Azul sabe lo que quiere. Me recibe en el living del departamento con un conjunto de encaje y portaligas púrpura. Un látigo de tres puntas destacaba en su mano derecha. Llevaba el cabello atado en un rodete, y tacos de diez centímetros completaban su vestuario. Su tanga era tan pequeña que podría caber en un shot de tequila. Apenas tres cordones se unían en una argolla plateada bajo su espalda, dejando a la vista un exquisito culo de mediano tamaño carente de imperfecciones. En su cóxis un águila me señalaba aquel lugar donde más tarde yo iba a entrar. Sus pechos eran pequeños pero firmes. Sus pezones más grandes que una moneda, rosados, se destacaban contra la blancura de su piel, y se evidenciaban bajo la transparencia de la lycra. Su rostro, apenas maquillado, llevaba marcada la inocencia de una niña y la osadía de una ramera. Su vientre chato, perfecto, sus piernas trabajadas, todo en ella era una invitación al placer.
Luego de que la puerta se cerrara a mis espaldas ella tomó con la mano izquierda las tres puntas del látigo y con él me rodeó el cuello para luego atraerme hacia su boca. Mordió la mía con dulzura, con fiereza, con ansias. Luego sus manos desabrocharon mi camisa y comenzaron a acariciar mi pecho. Sus dedos se mezclaban con mi vello, recorrían mis pectorales, se corrían hacia mi espalda. Quitaron mi camisa por completo y buscaron la hebilla de mi cinturón. En medio minuto mis pantalones estaban en el suelo y ella buscaba mis nalgas por debajo de mi bóxer. Con fuerza me tomó de ellas sin dejar de morderme la boca. Mi miembro ya estaba plenamente erecto y se clavaba en su bajo vientre. Ella lo sintió. Sus manos retiraron mi bóxer y fueron a buscarlo. Allí estaba, grande y deseoso. Azul se agachó delante de mí y empezó a jugar con sus manos. Lo tomaba, lo amasaba, lo acariciaba. Con sus dedos rodeaba mi glande con cariño y llevaba mi prepucio hacia adelante y atrás. Entonces acercó su boca dejó caer sobre él una gota de saliva. La lubricación le dio más ímpetu, y ahora parecía un monolito de roca sólida. Azul comenzó a besarme los testículos sin dejar de masturbarme. Luego se los metió de a uno en la boca para jugar con ellos y su lengua. Después su boca empezó a subir y bajar por el tronco de mi pija, besándolo, degustándolo, extasiándose. En ese momento la engulló en toda su dimensión. Su lengua se deleitaba en mi glande, sus labios subían y bajaban. Estaba completamente excitada.
Entonces la puse de pie y la llevé contra la mesa del comedor. Le hice apoyar las manos sobre ella y luego le dije que subiera una pierna. Me arrodillé y con delicadeza corrí el fino hilo de su tanga que a esta altura estaba completamente empapado. Delante de mí estaba su vulva, lampiña, anhelante. Mis dedos quisieron jugar con su clítoris y se los permití. Primero de a uno, en círculos, luego de a varios, mientras unos daban suaves golpes otros acariciaban sus labios. Dos de ellos se hundieron en la húmeda profundidad de su vagina. Fue cuando mi lengua se puso a jugar con su cálido botón del amor. Su primer orgasmo llego en este momento. Pero no era eso lo que ella ansiaba. Entonces de un golpe arranque su braguita y me puse de pie. Con su pierna aún sobre la mesa hundí mi miembro en su interior. Sus jugos me estaban esperando, y su boca dejaba salir pequeños gritos que me revelaban su placer. Mis manos acariciaban sus pechos, sus pezones tenían la dureza de los rubíes. Entonces llegó su segundo orgasmo. Pero eso no era todo para mí. Mis dedos buscaron la humedad de sus jugos y con delicadeza untaron el pequeño orificio de su ano. Mi miembro salió de su deliciosa cueva en busca de un refugio prometedor. Mi glande se apoyó en su culo, y con cuidado ella empujó hacia atrás para dejarlo entrar. Primero fue sentir como había entrado mi cabeza. Luego bombear, con sutileza al principio pero cada vez con mayor pasión. Sus gritos acallaban cualquier otro sonido, y así ella llegó a su tercer orgasmo, mientras mi semen llenaba su más profunda cavidad.
Luego me preguntó mi nombre y nos pusimos a fumar.
Me gusta mi trabajo, pero ciertamente tiene algunas cosas desagradables. Tener que despedir gente es una de ellas. De manera que allí fui hasta el Correo Argentino que está sobre Intendente Campos, a una cuadra de la plaza principal del centro de San Martín, y saqué un numerito para que me atiendan. Me tocó el 38. Iba por el 23. Así que tenía un buen rato para esperar. Entonces la vi.
Estaba sentada en una silla, esperando su turno ella también, con una carta documento en la mano. Vestía un trajecito sastre negro con una blusa blanca, lo suficientemente escotada como para dejar apreciar su belleza pero no tanto como para ser provocativa. Era menuda, llevaba su cabello rubio atado en una colita y estaba maquillada con moderación. Completaban su atuendo unas medias de red, bastante sexies por cierto. Debo decir que a mis ojos resultaba hermosa.
