Archivo para la categoría ‘El Rusito’
17 Julio 2008 | Por M. J. Howlin | Claves: amor, argentina, cuento, hijos, historia, identidad, infidelidad, inmigración, matrimonio, mentira, motivos, ocultamiento, padres, parejas, perdon, politica, razones, siglo, verdad, xx | # Enlace permanente
V – Cuida a tu madre
No hubo cambios significativos en la siguiente década. La vida de Vladimir estaba anclada y abandonada, y ahora sólo quedaba vivir lo que reste de la manera en que lo había aprendido a hacer. Solo los chicos crecían, y se hacía más difícil manejarlos. Al terminar la primaria Gervasio descubrió lo que significaba salir con amigos, y disminuyó (mucho) su rendimiento escolar. Si siempre se las había arreglado solo, ahora las cosas se habían puesto de tal manera que (salvo por el dinero) casi ni los necesitaba. Para esa época su tío Julio enfermó gravemente, situación que empeoró con la muerte de su esposa. Con la excusa de acompañarlo en este mal momento, Gervasio aprovechó para pasar con él una larga temporada, manejándose solo y sin soportar todo el fastidio habitual de vivir en su casa y con sus padres. A Vladimir la ausencia de su hijo le quitaba la única razón válida para volver a su casa, y sin embargo lo hacía para cuidar las formas. Pero argumentaba exceso de trabajo y en realidad sólo se quedaba a dormir. En parte lo del exceso de trabajo era cierto, más o menos por esa época llego la hiperinflación y había que meter horas extras por donde se pudiera. Cuando asumió el Turco y las aguas bajaron un poco Vladimir continuó de todos modos con sus “horas extras”. La relación con Mónica era en la práctica un noviazgo, la visitaba casi todos los días, de vez en cuando salían, pero no se quedaba a dormir en casa de ella. Mónica jamás le había pedido dinero, pero él se sentía obligado a hacerle algún regalo de vez en cuando. Esto le provocó un par de broncas con Victoria cuando descubrió que en el resumen de Argencard venía el detalle de los gastos realizados. Nunca pudo explicar convincentemente el restaurante y la boutique, y menos mal que el hotel aparecía sólo con la razón social. Por supuesto que Victoria era conciente de sus cuernos, pero no dejaba de ser la hija de Pablo y Teresa Quiroga, y podía soportar una traición, pero no una evidencia. “Si hay miseria que no se note” había aprendido de chica, y jamás se había cansado de repetirlo.
La salud de Victoria había comenzado a decaer. A ninguno de los dos le gustaba ir al médico, pero cuando no quedó alternativa Victoria se enteró de que tenía un fibroma y que era necesario operar. A principios del ’91 la internaron en el Penna, y por esta circunstancia Vladimir se sintió más cerca de ella que nunca en los últimos años. Por esos días dejó de ver a Mónica, en principio hasta que Victoria se repusiera. Las cosas resultaron diferentes.
A Victoria la operaron en enero. Cuando Vladimir fue al hospital a recibir el parte del médico se enteró de que Victoria había dado su consentimiento para que le extirparan sus órganos reproductivos. A pesar de que su vida sexual en común había terminado hacía tiempo, la noticia lo destrozó. Ambos se acercaban ya a los cincuenta, y ya no estaban para tener hijos, pero una confirmación tan brutal atacó a Vladimir directamente al cuerpo. Hizo un pico de presión que lo obligó a internarse en una cama del mismo hospital donde se recuperaba su esposa. Y ya nunca volvió a ser el mismo.
A partir de allí el mundo se volvió confuso para Vladimir. Nunca pudo entenderlo del todo bien, pero era como si ya no tuviera obligaciones ni responsabilidades. Se sentía como un chico, en todos los sentidos. Y sufría. Sufría porque no se sentía dueño de su cuerpo, que ya no le respondía como antes. Sufría porque no se sentía dueño de su mente, que había dejado de realizar las tareas más cotidianas. Sufría porque apenas se daba cuenta de quienes lo rodeaban, y tenía una vaga memoria de aquellos a los que ya no veía. Sufría porque ya no se sentía Vladimir Casanseu. Recordaba su vida como un sueño, con huecos y lagunas por todas partes, y sin reconocer por completo a los personajes que en él aparecían. A veces confundía a Victoria con Mónica, y no estaba seguro de si el adolescente que entraba y salía de la casa era su hijo (¿cómo se llamaba?) o si su hijo era el otro que lo acompañaba. Todo el tiempo le decían que se cuidara, pero el prefería escaparse de casa a comer un sándwich de milanesa en un bar, total igual se iba a morir. Un día metió algo de ropa en una valija, agarró la plata del sueldo que aún le pagaban, y de alguna manera llegó a Retiro y sacó un boleto de ómnibus hasta Gualeguay. Tuvo el vago recuerdo de estar un tiempo con la familia de su esposa y volver sin un mango y apoyado en un bastón. Un día el chico se le plantó delante y le dijo entre lágrimas que no lo podía ver así, que él era su padre y cuando más lo necesitaba en su vida no estaba y que por qué lo dejaba solo justo ahora. Y mientras Gervasio lo abrazaba el se sintió orgulloso de su hijo, y al mismo tiempo infeliz por no poder darle lo que le pedía, y entonces también lloró.
Varios siglos duró esta situación, y al final terminó acostumbrándose. Cada tanto venía su cuñada Amelia a visitarlo, y entonces ellos dos y Victoria se iban al Hospital Penna a que una doctora lo revisara y le dijera lo bien que estaba aunque ni ella misma se lo creía. Se terminaba el ’92, mientras viajaban una tarde a su consulta de rutina le recordó a su mujer que pronto llegarían las fiestas y había que comprar turrones, nueces y pan dulce. Victoria le prometió que a la vuelta iban a pasar por el almacén. Pero ese día la doctora no le sonrió ni le dijo que estaba todo bien. Se llevó a Victoria aparte y volvió al rato con una Diet Pepsi y una orden de internación. “Cagamos” pensó Vladimir, y de golpe todo en su mente se aclaró.
