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Disconnected – 15

15

El micro me lleva de regreso a Buenos Aires. En la terminal estaba la Sonia, única persona que me fue a despedir. Volvió a abrazarme antes de que partiera. Mientras lo hacía pronunció una última pregunta.
-Es posible que vuelvas a Victoria en algún momento. También es posible, casi probable, que algún día yo viaje para allá. En el caso de que una de esas dos cosas pase, ¿creés que haya alguna posibilidad de que…?
-¿Vos serías capaz de asegurarme que nunca nada de eso va a pasar? –retruqué.
-No.
-Yo tampoco. Así que cuando volvamos a vernos, veremos lo que pasa.
Por última vez sus labios besaron los míos. Luego subí al ómnibus de Flecha Bus y emprendí el regreso.
Salí de mi ciudad en busca de algo que no sabría decir bien qué era. Podría decir que buscaba paz. Podría decir que buscaba un lugar donde empezar de nuevo. Podría decir que simplemente me buscaba a mí.
Vuelvo con más preguntas que respuestas. Me encontré, de alguna manera, pero decididamente no de la manera que esperaba. No soy el mismo que dejó Buenos Aires hace algo más de una semana. Me enteré de cosas que me conmovieron profundamente, me encontré con gente que me afecto como no esperaba que lo hiciera, y coseché preguntas que tardaron una vida en saber cómo ser enunciadas. Sin embargo, me alegro de haber hecho este viaje. Trescientos veinticuatro kilómetros separan Victoria de Baires. Poco, tal vez, pero suficiente para hacerme entender que no importa donde uno esté, por dentro siempre es el mismo, más allá de filiaciones, entornos o deseos. Soy Mario, así como soy MJ, pero por sobre todo soy Yo. Puedo construir o modificar mi realidad como desee o como me salga, pero mi vida, mi identidad, siempre será fruto de mis acciones. Los otros, personajes secundarios de la película que dirijo y protagonizo, pueden influir, pero en última instancia las decisiones siempre serán mías. Más allá de reglas, límites y convenciones, gozo de libre albedrío, y es mi prerrogativa ejercerlo.
El interno 543 de Flecha Bus entraba en la terminal, y entonces la vi. Allí estaba, esperando en la plataforma. Dándome su incondicional apoyo como cada día durante los tres meses previos a mi partida, incluso cuando le dije que quería rajarme de la ciudad hacia donde fuera. Demostrándome su amor, más allá de cualquier tipo de egoísmo.
-Hola –dijo Jimena.
-Hola –respondí.
-¿Encontraste lo que buscabas?
-No lo sé. Pero encontré muchas cosas. Mucho más de lo que esperaba encontrar.
Me abrazó y me besó con ganas contenidas desde hacía dos semanas. Soy concientee d que no voy a encontrar nadie como ella. Lo soy desde la madrugada en que me hizo vomitar y me subió a un taxi que nos dejó en el Durand después de mi jodita de bajarme un blister de Rivotril.
-¿Y? ¿Pensaste en mí?
-Traté de no hacerlo, pero reconozco que al final no pude cumplir mi promesa.
-Está bien. A veces las mujeres exigimos promesas con la secreta esperanza de que no sean cumplidas. Que al final hayas pensado en mí no me molesta sino que me halaga. ¿Te costó muy caro?
-Uf, mirá, mejor ni te cuento…
Ella tomó mi mano y salimos caminando con rumbo al Bajo.
Una vida nos espera.

