que se precie de tal: lo divino está en lo más frágil de lo humano. Lo divino está en los niños indefensos que dependen del prójimo (de su padre, de su madre, de sus cuidadores, de sus guardas). La revelación plena de Dios no está en los astros que supieron discernir los magos, ni está en el palacio de Herodes. Dios se da a conocer en lo indefenso, traspasando las distancias cósmicas. Ese es el sentido de celebrar la epifanía. Celebramos, en los magos de Oriente, la posibilidad que todos tenemos de conocer a Dios desde lo sencillo, sin rendir exámenes de ingreso de seminarios religiosos ni pagar rigurosamente la cuota de los cursos bíblicos. Celebramos que Dios es pequeño, y que esa es su grandeza.
1 Noviembre 2011 | Por Leonardo Biolatto | Claves: creyentes, cuerpo, difuntos, escatología, esperanza, espíritu, fieles difuntos, gracia, moltmann, mortales, muerte, muertos, pablo, resucitado, resurrección, revivificar, romanos, teología, teología de la esperanza | # Enlace permanente
Así se hace inteligible además el que en la resurrección de Jesús no se viese una pascua privada de su viernes santo particular, sino el comienzo y el origen de la abolición del viernes santo universal, de la desaparición de aquel abandono del mundo por Dios, aparecido en el carácter mortal de la muerte en la cruz. Por ello la resurrección de Cristo fue entendida no sólo como el primer caso de la universal resurrección de los muertos y como principio de la revelación, en el no ser, de la divinidad de Dios, sino también como origen de la vida de resurrección de todos los creyentes y como promesa confirmada, que se cumplirá en todos y que, a propósito del carácter mortal de la muerte misma, se mostrará como irresistible.
La percepción del acontecimiento de la resurrección de Cristo es, por ello, un conocimiento esperanzado y expectante del mismo. Ese conocimiento percibe en él la latencia de la vida eterna, de esta vida que, en la alabanza de Dios, surge de la negación de lo negativo, de la resurrección del crucificado y de la exaltación del abandonado. Acepta la tendencia a la resurrección de los muertos que hay en este acontecimiento de la resurrección de uno. Obedece a la intención de Dios, en la medida en que se entrega a la dialéctica de la pasión y de la muerte, en la expectación de la vida eterna y de la resurrección. Esto es descrito como la obra del Espíritu Santo. El “Espíritu” es, según san Pablo, el “Espíritu viviente”, el Espíritu que resucitó a Cristo de entre los muertos, y que “habita en aquéllos” que perciben a Cristo y su futuro, y que “vivificará sus cuerpos mortales” (Rom 8, 11).
Lo que aquí se califica de “Espíritu” no es algo que caiga del cielo ni que lleve entusiásticamente a él, sino algo que brota del acontecimiento de la resurrección de Cristo, siendo un anticipo y una prenda de su futuro, del futuro de la resurrección universal y de la vida.
El Espíritu es, de este modo, la fuerza del sufrimiento en la participación en la misión y en el amor de Jesucristo, y es, dentro de ese sufrimiento, la pasión por lo posible, por lo venidero y prometido del futuro de la vida, de la libertad y de la resurrección. El Espíritu sitúa al hombre dentro de la tendencia de aquello que está latente en la resurrección de Jesús y a lo que se tiende con el futuro del resucitado. Resurrección y vida eterna son el futuro prometido y, por tanto, la posibilitación de la obediencia corporal. Cada acto es sembradura que apunta a la esperanza. Y así, el amor y la obediencia son sembradura que apunta al futuro de una resurrección corporal. En la obediencia, los vivificados en el espíritu se encuentran en cambio hacia la vivificación del cuerpo mortal.
Así como la promesa aspira hacia el cumplimiento, y la fe hacia la obediencia y hacia la visión, y la esperanza hacia la vida ensalzada y finalmente lograda, así la resurrección de Cristo aspira hacia la vida en el Espíritu y hacia la vida eterna, que plenifica todo. Esta vida eterna se halla aquí oculta bajo su contrario, bajo la asechanza, el sufrimiento, la muerte y el duelo. Sin embargo, esta ocultación suya no es una paradoja eterna, sino que es latencia en tendencia, que empuja hacia adelante y hacia fuera, hacia el vestíbulo abierto, atravesado por promesas, de lo posible. En la oscuridad del dolor del amor, el que espera descubre la escisión de yo y cuerpo. En la lucha, desarrollada en el cuerpo, por la obediencia y por el derecho de Dios, descubre la contradicción de la carne y su sometimiento a la hostilidad de la nulidad y de la muerte. Al comenzar a esperar en la victoria de la vida y a aguardar la resurrección, el que espera percibe el carácter mortal de la muerte y no es ya capaz de contentarse con ella.
