6 Septiembre 2008 | Por M. J. Howlin | Claves: accion, capitulos, ciencia, cultura, fantasia, ficcion, filosofia, historia, informacion, literatura, magia, medios, novela, poder, prensa | # Enlace permanente
Punk:
Estado filosófico de insatisfacción generalizada
que provoca en las personas el deseo de caos
y anarquía por considerarlos preferibles
al orden establecido.
P.S.
Fernando aterrizó con cautela en una terraza del edificio Kavanagh. Los pisos altos de los rascacielos eran los lugares más seguros de la ciudad, ya que rara vez alguien se animaba a subir a pie por las escaleras, y los Uisal en general preferían alejarse de la antigua Capital de la República. “Así que esto era Buenos Aires” pensó. Había escuchado hablar mucho de ella, pero en sus treinta y cuatro años de vida era la primera vez que se decidía a entrar. Los demás hombres del grupo venían cada tanto, Axel, Gastón y Nicolás habían crecido acá, y Nacho iba donde iban ellos. Él era más huraño, y en realidad lo disfrutaba.
Su madre decía que se iba a quedar soltero (solterón era su palabra), pero él estaba bien así. Era el impar. Después de un par de años tratando de sacarse a Sofía de la cabeza, Axel había formado pareja con Cristina, quien también pudo dejar atrás su duelo por Armando. Nacho y Ceci tenían dos hijos, Butch, de diez años, y Darla, de siete. Gastón había encontrado su par en una chica de Villa General Belgrano. Nico y Sofi habían sido menos prolíficos, pero Ariel ya tenía catorce años, y hacía tiempo que era un miembro activo de la comunidad. De hecho, tenía la misma edad que su hermana cuando comenzó todo, pensó Fernando.
Durante algún tiempo anduvieron sin demasiado rumbo fijo, a través de las montañas y valles. No tardaron mucho en llegar a Córdoba, donde el clima era más benigno, y allí se quedaron un buen rato. A tres años del Apocalipsis encontraron una manada de pegasos asentada al pie de los cerros Las Gemelas, en Capilla del Monte, y apelando a sus viejas artes casi olvidadas lograron comunicarse y hacer amistad con ellos. A partir de entonces volaron juntos por toda América Latina, ganando amigos y enemigos. En las ciudades los recibían con hostilidad en la mayoría de los casos. Los urbanos sentían desconfianza hacia todo lo relacionado con la magia, que les había arrebatado su estándar de vida. Con la gente del campo solía haber mejor feeling.
Sombragrís y Fernando se convirtieron en compañeros inseparables. El animal nunca supo por qué había sido bautizado de esa manera, pero aceptó su amistad de manera incondicional. Ya habían pasado varios años desde entonces, y tanto uno como el otro comenzaban a sentir el rigor del tiempo. Sin hospitales, sin servicios, sin siquiera un almacén donde comprar el morfi la vida se hacía dura, y el cuerpo no llegaba a los treinta con la misma entereza que antaño. Fernando le dio una suave patada a Sombragrís y éste levantó vuelo. Pasaron por encima de ese montón de yuyos que era la Plaza San Martín y encararon con dirección al río.
A Fernando le gustaba sobrevolar el río. Nadie lo dijo de entrada, pero una vez liberados, el deseo de los siete antiguos Otaru fue el mismo: querían volver al prado, al río, a ese paraíso que habían conocido a través de una grieta hace tantas edades. Algunos sabían cómo encontrarlo, pero preferían no hacerlo. Lo habían visto un par de años atrás en un informe de CQC. Estaba a la altura de lo que fue Berazategui. En el lugar donde habían sido tan felices colocaron el desagüe maestro de las cloacas de Capital Federal y Gran Buenos Aires. Recién ahora, diecisiete años después, empezaba a irse un poco el olor a mierda. Habían comprendido hacía rato que ninguno lo disfrutaría en vida, y la vida ya no tenía repuesto. Pero cada tanto a Fernando le gustaba mirarlo desde las alturas.
Una hora después Fernando y Sombragrís llegaron junto a los demás en la casa que habían levantado al pie de las sierras de Tandil. Fernando se apeó y se reunió con su hermana y su cuñado. Darla se acercó corriendo y dio un fuerte abrazo a su tío. Eran una familia. Tal vez no la que creyó que podría tener cuando era niño, pero no había dudas de que eran una familia. Tomó aire y suspiró.
Habrán de imaginar que escribir esta novela me insumió tiempo y esfuerzo. Bebo reconocer que fue un laburo intenso, pero divertido y estimulante. Escribo desde hace más de veinte años, desde los primeros borradores que improvisaba cuando aún estaba en la primaria. Con el tiempo y las influencias recibidas (malas influencias muchas veces) fui puliendo mi estilo. Hoy con orgullo puedo decir que creo tener un estilo propio, y eso me gusta. Punk fue escrita entre 2005 y 2006, en estricto presente. Hasta entonces, si bien tenía una cierta obra, que vino a conformar el proyecto No Hemos Sido Presentados, la verdad era esa, no me había presentado a mis lectores y en consecuencia no me leía ni el loro. Cuando me enteré de la existencia de esta comunidad abrí este blog, al que le dí el nombre de mi nave insignia y bauticé posteando mi carta de presentación, el texto homónimo. Poco después sentí la necesidad de volver a escribir, y para mi nueva producción, abrí un segundo blog, bajo el nombre Life is a Piece of Sheet, juego de palabras que nació como nick de mi msn.
Entonces aparecieron ustedes. No los voy a nombrar, saben quienes son. En pocas palabras, me han hecho feliz. Gracias a ustedes empecé a sentir que mi creatividad tenía un receptáculo, y que lo que yo hacía servía para algo, o alguien. Ustedes me impulsaron a seguir escribiendo. Hasta hoy no más de cinco personas habían leído mi novela inédita. Espero no haberlos defraudado. Ustedes, por cierto, no me defraudaron a mí.
Millones de gracias. Por favor, háganle una última caricia a mi ego y dejen su comentario.
Caín
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El Despertar
Y la Magia despertó.
Al principio Gastón no entendió lo que veía. Todo parecía muy confuso. Entonces recordó aquel cuento de Borges que leyó cuando estaba en el secundario. Y comprendió qué era eso delante de él.
Estaba viendo el Aleph.
Los reflectores se habían apagado luego de la invocación de Nicolás, y el huevo de luz era lo único que iluminaba la escena. A través de él Gastón podía ver lo que pasaba en cada lugar en el mundo. No había electricidad en ninguna parte. Tanto las grandes ciudades como las zonas rurales de occidente estaban a oscuras. En Oriente, donde ya era de día, se podía ver con más claridad lo que pasaba, pero tampoco había energía eléctrica. Por todas partes comenzaron a abrirse algo que Gastón sólo podía definir como agujeros en la realidad. De ellos salieron, primero con cautela, luego con mayor fluidez, aquello que conocía como “seres maravillosos”. Con la boca abierta vio un unicornio surgir de la boca del subte A en Plaza de Mayo. Su piel era blanca y sedosa, y su cuerno emitía una potente luz que alumbraba la noche porteña mejor que lo hubieran hecho los faroles incandescentes. El espectáculo era un desafío a la cordura. Una familia de duendes cruzó un portal en Lima. Los hombres apenas llegaban a medir ochenta centímetros, mientras que las mujeres y los niños eran aún más pequeños. Todos llevaban largas barbas. En Madrid el museo del Prado se vio invadido por una bandada de pequeñas hadas. Su tamaño no era mayor al de una Barbie, tenían alas de libélula y una expresión perversa en sus rostros. En Frankfurt un grupo de hinchas que festejaban el empate entre Holanda y Argentina consideraron que se habían pasado de marihuana cuando una esfinge salió de la nada enfrente de ellos. Y en la Plaza Roja de Moscú una colonia de faunos atravesó un ojal hacia este lado, para estupor de los soldados. Cruzaban en grupos y con cautela, como un pueblo que hace largo tiempo fue desterrado y al volver a su país encuentra que ya no es el mismo.
Como no era lo mismo para los habitantes actuales de este mundo. En zonas rurales los campesinos quizá estaban mejor preparados para recibir a la magia, pero las ciudades eran caos. El corte masivo de luz paralizó todas las actividades habituales de la población. En las zonas más ricas la gente había quedado presa en cárceles de lujo cuando sus palacios de máxima seguridad con cerradura electrónica se convirtieron en jaulas herméticas de donde no podían salir. Lo mismo pasaba con los pisos más altos de los rascacielos. No funcionaban las computadoras, teléfonos, celulares ni autos, y mucho menos la radio o la televisión. La sociedad del siglo XXI descubrió la fragilidad de su bienestar. La anarquía reinaba: sin comunicación, los gobiernos no podían hacer nada por contener a las masas presas de la histeria, y las hasta entonces fuerzas del orden, justicia y seguridad, ahora eran un montón de individuos corriendo por las calles tratando de llegar a algún lado, viendo hasta dónde se extendía esta locura. Porque si tener la ciudad a oscuras ya era mucho, cruzarse con una manada de grifos en Cabildo y Juramento era demasiado.
Entonces Gastón reparó en una figura extraña sobre una imagen conocida. Las Torres Petronas de Kuala Lumpur. Él estuvo en la inauguración del ’98. Viajó a Malasia con Don Sergio, quien había tenido bastante que ver en su génesis. Ocho años después, una imagen amenazante se posó en la unión de los dos gigantes, a ciento cincuenta metros de altura, multiplicando el terror de quienes estaban adentro. Era de día, pero Gastón sólo se permitía ver una silueta negra semejante a un enorme murciélago, hasta que una lengua de fuego derrumbó su última defensa de sentido común. Era un dragón. De inmediato aparecieron otros, a lo largo de todo el mundo, siempre en lugares altos pero concurridos. La Torre Eiffel, el Empire State, la Torre Sears, pero más que nada las montañas. En las montañas los dragones se sentían a gusto y volaban en manadas, festejando el regreso a su viejo hogar. Por un momento Gastón volvió a la realidad y recordó que apenas unos kilómetros lo separaban de la Cordillera de Los Andes. Esto no duró mucho, ya que apenas unos minutos después, y a través del Aleph, vio caminar por la Quinta Avenida, en pleno centro de Manhattan, una figura luminosa que después de ver El Señor de los Anillos sólo podía identificar como un Balrog.
-¿Qué es esto? –reaccionó por fin-. ¿Qué hiciste, Nico? ¡Es el fin del mundo!
Hasta entonces los siete Otaru habían estado en trance, inmóviles y con los ojos abiertos fijos en el huevo de luz. Entonces Nico lanzó un grito desgarrador y de su cuerpo comenzó a desprenderse una figura de ectoplasma: una joven mujer negra de cabello largo, con la sabiduría dibujada en su rostro. Estaba desnuda, pero no era una belleza a los ojos del siglo XXI. Sus pechos estaban caídos, le faltaban dientes y exhibía por todas partes las huellas y cicatrices de una vida corta pero dura. Una vez que el fantasma terminó de salir, Nico dio un paso atrás, aturdido, y se desplomó en el suelo. Otras dos mujeres y cuatro hombres salieron del cuerpo de los demás. La joven que salió de Nico se volvió hacia Gastón.
-No es el fin del mundo –respondió Ocai-. Es una corrección, y las correcciones duelen. Hace mucho tiempo cometimos un error, y lo estamos reparando. Pero los errores son como las mentiras: si no las resolvés a tiempo crecen hasta que se escapan de tus manos. Cuando vimos a Abraxas matar a nuestro padre creímos que lo mejor sería alejar la Magia de su alcance. Por eso la Magia no se puede usar para el ataque: nosotros inhibimos esa posibilidad. Así como alejamos de este plano toda la Alta Magia y dejamos apenas los trucos más baratos para prestidigitadores.
-Pero subestimamos el potencial de Abraxas –intervino Origo, un joven musculoso con una gran cicatriz en su pecho-. Al quitar la Magia del medio, permitimos que él comenzara en su carrera por la tecnología. Al principio no nos dimos cuenta, y sólo quisimos separarnos y huir. Cuando comprendimos que todo se había salido de cauce era tarde. Habían pasado cuatrocientos ochenta siglos, y estábamos disgregados por el mundo.
-En aquellos tiempos los hombres éramos seres de la naturaleza –continuó Ocai-. Habíamos aprendido a manejar algunas cosas, teníamos un mínimo conocimiento de las posibilidades de la tecnología y de los misterios de la Magia, pero no éramos muy distintos a los gorilas, los mamuts o los delfines. Cazábamos unas especies para vivir, y otras nos cazaban a nosotros. Estábamos en armonía con el ecosistema.
-Éramos niños –intervino Odil, un muchacho fuerte y robusto, más pequeño que Origo pero con firme decisión en su rostro-. Niños egoístas que descubrieron un juguete maravilloso, y cuando lo vieron en peligro se lo llevaron para que nadie más lo usara. Nos equivocamos. La Magia moldeó al mundo con sabiduría durante millones de años, y no necesitaba de nuestra intervención para defenderse. Lo que logramos fue allanarle el camino a Abraxas para que él construyera su civilización. La única que planteó nuestro error fue Orana, y no le hicimos caso. Cuando los primeros imperios basados en el sometimiento de los débiles comenzaron a forjarse ya estábamos demasiado separados.
Gastón se quedó mudo por un momento. Trataba de situarse en contexto. Mientras miraba el fin de la civilización a través de un huevo de luz, siete figuras fantasmales contaban una versión que implicaría la revisión total de la historia conocida. Mientras tanto los cuerpos que los habían albergado permanecían en el suelo. No estaban inconscientes: estaban llorando. Luego de cincuenta mil años de acumular emociones habían terminado con su tarea, y ahora se descargaban llorando como chicos. Todos, incluso O’Malley, estaban tirados en el suelo, la mayoría en posición fetal, dejando escapar a moco tendido un llanto guardado por milenios.
