Agosto 23, 2009 | Por iluminada | Claves: aniversario, besos, comedia, protagonistas, roles, televisión | # Enlace permanente
Falta poco para que mi soltería cumpla un año. Menos de quince días, creo. No me voy a poner a contar cuánto exactamente porque eso sería demasiado patético. Pero la fecha me la acuerdo patente. De hecho, hace poco me di cuenta de que me había olvidado en qué día me había puesto de novia con Humberto, y me sentí muy orgullosa de mi mente, que en un dejo de cordura, haya decidido deshacerse de datos inútiles, pero no, a los pocos minutos me volvió a la memoria. Sin embargo, la fecha de la ruptura me quedó grabada. Pero no como algo fatídico, como un hecho qué me va a marcar de por vida… No, no soy ni tan masoquista ni tan romántica como para querer gustosa quedar marcada por una cosa así. Humberto fue mi primer novio, y duró un tiempo considerable, y entonces, aunque me moleste seguir recordándolo a él y a nuestra relación, entiendo que sea lógico que ocupe una parte importante de mis recuerdos. Pero, afortunadamente para mi salud mental, Humberto y los dos años que pasé con él, cada vez me parecen más lejanos.
A unos días de cumplir un año de soltera, y en un fin de semana frustrado por mi rinitis alérgica, estuve horas y horas con mi cuerpo echado sobre la cama viendo horas y horas de televisión. Con mucho zapping incluido. De esa manera, vi parvas de películas de varios géneros, pero principalmente, del tipo comedia o drama romántico. Después de varios besos apasionados entre distintas parejas de protagonistas, recordé como durante más de dos años, los besos para mí eran algo cotidiano, un hecho de todos los días. Me sorprendió eso y me vinieron a la mente recuerdos de besos comunes, de besos del tipo “chau, nos vemos mañana”, o del “hola, cómo andás”, besos simples, besos de todos los días. Y de pronto sentí no como si hubiera pasado sólo un año de eso, sentí que habían pasado décadas, siglos. Pero no fue nostalgia lo que sentí, sino que solamente me extrañé al comprobar que no tanto tiempo atrás yo había sido novia, y había mantenido una rutina de novia, con frases de novia, y preocupaciones de novia. Y me sentí rara al entender una vez más como una misma persona pueda ocupar tantos roles diferentes, adaptarse a ellos y luego cambiarlos.
Falta poco para que el rol en el que más cómoda me siento cumpla un año. Y brindaré por eso!
Mayo 31, 2009 | Por iluminada | Claves: anécdotas, bar, besos, celular, conquista, desconocido, mensaje, sonrisa | # Enlace permanente
Fines de octubre. Mi amiga Mili cumplía 23 años y mi soltería, casi 2 meses. Había salida planificada de antemano que incluyó a Pilar, Marianela y a Luz –que en esos días, andaba de visita en la ciudad-. Esa noche de sábado nos llevó primero a hacer una previa en lo de nuestro amigo Fernando, y más tarde terminamos –algunos- en la nocturna calle Alem. Después de recorrer varios lugares, cuando estábamos en el patio trasero de un bar, Pilar me invitó a dejar un rato al grupo con el que estábamos y dar una vuelta por otro sector. En esa vuelta, a centímetros de la barra ubicada casi sobre la puerta del local, una frase escuchada hasta el hartazgo volvió a ser dirigida hacia mí: “¡Qué intelectual! ¡Qué bien te quedan las gafas”. Por lo general, ese tipo de frase presenta variantes, pero casi todas se parecen –igualmente la que más me saca de quicio es la de la “secretaria”. Me pregunto de qué extraña fantasía los hombres sacaron que las trabajadoras de ese rubro usan anteojos-. Pero aunque suelo hacer caso omiso de la frase, esa vez me detuve para contestarla y responder algo sobre la falta de originalidad. Y al detenerme, por alguna extraña razón, el emisor de la frase me resultó atractivo. No era lindo, era normal, pero algo me llamaba la atención. Quizás esa sonrisa socarrona. No lo sé.
Pero después de reprocharle su falta de originalidad, nos sumergimos en una charla que nos llevó hasta el patio de entrada del bar. En realidad, casi toda la charla giró en torno a él. A sus amigos, a su reciente viaje a San Luis, a su familia, a su empresa familiar. Pero cada tanto, Marcos Marquisi –así se llamaba el desconocido de unos 30 años- cortaba su monólogo y dirigía sus ojos hacia mí, con cierta mirada de interés y pronunciaba frases halagadoras que alimentaban mi ego de tal forma que no me importaba en absoluto que siguiera hablándome sobre si mismo durante horas. Lo más extraño fue que en aquel momento, después de estar inactivo y absolutamente fuera de uso tras dos años de noviazgo, pero como ahora estaba de vuelta soltera, mi mecanismo de conquista volvió a ponerse en funcionamiento, por sí solo. Me encontré hablando de manera tal y parándome con una postura tal que me sorprendí a mí misma. Después de un histeriqueo mutuo, Marcos Marquisi terminó dándome un beso. Un apasionado beso, que se subdividió en otros posteriores, hasta que los empleados del bar terminaron de echar a todos los clientes –a esta altura yo ya ni sabía qué era de la vida de mis amigos- y, por ende, nos echaron también a nosotros. Acto seguido, ya de patitas en la calle, Marcos Marquisi me pidió que lo acompañara a buscar su camioneta, porque no recordaba en dónde la había estacionado.
Caminaba tomándome por la cintura. Y mientras bromeábamos de quién sabe ya qué cosa, yo misma no podía creer que estuviera allí, con el sol de la madrugada del domingo, vagando por la calle con un total desconocido que me divertía y –sobre todo- me hacía sentir deseada. La sola idea me sorprendía. Después de encontrar la tan ansiada camioneta y de que Marcos Marquisi me llevara a mi casa, nos quedamos rato largo charlando y continuando la interrumpida sesión de besos, en la puerta de mi edificio –mientras yo, interiormente, agradecía que fuera domingo porque al portero no se le ocurriría asomarse tan temprano-. Debo reconocer que Marcos Marquisi era un buen relator de anécdotas. Tenía cierto carisma, creo que era eso lo que me gustaba de él. Finalmente, Marcos Marquisi se despidió diciéndome que me llamaría en esos días.
El día pasó entre un almuerzo afuera con Lena por motivo del día de la madre y una tarde de pastafrola en lo de Mili por su cumple. Cuando a la noche volví a casa, y trataba de controlar todos los pensamientos que me hacían mirar el celular cada 2,5 segundos, me llegó un mensaje, de número desconocido que decía algo así como “Hola linda! Quería decirte que me divertí mucho anoche. Me gustaría que nos volvamos a ver, te parece?”, a lo que yo contesté rápidamente con un “dale, estaría bueno”, para no ponerle demasiado énfasis, y demoré en mandárselo para que Marcos Marquisi no pensara que estaba pendiente de tener noticias de él…
Ultimos Comentarios