Me senté en la silla vacía que había a su lado. Ella se veía de buen humor. Inmediatamente nos pusimos a hablar de cualquier cosa. El feeling fue automático. Enseguida nos reíamos juntos y nos contábamos de nuestra vida. Entonces llamó el 37 y ella tuvo que ir a la ventanilla donde la iban a atender. Luego me llamaron a mí. Nuestros trámites terminaron al mismo tiempo, de manera que le dije que tenía un rato libre para almorzar y me gustaría invitarla. Ella acepto de buen grado. Cruzamos la calle y nos fuimos al barcito que está justo enfrente del correo.
El almuerzo fue liviano, en realidad fue casi una excusa, solo queríamos la compañía del otro. Así fue durante la hora que estuvimos juntos, y durante todos los almuerzos que comenzamos a compartir a partir de entonces. Encontrarnos luego del mediodía se convirtió en una bella costumbre. Así me enteré que ella era divorciada, que tenía un hijo pequeño y que estaba un tanto desengañada de los hombres. Que tenía casi la misma edad que yo, que nos gustaba la misma música y que leíamos los mismos libros. Y en definitiva, que estábamos en momentos muy parecidos de nuestras vidas.
Nuestro primer encuentro íntimo llegó solo, sin buscarlo. Llevábamos un par de semanas viéndonos todos los días, y hasta entonces nuestra atracción había ido creciendo, pero el contexto en el que nos veíamos nos impedía siquiera llegar a nuestro primer beso. Entonces un viernes quedamos en volver a vernos a la noche. Hablamos primero de una película o un restaurant, pero finalmente la invité a cenar a mi casa. Tengo buen gusto, pero la cocina no es mi fuerte. De manera que el salmón rosado quedó por cuenta del delivery del restaurante de la avenida, el postre por cuenta de la heladería y por mi cuenta el vino, las velas y la música de Michael Buble. El clima romántico estuvo presente desde el comienzo. Respetamos la cena y el postre, pero apenas terminamos llegó nuestro primer beso, tan ansiado, tan postergado, y tan disfrutado. Ella se había vestido con un solero largo de color crema que pronto quedó tirado en el suelo. Poco a poco nos acercamos hasta mi habitación mientras mis prendas quedaban por el camino. Llegamos a la cama en ropa interior, y finalmente pude tener para mí la perfección de su cuerpo. Habíamos esperado por mucho tiempo este momento, y ahora no existía ninguna fuerza que nos apurara. De a poco fuimos conociendo nuestros cuerpos, los exploramos con cada uno de nuestros sentidos, aprendimos de memoria cada pliegue de nuestros cuerpos, el aroma de nuestras pieles, la textura de nuestros fluidos. Hicimos el amor con suavidad, con dulzura, con pasión y con salvajismo. Dormimos juntos esa noche. Y apenas fue la primera.
Hace ya varios años de esto que cuento. Hace menos que vivimos juntos. Hoy nos enteramos de que vamos a ser padres de un hijo de los dos.
Los cuentos no siempre terminan mal, ni tienen un final inesperado. A veces el final es solo el principio. Y cuando el principio es el amor, aunque con eso solo no baste, suele haber buenos cimientos para construir una historia.
El año del Señor 1234 corría agitado. La persecución de los albigenses dio como resultado secundario la creación de la Santa Inquisición, y los caminos de Francia estaban atestados de viajeros que iba de aquí para allá, muchas veces huyendo del fuego sagrado, y a veces incluso persiguiendo en su nombre. A mitad de jornada entre Guines y Poitiers estaba la Posada de Rochelle. Hubo épocas en que el negocio no anduvo bien, pero desde hacía varios años que por las noches siempre estaba llena. Los clientes solían ser lugareños (que muchas veces comerciaban con Rochelle y allí mismo gastaban sus ganancias), prostitutas, y nunca menos de una decena de forasteros que recalaba en la posada en busca de comida, alcohol, una cama mullida y una mujer que lo acompañe en ella. Estos forasteros eran de la más variada índole. Había fugitivos, campesinos, caballeros, soldados, eclesiásticos e incluso cada tanto algún que otro noble.
Y sobre todos ellos, la siempre presente figura de Rochelle.
Digamos la verdad, Rochelle era una mujer hermosa. Su piel era blanca, sus ojos verdes tenían la profundidad del bosque, sus pechos, grandes y generosos, amenazaban desbocarse por los escotes que Rochelle usaba y apenas los contenían, su boca de labios gruesos y tentadores, sus caderas macizas, su culo parado, su cabellera café llena de rulos, eran un imán para los hombres ávidos de carne que noche a noche querían poseerla.
Y cada noche Rochelle elegía a uno.
Ella también estaba ávida de carne.