-¿Pero qué es lo malo de la civilización? –preguntó Gastón- Nosotros también estamos en armonía.
-Sabés que no es así, Gastón –respondió Ocai-. Durante mucho tiempo el sometimiento de los humanos se limitó a los de su propia especie, salvo tal vez por las que usaban como ganado, pero en los últimos tiempos, a partir de la era industrial, los hombres comenzaron a afectar el planeta. Contaminación de ríos y mares, capa de ozono, efecto invernadero, extinción de animales y vegetales, no hace falta que siga enumerando. El hombre desbalanceó el equilibrio, se convirtió en una plaga peligrosa. Ahora tendrá que volver a la naturaleza o desaparecer.
-La clave está en la electricidad –dijo Odil-. Cuando empezaron a usar la electricidad como fuente de energía, comprendimos que era una forma menor y algo corrupta de magia. Lo confirmamos al comprobar que tenían que cortar la luz para que funcionen los detectores. Ahora, al liberar la Magia, absorbió toda forma de electricidad. Y no funcionan baterías, generadores ni grupos electrógenos. La civilización se volvió demasiado dependiente de los electrónicos, hasta un punto en que sin electricidad no se puede hacer nada. Los pocos artesanos que existen no alcanzan para reemplazar todo lo que los operadores, técnicos, ingenieros y científicos no saben hacer sin una miserable pila AA. Ahora los que quieran seguir viviendo van a tener que aprender a hacerlo de la manera difícil, como era antes. Creo que un pequeño porcentaje lo logrará. Y serán los que ya estén acostumbrados a la supervivencia, no los que viven en el lujo. ¿Vos dónde estás, Gastón?
-¿A qué te referís? –preguntó Gastón con desconfianza.
-Fuiste testigo privilegiado de un hecho único –contestó Ocai-. Hoy sos Abraxas, y nunca pensamos que un representante del enemigo iba a estar presente cuando esto sucediera.
-Tuviste la amistad de Nico y te ganaste el respeto de Axel –dijo Odil-. Es por eso que hoy ves esto con vida y en libertad. La pregunta es, ¿qué vas a hacer ahora? Todo lo que representaba tu standard de vida desapareció. De hecho, estás perdido en el medio de un bosque. ¿Qué vas a hacer?
-Nuestra tarea al fin terminó –dijo Origo-. Ahora vas a quedar solo con tus amigos y tus enemigos. Decidí vos quiénes son unos y quiénes los otros.
Luego de esto las figuras comenzaron a volverse más transparentes y el viento de invierno en aquel bosque de la Patagonia se los llevó como se hubiera llevado un buen puñado de cenizas. El huevo de luz se redujo hasta desaparecer y al final Gastón quedó a oscuras junto a los siete guerreros que ahora lloraban en el suelo. Enganchado en la presilla del cinturón de O’Malley colgaba un llavero. Gastón lo tomó y se dirigió al margen del claro donde estaban esposados sus hombres. Uno a uno los liberó y tiró las esposas.
-¿Qué pasó, jefe? ¿Ganamos?
En otra situación Gastón Rivera hubiese disfrutado cagar bien a pedos a esa manga de inútiles. Esta vez no.
-No, Beltrán, no ganamos. Cinco kilómetros para allá está Trevelin. Vayan con cuidado y no vuelvan más. El mundo ya no es el mismo.
Un rugido estremecedor llegó desde la montaña. La descomunal silueta de un dragón pasó por delante de la luna. Para evitar malentendidos, una lengua de fuego salió de su boca. Beltrán miró a Gastón con cara de no comprender. Gastón le respondió con cara de póker. El instinto de supervivencia fue más fuerte y Beltrán y los demás soldados huyeron en medio de la espesura.
Gastón volvió al círculo en el centro del claro. El llanto amainaba. Vio a Cecilia tendida en el piso, tomando sus rodillas con los brazos, y la quiso ayudar a levantarse. Sintió la fuerte mano de Ignacio que apretaba su bíceps. La cubrió con la suya, con intención tranquilizadora, y trató de que él también se pusiera de pie. Luego los acompañó al motorhome donde estaban las camas, y en silencio los ayudó a acostarse. Sería una noche muy larga. Volvió e hizo lo mismo con Cristina y Fernando. Para el tercer viaje lo esperaba Nicolás. Gastón se sentó a su lado y sacó una petaca del bolsillo de la parka. Tomó un trago y se la ofreció a Nico. Él empinó y suspiró.
-¡Rata inmunda, me diste querosene!
-Es Johny Walker. No le podés decir querosene al Johny Walker.
-Si por lo menos fuera un Caballito Blanco…
-No te puedo creer. Estamos solos en el medio de la nada y te me ponés exigente.
-Yo soy exigente, flaco, esté donde esté.
Nico se había puesto la parka a las apuradas cuando lo sacaron del motorhome, y todavía la tenía abierta. Buscó en el bolsillo interior y sacó un paquete de Camel. Dentro del paquete había un pequeño encendedor. Lo accionó y no pasó nada.
-Puta madre –dijo-. Es de chispa eléctrica. Lo único que falta es que me quede sin fumar.
Gastón sacó el suyo y le convidó fuego.
-Es un Zippo original. Mientras tenga bencina, tenemos fuego.
Nico lo miró y no aceptó. Llevó las manos al cigarrillo como para protegerlo del viento y entre sus dedos surgió una llama.
-Quedate tranquilo que fuego no va a faltar. ¿Un pucho?
Gastón tomó un Camel y lo prendió con su Zippo.
5 Septiembre 2008 | Por M. J. Howlin | Claves: accion, capitulos, ciencia, cultura, fantasia, ficcion, filosofia, historia, informacion, literatura, magia, medios, novela, poder, prensa | # Enlace permanente
El Crimen
De a poco Abraxas llegó a ser el miembro del Clan con mayor influencia sobre sus pares. Esta posición de poder a veces era amenazada por la presencia de Otaru, pero incluso esto no era algo que le quitara el sueño. Bien sabían todos que Otaru estaba loco, y prueba de ello eran sus largas ausencias, y las de sus hijos. Es cierto que al regreso de estas ausencias los Otaru solían traer víveres para todos que duraban varios días, pero eso no importaba demasiado. Abraxas era el mejor cazador del Clan, y él y sus hermanos abastecían no sólo a su familia, sino a todas, durante todo el año. Era indispensable, y eso le autorizaba a dar órdenes. Sin embargo Abraxas sabía qué buscaba Otaru en sus partidas, y tenía claro que debía conseguirlo primero.
Fuego.
El fuego era calor, vida y sustento. El fuego mejoraba el sabor de la carne y ahuyentaba el frío. Quien fuese capaz de obtener fuego por sus propios medios ya no tendría oposición, y gobernaría por derecho entre los demás. Desde que se enteró de la búsqueda de Otaru en pos del fuego él y sus hermanos iniciaron la suya propia. Siete inviernos intentaron sin resultados, hasta que el azar les dio la clave. Durante la cacería de un mamut la bestia empujó rocas sueltas que cayeron por un despeñadero. Con el rabillo del ojo Abraxas alcanzó a ver cómo al golpear la roca contra el paredón saltó una chispa, como esa chispa alcanzó una planta seca y cómo la planta se envolvió en llamas. A partir de entonces las cosas se desarrollaron con velocidad. En menos de una luna Abraxas había logrado producir fuego.
Entonces volvió Otaru.
Promediaba el otoño. Abraxas estaba en el centro del Clan, mostrando su hallazgo. Tenía dos piedras en las manos, y había juntado un montón de hojas secas en el suelo. Luego de varios minutos de expectativa en los que nada había pasado, una chispa brotó de las piedras y encendió las hojas. Tal vez lo hubiese conseguido antes, pero la presencia repentina de Otaru lo turbó y le hizo perder concentración. Luego de realizar la hoguera cada cabeza de familia del Clan lo felicitó con efusividad. Otaru fue uno de ellos.
-Sin embargo –dijo Otaru a Abraxas-, mis hijos y yo encontramos algo que lo podría hacer aún más fácil.
Los hijos de Otaru juntaron ramas secas y las amontonaron cerca de la hoguera de Abraxas. Otaru juntó las manos y despacio fue separando las palmas. En el hueco se formó una bola de fuego, y cuando por fin Otaru abrió las manos de golpe, la bola se dirigió hacia las ramas y creó una hoguera mayor y más duradera. Algunos miembros del Clan lo felicitaron también, pero otros lo miraron con recelo y se colocaron junto a Abraxas.
A partir de entonces el rencor de Abraxas hacia Otaru no hizo más que crecer. Abraxas, que ya conocía la ambición, los celos y el ansia de poder, descubrió entonces el odio, y durante varias semanas lo alimentó con cuidado. El Clan se dividió en dos facciones, que apoyaban a uno o a otro. Abraxas aprovechó para preparar su complot.
El crimen se llevó a cabo el último día del otoño. Al comienzo de las actividades de la mañana, Abraxas y sus hermanos irrumpieron en medio de los demás con la cara untada en sangre de tigre, y la piel del tigre, aún caliente, adornando la espalda y la cabeza de su líder. Sin que medie palabra, se echaron sobre Otaru y lo sostuvieron entre cuatro. Él no llegó a replicar cuando Abraxas ya había cortado su garganta con el cuchillo de piedra. La sangre salpicó en todas direcciones, manchando al asesino y a sus cómplices. El cuerpo de Otaru cayó al piso. Abraxas lo pateó, se paró sobre él y dio comienzo a su discurso.
-¡Yo soy Abraxas! ¡Soy el fuego que ilumina y alimenta, pero también el que quema y mata! Durante generaciones mi familia procuró el sustento del Clan. Es mucho lo que nos deben, y el precio es la obediencia. Este hombre no aceptó el precio y pagó con su vida. La misma suerte correrá todo aquel que lo imite. ¡Yo soy Abraxas! ¡Esta es mi verdad, y este mi legado!
Abraxas saltó del cadáver de Otaru, se inclinó sobre él y se empapó la mano con la sangre de su enemigo. Entonces se acercó a una pared de roca y con su dedo dibujó un símbolo.
-¡Éste es Abraxas! –dijo mientras trazaba un círculo-. ¡Y éste es su brazo que todo lo abarca, todo lo posee y todo lo protege! Quien quiera salir del brazo de Abraxas, dese por muerto.
Desde una tercera fila, los hijos de Otaru comprendieron que tenían que hacer algo sin perder tiempo.
La Conferencia fue en un claro del bosque cercano. Se realizó después de la medianoche, y los siete concurrieron con sus familias. Tal vez no regresarían al Clan. Lo primero fue un homenaje al padre muerto. No hubo lágrimas: comprendían la muerte como parte del ciclo de la vida y la aceptaban sin egoísmo, si bien el homicidio los había tomado por sorpresa. Tampoco hubo deseo de venganza: devolver el golpe llevaría a una guerra, y no era lo que querían. Sólo pusieron siete piedras en el suelo, y prometieron andar por donde hubiese dejado su huella el padre.
Luego fue tiempo de tomar una decisión. Ocai, que ya era una hermosa mujer, esposa y madre, tomó la palabra.
-Abraxas tuvo celos del poder de nuestro padre y por eso acabó con su vida. Ahora querrá conocer la fuente del poder.
-Si lo consigue –dijo Origo, un fuerte y apuesto joven de veintidós inviernos- todo lo que vemos y utilizamos corre peligro. Si por la fuerza de su mano logró someter al Clan, con la fuerza de la Magia nadie sabe qué podría hacer.
-Por eso hay que quitar la Magia de su alcance. Hay que ocultarla, y alejarla de su influencia todo lo que podamos.
-¿Pero cómo? –preguntó Odil- ¿Por qué mejor no usarla en su contra?
-Porque nos volveríamos lo que él es –contestó Origo.
-Padre y yo estuvimos practicando algo para un caso como este –retomó Ocai-. Era casi un juego, nunca creí que fuese a hacer falta, pero ahora no veo alternativa.
Hubo un momento de silencio en que todos mantuvieron la mirada clavada en Ocai. Ella continuó.
-Hay una forma de esconder la Magia. Debemos concentrar toda la fuerza en el interior de nosotros mismos, y así crearemos un Ojal sin salida donde la magia quede escondida hasta su liberación. Ésta llegara cuando nosotros siete volvamos a estar juntos, aquí o en cualquier lugar, y nos reunamos en la misma posición para deshacer lo hecho. Mientras tanto estaremos separados, y la mayor parte de la Magia dormirá hasta que la llamemos.
4 Septiembre 2008 | Por M. J. Howlin | Claves: accion, capitulos, ciencia, cultura, fantasia, ficcion, filosofia, historia, informacion, literatura, magia, medios, novela, poder, prensa | # Enlace permanente
La Caída
La figura del Ser-Ocai resplandecía en el claro del bosque. Don Sergio llevaba por sobre su ropa el traje de ceremonia de la Orden. La túnica blanca de grueso algodón lo protegía del frío patagónico y brillaba al sol junto a su plateado cabello, mientras el medallón dorado destacaba su imagen en el centro del pecho. No llevaba la máscara: ya no volvería a hacerle falta. Los días del secreto de Abraxas habían terminado; los del gobierno de Abraxas estaban por comenzar. La Cosa Sin Nombre, buscada sin descanso a lo largo de los siglos, había llegado a sus manos. Al final, Gastón resultó útil.
