Noviembre 27, 2009 | Por iluminada | Claves: alianza, estable, funcionario, gesell, soltero, teatro | # Enlace permanente
(Un grupo de compañeras de trabajo se reúne a cenar en un moderno restaurante para reencontrarse con una de ellas que renunció hace algunas semanas. Las mujeres llegan sonrientes y eligen una mesa. Mientras miran la carta y deciden que pedir, charlan alegremente)
MARIANA: Bueno, cuéntenme. Pónganme al día ¿Cómo va todo en la radio? (Mirando de reojo y con complicidad a GUILLERMINA) ¿Le siguen buscando novio a Guillermina?
FERNANDA: En eso estamos, pero no es fácil. Siempre encuentra un pero.
MARIANA: Sí, como el chico de los diarios, que era lindo y no lo quiso.
ANALÍA: O el que le presenté yo, ese funcionario de Turismo que estaba atractivo.
(MARIANA, FERNANDA, PAULA, ANALÍA y MARIEL asienten)
GUILLERMINA (molesta): ¡A ver, a ver! Primero, el chico de los diarios tenía 19 años y no es por nada, ¿pero es acaso mucho pedir alguien con un laburo más sólido? Segundo, el funcionario tenía una alianza grande como una casa y no paraba de hablar de los hijos. Lo mínimo que quiero es conocer a alguien soltero y con un trabajo estable. No pido mucho. Eso es básico.
PAULA: ¡Ah bueno! ¡Soltero y con trabajo estable! ¿Algo más querés nena?
(TODAS se ríen)
MARIEL: Si encuentran un soltero y con trabajo estable, primero lo quiero yo. Por mi edad, estoy primera en el orden de prioridades.
GUILLERMINA: Bueno, no tengo problema, yo espero mi turno, pero hasta que no tengan un soltero y con trabajo estable, ni se molesten en mencionármelo. No tengo apuro.
FERNANDA: ¡Pero pará! ¿Vos no te fuiste a Gesell a pasar el fin de semana? Mmm. ¿Qué estás ocultando? ¿Me vas a decir que te fuiste sola un fin de semana a Gesell?
(MARIANA, PAULA, ANALÍA Y MARIEL miran con sorpresa a GUILLERMINA)
GUILLERMINA (avergonzada): No… Sola no me fui, claro.
FERNANDA (triunfante): ¿Viste? Yo sabía.
GUILLERMINA (defendiéndose): Nooo, nada de “viste”. Me fui con mi mamá (Reflexiva) Me fui con mi mamá a pasar un fin de semana a Gesell. ¡Qué triste lo mío! ¡Qué triste!
Agosto 23, 2009 | Por iluminada | Claves: aniversario, besos, comedia, protagonistas, roles, televisión | # Enlace permanente
Falta poco para que mi soltería cumpla un año. Menos de quince días, creo. No me voy a poner a contar cuánto exactamente porque eso sería demasiado patético. Pero la fecha me la acuerdo patente. De hecho, hace poco me di cuenta de que me había olvidado en qué día me había puesto de novia con Humberto, y me sentí muy orgullosa de mi mente, que en un dejo de cordura, haya decidido deshacerse de datos inútiles, pero no, a los pocos minutos me volvió a la memoria. Sin embargo, la fecha de la ruptura me quedó grabada. Pero no como algo fatídico, como un hecho qué me va a marcar de por vida… No, no soy ni tan masoquista ni tan romántica como para querer gustosa quedar marcada por una cosa así. Humberto fue mi primer novio, y duró un tiempo considerable, y entonces, aunque me moleste seguir recordándolo a él y a nuestra relación, entiendo que sea lógico que ocupe una parte importante de mis recuerdos. Pero, afortunadamente para mi salud mental, Humberto y los dos años que pasé con él, cada vez me parecen más lejanos.
A unos días de cumplir un año de soltera, y en un fin de semana frustrado por mi rinitis alérgica, estuve horas y horas con mi cuerpo echado sobre la cama viendo horas y horas de televisión. Con mucho zapping incluido. De esa manera, vi parvas de películas de varios géneros, pero principalmente, del tipo comedia o drama romántico. Después de varios besos apasionados entre distintas parejas de protagonistas, recordé como durante más de dos años, los besos para mí eran algo cotidiano, un hecho de todos los días. Me sorprendió eso y me vinieron a la mente recuerdos de besos comunes, de besos del tipo “chau, nos vemos mañana”, o del “hola, cómo andás”, besos simples, besos de todos los días. Y de pronto sentí no como si hubiera pasado sólo un año de eso, sentí que habían pasado décadas, siglos. Pero no fue nostalgia lo que sentí, sino que solamente me extrañé al comprobar que no tanto tiempo atrás yo había sido novia, y había mantenido una rutina de novia, con frases de novia, y preocupaciones de novia. Y me sentí rara al entender una vez más como una misma persona pueda ocupar tantos roles diferentes, adaptarse a ellos y luego cambiarlos.
Falta poco para que el rol en el que más cómoda me siento cumpla un año. Y brindaré por eso!