Nunca lugareños, nunca conocidos, cada noche Rochelle escogía un caminante, siempre el más apuesto, el más varonil, el más apetitoso y se lo llevaba a sus aposentos. A veces el caminante le decía que no tenía dinero. “A Rochelle no le importa tu dinero” era la respuesta invariable. Rochelle disfrutaba del sexo de manera irrefrenable, y cada hombre que había conocido su cuerpo sesorprendía de la manera en que ella sabía manejarlo. Sus presas entendían que no iban a tener oportunidad de repetir semejante pasión.
Rochelle había aprendido a lo largo de los años a gozar de su cuerpo y hacer gozar a su ocasional compañero. Conocía a la perfección el arte de complacer. Sus gruesos labios parecían diseñados para rodear, besar y saborear cada centímetro del cuerpo de su amante, incluso esos centímetros que luego con fruición se hundiría en su cuerpo, una y otra vez, por cada uno de sus huecos. Le encantaba dar suaves mordiscos al miembro viril de sus hombres, a ellos los volvía locos y ella probaba de esa manera su sabor. La mejor de las rameras que frecuentaban la posada era una aficionada en comparación con Rochelle. Porque Rochelle lo disfrutaba, sentía el placer estremecer su piel y sus órganos, y gemía, y acababa una y otra vez y lo disfrutaba, y necesitaba más y más. Pero no solo sexo era lo que tomaba de sus amantes.
De madrugada, cuando los hombres que habían tomado su cuerpo sucumbían al influjo del sueño y de la cerveza, Rochelle tomaba de bajo su cama el cuchillo que su padre utilizaba para sacrificar cerdos, y se lo clavaba a su amante a la altura del corazón, rápido y sin dolor ni escándalos. Luego drenaba la sangre hacia un cubo y una vez seco con oficio de carnicero procedía a carnear el cuerpo y separar sus partes aprovechables. Cada tanto probaba la carne cruda, pero sabía que cocida el sabor resaltaba mucho más. Los guisos de carne de Rochelle eran famosos en la región, y ella estaba orgullosa. Procuraba utilizar toda la carne en el día, de manera de no necesitar salarla ni arriesgarse a que se eche a perder. Seguía los pasos de su abuela, reconocida cocinera famosa en todo el sur de Francia. Rochelle conocía el punto exacto de cocción y los condimentos que realzaban el sabor de cada músculo, de cada víscera, de cada miembro. El pene y los testículos se los reservaba para ella en la soledad del almuerzo, junto con los ojos (que aún conservaban su imagen) y el corazón (que había galopado por ella su última carrera). Pero el resto solía compartirlo generosamente con el resto de los pasajeros, que ni se imaginaban que su bocado de hoy era su compañero de juerga de anoche. Luego ella tiraba todo aquello que no se podía comer al pozo que tenía bajo el sótano y listo. Todo excepto la cabeza. Preparaba en un frasco una mezcla de salmuera y vinagre y allí conservaba cada cabeza, en un armario destinado a tal efecto. Así había hecho con su padre, ese hijo de puta de Jean-Luc, borracho perdido que se cansó de violarla durante más de veinte años, hasta que ella presa del odio arrancó de un mordisco su pene y luego, ya cebada, lo invitó a formar parte de su primer guiso. Así con sus tres pequeños hijos recién nacidos, que ni siquiera nombre habían llegado a tener. Así con todos los hombres que habían osado conocer el interior de su cuerpo.
Ah Rochelle, cuánto más hubieses seguido con tu cruzada culinaria de no haber hallado el manjar erróneo. Por supuesto, él debería haberte dicho que era el nuevo obispo de Poitiers. Y a los soldados no les gustó encontrar su cabeza entre otras 390 mientras hurgaban en tu sótano.
Pobre Rochelle. Tuvo tiempo de pensar en qué sabor tomaría su carne asada mientras el verdugo encendía la pira de la Inquisición.
Realicé este cuento a pedido (o más bien desafío) del Rufián Melancólico, quien me invitó a hacerlo y él escribir otro por su lado compartiendo una misma consigna: la historia de una ninfómana caníbal. Rochelle es mi manera de resolverlo. Hoy viernes 31 de octubre de 24:00 a 02:00 el Rufián y yo tendremos oportunidad de presentar nuestras criaturas en Algo se nos va a ocurrir, programa que junto con Silvia y Gustavo el Rufián conduce por www.AGRadio.com.ar, y donde todos están invitados a escucharnos haciendo click AQUÍ.
La verdad que no lo puedo creer. Yo le presto mi buen nombre para comprarse una heladera y me llaman por gestión judicial. Es para matarlo. Encima tener que venirme en horario de oficina a este estudio de abogados del orto. Bueno, al menos la recepcionista está linda. Sí sí, bastante linda diría yo. Y simpática, no tiene la proverbial cara de orto que suelen tener en estos lugares. Es más, hasta diría que me sonrió. Le sonrío yo también entonces. Hay para un rato, me dice. Encima tengo que esperar, me cagüenlamadre. Bueno. Aprovechemos para hablar con ella ya que quedó sola.
-Me imagino que estarás acostumbrada a que estén con cara de traste todos por acá ¿no?