-Gracias, Gastón, yo me hago cargo –dijo Don Sergio con autoridad en su tono.
-Pero, Don Sergio… -intentó hablar él- Usted había dicho que…
-Sé bien lo que dije y sé que tengo la potestad de cambiar de opinión o incluso mentir si quiero conseguir algo. Soy el Ser-Ocai y no tengo que dar explicaciones. Ahora quiero un informe de la situación. Te escucho.
Gastón estaba alterado y se le notaba. La gloria por el triunfo, suya sin discusión minutos atrás, estaba a punto de serle arrebatada. Todo el discurso paternal de Don Sergio en Buenos Aires era puro teatro, ahora estaba claro, y él se iba a joder por haber confiado. Con los músculos de la cara tensos y un leve temblequeo en la voz, Gastón comenzó a hablar.
-Tenemos los cuatro fragmentos de la Cosa Sin Nombre, a los portadores y a los guardianes. Tres de ellos cayeron anoche, en una emboscada que les tendimos en la ruta. Un portador murió, un guardián está herido y permanece inconsciente y el otro, el Ocai, salió ileso. Los demás cayeron hace un instante cuando vinieron a rescatarlos. En el camino provocaron varias bajas entre nuestros soldados, pero al entrar al perímetro del acantonamiento los sorprendimos con un contractor muscular. Igual que me sorprendió usted a mí, Don Sergio.
-¿Verdad que sí? Llevame con el herido.
Cuando Ariel abrió los ojos lo primero que vio fue un resplandor rojizo que lo encandilaba. Tardó unos segundos en comprender que era la cabeza de un pelirrojo contra la ventana. Por sobre la mata de pelo el sol le quemaba los ojos. Pero cuando trató de mover la mano derecha para cubrirse un dolor punzante lo inundó desde el codo hasta los riñones.
-Yo que vos no me movería mucho –dijo el pelirrojo-. Te fracturaste el hombro y unos cuantos huesos más. Dejé la ventana abierta a ver si el sol te hacía reaccionar, y por lo visto funcionó. Ahora corro la cortina.
2 Septiembre 2008 | Por M. J. Howlin | Claves: accion, capitulos, ciencia, cultura, fantasia, ficcion, filosofia, historia, informacion, literatura, magia, medios, novela, poder, prensa | # Enlace permanente
El Descubrimiento
La nieve caía sin pausa sobre el Valle. Siempre había sido así, y eran raros los días en que no nevaba. Debían moverse mucho para conseguir alimento, pero tenían la suerte de habitar una región rica en caza y pesca, donde podían dejar a las mujeres en lugar seguro mientras los hombres buscaban comida. Aunque claro, lo de lugar seguro era siempre más una expresión de deseo que otra cosa. La vida tenía sus reglas, a veces se era depredador y a veces presa.
Otaru descendió por la Cuesta del Alce de la misma manera en que lo había hecho siete noches atrás. Muchos en el Clan lo consideraban loco, pero incluso aquellos admitían que su locura era bastante útil. En la última tormenta había sido él y no otro quien se acercó al Viejo Sauce a riesgo de su vida para llevarle fuego a la comunidad. Un rayo lo había alcanzado y ahora el árbol que durante tantos inviernos había servido como punto de referencia se consumía entre las llamas. No era la primera vez que sucedía. Odera, su mujer, había muerto hacía dos años cuando un relámpago cayó sobre otro sauce, aquel donde se refugiaban ella y sus dos hijos menores, junto con otras mujeres y niños. Otaru comprendió que el incendio no era casual. Algo había desatado el fuego, algo que había decidido la suerte del Sauce, y ese algo estaba allí, al alcance de su propia mano. Con temeridad Otaru corrió hacia los restos y tomó una rama, que calentó y brindó protección a los suyos. Pero para Otaru ese no era el final del incidente. Convencido de la existencia de una fuerza extraordinaria que había establecido el comienzo y el final del Viejo Sauce, Otaru inició su peregrinaje. Cuarenta y tres noches pasó lejos de los suyos, y luego volvió, más delgado, pero sano, ileso y con buen color. Otaru nunca volvió a buscar mujer, pero sus siete hijos vivos eran grandes y fuertes, y decidió que lo acompañaran hacia el sitio del descubrimiento. Dos veces vieron nacer el sol mientras andaban, y dos veces la luna, hasta que la Cuesta del Alce se presentó ante ellos.
Ocai, la primogénita, caminaba al lado de su padre. Había vivido dieciséis inviernos, y aunque varios pretendientes deseaban poseerla, ella aún no se había entregado a ninguno. Tenía un carácter fuerte y aguerrido, y sabía defenderse. Esta vez vio la grieta incluso antes que Otaru. La fuerza que salía de allí era intensa y penetrante como una deliciosa ráfaga de aire caliente, algo que Ocai jamás había sentido. Apenas había lugar para que pasara uno a la vez y de perfil, pero lo que había adentro los estaba llamando, y ellos no se podían negar. Otaru, quien ya conocía el camino, pasó primero. Detrás fue Ocai, y a su turno entraron Origo, Odil, Orson, Orgal, Orsis y Orana. Por dentro era una cueva como cualquier otra, pero no: tenía algo más. Un levísimo resplandor iluminaba el interior de la caverna, y los guiaba por entre pasillos hacía la fuente de todo aquel poder. Ninguno de ellos veía nada, pero lo sentían, sí, lo sentían. Así anduvieron cuatrocientos pasos, hasta que llegaron a una pared en cuya base había un agujero de no más de dos brazos de alto por uno de ancho. Por detrás la oscuridad era absoluta, como si algo en su interior se tragara la luz, pero a la vez parecía ser la fuente del resplandor. Entraron.
Delante de ellos se abría un prado enorme. El agujero por el que pasaron se había convertido a sus espaldas en un monolito de ébano. El negro era absoluto sobre su superficie, ningún brillo lo iluminaba, pero sólo Orana, que lo atravesó último, pareció darse cuenta. Los otros quedaron embelesados con el espectáculo que se abría ante sus ojos. El cielo estaba despejado, y el pasto, verde intenso, crecía libre sobre la llanura. Por todos lados se veían extraños animales conviviendo en paz. Había grandes pájaros pardos de largo cuello y ridículas alitas, mamíferos parecidos a las cebras pero sin rayas y con un cuerno en medio de la frente, y otros inconcebibles, con un caparazón como las tortugas, pero gigantescos y llenos de pelo. El clima era cálido, agradable, las pieles que los cubrían pronto les comenzaron a pesar. A doscientos pasos se alzaba una arboleda, y desde allí se escuchaba el murmullo del agua. Caminaron, esperando encontrarse con un arroyo o un río. Los árboles eran frutales, y Orson se rezagó para tomar una fruta roja del suelo. Al probarla, sintió el sabor más delicioso que jamás había conocido. Pero la noticia del descubrimiento tuvo que esperar. Buscó a los demás y los encontró con la boca abierta. Delante de ellos se extendía el río, o quizás el lago, más grande e impresionante con el que se toparon en toda su vida. Las aguas de color marrón claro nacían en la orilla, por supuesto, pero no había otra orilla a la que cruzar. Hasta donde daba la vista había agua, y nada más. Agua clara, limpia, con olor a peces frescos, a salud y a riqueza. Otaru se adelantó, se inclinó y bebió del agua. En seguida se echó a reír, y alentó a sus hijos para que lo acompañaran. En minutos estaban todos jugando y bañándose en el río, el lago o lo que fuera el lugar donde estaban.
Nunca todos al mismo tiempo, nunca por más de un ciclo de la luna, y sin revelar a nadie del clan qué hacían o a dónde iban, durante siete inviernos los ocho Otaru volvieron una y otra vez a la grieta, al pasaje, al prado y al río. Volvían porque querían conocer los secretos de la Magia que allí vivía, y que con constancia y disciplina podían llegar a dominar. Volvían porque la comida solía faltar al clan, y en el prado y el río conseguían bastante como para alimentar a sus familias por varias semanas. Pero ante todo volvían por placer, porque les gustaba estar allí, quitarse las pieles, bañarse en el río, correr por la llanura. Y les gustaba trabajar. Cuando decidieron intentar el aprendizaje de la Magia temieron no saber por donde empezar. Sin embargo, tan fuerte era su presencia en el campo, que el aprendizaje se fue dando solo, con mucha dedicación pero casi sin esfuerzo. No tardaron en alcanzar algunos logros rudimentarios. Al poco tiempo ya eran capaces de hacer un pliegue en el espacio, y un ojal para atravesarlo. Días, lunas, inviernos después, controlaban la telekinesis, se comunicaban con los animales y por fin, luego de tantos intentos fallidos, consiguieron dominar el fuego.
Entonces decidieron dar a conocer a la tribu el resultado de su trabajo.
1 Septiembre 2008 | Por M. J. Howlin | Claves: accion, capitulos, ciencia, cultura, fantasia, ficcion, filosofia, historia, informacion, literatura, magia, medios, novela, poder, prensa | # Enlace permanente
Cecilia estaba arrodillada en un pequeño claro unos cinco metros adelante. Su mochila yacía delante de ella. Lloraba desconsolada con su cara detrás de sus manos. Ignacio iba a acercarse, pero decidió esperar y se agazapó detrás de un árbol. Entonces vio al soldado que se acercaba a ella con la pistola en alto dirigida a su cabeza. Sin hacer ruido Ignacio aprestó su fusil. El soldado le ordenó ponerse de pie, pero ella siguió llorando como si no lo hubiese escuchado. El soldado amenazó con disparar si no obedecía. Nacho sabía que era un bluff: no iba a revelar su posición por un asunto manejable como una niña llorando. De a poco el soldado se fue acercando. En menos de un segundo Cecilia saltó hacia delante, lo desarmó, lo tiró al suelo y estrelló su nuca contra una raíz de alerce. Luego giró su cabeza hacia Ignacio y dijo, con toda naturalidad:
-¿Y a vos cómo te fue?
-Recién me encargué de una patrulla que venia por aquel lado –señaló en esa dirección-. No bajes la guardia que vienen por parejas.
-Ya sé –contestó ella-, al compañero de éste lo liquidé hace un par de minutos. Ya bajé a los cuatro que me correspondían, pero todavía hay que seguir buscando. Mamá debe haber entrado al perímetro, pero Sofía recién lo estará haciendo ahora, y Fernando todavía debe estar rodeando el cerco. Hay que darles tiempo y distraerlos todo lo que podamos. El cuartel de Abraxas está al noroeste de nuestra posición, unos doscientos metros. Tendríamos que avanzar hacia el noreste, así nos sacamos unos cuantos de encima y les aliviamos el trabajo a los demás. Atacar nosotros solos el cuartel sería suicidio.
Nacho la miró. En esa joven decidida costaba reconocer a la adolescente llorona de un momento atrás. Sobre ella brillaba el aura marrón de Orgal, y eso explicaba su actitud. Cecilia comenzó a desvestirse.
-Sacale la ropa –dijo-. Antes no me cambié porque con este cuerpo nadie me iba a creer un soldado, pero éste es más petiso. Juntos vamos a parecer una patrulla.
El que miró los pequeños pechos de la adolescente no fue Orsis, claro, sino Ignacio. Pero lo que más lo atraía no era la desnudez de la niña, que ya se volvía a ocultar bajo el negro uniforme del soldado, sino la firme actitud que demostraba. Cecilia acababa de perder a su padre y a todo aquello que conformaba su vida, y aún así había logrado acallar sus emociones y poner en la misión su prioridad. No actuaba como alguien sometido a un shock emocional, y aunque la influencia de Orgal era clave, Nacho no podía creer que fuera suficiente. El esfuerzo era todo de ella, y él así lo valoraba.
De modo que reanudaron su camino, esta vez con rumbo Noreste. Pronto se encontrarían con Cristina, pero antes los esperaba otra patrulla. No los tomaron por sorpresa: a través de sendos auriculares podían monitorear muy bien las comunicaciones de Abraxas. Ceci preguntó si llevándolos no revelarían su posición, pero Nacho le dijo que no creía que su posición fuera un secreto. Ceci asintió y entonces vieron a las dos figuras de negro que se acercaban. Aún no habían sido descubiertos: mantuvieron su posición y se quedaron inmóviles mientras los otros se ponían a distancia de contacto. El ataque fue rápido e higiénico, Ceci se encargó del de la derecha mientras Nacho le quebraba el cuello al que venía por la izquierda. Una vez superado el conflicto de apagar una vida, tenía una sensación extraña y hasta placentera el forzar el cuello de un soldado y sentir el ruido seco de las vértebras separándose. Era el recuerdo del depredador, que había sobrevivido hasta Orsis, y en Orsis hasta él. El acecho de la presa, la estrategia para atraparla, el imperceptible aroma de la muerte cuando entra en el cuerpo, expulsando a la vida y reclamando su propiedad como alimento para los siguientes escalones de la naturaleza. Nacho se preguntó en qué se estaba convirtiendo. La respuesta llegó casi como una obviedad: se estaba convirtiendo en lo que era, lo que siempre había sido, a menos hasta la que ola civilizadora aplacó sus instintos y puesto a dormir a la fiera que vivía dentro suyo. Ahora Orsis estaba despierto, al igual que los demás hijos de Otaru, y la batalla para la que se prepararon durante quinientos siglos ya se estaba librando. El encuentro con Cristina lo sacó de sus meditaciones, y su parte civilizada se obligó a ocultar delante de la madre la atracción que comenzaba a sentir por la hija. Cristina informó que ya se había encargado de otra patrulla, con lo que el conteo de enemigos caídos ascendía a diez. Todo resultaba demasiado fácil: era natural que sintieran aprehensión. Como fuese, no quedaba alternativa que seguir camino, lleve éste adonde lleve. Para eliminar al once y al doce volvieron a servirse de la aparente fragilidad de Ceci, aunque esta vez los soldados no llegaron a más de dos metros de ella cuando Nacho y Cristina pusieron fin a sus vidas. A esta altura Nacho estaba cebado, y matar enemigos era todo lo que lo ocupaba. Vio el mismo sentimiento en los ojos de Cecilia, en los que se podía leer la decepción por presenciar la ejecución de afuera, y comprendió que tal vez era por la cantidad de emociones compartidas en el poco tiempo que pasaron juntos, pero no había dudas de que se estaba enamorando de la chica. Su lado cristiano occidental no tardó en cuestionar su atrevimiento, pero pronto su herencia de siglos le hizo ver que no había nada de malo en desear a una joven mujer en plena pubertad, por más que la ley escrita por los hombres dictaminara de modo arbitrario que aún era menor de edad. Orsis le recordó que a lo largo de los siglos había visto niños y niñas de esa edad morir en combate, dar a luz, casarse por amor y por conveniencia, guiar multitudes y caer bajo el hierro o el fuego de la Inquisición. Tal vez el siglo XXI fuese más “civilizado” que los anteriores, pero ellos no eran criaturas de este siglo. Quizás Cecilia tuviera la cáscara de una adolescente de 14 años, pero Ignacio sabía que por dentro tenía no ya la madurez de una mujer adulta, sino el temple y el valor de un guerrero que llevaba siglos viajando para llegar a este momento que ahora los ocupaba.