Mientras “todo” no sea “bueno”, subsiste la diferencia de la esperanza con respecto a la realidad, la fe continúa estando insatisfecha, y tiene que tender, en esperanza y en sufrimiento, hacia el futuro. Y de este modo también la promesa de la vida nos saca de la resurrección de Cristo para introducirnos en la tendencia del Espíritu, el cual da vida en el sufrimiento y tiende hacia la alabanza de la nueva creación. Esto es algo así como una “revelación progresiva”, o como una “escatología que se realiza”; la única diferencia es que aquí se trata del mismo progressus gratiae. No es el tiempo objetivo el que hace el progreso. No es la actividad humana la que hace el futuro. Es la necesidad interna del acontecimiento mismo de Cristo, cuya tendencia se dirige a hacer patente en todo la vida y el derecho de Dios que están latentes en aquel acontecimiento.

moltmann
(Fragmento del libro Teología de la Esperanza de J. Moltmann, Sígueme, Salamanca, 1965)
30 Octubre 2011 | Por Leonardo Biolatto | Claves: cosas, dios, entrega, esperanza, espíritu, experiencia, experiencias, fiesta, gracia, karl, karl rahner, libertad, mística, muerte, rahner, responsabilidad, santidad, santos, todos | # Enlace permanente
Permítasenos decir otra vez, a pesar de que estemos repitiendo lo mismo siempre y casi con las mismas palabras, que:
- cuando se da una esperanza total que prevalece sobre todas las demás esperanzas particulares, que abarca con su suavidad y con su silenciosa promesa todos los crecimientos y todas las caídas;
- cuando se acepta y se lleva libremente una responsabilidad donde no se tienen claras perspectivas de éxito y de utilidad;
- cuando un hombre conoce y acepta su libertad última, que ninguna fuerza terrena le puede arrebatar;
- cuando se acepta con serenidad la caída en las tinieblas de la muerte como el comienzo de una promesa que no entendemos;
- cuando se da como buena la suma de todas las cuentas de la vida que uno mismo no puede calcular, pero que Otro ha dado por buenas, aunque no se puedan probar;
- cuando la experiencia fragmentada del amor, la belleza y la alegría se viven sencillamente y se aceptan como promesa del amor, la belleza y la alegría, sin dar lugar a un escepticismo cínico como consuelo barato del último desconsuelo;
- cuando el vivir diario, amargo, decepcionante y aniquilador se vive con serenidad y perseverancia hasta el final, aceptado por una fuerza cuyo origen no podemos abarcar ni dominar;
- cuando se corre el riesgo de orar en medio de tinieblas silenciosas, sabiendo que siempre somos escuchados, aunque no percibimos una respuesta que se pueda razonar o disputar;
- cuando uno se entrega sin condiciones, y esta capitulación se vive como una victoria;
- cuando el caer se convierte en un verdadero estar de pie;
- cuando se experimenta la desesperación y misteriosamente se siente uno consolado, sin consuelo fácil;
- cuando el hombre confía sus conocimientos y preguntas al misterio silencioso y salvador, más amado que todos nuestros conocimientos particulares, convertidos en señores demasiado pequeños para nosotros;
- cuando ensayamos diariamente nuestra muerte e intentamos vivir como desearíamos morir: tranquilos y en paz;
- cuando… (podríamos continuar indefinidamente)…
…allí está Dios y su gracia liberadora; allí conocemos a quien nosotros, cristianos, llamamos «Espíritu Santo de Dios»; allí se hace una experiencia que no se puede ignorar en la vida, aunque a veces esté reprimida, porque se ofrece a nuestra libertad con el dilema de si queremos aceptarla o si, por el contrario, queremos defendernos de ella en un infierno de libertad al que nos condenamos nosotros mismos.
