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Trilogía de Bloggers

Esto de tener un blog tiene sus pro y sus contras. Una de las cosas que más satisfacciones me ha dado ha sido la gente. He conocido muy buena gente en este lugar. Y gente de todo tipo.

Ella era de un tipo muy particular. Su llegada tardía no fue menos impactante. Decía ser una mujer de edad mediana inmersa en la movida swinger, y eso alborotó de inmediato los ratones de la comunidad blogger. Algunos textos míos con cierto matiz erótico llamaron su atención y no tardó en tomar contacto conmigo. De inmediato su intención fue tentarme, lo sé. Muy poco hubo de ese coqueteo previo lleno de preguntas de cuestionario y evasivas discretas. Su naturaleza era plenamente sexual y no lo ocultaba. Las charlas tranquilas de los dos primeros días fueron subiendo de temperatura y no tardamos en hablar de sexo en forma directa, e incluso masturbarnos uno a cada lado de la fibra óptica, y luego del celular. El encuentro fue propuesto por ella, pero a esa altura yo ya lo deseaba. Lo necesitaba.

Nos vimos en un parque, como aquella vez del encuentro de bloggers. Pero esta vez sólo éramos dos. Ella me había anticipado lo que iba a encontrar: una mujer en sus cuarentas, ni demasiado delgada ni demasiado hermosa, pero que si quería sabía hacerse desear. Era cierto. Posiblemente no me hubiera fijado en ella de haberla cruzado por la calle, pero en cuanto se me acercó sentí el poderoso influjo de sus feromonas actuando sobre mi sistema. Luego de hablar un rato de asuntos tal vez intrascendentes pero a una distancia de intenciones inocultables, ella me convidó un caramelo. Yo lo acepté y ella me lo dio en la boca. Empujándolo con su lengua.

No tardamos mucho en ir a parar a su departamento. Apenas minutos. Una vez allí ella no apuró las cosas. Dejó crecer el deseo, sirvió vino, comenzamos a hablar de otras cosas. En ningún momento ocultó su gusto por la pluralidad. En ningún momento negó la posibilidad del número dos, pero su preferencia por el más. Yo me preguntaba qué se traía entre manos. Empezó a hablarme de las demás bloggers, de cuales me atraían y cuales la atraían a ella. Se habló de aquella que no posteaba seguido pero hacía perfectas transcripciones de sus charlas por msn altamente encendidas. O de la otra que había borrado su blog pero había alcanzado temperaturas ardientes con sus relatos de conquistas y seducciones de oficina. O de aquella otra, la reina del cachondeo, la dueña de los ratones de la comunidad (nunca me gustó la palabra blogósfera). Su nombre de inmediato traía el deseo a la mente de cualquiera que la pensara. El dulce de su nombre era dulce de lujuria, no de contención. Hablando de ella recordé aquel post sobre placer oral que me inspiró para contarle como y de qué manera me comería el de ella, sin pensarlo, entregándome al deseo. La dama parecía gozar con eso, y me pregunta si me gustaría hacer un trío con ella y la Sweet. Yo sonrío, no contesto, pero tampoco niego. Ella me dice que la conoce, que son amigas, que quien sabe. Mis ratones vuelan. Comenzamos con un franeleo lento y desesperado. Ella contesta un mensaje inoportuno y luego continúa con sus manos el recorrido por mi cuerpo. Refriega su cuerpo contra el mío, siente la dureza de mi deseo, lo hace crecer. Nos entregamos a la danza frenética de los cuerpos y ella comienza a quitarme la ropa. Yo amago con quitar la de ella, pero me esquiva, se hace rogar, ni siquiera me deja besarla. Pronto estoy casi desnudo, y entonces me permite dejarla con su ropa interior al descubierto. Con suavidad me lleva hasta la pieza donde en una bandeja encuentro una botella de vino y tres copas.

Entonces fue cuando entró ella.

“Caín, te presento a Ale Sweet”, me dijo la Dama.

A partir de allí dominó el imperio de los sentidos. Entre la Dama y yo comenzamos a desvestir a la recién llegada. Ella lejos de su imagen de femme fatale parecía una jovencita virgen pero calentona y deseosa prestándose al juego entre nosotros. Mi virilidad ya estaba al palo, y pronto las dos se arrodillaron delante de mí y comenzaron a besarla, chuparla y lamerla con la maestría de dos expertas en el asunto. La imagen de las dos mujeres recorriéndome con sus lenguas era casi tan excitante como la sensación de su húmeda textura sobre mi pija. Entonces, casi tímidamente, la fui retirando y dejé a sus lenguas jugando la una con la otra, en una danza maravillosa que exacerbaba mi calentura hasta insospechados límites. Mientras ellas seguían yo me acomodé frente al sexo de Sweet y empecé a comerlo con la dedicación que había soñado, jugando con su clítoris, pasando la lengua por sus labios, hundiendo mi dedo en su ano con suavidad. Ellas seguían besándose, hasta que la Dama me comenzó a recorrer el pecho, morder suavemente mis tetillas, volverme loco mientras mi boca devoraba la intimidad de Sweet casi literalmente. Entonces con la boca me colocó un preservativo y la invitó a ella a cabalgarme. Sweet se acomodó sobre mi verga y pude deleitarme con el espectáculo de su placer sobre mí. Eso hasta que la Dama se acomodó sobre mi cara para que le diera placer a ella. Fue entonces cuando la vista le dejó lugar a los demás sentidos. Sentía profusamente la humedad del interior de Sweet moviéndose al vaivén, atrapando mi rigidez como carcelera, haciéndome delirar con su roce contra mi cuerpo. Escuchaba los gemidos de placer de las dos, su éxtasis, su placer de descubrimiento o docencia, y mi calentura crecía. Penetré con mis dedos el sexo y el ano de la Dama, ya a esa altura nada importaba. Probamos todo tipo de posiciones y combinaciones, y finalmente pude sentir las piernas de la Dama tensarse, el cuerpo de Sweet curvarse, y entonces sin culpas me permití expulsar mi placer en medio de un grito ensordecedor que pudo oír todo el edificio.

Fueron tres o cuatro horas sin pausa, en que nos dimos el gusto de explorar en profundidad el cuerpo de cada uno de ellas. Tuve momentos a solas con Ale y con la Dama, y ellas lo tuvieron para ellas, pero fue cuando actuábamos los tres juntos cuando el placer era más grande. Finalmente, con los cuerpos agotados, quedamos los tres en la cama mirándonos unos a otros.

Entonces comencé a tocarme.

Ale gozaba con el espectáculo, y sus dedos fueron a buscar su vagina aún jugosa. La Dama no tardó en acompañarnos. Los tres gozamos de nuestras respectivas pajas mirando a los otros, y pronto las ganas de jugar aparecieron de nuevo. Entonces luego de un buen rato de estimulación sentí que el clímax se acercaba de nuevo y se los hice saber. Ellas se me acercaron y me ofrecieron sus pechos y sus bocas y lenguas anhelantes de recibir lo que yo tenía para darles. Entonces las rocié con mi blanca palidez y los tres gozamos de un momento sublime, y un digno broche de oro para una tarde de domingo tan especial.

No fue éste un domingo cualquiera.

Prometimos jamás hablar con nadie de esto.

Boomp3.com

23

Entonces quedaron solos frente a frente en la habitación Nº 23 y comenzaron a besarse apasionadamente.

¿Cuanto hacía que comenzaron a hablarse? ¿Un mes? Al principio los unió la común defenestración de una tercera persona indeseable, pero a partir de allí empezaron a hacer buenas migas. Ella tenía su propio blog, él también. Ella un día amagó con cerrarlo, y él, simplemente, no se lo permitió. Así ella comenzó a fijarse en él.

Porque es justo decir que ella no era una chica como todas. A lo largo de su historia se había acostumbrado a tomar las riendas de su vida, y en muchos caso también de la de quienes la acompañaban. Su carácter, decisión e iniciativa le abrieron infinidad de puertas, y fue así que habiendo nacido en una humilde casa del conurbano había llegado a un importante puesto en el directorio de una multinacional a la edad en que muchas mujeres, y hombres también, simplemente ven transcurrir sus vidas esperando alguna oportunidad que les caiga del cielo.

Ella era ambiciosa, por supuesto, pero esa misma ambición muchas veces le hacía relegar su costado más femenino, envuelta en la vorágine de la toma de decisiones no sólo a nivel profesional sino también cotidiano, y fue así que a modo de cable a tierra decidió abrir ese blog donde se permitía, simplemente, ser mujer.

Un día ella se permitió desde allí mostrar algo de debilidad, y alegando cierto cansancio expresó sus deseos de cerrar su blog en un corto plazo. Él la leía desde poco tiempo antes, y al tomar nota de sus intenciones sintió que no podía dejar que ella las concretara, y fue así que lo hizo saber.

Ella no estaba acostumbrada a que le dieran órdenes ni le dijeran lo que tenía que hacer, y en la desfachatez de ese hombre que se atrevía a cometer semejante osadía encontró la motivación para continuar, y también encontró algo más. Pronto comenzó entre ellos un intercambio continuo de mails, que al poco tiempo se trasladó al msn y luego a los mensajes y las charlas vía celular. Empezaron tranquilos, de manera gentil y respetuosa, hasta que sus propias naturalezas los llevaron a charlas cada vez más encendidas. Entonces el encuentro se hizo cada vez más necesario.

Así llegaron a compartir un almuerzo, durante el cual el deseo que los unía se hizo presente con suma urgencia. Dos días después entraron a esa habitación 23 donde finalmente consumaron sus ganas. Allí se besaron por primera vez y rápidamente se despojaron de ropa e inhibiciones. Entonces comenzó el ritual de explorarse los cuerpos, conocer sus cavidades y protuberancias. Ella lo tendió en la cama, él se dejó hacer mientras ella devoraba su miembro largo rato con fruición mientras sus largos cabellos rubios ocultaban su rostro. Él la tomó y la poseyó con energía en la cama, contra el espejo, en el hidro, sobre ella, bajo ella, regodeándose con cada postura (adoraban las posturas), probando, descubriendo, dejándose llevar. Ella estaba acostumbrada al sexo en la cama, él le mostró que también es un lugar para la charla, las risas y la complicidad. Durante las cuatro horas que estuvieron juntos compartieron orgasmos y vino, vasos rotos y camas vibrantes, risas y confidencias, piel y carne. Cuatro veces alcanzaron el clímax de intensidad, y cuatro veces se miraron a los ojos después de acabar, los cuerpos transpirados, la respiración agitada, las feromonas que los envolvían entre deseo consumado y ganas renovadas. Hasta que finalmente sonó el teléfono maldito avisando que su turno había terminado.

Ellos se miraron, se rieron, se besaron y comenzaron a vestirse. Se besaron una vez más antes de salir y luego él la acompaño hasta una avenida a tomar un taxi.

Ella no se podía demorar más.

¿O qué excusa le iba a poner a su marido?

Boomp3.com

Punk – Colofón y palabras finales

Punk:

Estado filosófico de insatisfacción generalizada

que provoca en las personas el deseo de caos

y anarquía por considerarlos preferibles

al orden establecido.


P.S.

Fernando aterrizó con cautela en una terraza del edificio Kavanagh. Los pisos altos de los rascacielos eran los lugares más seguros de la ciudad, ya que rara vez alguien se animaba a subir a pie por las escaleras, y los Uisal en general preferían alejarse de la antigua Capital de la República. “Así que esto era Buenos Aires” pensó. Había escuchado hablar mucho de ella, pero en sus treinta y cuatro años de vida era la primera vez que se decidía a entrar. Los demás hombres del grupo venían cada tanto, Axel, Gastón y Nicolás habían crecido acá, y Nacho iba donde iban ellos. Él era más huraño, y en realidad lo disfrutaba.