-Y, la verdad que sí, pero una no tiene la culpa…
-Y, no por supuesto. A veces incluso no la tiene nadie. –Mejor me cubro, a ver si se piensa que soy un tirado- Yo, de hecho, tuve la buena voluntad de sacar un crédito para mi cuñado, y mirá lo que me vino a pasar…
-¿Pero no te avisó que había dejado de pagar?
-No, él vive en Mendoza y creí que lo seguía haciendo… le habrá dado vergüenza, qué se yo…
Listo, primer contacto establecido, roto el hielo, ya tengo su nombre, edad, estado civil, situación familiar y una primera aproximación a sus gustos e intereses para cuando me llaman de la oficina. Luego del momento incómodo, el compromiso de pago y la puta bienvenida al Veraz finalmente quedo en libertad de partir. Pero no sin antes cruzar unas últimas palabras con la recepcionista.
-Bueno, entonces cualquier duda o inquietud llamo acá, ¿no?
-Sí, por supuesto.
-¿Llamo al número de línea o me das tu celular?
Ella sonríe, divertida.
-Al número de línea va a estar bien. –Hace una pausa- Total siempre lo atiendo yo.
Han cantado Bingo.
La llamé 48 horas después. Ni tan pronto como para parecer desesperado, ni tan tarde como para que me olvide. Le pregunté alguna boludez sobre lugares de pago y esas cosas y traté de asegurarme de que efectivamente me recordara. Una vez que estuve seguro la invité a tomar un café después de la oficina.
-Epa, ¿no estarás yendo muy rápido? –me dijo.
-Claro que no. Rápido sería pedirte matrimonio y hablarte de hijos. Y por ahora, sólo pretendo un café.
-¡Jajaja! Está bien, no creo que sea demasiado.
-Perfecto. Para encontrarnos en el café supongo que sí me vas a dar tu celular, ¿no?
Nos encontramos a las seis y cuarto en el bar de la esquina de Florida y Bartolomé Mitre. El ventanal de la planta alta tiene una vista fantástica de Diagonal Norte hasta Plaza de Mayo, y es perfecto para un encuentro de este tipo. Llegué seis y diez, ella llegó puntual. No es difícil ser puntual a la salida del trabajo cuando se labura en el centro. El ritual del café es decididamente argentino, una vez un productor colombiano de café me decía que le parecía increíble lo arraigada que estaba entre nosotros la costumbre del café. Lo cierto es que a veces el café es meramente simbólico, y aprovechando el calorcito de octubre nos pedimos un Gancia para cada uno y una picada para los dos.
Bien, ya estábamos en el lugar. Había que romper el hielo nuevamente. Este momento es fundamental, porque depende de lo que uno diga o haga que se genere la confianza suficiente como para llegar a la intimidad. Y llegar a la intimidad es fundamental en cualquier caso, porque habiendo citado a una desconocida no alcanzarla es sinónimo de dar por terminado cualquier intento de nada. De manera que hay que ser cuidadoso para estas cosas. Empezamos hablando de manera casual del día de trabajo. Cansado, jueves, falta un día, rutina, quilombo, etc. De ahí uno se las arregla para enganchar la charla con temas más personales. Familia, vida cotidiana, costumbres. Hilando se llega al tema de relaciones sentimentales. Siempre hubo alguna experiencia ingrata que será la primera en surgir. Uno en estos momentos debe ser comprensivo. No “hacerse”, serlo. De otra manera no es posible alcanzar a la otra persona en su totalidad. Es un buen momento también para establecer contacto físico. Tomarle la mano. Las defensas emocionales están bajas, y será entendido como un gesto de acercamiento, que de hecho es. Empezamos por la mano, tímidas caricias con el dedo que de a poco se van soltando. Mientras escucho atentamente lo que tiene para decirme, le cuento de lo mío, le sonrío, todo sin dejar de mirar a sus ojos, bellos ojos por cierto. La charla se anima, hablamos de nuestros gustos, nuestros viajes, nuestras aventuras, y gesticulo al hablar, todo eso sin soltar su mano. Vuelve el tono intimista a la conversación y aprovecho para acariciar su rostro. Terso, cálido, hermoso.
Salimos del bar, ya está cayendo la noche, y nos vamos caminando para el lado de Puerto Madero. Mi mano sigue aferrada a la de ella. Sabemos que tal vez deberíamos separarnos, pero no queremos hacerlo. Nos apoyamos sobre la baranda y nos quedamos abrazados contemplando las mansas aguas del Dique 2. La llegada de los besos se da como algo natural. El viento que llega del río nos envuelve. Nosotros nos damos calor, pero sabemos que no alcanza.
Entonces decidimos ir a un lugar más abrigado, donde podamos desabrigarnos sin culpas.
Llego a casa de madrugada. Voy a dormir muy poco esta noche, pero siento que valió la pena. Antes de acostarme suena un mensaje en mi celular.
“La pasamos bárbaro esta noche… juntos. Espero que se repita pronto.”