Julio 31, 2009 | Por iluminada | Claves: basta, dieta, gusta, rumbo, sentimental, toturarme, voluntad | # Enlace permanente
Está bien, tengo que reconocerlo. Me gusta un chico. Sí, así de simple. Como si fuera el comentario de una nena de cuarto grado. Me gusta un chico y no hay nada que hacerle. Muy a mi pesar, me gusta un chico. No es el chico-de-los-diarios, no, claro que no. Ese descartadísimo, no motiva en mí ni siquiera decirle “qué ricos que estaban los bombones que me regalaste”, aunque fue así, de verdad estaban muy ricos y me los devoré en dos días. No, si me gustara ese chico, todo sería más sencillo. Pero no, a mi me gusta otro chico. En contra de toda mi voluntad, en contra de todos mis principios. Por más que mi amiga Luz me recomiende dejarme llevar por el sentimiento, dejarme que me guste, que la sensación crezca y que si tiene que dolerme, me duela y me estruje el alma y el orgullo, yo me resisto. No quiero que este chico me guste. No quiero y no quiero.
Después de la última vez que estuvimos juntos, y a pesar de que al día siguiente traté de hacerme la superada y decirles a mis amigas, “es sólo sexo, pero está bien, porque es el mejor sexo que tuve en mi vida”, no pude ser fiel a mis palabras. Después de esa última vez, me quedé pensando en él toda la semana, con su imagen dando vueltas de forma casi permanente en mi cerebro, y me odié a mi misma por ser tan cursi, tan boba, tan naif, por estar tan estúpidamente enganchada con un flaco que no. Un flaco que no, que no le gusto, que le gusto esporádicamente, para matarnos en la cama, pero para nada más. Y no es que no me guste eso último, eso último me encanta, pero me maldigo a mi misma por ser tan sentimental y no poder disfrutar libremente de eso, sin tener que estar suspirando al día siguiente por lo mucho que me gusta ese chico. Y por la desilusión que me causa cada vez que él vuelve a desaparecer.
Se que suena utópico, que suena a promesa imposible de cumplir, pero igual pienso intentarlo. Planeo contenerme, limitar cada uno de mis pensamientos, obligarme a no pensar en él, cambiar de imagen cada vez que vuelva a torturarme a mi misma recordando algún encuentro pasado o peor aún, imaginando alguno futuro. Basta. “Basta para mí” es el nombre del blog y por algo se lo puse. No tengo que desviarme del camino, del rumbo, puede estar muy bueno el hotel de la ruta para pasar una noche, pero no deja de ser eso, un lugar de paso. Es similar a la dieta que empecé, sólo necesito fuerza de voluntad. Mucha fuerza de voluntad. Y quesito Light para untar.
Julio 22, 2009 | Por iluminada | Claves: bombones, compañeros, gestos, malhumor, regalo, románticos | # Enlace permanente
En la radio, dos de mis compañeras -productoras de los programas de la mañana- adoran cumplir con un papel de celestinas que se han autoimpuesto y focalizan tal rol en mi persona desde que ya no estoy de novia. A pesar de mis constantes rechazos a sus indirectas ante la aparición de cualquier ejemplar masculino joven que osa asomarse por la radio, ellas siguen firmes en su meta de buscarme novio. Aunque yo insisto en la inutilidad de tal objetivo, ambas –de situación civil divorciadas pero viviendo un nuevo amor- no parecen querer desistir en su misión.
Hace un par de meses, el diariero que todos los días nos trae los periódicos locales a las 6:30 y luego, los de tirada nacional, a las 8:30, fue reemplazado por un chico de veintipico. Desde entonces, primero Mariana y luego Paula empezaron a hacer comentarios sobre atributos estéticos del susodicho. “Viste que alto que es?” “Tiene un lindo corte de pelo, notaste”, me preguntaban sin obtener de mi parte mayor respuesta que un “see” desganado. Para ser sincera, nunca le presté demasiada atención, especialmente por mi estado de somnolencia aguda que empieza a disiparse recién pasadas las 9 am.
El viernes de mi cumpleaños, justo cuando el muchacho en cuestión hacía su segunda aparición, el operador que acababa de llegar me estaba felicitando por mi día. Y bromeando, le dijo al chico-de-los-diarios: “Ey, es el cumpleaños de ella”. “Ahh, feliz cumple”, contestó el pobre muchacho intimidado. “Gracias, gracias”, contesté yo avergonzada, mientras mi compañero me pasaba un brazo por encima de mi hombro y le preguntaba al chico: “Que le vas a traer de regalo? Unas rosas?”, dijo para seguir con el juego. “Noooo”, dije yo, tratando de cortar el diálogo embarazoso. “No, a ésta hay que regalarle algo dulce”, acotó Paula, que de compartir conmigo siete horas diarias, conoce perfectamente mi predilección por las golosinas y demás alimentos chatarra. “Unos bombones”, agregó Mariana. Y yo me escabullí del brazo del operador, para volver a mi computadora y tratar así de escaparme de la situación incómoda. “Bueno, voy a traerle unos bombones”, dijo el chico al retirarse. Y mis compañeros acotaron algo más, mientras yo seguía firme en mi “nooo”, pero con la mirada fija hacia la pantalla haciéndome la ocupada en la redacción de una nota.
