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Azul (Sólo para adultos)

Azul sabe lo que quiere. Me recibe en el living del departamento con un conjunto de encaje y portaligas púrpura. Un látigo de tres puntas destacaba en su mano derecha. Llevaba el cabello atado en un rodete, y tacos de diez centímetros completaban su vestuario. Su tanga era tan pequeña que podría caber en un shot de tequila. Apenas tres cordones se unían en una argolla plateada bajo su espalda, dejando a la vista un exquisito culo de mediano tamaño carente de imperfecciones. En su cóxis un águila me señalaba aquel lugar donde más tarde yo iba a entrar. Sus pechos eran pequeños pero firmes. Sus pezones más grandes que una moneda, rosados, se destacaban contra la blancura de su piel, y se evidenciaban bajo la transparencia de la lycra. Su rostro, apenas maquillado, llevaba marcada la inocencia de una niña y la osadía de una ramera. Su vientre chato, perfecto, sus piernas trabajadas, todo en ella era una invitación al placer.
Luego de que la puerta se cerrara a mis espaldas ella tomó con la mano izquierda las tres puntas del látigo y con él me rodeó el cuello para luego atraerme hacia su boca. Mordió la mía con dulzura, con fiereza, con ansias. Luego sus manos desabrocharon mi camisa y comenzaron a acariciar mi pecho. Sus dedos se mezclaban con mi vello, recorrían mis pectorales, se corrían hacia mi espalda. Quitaron mi camisa por completo y buscaron la hebilla de mi cinturón. En medio minuto mis pantalones estaban en el suelo y ella buscaba mis nalgas por debajo de mi bóxer. Con fuerza me tomó de ellas sin dejar de morderme la boca. Mi miembro ya estaba plenamente erecto y se clavaba en su bajo vientre. Ella lo sintió. Sus manos retiraron mi bóxer y fueron a buscarlo. Allí estaba, grande y deseoso. Azul se agachó delante de mí y empezó a jugar con sus manos. Lo tomaba, lo amasaba, lo acariciaba. Con sus dedos rodeaba mi glande con cariño y llevaba mi prepucio hacia adelante y atrás. Entonces acercó su boca dejó caer sobre él una gota de saliva. La lubricación le dio más ímpetu, y ahora parecía un monolito de roca sólida. Azul comenzó a besarme los testículos sin dejar de masturbarme. Luego se los metió de a uno en la boca para jugar con ellos y su lengua. Después su boca empezó a subir y bajar por el tronco de mi pija, besándolo, degustándolo, extasiándose. En ese momento la engulló en toda su dimensión. Su lengua se deleitaba en mi glande, sus labios subían y bajaban. Estaba completamente excitada.
Entonces la puse de pie y la llevé contra la mesa del comedor. Le hice apoyar las manos sobre ella y luego le dije que subiera una pierna. Me arrodillé y con delicadeza corrí el fino hilo de su tanga que a esta altura estaba completamente empapado. Delante de mí estaba su vulva, lampiña, anhelante. Mis dedos quisieron jugar con su clítoris y se los permití. Primero de a uno, en círculos, luego de a varios, mientras unos daban suaves golpes otros acariciaban sus labios. Dos de ellos se hundieron en la húmeda profundidad de su vagina. Fue cuando mi lengua se puso a jugar con su cálido botón del amor. Su primer orgasmo llego en este momento. Pero no era eso lo que ella ansiaba. Entonces de un golpe arranque su braguita y me puse de pie. Con su pierna aún sobre la mesa hundí mi miembro en su interior. Sus jugos me estaban esperando, y su boca dejaba salir pequeños gritos que me revelaban su placer. Mis manos acariciaban sus pechos, sus pezones tenían la dureza de los rubíes. Entonces llegó su segundo orgasmo. Pero eso no era todo para mí. Mis dedos buscaron la humedad de sus jugos y con delicadeza untaron el pequeño orificio de su ano. Mi miembro salió de su deliciosa cueva en busca de un refugio prometedor. Mi glande se apoyó en su culo, y con cuidado ella empujó hacia atrás para dejarlo entrar. Primero fue sentir como había entrado mi cabeza. Luego bombear, con sutileza al principio pero cada vez con mayor pasión. Sus gritos acallaban cualquier otro sonido, y así ella llegó a su tercer orgasmo, mientras mi semen llenaba su más profunda cavidad.
Luego me preguntó mi nombre y nos pusimos a fumar.