No tenemos mucho tiempo. El almuerzo es de 13 a 15, si le restamos el tiempo de llegar al auto y volver ya perdemos media hora. Ella tiene el mismo horario que yo. Trabaja en la inmobiliaria de la otra cuadra. Tomamos contacto muy estrecho cuando la empresa alquiló el local de Martínez, y la atracción fue mutua e instantánea. Ella es casada, también, y tiene dos hijos que van a la escuela. El único momento que tenemos para vernos es al almuerzo. Nos escapamos los dos de nuestras cadenas y nos vamos al hotel, ese que tan bien conocemos.
Supongo que el conserje también nos conoce. Por supuesto, lo suyo es cara de póker y discreción total. Pase por la cochera 12, señor, muchas gracias y allí vamos. Reconozco que voy un poco rápido por el estacionamiento, seguramente la ansiedad por estar con ella. Pero eso no le da derecho al de la cochera 9 para salir marcha atrás a todo lo que da…
-¿Pero qué hacés, infeliz, no te enseñaron a mirar por el espejo cuando haces marcha atrás?
-¿Y a vos no te enseñaron que en un estacionamiento tenés que andar DESPACIO?
-Mirá, no quiero ponerme a pelear y menos en este momento. ¡Uhhhh, mirá cómo me dejaste la trompa!
-Y vos mirá cómo me dejaste el baúl. En fin, ¿tenés seguro?
Silencio.
Pausa.
-Como tener, tengo…
-Bueno, pasame los papeles así los mandamos a las compañías y vemos qué deciden.
-Mmmm sí… a eso apuntaba. ¿Qué le vamos a decir a la compañía?
El tipo me miró.
-Claro, no podemos decirles que estábamos acá, ¿no?
-Y… yo por lo menos voy en cana de una manera espantosa.
-Sí, yo también.
-¿Entonces? ¿Cómo hacemos?
-No sé…
-Dejame proponerte algo. Vos te hacés cargo de tu reparación y yo de la mía. Y jamás nos cruzamos.
-No me gusta un carajo la idea, pero me parece que es la única posible.
-Y sí.
-OK. Nos vemos entonces. Que disfrutes tu polvo, varón.
El tipo se fue.
Entre mecánico, chapista y el telo la joda me salió dos lucas.
Estuvimos apenas 45 minutos en la habitación, con los nervios de punta.
Ya nos habíamos visto un par de veces. Ella era linda, simpática e inteligente, pero se hacía desear, y yo sabía que la cama no era alternativa válida para la primera cita. De manera que mis ganas fueron creciendo, y para el tercer encuentro decidí tirar con toda mi artillería.
Era sábado a la noche. La pasé a buscar 20.30 horas por su casa y la llevé al mejor restaurante de Las Cañitas. A esta altura, por supuesto, tenía claro que la batalla estaba prácticamente ganada, pero no quería perder de vista esos detalles que harían que la noche simplemente fuese ideal. A eso se debieron, por supuesto, la docena de rosas y la caja de bombones con forma de corazón. A eso se debió la elección del lugar, plenamente romántico, con luces bajas, velas, cocina internacional y una pequeña banda de piano, batería y contrabajo tocando jazz para los comensales.
Efectivamente, ella se derritió. Besos, mimos y arrumacos se sucedieron durante casi toda la noche, solo interrumpidos por una pausa para comer el exquisito salmón rosado con salsa thai y papas noisette (cortadas a mano) que era la especialidad de la casa. Un rico sauvignon-blanc acompañó el menú, coronado por un volcán de chocolate con frutos del bosque que terminó de despertar en nosotros el deseo por el cuerpo del otro.
Debo confesar a esta altura que la jodita me salió bastante cara. Entre taxis, entrada (una exquisita copa de camarones) plato principal, postre, cubierto y propina me había gastado casi toda mi guita y apenas me quedaba para un turno en el hotel más cercano. A él nos dirigimos, y todavía no era la medianoche cuando entramos a una de sus más lujosas habitaciones, dispuestos a pasar uno de los mejores momentos de nuestras vidas. Entramos, no nos apuramos para nada, nos sentamos en la cama y comenzamos a saborear esos deliciosos bombones, siempre entre besos y caricias. Lentamente comenzamos a quitarnos la ropa el uno al otro, y mis dedos estaban buscando los ganchos que soltarían su bretel.
Sonó el teléfono.
-Señor, le informo que en diez minutos finaliza su turno.
-¿Cómo que se termina el turno si acabamos de entrar?
-Señor, los sábados en este horario el turno es de una hora y treinta minutos. Su horario de entrada fue a las 23:45, y ya es la 1:05.
-¡Oiga, recién son las 00:05!
-Señor, por decreto número 1693 del Poder Ejecutivo Nacional a las doce de la noche se adelantó una hora en la mayor parte de las provincias del país, por lo tanto en este momento es la 1:07. En 8 minutos finaliza su turno, que tenga buenas noches.
Puteando volví a abrocharle el corpiño.
El asunto no es que te afanen una hora, el asunto es que siempre lo hacen un sábado a la noche y lo que te afanan es una hora de joda, no sólo de vida.
¿Por qué para el año que viene mejor no cambian la hora un viernes a las cinco de la tarde, eh?