De manera que otra vez estaba en el camino. La marcha había sido lenta. El silencio jugaba contra la velocidad, y la prioridad del grupo no era llegar rápido sino eliminar a la todos los enemigos que hallaran a su paso. Ya era mediodía, y la quietud era sospechosa. Dos veces habían llamado por el handy del soldado, y luego el silencio invadió el aire, así que se deshicieron de él. Tenían la certeza de dirigirse hacia una trampa, pero se habían propuesto no caer sin hacer el mayor daño posible.
Unos quinientos metros más adelante estaba Sofía. Origo era paranoico y desconfiado por naturaleza, era parte de su tarea, así que cuando vio a Orsis, Orson y Orgal juntos tomó el mando y los dividió en parejas. Seguirían juntos la marcha, pero con una distancia de quince metros entre equipos. Lo acertado de la decisión pronto se hizo notar. Luego de algunos minutos de marcha cayó sobre ellos una patrulla de bastante más que dos soldados. No llegaron a tomarlos por sorpresa, pero casi. Sofía, que iba con Ignacio por la Izquierda, dio la orden de detenerse y cubrirse tras los árboles justo antes de recibir la primera ráfaga de disparos. El ataque vino en simultáneo desde tres direcciones; ellos, como un plan elaborado siglos atrás, no contestaron de inmediato. Estaban sitiados y en inferioridad de número, pero eso podía darse vuelta. Sofía hizo una prueba: le pidió a Ignacio algo que se pudiera usar de señuelo. Ignacio revolvió un poco en su mochila y le tendió una gorra de béisbol azul con el logo de los New Yorkers. Deja Vú, pensó Sofía. Cipayo, le dijo con una sonrisa. Asomó la gorra y en seguida se escuchó el disparo. Sofía midió el ángulo y la trayectoria, tomo su pistola con las dos manos, quitó el seguro y apretó el gatillo una sola vez. Luego se escuchó el cuerpo caer al suelo. Cuando volvió a asomar la gorra no hubo respuesta. Entonces Sofía comenzó a quitarse una media.
-¿Qué hacés? –preguntó Ignacio.
-Pido tregua –contestó ella.
Ignacio tuvo el impulso de preguntarle si se había vuelto loca, pero se contuvo. Era Origo quien estaba a cargo, y sus decisiones eran inapelables. Sofía comenzó a agitar la media blanca y gritó:
-¡Alto el fuego! ¡Nos entregamos!
-¡Pónganse todos de pie y tiren las armas al suelo! –ordenó una voz desde la arboleda. Sofía lo hizo. Los demás siguieron el ejemplo. Aparecieron cinco soldados con M-16. Uno de ellos se puso al frente y le dio a Sofía una trompada en la mandíbula que la hizo caer al suelo y dejó su boca sangrando. Ella no se defendió. Los soldados los hicieron caminar al frente con las manos en alto y los escoltaron a punta de fusil. Ellos iban en fila india, con las manos apoyadas sobre la cabeza. Ignacio iba al frente, seguido por Cecilia, Cristina y Sofía. Anduvieron veinte minutos y se detuvieron delante de un árbol. El soldado que guiaba el grupo, el mismo que había golpeado a Sofi, tomó su handy y dijo:
-Entramos, llevamos cuatro.
En ese momento Sofía se acomodó el pelo. Con un movimiento simple de la mano colocó detrás de la oreja derecha el mechón de cabello que caía por sobre ella. Antes de que terminara de hacerlo una sombra salió de los árboles y clavó un puñal en el hombro del soldado que le apuntaba con su fusil. El llegó a hacer un disparo que paso a dos dedos de la cabeza de Sofi, pero para entonces ella quebraba el cuello del segundo soldado. Los otros tres ya estaban muertos. Fernando, que los venía siguiendo desde la emboscada, levantó el cuchillo para rematar al soldado que atacó, pero Sofi lo detuvo con la mano.
-No –le dijo-. Es mío.
El soldado tenía una mancha roja que se agrandaba con rapidez hacia su pecho y su brazo izquierdo. Una expresión de terror inundó su mirada, que había visto masacrar a su tropa en apenas unos segundos. “Por favor”, alcanzó a murmurar cuando vio a Sofía acercarse. Ella le dio una trompada en la mandíbula que dejó su boca sangrando y sólo después lo mató. Luego se volvió a los suyos.
-Este hijo de puta llegó a disparar, entremos con cuidado, seguro nos están esperando. Chicos, es un placer haber trabajado juntos por última vez.
Sofi tuvo ganas de juntarlos a todos en un abrazo, pero sabía lo imprudente que sería hacerlo. Estaban al borde de la definición de un trabajo de siglos y no podían arriesgarse a fallar. Celebrarían después los siete juntos, o no lo harían. Tomaron cinco metros entre uno y otro y avanzaron formados en frente con las armas en alto. Apenas diez pasos más adelante se encontraron en un claro de treinta metros de lado. En el centro había dos motorhome, un Mercedes Sprinter y un Land Rover. De la pared de uno de los motorhome colgaba un tablero de luces, y distribuidos en círculo había seis reflectores cinematográficos apagados que apuntaban hacia el centro del claro. Sofía no pudo descubrir ninguna señal de movimiento, y eso no le gustaba un carajo. Con cautela dio la orden de que se vayan acercando. Todos estaban armados con fusiles, y los apuntaban de manera que quedasen cubiertas todas las direcciones. Sofía alcanzó a escuchar en su cabeza el grito desgarrador de Nico: “¡Es una tram…!”, pero por supuesto ya era tarde. Sabía con seguridad que era una trampa mucho antes de entrar, pero no podía imaginarse la naturaleza de la misma. De repente sus pupilas quedaron clavadas en el lugar al que estaban mirando, sus dedos y el resto de sus músculos estaban agarrotados, sus pulmones se interrumpieron en medio de una exhalación y sólo su corazón seguía latiendo. En el mismo segundo en que todo esto pasaba vio cinco hombres salir a toda carrera del motorhome. Estaban vestidos de pies a cabeza con trajes herméticos color naranja similares a los de un astronauta. “Vamos, rápido que no queremos que se mueran” dijo una voz desde algún lado. Los hombres de naranja la agarraron, la desarmaron y la llevaron hasta el centro. Allí la sentaron y esposaron su muñeca izquierda al tobillo derecho y su muñeca derecha al tobillo izquierdo, entrelazando las cadenas al hacerlo. Luego ella sintió como volvía a correr el aire por sus pulmones. El bajón de presión fue inevitable, pero lo pudo manejar sin llegar a desmayarse. Cuando se recuperó vio que estaba sentada en semicírculo junto a casi todos sus compañeros. A su derecha podía ver a Cristina y Cecilia. A su izquierda, a Ignacio, Fernando y Nicolás. De pie en el centro, con pantalón de corderoy marrón, borcegos Timberland, parka de gabardina verde oliva y barba de dos días, se alzaba la figura de Gastón Rivera.
-¿Dónde está Ariel? –preguntó Sofía en cuanto tuvo la capacidad para hacerlo.
-No se preocupe, milady –contestó Gastón-, O’Malley está viendo qué se puede hacer por él, y si se va a salvar. Mientras tanto, es un honor para mí tenerlos a todos reunidos en mi campamento. Los siete hijos de Otaru, quién diría. En cuatro mil años Abraxas no logró lo que yo conseguí esta mañana. Y en sus mochilas, si no me equivoco…
Los hombres de naranja, que en rigor ya se habían quitado los trajes y ahora se revelaban como simples soldados, le quitaron a cada uno su respectiva mochila y la vaciaron en el suelo. No tardaron en aparecer tres cubos de madera similares al que Gastón exhibía triunfante en su mano derecha. Los soldados se los alcanzaron.
-La Cosa Sin Nombre –dijo Gastón-. Por fin, después de abismos de tiempo, las cuatro partes están reunidas. Y todo gracias a…
Una solitaria serie de aplausos se escuchó desde su espalda. Junto a ellos, la inconfundible voz de Don Sergio.
-A mí, por supuesto. Sergio Brandán, Ser-Ocai de la Orden de los Hermanos de Abraxas.
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El Asalto
Cecilia se despertó con las primeras luces del día, y vio a Sofía de guardia con la mirada perdida entre la arboleda. Sofi tenía el último turno, ella había tenido el primero. A los catorce años acababa de convertirse en Otaru luego de la muerte de Orgal, de la que se enteraron a medianoche. No era la primera vez que un traspaso tenía lugar a tan temprana edad, pero los tiempos habían cambiado, y si bien sus padres la habían preparado para esto, nada es fácil una vez que se abandona el suave terreno de la teoría. Cristina y Armando. Primero fue la certeza de la muerte de su padre que entró como una daga a través de su pecho y sin dejar espacio para duda alguna. En cuanto estuvieron a salvo de Abraxas Sofía tomó las riendas. De inmediato ordenó que Fernando invocara el Shabot de Armando. Esto iba en contra de lo que estaba planeado para cada uno, ya que la idea original era que la hija invocara al padre y el hijo a la madre, pero Sofía dijo que eran momentos extraordinarios y había que adaptarse a las necesidades. Cristina accedió y Cecilia vio cómo su hermano entre lágrimas pronunciaba la fórmula. Luego de absorber la niebla blanca que surgió de la invocación, Fernando quedó callado unos minutos y volvió a estallar en una crisis más desgarradora que la anterior. Una hora después, cuando el llanto había pasado (aunque la pena seguía, maldita urgencia que no dejaba lugar ni para sufrir tranquilo), cenaron un par de latas con rapidez y se pusieron en marcha rumbo a la casa de Orgal. Habían acampado sobre el margen del Río Percey y estaban a dos kilómetros del casco urbano de Trevelin. Cristina, y ahora Fernando, conocían bien el camino hasta la casa de los Flores. Tomás (Orgal) tenía cincuenta y tres años y aún trabajaba su pequeña chacra. Elena tenía cinco años menos que él y era maestra. Nunca habían tenido hijos, por más que lo habían intentado durante años, y aunque sabían que tener un heredero designado era imprescindible, siempre consideraron que Elena tendría tiempo de conseguir un sucesor si moría su esposo. Por eso cuando a medianoche los cinco sintieron la muerte de Tomás, comprendieron que todos los jugadores estaban en la cancha y el banco de suplentes estaba vacío. La casa de los Flores estaba en llamas, apenas cenizas quedaban cuando llegaron. Entonces buscaron un lugar retirado, siempre a orillas del Percey, prendieron una hoguera y armaron las bolsas de dormir. Luego Cecilia invocó el Shabot de Orgal y ahora sí quedaron a un paso de la reunión de los siete. Sólo había que recuperar a Nico y Ariel, caídos en poder del enemigo. Sofía estableció un sistema de guardias cada hora y se ofreció a hacer el primer turno, pero Cecilia objetó que de todos modos no iba a poder dormir, y era preferible que se lo dejara a ella. Durante un buen rato, Cecilia, Fernando y Cristina permanecieron abrazados y en silencio.
Así llegó la mañana del miércoles. El otoño daba paso al invierno, pero éste no se enteraba. Hacía frío, por supuesto, estaban en el Sur, pero no era comparable al que haría si el invierno se presentaba en toda su crudeza. Sofía estaba en la orilla del río tirando cantos rodados al agua. Aún nadie se había levantado. Cecilia se acercó a ella y apoyó la mano sobre su hombro. Aún no se acostumbraba al resplandor amarronado que surgía de su cuerpo. Y había mucho más a lo que no se acostumbraba. Pero tenía que ponerse en acción y lo sabía. Miró a Sofía, a quien las circunstancias pusieron en el lugar de capitán, y entendió que sentía lo mismo. Ella le devolvió la mirada y con una mano le acarició el pelo.
-¿Cómo estás?- preguntó.
-Como puedo -contestó Ceci-. Imaginate, ayer era una chica como cualquiera y ahora soy casi una guerrillera. Y todo lo que tengo en la cabeza, por favor, ¿sabías qué Orgal vino a América en La Pinta?
-Sí, sabía -dijo Sofi con una sonrisa-. Pero no es eso lo que te preocupa.