FIN

Disconnected 14

14

Llegamos a Victoria de noche, a la hora de la cena. La Sonia se puso adelante y golpeó la puerta. Eso fue lo primero que me llamó la atención: el timbre no andaba.
A mi tío le gustaba la buena vida. Ganaba bien, eso no era ningún secreto, y durante toda su vida coleccionó distintas porquerías novedosas que a veces hasta tenían utilidad. Y le gustaba que el lugar donde vivía estuviese siempre equipado e impecable. En una época en que el aire acondicionado no era algo común y los splits no existían, la casa que el tipo se estaba construyendo tenía aire. También tenia muebles de cocina en acero inoxidable con horno y anafe separados, purificador de aire, baño con vanitory, cañerías de hidrobronz en todo el edificio, en fin, un chiche. Cuando se vino a vivir acá trajo desde Floresta su juego de finos muebles de living, comedor y dormitorio en roble, su vajilla de porcelana, sus finas copas de cristal, su bodega con toda clase de vinos, sus cuadros, sus platos decorativos, cámaras de fotos, televisores, equipos de música, microondas…
La puerta se abrió. Carla saludó a la Sonia con efusividad. No sé si realmente no me reconoció o fue sólo una actuación. Pero cuando Sonia le dijo quién era yo por su rostro pasaron en un segundo cientos de expresiones. La primera fue de sorpresa. Inmediatamente atrás vino la preocupación. La incertidumbre la acompañaba. Entonces llegó la alerta. Y con ella la hipocresía. Una sonrisa un tanto forzada iluminó su rostro.
Me recibieron con toda la efusividad que se merece un viejo pariente a quien hace mucho tiempo que no se ve, o bien alguien a quien hay que dejar contento porque te puede dejar con toda tu familia en la calle.
La casa estaba venida a menos, pero decirlo de esta manera implica ser muy piadoso. Más justo sería decir que estaba hecha una tapera. Sabía que la habían descuidado e incluso saqueado, pero no esperaba esto. Paredes descascaradas, muebles arruinados, un trapo colgando del marco de una puerta haciendo las veces de cortina. No sé cuántos hijos tendrían, tampoco pregunté. Después me enteré que la mayor está recluida en su pieza, posiblemente producto de algún abuso por parte de alguien lo suficientemente importante para que nadie quiera decir quién es, y que el abuelo pronto la vendría a buscar para llevársela a vivir con el a Estados Unidos. No parecían una familia feliz. Pero sí hacían un patético intento por fingir que lo eran. Ya habían cenado, pero me invitaron con gaseosa, café y mates. Acepté el café. Estuve un rato, charlando de mi vida y de las de ellos. Otra vez surgieron las insoportables preguntas sobre la familia que no tenía ganas de contestar y a las que esquivé con elegancia. En líneas generales, podría decir que eran merecedores de mi rencor, pero que honestamente no valía la pena desperdiciar una emoción tan intensa en seres tan insignificantes. Por ahora, deberían conformarse con mi desprecio.
La velada no duró más de lo necesario. Finalizado el café, saludamos y nos despedimos. Los dejé seguir con sus pequeñas vidas, sin hacer referencia al tema por el que había ido a visitarlos. No hacía falta. Con verlos me alcanzó para darme cuenta de que cualquier cosa que dijera iba a ser al pedo.
Subimos a la F100 y llevé a la Sonia hasta la casa. Antes de irme me abrazó. Muy fuerte.
Ya no me queda nada para hacer en Victoria.

Disconnected – 13

13

Hugh Jackman besaba apasionadamente a Nicole Kidman en la pantalla del cine. La sala estaba casi vacía, Australia ya no era un estreno y la gente, como en Buenos Aires, se inclina más por la comodidad de los Shopping. Para ese momento Sonia ya estaba con su cabeza apoyada en mi hombro y su mano izquierda sobre mi pierna. Por supuesto, la abracé. Mi mano tocaba la piel de su hombro. Ella llevaba una musculosa terracota y un minishort color crudo. Con cautela su mano comenzó a subir por sobre mi bermuda hasta llegar a mi entrepierna. Mi carne no tardó un minuto en adquirir la dureza del rubí. Giré la cabeza y la encontré mirándome, a centímetros de distancia. El primer beso no se demoró. Nuestras lenguas se encontraron y comenzaron a danzar su maravillosa danza. Nuestras manos tomaron confianza y empezaron a recorrer nuestros cuerpos. Su mano acariciaba y apretaba mi miembro a través del poliéster. Por sobre su musculosa pude sentir sus pezones firmes, duros, expectantes, coronando esos pechos perfectos hechos a medida para calzar en mi mano. Los imaginé en mi boca, recorriéndolos con mi lengua para captar su sabor mientras mis dedos los leían como un maravilloso texto en braille. Presentía en mis papilas la miel de su flujo, empapando sus piernas y mi cara. Anhelaba sus labios sobre mi sexo, haciendo que me pierda en sensaciones. Su cuerpo desnudo frotándose contra el mío, su carne tierna y ansiosa uniéndose a la mía en el éxtasis del deseo. Pude vislumbrar el placer en su rostro mientras la penetraba, su garganta dejando escapar suaves gemidos al ritmo en que yo entraba y salía de ella, sus dedos aferrando mis hombros en un intento de que yo llegue cada vez más adentro en sus profundidades…
En ese momento, justo en ese preciso momento, tuve que recordar a Jimena.
Definiría como estupor a la expresión en su rostro cuando la solté y le dije “No”.
Supongo que nada es peor para el ego de una mujer que un hombre la rechace dando motivos que incluyen el nombre de otra mujer. Sin embargo, y a pesar que se le notaba la decepción y la calentura en la cara (calentura que yo compartía, plenamente conciente de la paja que al final me iría a echar cuando quedara solo), Sonia me sorprendió diciéndome que de alguna manera, me podía entender.
Salimos y acordamos ir a comer y tomar algo en El Cairo. Estuvimos en silencio la mayor parte del tiempo. Ella lo rompió.
-¿Te vas a ir?
-Supongo que será lo mejor. Vine buscando un poco de paz, y mirá lo que conseguí. No me hace bien quedarme, y para vos va a ser mejor si me voy.
-Puede ser, pero eso me toca decidirlo a mí en todo caso. De todas formas es tu decisión. Ahora cuando volvamos a Victoria te acompaño hasta tu casa.
-No te preocupes. Te dejo en la tuya y me vuelvo a pie, no es lejos.
-No te hablo de lo de Camucha. Me refiero a tu casa.
La miré. Entendía muy bien lo que me quería decir.
-Dale, llegaste hasta acá, te enteraste de todo. ¿Te vas a volver sin ver en qué estado está tu propiedad, sin pedir al menos explicaciones?
Yo continué en silencio. Pero sabía que Sonia tenía razón.
Cuando terminamos de comer le hicimos una reverencia a Fontanarrosa y partimos rumbo a mi destino.