El Héroe – Capítulo I



1

El desierto

Harziful hizo los arreglos necesarios para que la granja quedara en buenas manos. Effeo insistió en vender todo ya que estaba firmemente convencido en que no iba a volver, pero Harziful fingió la venta y sólo nombró un administrador. Sabía en definitiva que de no volver el administrador se quedaría con todo. Pero Harziful contaba con volver. El desierto sería el encargado de decidir si lo harían o no.

Effeo había decidido emprender el viaje solo, pero pronto de dio cuenta de que Harziful no se lo permitiría. La idea de que lo acompañara no era del todo de su agrado. En algún lugar tenía claro de que lo que hacía era una completa locura, y que era muy posible que no llegara vivo a Uruk, tal vez ni siquiera a Akkad. No le parecía bien arrastrar a Harziful con él, pero tampoco estaba dispuesto a abandonar su cometido. Y tenía claro que de no llevar a su criado consigo, lo más probable era que este lo siguiera. De manera que ante una alternativa tan escueta lo mejor era sin dudas ir juntos y dejar que Ra los guiara.

Salieron de Menfis tres días después de la muerte de Habnna. Llevaban dos caballos, un camello y agua y provisiones suficientes para dos meses. El viaje es duro, y el desierto es cruel. Está lleno de obstáculos que van desde tormentas hasta saqueadores. Ninguno de los dos se había enfrentado jamás a su inmensidad. Pero Harziful tenía la ventaja de haber vivido varios años en la calle antes de que Habnna lo llevara con ella. Conocía lo que era sobrevivir en un medio hostil. Quizás Menfis no era Babilim, pero era una ciudad importante, y residencia del Faraón. En sus calles había comerciantes y ladrones, y un niño tenía que saber moverse entre ellos si quería conservar la vida. Harziful se sabía preparado para ello, pero a pesar del cariño que sentía por Effeo, entendía que él era un granjero que había vivido toda su vida con su madre. Laborioso, tenaz y de buen corazón, pero un granjero al fin que siempre había tenido los medios para su subsistencia a su alcance. Harziful sentía la obligación de protegerlo, aunque esto implicara perder su propia vida. Effeo tenía la convicción de llegar a Uruk a toda costa, pero sólo sabía cuáles estrellas habría de seguir. Y además, aunque tal vez jamás lo reconociera, Harziful entendía que Effeo era su única familia.

Los primeros días en el desierto avanzaron a paso lento pero firme. El clima había sido benigno con ellos, y no hacía demasiado calor durante el día ni frío durante la noche. Effeo se veía de buen ánimo, entusiasmado por la posibilidad de encontrar a su padre. Harziful lo escuchaba con reservas. El nombre de Gilgamesh era bien conocido en todo el mundo. Sabida era su historia de la búsqueda del árbol de la vida, y de cómo había fallado las pruebas para obtener su fruto. Pero Harziful temía que su paternidad fuese sólo una mentira de Habnna para ocultar la verdadera filiación de Effeo. En todos los años que habían compartido como ama y esclavo Habnna jamás había hecho referencia al padre de Effeo, y Harziful jamás se había sentido autorizado a preguntarle. La noticia de que Effeo podría ser hijo del legendario rey de Uruk lo había tomado por sorpresa, pero él no terminaba de creerla. Y estaba en medio de estas cavilaciones cuando vio que se acercaba la caravana.

El trayecto entre Menfis y Babilim tenía un intenso tráfico comercial. Ambos habían estado hablando de lo extraño que resultaba no haberse cruzado con nadie en el camino hasta entonces. De manera que ver una caravana aproximándose no sorprendió a ninguno de los dos. Pero al ver la avanzada de jinetes que corrían a su encuentro espada en mano una alarma se despertó en ellos.

-¡Effeo, corre! ¡Nos reunimos más adelante! –La voz de Harziful había sido imperativa. Effeo y él se alejaban a toda prisa, pero el camello que llevaba su equipo y sus provisiones no podía alcanzar la misma velocidad. Los saqueadores pronto le dieron alcance. Effeo giró la cabeza y vio que Harziful se había perdido de vista. Entonces sintió a su caballo tropezar y escuchó su relincho durante la rodada. Luego nada más.

El Héroe – Intro

El cuerpo de Habnna ardía sobre la pira, y Effeo miraba. Durante toda su vida había sido un pobre campesino de las afueras de Menfis. El círculo vital de siembra y cosecha abarcaba su existencia entera. Pero sabía que más allá había maravillas dignas de ser vistas. Y vividas.