-No, no es eso. Me preocupa lo que viene ahora. Tu plan, la reunión, el papel de cada uno… Además está tan fresco lo que le pasó a los Flores, hay un montón de cosas que tengo que aprender a manejar y no me siento lista.
-Lo sé. –La mirada de Sofía se perdió en la superficie del río- Pero no hay tiempo para que estés lista. Voy a tratar de que te toque la parte más liviana. Ahora contame qué pasó con los Flores, si podés.
-Mucho no hay para contar, en realidad. Ellos nos estaban esperando, sabían que estábamos en camino. Lo de la ruta lo supieron en el momento del ataque. Quisieron escapar, pero antes de que pudieran ya los habían rodeado. Aguantaron dos horas a los tiros hasta que se metieron en la casa. A Elena la fusilaron delante de Tomás. Lo último que él vio fue cómo le sacaban la caja.
-Todo mal –dijo Ignacio mientras se desperezaba-. Ariel tenía razón, ahora somos sólo siete, sin sucesores y encima separados. ¿Creés que haya alguna posibilidad de que los maten?
-Difícil –contestó Sofía-. Rivera no conoce bien el valor de sus vidas, pero tampoco se va a arriesgar a hacer nada que ponga en peligro su misión. Y su misión es obtener nuestros cuatro cubos y destruirlos, o bien entregárselos al Ser-Ocai. Lo peor que puede pasar es que alguno de los dos esté malherido y no resista hasta que lo rescatemos. ¿Sentís algo Ceci?
-Por ahora están los dos inconcientes. Creo que Ariel está más jodido que Nico, pero no puedo estar segura. Puedo ubicarlos bastante bien. Están a unos cinco kilómetros de acá, para el lado de Futaleufú. Son veintiuno sin contarlos a ellos, y están muy armados. Lo curioso es que la magia no se acerca a menos de un kilómetro de su posición, como si tuvieran algún tipo de súper bloqueador.
-Y seguro lo tienen –la interrumpió Nacho-. No nos van a venir a buscar.
-No –dijo Sofía. Cristina se estaba despertando-. A partir de ahora es ajedrez. Ellos saben que necesitamos lo que tienen, y nosotros no nos podemos dar el lujo de esperar. Tenemos que atacar. Despierten a Fernando. ¿Hay algo para el desayuno?
Cecilia revolvió en el bolso de Ignacio y encontró varios paquetes de galletitas más un frasco de café instantáneo. Cristina tomó un jarro de su propia mochila y recogió agua del río que luego hirvió con un gesto de la mano. Todavía estaban a distancia segura. Desayunaron en silencio pero tranquilos, Abraxas no iba a buscarlos, al menos no todavía. Cuando terminaron Cristina fue a buscar un plano de la zona y lo desplegó en el piso delante de todos.
-Estamos acá –dijo Cecilia, y señaló un punto sobre el río-. Si no me equivoco ellos estarían acá –su dedo bajó unos centímetros y se movió hacia la izquierda-. Hay un claro entre la arboleda. Seguro que ahí establecieron campamento. Tendríamos que tomarlos por sorpresa desde distintos ángulos.
-Van a tener sensores de movimiento –dijo Cristina-. En cuanto nos acerquemos a alguna distancia nos van a sentir.
-¿Cómo venimos de armas y municiones? –preguntó Sofía.
-Tres pistolas y dos FAL. Cuatro cargadores llenos por arma.
-Entonces nos podemos arriesgar a un enfrentamiento directo. Nuestra ventaja es que ellos nos van a querer con vida, al menos hasta que tengan los cuatro fragmentos de la Cosa. Por otro lado nosotros no nos podemos dar el lujo de tomar prisioneros. A cualquiera que saquemos del juego tiene que ser de forma definitiva. Y ante todo cuiden sus vidas, que son las últimas que les quedan. ¿Quién se anima a llevar fusil?
Ignacio y Fernando levantaron la mano y se hicieron cada uno con un FAL. Hacía largo tiempo que ninguno de ellos entraba en batalla, y Orson jamás había usado armas de fuego más que como práctica, pero todos habían mantenido algún mínimo tipo de entrenamiento, con la certeza de que llegaría alguna vez el momento que estaban por vivir. Levantaron el campamento y se pusieron en marcha. Aunque era de día Sofi prendió una luz para detectar la acción de los bloqueadores. Ignacio se ocupó de la navegación terrestre, con la innecesaria ayuda de una brújula que Juan había dejado en su mochila. Una hora después, luego de andar cuatro kilómetros de bosque patagónico, la luz se apagaba en la mano de Sofía.
-Acá nos separamos –dijo Sofi-. Espero que no, pero puede ser la última vez que veamos a alguno de ustedes. Si eso pasa, todo lo que hicimos durante más de mil años se habrá perdido. La idea es que no nos vean. Ellos son más, pero nosotros podemos escondernos mejor. Compórtense como si estuvieran de cacería. Ellos son la presa, pero se creen el cazador. Usen todos los recursos que tengan, y procuren no hacer ruido. No creo que haya factor sorpresa, pero cuanto menos sepan sobre nosotros mejor. Recuerden: no tiene sentido tomar prisioneros. Omán Torúa.
Ignacio sintió un escalofrío al oír estas palabras. La última vez, Orsis las había escuchado de boca de Ocai. No Nico, Víctor ni ninguno de ellos, sino de Ocai en persona. Fue en África, hacía mucho más tiempo del que podía contar, cuando se separaron por primera vez rumbo a esta aventura que hoy estaba por terminar. “Adiós y buena suerte” sería la traducción más aproximada. Igual que aquella vez, los cinco presentes hicieron una ronda unidos por los antebrazos, se arrodillaron sobre el suelo del bosque y repitieron: “Omán Torúa”.
Lo primero que pensó Nacho cuando quedó sólo fue cuánto de él estaría al mando de sus acciones, y cuánto lo estaría Orsis. No era la primera vez que lo pensaba, claro, pero sus movimientos casi automáticos hacían que le costara reconocer a Ignacio De Robertis en el origen de ellos. En teoría, los auténticos Otaru estaban muertos desde hacía decenas de miles de años, y los actuales eran sólo portadores de su Shabot, el conjunto de las memorias, habilidades y conocimientos de cada uno de ellos y sus sucesores. Le constaba, sin embargo, que buena parte de la personalidad venía en el paquete. Seguía siendo Ignacio, no cabían dudas, pero la mayoría de sus decisiones actuales no eran las que hubiese tomado apenas 24 horas atrás, sino las que venían por parte de Orsis, quien ahora tenía el auténtico control de sus movimientos. Por supuesto, eso respondía tan sólo a la necesidad del momento. Orsis estuvo dormido durante la mayor parte de las vidas de Julia y de Juan, pero en este momento su presencia era imprescindible. Y como un titiritero de ultratumba manejaba el cuerpo de Nacho, que al internarse en el bosque adquirió la fiereza de un tigre y la frialdad de una máquina. Le dejó la brújula a Cecilia, no porque creyera que la necesitaba más, sino porque se sentía más cómodo guiándose con el sol que se colaba entre las ramas de los árboles. Sus pasos eran en extremo silenciosos, habilidad que no debía a la magia sino a su largo peregrinar a través de los siglos. No pasaron quince minutos cuando sintió la presencia de la primera patrulla que se acercaba a su encuentro. Los hombres eran sigilosos, un oído bien entrenado no hubiese podido escucharlos, pero los de Nacho eran mucho más que oídos bien entrenados. Se escondió tras un alerce y esperó. Rumbo a su posición se acercaban dos soldados vestidos con uniforme de combate negro y chaleco de kevlar, armados con M16, y separados por tres metros uno del otro. Cuando el primero pasó a su lado, él lo tomó por atrás y quebró su cuello en dos rápidos movimientos. El segundo no vio ni escuchó nada, pero empezó a buscar a su compañero. Ignacio dio la vuelta por su espalda y lo mató con la misma facilidad que al otro, justo cuando handy en mano estaba por informar de la ausencia. Luego se tomó un minuto para mirar los cuerpos sin vida tirados en el suelos del bosque, y desvistió al que más se le parecía en contextura física para ponerse su uniforme. El asesino era Orsis, por supuesto, no él. Reanudó la marcha y se preguntó por los dos hombres que acababan de morir bajo su mano. El lugar común: ¿serían padres? ¿Serían hijos? La respuesta llegó a través de siglos de luchas: Eran soldados. No importaban los motivos que hubiesen tenido para llegar a esa situación, arriesgar la vida era su trabajo, y en su cumplimiento la habían perdido. Ya no estaban en la comodidad occidental, presente en el pueblo de Trevelin a escasos cinco kilómetros de aquel lugar. Eran las leyes de la evolución las que los gobernaban ahora: el capaz sobrevive y el que no se adapta desaparece. Si esos hombres no querían matarlo era porque los intereses de quien les daba las órdenes incluían mantenerlo vivo. De ser atrapado lo ejecutarían en uno o dos días, cuando ya no les sirviera para nada. Todo este razonamiento asqueaba a Ignacio, pero la experiencia de Orsis, tan repulsiva en este momento, sabía que era cierto, y que el orden burgués de la sociedad en que se había criado era apenas una mentira inventada para contener a las masas. En ese momento un llanto interrumpió sus cavilaciones.
(Continúa…)
29 Agosto 2008 | Por M. J. Howlin | Claves: accion, capitulos, ciencia, cultura, fantasia, ficcion, filosofia, historia, informacion, literatura, magia, medios, novela, poder, prensa | # Enlace permanente
La Emboscada
A la velocidad que llevaban el viaje desde Lago Puelo a Trevelin les tomaría unas dos horas. Ya había pasado poco más de una y pronto llegarían a Esquel, desde donde tendrían que desviarse y seguir hasta Trevelin. En la Hilux el clima se había distendido, Armando y Cristina charlaban con Ariel de sus tiempos de ladrones de bancos, y Fernando y Cecilia escuchaban fascinados las andanzas de sus padres. No era sencillo asimilar la idea de que mamá era hombre y papá era mujer, pero se facilitaba una vez que se había internalizado el concepto de “Magia”. Sin embargo, todos estaban alertas. Sabían que el ataque podía llegar en cualquier momento, y que la noche era a la vez su aliada y la de sus enemigos. El plan de emergencia lo habían diseñado apenas salieron de Lago Puelo, y consistía en seguir huyendo, ya que no tenían alternativa en tanto no estuviesen los siete Otaru reunidos. Hasta el momento nada les hacía pensar que tendrían que ponerlo en marcha, y eso mismo provocaba la tensión que de a poco crecía en el interior de la pick up.
-… entonces Butch y yo nos metimos en una pequeña choza en San Vicente y provocamos al ejército boliviano para que abriera fuego. Apenas empezamos a sentir los disparos nos escapamos y vimos el resto de la escena desde un lugar seguro. ¡Tendrían que haber visto la cara del sargento que estaba a cargo cuando le dijeron que no había ningún cadáver! En forma oficial nos declararon muertos, así que pudimos volver a Cholila y vivir el resto de nuestras vidas en paz. No sé qué te habrá parecido a vos, Ari, pero a mí me causó mucha gracia ver a Robert Redford y Paul Newman haciendo de nosotros, y ni hablar de esos soldados bolivianos que parecían escapados de México.
-Yo recuerdo el entusiasmo de Esteban cuando la vio –dijo Ariel-. Te juro que se meaba de la risa.
-Todavía no podés hablar de tus antecesores en primera persona, ¿No? –preguntó Cristina.
-Me cuesta, considerá que apenas llevo un día con todo esto encima. Lo que me asusta, y se lo dije a Nico, es que nos vamos quedando sin recambio. Fijate: nosotros tres somos Otaru desde ayer; Nacho desde hoy. No hubo tiempo de designar sucesores. Si por una de esas vamos cayendo, nos quedarían sólo Fer y Ceci, y después comenzaríamos a perder la línea. Y para lo que tenemos que hacer es preciso que estemos todos; si falta alguno ellos ganaron. No lo podemos permitir.
-Ya vienen –dijo Sofi, y señaló al frente del camino-. Allá.
Unos faros se acercaban a ellos a un kilómetro de distancia. Sofía fue clara: Abraxas venía a bordo. Lo que tuvieran que hacer había que hacerlo ahora. Era tiempo de practicar el plan de escape. Aún no llegaban a Esquel, pero ya estaban bastante cerca de Trevelin como para abrir un pequeño ojal por el que pasar de a uno hasta la orilla del Río Percey. La encargada fue Cristina, que conocía la dificultad de sostener un ojal desde un origen móvil a un destino fijo. Primero lo atravesaron los chicos, seguidos de Sofía, cada uno con un bolso encima. Nico y Ariel repartieron armas a medida que cruzaban. Para cuando la Traffic que portaba los faros estuvo a ciento cincuenta metros de ellos Ignacio ya había pasado y Cristina estaba en eso. El ojal se cerró justo detrás de su espalda cuando los bloqueadores entraron en acción. Nico y Ariel se habían reservado sendas Uzi, mientras que Armando sostenía el volante con una mano y una .32 con la otra. Sin ponerse de acuerdo Nico y Ariel se asomaron a la ventanilla izquierda listos para disparar. Cuando la Traffic pasó junto a ellos le dispararon a las ruedas, pero al mismo tiempo una ráfaga de ametralladora alcanzó las de la Hilux, y ambas camionetas perdieron el control y se salieron del camino. Ese invierno no había comenzado a nevar, y por eso resbalaron sobre el asfalto y no volcaron. Quedaron separados por unos setenta metros. Ariel probó tirando dos granadas, pero por el ángulo que tenía no logró que pasaran de la mitad del camino. Mientras se disipaba el humo de las explosiones, un lanzacohetes efectuó el disparo que haría saltar la Toyota. Cuando volvió al suelo impactó contra el lado izquierdo de la cabina, aplastando de inmediato el cráneo de Armando. Nico quedó bastante golpeado pero vivo, y se alegró al comprender que Ariel también lo estaba. Sin embargo la conciencia se le empezaba a nublar y eso era muy malo. Un minuto después se había desmayado.