Ésta es la mística de cada día: el buscar a Dios en todas las cosas. Aquí está la sobria embriaguez del Espíritu de la que hablan los Padres de la Iglesia y la liturgia antigua, y a la que no nos está permitido rehusar o despreciar por su sobriedad.

(Fragmento del libro Experiencia del Espíritu de Karl Rahner, Narcea, Madrid, 1978)
2 Octubre 2011 | Por Leonardo Biolatto | Claves: abundancia, amigos, antiguo testamento, banquete, buena noticia, cena, comida, córdoba, cristo, crucificado, cruz, don, ekklesía, escatología, escatológico, evangelio, hermanos, hijo de dios, iglesia, israel, josé de arimatea, juan, juan bautista, juntada, juntada teológica, justicia, justicia social, lucas, marcos, marginados, martirio, mateo, mendigos, mesías, nicodemo, oprimidos, pilato, pobres, regalo, reinado, reino, reino de dios, reino de los cielos, resucitar, resurrección, rey, salvador, trono, vida, vida entregada | # Enlace permanente
El próximo fin de semana es la IV Juntada Teológica en Córdoba. Se aproxima el tiempo de re-encontrarse con amigos y charlar, amistosamente, del Reino, entre hermanos. Va para ir masticando una pequeña reseña sobre el Reino de Dios en los cuatro Evangelios. Siempre es bueno meditar sobre el Reino. Queda el texto a disposición en este domingo. Un abrazo grande.
a) Marcos
La predicación de Jesús se abre con la proclamación del Reino. Son las primeras palabras que pronuncia públicamente, las que determinan su misión: “El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia” (Mc. 1, 15). Marcos será el único evangelista que hable de este tiempo cumplido. Es como si la historia hubiese colmado las expectativas, como si estuviese a punto de parir un nuevo comienzo. El tiempo se ha cumplido, ya no puede esperarse más. El Reino está cerca, cercano, accesible. Esa es la Buena Noticia (el Evangelio) que proclama Jesús. El Reino no está al final del camino, en un futuro muy lejano; está cerca. Los que se convierten al Evangelio lo hacen concreto. Para Marcos, el Evangelio es Jesús, que es el Cristo, que es el Hijo de Dios (cf. Mc. 1, 1). El Cristo como salvación, como mano amorosa de Dios que libera; el Hijo de Dios para hacernos hijos a todos y hermanos entre nosotros.
Paradójicamente, este Cristo Hijo de Dios es crucificado. No sería lo esperado. José de Arimatea aparece ante Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús y Marcos, quizás intencionadamente, recuerda que este hombre “también esperaba el Reino de Dios” (Mc. 15, 43). Podría tratarse de una ironía o un juego literario. José parece decepcionado porque esperaba el Reino como lo esperan los judíos, con majestuosidad, con una revelación final y bélica de Yahvé que destruya a los enemigos, y sin embargo, el agente mesiánico está muerto. Está planteada la paradoja: Dios instaura el Reino por un medio distinto al esperado tradicionalmente. Ya lo había anticipado profética y poéticamente el Maestro en la última cena con sus discípulos, cuando tomando la copa y pasándola, asegura que no volverá a beber el fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino (cf. Mc. 14, 25). Es la prefiguración de lo que ocurrirá: ya no habrá más vino hasta que el Reino se haga presente, hasta el nuevo orden de las cosas. Podría ser una especie de voto; se prohíbe Jesús del vino, se abstiene, como signo de que no puede celebrar estando el mundo como está. Habrá celebración cuando haya Reino de Dios. Aunque eso le cueste la vida. La privación del vino se convierte en realidad, porque esa misma noche es apresado y luego crucificado. Pero el vino nuevo también se realiza, porque la cruz es seguida por la tumba vacía y la nueva realidad del Resucitado.