El sábado, después de atravesar una terrible bruma que empañó mis anteojos y el viento frío de pleno julio en Mar del Plata, llegué a la radio maldiciendo mi suerte, maldiciendo a los empresarios dueños de los colectivos y sus frecuencias desastrosas, maldiciendo al clima, maldiciendo la ubicación de la emisora en plena playa, en fin, de un evidente mal humor, agravado por la resaca producto de una noche de boliche con mis amigas para festejar mi cumpleaños y la consecuente falta de sueño. Cuando llegué, me llamó la atención ver al chico-de-los-diarios, pero ni me detuve a reparar en eso, primero porque ya me había olvidado de la broma de la mañana anterior, y segundo, porque tuve que apurarme a llegar a fichar mi entrada antes de que el reloj marcara las 13. Inmediatamente, busqué a Paula para que me pusiera al día de las novedades con respecto al transcurso de la mañana radial. Paula me saludó con una expresión extraña y me dijo: “Tengo tres cosas para comunicarte”. La primera era sobre los regalos que sorteábamos, la segunda sobre los teléfonos de unos entrevistados, y la tercera, “es personal, no laboral”, remarcó Paula. Yo la miré extrañada mientras ella agarraba un paquete de regalo (con moño y todo). “Esto te lo trajo José”, me explicó mientras señalaba hacia donde el chico-de-los-diarios se encontraba parado.
Cuando Paula terminó de decirme eso, debo haberme puesto automáticamente roja, porque sentí que un intenso calor hacía arder mi cara. Me di vuelta para agradecerle al chico de los diarios, y para decirle que no tenía que haberse molestado por una joda de mis compañeros. No sabía que más decir. Y me quedé quieta ahí, mientras Paula seguía sosteniendo en sus manos el paquete. “Abrilo! Que esperas!?”, me retó. Yo, con cara de trágame-tierra abrí el paquete frente a la mirada divertida de mis compañeros y de los ojos atentos de José (tal el verdadero nombre del chico-de-los-diarios-). El paquete resultó ser una caja de bombones. OMG! Sí, un chico me acababa de regalar a mí una caja de bombones. Por primera vez en mi vida. Después de dos años y medio saliendo con un rata, es muy triste admitirlo, pero es así, ningún hombre nunca antes me había regalado una caja de bombones. Pero ahí estaba, yo, los bombones, el chico, mis compañeros y mi falta de reacción. Por suerte también estaba Paula que, ante mi absoluta falta de reflejos, me sacó la caja suavemente, la abrió y me ofreció un bombón, que yo rechacé –sí, así de amarga se puede llegar a ser, involuntariamente- y luego fue ofreciendo al resto de los presentes. Cuando recuperé el conocimiento del idioma castellano, le expliqué a José, no con mucha elocuencia, que no tendría que haberse molestado, que había sido una broma de mis compañeros, que no tendría que haberme comprado nada. José me contestó que él se había tomado la promesa en serio. Le dije gracias unas 12 veces, aproximadamente y acto seguido, se fue y Paula casi me revolea la caja de bombones por la cabeza.
Cuando volví a mi casa, con la bolsita de regalo y los bombones, le narré a Lena lo sucedido. Lena indagó sobre mi parecer con respecto al chico, y yo le expliqué que no me gustaba y que el hecho de que me regalara bombones, me hacía, incluso, sentir algo incómoda. Entonces, reflexioné. Teniendo en cuenta los casos hasta ahora registrados, siempre tuve una especial predilección por los hombres fríos, cero románticos, sin gestos caballerosos, ni de ninguna otra índole…Y ahora, con la aparición de uno que me trae bombones, mi primera reacción es la de correr asustada… Gataflorismo a pleno.
Julio 18, 2009 | Por iluminada | Claves: bondad, cumpleaños, expresión, innata, maldad, mirada, panqueques | # Enlace permanente
Ayer fue mi cumpleaños. Sí, ahora luzco 24 años. Pensar que cuando tenía 6 años, tener 24 sonaba a sinónimo de ser persona adulta. Ahora que los tengo, me doy cuenta de que estaba equivocada. Y que 48 años sí suena a adulto, pero 24 no. Lejos, lejos. Lo único adulto que tengo es mi caja de ahorro en el banco y la factura mensual de Claro, único servicio cuya boleta luce mi nombre (a Dios gracias)
Salíamos con Lena de deleitarnos con unos panqueques rechonchos en Lo de Carlitos versión marplatense, cuando divisé la camioneta de Marcos Marquisi pasando en dirección opuesta a nuestra caminata. Y también vi a Marcos Marquisi. Y Marcos Marquisi me vio a mí. Me miró mal, enojado, casi con odio. Y yo me sonreí. No digo le sonreí, porque no fue así. Yo me sonreí para mí. Porque adentro mío me reía con ganas de la situación, del hecho de cruzarme con Marcos Marquisi, a quien no veía desde hace meses, el mismísimo día de mi cumpleaños. Y me reía también de su expresión, de esa mirada maléfica con la que me observó.
Seguí caminando con mi madre, hicimos compras cumpleañeras y volvimos a casa. Faltaba poco para que llegaran mis amigas, así que decidí conectarme un toque a Facebook mientras las esperaba. Ni bien lo hice, en el margen inferior derecho de la página, Marcos Marquisi apareció saludándome por el chat. Luego de meses sin hablar, Marcos Marquisi decidió romper el silencio con un “feliz cumple shegua”, que me escribió en su jerga. E inmediatamente agregó: “Esta tarde cruzamos miradas, o fui yo solo?”. “No, fue ida y vuelta”, le contesté. “Disculpa que no te saludé, pero es que estoy falto de reflejos”, se justificó sin que nadie se lo pidiera. “Con la mirada malvada que tenías, no parecía que estuvieras pensando en saludar”, le dije. “Es que venía pensando en problemas de laburo, en unos enrosques que tengo que solucionar (…)”, siguió justificándose, como si acaso hiciera falta. “Mmm, para mí simplemente fue la maldad innata que te brota”. Marcos Marquisi se río con unos “jajaja” y admitió: “Sí, los que tenemos una personalidad malvada solemos hacer estas cosas”. “Lástima que los buenos como yo tengamos que soportarlos”, le dije. “Lo decís por mi caso en particular, o por la generalidad?”, me preguntó. “No, hablo en general, vos sólo sos un ejemplo más”, le expliqué. “Te dejo porque llegaron mis amigas”, me despedí. “Que pases un lindo día. Besos”, se despidió Marcos Marquisi, con fingida bondad.