Cuando volvió en sí estaba acostado en un catre o algo parecido, en el interior de una casa rodante. Una silueta negra estaba sentada junto a él. A su espalda entraba la primera claridad de la mañana, ocultando a Nico su rostro. Calculó que serían no menos de las ocho. Si era así había perdido al menos toda una noche. Se preguntó qué habría sido de los demás, si habían logrado escapar, si habían encontrado a Orgal. Se acordó de Armando con el cráneo ensangrentado contra el techo de la pick up: el viaje había terminado para él. Ariel seguía con vida y no muy lejos: eso lo podía sentir. Salvo Armando, los demás también estaban con vida. En los últimos dos días había sentido crecer de manera geométrica su percepción sobre quienes lo acompañaban. Antes tenía un poco, supo de la muerte de Víctor en el momento en que ocurrió, pero no se podía comparar con lo que alcanzaba a sentir ahora. Hasta él llegaba el eco de la inquietud de los suyos, la angustia por la muerte de Armando y la suerte de ellos, la incertidumbre por el camino a seguir, la determinación que crecía en Sofi. Y la impotencia de Ariel, vivo pero en problemas cerca de allí. Como él. Estaba esposado a la pared y no podía usar Magia. Era prisionero de Abraxas (no hacía falta ser Uisal para darse cuenta), y estaban a punto de interrogarlo. Por eso no se sorprendió cuando escuchó la voz de la silueta.
-Dormiste bastante, te hacía falta. Ayer tuviste un día largo. Tu amigo el que manejaba murió, de veras lo lamento, me hubiese gustado que no muriese nadie, pero no quedó otra. En realidad, el que abrió el fuego fue el librero, y los muchachos estaban calientes. Si yo no me metía a vos y a tu amigo los fusilaban ahí nomás.
-No jodas, Gastón, me necesitas vivo. ¿No cerrás un poco la ventana que me empieza a molestar el sol?
Gastón se paró y fue hacia la pared, cerró la persiana americana y desde una caja de llaves prendió la luz del interior del motorhome. Nico tenía que acostumbrar los ojos a la luz artificial, pero ya podía ver las facciones de su viejo amigo. Gastón salió por un momento de su campo visual y volvió un minuto después con un termo de acero y dos jarros de loza. Llenó uno de café humeante y se lo ofreció a Nico.
-Tomá. Yo voy a tomar una taza también, así no pensás que te quiero envenenar.
-No hay problema –contestó Nico mientras agarraba-. Lo peor que podés hacer es matarme, y no le tengo miedo a eso.
-No –dijo Gastón, y su mirada se clavó en los ojos de Nico, con una expresión seria y profunda-. Lo peor que puedo hacer es darte cascarilla.
Nico sonrió. Ese era Gastón, no había dudas. La vida (¿la Magia?) los había puesto en veredas opuestas, pero ese seguía siendo Gastón, aquel que lo invitaba a su casa pese a la renuencia de su abuela, el que lo escuchaba embelesado hablar de temas prohibidos, que iban de la política (mal visto) al sexo (ni mencionarlo). Ese Gastón estaba ahí, veinte años después, convertido en su captor. Nico tomó su café, caliente, rico, recién preparado. Como pudo se sentó en la cama, la cadena que lo ataba a la pared no era larga pero tampoco demasiado incómoda. Gastón acercó su silla.
-Esto es como en El Padrino –dijo-. Nada personal, sólo negocios. Lo del otro día en la Shell fue una jugada sucia. Al principio te quise matar, pero son buenas. Para jugar hay que aceptar las reglas, y vos no te saliste de ellas. Esa mano fue tuya, ésta es mía.
-¿Y vos sabés qué es lo que está en juego?
-Tengo alguna idea, pero ante todo lo que me interesa es el poder. Soy pragmático y materialista, ya lo sé, y mis ideales, si alguna vez los tuve, quedaron por el camino. Pero desde chico quise estar en la cocina del poder, y jamás estuve tan cerca como ahora.
-¿Qué te prometió el Ser-Ocai? ¿Su lugar?
Gastón se sorprendió ante la franqueza de la pregunta de Nico. Pronto se rehizo y respondió.
-Sí. Don Sergio ya está viejo y cansado. Pero quiere retirarse con gloria, y Abraxas nunca estuvo tan cerca. Estamos a punto de cumplir el designio por el que la Hermandad fue creada hace miles de años. Y en todo este tiempo es la primera vez que una parte de la Cosa Sin Nombre está en nuestro poder.
Esta vez el sorprendido fue Nico. Gastón se levantó y fue hacia el mismo lugar de donde había traído el café. Volvió con un pliego de tela del que sacó un cubo de ébano similar al que Juan le había dado a Ignacio.
-Cuando rastreamos ocho magos en la camioneta creímos que ya estaban todos, y por eso atacamos. Fue un error. Los datos que teníamos decían que la Cosa estaba por completo en Puelo, no repartida con el Bolsón y Trevelin. Cuando pasaron por lo del librero tendríamos que habernos dado cuenta de que no era así, pero la radiación mágica de Puelo es tan fuerte que no quisimos ver otra cosa. Recién al revisar la casa de Godoy entendimos que todavía faltaba una etapa más del viaje. Y para cuando averiguamos a dónde iban ya se habían escapado de vuelta. Sólo quedaron vos, tu amigo y el cuerpo de Godoy. Después nos apuramos a llegar primero a casa del que faltaba y pudimos conseguir esto. ¿No es hermosa? Te juro que intimida. Un arqueólogo se volvería loco, esto es más viejo que cualquier objeto con esta terminación que se haya encontrado antes.
-¿De dónde la sacaste? –preguntó Nico con expresión sombría.
-De la casa de un matrimonio de Trevelin. Ellos tampoco cooperaron, y los muchachos perdieron la paciencia. La verdad es que ya se perdieron más vidas de las que quisiera, no soy un asesino y no me gusta esto, pero aunque el fin no justifique los medios no tengo más alternativa que cumplir con la tarea que me encomendaron. En un par de días conseguí mejores resultados que Abraxas en toda su historia.
-No te agrandes, que en todo caso el mérito no es sólo tuyo. Y por cierto, ¿qué te hace pensar que Don Sergio va a cumplir con su palabra?
-Don Sergio es como mi padre y me quiere como a su hijo. No puedo desconfiar de él.
-A ver, permitime que desvíe un poco la conversación. Si bien Abraxas no trafica armas ni drogas, sabemos que controla y coordina esas actividades a nivel mundial. Abraxas está en lo más alto de la cúpula, maneja todos los negocios, tanto legales como ilegales, al menos en Occidente. Entonces, si bien no les gusta la palabra “mafia”, y la reservan para los escalones intermedios, lo cierto es que se comportan como tal, y usan los mismos métodos que las mafias. Extorsión, asesinato, manipulación de la información, etc. Esto lo podés negar, pero sabés tan bien como yo que es cierto. Ahora bien, si Abraxas es el escalón superior de la Mafia, Don Sergio es el mafioso con más poder del mundo. Y seguro te habló de la muerte de tus padres de una manera idílica y lacrimógena donde él era el hombre caritativo que se hacía cargo del pobre niño en desgracia. Sin embargo, Don Sergio no era tu padrino. ¿Qué pasó con tu padrino?
-No sé. Eduardo se borró después de lo de mis viejos. Don Sergio dice que les debía plata.
-Claro. Muy conveniente. Y supongo que tu viejo jamás tuvo conocimiento de la existencia de Abraxas, ¿verdad?
-Verdad. –Gastón comenzaba a perturbarse- ¿A dónde querés llegar?
-A que Don Sergio te mintió a vos como le miente cada día al mundo entero. Al accidente lo provocaron, tu familia fue fusilada y vos sos un trofeo de guerra.
-¿De qué hablás hijo de puta?
-Lo que oís, Gastón. Tuve que investigar mucho a Don Sergio para enterarme que era el Ser-Ocai, y en el medio apareció tu historia. Podés estar orgulloso. Gonzalo Rivera fue uno de los miembros más jóvenes, talentosos e implacables de Abraxas. Siempre mantuvo el perfil bajo. Vivía en la casa de sus padres, nunca ostentaba su inmensa fortuna y jamás hablaba con nadie de sus actividades en el poder, pero tenía una ambición imparable que sin dudas vos heredaste. Bah, imparable es una forma de decir. La paró Sergio Brandán cuando vio que el pendejo le afanaba las posibilidades de ser el siguiente Ser-Ocai. Primero liquidó de un plumazo a Rivera y toda su familia, y después se encargó de envenenar de a poco al Ser-Ocai y ganarse su confianza para tomar su lugar. Hay que reconocer que su plan fue milimétrico, y el detalle del veneno, con toda la tradición que tiene, es digno de destacar. La cuestión es que creciste víctima de las mismas prácticas que luego aprendiste a usar. Muy rico el café, ¿es de por acá?
Gastón miraba a Nico y era furia lo que había en sus ojos. Furia con su viejo amigo por lo que le decía, pero también consigo mismo por no haberlo pensado antes. De hecho, siempre había tomado la versión de Don Sergio como dogma, jamás se planteó siquiera el cuestionar sus palabras. Ahora Nico le había metido la puta idea en la cabeza, y en un momento como éste era lo peor que le podía pasar. Fingiría que no le pesaban las palabras de Nico, claro, pero los dos sabrían que no era cierto. Ahora sólo podía seguir adelante con esta nueva carga.
-Es La Morenita, el secreto está en las manos que lo preparan. Te subestimé en serio, no esperaba esto. En este momento no puedo comprobar nada de lo que decís, así que lo vamos a dejar stand by hasta que sea oportuno. Por ahora me voy a contentar con tener en mis manos esta maravillosa pieza –Gastón acercó el pequeño cubo de madera a sus ojos-. No creas que no tengo sensibilidad, de veras es increíble. El material parece ébano, y no dudo que si le hiciera un carbono 14 resultaría que tiene al menos 40 milenios de antigüedad. Impresiona, en serio. Debe ser el objeto hecho por la mano de hombre más antiguo que aún existe. Decime, ¿El grabado de la tapa está desde el comienzo o lo fueron haciendo con el tiempo? Si sabés, bah.
-Sé más de lo que imaginas y menos de lo que quisiera. Los grabados se hicieron mucho después que las cajas. La que tenés en las manos fue grabada en China alrededor del 4000 A.C., pero las demás tienen huellas de los distintos lugares por donde anduvieron. Algún día te voy a contar toda la travesía, es una historia que vale la pena.
-Ves, eso es lo que me gusta de vos, siempre fuiste un libro abierto. Mirá, no quiero parecer cínico. No puedo evitarlo, soy bastante cínico de hecho, pero prefiero tener el recuerdo del amigo que guardé durante veinte años y no la imagen del adversario que tengo desde hace dos días. No estoy acá para interrogarte, no tiene sentido. Sé que no me vas a decir nada y tampoco tengo los huevos para torturarte, la verdad es esa. Yo voy a salir de acá mucho más herido que vos ahora. Pero no te puedo soltar. No entiendo muy bien cómo funciona la magia de ustedes, pero hasta dónde sé, para activar la Cosa Sin Nombre hacen falta las cuatro piezas y el Guía. Nada más. Puedo estar equivocado, claro, pero no me lo vas a decir. Sabés, estuve hasta las tres de la mañana tratando de abrir esta puta cajita. Supongo que vos podrías, si quisieras. Supongo también que supongo demasiado. Pero de lo que estoy seguro es que tus amigos te van a venir a buscar y van a traer todo encima, porque en cuanto tengan oportunidad van a tratar de armar la Cosa Sin Nombre. ¿Supongo bien?
-Bastante. Pero no los subestimes como me subestimaste a mí. Tienen muchas más batallas encima que cualquiera que conozcas. Cuidá bien a tus hombres, mejor.
-Los cuido bien, no te preocupes. Tengo unos cuantos chiches acá para esperarlos. Detectores de movimiento, sensores de temperatura, un bloqueador central del que dependen todos los demás y que permite evitar cualquier tipo de actividad mágica hasta en un kilómetro a la redonda, un despelote de tecnología, mirá. Y veinte hombres armados hasta las pelotas vigilando la zona. Y O’Malley a cargo de todo eso. Sabés, al principio no me caía bien O’Malley, pero el tipo me cerró la boca. Es un verdadero profesional. Morgan, el Jefe de Seguridad de GlobalMedia, que estaba a cargo cuando llegamos, lo primero que hizo en cuanto me descuidé fue perderlos a ustedes en la ruta. Ahí nomás O’Malley tomó las riendas, me recordó que tenía tu número de celular y organizó todo para que pudiéramos agarrarlos y conseguir el fragmento de la Cosa. Un tigre el chabón. Por cierto, tengo tu teléfono y el de Sofía, haceme acordar de dártelos cuando terminemos con esto.
-Te agradezco mucho, pero no creo que los vayamos a necesitar.
Gastón lo miró con intriga.
-¿Por qué?
-Si vos ganás lo más probable es que nos maten, de modo que no tendríamos oportunidad de usarlos. Y si ganamos nosotros, bueno, no creo que los vayamos a necesitar.
La respuesta de Nico no conformó a Gastón, pero estaba claro que no le iba a sacar mucho más, así que decidió cambiar de tema.