Esto de tener un blog tiene sus pro y sus contras. Una de las cosas que más satisfacciones me ha dado ha sido la gente. He conocido muy buena gente en este lugar. Y gente de todo tipo.
Ella era de un tipo muy particular. Su llegada tardía no fue menos impactante. Decía ser una mujer de edad mediana inmersa en la movida swinger, y eso alborotó de inmediato los ratones de la comunidad blogger. Algunos textos míos con cierto matiz erótico llamaron su atención y no tardó en tomar contacto conmigo. De inmediato su intención fue tentarme, lo sé. Muy poco hubo de ese coqueteo previo lleno de preguntas de cuestionario y evasivas discretas. Su naturaleza era plenamente sexual y no lo ocultaba. Las charlas tranquilas de los dos primeros días fueron subiendo de temperatura y no tardamos en hablar de sexo en forma directa, e incluso masturbarnos uno a cada lado de la fibra óptica, y luego del celular. El encuentro fue propuesto por ella, pero a esa altura yo ya lo deseaba. Lo necesitaba.
Nos vimos en un parque, como aquella vez del encuentro de bloggers. Pero esta vez sólo éramos dos. Ella me había anticipado lo que iba a encontrar: una mujer en sus cuarentas, ni demasiado delgada ni demasiado hermosa, pero que si quería sabía hacerse desear. Era cierto. Posiblemente no me hubiera fijado en ella de haberla cruzado por la calle, pero en cuanto se me acercó sentí el poderoso influjo de sus feromonas actuando sobre mi sistema. Luego de hablar un rato de asuntos tal vez intrascendentes pero a una distancia de intenciones inocultables, ella me convidó un caramelo. Yo lo acepté y ella me lo dio en la boca. Empujándolo con su lengua.
No tardamos mucho en ir a parar a su departamento. Apenas minutos. Una vez allí ella no apuró las cosas. Dejó crecer el deseo, sirvió vino, comenzamos a hablar de otras cosas. En ningún momento ocultó su gusto por la pluralidad. En ningún momento negó la posibilidad del número dos, pero su preferencia por el más. Yo me preguntaba qué se traía entre manos. Empezó a hablarme de las demás bloggers, de cuales me atraían y cuales la atraían a ella. Se habló de aquella que no posteaba seguido pero hacía perfectas transcripciones de sus charlas por msn altamente encendidas. O de la otra que había borrado su blog pero había alcanzado temperaturas ardientes con sus relatos de conquistas y seducciones de oficina. O de aquella otra, la reina del cachondeo, la dueña de los ratones de la comunidad (nunca me gustó la palabra blogósfera). Su nombre de inmediato traía el deseo a la mente de cualquiera que la pensara. El dulce de su nombre era dulce de lujuria, no de contención. Hablando de ella recordé aquel post sobre placer oral que me inspiró para contarle como y de qué manera me comería el de ella, sin pensarlo, entregándome al deseo. La dama parecía gozar con eso, y me pregunta si me gustaría hacer un trío con ella y la Sweet. Yo sonrío, no contesto, pero tampoco niego. Ella me dice que la conoce, que son amigas, que quien sabe. Mis ratones vuelan. Comenzamos con un franeleo lento y desesperado. Ella contesta un mensaje inoportuno y luego continúa con sus manos el recorrido por mi cuerpo. Refriega su cuerpo contra el mío, siente la dureza de mi deseo, lo hace crecer. Nos entregamos a la danza frenética de los cuerpos y ella comienza a quitarme la ropa. Yo amago con quitar la de ella, pero me esquiva, se hace rogar, ni siquiera me deja besarla. Pronto estoy casi desnudo, y entonces me permite dejarla con su ropa interior al descubierto. Con suavidad me lleva hasta la pieza donde en una bandeja encuentro una botella de vino y tres copas.
Entonces fue cuando entró ella.
“Caín, te presento a Ale Sweet”, me dijo la Dama.
A partir de allí dominó el imperio de los sentidos. Entre la Dama y yo comenzamos a desvestir a la recién llegada. Ella lejos de su imagen de femme fatale parecía una jovencita virgen pero calentona y deseosa prestándose al juego entre nosotros. Mi virilidad ya estaba al palo, y pronto las dos se arrodillaron delante de mí y comenzaron a besarla, chuparla y lamerla con la maestría de dos expertas en el asunto. La imagen de las dos mujeres recorriéndome con sus lenguas era casi tan excitante como la sensación de su húmeda textura sobre mi pija. Entonces, casi tímidamente, la fui retirando y dejé a sus lenguas jugando la una con la otra, en una danza maravillosa que exacerbaba mi calentura hasta insospechados límites. Mientras ellas seguían yo me acomodé frente al sexo de Sweet y empecé a comerlo con la dedicación que había soñado, jugando con su clítoris, pasando la lengua por sus labios, hundiendo mi dedo en su ano con suavidad. Ellas seguían besándose, hasta que la Dama me comenzó a recorrer el pecho, morder suavemente mis tetillas, volverme loco mientras mi boca devoraba la intimidad de Sweet casi literalmente. Entonces con la boca me colocó un preservativo y la invitó a ella a cabalgarme. Sweet se acomodó sobre mi verga y pude deleitarme con el espectáculo de su placer sobre mí. Eso hasta que la Dama se acomodó sobre mi cara para que le diera placer a ella. Fue entonces cuando la vista le dejó lugar a los demás sentidos. Sentía profusamente la humedad del interior de Sweet moviéndose al vaivén, atrapando mi rigidez como carcelera, haciéndome delirar con su roce contra mi cuerpo. Escuchaba los gemidos de placer de las dos, su éxtasis, su placer de descubrimiento o docencia, y mi calentura crecía. Penetré con mis dedos el sexo y el ano de la Dama, ya a esa altura nada importaba. Probamos todo tipo de posiciones y combinaciones, y finalmente pude sentir las piernas de la Dama tensarse, el cuerpo de Sweet curvarse, y entonces sin culpas me permití expulsar mi placer en medio de un grito ensordecedor que pudo oír todo el edificio.