Junio 21, 2009 | Por iluminada | Claves: actitud, edad, karma, madura, menor, odiar, tortura | # Enlace permanente
Una extraña sensación me recorrió el cuerpo y decidí cruzar la calle y acercarme para hablarle. Debo admitir, que me temblaban las piernas, un poco. Bastante. (Que patético de mi parte). Pero traté de que no se me notara. Me quedé parada a pocos metros y lo observé mientras hablaba con el playero de la estación de servicio, hasta que notó mi presencia. “Hey”, me dijo, sorprendido y se acercó a saludarme. Yo lo miraba con una sonrisa. Toda aquella escena me parecía surrealista. Estar hablando como si nada con el hombre, que me había hecho llorar y odiar por días seguidos, entre surtidores de nafta no era una idea que se me hubiera ocurrido. Pero ahí estábamos los dos, dialogando. Me contó, contrariado, que acababa de pinchar una goma. Luego, le pregunte cómo se sentía, por lo de su mamá. Me relató brevemente toda la situación y cómo sentía que todo le salía mal últimamente. También me contó que estaba sin trabajo estable, que era muy difícil conseguir algo, que con sus equipos de sonido y luces para fiestas no lo contrataban tanto como él necesitaba. Yo puse mi mejor cara de “uy, pobre hombre”, y le hacía comentarios esperanzados hacia el futuro (aunque por adentro pensaba en que quizás la teoría del karma no está tan errada). Después me preguntó por mí, por mi vida, le conté que me iba bárbaro en la radio, que había retomado la facultad, que en semana santa me había ido de viaje con mis amigas… Quise dejarle bien en claro que mi vida y yo estábamos absolutamente bien, y de hecho mejor, sin él. Ninguno de los dos preguntó por las vidas sentimentales del otro, y cuando se hizo un silencio incómodo, me despedí, no sin antes recordarle que él se había quedado con un libro mío y que quería que me lo devolviera. “Sí, dale, si querés arreglamos y aprovechamos para charlar más”, me dijo él. “Sí, como quieras”, contesté yo con poco entusiasmo, mientras me iba. Era obvio que su frase era una hipocresía absoluta.
Caminando hacia mi casa, me sentí orgullosa de mi misma. De hecho, al llegar, le conté a Lena de lo ocurrido, y lo madura y adulta que me sentía al haber dejado mis reproches de lado –todos y cada uno de los que había pensado y repensado decirle a Humberto si algún día lo volvía a ver- y en vez de eso, saludarlo diplomáticamente, como dos personas que compartieron juntos un tiempo de sus vidas.
Exactamente dos días después de mi encuentro con Humberto, entré a mi Facebook, sólo con intenciones de entretenerme un rato. Ni bien ingresé, vi que tenía una solicitud de amistad: Maia González Valdéz quiere ser tu amiga. “¿Maia González Valdéz? No conozco a ninguna Maia González Valdéz”, fue mi primer pensamiento. Una muchacha normalita de cabellera algo rubia se asomaba en la foto ubicada a la izquierda del nombre en cuestión. Entonces, noté que un recuadro marcaba que ella y yo teníamos un amigo en común. Hice click allí para ver de quién se trataba y me causó gracia comprobar que nuestro amigo en común no era otro que Marcos Marquisi. Pensé que podía tratarse de alguna chica actual de Marcos Marquisi, o algo por el estilo, y me intrigó porqué querría agregarme a mí como amiga. Así que la acepté.
Segundos después, una segunda bomba –esta vez nuclear- volvió a pegar contra mi esternón y a causarme un severo ataque de nervios. Tras aceptar la solicitud de amistad de la tal Maia, sus últimos acontecimientos ocurridos en Facebook aparecieron detallados en la página inicial. Así, mis ojos se detuvieron ante el álbum de fotos recién cargado y titulado: “Un día en Necochea”, en el que la tal Maia sonreía abrazada a un también sonriente Humberto, en cada una de las veintitantas fotos del álbum. Un temblequeo comenzó a dominarme. O mejor dicho, mi cuerpo se dejó dominar por un temblequeo, que pese a todo, no evitaba que yo continuara moviendo el mouse para comprobar que no había sido una alucinación. El Humberto etiquetado en esas fotos era el mismo Humberto que tanto dolor me había causado y que por lo visto, estaba empecinado en seguir causándome. O tal vez, en vista de lo sucedido, había decidido encomendar tal tarea a su nueva novia.
