Trilogía de Bloggers
Esto de tener un blog tiene sus pro y sus contras. Una de las cosas que más satisfacciones me ha dado ha sido la gente. He conocido muy buena gente en este lugar. Y gente de todo tipo.
Ella era de un tipo muy particular. Su llegada tardía no fue menos impactante. Decía ser una mujer de edad mediana inmersa en la movida swinger, y eso alborotó de inmediato los ratones de la comunidad blogger. Algunos textos míos con cierto matiz erótico llamaron su atención y no tardó en tomar contacto conmigo. De inmediato su intención fue tentarme, lo sé. Muy poco hubo de ese coqueteo previo lleno de preguntas de cuestionario y evasivas discretas. Su naturaleza era plenamente sexual y no lo ocultaba. Las charlas tranquilas de los dos primeros días fueron subiendo de temperatura y no tardamos en hablar de sexo en forma directa, e incluso masturbarnos uno a cada lado de la fibra óptica, y luego del celular. El encuentro fue propuesto por ella, pero a esa altura yo ya lo deseaba. Lo necesitaba.
Nos vimos en un parque, como aquella vez del encuentro de bloggers. Pero esta vez sólo éramos dos. Ella me había anticipado lo que iba a encontrar: una mujer en sus cuarentas, ni demasiado delgada ni demasiado hermosa, pero que si quería sabía hacerse desear. Era cierto. Posiblemente no me hubiera fijado en ella de haberla cruzado por la calle, pero en cuanto se me acercó sentí el poderoso influjo de sus feromonas actuando sobre mi sistema. Luego de hablar un rato de asuntos tal vez intrascendentes pero a una distancia de intenciones inocultables, ella me convidó un caramelo. Yo lo acepté y ella me lo dio en la boca. Empujándolo con su lengua.
No tardamos mucho en ir a parar a su departamento. Apenas minutos. Una vez allí ella no apuró las cosas. Dejó crecer el deseo, sirvió vino, comenzamos a hablar de otras cosas. En ningún momento ocultó su gusto por la pluralidad. En ningún momento negó la posibilidad del número dos, pero su preferencia por el más. Yo me preguntaba qué se traía entre manos. Empezó a hablarme de las demás bloggers, de cuales me atraían y cuales la atraían a ella. Se habló de aquella que no posteaba seguido pero hacía perfectas transcripciones de sus charlas por msn altamente encendidas. O de la otra que había borrado su blog pero había alcanzado temperaturas ardientes con sus relatos de conquistas y seducciones de oficina. O de aquella otra, la reina del cachondeo, la dueña de los ratones de la comunidad (nunca me gustó la palabra blogósfera). Su nombre de inmediato traía el deseo a la mente de cualquiera que la pensara. El dulce de su nombre era dulce de lujuria, no de contención. Hablando de ella recordé aquel post sobre placer oral que me inspiró para contarle como y de qué manera me comería el de ella, sin pensarlo, entregándome al deseo. La dama parecía gozar con eso, y me pregunta si me gustaría hacer un trío con ella y la Sweet. Yo sonrío, no contesto, pero tampoco niego. Ella me dice que la conoce, que son amigas, que quien sabe. Mis ratones vuelan. Comenzamos con un franeleo lento y desesperado. Ella contesta un mensaje inoportuno y luego continúa con sus manos el recorrido por mi cuerpo. Refriega su cuerpo contra el mío, siente la dureza de mi deseo, lo hace crecer. Nos entregamos a la danza frenética de los cuerpos y ella comienza a quitarme la ropa. Yo amago con quitar la de ella, pero me esquiva, se hace rogar, ni siquiera me deja besarla. Pronto estoy casi desnudo, y entonces me permite dejarla con su ropa interior al descubierto. Con suavidad me lleva hasta la pieza donde en una bandeja encuentro una botella de vino y tres copas.

Entonces fue cuando entró ella.
“Caín, te presento a Ale Sweet”, me dijo la Dama.
A partir de allí dominó el imperio de los sentidos. Entre la Dama y yo comenzamos a desvestir a la recién llegada. Ella lejos de su imagen de femme fatale parecía una jovencita virgen pero calentona y deseosa prestándose al juego entre nosotros. Mi virilidad ya estaba al palo, y pronto las dos se arrodillaron delante de mí y comenzaron a besarla, chuparla y lamerla con la maestría de dos expertas en el asunto. La imagen de las dos mujeres recorriéndome con sus lenguas era casi tan excitante como la sensación de su húmeda textura sobre mi pija. Entonces, casi tímidamente, la fui retirando y dejé a sus lenguas jugando la una con la otra, en una danza maravillosa que exacerbaba mi calentura hasta insospechados límites. Mientras ellas seguían yo me acomodé frente al sexo de Sweet y empecé a comerlo con la dedicación que había soñado, jugando con su clítoris, pasando la lengua por sus labios, hundiendo mi dedo en su ano con suavidad. Ellas seguían besándose, hasta que la Dama me comenzó a recorrer el pecho, morder suavemente mis tetillas, volverme loco mientras mi boca devoraba la intimidad de Sweet casi literalmente. Entonces con la boca me colocó un preservativo y la invitó a ella a cabalgarme. Sweet se acomodó sobre mi verga y pude deleitarme con el espectáculo de su placer sobre mí. Eso hasta que la Dama se acomodó sobre mi cara para que le diera placer a ella. Fue entonces cuando la vista le dejó lugar a los demás sentidos. Sentía profusamente la humedad del interior de Sweet moviéndose al vaivén, atrapando mi rigidez como carcelera, haciéndome delirar con su roce contra mi cuerpo. Escuchaba los gemidos de placer de las dos, su éxtasis, su placer de descubrimiento o docencia, y mi calentur
a crecía. Penetré con mis dedos el sexo y el ano de la Dama, ya a esa altura nada importaba. Probamos todo tipo de posiciones y combinaciones, y finalmente pude sentir las piernas de la Dama tensarse, el cuerpo de Sweet curvarse, y entonces sin culpas me permití expulsar mi placer en medio de un grito ensordecedor que pudo oír todo el edificio.
Fueron tres o cuatro horas sin pausa, en que nos dimos el gusto de explorar en profundidad el cuerpo de cada uno de ellas. Tuve momentos a solas con Ale y con la Dama, y ellas lo tuvieron para ellas, pero fue cuando actuábamos los tres juntos cuando el placer era más grande. Finalmente, con los cuerpos agotados, quedamos los tres en la cama mirándonos unos a otros.
Entonces comencé a tocarme.
Ale gozaba con el espectáculo, y sus dedos fueron a buscar su vagina aún jugosa. La Dama no tardó en acompañarnos. Los tres gozamos de nuestras respectivas pajas mirando a los otros, y pronto las ganas de jugar aparecieron de nuevo. Entonces luego de un buen rato de estimulación sentí que el clímax se acercaba de nuevo y se los hice saber. Ellas se me acercaron y me ofrecieron sus pechos y sus bocas y lenguas anhelantes de recibir lo que yo tenía para darles. Entonces las rocié con mi blanca palidez y los tres gozamos de un momento sublime, y un digno broche de oro para una tarde de domingo tan especial.
No fue éste un domingo cualquiera.
Prometimos jamás hablar con nadie de esto.
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