Sin embargo, no era Egipto lo que a Effeo llamaba. Habnna no era egipcia, sino acadia. Y había atravesado el desierto con Effeo en su vientre hacía ya más de veinte años. Ella había sido madre, maestra y ejemplo. Ahora era el tiempo de volver sobre sus pasos.

La mañana presentó a Harziful el espectáculo de las cenizas de Habnna y la embriaguez de Effeo. Desde que Habnna llegó a Menfis, Harziful fue su fiel criado. Habnna lo encontró siendo un niño que mendigaba en la ciudad, y le dio techo y comida. Poco después la asistió en el parto y ya nunca más se separaron. Effeo creció como amo de Harziful, pero en muchos aspectos era su hermano menor. De manera que cuando Harziful encontró a Effeo junto a la pira, inmediatamente tuvo que preguntarle qué había pasado.

-Fue anoche –contó Effeo-. Luego de la cena comenzó a tener fuertes dolores. Luego de un par de horas murió.

Harziful estaba desconsolado. Habnna era de alguna manera su madre, pero no podía reclamarle nada a Effeo por no avisarle. Él estaba volviendo de la ciudad, adonde había estado los últimos tres días. La muerte de Habnna lo tomó por sorpresa. Effeo así lo entendió y le dio un abrazo fraternal.

-Harziful, a partir de hoy eres libre. La granja es tuya. Me marcho de Menfis.

-¿Cómo? –preguntó Harziful consternado- ¿Tu también me dejas?

-Este no es mi lugar, debes comprenderme. Debo regresar allí de donde vino madre. Debo buscar a mi padre.

-Effeo, no importa ya tu padre. Tú eres un hombre y puedes hacerte cargo de la granja. Con gusto te serviré a ti de la misma manera que he servido a tu madre.

-No es eso, Harziful. Mi madre vino a Menfis cuando quedó preñada de mí porque no podía tener un hijo bastardo. Mi padre nunca reconoció su paternidad, pero es tiempo de ir a reclamarla. Él tuvo sus motivos, me dijo ella, y posiblemente así sea, pero me debe, y he de cobrarme. En todo este tiempo me quedé aquí por el deseo de Habnna, pero ya no. Tengo que ir en busca de mi derecho de nacimiento, mi identidad, mi casta. Debo partir en busca de mi padre.

-¿Pero sabes acaso adonde está o quién es él? Vamos, Effeo, la única que podría encontrarlo es Habnna y está muerta.

-Te equivocas, Harziful. Mi padre es un gran hombre, un gran héroe. Es el Rey de Uruk. Su nombre es Gilgamesh.

Copérnico’s Bar, un lugar del mundo

Lo primero era conseguir el lugar. Eso de por sí parecía complicado. Un local pequeño no servía, tenía que ser algo grande pero bien ubicado. Al principio encontramos viejos restaurantes que de todos modos nos resultaban chicos. También nos ofrecían galpones. Ediliciamente estaban mucho mejor, pero muy mal ubicados para lo que era nuestra idea, en general calles interiores con muy poco movimiento comercial. Si el bar funcionaba como esperábamos el movimiento se generaría solo, pero no quería arriesgarme a que alguien no lo encontrara. Finalmente apareció el lugar perfecto. Era un viejo cine sobre Rivadavia entre Caballito y Flores, a mitad de camino de dos centros comerciales en la gran divisora de aguas porteña. A mí me pareció inmejorable.

El segundo tema fue el equipamiento. Dado el concepto que tenía y las necesidades al respecto entendía que para conseguir el mobiliario y las instalaciones iba a tener que moverme bastante. Lo primero fue armar el microcine. En realidad, microcine y miniteatro a la vez. Mandé hacer un pequeño escenario de 3 x 2 y 40 cm. de altura. Compré un proyector Epson con una pantalla de 84” y un home theatre Philips de 1000 w. de potencia. A eso le sumé ocho filas de seis butacas y un cerramiento en el entrepiso donde armé la sala. Afuera, en el resto del entrepiso, una serie de anaqueles que llenaría de libros para la biblioteca/libería.

Abajo, por supuesto, una barra de 10 metros de largo, sillas y mesas. Pero también el espacio para la disquería, el videoclub, el escenario para bandas y performances, pista de baile y un living con sillones y mesas ratonas. Y el piano. No iba a faltar un piano vertical en mi bar.