Su madre decía que se iba a quedar soltero (solterón era su palabra), pero él estaba bien así. Era el impar. Después de un par de años tratando de sacarse a Sofía de la cabeza, Axel había formado pareja con Cristina, quien también pudo dejar atrás su duelo por Armando. Nacho y Ceci tenían dos hijos, Butch, de diez años, y Darla, de siete. Gastón había encontrado su par en una chica de Villa General Belgrano. Nico y Sofi habían sido menos prolíficos, pero Ariel ya tenía catorce años, y hacía tiempo que era un miembro activo de la comunidad. De hecho, tenía la misma edad que su hermana cuando comenzó todo, pensó Fernando.

Durante algún tiempo anduvieron sin demasiado rumbo fijo, a través de las montañas y valles. No tardaron mucho en llegar a Córdoba, donde el clima era más benigno, y allí se quedaron un buen rato. A tres años del Apocalipsis encontraron una manada de pegasos asentada al pie de los cerros Las Gemelas, en Capilla del Monte, y apelando a sus viejas artes casi olvidadas lograron comunicarse y hacer amistad con ellos. A partir de entonces volaron juntos por toda América Latina, ganando amigos y enemigos. En las ciudades los recibían con hostilidad en la mayoría de los casos. Los urbanos sentían desconfianza hacia todo lo relacionado con la magia, que les había arrebatado su estándar de vida. Con la gente del campo solía haber mejor feeling.

Sombragrís y Fernando se convirtieron en compañeros inseparables. El animal nunca supo por qué había sido bautizado de esa manera, pero aceptó su amistad de manera incondicional. Ya habían pasado varios años desde entonces, y tanto uno como el otro comenzaban a sentir el rigor del tiempo. Sin hospitales, sin servicios, sin siquiera un almacén donde comprar el morfi la vida se hacía dura, y el cuerpo no llegaba a los treinta con la misma entereza que antaño. Fernando le dio una suave patada a Sombragrís y éste levantó vuelo. Pasaron por encima de ese montón de yuyos que era la Plaza San Martín y encararon con dirección al río.

A Fernando le gustaba sobrevolar el río. Nadie lo dijo de entrada, pero una vez liberados, el deseo de los siete antiguos Otaru fue el mismo: querían volver al prado, al río, a ese paraíso que habían conocido a través de una grieta hace tantas edades. Algunos sabían cómo encontrarlo, pero preferían no hacerlo. Lo habían visto un par de años atrás en un informe de CQC. Estaba a la altura de lo que fue Berazategui. En el lugar donde habían sido tan felices colocaron el desagüe maestro de las cloacas de Capital Federal y Gran Buenos Aires. Recién ahora, diecisiete años después, empezaba a irse un poco el olor a mierda. Habían comprendido hacía rato que ninguno lo disfrutaría en vida, y la vida ya no tenía repuesto. Pero cada tanto a Fernando le gustaba mirarlo desde las alturas.

Una hora después Fernando y Sombragrís llegaron junto a los demás en la casa que habían levantado al pie de las sierras de Tandil. Fernando se apeó y se reunió con su hermana y su cuñado. Darla se acercó corriendo y dio un fuerte abrazo a su tío. Eran una familia. Tal vez no la que creyó que podría tener cuando era niño, pero no había dudas de que eran una familia. Tomó aire y suspiró.

La vida sigue.


Habrán de imaginar que escribir esta novela me insumió tiempo y esfuerzo. Bebo reconocer que fue un laburo intenso, pero divertido y estimulante. Escribo desde hace más de veinte años, desde los primeros borradores que improvisaba cuando aún estaba en la primaria. Con el tiempo y las influencias recibidas (malas influencias muchas veces) fui puliendo mi estilo. Hoy con orgullo puedo decir que creo tener un estilo propio, y eso me gusta. Punk fue escrita entre 2005 y 2006, en estricto presente. Hasta entonces, si bien tenía una cierta obra, que vino a conformar el proyecto No Hemos Sido Presentados, la verdad era esa, no me había presentado a mis lectores y en consecuencia no me leía ni el loro. Cuando me enteré de la existencia de esta comunidad abrí este blog, al que le dí el nombre de mi nave insignia y bauticé posteando mi carta de presentación, el texto homónimo. Poco después sentí la necesidad de volver a escribir, y para mi nueva producción, abrí un segundo blog, bajo el nombre Life is a Piece of Sheet, juego de palabras que nació como nick de mi msn.

Entonces aparecieron ustedes. No los voy a nombrar, saben quienes son. En pocas palabras, me han hecho feliz. Gracias a ustedes empecé a sentir que mi creatividad tenía un receptáculo, y que lo que yo hacía servía para algo, o alguien. Ustedes me impulsaron a seguir escribiendo. Hasta hoy no más de cinco personas habían leído mi novela inédita. Espero no haberlos defraudado. Ustedes, por cierto, no me defraudaron a mí.

Millones de gracias. Por favor, háganle una última caricia a mi ego y dejen su comentario.

Caín

Punk (Capítulo XVII)


El Despertar

Y la Magia despertó.

Al principio Gastón no entendió lo que veía. Todo parecía muy confuso. Entonces recordó aquel cuento de Borges que leyó cuando estaba en el secundario. Y comprendió qué era eso delante de él.

Estaba viendo el Aleph.

Los reflectores se habían apagado luego de la invocación de Nicolás, y el huevo de luz era lo único que iluminaba la escena. A través de él Gastón podía ver lo que pasaba en cada lugar en el mundo. No había electricidad en ninguna parte. Tanto las grandes ciudades como las zonas rurales de occidente estaban a oscuras. En Oriente, donde ya era de día, se podía ver con más claridad lo que pasaba, pero tampoco había energía eléctrica. Por todas partes comenzaron a abrirse algo que Gastón sólo podía definir como agujeros en la realidad. De ellos salieron, primero con cautela, luego con mayor fluidez, aquello que conocía como “seres maravillosos”. Con la boca abierta vio un unicornio surgir de la boca del subte A en Plaza de Mayo. Su piel era blanca y sedosa, y su cuerno emitía una potente luz que alumbraba la noche porteña mejor que lo hubieran hecho los faroles incandescentes. El espectáculo era un desafío a la cordura. Una familia de duendes cruzó un portal en Lima. Los hombres apenas llegaban a medir ochenta centímetros, mientras que las mujeres y los niños eran aún más pequeños. Todos llevaban largas barbas. En Madrid el museo del Prado se vio invadido por una bandada de pequeñas hadas. Su tamaño no era mayor al de una Barbie, tenían alas de libélula y una expresión perversa en sus rostros. En Frankfurt un grupo de hinchas que festejaban el empate entre Holanda y Argentina consideraron que se habían pasado de marihuana cuando una esfinge salió de la nada enfrente de ellos. Y en la Plaza Roja de Moscú una colonia de faunos atravesó un ojal hacia este lado, para estupor de los soldados. Cruzaban en grupos y con cautela, como un pueblo que hace largo tiempo fue desterrado y al volver a su país encuentra que ya no es el mismo.

Como no era lo mismo para los habitantes actuales de este mundo. En zonas rurales los campesinos quizá estaban mejor preparados para recibir a la magia, pero las ciudades eran caos. El corte masivo de luz paralizó todas las actividades habituales de la población. En las zonas más ricas la gente había quedado presa en cárceles de lujo cuando sus palacios de máxima seguridad con cerradura electrónica se convirtieron en jaulas herméticas de donde no podían salir. Lo mismo pasaba con los pisos más altos de los rascacielos. No funcionaban las computadoras, teléfonos, celulares ni autos, y mucho menos la radio o la televisión. La sociedad del siglo XXI descubrió la fragilidad de su bienestar. La anarquía reinaba: sin comunicación, los gobiernos no podían hacer nada por contener a las masas presas de la histeria, y las hasta entonces fuerzas del orden, justicia y seguridad, ahora eran un montón de individuos corriendo por las calles tratando de llegar a algún lado, viendo hasta dónde se extendía esta locura. Porque si tener la ciudad a oscuras ya era mucho, cruzarse con una manada de grifos en Cabildo y Juramento era demasiado.

Entonces Gastón reparó en una figura extraña sobre una imagen conocida. Las Torres Petronas de Kuala Lumpur. Él estuvo en la inauguración del ’98. Viajó a Malasia con Don Sergio, quien había tenido bastante que ver en su génesis. Ocho años después, una imagen amenazante se posó en la unión de los dos gigantes, a ciento cincuenta metros de altura, multiplicando el terror de quienes estaban adentro. Era de día, pero Gastón sólo se permitía ver una silueta negra semejante a un enorme murciélago, hasta que una lengua de fuego derrumbó su última defensa de sentido común. Era un dragón. De inmediato aparecieron otros, a lo largo de todo el mundo, siempre en lugares altos pero concurridos. La Torre Eiffel, el Empire State, la Torre Sears, pero más que nada las montañas. En las montañas los dragones se sentían a gusto y volaban en manadas, festejando el regreso a su viejo hogar. Por un momento Gastón volvió a la realidad y recordó que apenas unos kilómetros lo separaban de la Cordillera de Los Andes. Esto no duró mucho, ya que apenas unos minutos después, y a través del Aleph, vio caminar por la Quinta Avenida, en pleno centro de Manhattan, una figura luminosa que después de ver El Señor de los Anillos sólo podía identificar como un Balrog.

-¿Qué es esto? –reaccionó por fin-. ¿Qué hiciste, Nico? ¡Es el fin del mundo!

Hasta entonces los siete Otaru habían estado en trance, inmóviles y con los ojos abiertos fijos en el huevo de luz. Entonces Nico lanzó un grito desgarrador y de su cuerpo comenzó a desprenderse una figura de ectoplasma: una joven mujer negra de cabello largo, con la sabiduría dibujada en su rostro. Estaba desnuda, pero no era una belleza a los ojos del siglo XXI. Sus pechos estaban caídos, le faltaban dientes y exhibía por todas partes las huellas y cicatrices de una vida corta pero dura. Una vez que el fantasma terminó de salir, Nico dio un paso atrás, aturdido, y se desplomó en el suelo. Otras dos mujeres y cuatro hombres salieron del cuerpo de los demás. La joven que salió de Nico se volvió hacia Gastón.

-No es el fin del mundo –respondió Ocai-. Es una corrección, y las correcciones duelen. Hace mucho tiempo cometimos un error, y lo estamos reparando. Pero los errores son como las mentiras: si no las resolvés a tiempo crecen hasta que se escapan de tus manos. Cuando vimos a Abraxas matar a nuestro padre creímos que lo mejor sería alejar la Magia de su alcance. Por eso la Magia no se puede usar para el ataque: nosotros inhibimos esa posibilidad. Así como alejamos de este plano toda la Alta Magia y dejamos apenas los trucos más baratos para prestidigitadores.

-Pero subestimamos el potencial de Abraxas –intervino Origo, un joven musculoso con una gran cicatriz en su pecho-. Al quitar la Magia del medio, permitimos que él comenzara en su carrera por la tecnología. Al principio no nos dimos cuenta, y sólo quisimos separarnos y huir. Cuando comprendimos que todo se había salido de cauce era tarde. Habían pasado cuatrocientos ochenta siglos, y estábamos disgregados por el mundo.

-En aquellos tiempos los hombres éramos seres de la naturaleza –continuó Ocai-. Habíamos aprendido a manejar algunas cosas, teníamos un mínimo conocimiento de las posibilidades de la tecnología y de los misterios de la Magia, pero no éramos muy distintos a los gorilas, los mamuts o los delfines. Cazábamos unas especies para vivir, y otras nos cazaban a nosotros. Estábamos en armonía con el ecosistema.