Disconnected – 12

12

Por supuesto, lo primero que me fijé es si yo seguía en bolas. Seguía en bolas, efectivamente, pero sobre el espacio que iba desde mi ombligo hasta mis rodillas estaba cubierto por la sábana. No recuerdo haberme tapado en ningún momento. Sonia me sonrió.
-Hace varios días que tengo ganas de ir al cine. ¿Me acompañás?
-No sabía que en Victoria hay cine… -le dije mientras me despabilaba.
-En Victoria no. En Rosario.
-¿Y hasta Rosario nos vamos a ir para ver una película?
-Dale, no es tan lejos cruzando el puente. Osvaldo me presta la F-100, pero yo no sé manejar…

Me gusta mucho manejar. Eso algún día me va a traer problemas. OK, vamos. Me visto y salimos. Ella no se movió. Sonia, ¿no vas un minuto al comedor así me puedo vestir? Gracias. Me hubiese levantado en bolas delante de ella sin problemas, luciendo orgulloso mi erección de domingo a la mañana (mediodía más bien), pero le dí una última oportunidad de arrepentirse. En el comedor Sonia estaba charlando con Melón, quien le hincaba el diente con ganas a una jugosa sándia. No sandía, sándia. Me convidó, asegurándome que jamás había probado una sándia tan deliciosa. Pero la verdad es que no me gusta la sándia. Salimos y Sonia me entregó las llaves de la F-100. Yo me pregunté cómo es que si ella no sabía manejar la camioneta estaba en la puerta de lo de Camucha, pero preferí no indagar sobre el asunto. Tenía muchas ganas de manejarla. En el camino hacia el puente pasamos por el Casino. Sonia me contó que ella trabajaba ahí, y que tenía que ir a conocerlo. Francamente no me interesa conocer el Casino, y menos si ahí también labura mi prima. Después sí, nos dirigimos a atravesar el puente Rosario-Victoria.
El puente no es tal, al menos en toda su extensión. Más bien es una larga autopista que atraviesa una amplia zona de bañados entre las provincias de Entre Ríos y Santa Fe. Sesenta kilómetros de asfalto que atraviesan una serie de islas y ríos que se ven unidos por una cinta de hormigón y hierro. Al final de ella, el río Paraná, y el puente propiamente dicho. Del otro lado del puente, Rosario. Todo lo que significó para mí Victoria durante mis primeros tres lustros de vida, luego de eso pasó a estar representado por Rosario. De hecho, la última vez que dejé Victoria hace veinte años, lo hice por agua siguiendo este mismo camino pero a bordo de una lancha colectiva similar a las del Tigre que demoró cuatro horas en hacer el trayecto que ahora cubrí en veinticinco minutos. Desde el puente entramos por circunvalación, y a pesar de hacer el camino innecesariamente más largo seguí bordeando la ciudad hasta llegar a Boulevard Oroño, la entrada principal para aquellos que van desde Buenos Aires. Una vez más, y por el camino que conozco, ingresaba en la Ciudad de Rosario.
Rosario es curiosa. Para empezar, no tiene fundador. Alguna vez, a mediados del XVIII, comenzó a asentarse gente en la zona, y de a poco se fue convirtiendo en uno de los núcleos urbanos más importantes del país. En 1812 Manuel Belgrano tomó la decisión de enarbolar por primera vez en este lugar la bandera que por propia iniciativa había creado. Rosario es la ciudad que con mayor osadía le hace frente a Buenos Aires como principal referente urbano del “interior” del país. Los porteños tenemos un ego muy grande, lo reconozco, pero el de los rosarinos es aún mayor. Yo soy jodidamente porteño, pero sin desmerecer este hecho amo profundamente a la ciudad de Rosario, Cuna de la Bandera. Es el único lugar fuera de Buenos Aires en el que me puedo sentir casi como en casa. En Rosario se encuentran las mismas comodidades que hay en Capital, desde cines o shoppings hasta telos. Y la estética urbana, aunque me vayan a putear de los dos lados por decirlo, es muy similar. Es cierto, sería bueno que en Buenos Aires hubiese boulevares como en Rosario. Además está el río. El aspecto imperdonable de Baires es haberse vuelto contra el río, algo así como morder la mano del amo. En Rosario el río es parte del paisaje urbano, desde la costanera hasta la Florida. Tienen un espacio verde maravilloso como es el Parque Independencia. Y una arquitectura clásica y caprichosa, tal como la Reina del Plata. En Rosario tenía primos y tía. Dolía bastante entender ciertos comportamientos de aquella época, lo reconozco, pero eso no minaba la alegría de estar de nuevo en la ciudad. Así que enfilé para el centro rumbo a las peatonales.
La verdad, el día no estaba para cine, sino más bien para ir a la Florida y meterse en el agua, pero ninguno de los dos traía malla y la señorita quería ver Australia. Ella quería ir al Village Rosario. Pero tanto no le concedí, y sacamos las entradas en el Gran Rex.
No tenía ganas de ver Australia. No me llamaba. Pero entonces me encontré con una película al mejor estilo Hollywood de los ’50. Muy bien filmada, muy bien actuada, con aventura, romance, drama, una película para disfrutar y prestarle atención.
Sin embargo la atención comenzó a mermar cuando sentí la mano de la Sonia que subía por mi pierna.