Lo primero que le vino a la cabeza fue su padre, a quien hacía tiempo que no veía y que vivía como un ermitaño en su quinta de viudo en Tortuguitas. “Soy el único que sabe donde vive” se dijo, y pensó en su hijo, que perdería padre y abuelo al mismo tiempo. Entonces su memoria trajo a su madre, que se había ido de un cáncer hacía veinte años. Y otra vez en Gervasio, claro, que ahora quedaría al frente de la casa. Y en Victoria. Victoria. Histérica, ciclotímica, impredecible, con un incipiente alcoholismo, un tabaquismo irreversible y siempre atenta a la mirada de los demás. Comprendió que jamás había amado a nadie de la manera en que amaba a esa mujer. Entonces se abrió la puerta del consultorio y ella entró, con la mirada enrojecida y una inusual dulzura en la voz.
-Te van a llevar unos días al Hospital Aeronáutico, ¿sabés mi amor? Amelia fue a llamar a Gervasio para decirle que estamos bien. Con un poco de suerte para navidad ya estés de vuelta en casa.
-No me jodas, Victoria. Me voy a morir.
Victoria no sabía fingir en esos casos. Antes de abrir la boca ya estaba llorando. Se abrazó a su marido como no lo hacía desde años atrás. Ninguno de los dos volvió a abrir la boca. Se quedaron abrazados, viendo desfilar las imágenes por su mente. Vladimir subido a un árbol, juntando orquídeas para Victoria. Una cena en Hipopótamus, con una manzana lustrada de postre. Unos pantalones pata de elefante de corderoy que le regaló para su cuarto aniversario de casados. El día que le pidió matrimonio, en una situación parecida a aquella (pero qué distinta, si ya sabía que de ésta no salía). Golpearon la puerta y entró Gervasio. Seguramente ya le habrían dicho algo, porque el terror se le notaba en la cara. Con cara de culpa empezó a decir las mismas boludeces que ya había dicho Victoria, “vas a estar bien, es solamente un control, para las fiestas vas a estar en casa”.
-Cuidá a tu madre –dijo Vladimir. Hacía tiempo que no se sentía tan lúcido y dueño de sí mismo-. Ella te va a necesitar, no la dejes sola. Te quiero, hijo, y estoy muy orgulloso de vos.
Gervasio lo miró como si no entendiera. Al rato llegaron unos camilleros y lo metieron en una ambulancia. En el viaje sintió una puntada en la cabeza y cuando le pusieron una mascarilla entendió que lo iban a dormir. Antes de que la anestesia le ganara se acordó de Alejandro, su hermano. Pensó que morir de ese modo tal vez no fuera tan malo. Despertó en una sala de hospital. Tenía cables por todos lados, una mascarilla y una bolsa de suero colgando a su izquierda. Se imaginó que habría más pacientes, pero no podía moverse para comprobarlo. Entonces aparecieron otros camilleros y lo llevaron por los pasillos del hospital nuevamente hacia otra ambulancia. Hicieron un viaje largo, que pudo haber durado media hora pero se sintió como de tres días, y al llegar le volvieron a poner anestesia. Vladimir alcanzó a pensar si no se habría muerto ya y esto no era otra cosa que el infierno.
Volvió a despertar lleno de cables, pero en lugar de la mascarilla sentía un tubo que se le metía por la boca y le llegaba a los pulmones. Un respirador se encargaba de llenarlos y vaciarlos, y el ruido que hacía le hizo pensar en Darth Vader. No era gracioso. Ya era de día, podía sentir el sol que buscaba un lugar en el cuarto, y sin embargo eso no lo hacía sentir más cómodo. Al rato llegó Gervasio. La expresión de culpa seguía en su rostro como una marca.
-Menos mal que te encontramos. Estuvimos un día entero sin saber nada de vos. En el Aeronáutico no sabían a dónde te habían trasladado, y mamá y yo nos habíamos preocupado. Mirá, lo único que quiero decirte es que te quiero mucho, viejo. Yo sé que desde hace bastante que las cosas andan mal, pero es que yo no me puedo resignar a verte así. Yo quiero volver a tener al papá que me llevaba a andar en coche por toda la ciudad para mostrarme los lugares que no conocía, el que me llevaba a su trabajo, al cine, el que me despertó un domingo a las cuatro de la mañana cuando le dije que quería ver amanecer desde la costanera. Me hace mal ver como estás, y ya sé que te hace peor que te lo diga, pero es así y te lo tengo que decir antes de que… antes de que no tenga otra oportunidad. No sos el mejor papá del mundo, pero sos el que tengo, y estoy muy feliz de tenerte. Ahora me voy, el horario de visita es corto, y mamá también te quiere ver.
Cuando Gervasio salió de la habitación a Vladimir se le empañaron los ojos. Enseguida entró Victoria.
-Ay, Ruso –dijo, y se le notaba la tristeza-, yo sabía que un día te ibas a cansar y me ibas a mandar a la mierda, pero no pensé que iba a ser de esta manera. Todavía no te fuiste y ya te extraño. La casa está más tranquila sin vos, pero yo no quiero esta tranquilidad. Prefiero escuchar nuestros gritos, nuestras peleas, y saber que mañana los voy a volver a escuchar. Hicimos mal las cosas durante todos estos años, siempre quisimos más, y no le dimos valor a lo que teníamos. Y ahora me vengo a dar cuenta de cuanto te quiero, Ruso –Victoria no pudo contenerse y comenzó a llorar-. No sé si me vas a poder hacer caso, pero quisiera que te quedaras conmigo. Te prometo que las cosas van a cambiar, voy a ser más cariñosa y no voy a pedirte más de lo que me podés dar. Es más, no voy a pedirte nada, únicamente que no me dejes. No me dejes, Ruso.
Las lágrimas de Victoria mojaron la cara y las sábanas de Vladimir cuando ella se inclinó para besarlo. Luego de un rato en silencio la enfermera entró para anunciar el final del horario de visita. Vladimir se sintió lleno de una paz que nunca antes había sentido. Pensó un momento en Mónica, y lamentó no poder despedirse también de ella, pero considero que con esto alcanzaba. De a poco, y sin ninguna ayuda química, fue cayendo en el más sereno y confortable sueño del que jamás tuvo memoria.
Siete días más duró la agonía de Vladimir, pero él no despertó para enterarse.
Muchas gracias a todos los que siguieron la historia de Victoria y Vladimir. Me enorgullece el tiempo dedicado y los afectuosos comentarios recibidos. Ahora me queda la penosa responsabilidad de estar a la altura de las circunstancias. Gulp!