Después de ver las fotos, y darme cuenta de que no tenía porqué soportar tal tortura psicológica, decidí eliminar inmediatamente de mis contactos a la tal Maia. Pero antes de hacerlo, entré en su perfil con el sólo objetivo de averiguar un dato que yo ya sospechaba. Al entrar, comprobé que la tal Maia publicaba orgullosa estar “en una relación” y por debajo de esa información, aparecía su fecha de nacimiento. Sí, tal como yo lo pensaba, la tal Maia era menor que yo. Un año, para ser exacta. Comprobado el dato, la eliminé de mis contactos y automáticamente escribí un mail en cadena a las chicas contando la dolorosa situación que acababa de sufrir. Pero también, le escribí un mail a Humberto. Corto y preciso. En el que le detallé que su actual novia me había agregado a Facebook, y que al hacerlo, había podido comprobar que era menor que yo. Sucede que Humberto había pasado los dos años y medio de nuestra relación, afirmando que no teníamos futuro y argumentando tal profecía en nuestra diferencia de edad. “Vos sos muy chica, muy pendeja. Te faltan vivir tantas cosas”, me decía el señor experimentado en cuanta discusión se originaba –y eso que yo me esforzaba en que fueran pocas-. Eso fue lo que más me dolió, no sólo el hecho de tener que soportar las fotos con su actual, ni tener que reconocer el hecho de que él ya estaba de novio, de nuevo, con otra, si no, que todo ese tiempo, esa excusa barata de la edad no era verdad, no era el hecho de que yo fuera nueve años más chica que él lo que le molestaba, porque ahora estaba con alguien diez años menor que él. Me molestó su mentira, su farsa, su hipocresía, su mala actitud. “Después de esto, comprobé que a pesar de que yo pensaba que eras una buena persona, siempre fuiste un forro”, le escribí en un mail, cuya excusa era pedirle que me devolviera mi libro. Días después Humberto me contestó: “Decime a dónde y cuando querés que te lo lleve. El forro”. Por lo menos, lo admitió.
Junio 19, 2009 | Por iluminada | Claves: bomba, caminata, golpe, ignorancia, moto, persona, rencor, resentimiento, sinceridad | # Enlace permanente
Faltaban pocas horas para el año nuevo, cuando, estando en la casa de mi hermano en Pilar, a punto de sentarme en la mesa con mi familia, me llegó un mensaje de Humberto. Desde septiembre, desde aquella tarde en la que pasé por su departamento para buscar mis cosas, que no sabía nada de él. Afortunadamente. Y, sin embargo, ahí estaba, asomando en la pantalla de mi celular, un mensaje de Humberto, deseándome felicidades para el 2009. Pensé en no responderle, pero me sentía tan bien conmigo misma, rodeada de mis seres queridos y a menos de un día de haber estado con Marcos Marquisi –días antes de la aparición de su rubia, claro, y sin que yo pudiera sospechar de semejante aparición-, disfrutando de una nueva etapa de mi vida, que tanto bienestar hacía que me sintiera bien con el mundo que me rodeaba. Sin rencores, sin resentimientos. Entonces, decidí contestar el mensaje de Humberto y hasta retribuirle las felicidades. Dos días después, me arrepentí.
Dos días después, ya de vuelta en Mar del Plata, en plena tarde de calor, Luz y yo caminábamos hacia una playa en La Perla en la que la familia de Mili tiene carpa. Hacia ya caminábamos las dos, cuando se me ocurrió contarle el breve episodio del mensaje de texto de Humberto. Y en ese preciso momento, Luz decidió soltarme una bomba, en toda la connotación más negativa que se le pueda dar a la expresión. “Hablando de eso, lo vi a Humberto hace unos días”, comentó Luz. “Ajá, solo?”, le pregunté yo, despreocupada, sin prever la respuesta. “No, con una chica, una rubia. De la mano”, contestó Luz, derrochando sinceridad. La bomba cayó sobre mi pecho y golpeó duro contra el esternón. Por un segundo, me quedé helada. Recordé entonces las palabras de Humberto, de aquel día en que cortó nuestra relación. Esas palabras que hablaban de la existencia de otra. Pero de ahí a la imagen de verlo con otra, de saberlo realmente con otra, había una distancia abismal, en la que yo podía vivir feliz eternamente. Luz, quizás al notar mi reacción, trató de aclararme. “Lo consulté con Mili, y ella me dijo que si fuera su caso, ella habría querido que se lo cuente. Por eso decidí decírtelo”, me explicó Luz, mientras yo me preguntaba por qué mis amigas se habrían propuesto ser tan honestas conmigo en vez de dejarme vivir contenta en mi estado de ignorancia absoluta con respecto a la vida de Humberto. Por supuesto, que mi enojo, mi bronca, no era con ellas, pero en ese momento, el shock de la noticia había logrado que todo el rencor y el resentimiento hacia Humberto volvieran a apoderarse de mi persona.
Con el tiempo, reflexioné y comprendí que el hecho de que Luz y Mili hubieran decidido contarme acerca de la visión de Humberto con otra chica había sido una decisión afortunada. Porque de esa manera, me evitaron el golpe mucho peor que habría sido ver tal escena con mis propios ojos. De esta manera, el aviso de las chicas me había servido como una especie de vacuna para crear anticuerpos ante la posibilidad de que un día de estos, en esta ciudad “pañuelo” que es Mar del Plata, terminara topándome con Humberto y su actual. De esta manera, por lo menos, estaría prevenida. Al menos, así quería creerlo yo.
Meses después, ya comenzado el otoño, estando conectada al MSN, un sobrino de Humberto, de mi edad -Humberto tiene 32 años y hermanas más grandes-, a quien por aquel entonces todavía conservaba en la lista de contactos –luego fue borrado al igual que su tío, a quien ya había eliminado mucho tiempo atrás- me escribió para contarme de la reciente muerte de su abuela, o sea, la madre de Humberto. En ese momento, no supe que decirle al chico y después de desconectarme y quedarme largos minutos observando mi celular decidí mandarle un mensaje de texto a Humberto, a modo de pésame. Al día siguiente, me contestó con un simple “gracias” y un saludo. Y eso fue todo, o por lo menos, eso hubiera querido.