Disconnected – 11

11

Amanece en la ciudad de las siete colinas. No, en Roma fata un par de horas para el alba, me refiero a Victoria. Supongo que llamarla de esa manera debe tener algo de megalomaníaco por parte de los habitantes. Después del corso Osvaldo insistió en que vayamos a bailar. No, gracias, le dije. Insistió. No, gracias, repetí. Dale, boludo, que te va a hacer bien salir. Al final me convenció la Sonia, que me dijo que nos veíamos en el Morro. El Morro se llama el boliche, y aparentemente está de moda. Esta noche era la Fiesta de la Espuma. “No mojarte es imposible” rezaba el slogan. Y la puta que lo parió. Menos mal que no andaba demasiado bien vestido. En realidad no me traje a Victoria mi mejor ropa. No vine con intenciones de salir de joda. Yo imagino que la onda debe ser alegrarme por el mal trance que estoy pasando, pero la verdad que no les sale bien. Loco, no tengo ganas de joder, ¿no entienden? Tengo ganas de gritar en todo caso. Tengo ganas de cagar a la gente a patadas. A unos cuantos, eh. Desde ya, a mi tío y a mi vieja por acción. A mi viejo por omisión. A la puta que me parió por puta que me parió. A los que lo sabían por no decirme nada. Y por sobre todo a mi prima, su marido y toda su prole por haber usurpado mi casa. Porque hasta ahora ya era malo que hubiesen usurpado la casa de mi tío, pero ahora resulta que la que ocuparon era mi casa. Eso ya es demasiado.
A ver si se entiende, yo soy hijo único. Esto quiere decir que durante mi infancia era más el tiempo que estaba solo que el que estaba con alguien. A los cinco años, sin embargo, nos mudamos al mismo pasillo donde vivía mi abuela con su otra hija y sus nietos. Sus nietos, mis primos. Omar y Carla. Ellos dos fueron lo más parecido que tuve a hermanos durante mi infancia. Sin embargo, nunca dejé de notar cierto menosprecio hacia mí. Siempre pensé que era por ser el más chico, pero ahora las cosas me cierran de otra manera. Nunca reparé del todo en el sentido de la palabra “bastardo”. Es una palabra hostil y despectiva. Eso es lo que soy, y así es como fui tratado. Entonces, visto desde esa perspectiva, es natural que se caguen en el bastardo. ¿Qué derecho podía tener un bastardo a una propiedad de la familia? Espero no cruzármelos, porque no respondo de mí. De veras, no tengo idea de cuál podría ser mi reacción. Pero Victoria es un lugar muy chico. Tarde o temprano nos vamos a ver. Yo puedo entender que necesiten donde vivir y ocupen una casa desocupada. Pero se cagaron en mí. Jamás me tuvieron en cuenta al momento de tomar esa decisión. Y mucho antes de morir Camisa había expresado su voluntad de dejarme la casa. Sólo que nunca hizo el papelerío necesario. Nunca tuve derecho legal a reclamarla. No me reconoció, no hizo testamento, él también se cagó en mí a su manera.
Hice barra toda la noche. Por suerte Osvaldo invitaba los tragos. Desde cierta distancia la miraba a la Sonia. Había bailado todo el camino de la comparsa, y no se cansaba de bailar. Revoleaba el culo y la cabeza para todos lados. Y yo hace una semana que no tengo sexo. Me estoy empezando a poner loquito. Además, Sonia no es la única pendeja buena que hay en El Morro. Y me miran. Osvaldo dice que encare, que están entregadas y yo soy la novedad. Pero honestamente chamuyar una mina en un boliche es una actividad que nunca se me dio con demasiada facilidad y que honestamente no estaba de ánimos para realizar ahora. En realidad nunca me gustaron demasiado los boliches. Son lugares muy, demasiado impersonales. Más para levantar minas. A mí siempre me gustó el chamuyo elegante, y con la música a 110 decibeles se hace muy difícil poder hablar con alguien. El levante en boliches siempre me pareció más del tipo palo y a la bolsa, y ese no es mi estilo. Eso es lo bueno que tiene Internet. Permite el chamuyo grueso y fino y tener por lo menos un paneo de la persona que está del otro lado antes incluso del primer contacto face to face. Vamos, necesito poder al menos conversar un par de palabras con la mina, aunque mi única intención sea echarme un polvo. Nada más deprimente que pasar en silencio los quince minutos del cigarrillo intercoital. Al menos comentar a Los Simpsons, carajo.
En fin, que ya entrada la madrugada dije basta para mí y me fui solito a dormir. Osvaldo y Sonia seguían ahí, pero yo la verdad que ya no tenía ganas de nada. Por suerte conseguí remís. No es demasiado lo que tendría que haber caminado, pero no tenía ganas de caminarlo. Llegué envuelto en sudor, maldito verano entrerriano, y esas putas chicharras que no se callaban. Me saqué toda la ropa y fui a pegarme una ducha. Después, así como estaba nomás, me tiré en la cama. Las primeras luces del día comenzaban a asomarse por la persiana entreabierta. No tardé cinco minutos en dormirme.
Cuando me desperté la Sonia estaba sentada en mi cama.

