Vocación de Eliseo / El profeta Elías / Perseguido político en crisis de fe

La historia de la llamada de Eliseo (1Rey. 19, 15-21) es un relato vocacional, como tantos en la Biblia, pero con peculiaridades. Vamos a tratar de desentramar algunas claves de lectura del texto en sucesivas entregas, pensando la misión como vocación profética. Comenzaremos, en un principio, situando el contexto literario, luego propondremos ayudas para la comprensión y, finalmente, algunas propuestas hermenéuticas.



19:15 Yahvé le dijo: “Vuelve a tu camino en dirección al desierto de Damasco. Cuando llegues, unge rey de Aram a Jazael,

Elías viene de una situación complicada y difícil, de una crisis de fe muy grande. En el capítulo 18 realizó el famoso prodigio frente a los profetas de Baal, humillándolos y demostrando que Yahvé es el único Dios. Luego, mató a todos los profetas de Baal (1Rey. 18, 40), y con eso se ganó el odio de Jezabel, la esposa del rey de turno, Ajab, y la que verdaderamente llevaba adelante el gobierno. Ella había fomentado el culto a Baal y había traído esos 450 profetas que Elías mandaría matar. Obviamente, el profeta era su enemigo número uno, y por eso pone precio a su cabeza (1Rey. 19, 2). Elías huye para salvar su vida, y en esa huida llega a implorar la muerte (1Rey. 19, 4), agotado de ser un profeta marginal, aparentemente sin asistencia divina, un exiliado, un perseguido político. Dios lo reanima y lo invita a caminar al Horeb, a la montaña de Dios, allí donde Yahvé se revela a Moisés en la zarza (Ex. 3, 1-12). Haciendo el paralelo con Moisés, Elías recibirá la revelación de Dios en la brisa que sopla suave (1Rey. 19, 12-14). De esta manera, ambos personajes quedan vinculados por un lugar geográfico (Horeb [o Sinaí en otros pasajes, según el autor]) y por una revelación particular. El Nuevo Testamento se hace eco de ello en la Transfiguración (Mt 17, 3 y paralelos), cuando Elías y Moisés se aparecen, en un monte, para dialogar con Jesús.

Esta escena en cuestión, entonces, comienza en el monte Horeb, con la palabra que Dios le dirige al profeta, reanimándolo en su misión encargándole una nueva misión, valga la redundancia. El perseguido político, el excomulgado del Reino, es el instrumento de Yahvé, por su fidelidad y por su celo, su ardor en pos del culto yahvista.

19:16 rey de Israel a Jehú, hijo de Nimsí, y profeta sucesor tuyo a Eliseo, hijo de Safat, de Abel Mejolá.

La misión que recibe Elías es la de ungir a tres personas. Dos reyes (Jazael y Jehú) y un profeta (Eliseo). Respecto a la unción de reyes, no hay nada novedoso, y es parte integrante de las tradiciones israelitas. Pero la unción de un profeta es algo nuevo en la cultura bíblica, porque los profetas no son ungidos, sino que reciben el Espíritu libremente. Después, vemos que Elías no unge al estilo clásico a Eliseo (con aceite en la cabeza), sino que le arroja el manto, pero la orden de Dios, igualmente, equipara a los reyes con el profeta. Esto implica que, divinamente, se está designando un sucesor para Elías, lo cual puede leerse en dos niveles. En un nivel exegético, quizás el texto esté reflejando el comienzo de las escuelas proféticas, en contraposición a una historia de profetas aislados que recibían revelaciones particulares y, solitarios, emprendían el camino público. La idea de una escuela profética, o sea, un círculo de profetas que profetizan en grupo, se vislumbra en 2Rey. 2, 15 y 2Rey. 4, 1. Puede tratarse de una práctica insertada en Israel por los profetas de Baal, los cuales actuaban en masa. La otra lectura, en nivel hermenéutico, refleja que la actividad profética, el hablar en nombre de Dios, y el hacerlo para exhortar a la fidelidad a Yahvé, en clara defensa de los pobres, es una obra que se continúa en la historia porque Dios quiere que continúe, que siempre haya defensores del yahvismo y defensores de los pobres. La unción es un signo elocuente de elección. Dios elige a los profetas personalmente, los escoge, y los hace partícipes, además de la misión particular que les entrega, de la gran misión que siempre perdurará, la de recordar a la humanidad que la vida auténtica se vive en Dios.

19:17 Al que escape a la espada de Jazael lo matará Jehú, y al que escape a la espada de Jehú lo matará Eliseo.
19:18 Dejaré un resto de siete mil en Israel: todas las rodillas que no se doblaron ante Baal, y todas las bocas que no le besaron”.

La obra de asesinato de los infieles también tiene continuación, como aval de lo que realizó Elías con los 450. Convengamos que en la historia deuteronomista, la infidelidad a la ley determina la perdición de una persona, por lo tanto, no serán Elías ni Jazael ni Jehú ni Eliseo asesinos. Quien muera, morirá por aquella situación descripta en Deut. 30, 15-20, morirá por su propia culpa.

Sin embargo, hay un resto de siete mil que han permanecido fieles. Este número es simbólico, es siete por mil. El siete es el símbolo de la plenitud, del todo perfecto. Mil es un número para las multitudes, para significar una gran cantidad, una muchedumbre. Por lo tanto, hay en Israel un resto formado por una gran cantidad de hombres y mujeres perfectos en su culto, yahvistas, que no cedieron a Baal. No sabemos a ciencia exacta cuántos son en realidad, pero sí que son muchos y que han permanecido por su fidelidad perfecta, formando un resto. La idea del resto aparece en la Biblia como resultado del destierro. La dispersión del pueblo y su reducción, hace pensar a la teología israelita que Dios cumplirá su promesa primigenia a través de un resto, o sea, un grupo de personas más reducido que todo el Pueblo y verdaderamente fiel. Las dos características del resto (pequeña cantidad y fidelidad) lo hacen teológicamente correcto para que subsista la esperanza ante la realidad de que el Pueblo en grande ha sido derrotado y que en el Pueblo en grande hay mucha diversidad de cultos, con verdaderos fieles e idólatras. El resto se va convirtiendo, con el tiempo, dentro de la teología israelita, en el nuevo Israel de las promesas. Este es un tema que retoma Pablo en Rom. 11, 4.


Escribí tu comentario

, , Reportar este Comentario Ajab dijo

Falso de absoluta falsedad lo que refiere al Antiguo Testamento sobre el Rey Ajab.