16 Julio 2008 | Por M. J. Howlin | Claves: amor, argentina, cuento, hijos, historia, identidad, infidelidad, inmigración, matrimonio, mentira, motivos, ocultamiento, padres, parejas, perdon, politica, razones, siglo, verdad, xx | # Enlace permanente
IV – Starting Over
De alguna manera, Victoria estaba más tranquila que cuando él se fue. Vladimir se imaginaba que en su ausencia su esposa habría vuelto a meterse en política, pero la mano (como se decía ahora) venía cada vez más pesada, y Victoria no era tonta. Pese a todo lo que podría haber pensado, su esposa lo recibió con los brazos abiertos, hasta contenta de volver a verlo. Vladimir era conciente de la cornamenta que portaba sobre su cabeza, pero como ella llevaba una similar consideró que no había motivos para reproche alguno. Durante algún tiempo convivieron casi como extraños en la misma casa, pero de a poco se fueron descubriendo nuevamente como cuando eran adolescentes. Vladimir se fue consolidando en su nuevo trabajo, y al año lo nombraban encargado de maestranza del edificio de Tucumán y Cerrito. Después de tantos años, la relación con su esposa pasaba por su mejor momento, y volvían a dedicarse a ellos, a la buena vida, cine, boliches, restaurantes y fiestas. Durante todo este tiempo Vladimir no tuvo noticias de Mónica, ni ella trató de ponerse en contacto con él. Pero Nicolás era su debilidad. Aunque no podía hacerse cargo de él como padre, como padrino lo malcriaba hasta la exasperación de su hermano y su cuñada, quienes sabían que no tenían derecho a quejarse de nada. Por un tiempo, las cosas parecían estar en orden.
Vladimir sintió que ese orden tambaleaba cuando, en marzo del ’72, el ERP secuestró y asesinó al director general de Fiat Concord, y en represalia la empresa empezó a rajar gente a lo loco. La posibilidad de volver a quedarse sin trabajo lo aterraba, y cada día rogaba a Dios por mantener su puesto en la compañía. Victoria era curiosamente solidaria con él en este momento, y los dos estaban atacados por un creciente nerviosismo. Si bien Vladimir conservó su empleo, la política argentina se iba endureciendo como nunca antes, y comenzó a preguntarse si su esposa estaría nerviosa por su trabajo o por alguna otra cosa que él desconocía. A fines de agosto del ’72, después de la masacre de Trelew (casualidad), el nerviosismo de Victoria cesó de repente y de a poco se fue recomponiendo su vida tal como la venía llevando.
El que Victoria se hubiese retirado de la política representó una tranquilidad para Vladimir. La violencia de a poco se había apoderado de las calles de Buenos Aires, recrudeció cuando volvió Perón y se hizo inaguantable cuando subió Isabel. Él mismo fue testigo de cómo mataban a un hombre en plena calle, dos semanas después de la muerte del Pocho, con tres tiros que salieron de un Falcon blanco sin patente. Él trató de ayudarlo, pero ya era tarde. El hombre murió en sus brazos. Antes de que la policía lo instara a circular, alcanzó a ver el rostro de una mujer llorando detrás de una puerta. Era Mónica.
Poco tiempo después Victoria le dio la noticia que durante tantos años había esperado: finalmente iba a ser padre. Pero en el rostro de su esposa había una expresión de amargura como nunca antes había visto. Vladimir no supo a qué atribuirlo (¿el embarazo como resignación de la libertad?), pero era evidente que su esposa ya no era la de antes. Ya no quería salir, ni festejar, ni divertirse. Jamás tuvo un antojo y de sexo ni hablar. La mujer alegre y vivaz que había conocido se había esfumado, dejando en su lugar tan sólo una sombra.
Gervasio nació el 24 de marzo del ’75 a las 13:30. Para ese entonces Nicolás tenía cuatro años y medio. Vladimir quiso que se criaran como primos hermanos, pero el destino, al que Vladimir había querido burlar, se empeñó en devolverle el golpe. Alejandro, que aún no cumplía los 40, tuvo una insuficiencia cardiaca y debió ser operado. Antes de comenzar la cirugía el anestesista hizo mal su trabajo y sumió al paciente en un sueño del cual nunca despertó. Después hubo juicios, defensas, apelaciones y condenas, pero la vida de Alejandro se había perdido y eso era irreparable. Durante todo el proceso judicial, que duró tres años, fue el socio de Alejandro el que más apoyo le dio a Irene para seguir adelante. Juntos sacaron adelante la tintorería que comandaban y antes del mundial ya eran pareja. César puso el grito en el cielo, y trató de puta a Irene por cambiar tan pronto a su hermano por otro. Vladimir dudó, pero César siempre había tenido una gran influencia sobre él, y finalmente se puso de su lado en contra de Irene. Irene en principio no supo qué hacer, era gracias a Vladimir que tenía a Nico, pero su novio, que sabía la verdad, la convenció de que tenía que hacer su vida sin importarle lo que pensaran los hermanos de su marido. Finalmente, Irene decidió que ya no tenía nada que ver con esa familia, y de esa manera Vladimir perdió el contacto con su ahijado, su hijo mayor.
En principio, el que capitalizó esta situación fue Gervasio, quien acaparó todo el amor que sus padres ya no tenían a quien más dar. Lo cierto es que después de su nacimiento la relación de Victoria y Vladimir fue en franco deterioro, y cualquiera hubiera dicho que seguían juntos sólo porque tenían un hijo. Durante sus primeros años mantuvieron aunque sea las formas. Hacían el amor cada tanto y de vez en cuando se daban algún beso. Pero de a poco se aburrieron de la farsa, y para cuando Gervasio terminó el preescolar ya ni siquiera dormían juntos.
En esos tiempos hubo un par de acontecimientos que resultaron clave para la familia: En primer lugar, luego de pasar un año con cuadruplejia, Pablo Quiroga murió en su cama dejando a su esposa Teresa totalmente desconsolada. Victoria, que siempre había sido su hija favorita, decidió mudarse más cerca de su madre (que desde hacía algún tiempo vivía en Parque Patricios), y cuando quedó un departamento libre en su mismo edificio no dudó en alquilarlo. Los ochenta encontraron a la familia Casanseu fuera del hogar de Congreso donde vivían y afincados en su nueva casa de la Quema. Por otro lado, una tarde de enero, mientras paseaban los tres por Lavalle, Vladimir vio a Mónica acercarse hacia ellos con dos chicos de la mano. Cuando ya había decidido hacerse el tonto y seguir de largo, la que lo sorprendió fue Victoria.
