Posts etiquetados como ‘mujer’
29 Octubre 2008 | Por M. J. Howlin | Claves: atracción, bar, besos, cuento, hombre, levante, mesa, mujer, seducción | # Enlace permanente
La verdad que no lo puedo creer. Yo le presto mi buen nombre para comprarse una heladera y me llaman por gestión judicial. Es para matarlo. Encima tener que venirme en horario de oficina a este estudio de abogados del orto. Bueno, al menos la recepcionista está linda. Sí sí, bastante linda diría yo. Y simpática, no tiene la proverbial cara de orto que suelen tener en estos lugares. Es más, hasta diría que me sonrió. Le sonrío yo también entonces. Hay para un rato, me dice. Encima tengo que esperar, me cagüenlamadre. Bueno. Aprovechemos para hablar con ella ya que quedó sola.
-Me imagino que estarás acostumbrada a que estén con cara de traste todos por acá ¿no?
-Y, la verdad que sí, pero una no tiene la culpa…
-Y, no por supuesto. A veces incluso no la tiene nadie. –Mejor me cubro, a ver si se piensa que soy un tirado- Yo, de hecho, tuve la buena voluntad de sacar un crédito para mi cuñado, y mirá lo que me vino a pasar…
-¿Pero no te avisó que había dejado de pagar?
-No, él vive en Mendoza y creí que lo seguía haciendo… le habrá dado vergüenza, qué se yo…
Listo, primer contacto establecido, roto el hielo, ya tengo su nombre, edad, estado civil, situación familiar y una primera aproximación a sus gustos e intereses para cuando me llaman de la oficina. Luego del momento incómodo, el compromiso de pago y la puta bienvenida al Veraz finalmente quedo en libertad de partir. Pero no sin antes cruzar unas últimas palabras con la recepcionista.
-Bueno, entonces cualquier duda o inquietud llamo acá, ¿no?
-Sí, por supuesto.
-¿Llamo al número de línea o me das tu celular?
Ella sonríe, divertida.
-Al número de línea va a estar bien. –Hace una pausa- Total siempre lo atiendo yo.
Han cantado Bingo.
La llamé 48 horas después. Ni tan pronto como para parecer desesperado, ni tan tarde como para que me olvide. Le pregunté alguna boludez sobre lugares de pago y esas cosas y traté de asegurarme de que efectivamente me recordara. Una vez que estuve seguro la invité a tomar un café después de la oficina.
-Epa, ¿no estarás yendo muy rápido? –me dijo.
-Claro que no. Rápido sería pedirte matrimonio y hablarte de hijos. Y por ahora, sólo pretendo un café.
-¡Jajaja! Está bien, no creo que sea demasiado.
-Perfecto. Para encontrarnos en el café supongo que sí me vas a dar tu celular, ¿no?
Nos encontramos a
las seis y cuarto en el bar de la esquina de Florida y Bartolomé Mitre. El ventanal de la planta alta tiene una vista fantástica de Diagonal Norte hasta Plaza de Mayo, y es perfecto para un encuentro de este tipo. Llegué seis y diez, ella llegó puntual. No es difícil ser puntual a la salida del trabajo cuando se labura en el centro. El ritual del café es decididamente argentino, una vez un productor colombiano de café me decía que le parecía increíble lo arraigada que estaba entre nosotros la costumbre del café. Lo cierto es que a veces el café es meramente simbólico, y aprovechando el calorcito de octubre nos pedimos un Gancia para cada uno y una picada para los dos.
Bien, ya estábamos en el lugar. Había que romper el hielo nuevamente. Este momento es fundamental, porque depende de lo que uno diga o haga que se genere la confianza suficiente como para llegar a la intimidad. Y llegar a la intimidad es fundamental en cualquier caso, porque habiendo citado a una desconocida no alcanzarla es sinónimo de dar por terminado cualquier intento de nada. De manera que hay que ser cuidadoso para estas cosas. Empezamos hablando de manera casual del día de trabajo. Cansado, jueves, falta un día, rutina, quilombo, etc. De ahí uno se las arregla para enganchar la charla con temas más personales. Familia, vida cotidiana, costumbres. Hilando se llega al tema de relaciones sentimentales. Siempre hubo alguna experiencia ingrata que será la primera en surgir. Uno en estos momentos debe ser comprensivo. No “hacerse”, serlo. De otra manera no es posible alcanzar a la otra persona en su totalidad. Es un buen momento también para establecer contacto físico. Tomarle la mano. Las defensas emocionales están bajas, y será entendido como un gesto de acercamiento, que de hecho es. Empezamos por la mano, tímidas caricias con el dedo que de a poco se van soltando. Mientras escucho atentamente lo que tiene para decirme, le cuento de lo mío, le sonrío, todo sin dejar de mirar a sus ojos, bellos ojos por cierto. La charla se anima, hablamos de nuestros gustos, nuestros viajes, nuestras aventuras, y gesticulo al hablar, todo eso sin soltar su mano. Vuelve el tono intimista a la conversación y aprovecho para acariciar su rostro. Terso, cálido, hermoso.