-Éramos niños –intervino Odil, un muchacho fuerte y robusto, más pequeño que Origo pero con firme decisión en su rostro-. Niños egoístas que descubrieron un juguete maravilloso, y cuando lo vieron en peligro se lo llevaron para que nadie más lo usara. Nos equivocamos. La Magia moldeó al mundo con sabiduría durante millones de años, y no necesitaba de nuestra intervención para defenderse. Lo que logramos fue allanarle el camino a Abraxas para que él construyera su civilización. La única que planteó nuestro error fue Orana, y no le hicimos caso. Cuando los primeros imperios basados en el sometimiento de los débiles comenzaron a forjarse ya estábamos demasiado separados.

Gastón se quedó mudo por un momento. Trataba de situarse en contexto. Mientras miraba el fin de la civilización a través de un huevo de luz, siete figuras fantasmales contaban una versión que implicaría la revisión total de la historia conocida. Mientras tanto los cuerpos que los habían albergado permanecían en el suelo. No estaban inconscientes: estaban llorando. Luego de cincuenta mil años de acumular emociones habían terminado con su tarea, y ahora se descargaban llorando como chicos. Todos, incluso O’Malley, estaban tirados en el suelo, la mayoría en posición fetal, dejando escapar a moco tendido un llanto guardado por milenios.

-¿Pero qué es lo malo de la civilización? –preguntó Gastón- Nosotros también estamos en armonía.

-Sabés que no es así, Gastón –respondió Ocai-. Durante mucho tiempo el sometimiento de los humanos se limitó a los de su propia especie, salvo tal vez por las que usaban como ganado, pero en los últimos tiempos, a partir de la era industrial, los hombres comenzaron a afectar el planeta. Contaminación de ríos y mares, capa de ozono, efecto invernadero, extinción de animales y vegetales, no hace falta que siga enumerando. El hombre desbalanceó el equilibrio, se convirtió en una plaga peligrosa. Ahora tendrá que volver a la naturaleza o desaparecer.

-La clave está en la electricidad –dijo Odil-. Cuando empezaron a usar la electricidad como fuente de energía, comprendimos que era una forma menor y algo corrupta de magia. Lo confirmamos al comprobar que tenían que cortar la luz para que funcionen los detectores. Ahora, al liberar la Magia, absorbió toda forma de electricidad. Y no funcionan baterías, generadores ni grupos electrógenos. La civilización se volvió demasiado dependiente de los electrónicos, hasta un punto en que sin electricidad no se puede hacer nada. Los pocos artesanos que existen no alcanzan para reemplazar todo lo que los operadores, técnicos, ingenieros y científicos no saben hacer sin una miserable pila AA. Ahora los que quieran seguir viviendo van a tener que aprender a hacerlo de la manera difícil, como era antes. Creo que un pequeño porcentaje lo logrará. Y serán los que ya estén acostumbrados a la supervivencia, no los que viven en el lujo. ¿Vos dónde estás, Gastón?

-¿A qué te referís? –preguntó Gastón con desconfianza.

-Fuiste testigo privilegiado de un hecho único –contestó Ocai-. Hoy sos Abraxas, y nunca pensamos que un representante del enemigo iba a estar presente cuando esto sucediera.

-Tuviste la amistad de Nico y te ganaste el respeto de Axel –dijo Odil-. Es por eso que hoy ves esto con vida y en libertad. La pregunta es, ¿qué vas a hacer ahora? Todo lo que representaba tu standard de vida desapareció. De hecho, estás perdido en el medio de un bosque. ¿Qué vas a hacer?

-Nuestra tarea al fin terminó –dijo Origo-. Ahora vas a quedar solo con tus amigos y tus enemigos. Decidí vos quiénes son unos y quiénes los otros.

Luego de esto las figuras comenzaron a volverse más transparentes y el viento de invierno en aquel bosque de la Patagonia se los llevó como se hubiera llevado un buen puñado de cenizas. El huevo de luz se redujo hasta desaparecer y al final Gastón quedó a oscuras junto a los siete guerreros que ahora lloraban en el suelo. Enganchado en la presilla del cinturón de O’Malley colgaba un llavero. Gastón lo tomó y se dirigió al margen del claro donde estaban esposados sus hombres. Uno a uno los liberó y tiró las esposas.

-¿Qué pasó, jefe? ¿Ganamos?

En otra situación Gastón Rivera hubiese disfrutado cagar bien a pedos a esa manga de inútiles. Esta vez no.

-No, Beltrán, no ganamos. Cinco kilómetros para allá está Trevelin. Vayan con cuidado y no vuelvan más. El mundo ya no es el mismo.

Un rugido estremecedor llegó desde la montaña. La descomunal silueta de un dragón pasó por delante de la luna. Para evitar malentendidos, una lengua de fuego salió de su boca. Beltrán miró a Gastón con cara de no comprender. Gastón le respondió con cara de póker. El instinto de supervivencia fue más fuerte y Beltrán y los demás soldados huyeron en medio de la espesura.

Gastón volvió al círculo en el centro del claro. El llanto amainaba. Vio a Cecilia tendida en el piso, tomando sus rodillas con los brazos, y la quiso ayudar a levantarse. Sintió la fuerte mano de Ignacio que apretaba su bíceps. La cubrió con la suya, con intención tranquilizadora, y trató de que él también se pusiera de pie. Luego los acompañó al motorhome donde estaban las camas, y en silencio los ayudó a acostarse. Sería una noche muy larga. Volvió e hizo lo mismo con Cristina y Fernando. Para el tercer viaje lo esperaba Nicolás. Gastón se sentó a su lado y sacó una petaca del bolsillo de la parka. Tomó un trago y se la ofreció a Nico. Él empinó y suspiró.

-¡Rata inmunda, me diste querosene!

-Es Johny Walker. No le podés decir querosene al Johny Walker.

-Si por lo menos fuera un Caballito Blanco…

-No te puedo creer. Estamos solos en el medio de la nada y te me ponés exigente.

-Yo soy exigente, flaco, esté donde esté.

Nico se había puesto la parka a las apuradas cuando lo sacaron del motorhome, y todavía la tenía abierta. Buscó en el bolsillo interior y sacó un paquete de Camel. Dentro del paquete había un pequeño encendedor. Lo accionó y no pasó nada.

-Puta madre –dijo-. Es de chispa eléctrica. Lo único que falta es que me quede sin fumar.

Gastón sacó el suyo y le convidó fuego.

-Es un Zippo original. Mientras tenga bencina, tenemos fuego.

Nico lo miró y no aceptó. Llevó las manos al cigarrillo como para protegerlo del viento y entre sus dedos surgió una llama.

-Quedate tranquilo que fuego no va a faltar. ¿Un pucho?

Gastón tomó un Camel y lo prendió con su Zippo.

Punk (Capítulo XVI)

El Crimen

De a poco Abraxas llegó a ser el miembro del Clan con mayor influencia sobre sus pares. Esta posición de poder a veces era amenazada por la presencia de Otaru, pero incluso esto no era algo que le quitara el sueño. Bien sabían todos que Otaru estaba loco, y prueba de ello eran sus largas ausencias, y las de sus hijos. Es cierto que al regreso de estas ausencias los Otaru solían traer víveres para todos que duraban varios días, pero eso no importaba demasiado. Abraxas era el mejor cazador del Clan, y él y sus hermanos abastecían no sólo a su familia, sino a todas, durante todo el año. Era indispensable, y eso le autorizaba a dar órdenes. Sin embargo Abraxas sabía qué buscaba Otaru en sus partidas, y tenía claro que debía conseguirlo primero.

Fuego.

El fuego era calor, vida y sustento. El fuego mejoraba el sabor de la carne y ahuyentaba el frío. Quien fuese capaz de obtener fuego por sus propios medios ya no tendría oposición, y gobernaría por derecho entre los demás. Desde que se enteró de la búsqueda de Otaru en pos del fuego él y sus hermanos iniciaron la suya propia. Siete inviernos intentaron sin resultados, hasta que el azar les dio la clave. Durante la cacería de un mamut la bestia empujó rocas sueltas que cayeron por un despeñadero. Con el rabillo del ojo Abraxas alcanzó a ver cómo al golpear la roca contra el paredón saltó una chispa, como esa chispa alcanzó una planta seca y cómo la planta se envolvió en llamas. A partir de entonces las cosas se desarrollaron con velocidad. En menos de una luna Abraxas había logrado producir fuego.

Entonces volvió Otaru.

Promediaba el otoño. Abraxas estaba en el centro del Clan, mostrando su hallazgo. Tenía dos piedras en las manos, y había juntado un montón de hojas secas en el suelo. Luego de varios minutos de expectativa en los que nada había pasado, una chispa brotó de las piedras y encendió las hojas. Tal vez lo hubiese conseguido antes, pero la presencia repentina de Otaru lo turbó y le hizo perder concentración. Luego de realizar la hoguera cada cabeza de familia del Clan lo felicitó con efusividad. Otaru fue uno de ellos.

-Sin embargo –dijo Otaru a Abraxas-, mis hijos y yo encontramos algo que lo podría hacer aún más fácil.

Los hijos de Otaru juntaron ramas secas y las amontonaron cerca de la hoguera de Abraxas. Otaru juntó las manos y despacio fue separando las palmas. En el hueco se formó una bola de fuego, y cuando por fin Otaru abrió las manos de golpe, la bola se dirigió hacia las ramas y creó una hoguera mayor y más duradera. Algunos miembros del Clan lo felicitaron también, pero otros lo miraron con recelo y se colocaron junto a Abraxas.

A partir de entonces el rencor de Abraxas hacia Otaru no hizo más que crecer. Abraxas, que ya conocía la ambición, los celos y el ansia de poder, descubrió entonces el odio, y durante varias semanas lo alimentó con cuidado. El Clan se dividió en dos facciones, que apoyaban a uno o a otro. Abraxas aprovechó para preparar su complot.

El crimen se llevó a cabo el último día del otoño. Al comienzo de las actividades de la mañana, Abraxas y sus hermanos irrumpieron en medio de los demás con la cara untada en sangre de tigre, y la piel del tigre, aún caliente, adornando la espalda y la cabeza de su líder. Sin que medie palabra, se echaron sobre Otaru y lo sostuvieron entre cuatro. Él no llegó a replicar cuando Abraxas ya había cortado su garganta con el cuchillo de piedra. La sangre salpicó en todas direcciones, manchando al asesino y a sus cómplices. El cuerpo de Otaru cayó al piso. Abraxas lo pateó, se paró sobre él y dio comienzo a su discurso.

-¡Yo soy Abraxas! ¡Soy el fuego que ilumina y alimenta, pero también el que quema y mata! Durante generaciones mi familia procuró el sustento del Clan. Es mucho lo que nos deben, y el precio es la obediencia. Este hombre no aceptó el precio y pagó con su vida. La misma suerte correrá todo aquel que lo imite. ¡Yo soy Abraxas! ¡Esta es mi verdad, y este mi legado!

Abraxas saltó del cadáver de Otaru, se inclinó sobre él y se empapó la mano con la sangre de su enemigo. Entonces se acercó a una pared de roca y con su dedo dibujó un símbolo.

-¡Éste es Abraxas! –dijo mientras trazaba un círculo-. ¡Y éste es su brazo que todo lo abarca, todo lo posee y todo lo protege! Quien quiera salir del brazo de Abraxas, dese por muerto.

Desde una tercera fila, los hijos de Otaru comprendieron que tenían que hacer algo sin perder tiempo.

La Conferencia fue en un claro del bosque cercano. Se realizó después de la medianoche, y los siete concurrieron con sus familias. Tal vez no regresarían al Clan. Lo primero fue un homenaje al padre muerto. No hubo lágrimas: comprendían la muerte como parte del ciclo de la vida y la aceptaban sin egoísmo, si bien el homicidio los había tomado por sorpresa. Tampoco hubo deseo de venganza: devolver el golpe llevaría a una guerra, y no era lo que querían. Sólo pusieron siete piedras en el suelo, y prometieron andar por donde hubiese dejado su huella el padre.