Esta asociación entre el Reino y la vida entregada tiene su desarrollo más velado durante la narración y, especialmente, cuando Jesús camina con sus discípulos hacia Jerusalén. Durante este camino, el Maestro enseña las claves discipulares a sus seguidores; el camino de Galilea a Jerusalén es, metafóricamente, el camino discipular, camino de enseñanza profunda. Allí se relativiza todo a favor del Reino, que es lo absoluto, lo que vale la pena (cf. Mc. 9, 47). Entran al Reino los que se hacen como niños y los que entienden el Reino como lo entiende un niño (cf. Mc. 10, 13-16). Finalmente, para entrar al Reino hay que despojarse de las riquezas (cf. Mc. 10, 23-25). Cuando las comunidades cristianas vivan el Reino como absoluto, se hagan como niños y se olviden de las riquezas, entonces el Reino se hará más evidente en la historia. Pero si las comunidades cristianas no entienden esto, la plenitud del Reino se retardará, aunque, como la semilla que crece por sí sola (cf. Mc. 4, 26-29), el proceso seguirá adelante, porque no depende únicamente del ser humano, sino sobre todo de Dios. El Reino es un don divino, un regalo. Hay un proceso del Reino en la historia. Un proceso muy silencioso, pequeño, casi oculto. Pero da fruto. Muchos no se animan a dar la vida por el Reino porque no pueden verlo concreto y majestuoso; sin embargo, Marcos asegura que cada martirio, cada vida entregada por el Evangelio, es contribución a ese proceso de la semilla que no se ve, pero está.
b) Mateo
Mateo prefiere la expresión Reino de los Cielos antes que Reino de Dios, que sólo aparece 4 veces en su Evangelio. La mayoría de los comentaristas coinciden en que responde a la costumbre judía de evitar nombrar a Dios, porque su nombre es santo. Desde este aspecto judío de Mateo nos podemos expandir hacia las apreciaciones, también judías, sobre el Reino. Es muy probable que el autor de este Evangelio sea un judío que se convirtió al cristianismo, y muy probablemente un judío escriba, con mucho dominio de las Escrituras y una visión teológica acabada del Antiguo Testamento. Por eso tiene que dar una solución a la situación de Israel dentro de la historia de la salvación. Mt. 8, 11-12 es el logion que explica su visión de las cosas: el Reino era para el pueblo elegido, para Israel, pero como no se han comportado como hijos de Dios, han perdido la herencia, y vendrán otros pueblos y naciones para convertirse en herederos. El mismo tema retoma Mt. 21, 33-43 en la parábola de los viñadores homicidas: la viña del Reino es plantada para que Israel la cuide, pero Israel mata a los profetas y hasta mata al Hijo del Dueño, por lo que el Dueño les quita el Reino para dárselo a otro pueblo. De todas maneras, esto no significa un traspaso directo del Reino desde los judíos a los paganos. La situación está tamizada en la parábola de los invitados al banquete (cf. Mt. 22, 1-14) donde los primeros no asisten y la segunda camada cuenta con un comensal que no se ha puesto el traje de fiesta. La falta de ese traje es motivo suficiente para expulsarlo del banquete. De la misma manera, al Reino no se ingresa sólo por ser pagano o por ser judío, sino por tener el traje, o sea, por estar revestido de una manera, una forma de ser, acorde al Reino. Pero esta visión encuentra un complemento (o una complicación) en Mt. 21, 31: “Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios”. Esto denota una inversión en la herencia del Reino. Dios mira otras cosas, sin fijarse en la nacionalidad, en la profesión o en el rótulo social (los publicanos y las prostitutas están dentro de la categoría de pecadores públicos). El Reino de Israel se expande a la universalidad y a la inversión de las escalas sociales. Este es el Evangelio del Reino (cf. Mt. 4, 23 y Mt. 9, 35).
Mateo tiene una mayor tendencia que Marcos a volver escatológico el Reino. Como si dos reinos luchasen hasta el final de los tiempos, conviviendo en el mundo. El Reino de los Cielos vive en el contraste con el reino del mal. Las parábolas del capítulo 13 reflejan esta situación del trigo y la cizaña (cf. Mt. 13, 24-30), de lo bueno y lo malo (cf. Mt. 13, 47-50). Será el juicio escatológico (cf. Mt. 25, 31-46) el que ponga punto final al contraste. Allí ocurrirá la separación definitiva entre lo bueno (propio del Reino) y lo malo. Este juicio no se basará en la nacionalidad ni en la sangre, no dividirá judíos de paganos, sino seres humanos cercanos al otro de seres humanos egoístas, desentendidos del prójimo.