Salimos del bar, ya está cayendo la noche, y nos vamos caminando para el lado de Puerto Madero. Mi mano sigue aferrada a la de ella. Sabemos que tal vez deberíamos separarnos, pero no queremos hacerlo. Nos apoyamos sobre la baranda y nos quedamos abrazados contemplando las mansas aguas del Dique 2. La llegada de los besos se da como algo natural. El viento que llega del río nos envuelve. Nosotros nos damos calor, pero sabemos que no alcanza.
Entonces decidimos ir a un lugar más abrigado, donde podamos desabrigarnos sin culpas.
Llego a casa de madrugada. Voy a dormir muy poco esta noche, pero siento que valió la pena. Antes de acostarme suena un mensaje en mi celular.
“La pasamos bárbaro esta noche… juntos. Espero que se repita pronto.”
Cierro los ojos. Una sonrisa ilumina mi rostro.
Otra cara del asunto en Muñeca Brava, blog de Betina Pascar
21 Octubre 2008 | Por M. J. Howlin | Claves: actor, ciego, cuento, femenino, fiesta, martin, mendigo, mujer, san, teatro, tren | # Enlace permanente
Tercer Acto:
El resto de la fiesta no tuvo ningún episodio más digno de mencionar. Me despedí de Jorgito, nos seguiremos hablando, me alegré mucho de verlo, pero la verdad que si no era por Carlos la fiesta hubiera sido un verdadero embole.
Llegué a casa a las cuatro y pico de la mañana. Sacarme los tacos resultó de un placer casi orgásmico. Hice pis, me cepillé los dientes, me cambié y me fui a acostar. Dormí hasta el mediodía y entonces me llamó Melina. Estuvimos hablando un buen rato, le conté de la fiesta, de Jorgito, del embole y por supuesto de Carlos. Me escuchó atentamente y me invitó a tomar mates a la casa. Quedé en que a las tres de la tarde andaba por allá.
No iba a tardar mucho en salir. Solamente tenía que bañarme, secarme el pelo, vestirme, peinarme, perfumarme, pintarme, hacer la cama, darle de comer al gato y asegurarme de tener todo encima. El problema es que Melina vive en San Miguel y yo en Villa del Parque. Y es un buen rato de viaje a bordo del Bendito Ferrocarril General San Martín. Qué lindo es aplastar el culo contra sus asientos de chapa. Qué feliz que te hace ver los carteles que dicen “No se suicide, provocará demoras en el servicio”. Realmente a veces pienso que soy muy amiga de Melina.

Pasa junto a mí la enorme locomotora diesel y me subo. Aprovecho para marcar el número de Carlos, pero está apagado, dormirá aún. No hay demasiados pasajeros a bordo, no es mucha gente la que viaja un domingo a la siesta. Enseguida empiezo a ver el desfile de vendedores ambulantes. El primero trae alfajores, bastante berretas, tres por dos pesos. La verdad una vergüenza lo que cuestan ahora, no hace tanto te vendían tres por un peso. El segundo trae cd’s. Dios mío, que cantidad de cosas que tiene ese hombre. Mp3 de lo que se te ocurra. ¿Frank Zappa dijo? ¿Jethro Tull? Hasta dan ganas de chusmearlo. Pero la verdad que hoy no tengo ganas. El tercero es de los que más odio. Un ciego que viene a pedir guita por el solo hecho de ser ciego. Ok, es una cagada lo que te pasó, pero tratá de hacer algo al menos. Los otros eran molestos, pero al menos te ofrecían algo a cambio. Éste viene a vender lástima. Encima de ciego dejado. Mirá el asco que es ese pelo. Debe estar lleno de piojos. Obviamente no se afeitó. La ropa no sé si estará sucia pero por lo menos está hecha mierda, yo ni en pedo saldría así a la calle. Encima esa pose, esa actitud lastimosa, ese ponerse en papel de víctima de la sociedad cuando él tampoco hace nada para ayudarse a sí mismo. Y hay que ver si es ciego. Los ciegos de verdad casi nunca usan lentes negros.
