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La jodita salió cara

No tenemos mucho tiempo. El almuerzo es de 13 a 15, si le restamos el tiempo de llegar al auto y volver ya perdemos media hora. Ella tiene el mismo horario que yo. Trabaja en la inmobiliaria de la otra cuadra. Tomamos contacto muy estrecho cuando la empresa alquiló el local de Martínez, y la atracción fue mutua e instantánea. Ella es casada, también, y tiene dos hijos que van a la escuela. El único momento que tenemos para vernos es al almuerzo. Nos escapamos los dos de nuestras cadenas y nos vamos al hotel, ese que tan bien conocemos.

Supongo que el conserje también nos conoce. Por supuesto, lo suyo es cara de póker y discreción total. Pase por la cochera 12, señor, muchas gracias y allí vamos. Reconozco que voy un poco rápido por el estacionamiento, seguramente la ansiedad por estar con ella. Pero eso no le da derecho al de la cochera 9 para salir marcha atrás a todo lo que da…

-¿Pero qué hacés, infeliz, no te enseñaron a mirar por el espejo cuando haces marcha atrás?

-¿Y a vos no te enseñaron que en un estacionamiento tenés que andar DESPACIO?

-Mirá, no quiero ponerme a pelear y menos en este momento. ¡Uhhhh, mirá cómo me dejaste la trompa!

-Y vos mirá cómo me dejaste el baúl. En fin, ¿tenés seguro?

Silencio.

Pausa.

-Como tener, tengo…

-Bueno, pasame los papeles así los mandamos a las compañías y vemos qué deciden.

-Mmmm sí… a eso apuntaba. ¿Qué le vamos a decir a la compañía?

El tipo me miró.

-Claro, no podemos decirles que estábamos acá, ¿no?

-Y… yo por lo menos voy en cana de una manera espantosa.

-Sí, yo también.

-¿Entonces? ¿Cómo hacemos?

-No sé…

-Dejame proponerte algo. Vos te hacés cargo de tu reparación y yo de la mía. Y jamás nos cruzamos.

-No me gusta un carajo la idea, pero me parece que es la única posible.

-Y sí.

-OK. Nos vemos entonces. Que disfrutes tu polvo, varón.

El tipo se fue.

Entre mecánico, chapista y el telo la joda me salió dos lucas.

Estuvimos apenas 45 minutos en la habitación, con los nervios de punta.

Y ni siquiera se me paró.

Delirio

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Delirio

El salón era enorme, inabarcable. Ciertamente estaba oscuro, apenas se podían adivinar sus esquinas en la penumbra. Él se preguntaba qué hacía ahí.

Entonces se prendieron las luces. No las del salón en general, sino las del auto. Por lo que se alcanzaba a ver, parecía un Mini Cooper. Luego se escuchó arrancar al motor. Él no pudo dejar de notar que el auto apuntaba directamente en dirección hacia donde él estaba.

El auto salió arando, él tuvo tiempo justo para correrse antes de que lo atropellara. El auto frenó en seco y dio la vuelta. Nuevamente le apuntaba.

Él empezó a caminar hacia los lados. El auto lo empezó a seguir. Lentamente. Él trato de acercarse, pero cada vez que lo hacía el auto retrocedía. Un par de veces hizo el amague de arrancar y atropellarlo. El auto de a poco fue ganando terreno. Más y más. Hasta que finalmente lo arrinconó contra la pared. El auto arrancó a toda velocidad rumbo a su encuentro. Él apenas alcanzó a saltar hacia la derecha. El auto chocó contra la pared y la perforó, dejando entrar la luz del día. El se asomó por el agujero y alcanzó a verlo (efectivamente era un Mini Cooper) marchándose a toda velocidad por el camino de tierra. Salió y se encontró en medio de la jungla.

Empezó a abrirse paso a través de la vegetación. Con una mano tomó el machete que llevaba a la cintura y se puso a cortar lianas y enredaderas varias. Pronto llegó a una pirámide. La rodeó a lo largo de su perímetro hasta que finalmente llegó a la escalera que le permitía subir. No serían menos de quinientos escalones. Comenzó a subirlos. El sol lo estaba cocinando.

El primer dardo cayó en el escalón de piedra que estaba justo frente a sus ojos. Eso le permitió advertir el peligro y correr para evitar ser alcanzado. A medida que subía el alcance de los proyectiles tenía que ser mayor, de manera que los dardos pronto se convirtieron en piedras y luego flechas y mas tarde balas. Él logró esquivarlas durante todo el camino. Por fin llegó a la cima de la pirámide donde estaba el helipuerto. Se subió al helicóptero, tomó los controles y comenzó a volar. No tardaron en aparecer por sus flancos dos helicópteros más que venían a darle caza. Estaban equipados con sendas ametralladoras que no dudaron en usar para tratar de derribarlo. Él los esquivó un buen tiempo, pero al fin un proyectil certero hizo impacto en el motor y él comprendió que debía saltar. Se acomodó el paracaídas y se arrojó al vacío sin demasiada idea de adónde iba a parar. A medida que se acercaba al suelo notaba como su trayectoria lo llevaba directamente hacia una claraboya en un edificio grande, muy grande. Él pasó a través de ella y se encontró en un salón.

El salón era enorme, inabarcable. Ciertamente estaba oscuro, apenas se podían adivinar sus esquinas en la penumbra. Él se preguntaba qué hacía ahí.



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