Fueron tres o cuatro horas sin pausa, en que nos dimos el gusto de explorar en profundidad el cuerpo de cada uno de ellas. Tuve momentos a solas con Ale y con la Dama, y ellas lo tuvieron para ellas, pero fue cuando actuábamos los tres juntos cuando el placer era más grande. Finalmente, con los cuerpos agotados, quedamos los tres en la cama mirándonos unos a otros.
Entonces comencé a tocarme.
Ale gozaba con el espectáculo, y sus dedos fueron a buscar su vagina aún jugosa. La Dama no tardó en acompañarnos. Los tres gozamos de nuestras respectivas pajas mirando a los otros, y pronto las ganas de jugar aparecieron de nuevo. Entonces luego de un buen rato de estimulación sentí que el clímax se acercaba de nuevo y se los hice saber. Ellas se me acercaron y me ofrecieron sus pechos y sus bocas y lenguas anhelantes de recibir lo que yo tenía para darles. Entonces las rocié con mi blanca palidez y los tres gozamos de un momento sublime, y un digno broche de oro para una tarde de domingo tan especial.
¿Será amor? La veo dos veces por semana, desde hace meses. Su dulzura me derrite. Su belleza me acerca a la ceguera. ¿Alcanzaría eso para llamarlo amor?
-Dale, Juan, una cosa es que la mina te guste y que te enganches, pero no podés decir que te enamoraste de ella –retrucó el Pulga.
-¿Y cómo lo llamarías vos? Si lo único que quiero es estar con ella…
Ya pasaron más de dos años de que se fue Liz. A ella sí podría llamarla sin dudarlo “El amor de mi vida”. Si pudiera volver con ella no lo dudaría ni un segundo. Pero la leucemia no devuelve a la gente.
-Efervescencia de la pija podría ser una buena denominación,Juancito –mandó Rogelio-. Dale, macho, tenés bien claro que no podés enamorarte de ella…
Cuando la conocí estaba en el peor momento de mi duelo. No es que haya terminado, lo sé, pero ese era definitivamente el peor momento. Sufrí mucho, fueron muchos años a su lado, y verla deteriorarse y morir como la vi fue demasiado para mí. Y para Matías, pobrecito, algún día iba a ver morir a la madre, pero no tenía que ser tan pronto ni de esta manera…
-¿Y por qué no puedo enamorarme? ¿Qué tengo yo que no le pueda gustar a ella?
-No es eso, Juan –intervino Claudito-. Pero sabés bien que si te engayolás con una mina así lo único que vas a lograr es sufrir, macho.
La verdad es que no podía casi ni acercarme a ninguna mujer. Por respeto al cuerpo aún tibio de Liz, claro, pero también porque sentía que todas las mujeres que veía eran mortales, y que si les daba la oportunidad todas me iban a abandonar tarde o temprano como lo hizo ella…
-Ok, yo te reconozco que tiene sus cosas, pero es una buena mina. Dulce, linda, sensual, mimosa, afectiva. Yo sé que puedo con ella. Es sólo lograr que me dé la oportunidad…
Pero el cuerpo no se lleva siempre bien con el alma, y me indicaba necesidades que no estaba en condiciones de satisfacer. Seamos sinceros, no era ese el momento para someterme a todo el laburo fino que implica hacerle el entre a una mina. Si en todas al final veía la cara de Liz. Entonces apareció Jazmín.
-¿Vos podés con ella? –preguntó Rogelio- Dale, Juan, apenas podés con vos mismo y pretendés poder justo son ella?
La conocí en una de esas páginas donde uno encuentra mujeres. Su foto estaba entre muchas otras como parte de un perfecto catálogo. Entre todas las que allí podía encontrar, ella destacaba. Su belleza, la simpatía que ya dejaba entrever, su encanto. Sin dudarlo me puse en contacto.
-Es una mujer, Roge. Pueden tener sus matices, pero las mujeres en definitiva son todas románticas. Vas a ver como después de hoy cae rendida. No puede decirme que no…
-Ay Juancito… te vas a pegar un palo hermanito…
La primera vez que nos vimos ella me enseñó nuevas y maravillosas formas de hacer el amor. Sí, hacer el amor, bien digo. No podría, aunque quisiera, relegar todo al mero acto sexual. Lo nuestro, indudablemente, fue amor desde el comienzo.