-¿Mónica? –exclamó- ¿Mónica Castro?
-¡Victoria Quiroga! –respondió Mónica a su vez- ¡Cuántos años que no nos vemos!
Vladimir no sabía donde meterse. Recordó cómo había conocido a Mónica, y trató con su mejor cara de póker de hacerle frente a la situación.
-¡Qué alegría verte, Vicky! –Victoria odiaba que le dijeran “Vicky”- ¿qué fue de tu vida todo este tiempo?
-Y, ya ves. Me casé, tuve un hijo. Él es mi marido, Vladimir –a Victoria le brillaban los ojos como no le habían brillado en años. Vladimir y Mónica se saludaron con un beso en la mejilla, y automáticamente desearon volver a besarse en los labios-. Y este caballerito es mi hijo, Gervasio.
-Ay, Gervasio, igual que los míos. Nada más que los míos se llaman Gervasio de apellido, claro. –a Victoria los ojos se le convirtieron en dos bolas de fuego. Mónica parecía disfrutar con lo que contaba- Sabías que me casé con Bruno, ¿no? Ellos son nuestros hijos, Mariano, de siete años, y Nicolás, de cinco años y un mes –“¿Cómo…?”, pensó Vladimir-. No sé si te enteraste que Bruno falleció…
-Sí –dijo Victoria, y su voz pareció quebrarse-. Una pena. Pero bueno, él siempre vivió al borde.
-Sí, así es –dijo Mónica, ella sí con la voz definitivamente quebrada.- Bueno, querida, no te quiero seguir molestando. Pero me encantaría que me llamaras. Tomá, acá te dejo mi teléfono. Llamame un día así nos encontramos para chusmear todo lo que pasó en estos años.
-Dale, te llamo. Esperame que en estos días sin falta te llamo.- se despidió Victoria. Luego de andar unos metros agregó por lo bajo:- Esperá sentada que ya te voy a llamar.
Vladimir entendió que el número de teléfono no era para que lo marcara su esposa, sino para que lo marcara él.
El reencuentro se produjo dos semanas después. Vladimir y Mónica estuvieron dándole vueltas al asunto varios días, a pesar de que él se comunicó esa misma noche. Sin entenderlo muy bien, los dos ponían peros, trabas y postergaciones. Lo cierto es que se morían de ganas de verse, pero algo les decía que estaba mal, que no debían. Arreglaron verse lejos de los lugares que acostumbraban, se suponía que no se conocían y debía seguir suponiéndose. La Giralda de Mataderos, en Avenida del Trabajo y Olivera, resultó un escenario propicio.
-¿Qué hacés, Ruso?- saludó Mónica, casi con timidez- ¿Cómo te trata la vida?
-No tenés que llamarme así –respondió él. A ella la madurez la trataba magníficamente, estaba espléndida, mucho mejor que diez años atrás, y él lo notó de inmediato. Pero también notó la sombra que cruzaba su mirada, las canas que se asomaban entre su roja cabellera y las líneas del tiempo que ya iban delimitando el verde de sus ojos. Ella estaba espléndida, pero el tiempo no para.- Sos casi la única persona que nunca lo hizo, no empieces ahora.
Ella no aguantó más y preguntó:
-¿Qué sabés de Nico?
Vladimir agachó la cabeza. Esa pregunta era tal vez el principal motivo por el que demoró su cita con Mónica. Él sabía que ella no tenía derecho a pedir explicaciones ahora, que él había hecho lo que pudo y que si habían perdido a Nico la culpa era de ambos, que lo habían entregado impunemente sólo para conservar las apariencias. Vladimir se puso a la defensiva, y le contó a Mónica lo ocurrido con la guardia en alto y listo para devolver los reproches que ella le iba a hacer. Mal padre sería lo mínimo. Hijo de puta, seguro. ¿Pero y ella, entonces, que lo tuvo adentro nueve meses y luego lo dejó ir y jamás se preocupó por su vida? ¿Ahora se venía a hacer la que le importaba? ¡Pero por favor! ¡Bien que se deshizo de él en cuanto pudo! No querida, ya es tarde para llorar. Lo diste, alpiste. No me vengas ahora con reclamos. Te hubieses calentado en su momento, cuando estábamos juntos y lo podríamos haber criado. Ahora jodete. A llorar a la iglesia.
-Ya sé lo que pensás, te lo leo en los ojos –le dijo Mónica clavándole los suyos, profundos y verdes, pero cargados de una angustia como jamás los había visto-. Y tenés razón. Nunca dejé de culparme por abandonar a mi hijo apenas nació. Sufrí terriblemente en cuanto te fuiste. Más de una vez estuve a punto de largar todo e ir a buscarlos, pero me di cuenta de que era tarde. Al poco tiempo apareció mi marido en Montevideo. Acá andaba con el ERP, allá hizo un par de negocios con los Tupamaros, y antes de que me diera cuenta quedarme era tan peligroso como volver. Me vine casi atrás tuyo. Te rastreé un poquito, tener conocidos en la inteligencia del partido tiene sus ventajas. Vi que estabas bien, que habías rehecho tu vida, y no quise joderte. Cuando te vi el otro día en el centro iba a seguir de largo, ya bastante mal te hice, pero Victoria me llamó y no pude evitar darle mi teléfono para que vos me puedas llamar. Pero entiendo si no querés saber nada conmigo. Soy consciente de que te cagué la vida. Perdoname, Vladi. Me odio por haber hecho las cosas tan mal, pero tenía miedo, no sabía que hacer, y lo que menos quería era joderte. Perdoname.
Mónica lloraba. Vladimir no sabía qué decirle. Los dos comprendieron lo pesada que se les hacía esa carga, lo difícil que les resultaba seguir viviendo con la culpa de perder a su hijo, y lo distinta que podría ser la vida si no lo hubieran hecho. No necesariamente mejor, pero sí distinta. Y cuando no se está conforme con lo que se tiene, cualquier situación desperdiciada que hubiese podido hacer la vida distinta se vuelve causa de reproches.