La ambientación sería retrofuturista, tomando como modelo la estética del Star Trek original. No me resultó barato llevar a cabo el proyecto. Mi propio capital no alcanzaba, de manera que tuve que conseguir varios sponsors que financiaran mi aventura. Afortunadamente la idea resultó atractiva, de manera que en relativamente poco tiempo aparecieron una gaseosa, una cerveza, una bebida energizante, otra bebida alcohólica, una editorial, una comiquería y una discográfica dispuestas a auspiciar esta locura. Finalmente, un día del mes de diciembre el bar estaba listo para abrir sus puertas.

La entrada principal daba a la avenida. En lo que antaño era el hall del cine funcionaban la disquería y la comiquería. A través de una arcada se ingresaba al bar. La barra estaba ubicada sobre el costado izquierdo, dejando un amplio espacio para mesas y sillas hasta el fondo. Sobre el costado derecho estaba el living, que constaba de 5 grupos de sillones con lugar para 10 personas en cada uno. Al fondo estaba el escenario original del cine, con su respectiva pantalla, en la que permanentemente se proyectaban videos de todo tipo. La música era bastante ecléctica, pero con predominio de rock clásico, blues y jazz. A veces sonaban ritmos más inusuales, como bossa nova, céltica o new age. Subiendo la escalera se accedía a los baños, el microcine, la librería y un living más pequeño donde se permitía leer los libros usados que prestábamos a modo de biblioteca. Un staff de 25 personas atendían las distintas secciones del complejo.

Desde su apertura en el bar sucedieron miles de cosas. Algunas olvidables, y otras que vale la pena contar.

Mi nombre es Copérnico. Este es mi lugar, el de mis sueños.

Sean bienvenidos a esta casa.


Salud (dinero & amor) – Andrés Calamaro

Motivos

Ismael murió.

No hubiese sido tan difícil evitarlo. Ismael necesitaba un trasplante de riñón. Su hermano Walter podría habérselo donado. Pero Ismael y Walter estaban distanciados desde hacía años. Walter estaba casado con Fermina Casares. Fermina había sido novia de Ismael antes de eso y su relación había finalizado en muy malos términos. Entonces llegado el momento de donarle el riñón a su hermano, Walter, alejado de su familia de origen, se dejó influenciar por su esposa y negó la ayuda que podría haberle salvado la vida a Ismael.

Pero en realidad el conflicto viene de antes. El motivo de la pelea entre Ismael y Fermina se remonta a una generación atrás. Sucedió cuando el padre de Fermina, Aurelio Casares, se aprovechó de la amistad que lo unía con Armando Franco, padre de Walter e Ismael, para estafarlo y hacerle perder la única propiedad que Armando poseía: la casa familiar donde se habían críado los Franco. Al enterarse de eso Ismael no pudo continuar su relación con Fermina.

Pero la traición de Aurelio no había sido gratuita ni injustificada. A lo sumo pudo haber sido excesiva. Lo cierto es que Raquel Casares, la madre de Aurelio, había quedado embarazada en plena adolescencia por el patrón de su madre, quien no era otro que Augusto Franco, padre de Armando y abuelo de Walter e Ismael. Augusto jamás reconoció su paternidad, y Raquel debió sufrir el escarnio de ser madre de un bastardo en la época en que aún señalaban con el dedo a las mujeres que tenían hijos sin padre conocido. Aurelio simplemente decidió cobrarse en la persona de su medio hermano la vida de sufrimiento a la que Raquel había sido condenada.

Sin embargo Raquel sólo repetía la historia de su propia madre. Gertrudis durante muchos años fue la amante de Don Eusebio Franco, quien había viajado a Argentina durante la presidencia de Roca y había logrado construir un próspero y pujante negocio prácticamente de la nada. Eusebio llegó desde Madrid siendo un niño sin nada más que la ropa que llevaba puesta. Poco a poco logró hacerse un lugar a fuerza de tenacidad y valor. La base de su progreso estaba fundada en una férrea disciplina y un firme bagaje de principios. Todavía no había cumplido los 30 cuando se casó con Dolores Parada, a quien le juró fidelidad y respeto hasta que la muerte los separe. Y Eusebio cumplió con su palabra durante años, hasta que una noche Dolores se desgració con fuerza mientras dormía en el lecho matrimonial. Eusebio, ofendido, decidió romper sus votos y comenzó un romance con la por entonces joven Gertrudis.

Lo peor no es que Ismael murió. Lo peor es que murió a causa de un pedo que alguien se tiró más de un siglo atrás.

Capítulo 10: O.P.I.U.M.