-Hablando de Sofía, me sentí un poco decepcionado cuando me enteré de tu relación con esta chica. No está bien soplarle la novia a un amigo, quiero decir.
-Yo no le soplé la novia a ningún amigo. Sofía y yo somos como hermanos, y ella y Ariel están juntos y se quieren, y yo no tengo nada que ver entre ellos. Por otro lado, ahora comprendo bien que la exclusividad en el amor es parte del concepto de propiedad, un invento social creado para garantizar el uso exclusivo de un bien por parte de aquel que lo reclama. No, Sofía, Ariel y yo somos libres, y los tres lo entendemos así. Si tu idea es hacerme reaccionar, mejor andá buscando otra cosa.
-No te enojes, no es eso lo que busco, y tampoco es que me importe demasiado. Era para decir algo nomás. Aunque para que no pase nada hiciste demasiado escándalo cuando te mencioné el tema. Lo que sí te voy a contar es que tu amigo está bastante jodido. Vos la sacaste barata, no te hiciste nada en el choque, y apenas si saliste con un par de golpes. Ariel, en cambio, perdió bastante sangre, y todavía no se despertó. Lo estamos cuidando bastante bien, pero todavía no hay garantías de nada, y te imaginás que llevarlo al hospital es una alternativa que no está en mis manos. Además, el hospital está en Esquel y la diversión está acá.
-Quiero verlo. Le hacés algo y te mato.
-Ves, eso me duele. Me duele porque me tratás como si fuera un asesino a sangre fría, y me duele más porque yo fui tu mejor amigo en una época y jamás me defendiste de esa manera. No digo que las circunstancias sean las mismas, pero uno tiene su corazón, che.
-No jodás, Gastón, por favor. Dejame ver a Ariel.
-No puedo, en serio. Está bien cuidado y fuera de peligro, pero no puedo dejar que se vean…
-Entendeme, yo puedo curarlo.
-Sí, pero para eso tendría que apagar el bloqueador, y no me puedo permitir ese riesgo. No, lo lamento en el alma, pero te vas a tener que conformar con mi palabra. Ahora descansá. Si querés te puedo traer una revista, tengo la Gente de la semana pasada en la Land Rover. Es una mierda, pero al menos sirve para pasar el rato. Voy a ver cómo anda todo y en algún rato vuelvo.
Gastón se fue dejando a Nico esposado, con la palabra en la boca y sin nada para leer. Nico volvió a acostarse, mantenía algunas capacidades de percepción, pero no podía hacer nada que lo sacara de donde estaba. Sólo quedaba esperar la oportunidad de actuar. Algo de lo que dijo Gastón era cierto: Sofía debía estar organizando el rescate. Era el primer día del invierno. Lo que fuera a pasar se resolvería esa noche
27 Agosto 2008 | Por M. J. Howlin | Claves: accion, capitulos, ciencia, cultura, fantasia, ficcion, filosofia, historia, informacion, literatura, magia, medios, novela, poder, prensa | # Enlace permanente
La Huida
El resplandor naranja que habían visto en Juan brillaba ahora sobre el cuerpo de Ignacio, sentado en el asiento de atrás. El Clío estaba de vuelta en la ruta, y Nacho acababa de invocar el Shabot de Orsis. Aún estaba aturdido, pero las primeras señales de entendimiento comenzaban a aparecer en él.
-Qué viejo cagón –fue lo primero que dijo en cuanto pudo decir algo.
-¿Hablás de Juan? –preguntó Sofía.
-Sí. Era un buen tipo, ojo, yo lo re quería, pero al final se cagó, y actuó como un egoísta de mierda. Me jode decirlo, pero ni él ni Julia Hartmann estaban listos para ser Orsis.
-¿Y vos sí? –preguntó Nico desde el asiento del conductor. Ignacio se quedó callado un momento, pero no más que eso.
-Yo sí. Hace media hora te hubiese dicho que no, pero ahora sé que sí. No quiero parecer soberbio, pero en este preciso momento vamos a necesitar a los mejores Otaru de todos los tiempos. Yo pretendo serlo, y ustedes también.
Nadie contestó, pero sabían que era cierto. La experiencia de milenios combinada con la urgencia del presente generaba una necesidad de excelencia desconocida para ellos. Tenían que ser los mejores, no había alternativa. Sofía le alcanzó una botella de Coca-cola de su mochila a Ignacio, y él bebió con gusto.
-No te confundas, lo quería mucho a Juan –continuó Ignacio-. Y ahora entiendo un montón de cosas que me parecían inexplicables. Sólo le reprocho que no me haya preparado, que ahora me tenga que enfrentar a todo lo que se viene cuando apenas pasaron un par de horas desde que me enteré de la verdad. Juan nunca quiso ser Otaru. Siempre negó su responsabilidad en todo esto. Así que cuando llegó el momento de hacerse cargo, lo que hizo fue pasar la posta. No es el primero, tampoco.
-Nos están siguiendo –interrumpió Ariel.
-Era de esperar –dijo Nico- ¿Están lejos?
-Un kilómetro adelante y un kilómetro atrás. Los puntitos que se alcanzan a ver.
-Nos tienen controlados hasta que entremos en Lago Puelo. ¿Conocés la zona Ignacio?
-Viví por acá toda mi vida. ¿Querés que abra un ojal?
-¿Te animás?
-Nunca lo hice. Algún día tengo que empezar. Cuando yo te diga, clavá los frenos.
Ignacio se tomó las sienes con las manos y cerró los ojos. En un momento separó las manos de la cabeza y las comenzó a abrir de a poco. Entonces, y sin previo aviso, bajó las manos al grito de “¡Frená!”. Nico lo hizo, y mientras las ruedas del Clío chirriaban contra el asfalto se abrió un ojal delante de ellos que se cerró apenas lo traspasaron. Ahora estaban en un descampado, junto a una cancha de fútbol. El lugar estaba en las afueras del pueblo, y había un grupo de chicos jugando en el campo mientras unos pocos adultos los miraban desde unas gradas. Abundaban las camisetas de Argentina, como era de esperar en medio de un Mundial, en un equipo como en el otro. Cuando el Clío apareció de la nada el juego se interrumpió, y niños y adultos, luego de un primer instante con la boca abierta, comenzaron a debatir si en verdad se había materializado en el lugar o si nada más no lo habían escuchado llegar. En tanto, los cuatro en el interior se miraron para asegurarse de que todo estuviera bien. Entonces Ariel comenzó a aplaudir, y Nico y Sofi lo siguieron.
-Gracias, gracias, -dijo Ignacio ruborizado-, pero no tenemos tiempo. Hay que dejar el auto acá, seguro lo están rastreando. Saquemos los bolsos del baúl y vamos.
-¿A dónde? –preguntó Sofi.
-A la próxima parada.
Los cuatro bajaron e hicieron lo que dijo Nacho. Varios curiosos se acercaron desde la cancha a una distancia prudencial. Sin hacerles caso, Nacho abrió otro ojal y, ya sin auto, lo volvieron a atravesar. Esta vez aparecieron en el jardín de una casa, y un penetrante olor a asado les dio la bienvenida. Cerca de ellos había dispuesta una mesa donde una familia tomaba mate. Eran cuatro: el padre tendría unos cincuenta años, le sobraban kilos y le faltaban pelos. La madre tenía cuarenta y algo, pero estaba en mucho mejor forma. Los hijos eran un varón y una chica que estarían saliendo de la adolescencia y habían sucumbido a la tentación de calzarse la celeste y blanca. Un equipo de música sonaba desde adentro de la casa, un chalet de dos plantas que había quedado a sus espaldas. Estaban escuchando Zeppelín IV. Pero eran los padres los que llamaron la atención de los recién llegados. Sendas auras violeta y verde brillaban sobre sus cuerpos.
-Los estábamos esperando –dijo Orana, el padre-. No sabíamos si habían comido, así que les guardamos un poco de vacío y un par de choris. ¿Juan Murió?
-Voló junto con la librería –contestó Nico-. Gusto en verlos.
-Armando Godoy es mi nombre –dijo Orana-, y también me alegro de verlos. Y vos, hijo de puta, nunca más viniste ni a saludar, eh.
Godoy se acercó a Ariel con los brazos abiertos, y él se apuró a devolverle el abrazo. Por un momento se sucedieron los abrazos y las presentaciones. Orson se llamaba Cristina, y sus hijos eran Fernando y Cecilia. Con diecisiete y catorce años ya eran jóvenes Uisal.
-Bueno –dijo Cristina-, me encantaría invitarlos con algo, pero imagino que estamos apurados, ¿no?
-Ya sabés –contestó Nico-, cincuenta años sin preocuparnos más que por llevar nuestra vida, y de golpe tenés que resolver todo en dos días. No es la primera vez que pasa.
-No, pero sí la última, ¿verdad? Por eso hay seis de nosotros juntos…
Nico asintió en silencio. La cara que estaba viendo, de pie en el parque de una casa como muchas, era la de una madre preocupada por sus hijos cuyas vidas corrían peligro. Por un momento sé preguntó qué tan fuerte podría ser la convicción en su tarea.
-Nos vienen pisando los talones –dijo al fin-. Para llegar acá tuvimos que abrir un ojal delante de ellos. Nos sacamos el auto de encima, pero tienen todavía muchas otras formas de encontrarnos. Si cortan la luz en Lago Puelo van a detectar ocho Uisal en esta casa, y apenas en un rato los vamos a tener por acá.
-Entonces hay que apurarnos –dijo Armando-, en el camino charlamos. Supongo que vamos a Trevelin.
El equipaje de la familia Godoy ya estaba preparado, y entre los ocho pronto lo llevaron al garaje abierto del frente de la casa. Allí los esperaba una Toyota Hilux 2004 cerrada que era uno de los orgullos de Armando. Mientras cargaban los bolsos en la camioneta, en el cinturón de Nico sonó un celular.
-No atiendas –dijo Ariel.
Nico miró el visor del teléfono y un gesto de contrariedad cruzó su rostro.
-Ya es tarde –dijo-. Es Gastón Rivera. Tendría que haber dejado el celular en Buenos Aires, no sé como pude ser tan boludo. Hola –atendió. Con la mano derecha hizo gestos para que los demás subieran a la camioneta.
-Hola, ¿Nico? Habla Gastón. Sabés, estuve pensando en tu invitación a cenar, y me parece que si tenés ganas hoy me puedo hacer un huequito para que nos veamos, después de todo andamos cerca.
-Te agradezco, pero estoy a los pedos. A lo mejor en un par de días cuando liquide unos asuntos que me tienen bastante ocupado.
-Juntate conmigo y charlamos. A lo mejor los podemos resolver entre los dos.
-No lo creo. Acordate, soy tu competencia.
-Sí. Te subestimé cuando me lo dijiste, pero ahora te tomo más en serio. Bueno, capaz que nos cruzamos por el camino.
-Espero que no, aunque dudo que haya alternativa.
-Nos vemos en un rato, entonces. Bye.
Gastón cortó. Nico revoleó el celular al pasto y subió al asiento trasero, junto a Ignacio y Ariel. Sofía y los chicos se habían acomodado en la caja. Nico le preguntó a Cristina, que estaba en el asiento del acompañante:
-¿Tenemos armas?
-¿Estás jodiendo -dijo ella-? Yo en otra vida fui Sundance Kid, querido.
-Es cierto –interrumpió Ariel-, Y te aseguro que las tetas de Orana cuando era Etta Place eran mucho mejores que las que tiene ahora.
-Lo tuyo es envidia, gil –dijo Armando desde el volante-. Debajo de los asientos hay cuatro pistolas .32, dos FAL y dos UZI. Para cada una llevamos cuatro cargadores llenos. Y una docena de granadas por las dudas. Si hay que pelear, tenemos con qué.
-Me alegro, porque casi seguro vamos a tener que pelear. En cualquier momento van a estar acá. Salgamos ya mismo. Llevan todo, ¿verdad?
Terminó de decir esto y Led Zeppelín dejó de sonar. Habían cortado la electricidad. Armando asintió y propuso:
-Puedo abrir un ojal hasta la ruta, con eso vamos a ganar unos minutos.
-OK, pero tiene que ser AHORA.
Armando puso la Toyota en marcha y le dio primera. Apenas el ojal estuvo abierto avanzó a través de él. Un minuto después, cuando Morgan y cuatro de sus hombres llegaron a la casa, sólo encontraron el Nextel de Nico tirado en el suelo. Morgan lo levantó y revisó las últimas llamadas. No lo habían utilizado desde el día anterior. Llamó al último número en la memoria, el de “Sofía”. Un timbre sonó desde el suelo a pocos metros de donde estaba. La tal Sofía lo acompañaba, y también se había deshecho de su móvil. Morgan revisó las llamadas recibidas y encontró sin sorpresa el número de “Gastón Rivera”. Lo llamó.
-¿Nico?
-No, Morgan. Su amigo nos dejó un regalo.
-Me imaginé. Igual es tarde, alcanzamos a rastrearlos. Ahora necesito que busque en la casa algo que nos diga hacia dónde están yendo. Yo tengo cubiertas las salidas del pueblo, pero quiero saber cuál es su próximo paso. Eran ocho los que estaban ahí, es muy probable que ya estén todos juntos. A lo mejor lo único que necesitan es un lugar seguro donde activar el arma. No lo tienen que conseguir. En un minuto quiero saber cuál es su vehículo, así los podemos localizar con el satélite. Espero su informe, Morgan.
-Sí, Señor –contestó él con sequedad.