Disconnected – 10

10

La idea fue de Osvaldo. Febrero es mes de carnavales en Entre Ríos, y a él le pareció que ir al corso iba a ser una buena forma de despejar mi cabeza. Recuerdo haber ido alguna vez al carnaval en Victoria. Yo estaba disfrazado de Patoruzito. En esa época y en ese lugar, todavía andaba un lechero a caballo por las calles de la ciudad cada mañana. Fue el caballo del lechero el que me pisó el pie y me obligó a hacer de Patoruzito con el pie vendado.
Sonia era pasista de Batuque, una de las comparsas de la ciudad. Se mostraba muy entusiasmada con mi presencia en el corso, y hasta me ofreció participar del desfile con un traje. Decliné amablemente por supuesto, mirá si voy a estar de humor para ponerme lentejuelas. Pero bueno, al menos fui con el Osvaldo a ver si se me pasaba un poco la cara de ojete. Arrancamos mal: Ni bien llegamos al puerto una pendeja nos bañó en nieve artificial. Algún día entenderé el sentido de la nieve artificial. No, mentira. Mientras me sacaba esa porquería blanca de la cara escuchaba las risas de la pendeja y sus amigas. No pasarían de quince años. El Osvaldo las conocía, por supuesto. Al ver mi cara de orto que se profundizaba dejaron de reirse. Fiesta, fiesta. Sí, fiesta.
El problema es que yo no estaba de ánimos para esa fiesta. En otras circunstancias es muy probable que lo hubiese disfrutado mucho. El carnaval de Victoria no es tan fastuoso como el de Gualeguaychú, pero en cambio es mucho más popular. De hecho Victoria es la capital del carnaval provincial, cosa que anuncian casi como si fuera Cosquín. Daba la impresión de que todo el pueblo estaba ahí, más algunos turistas. Pero los que más disfrutaban eran los lugareños. A medida que caminábamos Osvaldo me presentaba gente. Todos estaban enterados de mi presencia. A esta altura yo era el porteñacho que paraba en lo de la Camucha. Por supuesto, no me decían porteñacho en la cara, salvo un par de inimputables, pero yo sabía que era así. Pocas cosas joden más que a uno lo obliguen a socializar cuando no tiene ganas. Mi participación era un festival del monosílabo. Cuando llegó el desfile de comparsas dejaron de prestarme atención, y entonces pude disfrutar del espectáculo. Valía la pena verlo, para ser sincero. Estábamos en primera fila, y cuando pasó la Sonia bailando se acercó y me dio un beso en la mejilla, muy cerca de la boca. Estaba vestida (¿estaba vestida?) con un traje rojo, muy diminuto, con strass y lentejuelas, un tocado con plumas y cubrebotas. El “traje” era un conjunto de tanga y corpiño que cubría lo mínimo indispensable. Lo mínimo. Quiero decir, no podía verle la vagina ni los pezones. Sólo eso.
Qué lindo es el carnaval. Y que buena que está la Sonia, ahora que la miro un poco…