Y es que Vladimir no estaba conforme con su vida. Tenía un trabajo tranquilo pero rutinario, y la relación con su esposa era un desastre. Victoria le había empezado a tomar el gusto a la bebida (en realidad siempre le gustó, pero últimamente se emborrachaba cada vez más seguido), y ya no compartían casi nada. Ni siquiera la cama. Él salía a hacer horas extras de noche y apenas se cruzaban a la mañana. Por eso luego de la catarsis compartida en La Giralda, casi sin proponérselo, Mónica y Vladimir volvieron a encontrarse con frecuencia. Primero fueron (dos) encuentros llenos de aparente camaradería y deseo contenido. A partir del tercero se sinceraron y fueron a un hotel.
La vida de Mónica tampoco había sido fácil. Con pasado universitario (aunque incompleto), no había podido conseguir nada mejor que un puesto administrativo en una empresa de limpieza. Tocando algunos contactos, logró que Vladimir entrara como Supervisor Operativo. A partir de entonces se vieron casi todos los días, y Vladimir entró en una suerte de bigamia que lo acompañaría hasta su muerte.
En casa las cosas no estaban bien. En realidad, a Vladimir ya casi no le gustaba estar en casa. Lo único que rescataba de su vida familiar era a su hijo, y aún así se daba cuenta de que no le daba todo lo que debería. La casa donde alquilaban fue vendida y en su lugar pusieron un garaje, por lo que Victoria, Gervasio y él debieron conseguir otra de urgencia, rápido y barato. Consiguieron cerca, apenas a tres cuadras de donde estaban y no muy distinta, al menos en el sentido edilicio. Pero sí era distinto el estado de la construcción. Literalmente, se caía a pedazos. De hecho, era común que durante la cena cayeran trozos de revoque del techo sobre la mesa. A eso pronto se le sumó el abandono. Ninguno de los dos esposos se sentía a gusto en ese lugar, ni siquiera se sentían a gusto entre ellos, y así, lo que ya era bastante malo se volvió inhabitable. Mientras, Gervasio crecía y observaba todo lo que pasaba. Así fue tomando como normales y naturales ciertas situaciones y circunstancias que en otro contexto no lo serían.
A saber:
Nunca vio a sus padres expresarse amor
Nunca se le pasó por la cabeza la posibilidad de un hermano
Nunca se sintió a gusto dentro de las paredes de su casa
Rara vez sus padres salían juntos, y nunca sin él
De manera que Gervasio iba asimilando como propia esa soledad que Vladimir y Victoria le transmitían. A pesar de eso, Victoria no entendía por qué Gervasio se portaba tan mal en la escuela, nunca contaba nada de lo que le pasaba y estaba siempre solo y callado, viendo televisión o sumergido en la lectura de un libro. Vladimir, que no podía ya negar lo mal que estaba su familia (especialmente después de una discusión fuerte con Victoria en la que Gervasio metió la cuchara y la terminó ligando con paliza y todo), decidió tratar de mejorar las cosas. Habló con su mujer y con los pesos (ahora australes) que habían juntado en tantos años compraron un terrenito para construir en el oeste. Por un tiempo funcionó, todos estaban entusiasmados con el proyecto de hacer la casa nueva, pero el entusiasmo se diluyó pronto y al poco tiempo el terreno quedó abandonado, a disposición del que lo quisiera ocupar. Para Vladimir fue basta. Ya no estaba mucho tiempo en su casa, y permanecía allí sólo lo necesario. Comía, dormía (para mantener las formas) y sacaba a pasear a su hijo. Seguía siempre la misma rutina: del trabajo a casa de Mónica, de allí a su casa y de vuelta al trabajo. Mariano y Nicolás ya lo sentían como un padre postizo (le decían tío), y con ellos se sentía en el hogar que él no había podido construir. A menudo pensaba en Nicolás, su hijo mayor que ya no vería, y lamentaba que la vida lo hubiera tratado tan injustamente. Sabía que con Mónica habría formado una bella familia, pero ya era tarde para irse con ella. Estaba prisionero entre el fracaso que había construido (pero que le había dado a Gervasio, pobre inocente), y la felicidad que le había rozado los dedos y ahora se le mostraba, cercana e inalcanzable cual fruto prohibido.
14 Julio 2008 | Por M. J. Howlin | Claves: amor, argentina, cuento, hijos, historia, identidad, infidelidad, inmigración, matrimonio, mentira, motivos, ocultamiento, padres, parejas, perdon, politica, razones, siglo, verdad, xx | # Enlace permanente
III – Otros Aires
Para 1968 el matrimonio se caía a pedazos. Victoria estaba cada vez más distante, Vladimir se quedó sin trabajo y por primera vez la plata empezaba a no alcanzar. Al poco tiempo Victoria quedó embarazada, y esta situación sirvió como detonante para un montón de reproches contenidos. Era evidente que en esas condiciones no estaban preparados para ser padres, pero cuando Victoria planteó la posibilidad de un aborto, Vladimir puso el grito en el cielo. Victoria argumentó que no iba a tener un hijo si su esposo no tenía trabajo, y acompañada de su hermana menor Amelia, y ante la desaprobación de su marido, Victoria abortó.
El matrimonio de Vladimir y Victoria quedó malherido. Al poco tiempo a Vladimir le surgió una oferta para trabajar como repostero en un hotel en Montevideo. Dolido por la situación que acababan de vivir, Vladimir no dudó en aceptar el empleo. Como imaginó, Victoria decidió no acompañarlo, y así se separó de la mujer que tanto le había costado conquistar.
Montevideo es como Buenos Aires, pero frente al Mar. Está claro que lo que llaman mar no es otra cosa que el mismo Río de la Plata que baña las espaldas de B.A., pero allá se hace sentir mucho más. No era un buen momento el que le había tocado en suerte al Rusito para recaer en esa ciudad. Los Tupamaros habían comenzado con su accionar guerrillero, y el clima estaba más caldeado aún que del otro lado del charco. El presidente Pacheco había instaurado sus “medidas prontas de seguridad”, y como no dieron resultado terminó decretando el estado de sitio en todo el territorio de la República. En ese contexto, Vladimir había conseguido un puesto que le proporcionaba un buen pasar económico, una habitación donde vivir y la paz espiritual necesaria para decidir cómo seguiría su vida. Todos los dispositivos de seguridad le parecían exagerados, pero aún así no estaba en contra de ellos. Él también pensaba que lo mejor que se podía hacer con los guerrilleros marxistas era darles una buena patada en el culo. Siempre pensó que si nunca hubiesen existido los marxistas, él sería Capitán de la Guardia Imperial del Zar, o al menos lo sería su hermano.
