Tu ausencia fue la definición de mi soledad,
cada día que me alejaba de vos era mi noción del tiempo
y el recuerdo de tu piel la del espacio.
Me convertí en un reflejo de tu falta.
Pensaba que el infierno no tendría suficiente azufre para igualar tu perdida.
Pronunciaba tu nombre sólo para tenerte nuevamente en mis labios
y recobrarte era la ilusión que ocultaba el absurdo de vivir lejos tuyo.
A mi lado… también eras insoportable.
A. I.
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No son pocas las oportunidades en las que los estigmatizadores sólo hacen un favor esencial a los estigmatizados. Sin la adecuada discriminación algunos discriminados perderían toda entidad; la escasa extensión de sus identidades más allá de esas señales visibles que los exponen a la discriminación, hace que si quitáramos de sus universos a quienes los segregan, los dejaríamos en medio de un vacío ontológico insuperable.
El estigmatizador se refuerza en su ser al rechazar aquello que tiene en si pero reprime, el estigmatizado, falto de contenidos reprimibles (o de cualquier tipo), se refuerza en la diferenciación que el otro le obsequia como un tesoro, mientras cree depreciarlo. Ambos, negativamente, requieren del otro para existir, en este punto, los dos, sedientos de distinción, sólo repiten un mecanismo tan vulgar como la humanidad misma.
A. I.
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La academia nos ha demostrado hasta el hartazgo que la dimensión discursiva del poder es central en la estructuración de la sociedad misma; el exceso de hincapié en ese aspecto nos ha llevado a pensar que ese discurso es el poder mismo.
Es innegable que en su discurso el poder se expone por completo, necesitado de legitimación para sobrevivir como un beduino al agua.
Pero también el discurso es la cara encriptada de la dominación; es obligación del analista penetrar en él para desenmascarar el verdadero rostro de los reyes. A veces, los reyes y sus bufones nos ayudan en demasía a descubrirlo, tanto que lo que culmina por aparecer es una risueña caricatura.
A. I.
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Nada mejor para elevar nuestra imagen por la nubes de la opinión pública que morirnos. Claro, luego se vuelve arduo cosechar los frutos de la jugada. En estos días vimos como un ex presidente, que hace pocos años debió ceder un lugar en una lista por los bajos pronósticos electorales que le auguraban sus consultores, se ha convertido en héroe nacional. Con esto no estamos predicando sobre sus dotes o valores, sino sobre el efecto que el deceso provoca en la mayor parte de la sociedad.
De hecho él propio implicado estaba muy conciente de esto; hace muy poco, durante un homenaje a su persona, un notero le señaló que no se lo había valorado así durante su mandato, ante lo que el agasajado respondió de inmediato: “Viste, y espera que me muera”.
Pero no todas las muertes tienen este poder de vindicación. Hay otras que la opinión publica (sinónimo de “clase media”) prefiere olvidar a toda costa, son los cadáveres que nos recuerda la derrota; muertes que inmortalizan nuestra responsabilidad con los absurdos del poder; que evocan las mentiras, las que hemos creído y las que nos han tenido por cómplices.
El aporte de Tres de Febrero a la Historia Universal es imposible de valorar en su justa medida ¿como valorar lo inexistente? Pero para quienes hemos pasado nuestras vidas perdidos y encontrados entre sus calles, cada mínimo de trascendencia de los más pequeños recovecos de nuestros barrios se nos aparece como digno de la pluma de Tito Livio.
Ciudadela jamás ardió bajo las llamas de un emperador, ni Caseros estuvo sitiada durante más de dos años, tampoco Santos Lugares recibió el asedio de los moros. Apenas alguna batalla de baja intensidad, o la organización de una fuerza irregular para expulsar a un invasor que no deseaba invadirnos, un escritor desvalorizado recorriendo pulperías a relato limpio, algún médico que en su titulo tiene su principal virtud, un cine, el perro de un traidor, mi propio perro, no mucho más. No engañaremos a nadie hoy, quien quiera escuchar narraciones extraordinarias que entre a Wikipedia y busque “el desplazamiento de los galos por los francos”; aquí sólo nos deleitaremos con nimiedades de pago chico.
Desde muy chico llevo la impresión que los regímenes totalitarios sobrevaloraban en exceso el poder de la palabra; para ser exacto desde que comencé a notar que mi uso irresponsable de la misma no generaba ningún efecto importante en los oídos de mi entorno.
¿A quién podría ocurrírsele que la sarta de pavadas que profería podían tener otra contrapartida que una sonrisa condescendiente? De haberlo tenido cerca, a algún integrante del “reservorio moral de la patria” que debió hacerse del poder en los 70 para protegernos de tantos riesgos y peligros.