Disconnected – 09

09

Entiendo ahora. Este lugar es el infierno. Aquí es adonde he venido a parar.
Llamé a mi vieja de inmediato, después de la cena. Quiso negarlo, por supuesto, pero al final con un poco de presión soltó la lengua. Así se destapó la olla de mierda.
Camisa vivía en Buenos Aires, pero iba por Victoria bastante seguido. Su trabajo (que nadie sabía del todo de qué se trataba y que puede haber tenido matices turbios aunque más bien parecería que fue un terrible ñoqui) le permitía viajar varios días cada dos o tres semanas. Y por supuesto, allí tenía su correspondiente amante. Tenía varias, en realidad, pero La Turca era “la oficial”. Obviamente, no podía reclamar exclusividad, si bien a Camisa se la otorgaba. Y cuando quedó embarazada, eso se convirtió en un verdadero problema. Prácticamente todo el pueblo estaba enterado, pero nadie habló. El aborto no era una alternativa para ninguno de los dos. Pero a medida que la concepción avanzaba se hacía necesario pensar en el destino de la criatura. Camisa NO se iba a hacer cargo del chico, de NINGUNA MANERA podía tener una familia paralela y La Turca BAJO NINGÚN CONCEPTO iba a ser madre soltera en un pueblo pequeño y conservador. La hermana de Camisa, que vivía en Buenos Aires y no podía tener hijos, aceptó hacerse cargo del bebé, bajo la condición de que jamás se hablase del asunto. En Buenos Aires fue así, pero en Victoria, en voz baja, el tema nunca se olvidó. La Turca al poco tiempo se fue, cansada de que se hablara a sus espaldas por donde fuese, y nunca más se supo de ella. Los que la conocieron no volvieron a decir su nombre, pero cada vez que yo venía de vacaciones los rumores revivían. De manera que cuando mi prima usurpó la casa de mi tío al quedar él postrado por la enfermedad en Buenos Aires, todos esperaban mi regreso para poner las cosas en su lugar. Pero ésta era la primera vez que venía desde entonces, y no estaba enterado de nada.
Buscaba paz y llegué al infierno. Hace dos días que no salgo a la calle. Me debato entre cagar a palos al colchón del Silvio y llorar o darle vueltas a detalles intrascendentes de mi vida en mi cabeza. En realidad, debo agradecer la compañía del Osvaldo. Del Osvaldo y la Sonia. Los dos cada vez que pudieron vinieron a hacerme compañía, darme charla, hacerme pensar en otra cosa, cebarme mate. Con la Sonia hay muy buena onda, reconozco. Me resulta casi inevitable pensar en Jimena cuando la veo.
Pero prometí que no iba a hacerlo.