Gastón le cortó sin más palabras. Luego caminó hasta la orilla del lago para refrescarse un poco la cara. El paisaje del Parque Nacional Lago Puelo era maravilloso, pero no había tiempo para disfrutarlo. No había podido dormir ni media hora cuando le avisaron de la desaparición del Clío. Mientras Morgan y sus soldados discutían la manera de encontrarlos, O’Malley le preguntó a Gastón si en su encuentro de treinta y seis horas atrás Rey le había pasado su número de teléfono. Por supuesto existía la posibilidad de que no fuese el verdadero o no lo tuviera encima, pero no estaba de más probar. Bingo. Con la primera llamada ya tenía la ubicación. Esperó a terminar de hablar para cortar la luz, y para entonces ya tenía la convicción de que su objetivo estaba muy cerca.
Pero no pudo evitar el mal sabor que la charla con Nico le había dejado en la boca. De todos los amigos que había cosechado a través de su vida, era él de quién mejores recuerdos conservaba. Luego de la muerte de sus padres, Gastón se había movido en los mejores círculos. Don Sergio lo había inscripto en los colegios y universidades más caros de la ciudad, y lo mismo sucedía con los clubes de los que era socio. Desde el comienzo de su adolescencia había entrado en una carrera de apariencias donde poco importaba ser el mejor, mientras que los demás lo creyeran. La única persona que lo había aceptado tal como era, sin importar su dinero, auto o posición social era su viejo amigo de la primaria, Nicolás Rey. Gastón era un chico huraño, introvertido. No era popular ni entre sus compañeros ni con las chicas. Solía pasarse los recreos sentado en el patio, leyendo un libro o una revista. Recién en tercer grado comenzó a relacionarse con un par, y ese era Nico. Gastón sentía que la amistad con Nico había sido parte de su educación. Fue con él que se enteró de la existencia de una serie de cosas que hasta entonces no le habían enseñado en la escuela, y que en su casa las negaban sin más vueltas, como la economía, el sexo y la política. Más de una vez había escuchado a su abuela hablar mal de Nico, pero lo cierto es que él se sentía muy a gusto en su compañía.
Cuando se lo cruzó en la Shell luego de su iniciación, creyó que ese encuentro era un regalo para celebrar su llegada a donde siempre quiso estar. Pero Nico le advirtió que era su “competencia”, y Gastón se equivocó al no hacerle caso. Ahora era tarde. Él y su mejor amigo habían quedado en veredas opuestas, y lo que había en juego era demasiado antiguo y pesado como para pensar en rehacer su amistad. Estaba tomando conciencia del duelo que tendría que realizar para llevar a cabo su tarea cuando sintió la voz de O’Malley que se acercaba por detrás.
-Gastón, te necesito en el puesto de comando. Morgan ubicó la Pick Up en la que viajan, y en cualquier momento hacen contacto. También hay unos papeles y un registro de llamadas telefónicas que hacen pensar que tal vez vayan a Trevelin, unos doscientos kilómetros al sur por la ruta 259, pasando Esquel.
-Hay que interceptarlos por el camino –dijo Gastón-. ¿Tenemos gente por allá?
-Todavía no, pero los refuerzos que pedimos y venían en avión a Bariloche se desviaron hacia el aeropuerto de Esquel. En media hora están aterrizando, y de la pista se van directo a encontrarse con la Hilux en la ruta. Ya me encargué de eso.
-Bien, te felicito, Axel. Ahora tenemos que ir para allá. Ordená a los hombres que levanten el campamento. Vos y yo salimos con la Land Rover. El día va a ser largo, pero confío en que todo termine esta noche. Mientras nos ponemos en marcha voy a hablar con Don Sergio, pasaron muchas cosas hoy, y tiene que enterarse. Andá a buscar la 4×4 y asegurate de que Morgan consiga un buen lugar donde hacer base cerca de Trevelin.
O’Malley asintió y fue a hacer lo que Gastón le pedía. Sin embargo, la idea de volver a manejar por la ruta ya lo estaba agotando aún antes de comenzar. Era duro, y tenía resto, pero llevaba un día y medio sin dormir y sospechaba que pasarían unas cuantas horas antes de tener la oportunidad de hacerlo. En algún momento iba a necesitar de todas las fuerzas que pudiera reunir. Mientras tanto, sólo quedaba hacer lo que le decían.
La noche estaba por caer.
26 Agosto 2008 | Por M. J. Howlin | Claves: accion, capitulos, ciencia, cultura, fantasia, ficcion, filosofia, historia, informacion, literatura, magia, medios, novela, poder, prensa | # Enlace permanente
Puesto de Comando
El informe de la explosión tomo por sorpresa a Gastón. No tenía dudas de que Juan Costantino era uno de los cuatro hombres que buscaba, de manera que no comprendía por qué había terminado con su vida. Los dos soldados muertos eran otro tema, pero ya mandarían más desde Buenos Aires. Lo importante era que en el Clío viajaba sin dudas un fragmento de la Cosa Sin Nombre. Ahora había que tener cuidado, en cualquier momento llegarían a Lago Puelo, y ese sería el mejor momento para atrapar a los siete en pleno. O’Malley y él habían ganado bastante terreno. Llegaron a lo que quedaba de la librería apenas quince minutos después de la partida de Nico, y se detuvieron para hacer una inspección visual del siniestro. El viejo lo había pensado muy bien. Los explosivos estaban por todo el local, ubicados para provocar un incendio que consumiera con rapidez todo lo que había a su alcance: libros, muebles y paredes de madera. Antes de media hora el edificio se había vuelto cenizas. Junto con la Land Rover llegó al lugar una camioneta de la Policía de Chubut, un autobomba y una Sprinter blanca con vidrios polarizados. Mientras los bomberos y los policías cercaban el lugar y espantaban a los vecinos, turistas y curiosos que se habían acercado a mirar, dos hombres bajaron de la Sprinter y se acercaron a Gastón y O´Malley. A la cabeza del grupo iba un sujeto de unos cincuenta años. Llevaba Ray-Ban negros y un handy en la mano izquierda. La derecha se la estiró a Gastón al acercarse.
-¿Rivera? Soy Frank Morgan, el Jefe de Operaciones de la Regional Sur. Don Sergio me avisó que venía. Tengo un Puesto de Comando montado en el Parque Nacional Lago Puelo. Dos de mis hombres siguen al auto de Rey y dos más los esperan en el pueblo. Estamos monitoreando por satélite todos sus movimientos. En el campamento le voy a dar un informe completo de todo lo que pasó acá.
-¿Tenían conocimiento de que uno de los que buscábamos estaba en El Bolsón? –preguntó Gastón sin dejar de mirar el Incendio.
-No. Seguimos al auto hasta acá y resultó que los estaban esperando. Estuvieron dos horas. Ravenna y González entraron cuando los otros se fueron. Entonces el viejo hizo volar todo.
-¿Y cómo sabemos que era el viejo el Cuidador y no el pendejo?
-Difícil. El viejo era el dueño del boliche, y el pendejo laburaba para él. Lo más probable es que fuera su sucesor. Como fuera, ahora la Cosa la tiene él.
-¿Seguro?
-Seguro. Se la dio en una cajita de madera cuando se despedían.
-Bien, si está todo bajo control me gustaría ir al Puesto de Comando. O’Malley necesita descansar un poco, manejó sin parar desde la Capital, y a mí tampoco me vendría mal. ¿Puedo confiar en que no los van a perder de vista?
-Tengo a mis mejores hombres atrás y adelante del coche. Tendrían que desaparecer para perderlos.
-Recuerde entonces que esa es una posibilidad. Ya lo han hecho antes. Póngales bloqueadores en cuanto establezcan contacto. Y antes de agarrarlos asegúrense de que estén todos. Si había uno en El Bolsón puede haber más en algún otro lado. Vamos.
Gastón y O’Malley subieron a la Sprinter, mientras el hombre que acompañaba a Morgan se disponía a seguirlos con la Land Rover. O’Malley quedó dormido en cuanto se apoyó en el respaldo. Había tenido un día duro, y su aspecto lo delataba. Gastón no se veía tan mal, pero igual estaba cansado y ojeroso. Amagó con recostarse en el asiento, pero Morgan le volvió a hablar.
-En cualquier momento van a estar dentro de los límites de Lago Puelo. Un móvil se va a mantener cien metros delante de ellos, y el otro los va a seguir a la misma distancia. Vamos a esperar a ver qué hacen, apurarse no sería prudente. Esta vuelta nos ganaron, no hay que permitir que pase de nuevo. Desde Comodoro Rivadavia me van a mandar refuerzos, pero recién van a llegar esta noche.
-Hay que tener mucho cuidado –contestó Gastón mientras bostezaba-. No se les puede permitir que escapen, pero tampoco se los puede dejar que activen el arma. No sabemos el tiempo que necesitan. Si en donde sea que paren ven algún movimiento anormal, ataquen. La idea es agarrar a todos con vida, pero hagan lo que haya que hacer. Yo voy a descansar una hora en el campamento. No quiero que me molesten a menos que sea imprescindible.
-Muy bien, señor.
Cuando llegaron Gastón buscó una carpa vacía con una colchoneta y no esperó para echarse a dormir. O’Malley también tenía permiso para hacerlo, pero prefirió observar lo que hacía el equipo de Morgan. No era la primera vez que pasaba cuarenta y ocho horas sin dormir, había tenido exigencias mayores, y le parecía una buena oportunidad para ver cómo trabajaban. El Puesto de Comando constaba de dos motorhome: uno tenía ocho camas retráctiles, baño y cocina, y podía servir de dormitorio o de improvisado salón de reuniones, y el otro contenía el instrumental. Éste consistía en cuatro computadoras, seis monitores LCD independientes que proyectaban distintas imágenes, un teléfono satelital, impresoras láser y fotográfica y varios equipos que O’Malley jamás había visto y cuya utilidad sólo podía suponer. Se acercó a los hombres que trabajaban en las computadoras y sintió la presencia de Morgan que se ubicaba a su lado.
-En este monitor podemos ver la imagen del satélite –dijo éste-, y en el otro un esquema de la ubicación según el rastreador que les pusimos mientras estaban en lo del librero. -En el primero se veía una foto del terreno tomada desde gran altura que se actualizaba cada dos segundos. El segundo era apenas una pantalla azul con coordenadas que marcaba en el centro un punto blanco que titilaba acompañado de dos puntos rojos, uno cinco centímetros arriba y el otro cinco centímetros abajo.- Los puntos rojos representan a nuestros hombres. Están a dos kilómetros del casco urbano del pueblo. En cualquier momento vamos a saber a dónde van.
-¿Los hombres en los móviles están bien preparados? –preguntó O’Malley.
-Sí, llevan armas de mano, fusiles, granadas y bloqueadores de magia, pero los tienen apagados. Si se dan cuenta de que los seguimos de cerca no nos van a llevar adonde queremos.
-¿Y está seguro de que no se dieron cuenta aún?
-Mis hombres son los mejores, O’Malley. Pueden estar al lado mismo de esos cabrones y aún así no los van a ver.
-¿Y ahora? ¿A dónde se fue el punto blanco?
El punto blanco que representaba al Clío había desaparecido. En su lugar quedaba un hueco y el recuerdo de su titilar. Los puntos azules comenzaron a moverse de manera que evidenciaban su desconcierto. Lo mismo pasaba con el rostro de Morgan: pasó en unos cuantos segundos del estupor a la furia, y luego a la desesperación.
-¡Ampliación de zona! –gritó- ¡Quiero ver en todo el puto pueblo dónde carajo se metieron esos hijos de puta!
-¿Qué pasó, Morgan? –Preguntó O’Malley con malicia- ¿Perdió el objetivo?
Si Morgan hubiese podido manejar el fuego como lo hacía Ariel, O’Malley habría quedado reducido a cenizas. Estuvo a punto de no responder la pregunta, pero lo hizo.
-Enseguida lo vamos a recuperar. No pueden ir muy lejos, tienen que llegar al pueblo.
-Le pregunté qué fue lo que paso, Morgan. ¿Falló el rastreador?
-No. –A Morgan le costaba soltar las palabras- De los móviles me informan que el auto, no sé, sólo desapareció.
-Tal como dijo el Señor Rivera que podía pasar, ¿verdad?
Morgan sabía la respuesta, pero no la iba a soltar tan fácil. Tampoco hacía falta.
-No hay duda de que irán al pueblo –continuó O’Malley-, pero ahora están prevenidos de que los seguimos. Podemos volver a localizar el auto, pero eso no nos da seguridad de que permanezcan en él. Por lo pronto yo no lo haría. Estamos en cero, Morgan. Le recomiendo que ponga a todos sus hombres a rastrillar el pueblo en busca de ellos. Corte la electricidad en el pueblo. Imprima fotos y repártalas en los comercios de la zona, no, mejor de la región. Quiero que cada habitante del sur persiga a Rey y los suyos. Ellos abrieron el juego, ahora nos toca. Despierte al Señor Rivera. Y, por favor, no se mande más cagadas, Morgan.
-Usted no me va a hablar así.
-Sergio Brandán está a cargo de esta operación, Morgan. Si él no se encuentra, las órdenes las da Gastón Rivera. Si Rivera duerme, usted me obedece a mí. Respete la cadena de comandos. Y cuando joda un plan, hágase cargo.
Morgan asintió con la cabeza, largó un suspiro de desaprobación y salió de la carpa. O’Malley no estaba del todo seguro de que las cosas fueran como las dijo, pero lo dijo convencido y, mierda, qué bien sonaban. Brandán, Rivera y él. No estaba mal. Valió la pena quedarse despierto. Ahora se largaba el juego. Si salía bien sería grandioso. Y si salía mal… no, mejor no pensar si salía mal. Mejor ni pensarlo.
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