El último grito
EL ÚLTIMO GRITO
La humedad estaba en todas partes. La persistente llovizna cubría la noche en ese mes de Mayo que preanunciaba un invierno frió y enfermizo, de poco sol y muchos días grises.
El olor penetrante de la hojarasca mojada que cubría el suelo se levantaba como un tufo que lo envolvía todo, y esas mismas hojas caídas de los grandes eucaliptos, tornaban peligrosamente resbaladizas las embaldosadas veredas del “bulevar”, que desembocaba en la plaza del pueblo, y se abría en un juego de diagonales.
La luz amarillenta del farol de la esquina lucía pálida, como una luciérnaga eléctrica que no alumbraba, simplemente marcaba su lugar, y la rienda de alambre que la sostenía, cubierta de ciento de gotas de agua, parecía un collar de perlas tendido de vereda a vereda, adornando el invisible cuello de la noche.
En la misma esquina, haciendo cruz con la plaza, se veía la luz blanquecina a través de los vidrios empañados del interior de esa especie de bodegón que pomposamente, en un cartel pintado en la echaba sobre un fondo que había sido blanco rezaba: “BAR EL PROGRESO “, pero que el pueblo llamaba el boliche de la esquina.
Quien ha caminada en la noche sabe que los sonidos graves son los que se oyen de mayor distancia; por eso debía ser que se filtraban por la puerta cerrada del boliche, a mas de una cuadra, las notas inciertas de un bordoneo que alguien intentaba en una guitarra.
Y me imaginaba el interior, con su piso de madera destilando olor a vino
tinto contenido en bordelesas celosamente guardadas en el sótano, y me parecía oír el sonido del espumante chorro en la medida de cinco litros colgada bajo el espiche.
….De pronto el sonido de la noche fue quebrado por un grito desgarrador, casi un alarido; se me erizó la piel, sabía el motivo.
Era doña Laura, la pobre vieja demente de la media cuadra de la diagonal.
Todas las noches, como si un diabólico reloj manipulado por un demonio perverso tocara en su cabeza la hora trágica que le comunicaron la muerte de su hijo; estallaba el grito de dolor, desesperado.
Había sido una noche casi como esta: la lluvia, una ruta, el descontrol;
la tragedia. Su único hijo de unos veinte años murió en un accidente de tránsito.
El padre no lo soportó y se pegó un tiro, ella había enloquecido. La locura le había ganado otra víctima al suicidio.
En la mañana se supo: había sido el último grito de doña Laura. Un ladronzuelo la había matado para robarle unos pesos y algún objeto de valor. Los que la vieron dicen que tenía la mano derecha muy lastimada, con algunos dedos rotos; pero no le habían podido sacar el crucifijo de oro de su hijo.
Autor: Oscar Maurichau


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