Disconnected – 08

08

Identidad. ¿Quién sos? ¿Cómo lo sabés? ¿Estabas ahí para comprobarlo? ¿Y quién te lo contó? ¿Y crees que sus palabras son dignas de confianza? En Truman Show (true-man), Jim Carrey lo creía. Tenía una fe ciega hacia lo que le contaban que era su vida. Sin embargo, Truman era cualquier cosa menos eso. Su vida era un invento, una mentira que se estiró por décadas. Y esto suele ser así, con una frecuencia mucho mayor a la que nos imaginamos. Existe una “historia oficial”, generalmente escrita por el que tiene el poder para imponerla. Vamos, si Hitler hubiese ganado la guerra hoy no representaría la encarnación del diablo. Acá la historia oficial la escribió Mitre: Belgrano creó la bandera, San Martín cruzó los Andes y a esta patria la hicieron grande los hombres educados y pudientes como él. La verdad, las guerras civiles, los negociados de Rivadavia, la matanza de indios, está todo al alcance, pero sólo lo vas a encontrar si lo buscás, porque realmente no hay ninguna necesidad de que veas los trapitos sucios de esta Gran Nación. Bueno, y no vamos a hablar de los grandes delitos financieros de la actualidad. Ahí la mano cambia: mejor que no te enteres de todo eso. Quedate tranquilo y hacé tu vida. Yabrán se suicidó, María Marta García Belsunce tuvo un paro cardíaco, Menem Jr. se cayó con su helicóptero y la política es absolutamente transparente. Saber más que eso puede ser peligroso.
¿Y por casa como andamos? Habitualmente, los grandes héroes, los próceres, los villanos, nos son presentados como seres absolutamente buenos o malos, monodimensionales, nada más lejano a lo que en verdad es un ser humano. Y en ese contexto, nuestros padres son nuestros primeros héroes. Ellos son los que nos cuidan, los que nos enseñan a andar por la vida, los que nos ilustran con la palabra y el ejemplo. Ante nuestros ojos de niño son perfectos y todopoderosos. Y cuando crecemos, esa admiración sobrenatural perdura. Empezamos a ver grietas, entendemos que son débiles y que un día van a morir, pero eso no los hace menos ideales. Joder, ¿qué hay más difícil que imaginar a nuestros padres cogiendo? Y en esa admiración, en esa confianza incondicional que le damos por su misma condición de padres, está el poder que tienen sobre nosotros. Ellos nos dieron la vida, y por eso su palabra es santa. La paradoja es que esa santa palabra es la única prueba que tenemos de que ellos nos dieron la vida. Cuestión de fe, como la religión. Y mientras tanto, los documentos se pueden falsificar, los hechos se pueden ocultar, y tal como Truman, podemos vivir en una perfecta mentira construida para que no sepamos quienes somos. Nadie fue testigo de su nacimiento, y nadie tiene más certezas que su propia existencia.
¿Quién sos? ¿Estás seguro? ¿Realmente lo estás?

Disconnected – 07

07

He sido víctima de una trampa. Al volver a lo de Camucha y ella me ofreció tirarme a dormir una siesta y así lo hice hasta las seis de la tarde. Cuando me levanté fui informado de que nos esperaban a las siete en casa de Carlitos. Carlitos vendría a ser primo en algún grado de mi vieja, más o menos como una tercera parte del pueblo. Llegamos y ahí estaba Osvaldo preparando la parrilla donde se proponía asar la pesca del día. Carlitos limpiaba y adobaba el pescado. Honestamente, recordaba la existencia de Carlitos pero nunca lo hubiese reconocido. Era un tipo de unos 50 años, piel curtida, amplia sonrisa que parecería haberlo acompañado durante toda su vida y cierta tendencia a querer parecer simpático. De a ratos tal vez lo conseguía, será que mi estado de ánimo no me permite notarlo. De a poco fue llegando el resto de los invitados a ver al bicho raro llegado de la capital. Primero aparecieron los hijos de Camucha y Melón, el Julio, la Patri y la Oli, cónyuges e hijos. Después fue el turno de la Ester, o lo que queda de ella, acompañada por el marido. La Ester es la típica “amiga de la familia”, también llamada “vieja chusma”. Por último llegó la Sonia, la hermanita del Osvaldo. Lo de hermanita pasa más por la imagen mental que tenía de ella que por la realidad del presente. La que me saludó poco antes de servir la mesa era una terrible mujer de 23 años hermosa por donde se la mire, y había por donde mirar. El calor de los primeros días de febrero la trajo sensual y exuberante, cubierta apenas por un minishort y una musculosa, los cuales dejaban apreciar la magnificencia de sus curvas. Sí, llevo unos cuantos días de abstinencia. Para colmo cuando me ve me reconoce enseguida, se me tira al cuello, me llena de besos y de abrazos, cualquiera diría que éramos amigos de años que hace demasiado tiempo que no se veían. El hermano se cagaba de la risa, a todo esto.
Es evidente que todos ellos se acordaban de mí mucho mejor de lo que me acordaba yo. Inmediatamente comenzaron las preguntas. En su mayoría, no tenía la menor gana de contestarlas. Preguntas sobre la familia (¿familia? ¿Qué es eso? ¿Debo considerar que lo mío se puede llamar una familia?), preguntas sobre mi pasado, presente y futuro (peor aún, mi convicción sobre el presente se limitaba a ese sábalo a la parrilla que debo reconocer estaba exquisito, del pasado prefería no acordarme y el futuro bien gracias), sobre trabajo (otro tema…) y sobre un montón de cuestiones incómodas que durante la hora y media que fue de comida a sobremesa esquivé con la cintura de Maradona. Pero la pregunta de la Ester me descolocó.
-¿Y ya fuiste a ver la casa?
-Perdón, ¿Qué casa?
-¿Cómo qué casa? Tu casa.
-¿Acá, en Victoria?
-Sí, claro. ¿No es por eso que viniste?
-Yo vine a descansar unos días. No sé nada de ninguna casa.
En ese momento todos habían quedado en silencio. El aire tenía la densidad de un baño turco.
-Entonces no sabés nada… nadie te dijo nada…
Para entonces yo ya estaba intrigado y molesto. Fue cuando la Ester dio el golpe de gracia.
-¿Es que nadie pensaba decirle a este chico que Camisa era el padre?