Además…
Yo a este lo vi antes.
El ciego llega hasta donde estoy yo, se me pone al lado y en un veloz pero sutil movimiento se levanta los lentes y me deja ver los verdes ojos de Carlos que me hacen un guiño.
Ahora entiendo la verdadera naturaleza de su personaje.
Ahora sé como se llama la obra.
(Dedicado a mi amigo Martín, en cuya casa fue desarrollado este cuento)
| Por M. J. Howlin | Claves: actor, ciego, cuento, femenino, fiesta, martin, mendigo, mujer, san, teatro, tren | # Enlace permanente
Segundo Acto:
El morocho se me acerca con dos tragos. Lo ví prepararlos. Algo liviano, Gancia con soda, limón y jugo de naranja. Bastante ubicado el tipo. Llega y me ofrece uno. -¿Te dejaron sola? ¿Te puedo acompañar? El gesto me encanta. Nos ponemos a hablar. Correcto, respetuoso, hablamos de todo tipo de temas de manera suelta y alegre. No me hace ninguna de las preguntas de cuestionario, recién a mitad de la charla me pregunta mi nombre y me dice que se llama Carlos. Conozco pocos Carlos, parecería un nombre súper común pero para mi generación ya estaba pasado de moda, así que son muy pocos los tipos de mas o menos mi edad que haya tratado que se llamaran Carlos. Hola, Carlos. Carlos es un poco más grande que yo, pero no demasiado. Se mantiene muy bien. Es morocho, ojos verdes, barbit
a de dos días, lindo y simpático, no vino a encararme para el levante sino que simplemente nos pusimos a charlar, empezamos hablando del tema de Soda que sonaba y de alguna manera ahora me cuenta que el Malbec y el Torrontés son los varietales emblemáticos de la vitivinicultura argentina, y con eso me mata. En algún momento surge la pregunta obvia. ¿A qué te dedicás? -Soy actor –me dice-. En este momento represento una obra en el San Martín. -¿Ah si? ¡Qué bueno! –le digo- ¿Y cómo es tu personaje? -Represento a un mendigo ciego. Tuve que estudiar movimientos y comportamiento, era muy importante para mí que mi personaje fuera verdaderamente creíble. Y creo que lo logré. -¡Wow, genial! ¿Y podés vivir de eso? ¿Te deja más o menos plata? -Te aseguro que te deja mejor plata de lo que te podés imaginar. En ese momento sonó un mensaje en su celular. -Estaría bárbaro ir a verte actuar –propuse. -Me encantaría, verdaderamente. Ahora me avisaron de algo medianamente urgente y me tengo que ir. Pero te dejo mi celu y si querés arreglamos, dale? -Dale. Te llamo, eh. Se fue. Una lástima. No le pregunté cómo se llama la obra.
(Continúa)
20 Octubre 2008 | Por M. J. Howlin | Claves: actor, ciego, cuento, femenino, fiesta, martin, mendigo, mujer, san, teatro, tren | # Enlace permanente
Primer Acto:
A Jorgito no lo veía hace años. Nos encontramos por pura casualidad en Facebook. Por suerte no me dio tiempo a hacerme ningún tipo de ilusiones, ya que no tardó más de quince minutos en confirmarme que era gay, pero seguía tan divino como siempre lo fue. En la secundaria siempre había sido el mejor amigo de todas las chicas, imagino que esto simplemente se veía venir. Pero bueno, estamos en el siglo XXI y toda mujer de mundo debe tener su amigo gay. Sea bienvenida entonces la aparición de Jorgito. Pero de ahí a ir a su cumpleaños, que se yo… No conozco a nadie. Esta bien que desde que corté con Sebas tengo menos vida social que una ostra, mal no me vendría salir un poco, cambiar de ambiente, a ver si conozco a alguien. No me vendría mal hacerme un nuevo grupo de amigos. Jorgito me dijo que no me va a dejar sola, que me va a acompañar en su cumple para que no me sienta aislada, pero no sé… no dudo de sus intenciones, pero cuando uno es el anfitrión tiene que andar de acá para allá, no puede estar toda la noche pendiente de una sola persona. Má sí, yo me tiro a la pileta, qué puede ser lo peor que me pase.