Luego fue tiempo de tomar una decisión. Ocai, que ya era una hermosa mujer, esposa y madre, tomó la palabra.

-Abraxas tuvo celos del poder de nuestro padre y por eso acabó con su vida. Ahora querrá conocer la fuente del poder.

-Si lo consigue –dijo Origo, un fuerte y apuesto joven de veintidós inviernos- todo lo que vemos y utilizamos corre peligro. Si por la fuerza de su mano logró someter al Clan, con la fuerza de la Magia nadie sabe qué podría hacer.

-Por eso hay que quitar la Magia de su alcance. Hay que ocultarla, y alejarla de su influencia todo lo que podamos.

-¿Pero cómo? –preguntó Odil- ¿Por qué mejor no usarla en su contra?

-Porque nos volveríamos lo que él es –contestó Origo.

-Padre y yo estuvimos practicando algo para un caso como este –retomó Ocai-. Era casi un juego, nunca creí que fuese a hacer falta, pero ahora no veo alternativa.

Hubo un momento de silencio en que todos mantuvieron la mirada clavada en Ocai. Ella continuó.

-Hay una forma de esconder la Magia. Debemos concentrar toda la fuerza en el interior de nosotros mismos, y así crearemos un Ojal sin salida donde la magia quede escondida hasta su liberación. Ésta llegara cuando nosotros siete volvamos a estar juntos, aquí o en cualquier lugar, y nos reunamos en la misma posición para deshacer lo hecho. Mientras tanto estaremos separados, y la mayor parte de la Magia dormirá hasta que la llamemos.

Punk (Capítulo XV)

La Caída

La figura del Ser-Ocai resplandecía en el claro del bosque. Don Sergio llevaba por sobre su ropa el traje de ceremonia de la Orden. La túnica blanca de grueso algodón lo protegía del frío patagónico y brillaba al sol junto a su plateado cabello, mientras el medallón dorado destacaba su imagen en el centro del pecho. No llevaba la máscara: ya no volvería a hacerle falta. Los días del secreto de Abraxas habían terminado; los del gobierno de Abraxas estaban por comenzar. La Cosa Sin Nombre, buscada sin descanso a lo largo de los siglos, había llegado a sus manos. Al final, Gastón resultó útil.

-Gracias, Gastón, yo me hago cargo –dijo Don Sergio con autoridad en su tono.

-Pero, Don Sergio… -intentó hablar él- Usted había dicho que…

-Sé bien lo que dije y sé que tengo la potestad de cambiar de opinión o incluso mentir si quiero conseguir algo. Soy el Ser-Ocai y no tengo que dar explicaciones. Ahora quiero un informe de la situación. Te escucho.

Gastón estaba alterado y se le notaba. La gloria por el triunfo, suya sin discusión minutos atrás, estaba a punto de serle arrebatada. Todo el discurso paternal de Don Sergio en Buenos Aires era puro teatro, ahora estaba claro, y él se iba a joder por haber confiado. Con los músculos de la cara tensos y un leve temblequeo en la voz, Gastón comenzó a hablar.

-Tenemos los cuatro fragmentos de la Cosa Sin Nombre, a los portadores y a los guardianes. Tres de ellos cayeron anoche, en una emboscada que les tendimos en la ruta. Un portador murió, un guardián está herido y permanece inconsciente y el otro, el Ocai, salió ileso. Los demás cayeron hace un instante cuando vinieron a rescatarlos. En el camino provocaron varias bajas entre nuestros soldados, pero al entrar al perímetro del acantonamiento los sorprendimos con un contractor muscular. Igual que me sorprendió usted a mí, Don Sergio.

-¿Verdad que sí? Llevame con el herido.

Cuando Ariel abrió los ojos lo primero que vio fue un resplandor rojizo que lo encandilaba. Tardó unos segundos en comprender que era la cabeza de un pelirrojo contra la ventana. Por sobre la mata de pelo el sol le quemaba los ojos. Pero cuando trató de mover la mano derecha para cubrirse un dolor punzante lo inundó desde el codo hasta los riñones.

-Yo que vos no me movería mucho –dijo el pelirrojo-. Te fracturaste el hombro y unos cuantos huesos más. Dejé la ventana abierta a ver si el sol te hacía reaccionar, y por lo visto funcionó. Ahora corro la cortina.

Punk (Capítulo XIV)

El Descubrimiento

La nieve caía sin pausa sobre el Valle. Siempre había sido así, y eran raros los días en que no nevaba. Debían moverse mucho para conseguir alimento, pero tenían la suerte de habitar una región rica en caza y pesca, donde podían dejar a las mujeres en lugar seguro mientras los hombres buscaban comida. Aunque claro, lo de lugar seguro era siempre más una expresión de deseo que otra cosa. La vida tenía sus reglas, a veces se era depredador y a veces presa.

Otaru descendió por la Cuesta del Alce de la misma manera en que lo había hecho siete noches atrás. Muchos en el Clan lo consideraban loco, pero incluso aquellos admitían que su locura era bastante útil. En la última tormenta había sido él y no otro quien se acercó al Viejo Sauce a riesgo de su vida para llevarle fuego a la comunidad. Un rayo lo había alcanzado y ahora el árbol que durante tantos inviernos había servido como punto de referencia se consumía entre las llamas. No era la primera vez que sucedía. Odera, su mujer, había muerto hacía dos años cuando un relámpago cayó sobre otro sauce, aquel donde se refugiaban ella y sus dos hijos menores, junto con otras mujeres y niños. Otaru comprendió que el incendio no era casual. Algo había desatado el fuego, algo que había decidido la suerte del Sauce, y ese algo estaba allí, al alcance de su propia mano. Con temeridad Otaru corrió hacia los restos y tomó una rama, que calentó y brindó protección a los suyos. Pero para Otaru ese no era el final del incidente. Convencido de la existencia de una fuerza extraordinaria que había establecido el comienzo y el final del Viejo Sauce, Otaru inició su peregrinaje. Cuarenta y tres noches pasó lejos de los suyos, y luego volvió, más delgado, pero sano, ileso y con buen color. Otaru nunca volvió a buscar mujer, pero sus siete hijos vivos eran grandes y fuertes, y decidió que lo acompañaran hacia el sitio del descubrimiento. Dos veces vieron nacer el sol mientras andaban, y dos veces la luna, hasta que la Cuesta del Alce se presentó ante ellos.

Ocai, la primogénita, caminaba al lado de su padre. Había vivido dieciséis inviernos, y aunque varios pretendientes deseaban poseerla, ella aún no se había entregado a ninguno. Tenía un carácter fuerte y aguerrido, y sabía defenderse. Esta vez vio la grieta incluso antes que Otaru. La fuerza que salía de allí era intensa y penetrante como una deliciosa ráfaga de aire caliente, algo que Ocai jamás había sentido. Apenas había lugar para que pasara uno a la vez y de perfil, pero lo que había adentro los estaba llamando, y ellos no se podían negar. Otaru, quien ya conocía el camino, pasó primero. Detrás fue Ocai, y a su turno entraron Origo, Odil, Orson, Orgal, Orsis y Orana. Por dentro era una cueva como cualquier otra, pero no: tenía algo más. Un levísimo resplandor iluminaba el interior de la caverna, y los guiaba por entre pasillos hacía la fuente de todo aquel poder. Ninguno de ellos veía nada, pero lo sentían, sí, lo sentían. Así anduvieron cuatrocientos pasos, hasta que llegaron a una pared en cuya base había un agujero de no más de dos brazos de alto por uno de ancho. Por detrás la oscuridad era absoluta, como si algo en su interior se tragara la luz, pero a la vez parecía ser la fuente del resplandor. Entraron.

Delante de ellos se abría un prado enorme. El agujero por el que pasaron se había convertido a sus espaldas en un monolito de ébano. El negro era absoluto sobre su superficie, ningún brillo lo iluminaba, pero sólo Orana, que lo atravesó último, pareció darse cuenta. Los otros quedaron embelesados con el espectáculo que se abría ante sus ojos. El cielo estaba despejado, y el pasto, verde intenso, crecía libre sobre la llanura. Por todos lados se veían extraños animales conviviendo en paz. Había grandes pájaros pardos de largo cuello y ridículas alitas, mamíferos parecidos a las cebras pero sin rayas y con un cuerno en medio de la frente, y otros inconcebibles, con un caparazón como las tortugas, pero gigantescos y llenos de pelo. El clima era cálido, agradable, las pieles que los cubrían pronto les comenzaron a pesar. A doscientos pasos se alzaba una arboleda, y desde allí se escuchaba el murmullo del agua. Caminaron, esperando encontrarse con un arroyo o un río. Los árboles eran frutales, y Orson se rezagó para tomar una fruta roja del suelo. Al probarla, sintió el sabor más delicioso que jamás había conocido. Pero la noticia del descubrimiento tuvo que esperar. Buscó a los demás y los encontró con la boca abierta. Delante de ellos se extendía el río, o quizás el lago, más grande e impresionante con el que se toparon en toda su vida. Las aguas de color marrón claro nacían en la orilla, por supuesto, pero no había otra orilla a la que cruzar. Hasta donde daba la vista había agua, y nada más. Agua clara, limpia, con olor a peces frescos, a salud y a riqueza. Otaru se adelantó, se inclinó y bebió del agua. En seguida se echó a reír, y alentó a sus hijos para que lo acompañaran. En minutos estaban todos jugando y bañándose en el río, el lago o lo que fuera el lugar donde estaban.

Nunca todos al mismo tiempo, nunca por más de un ciclo de la luna, y sin revelar a nadie del clan qué hacían o a dónde iban, durante siete inviernos los ocho Otaru volvieron una y otra vez a la grieta, al pasaje, al prado y al río. Volvían porque querían conocer los secretos de la Magia que allí vivía, y que con constancia y disciplina podían llegar a dominar. Volvían porque la comida solía faltar al clan, y en el prado y el río conseguían bastante como para alimentar a sus familias por varias semanas. Pero ante todo volvían por placer, porque les gustaba estar allí, quitarse las pieles, bañarse en el río, correr por la llanura. Y les gustaba trabajar. Cuando decidieron intentar el aprendizaje de la Magia temieron no saber por donde empezar. Sin embargo, tan fuerte era su presencia en el campo, que el aprendizaje se fue dando solo, con mucha dedicación pero casi sin esfuerzo. No tardaron en alcanzar algunos logros rudimentarios. Al poco tiempo ya eran capaces de hacer un pliegue en el espacio, y un ojal para atravesarlo. Días, lunas, inviernos después, controlaban la telekinesis, se comunicaban con los animales y por fin, luego de tantos intentos fallidos, consiguieron dominar el fuego.

Entonces decidieron dar a conocer a la tribu el resultado de su trabajo.

Punk (Capítulo XIII, segunda parte)

Cecilia estaba arrodillada en un pequeño claro unos cinco metros adelante. Su mochila yacía delante de ella. Lloraba desconsolada con su cara detrás de sus manos. Ignacio iba a acercarse, pero decidió esperar y se agazapó detrás de un árbol. Entonces vio al soldado que se acercaba a ella con la pistola en alto dirigida a su cabeza. Sin hacer ruido Ignacio aprestó su fusil. El soldado le ordenó ponerse de pie, pero ella siguió llorando como si no lo hubiese escuchado. El soldado amenazó con disparar si no obedecía. Nacho sabía que era un bluff: no iba a revelar su posición por un asunto manejable como una niña llorando. De a poco el soldado se fue acercando. En menos de un segundo Cecilia saltó hacia delante, lo desarmó, lo tiró al suelo y estrelló su nuca contra una raíz de alerce. Luego giró su cabeza hacia Ignacio y dijo, con toda naturalidad:

-¿Y a vos cómo te fue?