Escritor: Caín | Ilustradora: Pauli | Cuento de Navidad 2008

25 de diciembre, pasado el mediodía. Tarde de resaca y Vitel Toné. Las calles de Buenos Aires están vacías. Dos veces por año la ciudad se decide a dormir. En un subsuelo de Puerto Madero, una recepcionista atiende el teléfono.

-O.P.I.U.M., buenas tardes, ¿en qué lo puedo ayudar?

-Natalia, estoy afuera, dejame pasar que tengo que hablar con el jefe.

-Ah, so vó, Zaldívar. Pasá –contestó Natalia con indisimulable acento rosagasarino.

Zaldívar recorrió las instalaciones hasta finalmente encontrar a Su Magnánima Excelencia. Sir Angus Flannagan, presidente de O.P.I.U.M., Organismo Protector de Ilusiones y Utopías Mundiales, junto a interminables pilas de cartas a Papá Noel que se acumulaban en los pasillos de la clandestina e inmemorial empresa.

-Buenas tardes, Su Divina Gracia –dijo Zaldívar.

-Qué hacé, Zaldívar. Contame las novedades.

-El incidente de Rafaela fue solucionado, señor. Nos ocupamos del cadáver y conseguimos Papá Noel para el año que viene.

-Buenísimo. ¿Y los tres boludones de Río Cuarto?

-Con ellos no hubo caso. Siguen creyendo.

-¿Pero no les metieron en sueños la data de que Papá Noel son los padres?

-Sí, pero se metió la loca de la prima de la recepcionista que los hizo ir a Rosario para que recuperen la fe…

-Uhh, ¿otra vez la Bibi?

-Sí, esa, Su Altísima Delgadez, y después el más boludo de todos se mamó con ferné y se creyó que Papá Noel era el caniche. Además el viejo que contratamos para la Región Sudamérica ayudó en eso también.

-Bien muerto está, entonces. Zaldívar, ¿vos entendés la importancia de que los adultos sepan que Papá Noel es una ilusión?

-No del todo, Su Real Señoria.

-O.P.I.U.M. existe hace cientos de años. Esta empresa trabaja en todo el mundo y se ocupa de mantener a los pueblos contentos y contenidos. Fijate lo que pasa cuando las cosas se van de las manos, como en el 2001. La gente necesita creer en algo, ¿sabés, Zaldívar? Así funciona el capitalismo. Al monitorear y manipular los pensamientos de la gente, nosotros logramos que siga viva la ilusión. Como con los nenes de Monte Caseros, que no querían decir qué regalo querían y por eso tuvimos que meterle en la cabeza a los abuelos qué tenían que comprarles. Pero cuando crecen, es necesario que se enteren para mantener la maquinaria funcionando. De ahí que Pedro, Superman y la Pantera Rosa sepan la verdad. Sino les termina pasando como a la dibujante de Tigre que en 34 años jamás recibió un regalo por que sus padres no sabían que ellos eran Papá Noel. La pobre mina se pensaba que el gordo no le llevaba regalos porque se portaba mal y ella era más buena que la nena de Samsara.

-¿Pero entonces cuál es el sentido de contratar Papás Noeles regionales, Su Graciosa Hidalguía?

-Hacer que se dejen ver cada tanto, por supuesto, y arreglar cositas menores, como el sorteo del viaje a Mar del Plata para Rosa de Lanús. Esa mujer es el fiel exponente del espíritu que queremos mantener. Se merecía un milagrito. ¿Algún otro reporte, Zaldívar?

-Se escaparon dos lobos del Zoológico de Rawson, señor.

-¿Y eso qué tiene que ver con el Operativo de Navidad?

-Parecería que no mucho, pero resulta que la loba salió primero y unos chicos que preparaban el asado de Nochebuena la ataron en el patio de su casa. Al rato el lobo se fue atrás de ella, la encontró y a mordiscones cortó la cuerda. Después huyeron los dos hacia las montañas.

-¿Y?

-Nada, me pareció interesante para compartirlo, nomás.

-Mirá, Zaldívar. Hace 1658 años que nos encargamos que se festeje la navidad. Para eso hicimos que la mayor parte del mundo adopte la fecha del 25 de diciembre, que nos venía bárbaro porque era una semana antes del Año Nuevo. Cuando se forjó el sistema capitalista, mezclamos las leyendas de Saturno, San Nicolás de Bari, Sinterklaas y no sé cuántas más para darle forma a Papá Noel. Financiamos la campaña que Coca Cola le encargó en 1931 a Habdon Sundblom. Tenemos una logística que jamás nadie pudo igualar. ¿Y vos me venís a hablar de lobos fugitivos?