Mateo es el único evangelista que, abiertamente, vincula a la Iglesia (con el término ekklesía) con el Reino de los Cielos. Según Mt. 16, 18-19, a través de Pedro, toda la Iglesia tiene las llaves del Reino. Decimos que toda la Iglesia porque Mt. 18, 18 amplía la frase dirigida a Pedro sobre atar y desatar a la comunidad entera. Entender el significado de las llaves del Reino es complicado. Las llaves son las que abren las puertas, y en la antigüedad, las llaves más importantes eran las de las puertas de las ciudades. La Iglesia, teniendo las llaves del Reino, tiene la responsabilidad de abrir las puertas del Reino, hacerlo más accesible, más cercano, más próximo. No debe convertirse en Iglesia al estilo de los escribas fariseos que cierran a los hombres el Reino (cf. Mt. 23, 13). Esa es la clave para entender el ministerio de las llaves confiadas a la Iglesia. Es una responsabilidad más que un privilegio. Porque si la Iglesia cierra las puertas del Reino a los seres humanos, se está poniendo en contra de su Maestro y se hace acreedora de la crítica de Jesús. La llave no es un poder para oprimir, sino para liberar, para universalizar. Por eso el destino final no es la Iglesia, sino el Reino. Mateo lo sabe (a pesar de ser el Evangelio más eclesial de los cuatro): “Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura” (Mt. 6, 33).
c) Lucas
En su obra, Lucas gusta de dividir el tiempo. Es un historiador, y como tal, separa las etapas de lo que narra. Hay un tiempo del Antiguo Testamento que llega hasta Juan el Bautista, último profeta del Israel de la primera alianza. Hay un tiempo subsiguiente que es el del Jesús histórico, caminando por Palestina hasta morir en la cruz y resucitar. La Pascua, justamente, separa del siguiente tiempo que es el tiempo de la Iglesia, de la comunidad impulsada por el Espíritu Santo. Dentro de la vida terrena de Jesús hay, también, una división temporal que se fundamenta en la acción del Reino de Dios y la acción del reino satánico. En Lc. 4, 13, al finalizar la escena de las tentaciones en el desierto, el autor advierte que el demonio se aleja de Jesús hasta el momento oportuno. A partir de allí, el Reino de Dios actuará por medio de Jesús de manera sorprendente. Pero en Lc. 22, 3 entrará Satanás a Judas y comenzará la hora de las tinieblas (cf. Lc. 22, 53). Es el momento más oscuro de la historia lucana. El reino satánico avanza hasta crucificar al Mesías. La resurrección echará por tierra este momento de las tinieblas para dejar asentado, eternamente, el poder del bien, el poder del Reino de Dios.
El Reino lucano es profundamente histórico. Se manifiesta, sobre todo en los pobres. La escena inaugural del ministerio de Jesús es su discurso en la sinagoga de Nazaret (cf. Lc. 4, 16-30). Allí queda en claro cuál es el centro del Reino que predica: Evangelio a los pobres, liberación a los cautivos, vista a los ciegos, libertad a los oprimidos. El Reino de Dios se historiza cuando los pobres reciben la Buena Noticia, cuando los privados de la libertad se liberan y los que cargan pesadas cargas son descargados, cuando los ciegos ven, cuando los sordos oyen, cuando se acaban las relaciones esclavas. La descripción de la liberación que trae el Reino se amplía en el episodio en que Juan el Bautista, desde la cárcel, envía a preguntarle a Jesús si Él es el Mesías o hay que esperar otro (cf. Lc. 7, 18-23). Aquí agrega Jesús más signos evidentes del Reino de Dios: paralíticos que caminan, leprosos purificados y muertos resucitados. Sigue vigente la Buena Noticia anunciada a los pobres. Todas estas cuestiones son clave para Lucas, y suponemos, para la comunidad que lee su libro. Es un ayuda-memoria eclesial: el Reino pasa por los pobres, por los oprimidos, por los excluidos, marginados y enfermos. Lucas señala dónde debe ponerse la atención, para no desviarse en banalidades. La comunidad eclesial está íntimamente ligada a ese Reinado de Jesús porque, cómo Él, los discípulos son profetas y reyes (cf. Lc. 10, 24). Es interesante esta asociación en Lucas. Al Reino, típicamente figura de reyes, le agrega lo profético. El Reino de Dios es de profetas también, por eso la denuncia y la preocupación por la justicia social.