-Yo tomo el riesgo, ¿no te parece? Muchachos, por favor. Quiero hacerlo y voy a hacerlo. Con o sin ustedes.
Los chicos se miraron. El Tano tomó la palabra.
-Está bien, Juan. Por lo menos estás entre amigos. Espero que no termines muy hecho mierda hermanito.
A partir de entonces nos vimos dos veces por semana, cada semana. Ella es dulce, tierna, amorosa. Me cuida, me mima, me hace sentir hombre nuevamente. Y en la cama es una perra absoluta. Cada centavo de los ciento cincuenta mangos que le doy cuando llego al privado está bien invertido. Pero ahora quiero más. La quiero sólo para mí. Y sé que la voy a lograr.
-Gracias muchachos. Entonces quedamos así. Van a verla y se echan un maravilloso polvito de los que ella sabe dar. Como quedamos. A la vuelta les doy una gambita por cabeza. Dale, no me van a decir que no es un buen negocio…
Ellos cruzaron sus miradas. Fue Claudito el que habló, aunque no me gustó la expresión en su cara.
-Sí, Juan, es un buen negocio.
Hoy vas a ser mía, te prometo. Te quiero, sos muy especial para mí.
Entonces quedaron solos frente a frente en la habitación Nº 23 y comenzaron a besarse apasionadamente.
¿Cuanto hacía que comenzaron a hablarse? ¿Un mes? Al principio los unió la común defenestración de una tercera persona indeseable, pero a partir de allí empezaron a hacer buenas migas. Ella tenía su propio blog, él también. Ella un día amagó con cerrarlo, y él, simplemente, no se lo permitió. Así ella comenzó a fijarse en él.
Porque es justo decir que ella no era una chica como todas. A lo largo de su historia se había acostumbrado a tomar las riendas de su vida, y en muchos caso también de la de quienes la acompañaban. Su carácter, decisión e iniciativa le abrieron infinidad de puertas, y fue así que habiendo nacido en una humilde casa del conurbano había llegado a un importante puesto en el directorio de una multinacional a la edad en que muchas mujeres, y hombres también, simplemente ven transcurrir sus vidas esperando alguna oportunidad que les caiga del cielo.
Ella era ambiciosa, por supuesto, pero esa misma ambición muchas veces le hacía relegar su costado más femenino, envuelta en la vorágine de la toma de decisiones no sólo a nivel profesional sino también cotidiano, y fue así que a modo de cable a tierra decidió abrir ese blog donde se permitía, simplemente, ser mujer.
Un día ella se permitió desde allí mostrar algo de debilidad, y alegando cierto cansancio expresó sus deseos de cerrar su blog en un corto plazo. Él la leía desde poco tiempo antes, y al tomar nota de sus intenciones sintió que no podía dejar que ella las concretara, y fue así que lo hizo saber.
Ella no estaba acostumbrada a que le dieran órdenes ni le dijeran lo que tenía que hacer, y en la desfachatez de ese hombre que se atrevía a cometer semejante osadía encontró la motivación para continuar, y también encontró algo más. Pronto comenzó entre ellos un intercambio continuo de mails, que al poco tiempo se trasladó al msn y luego a los mensajes y las charlas vía celular. Empezaron tranquilos, de manera gentil y respetuosa, hasta que sus propias naturalezas los llevaron a charlas cada vez más encendidas. Entonces el encuentro se hizo cada vez más necesario.
Así llegaron a compartir un almuerzo, durante el cual el deseo que los unía se hizo presente con suma urgencia. Dos días después entraron a esa habitación 23 donde finalmente consumaron sus ganas. Allí se besaron por primera vez y rápidamente se despojaron de ropa e inhibiciones. Entonces comenzó el ritual de explorarse los cuerpos, conocer sus cavidades y protuberancias. Ella lo tendió en la cama, él se dejó hacer mientras ella devoraba su miembro largo rato con fruición mientras sus largos cabellos rubios ocultaban su rostro. Él la tomó y la poseyó con energía en la cama, contra el espejo, en el hidro, sobre ella, bajo ella, regodeándose con cada postura (adoraban las posturas), probando, descubriendo, dejándose llevar. Ella estaba acostumbrada al sexo en la cama, él le mostró que también es un lugar para la charla, las risas y la complicidad. Durante las cuatro horas que estuvieron juntos compartieron orgasmos y vino, vasos rotos y camas vibrantes, risas y confidencias, piel y carne. Cuatro veces alcanzaron el clímax de intensidad, y cuatro veces se miraron a los ojos después de acabar, los cuerpos transpirados, la respiración agitada, las feromonas que los envolvían entre deseo consumado y ganas renovadas. Hasta que finalmente sonó el teléfono maldito avisando que su turno había terminado.
Ellos se miraron, se rieron, se besaron y comenzaron a vestirse. Se besaron una vez más antes de salir y luego él la acompaño hasta una avenida a tomar un taxi.
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