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EsPiNaS

Quién pudiera decir … palabras nada más. Y son más que símbolos dispersos en el ambiente que respiro. Alguna vez dije: que lo que no se dice ahora tal vez tenga oportunidad en otro momento …” pero como siempre pasa … caer en el mismo error. Caída libre y las palabras que no salen, atragantadas todo el tiempo como finas espinas de un cactus o tal vez como millones de alfileres alineados como soldados a la espera de la orden de atacar. ¿Qué es mejor?
Atacar y que salgan con sangre. Millones de palabras como una bandada de pájaros, muchos muchos. Y pensar que cada aleteo sutil y coordinado que rompen con el viento son millones de palabras sabidas y ocultas. Que no queden a un costado como un triste mendigo sucio y borracho que extiende la mano por una moneda que nunca cae, por un pedazo de pan que nunca llega, por un apretón de manos que no tendrá. Por un vida feliz que se le fue antes de morir.

UnA dE NueVe

Una de nueves

Pasadas las nueve de la noche se producirá un encuentro —dijo la bruja.
Las mujeres que estaban a su alrededor se miraron entre ellas y a ella. Luego, cada cual se fue a su casa.
El día nueve, a las nueve, una de las nueve encontrará al amor de su vida. Y el día diez, pasadas las nueve, las nueves solteronas fueron a ver a la bruja nuevamente. Solamente reproches se oyeron. Tremendo lío se le armó a la bruja y encima perdió nueve clientas.
El encuentro anunciado, el amor deseado, había sido una mentira.
Pasadas las diez, ocho de las nueve se fueron indignadas, descreídas. Una de las nueve, la que se quedó con la bruja, encontró el amor de su vida.

Brilló en su mano

A penas se mantiene de pie y camina. Apenas puede abrir la boca y balbucea. Casi no sabe dirigir la mirada y mira. Está a centímetros del suelo, se agacha, agarra algo. Una moneda ¿cómo sabe qué la tiene que levantar? Miro y veo, justos en ese momento, un dedo indicador costroso le grita, y él entiende, se da cuenta.

Le chorrean los mocos. Tiene los ojos llorosos. Se pasa el brazo por la cara y la unta con lo que le sale de la nariz. Le brilla la cara.

La moneda casi ni le entra en la mano, la tiene ocupada con un pedazo de pan que le robó a la paloma. Pero el brillo de la moneda le llama la atención más que la comida.

En segundos se abalanza un cuerpo sobre él. Sucio, sin color en la ropa. El pantalón tiene un agujero, en el culo. Se mete las manos en los bolsillo y el agujero se agranda. La remera no le tapa la panza y asoma un ombligo grande, profundo y negro. Tironea con el nene. Le quiere sacar lo que tiene en la mano. Él lucha con fuerza, es su tesoro, que brilla, lo ve hermoso. Me doy cuenta de eso, por como lo mira, por como lo protege, por como lo hace suyo. Pero no le da el cuerpo para defenderlo y arroja la moneda con bronca, tan lejos como puede y le cae a unos centímetros de los pies. El nene no sabe de broncas o eso creo yo.

A ella no le importa, agarra la moneda, le da una cachetada que lo tira de culo al suelo. El pañal amortigua la caída y queda sentado sobre las bolsas que los recolectores no levantaron. Apoya las manos y pasa el pedazo de pan como un autito por la basura.

El nene no llora los maltratos, y luego, se mete el pan en la boca. A la paloma no le molesta compartir y sigue picoteando.

El nene mira a su alrededor mientras los demás buscan, algo, cartón, lo que sea . Se aburre y le saca a la paloma otro pedazo de pan. Sale espantada, vuela unos centímetros y aterriza donde pueda continuar con el almuerzo.

El nene come el pan duro y sucio, como puede, a los tirones.

Termino el café, llamo al mozo, pago y me voy.


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