-Perdón, Su Omnipresente Sabiduría.

-Todo bien, Zaldívar. Vení que te tengo que dar algo.

Zaldívar y Sir Angus Flannagan caminaron por los pasillos hasta llegar al despacho del presidente. Una vez allí, Sir Angus tomó un paquete envuelto para regalo que había en el suelo y se lo dio a su empleado.

-Tomá. Feliz Navidad.

Zaldívar lo abrió. En su interior había una cárcel del oeste de los años ’50. Zaldívar de niño había logrado reunir casi toda la colección de juguetes del oeste. Sólo le faltaba esta pieza.

-Señor… pensé que ya no la conseguiría…

-Nunca dejes de tener fe, Zaldívar. En definitiva, todo es cuestión de fe.

¡Felíz Navidad!

¡Jo, jo, jo!

Capítulo 9: Media hora y estamos| Pueden leerlo acá o acá.


Noche de paz – Sumo

Una Historia de Amor


Me gusta mi trabajo, pero ciertamente tiene algunas cosas desagradables. Tener que despedir gente es una de ellas. De manera que allí fui hasta el Correo Argentino que está sobre Intendente Campos, a una cuadra de la plaza principal del centro de San Martín, y saqué un numerito para que me atiendan. Me tocó el 38. Iba por el 23. Así que tenía un buen rato para esperar. Entonces la vi.

Estaba sentada en una silla, esperando su turno ella también, con una carta documento en la mano. Vestía un trajecito sastre negro con una blusa blanca, lo suficientemente escotada como para dejar apreciar su belleza pero no tanto como para ser provocativa. Era menuda, llevaba su cabello rubio atado en una colita y estaba maquillada con moderación. Completaban su atuendo unas medias de red, bastante sexies por cierto. Debo decir que a mis ojos resultaba hermosa.

Me senté en la silla vacía que había a su lado. Ella se veía de buen humor. Inmediatamente nos pusimos a hablar de cualquier cosa. El feeling fue automático. Enseguida nos reíamos juntos y nos contábamos de nuestra vida. Entonces llamó el 37 y ella tuvo que ir a la ventanilla donde la iban a atender. Luego me llamaron a mí. Nuestros trámites terminaron al mismo tiempo, de manera que le dije que tenía un rato libre para almorzar y me gustaría invitarla. Ella acepto de buen grado. Cruzamos la calle y nos fuimos al barcito que está justo enfrente del correo.

El almuerzo fue liviano, en realidad fue casi una excusa, solo queríamos la compañía del otro. Así fue durante la hora que estuvimos juntos, y durante todos los almuerzos que comenzamos a compartir a partir de entonces. Encontrarnos luego del mediodía se convirtió en una bella costumbre. Así me enteré que ella era divorciada, que tenía un hijo pequeño y que estaba un tanto desengañada de los hombres. Que tenía casi la misma edad que yo, que nos gustaba la misma música y que leíamos los mismos libros. Y en definitiva, que estábamos en momentos muy parecidos de nuestras vidas.

Nuestro primer encuentro íntimo llegó solo, sin buscarlo. Llevábamos un par de semanas viéndonos todos los días, y hasta entonces nuestra atracción había ido creciendo, pero el contexto en el que nos veíamos nos impedía siquiera llegar a nuestro primer beso. Entonces un viernes quedamos en volver a vernos a la noche. Hablamos primero de una película o un restaurant, pero finalmente la invité a cenar a mi casa. Tengo buen gusto, pero la cocina no es mi fuerte. De manera que el salmón rosado quedó por cuenta del delivery del restaurante de la avenida, el postre por cuenta de la heladería y por mi cuenta el vino, las velas y la música de Michael Buble. El clima romántico estuvo presente desde el comienzo. Respetamos la cena y el postre, pero apenas terminamos llegó nuestro primer beso, tan ansiado, tan postergado, y tan disfrutado. Ella se había vestido con un solero largo de color crema que pronto quedó tirado en el suelo. Poco a poco nos acercamos hasta mi habitación mientras mis prendas quedaban por el camino. Llegamos a la cama en ropa interior, y finalmente pude tener para mí la perfección de su cuerpo. Habíamos esperado por mucho tiempo este momento, y ahora no existía ninguna fuerza que nos apurara. De a poco fuimos conociendo nuestros cuerpos, los exploramos con cada uno de nuestros sentidos, aprendimos de memoria cada pliegue de nuestros cuerpos, el aroma de nuestras pieles, la textura de nuestros fluidos. Hicimos el amor con suavidad, con dulzura, con pasión y con salvajismo. Dormimos juntos esa noche. Y apenas fue la primera.

