¡SE VIENE EL FIN DEL MUNDO!!
La historia de una chaqueña que un día recibió una descarga de misticismo, y desde entonces, cuando le acercan un micrófono…..
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Todo lo que no te interesa leer, pero que yo sí quiero escribir.
La historia de una chaqueña que un día recibió una descarga de misticismo, y desde entonces, cuando le acercan un micrófono…..
Hace pocos días se cumplieron 38 años de esta foto sacada en el Madison Square Garden.
Ringo, la guapeza de las Pampas ante el mejor de todos los tiempos.
Ringo, un típico argentino en el centro del cuadrilátero de la historia.
No podés dejar de ver a un grande. O a dos.
El auto se estacionó al lado de la casilla del peaje y el hombre le alcanzó a la cajera una bolsita con caramelos, mientras le decía: -Tomá, cobrate., ante la mirada perpleja de la empleada que dudaba entre preguntar qué estaba pasando o agarrar uno de menta.
Es que el automovilista, de profesión viajante y frecuente usuario de esa ruta, cansado de que cada vez que pagaba le den un caramelito de vuelto, decidió esta vez pagarle con su misma moneda.
La argumentación era válida: -Si te recibo tu caramelo como vuelto, porqué no aceptás los míos como forma de pago??
El desconcierto en el peaje fue tal, que la situación debió salvarse aceptando la concesionaria los caramelos, mientras el conductor repetía que al auto no lo movía hasta que no viniera un escribano y las cámaras de los medios.
La anécdota es real y la cuenta, a quien quiera oirlo, un viajante-corredor de harinas que frecuentemente recorre el trayecto Rosario- General Deheza, provincia de Córdoba.
Esto sirve como ejemplo, para poner en evidencia los múltiples y diarios inconvenientes que origina la escasez de monedas. ¿Cuántos caramelitos te dieron hoy de vuelto? ¿Alguien se acuerda de la Ley de Redondeo?
Esa, que obliga al vendedor a redondear para abajo, siempre a favor del cliente.
Y si a vos te faltan unos centavos para hacer tu compra, ¿te aceptarían unos caramelitos en el super de tu cuadra??
Sólo nos queda una última pregunta para hacer, ¿Quién tiene las monedas que nos faltan a todos???
Largamos bien.
Primero quinceañeros, después veinteañeros, treintañeros. Y de pronto… ¡paf! Se traspasa el umbral de los treinta y nueve y la cosa cambia. También cambia la palabra: ya no suena linda.
Pasamos a ser “cuarentones”.
Epa. ¿Por qué semejante desvalorización fónica?
¿Tendrá correlato en la realidad?
¿Será verdad que a partir de esa edad se entra en el declive, se desliza uno ya sin freno y hasta el fondo por el tobogán enjabonado de la vida?
Hay una palabra que me gusta y merece ser utilizada como réplica.
Minga.
Pero admitámoslo, ciertas cosas son ciertas.
A ver, digamos: tipos que se han vuelto cínicos. Que dejaron de lado viejas luchas y se entregaron al dinero o el status. Y que, encima, se las dan de “bon vivants”. Antes se conformaban con un porrón en la pizzería y ahora te hablan de variedades de uva con nombre francés que sólo pagan si alguien los está viendo.
Sigamos: otros y otras que después de un par de tumbos en la autopista del amor ya no le juegan un boleto a nadie. Y que, para colmo, te tiran un barril de cal por la cabeza si vos pensás, sentís o actuás distinto. Que no se pueden bajar del caballo del resentimiento.
En contrapartida: a esta edad ya muchos aprendieron algo. A cambiar pañales, por ejemplo. A sostener con más calma el peso de la responsabilidad. A navegar con baquía el tempestuoso mar que suele ser la Argentina. A hacer mejor el amor, con menos cuerpo pero con más alma.
En contrapartida, sigo: a esta edad, como el tiempo ya no sobra, se vive con más inteligencia. Se administra el viento, aunque parezca raro. Y cuando se abren las ventanas se agradece que allí, frente a nosotros, brille el sol, caiga la lluvia, sigan los pájaros trinando entre los árboles (si son jacarandás, mejor).
La vida viene y se va cuando quiere.
Pero si la estamos esperando, atentos, tendremos más chances de tomarla entre los brazos y decirle “quedate”.
A los cuarenta, los que todavía están es porque valen.
Los que aún siguen es porque no se cansaron de pelear, de amar, de dar.
Y porque creen que la vida va a venir.
Entonces, con voz clara pero un poco temblorosa, le van a decir de nuevo: “Quedate”.
Quién sabe. Es posible que sean escuchados.
SEBASTIAN RIESTRA
Las tres mujercitas fueron educadas desde pequeñas para convertirse en cazafortunas. Su madre les forjó el espíritu a fuerza de comida diet y el sagrado principio de no subir a un auto a menos que estuviera conducido por un millonario. La peluquería fue su segundo hogar, y los perfumes, el oro y los cosméticos, sus mejores armas.
La madre, verdadera heroína de esta historia, enviudó cuando las chicas eran aún muy pequeñas. Luego de enjugar la última lágrima por la muerte de su esposo miró a su alrededor y decidió que no se dejaría atrapar por la miseria. Vendió el automóvil de su marido y su casona de Alberdi, compró un diminuto departamento en Barrio Martin y depositó el poco dinero que le quedaba en unos bonos de un banco extranjero que le dá unos cuantos intereses cada seis meses.
Pero su resolución más importante fue apostar todo su futuro a las tres mujercitas. Con el cinturón ajustado, la pensión de su marido y los bonos, debía llegar a fin de mes, y hay que incluir las clases de gimnasia, la ropa, los perfumes, y otras cositas más.
Las chicas aprendían la lección. Tener un cabello espléndido fue su principal ocupación por años, y también aprender de marcas de autos más que cualquier muchachito.
Pasaron los años y la benjamina ya cumplió los dieciséis. Verán en qué emplearon su tiempo las mujercitas esta semana. La mayor se dejó ver en el Metropolitano, en ocasión de una fiesta de gala. Iba enfundada en un vestido de terciopelo negro que exhibía sus deliciosas delanteras. La acompañaba su novio, un futbolista de éxito que la llena de regalos y de viajes aunque no le puso ninguna propiedad a su nombre, prioridad número uno en su férrea educación.
La mediana no se deja ver en público, porque su amante, un empresario encumbrado, tiene fuertes intereses que proteger. La madre está satisfecha: la muchacha tiene a su nombre un departamento en Balcarce y Jujuy, un auto 2006 y joyas que podrían comprar un edificio entero. Es la más afortunada de la familia, y quien aporta al hogar
una generosa mensualidad.
El lunes pasado la más pequeña salió a cenar. La niña comió animosamente mientras el grueso anillo de platino y rubíes de su acompañante danzaba frente a sus ojos. También adornaba la mano del señor un anillo de casado, pero ese no lanzaba destellos.
Es cierto que ninguna de sus hijas se casó, pero la madre, que es una mujer eminentemente práctica y no cree en sentimentalismos, no piensa que sus viejos planes hayan fracasado. Simplemente se adaptó a los nuevos tiempos.
Hagan cuentas. Fue ella quien arregló la cita entre la más pequeña y el señor de los rubíes, un empresario de cincuenta y dos que conduce un Mercedes Benz.
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