Me gusta mi trabajo, pero ciertamente tiene algunas cosas desagradables. Tener que despedir gente es una de ellas. De manera que allí fui hasta el Correo Argentino que está sobre Intendente Campos, a una cuadra de la plaza principal del centro de San Martín, y saqué un numerito para que me atiendan. Me tocó el 38. Iba por el 23. Así que tenía un buen rato para esperar. Entonces la vi.
Estaba sentada en una silla, esperando su turno ella también, con una carta documento en la mano. Vestía un trajecito sastre negro con una blusa blanca, lo suficientemente escotada como para dejar apreciar su belleza pero no tanto como para ser provocativa. Era menuda, llevaba su cabello rubio atado en una colita y estaba maquillada con moderación. Completaban su atuendo unas medias de red, bastante sexies por cierto. Debo decir que a mis ojos resultaba hermosa.
Me senté en la silla vacía que había a su lado. Ella se veía de buen humor. Inmediatamente nos pusimos a hablar de cualquier cosa. El feeling fue automático. Enseguida nos reíamos juntos y nos contábamos de nuestra vida. Entonces llamó el 37 y ella tuvo que ir a la ventanilla donde la iban a atender. Luego me llamaron a mí. Nuestros trámites terminaron al mismo tiempo, de manera que le dije que tenía un rato libre para almorzar y me gustaría invitarla. Ella acepto de buen grado. Cruzamos la calle y nos fuimos al barcito que está justo enfrente del correo.
El almuerzo fue liviano, en realidad fue casi una excusa, solo queríamos la compañía del otro. Así fue durante la hora que estuvimos juntos, y durante todos los almuerzos que comenzamos a compartir a partir de entonces. Encontrarnos luego del mediodía se convirtió en una bella costumbre. Así me enteré que ella era divorciada, que tenía un hijo pequeño y que estaba un tanto desengañada de los hombres. Que tenía casi la misma edad que yo, que nos gustaba la misma música y que leíamos los mismos libros. Y en definitiva, que estábamos en momentos muy parecidos de nuestras vidas.
Nuestro primer encuentro íntimo llegó solo, sin buscarlo. Llevábamos un par de semanas viéndonos todos los días, y hasta entonces nuestra atracción había ido creciendo, pero el contexto en el que nos veíamos nos impedía siquiera llegar a nuestro primer beso. Entonces un viernes quedamos en volver a vernos a la noche. Hablamos primero de una película o un restaurant, pero finalmente la invité a cenar a mi casa. Tengo buen gusto, pero la cocina no es mi fuerte. De manera que el salmón rosado quedó por cuenta del delivery del restaurante de la avenida, el postre por cuenta de la heladería y por mi cuenta el vino, las velas y la música de Michael Buble. El clima romántico estuvo presente desde el comienzo. Respetamos la cena y el postre, pero apenas terminamos llegó nuestro primer beso, tan ansiado, tan postergado, y tan disfrutado. Ella se había vestido con un solero largo de color crema que pronto quedó tirado en el suelo. Poco a poco nos acercamos hasta mi habitación mientras mis prendas quedaban por el camino. Llegamos a la cama en ropa interior, y finalmente pude tener para mí la perfección de su cuerpo. Habíamos esperado por mucho tiempo este momento, y ahora no existía ninguna fuerza que nos apurara. De a poco fuimos conociendo nuestros cuerpos, los exploramos con cada uno de nuestros sentidos, aprendimos de memoria cada pliegue de nuestros cuerpos, el aroma de nuestras pieles, la textura de nuestros fluidos. Hicimos el amor con suavidad, con dulzura, con pasión y con salvajismo. Dormimos juntos esa noche. Y apenas fue la primera.
Hace ya varios años de esto que cuento. Hace menos que vivimos juntos. Hoy nos enteramos de que vamos a ser padres de un hijo de los dos.