Disconnected – 06

06

Me levanto y, por supuesto, voy al baño. No traje el celu, así que ni idea de qué hora es. En cortos y remera me acerco hasta el comedor, donde Camucha le seba unos mates a un tipo de mi edad, pelo no demasiado largo, barba. El tipo me saluda.
-¡Marito! ¿Cómo andás, viejo? Ni te acordás de mí, ¿verdad?
Verdad.
-Este es un pueblo chico, aunque a los turistas les quieran hacer creer que es una ciudad. Y las noticias andan más rápido que la mierda. Yo soy Osvaldo. Cuando venías por acá jugábamos juntos. Es decir, los grandes nos ponían juntos para que no les rompiéramos las bolas. Anoche me enteré que te viniste acá con una mochila nada más y que estabas parando en lo de Camucha. No hace falta ser adivino para darse cuenta que andás con problemas. Así que se me ocurrió venir a darte la bienvenida en nombre de Victoria.
Base de datos. Papelera de Reciclaje. Restaurar archivos. Osvaldo. Ah, sí, ya me acordé. Osvaldo.
-¿Vos tenías una hermanita de tres años no? ¿Una medio hinchapelotas que siempre andaba rondándonos?
-Jajaja, sí, te vas acordando. Mi hermanita la Sonia. Te manda saludos. Ella trabaja en el Casino.
-¿Se acuerda de mí?
-¡Claro que se acuerda! Acá somos siempre los mismos, así que nos acordamos de todos, incluso de las visitas. Tengo las cañas en la camioneta. Vamos a pescar.
En ese momento me avivo de mirar el reloj de la repisa. Siete y media de la mañana. Este horario es inmoral.
Con la F-100 de Osvaldo vamos hasta el muelle de pescadores. Compramos lombrices y tripa de sábalo para carnada y nos subimos a un bote de remos. El bote no es un monumento a la integridad, y adentro nos esperaban unos cuantos cangrejos. Subimos y nos metimos un par de cientos de metros adentro del Paraná. Debo reconocer en primer lugar que poner las lombrices en el anzuelo me daba… asquito. Soy asquerosamente urbano, lo reconozco.
Poco a poco Osvaldo me fue contando vida y obra de los habitantes de Victoria, relato del cual debo haber escuchado una cuarta parte. Algunos detalles eran simples miserias de pueblo chico, como por ejemplo saber que mi prima Carla vivía en casa de Camisa por consejo de su marido, el Luis, que cuando él quedó postrado del todo vio la oportunidad y le dijo a ella que se metieran, incluso sin permiso, total el viejo no iba a durar mucho más.
-Mirá, Osvaldo, yo te agradezco la charla, pero la verdad que esas son cosas que pasaron hace mucho tiempo y no me dan ganas de andar revolviendo la mierda, y menos en asuntos que a esta altura no me afectan en nada.
-¿Cómo que no te afectan? -preguntó él- ¿A qué viniste a Victoria?
-A descansar un poco la cabeza y ver qué hago de mi vida, para ser sinceros. ¿Qué pensaste que vine a hacer?
-Nada, eso… supongo. Pero si es así andá con los ojos bien abiertos. Acá tenés un amigo, pero no todos lo son. Hay un par que te van a querer dar por la espalda. Y lo mejor es que estés preparado.
-¿Qué me querés decir? ¿Hay algo que debería saber?
-Por supuesto, pero no me corresponde a mí venir con ese chisme. Algunas cosas es mejor que las descubras vos solo.
Me dí cuenta de que Osvaldo no me iba a decir más al respecto, así que me callé y seguí pescando.
A media tarde volvimos a las casas. Osvaldo llevaba un sábalo, tres pejerreyes, un bagre y dos armados.
Yo llevaba las lombrices. *


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