Si bien el Reino no está aquí ni allá (cf. Lc. 17, 20-21), el Reino está entre los seres humanos (cf. Lc. 10, 11). La expresión es complicada. La idea mucho más. Los pequeños gestos de liberación son gestos y realidades del Reino. El pobre liberado, el oprimido que deja de ser esclavos, son sucesos del Reino. Pero es imposible señalar el Reino con un dedo, o delimitar exactamente cuáles son los límites de la acción de Dios. El Reino lo engloba todo y lo supera. Pero a la vez está concreto en los pobres y marginados. Es un juego entre el Reino próximo y el Reino lejano, el Reino que está sin estar. Es una invitación a afinar la mirada. El Reino no va a aparecer gigante ante nosotros, como un imperio. Eso sería opresión. Para ser liberador, necesariamente el Reino tiene que trabajar desde lo pequeño y desde los pequeños. Hay horas de tinieblas y muerte, horas de cruz, pero viviendo en el tiempo de la Iglesia, que es tiempo del Espíritu Santo, la victoria está asegurada. El Reino de Dios ha prevalecido. Eso es lo que olvidamos muchas veces. Lucas lo recuerda de manera vehemente: el Reino ya está, ahí entre los pobres y oprimidos. La Iglesia no puede desentenderse de ellos porque se desentendería de Jesús.
d) Juan
Tras comentar los Sinópticos es complicado abordar el tema del Reino de Dios en el Evangelio según Juan. La expresión aparece sólo en el diálogo con Nicodemo (cf. Jn. 3, 1-21). Allí se habla de ver el Reino de Dios y de entrar en el Reino de Dios. Los dos verbos, aunque distintos para nuestro razonamiento occidental, están vinculadas para la literatura oriental y para el estilo joánico. Ver tiene que ver con creer. El que aprende a ver es el que aprende a reconocer la persona de Jesús. Quien reconoce a Jesús como lo que es, entra al Reino, inmediatamente. Para Juan la escatología no es en un futuro, sino ahora mismo, en el presente. Hay una escatología realizada. Cuando alguien acepta a Jesús o lo rechaza, está aceptando o rechazando el Reino, que significa aceptar o rechazar la salvación o la vida eterna. Esta asociación entre salvación, vida eterna y Reino permite comprender mejor la teología joánica. El Reino de Dios es otra manera de hablar de esa vida abundante que trae Jesús (cf. Jn. 10, 10). El Reino es vida plena, por eso es necesario renacer para ver y entrar al Reino. La vida plena se obtiene por un nuevo nacimiento desde arriba, desde el agua y desde el Espíritu. Este renacimiento abre los ojos para reconocer a Jesús como Hijo de Dios y Salvador.
El Reino en Juan está muy ligado a lo espiritual. Por eso aparece la expresión en el capítulo dedicado a la teología del bautismo y a la acción del Espíritu que sopla donde quiere. El Espíritu de Dios que conduce a la verdad plena (cf. Jn. 14, 26) empuja al ser humano a ver con los ojos de la fe a Jesús. Este conocimiento de Jesús es conocimiento del Reino. La persona de Jesús es la mejor concreción del Reino de Dios. Para Juan no hay separación entre la aceptación de Jesús y la aceptación del Reino. Jesús supone y da sentido al Reino. Puede ver y entrar al Reino quien capta el Espíritu de Jesús. Esta es la superación del cristianismo frente al judaísmo cerrado que representa, en un principio, Nicodemo. El Reino se liga a Jesús, no a una herencia sanguínea o a una tradición o a una ley. Es la persona del Hijo de Dios la que vincula a los seres humanos todos respecto al Reino de su Padre. Por eso pasamos de un Jesús rey de Israel en los inicios del Evangelio (cf. Jn. 1, 49) a un Jesús rey universal en la cruz, con un cartel que declara su reinado en tres idiomas (cf. Jn. 19, 19-20); los tres idiomas del mundo conocido. Es el rey de los judíos, pero por ello, rey universal. En la paradoja de la cruz se asienta el Reino de Dios. Cuando los poderes terrenales celebran la victoria y el aplastamiento del plan divino, en realidad están celebrando en vano, porque el Hijo se hace verdaderamente rey del mundo muriendo como muere, en la defensa del Reino. Es el Espíritu Santo el que permitirá a los discípulos y a las generaciones cristianas siguientes, reconocer que el Crucificado es el Rey, y que para entrar al Reino hay que dejarse sorprender por el Espíritu que sopla donde quiere.