-Recién me encargué de una patrulla que venia por aquel lado –señaló en esa dirección-. No bajes la guardia que vienen por parejas.

-Ya sé –contestó ella-, al compañero de éste lo liquidé hace un par de minutos. Ya bajé a los cuatro que me correspondían, pero todavía hay que seguir buscando. Mamá debe haber entrado al perímetro, pero Sofía recién lo estará haciendo ahora, y Fernando todavía debe estar rodeando el cerco. Hay que darles tiempo y distraerlos todo lo que podamos. El cuartel de Abraxas está al noroeste de nuestra posición, unos doscientos metros. Tendríamos que avanzar hacia el noreste, así nos sacamos unos cuantos de encima y les aliviamos el trabajo a los demás. Atacar nosotros solos el cuartel sería suicidio.

Nacho la miró. En esa joven decidida costaba reconocer a la adolescente llorona de un momento atrás. Sobre ella brillaba el aura marrón de Orgal, y eso explicaba su actitud. Cecilia comenzó a desvestirse.

-Sacale la ropa –dijo-. Antes no me cambié porque con este cuerpo nadie me iba a creer un soldado, pero éste es más petiso. Juntos vamos a parecer una patrulla.

El que miró los pequeños pechos de la adolescente no fue Orsis, claro, sino Ignacio. Pero lo que más lo atraía no era la desnudez de la niña, que ya se volvía a ocultar bajo el negro uniforme del soldado, sino la firme actitud que demostraba. Cecilia acababa de perder a su padre y a todo aquello que conformaba su vida, y aún así había logrado acallar sus emociones y poner en la misión su prioridad. No actuaba como alguien sometido a un shock emocional, y aunque la influencia de Orgal era clave, Nacho no podía creer que fuera suficiente. El esfuerzo era todo de ella, y él así lo valoraba.

De modo que reanudaron su camino, esta vez con rumbo Noreste. Pronto se encontrarían con Cristina, pero antes los esperaba otra patrulla. No los tomaron por sorpresa: a través de sendos auriculares podían monitorear muy bien las comunicaciones de Abraxas. Ceci preguntó si llevándolos no revelarían su posición, pero Nacho le dijo que no creía que su posición fuera un secreto. Ceci asintió y entonces vieron a las dos figuras de negro que se acercaban. Aún no habían sido descubiertos: mantuvieron su posición y se quedaron inmóviles mientras los otros se ponían a distancia de contacto. El ataque fue rápido e higiénico, Ceci se encargó del de la derecha mientras Nacho le quebraba el cuello al que venía por la izquierda. Una vez superado el conflicto de apagar una vida, tenía una sensación extraña y hasta placentera el forzar el cuello de un soldado y sentir el ruido seco de las vértebras separándose. Era el recuerdo del depredador, que había sobrevivido hasta Orsis, y en Orsis hasta él. El acecho de la presa, la estrategia para atraparla, el imperceptible aroma de la muerte cuando entra en el cuerpo, expulsando a la vida y reclamando su propiedad como alimento para los siguientes escalones de la naturaleza. Nacho se preguntó en qué se estaba convirtiendo. La respuesta llegó casi como una obviedad: se estaba convirtiendo en lo que era, lo que siempre había sido, a menos hasta la que ola civilizadora aplacó sus instintos y puesto a dormir a la fiera que vivía dentro suyo. Ahora Orsis estaba despierto, al igual que los demás hijos de Otaru, y la batalla para la que se prepararon durante quinientos siglos ya se estaba librando. El encuentro con Cristina lo sacó de sus meditaciones, y su parte civilizada se obligó a ocultar delante de la madre la atracción que comenzaba a sentir por la hija. Cristina informó que ya se había encargado de otra patrulla, con lo que el conteo de enemigos caídos ascendía a diez. Todo resultaba demasiado fácil: era natural que sintieran aprehensión. Como fuese, no quedaba alternativa que seguir camino, lleve éste adonde lleve. Para eliminar al once y al doce volvieron a servirse de la aparente fragilidad de Ceci, aunque esta vez los soldados no llegaron a más de dos metros de ella cuando Nacho y Cristina pusieron fin a sus vidas. A esta altura Nacho estaba cebado, y matar enemigos era todo lo que lo ocupaba. Vio el mismo sentimiento en los ojos de Cecilia, en los que se podía leer la decepción por presenciar la ejecución de afuera, y comprendió que tal vez era por la cantidad de emociones compartidas en el poco tiempo que pasaron juntos, pero no había dudas de que se estaba enamorando de la chica. Su lado cristiano occidental no tardó en cuestionar su atrevimiento, pero pronto su herencia de siglos le hizo ver que no había nada de malo en desear a una joven mujer en plena pubertad, por más que la ley escrita por los hombres dictaminara de modo arbitrario que aún era menor de edad. Orsis le recordó que a lo largo de los siglos había visto niños y niñas de esa edad morir en combate, dar a luz, casarse por amor y por conveniencia, guiar multitudes y caer bajo el hierro o el fuego de la Inquisición. Tal vez el siglo XXI fuese más “civilizado” que los anteriores, pero ellos no eran criaturas de este siglo. Quizás Cecilia tuviera la cáscara de una adolescente de 14 años, pero Ignacio sabía que por dentro tenía no ya la madurez de una mujer adulta, sino el temple y el valor de un guerrero que llevaba siglos viajando para llegar a este momento que ahora los ocupaba.

De manera que otra vez estaba en el camino. La marcha había sido lenta. El silencio jugaba contra la velocidad, y la prioridad del grupo no era llegar rápido sino eliminar a la todos los enemigos que hallaran a su paso. Ya era mediodía, y la quietud era sospechosa. Dos veces habían llamado por el handy del soldado, y luego el silencio invadió el aire, así que se deshicieron de él. Tenían la certeza de dirigirse hacia una trampa, pero se habían propuesto no caer sin hacer el mayor daño posible.

Unos quinientos metros más adelante estaba Sofía. Origo era paranoico y desconfiado por naturaleza, era parte de su tarea, así que cuando vio a Orsis, Orson y Orgal juntos tomó el mando y los dividió en parejas. Seguirían juntos la marcha, pero con una distancia de quince metros entre equipos. Lo acertado de la decisión pronto se hizo notar. Luego de algunos minutos de marcha cayó sobre ellos una patrulla de bastante más que dos soldados. No llegaron a tomarlos por sorpresa, pero casi. Sofía, que iba con Ignacio por la Izquierda, dio la orden de detenerse y cubrirse tras los árboles justo antes de recibir la primera ráfaga de disparos. El ataque vino en simultáneo desde tres direcciones; ellos, como un plan elaborado siglos atrás, no contestaron de inmediato. Estaban sitiados y en inferioridad de número, pero eso podía darse vuelta. Sofía hizo una prueba: le pidió a Ignacio algo que se pudiera usar de señuelo. Ignacio revolvió un poco en su mochila y le tendió una gorra de béisbol azul con el logo de los New Yorkers. Deja Vú, pensó Sofía. Cipayo, le dijo con una sonrisa. Asomó la gorra y en seguida se escuchó el disparo. Sofía midió el ángulo y la trayectoria, tomo su pistola con las dos manos, quitó el seguro y apretó el gatillo una sola vez. Luego se escuchó el cuerpo caer al suelo. Cuando volvió a asomar la gorra no hubo respuesta. Entonces Sofía comenzó a quitarse una media.

-¿Qué hacés? –preguntó Ignacio.

-Pido tregua –contestó ella.

Ignacio tuvo el impulso de preguntarle si se había vuelto loca, pero se contuvo. Era Origo quien estaba a cargo, y sus decisiones eran inapelables. Sofía comenzó a agitar la media blanca y gritó:

-¡Alto el fuego! ¡Nos entregamos!

-¡Pónganse todos de pie y tiren las armas al suelo! –ordenó una voz desde la arboleda. Sofía lo hizo. Los demás siguieron el ejemplo. Aparecieron cinco soldados con M-16. Uno de ellos se puso al frente y le dio a Sofía una trompada en la mandíbula que la hizo caer al suelo y dejó su boca sangrando. Ella no se defendió. Los soldados los hicieron caminar al frente con las manos en alto y los escoltaron a punta de fusil. Ellos iban en fila india, con las manos apoyadas sobre la cabeza. Ignacio iba al frente, seguido por Cecilia, Cristina y Sofía. Anduvieron veinte minutos y se detuvieron delante de un árbol. El soldado que guiaba el grupo, el mismo que había golpeado a Sofi, tomó su handy y dijo:

-Entramos, llevamos cuatro.

En ese momento Sofía se acomodó el pelo. Con un movimiento simple de la mano colocó detrás de la oreja derecha el mechón de cabello que caía por sobre ella. Antes de que terminara de hacerlo una sombra salió de los árboles y clavó un puñal en el hombro del soldado que le apuntaba con su fusil. El llegó a hacer un disparo que paso a dos dedos de la cabeza de Sofi, pero para entonces ella quebraba el cuello del segundo soldado. Los otros tres ya estaban muertos. Fernando, que los venía siguiendo desde la emboscada, levantó el cuchillo para rematar al soldado que atacó, pero Sofi lo detuvo con la mano.

-No –le dijo-. Es mío.

El soldado tenía una mancha roja que se agrandaba con rapidez hacia su pecho y su brazo izquierdo. Una expresión de terror inundó su mirada, que había visto masacrar a su tropa en apenas unos segundos. “Por favor”, alcanzó a murmurar cuando vio a Sofía acercarse. Ella le dio una trompada en la mandíbula que dejó su boca sangrando y sólo después lo mató. Luego se volvió a los suyos.

-Este hijo de puta llegó a disparar, entremos con cuidado, seguro nos están esperando. Chicos, es un placer haber trabajado juntos por última vez.

Sofi tuvo ganas de juntarlos a todos en un abrazo, pero sabía lo imprudente que sería hacerlo. Estaban al borde de la definición de un trabajo de siglos y no podían arriesgarse a fallar. Celebrarían después los siete juntos, o no lo harían. Tomaron cinco metros entre uno y otro y avanzaron formados en frente con las armas en alto. Apenas diez pasos más adelante se encontraron en un claro de treinta metros de lado. En el centro había dos motorhome, un Mercedes Sprinter y un Land Rover. De la pared de uno de los motorhome colgaba un tablero de luces, y distribuidos en círculo había seis reflectores cinematográficos apagados que apuntaban hacia el centro del claro. Sofía no pudo descubrir ninguna señal de movimiento, y eso no le gustaba un carajo. Con cautela dio la orden de que se vayan acercando. Todos estaban armados con fusiles, y los apuntaban de manera que quedasen cubiertas todas las direcciones. Sofía alcanzó a escuchar en su cabeza el grito desgarrador de Nico: “¡Es una tram…!”, pero por supuesto ya era tarde. Sabía con seguridad que era una trampa mucho antes de entrar, pero no podía imaginarse la naturaleza de la misma. De repente sus pupilas quedaron clavadas en el lugar al que estaban mirando, sus dedos y el resto de sus músculos estaban agarrotados, sus pulmones se interrumpieron en medio de una exhalación y sólo su corazón seguía latiendo. En el mismo segundo en que todo esto pasaba vio cinco hombres salir a toda carrera del motorhome. Estaban vestidos de pies a cabeza con trajes herméticos color naranja similares a los de un astronauta. “Vamos, rápido que no queremos que se mueran” dijo una voz desde algún lado. Los hombres de naranja la agarraron, la desarmaron y la llevaron hasta el centro. Allí la sentaron y esposaron su muñeca izquierda al tobillo derecho y su muñeca derecha al tobillo izquierdo, entrelazando las cadenas al hacerlo. Luego ella sintió como volvía a correr el aire por sus pulmones. El bajón de presión fue inevitable, pero lo pudo manejar sin llegar a desmayarse. Cuando se recuperó vio que estaba sentada en semicírculo junto a casi todos sus compañeros. A su derecha podía ver a Cristina y Cecilia. A su izquierda, a Ignacio, Fernando y Nicolás. De pie en el centro, con pantalón de corderoy marrón, borcegos Timberland, parka de gabardina verde oliva y barba de dos días, se alzaba la figura de Gastón Rivera.