Si bien hablaba cada dos semanas con su esposa, estaba claro que en ese momento el matrimonio era sólo una cuestión nominal. No le preguntaba a Victoria qué hacía en Buenos Aires, y ella tampoco le preguntaba nada, de modo que era apenas un diálogo de dos conocidos viviendo en distintas orillas del Plata.
-Hola, ¿Victoria?
-Hola, mi amor, ¿Cómo te trata Uruguay?
-Nada del otro mundo, es como Buenos Aires pero con mar.
-¿Cómo con mar? ¡Si allá también es río!
-Sí, es el río, pero los uruguayos están convencidos de que es el mar y no voy a ser yo el que les pinche el globo. ¿Vos cómo estás?
-Bien. Mucho laburo, como siempre.
-Bueno, te tengo que dejar. Cuidate.
-Cuidate vos también.
Los dos se daban cuenta de que en los hechos ya se habían dejado. Pero igualmente mantenían las formas.
Al principio Vladimir no tuvo mucha vida social en Montevideo. Pasaba sus días trabajando, y en sus ratos libres salía a caminar por la 18 de Julio, el cerro o el Mercado del Puerto. Allí fue donde a poco de comenzar la primavera se tropezó con una cara familiarmente conocida que le dijo:
-Yo te conozco. No sé de donde pero te conozco.
La dueña de la cara era una chica de su edad, pelirroja, de ojos profundamente verdes y una sonrisa que pronto le hizo olvidarse de su esposa. Al rato estaban sentados en un bar para averiguar de dónde era posible que se conocieran.
-A ver, empecemos por lo primero -dijo Vladimir, en plan seductor-. ¿Cómo te llamás?
-Mi nombre es Mónica Castro, tengo 27 años y estoy en Montevideo hace un año. Hasta entonces viví en Buenos Aires, pero ahora me estoy acostumbrando a esto de vivir acá –resumió ella, como si estuviera en una entrevista.
-¿Por qué te fuiste? –a Vladimir le salía el curioso en seguida, aunque a veces (como esta) pasara por indiscreto.
-Por ahora me lo reservo. Una dama tiene que guardar sus secretos. Ahora hablame de vos.
-Bueno, me llamo Vladimir Casanseu, pero me dicen Ruso. En realidad mi apellido es ruso, pero en Migraciones anotaron lo que quisieron. También soy porteño, así que es posible que me conozcas de algún lado.
-Y un nombre y unos ojos así son imposibles de olvidar –atacó Mónica, inconfundible-. Nos conocimos hace unos años en Ciencias Económicas. Yo estudiaba allá y vos fuiste a buscar a Victoria Quiroga. ¿La encontraste?
Vladimir se sonrojó.
-No, no la encontré, pero al final me casé con ella -confesó-. De todos modos, eso ya es pasado. Yo me vine a trabajar acá y ella se quedó allá, y no sé si algún día nos volvamos a juntar.
-Sí, te entiendo. En realidad a mí me pasó algo parecido. También me casé joven, y me vine acá arrastrada por mi marido –de repente su expresión se deslució, como si estuviese hablando de algo que le dolía y a lo que no quería referirse, pero igualmente lo hacía a modo de exorcismo-. Ahora él se fue, y yo quedé sola acá, con un trabajito en una tienda de zapatos. Él es un idealista. Se casó conmigo no sé por qué, pero nunca le importé demasiado. En realidad estoy hablando mucho, no conviene que hable de él porque ahora ninguna de las dos orillas es segura.
-No hables, entonces –propuso Vladimir.- Podemos hacer como Humphrey Bogart e Ingrid Bergman en París, en Casablanca. “No questions”.
-Claro, y siempre tendremos Montevideo. No es mala idea, en realidad.
Durante varios meses Vladimir y Mónica supieron realmente de qué se trataba eso de “estar de novios”. Él había salido con alguna que otra chica antes de casarse, pero la imagen de Victoria siempre fue tan fuerte que nunca se dio permiso para disfrutarlo. En cuanto a Mónica, el noviazgo con su marido había sido un recorrido de mitin político en mitin político, y nunca quedaba lugar para el romanticismo. De modo que allí, lejos de todo lo que los ataba, Mónica y Vladimir se dieron el lujo de ser felices e irresponsables. Vivían separados, casi nunca dormían juntos, se veían sólo cuando tenían ganas de hacerlo y disfrutaban todo el tiempo que compartían. Vladimir seguía comunicándose semana de por medio con Victoria, pero se preguntaba hasta cuando iba a mantener esa hipocresía.
Promediaba 1969 cuando las cosas cambiaron dramáticamente. Un atraso en el organismo de Mónica, habitualmente puntual como un suizo, dio vuelta todo el panorama de la feliz pareja. Al poco tiempo el embarazo se confirmó, y si bien Vladimir estaba dispuesto a hacerse cargo de la criatura, para Mónica las cosas eran bien distintas.
-Yo sé que siempre dijimos “no questions”, pero es hora de que sepas algunas cosas –comenzó ella-. Aunque con mi marido estamos separados, nunca dimos por finalizado nuestro matrimonio. Él está metido en cosas pesadas allá, y me dejó acá para que no me pase nada. Me daba gracia lo de Casablanca, porque en realidad es más o menos así. Yo te amo, pero lo cierto es que a mi esposo lo sigo queriendo, hablamos todas las semanas y espero el momento en que me llame para volver con él. Y no puedo volver con un hijo. Lo lamento en el alma, Vladi, pero tengo que abortar.
A Vladimir esto le cayó como una piedra en el estómago. Realmente odiaba esa palabra. Toda su vida había soñado con el día de convertirse en padre, y se lo había negado primero su esposa y ahora su amante. No. No se lo permitiría.
-¿Podés quedarte ocho meses más en Montevideo?
-Supongo que sí –contestó ella, que no entendía muy bien.