Los cuentos no siempre terminan mal, ni tienen un final inesperado. A veces el final es solo el principio. Y cuando el principio es el amor, aunque con eso solo no baste, suele haber buenos cimientos para construir una historia.
Abro los ojos. Me duele un poco la cabeza, debe ser la resaca. Ya no estoy para estos trotes. Pero bueno, los muchachos querían despedirme. No podía ni quería negarme. Es muy rara esta sensación, saber que ya no voy a volver. No es poco dieciocho años laburando en el mismo lugar. Ver a las mismas personas, verlos crecer, irse, venir. Morir incluso, pobre Juancito. Pero bueno, era tiempo ya. Hoy empieza una nueva etapa.
A mi lado está ella. Sigue durmiendo. Cómo me gusta verla dormir, de mañana, sentir su calor a mi lado. Amo despertar y encontrarla. Sentir sus piernas enroscadas en las mías, su brazo que me cubre, su respiración sobre mí. Los años nos traen mañas, no hay dudas. Antes le hacía yo cucharita, ahora ella me hace a mí. Normalmente a esta hora me estaría levantando con cuidado para no despertarla, pero ya no más. Por ahora voy a disfrutar su calor, un buen rato más y por el resto de mis días.
Qué linda es. Pasa el tiempo y no dejo de pensarlo. Tal vez no sea ya el bombón que me deslumbró hace tanto tiempo, pero no deja de ser hermosa. ¿O serán mis ojos los que la ven así? Como sea, me encanta verla al despertarme. Más ahora. Volverán a partir de hoy los días de mates compartidos. Volverán los almuerzos juntos. Capaz que hasta me haga enganchar con sus novelas. Humm eso ya no me gustó tanto jajajaja! Pero en fin, después de tanto tiempo de rompernos el lomo los dos, creo que al final llegó nuestro merecido descanso. Dios mío, nunca lo hubiese imaginado cuando la conocí en Bamboche hace ya… ¿Cuánto? ¡38 años! Increíble… Más de la mitad de nuestras vidas, mucho más. Y con ella quiero terminarla.
Hora de levantarse. A preparar el mate. Para dos, como hacía mucho tiempo que no pasaba.
Cuando éramos más chicos, o más jóvenes, hicimos promesas de amistad eterna que creímos que serían respetadas por siempre, que nunca íbamos a dejar de tener cerca a nuestros amigos, los que nos dio la escuela, los que nos dio el barrio, pero por sobre todo los que nos dio la vida.
Esa misma vida que con el tiempo nos fue demostrando que no es bueno desafiarla, y que siempre y nunca son palabras demasiado grandes para usarlas a la ligera, y que los juramentos y promesas no pueden ser eternos, porque la eternidad es más de lo que uno podría asegurar que existe.
La vida, entonces, se encargó de dispersarnos, de ponernos distintos horizontes y marcarnos a cada uno un rumbo distinto, único, que a veces podía ser compartido por alguno de los viejos amigos, pero nunca por todos, porque es esa misma diversidad la que nos hizo estar juntos, y es ella la que nos separa.
Entonces alguno marchó hacia la facultad, otro se largó a laburar con o sin su título de técnico, otros no estudiaron nada y la pelean con la guitarra o la batería, otros cayeron y ya no están, y otros, algunos, los menos, nunca se fueron.
Pero no es un reproche, a nadie se puede culpar por seguir su camino, y si su camino se separa del mío, no le haría más que daño si le exijo que me acompañe.
Entonces, para todos aquellos que aunque de ser amigos hayan pasado a esa genérica y difusa categoría de “conocidos” nunca se olvidaron de todos aquellos viejos y buenos momentos que pasamos juntos, para aquellos que nunca serán “ex amigos” sino “viejos amigos”, para aquellos que dejaron su lugar a nuestro lado pero nunca el que tienen reservado en nuestro corazón, para los que fueron, para los que son, y para los que siempre respetarán esas viejas promesas aunque estén físicamente lejos y rara vez se crucen con nosotros.
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