A la semana de lo ocurrido, un jueves a la noche cuando volvía del gimnasio, mi mirada que venía concentrada hacia delante, se desvió un segundo y al mirar hacia la derecha noté que una moto verde, manejada por un hombre de chaleco azul y rojo, acababa de frenar en la estación de servicio. No sé qué fue lo que hizo en ese momento prestara atención a ese hecho, en mis habituales caminatas nunca observo a los automovilistas y motociclistas, pero esa vez, algo me hizo mirar hacia la derecha, para comprobar que el hombre que se acababa de detenerse en la estación de servicio no era otro que Humberto. El mismo Humberto al que no veía desde septiembre del año pasado, hacía exactamente siete meses. El mismo Humberto que después de dos años y medio me había cortado para estar con otra. El mismo Humberto que seguía usando ese chaleco azul y rojo que usaba cuando estábamos juntos.
Junio 6, 2009 | Por iluminada | Claves: amigo, casa, costa, cuñada, familia, hermanos, madre, padre | # Enlace permanente
Había pasado ya un mes de la última vez que había visto a Marcos Marquisi -acompañado de una rubia-, desde entonces nunca más había vuelto a recibir ni un mensaje ni nada que se le pareciera y mi vida transcurría perfectamente normal. Corrían los primeros días de febrero, entre trabajo y playa, cuando una tarde, entré a mi Facebook y encontré una solicitud de amistad: Marcos Marquisi quiere ser tu amigo. Qué?!?!?! Marcos Marquisi quiere ser mi amigo?!?! JA. Así, un “ja” en mayúsculas retumbó en mi cerebro y un instante después de aceptar su solicitud, en la pequeña ventanita del chat de FB asomaba una foto de Marcos Marquisi en miniatura que me saludaba con un “hola, baby”… (Sí, el mismo Marcos Marquisi que después de la segunda noche de intimidad, había desaparecido sin dejar más rastros que una visión con otra).
Yo saludé como si nada (hola, cómo andás), y Marcos Marquisi, como no podía ser de otra manera, comenzó a detallarme el transcurso de su verano de salidas y diversión hasta que yo me despedí para irme. Después de su largo monólogo, pensé que obviamente su reaparición no significaba nada, y que sólo estaría buscando más audiencia para poder seguir hablando de sí mismo, su tema de conversación preferido. Esa noche, más bien esa madrugada, cuando yo dormía plácidamente, un mensaje de Marcos Marquisi me despertó. “Estás enojada?”, decía. No contesté. Dos segundos después, mi celular volvió a sonar y un nuevo mensaje de Marcos Marquisi volvió a aparecer, con el mismo contenido. “Estás enojada?”. Cuando me disponía a contestarle algo, otro nuevo sms me llegó: “Estás enojada?”. “No, estoy dormida”, le respondí. Y otro mensaje llegó: “Nos podríamos ver en estos días?”, me preguntó Marcos Marquisi. Después de meditarlo por algunos segundos, decidí seguir el juego: “Si, dale, después arreglamos”. Y seguí durmiendo.
Los días pasaron sin novedades de Marcos Marquisi. Así que una noche, decidí escribirle, preguntándole cuándo podríamos vernos. Marcos Marquisi me contestó que estaba en un cumpleaños, que después me llamaba. Y volvió a desvanecerse por el resto de esa semana. Hasta que una tarde, mi teléfono sonó. Marcos Marquisi me estaba llamando. Tarde dos segundos en reaccionar y atender. Me preguntó que tenía que hacer, le expliqué que estaba ocupada, que me llamara más tarde. Eso hizo unas horas después y minutos más tarde, me pasó a buscar por mi casa. Cuando bajé al hall del edificio, ahí estaba, un Marcos Marquisi con bermudas y ojotas esperándome. Me saludó con un beso, como si no hubiera pasado más de un mes desde la última vez que nos vimos. Yo le deseé feliz año nuevo y subimos a su camioneta. Paseamos por la costa y fuimos a tomar un café a Alem. Charlamos largo y tendido sobre temas varios y rato después, cuando ya se hacía de noche, me preguntó que podríamos hacer. Le propuse ver una película y Marcos Marquisi ofreció ir a su casa. “Bueno”, dije yo, y hacia allí nos dirigimos. Cuando entré, pensé que iríamos hacia su quincho, como las veces anteriores, pero esta vez, Marcos Marquisi tomó el caminito de piedra hacia la izquierda y entramos a su casa. En la mesa, estaba sentado uno de su hermanos y después de la presentación de rigor, Marcos Marquisi sacó varias cosas de la heladera y me invitó a sentarme en la mesa. El hermano se despidió y se fue rumbo desconocido. Y mientras Marcos Marquisi y yo mirábamos una película en TNT y comíamos medialunas, un señor canoso entró por la puerta. Era el padre de Marcos Marquisi. Tras una nueva presentación de rigor, empecé a sentirme incómoda. Mi cerebro trató de analizar la situación pero no encontró ninguna respuesta razonable a la pregunta: ¿Qué hago yo en la casa de un chico, al que hace un mes que no veo, conociendo a su familia? El padre de Marcos Marquisi se retiró hacia otro sector de la casa y Marcos Marquisi me propuso trasladarnos hacia el living para seguir viendo la película más cómodos en los sillones. Eso hicimos, y cuando la película terminó subimos a un cuarto en el primer piso en el que estaba la computadora. Marcos Marquisi me mostró varios videos divertidos en youtube y mientras nos estábamos riendo, ¡aparecieron la madre de Marcos Marquisi, la cuñada de Marcos Marquisi y el hermano menor de Marcos Marquisi! Después de saludar uno por uno, los tres se retiraron y como al mirar el reloj comprobé lo tarde que se había hecho, le pedí a Marcos Marquisi que me llevara a mi casa. Frenó frente a la entrada de mi edificio, nos despedimos con un beso y nunca más volvió a aparecer. Después de pasar toda una tarde juntos y presentarme a toda la familia Marquisi, Marcos Marquisi no me escribió ni me llamó nunca más. Sin comentarios.