Si no lo creen así, déjenme mostrarles algunos de los trazos a los que estos protectores concedían una peligrosidad similar a las armas de destrucción masiva que habitan la imaginación de un yanqui promedio:
“Si te agarro con otro te mato
Te doy una paliza y después me escapo…
Dicen que soy absorbente
Porque siempre quiero tenerte presente
Dicen que soy muy antiguo
Pero cuando quiero lo que quiero el mío”
“Me estoy volviendo colo por tu culpa
Te llamo a tu saca y no estas
Te busco en la yeca y no te encuentro
Decime por la cheno donde vas”
Los taumaturgos de estos fuegos (Cacho Castaña y Palito Ortega) no eran ni mínimamente conscientes de la clase de magia negra perniciosa que los Señores censores otorgaban a sus “obras”; aunque en realidad, los magos eran estos Señores; hechiceros con el poder suficiente como para conferir trascendencia a cualquier pelotudez.
La carente soledad de aquellos inmigrantes que trajeron al mundo a nuestros padres, no les permitía acumular el peculio necesario (en moneda circulante o en acumulación de vínculos) para comprar amor, apenas podían pagar por su soporte material, para ser más preciso: $1 la argentina, $2 la polaca y $5 la francesa.
No son pocos los autores que señalan el comienzo de este comercio de pieles en la década del ‘80. Sin exigirse en suspicacia, Sebreli sospecha que el “ingreso, desde 1886 a 1889 de 260.000 inmigrantes, sería indudablemente, uno de los factores condicionantes”.
Es que esta masa humana verá hacerse añicos su sueño de “hacerse la América” por la vía decente contra la pared resquebrajada de la estructura precapitalista del país. Imposibles de ser absorbidos por el estrecho mercado de trabajo como mano de obra, se alojarán en sus márgenes económicas, sociales y ecológicas. Así crecerá en sus “orillas” un grueso lumpenproletariado fecundado por aquella ansia de riquezas rápidas que casi toda inmigración trae consigo. El “atajo” indecente se convirtió de este modo en camino legítimo a seguir en el clima social de este sector marginal, irrespetuoso ya de por sí de las formas menores de la legalidad.
Pero la condición objetiva del florecimiento del fenómeno de la prostitución estará dado por otro fenómeno, ahora objetivo, de la inmigración: una gran desproporción sexual masculina que llegará en 1914 a 518.000 hombres más.
Tal desproporción se acrecienta según la estructura de edades hacia un pico en la etapa “social” principal (15 a 64 años); los inmigrados solían ser hombres solos, ya Sarmiento había notado el hecho de que “venían pocas mujeres y menos niños entre los inmigrantes”.
Pero la objetividad de este segundo efecto de la inmigración no es puramente estadística. La desproporción refiere principalmente a las clases desposeídas que eran las que venían a engrosar los expatriados. Es en ellos que “hace carne” la soledad ciudadana en su forma más sensitiva: la soledad sexual.
La estadística acrecentada por la necesidad de satisfacción sexual en las clases populares, la legitimidad de la búsqueda de esta satisfacción por la vía “indecente” y del ofrecimiento de dicha satisfacción como medio de “llegar lejos” económicamente en el clima cultural lumpen, harán posible el fenómeno prostibulario más importante del mundo en ese momento.
El tango surge como cortina musical de ese espectáculo de sombras. En él se refigurará la realidad del suburbio, la mala vida, y en especial su corazón, la más degradante sumisión de la mujer al hombre: la prostitución.
En este marco, las zonas portuarias, siempre propicias para el desarrollo de las actividades prostibularias, verán sobredimensionadas sus magnitudes.
La Boca, puerto y arrabal, albergue de los solitarios hombres del mar y la ciudad, del marino, el trabajador desarraigado y solitario y del orillero, será el lugar de confluencia de todas las variables posibles que puedan potenciar este fenómeno al máximo, hasta convertirse en la más degradante capital internacional de la prostitución y el malevaje.
Algunos posteos atrás tiramos varios términos para que aquellos que ya han sido atacados por los años sigan estando dentro de la “onda joven”. En el programa de hoy desarrollamos una especie de guía de lo cool, lo in. La cosa consiste en colocarse atuendos sonoros que permitan identificarnos como “parte de”.
Ud. podrá, Señora, hasta elevar su nivel intelectual, sólo se trata de incorporar a su lenguaje algo de terminología de resonancia técnica, ¡y todo sin ninguna necesidad de saber sus significados! Tan sólo se necesita el entrenamiento suficiente para colocarlos en el lugar adecuado.
Luego, no será necesario explicar nada más; porque precisamente de no explicar se trata.
De todas las significaciones que la noche ha cobrado en nuestras vidas elegimos nosotros la más apacible, la oscura y nostálgica noche que al decir de Sábato otorga una existencia más profunda a todo aquello que el día ilumina de vulgaridad.
Hay otras noches, como la noche que se oculta del día para el mayor de los disfrutes, aquel que no se siente juzgado por el ojo del poder. Sin embargo, es precisamente el ojo del juez lo que otorga sentido a los actos, por lo que el vacío de la noche adolescente no nos seduce demasiado.
Aquí nos entregaremos a las suaves delicias de los misterios nocturnos, entre ellos el silencio, que suele unirse a las sombras para invitarnos a la meditación calma, melancólica y absoluta; carácter absoluto que se irá relativizando en nuestras mentes con el avance de las crecientes luces del día, llegando a tornarse en meros absurdos alrededor del mediodía, cuando la secularidad rabiosa del sol nos vuelva pragmáticos y estúpidos nuevamente.
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