Hace ya varios años de esto que cuento. Hace menos que vivimos juntos. Hoy nos enteramos de que vamos a ser padres de un hijo de los dos.

Los cuentos no siempre terminan mal, ni tienen un final inesperado. A veces el final es solo el principio. Y cuando el principio es el amor, aunque con eso solo no baste, suele haber buenos cimientos para construir una historia.

Cuatro cuentos ancestrales


O no tanto como ancestrales, ok, pero sí viejitos y que de hecho pensaba dejarlos afuera del blog por distintos motivos. Pero bueno, sometamos a ellos a consideración del jurado.

Ojalá los disfruten.

Los cuentos son:

Mal Bicho

Linepithema Humile

Esto es un sueño

Poca Cosa

Después me cuentan qué les pareció.

Olvídalo, Cariño/Epílogo

Epílogo: Javier bajo el Sol

La caballería llegó cinco minutos tarde. El grupo Geo nos encontró apuntándole a Méndez y al Tullido mientras Vanina ayudaba a Chacal a subirse a la silla de ruedas. Yo no llegué a avisarle donde estábamos pero Analía le explicó la situación y mientras Lucía los llevaba a casa él pedía refuerzos. Lo que creo que ni él se esperaba era esa entrada espectacular. Por algo está hace rato en oficina, lo suyo es la pc, no la calle. El flechazo entre Vanina y Chacal (perdón, Miguel) fue instantáneo. Miguel insistía en que ella le salvó la vida. Ella al principio sintió ternura, después seguramente amor.

No fue por el único lado por el que el amor floreció. Analía y Paula están cada vez mejor. Antes de todo aquello eran viejas conocidas que se veían muy cada tanto. Después de esas 24 horas se descubrieron de otra manera, y se empezaron a gustar. Hoy hablan de vivir juntas cuando vuelvan. Si es que volvemos.

Porque la verdad que en Buenos Aires ya se largó el frío. Y acá estamos bárbaro. Ya pasaron unos cuantos meses. Y la verdad no me puedo quejar. Aquella aventura fue lo mejor que me pasó en la vida.

Mi primera duda fue acerca de si la información que copié del pendrive sería auténtica. Como era un anzuelo, temía que no lo fuera. Pero me equivoqué. Era toda real. Ahora laburo cinco horas por semana y gano fortunas. Desde hace dos meses estamos en Río de Janeiro. Nos trajimos a Paula, a Analía y al Maestro. Por supuesto, a ninguno de los dos les permitimos siquiera pensar en volver a la calle. Estoy juntando plata para alimentar a un par de generaciones. El Maestro le da clases de protocolo a Paula. La quiere convertir en My Fair Lady. Analía se caga de la risa al verla cuando cenamos. Siempre vamos a un restaurante distinto. Y a veces porque nos da vergüenza volver.

Fue un día agitado aquel, confieso. Pero al final las cosas salieron mucho mejor de lo que podríamos haber esperado. Ahora me van a disculpar, pero le tengo que pedir a Lucía que después de pasarle el protector solar a Martín me lo pase a mí. Pega fuerte el sol en las playas de Copacabana.

¡Garçon, dos margaritas!

Olvídalo, Cariño/25

Capítulo XXV: Yo

Javier le preguntó a Paula quién era.

-Omar Siracusa –contestó ella-. Fue mi primer novio. Yo estaba en la primaria y el en la secundaria. No lo veía hace años.

-Pau, qué lindo que te acuerdes de mí. La verdad que yo me acuerdo bien de vos. Eras re tiernita pero cogías bárbaro. Me acuerdo y me dan ganas de echarte un polvo antes de matarte.

-¡La puta que te parió! ¿Vos también estás con el gordo asqueroso este?

-No, nena. Este gordo asqueroso está conmigo, más bien.

-¡Ché, gordo asqueroso tu abuela eh! A ver si liquidamos el asunto prontito que no me quiero quedar mucho rato acá. Albornoz, ¿Hay noticias de Zachari?

Un tercer hombre que estaría en el garaje entró en escena.

-Me acaba de llamar, jefe. Se viene para acá con el viejo ese y una mina.