Junio 5, 2009 | Por iluminada | Claves: golpe, otra, rubia | # Enlace permanente
El sábado siguiente a la noche de aquel martes, salí con Mili y Fernando a Alem, donde nos encontramos con Marianela, que había salido con unos compañeros de trabajo. Al rato, Mili y Fernando partieron y le pedí a Marianela que me acompañara al bar de siempre para ver si lo encontraba a Marcos Marquisi. Si bien no había tenido noticias de Marcos Marquisi en esos días, eso era algo habitual en él, por lo que no pensé en eso, y en cambio, me imaginé que estaría bueno vernos de nuevo. Por eso me animé a caminar hasta el patio trasero del bar, cuando al dirigir mi mirada a la barra del fondo donde espera encontrar a Marcos Marquisi, una mezcla de sensaciones empezó a hacer ebullición dentro mío, porque allí estaba tal como había previsto, pero lo que no había anticipado era la presencia de aquella rubia con la que se encontraba. Me quedé unos segundos petrificada al lado de una columna, tratando de disimular mi expresión pero sobre todo, intentando pasar inadvertida, para que nada ni nadie se diera cuenta de que yo había ingresado a ese bar para encontrarme con un chico que se encontraba a los besos con otra. Me sentía humillada, mi ego profería gritos de dolor. No había pasado ni una semana de haberme acostado con Marcos Marquisi, literalmente hablando, y Marcos Marquisi ya tenía una rubia de acompañante.
Me fui rápidamente del bar, mientras mi cerebro trataba de encontrar una razón adecuada que intentara minimizar el daño. Pero mi autoestima acababa de sufrir un golpe bajo y no había airbag disponible para aliviar el impacto.
Junio 4, 2009 | Por iluminada | Claves: brazos, camas, cumpleaños, dormir, encuentros, interior, vez | # Enlace permanente
Unas semanas después de ver por última vez a Marcos Marquisi, Mili me invitó al cumpleaños de una amiga de ella en un bar. Mientras jugábamos al pool analizando una vez más todo el episodio de Marcos Marquisi, se me ocurrió mandarle un mensaje de texto, para ver qué reacción tendría. Era un sms intrascendente, que sólo sirviera para marcarle presencia y del mismo modo que él había mandado los suyos, hablara de las noche de joda, sin más propósito que el saludo en sí mismo. Le escribí un “hola, como estás, saliste, yo estoy en un bar con mis amigas”, un mensaje de esos que yo nunca escribiría normalmente. Pero, cual experimento piscológico, Marcos Marquisi respondió al instante con un “hola, qué hacés, estoy en un bar con mis amigos, y después nos vamos a Alem”. A lo que yo, todavía sorprendida, contesté con un “uy, bueno, no nos vamos a cruzar porque yo ando por otro lado, un beso”. Y ahí quedó nuestra breve charla, que duró más de lo que yo pensaba.
Sin embargo, en la tarde del día siguiente, tarde de domingo, mientras Lena y yo mirábamos nuestras series de Sony, me llegó un mensaje… de Marcos Marquisi, invitándome a salir esa noche. Eso sí que me sorprendió. Analizando brevemente el desarrollo de los hechos, mis últimos encuentros con Marcos Marquisi, habían sido sin cita previa, por eso me llamó tanto la atención esa invitación. Le contesté que sí, aunque a la mañana siguiente tendría que estar despierta a las 5:30 para estar a tiempo en la radio.Un rato más tarde, Marcos Marquisi me esperaba en el hall de mi edificio y me saludaba con un beso, como si nos hubiéramos visto el día anterior. Yo, decidida a dejar de racionalizar tanto todo y a dejarme llevar por la situación, no hice ningún comentario al respecto y también lo traté como si nada. Pasamos a buscar a un amigo de Marcos Marquisi y de ahí fuimos a un bar de la calle Córdoba –el más popular en las vacías noches de domingo marplatense- pero que se encontraba cerrado por reformas. Desilusionado, el amigo de Marcos Marquisi pidió ser dejado de vuelta en su casa. Y luego de que yo preguntara sobre el plan “b”, Marcos Marquisi me dijo que tenía una idea sobre un lugar al que podríamos ir. Su casa. Entramos despacio por el parque y nos dirigimos al quincho. Charlamos, tomamos algo y al rato, terminamos a los arrumacos en las camas ubicadas en el piso superior del quincho. Los besos subieron de tono pero no pasó nada más. Y yo, que por aquel entonces todavía era responsable, le pedí que me llevara a mi casa, porque ya era muy tarde.