-¿Dónde está Ariel? –preguntó Sofía en cuanto tuvo la capacidad para hacerlo.

-No se preocupe, milady –contestó Gastón-, O’Malley está viendo qué se puede hacer por él, y si se va a salvar. Mientras tanto, es un honor para mí tenerlos a todos reunidos en mi campamento. Los siete hijos de Otaru, quién diría. En cuatro mil años Abraxas no logró lo que yo conseguí esta mañana. Y en sus mochilas, si no me equivoco…

Los hombres de naranja, que en rigor ya se habían quitado los trajes y ahora se revelaban como simples soldados, le quitaron a cada uno su respectiva mochila y la vaciaron en el suelo. No tardaron en aparecer tres cubos de madera similares al que Gastón exhibía triunfante en su mano derecha. Los soldados se los alcanzaron.

-La Cosa Sin Nombre –dijo Gastón-. Por fin, después de abismos de tiempo, las cuatro partes están reunidas. Y todo gracias a…

Una solitaria serie de aplausos se escuchó desde su espalda. Junto a ellos, la inconfundible voz de Don Sergio.

-A mí, por supuesto. Sergio Brandán, Ser-Ocai de la Orden de los Hermanos de Abraxas.

Punk (Capítulo XIII, primera parte)

El Asalto

Cecilia se despertó con las primeras luces del día, y vio a Sofía de guardia con la mirada perdida entre la arboleda. Sofi tenía el último turno, ella había tenido el primero. A los catorce años acababa de convertirse en Otaru luego de la muerte de Orgal, de la que se enteraron a medianoche. No era la primera vez que un traspaso tenía lugar a tan temprana edad, pero los tiempos habían cambiado, y si bien sus padres la habían preparado para esto, nada es fácil una vez que se abandona el suave terreno de la teoría. Cristina y Armando. Primero fue la certeza de la muerte de su padre que entró como una daga a través de su pecho y sin dejar espacio para duda alguna. En cuanto estuvieron a salvo de Abraxas Sofía tomó las riendas. De inmediato ordenó que Fernando invocara el Shabot de Armando. Esto iba en contra de lo que estaba planeado para cada uno, ya que la idea original era que la hija invocara al padre y el hijo a la madre, pero Sofía dijo que eran momentos extraordinarios y había que adaptarse a las necesidades. Cristina accedió y Cecilia vio cómo su hermano entre lágrimas pronunciaba la fórmula. Luego de absorber la niebla blanca que surgió de la invocación, Fernando quedó callado unos minutos y volvió a estallar en una crisis más desgarradora que la anterior. Una hora después, cuando el llanto había pasado (aunque la pena seguía, maldita urgencia que no dejaba lugar ni para sufrir tranquilo), cenaron un par de latas con rapidez y se pusieron en marcha rumbo a la casa de Orgal. Habían acampado sobre el margen del Río Percey y estaban a dos kilómetros del casco urbano de Trevelin. Cristina, y ahora Fernando, conocían bien el camino hasta la casa de los Flores. Tomás (Orgal) tenía cincuenta y tres años y aún trabajaba su pequeña chacra. Elena tenía cinco años menos que él y era maestra. Nunca habían tenido hijos, por más que lo habían intentado durante años, y aunque sabían que tener un heredero designado era imprescindible, siempre consideraron que Elena tendría tiempo de conseguir un sucesor si moría su esposo. Por eso cuando a medianoche los cinco sintieron la muerte de Tomás, comprendieron que todos los jugadores estaban en la cancha y el banco de suplentes estaba vacío. La casa de los Flores estaba en llamas, apenas cenizas quedaban cuando llegaron. Entonces buscaron un lugar retirado, siempre a orillas del Percey, prendieron una hoguera y armaron las bolsas de dormir. Luego Cecilia invocó el Shabot de Orgal y ahora sí quedaron a un paso de la reunión de los siete. Sólo había que recuperar a Nico y Ariel, caídos en poder del enemigo. Sofía estableció un sistema de guardias cada hora y se ofreció a hacer el primer turno, pero Cecilia objetó que de todos modos no iba a poder dormir, y era preferible que se lo dejara a ella. Durante un buen rato, Cecilia, Fernando y Cristina permanecieron abrazados y en silencio.

Así llegó la mañana del miércoles. El otoño daba paso al invierno, pero éste no se enteraba. Hacía frío, por supuesto, estaban en el Sur, pero no era comparable al que haría si el invierno se presentaba en toda su crudeza. Sofía estaba en la orilla del río tirando cantos rodados al agua. Aún nadie se había levantado. Cecilia se acercó a ella y apoyó la mano sobre su hombro. Aún no se acostumbraba al resplandor amarronado que surgía de su cuerpo. Y había mucho más a lo que no se acostumbraba. Pero tenía que ponerse en acción y lo sabía. Miró a Sofía, a quien las circunstancias pusieron en el lugar de capitán, y entendió que sentía lo mismo. Ella le devolvió la mirada y con una mano le acarició el pelo.

-¿Cómo estás?- preguntó.

-Como puedo -contestó Ceci-. Imaginate, ayer era una chica como cualquiera y ahora soy casi una guerrillera. Y todo lo que tengo en la cabeza, por favor, ¿sabías qué Orgal vino a América en La Pinta?

-Sí, sabía -dijo Sofi con una sonrisa-. Pero no es eso lo que te preocupa.

-No, no es eso. Me preocupa lo que viene ahora. Tu plan, la reunión, el papel de cada uno… Además está tan fresco lo que le pasó a los Flores, hay un montón de cosas que tengo que aprender a manejar y no me siento lista.

-Lo sé. –La mirada de Sofía se perdió en la superficie del río- Pero no hay tiempo para que estés lista. Voy a tratar de que te toque la parte más liviana. Ahora contame qué pasó con los Flores, si podés.

-Mucho no hay para contar, en realidad. Ellos nos estaban esperando, sabían que estábamos en camino. Lo de la ruta lo supieron en el momento del ataque. Quisieron escapar, pero antes de que pudieran ya los habían rodeado. Aguantaron dos horas a los tiros hasta que se metieron en la casa. A Elena la fusilaron delante de Tomás. Lo último que él vio fue cómo le sacaban la caja.

-Todo mal –dijo Ignacio mientras se desperezaba-. Ariel tenía razón, ahora somos sólo siete, sin sucesores y encima separados. ¿Creés que haya alguna posibilidad de que los maten?

-Difícil –contestó Sofía-. Rivera no conoce bien el valor de sus vidas, pero tampoco se va a arriesgar a hacer nada que ponga en peligro su misión. Y su misión es obtener nuestros cuatro cubos y destruirlos, o bien entregárselos al Ser-Ocai. Lo peor que puede pasar es que alguno de los dos esté malherido y no resista hasta que lo rescatemos. ¿Sentís algo Ceci?

-Por ahora están los dos inconcientes. Creo que Ariel está más jodido que Nico, pero no puedo estar segura. Puedo ubicarlos bastante bien. Están a unos cinco kilómetros de acá, para el lado de Futaleufú. Son veintiuno sin contarlos a ellos, y están muy armados. Lo curioso es que la magia no se acerca a menos de un kilómetro de su posición, como si tuvieran algún tipo de súper bloqueador.

-Y seguro lo tienen –la interrumpió Nacho-. No nos van a venir a buscar.

-No –dijo Sofía. Cristina se estaba despertando-. A partir de ahora es ajedrez. Ellos saben que necesitamos lo que tienen, y nosotros no nos podemos dar el lujo de esperar. Tenemos que atacar. Despierten a Fernando. ¿Hay algo para el desayuno?

Cecilia revolvió en el bolso de Ignacio y encontró varios paquetes de galletitas más un frasco de café instantáneo. Cristina tomó un jarro de su propia mochila y recogió agua del río que luego hirvió con un gesto de la mano. Todavía estaban a distancia segura. Desayunaron en silencio pero tranquilos, Abraxas no iba a buscarlos, al menos no todavía. Cuando terminaron Cristina fue a buscar un plano de la zona y lo desplegó en el piso delante de todos.

-Estamos acá –dijo Cecilia, y señaló un punto sobre el río-. Si no me equivoco ellos estarían acá –su dedo bajó unos centímetros y se movió hacia la izquierda-. Hay un claro entre la arboleda. Seguro que ahí establecieron campamento. Tendríamos que tomarlos por sorpresa desde distintos ángulos.

-Van a tener sensores de movimiento –dijo Cristina-. En cuanto nos acerquemos a alguna distancia nos van a sentir.

-¿Cómo venimos de armas y municiones? –preguntó Sofía.

-Tres pistolas y dos FAL. Cuatro cargadores llenos por arma.

-Entonces nos podemos arriesgar a un enfrentamiento directo. Nuestra ventaja es que ellos nos van a querer con vida, al menos hasta que tengan los cuatro fragmentos de la Cosa. Por otro lado nosotros no nos podemos dar el lujo de tomar prisioneros. A cualquiera que saquemos del juego tiene que ser de forma definitiva. Y ante todo cuiden sus vidas, que son las últimas que les quedan. ¿Quién se anima a llevar fusil?

Ignacio y Fernando levantaron la mano y se hicieron cada uno con un FAL. Hacía largo tiempo que ninguno de ellos entraba en batalla, y Orson jamás había usado armas de fuego más que como práctica, pero todos habían mantenido algún mínimo tipo de entrenamiento, con la certeza de que llegaría alguna vez el momento que estaban por vivir. Levantaron el campamento y se pusieron en marcha. Aunque era de día Sofi prendió una luz para detectar la acción de los bloqueadores. Ignacio se ocupó de la navegación terrestre, con la innecesaria ayuda de una brújula que Juan había dejado en su mochila. Una hora después, luego de andar cuatro kilómetros de bosque patagónico, la luz se apagaba en la mano de Sofía.

-Acá nos separamos –dijo Sofi-. Espero que no, pero puede ser la última vez que veamos a alguno de ustedes. Si eso pasa, todo lo que hicimos durante más de mil años se habrá perdido. La idea es que no nos vean. Ellos son más, pero nosotros podemos escondernos mejor. Compórtense como si estuvieran de cacería. Ellos son la presa, pero se creen el cazador. Usen todos los recursos que tengan, y procuren no hacer ruido. No creo que haya factor sorpresa, pero cuanto menos sepan sobre nosotros mejor. Recuerden: no tiene sentido tomar prisioneros. Omán Torúa.

Ignacio sintió un escalofrío al oír estas palabras. La última vez, Orsis las había escuchado de boca de Ocai. No Nico, Víctor ni ninguno de ellos, sino de Ocai en persona. Fue en África, hacía mucho más tiempo del que podía contar, cuando se separaron por primera vez rumbo a esta aventura que hoy estaba por terminar. “Adiós y buena suerte” sería la traducción más aproximada. Igual que aquella vez, los cinco presentes hicieron una ronda unidos por los antebrazos, se arrodillaron sobre el suelo del bosque y repitieron: “Omán Torúa”.