12 Septiembre 2011 | Por Leonardo Biolatto | Claves: administrador, amo, denario, día, jerusalén, jesús, jornalero, mañana, mayordomo, obreros, parábola, plaza, primero, primeros, rey, salario, señor, talmud, tarde, trabajo, última hora, último, últimos, versiones, viña | # Enlace permanente
El Talmud de Jerusalén conserva una parábola que resulta similar a la parábola que pronunciará Jesús en la lectura del próximo domingo de la liturgia católica. Por hoy, les dejo las dos versiones sobre un mismo tema para comparar y sacar conclusiones. Mañana el comentario al domingo.
Un rey contrató a numerosos obreros. Uno de ellos mostraba más ardor en el trabajo que los demás ¿Qué hizo el rey? Se lo llevó a pasear con él. Por la tarde, los obreros vinieron a recibir su salario, y el rey pagó también un jornal completo a ese obrero. Los otros refunfuñaban: “Hemos estado trabajando todo el día, y éste no ha trabajado más que dos horas, y le das el mismo salario que a nosotros”. Y el rey les dijo: “Éste ha hecho en dos horas más que vosotros en toda la jornada”. (Talmud de Jerusalén)
Porque el Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña. Trató con ellos un denario por día y los envió a su viña. Volvió a salir a media mañana y, al ver a otros desocupados en la plaza, les dijo: “Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo”. Y ellos fueron. Volvió a salir al mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: “¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin hacer nada?”. Ellos les respondieron: “Nadie nos ha contratado”. Entonces les dijo: “Vayan también ustedes a mi viña”.
Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: “Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros”. Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario. Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario. Y al recibirlo, protestaban contra el propietario, diciendo: “Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada”. El propietario respondió a uno de ellos: “Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti. ¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?”. (Mt. 20, 1-15)
14 Agosto 2011 | Por Leonardo Biolatto | Claves: argentina, cananea, católicos, elecciones, ernesto sábato, esperanza, futuro, guerra, hija, imanol zubero, jedwabne, judíos, londres, optimismo, parábolas, paz, pedro, pesimismo, reino, reino de dios, sábato, somalía, sueños, todorov | # Enlace permanente
Las lecturas de los domingos de la liturgia católica nos vienen ofreciendo muestras de esperanza. Sobre todo esperanza en el Reino que Mateo describe durante su capítulo 13 del Evangelio. Hay esperanza para Pedro ahogándose en las olas del miedo, hay esperanza para la multitud hambrienta, hay esperanza para la mujer cananea que clama por su hija. Les dejo unas líneas de Imanol Zubero sobre la esperanza en el Reino, recordando la tragedia de Jedwabne. Para meditar, para reflexionar, en un mundo que se debate entre la violencia de Londres, la hambruna de Somalía y, para los argentinos, las elecciones soñando un futuro mejor.
“Por mi parte, preferiría que se recordaran, de este siglo sombrío, las luminosas figuras de los pocos individuos de dramático destino y lucidez implacable que siguieron creyendo, a pesar de todo, que el hombre merece seguir siendo el objetivo del hombre”. Esto escribe Tzvetan Todorov en la introducción a su último trabajo, en el que somete a análisis el sombrío siglo XX, del que la historia de Jedwabne se convierte en paradigma:
Jedwabne es un topónimo de difícil pronunciación para un latino. Designa un pequeño pueblo del interior de Polonia en el que mil quinientas personas mataron o vieron matar con regocijo a otras mil quinientas en julio de 1941, durante la ocupación alemana. Los muertos eran polacos y los asesinos, sus vecinos, también. Llevaban cientos de años conviviendo, se saludaban por la calle, los niños jugaban juntos, se compraban unos a otros las mercaderías que cubren las necesidades de la vida diaria, y conocían los nombres que correspondían a cada rostro. Asesinos y víctimas se diferenciaban sólo en una cosa, en la religión. Los muertos eran judíos y los matadores católicos.