-¿Y la mina de donde la sacó?

-Dice que la tuvo que tomar de rehén para poder sacar al viejo del bar.

-Pero este tipo es un pelotudo –dijo el gordo mirando a Siracusa.

-Bueno, en definitiva el enchastre después lo limpia él –dijo el Tullido-. Pero a ver si nos dejamos de matar gente que ya es demasiado.

Javier se alegró de saber que el Maestro estaba vivo, pero entendió que estaban en problemas y que había que zafar de esta, ante todo. Entonces se puso a recordar las cosas que tenía pendientes hacer en la casa. Una de ellas era poner una puerta Pentágono. Hacía rato que pensaba en que debía hacerlo. No era posible que hubiesen entrado tan fácil a la casa. La segunda era encolar bien la pata floja de la mesa que se caía a cada rato. La tercera era ponerle tapa a la caja de la luz. La térmica estaba a la vista, igual que el botón de corte. Javier aprovechó que la atención estaba puesta en Albornoz y lo apretó con un rápido movimiento. La casa quedó a oscuras y de inmediato se oyó un disparo. Paula entendió el mensaje y se metió debajo de la mesa. Méndez y Siracusa empezaron a dar órdenes a los gritos, la mayoría de ellas contradictorias entre sí. Javier en la confusión aflojó con cuidado la pata de la mesa. Entonces le dio con todo a un par de piernas que había ahí. Cuando Albornoz cayó lo remató de un palazo en la cabeza. Luego agarró la 9 mm. que llevaba en la mano y le disparó a un bulto. Entonces vio a otros tres salir por la puerta. Un gordo, un rengo y una mujer. Tenían a Paula.

-Flaco, dejá de hacerte el héroe que la negra es boleta. Prendé la luz y venite para acá.

Javier subió el interruptor de la térmica y volvió al garaje con las manos en alto. Méndez sostenía a Paula con un brazo mientras con el otro apoyaba el arma en su cuello, apuntando a la cabeza. Siracusa le quitó la pistola y Mendéz se separó de Paula para apuntarle a los dos.

-Voy a ver como están Albornoz y Romero –dijo el Tullido y se dirigió de vuelta al comedor. No tardó en volver.

-Romero está muerto. Este hijo de puta le dio en el bobo. Allá es un enchastre de sangre. Albornoz está vivo pero inconsciente. Le dio un buen palazo en la cabeza este cabrón. Debería bajarte acá mismo. Vamos a esperar que venga Zachari.

Son dos menos, pensó Javier, pero todavía estamos jodidos. En eso sonó el timbre. Siracusa fue a abrir. Era Zachari.

-Me cago en estas calles en pendiente –dijo al abrirse la puerta-. Vengo resoplando hace dos cuadras. Me cago en La Lucila.

-Dejá de cagarte tanto que perdimos a Albornoz y Romero. ¿Ellos quienes son?

-El viejo estaba con la Karen y sabe demasiadas cosas que no debería saber. A la flaca la tuve que agarrar por el camino de rehén para que el viejo camine.

-Oíme, acá adentro hay que limpiar. Albornoz está muerto, y a Romero no le falta mucho. Ahora nos vamos a la base y ahí nos ocupamos de estos, pero después vas a tener que venir para ocuparte del quilombo que quedó acá. Afuera están el auto de Saúl y el de Albornoz. Nosotros dos nos vamos en el de Saúl con las minas. Vos ponelo a manejar al de anteojos y viajá atrás apuntando al jovato. ¡Saúl, traélos!

Méndez salió de la casa precedido por Javier y Paula. Cuando estaban listos para subirse a los autos se escuchó un grito.

-¡¡¡¡¡MERCURIOOOOO!!!!!

Rodando cuesta abajo venía la silla de ruedas con Miguel a bordo. Logró tomar por sorpresa a todos y mientras con una mano dirigía (como podía) la trayectoria de la silla, con la otra llegó a hacer dos disparos. Uno pegó en el brazo derecho (el bueno) de Siracura y lo obligó a soltar el arma. El otro pegó en la pierna de Méndez. Zachari levantó el arma para apuntarle y en el momento de disparar Vanina lo golpeó con su cartera y le hizo desviar la bala. La silla de ruedas embistió directamente a Zachari. Méndez alcanzó a dispararle pero rebotó en un travesaño de acero y fue a dar contra la cara de Zachari. Fue entonces cuando Javier tomó el arma de Siracusa, el Maestro la de Méndez y la situación quedó finalmente bajo control.


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