-Entonces dejame pedirte algo. No abortes. Yo me voy a hacer cargo de lo que necesites, y me voy a hacer cargo de nuestro hijo. Después si querés no nos volvés a ver a ninguno de los dos, pero no abortes. Todavía no sé muy bien cómo me las voy a arreglar, pero por favor te lo pido: no abortes.
Mónica le hizo caso, y no abortó. Durante el embarazo Vladimir le dio todos los cuidados necesarios, la acompañó al médico, le resolvió los antojos y la llenó de amor. Pero la fecha de parto se acercaba y aún no sabía cómo iba a hacer para conservar el bebé. Entonces tuvo una idea desesperada. Alejandro, el mayor de sus hermanos, había tenido un accidente de joven y sabía bien que no podía tener hijos. Irene, su mujer, era algunos años menor, y había sido compañera de secundario de Vladimir. Los dos querían tener hijos, y sabían que el destino no se los quería dar. Vladimir decidió hacerle trampa al destino, y una noche, cuando Mónica entraba en el octavo mes, marcó el número de su hermano.
Vladimir sabía que después de lo que iba a hacer ya no podría quedarse en Montevideo, así que movió contactos entre los huéspedes del hotel y a la distancia consiguió un trabajo como maestranza en el edificio FIAT. Él era repostero, ese trabajo no tenía nada que ver con el suyo, pero igualmente lo aceptó considerando que era la única posibilidad que tenía. Dos semanas antes de la fecha de parto viajaron a Buenos Aires en secreto y se hospedaron en el Hotel Cosmos de Constitución. El 13 de julio del ’70 a mediodía Mónica dio a luz un varón en la clínica donde César Casanseu era camillero. Al tercer día Vladimir se lo llevó a Alejandro, quien se apuró a anotarlo como propio en el Registro Civil de Sarandí y San Juan. Ese mismo día Mónica volvió a Uruguay y Vladimir se reencontró con Victoria, con quien intentaría una vez más llevar a buen puerto su matrimonio.
Alejandro e Irene bautizaron al bebé con el nombre de Nicolás Casanseu. El primer nieto de Nicolás debía llevar su mismo nombre. Vladimir fue su padrino.
12 Julio 2008 | Por M. J. Howlin | Claves: amor, argentina, cuento, hijos, historia, identidad, infidelidad, inmigración, matrimonio, mentira, motivos, ocultamiento, padres, parejas, perdon, politica, razones, siglo, verdad, xx | # Enlace permanente
II – Hasta que la muerte
Vladimir no siguió la Universidad luego de la Secundaria. Consiguió un trabajo como aprendiz de pastelero en una confitería de Boedo y allí fue aprendiendo un oficio. Tuvo varias novias, la mayoría clientas, pero nunca logró sacarse a Victoria de la cabeza. Ella seguía en Económicas, aunque más lento de lo que se esperaba, hasta que finalmente abandonó, y al mismo tiempo trabajaba en el Ministerio de Obras Públicas como secretaria de no-se-qué director que al caer Illia fue reemplazado por no-se-qué coronel. Al menos esto es lo que se enteraba a través de César. Victoria era muy pegada con su hermano Julio, así que Vladimir siempre tenía información de primera mano. Pero había cosas que le ocultaba hasta a su hermano, y si bien todos se imaginaban que Victoria andaba en algo raro, nadie sabía de qué se trataba y ella se cuidaba muy bien de dejar huellas.
La respuesta al secreto de Victoria llegaría de la manera más inesperada, y en medio de las circunstancias menos previstas. Al cumplir veinticinco años una comilona derivó en peritonitis, y Vladimir tuvo que ser internado de urgencia en el Hospital Rivadavia. Una rápida intervención quirúrgica lo puso fuera de peligro, pero durante su convalecencia, internado en una sala del hospital, recibió la más sorprendente de las visitas: el padre de Victoria.
Sépanlo: a Pablo Quiroga jamás le cayó bien Vladimir, y la verdad es que el sentimiento era mutuo. Sin embargo, la visita era en son de paz.
-Mirá, Rusito, no te quiero hacer perder tiempo –soltó don Pablo ni bien entró, con tono firme y decidido-. Vos sabés lo que yo pienso de vos y yo sé lo que pensás de mí. Pero también sé cómo la querés a mi hija, y aunque no me gusta la idea de que ella pase el resto de su vida con vos, tampoco me gusta que se meta en líos. Y Victoria ya está en líos. Se anda mezclando con comunistas, y el país está muy jodido para eso. Ella trabaja con milicos y se junta con zurdos. En cualquier momento la van a acusar de espionaje. Antes de que me la maten, prefiero que se case con vos.
El plan era el siguiente: Pablo conocía al director y a un par de médicos del Rivadavia. Entre todos le hicieron creer a Victoria que a Vladimir le quedaba poco de vida, y que si no ocurría un milagro no llegaba a año nuevo. Entonces, Vladimir le pidió a Victoria que, si salía de esta, aceptara ser su esposa. Por supuesto que el Rusito zafó, y si bien Victoria quiso zafar de su promesa, el encarnizamiento de Onganía contra las facultades y la rápida reacción de su padre para aprovechar esta situación la convencieron de que casarse era su mejor opción.
Como suele ocurrir, los primeros tiempos fueron felices. La química entre Victoria y Vladimir se mantenía intacta, ambos tenían trabajos estables y no volvieron a aparecer problemas de salud que entorpecieran su tranquila, apacible y rutinaria vida. Tenían salud, dinero y amor. Pero no los tendrían por siempre.
10 Julio 2008 | Por M. J. Howlin | Claves: amor, argentina, cuento, hijos, historia, identidad, infidelidad, inmigración, matrimonio, mentira, motivos, ocultamiento, padres, parejas, perdon, politica, razones, siglo, verdad, xx | # Enlace permanente
El Rusito
I – La llegada
Mágicamente, al cruzar por Migraciones Alexei Kazanzew pasó a ser Alejandro Casanseu. Algo similar sucedió con sus hijos Nicolai y Alexei, Nicolás y Alejandro en adelante. Entre los Kazanzew era costumbre poner al primogénito el nombre del Zar de turno, desde hacía varias generaciones que un Kazanzew era Capitán de la Guardia Imperial, y esa era una manera de demostrar el honor que les representaba ocupar ese lugar. Pero en el momento de la verdad, Alexei demostró no estar a la altura de sus predecesores. Cuando la Revolución Bolchevique tiró por la borda siglos de monarquía zarista, Alexei, quien había jurado proteger a Nicolás II con su vida, aprovechó la oportunidad de huir de Rusia con toda su familia. Sonaban los cañonazos de la Gran Guerra, y ningún lugar de Europa era seguro para alguien que se consideraba a si mismo un traidor. Alexei, Verónica, su esposa, y sus dos hijos tomaron un barco en París y al poco tiempo desembarcaron en el Río de la Plata. Argentina por aquella época era la tierra prometida, un país pujante con un porvenir sólo comparable al de Estados Unidos. Allí Alexei se convirtió en Alejandro, ya que nunca más volvió a considerarse merecedor de su nombre ni su apellido original.