Sólo siete miembros de la comunidad judía sobrevivieron a una orgía de sangre que duró veinticuatro horas, aunque se realizó con medios sencillos, como palos, navajas, hachas y fuego. Se salvaron porque les escondieron en su granja, a riesgo de sus vidas, los miembros de una familia del pueblo, los Wyrzykowski.
(…) Sí, es posible resistirse al impulso colectivo que convierte en asesinos a la mitad de los habitantes de un pueblo y en víctimas a la otra mitad. Lo demuestran los incómodos Wyrzykowski, católicos, granjeros de escasa cultura y filiación política desconocida.
Jedwabne es el mundo, el mundo es Jedwabne. Llevamos miles de años viviendo juntos y cada cierto tiempo nos masacramos o miramos hacia otro lado mientras nuestros semejantes están siendo masacrados. Sin embargo, en un siglo caracterizado por la barbarie totalitaria, con millones y millones de personas víctimas de las guerras, la opresión y el hambre, Todorov prefiere recordar (sin olvidar a las víctimas y a sus victimarios) esos hombres y mujeres que en tiempos de oscuridad (recordando el título de la obra de Hannah Arendt) supieron mantener en pie el compromiso con sus semejantes, convirtiéndose en luz para quienes hoy estamos llamados a continuar con el mismo compromiso:
Incluso en los tiempos más oscuros tenemos el derecho de esperar cierta iluminación (…) esta iluminación puede llegarnos menos de teorías y conceptos que de la luz incierta, titilante y a menudo débil que irradian algunos hombres y mujeres en sus vidas y sus obras, bajo casi todas las circunstancias, y que se extiende sobre el lapso de tiempo que les fue dado en la tierra. Ojos tan acostumbrados a la oscuridad como los nuestros difícilmente serán capaces de distinguir si su luz fue la de una vela o la de un sol deslumbrante. Pero valoraciones objetivas de esta clase me parecen de importancia secundaria y creo que se pueden dejar a la posteridad.
“Les propongo entonces –escribe Sabato y yo me sumo-, con la gravedad de las palabras finales de la vida, que nos abracemos en un compromiso: salgamos a los espacios abiertos, arriesguémonos por el otro, esperemos, con quien extiende sus brazos, que una nueva ola de la historia nos levante. Quizá ya lo está haciendo, de un modo silencioso y subterráneo, como los brotes que laten bajo las tierras del invierno”.
Y dejemos el pesimismo para tiempos mejores.
22 Julio 2011 | Por Leonardo Biolatto | Claves: biblia, biolatto, blog, compartir, inspiración, leonardo, leonardo biolatto, mateo, parábolas, periodista digital, pikaza, reino, reino de dios, saludo, teología, xabier, xabier pikaza, xpikaza | # Enlace permanente
Xabier Pikaza es muy generoso intelectualmente. Su blog es un espacio, como pocos, para aprender y compartir. En estos días me ha dejado compartir a mí. Es un honor. He aquí la dirección de su blog: http://blogs.periodistadigital.com/xpikaza.php
Presentarlo a Pikaza está de más. Para varios de nosotros es una institución bíblica y teológica. Un abrazo grande para él, un abrazo grande para los que lo leen, un abrazo grande para los que siguen siendo inspirados por el Reino de Dios.

8 Julio 2011 | Por Leonardo Biolatto | Claves: amigos, blog, brújula, capitalista, córdoba, creer, eclesial, hermanos, historización, historizaciones, iglesia, jesús, loisy, mateo, modernista, moderno, pablo, parábola, parábolas, Pensar, pienso y creo, reino, reino de dios, reino de los cielos, socialista | # Enlace permanente
Las parábolas de Jesús son parábolas del Reino. Durante estos domingos, la liturgia católica propone leer, de continuo, el discurso parabólico de Jesús en el capítulo 13 del Evangelio según Mateo. Pero ese capítulo 13 no es sólo historia. Hoy siguen resonando las parábolas del Reino. Es por eso que unos grandes amigos y hermanos de la ciudad de Córdoba siguen pensando y creyendo que el Reino debe ser asumido como brújula para la vida de la Iglesia. Aquí un link para ingresar al blog de esta querida gente y dejarse estimular por el primer disparador que han posteado: http://piensoycreo-cba.blogspot.com/
Un saludo para ellos y un agradecimiento por considerarme digno de dar una mano en la reflexión.
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