Lo primero que pensó Nacho cuando quedó sólo fue cuánto de él estaría al mando de sus acciones, y cuánto lo estaría Orsis. No era la primera vez que lo pensaba, claro, pero sus movimientos casi automáticos hacían que le costara reconocer a Ignacio De Robertis en el origen de ellos. En teoría, los auténticos Otaru estaban muertos desde hacía decenas de miles de años, y los actuales eran sólo portadores de su Shabot, el conjunto de las memorias, habilidades y conocimientos de cada uno de ellos y sus sucesores. Le constaba, sin embargo, que buena parte de la personalidad venía en el paquete. Seguía siendo Ignacio, no cabían dudas, pero la mayoría de sus decisiones actuales no eran las que hubiese tomado apenas 24 horas atrás, sino las que venían por parte de Orsis, quien ahora tenía el auténtico control de sus movimientos. Por supuesto, eso respondía tan sólo a la necesidad del momento. Orsis estuvo dormido durante la mayor parte de las vidas de Julia y de Juan, pero en este momento su presencia era imprescindible. Y como un titiritero de ultratumba manejaba el cuerpo de Nacho, que al internarse en el bosque adquirió la fiereza de un tigre y la frialdad de una máquina. Le dejó la brújula a Cecilia, no porque creyera que la necesitaba más, sino porque se sentía más cómodo guiándose con el sol que se colaba entre las ramas de los árboles. Sus pasos eran en extremo silenciosos, habilidad que no debía a la magia sino a su largo peregrinar a través de los siglos. No pasaron quince minutos cuando sintió la presencia de la primera patrulla que se acercaba a su encuentro. Los hombres eran sigilosos, un oído bien entrenado no hubiese podido escucharlos, pero los de Nacho eran mucho más que oídos bien entrenados. Se escondió tras un alerce y esperó. Rumbo a su posición se acercaban dos soldados vestidos con uniforme de combate negro y chaleco de kevlar, armados con M16, y separados por tres metros uno del otro. Cuando el primero pasó a su lado, él lo tomó por atrás y quebró su cuello en dos rápidos movimientos. El segundo no vio ni escuchó nada, pero empezó a buscar a su compañero. Ignacio dio la vuelta por su espalda y lo mató con la misma facilidad que al otro, justo cuando handy en mano estaba por informar de la ausencia. Luego se tomó un minuto para mirar los cuerpos sin vida tirados en el suelos del bosque, y desvistió al que más se le parecía en contextura física para ponerse su uniforme. El asesino era Orsis, por supuesto, no él. Reanudó la marcha y se preguntó por los dos hombres que acababan de morir bajo su mano. El lugar común: ¿serían padres? ¿Serían hijos? La respuesta llegó a través de siglos de luchas: Eran soldados. No importaban los motivos que hubiesen tenido para llegar a esa situación, arriesgar la vida era su trabajo, y en su cumplimiento la habían perdido. Ya no estaban en la comodidad occidental, presente en el pueblo de Trevelin a escasos cinco kilómetros de aquel lugar. Eran las leyes de la evolución las que los gobernaban ahora: el capaz sobrevive y el que no se adapta desaparece. Si esos hombres no querían matarlo era porque los intereses de quien les daba las órdenes incluían mantenerlo vivo. De ser atrapado lo ejecutarían en uno o dos días, cuando ya no les sirviera para nada. Todo este razonamiento asqueaba a Ignacio, pero la experiencia de Orsis, tan repulsiva en este momento, sabía que era cierto, y que el orden burgués de la sociedad en que se había criado era apenas una mentira inventada para contener a las masas. En ese momento un llanto interrumpió sus cavilaciones.

(Continúa…)

Punk (Capítulo XII)

La Emboscada

A la velocidad que llevaban el viaje desde Lago Puelo a Trevelin les tomaría unas dos horas. Ya había pasado poco más de una y pronto llegarían a Esquel, desde donde tendrían que desviarse y seguir hasta Trevelin. En la Hilux el clima se había distendido, Armando y Cristina charlaban con Ariel de sus tiempos de ladrones de bancos, y Fernando y Cecilia escuchaban fascinados las andanzas de sus padres. No era sencillo asimilar la idea de que mamá era hombre y papá era mujer, pero se facilitaba una vez que se había internalizado el concepto de “Magia”. Sin embargo, todos estaban alertas. Sabían que el ataque podía llegar en cualquier momento, y que la noche era a la vez su aliada y la de sus enemigos. El plan de emergencia lo habían diseñado apenas salieron de Lago Puelo, y consistía en seguir huyendo, ya que no tenían alternativa en tanto no estuviesen los siete Otaru reunidos. Hasta el momento nada les hacía pensar que tendrían que ponerlo en marcha, y eso mismo provocaba la tensión que de a poco crecía en el interior de la pick up.

-… entonces Butch y yo nos metimos en una pequeña choza en San Vicente y provocamos al ejército boliviano para que abriera fuego. Apenas empezamos a sentir los disparos nos escapamos y vimos el resto de la escena desde un lugar seguro. ¡Tendrían que haber visto la cara del sargento que estaba a cargo cuando le dijeron que no había ningún cadáver! En forma oficial nos declararon muertos, así que pudimos volver a Cholila y vivir el resto de nuestras vidas en paz. No sé qué te habrá parecido a vos, Ari, pero a mí me causó mucha gracia ver a Robert Redford y Paul Newman haciendo de nosotros, y ni hablar de esos soldados bolivianos que parecían escapados de México.

-Yo recuerdo el entusiasmo de Esteban cuando la vio –dijo Ariel-. Te juro que se meaba de la risa.

-Todavía no podés hablar de tus antecesores en primera persona, ¿No? –preguntó Cristina.

-Me cuesta, considerá que apenas llevo un día con todo esto encima. Lo que me asusta, y se lo dije a Nico, es que nos vamos quedando sin recambio. Fijate: nosotros tres somos Otaru desde ayer; Nacho desde hoy. No hubo tiempo de designar sucesores. Si por una de esas vamos cayendo, nos quedarían sólo Fer y Ceci, y después comenzaríamos a perder la línea. Y para lo que tenemos que hacer es preciso que estemos todos; si falta alguno ellos ganaron. No lo podemos permitir.

-Ya vienen –dijo Sofi, y señaló al frente del camino-. Allá.

Unos faros se acercaban a ellos a un kilómetro de distancia. Sofía fue clara: Abraxas venía a bordo. Lo que tuvieran que hacer había que hacerlo ahora. Era tiempo de practicar el plan de escape. Aún no llegaban a Esquel, pero ya estaban bastante cerca de Trevelin como para abrir un pequeño ojal por el que pasar de a uno hasta la orilla del Río Percey. La encargada fue Cristina, que conocía la dificultad de sostener un ojal desde un origen móvil a un destino fijo. Primero lo atravesaron los chicos, seguidos de Sofía, cada uno con un bolso encima. Nico y Ariel repartieron armas a medida que cruzaban. Para cuando la Traffic que portaba los faros estuvo a ciento cincuenta metros de ellos Ignacio ya había pasado y Cristina estaba en eso. El ojal se cerró justo detrás de su espalda cuando los bloqueadores entraron en acción. Nico y Ariel se habían reservado sendas Uzi, mientras que Armando sostenía el volante con una mano y una .32 con la otra. Sin ponerse de acuerdo Nico y Ariel se asomaron a la ventanilla izquierda listos para disparar. Cuando la Traffic pasó junto a ellos le dispararon a las ruedas, pero al mismo tiempo una ráfaga de ametralladora alcanzó las de la Hilux, y ambas camionetas perdieron el control y se salieron del camino. Ese invierno no había comenzado a nevar, y por eso resbalaron sobre el asfalto y no volcaron. Quedaron separados por unos setenta metros. Ariel probó tirando dos granadas, pero por el ángulo que tenía no logró que pasaran de la mitad del camino. Mientras se disipaba el humo de las explosiones, un lanzacohetes efectuó el disparo que haría saltar la Toyota. Cuando volvió al suelo impactó contra el lado izquierdo de la cabina, aplastando de inmediato el cráneo de Armando. Nico quedó bastante golpeado pero vivo, y se alegró al comprender que Ariel también lo estaba. Sin embargo la conciencia se le empezaba a nublar y eso era muy malo. Un minuto después se había desmayado.

Cuando volvió en sí estaba acostado en un catre o algo parecido, en el interior de una casa rodante. Una silueta negra estaba sentada junto a él. A su espalda entraba la primera claridad de la mañana, ocultando a Nico su rostro. Calculó que serían no menos de las ocho. Si era así había perdido al menos toda una noche. Se preguntó qué habría sido de los demás, si habían logrado escapar, si habían encontrado a Orgal. Se acordó de Armando con el cráneo ensangrentado contra el techo de la pick up: el viaje había terminado para él. Ariel seguía con vida y no muy lejos: eso lo podía sentir. Salvo Armando, los demás también estaban con vida. En los últimos dos días había sentido crecer de manera geométrica su percepción sobre quienes lo acompañaban. Antes tenía un poco, supo de la muerte de Víctor en el momento en que ocurrió, pero no se podía comparar con lo que alcanzaba a sentir ahora. Hasta él llegaba el eco de la inquietud de los suyos, la angustia por la muerte de Armando y la suerte de ellos, la incertidumbre por el camino a seguir, la determinación que crecía en Sofi. Y la impotencia de Ariel, vivo pero en problemas cerca de allí. Como él. Estaba esposado a la pared y no podía usar Magia. Era prisionero de Abraxas (no hacía falta ser Uisal para darse cuenta), y estaban a punto de interrogarlo. Por eso no se sorprendió cuando escuchó la voz de la silueta.

-Dormiste bastante, te hacía falta. Ayer tuviste un día largo. Tu amigo el que manejaba murió, de veras lo lamento, me hubiese gustado que no muriese nadie, pero no quedó otra. En realidad, el que abrió el fuego fue el librero, y los muchachos estaban calientes. Si yo no me metía a vos y a tu amigo los fusilaban ahí nomás.

-No jodas, Gastón, me necesitas vivo. ¿No cerrás un poco la ventana que me empieza a molestar el sol?

Gastón se paró y fue hacia la pared, cerró la persiana americana y desde una caja de llaves prendió la luz del interior del motorhome. Nico tenía que acostumbrar los ojos a la luz artificial, pero ya podía ver las facciones de su viejo amigo. Gastón salió por un momento de su campo visual y volvió un minuto después con un termo de acero y dos jarros de loza. Llenó uno de café humeante y se lo ofreció a Nico.

-Tomá. Yo voy a tomar una taza también, así no pensás que te quiero envenenar.

-No hay problema –contestó Nico mientras agarraba-. Lo peor que podés hacer es matarme, y no le tengo miedo a eso.

-No –dijo Gastón, y su mirada se clavó en los ojos de Nico, con una expresión seria y profunda-. Lo peor que puedo hacer es darte cascarilla.

Nico sonrió. Ese era Gastón, no había dudas. La vida (¿la Magia?) los había puesto en veredas opuestas, pero ese seguía siendo Gastón, aquel que lo invitaba a su casa pese a la renuencia de su abuela, el que lo escuchaba embelesado hablar de temas prohibidos, que iban de la política (mal visto) al sexo (ni mencionarlo). Ese Gastón estaba ahí, veinte años después, convertido en su captor. Nico tomó su café, caliente, rico, recién preparado. Como pudo se sentó en la cama, la cadena que lo ataba a la pared no era larga pero tampoco demasiado incómoda. Gastón acercó su silla.

-Esto es como en El Padrino –dijo-. Nada personal, sólo negocios. Lo del otro día en la Shell fue una jugada sucia. Al principio te quise matar, pero son buenas. Para jugar hay que aceptar las reglas, y vos no te saliste de ellas. Esa mano fue tuya, ésta es mía.

-¿Y vos sabés qué es lo que está en juego?

-Tengo alguna idea, pero ante todo lo que me interesa es el poder. Soy pragmático y materialista, ya lo sé, y mis ideales, si alguna vez los tuve, quedaron por el camino. Pero desde chico quise estar en la cocina del poder, y jamás estuve tan cerca como ahora.

-¿Qué te prometió el Ser-Ocai? ¿Su lugar?

Gastón se sorprendió ante la franqueza de la pregunta de Nico. Pronto se rehizo y respondió.