Nicolás Casanseu, el mayor de los hermanos, conoció de pequeño la dura vida de un inmigrante. Llegó al país con cinco años de vida, y a los quince ya estaba trabajando de albañil, y cambiaba de a poco la cara de la ciudad que lo había adoptado. Había comenzado la década infame, y si la vida entonces ya era difícil, luego del derrocamiento del Peludo se había puesto bastante peor. Una tarde de sus veinte años, mientras disfrutaba de un fin de semana paseando por Plaza de Mayo, Nicolás conoció a Victoria O´Connor. Victoria también era europea, llegó poco después que él desde Irlanda y creció como argentina. El amor fue inmediato y luego de nueve meses de noviazgo se casaron en San Pedro Telmo, en una ceremonia humilde pero llena de gente.
Nicolás decidió que Buenos Aires no era el mejor lugar para formar una familia, y con Victoria embarazada, partió a echar raíces rumbo a Venado Tuerto, Santa Fe, donde había una colonia de irlandeses y Victoria tenía parientes. Allí tuvieron a Alejandro, luego a César, y finalmente a Vladimir.
Vladimir nació al comienzo de los cuarenta. Para ese momento Nicolás ya se había convertido en el constructor de casas oficial de Venado Tuerto, y podía darle a su familia un pasar económico al menos suficiente. A la llegada de Perón encontró la posibilidad de validar sus conocimientos de hecho con un título de Maestro Mayor de Obras, y entonces sintió que Venado Tuerto les quedaba chico. Los Casanseu volvieron a Buenos Aires.
Vladimir creció viendo cómo su padre levantaba la Gran Ciudad. Él, junto con sus padres y sus dos hermanos, ocupaba una pensión en el Bajo, pero le encantaba pasear por el centro. A los nueve años decidió que ya era grande y no volvería a la escuela, sino que se ganaría el pan con el sudor de su frente. La primera reacción de Nicolás fue pegarle cuatro gritos y mandarlo a la cama, pero luego quiso ver hasta dónde era capaz de llegar su hijo menor. Durante dos semanas Vladimir se levantó a las cinco de la mañana, caminó hasta Plaza Francia, juntó unas cuantas orquídeas de los árboles y se las vendió a las parejas que paseaban por Recoleta. Demostró tal empeño que Nicolás debió levantarse una mañana con él, invitarlo a desayunar en el bar de la estación Retiro, y explicarle que mientras él pudiera mantenerlo, no hacía falta que trabajara. Ya habría tiempo para eso más adelante. Vladimir entendió lo que su padre decía y dejó de vender flores. Pero los dos se dieron cuenta de lo que el niño era capaz.
Lo que Nicolás no sabía es que la venta de orquídeas no era lo único que empujaba a Vladimir a madrugar. El segundo día, mientras juntaba flores del árbol, una niña se acercó a Vladimir y le preguntó qué hacía. Vladimir le regaló un ramo de orquídeas. Durante esas dos semanas, Vladimir esperaba con impaciencia el momento de ver pasar a Victoria por allí, tanto de ida como de vuelta. Para cuando Nicolás lo convenció de que dejara las orquídeas en su lugar, Vladimir y Victoria ya eran amigos. Aún no lo sabía, pero Victoria lo acompañaría por el resto de sus días.
Por supuesto que las cosas no serían tan fáciles. Las familias de ambos niños no estaban en una posición muy distinta, pero el hecho de que se conocieran mientras Vladimir juntaba orquídeas para vender no influyó positivamente en la opinión de Pablo, el padre de Victoria. Aún así, el contacto ya estaba realizado, y lo cierto es que Vladimir y Victoria la pasaban bien juntos y salían a pasear con frecuencia. Muchos de los recuerdos más nítidos de la infancia y adolescencia de Vladimir tenían a Victoria como compañera. El funeral de Eva, el bombardeo a Plaza de Mayo, el primer pucho de contrabando atrás del cementerio. Para cuando la adolescencia terminó, Vladimir ya se había enamorado.
Sin embargo, Vladimir dejó de ver a Victoria al mismo tiempo que se permitió conocer la naturaleza de sus sentimientos. Al terminar la secundaria Victoria se anotó en Ciencias Económicas y sus caminos se separaron. Sus respectivos hermanos mayores, César y Julio, se habían convertido en buenos amigotes a fuerza de servirle de chaperones, y por eso Vladimir no dejaba de tener noticias de Victoria, pero llegó a pasar meses sin verla. Una vez decidió ir a buscarla a la Facultad, pero no pudo encontrarla. Al verlo asomado por la puerta del aula, una chica le preguntó:
-¿Buscás a alguien?
-Sí, a Victoria Quiroga, ¿la conocés?
La chica lo miró. A decir verdad, Vladimir era un muchacho atractivo. Era alto, de cabello castaño, tez bien blanca y ojos verdes, herencia de su padre ruso y su madre irlandesa. Él se dio cuenta de cómo lo miraba la chica, pero lo único que le interesaba era encontrar a Victoria.
-Sí, la conozco –contestó ella-. Está conmigo en el grupo de estudio. Hoy no vino, creo que trabaja en un Ministerio y no sé qué problema tenía. Mi nombre es Mónica.
-Vladimir –dijo Vladimir-. Bueno, si la ves, ¿le podés decir que pasé?
-Sí claro. Pero no te hagas muchas ilusiones. Me parece que anda atrás de Bruno, un flaco del Centro de Estudiantes.
-Vos decile que pasó Vladimir –canchereó él. A continuación se despidió y se fue. Mónica no transmitió el mensaje, pero la cara y el nombre de Vladimir le quedaron grabados.
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