Que me quede sola en un rincón sin que nadie me de pelota, po
r supuesto. Jorgito cada tanto viene, me presenta gente, pero no hay caso, nadie me da bola más de dos minutos, este lugar está lleno de freaks. Yo soy el bicho raro acá. Mujer, argentina, 30 años, universitaria, empleada, soltera, vivo con mis padres. No, definitivamente esta gente no es capaz de comprenderme. Encima esta casa es tan grande… Dentro de todo le fue bien a Jorgito, parece. No tanto con el diseño de indumentaria sino con el chongo que se consiguió. Qué pedazo de casa, yo pensaba que de esto en Buenos Aires no había, solamente en Beverly Hills. En fin, ¿me parece a mí o el morocho que está al lado del bar me mira?
(Continua)

11 Octubre 2008 | Por M. J. Howlin | Claves: adios, amor, disfrute, fantasia, goce, ideal, juegos, mujer, placer, risas, sexo | # Enlace permanente
Entonces quedaron solos frente a frente en la habitación Nº 23 y comenzaron a besarse apasionadamente.
¿Cuanto hacía que comenzaron a hablarse? ¿Un mes? Al principio los unió la común defenestración de una tercera persona indeseable, pero a partir de allí empezaron a hacer buenas migas. Ella tenía su propio blog, él también. Ella un día amagó con cerrarlo, y él, simplemente, no se lo permitió. Así ella comenzó a fijarse en él.
Porque es justo decir que ella no era una chica como todas. A lo largo de su historia se había acostumbrado a tomar las riendas de su vida, y en muchos caso también de la de quienes la acompañaban. Su carácter, decisión e iniciativa le abrieron infinidad de puertas, y fue así que habiendo nacido en una humilde casa del conurbano había llegado a un importante puesto en el directorio de una multinacional a la edad en que muchas mujeres, y hombres también, simplemente ven transcurrir sus vidas esperando alguna oportunidad que les caiga del cielo.
Ella era ambiciosa, por supuesto, pero esa misma ambición muchas veces le hacía relegar su costado más femenino, envuelta en la vorágine de la toma de decisiones no sólo a nivel profesional sino también cotidiano, y fue así que a modo de cable a tierra decidió abrir ese blog donde se permitía, simplemente, ser mujer.
Un día ella se permitió desde allí mostrar algo de debilidad, y alegando cierto cansancio expresó sus deseos de cerrar su blog en un corto plazo. Él la leía desde poco tiempo antes, y al tomar nota de sus intenciones sintió que no podía dejar que ella las concretara, y fue así que lo hizo saber.

Ella no estaba acostumbrada a que le dieran órdenes ni le dijeran lo que tenía que hacer, y en la desfachatez de ese hombre que se atrevía a cometer semejante osadía encontró la motivación para continuar, y también encontró algo más. Pronto comenzó entre ellos un intercambio continuo de mails, que al poco tiempo se trasladó al msn y luego a los mensajes y las charlas vía celular. Empezaron tranquilos, de manera gentil y respetuosa, hasta que sus propias naturalezas los llevaron a charlas cada vez más encendidas. Entonces el encuentro se hizo cada vez más necesario.
Así llegaron a compartir un almuerzo, durante el cual el deseo que los unía se hizo presente con suma urgencia. Dos días después entraron a esa habitación 23 donde finalmente consumaron sus ganas. Allí se besaron por primera vez y rápidamente se despojaron de ropa e inhibiciones. Entonces comenzó el ritual de explorarse los cuerpos, conocer sus cavidades y protuberancias. Ella lo tendió en la cama, él se dejó hacer mientras ella devoraba su miembro largo rato con fruición mientras sus largos cabellos rubios ocultaban su rostro. Él la tomó y la poseyó con energía en la cama, contra el espejo, en el hidro, sobre ella, bajo ella, regodeándose con cada postura (adoraban las posturas), probando, descubriendo, dejándose llevar. Ella estaba acostumbrada al sexo en la cama, él le mostró que también es un lugar para la charla, las risas y la complicidad. Durante las cuatro horas que estuvieron juntos compartieron orgasmos y vino, vasos rotos y camas vibrantes, risas y confidencias, piel y carne. Cuatro veces alcanzaron el clímax de intensidad, y cuatro veces se miraron a los ojos después de acabar, los cuerpos transpirados, la respiración agitada, las feromonas que los envolvían entre deseo consumado y ganas renovadas. Hasta que finalmente sonó el teléfono maldito avisando que su turno había terminado.
Ellos se miraron, se rieron, se besaron y comenzaron a vestirse. Se besaron una vez más antes de salir y luego él la acompaño hasta una avenida a tomar un taxi.
Ella no se podía demorar más.
¿O qué excusa le iba a poner a su marido?
Boomp3.com
Ultimos Comentarios