-Sí. Don Sergio ya está viejo y cansado. Pero quiere retirarse con gloria, y Abraxas nunca estuvo tan cerca. Estamos a punto de cumplir el designio por el que la Hermandad fue creada hace miles de años. Y en todo este tiempo es la primera vez que una parte de la Cosa Sin Nombre está en nuestro poder.

Esta vez el sorprendido fue Nico. Gastón se levantó y fue hacia el mismo lugar de donde había traído el café. Volvió con un pliego de tela del que sacó un cubo de ébano similar al que Juan le había dado a Ignacio.

-Cuando rastreamos ocho magos en la camioneta creímos que ya estaban todos, y por eso atacamos. Fue un error. Los datos que teníamos decían que la Cosa estaba por completo en Puelo, no repartida con el Bolsón y Trevelin. Cuando pasaron por lo del librero tendríamos que habernos dado cuenta de que no era así, pero la radiación mágica de Puelo es tan fuerte que no quisimos ver otra cosa. Recién al revisar la casa de Godoy entendimos que todavía faltaba una etapa más del viaje. Y para cuando averiguamos a dónde iban ya se habían escapado de vuelta. Sólo quedaron vos, tu amigo y el cuerpo de Godoy. Después nos apuramos a llegar primero a casa del que faltaba y pudimos conseguir esto. ¿No es hermosa? Te juro que intimida. Un arqueólogo se volvería loco, esto es más viejo que cualquier objeto con esta terminación que se haya encontrado antes.

-¿De dónde la sacaste? –preguntó Nico con expresión sombría.

-De la casa de un matrimonio de Trevelin. Ellos tampoco cooperaron, y los muchachos perdieron la paciencia. La verdad es que ya se perdieron más vidas de las que quisiera, no soy un asesino y no me gusta esto, pero aunque el fin no justifique los medios no tengo más alternativa que cumplir con la tarea que me encomendaron. En un par de días conseguí mejores resultados que Abraxas en toda su historia.

-No te agrandes, que en todo caso el mérito no es sólo tuyo. Y por cierto, ¿qué te hace pensar que Don Sergio va a cumplir con su palabra?

-Don Sergio es como mi padre y me quiere como a su hijo. No puedo desconfiar de él.

-A ver, permitime que desvíe un poco la conversación. Si bien Abraxas no trafica armas ni drogas, sabemos que controla y coordina esas actividades a nivel mundial. Abraxas está en lo más alto de la cúpula, maneja todos los negocios, tanto legales como ilegales, al menos en Occidente. Entonces, si bien no les gusta la palabra “mafia”, y la reservan para los escalones intermedios, lo cierto es que se comportan como tal, y usan los mismos métodos que las mafias. Extorsión, asesinato, manipulación de la información, etc. Esto lo podés negar, pero sabés tan bien como yo que es cierto. Ahora bien, si Abraxas es el escalón superior de la Mafia, Don Sergio es el mafioso con más poder del mundo. Y seguro te habló de la muerte de tus padres de una manera idílica y lacrimógena donde él era el hombre caritativo que se hacía cargo del pobre niño en desgracia. Sin embargo, Don Sergio no era tu padrino. ¿Qué pasó con tu padrino?

-No sé. Eduardo se borró después de lo de mis viejos. Don Sergio dice que les debía plata.

-Claro. Muy conveniente. Y supongo que tu viejo jamás tuvo conocimiento de la existencia de Abraxas, ¿verdad?

-Verdad. –Gastón comenzaba a perturbarse- ¿A dónde querés llegar?

-A que Don Sergio te mintió a vos como le miente cada día al mundo entero. Al accidente lo provocaron, tu familia fue fusilada y vos sos un trofeo de guerra.

-¿De qué hablás hijo de puta?

-Lo que oís, Gastón. Tuve que investigar mucho a Don Sergio para enterarme que era el Ser-Ocai, y en el medio apareció tu historia. Podés estar orgulloso. Gonzalo Rivera fue uno de los miembros más jóvenes, talentosos e implacables de Abraxas. Siempre mantuvo el perfil bajo. Vivía en la casa de sus padres, nunca ostentaba su inmensa fortuna y jamás hablaba con nadie de sus actividades en el poder, pero tenía una ambición imparable que sin dudas vos heredaste. Bah, imparable es una forma de decir. La paró Sergio Brandán cuando vio que el pendejo le afanaba las posibilidades de ser el siguiente Ser-Ocai. Primero liquidó de un plumazo a Rivera y toda su familia, y después se encargó de envenenar de a poco al Ser-Ocai y ganarse su confianza para tomar su lugar. Hay que reconocer que su plan fue milimétrico, y el detalle del veneno, con toda la tradición que tiene, es digno de destacar. La cuestión es que creciste víctima de las mismas prácticas que luego aprendiste a usar. Muy rico el café, ¿es de por acá?

Gastón miraba a Nico y era furia lo que había en sus ojos. Furia con su viejo amigo por lo que le decía, pero también consigo mismo por no haberlo pensado antes. De hecho, siempre había tomado la versión de Don Sergio como dogma, jamás se planteó siquiera el cuestionar sus palabras. Ahora Nico le había metido la puta idea en la cabeza, y en un momento como éste era lo peor que le podía pasar. Fingiría que no le pesaban las palabras de Nico, claro, pero los dos sabrían que no era cierto. Ahora sólo podía seguir adelante con esta nueva carga.

-Es La Morenita, el secreto está en las manos que lo preparan. Te subestimé en serio, no esperaba esto. En este momento no puedo comprobar nada de lo que decís, así que lo vamos a dejar stand by hasta que sea oportuno. Por ahora me voy a contentar con tener en mis manos esta maravillosa pieza –Gastón acercó el pequeño cubo de madera a sus ojos-. No creas que no tengo sensibilidad, de veras es increíble. El material parece ébano, y no dudo que si le hiciera un carbono 14 resultaría que tiene al menos 40 milenios de antigüedad. Impresiona, en serio. Debe ser el objeto hecho por la mano de hombre más antiguo que aún existe. Decime, ¿El grabado de la tapa está desde el comienzo o lo fueron haciendo con el tiempo? Si sabés, bah.

-Sé más de lo que imaginas y menos de lo que quisiera. Los grabados se hicieron mucho después que las cajas. La que tenés en las manos fue grabada en China alrededor del 4000 A.C., pero las demás tienen huellas de los distintos lugares por donde anduvieron. Algún día te voy a contar toda la travesía, es una historia que vale la pena.

-Ves, eso es lo que me gusta de vos, siempre fuiste un libro abierto. Mirá, no quiero parecer cínico. No puedo evitarlo, soy bastante cínico de hecho, pero prefiero tener el recuerdo del amigo que guardé durante veinte años y no la imagen del adversario que tengo desde hace dos días. No estoy acá para interrogarte, no tiene sentido. Sé que no me vas a decir nada y tampoco tengo los huevos para torturarte, la verdad es esa. Yo voy a salir de acá mucho más herido que vos ahora. Pero no te puedo soltar. No entiendo muy bien cómo funciona la magia de ustedes, pero hasta dónde sé, para activar la Cosa Sin Nombre hacen falta las cuatro piezas y el Guía. Nada más. Puedo estar equivocado, claro, pero no me lo vas a decir. Sabés, estuve hasta las tres de la mañana tratando de abrir esta puta cajita. Supongo que vos podrías, si quisieras. Supongo también que supongo demasiado. Pero de lo que estoy seguro es que tus amigos te van a venir a buscar y van a traer todo encima, porque en cuanto tengan oportunidad van a tratar de armar la Cosa Sin Nombre. ¿Supongo bien?

-Bastante. Pero no los subestimes como me subestimaste a mí. Tienen muchas más batallas encima que cualquiera que conozcas. Cuidá bien a tus hombres, mejor.

-Los cuido bien, no te preocupes. Tengo unos cuantos chiches acá para esperarlos. Detectores de movimiento, sensores de temperatura, un bloqueador central del que dependen todos los demás y que permite evitar cualquier tipo de actividad mágica hasta en un kilómetro a la redonda, un despelote de tecnología, mirá. Y veinte hombres armados hasta las pelotas vigilando la zona. Y O’Malley a cargo de todo eso. Sabés, al principio no me caía bien O’Malley, pero el tipo me cerró la boca. Es un verdadero profesional. Morgan, el Jefe de Seguridad de GlobalMedia, que estaba a cargo cuando llegamos, lo primero que hizo en cuanto me descuidé fue perderlos a ustedes en la ruta. Ahí nomás O’Malley tomó las riendas, me recordó que tenía tu número de celular y organizó todo para que pudiéramos agarrarlos y conseguir el fragmento de la Cosa. Un tigre el chabón. Por cierto, tengo tu teléfono y el de Sofía, haceme acordar de dártelos cuando terminemos con esto.

-Te agradezco mucho, pero no creo que los vayamos a necesitar.

Gastón lo miró con intriga.

-¿Por qué?

-Si vos ganás lo más probable es que nos maten, de modo que no tendríamos oportunidad de usarlos. Y si ganamos nosotros, bueno, no creo que los vayamos a necesitar.

La respuesta de Nico no conformó a Gastón, pero estaba claro que no le iba a sacar mucho más, así que decidió cambiar de tema.

-Hablando de Sofía, me sentí un poco decepcionado cuando me enteré de tu relación con esta chica. No está bien soplarle la novia a un amigo, quiero decir.

-Yo no le soplé la novia a ningún amigo. Sofía y yo somos como hermanos, y ella y Ariel están juntos y se quieren, y yo no tengo nada que ver entre ellos. Por otro lado, ahora comprendo bien que la exclusividad en el amor es parte del concepto de propiedad, un invento social creado para garantizar el uso exclusivo de un bien por parte de aquel que lo reclama. No, Sofía, Ariel y yo somos libres, y los tres lo entendemos así. Si tu idea es hacerme reaccionar, mejor andá buscando otra cosa.

-No te enojes, no es eso lo que busco, y tampoco es que me importe demasiado. Era para decir algo nomás. Aunque para que no pase nada hiciste demasiado escándalo cuando te mencioné el tema. Lo que sí te voy a contar es que tu amigo está bastante jodido. Vos la sacaste barata, no te hiciste nada en el choque, y apenas si saliste con un par de golpes. Ariel, en cambio, perdió bastante sangre, y todavía no se despertó. Lo estamos cuidando bastante bien, pero todavía no hay garantías de nada, y te imaginás que llevarlo al hospital es una alternativa que no está en mis manos. Además, el hospital está en Esquel y la diversión está acá.

-Quiero verlo. Le hacés algo y te mato.

-Ves, eso me duele. Me duele porque me tratás como si fuera un asesino a sangre fría, y me duele más porque yo fui tu mejor amigo en una época y jamás me defendiste de esa manera. No digo que las circunstancias sean las mismas, pero uno tiene su corazón, che.

-No jodás, Gastón, por favor. Dejame ver a Ariel.

-No puedo, en serio. Está bien cuidado y fuera de peligro, pero no puedo dejar que se vean…

-Entendeme, yo puedo curarlo.

-Sí, pero para eso tendría que apagar el bloqueador, y no me puedo permitir ese riesgo. No, lo lamento en el alma, pero te vas a tener que conformar con mi palabra. Ahora descansá. Si querés te puedo traer una revista, tengo la Gente de la semana pasada en la Land Rover. Es una mierda, pero al menos sirve para pasar el rato. Voy a ver cómo anda todo y en algún rato vuelvo.

Gastón se fue dejando a Nico esposado, con la palabra en la boca y sin nada para leer. Nico volvió a acostarse, mantenía algunas capacidades de percepción, pero no podía hacer nada que lo sacara de donde estaba. Sólo quedaba esperar la oportunidad de actuar. Algo de lo que dijo Gastón era cierto: Sofía debía estar organizando el rescate. Era el primer día del invierno. Lo que fuera a pasar se resolvería esa noche



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