Tras una semana sin noticias de Marcos Marquisi, el sábado a la noche, cuando estaba en un bar con Marianela se me ocurrió escribirle. No esperaba obtener respuesta. Horas más tarde, cuando me levanté al mediodía y revisé mi celular, me encontré con un mensaje de Marcos Marquisi enviado como respuesta al mío y preguntando dónde estaba yo. Al día siguiente, estaba en la radio cuando me llegó un sms de Marcos Marquisi invitándome a salir esa noche, misma noche del asado de fin de año con mis compañeros de la radio, así que le expliqué que tenía algo que hacer y él me preguntó para vernos después de eso. Esa noche nos encontró de nuevo en las camas de su quincho pero esta vez sí, tuve aquello que Mili llama la “segunda primera vez”. Marcos Marquisi me divertía y aquella noche, al quedarnos tendidos sobre las camas con nada más que nuestra ropa interior, mientras Marcos Marquisi fumaba un cigarrillo y ambos hablábamos de todo un poco, sentí que sencillamente ese era una de esos momentos inesperados que desarman la rutina diaria.
Días después, 24 de diciembre, me llegó un mensaje de Marcos Marquisi en el que decía que, en caso de que no nos viéramos, quería desearme una feliz navidad. Sí, el mismo Marcos Marquisi que en una semana me había invitado a salir y cortado el rostro, el mismo Marcos Marquisi que en dos meses había aparecido y desaparecido incontables veces. El sábado de esa semana tuvo lugar un acontecimiento que hace meses que mis amigas Luz y Mili venían organizando: “La Fiesta Reencuentro Cinco Años Post Egreso del Secundario”. Así que esa noche, nos encontramos en un bar de Alem y aunque el acontecimiento no tuvo la convocatoria que esperábamos –como mucho llegamos a los 9 invitados, contándome a mí- el festejo siguió en pie. Después de rotar por algunos bares, terminamos en el recinto habitual de los sábados por la noche de Marcos Marquisi. Cuando con Luz nos dirigimos para el sector del baño, pude divisar a Marcos Marquisi caminando en nuestra misma dirección y me las ingenié para hacerle una seña a mi amiga que con un revoleo de ojos entendió que “ese que está ahí es Marcos Marquisi”. De pronto, el susodicho apareció justo frente a mí y contestó a mi “hola” con un pico. Y siguió su camino hacia la barra del fondo. Al rato, cuando con Luz también fuimos hacia el patio, dado que allí se encontraban las chicas, tuve un breve cruce de palabras con Marcos Marquisi, que estaba con sus amigos, y luego cada uno siguió por su lado. Finalmente, cuando decidimos ir a otro bar, me acerqué a Marcos Marquisi para despedirme y entonces recibí uno de esos besos intensos que me gustaba recibir.
Al día siguiente, estaba con Luz en la casa de Mili charlando de la vida –tema tan amplio que también incluía a Marcos Marquisi-, cuando mi celular sonó y era un mensaje del tan mencionado, preguntándome que planes tenía para esa noche. Justo mi hermano Gerardo estaba de visita en Mardel, así que tuve que excusarme porque tenía un asado familiar pero agregué que podríamos vernos al otro día.Pero claro que al otro día, fui yo la que mandé un mensaje para retrucar la invitación sin obtener ninguna respuesta, ni afirmativa ni negativa. Mi mente que hasta entonces había tratado de entender todo el comportamiento de Marcos Marquisi, desde el momento en que nos conocimos hasta la actualidad, se impacientó con la falta de consideración de por lo menos responder por sí o por no a la pregunta de si nos veríamos esa noche.
Martes por la noche, cuando después de bañarme estaba a punto de ponerme mi pijama para inmediatamente meterme en la cama, un mensaje de Marcos Marquisi apareció de la nada para arruinar mis aburridos planes. Minutos más tarde, me pasó a buscar y me pidió que lo acompañara al cumpleaños de su amigo que, casualmente, era el dueño del bar en el que Marcos Marquisi ya forma parte habitual de la decoración. Hasta allí fuimos y cuando entramos me di cuenta que se trataba de una especie de fiesta privada, donde todos –absolutamente todos- eran conocidos de Marcos Marquisi. Luego de desearle sus correspondientes felicidades al cumpleañero, nos sentamos en el extremo de una mesa y Marcos Marquisi me presentó a sus amigos, entre los que se encontraba aquel con el que había compartido un café en el centro. Éste les hizo un comentario a los demás sobre mi facilidad para encontrar temas de conversación –aunque en realidad creo que las palabras que usó él fueron algo más parecido a “esta es la chica que les conté que no para de hablar”- y después de comer pizzas y charlar con el resto de los comensales, Marcos Marquisi anunció nuestra retirada, y tras despedirnos de los presentes, nos fuimos a su quincho. Después de una ronda de besos, Marcos Marquisi, me preguntó si no quería dormir un rato. La respuesta elaborada por mi mente que decía “no gracias, mejor me voy a mi casa, porque en pocas horas me tengo que levantar para ir a trabajar” fue reprimida por mi filosofía de aprovechar el momento y no cuestionar y analizar tanto todo. Así que me acosté rodeada por los brazos de Marcos Marquisi, y aunque al principio mi mente se resistía a dormirse en la casa de aquel casi-desconocido, finalmente me dormí. Al menos de eso me di cuenta cuando el despertador de mi celular sonó y cortó el sueño en el que estaba sumergida. Marcos Marquisi se despertó también y cuando yo me estaba vistiendo en un costado de la cama, se acercó a mí y entonces se concretó mi “primera segunda tercera quién sabe que vez”. Marcos Marquisi me llevó hasta la radio y nos despedimos con nuestro habitual nos vemos.
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